En busca del tiempo perdido I

 

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librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 1 en busca dell ttiiempo perdiido ii marrcceell prrousstt por el camino de swann indice combray i ii primera parte un amor de swann segunda parte nombres de tierras el nombre tercera parte digitalizado por httttp www lliibrrodott com 2

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primera parte combray i mucho tiempo he estado acostándome temprano a veces apenas había apagado la bujía cerrábanse mis ojos tan presto que ni tiempo tenía para decirme «ya me duermo» y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño quería dejar el libro que se me figuraba tener aún entre las manos y apagar de un soplo la luz durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra en una iglesia en un cuarteto en la rivalidad de francisco i y carlos v esta figuración me duraba aún unos segundos después de haberme despertado no repugnaba a mi razón pero gravitaba como unas escamas sobre mis ojos sin dejarlos darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida y luego comenzaba a hacérseme ininteligible lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido los pensamientos de una vida anterior el asunto del libro se desprendía de mi personalidad y yo ya quedaba libre de adaptarme o no a él en seguida recobraba la visión todo extrañado de encontrar en torno mío una oscuridad suave y descansada para mis ojos y aun más quizá para mi espíritu al cual se aparecía esta oscuridad como una cosa sin causa incomprensible verdaderamente oscura me preguntaba qué hora sería oía el silbar de los trenes que más o menos en la lejanía y señalando las distancias como el canto de un pájaro en el bosque me describía la extensión de los campos desiertos por donde un viandante marcha de prisa hacía la estación cercana y el caminito que recorre se va a grabar en su recuerdo por la excitación que le dan los lugares nuevos los actos desusados la charla reciente los adioses de la despedida que le acompañan aún en el silencio de la noche y la dulzura próxima del retorno apoyaba blandamente mis mejillas en las hermosas mejillas de la almohada tan llenas y tan frescas que son como las mejillas mismas de nuestra niñez encendía una cerilla para mirar el reloj pronto serían las doce este es el momento en que el enfermo que tuvo que salir de viaje y acostarse en una fonda desconocida se despierta sobrecogido por un dolor y siente alegría al ver una rayita de luz por debajo de la puerta ¡qué gozo es de día ya dentro de un librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 3

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momento los criados se levantarán podrá llamar vendrán a darle alivio y la esperanza de ser confortado le da valor para sufrir sí ya le parece que oye pasos pasos que se acercan que después se van alejando la rayita de luz que asomaba por debajo de la puerta ya no existe es medianoche acaban de apagar el gas se marchó el último criado y habrá que estarse la noche enteró sufriendo sin remedio me volvía a dormir y a veces ya no me despertaba más que por breves instantes lo suficiente para oír los chasquidos orgánicos de la madera de los muebles para abrir los ojos y mirar al calidoscopio de la oscuridad para saborear gracias a un momentáneo resplandor de conciencia el sueño en que estaban sumidos los muebles la alcoba el todo aquel del que yo no era más que una ínfima parte el todo a cuya insensibilidad volvía yo muy pronto a sumarme otras veces al dormirme había retrocedido sin esfuerzo a una época para siempre acabada de mi vida primitiva me había encontrado nuevamente con uno de mis miedos de niño como aquel de que mi tío me tirara de los bucles y que se disipó .fecha que para mí señala una nueva era el día que me los cortaron este acontecimiento había yo olvidado durante el sueño y volvía a mi recuerdo tan pronto como acertaba a despertarme para escapar de las manos de mi tío pero por vía de precaución me envolvía la cabeza con la almohada antes de tornar al mundo de los sueños otras veces así como eva nació de una costilla de adán una mujer nacía mientras yo estaba durmiendo de una mala postura de mi cadera y siendo criatura hija del placer que y estaba a punto de disfrutar se me figuraba que era ella la que me lo ofrecía mi cuerpo sentía en el de ella su propio calor iba a buscarlo y yo me despertaba todo el resto de los mortales se me aparecía como cosa muy borrosa junto a esta mujer de la que me separara hacía un instante conservaba aún mi mejilla el calor de su beso y me sentía dolorido por el peso de su cuerpo si como sucedía algunas veces se me representaba con el semblante de una mujer que yo había conocido en la vida real yo iba a entregarme con todo mi ser a este único fin encontrarla lo mismo que esas personas que salen de viaje para ver con sus propios ojos una ciudad deseada imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado poco a poco el recuerdo se disipaba ya estaba olvidada la criatura de mi sueño cuando un hombre está durmiendo tiene en torno como un aro el hilo de las horas el orden de los años y de los mundos al despertarse los consulta instintivamente y en un segundo lee el lugar de la tierra en que se halla el tiempo que ha transcurrido hasta su despertar pero estas ordenaciones pueden confundirse y quebrarse librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 4

