Nº 18. "Horizonte de Letras"

 

Embed or link this publication

Description

Revista digital de creación literaria, editada por la Asociación de Escritores de Alcorcón "Alfareros del Lenguaje"

Popular Pages


p. 1

Revista digital de Creación Literaria, de literatura y de opinión Editada por Enrique Eloy de Nicolás Sumario Editorial (pág. 3) Relato (pág, 4) Microrrelato (pág. 16) Poesía (pág. 18) Opinión (pág. 22) Lectura escogida (pág. 29) Entrevista (pág. 30) Publicaciones recibidas (pág. 33) Entrevista a Eva María Medina Moreno, escritora, Licenciada en Filología inglesa y colaboradora de “Horizonte de Letras” EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 2

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 2 de 39 Fundada en 2009 Nº 18 Mayo-Junio de 2013 EDITORIAL RELATO “Escándalo en el Palacio Real”, de José Baró Quesada “Lunes”, de Alberto Bellido Esteban “El puente”, de Ignacio León Roldán MICRORRELATO “La ferocidad de una gota”, de Eva María Medina “Parpadea”, de Eva María Medina “La cara y el alma del espejo”, de Enrique Eloy de Nicolás POESÍA “Fiesta”, de Aleqs Garrigoz “De lunas y deseos”, de Javier Úbeda “Lo que él” y “En paz”, de Rolando Revagliatti OPINIÓN “El Licenciado Vidriera, Cervantes y la ficción moderna”, de David Baró LECTURA ESCOGIDA “Isabel, la Reina”, de Ángeles de Irisarri. Crítica de Enrique E. de Nicolás ENTREVISTA Eva Mª Medina Moreno, escritora y Licenciada en Filología Inglesa PUBLICACIONES RECIBIDAS __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 3

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 3 de 39 Con éste, sumamos ya dieciocho números, desde aquel lejano primero que apareció allá, por los últimos meses del año 99. Y la ilusión sigue intacta, como podréis comprobar cuando os embarquéis en su lectura. Han sido muchos los que se han sumado a esta aventura desde sus lejanos rincones, compartiendo sus trabajos con nosotros, cediendo su valioso tiempo para que este servidor les asaeteara con preguntas que luego amalgamaban lo que yo di en llamar “entrevista”. En este número tengo el placer de ofreceros una entrevista realizada a Eva María medina, colaboradora asidua de nuestra revista. Sus respuestas son tremendamente reveladoras para todos aquellos autores que –a pesar de nuestra edad- nos consideramos noveles; pues nos hará ver y entender cómo es el día a día en el trabajo de un escritor –escritora en este caso- sea o no consagrado. También me place brindaros un relato de un hombre que lo ha sido todo en la vida periodística y literaria, cumplidos ya los noventa. Se trata de José Baró Quesada, polifacético y hombre humilde donde los haya; el cual nos ha querido regalar uno de sus muchos relatos, lleno de gracejo y de historia. Por supuesto no me olvido de nuestros colaboradores habituales, como Javier Úbeda, Eva María Medina, Rolando Revagliatti, etc.; dando la bienvenida, además, a nuevas personas que se han incorporado a este humilde proyecto: Alberto Bellido, Ignacio León, Aleqs Garrigoz y David Baró. Muchas gracias a todos ellos por confiarnos sus secretos y sus escritos. Ojalá esto sólo sea el principio y continúen con nosotros durante muchos años. Y que todos vosotros lo veáis. Enrique Eloy de Nicolás __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 4

José Baró Quesada nació en Madrid un 17 de noviembre de 1917. Periodista, abogado, maestro nacional. En ABC fue reportero de sucesos, crítico teatral, crítico taurino, cronista de la columna “Madrid al día”, redactor y comentarista político y enviado especial dentro y fuera de España. Colaboró en el diario cacereño “Extremadura”, en los semanarios “Blanco y Negro” y “Sábado Gráfico”, en la “Hoja del Lunes”, de la Asociación de la Prensa de Madrid, en importantes publicaciones diarias y semanales bonaerenses durante sus años de residencia en la capital argentina, perteneció a la Redacción de “El Alcázar” y fue corresponsal de “Pueblo” en Buenos Aires. Jefe de Prensa de los Ministerios de Justicia y del Interior. Investigador de la Academia Argentina de Letras, vicesecretario de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Paralelamente al periodismo ha desarrollado una intensa actividad literaria plasmada en la publicación de obras de distinta índole como: “Juan Carlos I esperanza de España” publicado por la Editora Nacional poco después de la proclamación del Rey. “El Madrid de las dos rosas” por la Editorial El Avapies en 1990. Con Verbo Azul tiene publicado “La casa del pecado mortal”, “A calzón quitado”, “Escándalo en el Palacio Real”, “Relatos patéticos”, “Hacer el amor”, “Suspiros de Buenos Aires”, “España alegre y sentimental”, “Nocturno Divino”, “Confesiones inconfesables”, “Cancionero del atardecer”, “La ciudad misteriosa”, “Historias galantes”, “Palabras de amor y amor sin palabras”, “Adiós Madrid”, “Los renglones derechos del diablo”, “La España de las rosas marchitas”, ¡Que viene el abuelo!. Y en edición personal ha publicado “Cara a cara con Franco” y “Cara a cara con el Rey”. Autor de poemas asonantados y aconsonantados, publicados en Madrid y en Buenos Aires. Acreedor de varios premios literarios y periodísticos y diversas condecoraciones y diplomas. “Escándalo en el Palacio Real” Al pasar por la calle de Bailén, frente a la Puerta del Príncipe del Palacio de Oriente, me asaltan divertidas evocaciones. No pienso en los curiosos episodios de mi vida profesional periodística en aquellas maravillosas estancias que nada tienen que envidiar al cacareado Palacio de Versalles. Son rememoraciones de escandalosos acontecimientos de corte vodevilesco o descarnadamente bufo, acaecidos allí desde que Carlos III, “el rey alcalde”, inauguró el grandioso recinto ideado por el arquitecto italiano Sabatini. En ese palacio pegó una sonora bofetada la infanta Luisa Carlota al primer ministro, o presidente del Gobierno, señor Calomarde, prototipo de políticos represivos y reaccionarios. A cuyo escandaloso suceso precedieron los escandalosos amores adúlteros de una reina, flor y alboroto del Madrid goyesco, con uno de los guardias de Corps, escoltas o guardaespaldas del rey. Un rey que se hizo amigo del amigo de su esposa le nombró jefe del Gobierno. Escándalo de la bofetada seguido del alucinante matrimonio secreto de la Reina Gobernadora, María Cristina de Borbón (joven viuda de su cincuentón tío carnal, y marido, el rey Fernando VII) con otro apuesto guardia o guardaespaldas de la Real Familia, el conquense Fernando Muñoz, hijo de unos modestos estanqueros de Tarancón, hecho de golpe y porrazo duque de Riansares. Ciudadano ejemplar que, preocupado por la baja tasa de natalidad del país, se dedicó únicamente, a partir de ese momento, a la esforzada tarea de dejar embarazada numerosas veces a su augusta señora, sin meterse para nada en negocios ni en política. EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 5

