Nuestras Otras Voces No. 1

 

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Los boletines Nuestras Otras Voces son producto de Memoria Literaria del Colegio Madrid, un taller de historia oral y literatura integrado por estudiantes y un profesor del CCH para explorar creativamente la historia e identidad de la escuela. La dinámica

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P ÁGINA 2 N UESTRAS O TRAS V OCES E DITORIAL La fundación del Colegio Madrid tuvo lugar hace más de setenta años, tiempo suficiente para que cambiara desde su constitución jurídica hasta su inmueble, pasando por toda su planta laboral y cantidad de elementos de su entorno. No somos los mismos, pero, de algún modo, seguimos siendo. El problema es que, ante tantas transformaciones, la historia de los republicanos españoles que crearon un segundo Madrid para seguirlo defendiendo desde el exilio ya no alcanza para explicar quiénes somos. Tantos y tan diversos hemos pasado por aquí, tantas historias han quedado entretejidas con la de ese origen y entre sí, que responder a la pregunta por la identidad nos exige un esfuerzo especial. Uno capaz de desentrañar el nudo de la historia de esta escuela, observar cuidadosamente sus hilos y el modo en que se entrelazan, y luego tejerlos en forma creativa, de modo tal que en el tapiz resultante todos puedan encontrar algo de sí y, más importante, una imagen nítida de ese nosotros. En el TALLER MEMORIA LITERARIA DEL COLEGIO MADRID, integrado por estudiantes y un profesor del CCH, nos propusimos contribuir a este esfuerzo. En nuestro Taller nos preocupa la composición de ese “todos”, al que entendemos conformado por alumnos, profesores, padres, gestores y directores, pasados y actuales, pero también por todo el abanico de trabajadores de intendencia, administración, aseo y mantenimiento. Consideramos que el esfuerzo cotidiano de estos últimos no sólo genera condiciones para el funcionamiento académico del Colegio, sino que, en formas diversas, se encuentra integrado al entramado social del Madrid, es decir, incide activaPortada: Ema Chomsky Formación editorial: Javier Yankelevich C ONTENIDO : E DITORIAL S EMBLANZA H ISTORIA LA DE 2 C ARMEN PAZ 3 4-5 6 7 8-9 PARA EL G ARCÍA LORCA P AULA M AULEN Y J AVIER Y ANKELEVICH GRAN MUDANZA J AVIER Y ANKELEVICH EN LA OFRENDA V ALENTINA V ILLA Y J IMENA G ARCÍA LA TRAILERA A YAMEL F ERNÁNDEZ I NCENDIO C ARMEN mente sobre la identidad y destino de nuestra colectividad. Y es nuestra idea que para explorar y reconocer esta contribución no basta con remitirse al mito fundacional de la escuela o hurgar en su archivo documental, ni es suficiente con recurrir a la memoria de las figuras más emblemáticas o visibles de la historia institucional. Para aprehender la centralidad de estas personas en este gran relato es necesario un método que los coloque, consecuentemente, en el centro de la indagación y reconstrucción creativa. Y es por esto que recurrimos a la entrevista a profundidad, una técnica basada en el diálogo y la reflexividad y que constituye, en sí misma, un espacio de intercambio significativo entre quien entrevista y quien es entrevistado. Con esas preocupaciones y herramientas hemos partido a explorar nuestra escuela. Elegimos trabajadores, diseñamos guiones, efectuamos entrevistas, realizamos transcripciones para después, partiendo del material resultante, producir (con la aprobación de la persona entrevistada) textos literarios y con esta publicación, primera de una serie de tres números, comenzamos a devolver a la comunidad ecos de sus voces, de Nuestras Otras Voces.

