Nº 15. "Horizonte de Letras"

 

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Revista digital de creación literaria, editada por Asociación de Escritores de Alcorcón "Alfareros del Lenguaje"

Popular Pages


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Revista digital de Creación Literaria, de literatura y de opinión Editada por Enrique Eloy de Nicolás Sumario Editorial (pág. 3) Relato (pág, 4) Microrrelato (pág. 15) Poesía (pág. 17) Opinión (pág. 20) Lectura escogida (pág. 22) Entrevista (pág. 23) Publicaciones recibidas (pág. 26) Ana Garrido padilla, poeta, periodista y presidenta de laAsociación Literaria Editorial “Verbo Azul”. EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 2 de 30 Fundada en 2009 Nº 15 Noviembre-Diciembre de 2012 EDITORIAL RELATO “Blanco sobre negro”, de Eva María Medina “Madre”, de Rosa frías “Reflexiones de una escritora del montón”, de Peregrina V. Rodríguez “Secretos de Sacristía”, de Enrique Eloy de Nicolás MICRORRELATO “Después de morir”, de Jon Velázquez “Ruidos nocturnos”, de Eva María Medina “Una capa de irrealidad cubre los objetos”, de Eva María Medina POESÍA “Autoengaño”, de Jon Velázquez “Luz”, de Javier Úbeda “Solo”, de Javier Úbeda “Me olvidé”, Gema García OPINIÓN “Miguel Ángel Caballero Figún. Recordación suprema”, de Delfina Acosta LECTURA ESCOGIDA “Astur”, de Isabel San Sebastián. Crítica de Enrique E. de Nicolás ENTREVISTA Ana Garrido Padilla, presidenta de la A. L. E. “Verbo Azul” PUBLICACIONES RECIBIDAS __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 3 de 30 Editorial Hoy da la casualidad de que es Hallowen (ni siquiera sé si lo he escrito bien), la víspera de la festividad de Todos los Santos, que es como se ha llamado toda la vida de Dios. Pero ahora, bien comenzado ya el siglo XXI, se llama Hallowen. Me di cuenta de ello mientras escribía esta editorial que ahora estáis leyendo. Alguien llamó al timbre de la puerta de mi casa y, al abrirla, encontré a cinco o seis niños que me dijeron con desparpajo: “truco o trato”. No supe qué decirles, sin embargo, les di unas monedas que llevaba en un bolsillo de mi pantalón. Es curioso, pero, en mi infancia, esta fiesta era más bien triste. Hoy, multitud de salas de fiestas y discotecas la celebran. Este número nace al mismo tiempo que celebráis vuestras fiestas de Hallowen o de Todos los Santos, cada uno que elija la que quiera, porque, ya se sabe, para gustos los colores. A mí, nostálgico cada vez más de mi infancia, me gusta más nuestra fiesta de toda la vida, la de “los Santos”, y no sabría explicar por qué. Aunque, he de reconocer que esta fiesta siempre provoca llantos cuando recordamos a los que ya no están, echándolos de menos y añorando su presencia. Y para tristezas, ya tenemos lo que tenemos… Por eso… ¡Qué viva Hallowen, aunque sea importada! Si ello hace que nuestro ánimo se eleve, bienvenido sea. Disfrutad de este número que tenéis ante vuestros ojos, pues ha llegado a vuestras bandejas para eso, para que disfrutéis; sea celebrando Hallowen, el día de Todos los Santos, Pentecostés o la Navidad anticipada, lo que a cada uno se le antoje. . __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 4 de 30 Relato Eva María Medina Moreno. Escritora española (Madrid, 1971). Licenciada en Filología inglesa y diplomada en Profesorado de Educación General Básica, por la Universidad Complutense de Madrid. Con el título del Ciclo Superior en Inglés de la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid, y The Certificate of Proficiency in English, por la Universidad de Cambridge. Tras el Período de Docencia del Doctorado en Filología Inglesa de la UNED, investiga en el campo de la Literatura Inglesa del siglo XX y Contemporánea. Trabajo que compagina con la escritura de su primera novela. Premiada en el I Certamen Literario Ciudad Galdós por su relato «Tan frágil como una hormiga seca» (Editorial Iniciativa Bilenio S.L. 2010). Seleccionada en el V Premio Orola, en cuya antología se incluyó su cuento «Mi bodega» (Ediciones Orola S.L. 2011). También han publicado sus relatos en revistas literarias digitales e impresas de España, Estados Unidos, Argentina, Chile, México y Venezuela, como Letralia, Cinosargo, Almiar, Groenlandia, Narrativas, o Solaluna. La revista de creación literaria La Ira de Morfeo ha hecho un número especial con algunos de sus cuentos. “Blanco sobre negro” Tenía todo preparado. Los folios, a la izquierda. Bolígrafos, dos de cada color −rojo, azul y negro−, a mi derecha. El ordenador, en el centro. La silla, muy cerca de la mesa, con el cojín para los riñones, dos paquetes de cigarrillos y un vaso de whisky con hielos. Así me imaginaba la mesa de un escritor, aunque todo revuelto. Caótico. Mezclé los bolígrafos con las hojas. Se cayeron folios y bolígrafos. Les di una patada. Escritor maldito, me dije con sonrisa diabólica. Encendí un cigarrillo, que saqué de uno de los paquetes de Marlboro que había comprado esa mañana. Imaginé que me entrevistaban, para El País o El Mundo, y puse posturas de gran intelectual; ahora con la mano izquierda, en la frente, apretando las sienes, ahora con el cigarrillo en la boca intentando decir algo ingenioso tras la tos. Tiré la ceniza, que cayó dentro y fuera del cenicero. Cogí el vaso de whisky. Lo moví, circularmente, necesitaba oír el clic, clic de los hielos. Me lo llevé a la nariz y bebí. No me gustó el sabor, tampoco el del tabaco, pero daba un toque especial, de artista. Dejé que el cigarrillo se consumiese, que los hielos se deshicieran y me acerqué el portátil. Los dedos en el aire, como pianista al comienzo de un concierto. Estaba en tensión; demasiada tensión para una buena escritura. Le di dos sorbos al whisky. El nombre del personaje. Ricardo. Me gustaba, tenía fuerza. Ricardo Corazón de León. Ricardo III. Di a la «r»; una, dos, tres veces. Mantuve el dedo presionado. Las erres fueron uniéndose hasta llenar la pantalla. Las borré. Pensé en lo difícil que era escribir. Solo sentarse frente a una pantalla tan blanca atemorizaba; parecía que las palabras, las ideas, huyesen, como esas erres que ya había borrado. Antes de retirar el ordenador y probar con el papel, di a la «r» y la guardé como