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si después de un insomnio en la madrugada lo sorprende el sueño mientras lee en una postura distinta de la que suele tomar para dormir le bastará con alzar el brazo para parar el sol para hacerlo retroceder y en el primer momento de su despertar no sabrá qué hora es se imaginará que acaba de acostarse si se adormila en una postura aún menos usual y recogida por ejemplo sentado en un sillón después de comer entonces un trastorno profundo se introducirá en los mundos desorbitados la butaca mágica le hará recorrer a toda velocidad los caminos del tiempo y del espacio y en el momento de abrir los párpados se figurará que se echó a dormir unos meses antes y en una tierra distinta pero a mí aunque me durmiera en mi cama de costumbre me bastaba con un sueño profundo que aflojara la tensión de mi espíritu para que éste dejara escaparse el plano del lugar en donde yo me había dormido y al despertarme a medianoche como no sabía en dónde me encontraba en el primer momento tampoco sabía quién era en mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez primitiva tal como puede vibrar en lo hondo de un animal y hallábame en mayor desnudez de todo que el hombre de las cavernas pero entonces el recuerdo .y todavía no era el recuerdo del lugar en que me hallaba sino el de otros sitios en donde yo había vivido y en donde podría estar descendía hasta mí como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada porque yo solo nunca hubiera podido salir en un segundo pasaba por encima de siglos de civilización y la imagen borrosamente entrevista de las lámparas de petróleo de las camisas con cuello vuelto iban recomponiendo lentamente los rasgos peculiares de mi personalidad esa inmovilidad de las cosas que nos rodean acaso es una cualidad que nosotros les imponemos con nuestra certidumbre de que ellas son esas cosas y nada más que esas cosas con la inmovilidad que toma nuestra pensamiento frente a ellas el caso es que cuando yo me despertaba así con el espíritu en conmoción para averiguar sin llegar a lograrlo en dónde estaba todo giraba en torno de mí en la oscuridad las cosas los países los años mi cuerpo demasiado torpe para moverse intentaba según fuera la forma de su cansancio determinar la posición de sus miembros para de ahí inducir la dirección de la pared y el sitio de cada mueble para reconstruir y dar nombre a la morada que le abrigaba su memoria de los costados de las rodillas de los hombros le ofrecía sucesivamente las imágenes de las varias alcobas en que durmiera mientras que a su alrededor la paredes invisibles cambiando de sitio según la forma de la habitación imaginada giraban en las tinieblas y antes de que mi pensamiento que vacilaba en el umbral de los tiempos y de las formas hubiese librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 5

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identificado enlazado las diversas circunstancias que se le ofrecían el lugar de que se trataba el otro mi cuerpo se iba acordando para cada sitio de cómo era la cama de dónde estaban las puertas dé adónde daban las ventanas de si había un pasillo y además de los pensamientos que al dormirme allí me preocupaban y que al despertarme volvía a encontrar el lado anquilosado de mi cuerpo al intentar adivinar su orientación se creía por ejemplo estar echado de cara a la pared en un gran lecho con dosel y yo en seguida me decía «vaya pues por fin me he dormido aunque mamá no vino a decirme adiós» y es que estaba en el campo en casa de mi abuelo muerto ya hacía tanto tiempo y mi cuerpo aquel lado de mi cuerpo en que me apoyaba fiel guardián de un pasado que yo nunca debiera olvidar me recordaba la llama de la lamparilla de cristal de bohemia en forma de urna que pendía del techo por leves cadenillas la chimenea de mármol de siena en la alcoba de casa de mis abuelos en combray en aquellos días lejanos que yo me figuraba en aquel momento como actuales pero sin representármelos con exactitud y que habría de ver mucho más claro un instante después cuando me despertara por completo luego renacía el recuerdo de otra postura la pared huía hacia otro lado estaba en el campo en el cuarto a mí destinado en casa de la señora de saint-loup ¡dios mío lo menos son las diez ya habrán acabado de cenar debo de haber prolongado más de la cuenta esa siesta que me echo todas las tardes al volver de mi paseo con la señora de saint-loup antes de ponerme de frac para ir a cenar porque ya han transcurrido muchos años desde aquella época de combray cuando en los días en que más tarde regresábamos a casa la luz que yo veía en las vidrieras de mi cuarto era el rojizo reflejo crepuscular aquí en tansonville en casa de la señora saint-loup hacemos un género de vida muy distinto y es de muy distinto género el placer que experimento en no salir más que de noche en entregarme a la luz de la luna al rumbo de esos caminos en donde antaño jugaba a la luz del sol y esa habitación donde me he quedado dormido olvidando que tenía que vestirme para la cena la veo desde lejos cuando volvemos de paseo empapada en la luz de la lámpara faro único de la noche estas evocaciones voltarias y confusas nunca duraban más allá de unos segundos y a veces no me era posible distinguir por separado las diversas suposiciones que formaban la trama de mi incertidumbre respecto al lugar en que me hallaba del mismo modo que al ver correr un caballo no podemos aislar las posiciones sucesivas que nos muestra el kinetoscopio pero hoy una y mañana otra yo iba librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 6