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 5 de 39 Luego vinieron los muy escandalosos amoríos de la hija heredera de Fernando VII, doña Isabel II, “la Isabelona”, “la reina cachonda”, “la reina castiza”, como la llamaba el pueblo, que la criticaba y, a la vez, la quería y le caía simpática, aunque acabó destronándola en unión del Ejercito sublevado y acaudillado por el general a quien aquella mujer malcasada de poca cabeza y bondadoso, noble y españolísimo corazón, le había dado su amor y le había elevado a los más altos cargos, títulos y honores. La pobre, recordándo al general Serrano, al “general bonito”, decía en su destierro de París, donde ya anciana y olvidada la entrevistó con ternura el insigne novelista republicano Pérez Galdós: “Le hice conde, le hice duque, le hice grande de España, le hice capitán general, le hice primer ministro, le hice millonario... ¡Lo único que no pude hacerle fue caballero!”. Hijo y heredero de la fogosa y enamoradiza soberana (separada de hecho, dentro de Palacio, de su infeliz marido y primo carnal, el rey consorte Francisco de Asís) fue Alfonso XII, el llamado rey pacificador y rey romántico, el del monumento del estanque del Retiro. Rey casado dos veces, muerto de tuberculosis pulmonar a los veintiocho años, que batió el “récord” de aventuras galantes con casadas y solteras de todas las clases sociales españolas, especialmente en Madrid. Su hijo y heredero póstumo, Alfonso XIII, destronado como Isabel II, aficionado también a los escarceos extraconyugales, fue mucho más moderado y pausado que su padre, su abuela, su bisabuela y otros reyes de la dinastía borbónica y de la dinastía austriaca. Cadena de escándalos que figuran en todos los tratados de Historia y están a disposición del curioso lector en las bibliotecas y hemerotecas nacionales y de otros países, sobre todo los de lengua española. Todos juntos, apiñados, forman un escándalo único, enorme, como la copa de un pino. Tema de historiadores, literatos, periodistas y poetas. Las licenciosas damas de la reina Palacio dieciochesco y borbónico sobre los cimientos del que fue alcázar de los Habsburgos -los Austrias- y anteriormente castillo militar, fortaleza avanzada del rey moro de Toledo, que tenía Majerit, nombre árabe de Madrid, la primera línea de defensa contra las incursiones de los guerreros cristianos de Castilla. Palacio de jugosas y sorprendentes anécdotas, apenas conocidas, como estas que voy a contar. Sucedió la más remota de ellas en el sombrío y oprobioso reinado de Fernando VII, uno de los peores monarcas de la Historia Universal. Malo como jefe de Estado y malo como persona. Y al mismo tiempo chocarrero, populachero, achulapado, socarrón. Un gentilhombre de Palacio, casado con una mujer de pasado escabroso, aceptada en la corte fernandina desde su matrimonio y nombrada, además, dama de la reina, fue a quejarse al rey por los desaires que las otras damas hacían a su esposa. Manifestó el apesadumbrado marido a Su Majestad Católica (título oficial, hoy en desuso, de los reyes de España) que las autoras de tales agravios no tenían que echarle nada en cara a su dignificada y rehabilitada consorte. Todas (duquesas, marquesas, condesas, vizcondesas, baronesas) engañaban a sus maridos, se acostaban con otros aristócratas casados y hasta con alabarderos, palafreneros y mozos de cuadra de la Real Casa. ¡Una vergüenza! Todo Madrid lo sabía menos los cornudos. Y encima presumían todas de decentes. Fernando VII escuchó morbosamente curioso, y con maligna y zumbona sonrisa, la detallada relación de todos y cada uno de aquellos adulterios, y al final del chismorreo formuló esta regia reflexión: - Sí, sí, tienes más razón que un santo. No pongo en duda lo que dices. Ya me daba a mí en la nariz, que para eso la tengo grande y por ello la canalla del Avapiés y el Rastro me llama narizonas, que esas tías ni eran ni son trigo limpio. ¡Siempre asomando las tetas por esos provocadores escotes que los curas reprueban desde el púlpito! Parecen perras salidas. Claro que tienes razón. Pero compréndelo, hombre. Las damas de mi mujer son unas señoras que se han metido a putas, y tu esposa es una puta que se ha metido a señora. Y esa es la cuestión, ¡qué coño! (Me contó esta anécdota don Jacinto Benavente en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles cuando él era presidente y yo vicesecretario de la centenaria y romántica entidad ubicada entonces, a espaldas del Ayuntamiento matritense, en la medieval calle del Rollo, a la vera de la Morería. Nuestro insigne dramaturgo lo supo por su padre, el médico pediatra don Mariano Benavente, al cual, relacionado con ambientes palatinos, se lo reveló, ya anciano, aquel infeliz gentilhombre. El prestigioso jurisconsulto y diputado “monárquico sin rey”, Ángel Osorio y Gallardo, difundió esta anécdota en Buenos Aires cuando fue, paradójicamente, embajador de la Segunda República Española en la Argentina durante nuestra última guerra civil. Allí oí yo también, de labios del embajador Alfaro, a finales de los años cincuenta, el pintoresco episodio. Y conmigo lo oyeron juntamente, en un cóctel de la Embajada de España, el humorista Gila y el magistral escritor argentino Jorge Luis Borges, al que entrevisté a continuación). __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 6