documento. Me hizo gracia mi hazaña, que celebré con caladas al cigarrillo y un buen trago de whisky. Cogí folios y el bolígrafo negro. «Espalda recta, ojos al frente», me dije acordándome de la mili, «al objetivo». El objetivo era escribir algo, lo que fuese, aunque estuviera mal escrito. Sentir que a un sujeto sigue un verbo, que los complementos se van arrimando a la frase, que a una frase sigue otra, que hay armonía entre ellas, que van casi de la mano. Encendí un cigarrillo y contemplé el humo. Cuántas veces había soñado desaparecer de una manera tan elegante. Adquirir esa materia volátil. Cómo empezar. Ricardo, a sus treintaicinco años. Horrible. Ricardo, hombre sincero y robusto. Hombre sincero y robusto. ¡Dios! Las taché. Los críticos lo reprobarían. Mientras pensaba en el argumento, dibujé erres; mayúsculas, minúsculas, alargadas. Cuando me cansé, arrugué la hoja y la tiré a la papelera. Hice una buena canasta. Apagué cigarrillo y portátil, y fui al baño. Mientras me subía los pantalones, me vi en el espejo. Tenía más ojeras. Lo blanco de los ojos con venas rojas. Me dolía la garganta. Saqué la lengua; amarillenta. No quise seguir indagando. Fui al salón. Me dejé caer en el sofá. Puse los pies sobre la mesa, pensando que mañana, mañana empezaría la novela. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 5 de 30 Rosa Frías López nació el 20 de enero de 1964 en Mérida, provincia de Badajoz. Madre de dos maravillosas hijas, trabaja en la Junta de Extremadura. Desde pequeña le encantó escribir, haciéndolo siempre sobre todo lo que sucedía a su alrededor. Lectora compulsiva. Todo su tiempo libre lo dedica a la lectura y a su gran pasión: escribir. Escribe en varias revistas digitales y en su blog. Tiene una novela publicada – “Flor Roja”- y está embarcada en otra que espera pronto poder publicar. “Madre” Siento aún el olor de su piel en cada poro de mi cuerpo, su ternura, cariño y dedicación.. Es como si aún la sintiera a mi lado, ella que me dio la vida, que me llevo en su vientre, que me enseño a ser una buena persona, a ella le debo la vida y todo lo que soy. He sido muy afortunada al tener una madre tan maravillosa, una mujer luchadora hasta el último momento de sus días, siempre tenia una palabra de cariño y una sonrisa que llenaba toda mi vida... No, nos damos cuenta del amor de una madre hasta que no nos falta, la mía se marcho, cuando más la necesitaba, pero me ha dejado tan llena de amor y enseñanzas, que a veces al mirar a mí alrededor siento que aún esta a mi lado, que no se ha marchado, sigo sintiendo su olor, ese olor tan especial que solo una madre tiene, ese olor que huele a amor... Ella me enseño a caminar por la vida sin miedo, a dar todo el amor que pueda al prójimo, a enseñar ese mismo amor a mis hijas, a no temer a nada en la vida, incluso a pensar en la muerte con alegría... Cuando me siento triste y siento que estoy sola, enseguida me embriaga sus recuerdos, sus abrazos, sus dulces palabras de aliento con las que siempre me animaba. Mi madre querida ha sufrido mucho en esta vida, pero nunca le escuche quejarse, siempre veía en sus labios esa sonrisa, era todo amor y ternura, ella era mi vida entera... Sé que esta en el lugar más hermoso del cielo y que desde allí, ella me cuida, mi corazón no siente tristeza, porque sé que ella es mi guía.... Una madre es lo más hermoso que la vida nos pueda dar, quienes no sepa valorar el amor y el cariño de una madre nunca sabrá ser buena persona, y nunca podrá transmitir ese mismo amor que ella recibió a sus hijos. Yo que ahora soy madre, y tengo dos maravillosas hijas siento ese amor inmenso que mi madre sentía por mi y yo por ella. Todo muere y termina en esta vida, pero la enseñanzas, el amor y la ternura perdura siempre en el corazón de las buenas personas. Si la vida te roba lo mas hermoso que ella te dio que es una madre, no la has perdido, permanecerá siempre en tu corazón. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 6 de 30 Peregrina Varela nació en Caracas-Venezuela. Ha realizado la lectura de la tesis doctoral "Las audiencias de las retransmisiones y programas de deportes de TVG desde 1990 hasta 1996", en 1998. Realizó los cursos de Doctorado en Ciencias de la Información y presentó la tesina Debates e informativos diarios en televisión en al Universidad de Santiago de Compostela. Año 1995. Licenciada en Imagen y Sonido por la Facultad de Ciencias de la Información en Madrid en 1990. Trabaja en el equipo de realización en los Servicios Informativos y de Programas de televisión desde 1991. Dirigió diferentes programas informativos en Radio Negreira y fue redactora de la revista de ámbito gallego Nova Actualidade. Autora de las novelas “Alejandra Alejandra, mujer donde las haya; si señor”, “La señorita Liliam está buscando empleo” y “Zafiro de Noite”. Aurora de los libros de poesía “Amaneciendo” y “Los sueños de una mujer”. Publicados en Internet. También de los libros “Tsunami de rosas” y “Era imposible gritar libertad”. Sin publicar. Ganadora del primer premio de cuento en la Feria del libro de Moreno. Buenos Aires 2010. Obra: Capricho solar. Publicaciones para el Centro Poético de Madrid: “Crepúsculo soñado”, “Caminos inciertos”, “Impresiones y recuerdos”, “Amor eterno”, “Dulce primavera”, “Palabras al viento” “Amanecer solitario” y “Lágrimas de despedida”. “Reflexiones de una escritora del montón…” Soy la dama de la pluma… Soy la dama, que coge la pluma y escribe lo que le pasa en su cuerpo, ya no joven y como tal... que a nadie le importa conservar, que nadie quiere ver ya más. Todos quieren desplazarla y, ¿por qué?, si ella no es más... que la dama de la pluma que ha envejecido escribiendo los nombres de aquellos hombres que riéndose de sus sentimientos la han convertido:"en la dama de la pluma". Que escriban mis escritores… Escribid aunque no ganéis ni un centavo, ni un peso, ni un euro. Escribid aunque esto sea algún día, leña para hacer fuego... Aunque sea el capítulo de un cuento. El nuestro. O un viajero en el metro, que ya no veremos más. Escribid porque es gratis y es un momento de la vida en que la felicidad nos toca, Es por instantes, lo único, que en realidad... tenemos. "Más