Nº 20. "Horizonte de Letras"

 

Embed or link this publication

Description

Revista digital de creación literaria, editada por la Asociación de Escritores de Alcorcón "Alfareros del Lenguaje"

Popular Pages


p. 1

Revista digital de Creación Literaria, de literatura y de opinión Editada por Enrique Eloy de Nicolás Sumario Editorial (pág. 3) Relato (pág, 4) Microrrelato (pág. 11) Prosa poética (pág. 14) Poesía (pág. 17) Opinión (pág. 20) Lectura escogida (pág. 21) Entrevista (pág. 23) Publicaciones recibidas (pág. 25) Entrevista a Fernando José Baró, escritor y anticuario. EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 2

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 2 de 31 Fundada en 2009 Nº 20 Septiembre-Octubre de 2013 EDITORIAL RELATO “Historias y Leyendas”, de Javier Úbeda “¿Cuál es tu destino?”, de Mayte Cuervo “Del sacrifico a la santidad”, de Edward Acosta MICRORRELATO “Parpadea” “Mi bodega” y “Sombras”, de Eva María Medina “Trágica luna de miel” y “Un chico normal. Relato de un despertar”, de Fabiana Iglesias PROSA POÉTICA “Hay islas que lo descubren a uno”, de Enrique Fernando Arauz POESÍA “De poeta a poeta”, de Zeneida Pizarro “En presencia del aire” y “Oscuridades”, de Javier Úbeda “Poema de Julio (desde Cali, Colombia)”, de Julio Pizarro “De lo rosa y lo celeste” y “Hacete”, de Rolando Revagliatti OPINIÓN “Naturaleza mágica del mundo”, de Jon Velázquez LECTURA ESCOGIDA “Huellas de Herradura”, de Ramón Mur. Crítica de Javier Úbeda ENTREVISTA Fernando José Baró, escritor y anticuario PUBLICACIONES RECIBIDAS __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 3

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 3 de 31 ¿Todos de vuelta, supongo? ¿Nadie falta…? Pués si es así, adentrémonos en este nuevo número, calentito y humeante; repleto de acción, emoción, literatura y arte. El arte que atesoran nuestros colaboradores, a los que ya conocéis y saboreáis (no a ellos, por supuesto; me refiero a sus creaciones); a los que –en modo alguno, estoy seguro- ya admiráis, en mayor o menor medida. Y no es para menos. Ellos son el alma de esta humilde publicación que ya cumple cuatro añitos. Sí, parece mentira, pero ya se anda sola… Así, consumamos el número 20, redondo y rotundo donde los haya. Por ello, como siempre y sin excepción, estáis invitados a recorrer este horizonte de letras en aquel otoño que se divisa y se acerca lenta pero inexorablemente. Hojead sus páginas y disfrutadlas, aunque no se puedan tocar. Espero que ese otoño, para vosotros, siempre sea primavera. Enrique Eloy de Nicolás . __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 4

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 4 de 31 Javier Úbeda Ibáñez, escritor y miembro de REMES (Red mundial de escritores en español).Nació en Jatiel (Teruel, España), en 1952. Reside actualmente en Zaragoza (España). Es autor del libro de relatos breves y poemas Senderos de palabras y de los cuentos Daniel no quiere hacerse mayor y La Elegida. Ha publicado numerosos artículos de opinión tanto en prensa digital como en prensa escrita. En este sentido, algunos de los títulos más significativos hasta ahora han sido: “La educación: significado y objetivos”; “Paternidad responsable y responsabilidad educativa”; “La función educativa del Estado”; “La valoración del conformismo ambiental”; “Reflexiones sobre la democracia”; “Libertad y responsabilidad en la información”; “La iniciativa privada” o “Reflexiones sobre la libertad”. También ha escrito numerosas reseñas literarias, y relatos cortos y poemas, que han ido viendo la luz en revistas de la talla de Almiar, Ariadna-RC, Fábula (Universidad de La Rioja, España), Gaceta Virtual (Argentina), Horizonte de letras, La ira de Morfeo (Chile y Argentina), La Sombra (de lo que fuimos), Letralia (Venezuela), Letras en el andén (Argentina), LetrasTRL, Letras Uruguay (Uruguay), Literarte (Argentina), Literaturas.com, Luke, Magazine Siglo XXI, Narrador, Palabras Diversas, Pluma y Tintero o Poeta (Argentina), entre otras muchas. “Historias y leyendas” que otra naranja, encargó a Ladón, un feroz dragón de cien cabezas que enroscaba su cola en el tronco y que nunca dormía, que vigilara atentamente el jardín. El mito de las Hespérides —explicado con todo lujo de detalles en unas tablas colgadas en una pared que estaba justo en la entrada principal del Aula Magna de Los Naranjos— narra cómo Atlas ayuda a Hércules —también llamado Heracles— a cumplir su undécimo trabajo (había recibido la misión de realizar doce trabajos en total considerados imposibles), el de robar las manzanas doradas del jardín de las Hespérides. Hércules mata al águila que estaba devorando a Prometeo. Éste, para agradecérselo, le dice que el gigante Atlas, condenado a tener que sostener el cielo sobre sus hombros, era el más apropiado para robar las manzanas, porque conocía al peligroso dragón que las custodiaba. Hércules busca y encuentra a Atlas, y le pide que vaya a robar las manzanas, mientras tanto él le sujetará el cielo. Atlas, cansado de vivir con el cielo a cuestas, acepta el encargo de Hércules. Pese a que su idea era fugarse con las manzanas, Hércules consigue volverlo a engañar —una vez le ha traído las manzanas—, y huye dejando a Atlas otra vez con su pesada carga. En la Universidad se había organizado un gran revuelo: el reconocido profesor León Caballero, considerado toda una eminencia en mitologías y leyendas, iba a impartir una conferencia, a la que le seguiría una charla-coloquio. La Universidad había acondicionado para el evento el Aula Magna de Los Naranjos, conocida con ese nombre porque todas las paredes estaban recubiertas de dibujos que aludían al jardín sagrado de las Hespérides —ninfas que cuidaban del jardín—, que en la mitología griega está representado por naranjos en flor. El jardín de las Hespérides —regalo de Gea, diosa de la tierra, a Zeus y a Hera por su matrimonio—, se encontraba en el monte Atlas, y las naranjas, conocidas también como manzanas de oro, eran muy apreciadas porque proporcionaban el don de la inmortalidad. Como Hera, diosa griega de los nacimientos y el matrimonio, hermana y esposa de Zeus, además de propietaria del jardín de las Hespérides, no acababa de fiarse de las ninfas: Egle, Eritia y Aretusa, hijas de Atlas porque se comían alguna __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 5

