Osservatore Romano 2552

 

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Osservatore Romano 2552

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO Año L, número 5 (2.552) EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano 2 de febrero de 2018 Abrir el corazón porque en él Dios mismo habla

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 2 de febrero de 2018, número 5 En el Ángelus la oración por Afganistán golpeado por atentados terroristas Jesús nos libera de toda esclavitud El silencio conmovedor de la oración por las víctimas de los atentados de estos días en Afganistán y la alegría contagiosa de los jóvenes de Acción Católica de Roma caracterizaron el encuentro del Papa con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro a mediodía del 28 de enero. Antes de la oración del Ángelus, el Pontífice comentó el Evangelio del domingo. ¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días! El Evangelio de este domingo (cf. Marcos 1, 2128) forma parte de la narración más amplia conocida como la «jornada de Cafarnaún». En el centro del pasaje de hoy está el evento del exorcismo, a través del cual Jesús es presentado como profeta poderoso en palabras y en obras. Él entra en la sinagoga de Cafarnaún en sábado y se pone a enseñar; las personas permanecen sorprendidas por sus palabras, porque no son palabras comunes, no se parecen a lo que escuchan normalmente. Los escribas, de hecho, enseñan pero sin tener una autoridad propia. Y Jesús enseña con autoridad. Jesús, sin embargo, enseña como uno que tiene autoridad, revelándose así como el Enviado de Dios, y no como un simple hombre que debe fundar la propia enseñanza solo sobre las tradiciones precedentes. Jesús tiene una autoridad plena. Su doctrina es nueva y el Evangelio dice que la gente comentaba: «Una doctrina nueva, expuesta con autoridad» (v. 27). Al mismo tiempo, Jesús se revela poderoso también en las obras. En la sinagoga de Cafarnaún hay un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se manifiesta gritando estas palabras: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios» (v. 24). El diablo dice la verdad: Jesús ha venido para destruir al diablo, para destruir al demonio, para vencerlo. Este espíritu inmundo conoce el poder de Jesús y proclama también la santidad. Jesús lo grita, diciéndole: «Cállate y sale de él» (v. 25). Estas pocas palabras de Jesús bastan para obtener la victoria de Satanás, el cual sale de ese hombre «agitándole violentamente», dice el Evangelio (v. 26). Este hecho impresiona mucho a los presentes; todos se quedaron pasmados y se preguntan: «¿Qué es esto? […] Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen» (v. 27). El poder de Jesús confirma la autoridad de su enseñanza. Él no pronuncia solo palabras, sino que actúa. Así manifiesta el proyecto de Dios con las palabras y con el poder de las obras. En el Evangelio, de hecho, vemos que Jesús, en su misión terrena, revela el amor de Dios tanto con la predicación como con innumerables gestos de atención y socorro a los enfermos, a los necesitados, a los niños, a los pecadores. Jesús es nuestro Maestro, poderoso en palabras y obras. Jesús nos comunica toda la luz que ilumina las calles, a veces oscuras, de nuestra existencia; nos comunica también la fuerza necesaria para superar las dificultades, las pruebas, las tentaciones. ¡Pensemos en la gran gracia que es para nosotros haber conocido a este Dios tan poderoso y bueno! Un maestro y un amigo, que nos indica el camino y nos cuida, especialmente cuando lo necesitamos. Que la Virgen María, mujer de escucha, nos ayude a hacer silencio alrededor y dentro de nosotros, para escuchar, en el estruendo de los mensajes del mundo, la palabra con más autoridad que hay: la de su Hijo Jesús, que anuncia el sentido de nuestra existencia y nos libera de toda esclavitud, también de la del Maligno. Al finalizar el rezo del ángelus, el Papa lanzó un llamamiento por Afganistán, recordó la Jornada mundial de los enfermos de lepra, y saludo a la ACR de Roma con ocasión de la Caravana de la paz anual, que concluyó con el lanzamiento de globos de colores desde la ventana del Palacio apostólico. Queridos hermanos y hermanas: Ayer llegó desde Afganistán la dolorosa noticia de la terrible masacre terrorista que se