Pregón de la Merced 2014

 

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Septiembre 2014

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PREGÓN A NTRA. SRA. DE LA MERCED JOSÉ IGNACIO MARTÍNEZ MORENTE Córdoba 21 de septiembre de 2014

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Ave María Purísima. Sin pecado concebida. Ábreme Señor los labios y mi boca proclamará Tu alabanza ¡ ¡Que la Misericordia de nuestro Dios venga sobre nosotros, como lo esperamos de Él¡ Regina coeli. Laterae Qui a quem meru isti portare Resurresit, sicut dixit Ora pro nobis Deum Alleluia. Alleluia. Alleluia. Alleluia. Gózate y alégrate, siempre Virgen Maria, Reina del Cielo. Porque ha resucitado verdaderamente el Señor, Porque la carne del que en Ti creció, no fue pasto del sepulcro, si no gloria de resurrección Porque la sangre del que de Ti se alimentó, no conoció la corrupción, si no que es manantial de vida con el que se nutre Su iglesia. Gózate hermosa doncella, entre todas LA MAS BELLA Porque tu ser se llenó de la Gracia El Padre en ti se complació El Santo Espíritu preñó tu vientre, del Hijo, que se nos dio Proclame tu alma Mercedaria, la grandeza de nuestro Dios, Escogida como perla cultivada, la humildad tu pureza adornó. El poderoso te concedió, la más inmensa Merced, Que si no hay honor más grande, que ser la madre de un rey, A ti, Virgen Santa, María, de la humildad te hizo Reina. Madre de la coronación. Que si con espino y caña, reina humilde el que nos redime, Con Amor, poder, y sapiencia Su madre siempre nos guíe. Arriba los corazones, no haya pena ni dolor Que la mujer SIN PECADO la cabeza del maligno aplastó Gloria a la Reina del cielo, que Su hijo nos redimió

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Honor y Gloria a Maria, la Madre del Redentor Que todo el mundo proclame a la que Inmaculada es. Siempre virgen, Reina, Santa, Santa María de la Merced. Reverendo Sr. Cura párroco de San Antonio de Padua, D. Javier Moreno Pozo, Rvdo. Sr. D. Miguel Varona Villar, celebrante y predicador de estos cultos mercedarios de 2014, Parroquia, hermanos en Xto, Mercedarios de la Venerable e Ilustre hermandad del Santísimo Sacramento y cofradía de nazarenos de Nuestro Padre Jesús Humilde en la Coronación de Espinas, Nuestra Madre y Señora, Santa María de la Merced y San Antonio de Padua, hermano Manuel Jesús: gracias por tus sentidas, y nunca merecidas, palabras para conmigo. Sólo se pueden explicar desde el gran amor en Cristo que mutuamente nos profesamos. No crean mucho a mi hermano Manuel Jesús, porque el material del que está hecho este pregonero es de un barro imperfecto y pecador. Espero que mi pregón sea una oración mercedaria capaz de sembrar y esparcir: luz, sal y levadura dentro de nuestras almas. Que orgullo para algunas de nuestras queridas hermandades y cofradías, tener entre sus títulos el de hermandad de capataces y costaleros, hitos de nuestras cofradías cordobesas que hemos tenido la suerte de vivir y forjar. Tu cofradía mercedaria, Señora, es ejemplo de cofradía de costaleros y capataces, y de sacerdotes (y qué sacerdotes) y de adoradores y adoradoras, y de músicos, de nazarenas y nazarenos penitentes, y de orfebres y de bordadores y de imagineros y sobre todo de pregoneras y pregoneros, pregones llenos de fe que tus fieles mercedarios han regalado a Córdoba para gloria de la orden y ejemplo de tipismo, de amor, de gracia y de fe. Hoy te canta un dominico seglar, un enamorado de la Merced, un cofrade convencido, un adorador amante de la Presencia Real de Su cuerpo y de Su sangre, un pecador que se acuna bajo el manto de tu gloria, asido fuerte a tu rosario, maroma de cuentas redondas que me ancla a Tu esperanza, un rociero de fe que sabe que Tú, Paloma Blanca, dispensas todas las gracias cuando se te imploran. Merced.