importante que el trabajo, más importante que el dinero". Escribid y demos gracias a Internet por darnos la oportunidad de hacerlo, aunque no nos paguen, aunque no le gusten nuestras imágenes. Escribid y no queráis ser los primeros "porque los primeros serán los últimos Y los últimos... __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 7 de 30 Escribid porque se puede mejorar con el tiempo y la práctica Y no nos miremos por encima del hombro, "que la envidia no nuble la felicidad que sentimos... escribiendo". Escribid y brindad porque este momento en que estamos juntos, sabiendo nuestros nombres, dándonos consejos, es único e irrepetible y puede morir muy pronto, y no son buenos los malos recuerdos ni los remordimientos. Y menos cuando hay cariño, por medio. Verano, Campos, Diego, Córdoba, Albacete, Serena, todos, fue un gran gusto conoceros y seguid escribiendo porque la dicha no tiene precio y ser feliz también es esto, que gratis hacemos. El escritor no es tan bueno… ...Pues la dama no le deja, va tirando de su talento y no se muestra al 100%. La dama es egoísta, todo quiere para sí, como en ella no hay talento, sólo ganas de vivir... como en ella no hay tristezas que la hagan escribir... no consiente al escritor, no le quiere ver sufriendo, y va tirando de él pa´que deje de existir, más no de vivir, pues él está en su cuerpo y no se debe morir. Con ella disfrutará de la ilusión que no hay en la sociedad actual. La doncella nacerá… ...Y matará al escritor ocupando su lugar. Si el escritor escribió mal... ella ni lo va a intentar. Despidamos al escritor y recibamos a la doncella, no necesito las armas para acabar siendo ella y no otro, el que dicte, disponga y mande en las acciones de un solo ser. Se muere el escritor… Poco a poco se va alejando, pero sigo escuchando su corazón latir. Todavía domina mi cuerpo pero su actuación, pronto terminará. El escritor se muere, se apagará para siempre, no volverá a nacer, yo espero que no, pues nació de un parto difícil y pocas cosas aportó. El escritor se acaba, la lluvia marca el ritmo que acerca el momento tan esperado por mi. La lluvia es mi aliada y deseo que llueva tanto y tanto para que esté pronto aquí, su fin. Voy a dejar que escriban los escritores… Los escritores no saben porque quieren escribir, pero es que si no lo hacen, se sienten como morir. Es así, quien no lo sienta no lo comprenderá jamás, no es algo de lo que ellos se puedan separar. Cogen su bolígrafo y empiezan con una idea pequeña, pero el mundo gira rápido y nacen miles de ideas, todo cobra vida en ellos y escriben sin saber el motivo, pero no pueden parar y por eso se dejan llevar de ese inofensivo deseo, tan barato y peculiar que con boli y papel se suele arreglar. En ocasiones sienten vergüenza por lo que han escrito... ¿Cómo se me pudo ocurrir a mí contar estas tonterías?, !Que mal escribo¡, dirán otros, !Que de faltas de ortografía sé que tengo¡, ...eso fue culpa de la profesora de Literatura, sin dudas, pero la vida es así y ellos están ahí, para bien y para mal pues no lo pueden cambiar y ni lo llegan a desear, pues escribir puede ser un secreto que sólo conozca tu madre, sus textos ofrecerán para que los lean quienes sed tengan de leer si eso se les ocurriera, o también pueden hacer terapia con la escritura para alcanzar un pedazo de la felicidad de esa que dura y dura. Desnudaré a los escritores… Porque quiero conocerles, que me cuenten su pasado, su presente, sus proyectos. Desnudaré a los escritores, lo pediré humildemente, con la prudencia necesaria para no caerles mal. Quiero saber como llegaron a serlo, si se nace o se aprende, si escribe de lo que siente, de su vida o de su gente, si cuando escribe se alegra, se entristece o le da igual. Desnudos se quedarán, así yo podría verles, llegar al fondo y pensar: que bueno es conocerles desde adentro, ya lo siento, que me cuenten como lo hacen, ¿cuántas horas?, si les vienen las ideas o las planean... Si es dolor o esclavitud, profesión, pasatiempo o alegría. Juro que los desnudaré, ya les veo sacarse el sombrero, los zapatos, calcetines, poco a poco... Ya están sólo con reloj y será eso lo último que se sacarán para decirme: “mira el tiempo que tardamos para que veas lo que somos” y ¿ahora qué?... Pues les diré: ahora estamos más unidos que nunca. El escritor, descansa… Después de mucho escribir, el escritor descansa, quiere levantarse temprano para ver si hay nuevas fresas o si ha crecido la parra, o si vino el jabalí y todo lo destruyó o si su trabajo fue lo que el viento se llevó. Al final sabrá si lo suyo durará una eternidad o simplemente será: "Lo que el viento se llevó". Escribo porque sí, y escribo: Que ya no sé como escribir: Te quiero, sin ya poderlo decir lo he de aprender a escribir, es otro nuevo método de matar el sentimiento cuando separación tenemos. Tú no eres buen poeta y te reirás de mí, yo no sé como te lo voy a escribir, yo te quiero y es verdad, pregúntalo al mismo Dios, pídelo por caridad si es que dudas de mi amor, el cielo será sincero. Yo escribo porque sí, y escribo: te guste o no, yo lo hago para decirte: Te amo, pues de otra forma la noche se hace mi techo eterno, desde que te conozco mi vida tomó otro rumbo, ya me levanto cantando, para nada ando llorando, y el perro vuelve a quererme porque sabe que te amo y te quiere como a un padre. Escribo porque sí, y escribo: y si llegas a rechazarme, te escribiré una poesía, que te juro, de bonita robará la pena mía y ya no tendré que escribirte. Necesito que muera el escritor… __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 8 de 30 El escritor me está matando y todo lo que voy escribiendo mi madre lo va rompiendo, no quedará su recuerdo. Necesito asesinarlo porque me hace daño, siempre escribe que te escribe y para él ni un momento. Muere pronto, muere en mí, como a un mal espíritu te saco pues no me dejas vivir y como no todo tú eres yo, aunque en ocasiones lo parezca pediré que te vayas, mientras la tranquilidad... regresa. El escritor ha sufrido… El escritor ha sufrido... Sólo escribe el que ha sufrido, sólo el que sufrió, escribe pues es la única manera de dejar el sufrimiento sin acabar en suicidio. Señores, los