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 6 de 39 Un fraile escandaloso y una Familia Real escandalizada Esta otra página del intrascendente y risueño anecdotario palatino data de las postrimerías de la dictadura monárquica del general Primo de Rivera y pocos meses antes del fallecimiento de la que había sido reina regente y era ya solo reina madre, doña María Cristina de Habsburgo, archiduquesa austriaca, tan ejemplar y respetada por el pueblo español que recibió el remoquete de doña Virtudes. Lo mejor de la casa como quien dice. Conferencias a modo de charlas amenas y sencillas acerca de temas trascendentales. Charlas de carácter religioso fuera de la capilla, en la intimidad de un pequeño salón privado. Por la tarde, y esa vez con asistencia muy reducida. Algunos miembros de la Familia Real: la reina Victoria Eugenia, tres de sus seis hijos, el enfermizo príncipe de Asturias y las infantas Beatriz y Cristina, la reina madre, la popular y querida infanta Isabel (la Chata), tía carnal del rey, el infante don Fernando de Baviera, cuñado del monarca, con la duquesa de Talavera, su segunda esposa, y el hermano de ésta, marqués de Zahara, presidente de las Conferencias de San Vicente de Paúl. Había además dos monjas: la Madre Maravillas, luego Santa, colaboradora y, en cierto modo, asesora de las obras de caridad de las dos reinas y de la infanta Isabel, y su acompañante circunstancial la hermana Serafina, joven aristócrata, tímida, dulce, angelical, que no levantaba los ojos del suelo, siempre recogida en sus oraciones internas y en sus pensamientos celestiales. A última hora cuando iba a empezar la piadosa perorata se incorporó inesperadamente a la reunión el rey Alfonso XIII acompañado del conde de Aybar, intendente de Palacio, y del marqués de Santa Cruz de Rivadulla, militar de la máxima confianza de la Corona, como lo fue después su hijo, ahijado del rey, el general Alfonso Armada, profesor y secretario de Juan Carlos I y máximo protagonista visible del 23- F. Pasado el tiempo conocí y traté a Aybar y a los Armada, sobre todo a estos dos últimos, padre e hijo. En ausencia viajera del Padre Poveda, capellán y confesor de Sus Majestades y Altezas Reales, y del eclesiástico suplente, Padre Vázquez Camarasa, le tocó el turno de la disertación a un fraile de la Primera Orden Franciscana desconocido en aquellas egregias latitudes. Un religioso sin la vitola social de los otros dos personajes de la Iglesia. Camarasa, orador sagrado de moda, monárquico “hasta las cachas” que, paradójicamente también como el ya mencionado monárquico antiborbónico, el “monárquico sin rey”, Osorio y Gallardo, fue años después representante del Gobierno republicano del Frente Popular en la guerra civil. Lo que le valió verse obligado a exiliarse cuando acabó la contienda con la victoria de Franco y la derrota de las armas republicanas. Impresionante imagen la suya al atravesar lentamente la explanada del Alcázar de Toledo, Academia de la Infantería española, con una bandera blanca en la mano izquierda y un crucifijo en la derecha, para pedirle inútilmente al coronel Moscardó la rendición de los cadetes, guardias civiles y paisanos que, desde hacía más de dos meses, resistían con sus familias en la histórica fortaleza y palacio del Imperio español los bombardeos de la aviación, los “obuses” de la artillería, las voladuras de minas y los ataques de la fusilería y los morteros de las tropas republicanas de Madrid. Ocurrió días antes de llegar a las ruinas del Alcázar en socorro de los sitiados, refugiados en los sótanos, las vanguardias legionarias de Franco. ¡Destino también adverso, pero más trágico y cristianamente glorioso el del otro sacerdote ausente! Poveda, hoy San Pedro Poveda, gran pedagogo de renombre internacional, fundador de la femenina Institución Teresiana de Enseñanza y de innumerables escuelas gratuitas extendidas por todo el mundo, murió fusilado con otros curas y monjas, junto a las tapias del madrileño cementerio de la Almudena al amanecer del 28 de julio de 1936. ¡España se desangraba en una de las guerras y las revoluciones más terribles de su Historia! Guerra en el mar, el aire y las trincheras de los frentes, y revolución, con fusilamientos masivos, en el interior de las ciudades. El caso de mi anécdota es que el Padre Camarasa, “el pico de oro” que electrizaba desde el púlpito a la alta sociedad y a las capas más fervientes del catolicismo español, no pudo sustituir a Poveda a causa de un ataque gripal que le produjo fiebre. El religioso que en su lugar se presentó era un hombre de notable obesidad a quien en su convento de San Francisco el Grande llamaban algunos frailes entre ellos, en voz baja, Fray Sopladillas y el Padre Cuescos. Motes debidos a su incontenible propensión a expeler gases por vía rectal. El infortunado todo un maestro por otra parte en teología dogmática y exégesis bíblica - tosía fuertemente cuando llegaba el apuro. Pretendía, y lo conseguía muchas veces, que los oídos no advirtieran el consabido fenómeno sonoro. Recurso inservible para las fosas nasales. El sentido del olfato no se dejaba engañar por los fingidos golpes de tos. Aquel día, para su desgracia, Fray Sopladillas comió con permiso del Padre superior una suculenta fabada fuera del convento, en casa de unos asturianos, amigos y paisanos suyos. Y horas después, en plena reflexión espiritual del buen religioso a sus egregios oyentes e ilustres personajes adheridos al acto, surgieron los perniciosos efectos del exceso gastronómico. Primero fue como un silbido, luego como una granizada, y finalmente como el estallido de un “obús”. El desprevenido franciscano, metido de lleno en la vieja y falsa exposición apocalíptica, de las llamas del Purgatorio, no tuvo tiempo de toser. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 7

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 7 de 39 Don Alfonso y doña Victoria se miraron estupefactos. A la reina madre se le mudó el color del rostro. La infanta Isabel clavó los ojos en Fray Sopladillas con severo gesto de reproche. El príncipe se tapó la nariz. Sus hermanas, las infantas, se removieron en las butacas muy nerviosas. La duquesa de Talavera oprimió el brazo a su marido. El conde de Aybar se puso a olfatear como un perro pachón. Sor Maravillas puso cara de bondadosa indulgencia. Un ujier contenía la risa a duras penas... Pero aún faltaba el colofón de aquel desastroso episodio. La hermana Serafina, santiguándose espantada, se levantó y mirando al techo exclamó a voz en grito: -¡Virgen Santísima, qué pedo! Y cayó al suelo desvanecida. Atardecer en las Tullerías Y ahí va otro relato del que no está ausente la Realeza española, la sombra alargada del Palacio Real de Madrid. Una triste historia de hace poco más de siglo y medio. Estamos en el París alegre y sentimental de 1840. La ciudad bohemia y pecadora, romántica y nostálgicamente bonapartista de la dama de las Camelias y de Rodolfo y Mimí. La ciudad de la ilustración y de la luz donde el liberal Víctor Hugo, educado de niño en los jesuitas de Madrid, escribe su obra maestra “Los miserables”, donde un grupo de librepensadores anticlericales de la más audaz e influyente actualidad gala proclama, con el mítico poeta de “Las flores del mal” a la cabeza, que el mayor éxito del príncipe de las tinieblas y la mentira, del máximo diablo llamado Satanás, consiste en que la gente no crea en su existencia y poder actuar mejor así entre los hombres y las mujeres. He aquí París, de vuelta de la Revolución, el Directorio, el Consulado, el Imperio y el retorno del viejo régimen borbónico absolutista, donde Aurora Dupin, para el mundo literario Jorge Sand, y su amante, el pianista, compositor y patriota polaco, Federico Chopin, se besan y se pelean a la vista del público. Ella, vestida de hombre, con mirada displicente hacia los transeúntes que se escandalizan de su indumentaria (de sus pantalones sobre todo) pasea del brazo del músico en la tarde otoñal por los jardines del Palacio Real de las Tullerías, a orillas del Sena. Él tiene el corazón y la cabeza llenos de valses, estudios, nocturnos, baladas, polonesas, preludios, canciones, conciertos, mazurcas... Al pasar ante un banco, situado al pie del pequeño estanque de los cisnes, advierte la enamorada pareja la presencia de un anciano allí sentado que echa migas de pan a los pájaros y las palomas y habla paternalmente con unos niños que juegan todos los días cerca de él. Es un viejo trajeado modestamente, con gestos y maneras señoriales y aspecto de serena y agridulce dignidad. Sus ojos, profundos y soñadores, parecen mirar a un remoto pasado y a unas lejanas tierras. Chopin, sin dejar de andar, se quita el sombrero. El anciano corresponde igualmente al saludo. Aurora interroga con la mirada a Federico, que así se explica: -No sé cómo se llama, pero me infunde respeto y me conmueve. Creo que es un desterrado español. Sí, en efecto, un desterrado, un exiliado, que diríamos hoy. Con casi medio siglo fuera de España. En su patria, la nuestra, fue primer ministro (es decir presidente del Gobierno), generalísimo de los Ejércitos nacionales, cuadillo victorioso de la guerra contra Portugal (la “guerra de las dos naranjas) príncipe de Paz. Duque de Alcudia, favorito o valido de Carlos IV, supuesto amante de la reina María Luisa, dispensador de mercedes y empleos, aclamado y adulado por todos, reformador social, impulsor y protector de la cultura, gobernante cordial y cercano al pueblo, verdadero amo -más que el rey - de todo el país y de su inmenso imperio colonial de América, África y Oceanía... ¡Y había empezado su fulgurante carrera, desde un pueblo de Extremadura, ingresando casualmente en Palacio como simple guardia de Corps! Decían que María Luisa de Parma, “la reina manola”, la que iba de tapadillo a las Verbenas y las Romerías, se había encaprichado de aquel apuesto mozo de talento. Y que el monarca le necesitaba y hacía la vista gorda. Un motín en el Real Sitio de Aranjuez, inspirado por el malvado príncipe de Asturias, luego Fernando VII, y dirigido por el intrigante conde de Montijo, padre de la granadina Eugenia, emperatriz de los franceses, le derribó del Poder a la vez que caía destronado el monarca y le sucedía por la fuerza su hijo. La ingratitud - “el más canalla de todos los vicios”, en frase de Galdós a propósito de este caso - se cebó en el todopoderoso gobernante, ni peor ni mejor que otros hombres de Estado, dignamente aceptables, a juicio de los historiadores. En Aranjuez, donde se hallaba la Corte aquel día de San José de 1808, le atacó la chusma con chuzos y navajas por debajo de los caballos de la Guardia Montada que le conducía a prisión. Chusma reclutada __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 8