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 5 de 31 Hércules le lleva las frutas mágicas a Euristeo — rey de la Argólida y el que le encargó los doce trabajos—, que consagró las manzanas doradas a Atenea —diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa—, y ésta le pidió a Hércules que volviera a dejar las manzanas en el jardín de las Hespérides, pues era allí donde debían estar, porque el Destino así lo exigía. Las tres Hespérides: Egle, Aretusa y Eritia fueron convertidas en un olmo, un álamo y un sauce, respectivamente. En cuanto al dragón Ladón que mató Atlas, cuenta la leyenda que la sangre que manó de su cuerpo quedó plantada en el jardín de las Hespérides, y de cada gota nació un árbol llamado drago. Su savia, de color rojo (también conocida como sangre de drago) tiene importantes propiedades medicinales. Esta leyenda —la del mito de las Hespérides— la leían a diario centenares de personas y, después de leerla, casi se sentían arrastradas a reflexionar acerca del sentido de los mitos y de la vida. ¿Sería posible que el árbol conocido como drago tuviera algo que ver con el dragón Ladón? ¿Unas manzanas prohibidas que no se podían comer ni tocar? El profesor abrumado por tanta efusividad, hacía gestos con sus manos en señal de agradecimiento. Cuando el profesor se hubo instalado detrás del atril que le habían colocado estratégicamente en el centro del escenario y se hubo colocado el micrófono, el auditorio dejó de aplaudir y se quedaron expectantes y en silencio. León Caballero, de unos sesenta años, melena canosa, ojos azules y saltones, gafas de pasta negra, de mediana estatura (más bajo que alto) y de constitución más bien robusta, iba vestido con un impecable y holgado traje de chaqueta gris con amplios tirantes negros, camisa blanca reluciente y calzaba mocasines a juego con la camisa, enseguida tomó la palabra: —Les agradezco mucho sus aplausos, por un momento me he sentido Plácido Domingo después de representar Orestes de la ópera Ifigenia en Táuride en el Teatro Real. Ahora, no me pidan que cante porque soy un auténtico desastre. Lo que sí haré será hablarles de… Antes de que acabara la frase entró en escena una canción. El público levantó la cabeza buscando la ubicación de aquella enigmática melodía. —No la encontrarán, dejen de buscar. ¿Saben de quién es esta canción y cuál es su título? Se trata de Lament for Atlantis, de Mike Oldfield, me sirve para introducirles en el tema de hoy: la leyenda de la Atlántida, el continente perdido, la isla sumergida y jamás hallada. ¿Les suena, verdad? Pero, insisto, no la busquen porque no la van a encontrar. Ya lo intentaron muchos durante siglos y no lo consiguieron. Y otros tantos hablaron de ella como Julio Verne en el capítulo XI de Veinte mil leguas de viaje submarino cuando el Nautilus visita las ruinas de la Atlántida. Señores, han sido tantos los que la han buscado, visitado, investigado en sus libros que sería prácticamente imposible hacer un inventario; e incluso este tema ha llegado a la gran pantalla. Y es que la leyenda de la Atlántida lleva muchísimos años dando de sí y aún le queda cuerda para rato. Se han preguntado por qué tanto afán por buscar una isla, una ciudad que, en principio, surge de Los diálogos del filósofo Platón (en ellos Platón dialoga con Timeo y Critias sobre la fabulosa isla de la Atlántida que desapareció en el mar, haciendo una descripción pormenorizada de ella. Aseguran que la historia la aprendieron del poeta y legislador ateniense Solón, y éste a su vez se la escuchó a los sacerdotes egipcios). Platón, en sus escritos, afirma insistentemente que se trata de una historia real. Dice Platón, allá por el año 340: «Hace tiempo, más allá del estrecho que llaman las Columnas de Heracles (el estrecho de Gibraltar), se Las cuatro era la hora fijada para que diera comienzo la conferencia del doctor Caballero. En el Aula Magna no cabía ni un alfiler. El poder de convocatoria del catedrático era impresionante. Se había creado una merecida fama de erudito divertido, cauto, al que le gustaba interactuar con el público que asistía a sus conferencias, tolerante y amante de la libertad bien entendida. El silencio era total. Se apagaron las luces, y el primero en salir al escenario fue el decano de la facultad; traía un cometido importante: presentar al profesor y adelantar sobre qué iba a tratar la conferencia. Después de varios elogios y halagos acerca de la valiosa contribución del profesor Caballero al mundo de la cultura, el decano lo anunció a grito vivo. El público de la sala se levantó en pleno, y aplaudió entusiasmado nada más hizo su entrada el conferenciante. —¡Gracias, Gracias! ¡Un millón de gracias por sus aplausos! ¡Por favor, tomen asiento! A pesar del ruego del profesor, el público continuó aplaudiendo unos minutos más. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 6