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Yo me presento vacío, sin títulos ante Ti, ni siquiera tengo el de hermano, hermano de la Merced, que me avale para ocupar este lugar y decirte lo que te aman tus hijos. Sólo me respalda Señora, el gran amor que te tengo, por Madre e intercesora y por celestial abogada, ante el Hijo y ante el Padre (Padre de Misericordia) de mis pleitos pecadores que taladran hasta el alma. No me ocultes tu mirada, nunca, por Dios, mercedaria, que sin tus ojos me pierdo, ellos son mi limpia mirada, ellos faros de luz en la noche, ellos las luces del alba, ellos veneros de gracia donde beben mis pasiones, que alimentan mis deseos, que me guían y me mandan, ellos las puertas Señora de la luz de la Divina Gracia. Ojos que vieron antes, otros hermanos, padres, parientes, abuelos, y que en la noche estrellada del martes a la madrugada devolverán sus miradas, desde el cielo hasta la tierra, para fijarlas, centradas en la hostia consagrada, en el blanco manifestador de la adoración esclava, en la Puerta del Colodro, donde habita la fe martirizada, para que el resto del año, cuando hasta sus plantas vaya, vea en su gloria, Señora, reflejos de Paz y Esperanza, de Alegría resucitada, reflejos de sus miradas: la de hermanos, de padres, de abuelos, de testigos de Esperanza que comparten ya la gloria del Reino que nos aguarda. (en memoria de mi amigo Alberto, costalero de la Merced) No apartes nunca Merced, de mis ojos tu mirada, Que si tus ojos se cierran, perdida se encuentra mi alma. Los ojos de nuestra Virgen siempre fueron mi obsesión. Entrad despacio en la iglesia y buscadla poca a poco, antes en su camarín, ahora en el altar del trono, lo hagáis como lo hagáis siempre enfrente su mirada, cálida y acogedora, como preguntando ¿Qué pasa? Como si no lo supiera, que a una madre nada se le escapa, pero os pregunta despacio, al oído, desde

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adentro, como acariciando el alma, como si en sus manos tomara el dolor que nos embarga, la duda, la desesperanza, el temor, el pánico, el miedo, la falta de fe, la desgracia y tomándonos por la cara, muy cerquita, casi rozando su cara, nos dice: “confía tu petición a esta Madre que te adora, a esta Divina Pastora de los cuerpos y las almas, a la Reina intercesora que toda Merced os alcanza” Pues esto es lo que he experimentado, muchas veces en mi vida, cuando hasta la Merced llegaba para pedirle a Nuestra Madre, súplicas, favores, dádivas. Devoción querida de mis padres y padrinos que nunca faltaron a sus plantas. ¡Cuántos ruegos por mi vida, por mi salud, por mi trabajo, por mis andanzas¡ Y tú sabías, Señora, el día, el ruego, la gracia, hasta la hora. Sabías que a Ti vendría en la soledad de mi amarga hora. Hace ahora cinco años, a las doce mercedarias, cuando comienza tu día, día en que la Merced nos alcanza. Entré hasta tu lado Merced, hasta la segunda banca, la del lado del evangelio que es desde donde más me gusta tu cara y fijándome en tu mirada recuerdo que te preguntaba: ¿Qué hago yo ahora Merced? Esa misma mañana, fieramente, con rabia, el “paro” llegó a mi casa, a mi vida, a mis quehaceres cansados de jornadas laborales sin tregua, agotadores, de soledad y distancia. ¿Qué hago ahora Madre mía? En medio de mi oración “la Merced” me contestó. La respuesta era conocida, simplemente estaba olvidada, carente de confianza, arrumbada, postergada. Sus ojos, como siempre, me hablaron y repitieron la frase, por excelencia, mariana: “Haced lo que El os diga” Así que volví mi mirada, hacia Su hijo, el amado, y penetrando el Sagrario, como quien agua en el desierto busca, le dije.