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 8 de 39 y pagada en los bajos fondos de Madrid por el príncipe de Asturias y el conde de Montijo. A la noche el detenido fue puesto en libertad con la condición de abandonar inmediatamente España y no volver nunca. Igualmente fueron desterrados por su hijo, el nuevo monarca, los reyes destronados. Antes de dos meses, invadida España por Napoleón, estallaba la guerra de la Independencia. Más muertos y más heridos. Y ahora -seguimos en París y en los años cuarenta del siglo diecinueve- el gran hombre, el semidiós, malvive en la más absoluta soledad con un pequeño subsidio de ayuda que a los inmigrantes políticos les conceden las autoridades francesas. Los sucesivos Gobiernos españoles no le han permitido la repatriación. ¡Destierro de por vida! Y menos mal que pudo salvarla. Declina la tarde y monsieur Nanuel, el señor Manuel, como le llaman los niños, más informados que Chopin, se levanta y, apoyado en un bastón, se encamina hacia su humilde vivienda, tan distinta del espléndido palacio que poseía en la céntrica calle madrileña del Barquillo y que las turbas asaltaron, saquearon e incendiaron. Los chiquillos siguen con la mirada, cargada de cariño y tristes interrogantes, a don Manuel Godoy, inmortalizado por Goya en el Museo del Prado, donde no le han podido desterrar. Le ven alejarse despacio, muy despacio, ligeramente encorvado, pero sin perder, por encima de los años y la pobreza, su talante moral y físico de gran señor. En el cielo aparecen un lucero, que parpadea al despertarse y la luna que, recién levantada de la cama y asomada entre dos nubes, es como una mujer coqueta provocando a los hombres desde el balcón. Anochece y se desdibujan el palacio, las fuentes y las estatuas. Ya no hay risas infantiles, zureo de palomas, graznidos de cisnes y piar de gorriones. De estos momentos mágicos, que envuelven el alma en una caricia inefable de Dios, de esta “soledad sonora” que cantó como nadie San Juan de la Cruz, dirá tiempo adelante Francisco Villaespesa, andaluz de Almería, transparente y cabal, que cincelaba sus emociones a golpe de versos: “Las sombras invaden las verdes glorietas. Se van esfumando las sendas floridas. ¡Es la hora santa en que los poetas van a cortar rosas a sus prometidas! __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 9

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 9 de 39 Alberto Bellido Esteban (Madrid, 1976) es Licenciado en Psicología Clínica y de la Salud y actualmente trabaja en la Universidad Europea de Madrid. Ha publicado relatos en diversos medios digitales (entre otros, Letralia, Revista Eñe, Ariadna Revista de Cultura). Su relato Una familia normal resultó finalista del I Concurso de Cuentos Falsaria, y apareció publicado en la colección de relatos “Cuentos para leer” de la editorial Osiris. Asimismo, el relato “Una época extraña” fue seleccionado para formar parte del libro digital conmemorativo del 16º aniversario de Tierra de Letras “Letras adolescentes”. “Lunes” Para Aurora Ella le vio llegar por el camino que subía desde la carretera, donde acababa de dejarle el autobús que le traía del trabajo. Le angustió ver su manera de arrastrar los pies sobre la gravilla del camino, levantando una finísima capa de polvo que se enroscaba entre sus piernas y ensuciaba los bajos de los pantalones, y su figura encorvada y ligeramente inclinada hacia el lado derecho, como si el peso de la bolsa que colgaba de su hombro le venciera hacia ese lado. Era una imagen de fatiga y derrota en la que apenas reconocía a su marido. Al verle a través de los cristales de la cocina se dio cuenta de golpe de que se estaban haciendo viejos. Había puesto la mesa para la cena y acababa de retirar del fuego el recipiente con la carne que esparcía por todos los rincones de la casa aromas a hierbas y salsa de tomate. No se olvidó de sacar de la nevera y colocar en el centro de la mesa el flan de huevo que había preparado para él porque era su postre favorito y quería darle una sorpresa. No celebraban nada, simplemente deseaba ver una vez más la sonrisa de niño alegre que iluminaba su rostro cada vez que le sorprendía con algo inesperado. Escuchó el sonido familiar de las llaves al girar en la cerradura y se sintió aliviada cuando sus pasos hicieron crujir la tarima del recibidor. Aunque acababa de verle por la ventana, no respiraba tranquila hasta que estaba segura de que había cruzado el umbral y escuchaba el sonido tranquilizador del cerrojo al ser echado desde dentro. Era el mágico instante en el que volvían a estar juntos y podían disfrutar de esa pequeña parcela de tiempo que guardaban para ellos dos como el más valioso de sus tesoros. Salió de la cocina con el delantal puesto y las manos oliéndole a cebolla y ajos picados. Fue a encontrarse con él al recibidor, donde en ese momento su marido se estaba quitando los zapatos para ponerse las viejas zapatillas de andar por casa. Esperó a que fuera él quien se acercara y la abrazara, estrechándola tan fuerte entre sus brazos como si hubieran pasado muchos años desde la última vez que se habían visto y hubiera temido no volver a verla nunca más. Ella apretó su cara contra el pecho y aspiró el familiar aroma a perfume masculino y desodorante que había conseguido sobrevivir a todo un día fuera de casa. - Buenas tardes, cariño –dijo ella al separarse, y se le marcaron unas pequeñas arrugas de felicidad alrededor de los ojos. - ¡Por fin en casa! –suspiró él. Se dieron un breve beso en los labios y enseguida él percibió en el aire el aroma a comida que llegaba desde la cocina. -¡Huele fenomenal! –dijo. Dejó que ella le precediera hasta la cocina, donde le esperaba la espléndida visión de una mesa puesta para dos, con la cacerola humeante a un lado y el flan en el centro. En ese momento se borraron todas las preocupaciones que le habían agobiado durante el día. Aunque no era un hombre religioso, casi le entraron ganas de bendecir la mesa y dar las gracias por los alimentos al sentarse y dejar que su mujer le llenara el plato con carne en salsa de tomate. - ¡Esta carne está buenísima! –exclamó después de llevarse a la boca el primer bocado. - No comas deprisa, que luego te sienta mal y me das la noche. Durante la cena permitió que él se desahogara narrándole los sucesos del día en la oficina. Mientras hablaba y comía, ella le miraba con ojos de mujer enamorada y asentía pacientemente con la cabeza para demostrarle su interés y animarle a continuar. Escuchó la última “ocurrencia” del jefe de su marido, que había decidido celebrar una reunión a última hora del día del viernes, los rumores sobre despidos y traslados que corrían como la pólvora de boca en boca, la interminable __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 10

