Voces en el Fénix Nº 31 | Sueños de libertad

 

Embed or link this publication

Description

Voces en el Fénix Nº 31 | Sueños de libertad

Popular Pages


p. 1

La revista deL PLan Fénix año 4 número 31 diciembre 2013 ISSN 1853-8819 SueñoS de libertad Nuestra democracia cumple 30 años. los logros alcaNzados eN estas tres décadas soN iNNegables, siN embargo, queda mucho por hacer todavía. eN las págiNas que sigueN, uN repaso por Nuestra historia recieNte, coN sus avaNces y retrocesos, pero coN el objetivo de coNstruir uNa sociedad más justa e iNclusiva.

[close]

p. 2

sumario nº31 diciembre 2013 editorial 30 años abraham leonardo gak tres décadas de democracia (1983-2013) eduardo rinesi 6 alfoNsíN, los iNtelectuales argeNtiNos y la democracia como promesa martín cortés 14 1983-2013. la democracia, espacio de disputa eNtre el viejo ordeN y los Nuevos tiempos oscar gonzález 24 la democracia argeNtiNa bajo el largo ciclo de hegemoNía Neoliberal (1983-2013) mabel thwaites rey 32 celebracióN y adverteNcia eduardo jozami 42 fragmeNtos y coNstelacioNes: sergio morresi 52 la democracia eN las proviNcias: uN balaNce de tres décadas jacqueline behrend 60 uN país mal uNido matías bianchi 68 democracia, desarrollo e iNtegracióN regioNal sudamericaNa josé miguel amiune 78 treiNta años de política exterior argeNtiNa carlos raimundi 88 los cambios culturales eN 30 años de democracia mempo giardinelli 98 los movimieNtos sociales y la vitalidad de la política democrática sebastián pereyra 108 democracia y movimieNto siNdical. 1983-2013 Nicolás iñigo carrera 116 explicaNdo el aumeNto del delito: Neoliberalismo y después gabriel Kessler 124 la rebelióN popular del 19/20 de diciembre de 2001 miguel mazzeo 132 defeNsa NacioNal y fuerzas armadas eN los 30 años de democracia josé luis garcía 142 catolicismo, iglesia y democracia eN la argeNtiNa (1983- 2013) verónica giménez béliveau 152 los medios y 30 años de democracia gustavo lópez 160 ¿y los medios qué? la tribu 168 los jóveNes y la política duraNte la democracia juan carlos volnovich 180

[close]

p. 3

aUToridadeS de La FacULTad de cienciaS econÓmicaS decano alberto edgardo Barbieri Vicedecano Humberto Luis Pérez van Morlegan Subsecretario General Walter Berardo Secretario académico José Luis Franza Secretario de investigación y doctorado eduardo scarano Secretario de Hacienda y administración César Humberto albornoz Secretario de extensión Universitaria emiliano Yacobitti Secretario de bienestar estudiantil Federico saravia Secretario de relaciones académicas internacionales Juan Carlos v. Briano Secretario de Graduados y relaciones institucionales Catalino núñez director Gral. de la escuela de estudios de Posgrado Catalino núñez Voces en el Fénix es una publicación del Plan Fénix ISSN 1853-8819 Registro de la propiedad intelectual en trámite. ConseJo direCtivo de La FaCULtad de CienCias eConóMiCas claustro de Profesores titULares Humberto Luis Pérez van Morlegan María teresa Casparri José Luis Giusti enrique Luis scalone Leopoldo Halperin Weisburd Walter Fabián Carnota Gerardo Fernando Beltramo Pablo Cristobal rota sUPLentes Héctor Chyrikins Heriberto Horacio Fernández Juan Carlos aldo Propatto claustro de Graduados titULares Gabriela verónica russo Luis alberto Cowes roberto darío Pons Mayra daniela trujanovich sUPLentes rubén antonio arena Álvaro Javier iriarte daniel González Jaime José Korenblum Juan Carlos Jaite claustro de estudiantes titULares Juan Manuel oro natalia indelicato ailen Cristina risso Bruno razzari Brion sUPLentes Julián Gabriel Leone César agüero María Laura Fernández schwanek diego alejandro Parras Los artículos firmados expresan las opiniones de los autores y no reflejan necesariamente la opinión del Plan Fénix ni de la Universidad de Buenos Aires. staff direcTor Abraham L. Gak comiTe ediToriaL Eduardo Basualdo Aldo Ferrer Oscar Oszlak Fernando Porta Alejandro Rofman Federico Schuster coordinaciÓn TemÁTica Martín Fernández SecreTario de redacciÓn Martín Fernández Nandín ProdUcciÓn Paola Severino Erica Sermukslis Tomás Villar correcciÓn Claudio M. Díaz FoToGraFÍa Sub [Cooperativa de Fotógrafos] diSeño ediToriaL Mariana Martínez deSarroLLo y diSeño deL SiTio Leandro M. Rossotti Carlos Pissaco Córdoba 2122, Facultad de Ciencias económicas, Universidad de Buenos aires. Ciudad autónoma de Buenos aires. teléfono 4370-6135. www.vocesenelfenix.com / voces@vocesenelfenix.com