produjo en la capital Kabul, con más de cien muertos y numerosos heridos. Hace pocos días, otro atentado, también en Kabul, sembró terror y muerte en un gran hotel. ¿Hasta cuándo el pueblo afgano deberá soportar esta violencia deshumana? Recemos en silencio por todas las víctimas y por sus familias; y recemos por cuantos, en ese país, siguen trabajando para construir la paz. Se celebra hoy la Jornada mundial de los enfermos de lepra. Esta enfermedad lamentablemente golpea todavía sobre todo a las personas más desfavorecidas y más pobres. A estos hermanos y hermanas aseguramos nuestra cercanía y solidaridad; y rezamos también por aquellos que les asisten y trabajan por su reinserción en la sociedad. Saludo a las familias, las parroquias, las asociaciones y todos los que han venido de Italia y de tantas partes del mundo. En particular a los estudiantes de Badajoz (España), los fieles de Liubliana (Eslovenia) y los de Venecia y Veglie. ¡Con gran afecto saludo a los chicos y las chicas de Ac- ción Católica de la diócesis de Roma! Espero que también haciendo ruido sepáis hacer cosas buenas ¿no? Queridos jóvenes, también este año, acompañados del arzobispo vicario, de vuestros padres y educadores y de los sacerdotes asistentes, habéis venido en gran número al finalizar la «Caravana de la Paz». Os doy las gracias por esta iniciativa. ¡Muchas gracias! ¡No os canséis de ser instrumento de paz y de alegría entre vuestros compañeros! Escuchemos ahora todos el mensaje que vuestros amigos, aquí junto a mí, nos leerán. Después de la lectura del mensaje el Papa se dirigió a los dos niños que estaban con él: «Gracias, gracias. ¡Quedaos aquí. Saludad, saluda, saluda. Sin miedo!» Y ahora, junto a nuestras oraciones por la paz, cada uno de nosotros en su corazón rece por la paz. ¡Junto a estas oraciones subirán al cielo los globos! Finalmente, después del lanzamiento de los globos Francisco concluyó: ¿Habéis visto estos globos? Cuando nosotros rezamos mal, cuando llevamos una vida que no es la vida que Jesús quiere, nuestras oraciones no llegan y por eso debe venir una ayuda para hacerlas subir. Cuando vosotros sentís que vuestras oraciones no suben, buscad ayuda de alguien. A todos deseo un feliz domingo. Por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto! L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va www.osservatoreromano.va GIOVANNI MARIA VIAN director TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE L’OSSERVATORE ROMANO Giuseppe Fiorentino don Sergio Pellini S.D.B. director general subdirector Silvina Pérez Servicio fotográfico photo@ossrom.va jefe de la edición Publicidad: Il Sole 24 Ore S.p.A. Redacción System Comunicazione Pubblicitaria via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano Via Monte Rosa 91, 20149 Milano teléfono 39 06 698 99410 segreteriadirezionesystem@ilsole24ore.com Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. 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número 5, viernes 2 de febrero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 A la plenaria de la Congregación para la Doctrina de la fe Con verdad y misericordia junto al hombre El hombre de hoy no debe ser abandonado a sí mismo sino guiado «con verdad y misericordia» para «reencontrar su rostro auténtico en el bien». Esta es la misión «eminentemente pastoral» que el Papa confió a los participantes de la plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recibidos en audiencia el viernes por la mañana, 26 de enero, en la Sala Clementina. Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas: Me complace poder encontrarles al finalizar la sesión plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Doy las gracias al prefecto por su introducción con la que ha resumido las líneas más importantes de vuestro trabajo en estos últimos dos años. Expreso mi aprecio por vuestro delicado servicio, que responde a la particular unión de vuestro dicasterio con el ministerio del sucesor de Pedro, el cual está llamado a confirmar a los hermanos en la fe y a la Iglesia en la unidad. Os doy las gracias por vuestro compromiso cotidiano de apoyo al magisterio de los obispos, en la tutela de la recta fe y de la santidad de los sacramentos, en todas las varias cuestiones que hoy requieren un discernimiento pastoral