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 10 de 39 conversación con un cliente que no era capaz de comprender que si las cajas no llegaban a tiempo no era culpa suya y que debía reclamar a la empresa que se encargaba del transporte. Eran las mismas historias de cada día, el repertorio cotidiano de frustraciones y angustias, grandes y pequeñas, que llenaban su tiempo fuera de casa. Podría haberle interrumpido para pedirle que hablaran de cualquier otra cosa, pero no lo hizo porque sabía para él era muy importante que ella le escuchara. Era su mujer, pero en ocasiones como esa debía ejercer de psicóloga particular. Cuando retiró su plato para llevarlo al fregadero, un plato en el que no quedaba ni un solo rastro de salsa después de que hubiera rebañado con pan hasta la última gota de tomate, él parecía menos cansado y había dejado de hablar del trabajo. Después de ver cómo su marido devoraba el flan, le sugirió que aprovechara para darse una buena ducha de agua caliente y se pusiera el pijama mientras que ella recogía la cocina, y cuando colocó el último plato en el lavavajillas, fregó el suelo de la cocina y se quitó el delantal y fue al salón, se lo encontró dormido en su sillón delante de la televisión encendida con el volumen al mínimo. En la pantalla, un hombre de aspecto aburrido hacía círculos con su mano derecha alrededor de un mapa de España colmado de nubes grises de tormenta. - Vamos a la cama, cariño –le susurró al oído, acariciándole el ralo y escaso pelo gris que resistía en la coronilla. Él abrió los ojos y parpadeó al ver el rostro de su mujer tan cerca. Deseó poder ver esa misma imagen cada vez que abriera los ojos durante el resto de su vida. Una vez en la habitación de matrimonio, él quiso demostrar lo agradecido que estaba por sus atenciones de la manera que más le gustaba a su mujer: - Prepárate, cariño –dijo-. Te voy a dar un buen masaje en la espalda. Se quitó la alianza, colocándola con delicadeza sobre la mesilla de noche, y se untó las manos con aceite de masaje. Ella se quitó la parte de arriba de su pijama y el sujetador y se tumbó boca abajo en la cama. Él empezó a frotar suavemente la espalda de su mujer, haciendo movimientos lentos y uniformes con las palmas de ambas manos. Después, progresivamente fue aumentando la presión, pasando de aquel roce superficial a una fricción circular que realizó primero con las yemas de los dedos y después con los nudillos. Recorría toda la espalda, desde la zona lumbar hasta el cuello. Ella sintió que se estremecía y se le erizaba la piel desde las plantas de los pies hasta el pelo, y cerró los ojos. Si por ella fuera, podía acabarse el mundo en ese momento. - Déjalo ya –dijo al cabo de un rato-. Tienes que estar agotado. - Un poco –dijo él-. En cuanto coja el sueño no va a haber forma de despertarme. - Es normal –dijo ella-. Has debido tener un día muy difícil. Para terminar, él colocó los dedos sobre los hombros de su mujer y los masajeó suavemente con los pulgares. - No te preocupes –dijo él. Estaba mirando la fotografía del día de su boda que tenían sobre la cómoda. ¿Cuanto tiempo hacía de aquella imagen en sepia en la que ambos miraban hacia el objetivo de la cámara con una sonrisa radiante, plena de felicidad y confianza en el futuro que les aguardaba? Le pareció que había pasado una eternidad y que habían dejado atrás un montón de cosas buenas y malas, y después de todo ese tiempo era un milagro tenerla aún allí, al alcance de su mano, rozar su piel y sentir el viejo estremecimiento que siempre había buscado, y daba igual que fuera lunes y mañana tuviera que volver a la oficina. Sonrió a la imagen que le contemplaba desde el pasado y se dio cuenta de lo afortunado que era-. En realidad, ha sido un día perfecto. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 11

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 11 de 39 Ignacio León Roldán nació en la histórica ciudad de Córdoba. Cursó estudios en el Instituto Góngora, que abandonó por la necesidad de todos los tiempos: el trabajo. Mientras realizaba esta función, no dejó de leer todo cuanto encontró y escribir sin descanso. Actualmente es colaborador de la Asociación Literaria Verbo Azul donde ha publicado sus obras “La orquesta”, “La desconocida” e “Historias asimétricas”, además de otros cuentos en las Antologías que edita esta Editorial. Fue finalista del V Certamen de Narrativa “Manuel Romero” de 2008. “El puente” El extremado calor estival se hacía notar. El distrito a esas horas parecía una barriada fantasmal. Reinaba, en el arrabal, el clásico silencio de la siesta, en la que cualquier ruido, por insignificante que fuera, era magnificado por el sopor de los profundos sueños. El “Chiqui”, era un chavalillo que se enorgullecía de ser uno de los integrantes de una pandilla, cuyos componentes tenían su misma edad, y era catalogada como la más traviesa de los alrededores. El grupo, tenía un secreto bien guardado. Este era que, poco o nada, les gustaba echarse la siesta. El horario del periodo de descanso obligado, lo trasgredían, para reunirse clandestinamente en la Alameda cercana a sus respectivos domicilios, para disfrutar del frescor, de las limpias y reconfortantes aguas del río. Allí, mientras el barrio dormía, ellos gozaban lo inenarrable; jaleándose y salpicándose, unos a otros, a la par de darse las consabidas aguadillas, y las siempre estimulantes carrerillas desde la línea divisoria de los árboles, para comprobar quien era el más rápido en zambullirse en el agitado caudal. Pero sobre todo, de lo que más gustaban, era de bañarse en pelotas picadas. A esas horas, era casi imposible que nadie acertara a pasar por el puente romano, pero, si por casualidad, alguien lo hiciera, poco o más bien nada, les importaba, ya que casi todo el tiempo los cuerpos estaban cubiertos por el agua. Tenían calibrada la duración del periodo del despertar de intramuros, por lo que, como a eso de quince minutos del comienzo del resurgir a la actividad, y dejar de lado los habitantes, el beneficio del descanso, ellos, ya estaban metidos en sus respectivos catres, haciendo ver, cuando las madres los llamaban para levantarse, que no querían terminar la siesta, y se hacían los remolones para no levantar sospechas sobre su furtiva escapada. Una tarde, el “Chiqui”, como de costumbre, nada más empezar la filarmónica de los primeros ronquidos, aguantó un poco más en la cama, hasta que comprobó que la casa entraba en la fase profunda del sueño. Saltó del catre, deseoso de alcanzar la calle lo antes posible y, como siempre, anduvo por la casa descalzo. Para no hacer ningún tipo de ruido que alertase a los durmientes, una vez abierta la puerta principal, con sumo cuidado, la volvió a cerrar, con la llave a medio giro, para que el resbalón de la cerradura no hiciese el menor ruido. Luego de conseguir su objetivo, echó a correr como alma que llevara el diablo, con la intención de llegar a la Alamedilla el primero. El esfuerzo mereció la pena, porque, el empeño, al final dio su fruto. Allí, solo, escondido al amparo de un viejo álamo, empezó el ritual de desnudarse y colgar las piezas en las ramas del árbol a resguardo de la suciedad de la tierra. Cuando iba a quitarse los calzoncillos, el sexto sentido, hizo que se girase a mirar hacía al viejísimo puente. No daba crédito a lo que acertaba a ver. Los pelos se le pusieron de punta cuando comprobó que, desde la pasadera, unos ojos inyectados en sangre, se clavaban en él como cuchillos de filo muy aguzado, sin perderle de vista. Las piernas se le aflojaron, y tuvo la necesidad de dejarse caer al suelo y apoyar la espalda al tronco del árbol. Las retinas del siniestro personaje, parecían proyectar una maligna sonrisa cuando le recorría la anatomía. El no saber qué hacer en ese momento, si echar a correr o quedarse donde estaba, sin mover un solo músculo, hacía mella sobre su estado anímico. No duró en demasía, porque, de manera imprevista, sucedió lo inaudito. El individuo que estaba situado en la pasarela, justo en el arco del __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 12

