Los señores de Wall Street no comen pescado crudo

 

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Julio Colinas, antiguo comisario de policía de Nalón, convertido en un detective privado que reside en Madrid, asiste a una conferencia en los salones de la Federación de Empresarios Madrileños sobre las recientes medidas económicas.

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LOS SEÑORES DE WALLstreet NO COMEN PESCADO CRUDO

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Javier García Cellino LOS SEÑORES DE WALLstreet NO COMEN PESCADO CRUDO

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Los señores de Wall Street no comen pescado crudo Septem Littera Primera edición: abril, 2013 © 2013 Javier García Cellino © de esta edición: Septem Ediciones, S.L., Oviedo, 2013 e-mail: info@septemediciones.com www.septemediciones.com Blog: www.septemediciones.es También en Facebook, Linkedin y Twitter. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin previo permiso escrito del editor. Derechos exclusivos reservados para todo el mundo. El Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO) vela por el respeto de los citados derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. La editorial no se hace responsable, en ningún caso, de las opiniones expresadas por el autor. La editorial no tiene obligación legal alguna de verificar ni la veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de los datos incluidos en el texto, por lo que carece de responsabilidad ante los posibles daños y perjuicios de toda naturaleza que pudieran derivarse de la utilización de aquéllos o que puedan deberse a la posible ilicitud, carácter lesivo, falta de veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de la información proporcionada. Dirección artíStica cubierta: Alfonso Granda DiSeño y compaginación: M&R Studio Foto autor: Ana Isabel Jambrina Huete ISBN: 978-84-15279-73-0 D. L.: AS-00803-2013 Impreso en España-Printed in Spain

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“Uno de los principales motivos de ese sufrimiento mundial —cinco millones de niños mueren por malnutrición cada año en el Tercer Mundo— es la ingeniería financiera con la que los tiburones de Wall Street transformaron los mercados de futuro de las materias primas en una ruleta bursátil, con la que seguir enriqueciéndose”.

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[7] “Gran conmoción por el asesinato de Santiago Romeral, presidente de la Federación de Empresarios de Madrid…” Con titulares parecidos, los principales diarios del país habían colocado en primera página la noticia de la muerte del presidente de la patronal de Madrid. A continuación, y acumulando detalles más o menos escabrosos, según la destreza del redactor, todos coincidían en señalar que el muerto presentaba un disparo por arma de fuego en el corazón. Un numeroso y expectante público se había reunido aquella tarde en el salón de actos de la Federa� ción de Empresarios Madrileños. En el momento en el que había recibido el disparo, Santiago Romeral se encontraba explicando las medidas urgentes que el nuevo gobierno del país había puesto en marcha a causa de la grave crisis económica. Después, los periódicos se hacían conjeturas acerca de la posible relación entre la muerte del empresario y la que, un día antes, había sucedido en la Bolsa de Nueva York. Algunos diarios hablaban de una supuesta conexión internacional terrorista, una red que se dedicaría a liquidar a personas influyentes en el mundo de los negocios, como el caso del director de la Bolsa neoyorquina, quién sabe por qué oscuros motivos. Entre otras hipótesis, se barajaba la de una nueva llamada de atención islámica, un modo de continuar castigando al gobierno estadounidense, como antes

