Llanto en La Alhambra

 

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Jaime, conservador de La Alhambra, un día, hace un increíble descubrimiento entre los muros de la fortaleza. En ese mismo momento, un asesino en serie comienza a actuar en diferentes partes del mundo. Nadie intuye que esos dos hechos tengan relación, hast

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Evelia Suárez Ropero LLANTO EN LA ALHAMBRA 2

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Nota de la autora: La idea de escribir sobre La Alhambra, viene de mi cariño hacia este monumento granadino. Tengo que decir que lo he visitado varias veces y su encanto hace que te sientas en otra época nada más aparecer ante ella. Pero también tengo que decir, que nunca he tenido la oportunidad de visitar sus subterráneos, y que todo lo relativo a los mismos es producto de mi imaginación, así como todo lo que aparece sobre la Facultad de Ciencias, todos los personajes, sus nombres, toda la historia en sí y la leyenda que revelan estas páginas. Como suele decirse, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Por otra parte, las ciudades que aparecen en la historia, existen en la realidad. Todas ellas son lugares muy hermosos, que he escogido para el relato. También quiero señalar que para mí, ha sido muy entrañable el personaje de Bartolo y que siento un gran cariño por todas aquellas personas que en algún momento puedan haberse sentido mal con alguna parte de su cuerpo, lo que les puede haber hecho en ocasiones, infelices. A todas ellas les deseo que hayan llegado a quererse como son, que todos tenemos algo que nos hace únicos y especiales, y que sepan que los demás necesitamos su felicidad. Referente a la leyenda que estáis a punto de leer, espero que sea del agrado de todos y nos haga recordar, aunque sólo sea un poquito, al maravilloso Washington Irving y sus cuentos de La Alhambra, a quien le dedico estas palabras de elogio por su trabajo y su obra. 3

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“A mis abuelos, que siempre estarán conmigo. A todos mis lectores, que dan sentido a mi imaginación, y a La Alhambra de Granada, testigo de historias infinitas, que con su hechizo hace que escribamos novelas como ésta.” E.S.R. 4

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COSTA CORUÑESA – ESPAÑA – De repente, un grito ensordecedor salpicó la tranquilidad de aquel pequeño pueblo de pescadores. Ningún habitante pareció oír nada y por supuesto, nadie salió de su casa a comprobar qué había pasado. Algunas contraventanas que aún permanecían abiertas, se cerraron de golpe y se oyó el sonido de algún que otro cerrojo. Las luces de las casas que todavía estaban encendidas, se apagaron y la noche extendiendo sus alas negras envolvió con su oscuridad, aún más, aquellas desiertas calles adoquinadas. Más allá, en el puerto, se encontraba el cuerpo de una mujer joven. Estaba tendida en el suelo. Solo llevaba puesto un camisón largo y blanco. Sus cabellos eran dorados como el sol y sus ojos, ya sin vida, tenían el tono verde de la suave primavera. Habían quedado abiertos, dibujando en su rostro una expresión de horror. Su mandíbula desencajada, desfiguraba aquella bonita sonrisa que hacía pocas horas había tenido. Alguien estaba junto a ella. Vestía un chubasquero verde, con la capucha puesta, unos pantalones impermeables de color negro y unas botas verdes de pescador. Se arrodilló junto a la chica y acarició su pelo con sus grandes manos peludas. Recogió del suelo algo que brillaba. Era un gran cuchillo de hoja muy afilada, el mismo que había utilizado para sesgar la vida de la muchacha. Lo paseó por todo el camisón, tranquilo, sin prisas, como saboreando el momento. De repente, sin dar tiempo a pensar, subió el cuchillo y lo bajó dando un golpe seco. La bruma comenzaba a extenderse desde el mar, envolviendo el puerto y subiendo por aquellas sinuosas calles del pequeño y silencioso pueblo de pescadores. La mañana había despertado fría y lluviosa. Las olas rompían en el acantilado. Eran como voces asustadas que gritaban de terror cuando chocaban contra las rocas. La mar embravecida por la tormenta, golpeaba con su fuerte puño, una y otra vez, la costa. 5