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 6 de 31 hallaba una isla más grande que Asia y Libia juntas, y desde ésta se podía acceder a otras islas y de aquellas a tierra firme que se encontraba enfrente. Esta isla llamada Atlántida desapareció en las profundidades marinas en el tiempo de un día y una noche». ¿Y de dónde habría salido esta isla? Según Platón, se trata de un trozo de tierra que nació de las profundidades del mar. Cuando los dioses se repartieron el mundo, ese pedazo de tierra le tocó a Poseidón, dios del mar, según la mitología griega. Descrito como un paraíso ideal, una isla perfecta donde se vivía en armonía y paz. Donde todos se ayudaban y respetaban, hasta que se convirtió en una sociedad arrogante. Los dioses castigaron a los atlantes por su soberbia, y después de ser derrotados por los atenienses (Platón era griego, recalcó el profesor), la Atlántida se perdió en el mar. Existen dos corrientes de pensamiento respecto a esta leyenda: están los que han interpretado y estudiado los textos que Platón escribió acerca de la Atlántida y han encontrado múltiples anacronismos y apuntes inverosímiles, que pueden llevar hasta la conclusión de la inviabilidad de la isla perdida, pudiendo afirmar que dicha isla sólo existió en Los diálogos del insigne filósofo griego. Y la otra corriente es la que ha creído firmemente en la existencia de la Atlántida, y han dedicado muchos años y esfuerzos en buscar el lugar donde pudo haber estado la isla. Corrientes, las dos, que existen hoy en día. Muchos mitos y leyendas se han creado a partir de la ¿invención? —el profesor León Caballero arqueó sus cejas y elevó el tono de su voz a modo de sugerente interrogación— de Platón: libros, teorías, investigaciones, películas, relatos, cuadros… ¿Todo ello nacido de algo que realmente no existió? ¿Qué opinan? Como saben, el hombre ha recurrido a las leyendas, a los mitos y a las tradiciones para intentar darle respuesta a las grandes incógnitas de la humanidad; lo que quiero que tengan claro es que las historias que nos cuentan en la mitología, en las leyendas, pueden o no ser reales, pero nos han servido, mediante la utilización de ejemplos, durante siglos para desvelarnos verdades esenciales de la condición humana. Seguro que piensan que muchas de las leyendas pueden parecer surrealistas, pero bien analizadas todas tienen su razón de ser. ¿Ustedes creen en la leyenda de la Atlántida? ¿Realidad o ficción? ¿Han pensado alguna vez con qué intención la escribió Platón? Pero… antes díganme: ¿cuántos de ustedes creen que existió la Atlántida? El auditorio entero se puso a contestar a la vez, escuchándose con más claridad el «no» que el «sí». —Que levanten la mano, por favor, los que sí crean en la leyenda de la Atlántida. Silencio sepulcral en el aula, mientras el profesor cuenta en voz alta las manos alzadas. —Diez personas, de… ¿cuántas somos aquí? —el profesor se gira hacia la silla donde está sentado el decano y lo interroga con la mirada—, ¿trescientos, quizá? Señor decano, haga el favor de darnos una aproximación de las personas que se puedan encontrar en esta sala. El decano de la facultad se acercó con sigilo el micro, se apretó la corbata, se colocó las gafas y con un hilo de voz calmosa dijo: —El aforo está completo, y en esta Aula Magna caben setecientas cincuenta personas. —Gracias, decano. Me gustaría preguntarle a alguno de los que han levantado la mano por qué cree que existió la Atlántida. Usted, por ejemplo, el caballero que está sentado en la segunda fila, el que lleva un jersey de rombos. —¿A mí, se refiere a mí, profesor? —Sí, a usted que ha levantado la mano. ¿Cómo se llama? —Javier Ruiz. —Dígame, ¿por qué cree usted que existió la Atlántida? —Básicamente porque no creo que personas sabias y avezadas con unas mentes tan privilegiadas — desde la Antigüedad hasta nuestros días— hayan dedicado tantos años a la investigación de algo que no existió. Estoy convencido de que todos esos intelectuales creyeron firmemente en la existencia de la Atlántida, y lo intentaron corroborar y demostrar mediante sus estudios. —Su respuesta tiene su lógica. —Ahora, necesito que algunos de los que no creen en la existencia de la Atlántida me den su versión. A ver, la señorita que está sentada en la última fila, que lleva gafas, es rubia con el pelo largo, y lleva una chaqueta fucsia que hace rato que me está deslumbrando. Risas en el auditorio. Y de repente, una luz a modo de foco alumbra las dos últimas filas, para acabar centrándose en la persona que acaba de describir el profesor Caballero. —No sea tímida, mujer. Díganos cómo se llama y por qué usted no cree en la existencia de la Atlántida. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 7