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“Tu Madre, Señor me manda, dime que hago yo ahora, donde busco, por caridad, ayuda” Dios siempre se manifiesta, por la fuerza de su palabra, y a la palabra fui, como otras veces hiciera, al bendito libro quizás olvidado, y que siempre debiera ser nuestra lectura de cabecera. Al evangelio escrito, Palabra de Dios transmitida y anuncio de Buena Nueva. Siempre vivo, siempre esperando a que nuestra alma lo lea. Abrí sus páginas al azar, pues la mano la guía la Providencia, y leí con avidez el texto que proponía (parábola de los talentos) ¿Eso era Señor? ¿Trabajar para Tu reino, desde donde, y en que hacerlo? Ahí recordé las palabras de un amigo que me dijo, esa misma mañana, “¿y qué? ¿Tú no eres médico? Pues coge la bata y empieza, como si ahora comenzaras.” La ayuda de amigos, antiguos compañeros y hermanos, en mi reciclaje, en mis nuevos estudios, en mi puesta al día, fue abrumadora y determinante, pero lo que me dio la razón fundamental del camino a seguir, fue la oración de la comunidad, la oración de mi fraternidad dominicana. Me consta que fui, y soy, el centro de sus oraciones, como cada uno lo es del resto de la comunidad, fuerza de la oración compartida que alimenta nuestras esperanzas. Desde entonces, y van ya cinco años, Merced, sigo intentando completar la respuesta personal a aquella lectura de la parábola que Tu Hijo me indicó por intercesión Tuya. Aquel golpe de timón, que la Madre y Capitana, dio a la barca de mi vida, ha sido providencial, todo en mi vida ha cambiado, ahora reina la relatividad, porque mi centro de referencia es un centro espiritual, una enseñanza dominica plena de Misericordia, ahora el centro de mi vida, en el Hijo de la Merced está.

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He comenzado mi pregón con el canto del Regina Coeli (oración que sustituye al Ángelus durante el tiempo de Pascua, hasta Pentecostés) y no penséis que me he equivocado al hacerlo en tiempo litúrgico ordinario, lo que ocurre es que comencé este pregón visitándote, Santísima Virgen, para agradecerte la Merced que me habías concedido, llamándome a pregonar tus fiestas mercedarias de septiembre 2014, entonces era tiempo de Pascua y en el altar que presides, en el centro, y a tus plantas, se situaba una imagen de Cristo Resucitado. Resurrección que es la que da sentido a nuestra fe, la que troca el dolor redentor, en verde madero de esperanza y los dolores corredentores de Maria (5º dogma mariano por proclamar) en dolores gloriosos triunfantes. Si Cristo vive, resucitado, ¿Puede llorar la Merced? Pues sí hermanos, y lo hace por los hijos que no vienen, por los que no viven, “resucitados” sepultando al hombre viejo y mostrando los seres “nuevos”, llora por nuestros pecados, por mis faltas y las tuyas, porque no llegamos al sacramento de la reconciliación a pedir una Merced, una Gracia. El encargo de este pregón llega en el momento adecuado para mi ser cofrade y cristiano, que para pregonar tus mercedes es preferible haberlas vivido desde adentro, con el alma, a lo largo de los años, en cultos y procesiones, de día y en madrugadas, como aquellas que vivía a los ocho o nueve años cuando, de la mano de mi padre, llegaba a San Antonio de Padua para ver desmontar tu paso, en la puerta de la iglesia, el martes de madrugada. ¡Qué evolución cofrade en mi vida y en tu hermandad ¡ Hoy tienes palio y bordados, un arco que atravesar, bandas, capilla, un misterio y dos filas mercedarias de mujeres y hombres