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N ÚMERO 1 P ÁGINA 3 S EMBLANZA DE C ARMEN PAZ El presente número está dedicado a Carmen Paz Sandoval, quien fue entrevistada por el Taller el 29 de abril de 2013 en el Jardín Federico García Lorca de nuestro Colegio. Carmen nació el Distrito Federal el 21 de octubre de 1954. Su padre Ángel Paz Martínez, ingeniero químico y oficial militar, combatió en la Guerra Civil Española del lado republicano y, tras la victoria franquista, se exilió en México como tantos otros. Su compañero de armas y de destierro fue Luis Castillo, abogado y maestro, quien dirigiría el bachillerato del Colegio Madrid entre 1953 y 1971, y luego ocuparía la dirección general del mismo hasta 1976. Fue en 1974 que Carmen, quien no había tenido oportunidad de estudiar en el Madrid, se integró al mismo como secretaria del Maestro Castillo y auxiliar contable, llevando el registro de colegiaturas. Fueron estos los últimos años en que el Colegio estuvo en Mixcoac: tras la expropiación gubernamental efectuada para construir el metro en 1979 vino la mudanza, y, ya en Tlalpan, Carmen trabajó apoyando al equipo de administración general. Fue el 4 de octubre de 1984 que Nina Tort, administradora del Colegio, la nombró Jefe de Mantenimiento, puesto cuya complejidad y ámbitos de responsabilidad han variado al ritmo de la expansión del Colegio en las últimas décadas, y que le representó un desafío especial por ser la primera mujer en ocuparlo y hacerse cargo de un área tradicionalmente masculina. En distintos momentos han estado bajo la responsabilidad de Carmen la gestión del transporte escolar, la coordinación de los equipos Carmen Paz. Fotografía: Rafael López de aseo, mantenimiento, intendencia y prefectura, la proveeduría, la producción de eventos, y hasta la organización de una colecta de fondos mediante la venta de comida para apoyar la reconstrucción del Colegio tras el terremoto de 1985. Está encargada, desde 2013, del archivo muerto de la institución. Este año, el 1 de marzo, Carmen cumplió 40 años de servicios ininterrumpidos al Colegio.

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P ÁGINA 4 N UESTRAS O TRAS V OCES Yo estudié para secretaria ejecutiva con contabilidad. Cuando salí del colegio, ya me consiguieron trabajo. Bueno, me dieron opciones. Y llegué con un licenciado que trabajaba en Excélsior, él quería alguien que le hiciera sus artículos, le llevara los artículos a los periódicos, hiciera cosas de sus libros, le ayudara con su trabajo de la Afianzadora Insurgentes, que trabajaba él ahí. Y pues nada, sin investigar quién era me metí a trabajar ahí. Y bueno, trabajaba en las tardes en su despacho que estaba en su casa, y unos días en otro despacho que tenía en el centro, muy bonito. Pero me salgo de ahí con un año, ya tenía un año, porque entré al Madrid… Al Madrid entré cuando tenía seis meses con él. Me quedé con los dos trabajos. Pero un día me enteré que era franquista. Un errorsote. Nunca investigué. Y el señor era franquista. De repente “que va a venir mi familia, pon esta banderita”. Chihuahuas… Y de repente le pregunto y “sí, no, claro, mi cuñado defendió con Franco”, “Sabe qué, me tengo que ir. En este momento renuncio”, “Ah, ¿pero por qué?” “Porque mi padre era republicano, no puedo estar en el contrario, o sea, con permiso y adiós” Y “No, no te puedes ir, no te puedes ir así” Pero sí me salí, ya no regresé. “No te voy a dar liquidación”. Ni modo. Ni modo. Primero era la gente cómo piensa, ¿no? No puedes pasar sobre eso. Bueno, yo pienso así. H ISTORIA PARA EL G ARCÍA L ORCA — P AULA M AULEN Y J AVIER Y ANKELEVICH Ya Sofía, con la gélida dulzura que la caracteriza, me había mandado al diablo. No sé qué historia de unos estudiantes que le habían hecho una entrevista que la había metido en problemas, y no hubo forma de sacarla de allí: su recelo estaba instalado y me hizo temer que la torpeza de nuestros predecesores hubiera cerrado todas las puertas. ¿Terminaríamos entrevistándonos entre nosotros a falta de alguien que quisiera hablar de su experiencia en la escuela? Cuando abordé a Carmen en el estacionamiento, con el mandato de convencerla para ser entrevistada, estaba casi seguro que se negaría. Si no por una mala experiencia previa con un entrevistador, sería porque no tenía ganas de hablar de la escuela, o porque no tenía tiempo, o porque pensaba que no tenía cosas interesantes para contar, o porque estaba aún enojada conmigo por algunas rispideces que caracterizaron nuestra relación cuando yo era estudiante. Tal vez por esto precedí mi petición de un largo prólogo, en el que expliqué la historia del taller, la identidad y