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 7 de 31 —Me llamo Carmen Martínez, y no creo que existiera la Atlántida, aunque respeto la opinión de Javier. Creo que la Atlántida es el gran mito, el mito de los mitos, un lugar paradisíaco e idílico que le sirvió a Platón para explicar los efectos nefastos de la soberbia en el ser humano. Platón nos presentó un lugar perfecto, que lo tenía todo, pero al que la vanidad lo echó a perder. Como castigo, los dioses hicieron que desapareciera. Sin duda, una excelente alegoría. —Gracias, Carmen, por compartir su opinión con todos nosotros. Y ahora, quiero que cierren los ojos y se imaginen un lugar ideal y perfecto: ¿Lo llamarían ustedes Atlántida? ¿Dónde lo ubicarían? ¿Y si quisieran mandar un mensaje utilizando ese paraíso, qué contarían? Mantengan los ojos cerrados durante diez minutos, cuando los abran, hablaremos de sus «Atlántidas personales». Y, de fondo, vuelve a sonar Lament for Atlantis, de Mike Oldfield. ¿Cuál es tu destino? Mayte Cuervo Cuando nació era grande. También era suave, bien proporcionado y espléndidamente blanco. Vino al mundo con todos sus hermanos, todos iguales, muy numerosos y cortados por el mismo patrón. Mama iba siempre delante, abriendo camino. Era muy guapa y nunca se olvidaba de ir bien arreglada, era la carta de presentación de toda la familia, la que llama la atención. Papa iba siempre detrás, guardando las espaldas a toda la familia. Era más fuerte y resistente, hecho de un material duro y noble, con carácter y seguro de sí mismo. Cuando la familia sé caía, Papa se encargaba de protegerlos a todos, soportando el peso y amortiguando el golpe. Estaban todos muy unidos por un fuerte lazo de amor, que evitaba la perdida o separación de los miembros de esta querida familia, haciéndolos permanecer juntos y felices. Todos se querían mucho y soñaban con una vida larga y útil. Pero no siempre es todo como nosotros queremos. El destino hace caso omiso de nuestros deseos y toma las riendas dirigiendo el camino. Así fue como un buen día en la vida de esta familia, algo atroz paso. Nunca se supo si fue el viento, la lluvia o una mano misteriosa, la que arranco de su feliz vida, a nuestro amigo, rompiendo con toda su familia y hasta consigo mismo. Ya no era ese ser grande y espléndido. Ahora se sentía pequeño, sucio y arrugado. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 8

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 8 de 31 Su vida de repente había venido a menos, incluso él pensaba que se había acabado, ¿qué sentido tenia su vida si ya no servia para nada? En su locura y desesperación se dedico a dejarse llevar. ¿Qué otra cosa podía hacer?, ¿Quién iba a poder necesitarlo algún día? Asíque su viaje era solitario, nunca estaba el tiempo suficiente en el mismo sitio como para tener la ocasión de hacer amigos, todo pasaba muy deprisa, y él nunca se llenaba. En el eterno divagar al que se había condenado, un día se dejó caer sin ganas y completamente abatido, muy cerca de una mesa en la que estaba sentado un hombre, (del que ni su aspecto, ni su historia nos interesan ahora), un hombre que estaba canturreando una extraña, pero fascinante melodía. En todos sus viajes, nuestro amigo, nunca había oído nada tan especial y con tanto sentimiento. Era lo más bello jamás escrito. De repente se dio cuenta de su destino. Fue un fogonazo que le hizo comprender, ahora todo tenía sentido. Había encontrado su destino. Quería formar parte de esa fascinación, quería ser esa melodía. Fue en ese momento, cuando el hombre, que parecía haber intuido los anhelos de nuestro amigo, se fijo en él, extendió su vieja mano y… tomo un pedazo sucio y arrugado de papel que había en el suelo. Lo colocó suavemente sobre la mesa y se lo quedo mirando fijamente. En la mano tenía un pequeño lápiz, con el que de vez en cuando hacia extraños trazos sin sentido en el aire, y de repente volvió a llenar el aire de magia, volvió a crear una razón para la existencia. Lo sujeto con suma delicadeza y empezó a trazar líneas paralelas sobre él, hizo un extraño garabato al principio y por fin le dio vida. Ahora era él el que entonaba la bella melodía. Aquel pedazo de papel sucio y arrugado se había convertido en MUSICA. A pesar de su tamaño, fue aprovechado al máximo, no quedo ni el más mínimo resquicio donde no estuviera dibujada una nota, eran los preliminares de una obra maestra, él era el principio, el original. El hombre se guardó el viejo lápiz, y como si se tratase de una delicada pieza de cristal, volvió a tomar a nuestro amigo entre sus manos, lo dobló con sumo cuidado y lo recogió en la cartera llevándosela al bolsillo. ¡Qué a gusto se sintió allí! Protegido de todo y contra todo, otra vez en un hogar. Ante las nuevas expectativas de su vida, había que aprender la lección, merecía la pena olvidar de inmediato todas las penurias anteriores, y afrontar su nuevo destino. Todo sucede cuando debe. Todo ocurre por un motivo. Todo motivo tiene su significado. El problema es que nos cuesta mucho entenderlo. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 9