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penitentes que rescatan del olvido a los anónimos conventuales que en tu Córdoba te sirvieron. Libertadora de penas, caminas entre cadenas que por tu Merced rompes, liberando a los cautivos, como hicieron los mercedarios hace siglos atrás, liberando del desapego y de la falta de libertad a los que quieren redimir su deuda con la sociedad. Ahora recuerdo, Señora, a este mismo pregonero, mucho más joven, llegar corriendo a tu barrio, terminada su estación de penitencia de silencio, para delante del palio gritarte al comienzo del martes santo. ¡¡Mercedaria ¡¡ contestando sus amigos ¡¡guapa ¡¡ Lo sé, mi sentir Trianero siempre me delató, pero no todo el mundo puede entender lo que “manda” la que es Reina, Madre y Capitana. Qué atrás van quedando, en el tiempo, aquellas vivencias de nuestra juventud cofrade, como aquella primera salida penitencial, hace ahora (50) cincuenta años en mi hermandad del Señor de la Caridad. Sí, Merced, cincuenta años vistiendo cada primavera el hábito penitencial, en la próxima Semana Santa, si Tu Hijo así lo quiere, este cofrade los cumplirá. Y Tú sabes como los quiero celebrar. Alrededor del altar, de tu hermandad mercedaria, vistiendo por primera vez, si la merced se me otorga, el hábito penitencial y sacramental de tu cofradía mercedaria. A tus plantas dejo mi solicitud rellena y rubricada, concédeme la merced de ser Tú mi fiadora y presentar en cabildo la propuesta de mi alta, para que el próximo lunes, lunes de Semana Santa, cumpla cincuenta años en tu gracia mercedaria. Pero he de confesar que ya he sido penitente de la Merced. Y vestido de nazareno.

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Hace ya bastantes años que fui diputado mayor de estación de penitencia de mi querida hermandad del Via-Crucis, y aunque la distancia desde la cruz de guía de silencio hasta la banda de tu palio era larga, yo buscaba en Claudio Marcelo la cabeza del cortejo para, entre tambores roncos, admirarte por tu espalda, acompañando tu manto y el cimbrear de tu palio y así vivir en penitencia la carrera oficial mercedaria. Y es que, Santísima Virgen De ti, todo me enamora Me enamoran, Señora Tus ojos y tu mirada Y tus labios y tu cara Y tus manos y tu talle, Y ese porte de emperaora Que tienes desde tu palio, Y tu manto, el de Misericordia Y la luz de tu candelería Y la flor que siempre te adorna Y el resplandor de tu cara Cuando la noche culpable Se redime en el Colodro Con la luz de tu nueva Aurora Y me enamora el rosario, El que te rezan, Señora Por las calles tus mercedarios, Y las fiestas de tu barrio, En tu casa y en tu patio Y me enamora Merced Comulgar en tu presencia Recibiendo maná y rocío

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Que desde tu vientre salen Me enamora tu parroquia Y la oración sacramental Rezada jueves a jueves Con regusto de hermandad Los via-crucis de cuaresma Con la Humildad “coroná” Y en noviembre la realeza Universal celebrar Y me enamora tu cera La blanca y la sacramental Y los sones de tus marchas Cuando por el arco sales Y los lunes por la tarde Y los martes de madrugá Y los sábados del año Rezándote en hermandad Y me enamora tu andar, Con rachear costalero Buscando la catedral. Sí, me enamora Señora Ese día, que está por llegar Cuando la Merced de Córdoba Reine desde el río a levante Tú sola Señora, en tu palio En tu palio azul pavo real, A los sones de Merced coronada Con grandeza sin igual Demostrando que tu orden tercera La mercedaria de tu hermandad, Recoge devociones de siglos Para entregárselas a la ciudad Y labrarte corona sin par