perfil de los que participábamos, las expectativas, el tipo de trabajo que queríamos realizar, la situación administrativa, el marco de compromisos sobre el manejo de los materiales… al final, cuando vi que Carmen se estaba impacientando con mis explicaciones, le dije que había sido seleccionada por todos para ser la primera entrevistada y le pregunté si accedería a hacerlo. Se hizo un silencio. Maldije para mis adentros. -Pensé que me ibas a pedir un salón o algo así – dijo. Rayos, pensé yo. Y luego dijo que sí. El día de la entrevista, encontré a Carmen un rato antes de la hora pactada y confirmé la cita. Luego fui a sentarme al jardín García Lorca y crucé los dedos para que los entrevistadores se presentaran antes que la entrevistada, pero no tuve suerte. Carmen se desafanó puntualmente, como había indicado, y pronto nos encontramos solos, en silencio y a la espera. Comencé a ponerme nervioso. No tenía ninguna gana de realizar la entrevista por mi cuenta, y me asustaba que Carmen se llevara una mala impresión de nosotros, se corriera la voz y pronto nadie en la escuela quisiera darnos una entrevista. Jugueteé con la grabadora, volví a explicar a Carmen nuestras reglas para el manejo de los materiales mientras miraba por encima de su hombro, a través de la puerta corrediza de cristal, con la esperanza de ver aparecer a mi equipo. Cada vez más inquieto, recordé que algunas horas antes Ema me había mostrado las galletas

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N ÚMERO 1 P ÁGINA 5 que prometió aportar, y pensé que al menos ella se quedaría, aunque llegara tarde. ¿Pero qué tan tarde? Finalmente, cuando estaba a punto de comenzar por mi cuenta la entrevista, llegaron y trajeron cafés y galletas con ellos. Vi el reloj. Verdaderamente se hacen largos 10 minutos cuando uno debe entretener incómodamente a otro, caray. Repartimos -¿Está usted bien?-, preguntó el ahora defensor de las viandas, encendí la grabadora y comenzamos con los agresores de mi padre. nuestro guión. Pronto, la entrevista fluía maravillosa- Sabe qué, me tengo que ir.- estas palabras escapamente. Bastó con preguntar a Carmen cómo había ron de mi boca sin mi consentimiento, aunque por ingresado al Colegio, que no era en nuestro plan más supuesto eso era justo lo que yo quería decir. que un prolegómeno, para detonar una historia que -¿Pero por qué? está en el corazón mismo de esta institución escolar. Tras contarnos de su primer puesto en la escuela y de -Pues porque mi padre era un republicano, y yo no las viejas instalaciones de Mixcoac, Carmen relató de puedo trabajar su trabajo antepara el contrario. rior, al que - Me temblaba la había ingresado voz, las piernas y seis meses anlas manos. Estaba tes de hacerlo confundida y fual Colegio y en riosa conmigo el que todavía misma, ¿cómo permanecería podía haber sido un tiempo, y tan tonta? Al essobre todo de cuchar estas palalas condiciones bras, el señor en que lo abanLara se sorprendonó precipitaIlustración: Ayamel Fernández dió tanto o más damente. que yo. Llegué a mi trabajo unos quince minutos an-Espera Carmen, no te puedes ir así. tes de mi hora de entrada, la oficina estaba vacía, to-Discúlpeme, pero no puedo. do era silencio. Me senté, suspiré largamente para tomar fuerzas y lidiar con mi jefe. Me trataba bien, -¡Si cruzas esa puerta no te voy a liquidar! esa no era queja. Pero aguantar el sermón diario soNo pude contenerme, no soportaba estar bre cómo la religión era necesaria en nuestra vida más tiempo ahí adentro. La falta de liquidación no para salvar el alma humana era un tanto agotador. era tan importante como mis ideales, yo no podía Puse la cafetera a funcionar, acomodé mi escritorio, estar en territorio fascista, haciéndole la vida más terminé el trabajo que había dejado pendiente el día fácil a un enemigo de mi casa, de mi familia. Mis anterior y comencé el que tenía para terminar duranpiernas se movían rápida y frenéticamente para alete las siguientes 6 horas. jarme de ahí. No lo podía creer, no parecía verdad. Llegó el Señor Lara y a modo de saludo me Cuando estuve a varios cientos de metros lejos, las dijo, pon esto en la entrada. Yo sentí un hueco en el lágrimas comenzaron a rodar por mi cara. Ay Carestómago. ¿Una bandera franquista? Él notó la sormen, cómo pudiste ser tan tonta. presa en mi rostro, creo que le sorprendió mi extrañeza y dijo, “Si, claro. Ponla, mi cuñado defendió con Franco y viene mi familia para las vacaciones.” La sorpresa era demasiada, cómo podía haber sido tan tonta. Cómo podía haber estado en ambos bandos sin darme cuenta. Sentí como la sangre subía a mi cabeza y mis mejillas adoptaban un color rojo intenso.