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 9 de 31 “Del sacrificio a la santidad” Edward Acosta Las primeras luces del amanecer presagiaban el inicio de un hermoso crepúsculo matutino, sello inconfundible de la alborada sabanera; el rocío de la mañana se impregnaba sobre el tapete verde que se tiende sobre la superficie de tierra, liberando el olor de la naturaleza. El cantar de los Gallos y el mugir del ganado, divulgaban el inicio de un nuevo día de labores en el campo; Buenaventura Tenorio, como toda mujer campesina de nuestra región, enfrentaba su lucha diaria para sacar adelante su hogar, más aún con todas las vicisitudes y tribulaciones heredadas por su viudez. Su contextura delgada y su aspecto esmirriado, no eran impedimento para ejecutar sus quehaceres diarios que iban desde el aprovisionamiento de agua, la cuál debía arrear a lomo de burro desde un pozo situado a más de un kilometro de distancia, la preparación de alimentos para sus niños, cuatro en total, con edades de cuatro, siete, nueve y doce años; sumándose la elaboración de bollos de plátano, yuca y maíz, y la recolección de frutas como guayaba agria, naranja, maracuyá, guanábana y tamarindo; productos que vendía todos los días trasladándose en su burro desde Catalina, caserío ubicado a 10 Km del casco urbano, hasta llegar a Sahagún. En su cocina, Buenaventura contaba con una hornilla, apostada sobre una troja de madera; el artesanal brasero fabricado por tres alcores de barro conformando un triangulo imaginario, era surtido en cada uno de sus lados por astillas de leña, combustible que se consumía para cocinar la yuca el maíz y el plátano; materia prima para la elaboración de los bollos que posteriormente comercializaría. La rutinaria labor culinaria de buenaventura iniciaba a las 4:00 de la madrugada hasta las 8:00 de la mañana cuando salía montada en su Jumento, rumbo a Sahagún. El viejo borrico es dotado con un aparejo o “angarilla”, sillón artesanal elaborado en madera recubierto y acolchonado con una estera de palma; por dentro para evitar el maltrato en el lomo del animal y por fuera para brindar comodidad al jinete; asegurado por una cinta gruesa de cuero de nombre “ristranca” que se amarra desde un extremo del sillón, pasando por debajo del animal hasta ser atado en el otro extremo tomando la horma del vientre del onagro. A cada lado del sillón, se sujeta una gran alforja elaborada en cuero disecado de res en forma de un inmenso y resistente recipiente, comúnmente llamados “jolones”, en los cuales se embalan organizadamente los productos que Buenaventura trasportaría para su comercialización en Sahagún; al lado derecho los bollos y al lado izquierdo las frutas. Resistiendo la fuerte migraña que la aqueja y luego de acicalarse un poco, deja claras instrucciones a su hija mayor. Buenaventura aborda su transporte en busca de la supervivencia, mientras se acomoda levanta su mano despidiéndose de sus hijos elevando una plegaria a Dios y dándoles la bendición con la señal de la cruz. Inicia su rutinario viaje, para impulsar la marcha del animal se vale de un “garabato” con el que hurga el anca del rucio, éste, sintiendo la molesta y dolorosa orden, con un pausado compás comienza a devorar la distancia que los separa del lugar de destino. Buenaventura, sentada como de costumbre, con sus piernas cruzadas y arropadas por un largo faldón negro formando una horqueta a la altura de los tobillos sobre el cuello del burro, con sincronizados movimientos entre su cuerpo y cada paso que daba el perisodáctilo mamífero; dirigía su mirada hacia el horizonte, meditando sobre el futuro de sus hijos, tratando de desenmarañar su destino incierto, sus reflexiones eran interrumpidas ocasionalmente por los escasos viajeros que se encontraba en el camino, a los cuales saludaba de forma efusiva. Normalmente Buenaventura Tenorio, recorría el trayecto en 40 minutos, divisando la entrada al pueblo entre 9:00 y 9:10 am, visitando a sus clientes que ansiosamente la esperaban, pues sus productos eran de gran aceptación por la calidad, sabor y frescura; el dinero producido por sus ventas, Buenaventura lo invertía en un pequeño mercado y comprando la materia prima para sus bollos, a las 11:00 a.m, retomaba el camino de regreso, desesperada por llevar las viandas para el almuerzo de sus hijos, nuevamente abandonaba al pueblo con rumbo a su pequeña parcela. El sol inclemente del medio día, castigaba la humanidad de la valerosa mujer, protegiendo su __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 10

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 10 de 31 cabeza con un viejo sombrero, el cual rellenaba con hojas de “matarratón” para lograr una sensación de frescura tratando de mitigar la fuerte cefalea que padecía; el dolor de cabeza intenso y recurrente además le producía nauseas y fotofobia, resignada y acostumbrada a su enfermedad, Buenaventura luchaba por sus hijos, tenía la esperanza de que Dios le diera vida y salud para sacarlos adelante. De tanto ir y venir, el burro ya sabía el camino, tomaba la larga y polvorienta recta del sendero a la vereda, fue entonces cuando al haber alcanzado cerca de dos kmts de viaje, las fuerzas abandonaron a la desdichada mujer, quién al caer trató de sostenerse con el cerdamen que constituía la crin del animal, pero el esfuerzo fue en vano, su humanidad se desplomó pesadamente a la orilla del camino, en donde quedó tendida, inerte y desamparada al lado de su noble animal. Luego el cuerpo fue avistado por unos campesinos que pasaban por el lugar, quienes la reconocieron y dieron aviso a las autoridades respectivas que hicieron el levantamiento del cadáver. El lamentable hecho, llenó de consternación a la región, todos sentían profunda pena por la muerte de Buenaventura y por la suerte de sus hijos. Pasadas dos semanas de la trágica muerte de Buenaventura Tenorio, aún persistía el dolor y la tristeza por tan desafortunado hecho, las personas que transitaban por el camino se persignaban cada vez que pasaban por el lugar del suceso, el cuál fue señalado con una cruz de madera. Una tarde, la señora Julia Fernández al toparse con la cruz en el camino, decidió inclinarse de rodillas y rezar una oración, luego elevando una plegaria, cuya súplica decía. “Buenaventura Tenorio, tú que luchaste por tus hijos, que siempre velaste por ellos, ayúdame a criar los míos, ilumíname a conseguir trabajo para poder alimentarlos”, acto seguido se persigna, se levanta y sigue su camino rumbo a Sahagún, la mujer al momento de entrar al pueblo, fue abordada por la esposa de un prestante ganadero y político de la región, quién le preguntó. – “oye Julia, ¿Quieres Trabajar?”, ofreciéndole empleo para realizar labores domésticas en su casa, a lo que la incauta mujer respondió con un ligero movimiento de cabeza en señal de afirmación, “vamos pues”, le dijo la Doña, que de inmediato le abrió la puerta de su campero para trasladarla hasta la gran casa en donde se enlistó como empleada. La señora Julia Fernández, atribuyó su fortuna a un milagro de Buenaventura Tenorio, la noticia causó revuelo y muy pronto la romería no se hizo esperar, personas llegaban hasta el improvisado altar a solicitar la intervención divina por parte de la difunta para obtener buenos resultados en las cosechas, en el colegio, conseguir marido, ganar apuestas, sanar enfermos y todo lo que un ser humano puede pedir para su bienestar; muchas de las solicitudes fueron cumplidas, por lo que la devoción aumentaba cada día; luego el Señor Salomón Nader, quién según él, también se benefició de los milagros de Buenaventura, decidió construirle una pequeña capilla, que ha inmortalizado la creencia en los milagros de Buenaventura Tenorio a los que todos conocen actualmente como “El Anima Del Camino”. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 11