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Que relumbre de Mercedes Y de gracias “derramás” Concédeme la Merced De estar a tus plantas ese día, Que vea tu cara morena De soles cordobeses “coroná” Y si tu hermandad lo permite Cuidar tu candelería Luces de fe mercedaria Que nunca se deben apagar Y sí, me enamora Señora Tu gracia sacramental, La que a raudales derramas Al paso de tu hermandad Uno de agosto de (1.218) mil doscientos dieciocho. (repito) La Santísima Virgen se aparece a un presbítero de la iglesia de Barcelona (Pedro Nolasco) y le realiza el encargo de trabajar por la liberación de los cristianos cautivos en territorio musulmán. Quien luego sería San Pedro Nolasco, lo consulta con su confesor, fray Raimundo de Peñafort (otro presbítero y canónigo de la catedral de Barcelona, que tras conocer a Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos – Orden de Predicadores – ingresa en las filas dominicas) De ahí, que los hábitos dominicos y mercedarios sean tan semejantes, sólo diferenciados en el color de sus capas. Negras en los dominicos y blancas en los mercedarios. Ambos redactan unas constituciones que Pedro Nolasco presenta al rey de Aragón y al obispo en Barcelona, despertando tanto interés y complacencia en ambos, que donan sus propias armas para el escudo de la nueva orden, siendo así que los mercedarios lleven sobre su pecho un escudo con las barras del reino de Aragón (cedido por el rey Jaime I el conquistador) y la cruz de la catedral de Barcelona, que simboliza a Jesucristo Rey de Reyes.

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La encomienda a la nueva orden, Real y militar, de Nuestra Señora de la Misericordia o de la Merced es la de la redención de cautivos, entregando para ello, si fuese necesario, la propia vida, incluso canjeándose los propios frailes por los cautivos cristianos. Por eso, el escudo mercedario, se coloca sobre el pecho de los llamados a ejercer “la caridad en grado heroico”, recordándoles al imponérsela que no hay quien tenga amor más grande que el que da la vida por los amigos. Tras la conquista de Córdoba por el rey Santo, el mismo rey, dota a la ciudad con la fundación de cuatro conventos para las órdenes de frailes dominicos, franciscanos, trinitarios y mercedarios. El de los mercedarios se enclava cerca de un osario que hoy cubren los jardines de la Merced, y el propio convento subsiste en el conocido palacio de la Merced, sede actual de la Diputación Provincial Cordobesa, que inunda con el escudo mercedario, no sólo la capital, si no toda la provincia. Razones, por tanto, no faltan para que dentro de cuatro (4) años, en (2018) dos mil dieciocho, celebremos, los mercedarios, el octavo siglo de la fundación de nuestra orden, rememorando la aparición de Nuestra Señora, en la iglesia de Su convento, Merced junto a Merced, con la protectora de nuestra orden coronada por la devoción popular, al igual que ocurriese con la protectora de la orden dominica, en su advocación de la Virgen del Rosario. Todo ello recordando y honrando a San Pedro Nolasco (fundador de los mercedarios) Siglos de devoción mercedaria quedan en las manos, por tanto, de esta orden tercera que puede ser nuestra cofradía, oremos al Señor y a Su Santísima Madre para que nos conceda la Merced de hacer realidad esta celebración. Hoy, domingo, pregonamos las fiestas mercedarias.