[close]

p. 4

30 años A lo largo de su historia, la Argentina sufrió reiteradas interrupciones y violaciones al orden constitucional. Sin lugar a dudas, la más violenta de estas fue la llevada a cabo por el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, iniciado el 24 de marzo de 1976. Esta experiencia, la más grave y cruel de las que se tenga registro en nuestro país, duró más de siete oscuros años, llegando a su fin el 10 de diciembre de 1983. Ese día, un gobierno militar ilegítimo, asfixiado por presiones internacionales, movilizaciones internas, y con el fantasma de la derrota de la guerra de Malvinas a cuestas, dio paso a un gobierno constitucional, elegido por la mayoría del pueblo, que asumía con la firme convicción de iniciar la reconstrucción del sistema político, económico y social que había sido devastado por un régimen represor, violador de los derechos colectivos e individuales y aliado de los intereses internacionales. Este 10 de diciembre de 2013 se cumplen entonces 30 años de vida democrática ininterrumpida, con vaivenes, sí, con momentos de avances y otros de retrocesos, con crisis profundas, abismos y resurgimientos. Se cumplen tres décadas del día en que la Argentina se convirtió en el primero de los países del Cono Sur de nuestra América en restablecer el sistema demo4 > www.vocesenelfenix.com crático de gobierno y en empezar a recorrer el camino de la recuperación de derechos y garantías para su pueblo. La historia le asignó esta tarea a un líder popular con experiencia y valentía, Raúl Alfonsín, quien fijó la prioridad de su gestión en la recuperación del estado de derecho. Las condiciones eran difíciles. Transcurrían los últimos años de la Guerra Fría, y la incipiente hegemonía política y económica de Estados Unidos se hacía sentir. Ante el desprestigio de las dictaduras de la región, la potencia del norte del continente auspició el surgimiento de los regímenes democráticos, pero bajo el modelo de “democracias controladas”, tuteladas principalmente por la acción de los organismos financieros internacionales, los cuales a través del endeudamiento se convirtieron en una poderosa herramienta de chantaje para los débiles gobiernos surgidos del voto popular. A pesar de que la deuda externa contraída moderaba fuertemente toda libertad de acción, el gobierno del Dr. Alfonsín inició acciones destinadas a mejorar la distribución del ingreso y alcanzar mayores niveles de autonomía. Asimismo, tuvo el coraje de enjuiciar a la cúpula militar responsable de las muertes, torturas y desapariciones de más de 30.000 compatriotas durante los años del terror. Tanta osadía debía ser castigada y efectivamente así lo fue. Tras un proceso desestabilizador caracterizado por una hiperinflación y una fuerte crisis institucional, el primer presidente de la nueva democracia se