escritores son los seres que más han sufrido, y si ellos prueban vicios es por conocer el sinsabor de la pasión que en su camino recto, ellos no han conocido. Algo se quieren llevar, se llevan la imitación, se llevan el sinsabor, el sustituto del amor que se intuyó podría haber con otro ser que se perdió... ya en la noche... ya en el olvido. Quedan pensando en el vicio, en la aventura posible, en la mujer que les besa, sin preguntarse, de dónde ellas, han venido. Eso son los escritores. Elegir de que morir… Si morir de amor por ti, eso no. Si porque me atropella un coche, menos. Por caerme de un árbol o porque llegó la hora en que Dios, sin más, me llame, para estar a su ladito. Pues yo me quedo con esto último y que nadie cambie el rumbo, lo demás, yo dejo a otros... El mal final no es para la doncella que me habita ni para el escritor, que está débil. Escribo y voy a dormir.. Antes de estar con Morfeo escribo “que soy feliz”, tengo casa, tengo coche, tengo familia y trabajo, tengo amigos en téstale, tengo ganas de vivir. Vivo contenta con lo aprendido, quiero seguir estudiando, no me importa llevar golpes ni bater todos los récords. Yo soy eso, y si suspendo en la vida, siempre me quedará seguir sonriendo, porque vivo, soy feliz, tengo gatos, tengo amigos, tengo ganas de vivir. La pistola blanca… No provocaba heridas, pero transformaba almas. Esa pistola era magia. La poseía un poeta y gastaba todas sus balas, nadie sabe si esa historia fue real o fantasía, un invento que contaban las vecinas de allá arriba. A aquellos que ha apuntado la defienden y protegen pues ahora no son villanos, sino duendes muy valientes. ¿Quién podrá tenerla ahora?, ¿qué poeta la tendrá?, si alguno sabe donde está que por favor me lo cuente que por mí, nadie lo sabrá. No escribiré antes de morir… eres mi amor… Fui incapaz de contarte mi vida, te escribí, pero esa carta jamás se envió. Fui incapaz de mirarte a los ojos y te llamé por teléfono, pero al contestarme tú, lo colgaba. Fui incapaz de acariciarte el pelo, pero te envié un peluche a una dirección equivocada para que durmieras con el. No logré descubrir cual era tu perfume pues no me acercaba a ti, pero esa supuesta fragancia fue sustituida por la de rosas y claveles en una tienda de mi pueblo. ¿Sabes?, lo he perdido todo por miedo a un fracaso que se anunciaba día a día con tu desprecio. Fue una pena haberme equivocado y bueno fue disimularlo, pero esperando a un nuevo amor me pasaron los años... Con el tiempo supe de ti, tenías rosas y claveles en tu jardín, enviaste tantas cartas que ya no podían contarse a un destinatario inexistente, recibí muchas llamadas de números desconocidos... ¿Sabes por qué?... porque tú eras mío y yo tuya, pero nos separaron los astros, las diferencias, el interés y por eso: "Ahora somos dos barcos que navegan sin rumbo en medio del océano y pronunciando vamos nuestros nombres, en silencio, para que el otro... no pueda escucharlo". A pesar de eso, Jamás escribiré: "Que has sido mi amor". Menos mal que ellos existen… Y que saben bien quien soy. Menos mal que ellos me cuidan, aunque por mi falta de fe, "no acepto pensar en ellos, no rezo en ninguna parte, no llevo a Dios por delante no visito las iglesias y... no permito el confesarme ante un "señor de Dios". Pero aquellos que fueron santos muy dentro de mí, están... por eso, ellos, menos mal, que comprenden estas faltas, que tenerlas está bien, se puede vivir sin fe y sus historias leer... Se puede no creer y sin embargo, tener a esos seres por amigos. Se puede de tantas formas ser de ellos, estar con ellos, que ellos sabrán elegir aquella manera correcta, que no necesita iglesia, que decir de la oración, aquella que no se confiesa y sin embargo, aquella que obtiene el perdón. Esa es mi fe, esa es mi religión. Por eso, "menos mal que ellos existen" No podré vivir sin él… Le conocí aquel día y por eso ahora sé lo que quise, lo que quiero: quiero estar siempre con él, me arropa su presencia y llena todo mi ser, sin darme cuenta era suya en espíritu. Él es mi norte, mi ídolo, mi modelo, mi amigo. Él es el hijo de Dios y yo, soy la dama de la pluma que escribe poemas de amor. Se burlaron de un poeta… Se rieron de aquel poeta por ser un gran soñador, lo gris convertía en blanco, lo negro mezclaba con gris, y al azul le sonreía y al rojo le lloraba, el verde adoraba y el crema lo relajaba. Era un ganador, pero escribía poesía y se rieron de él, pero no le importó demasiado by siguió con su pluma y su papel. Era sólo un hombre que disfrutaba escribiendo y nada le importaba. Le llegaron a admirar al ver que no le importaban las críticas de los demás. Por eso ahora __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. 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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 9 de 30 cree que en el mundo es posible cambiar los rumbos, los destinos y las ideas. Mi profe de Literatura… Tuve una profesora de Literatura en el colegio que era muy exigente, yo siempre admiré a los grandes escritores, leí mucho de pequeña, pero no era mi mejor materia. Así fue durante la primaria y una parte del bachillerato, no me veía en medio de tantas letras como me ando ahora, pero tampoco sé cuanto me durará, yo no siempre soy la misma, ahora igual escribo, y luego abandono este pasatiempos y me paso unos mesitos leyendo o andando en la bicicleta. La profesora Roca Conde, así se llamaba mi profesora de Literatura, era española, en concreto de Orense, estaba viuda y siempre venía maquillada a darnos clase. Nos leía poesías bien compuestas, no como muchas de estas que se escriben aquí, pero es que ahora se lleva la poesía libre o como se llame y yo me apunto a ella, pues para mí mover mi pluma es como hacer taichi, lo quiero hacer para relajarme y según me lo permita el cuerpo, en ocasiones me siento orgullosa de mi obra y en otras pienso: vaya por Dios, estoy pintando bien la mona. La profesora vive todavía, espero que no lea esto pues se recordará de mí, claro que sí, se acordará, pues siempre me hacía las preguntas más difíciles y leía poesía a mi lado. Bueno, si sabe que escribo aquí ya estaría corrigiéndome las faltas de ortografía y tantas