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viendo todas las alcobas que había habitado durante mi vida y acababa por acordarme de todas en las largas soñaciones que seguían a mi despertar cuartos de invierno cuando nos acostamos en ellos la cabeza se acurruca en un nido formado por los más dispares objetos un rinconcito de la almohada la extremidad de las mantas la punta de un mantón el borde de la cama y un número de los débats roses todo ello junto y apretado en un solo bloque según la técnica de los pájaros a fuerza de apoyarse indefinidamente encima de ello cuarto de invierno donde el placer que se disfruta en los días helados es el de sentirse separado del exterior como la golondrina de mar que tiene el nido en el fondo de un subterráneo al calor de la tierra cuartos en los cuales como está encendida toda la noche la lumbre de la chimenea dormimos envueltos en un gran ropón de aire cálido y humoso herido por el resplandor de los tizones que se reavivan especie de alcoba impalpable de cálida caverna abierta en el mismo seno de la habitación zona ardiente de móviles contornos térmicos oreadas por unas bocanadas de aire que nos refrescan la frente y que salen de junto a las ventanas de los rincones de la habitación que están más lejos del fuego y que se enfriaron cuartos estivales donde nos gusta no separarnos de la noche tibia donde el rayo de luna apoyándose en los entreabiertos postigos lanza hasta el pie de la cama su escala encantada donde dormimos casi como al aire libre igual que un abejaruco mecido por la brisa en la punta de una rama otras veces la alcoba estilo luis xvi tan alegre que ni siquiera la primera noche me sentía desconsolado con sus columnitas que sostenían levemente el techo y que se apartaban con tanta gracia para señalar y guardar el sitio destinado al lecho otra vez aquella alcoba chiquita tan alta de techo que se alzaba en forma de pirámide ocupando la altura de dos pisos revestida en parte de caoba y en donde me sentí desde el primer momento moralmente envenenado por el olor nuevo desconocido para mí moralmente la petiveria y convencido de la hostilidad de las cortinas moradas y de la insolente indiferencia del reloj de péndulo que se pasaba las horas chirriando como si allí no hubiera nadie cuarto en donde un extraño e implacable espejo sostenido en cuadradas patas se atravesaba oblicuamente en uno de los rincones de la habitación abriéndose a la fuerza en la dulce plenitud de mi campo visual acostumbrado un lugar que no estaba previsto y en donde mi pensamiento sufrió noches muy crueles afanándose durante horas y horas por dislocarse por estirarse hacia lo alto para poder tomar cabalmente la forma de la habitación y llenar hasta arriba su gigantesco embudo mientras yo estaba echado en mi cama con los ojos mirando al techo el oído avizor las narices secas y librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 7