[close]

p. 5

editorial > 5 vio obligado a adelantar el proceso electoral y entregar anticipadamente el poder a su sucesor. Así se inicia un período prolongado (12 años contando los dos gobiernos de Menem y el período de De la Rúa) de sumisión irrestricta a los mandatos depredadores de los organismos internacionales, en el que se consolida el programa político y económico instaurado por la dictadura y que se rige por el mercado como único administrador de la economía y asentado en un modelo de acumulación basado en la renta financiera. La consolidación de este “discurso único” provocó daños gravísimos en todo el tejido social, con un fuerte aumento de la desocupación, de la pobreza y una profunda crisis institucional y cultural. La reacción de la sociedad ante este escenario adquirió rasgos de revuelta popular con un alto poder destituyente. Las jornadas de diciembre de 2001 dejaron un saldo de más de 20 víctimas fatales y una sucesión de 5 presidentes en poco más de diez días. De este proceso surgió un gobierno débil, a cargo del senador Eduardo Duhalde, que intentó restituir la paz social a partir de la utilización de las fuerzas represivas. El fracaso teñido de sangre de este nuevo experimento generó las condiciones para la instalación de un gobierno con nuevas miradas y objetivos, entre los cuales se encuentran, en el plano interno, alcanzar el pleno empleo, la mejora en la distribución del ingreso, la instalación (que esperamos defi- nitiva) de negociaciones salariales entre las partes con la mediación del Estado, el crecimiento de la producción primaria, y una nueva reindustrialización apoyada en el progreso científico y tecnológico que atienda al desarrollo de un consistente mercado interno; todo lo cual puede resumirse en la idea de la recuperación del rol del Estado como principal actor, ordenador y mediador de la economía. Por su parte, en el plano externo estos objetivos se tradujeron en la reestructuración de la deuda externa, una clara definición de la voluntad de integración regional expresada en el fortalecimiento del Mercosur y la creación de la Unasur, y el rechazo contundente al ALCA. Mucho es lo que hemos avanzado en estos últimos 30 años como sociedad, y mucho es el camino que queda aún por recorrer. Es imperiosa la mejora de las condiciones de vida de muchos ciudadanos. Para ello es necesario elaborar un plan estratégico a futuro que cuente con amplio consenso social. La democracia debe ser la herramienta fundamental para alcanzar las metas ineludibles de eliminación de la desigualdad, la promoción de la inclusión social y el incremento de la participación ciudadana en los años venideros. Alcemos entonces nuestras copas y brindemos merecidamente por lo logrado en estos 30 años, pero fundamentalmente asumamos el compromiso de avanzar en un camino de justicia y libertad. abraham leoNardo gaK (DIRECTOR)

[close]

p. 6

tres décadas de democracia (1983-2013) uN recorrido sobre los distiNtos seNtidos que asumió a lo largo de los últimos treiNta años la palabra “democracia”. de la utopía y la recuperacióN de la libertad a la idea de proceso y a la ampliacióN de los derechos. el rol del estado como garaNte de mayores libertades, más derechos y mejor futuro. 6 > www.vocesenelfenix.com

[close]

p. 7

> 7 por eduardo riNesi Rector de la Universidad Nacional de General Sarmiento

[close]