otras cosas porque para ella nunca llegaba a ser perfecta en su materia, ni medio perfecta. Estaría diciéndome como tenía que hacerlo, como hacer las rimas, como utilizar las metáforas. Me parece bien eso para aprobar Literatura, pero yo soy libre en todo menos en el trabajo que tengo un jefe que me manda. Ser libre es dar lo mejor de ti sin permitir que te saquen los momentos de felicidad que puede ofrecerte la vida fuera de tus obligaciones. Ella ha logrado que la recuerde como la bruja del colegio, la profe exigente con Literatura, que debía ser una materia bonita y de relax. Ahora ya es mayor y le estarán sonando las orejas, pero es lo mismo, soy sincera. Bueno fue mi peor materia, por eso tal vez me lancé a leer y a escribir desde pequeña, para saber sí yo también podía hacerlo como los grandes. Poder sí que puedo hacerlo, pero como los pequeños, pero puedo de la forma que sea. Los otros profesores de Literatura que tuve me pusieron muy buenas notas, quizá porque me acostumbré a leer y a escribir o tal vez porque mi querida primera profesora me pedía demasiado. Escribo un 85% por vocación o como mecanismo antistress, y un 150% por venganza, puede ser, ahora sí, no le deseo mal a nadie. Ya cada uno recibirá lo que le toque, espero que no reciba yo, llorar demasiado. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 10 de 30 “Secretos de Sacristía” Enrique Eloy de Nicolás Hoy, ya jubilado y sin saber porqué, regresa a mi mente aquella historia que ocurrió en mi pueblo cuando aún no había cumplido los diez años de edad. Creo que todavía no he superado el impacto que aquello produjo en mi mente infantil. Quizá por ello regresa a mi cabeza una y otra vez con tal lujo de detalles que me hace rememorarlo como si hubiera ocurrido días atrás. Aquella tarde en la que todo el pueblo se concentró a la puerta de la casa de don Antón, el cura, pertrechados de hoces, guadañas, azadas, garios y todo tipo de herramientas agrícolas, la sangre me bullía en las venas, preso como estaba de excitación, quizá divertido al mismo tiempo que lleno de pavor. Los paisanos gritaban consignas en contra del cura y clamaban venganza, exhibiendo sus improvisadas armas que amenazaban con ir directas a la blandura de sus carnes. Mi padre, que por aquel entonces le había tocado ser alcalde, intentaba calmar los ánimos de los cerca de doscientos vecinos que allí se habían reunido, lo que casi era la totalidad del pueblo si tenemos en cuenta que los más ancianos, por sus dolencias, no habían podido acudir. Y no por falta de ganas, le oí decir a mi abuelo, que a sus setenta y nueve años mantenía una mente lúcida, pero un reumatismo tan atroz que lo mantenía la mayor parte del día postrado en una cama o sentado en su sillón de mimbre. Los cerca de treinta muchachos que copábamos el improvisado aula escolar en los bajos del ayuntamiento habíamos dejado solo a don Isidoro, el único maestro del pueblo. Unos pocos, los que no acudían con asiduidad a la escuela por ayudar a sus padres en las faenas del campo, estaban allí observando la escena, junto a sus mayores, que ese día habían abandonado sus quehaceres para unirse al resto del pueblo. Los demás, entre los que me incluía yo, aprovechamos el recreo para salir corriendo detrás de la gente en cuanto los vimos pasar, todos unidos y con una firme decisión que nuestra curiosidad infantil quería desentrañar. Yo no entendía por qué todo el mundo insultaba y maldecía a don Antón, enarbolando amenazantes aquellos instrumentos agrícolas a los que, de repente, les habían asignado otra función distinta para la que fueron fabricados. No. Yo no lo entendía. Y tampoco el resto de los chicos, que aprovechábamos cualquier circunstancia para ausentarnos de la escuela y así tener una excusa que convenciera a don Isidoro, evitando que nos aplicase algún correctivo de los muchos que se le ocurrían. Fue la primera vez que oí aquellos insultos y juramentos. Me causaron tal impresión que a punto estuve de santiguarme -sabedor de que eran pecados mortales, como don Antón nos enseñaba-, y si no lo hice fue por miedo a que alguien me viera y pensara que sentía lástima por el cura al que todos parecían odiar y al que todos – según ellos- deberíamos aborrecer. Hubieran acertado, porque sí sentía lástima por don Antón, al mismo tiempo que otros sentimientos que ahora no acierto a explicar. Pero lástima, sí. O pena. Y aunque no sabía con certeza lo que ocurría, no me esperaba nada bueno, escuchando como escuchaba aquellas voces subidas de tono, dirigidas con rabia a un pobre cura que aún no se había atrevido a dar la cara pidiendo explicaciones a los vecinos por aquella actitud hacia su persona. No recuerdo con exactitud todo lo que gritaban. Quizá debido a aquella extraña excitación que no me hacía esperar que se tratara de un día de fiesta, ni de un homenaje especial a don Antón. Pero sí me quedó grabado algo: “¡Que pague por lo que ha hecho!”. Esa frase se quedó en mi mente, es verdad, repetitiva y altisonante, y mi cabeza __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 11 de 30 empezó a dar vueltas y a hostigarme con preguntas sin respuesta como ¿qué había hecho don Antón? y ¿qué debía pagar?. Esas preguntas retumbaban en mi interior sin cesar, compitiendo con lo que mis oídos no dejaban de oír y con lo que las gentes del pueblo no dejaban de gritar. Pero nada bueno, supuse. Y a mi cabeza volvían recuerdos recientes del cariño con que nos trataba don Antón, y no acertaba a comprender qué había podido hacer para que la gente se manifestara de esa forma frente a la puerta de su casa. Algunas piedras volaron sobre mi cabeza y fueron a estrellarse contra la fachada de la casa. El ruido de los cristales rotos hizo que mi pensamiento regresara a la realidad y me diera cuenta de que aquello iba aumentando en intensidad. Recuerdo como mi padre sudaba con abundancia intentando calmar los enfebrecidos ánimos y se enfrentaba con vecinos que ya aporreaban la puerta sin piedad, con intenciones de derribarla y entrar a la fuerza. Pero no conseguía nada, o al menos eso me parecía a mí. La ira aumentaba en la gente y parecían no oír las súplicas de mi padre llamando a la calma y al sentido