Esquivando el destino

 

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11 ´desgarradoras historias de personas que acudieron a Fundación Integra en busca de una segunda oportunidad para reinventar su destino a través del trabajo. Un proyecto de Fundación Integra y María Luz G. Sevilla.

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Esquivando el destino Fundación Integra es una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es conseguir la reinserción real en la sociedad, a través del trabajo, de personas que pertenecen a colectivos en riesgo de exclusión social; intermediando entre ONG, que trabajen con estos colectivos, y empresas que estén dispuestas a dar una segunda oportunidad a estas personas. Son más de 1.500 personas las que han visto que su vida puede cambiar, que pueden aportar mucho a la sociedad, que pueden ser útiles. Han podido comprobar que su valor no radica en lo que fueron, ni en la visión que de ellos tuvo la sociedad bajo unas circunstancias determinadas; su valor radica en lo que son como personas… Enterarte un día de que tu madre te «ofrecía» cuando eras niña al mejor postor; sufrir toda una vida el maltrato a manos de la persona a la que amas; estar enganchado a drogas que te anulan y te convierten en un muñeco sin voluntad; acabar en la cárcel por un error que cometiste para ayudar a tu hijo o por la inexperiencia de la juventud; darte un buen día un baño en un pantano y salir del agua tetrapléjico… ¿Pueden imaginarse en situaciones así? Los protagonistas de este libro no necesitan imaginarlo: les ha ocurrido en la vida real. Sus historias son tan estremecedoras como cercanas. Lo que han padecido podría habernos tocado a cualquiera. ¿Es posible superar tanta adversidad y encontrar un motivo para seguir levantándote cada mañana, día tras día? Nuestros protagonistas sí lo han hecho.Tuvieron una segunda oportunidad que no desaprovecharon cuando todo estaba perdido, y consiguieron enderezar el rumbo de sus vidas. MARÍA LUZ G. SEVILLA Esquivando el destino Cómo una segunda oportunidad salvó de la desesperación a personas que no esperaban nada de la vida María Luz G. Sevilla (Zamora, 1967) es Licenciada en Periodismo por la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido la profesión, vocación en su caso, durante más de una década, disfrutando con entusiasmo de su trabajo. En la actualidad, el periodismo ha pasado a un segundo plano. Compagina el cuidado de su familia con los estudios de Doctorado en su antigua facultad, en el departamento de Derecho de la Información. El trabajo de calle ha dado paso a la investigación de cuestiones que atañen al periodismo actual, interesándose especialmente por cómo influye la televisión en la sociedad de nuestros días. Desde hace dos años es voluntaria de Fundación Integra, trabajando en su departamento de comunicación y relaciones con los medios. MARÍA LUZ G. SEVILLA Fundación Integra Rosario Pino 18, 1º 1 28020 Madrid (España) Telf.: 91 571 31 55 Fax: 91 571 33 24 integra@fundacionintegra.org www.fundacionintegra.org ISBN: 978-84-92654-21-5 www.libroslibres.com 9 788492 654215

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ESQUIVANDO EL DESTINO MARIA LUZ G. SEVILLA ESQUIVANDO EL DESTINO

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ÍNDICE Santa Engracia, 18, 1.º Izda. 28010 Madrid (España) Tlf.: 34-91 594 09 22 Fax: 34-91 594 36 44 correo@libroslibres.com www.libroslibres.com PRÓLOGO, por Ana Botella ....................................................... INTRODUCCIÓN ...................................................................... «UN HOMENAJE A MIS CUATRO HERMANOS MUERTOS» ............ «HE PEDIDO LA MUERTE A GRITOS MUCHAS VECES»................. «LO QUE MÁS ME DUELE ES HABER CAUSADO TANTA TRISTEZA A MI FAMILIA» .............................................................................. 9 11 17 33 45 61 77 97 113 133 151 165 181 199 © 2009, Fundación INTEGRA © 2008, «ERA LA CÁRCEL, PERO DEL MIEDO, NO SABÍA NI DÓNDE ESTABA» ................................................................................... «CUANDO ME ENCARCELARON SÓLO ME QUERÍA MORIR» ........ Diseño de cubierta: Rudesindo de la Fuente Primera edición: octubre de 2009 «NO SABÍA POR QUÉ SE IBA A ENFADAR CADA VEZ» .................. «MIENTRAS MI PADRASTRO ME TOCABA, MI MADRE SONREÍA».... «LA HEROÍNA FUE LO ÚNICO QUE PUDO CONMIGO» ................ «VAYA MENTIRA CUANDO LEES QUE SE NECESITAN SEÑORITAS A 300 EUROS DIARIOS...» .......................................................... «TODAS LAS INFELICIDADES ME LAS HE BUSCADO YO».............. «MI VIDA ANTES DEL ACCIDENTE NO TENÍA RETOS» ................ Depósito Legal: MISBN: 978-84-96088Composición: Francisco J. Arellano Impresión: Cofás Impreso en España — Printed in Spain No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. EPÍLOGO .................................................................................. [7]