p. 8

L a conmemoración del trigésimo aniversario del inicio del ciclo político abierto en la Argentina en 1983 es una ocasión particularmente propicia para ensayar una reflexión sobre los distintos sentidos que asumió a lo largo de este tiempo, en nuestra sensibilidad compartida, en nuestro lenguaje público y en nuestras conversaciones, la palabra bajo cuyos sonoros auspicios empezamos hace treinta años a recorrer este camino: la palabra “democracia”. Que no ha querido decir a lo largo de este tiempo, en efecto, una sola cosa constante e idéntica a sí misma, sino que ha venido sufriendo, con el paso de los años y de las circunstancias, distintas y sugerentes inflexiones que acaso valga la pena examinar. Propondré pues, como una especie de hipótesis muy general que tal vez sirva para poner un poco de orden en la exposición que sigue, que entre nosotros la democracia fue pensada sucesivamente, entre los tramos finales de la última dictadura cívico-militar y estos días que ahora transitamos, como una utopía, como una rutina, como un espasmo y como un proceso. Y trataré enseguida, después de haber presentado estas cuatro ideas sumamente generales, de establecer una comparación entre las formas o modos de pensar la democracia que quedan ubicados en los dos extremos polares de esta línea de tiempo de treinta años, y de extraer de ese cotejo algunas enseñanzas que quizá valga la pena comentar. Primero, entonces, la democracia como utopía. Imaginada, soñada o acariciada con esperanza desde que la dictadura empezó a dar señales del agotamiento de su precaria legitimidad, y en particular desde que quemó sus últimos cartuchos de criminalidad y de locura en la guerra del Atlántico Sur, la democracia se nos apareció a partir de entonces como el nombre de un futuro que se debía conquistar, e incluso después de la asunción del presidente y del gobierno surgidos del voto popular a fin del año ’83 no pudo suponérsela de ningún modo una realización ya plenamente alcanzada ni un suelo firme sobre el que imaginar que ya estábamos parados, porque seguía teniendo mucho más la forma de una especie de luz al final de un camino que aún debíamos recorrer. Extraída de los arcones de las viejas historiografías marxistas y de las más modernas sociologías del desarrollo, la palabrita “transición” vino entonces en nuestro auxilio para ayudarnos a nombrar ese camino, esa vía (que en las versiones dominantes del pensamiento político de aquellos años se imaginaba sobre todo como una vía de reforma –para decirlo à la Gramsci– “moral e intelectual”: cultural) que nos iba a conducir de una larga historia de intolerancia y autoritarismo a un futuro de pluralismo, de “respeto de las diferencias” y de libertad. La democracia era el nombre de ese futuro venturoso, al que no cesaba de referirse el discurso del mayor político de esa “década corta” que fueron los ’80: Raúl Alfonsín, y tampoco los de los grupos que aspiraban a sostener con él una discusión que fuera audible por una ciudadanía altamente sensible, por buenas y comprensibles razones, a ese estimable conjunto de valores. Así, la democracia aparecía en nuestras discusiones de esos años menos como una realización que como un programa o –como decíamos– una utopía, y esa utopía era en primer lugar una utopía de plena vigencia de aquello que de manera más sistemática y flagrante nos había sido arrebatado por la dictadura que se buscaba dejar atrás y que se quería que “nunca más” (esa expresión de aquellos años) pudiera repetirse: la libertad. La utopía democrática de los ’80 era en efecto una utopía de la plena realización de la libertad, o de las libertades, y no nos equivocaríamos si sostuviéramos que ese problema de la libertad fue de los más conversados, de los más discutidos, durante esos años 8 > por eduardo riNesi

[close]

p. 9

tres décadas de democracia (1983-2013) > 9 Entre nosotros la democracia fue pensada sucesivamente, entre los tramos finales de la última dictadura cívico-militar y estos días que ahora transitamos, como una utopía, como una rutina, como un espasmo y como un proceso.

[close]