importante, como en el examen de los casos relativos a los graviora delicta y de las peticiones de disolución del vínculo matrimonial in favorem fidei. Todas estas tareas resultan aún más actuales frente al horizonte, cada vez más fluido y variable, que caracteriza la autocomprensión del hombre de hoy y que influye no poco en sus elecciones existenciales y éticas. El hombre de hoy no sabe quién es y, por tanto, le cuesta reconocer cómo actuar bien. En este sentido, parece decisiva la tarea de vuestra Congregación al recordar la vocación trascendente del hombre y la insepa- rable conexión de su razón con la verdad y el bien, al que introduce la fe en Jesucristo. Nada como el abrirse de la razón a la luz que viene de Dios ayuda al hombre a conocerse a sí mismo y el diseño de Dios en el mundo. Aprecio, por tanto, el estudio iniciado por vosotros respecto a algunos aspectos de la salvación cristiana, al fin de reafirmar el significado de la redención, en referencia a las actuales tendencias neo-pelagianas y neognósticas. Tales tendencias son expresiones de un individualismo que se fía de las propias fuerzas para salvarse. Nosotros, sin embargo, creemos que la salvación consiste en la comunión con Cristo resucitado que, gracias al don de su Espíritu, nos ha introducido en un nuevo orden de relaciones con el Padre y entre los hombres. Así podemos unirnos al Padre como hijos en el Hijo y convertirnos en un solo cuerpo en Aquel que es «primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8, 29). Cómo no mencionar, después, los estudios que estáis llevando adelante sobre las implicaciones éticas de una adecuada antropología también en el campo económico-financiero. Solo una visión del hombre como persona, es decir como sujeto esencialmente relacional y connotado de una peculiar y amplia racionalidad, es capaz de actuar en conformidad con el orden objetivo de la moral. El Magisterio de la Iglesia siempre ha confirmado con claridad, al respecto, que «la actividad económica debe ejercerse siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral» (Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, 64). Durante esta Sesión Plenaria habéis profundizado también algunas cuestiones delicadas sobre el acompañamiento de los enfermos terminales. Al respecto, el proceso de secularización, radicalizando los conceptos de autodeterminación y de autonomía, conllevó en muchos países un crecimiento de la petición de eutanasia como afirmación ideológica de la voluntad de poder del hombre sobre la vida. Esto ha llevado también a considerar la interrupción voluntaria de la existencia humana como una elección de «civilización». Está claro que allí donde la vida vale no por su dignidad, sino por su eficacia y por su productividad, todo se hace posible. En este escenario es necesario reiterar que la vida humana, desde la concepción hasta su final natural, posee una dignidad que la hace intangible. El dolor, el sufrimiento, el sentido de la vida y de la muerte son realidades que a la mentalidad contemporánea le cuesta afrontar con una mirada llena de esperanza. Y también, sin una esperanza fiable que le ayude a afrontar también el dolor y la muerte, el hombre no logra vivir bien y conservar una perspectiva confiada delante de su futuro. Este es uno de los servicios que la Iglesia está llamada a hacer al hombre contemporáneo. En este sentido, vuestra misión asume un rostro eminentemente pastoral. Son auténticos pastores aquellos que no abandonan al hombre a sí mismo, ni lo dejan preso de su desorientación y de sus errores, sino que con verdad y misericordia lo llevan a reencontrar su rostro auténtico en el bien. Auténticamente pastoral es, por tanto, cada acción dirigida a tomar de la mano al hombre, cuando este ha perdido el sentido de su dignidad y de su destino, para conducirlo con confianza y descubrir la paternidad amorosa de Dios, su destino bueno y las vías para construir un mundo más humano. Esta es la gran tarea que le corresponde a vuestra Congregación y a cualquier otra institución pastoral en la Iglesia. En la certeza de vuestra dedicación a este importante servicio, que es desde siempre el camino maestro de la Iglesia, os renuevo mi gratitud y expreso a todos vosotros mi cercanía, impartiendo de corazón la bendición apostólica.