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el corazón palpitante hasta que la costumbre cambió el color de las cortinas enseñó al reloj a ser silencioso y al espejo sesgado y cruel a ser compasivo disimuló ya que no llegara a borrarlo por completo el olor de la petiveria e introdujo notable disminución en la altura aparente del techo ¡costumbre celestina mañosa sí pero que trabaja muy despacio y que empieza por dejar padecer a nuestro ánimo durante semanas entras en una instalación precaria pero que con todo y con eso nos llena de alegría al verla llegar porque sin ella y reducida a sus propias fuerzas el alma nunca lograría hacer habitable morada alguna verdad que ahora ya estaba bien despierto que mi cuerpo había dado el último viraje y el ángel bueno de la certidumbre había inmovilizado todo lo que me rodeaba me había acostado arropado en mis mantas en mi alcoba había puesto poco más o menos en su sitio en medio de la oscuridad mi cómoda mi mesa de escribir la ventana que da a la calle y las dos puertas pero era en vano que yo supiera que no estaba en esa morada en cuya presencia posible había yo creído por lo menos ya que no se me presentara su imagen distinta en el primer momento de mi despertar mi memoria ya había recibido el impulso y por lo general ya no intentaba volverme a dormir en seguida la mayor parte de la noche la pasaba en rememorar nuestra vida de antaño en combray en casa de la hermana de mi abuela en balbec en parís en donzières en venecia en otras partes más y en recordar los lugares las personas que allí conocí lo que vi de ellas lo que de ellas me contaron en combray todos los días desde que empezaba a caer la tarde y mucho antes de que llegara el momento de meterme en la cama y estarme allí sin dormir separado de mi madre y de mi abuela mi alcoba se convertía en el punto céntrico fija y doloroso de mis preocupaciones a mi familia se le había ocurrido para distraerme aquellas noches que me veían con aspecto más tristón regalarme un linterna mágica y mientras llegaba la hora de cenar la instalábamos en la lámpara de mi cuarto y la linterna al modo de los primitivos arquitectos y maestros vidrieros de la época gótica substituida la opacidad de las paredes por irisaciones impalpables por sobrenaturales apariciones multicolores donde se dibujaban las leyendas como en un vitral fugaz y tembloroso pero con eso mi tristeza se acrecía más aún porque bastaba con el cambio de iluminación para destruir la costumbre que yo ya tenía de mi cuarto y gracias a la cual me era soportable la habitación excepto en el momento de acostarme a la luz de la linterna no reconocía mi alcoba librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 8

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y me sentía desosegado como en un cuarto de fonda o de «chalet» donde me hubiera alojado por vez primera al bajar del tren al paso sofrenado de su caballo golo dominado por un atroz designio salía del bosquecillo triangular que aterciopelaba con su sombrío verdor la falda de una colina e iba adelantándose a saltitos hacia el castillo de genoveva de brabante la silueta de este castillo se cortaba en una línea curva que no era otra cosa que el borde de uno de los óvalos de vidrio insertados en el marcó de madera que se introducía en la ranura de la linterna no era pues más que un lienzo de castillo que tenía delante una landa donde genoveva se entregaba a sus ensueños llevaba genoveva un ceñidor celeste el castillo y la landa eran amarillos y yo no necesitaba esperar a verlos para saber de qué color eran porque antes de que me lo mostraran los cristales de la linterna ya me lo había anunciado con toda evidencia la áureo-rojiza sonoridad del nombre de brabante golo se paraba un momento para escuchar contristado el discurso que mi tía leía en alta voz y que golo daba muestras de comprender muy bien pues iba ajustando su actitud a las indicaciones del texto con docilidad no exenta de cierta majestad y luego se marchaba al mismo paso sofrenado con que llegó si movíamos la linterna yo veía al caballo de golo que seguía avanzando por las cortinas del balcón se abarquillaba al llegar a las arrugas de la tela y descendía en las aberturas también el cuerpo de golo era de una esencia tan sobrenatural como su montura y se conformaba a todo obstáculo material a cualquier objeto que se le opusiera en su camino tomándola como osamenta e internándola dentro de su propia forma aunque fuera el botón de la puerta al que se adaptaba en seguida para quedar luego flotando en él su roja vestidura o su rostro pálido tan noble y melancólico siempre y que no dejaba traslucir ninguna inquietud motivada por aquella transverberación claro es que yo encontraba cierto encanto en estas brillantes proyecciones que parecían emanar de un pasado merovingio y paseaban por mi alrededor tan arcaicos reflejos de historia pero sin embargo es indecible el malestar que me causaba aquella intrusión de belleza y misterio en un cuarto que yo había acabado por llenar con mi personalidad de tal modo que no le concedía más atención que a mi propia persona cesaba la influencia anestésica de la costumbre y me ponía a pensar y asentir cosas ambas muy tristes aquel botón de la puerta de mi cuarto que para mí se diferenciaba de todos los botones de puertas del mundo en que abría solo sin que yo tuviese que darle vuelta tan inconsciente había llegado a serme su manejo le veía ahora sirviendo de cuerpo astral a golo y en cuanto oía la librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 9