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PRÓLOGO Leer este libro es comprobar, con honda satisfacción, cómo el granito de arena aportado por FUNDACIÓN INTEGRA está dando sus frutos. Sus protagonistas han superado situaciones complicadas y, gracias a la reinserción laboral, han recuperado su puesto en la sociedad. Su ejemplo demuestra lo que siempre ha defendido la Fundación: la reinserción laboral es la clave para erradicar la exclusión social. Ocho años se cumplen de la puesta en marcha de INTEGRA. Muchas ONG nos hicieron ver entonces las dificultades que encontraban las personas a las que ayudaban para normalizar sus vidas una vez superados sus problemas. Ya rehabilitados, descubrían que sus antecedentes y [9]

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su escaso currículum les cerraban las puertas del mercado laboral. Es ahí donde interviene FUNDACIÓN INTEGRA, sirviendo de puente entre los excluidos y empresas con ganas de colaborar. Éstas ofrecen una oportunidad a aquéllos, oportunidad que, si es aprovechada, les permitirá pasar página y comenzar de nuevo. La lacra que tratamos de resolver es la exclusión social y en ello trabajamos día a día, sin olvidar que tras este problema de las sociedades avanzadas del siglo XXI hay personas con nombres y apellidos que sufren y se desesperan hasta que encuentran una salida. Para eso sirve también este libro, para mostrar los rostros de la exclusión y recordarnos que hablamos de seres humanos. Las once historias que podrán leer a continuación tienen un final esperanzador. Si ellos lo han conseguido, el resto también puede. Mejor si es con la ayuda e implicación de todos. A ello animamos desde estas páginas. Cualquier esfuerzo merece la pena si se logra recuperar una sola vida. ANA BOTELLA Presidenta fundadora de FUNDACIÓN INTEGRA INTRODUCCIÓN Once personas quisieron compartir sus historias y recuerdos para que este libro fuera posible. Para ellos, mi más sincero agradecimiento. Gracias por participar en este proyecto de FUNDACIÓN INTEGRA y gracias, sobre todo, por emocionarme con sus relatos sinceros y por demostrar tanta generosidad al compartir vivencias íntimas, muy dolorosas en algunos casos, que servirán de ejemplo a otros muchos que en estos momentos sufren como ellos sufrieron un día. Porque estas once personas han tenido vidas duras, muy duras, pero siguen luchando cada día sin perder la esperanza ni los sueños. A mí me resultaría imposible no haber caído en el desánimo, no haber tirado la toalla, no haber pensado [ 11 ] [ 10 ]