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página 4 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 2 de febrero de 2018, número 5 A la Academia pontificia de Teología Cómo comunicar el Evangelio en nuevos contextos La invitación a ser «lugar de confrontación y diálogo para la comunicación del Evangelio en contextos siempre nuevos» fue dirigida por Francisco a los miembros de la Academia pontificia de Teología, recibidos en audiencia el viernes por la mañana, 26 de enero, en la Sala de Consistorio. Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas: E stoy contento de acogeros y agradezco al presidente por las palabras que me ha dirigido. La celebración de un aniversario siempre es un momento de alegría, de acción de gracias por lo sucedido en el pasado y, al mismo tiempo, un compromiso por el futuro. Esto sirve también para la Pontificia Academia Teológica, que celebra este año tres siglos de institución, iniciada el 23 de abril de 1718 con Breve, por parte del Papa Clemente XI. Tres siglos de vida constituyen una meta significativa, pero no deben ser la ocasión ni para mirar de forma narcisista a sí mismos ni para girarse de manera nostálgica al pasado. Sobre todo, representan el estímulo para una renovada conciencia de la propia identidad y para un relanzamiento de la propia misión en la Iglesia. La Pontificia Academia de Teología ha conocido, en su historia, varios cambios de estructura y de organización para ir al encuentro siempre de nuevos desafíos de los diversos contextos sociales y eclesiales en los que se encuentra trabajando. De hecho, nace en las intenciones del cardenal Cosimo de’ Girolami, como lugar de formación teológica de los eclesiásticos en un momento en el que las demás instituciones resultaban carentes e inadecuadas para tal objetivo. Pero cuando el cambio de la situación histórica y cultural ya no pedía tal tarea, la Academia asumió la fisionomía —que todavía posee— de un grupo de estudiosos llamados a indagar y profundizar en temas teológicos de particular relevancia. Al mismo tiempo, se delineó, en la composición del cuerpo de los miembros, ese equilibrio entre miembros operantes en la Urbe y los operantes fuera de ella, que distingue todavía la peculiar dimensión católica e internacional de la institución. Más allá de los varios cambios, hay un elemento constante que caracteriza a la Academia: estar al servicio de la Iglesia con el intento de promover, estimular y apoyar en sus varias formas la inteligencia de la fe en el Dios revelado en Cristo: fiel al magisterio de la Iglesia y abierta a las instancias y a los desafíos de la cultura, se pone como lugar de confrontación y diálogo para la comunicación del Evangelio en contextos siempre nuevos, dejándose estimular por las urgencias que llegan desde la humanidad que sufre para ofrecer la contribución de un pensamiento creyente, encarnado y solidario: también el Forum sobre la creación que es- táis actualmente teniendo os empuja precisamente en esta dirección. Después hay otro aspecto que desde su origen ha caracterizado a vuestra Academia: se trata del vínculo con las demás instituciones universitarias y educativas romanas, comenzando por la antigua Universidad «La Sapienza», continuando con las Escuelas del Seminario Romano, hasta aquellas que después se convertirán en las Pontificias Universidades de la Urbe. Los continuos contactos, en una relación de intercambio recíproco cultural, con estas instituciones y con muchas congregaciones religiosas a las que han pertenecido y pertenecen sus miembros, se han asegurado de que la Pontificia Academia de Teología no sea considerada una entidad aislada, sino que ha desarrollado su propio papel dentro de una trama de relaciones de las que se enriquecen todos los interlocutores. Mirando a ese pasado, la Academia está llamada todavía hoy a acoger la propia identidad no con una perspectiva autoreferencial, sino como promotora de un encuentro entre teología, filosofía y ciencias humanas, con el fin de que la buena semilla del Evangelio lleve fruto al vasto campo del saber. La neceisidad de una cada vez más estrecha colaboración entre instituciones universitarias eclesiásticas romanas requiere que la Academia Teológica no se separe, sino que se pueda colocar en un diálogo fructífero con cada una de ellas para favorecer un trabajo común, coordinado y compartido. Con estas perspectivas para el futuro, y asegurándoos mi oración y mi cercanía, os imparto la Bendición Apostólica. