La madriguera

 

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A Teresa no la satisface el éxito y regresa a su tierra leonesa. Atrás quedará París, Nueva York, San Petesburgo… y su personal empeño en triunfar como pintora. Se instala con Daniela en Corullón e intenta hilar el pasado con el presente.

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Aurora García Rivas La madriguera

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La madriguera Septem Littera Primera edición: junio, 2013 © 2013 Aurora García Rivas © de esta edición: Septem Ediciones, S.L., Oviedo, 2013 e-mail: info@septemediciones.com www.septemediciones.com Blog: www.septemediciones.es También en Facebook, Linkedin y Twitter. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin previo permiso escrito del editor. Derechos exclusivos reservados para todo el mundo. El Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO) vela por el respeto de los citados derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. La editorial no se hace responsable, en ningún caso, de las opiniones expresadas por el autor. La editorial no tiene obligación legal alguna de verificar ni la veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de los datos incluidos en el texto, por lo que carece de responsabilidad ante los posibles daños y perjuicios de toda naturaleza que pudieran derivarse de la utilización de aquéllos o que puedan deberse a la posible ilicitud, carácter lesivo, falta de veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de la información proporcionada. CompaginaCión: M&R Studio DiSeño Cubierta: Celsa Díaz ISBN: 978-84-15279-88-4 D. L.: AS-02114-2013 Impreso en España-Printed in Spain

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A mi hija Marián. A mi nieta Sara.

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AgrAdecimientos Ayuntamientos de: Benuza, Zotes del Páramo, Cabrillanes, Candín y Lavecilla. Amaro Cabo Prada - Llamas de Cabrera (Benuza, León) Valentín Martínez del Pozo - Villaestrigo (Zotes del Páramo, León) María Adoración Morón Calero - Virgen del Camino (León)

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[9] Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Jaime Gil de Biedma I Me llamo Teresa y mi nombre es lo único que siempre fue mío. Suena en mis oídos desde los recuerdos de mi infancia: en la diáfana voz de mi madre, en la voz estridente de mi padre, en la de mi hermano Luis, en los balbuceos de Camila…, en el eco de la Cordillera que se diluía por La Cueta como un conjuro benefactor. Me llamo Teresa y poco más sé de mí. —Se te ve con muy buen aspecto hoy, Teresa. Hoy… Y ayer, y antes de ayer y el jueves y el viernes. Daniela no es consciente de que, cuando está de buen humor, me dice siempre lo mismo. Daniela algunas veces es así, un ser tierno y dúctil, alguien atento que se preocupa de que yo esté bien. Le agradezco el esfuerzo y la sonrisa. Y tantos gratos recuerdos… Pero Daniela, aparte de lo que representa su ayuda y su presencia en esta casa, poco más significa en los entresijos de mi vida —o eso es lo que he querido pensar siempre—, aunque hace mucho tiempo que forma parte de ella; aun así no he tenido nunca la sensación de haberla utilizado. Sé que no la amo como merece, nunca fui capaz de corresponder a su afecto con la pasión que ella me demostró, pero también sé que ella entiende y justifica mi casi nula capacidad para amar, algo que ha aceptado hace mucho tiempo. A veces parece ejercer sobre mí una sutil venganza y me trata regular. El fracaso no es suyo. Simplemente, me he atrincherado contra sentimientos que me aterrorizan. Daniela trajina por la casa como los espíritus, casi sin tocar el suelo, apenas hace ruido. Sin embargo, me gusta oír sus pasos, me gusta también el sonido de los cacharros en la cocina, el de la aspiradora sobre el parqué… Son sonidos íntimos y familiares que me