común. Yo, junto a otros chiquillos más, observaba la escena desde primera fila, con la boca abierta y expectante. Mi padre continuaba en su empeño, cada vez –creí- con menos ahínco. Intentaba convencer a unos y a otros. Hablaba con aquellos, después con los de al lado; pero nadie parecía entender. Era como si les hablara en un idioma extraño y desconocido, o como si se hubieran quedado sordos de repente. Tenía la camisa empapada de sudor y su rostro, desencajado, decía más que cualquier palabra. Creo que se le habían agotado las ideas, y las fuerzas. Y se apartó del grupo, colocándose frente a la puerta de la casa. Creí comprender que lo hacía para coartar los lanzamientos indiscriminados de piedras, intentando hacerles ver que podrían herirlo si seguían con aquella actitud. Pero pareció no surtir efecto, porque una de las muchas piedras que volaban fue a dar justo en su cabeza, cerca del ojo izquierdo. Se echó mano a la frente y comprobó que sangraba. Soltó un juramento entredientes y se apartó de allí, sabedor de que su persona no podía evitar aquello. No sé cómo se sentiría en aquel momento, pero yo, cincuenta y tantos años después, creo que me hubiera sentido como Pilatos. Mientras mi padre se alejaba de la puerta, sangrando en abundancia, se dio cuenta de mi presencia. Me cogió de un brazo y me apartó del grupo, ordenándome, fuera de sí, que me fuera corriendo a casa. Con desgana me aparté de la gente. No porque esa fuera mi intención, sino por atender la orden de mi padre, por quien sentía un respeto tan exacerbado que bien podría definirse como pavor. Y es que mi educación, en aquellos tiempos de hambre y miseria, además de austera, estuvo enmarcada en la más absoluta severidad. Pero mi curiosidad, en aquellos momentos, podía más que el temor –o el respeto- a mi padre. Y desde allí, a unos pocos metros de la escena, seguí observando, escondido tras la esquina de la taberna de la Petra, que estaba vacía; y ni siquiera la misma Petra estaba allí, en su lugar, detrás del mostrador en donde siempre la había visto y aún hoy la recuerdo. No sé si las piedras se acabaron o es que la gente se cansó de lanzarlas, pero lo cierto es que los lanzamientos cesaron, lo que me alegró el corazón. Unos pocos, los más decididos y vociferantes, reanudaron los golpes contra la puerta, comenzando también con las ventanas que resistían a duras penas, aunque ya sin cristales. Los golpes fueron sustituidos por fuertes embestidas con sus propios cuerpos, haciendo astillas los marcos que las sujetaban. En unos pocos segundos que a mí me parecieron días, la puerta y las ventanas cedieron exhalando un suspiro de impotencia y los que las habían derribado entraron pertrechados de sus herramientas, seguidos después por el resto de la multitud, todos con una firme decisión que a mi se me antojaba cada vez más clara. Me temblaban las piernas, lo recuerdo bien. A punto estuve de orinarme encima. Pero eso logré contenerlo, sin embargo no era capaz de reprimir aquellos inoportunos temblores que me impedía ser dueño de mis propias extremidades. Sentí miedo, lo reconozco. Y no por mi padre, de quien en ese momento no me acordaba; sentí miedo por don Antón. El cariño especial que yo le tenía, al igual que buena parte del pueblo, hicieron que temiera por su persona. Pero eso había cambiado. Todo el pueblo parecía ahora odiarlo y creo que deseaban su muerte. Me quedé solo en la calle, escuchando los latidos de mi corazón con mis propios oídos. Todos los demás chicos, animados por sus padres a actuar como ellos, habían entrado también en la casa del cura. Mis temblores no paraban y el miedo me atenazaba. Mi curiosidad me incitaba a acercarme, pero mis piernas no obedecían. Creo que tampoco hubiera sido capaz de articular palabra y la sensación de no poder evitar orinarme encima acudió a mí como si pretendiera rescatarme del olvido y de aquella situación. Poco tiempo después, cuando ya no se oían voces ni nada, mis piernas reaccionaron y, aunque temblorosas aún, me permitieron acercarme unos metros, los suficientes para colocarme frente a la casa. A través de las desvencijadas ventanas y de la puerta reventada vi a algunos vecinos que parecían buscar como poseídos por alguna fuerza desconocida, de un lado a otro, rincón tras rincón. También vi a mi padre, que no dejaba de taponarse la herida de la frente con un pañuelo. Nuestras miradas se cruzaron entonces y salió corriendo de allí. Me __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 12 de 30 cogió del brazo con tanta fuerza que parecía que me lo iba a arrancar, y ni siquiera yo fui capaz de quejarme por el dolor. Me apartó de allí y me acompañó, sin soltarme, hasta la parte trasera de la iglesia, camino de casa. “¿Qué haces todavía aquí?”–me dijo, apuñalándome con sus pupilas-. “Vete ya. No quiero repetírtelo más veces”. Las lágrimas pugnaron por desprenderse de mis ojos, pero siempre –no sé cómo- logré contener el llanto delante de mi padre. A punto estuve de preguntarle qué había ocurrido, pero el respeto y el miedo cancelaron mi garganta. Me soltó sin dejar de mirarme, mientras yo caminaba hacia casa echando furtivas miradas hacia atrás, viendo que mi padre aún me observaba, asegurándose quizá de que yo le obedecía. Cuando llegué a casa me encontré a mi abuelo en la cocina, sentado –como siempre- en su sillón de mimbre, hurgando las ascuas de la lumbre con uno de sus cayados, ensimismado en sus pensamientos y sin apartar sus desgastados ojos de las llamas que surgían de los troncos semicalcinados que daban el calor suficiente a dos potes de zinc en los que mi madre preparaba el cocido de todos los días. Me vio, pero no dijo nada. Se limitó a mirarme cuando entré, taciturno, y volvió a sus pensamientos y a su entretenimiento con las ascuas. Mi madre salió de la despensa con unas pocas patatas que dejó sobre la mesa. No pareció extrañarse de mi adelantada presencia en la casa. A ninguno de los dos pareció extrañarle lo más mínimo. Parecía no ocurrir nada en el pueblo y, sin embargo, yo seguía pensando en lo que había presenciado. No me atreví a preguntar, aunque mi curiosidad me corroía por dentro. “Echa de comer al ganado antes de que venga tu padre”, me