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 11 de 31 Eva María Medina Moreno (Madrid, 1971). Escritora. Licenciada en Filología inglesa y diplomada en Profesorado de Educación General Básica, por la Universidad Complutense de Madrid. Con el título del Ciclo Superior en Inglés de la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid, y The Certificate of Proficiency in English, por la Universidad de Cambridge. Tras el Período de Docencia del Doctorado en Filología Inglesa de la UNED, investiga en el campo de la Literatura Inglesa del siglo XX y Contemporánea; trabajo que compagina con la escritura de su primera novela. Premiada en el I Certamen Literario Ciudad Galdós por su relato «Tan frágil como una hormiga seca» (Editorial Iniciativa Bilenio S.L. 2010). Finalista en el Premio Orola 2011, en cuya antología se incluyó su cuento «Mi bodega» (Ediciones Orola S.L.). También han publicado sus relatos en revistas literarias de España, Hispanoamérica, Estados Unidos y Canadá, como Letralia, Otro Lunes, Cinosargo, Almiar, Groenlandia, Narrativas, Solaluna o Proyecto Sherezade. Su relato «La náusea» fue publicado en la web oficial del escritor Antonio Muñoz Molina. La revista de creación literaria La Ira de Morfeo ha editado un número especial con algunos de sus relatos. Coautora del libro de la Editorial Letralia: Letras Adolescentes. 16 años de Letralia (Colección Especiales, mayo de 2012). “Parpadea” Unos párpados que se abren y se cierran. Pequeños trozos de carne, piel escurridiza que se tensa y destensa. Si permanecen cerrados, desapareceré, desintegrándome en átomos diminutos. Lucho. Esos trozos de piel son mi única apertura. Si al bajar los párpados cierro los ojos, me introduciré en ellos y dejaré de existir. Al cerrarlos desapareceré, también los ojos. No quedará nada, sólo una mota de polvo; esencia de lo que fui. Esa mota se desvanecerá, mezclándose con el entorno. ¡Parpadea, parpadea! “Mi bodega” Descolocadas, algunas rotas, el líquido derramado y seco; botellas de muerte y olvido. Otras, con moho por fuera, cerradas con tapón de corcho y plástico duro. Selladas, bien selladas, el vino picado desde hace tantos años. Unas, llenas de horas vacías, de palabra afónica, embrutecida. Algunas, las limpio, las coloco en el mejor sitio, donde nada las dañe, para quitarles el tapón y oler; oler creyendo que volveré a enamorarme. Botellas, cada una con su etiqueta, cambiada o superpuesta; la del amor por la del hastío, encima la del odio. Las del dolor, tristeza y rabia, tumbadas boca abajo. Muchas, sin tapones, abiertas, y el líquido mezclándose: pena, miedo, placer. “Sombras” Camino. De noche. En una calle, frente a mí, dos sombras. La oscura, alta, arrogante; la clara, débil. Y yo, más sombra que ellas, detrás. Entonces pienso que deberían salir muchas sombras para abarcar todo lo que somos. Me imagino que algunas de ellas van mudando como lo hacen las serpientes con su piel. Veo que la sombra de la inocencia cambia de color, de un violeta claro a uno más oscuro, con matices, con sombras dentro de sombras. La de la inquietud, sonrojada. La del dolor se endurece; opaca, con menos aberturas. La sombra del deseo, encogida, muda, añeja. Pero hay momentos en que besa sin saber qué pasará, se embrutece como antes, se aferra a un vínculo; soplo de vida, aliento. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 12

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 12 de 31 “Trágica luna de miel” Fabiana Iglesias Lo vio de lejos, recortado contra el sol del mediodía. Era una alta figura esbelta que inclinaba la cabeza escuchando con atención a su interlocutora, quien hablaba gesticulando con las manos. Algo en él le atrajo. Qué tontería. Ni siquiera podía distinguir sus rasgos a contraluz. ¿Sería mayor? ¿De qué color eran sus ojos? Se obligó a apartar la mirada y continuó andando por el paseo marítimo, llevando a cabo su ejercicio diario a un ritmo ágil y concentrado a la vez. Habían pasado veinte minutos cuando algo llamó su atención: un poco más adelante, en un desvío del paseo, entre las rocas que daban al mar, había dos personas que parecían estar en apuros. Aceleró el paso hasta llegar a la altura de ellos. Se inclinó por la barandilla y vio a una mujer tendida sobre las piedras con los ojos abiertos y la cabeza en una posición antinatural. Inclinado sobre ella se encontraba un hombre que le resultó extrañamente familiar. Cuando levantó la cabeza lo reconoció: era el mismo que había llamado su atención un rato antes. Tuvo la respuesta a sus preguntas: era joven y tenía ojos claros. Ella llamó a urgencias, y luego comenzó a descender por las rocas resbaladizas con dificultad. Había sido un accidente, su esposa se inclinó demasiado para sacar fotos y él no había podido hacer nada. Cuando llegó al sitio donde se hallaba ella, ya no respiraba. Eran recién casados, y se hallaban allí en su luna de miel. Los ojos del hombre estaban enrojecidos por el llanto que intentaba contener, y su voz temblaba de emoción al relatar lo ocurrido. Comenzaron a oírse a lo lejos las sirenas de la ambulancia. Ella quiso quedarse y acompañarlo. Sentía el impulso irracional de abrazarlo y consolarlo en aquel momento de dolor. Él por un instante le tomó la mano mientras expresaba su gratitud. Nadie vio la silueta negra agazapada tras una roca, cerca del sitio de la caída. Los paramédicos transportaron el cadáver en una camilla mientras la joven corredora trepaba tras ellos, seguida por el desconsolado viudo. Nadie vio cómo éste desviaba la mirada brevemente hacia una gran piedra, elevando las comisuras de su boca. Nadie notó la presencia escurridiza de una sombra asomando la cabeza lo justo para mostrar un par de ojos negros de pupilas dilatadas hasta lo imposible. Nadie percibió el cambio en el aire; densas nubes de tormenta que súbitamente ocultaron al sol. Mientras la ambulancia se alejaba del lugar, la joven recordó algo: aquel sitio era conocido como «la morada del diablo.» Había oído historias sobre una entrada al infierno escondida entre las rocas, que ningún mortal había logrado descubrir. Decían que al contrario de lo que todo el mundo creía, el hogar del Demonio era frío. Se estremeció: de repente, el ambiente se había vuelto gélido. Qué extraño. Estaban en agosto. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 13