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que no quería luchar más, pero nuestros once protagonistas no lo hicieron a pesar de todo lo que tuvieron que soportar. La vida les puso a prueba pero ahí siguen, luchando cada mañana sin ser conscientes de lo especiales que son. Aunque en algunos momentos pudiera no parecerlo, todo lo que van a leer es verídico. Es por eso que estos relatos emocionan tanto, generando un sentimiento de solidaridad hacia el protagonista, llegando incluso a querer protegerles de tanto sufrimiento. ¿Es posible que tantas desgracias puedan ocurrirle a la misma persona? ¿Cuánta desdicha es capaz de soportar un ser humano? ¿Es cosa del destino o nosotros mismos forjamos nuestra suerte? Quién sabe. Lo que sí podemos afirmar es que, a pesar de todo lo vivido, y si alguien confía en ti, siempre es tiempo de comenzar una nueva vida. Las entrevistas se realizaron todas, excepto una, en las oficinas de la FUNDACIÓN INTEGRA. Buscando un hueco en sus atareadas vidas —hijos, trabajo, compromisos...—, estas once personas nos dedicaron su tiempo. Durante las entrevistas, realizadas entre noviembre de 2008 y abril de 2009, no faltaron los momentos en los que hubo que parar para tomar aliento. Los recuerdos eran muy amargos y las lágrimas impedían seguir hablando. También hubo momentos para sonreír con anécdotas simpáticas y amables. De nuestros once héroes, unos eran tímidos y reservados, otros extrovertidos y charlatanes, pero todos contaron con sinceridad sus experiencias, aunque por algunas se pasara ca[ 12 ] si de puntillas. Para algunos supuso un desahogo, un soltar lastre, como si con ello pusieran un definitivo punto final a su negro pasado. En algunos momentos, quizás el lector se quede con ganas de saber más, de conocer más detalles, pero hemos querido respetar la forma en la que cada uno ha contado su vida, sin añadir ni juicios de valor ni comentarios aclaratorios, y manteniendo las expresiones de cada protagonista. Algunos han querido ocultar su nombre verdadero, otros no tenían problema en aparecer con nombres y apellidos, así que les hemos identificado a todos con un nombre de pila, real o ficticio según el caso. El nombre parece lo de menos cuando lo importante son los valores que subyacen en cada historia: fortaleza, solidaridad, afán de superación, amor y entrega por los seres queridos, esfuerzo, arrepentimiento... Gracias por servirnos de ejemplo. Las historias que contamos son once pero FUNDACIÓN INTEGRA es testigo discreto de muchísimas más. No pensemos que estas personas son una excepción. Lamentablemente, nuestro mundo desarrollado esconde más dramas cotidianos de los que podemos llegar a imaginar. Es por eso que resulta tan importante la ayuda de todos, un granito de arena de cada uno, para conseguir un mundo mejor. Muchas personas e instituciones ya lo hacen, como FUNDACIÓN INTEGRA, a la que también tengo que agradecer que haya confiado en mí para escribir este libro. [ 13 ]

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Empecé a colaborar con INTEGRA de forma casual. La mamá de una compañera de colegio de mi hija, psicóloga de la fundación, me habló del trabajo que desarrollaban y me ofrecí a colaborar. Al día siguiente ya estaba trabajando con ellos, como voluntaria. Nada de «ya te llamaremos» o «gracias por tu aportación económica». Directamente a trabajar. Sobre el terreno aprendí qué hace la fundación y en el entusiasmo de los que componen el equipo de INTEGRA descubrí la convicción de que lo que hacen sirve para algo. Apuestan por la reinserción laboral para que personas con un pasado difícil puedan rehacer su vida. Su experiencia dice que tienen razón. Sólo cuando un marginado tiene un trabajo normal que le devuelve la autoestima, que le permite ser independiente económicamente, que le aparta de su círculo social anterior y le coloca en uno nuevo que desconoce totalmente su pasado, sólo en ese momento esa persona recupera su dignidad y vuelve a sentirse admitido por la sociedad. Este libro habla precisamente de eso, encarnado en historias reales. Personas al límite, prácticamente desahuciadas por la sociedad en algunos casos, han recuperado su vida gracias a un trabajo, trabajo que le ofrecen las empresas colaboradoras de la fundación sin cuya sensibilidad ninguna recuperación sería posible. Sería estupendo que fueran muchas más las empresas con las que contar y seguro que lo serán. [ 14 ] Éste es uno de los objetivos que se propuso INTEGRA cuando se planteó el proyecto de este libro: sensibilizar al mundo empresarial de lo imprescindible de su ayuda. El otro objetivo importante era ofrecer ejemplos positivos a los que hoy están sufriendo la exclusión social: las segundas oportunidades existen. Ojalá se cumplan los objetivos marcados y este volumen sirva para algo más que para disfrutar de estas apasionantes historias, que con toda seguridad, no les dejarán indiferentes. MARIA LUZ G. SEVILLA Mayo 2009 [ 15 ]

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«UN HOMENAJE A MIS CUATRO HERMANOS MUERTOS» La historia de María es la historia de otras vidas: las de sus cuatro hermanos muertos por la heroína, la de los veinte años de cárcel de su marido, la de su madre negándoles el cariño, la de su padre abandonando a la familia... Jamás ha sido consumidora de drogas duras pero es seropositiva y ha sufrido síndromes de abstinencia y sobredosis con más angustia que si hubieran sido propios. María relata su vida como homenaje a sus hermanos, con una sinceridad brutal y sin perder jamás el humor. Circunstancias que son dramáticas tienen en su relato un tono de normalidad conseguido a fuerza de vivir lo mismo día tras día. Y no hay lamentos sino una aceptación, que no resignación, de que las cosas han sido así. [ 17 ]