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[ 10 ] pertenecen. Daniela es casi siempre una mujer sigilosa, sosegada, a la que es difícil arrancar más de tres palabras seguidas. Cuando entra en la sala, me mira y sonríe. Parece contenta y por eso me ve con buen aspecto. Daniela es como un calidoscopio que muestra destellos distintos en cada movimiento. Sé que no lo hace a propósito —o sí—, cambia como el viento. Antes me desorientaba pero he aprendido a conocerla y a aceptar sus cambios de humor. Me fascina la capacidad que tiene para engatusarme y cómo me dejo arrastrar, consciente de que lo hago y más consciente de que ella lo sabe. Nunca tuve claro qué es lo que cambia en ella, si el humor o una suerte de histriónico cálculo. Siempre contemplo el mismo cuadro desde aquí: el que encaja entre el marco de la ventana parte del jardín y se eleva hasta acaparar una banda ancha del cielo sobre los cerezos. A veces parece una acuarela al otro lado de los cristales, sobre todo cuando la luz se diluye en penumbras vespertinas. Hoy es más bien un óleo preciso en el que el vaivén de las ramas parece aproximarse a mis manos ya tan torpes. Ya no pinto. Apenas soy capaz de coger un pincel y si lo hago, mis trazos son tan pueriles e inestables como los palotes de un niño pequeño. Casi no tengo fuerza y los dedos se me hinchan con frecuencia. Daniela prepara café. Escucho desde aquí el molinillo y el aroma se esparce por la casa. Enseguida lo traerá en una bandeja y lo tomaremos como dos viejas amigas en las que la pasión ha dejado un rastro imperceptible; dos amigas que apenas tienen nada que decirse. Parece una ceremonia tácita. Daniela tiene una serie de tics, gestos que el tiempo ha incardinado en su personalidad y que hacen de sus maneras algo mecánico pero nunca brusco. Daniela es un tesoro a pesar de sus defectos, me hace la vida más fácil y atiende todos mis asuntos. Nuestra casa aún seguirá existiendo después de mi muerte y Daniela la cuidará con la misma devoción con que lo hace ahora. No quiero que algo tan nuestro se convierta en un museo, ni en un monumento a una muerta y menos en una golosina expuesta a la avaricia de los especuladores. Daniela sabrá qué hacer con los cuadros; no sé por qué, creo que acabarán en algún lugar humilde,

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[ 11 ] en el que alguien sin ambición sea capaz de contemplarlos y dejar que los contemplen aquellos que puedan impregnarse de su belleza. Nacieron de la humildad, de ella se alimentaron pincelada a pincelada y a ella deberían volver. Me gustaría que su futuro fuese un viaje sin fin, un destino itinerante: museos modestos, cálidos, visitados por gentes sensibles; gente de paso que no se lleva más que el recuerdo, como el peregrino que sólo se queda con la luz de los caminos. No he traído nada a este mundo y no me llevo nada. Lo que dejo no es más que lo que mi responsabilidad como persona me obliga a dejar: no haber pasado por la vida como una veleta a merced de los vientos, porque sé que ésta es mi única vida y estoy convencida de que no hay nada al otro lado y no puedo, por tanto, plantearme cómo será después. Simplemente no será, pero no consigo entender qué no será o cómo no será. En la vida tan pocas cosas sirven de verdad para algo, que vamos sucumbiendo bajo demasiados afanes inútiles con los que sólo atesoramos pequeñeces. La decisión de elegir el valle de Corullón para terminar mis días, fue algo cuidadosamente meditado. En primer lugar, está bien situado, tiene un clima amable, es acogedor y sugestivo y se encuentra cerca de Ponferrada donde hay hospital y los servicios necesarios para estar cómodas y al mismo tiempo aisladas. Es cierto que esta casa nos enamoró en cuanto la vimos. Era lo que buscábamos: grande sin exagerar, con un jardín espléndido y un muro de cantería que la aísla del resto del mundo. Y está en mi tierra, no muy lejos de La Cueta ni de Llamas, los dos referentes a los que debo mi existencia. Daniela ha terminado de recoger en la cocina, cierra la puerta y coge su labor para venir a acompañarme hasta la noche. Después de la cena, que Kahina ha dejado medio preparada, veremos una película, un documental o los cotilleos de todos los días cuya vacuidad nos divierte. Luego me ayudará a ducharme, aplicará crema de miel y olivas sobre mi piel. Es una sensación de sensual placer que nunca rehúyo. Todo lo hace en silencio. Sólo escucho el compás de su respiración mientras siento la calidez de sus manos. Nunca he valorado tanto su generosa entrega como en estos días en los que, estoy convencida, sin ella no podría hacer casi nada. No