p. 10

que aquí estamos recordando. En la universidad fueron años en los que volvimos a pensar en términos teóricos y filosóficos este viejo problema de la libertad, y en los que para ello volvimos a leer a los clásicos y revisamos los textos de Stuart Mill y de Benjamin Constant y de Isaiah Berlin, y en los que pensamos y discutimos la contraposición entre la libertad de los antiguos y la de los modernos, entre la libertad “para” y la libertad “de”, entre la libertad “democrática” y la libertad “liberal”... Y en los que pensamos también (y esta discusión fue de las más interesantes que tuvimos en aquellos años) sobre los modelos político-institucionales que servían para garantizar la vigencia de estas libertades, de estos distintos tipos de libertad: hablamos entonces de democracia “participativa” como una que garantizara el amplio ejercicio de una libertad “positiva” para intervenir activamente en los asuntos públicos; hablamos de democracia “representativa” como una que elegía en cambio un menor involucramiento de los ciudadanos para garantizarles a cambio una libertad, “negativa”, de las interferencias externas sobre sus opciones de vida. De hecho, esta tensión que recuerdo aquí demasiado brevemente fue la materia de uno de los debates más importantes de esos años, que ocupó, formulado de modos muy diversos, una porción significativa del espacio de las discusiones teórico-políticas que tuvieron lugar entre la asunción de Alfonsín en el ’83 y el comienzo del fin de su buena estrella el domingo de pascuas de 1987. Ese día, como ha sido ya dicho muchas veces, una productiva tensión entre participación y representación (o, si se quiere: entre la representación entendida como puente y la representación entendida como foso), entre proximidad y distancia, entre compromiso y delegación, empezó a resolverse a favor de los segundos términos de esos pares de opuestos, haciendo a la democracia argentina alcanzar cada vez más (en un crescendo que no se detendría hasta el anticipado final del gobierno de Alfonsín, y que daría el tono del que ocuparía toda la década siguiente) la forma de una democracia representativa y liberal, con una “clase política” –como verosímilmente se la empezó a llamar– cada vez más separada de los ciudadanos y despreocupada de su suerte, y con unos ciudadanos cada vez más desencantados con ese juego en el que nadie los invitaba siquiera a participar. A esto me refería más arriba cuando decía que en aquellos años nos desplazamos de una idea de la democracia como utopía a una idea de la democracia como una rutina. Como un rutinario juego de relevos institucionales más o menos inofensivos sostenido sobre una división tan arbitraria como efectiva entre nuestra condición “política” de ciudadanos que gozábamos de unas libertades que nadie disputaba y nuestra condición “social” de sujetos de una creciente expoliación y empobrecimiento alentados por las políticas pergeñadas por nuestros representantes desde la cima del aparato del Estado. Todo eso saltó por los aires, como es notorio, casi tres lustros después de aquella Semana Santa que recordábamos, a fin de 2001, que es el momento en que, para retomar la terminología que anuncié al comienzo, me parece que puede hablarse de la aparición de una tercera idea sobre la democracia en este largo ciclo de treinta años que estamos repasando: la de la democracia como un espasmo, como un movimiento intenso de participación muy activa y muy apasionada, como un momento de recuperación –diríamos– de esa vocación “participativista” tibiamente propiciada al inicio del ciclo de la “transición” y luego desalentada o incluso traicionada en los años que siguieron, y que aquí volvía al centro de la escena de la mano de la reivindicación de un conjunto de nuevas identidades forjadas al calor de la crisis, del rechazo de los “representantes del pueblo” en nombre de formas menos mediadas de intervención de los ciudadanos en la vida pública y de la protesta airada ante la desaprensión con la que un equipo gubernamental conservador y torpe lidiaba con la difícil materia del padecimiento colectivo. Aunque no es el tema de estos apuntes, querría señalar que todavía nos debemos, me parece, una consideración menos apurada que la que hasta aquí les hemos dedicado a estos episodios tan importantes en la historia argentina contemporánea, en cuya interpretación tendieron a alternarse el temor reaccionario y torpe por la suerte de las instituciones, presuntamente amenazadas por la virulencia de la protesta popular, y la simétricamente candorosa pretensión de que nos encontrábamos por fin a las puertas del paraíso de la realización autónoma de una sociedad por fin emancipada. Ni tanto ni tan poco. Porque no puede exagerarse, pero tampoco desdeñarse, la importancia que tuvo el desbarajuste de todas las variables de la vida pública argentina en esos meses como antesala del proceso de reconstrucción que se inició enseguida, en una clave que llamaré, para abreviar, “conservadora popular”, en el mismo año 2002, y luego en una clave que llamaré, tam- 1 0 > por eduardo riNesi

[close]