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Le hubiera gustado formar una familia y llevar una vida normal, pero lo más cercano a eso que ha tenido ha sido la etapa que pasó cuidando a sus hermanos, de la que recuerda que «todos se drogaban, todos robaban, pero todos comían juntos con respeto». No pudo ser lo de la familia normal pero sí ha habido una historia de amor enternecedora. Antonio y María, desde que se conocieron siendo unos críos, han estado siempre juntos y apoyándose en los peores momentos. Antonio ayudó a María a dejar la prostitución. Y María ha esperado fielmente a que Antonio cumpliera sus 20 años de cárcel y ha conseguido que éste dejara la peor de sus pesadillas: la heroína. Sólo por Antonio podía hacerlo. Sin embargo, ni el trágico desenlace de sus hermanos, ni las vicisitudes vividas con «su» Antonio, ni el paso por la cárcel o el rechazo sufrido por ser portadora del VIH, han sido lo que más han marcado a esta madrileña de 46 años. Bastan unos minutos de conversación para comprender que lo más duro que le ha tocado vivir a María es la relación con su madre. Prefiere no entrar en detalles por si sus recuerdos pudiesen molestar a su madre, ya anciana. Lo pasado, pasado está, dice con generosidad. Éste es el momento de pasar página y dejar atrás el dolor y el sufrimiento vividos hasta ahora. Y en ello está María. Mucha suerte. Mis hermanos muertos son la razón de que cuente mi historia, para que se recuerde que pasaron por este mundo. No tuve una infancia feliz, ni normal. Lo que recuerdo era que mis siete hermanos y yo siempre estábamos solos, nadie se ocupaba de nosotros. Mi padre se fue con una señora y abandonó a mi madre, que tenía que estar trabajando todo el día para dar de comer a ocho bocas. Puede que ésa fuera la razón por la que a la familia no le haya ido bien, el no haber tenido a nuestros padres para decirnos lo que era bueno y lo que era malo. Unos hemos tirado para un lado y otros para otro, y de ocho hermanos, tres han salido bien y el resto mal. Me hubiera gustado tener a mi padre que me dijera que tenía que ir al colegio porque era mi obligación, o que mi madre estuviera cuando teníamos que comer o que ir al médico... Y ahí no había nadie. Nos tirábamos todo el día en la calle, si queríamos ir al colegio íbamos y si no queríamos ir, no íbamos. Mi madre trabajaba en un restaurante y llegaba a las once de la noche. Nunca nos iba a recoger al colegio ni nos daba un beso. Vivíamos en Villaverde, que en aquel tiempo (años 80) era de lo peor. Vi engancharse a mis hermanos, uno detrás de otro, a la heroína. Y mi hermana Luisa, con dieciocho años, y yo, con quince, nos escapamos de casa. En ese momento lo que queríamos era escapar, no de la droga, sino de mi madre, porque estábamos hartas de que nos pegara. [ 19 ] [ 18 ]