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[ 12 ] me siento obligada, pero en el fondo de mi conciencia sé que le debo la mitad de mi vida —la otra mitad se la debo a Emma—, porque hay en Daniela una capacidad de decisión casi sobrecogedora y destila toda la fuerza de un ser libre. Es libre. Aparentemente ha sucumbido a mi tiranía, pero nada más lejos de la verdad. Está conmigo porque es la única forma de sentir que está con quién ha elegido estar y que tiene la vida que le gusta. Ella dice que he tocado su alma, sin embargo yo creo que es ella la que ha tocado la mía y la guarda y la cuida como propia. Ella es la tirana. Ella es la que me posee. Hace mucho tiempo, cuando era una niña, Emma, mi madre, me regaló una libreta con las hojas de colores para que dibujase. Era un cuaderno corriente, casi infantil, pero yo lo agradecí como si me hubiese regalado el cielo infinito. ¿De qué se habría privado para comprar aquella libreta cuadriculada que era, seguramente, lo más hermoso que podía regalarme? Aún lo tengo guardado entre mis recuerdos. Está lleno de bosquejos, algunos apuntes parisinos, notas, jeroglíficos sin sentido —de ésos que suelen entretener largas esperas o el aburrimiento y que hacen nacer de la punta de un lápiz figuras geométricas sin sentido aparente—. Recuerdo que tardé en estrenarlo, tan bello me parecía, pero al fin le encontré alguna utilidad después de haberlo paseado por gran parte del mundo. Ahora, cuando alguna vez lo abro, siento un profundo reconocimiento a la vida que me permitió pintar en otros soportes. —Para que escribas tu vida y tus andanzas, Teresa. También sirve para dibujar. Mis andanzas no son nada peculiares, ni magnífica mi forma de vivir, ni siquiera tiene interés fuera del que pueda despertar mi obra. Nadie me admira a mí. Tampoco lo necesito, me gusta pasar desapercibida y aborrezco las entrevistas en las que siempre me siento torpe, y las fotografías en las que me veo tal como estoy: una anciana en la que sólo los ojos conservan cierta luz y que intenta ocultar los secretos de su corazón. He vivido fuera de la realidad de un mundo que me negué a aceptar como mío. Hubo un tiempo en que todo me pareció miserable, vulgar. Con los años aprendí que eso sólo estaba en mi mente

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[ 13 ] demasiado remilgada y puntillosa. Acabé sacándole partido a eso también y entendí que la vida, el mundo, se equilibran de forma natural y que lo vulgar forma parte de lo cotidiano tanto como lo sublime. Mis sentimientos también se resintieron de esta forma de ser, que está más cerca de la soberbia que de lo benévolo. Creo haber pintado todo lo que me influyó y lo hice desde el corazón, el único lugar desde el que es lícito entregarse al Arte. No recuerdo haber querido a nadie tanto como a Emma, cariño que no encerraba peligro alguno; contra los demás, me acoracé porque conozco mis escasas fuerzas para soportar algunos envites de la vida. Sé que, de este modo, me he evitado muchos problemas, pero también me he perdido el disfrute de muchas emociones y hoy reconozco que sólo viví a medias y que hay una parte de mí que nunca pude conocer. Pero no es tiempo de arrepentimientos, tan sólo busco la forma de llegar al fondo de mi alma. Los años fueron pasando, primero con la inconsciencia de la juventud, luego inmersa en luchas no siempre nobles y ahora pasan como una sombra que arrastra una tormenta. Sigo sin saber quién soy y me queda tan poco tiempo que no creo que me baste para lograrlo, pero es ahora mismo mi más importante empeño. Si lo consiguiese, sería suficiente para justificar toda mi vida. Daniela podría tener poderosos argumentos para hablar de mí. Hemos pasado casi una vida juntas, me conoce y podría hacerlo con clemencia o con perversa sagacidad. Pero Daniela no hablará de mí nunca. Sólo después de cumplir los sesenta años me di cuenta de que la vida es un regalo y de que cada minuto posee tanta intensidad como el nacimiento de una estrella o la muerte de una luciérnaga. Seguimos transitando juntas por este último andén, al menos para mí. Cuando florecen los cerezos en Corullón, la vida parece más inocente y su blancura trae a mi alma una paz indescriptible. Es su belleza la que me hace ese regalo, no mis posibles virtudes de dama que alcanzó el cenit de su vida hace mucho tiempo y que ahora declina como una puesta de sol tras la niebla. Con frecuencia, en estos silenciosos días de mi vejez, recuerdo a Emma, mi madre. Más que su figura recuerdo su olor a jabón Heno

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