p. 11

tres décadas de democracia (1983-2013) > 1 1 La utopía democrática de los ’80 era en efecto una utopía de la plena realización de la libertad, o de las libertades, y no nos equivocaríamos si sostuviéramos que ese problema de la libertad fue de los más conversados, de los más discutidos, durante esos años. De la libertad a los derechos, entonces. Ese es el signo general del desplazamiento de énfasis y de obsesiones entre los años en que se iniciaba el ciclo político de tres décadas que acá consideramos y estos años desde los cuales hoy miramos este ciclo en retrospectiva. bién para simplificar, “populista de avanzada” a partir del año siguiente. Que es cuando me gustaría situar el inicio del cuarto y último de los capítulos de esta historia que anuncié al comienzo, signado por un modo diferente de pensarse la cuestión de la democracia, e incluso de usar la propia palabra “democracia”, que es la que estamos considerando acá. Y que en realidad se ha usado más bien poco, para ser francos, durante estos años últimos de la vida política argentina, en que esa vieja categoría que había resultado tan glamorosa y llena de promesas al inicio del ciclo de la “transición” fue trocándose más bien, en nuestros discursos y conversaciones, por la categoría, acaso más dinámica, de “democratización”. Como si el “ción” de “transición” (ese “ción” que designa siempre un desarrollo, un camino, un progreso de las cosas en el tiempo) se hubiera trasladado de aquella vieja palabrita a la propia palabra “democracia”, para que esta pudiera designar no ya un estado sino un proceso, no ya una utopía sino un movimiento, no ya el puerto de llegada de una ruta sino la ruta misma. Que es una ruta que en estos últimos diez años argentinos pensamos como una ruta de crecimiento, de progreso, de ampliación... ¿de qué? Para decirlo rápido: no ya de libertades (esas libertades con las que soñábamos al final de la dictadura, y con las que hoy ya no tenemos que soñar, porque rigen plenamente, inéditamente, casi insólitamente entre nosotros), sino, ahora, de derechos. De la libertad a los derechos, entonces. Ese es el signo general del desplazamiento de énfasis y de obsesiones entre los años en que se iniciaba el ciclo político de tres décadas que acá consideramos y estos años desde los cuales hoy miramos este ciclo en retrospectiva. Y aquí, dos observaciones. Una para señalar que tenemos acá un problema importantísimo sobre el que tenemos que ser capaces de echar luz con los mejores instrumentos de nuestra teoría social y de nuestra filosofía política. Que si en los años ’80 acompañaron la centralidad que en la agenda pública tenían los desafíos de la “transición” dedicando sus mayores esfuerzos a examinar, como ya dije, las distintas aristas del problema de la libertad, hoy tiene que estar a la altura del desafío de acompañar este problema fundamental en la agenda de este tiempo que es el problema de los derechos. Ayudándonos a pensar, por ejemplo, qué cosa es un “derecho”, ese raro bien que en general decimos que “tenemos” justo cuando, de hecho, no lo tenemos: la tensión entre el hecho y el derecho, entre el ser y

[close]

p. 12

el deber ser, es constitutiva de la naturaleza misma de lo que postulamos como un “derecho”. O proponiéndonos mecanismos para discernir qué derecho debemos privilegiar en las diferentes y felizmente creciente cantidad de oportunidades en las que, en un contexto general de expansión de derechos de todo el mundo, los derechos o la posibilidad de la ampliación de los derechos de un determinado grupo corren el riesgo de colisionar con los derechos o la posibilidad de la ampliación de los derechos de otro. Que sea este uno de esos problemas que es bueno que las sociedades tengan no quiere decir que no sea un problema, y nuestras ciencias sociales y nuestra filosofía política deberían ayudarnos a pensar cómo resolverlo. Pero este movimiento desde el énfasis en la cuestión de la libertad hacia el énfasis en el problema de los derechos trae consigo un segundo desplazamiento, que me importa considerar especialmente porque nos anuncia uno de los grandes problemas, al mismo tiempo teóricos y políticos, con los que este tiempo argentino que vivimos nos regala: el del Estado. En efecto, mientras la mayor preocupación en la agenda pública argentina era la preocupación por garantizarnos la vigencia plena de las libertades, de la libertad, el problema del Estado no ocupó un lugar central en nuestras consideraciones. O sólo ocupó un lugar en ellas para señalar aquello contra lo cual, en disputa con lo cual, esa libertad debía ser conquistada y defendida. El pensamiento de los años ’80, a la salida de una dictadura atroz en la que el Estado había asumido su forma más tremendamente opresiva y terrorista, fue un pensamiento que muy comprensiblemente puso al Estado del lado de las cosas malas de la vida y de la historia, hizo de él –sobre la base de una experiencia que nadie podía decir que no hubiera sido concluyente– un enemigo real o cuanto menos potencial de la libertad y nos llevó a imaginar que era sólo teniendo a ese enemigo de la libertad a raya y limitado que podíamos soñar con que esa libertad fuera la norma de nuestra vida colectiva. En los años que siguieron, en los que el liberalismo político dominante en los ’80 se trocó por un neoliberalismo económico ampliamente extendido en el discurso de importantes sectores políticos y sociales, el rechazo del Estado asumió una forma y un motivo diferente, pero no fue menos decidido ni menos concluyente. En cambio, cuando el centro de nuestras preocupaciones se desliza del problema de las libertades al de los derechos, el Esta- do aparece en el centro de la escena. Porque se vuelve evidente para todo el mundo que es sólo gracias al Estado y en la medida en que hay Estado que podemos tener y ver garantizados los derechos que nos asisten y de los que nos gusta pensarnos como sujetos. Que no es contra el Estado, sino en el Estado y por medio del Estado que esos derechos pueden verse garantizados y satisfechos. Que, como por lo demás supo siempre la 1 2 > por eduardo riNesi