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Nos fuimos a la calle de la Montera y nos metimos en la prostitución. No fuimos allí para eso, ni conocíamos a nadie que lo hiciera, pero los hombres nos empezaron a decir que si nos íbamos con ellos nos daban dinero. Y ahí que nos metimos. Mi hermana me dijo que como era mayor lo haría ella, pero sola no conseguía el dinero suficiente para pagar la pensión y comer, así que detrás fui yo. Encontré gente maja pero también mucha gente que no va más que a explotarte, a abusar de ti todo lo que puede... Recuerdo esa época muy mala, es de lo que más me arrepiento, y siempre le agradeceré a Antonio, mi marido, que me sacara de ahí. Estuve unos dos años hasta que lo dejé, pero mi hermana no lo dejó nunca. Se enganchó a la droga, seguramente por algún hombre, y siguió llevando esa vida hasta que... la encontraron muerta en un hotel. No sabemos si fue una sobredosis, si la mataron... El forense en «los papeles» dice que la causa fue un infarto, pero la policía nos dijo que la habían matado. Estuvimos buscando a la gente que iba con ella pero nunca aparecieron. Un chico de los que entonces iban con Luisa terminó suicidándose. No sé si es que sabía algo o no sabía nada... No quisimos remover porque mi sobrina, la hija de Luisa, así lo prefirió. Había que seguir adelante, aunque te acuerdes y busques una explicación. Yo conocía a Antonio de toda la vida, del barrio, porque era amigo de mi hermano Juan. De repente empezó a parar por donde yo paraba, iba de vez en cuando a tomar algo y [ 20 ] yo le veía y pensaba: «¡Ay madre mía, “el Antonio”...!». No había nada de nada hasta que un día me dijo que si quería tener algo con él sólo tenía que dejar la prostitución, que a él no le importaba lo que hubiera hecho para atrás pero que lo que hiciera para adelante sí le importaba. Me dijo que o me iba en ese momento con él o me olvidaba, se olvidaba de que yo existía. Y nos fuimos los dos a vivir juntos. Antes, nos fuimos de viaje, mi hermana la que murió, otro chico, Antonio y yo, primero a Valladolid y luego a San Sebastián, que es precioso. Allí nos ocurrió que fue la policía al hotel donde estábamos y se llevó a Antonio a comisaría. Tres días después le soltaron, diciendo que había sido una confusión. Volvimos a Madrid y desde entonces no nos hemos vuelto a separar más que por la cárcel. Dejé la prostitución pero empecé a robar. Eso, Antonio lo veía de otra manera pero yo lo pasaba igualmente fatal. Y es que en ese tiempo sucedieron muchas cosas. Mi madre se había ido del piso y mis hermanos estaban solos, así que Antonio y yo nos fuimos con ellos, y yo, con veinte años, cuidaba a toda la tropa. Dice mi hermana pequeña que ésa ha sido la etapa más bonita que ha vivido en su vida, que no la olvidará aunque viva mil años. A las dos de la tarde se comía y todo el mundo se juntaba con un respeto..., eso sí, se seguía drogando todo el mundo, todo el mundo seguía robando... Pero dentro de eso, éramos una familia lo más normal que podíamos. [ 21 ]

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Un día cualquiera nos levantábamos; si había que hacer compra se hacía e íbamos todos, porque nosotros íbamos todos en procesión. A lo mejor yo me quedaba haciendo la comida mientras ellos se iban, decían que a tomar algo pero iban al «lío», a por su dosis. Luego volvían y comíamos todos. Y cuando se levantaban de la siesta, se iban a robar. Robaban pisos. Ya me veías a mí a las ocho de la noche por todas las esquinas esperando, temblando por si les habían pillado. Todas las noches lo mismo. Dejé de hacer tortilla de patatas porque cada vez que la hacía me avisaba la policía de que les habían cogido, la tortilla daba cenizo así que no la preparé más. Esta etapa feliz se acabó cuando todos mis hermanos empezaron a caer en la cárcel: mis tres hermanos y mi hermana pequeña, y también Antonio. Mi madre, con lo que ganaba, no podía, y mi padre, de año en año, así que era yo la que me tenía que buscar la vida para poder llevarles dinero todos los domingos. De las cárceles no quiero saber nada de nada porque me he pasado mi juventud, los mejores años de mi vida, de cárcel en cárcel. Me conozco todas las de España. Cuando no mandaban a uno a León, mandaban al otro al Puerto de Santa María, a otro a Daroca, Alcázar de San Juan, Herrera de la Mancha, Lugo, Orense... ¿Y yo qué hacía? Irme a robar. He robado en supermercados y en el Corte Inglés. Yo era una ladrona miedosa, robaba comida y ropa y luego lo vendía todo para poder pagar [ 22 ] los viajes a las cárceles. Necesitaba dinero porque en un fin de semana podía gastarme un dineral, 200.000 pesetas, para ir a ver a Antonio y a mi hermano Luisito, que estaban en Daroca. Yo también he estado en la cárcel, una vez por la ropa y otra vez por un robo que no había cometido, por no chivarme de la persona que lo hizo, que iba con Antonio. La policía fue a buscarle donde vivíamos y le pegaron una paliza. A mí me preguntaron pero no sabía nada, así que me dijeron que me iba acusada con él. No me lo creía, pensaba que me estaban metiendo miedo para que hablara, pero no creía que me fueran a meter en la cárcel sabiendo que yo no lo había hecho. Pero fue verdad, me metieron en Yeserías. Fuimos Antonio y yo en el furgón, juntitos, él para una cárcel y yo para otra. Les decía Antonio a las chicas que estaban en los juzgados de diligencias que tuvieran cuidado de mí, que nunca había ido a prisión... Nada más entrar en la cárcel aluciné. Pensé que no podía ser una cárcel de mujeres porque había hombres y otra reclusa se echó a reír y me dijo que sí, que eran mujeres. ¡Cómo iban a serlo si tenían barba de hombre y andares de hombre! Había visto mujeres a las que les gustaban las mujeres, pero femeninas; aquéllas eran camioneros. También, al poco de entrar vi una pelea impresionante. Entró una chica al patio y salió otra a su encuentro, la cogió con una mano y la levantó en el aire, mientras le decía que la iba a [ 23 ]