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 13 de 31 “Un chico normal. Relato de un despertar” Fabiana Iglesias De pequeño le gustaban esas cosas. Sin embargo cuando expresaba aquella inclinación, los adultos decían que era algo malo, que no debía gustarle eso si quería ser un niño bueno. Así que enterró en lo profundo de su sótano interior todos esos deseos, y dibujó soles y flores de colores en el papel, formando parte del grupo de los niños normales. Cuando creció eligió el oficio de su padre, y al tener por primera vez en sus manos la gran cuchilla de acero inoxidable con su afilada hoja, vio su rostro reflejado en ella como si de un espejo se tratara. Por fin. Toneladas de «aquello» pasaban por sus manos todos los días: colores, texturas, tamaños, formas; aspiraba su olor particular: en ocasiones ligeramente dulce con un toque ácido; en otras, un aroma denso y opaco anunciando el inicio de la putrefacción. Disfrutaba con el sonido de los huesos al romperse limpiamente, debido al golpe certero de su hábil muñeca; y el tacto frío y escurridizo de la materia lista para que otros la disfrutasen también. En aquel contexto a nadie le resultaba extraño verlo cubierto de sangre, con una sonrisa de entusiasmo y lleno de energía mientras trabajaba doce horas al día sin rechistar. Allí era normal, aunque su sótano rebosaba de deseos reprimidos. Quería más. Necesitaba más. No podía evitar las fantasías. ¿Quién puede hacerlo? Una madrugada se abrió la puerta prohibida y lo que estaba bajo llave tomó el control. Cuando la gente supo lo que había ocurrido, el espanto se apoderó de la ciudad. Al ser interrogados por la policía y la prensa, los vecinos del barrio meneaban la cabeza con incredulidad: « Era un chico muy respetuoso, no se metía con nadie.» «Muy trabajador; quizás un poco reservado, pero siempre muy amable…» «Normal, muy normal…» Repetían todos azorados. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 14

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 14 de 31 Prosa poética Enrique Fernando Arauz Flores, nació en Guadalajara Jalisco México en 1957 aunque espiritualmente su origen lo sitúa en Compostela Nayarit. Médico de profesión, escribe desde los 18 años, ha cursado varios talleres de poesía, hasta el momento tiene cinco poemarios inéditos, actualmente trabaja en el sexto poemario “Antorchas de Viento”, ha colaborado en varias revistas Españolas y en América, este año serán publicados algunos de sus poemas en dos antologías en España. Es miembro de R.E.M.E.S. Este Poema es una nueva versión del poema del mismo nombre publicado en el tercer poemario “Lluvia de Soledad”(C)2012. Actualmente radica en Puerto Vallarta Jalisco. Correo: enriquearauz57@hotmail.com “Hay islas que lo descubren a uno” Hay islas que lo descubren a uno, encadenando la voz del viento a la soledad de sus litorales, cubiertos de arrecifes que del cuerpo brotan, a un lado de la lluvia, de los campos, de los eucaliptos, de las fabricas, de la muerte, del amor, de las barbas del reloj, del agua asfixiada, del caos, de la inmensa voz de la nostalgia, en fin a un lado de todo, con letras en pie de guerra, debajo de las lágrimas del universo, evocando a golpes de abismos, versos que calman el cotidiano apocalipsis, contando libremente las sílabas en el hondo regazo de las nubes. En esas islas místicas, misteriosas nos invitamos nosotros mismos a festejar la odisea de nuestro andar, plasmando las cadenas de los ecos del tiempo que se nos va en la mirada de un mítico cristal. Allí arriban piedras náufragas de júbilo con granos de oro acompañando a la sordina canción del rayo bajando por el corazón del verbo, truncando la soledad de la blanca carne de las guanábanas ebrias de sombra por una montaña de sigilosas voces que entre sus arenas buscan la ilusión del árbol y su desnuda cicatriz que el pensamiento deja entre los elusivos dientes de una ardiente página anunciando la tierra prometida... Llenando con ráfagas de ideas la voz del silencio magnificada en los muros encalados del papel, remontando la epidermis de los días, tensando los tendones de la noche, abriendo olvidados baúles, jugando con la geografía del recuerdo y el parentesco de mis armarios, todo volando sobre la selva del tiempo, cuna de la algarabía de la guacamaya de plumaje verde azulado meditando junto a las ardillas que de los árboles se desprenden, mientras en sus troncos el reflexivo meandro de las arañas me mira, ahí en el ramaje de mi cuerpo se congregan a oficiar el incesante trajinar de las hormigas, el vuelo de las mariposas, el susurro de las abejas, la luna que al firmamento envuelve, invocando a las flores danzantes de la memoria al imaginarla verde, azul, bermeja, plateada con arroyos de savia o bien pálida, exangüe de tanto amarnos, transfundiéndonos sus caricias, sus lluvias en nuestra cama, sus abandonadas ovejas, el puño del sol, las llaves de los deseos, el ombligo de mi raza... Su latir de fuego. En esas islas hacemos un alto en nuestro viaje y con febril incertidumbre las recorremos, encontrando en su centro el mineral templo del hombre, la extinguida espora del destino, el respirar de los árboles, los falsos axiomas del espejo, la música de las frutas al mirarnos, la caricia que me habita, las puntas de tu fantasma, el zumbido de la luz, el aroma del fuego, el espacio que hay entre las estrellas y la arena que pisamos, los puentes __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 15