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 12 de 39 puente donde la corriente era más brava, se apoyó en el pretil, y lanzó al agua un cuerpo inerte que fue arrastrado en un batir de pestañas a considerable distancia, hasta que, irremediablemente, desapareció en la profundidad del vigoroso cauce. El sujeto, le dirigió una última y fulminante ojeada antes de retirarse. “Chiqui”, se incorporó de un salto, y se agarró al tronco, para seguir, como hipnotizado, la retirada tranquila y parsimoniosa del asesino. No había terminado de desaparecer, cuando llegó acezando el “Napias”, cuyo apodo se lo había ganado por la generosidad de su prominente nariz, que se asemejaba a la de Cyrano de Bergerac, en su etapa adulta. “Chiqui”, con un nerviosismo inhabitual en él, le urgió para que se diera prisa. El amigo aceleró el paso intrigado. Al llegar a su lado dijo: ─¿Qué te sucede, has visto algún extraterrestre? ─Mucho peor que eso, mira, mira allí, ¿ves aquella figura que se aleja y toma el recodo al final de la pasarela? Acaba de lanzar al río un cuerpo muerto. Para cuando el “Napias” acertó a mirar al sitio indicado, allí ya no había nadie. ─Estás para que te encierren ─aseguró─ Y, como quitando hierro al asunto, le invitó a meterse en el agua antes de que llegasen; el “Sorderas”, el “Vista Alegre” y el “Centinela”. A regañadientes, a causa de la fortísima impresión que acababa de recibir, se zambulló con el amigo, pero eso sí, sin perder de vista, ni un momento, el puente, por si volvía por allí el criminal. En el segundo remojón, el “Napias” fue el primero en llegar a introducirse en el agua, con el consiguiente recochineo por su parte, por haber ganado la carrerilla desde la orilla. No había acabado el “Chiqui” ─apodado así, por su bajísima estatura en comparación con la talla establecida a su edad─, de entrar en el cauce, cuando vio aparecer, por entre la arboleda, al “Vista Alegre” que, como muy bien se puede deducir, el mote le venía, como anillo al dedo, por el portentoso estrabismo que padecía y, además, los colegas hacían risas sobre que, cuando miraba a uno, parecía como si los mirase a todos a la vez. Seguido de cerca, casi pisándole los talones, el “Sorderas” con su sempiterno “quée, quée, quée”, como demostración de estar bastante disminuido de ese sentido. Por último hizo su aparición el “Centinela”, que se parecía a la niña del exorcista, cuando giraba la cabeza en redondo, más él, conseguía el mismo efecto, no por padecer una posesión demoníaca, sino por ser extremadamente curioso y querer abarcar todo lo que pasara a su alrededor. De ahí el apodo, y su situación estratégica en las interminables travesuras que cometían. Él, era el encargado de quedarse a distancia para dar el “Keo”, cuando alguien se aproximara a la zona donde se desarrollasen las trastadas. Visto y no visto, los recién llegados se deshicieron de sus ropas, y se precipitaron al agua junto a sus compinches. Una vez dentro, y después de las primeras cabriolas, el “Chiqui” les relató la escena de la que había sido testigo, causando el asombro entre los colegas. Detrás de él, el “Napias” les hacía señas girando el dedo índice sobre la sien, para que no le hicieran caso. Esa tarde, el “Chiqui” no disfrutó de las delicias del baño. Habían pasado tres días desde el macabro avistamiento cuando, al caminar, a la salida del colegio por una de las callejuelas ya muy cercana a su casa, el “Chiqui” quedó envarado por lo inesperado de la situación que se presentaba en la cercana esquina que partía la calle en dos. Por ella doblaba en su dirección el protagonista de la tremenda escena del puente. El estado de nerviosismo hizo que, en la frente, aflorara una nutrida transpiración, cuando el forastero, como a eso de cinco escasos metros, se paró en seco y lo examinó minuciosamente. En la mirada del extraño, quiso entender que le citaba para esa misma tarde, en su misma calle a la hora que el barrio rendía culto al sueño. Cuando el foráneo comprendió que había entendido, reinició su deambular por la acera de enfrente. A la madre del “Chiqui”, le extrañó la normalidad anormal con que se desarrollaba la comida, así que con la mosca detrás de la oreja, se interesó por si le había sucedido algún percance en la escuela, a los que con resignación, estaba de sobra acostumbrada. ─No mamá, no me ha ocurrido nada, sólo es que estoy muy cansado. La sorpresa de la madre fue monumental, era la primera vez en su vida que escuchaba al hijo hacer ese tipo de comentario. Ello le llevó a insinuar: ─¿Por qué no te acuestas, a ver si así se te pasa? Si pasmada se había quedado cuando el hijo aseguró estar rendido, alucinó aún más, cuando este sin rechistar, ni formar bronca, aceptó irse a la cama sin demora. Estuvo acurrucado hasta que empezó a oír, como de costumbre, los incipientes resoplidos del descanso de la familia. Para cuando arreciaron, él, ya estaba en la calle. Tres puertas más allá de la suya, atisbó al desconocido que parecía estar esperándole. Este lo miró de reojo, pero sin perder __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 13