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matar. No sé si tendrían algo pendiente en la calle pero yo pensé: «¡Qué miedo!». Pero no tuve ningún problema. Había una señora de Villaverde, muy mayor, que conocía mi madre de toda la vida, que se portó muy bien conmigo. Estaba allí por hacer abortos y tenía fama de chivata, pero conmigo se portó muy bien. Se preocupó un montón de mí, por las noches me traía mi leche, me traía comida... Y no es que la comida de la cárcel estuviera mal, lo que pasa es que no te daban lo suficiente. Te daban las gavetas de aluminio y no te servían, se lo iba echando cada una, así que a lo mejor cuando llegabas ya no quedaba. Yo pasaba de historias porque allí por un huevo duro no te puedes imaginar la que se liaba, así que, por no regañar, si cuando llegaba mi turno no quedaba comida, pues no quedaba. Descubrí un mundo de fieras pero pasé desapercibida totalmente, no quería saber nada de nadie, y además no pasé mucho tiempo. Salí pronto con fianza. La segunda vez que fui a la cárcel estuve por robar ropa. Me habían pillado veinte mil veces robando, me conocían bastante, nos echaban de las tiendas por una puerta y nos metíamos por otra. Entonces había un tope de 50.000 pesetas: si robabas más de esa cantidad ibas directa a la cárcel, pero si no pasabas esa cantidad no, aunque robaras doscientas veces. Yo procuraba calcularlo, pero había veces que te liabas a coger, te descontrolabas y te volvías loca. Al tratarse de un delito menor, me cayeron ocho o nueve días de [ 24 ] castigo en Yeserías. Ahí estaba yo más espabilada. Compartí ingreso con una parricida que había matado a sus dos hijos, a la que le dije si no le daba vergüenza lo que había hecho. Estaba loca para lo que quería, porque para estar con los guardias civiles moñigueando, no lo estaba. La tenían separada del resto de reclusas porque si salía al patio se la cargaban. Y allí estábamos compartiendo la habitación en la que meten a las recién llegadas casi veinte tías, la parricida y yo y el resto, todas enganchadas a la droga, una vomitando en un lado, otra en otro, otra gritando que se moría... Eso era... Y otra vez en la calle. Seguíamos comiendo, vistiendo y viviendo de lo que robaban mis hermanos y Antonio. Pero eran tiempos en los que te cogían en un piso y te mataban. A amigos nuestros del barrio les cogieron robando y entre dos y tres les tiraron por las ventanas, a mi hermano Juan le dieron dos tiros... Yo les prevenía de que cuanto menos fueran a robar, menos se arriesgaban a que les pasara algo, pero ellos se gastaban el dinero en nada. No duraba. Salían a robar todos los días, porque todos los días necesitaban consumir drogas. Yo he visto a Antonio gastarse en una semana un millón de pesetas enterito en droga. Entonces un gramo de heroína costaba 40.000 pesetas. Ahora puede costar 30 euros pero cuánta heroína puede llevar... nada, mierda pura, y entonces la heroína les pegaba unas sobredosis que les dejaba como a «la lirio». Antonio tan sólo ha sufrido una sobredosis pero a mis hermanos les ha pegado cada una... es[ 25 ]