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P ÁGINA 6 N UESTRAS O TRAS V OCES Iban a hacer el metro. Entonces llegaron a expropiar el Colegio. Y dieron tres o cuatro opciones para que se viniera… La mudanza del Colegio fue tremenda. Muy simpática, pero muy, muy difícil. Se dividió para que todos trabajáramos igual, porque era mucho para el personal de mantenimiento. Entonces, haz de cuenta, yo era la dirección general, me encargaba de mi espacio, digamos, administrativo, y todos los demás se encargaron de su sección. Las maestras, cada quién recogió lo de su salón, y cada quien se hizo responsable de sus cosas. Y en los camiones cuidar sus cajas. Sobre todo sus certificados, calificaciones, para que estuvieran bien cuidaditos. Cuando llegamos aquí, el licenciado Junco, que era el secretario administrativo, las puso a ellas con sus maletitas, y les dijo ‘de aquí no se mueven, hasta que tengamos un lugar con llave para guardar todo lo importante’. Y ahí las dejó. Y nosotros, que nos quedamos en el Colegio de Mixcoac, recogiendo todo y llenando los camiones. L A GRAN MUDANZA — J AVIER YANKELEVICH Suena el radio y comienza el movimiento de la tropa. –Carmen, hacen falta colchonetas en preescolar. Y Carmen comanda el desplazamiento de la columna hacia las bodegas. –Se han fundido los focos del gimnasio, ¡no vemos nada! Y Carmen destaca al escuadrón que deberá asegurar la línea de suministros–Carmen: ¡el salón de maestros se inunda! Y Carmen sale bajo la lluvia y reúne a un improvisado destacamento para reforzar los techos. Esta guerra sí la gano, se dice. Es mi hogar y no me sacan. Aunque nos expulsen, nos llevamos todo a cuestas. Guardamos lo importante y nos mudamos. Esta casa es portátil, no hay exilio posible porque nos la trasladamos entera. Si lo hicimos una vez, Ilustración: Ayamel Fernández expropiado el castillo de Mixcoac, ¿no podremos llevárnosla otra, mil veces más si hace falta? Ese signo me queda mejor, piensa Carmen. La mudanza en lugar del exilio. Porque ya estoy cansada de esta herencia fragmentaria, llena de pedazos de vida tras las líneas enemigas, de llanto por las raíces que nadie puede llevarse, de caravanas harapientas que huyen en desorden arrastrando lo que pudieron salvar. Y la diferencia es muy sencilla: es una cuestión de orden. Al exilio se parte improvisadamente, la mudanza hay que planearla hasta sus últimos detalles. Por un lado los certificados y las calificaciones, cada maestro resguardando los suyos. Por el otro van los archivos, los de contabilidad lo han etiquetado para que nada falte. Más atrás las bancas, pizarrones, las sillas, mesas, sillones, caballetes: un detallado inventario, pulcramente mecanografiado, revela el orden oculto en medio de la maraña de patas y tablas. Y el personal se divide por secciones, todos saben cuál es su función, no hay pánico, ni caos, ni desesperación. Es la retirada perfecta, elegante, el ejército que retrocede con calma pues tiene certeza de que hay un lugar esperándole. Y así cada día en el Colegio es como un montón de pequeñas mudanzas, de batallas por dirigir el movimiento, de pequeños triunfos por ordenar esta casa. Tablas al patio central, estudiantes a las canchas, podadora en el preescolar, micrófonos y bocinas al jardín de la biblioteca, escaleras en la puerta de las letras, plomero a los baños, niños a los camiones. Todo, todo en movimiento, en un ir y venir permanente de personas y de objetos, una gran migración en la que nadie tiene miedo. Porque saben a dónde ir, por dónde desplazarse, qué deben llevar consigo, qué instrucciones atender. Si algo hemos aprendido entre tanto exilio es a vivir en la mudanza.