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campanada que llamaba a la cena me apresuraba a correr al comedor donde la gran lámpara colgante que no sabía de golo ni de barba azul y que tanto sabía de mis padres y de los platos de vaca rehogada daba su luz de todas las noches y caía en brazos de mamá a la que me hacían mirar con más cariño los infortunios acaecidos a genoveva lo mismo que los crímenes de golo me movían a escudriñar mi conciencia con mayores escrúpulos y después de cenar ¡ay tenía que separarme de mamá que se quedaba hablando con los otros en el jardín si hacía buen tiempo o en la salita donde todos se refugiaban si el tiempo era malo todos menos mi abuela que opinaba que «en el campo es una pena estarse encerrado» y sostenía constantemente discusiones con mi padre los días que llovía mucho porque me mandaba a leer a mi cuarto en vez de dejarme estar afuera «lo que es así nunca se le hará un niño fuerte y enérgico .decía tristemente y más esta criatura que tanto necesita ganar fuerzas y voluntad.» mi padre se encogía de hombros y se ponía a mirar el barómetro porque le gustaba la meteorología y mientras mi madre cuidando de no hacer ruido para no distraerlo lo miraba con tierno respeto pero sin excesiva fijeza como sin intención de penetrar en el misterio de su superioridad pero mi abuela hiciera el tiempo que hiciera aun en los días en que la lluvia caía firme cuando francisca entraba en casa precipitadamente los preciosos sillones de mimbre no fueran a mojarse se dejaba ver en el jardín desierto y azotado por la lluvia levantándose los mechones de cabello gris y desordenado para que su frente se empapara más de la salubridad del viento y del agua decía «por fin respiramos» recorriendo las empapadas calles del jardín .calles alineadas con excesiva simetría y según su gusto por el nuevo jardinero que carecía del sentimiento de la naturaleza aquel jardinero a quien mi padre preguntaba desde la mañana temprano si se arreglaría el tiempo con su menudo paso entusiasta y brusco paso al que daban la norma los varios movimientos que despertaban en su alma la embriaguez de la tormenta la fuerza de la higiene la estupidez de mi educación y la simetría de los jardines en grado mucho mayor que su inconsciente deseo de librar a su falda color cereza de esas manchas de barro que la cubrían hasta una altura tal que desesperaban a su doncella cuando estas vueltas por el jardín las daba mi abuela después de cenar una cosa había capaz de hacerla entrar en casa y era que en uno de esos momentos en que la periódica revolución de sus paseos la traía como un insecto frente a las luces de la salita en donde estaban servidos los licores en la mesa de jugar le gritara mi tía «matilde ven y no dejes a tu marido que beba coñac» librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 10

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como a mi abuelo le habían prohibido los licores mi tía para hacerla rabiar porque había llevado a la familia de mi padre un carácter tan diferente que todos le daban bromas y la atormentaban le hacía beber unas gotas mi abuela entraba a pedir vivamente a su marido que no probara el coñac enfadábase él y echaba su trago sin hacer caso entonces mi abuela tornaba a salir desanimada y triste pero sonriente sin embargo porque era tan buena y de tan humilde corazón que su cariño a los demás y la poca importancia que a sí propia se daba se armonizaban dentro de sus ojos en una sonrisa sonrisa que al revés de las que vemos en muchos rostros humanos no encerraba ironía más que hacia su misma persona y para nosotros era como el besar de unos ojos que no pueden mirar a una persona querida sin acariciarla apasionadamente cosas son ésas como el suplicio que mi tía infligía a mi abuela como el espectáculo de las vanas súplicas de ésta y de su debilidad de carácter ya rendida antes de luchar para quitar a mi abuelo su vaso de licor a las que nos acostumbramos más tarde hasta el punto de llegar a presenciarlas con risa y a ponernos de parte del perseguidor para persuadirnos a nosotros mismos de que no hay tal persecución pero entonces me inspiraban tal horror que de buena gana hubiera pegado a mi tía pero yo en cuanto oía la frase «matilde ven y no dejes a tu marido que beba coñac» sintiéndome ya hombre por lo cobarde hacía lo que hacemos todos cuando somos mayores y presenciamos dolores e injusticias no quería verlo y me subía a llorar a lo más alto de la casa junto al tejado a una habitacioncita que estaba al lado de la sala de estudio que olía a lirio y que estaba aromada además por el perfume de un grosellero que crecía afuera entre las piedras del muro y que introducía una rama por la entreabierta ventana este cuarto que estaba destinado a un uso más especial y vulgar y desde el cual se dominaba durante el día claro hasta el torreón de roussainville-le-pin me sirvió de refugio mucho tiempo sin duda por ser el único donde podía encerrarme con llave para aquellas de mis ocupaciones que exigían una soledad inviolable la lectura el ensueño el llanto y la voluptuosidad lo que yo ignoraba entonces es que mi falta de voluntad mi frágil salud y la incertidumbre que ambas cosas proyectaban sobre mi porvenir contribuían en mayor y más dolorosa proporción que las infracciones de régimen de su marido a las preocupaciones que ocupaban a mi abuela durante las incesantes deambulaciones de por la tarde o por la noche cuando la veíamos pasar y repasar alzado un poco oblicuamente hacia el cielo aquel hermoso rostro suyo de mejillas morenas y surcadas por unas arrugas que al ir haciéndose vieja habían tomado un tono malva como las labores en tiempo de otoño librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 11