ordenó mi madre con la habitualidad de todos los días. Salí al corral sin abrir la boca y entré en la cuadra. Las vacas y las mulas estaban tranquilas. Unas tumbadas y otras de pie, rumiando con parsimonia, como siempre las había visto. Les llené los cubos con agua del pozo y les repartí su ración de paja y cebada. Pero el recuerdo de lo que había visto esa mañana no se me iba de la cabeza. Y, compungido como estaba, me senté en el pesebre pequeño de madera, con la sola compañía de un ternero juguetón que aún no había cumplido los tres meses. Quería enterarme. Necesitaba enterarme de aquello que había hecho don Antón que derivó en un levantamiento de todo el pueblo contra él y me preparaba mentalmente la pregunta adecuada para soltársela de carrerilla a mi madre, antes de que mi padre regresara a casa. Sabía que ella, si usaba las palabras adecuadas y algún que otro arrumaco, me contaría la verdad. Pero no me dio tiempo a ello, porque mientras repasaba en mi cabeza cómo abordarla, mi padre apareció por la puerta trasera del corral sin decir nada, con el rictus aún desencajado y presionándose la herida de la frente con el mismo pañuelo, empapado en color rojo. Mi madre lo vio y salió corriendo, preocupada, preguntando a voces qué había pasado. Yo, espoleado por mi creciente curiosidad, me acerqué a escondidas a la puerta de la cuadra y observé a través de aquella vieja rendija cómplice y desveladora de múltiples secretos . Pero me enteré de lo que ya sabía y nada más. Por la misma puerta por la que entró mi padre apareció don Florentino, el médico, impecable como siempre y con su maletín de cuero negro que tanto miedo me daba cuando estaba enfermo en cama y venía a hacerme la visita rutinaria, temeroso de que el remedio médico a mis males fueran las tan odiadas inyecciones. Mi madre sacó una silla de la cocina y la dejó allí mismo, frente a la puerta de la cuadra, a la sombra del breval que mi padre plantó cuando yo nací. Mi padre se sentó, cansado y dolorido. Don Florentino comenzó a revisarle la herida con ojos expertos, ante la mirada preocupada de mi madre. Tras unos minutos en los que le limpió, desinfectó y cosió la brecha, don Florentino quiso saber más sobre los incidentes que provocaron aquella contusión. -Allí, en San Bercial, se oye que habéis intentado linchar al cura –dijo el médico, mencionando el pueblo en el que vivía, separado del nuestro por tan solo cuatro kilómetros. -Y gracias a Dios que pudo escapar – explicó mi padre-. El sacristán tenía preparado un caballo en las traseras de la casa. Pudo escapar cinco minutos antes de que entraran. No sabría cómo explicar el enorme regocijo que acudió a mi interior, pero así fue. Y, sin embargo, ese temor por la suerte que pudiera correr el cura no me abandonaba. Al igual que mi curiosidad, que aumentaba. Mi corazón me decía que fuera lo que fuese lo que don Antón había hecho me alegraba de que hubiera podido huir del pueblo. -No razonan –continuó mi padre-. Estaban todos como locos. Y aquí tiene usted lo que he ganado yo con todo esto –apuntilló, señalándose la brecha recién suturada con una mano-. Aunque también les entiendo, después de todo lo que pasó. No les puedo culpar. -Tengo entendido –se interesó el médicoque todo viene por una relación que mantuvo el cura con una muchacha de aquí. -Eso es lo de menos, don Florentino. Todo el mundo sabía que al cura le gustaba flirtear con las muchachas del pueblo. Y también que Teodorita, la hija del panadero, se pasaba las horas muertas con él en la sacristía. ¿Sabe quién le digo? –don Florentino asintió sin decir nada, mientras le colocaba un esparadrapo sobre la herida-. Pues esa misma. Y la chica, la pobre, está algo retrasadilla. Pero nadie dijo nunca nada. El caso es que todo el __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 13 de 30 mundo lo criticaba en corrillos, ya sabe usted, pero nadie le dijo nunca nada a don Antón. -Sí, claro –aseguró el médico-. Eso da a entender que la gente estaba conforme. -Y si no conforme, al menos que les daba igual. Pero claro, todo ha venido con lo que pasó la semana pasada. -Sí, algo he oído. Pero no es la primera vez que un cura deja preñada a una mujer. Vamos, digo yo. Aquello impactó en mi cabeza como si una de las vigas del techo se me hubiera caido encima con todo su peso. No podía creerlo. ¡La Teodorita embarazada de don Antón! Me repuse lo mejor que pude y seguí escuchando, temeroso de perderme algún detalle de la conversación. -Pues claro que no es la primera vez – prosiguió mi padre-. Ni la última. Todo este asunto de hoy ha venido por lo que descubrió el otro día un pastor en un montón de estiércol que Marcelino tenía preparado para abonar la viña. Menudo revuelo se montó. -¿Y qué es lo que pasó?, si puede saberse. Mi padre ya no podía parar. Parecía que tuviese un peso enorme sobre su cabeza y tuviera que contarlo sin miramientos para deshacerse de él. Bajó un poco la voz, temeroso de que alguien pudiera oír lo que todo el pueblo –menos yo- ya sabía y continuó: -Un niño, don Florentino. Un niño. Un niño recién nacido, con el cordón umbilical aún colgando. Enterrado en un montón enorme de estiércol y empezando ya a descomponerse. Mi padre ahogó su voz en un sollozo y no pudo continuar. Yo, al escuchar aquello, tuve que apoyarme, tambaleante, en la pared de adobes, asimilando lo que acababa de oír. Mi mente infantil no comprendía del todo aquello que mi padre desvelaba al médico, pero aún así, hizo que mi respiración aumentara su cadencia y mi curiosidad se desbordara. Mi padre casi no podía seguir relatando y escupió al suelo con asco. -Aquel pobre niño era el hijo que Teodorita llevaba dentro –continuó, casi sin aliento-. Y don Antón era el padre. Tras aquellas palabras el alma se me calló al suelo. No quería seguir escuchando, ni siquiera quería seguir mirando por la estrecha rendija; pero mi curiosidad infantil no me permitió hacer ni lo uno ni lo otro y mi mente continuó, muy a mi pesar, encendida y pendiente de lo que se hablaba a no más de cuatro metros de mis narices. -¿Y quién pudo cometer tan atroz tropelía? –preguntó el médico. -Todo quedó tapado, don Florentino. Nadie sabía nada en el pueblo, a excepción, claro