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 13 de 39 de vista al personaje de su vigilancia. El gesto del extranjero le hizo barruntar que allí iba a ocurrir algo gordo. El vigilado no se atrevía a moverse del sitio, así que, la atención de “Chiqui”, iba de este al vigilante. La tragedia envolvía el ambiente, y el aire transportaba efluvios de futuro cadáver. El paso del tiempo se ralentizó, hasta el punto de parecer detenido. El “Chiqui”, no sabía si moverse o no, cuando sus cuatro amigos aparecieron en escena. El “Sorderas” dijo al “Chiqui” que había recibido una nota del “Centinela”, en la que le decía que el “Napias” se la había pasado, para que, a su vez, él se la diera al “Vista alegre”, para que todos juntos asistieran a esa hora a la puerta de su casa. Tras dar la pormenorizada información, le preguntó que qué pasaba para que, esa tarde, dejaran de acudir a la Alameda. Los cuatro amigos quedaron a la espera de una explicación, por su parte. Entonces, el “Chiqui” dijo entre dientes: ─¿Veis ese tipo que vigila a aquel otro? ─Sí, –contestaron en el mismo tono los colegas. ─Es el mismo que hace cuatro tardes, vi tirar un cuerpo al río ─Afirmó tajante el “Chiqui”. A continuación los invitó a tomar asiento en el suelo a la espera de ver como se iba a desarrollar la contienda. Los camaradas no entendían que podía esperar su amigo que sucediese, pero todos a una fijaron la máxima atención sobre el susodicho vigilante. La forzada observación provocó que los ojos les comenzaran a lagrimear, pero los hechos se sucedieron, de modo increíble, justo a los treinta y tres minutos. El vigilado dio un salto al centro de la calle. No le dio tiempo de iniciar la fuga cuando el vigilante, realizando un perfecto quiebro, le corto la retirada. Lo que ocurrió a continuación fue delirante ya que sucedió en milésimas de segundo. La huida frustrada terminó con una sobrecogedora muerte. Nuestros amigos pensaban haber sido los únicos testigos, pero allí no estaban solos, porque, ocultos detrás de un espeso matorral, unos ojos verdes y almendrados, no habían perdido detalle de lo sucedido. Los cinco amigos no pudieron resistir la tentación de seguir de lejos al criminal, al cual los ojos le brillaban de una forma especial, como entre triunfante y vanidosa. Se sabía escoltado, pero eso parecía llenarle de un orgullo que trasmitía en su forma altiva de caminar. Cuando quisieron darse cuenta estaban muy cerca del asesino, justo en el pretil de la pasarela, donde, por debajo, la corriente era la más belicosa de las muchas que abrigaba el ancho cauce. ─Y ahora ─comunicó el “Chiqui” al resto─ se apoyará en el pretil y lanzará el cuerpo a la corriente. No bien hubo terminado de hablar, cuando fielmente los hechos ocurrieron como había pronosticado. Siguieron el cuerpo sobre el agua hasta que se hundió. Para cuando quisieron volver a estudiar la fisonomía del homicida, este ya había desaparecido. Volvieron sobre sus pasos, y por el camino les acompañó un grave silencio. Al término de las clases de esa tarde, se volvieron a reunir, y esta vez se encaminaron extramuros, donde había una granja y un huerto sembrado de melones. Allí pensaban dedicarse a una de sus travesuras preferidas, que consistía en agenciarse un par de jugosos frutos, para dar buena cuenta de ellos, a la vuelta de su afición favorita, cazar ranas, en un arroyo no muy lejano. Lo que no sospechaban era que se volverían a encontrar con el matón que estaba, como vigilando, la granja y el huerto del “Tío Chico”. Al verlo de lejos, obviaron la rapiña de su fruta preferida, y dieron un largo rodeo para alcanzar el arroyuelo. Parecía como si esa tarde se hubiera confabulado en su contra, porque, al llegar, encontraron que sus enemigos más acérrimos, habían tomado posesión de la zona prohibida para ellos. Tras unas palabras que por momentos subieron de tono, hasta estallar como la pólvora, se ensañaron en una batalla campal, a pesar de que el bando contrario contase con tres efectivos más. Pero con la fuerza que da la salvaguarda, de una zona que era suya, por la herencia de los padres de su poblado, que se la habían disputado con los progenitores del otro distrito, durante dos largos años, y como en la batalla final se alzaron con la victoria, desde entonces les pertenecía por derecho de conquista, hicieron poner pies en polvorosa y algo maltrechos, a los invasores. En la escapada, el bando enemigo se mofaba de ellos, porque, según decían, ya se les había acabado el chollo de birlarle impunemente al “Tío Chico” los huevos de la granja, y los melones. Ellos acusaban a los fugados, de ser unos chivatos, a lo que los contrarios, ya desde lo alto de la ladera que separaba a un distrito de otro, no se daban por aludidos, y les contestaban arreciando en las burlas, que a ver si a partir de ahora, tenían los suficientes cojones de enfrentarse con el __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 14

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 14 de 39 guardián que, hacia unos días, se había hecho traer de lejos, el dueño de las haciendas. Así, de esta ingrata manera, llegaron a enterarse de quién había contratado al asesino. De los tres meses del periodo estival, a un promedio de tres muertes por semana, el fondo del río albergaba en su seno treinta y seis cadáveres, capturados en las distintas callejas del poblado. Eso sin contar ─por no tener constancia─, la cantidad de muertos que, el matón, hubiese dejado a su paso, allá por donde quiera que hubiera andado. Un día de la última semana, a eso de media tarde, en el mismo lugar del segundo asesinato, se produjo un desenlace inesperado. El “Chiqui”, junto al “Napias , el “Sorderas”, el “Vista Alegre” y el “Centinela”, llevaban observando, unos tres cuartos de hora, las espaciadas rondas del matón, alrededor de la base de un árbol, a la misma vez que, estudiaban el centelleo de las retinas, verdes con puntos amarillentos en el centro de las pupilas, de unos ojos almendrados que no perdían el más mínimo detalle, de los más insignificantes gestos, del asediante, desde lo más alto de la copa del árbol. La pandilla, que en cada uno de los crímenes, había sido avisada por el homicida, de una u otra forma, para que fueran testigos de excepción, de su prodigiosa habilidad en las ejecuciones, esperaba con el alma en vilo el desenlace. Pero su mente no estaba preparada para lo que esa tarde iba a ocurrir. Los cuarenta y cinco minutos que el matachín llevaba merodeando alrededor de la base del árbol sobrepasaban, con mucho, la resistencia de las victimas anteriores. Todas sin exclusión con su sola presencia, la aviesa mirada, y la presión a la que eran sometidos que los hacia estremecer, no habían aguantado la tensión a la que eran forzados, ni la mitad del tiempo para acabar dándose a la fuga en una huida precipitada. El criminal era consciente del efecto psicológico que provocaba, por eso la entereza de quien había sido elegido para el sacrificio le hacía crecer, en su vapuleado ánimo, un furor incontenible. La cólera fue adueñándose del verdugo que impaciente se abalanzó sobre el tronco como tratando de subirse por él. Al no conseguir el objetivo, se irguió y de forma espasmódica arañaba la corteza y gruñía amenazador. La victima al darse cuenta de la desesperación del agresor, como para incitarlo a cometer algún error, bajó rauda a la primera rama, después de haber estudiado el salto y la distancia que le faltaba al enemigo para alcanzarla. Al agresor, ante la nueva e insólita situación, se le incendiaron los ojos presa de una rabia irrefrenable y volvió a intentar la escalada. Era justo lo que pretendía el atacado. Con una sangre fría que helaba la sangre le enseñó los colmillos aguzados como alfileres y acompañó el gesto con un tremendo maullido a la vez de lanzarle un zarpazo que le alcanzó la oreja derecha. El perro, más que ladrar, aullaba, no por el dolor del desgarro, más bien era por la resistencia que el trofeo le ofrecía. El gato, satisfecho con el resultado de la hazaña, regresó a la copa y desde allí pareció como si sonriera al dirigirles una ligera mirada a los chavales que no salían de su asombro. Así de esta manera pasaron como media hora en el juego mortal, repitiendo la misma escena con la única variante de que el gato no consiguió volver a acertar en los zarpazos. El acoso y la refriega duraba ya algo más de treinta minutos cuando, atónitos, vieron cómo, la presunta victima, se lanzaba en un espléndido salto acrobático, de la copa al vacío. El asesino gruñó quedamente. La cara se le transformó, y adquirió un rictus maléfico que ponía la carne de gallina al más osado, y se preparaba para dar el golpe final. Las almohadillas de las patas de la presunta victima, amortiguaron el tremendísimo impacto, sobre el firme del suelo. El asaltante esperaba que la presa saliera corriendo por el único punto posible para la fuga, así que cubrió, con un majestuoso semicírculo, la retirada, pero tuvo que refrenar la acometida de golpe, porque el astuto y pícaro felino, no se movió ni un solo milímetro del lugar donde había aterrizado. La indecisión del sabueso le iba a costar demasiado cara, porque la victima se le enfrento cara a cara. Fue un reducido segundo, pero lo suficiente para que el minino diera un brinco fenomenal, en el aire, y cosa antes nunca vista, se girara en redondo para caer sobre el cuello de su ancestral enemigo, para que la cabeza de ambos, quedara en la misma orientación. Si rápida había sido la ejecución de la espectacular acrobacia aérea, más aún fue la salida de las uñas, afiladas como garfios, del interior de las almohadillas, para, sin misericordia, hundir las zarpas traseras en las paletillas del animal, las de la mano delantera izquierda, se clavara con precisión de cirujano, justo por detrás de la oreja del mismo lado y con la derecha, de dos certeros zarpazos vaciarle los ojos, al engreído saco de pulgas. El gato, desde la distancia miró un instante a los cinco amiguetes, y guiñó a todos pícaramente, __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