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N ÚMERO 1 P ÁGINA 7 Se cuentan muchas cosas, yo nada más he vivido una que me consta. No sé qué pasó, estaba la ofrenda de muertos, había un altar ahí, tenía muchas velas. Entonces las empezamos a apagar porque ya nos íbamos. Ya ves la… después de la ofrenda... es en la noche. Entonces ya nos íbamos y empezamos a apagarlas y dije por si las moscas, vamos a echarle agüita. Le echamos agüita a todas las velas, poquita agüita. Y nos fuimos. Y a las 11 me habla Cayetano: “¡Se está incendiando una de las ofrendas!”, la que habíamos apagado nosotros, a la que le habíamos echado agua. ¿Qué pasó ahí? No sabemos, se quemó. Y las de junto no, poquito, porque llegó Cayetano con agua y arena,. Esa es una cosa rara, que nunca nos hemos explicado por qué se prendieron si le echamos agua.. I NCENDIO EN LA OFRENDA — V ALENTINA V ILLA Y J IMENA G ARCÍA Al cerrarse las puertas tras la salida del último empleado, la Unidad Cultural se sumió en una oscuridad total. Aquel día, como una vez cada año, la vistieron de colores para celebrar aquello que por un par de días es una fiesta y durante el resto del año es motivo de lágrimas. Año tras año las personas vienen a resucitar a la memoria y como siempre al caer la noche se marchan. Al cerrar las puertas de cristal vuelven a guardar los recuerdos para que regresen a su habitual mutismo. Las ofrendas callan de nuevo. Pero no aquella noche, cuando el silencio se vio interrumpido por una voz, la voz del fuego, tímida al principio, con dificultades para hacer arder los pabilos húmedos, intimidada al asomarse a tanta oscuridad. Pero pronto tomó confianza, y gritó tan fuerte que arrinconó a la oscuridad en una esquina. Tal vez, si alguien hubiera estado cerca, habría escuchado a la par del rumor del fuego otra voz que quedo hablaba. -¿Sigues vivo? -Medio vivo. ¿Tú? -Medio. A pesar de que hayan pasado más de 30 años desde mi renacimiento me siento más viva que la primera vez. Es paradójico cómo un lugar puede verte crecer, morir y nacer. Sí, en ese orden. Es como si por primera vez el tiempo dejara de importar en un lugar que ni siquiera existe. El Colegio existe, es lo único de lo que tengo certeza. Mi vida transcurrió aquí, aquí me quise morir, y no va que se me dio. Y aquí mi vida sigue. Mírame. Ahora mira aquella foto que tiene plasmado lo que algún día fue mi cara. ¿Me oyes? El eco de lo que algún día fue mi voz retumba en los rincones de estas instalaciones. ¿Y para qué? Si ahora soy parte de una colorida exposición que intenta hacer un homenaje a la vida. Un intento de acercarse de forma más amena a la muerte. No hay tal. La muerte es única y sólo se comienza a vivir realmente después de haber pasado por ella. Pero nadie lo entiende, se aferran al pasado guardando parte de nuestra esencia, un pan, agua, flores y cosas que en algún momento fueron de nuestro agrado. Pero no todos los recuerdos perduran, ni ninguna memoria vive por siempre. Nuestro momento es hoy, hoy que se acuerdan que algún día pisamos este mundo. Revivamos una vez más. Revivamos el día, el sol. El calor de abril. La multitud. El sonido de la música, los bailes. El sonido del zapateo sobre las tarimas. El sabor de la tarde, el olor de la paella. La tranquilidad de las horas, la alegría del día. La despreocupación del viento rozando las verdes hojas de los árboles. El morado de las jacarandas. El amarillo de las lonas que cubrían nuestras cabezas. El rojo de los vestidos de flamenco. El rojo. Sí, el rojo. El rojo no se olvida. Déjate morir. Déjate morir para que igual que a mí las paredes de este lugar te vean nacer y crecer nuevamente. Vuélvete rojo una vez más y revivamos la memoria de aquella fiesta de despedida de una tarde de abril. Y así de las cenizas y del agua nació una creciente llama roja que juraba a gritos que nadie olvidaría aquella noche que el Madrid reviviría en rojo. Ilustración: Ayamel Fernández