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arrugas cruzadas si tenía que salir por las rayas de un velillo a medio alzar y en las que siempre se estaba secando una lágrima involuntaria caída entre aquellos surcos por causa del frío o de un pensamiento penoso al subir a acostarme mi único consuelo era que mamá habría de venir a darme un beso cuando ya estuviera yo en la cama pero duraba tan poco aquella despedida y volvía mamá a marcharse tan pronto que aquel momento en que la oía subir cuando se sentía por el pasillo de doble puerta el leve roce de su traje de jardín de muselina blanca con cordoncitos colgantes de paja trenzada era para mí un momento doloroso porque anunciaba el instante que vendría después cuando me dejara solo y volviera abajo y por eso llegué a desear que ese adiós con que yo estaba tan encariñado viniera lo más tarde posible y que se prolongara aquel espacio de tregua que precedía a la llegada de mamá muchas veces cuando ya me había dado un beso e iba a abrir la puerta para marcharse quería llamarla decirle que me diera otro beso pero ya sabía que pondría cara de enfado porque aquella concesión que mamá hacía a mi tristeza y a mi inquietud subiendo a decirme adiós molestaba a mi padre a quien parecían absurdos estos ritos y lo que ella hubiera deseado es hacerme perder esa costumbre muy al contrario de dejarme tomar esa otra nueva de pedirle un beso cuando ya estaba en la puerta y el verla enfadada destrozaba toda la calma que un momento antes me traía al inclinar sobre mi lecho su rostro lleno de cariño ofreciéndomelo como una ostia para una comunión de paz en la que mis labios saborearían su presencia real y la posibilidad de dormir pero aun eran buenas esas noches cuando mamá se estaba en mi cuarto tan poco rato por comparación con otras en que había invitados a cenar y mamá no podía subir por lo general el invitado era el señor swann que aparte de los forasteros de paso era la única visita que teníamos en combray unas noches para cenar en su calidad de vecino con menos frecuencia desde que había hecho aquella mala boda porque mis padres no querían recibir a su mujer y otras después de cenar sin previo aviso algunas noches cuando estábamos sentados delante de la casa alrededor de la mesa de hierro cobijados por el viejo castaño oíamos al extremo del jardín no el cascabel chillón y profuso que regaba y aturdía a su paso con un ruido ferruginoso helado e inagotable a cualquier persona de casa que le pusiera en movimiento al entrar sin llamar sino el doble tintineo tímido oval y dorado de la campanilla que anunciaba a los de fuera y en seguida todo el mundo se preguntaba «una visita ¿quién será?» aunque sabíamos muy bien que no podía ser nadie más que el señor swann mi tía hablando en voz librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 12

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alta para predicar con el ejemplo y tono que quería ser natural nos decía que no cuchicheáramos así que no hay nada más descortés que eso para el que llega porque se figura que están hablando de algo que él no debe oír y mandábamos a la descubierta a mi abuela contenta siempre de tener un pretexto para dar otra vuelta por el jardín y que de paso se aprovechaba para arrancar subrepticiamente algunos rodrigones de rosales con objeto de que las rosas tuvieran un aspecto más natural igual que la madre que con sus dedos ahueca la cabellera de su hijo porque el peluquero dejara el peinado liso por demás nos quedamos todos pendientes de las noticias del enemigo que la abuela nos iba a traer como si dudáramos entre un gran número de posibles asaltantes y en seguida mi abuelo decía «me parece la voz de swann» en efecto sólo por la voz se lo reconocía no se veía bien su rostro de nariz repulgada ojos verdes y elevada frente rodeada de cabellos casi rojos porque en el jardín teníamos la menos luz posible para no atraer los mosquitos y yo iba como el que no hace nada a decir que trajeran los refrescos cosa muy importante a los ojos de mi abuela que consideraba mucho más amable que los refrescos estuvieran allí como por costumbre y no de modo excepcional y para las visitas tan sólo el señor swann aunque mucho más joven tenía mucha amistad con mi abuelo que había sido uno de los mejores amigos de su padre hombre éste según decían excelente pero muy raro y que a veces por una nadería atajaba bruscamente los impulsos de su corazón o desviaba el curso de su pensamiento yo había oído contar a mi abuelo en la mesa varias veces al año las mismas anécdotas sobre la actitud del señor swann padre a la muerte de su esposa a quien había asistido en su enfermedad de día y de noche mi abuelo que no lo había visto hacía mucho tiempo corrió a su lado a la posesión que tenían los swann al lado de combray y con objeto de que no estuviera delante en el momento de poner el cadáver en el ataúd logró mi abuelo sacar al señor swann de la cámara mortuoria todo lloroso anduvieron un poco por el jardín donde había algo de sol y de pronto el señor swann agarrando a mi abuelo por el brazo exclamó «¡ah amigo mío qué gusto da pasearse juntos con este tiempo tan hermoso ¿qué no es bonito todo esto los árboles los espinos el estanque por cierto que no me ha dicho usted si le agrada mi estanque ¡qué cara tan mustia tiene usted y de este airecito que corre ¿qué me dice nada nada amigo mío digan lo que quieran hay muchas cosas buenas en la vida» de pronto volvía el recuerdo de su muerta y pareciéndole sin duda cosa harto complicada el averiguar cómo había podido dejarse llevar en semejantes instantes por librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 13