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Cura innovadora para la leucemia «M anipular genéticamente las células del sistema inmunitario para hacerlas capaces de reconocer y atacar el tumor». Eso es lo que han hecho los médicos e investigadores del Hospital pediátrico Bambino Gesù de Roma, conocido como el hospital del Papa, con un niño de 4 años, que padece leucemia linfoblástica aguda, que no respondía a las terapias convencionales. Así lo indica el propio hospital, que además explica que se trata del primer paciente italiano curado con este tratamiento revolucionario dentro de un estudio académico, promovido por el ministerio de Salud, Región Lazio y AIRC. «A un mes de la infusión de las células reprogramadas en los laboratorios del centro, el pequeño paciente está bien y fue dado de alta: en la médula ya no hay células leucémicas». La técnica de manipulación de las células del sistema inmunitario del paciente entra dentro del ámbi- to de la llamada terapia génica o inmunoterapia, una de las estrategias más innovadoras y prometedoras en la investigación contra el cáncer. Los médicos e investigadores del Bambino Gesù han modificado genéticamente las células que intervienen en la res- puesta inmunitaria del organismo, mediante el uso de un receptor quimérico compuesto por diferentes anticuerpos, que es capaz de reconocer y atacar las células tumorales presentes en la sangre y en la médula hasta eliminarlas completamente.

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número 5, viernes 2 de febrero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 En Santa María Mayor Donde la Madre es de casa el diablo no entra Después de casi cinco meses de restauración, la Salus populi Romani fue solemnemente recolocada en su lugar en la capilla paulina de la basílica papal de Santa María Mayor. La colocación tuvo lugar durante la fiesta del traslado del icono, el domingo por la mañana, 28 de enero, al finalizar la concelebración eucarística presidida por el Pontífice. Llevada a hombros, al canto de «Iré a verla un día», la imagen fue recolocada en la sede original, donde se encontraba desde 1613. Nos reunimos aquí, como Pueblo de Dios en camino, deteniéndonos en el templo de la Madre. La presencia de la Madre convierte este templo en una casa familiar para nosotros los hijos. Junto a generaciones y generaciones de romanos, reconocemos en esta casa materna nuestra casa, la casa donde recobramos fuerzas, encontramos consuelo, protección, refugio. El pueblo cristiano comprendió desde el inicio que en las dificultades y en las pruebas es necesario acudir a la Madre, como indica la antífona mariana más antigua: Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Buscamos refugio. Nuestros Padres en la fe enseñaron que en los momentos turbulentos es necesario ponerse bajo el manto de la Santa Madre de Dios. En el pasado, los perseguidos y los necesitados buscaban refugio en las mujeres de la nobleza: cuando su manto, que se consideraba inviolable, se extendía como signo de acogida, la protección era concedida. Del mismo modo nos sucede a nosotros en relación a la Virgen, la mujer de mayor rango del género humano. Su manto está siempre abierto para acogernos y congregarnos. Nos lo recuerda bien el Oriente cristiano, donde muchos festejan la Protección de la Madre de Dios, que está representada en un precioso icono en el que, con su manto, protege a los hijos y cubre el mundo entero. También los monjes antiguos aconsejaban refugiarse en las pruebas bajo el manto de la Santa Madre de Dios: invocarla —«Santa Madre de Dios»— era ya garantía de protección y ayuda, y esta oración repetida: «Santa Madre de Dios», «Santa Madre de Dios»… Y sólo así. Esta sabiduría que viene de lejos nos ayuda: la Madre custodia la fe, protege las relaciones, salva en las dificultades y preserva del mal. Allí donde la Virgen es de casa el diablo no entra. Donde la Virgen es de casa el diablo no entra. Donde está la Madre la turbación no prevalece, el miedo no vence. ¿Quién de nosotros no tiene necesidad de esto? ¿Quién de nosotros no ha estado alguna vez turbado o inquieto? ¿Cuántas veces el corazón es como un mar tempestuoso, donde las olas de los problemas se suceden y los vientos de las preocupaciones no dejan de soplar? María es el arca segura en medio del