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P ÁGINA 8 N UESTRAS O TRAS V OCES ¿Proyecto? Terminar bien en el colegio, luchar para no regarla a última hora, hacer mi trabajo mejor que antes para tener… que tengan un buen recuerdo mío y no “esta viejita ya no podía”. Tratar de, de dar lo máximo. Creo que en la verbena lo di, creo que fue de mis mejores verbenas porque fue cuando quedó más ordenado y estuvo, funcionó mucho mejor esta verbena que otras, según yo. Espero que sea cierto, este…no sé. Dejar una muy buena imagen y ya después irme y hacer lo que me gusta hacer, leer, oír música, tengo planeado, tengo un hermano en Canadá, comprar un tráiler e irme a Canadá. Ese es uno de mis sueños, pero igual se hace, igual no. ¿No se te antoja? A mí sí. Sí soy camionera. Es de corazón. No, es bonito los tráilers. ¡No sé ni siquiera manejar! Pero espérate, eso es otra parte, voy a salir y aprender a manejar. C ARMEN LA TRAILERA — AYAMEL FERNÁNDEZ —¿En un tráiler?— preguntó Juanita, como si nunca hubiese escuchado esa palabra. —Sí, te lo juro— le respondió Mari, mientras seguía trapeando el baño. —¿Y como pa´qué? —¡Pos quién sabe! Dicen que era su gran sueño. —No, pues está padre.— concluyó Juanita. —¡Sí! ¡Pero apúrate que es hoy! —¿Qué? —¡Pues eso! Lo de Carmelita. —¡Vámonos! Las dos señoras dejaron abruptamente de trapear el baño; se quitaron la batita a cuadros con la que se uniforman mientras trabajan. Tomaron sus cubetas y trapeadores, y se apresuraron para ir a ver la despedida. Llegaron corriendo al campo de fútbol de la escuela, ahí se encontraron con un universo que se desparramaba sobre el verde pasto; un mundo de memorias se extendía frente a los ojos de todos. Todo el mobiliario, todos los maestros, los alumnos, padres de familia, ex-alumnos y alguna que otra alma sobreviviente del exilio, se acomodaban en montoncitos creados y organizados por el personal de mantenimiento. De alguna manera, eran los ejecutores de esta nueva mudanza hacia el inalcanzable horizonte del origen. Todo se ensalzaba con la presencia de un enorme y precioso tráiler morado con llamas fluorescentes pintadas a los costados. El tráiler, pesado e imponente, parecía de una sola pieza. Era como un enorme suspiro metálico en el que se contenía el silencio del momento y que desprendía el típico olor a final que flotaba alrededor del campo. Las dos señoras, que apenas llegaban, no dejaban de reír, aplaudir y comentar todo el vaivén. Los trabajadores traían cargando a los niños más pequeñitos, a los exalumnos más eminentes y a los que siguen siendo anónimos, a los padres y madres de familia; los libros, las computadoras, los escritorios, los proyectores, las mesas, los pupitres, las sillas, las bancas rojas, las mamparas, los focos, las impresoras, las fotocopiadoras, todo lo que hay dentro de la cafetería y todo lo que es o alguna vez fue el Colegio. Rápidamente, Mari y Juanita se pusieron a ayudar a sus compañeros. Mari comenzó a apoyar en el área de exalumnos —que eran separados de los que, hasta el día de la mudanza, fueron alumnos. Con un altavoz, iban nombrando las generaciones, y la gente se iba formando detrás de alguno de sus compañeros que sostenía un letrero en el que se leía el año en el que egresaron. Los trabajadores los registraban en una de las mil listas que habían impreso para aquel día. Aunque las personas que figuraban en la lista hubieran muerto, sus almas iban, firmaban y esperaban la hora de abordar. La tarde caía suavemente sobre el Colegio. Carmen se encontraba sola en su cubículo, desde ahí, apenas se escuchaba todo el tránsito de histo-

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N ÚMERO 1 P ÁGINA 9 rias que acontecía en las canchas. Se incorporó lentamente de su silla y avanzó hacia la transparente puerta. Hay momentos en la vida de las personas en las que saben que es la última vez que harán algo, y, pensando en eso, Carmen salió de su oficina y se encontró con una calma incomparable. Sintió un pequeño escalofrío en los huesos y a su piel ponerse tibia, pero agarró el walkie-talkie como si fuese una granada que le lanzaría en la cara al tiempo. Dijo un par de palabras, cual si estuviera rezando. Después de un par de horas los trabajadores ya habían descuartizado la estructura física de la escuela y comenzaron a llenar