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Nos encontramos al final de la octava de la exaltación de la Santa Cruz y entre la memoria de los Dolores Gloriosos de Santa María y su festividad de la Merced. En pocas noches viviremos la gran vigilia mercedaria, esa en la que felicitamos a nuestra Madre por cuidarnos y escucharnos. No hay mejor manera de terminar un día y comenzar el siguiente, que en la compañía de Jesús y de María. El tramo horario que va desde las once y media, hasta las doce y media de la noche es nuestra Hora Santa, hora en que se rememora la agonía de Nuestro Señor en el huerto de los olivos, hora en que junto a María, como hijos suyos otorgados por el mismo Jesucristo desde la cruz, constituimos la guardia de honor a Cristo agonizante y crucificado, acompañado sólo por Su Madre y el discípulo amado. En esa hora del glorioso dolor, más que nunca, recibimos a Nuestra Madre, y Ella nos acoge como hijos suyos que somos, por tanto, todos como hermanos. Esa es la Merced que nos pide Santa María en esta noche, que seamos verdaderamente hermanos, hijos de una misma Madre, y que cuando le digan a Jesucristo, como en aquel tiempo, “Tu Madre y tus hermanos quieren verte” Él nos pueda contestar, pasad, pues mi Madre y mis hermanos, son quienes cumplen la palabra de Dios y la ponen en práctica. Si nos examináramos en esta noche, en esta hora, del cumplimiento con nuestras vidas para expandir el Reino de Dios, para sembrar Su palabra ¿qué contestación podríamos dar? ¿somos los hermanos que ponen en practica el evangelio, hijos de la Merced? Ojalá que con ocasión de la celebración de su festividad, redoblemos nuestro esfuerzo y compromiso por expandir el Reinado de Tu Hijo. Concédenos Merced, que el Espíritu Santo actúe a través de nuestros labios y nuestras obras para que prediquemos en el atrio de los gentiles (como hacía san Pablo) y que no guardemos nuestra religiosidad como joya en cofre o luz en la caverna, si no

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que alumbremos y deslumbremos en el centro de: nuestra familia, de nuestro trabajo, de nuestra sociedad. Concédenos Señora la valentía y la constancia de ser testigos de Tu Hijo con Humildad y Esperanza Mi experiencia mercedaria comenzó hace muchos años, pero hubo un momento decisivo, un instante de conexión, una hora y un lugar, en que te vi como Puerta del Cielo y Estrella de la mañana. Recuerdo aquella madrugada, tras finalizar mi estación de penitencia silente me dirigí a la Catedral, alcanzando el primer templo cuando salía del mismo el paso del Señor, iba en su antiguo paso, la noche aún oscura, estrellada. Los romanos, entre sombras, apenas con unas luces, parecían arrancar, placenteros, gotas de sangre roja de tu cuero cabelludo, incluso alguna parecía llegar hasta el suelo en forma de cera roja derretida. ¡Qué profundo pesar! ¡Qué anuncio de terrible día! ¡Día de Viernes Santo! Y entre filas nazarenas y rachear costalero iba venciendo el día, la aurora, la claridad, el triunfo, la victoria, y en medio de algarabía y el canto de aves voladoras, apareciste Tú. La promesa, la Inmaculada, el Día. Ya no era noche, era día. Ya no había pena, si no alegría, en tu cara había llanto, pero en tu rostro ¿sonrisa? O a mi me lo parecía. No sé que tiene tu palio, te lo juro Madre mía, pero sé que desde aquel año, cuando te miro a la cara, no veo noche si no día, no veo tiniebla y pecado, si no gracia que me redima, no veo una imagen mariana, veo a la Virgen María. Y te siento como Reina, como Madre, Siempre Virgen, “Doloría” y “Glorificá”. No veo, Señora, la hora de acurrucarme bajo tu manto y comenzar mi chicotá, la que me lleve contigo, a la gloria celestial, a disfrutar de tu cielo,

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en el que mis padres están, y con buenos dominicos elevarte los rosarios que desde la tierra vendrán. Siempre la misma iglesia, Militante, purgante y triunfante Que con la Merced está. El cielo te coronó La Trinidad lo proclama Y sólo a vos, Reina escogida Os concibió Inmaculada Para que tu augusto seno Portara lo más Sagrado Tabernáculo de Amor Merced que todo lo alcanza, Humilde en la Coronación Poderosa contra el maligno Reina del dolor, corredentora Y Mediadora de la Gracia Madre del quinto dogma, Corredención de María, Proclamado por cofradías, Corredención virginal, Aceptada por Santa María, Que al mundo alumbró la Gracia, Merced que otorga la vida. Cuando el septiembre mercedario nos convoca, no lo hace una imagen, una tradición, un festejo. Lo hace una llamada interior, un imán de gracia y amor que atrae a sus escogidos. Esa experiencia cofrade y cristiana de felicitar a Nuestra Madre no hace más que confirmar el canto del magnificat, cumpliendo la

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