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un impulso de alegría se contentaba con recurrir a un ademán que le era familiar cada vez que se le presentaba una cuestión ardua pasarse la mano por la frente y secarse los ojos y los cristales de los lentes no pudo consolarse de la pérdida de su mujer pero en los dos años que la sobrevivió decía a mi abuelo «¡qué cosa tan rara pienso muy a menudo en mi pobre mujer pero mucho mucho de una vez no puedo pensar en ella» y «a menudo pero poquito de una vez como el pobre swann» pasó a ser una de las frases favoritas de mi abuelo que la decía a propósito de muy distintas cosas y hubiera tenido por un monstruo a aquel padre de swann si mi abuelo que yo estimaba como mejor juez y cuyo fallo al formar jurisprudencia para mí me ha servido luego muchas veces para absolver faltas que yo me hubiera inclinado a condenar no hubiera gritado «pero ¿cómo ¡si era un corazón de oro!» durante muchos años y a pesar de que el señor swann iba con mucha frecuencia sobre todo antes de casarse a ver a mis abuelos y a mi tía en combray no sospecharon los de casa que swann ya no vivía en el mismo medio social en que viviera su familia y que bajo aquella especie de incógnito que entre nosotros le prestaba el nombre de swann recibían .con la misma perfecta inocencia de un honrado hostelero que tuviera en su casa sin saberlo a un bandido célebre a uno de los más elegantes socios del jockey club amigo favorito del conde de parís y del príncipe de gales y uno de los hombres más mimados en la alta sociedad del barrio de saint-germain nuestra ignorancia de esa brillante vida mundana que swann hacía se basaba sin duda en parte en la reserva y discreción de su carácter pero también en la idea un tanto india que los burgueses de entonces se formaban de la sociedad considerándola como constituida por castas cerradas en donde cada cual desde el instante de su nacimiento encontrábase colocado en el mismo rango que ocupaban sus padres de donde nada como no fueran el azar de una carrera excepcional o de un matrimonio inesperado podría sacarle a uno para introducirle en una casta superior el señor swann padre era agente de cambio el «chico swann» debía pues formar parte para toda su vida de una casta en la cual las fortunas lo mismo que en una determinada categoría de contribuyentes variaban entre tal y tal cantidad de renta era cosa sabida con qué gente se trataba su padre así que se sabía también con quién se trataba el hijo y cuáles eran las personas con quienes «podía rozarse» y si tenía otros amigos serían amistades de juventud de esas ante las cuales los amigos viejos de su casa como lo eran mis abuelos cerraban benévolamente los ojos tanto más cuanto que a pesar de estar ya huérfano seguía librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 14