diluvio. No serán las ideas o la tec- nología lo que nos dará consuelo y esperanza, sino el rostro de la Madre, sus manos que acarician la vida, su manto que nos protege. Aprendamos a encontrar refugio, yendo cada día a la Madre. No deseches nuestras súplicas, continúa la antífona. Cuando nosotros le suplicamos, María suplica por nosotros. Hay un bonito título en griego que dice esto: Grigorusa, es decir «aquella que intercede prontamente». Y este prontamente es lo que usa Lucas en el Evangelio para decir cómo fue María a visitar a Isabel: rápido, inmediatamente. Intercede velozmente, no se demora, como hemos escuchado en el Evange- lio, donde presenta inmediatamente a Jesús la necesidad concreta de aquella gente: «No tienen vino» (Jn 2, 3), nada más. Así actúa cada vez, si la invocamos: cuando nos falta la esperanza, cuando escasea la alegría, cuando se agotan las fuerzas, cuando se oscurece la estrella de la vida, la Madre interviene. Está atenta a las fatigas, sensible a los desasosiegos —los desasosiegos de la vida—, cercana al corazón. Y jamás desprecia nuestras oraciones; no deja sin atender ni tan siquiera una. Es Madre, no se avergüenza nunca de nosotros, antes bien desea solamente poder ayudar a sus hijos. Un episodio puede ayudarnos a comprender esto. Junto a la cama de un hospital una madre velaba a su propio hijo, que sufría después de un accidente. Aquella madre estaba siempre allí, día y noche. Una vez se lamentó con el sacerdote, diciendo: «A nosotras las madres el Señor no nos ha permitido una cosa». «¿Qué?», preguntó el sacerdote. «Tomar el dolor de los hijos», respondió la mujer. He aquí el corazón de madre: no se avergüenza de las heridas, de las debilidades de los hijos, sino que quisiera tomarlas consigo. Y la Madre de Dios y nuestra sabe tomar consigo, consolar, velar y sanar. Continúa la antífona, líbranos de todo peligro. El Señor mismo sabe que necesitamos refugio y protección en medio de tantos peligros. Por esto, en el momento más álgido, en la cruz, dijo al discípulo amado, a todo discípulo: «Ahí tienes a tu Madre» (Jn 19, 27). La Madre no es algo op- cional, no es opcional, es el testamento de Cristo. Y nosotros tenemos necesidad de ella como un caminante del descanso, como un niño de ser llevado en brazos. Es un gran peligro para la fe vivir sin Madre, sin protección, dejándonos llevar por la vida como las hojas por el viento. El Señor lo sabe y nos recomienda acoger a la Madre. No son buenos modales espirituales, sino es una exigencia de vida. Amarla no es poesía, es saber vivir. Porque sin Madre no podemos ser hijos. Y nosotros, ante todo, somos hijos, hijos amados, que tienen a Dios por Padre y a la Virgen por Madre. El Concilio Vaticano II enseña que María es «signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo peregrinante de Dios» (Const. Lumen gentium, VIII, V). Es signo, es el signo que Dios nos ha dado. Si no lo seguimos, nos salimos del camino, porque hay unas señales en la vida espiritual que deben ser respetadas. Estas nos indican a nosotros que todavía peregrinamos y nos hallamos «en peligros y ansiedad» (ibíd., 62), la Madre, que ya ha llegado a la meta. ¿Quién mejor que ella puede acompañarnos en el camino? ¿Qué esperamos? Como el discípulo que bajo la cruz acogió a la Madre con él, «como algo propio», dice el Evangelio (Jn 19, 27), también nosotros desde esta casa materna invitamos a María a nuestra casa, a nuestro corazón, a nuestra vida. No podemos permanecer indiferentes o apartados de la Madre, porque perderíamos nuestra identidad de hijos y nuestra identidad de pueblo, y vi- viríamos un cristianismo hecho de ideas, de programas, sin confianza, sin ternura, sin corazón. Pero sin corazón no hay amor y la fe corre el riesgo de convertirse en una bonita fábula de otros tiempos. La Madre, en cambio, custodia y prepara a los hijos. Los ama y los protege, para que amen y protejan el mundo. Hagamos que la Madre sea el huésped de nuestra vida cotidiana, la presencia constante en nuestra casa, nuestro refugio seguro. Encomendémosle cada día. Invoquémosla en cada dificultad. Y no nos olvidemos de volver a ella para darle gracias. Ahora viéndola, apenas salida del hospital, contemplémosla con ternura y saludémosla como la saludaron los cristianos de Éfeso. Todos juntos, por tres veces: «Santa Madre de Dios». Todos juntos: «Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios».