[close]

p. 13

tres décadas de democracia (1983-2013) > 1 3 gran tradición republicana (demasiado preciosa, por cierto, para regalárselas sin dar batalla a los enemigos del proceso de democratización en curso entre nosotros), sólo el Estado nos hace, entonces, ciudadanos plenos. No es difícil ejemplificar: si hoy hay, en la Argentina, un derecho a la jubilación, es porque hay (a diferencia de lo que ocurría quince años atrás) un Estado que lo garantiza. Si hoy hay un derecho a la educación es porque hay un Estado que construye escuelas y que paga sueldos y que sostiene ese derecho. Por supuesto, no es cuestión de abandonar el antiestatalismo ingenuo de los ’80 y los ’90 para correr a abrazar un estatalismo simétricamente candoroso: sabemos demasiado bien que el Estado es también una gran máquina de disciplinar, de reprimir y de violar sistemáticamente (en sus comisarías y en sus cárceles, en sus hospitales y en sus manicomios) los derechos humanos más elementales. Y eso no hay que dejar de pensarlo y cuestionarlo. Pero también hemos aprendido que “del otro lado”, por así decir, de ese Estado tan complejo, no están la libertad ni la autonomía ni la plenitud de una comunidad finalmente realizada, sino, con frecuencia, las formas más inclementes de desprotección y desamparo. Por eso, es necesario pensar este espinoso problema del Estado, porque de lo que pensemos sobre él y de lo que hagamos con él (de lo que la sociedad toda, a través de los mecanismos de conversación colectiva que habilita el juego democrático, decida hacer con él) depende en buena medida el destino del proceso que hoy está en curso entre nosotros. La mirada de conjunto que hemos intentado tender sobre las últimas tres décadas de historia de este país nos permite hacernos de este ciclo un juicio positivo y optimista: de un modo que no ha sido lineal ni habría podido serlo, hemos conquistado un conjunto de libertades que parecen firmemente aseguradas, y el avance que en estos últimos años hemos experimentado en materia de postulación, obtención y aseguramiento de una cantidad grande de derechos parece establecer un nuevo piso, mucho más alto que el que veníamos pisando, para los proyectos colectivos que puedan formularse en adelante. Pero cuando al mismo tiempo oímos levantarse demasiadas voces proponiendo alguna nueva versión de las viejas ideas, que entre nosotros nunca se alzaron en favor del bien público ni de los intereses populares, sobre la necesidad de “achicar el Estado”, de reducir sus capacidades y de liberar de su presunto yugo las voluntades de los actores sociales más re- sistentes a los avances evidentes que estamos protagonizando, parece prudente volver a insistir sobre que sólo de la mano de ese formidable instrumento de la voluntad colectiva (que debe estar democráticamente organizado, conducido y controlado, pero del que no podemos prescindir) podremos continuar pensando en tener un país con cada vez más libertad, más derechos y más futuro. Cuando el centro de nuestras preocupaciones se desliza del problema de las libertades al de los derechos, el Estado aparece en el centro de la escena. Porque se vuelve evidente para todo el mundo que es sólo gracias al Estado y en la medida en que hay Estado que podemos tener y ver garantizados los derechos que nos asisten y de los que nos gusta pensarnos como sujetos.

[close]

p. 14

por martíN cortés Doctor en Ciencias Sociales y Filosofía. Docente de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (UBA) y del Centro Cultural de la Cooperación 1 4 > www.vocesenelfenix.com

[close]

p. 15

> 15 alfoNsíN, los iNtelectuales argeNtiNos y la democracia como promesa la propuesta del presideNte alfoNsíN, de poNer el coNcepto de democracia como ceNtro de uNa empresa de reNovacióN de la cultura política argeNtiNa, tuvo evideNte afiNidad coN el peNsamieNto de muchos iNtelectuales. siN embargo, esta experieNcia No resultó exitosa. a coNtiNuacióN, uN lúcido aNálisis de los debates que marcaroN uNa década fuNdameNtal para Nuestra país.

[close]

Comments

no comments yet