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viniendo a vernos con toda fidelidad pero podría apostarse que esos amigos suyos que nosotros no conocíamos swann no se hubiera atrevido a saludarlos si se los hubiera encontrado yendo con nosotros y si alguien se hubiera empeñado en aplicar a swann un coeficiente social que lo distinguiera entre los demás hijos de agentes de cambio deposición igual a la de sus padres dicho coeficiente no hubiera sido de los más altos porque swann hombre de hábitos sencillos y que siempre tuvo «chifladura» por las antigüedades y los cuadros vivía ahora en un viejo palacio donde iba amontonando sus colecciones y que mi abuela estaba soñando con visitar pero situado en el muelle de orleáns en un barrio en el que era denigrante habitar según mi tía « ¿pero entiende usted algo de eso se lo pregunto por su propio interés porque me parece que los comerciantes de cuadros le deben meter muchos mamarrachos» le decía mi tía no creía ella que swann tuviera competencia alguna en estas cosas y es más no se formaba una gran idea desde el punto de vista intelectual de un hombre que en la conversación evitaba los temas serios y mostraba una precisión muy prosaica no sólo cuando nos daba recetas de cocina entrando en los más mínimos detalles sino también cuando las hermanas de mi abuela hablaban de temas artísticos invitado por ellas a dar su opinión o a expresar su admiración hacia un cuadro guardaba un silencio que era casi descortesía y en cambio se desquitaba si le era posible dar una indicación material sobre el museo en que se hallaba o la fecha en que fue pintado pero por lo general contentábase con procurar distraernos contándonos cada vez una cosa nueva que le había sucedido con alguien escogido de entre las personas que nosotros conocíamos con el boticario de combray con nuestra cocinera o nuestro cochero y es verdad que estos relatos hacían reír a mi tía pero sin que acertara a discernir si era por el papel ridículo con que swann se presentaba así propio en estos cuentos o por el ingenio con que los contaba y le decía «verdaderamente es usted un tipo único señor swann» y como era la única persona un poco vulgar de la familia nuestra cuidábase mucho de hacer notar a las personas de fuera cuando de swann se hablaba que de quererlo podría vivir en el bulevar haussmann o en la avenida de la Ópera que era hijo del señor swann del que debió heredar cuatro o cinco millones pero que aquello del muelle de orléans era un capricho suyo capricho que ella miraba como una cosa tan divertida para los demás que en parís cuando el señor swann iba el día primero de año a llevarle su saquito de marrons glaces nunca dejaba de decirle si había gente «¿qué swann sigue usted viviendo junto a los depósitos de vino para no librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 15

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perder el tren si tiene que ir camino de lyón?» y miraba a los otros visitantes con el rabillo del ojo por encima de su lente pero si hubieran dicho a mi tía que ese swann .que como tal swann hijo estaba perfectamente «calificado» para entrar en los salones de toda la «burguesía» de los notarios y procuradores más estimados privilegio que él abandonaba a la rama femenina de su familia hacía una vida enteramente distinta como a escondidas y que al salir de nuestra casa en parís después de decirnos que iba a acostarse volvía sobre sus pasos apenas doblaba la esquina para dirigirse a una reunión de tal calidad que nunca fuera dado contemplarla a los ojos de ningún agente de cambio ni de socio de agente mi tía hubiera tenido una sorpresa tan grande como pudiera serlo la de una dama más leída al pensar que era amiga personal de aristeo y que aristeo después de hablar con ella iba a hundirse en lo hondo de los reinos de tetis en un imperio oculto a los ojos de los mortales y en donde según virgilio le reciben a brazos abiertos o .para servirnos de una imagen que era más probable que acudiera a la mente de mi tía porque la había visto pintada en los platitos para dulces de combray que había tenido a cenar á alí babá ese alí babá que cuando se sepa solo entrará en una caverna resplandeciente de tesoros nunca imaginados un día en que estando en parís vino de visita después de cenar excusándose porque iba de frac francisca nos comunicó cuando swann se hubo marchado que según le había dicho su cochero había cenado «en casa de una princesa» mi tía contestó encogiéndose de hombros y sin alzar los ojos de su labor «sí en casa de una princesa de cierta clase de mujeres habrá sido» así que mi tía lo trataba de un modo altanero como creía que nuestras invitaciones debían ser para él motivo de halago le parecía muy natural que nunca fuera a vernos cuando era verano sin llevar en la mano un cestito de albaricoques o frambuesas de su jardín y que de cada viaje que hacía a italia me trajera fotografías de obras de arte célebres no teníamos escrúpulo en mandarlo llamar en cuanto se necesitaba una receta de salsa gribiche o de ensalada de piña para comidas de etiqueta a las cuales no se lo invitaba por considerar que no tenía prestigio suficiente para presentarle a personas de fuera que iban a casa por primera vez si la conversación recaía sobre los príncipes de la casa de francia mi tía hablaba de ellos diciendo «personas que ni usted ni yo conoceremos nunca ni falta que nos hace ¿verdad?» y se dirigía a swann que quizá tenía en el bolsillo una carta de twickenham y le mandaba correr al piano y volver la hoja las noches en que cantaba la hermana de mi abuela mostrando para manejar a este librodot en busca del tiempo perdido i marcel proust 16

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