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peluznante... Levantarte por la noche de la cama para ir al baño y encontrarte allí a uno de tus hermanos tirado, negro... Se inflaban... Por eso creo que le cogí tanto miedo a la heroína, le tenía pánico y jamás en la vida he querido probar nada. Tanta droga que se metían y nunca tenían bastante. En el hospital 12 de Octubre, nos dijeron una vez que mi hermano Juan tenía una fuerza de elefante por todas las sobredosis que había pasado. El médico no conocía una persona que hubiera resistido tantas sobredosis como él. Mis hermanos me lo decían, que nunca se iban a quitar de la heroína y la verdad es que no se quitaron nunca. El primero que murió fue Ángel, que nos lo dieron de la cárcel en fase terminal. ¿Fase terminal de qué?, pregunté yo... Ni siquiera sabíamos que tuviera el SIDA. Nos había dicho que se había hecho los análisis pero que habían dado negativo. Estaba ingresado en el Gregorio Marañón y se murió de la noche a la mañana. Dicen que se tomó todo el desayuno y se le murió a Lourdes de la ONG Semilla, que tanto nos ha ayudado. Tenía unas úlceras en las piernas de impresión y luego le había salido como una albóndiga en la boca que no le dejaba comer ni tragar, pero yo no le veía tan mal como para morirse. Me hacía correr detrás de él por el pasillo del hospital. Gritaba que lo que quería era morirse, que ya no pintaba nada en la vida... Eso decía con veinticinco años que murió... A mi hermano Luisito también nos lo dieron de la cárcel para morir. Duró nada. Se tiró tres meses en el hospital en [ 26 ] estado comatoso, ni hablaba, ni se movía... Se quedó con los ojos abiertos como platos, y le teníamos que poner gasitas húmedas para que no se le secara la retina. No sabíamos si nos oía o no, no sabíamos nada. Y mi hermano Juan murió en la prisión de Valdemoro. Tenía cáncer, un cáncer muy malo. Le habían estado dando radioterapia muchos años y se le había pasado a la cara... En un año y medio se fueron los tres, uno detrás de otro. Y eso se lleva muy mal, muy mal... Del último que nos quedaba, yo le pedía a Dios: «No te lo lleves Dios mío, déjame por lo menos a éste...». Yo no quería que se murieran. Hay quien ve mal a sus seres queridos y prefiere que estén muertos. Yo no, porque sabía que si se morían no los iba a ver más. Por muy malitos que estuvieran yo, egoístamente, quería verlos ahí. Ellos también me querían mucho, cada uno a su manera, porque he estado mucho tiempo con ellos y porque he sido siempre la que ha estado pendiente, la que ha estado de cárcel en cárcel, con los bis a bis, que si María necesito esto... Mis hermanos han sido ladrones, pero siempre decían que nunca habían hecho daño a nadie, y para mí eran muy especiales. Sueño muchas veces con mi hermano Ángel y me dice que está en un mundo mejor. Lo juro por Dios que es una verdad más grande que una casa, me dice que no me preocupe, que están en un mundo mejor, que ya lo veré cuando vaya... Me acuerdo mucho de ellos, los echo mucho de menos. Eran [ 27 ]

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guapísimos, más guapos ya no podían ser. Iban por la calle y la gente se daba la vuelta para mirarlos, igual que a Antonio que también era muy guapo. Era de los chicos que llamaban la atención, y siempre me ha apoyado y ayudado mucho. Aunque no podía tenerle cuando le necesitaba y a pesar de su adicción, él me cuidaba, parece extraño pero es así. La última vez que le cogieron, le cayeron todos los robos que tenía pendientes y a lo mejor alguno que no tenía. Le amenazaron con que me iban a coger a mí y firmó lo que le pusieron delante: veinte años de condena que empezó a cumplir en 1982. «Si me dicen que firme la muerte de Manolete, la firmo para que no te toquen», me diría después. La verdad es que nos hemos querido mucho. Nos casamos estando él en la cárcel. Estaba muy pesado con que nos casáramos. Yo le decía que qué más daba si para mí ya era como mi marido, como si estuviéramos casados. Y él, pesado, que si no me quería casar con él, que si le iba a dejar tirado en la cárcel... Al final pensé que qué mas daba estar casada o arrejuntada y hablé con el director de la prisión, que no quería de ninguna manera que nos casáramos allí, pero al final fue que sí. La prisión era la de Ocaña II, donde no se había celebrado ninguna boda antes. La primera fue la nuestra. Fue toda mi familia y también la de él y los presos que invitó. Nos casaron dos curas, el de la iglesia de Ocaña y el de mi barrio. Se bailó y se cantó, una boda en condiciones, nada más que sin mucha comida. Cuando me [ 28 ] fui de la prisión hacía un frío y una niebla... y no podía ni andar de los taconazos que llevaba... Me sentí triste porque me acababa de casar y ya estaba sola. En una gasolinera, un matrimonio me recogió y me acercó hasta Madrid. Ya antes de la boda, había decidido que tenía que cambiar de vida. Cuando a mis hermanos les empezaron a ingresar en el hospital me necesitaban mucho. Me puse a trabajar en una casa y me apañaba como podía para cuidarles. En esa etapa fue cuando me enteré de que también yo era seropositiva. Durante el ingreso de uno de mis hermanos, a mí me salieron unas cosas muy raras por el pecho y las manos se me despellejaban mucho. Yo estaba muy mosqueada porque tengo una cuñada que es seropositiva y siempre tenía las manos despellejadas. Lo consulté con una doctora y me preguntó si era grupo de riesgo y si me había hecho las pruebas. Le dije que no y las encargó de inmediato. ¡Qué miedo! Cuando fui a recoger los resultados me dijeron que había que repetir las pruebas porque no estaba claro... Positiva total. Me puse un poco nerviosa porque a pesar de que me lo esperaba, no me lo esperaba. Es una de las cosas que tampoco me preocupa mucho, es en la que menos pienso. A lo mejor me duele un brazo y me preocupa más que tener el VIH, porque ya me he acostumbrado a vivir con él. Soy muy miedosa con la primera impresión pero luego se me olvida todo, si tengo la enfermedad, la tengo y ya está, no pasa nada. A seguir lu[ 29 ]