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[8] habían hecho con la destrucción de las torres gemelas. El apoyo militar de EE.UU a Israel o la guerra contra Irak podrían ser algunos de los móviles que continuarían explicando esa muerte que había sucedido en el corazón histórico del distrito financiero. No parecía un argumento muy sólido, pues, en su caso, se preguntaban algunos comentaristas, hubiera resultado más im� pactante atentar contra el mismo edificio, en el que, a buen seguro, en aquel momento se encontrarían cientos de personas. Quizás, apuntaban otros, se trataría de producir una conmoción en el mer� cado de valores. Cotizaciones, tipos de intereses, dividendos que suben y bajan a velocidades de vértigo, bonos basura…. Pudiera suceder que, en una de estas operaciones, alguien se enriqueciera o, por el contrario, quedara sumido en la bancarrota para siempre. Todo puede ocurrir cuando en la Bolsa se instala el pánico, y eso mismo había pasado en el edificio situado en el bajo Manhattam, entre Broadway y el East River, a causa del asesinato de su director. No faltaban otras suposiciones, en las que el mundo de las drogas estaría presente. ¿Por qué no pensar en una conexión de mafiosos que, de este modo, distraerían la atención de la policía durante un tiempo, lo que haría más fácil continuar con sus exe� crables negocios? Las inmensas fortunas acumuladas a costa de la coca y de otras drogas no habían tenido reparos en llevarse por delante a quien fuera. Los ajustes de cuentas entre integrantes de distintos clanes habían dejado incontables saldos de muertos. Uno más, no añadiría nada especial al recuento de cadáveres que adornaban las paredes de las mansiones de los mafiosos más importantes. Todo era posible en la macabra fiesta del crimen, por lo que el disparo —también en este caso había sido al corazón— podría obedecer a diversas circunstancias. Sin embargo, a pesar de la coincidencia en el tiempo —los dos crímenes se habían diferenciado en apenas veinticuatro horas—,

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[9] resultaba difícil encontrar algún móvil que relacionara ambas muertes. El empresario madrileño era un conocido hombre de negocios, representante de varios consejos de administración y dueño de una importante fábrica metalúrgica de la capital. Su nombre estaba libre de sospechas, lo mismo que su empresa, que nunca había pasado por problemas laborales que pudieran tener alguna vinculación con lo sucedido. Discreto en sus costumbres y cordial en sus relaciones per� sonales, todos guardaban un buen recuerdo de él. Los mismos sindicatos aseguraban que se trataba de una persona abierta al diálogo, con la que siempre habían mantenido una buena relación. Por lo que se refería a su familia, se le veía siempre en compañía de su mujer y de su hija. Algunos comentarios, si bien en un tono indirecto y profesio� nalmente distante, apuntaban a la coincidencia entre las medidas tomadas por el recién estrenado gobierno del país y el discurso de Santiago Romeral en el momento de su muerte. Quienes habían asistido al acto se referían a su inequívoco apoyo al gobierno por las decisiones adoptadas para detener el déficit. Más allá de esta hipotética vinculación, nadie encontraba nin� guna pista que pudiera explicar lo sucedido. Cabría suponer que Santiago Romeral fuera un votante del partido que recientemente había ganado las elecciones, incluso que, como empresario, se sintiera satisfecho por las medidas económicas puestas en práctica, pero eso no le convertía en una diana perfecta, salvo que quienes hubieran obrado guiados por ese motivo se dispusieran a disparar al pecho contra todos los millones de votantes que habían dado su confianza a los nuevos regidores del país. El Gobierno, como era lógico, había enviado su pésame a la familia y, como era de suponer también en un caso así, había expresado públicamente su condolencia por lo sucedido.

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[ 10 ] A mediodía, Julio Colinas entró en el bar Tropical cuando unos gruesos goterones de agua comenzaban a darle la razón al hombre del tiempo. El mapa isobárico era un puzzle formado por multitud de piezas inquietantes: borrascas en el Cantábrico, fuertes depresiones en la región septentrional de la península, frentes polares, temperaturas mínimas… El habitual paisaje formado por siete mesas metálicas, con sus correspondientes sillas, y una fauna variopinta que alternaba con toda naturalidad bocadillos y pinchos de tortilla con vasos de vino o cerveza, lo condujo hasta el mostrador. El resto del local pertenecía a una mezcla del paleolítico y algunos cuadros kitsch que desperdi� gaban sus torpes imitaciones por las paredes. Si antes de cruzar la puerta de entrada hubiera tenido que apostar por el número de personas que estarían dentro del local, habría dicho que entre veinte o treinta, y no se habría equivocado, y lo mismo sucedería al clasificarlas por edades, sexos, ramas laborales o incluso por el tipo de bebidas preferido de cada cual. —Ahora te atiendo, Julio. Quien se dirigía a él, en un tono amistoso, era Sebas, el camarero. —No tengas prisa. Lo de siempre. En la televisión, el nuevo gobierno anunciaba un paquete de medidas de gran calado, o al menos así interpretaba él las palabras de la morena y menuda vicepresidenta del gobierno, vestida con una blusa verde de seda, de rayas verticales, y una

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