está, del propio cura y de la familia del panadero. A Teodorita nadie la vio durante el tiempo que estuvo preñada, pero al parecer nadie se extrañó... por lo de su retraso, ya me entiende. A mi me llamaron los señores Guardias Civiles para que acudiera a la casa de Tomás, el padre, como usted ya sabe. Estaban investigando el caso, me dijeron, y todo parecía apuntar a que don Antón era el responsable de todo; por lo menos Teodorita y su padre lo acusaban a él sin dudas. Pero, parece ser que, por mediación de un primo de Tomás que trabaja en el Gobierno Civil y tiene buenas agarraderas con el Gobernador, la Guardia Civil archivó el asunto para evitar las habladurías en el pueblo y en la comarca. -Me dejas de piedra –exclamó el médico, extrañado. Así me había quedado yo, de piedra, tras escuchar lo que había escuchado, intentando asimilarlo de la mejor manera posible. -Ahora entiendo la reacción de los vecinos –aseveró don Florentino-. En otras circunstancias más de uno hubiera sido carne de “Garrote”. -Comprenda usted –continuó mi padreque a la familia de Teodorita no le beneficiaba nada el asunto y al cura al que menos. Por eso don Antón, con su consentimiento, tramó todo. Ya no había vuelta atrás. Yo lo quise así. Mi padre en todo momento quiso ocultarme la verdad; pero al final, quizá espoleado por esa incisiva curiosidad infantil, llegué a ella. Me arrepentía de haber escuchado aquello y de haberme enterado de tantas cosas. Me hubiera gustado, ya que lo sabía todo, no haberme enterado de nada. Y entendí por qué Emilín, el hermano pequeño de Teodorita y mi mejor amigo y compañero de juegos desde que tuvimos conocimiento, no hubiera ido ese día a la escuela. Parecía no saber nada y creo que así era. Supuse que en aquel momento poseía yo más información que él y mientras lo recordaba sentía pena, mucha pena. Aunque, tras todo aquel asunto, la familia de Emilín se trasladó a vivir a Madrid y jamás volvieron por el pueblo, nosotros dos nunca perdimos el contacto. Primero con cartas que nos enviábamos puntuales y a menudo, y después en persona, cuando yo situé mi residencia en aquella ciudad por motivos de trabajo. Nos veíamos con frecuencia, en nuestras casas o en cualquier otro sitio. Donde fuera nos valía para darnos un fuerte abrazo y contarnos nuestras cosas. Siempre fuimos buenos amigos, pero nuestra amistad no fue como otras que se pierden por el camino. Aquella amistad nuestra fue en aumento con el paso del tiempo. A través de él, muchos años después, me enteré de que don Antón, al que jamás volvimos a ver, se fue de misionero al Perú. Y de que hace pocos años falleció en una residencia para sacerdotes ancianos en Lima, rondando ya los casi cien años. Ya jubilados y sin saber por qué, Emilín me contó que no podía mantener más un secreto que le había atormentado desde que ocurrió lo de __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 14 de 30 su hermana y que le quemaba las entrañas por no haberlo podido contar nunca. Yo le incité a contárselo a algún familiar y él me dijo que, tras estos tediosos años de meditación, sólo confiaba en mí. Así fue como me enteré de que don Antón se libró de la muerte aquel día en nuestro pueblo porque Dios aplicó la justicia. Por fin supe la verdad, más de cincuenta años después. La verdad de don Antón, aquel cura al que todos apreciábamos y quisieron asesinar, que nunca supo que Teodorita estuviera embarazada porque nunca se lo dijeron y ni siquiera le dejaron verla en numerosas ocasiones que lo intentó. La verdad de un cura que jamás tuvo conocimiento de la existencia de aquel desafortunado niño, enterrado en un estercolero para tapar las vergüenzas de una familia pudiente, que fue engendrado por alguien indebido y gestado en un vientre vedado, quien sabe si fruto de un amor destruido por los “qué dirán” de siempre; o de si fue amor de verdad y no una pasión sexual pasajera. Eso ya nunca lo sabremos porque Teodorita también murió hace ya más de veinte años y jamás contó nada, y si lo contó, nadie le hizo caso porque estaba retrasada. Pero su hermano, Emilín, ya viejo y caduco como yo, mi amigo del alma, sigue creyendo y asegurando que aquel amor, que intentaron desvirtuar y escandalizar y que destruyeron con fuerza y rabia, era amor de verdad. Santiuste de S. Juan Bta. (Segovia), Octubre de 2006 __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 15 Página 15 de 30 Microrrelato “Después de morir” Jon Velázquez - ¿Tú crees en Dios? Una vez vi un documental sobre experiencias cercanas a la muerte… sobre todo eso de volar por un túnel con una luz al final… el documental daba una explicación científica a los fenómenos que describía la gente que aseguraba haber estado en el paraíso de visita. Decía, que el cuerpo ante una muerte inminente comienza a segregar unas potentes drogas que producen alucinaciones… ¿Sabes lo que pensé? Charly arqueó las cejas y encogió los hombros. - Pensé, que si es cierto lo que dicen los científicos y todo es producto de una alucinación, cuando me toque morir y tenga esas alucinaciones… pensaré que todo lo que me está pasando es una alucinación… pensaré que cuando termine la alucinación… terminará todo… pensaré que estoy a punto de morirme… agonizando… y por culpa del maldito documental… habré echado a perder el último momento de felicidad que se vive bajo los efectos de la alucinación… aquella gente afirmaba que se sintieron rebosantes de felicidad, decían que después de atravesar el túnel, vieron y hablaron con sus familiares fallecidos, con sus amigos… a eso lo llamo yo una muerte dulce… y yo… por culpa del dichoso documental, en vez de disfrutar de toda esa felicidad, estaré pensando que me estoy muriendo… volviéndome loco justo antes de morir. - Si en verdad fuese todo una alucinación, yo creo… que lo peor… es que ni siquiera pondremos en duda la experiencia, creeremos que realmente estamos a punto de entrar en el paraíso… iremos a la muerte mansos como vacas un día de matanza, sin rechistar, incluso… como tú has dicho, felices, engañados por una burda alucinación, ignorantes hasta el final… __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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