“Horizonte de Letras” Nº 20 Página 15 de 31 de la infancia, el anuncio de la prometida muerte en la maternal entraña, el vaivén del orgasmo, la fiebre del silencio, la destazada certeza sobre un vientre con alas, la cárdena voz del desamparado, el astillado cuerno de la memoria, el reposo del arco, los atrios del misterio, la perfecta geometría del pecado, la desigualdad de la celda que nos contiene. En ese centro se alzan las alas de esta vocación que modela mis muros de arena en medio de innumerables tormentas, ahí enarbolo los manteles que en sus playas he encontrado y como victoriosos estandartes dejó que el viento los lama con su sabia lengua, entonces rompo el himen de la niebla y toco las puertas del purgatorio laqueadas de sueños y pesadillas e invoco a la eternidad de la palabra. En ese instante los mudos poetas hablamos. Palpitante momento en que cada delirio cavila un sueño y cada angustia vive su sueño, eterno movimiento de la luz del silencio cubriendo los altavoces del día. Contemplando sobre la hoja de papel a la nómada inspiración disparando sus flecha en los túneles del horizonte encontrándose de frente con las pupilas de la palabra. Mágico momento en que las islas nos descubren, cribando la sangre de las estaciones con aletazos de imágenes cayendo sobre el oleaje del verbo... Fecundándolo, saciando nuestra sed, arrancándole la quietud del grito a sus manantiales, arrodillándonos ante su enigma, revelándonos desiertos mapas en una primera mirada, concubinas de la creación, oráculos del sueño, ascendiendo sobre la miel de la sonrisa al colgarnos de su verde arboladura y hacerla nuestra recubriendo a la paciencia de la piedra, íntima almohada donde descansan las sienes, las espaldas, el corazón para posteriormente explorar las cavernas del mar, la piel de las ciudades, la desigualdad de la pobreza, la locura del poeta, la soledad del vino, el llanto de la esperanza, el pulmón del pordiosero, el humo de la sangre, las paredes del vacío, la densa nada, tratando de vencer el miedo a nuestra intrínseca distancia rodeada de vidrios de colores en el filo de este dolor sin arcoíris. Náufragos mineros en las fauces de la soledad asistiendo al entierro de las horas, rescatando ópalos de insomnios entre tempestades del alma asistidos por el hábil pulso de las flores, pincel del corazón dibujando burbujas de universo con las rayas de nuestra sombra para lavar la frontera de los días y quizás más tarde alargando la noche descansar. Como un recién nacido al salir de su nido, observamos este nuevo lugar marcado en nuestra frente para siempre, bebiendo ya sea de un sorbo o a paso lento el fuego en las entrañas de su bahía sabiendo que todo ha acabado y que los barcos con su carga de voces entre los edificios zarpan de los rostros que inventamos. Después de un breve tiempo desenterramos otro sueño con palas y picos de celestes cenizas, en ocasiones con alegría, otras con agonía, lo acechamos con nuestra lengua de barro y como un tigre lo cazamos en la oscuridad, entonces sentimos la ansiedad de buscar otros horizontes abandonando nuestra camaleónica isla, no sin antes dejarla con un pedacito del alma, despidiéndonos con un último abrazo de apócrifos peces hijos de solitarios dioses, sudando máscaras, piel de deshojadas palmeras tocando purísimas espumas clamando por dormidas sirenas sobre volcánicas rocas, en donde el oleaje rompe en rotos alfabetos cubiertos por remolinos de medusas lanzando al viento osamentas de nombres para fertilizar la semillas del atardecer, infiltrando anclas de besos en corales de nubes y aprisionar así con nuestros marinos brazos el círculo de la sorpresa y transfigurados alejarnos con la inquietud a cuestas del que lleva en su pecho hebras de azafrán (restos de una desnuda metáfora) y una boca llena de amorosa tierra. Sobre el horizonte nos disponemos a rastrear otros soles, otros tiempos, otras mujeres que oficien a la sombra de los tápalos mondando los rojos estigmas de la violácea flor entre ramilletes de ternura, impregnando del exótico aroma a mies a las arterias del mañana. Anhelando nuevamente descubrir la cadencia del océano en el vino derramado de las sensaciones navegando en los párpados del viento, desenraizándolos de su muerte, su vida, su fuego, su mar, su nube, su piedra, su sigilo emboscado en la tibia entraña de la escarcha que nos invita a tomarla, acariciarla, besarla y amorosamente - a veces con rabia - penetrar su profunda orfandad de la mano de los sabores de la manzana, la canela, el tamarindo, guiándonos hacia el encuentro de la conciencia; Ese caudaloso río liberador de nuestros pantanos, sintaxis del erotismo entre un día de lluvia y el arrullador aroma de una mujer, bailando al son de un anárquico ritmo. Y así trota-islas con el ánimo en un hilo, revolucionamos el secreto valor de la palabra degustando la metamorfosis del amor con sus sombras de historias, la vivencia de las aves, el dolor de las ausencias, la eternidad del cosmos, la muerte del crepúsculo, las hamacas del fracaso, los hachazos del viento, el sayal de la __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

Comments

no comments yet