el tráiler con todos los ladrillos antes integrados a las paredes del Colegio. Los ladrillos, acompañados de todas las voces de las que están rellenos, fueron los primeros en ingresar al vientre del remolque en el que pasarían el resto de sus días. Después se hizo una enorme cadena humana que trasladó todos los muebles que ya estaban organizados. Cada vez que un mueble pasaba de la mano de una persona a la de la otra, éste ganaba peso, pues servía de transporte para cualquier alma que mereciera viajar aunque no hubiera sido considerada en las listas. Para que cupieran mejor, los trabajadores los acomodaban acostados. Entre las largas y metálicas bancas rojas yacían todas las personas alguna vez vinculadas al Colegio. Lo único que no se llevaron fueron las plantas, arbustos, flores y árboles, pues todavía les faltaba crecer. Carmen llegó caminando y el sol se derramaba en su semblante. Volteó a ver su tráiler y siguió avanzando hacia éste. En cada paso, su voz se volvía eco y su existencia un inesperado futuro. Cada metro que recorría su figura, un castillo se demolía y cada vez que se imaginaba en el tráiler, una carretera era dominada por ella. Los caminos más sinuosos y las autopistas más llanas esperaban ser acariciadas por el ronroneo del motor de aquel monstruo mecánico. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para despedirse del último trabajador que subía al remolque, éste cerró las puertas tras de sí. Carmen sacó la llave de su bolsa y la empuñó como un fusil. Abrió la puerta del tráiler y prendió el motor. En ese instante, de alguna manera, el mundo terminó. El tiempo fue sobado con la inexplicable transparencia del humo que salía del escape. Alrededor del tráiler, una tierra virgen se mantenía soleada. El acelerador sonó como un punto final y Carmen avanzó como si el horizonte fuese una línea de la palma de su mano. Ilustración: Ayamel Fernández

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Memoria Literaria del Colegio Madrid Taller Estudiantil de Entrecruzamiento de Historia Oral y Literatura Presentación del taller El antecedente directo de Memoria Literaria del Colegio Madrid fue un taller vespertino de creación literaria gratuito para estudiantes del CCH surgido en septiembre de 2012 a iniciativa de Javier Yankelevich, un profesor. En febrero de 2013 buscó incorporarse al esquema de servicio social y para ello sus integrantes diseñaron un nuevo método: entrevistar a profundidad a trabajadores del Colegio en torno a su experiencia con la institución y luego producir ficciones cortas a partir de sus testimonios. Para agosto, el taller se encontraba incorporado como proyecto al reciente Programa de Vinculación Social del CCH, y en enero de 2014 ingresó al caudal de Proyectos Académicos Institucionales, programa que le ha facilitado los recursos para realizar esta publicación. Nuestras Otras Voces, boletín que alcanzará tres números, es la modesta devolución que hacemos a quienes han tenido la generosidad de compartir su testimonio con nosotros y sumarlo así a una memoria polifónica del Colegio. A ellos, y a todos los que aún quedan por entrevistar, están dedicados nuestros esfuerzos. Ayamel Fernández, Paula Maulen, Jimena García, Valentina Villa, Rafael López, Ema Chomsky y Javier Yankelevich. La historia cuenta lo que sucedió; la poesía lo que debía suceder. Aristóteles El proyecto “Memoria e identidad del Colegio Madrid” resguarda en su archivo documental una copia de la transcripción de la entrevista cuyos fragmentos se citan en esta publicación. Carmen Paz. Fotografía: Rafael López Nota aclaratoria: Los textos presentados en este número son de dos tipos: fragmentos editados de una entrevista (en cursivas) y productos de ficción. Al igual que con cualquier ficción, los segundos se nutren de elementos de realidad, en este caso de un testimonio oral, pero la responsabilidad es de sus autores, que responden por el contenido, y de los lectores, que lo hacen por sus interpretaciones tras quedar debidamente advertidos de la naturaleza ficcional de los materiales.

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