p. 15

“Horizonte de Letras” Nº 18 Página 15 de 39 como si quisiera decirles que, a cada desalmado le llega la hora de rendir cuentas. Los chavalillos, lo aplaudían mientras se perdía de vista. Los lastimeros aullidos, alertaron a la vecindad que, curiosa, se concentró en el lugar de donde provenía el escándalo. El espectáculo que presenciaron fue dantesco, al ver como al animal, las convulsiones de dolor le hacían arrastrarse frenéticamente por el suelo, dejando a su paso un rastro de sangre. Pero lo peor era verle las cuencas de los ojos vacías sangrando en abundancia. Avisado por alguno de los vecinos, apareció por la calle el “Tío Chico” que, al observar el lamentable estado de su perro guardián, lo trató de calmar con un tono suave de voz, al que acompañaba con leves y suaves caricias. Los lastimeros gruñidos, incluso parecían acrecentarse, así que el dueño, sin más miramientos lo alzó sobre su pecho, para llevárselo a la hacienda. Al poco, la calle se despejó. Sólo quedaron en ella los cinco colegas que, entre risas, comentaban la fantástica venganza así como la increíble pirueta aérea gatuna. Cada uno, a pesar de haber visto lo mismo, daba su propia versión sobre el hecho, pero en lo único que se ponían de acuerdo, era que el curso de la delirante pelea había sido apoteósico. El “Vista Alegre”, bizqueando hasta hacer prácticamente desaparecer los ojos detrás de la nariz, lanzó una pregunta al vuelo: ─¿Qué creéis vosotros que pensaría el gato mientras le sacaba los ojos? Cogidos de sorpresa, no sabían qué decir. Luego de estar mucho rato callados y reflexionando sobre la pregunta, el “Chiqui” sentenció: ─Nada. ─¿Cómo que nada? Algo tendría que pensar ─dijo el “Napias”. ─Creo que en esos momentos sólo intentaba sobrevivir ─Rebatió “Chiqui” de modo trascendental. La atardecida ya se confundía con la noche cuando se escucharon, nítidamente, en la lejanía, dos descargas de la escopeta de cartuchos del “Tío Chico”… A los cinco la sorpresa les hizo mirarse interrogantes unos a otros. El “Vista Alegre” fue quien primero habló: ─Creo que el “Tío Chico” acaba de sacrificar al perro. Los demás asintieron con un movimiento de cabeza. Luego de pasado un minuto, al “Chiqui” se le ocurrió una idea que iba tomando forma en su cabeza, y la expuso mientras la maduraba: ─Si el amo del perro lo ha matado por serle ya inútil, no creo que se vaya a tomar la molestia de enterrarlo… ─¿Y que va a hacer si no? –Lo cortó el “Napias”. ─Pienso que hará lo mismo que el asqueroso chucho hacia con los gatos que se le cruzaban en el camino. El “Sorderas” que parecía como si hubiese recuperado por completo el oído, y no se había perdido nada de lo que se estaba hablando dijo: ─Vámonos corriendo a la Alameda y así lo comprobamos. El “Centinela”, que no las tenia todas consigo, puso como pretexto que ya era la hora de cenar, y que si se retrasaban, los palos en casa iban a ser inmemorables. ─¡Qué pasa! ¿Es que ahora nos vamos a volver gallinas? Que nos den los que quieran, pero si estoy en lo cierto, no nos vamos a perder un espectáculo memorable, nunca antes visto. A los amigos se les esfumaron las dudas sólo con imaginarlo. El primero en salir corriendo fue el “Sorderas” seguido de cerca por el resto. Cuando arribaron a la Alameda tomaron posiciones entre la arboleda. Pasaba el tiempo y sólo de vez en cuando acertaban a pasar por la pasadera alguna que otra persona. Desesperaban y recriminaban al “Chiqui” su excesiva imaginación, pero este obstinado se defendía con un “todavía no es tarde”. Pasó otro largo rato, y el “Sorderas” harto de esperar iniciaba la retirada el primero, lo mismo que había hecho para llegar hasta allí, cuando de improviso lo paró en seco la voz de aviso del “Centinela” que anunciaba la entrada en la pasarela del “Tío Chico” con el cuerpo inerte del matachín en los brazos. El silencio del grupo se hizo por momentos cortante, al divisar el paso cadencioso y solemne del personaje. Los chavales clavaron los ojos en la figura como una junta nocturna de búhos hasta que ésta se detuvo justo en el mismo sitio elegido por el perro matarife para deshacerse de sus víctimas. La expectación fue en aumento al observar como, sin contemplaciones, el cuerpo muerto era depositado en el pretil del puente para, acto seguido, de un certero empujón, ser lanzado al vacío. El denso silencio de la noche fue interrumpido por un ligero “Choppp” de una rapidísima inmersión. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

[close]

Comments

no comments yet