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chando y había que luchar mucho cuando Antonio salió de la cárcel. Antonio se ha tirado 20 años en prisión y vivía en la prehistoria, se creía que cuando saliera estaba todo ahí para él. Yo le explicaba que las cosas habían cambiado mucho y que ya no eran como cuando él había entrado en la cárcel. En prisión, donde se conseguía lo que se quería, Antonio no quiso la metadona. Pensaba, como mis hermanos, que la metadona era otra droga que te tenía tonto todo el día, pero al menos te la daban y no tenías que hacer ninguna barbaridad para conseguirla. Salió de la cárcel en 2002 y ahí estaba yo. Él ya estaba trabajando y estaba muy bien, parecía un armario. Pero se quedó sin trabajo y empezó a tontear y a ir donde no debía. Mi padre le dijo que buscaban un carretillero en Mercamadrid, y le cogieron, pero es que la venta de droga la tenía al lado y eso fue su perdición. Me contó mi padre que a la hora del bocadillo y en cuanto tenía oportunidad desaparecía. Su jefe me llamó y me dijo que le tenía que echar, que le daba mucha pena porque era muy buen chico, que le quería mucho, pero que creía que estaba haciendo cosas que no debía. «Ellos trabajan en las alturas y existe un riesgo. Cuando deje las tonterías que hace, me llamáis que le vuelvo a dar trabajo», me dijo. Cuando tenían que salir de viaje el jefe les pagaba por adelantado las dietas y ¿él qué hizo? Se gastó el dinero en droga y luego se volvió a casa. Le dije que le mataba, ¿cómo [ 30 ] iba a devolverle el dinero a ese hombre? Me contó una película del oeste. «Embusterillos» con la droga sí [lo] son un poco, creo que para no hacerme sufrir, porque cuando estaba en la cárcel siempre me decía que cuando saliera me iba a dar todo lo que no me había dado... Yo lo único que quiero es que se cuide mucho y dure muchos años. Estaba fatal... Pesaba 40 kilos y estaba más muerto que vivo, con unas úlceras en los brazos que te podía dar algo. Tuve que echarlo de casa, con todo el dolor de mi corazón, y decirle que así no le quería. Estaba dispuesta a dejarle si seguía en el mundo de la droga y robando. Y quería que se diera cuenta de que iba a perder lo único que tenía. Le dije que hasta aquí habíamos llegado y Antonio dejó la heroína. Pasamos un montón de tiempo con psicólogos y hemos recorrido todos los sitios, y yo detrás de él como un perrillo para que no me dijera que se iba a algún lugar y luego se desviara a otro. No teníamos trabajo y vivíamos con 300 euros que cobraba yo. Él ya estaba curado pero estaba destrozado de la cabeza, hecho polvo, demacrado... Y las cosas empezaron a ir un poquito mejor cuando, después de pasar por INTEGRA, Antonio empezó a trabajar en ACCIONA y empezó con otra ilusión. Ese día no se me olvidará jamás. Antonio iba con unos pantalones marrones de pana que le sobraban tres leguas. Yo pensaba: «En el momento que le vean, le dicen que no. Van a decir que este hombre se está muriendo...». Y el [ 31 ]

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