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Llovía intensamente. Cada gota de agua caía como si de las lágrimas de un gran ojo oculto en el cielo se tratara. Si un pintor hubiese creado una composición de todo aquello, solo habría necesitado la mezcla del negro y el blanco. Todo era grisáceo. Pinceladas suaves para el blanco faro y la espuma del mar. Pinceladas de un gris intenso, casi negro, para todo lo demás. Los pescadores no podrían salir a faenar. Las olas alcanzaban una gran altura y sería peligroso en esas condiciones. Muchos fueron los que se acercaron a la Cofradía de Pescadores para informarse sobre qué hacer en las próximas horas. De momento habría que esperar a que pasara el temporal. Ramiro García salió de su casa en dirección a la Cofradía. Llevaba puesto su chubasquero verde haciendo juego con sus botas de goma. La lluvia era intensa y hacía algo de ventisca. Le costaba trabajo andar. Aun así avanzaba tan rápido como podía. Era un hombre de unos cuarenta años, alto y de complexión robusta. Se había rapado el pelo, aunque en días así, se acordaba de su espeso pelo rizado que le tapaba de maravilla la mollera. Su cara estaba empapada. Al fin vio el edificio de la Cofradía. Otra ráfaga de aire llegó hasta él. Era como si el viento le hablara. Paró un momento y se quedó escuchando. No oyó nada, pero cuando se disponía a reanudar la marcha, notó como si alguien le estuviera susurrando al oído. – ¡Mírame, mírame, búscame, mira hacia aquí, estoy aquí, aquí…!– Ramiro miró a su alrededor. Dio una vuelta sobre sí mismo y no vio a nadie. El agua le cegaba. Se limpió la cara con la mano también empapada y miró por un instante hacia el puerto. Allí vio brillar algo en el suelo, era un resplandor tenue, pero aun así se le clavó en la mirada. Por un momento pensó en olvidarse de aquel brillo y proseguir hacia la Cofradía. Tenía ganas de guarecerse con lo que estaba cayendo, pero una vez más giró la cabeza en dirección al puerto y se acercó a ver qué era aquello. 6

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Decidió correr los primeros metros, pero a medida que se acercaba, sus pasos comenzaron a ir más despacio. Se agachó y por fin vio lo que brillaba. Recogió del suelo una cadenita de oro con un pequeño crucifijo. Paseó su mirada por los alrededores y unos cinco metros más allá vio algo que le llamó la atención. Se levantó con el crucifijo en la mano y se acercó hacia aquella forma redonda que estaba en el suelo encharcado. Cuando estuvo frente a ella, volvió a limpiarse los ojos con la mano que le quedaba libre. No podía ser cierto lo que creía estar viendo así que se agachó de nuevo para estar más cerca y cerciorarse que sus ojos con aquella lluvia no le estaban jugando una mala pasada. De pronto se levantó y echó a correr, con la cara desencajada, en dirección a la Cofradía. Su respiración se hacía más pesada a cada metro que recorría. Por fin llegó ante la puerta del edificio y la abrió precipitadamente. Todos le miraron y enseguida comprendieron que algo ocurría. Ramiro intentaba calmar su respiración para poder hablar y contar lo que había visto. Un compañero cerró la puerta que él se había dejado abierta de par en par, y otro le acercó una silla para que se sentara. –¡No, no puedo sentarme! ¡Tenemos que llamar a la policía!– pudo articular al fin. –¿Qué pasa Ramiro?– le preguntaron. –He encontrado algo en el puerto, tenéis que venir conmigo. –¿Qué es eso que tienes en la mano?– le preguntó Fernando, uno de sus mejores amigos. –Es algo que he encontrado cerca de donde está la…– abrió la mano y mostró la fina cadena con el crucifijo. Todos la miraron. Había un nombre escrito detrás: Verónica. Ramiro se dirigió hacia la puerta. –¡Venid conmigo! ¡Rápido! –y salió de nuevo hacia aquella cortina de lluvia que lo envolvía todo. 7

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Los demás se pusieron las capuchas de sus chubasqueros y lo siguieron al exterior. Ramiro iba primero y detrás veinte hombres más. Se paró en seco cuando llegó a su destino. Todos se fueron deteniendo junto a él y veintiún pares de ojos se posaron en aquella rubia cabellera que parecía pegada en la cabeza solitaria que tendida en el suelo, asumía su nueva condición de cadáver. Decidieron llamar a la policía. Unos se dirigieron de nuevo al edificio, pero la mayoría esperó allí estoicamente hasta que llegaron los agentes. *** 8

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