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número 5, viernes 2 de febrero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO Constitución apostólica «Veritatis gaudium» ARTURO LÓPEZ «L a alegría de la verdad —Veritatis gaudium— manifiesta el deseo vehemente que deja inquieto el corazón del hombre hasta que encuentre, habite y comparta con todos la Luz de Dios», son las palabras iniciales tomadas de las Confesiones de san Agustín, con las que el Pontífice inicia esta nueva Constitutción apostólica que trata sobre las Universidades y las facultades eclesiásticas, y que entrará en vigor el primer día del año académico 2018-2019. La siguiente cita es del Concilio Vaticano II, una clara continuidad con el pensamiento del magisterio que respecto a las Universidades y facultades eclesiásticas tiene como precentes el Decreto Optatm totius del 28 de octubre de 1965 y la constitución apostólica Sapientia christiana del 15 de abril de 1979. Las líneas de este nuevo documento corresponden a la motivación de mostrar que es Cristo quien manifiesta al hombre al propio hombre, haciéndole descubrir la grandeza de su vocación. Así, en este contexto «el vasto y multiforme sistema de los estudios eclesiásticos ha florecido a lo largo de los siglos gracias a la sabiduría del Pueblo de Dios, que el Espíritu Santo guía a través del diálogo y discernimiento de los signos de los tiempos y de las diferentes expresiones culturales» y dicho sistema, continúa el Papa, «está unido estrechamente a la misión evangelizadora de la Iglesia y, más aún, brota de su misma identidad, que está consagrada totalmente a promover el crecimiento auténtico e integral de la familia humana hasta su plenitud definitiva en Dios», Tanto en la Optatam totius, como en la Sapientia christiana, «se promovió y se perfeccionó aún más el compromiso de la Iglesia en favor de las Facultades y las Universidades Eclesiásticas», afirma Francisco, «contribuyendo así a la labor de evangelización». En esta Constitución, el Papa apremia que «es urgente y necesaria una oportuna revisión y actualización de dicha Constitución Apostólica [Sapientia christiana] en fidelidad al espíritu y a las directrices del Vaticano II». Como Francisco ya afirmó en el videomensaje a la Pontificia universidad de Argentina en septiembre de 2015, hay que «buscar superar este divorcio entre teología y pastoral, entre fe y vida, ha sido precisamente uno de los principales aportes del Concilio Vaticano II, continuando así el trabajo de actualización que viene de Pabo VI, al estado actual de los estudios teológicos». Se trata, se lee en la Constitución, «de una renovación de los estudios eclesiásticos» hacia una «transformación misionera de una Iglesia “en salida”,» una reforma hacia la construcción de «una especie de laboratorio cultural providencial, en el que la Iglesia se ejercita en la interpretación de la performance de la realidad que brota del acontecimiento de Jesucristo y que se alimenta de los dones de la Sabiduría y de Ciencia». El Papa se pregunta, «¿cuáles deben ser los criterios fundamentales con vistas a una renovación y a un relanzamiento de la aportación de los estudios eclesiásticos a una Iglesia en salida misionera?». A continuación establece cuatro criterios fundamentales: «la contemplación y la introducción espiritual, intelectual y existencial en el corazón del kerygma, es decir, la siempre nueva y fascinante buena noticia del Evangelio de Jesús»; «el diálogo a todos los niveles, no como una mera actitud táctica, sino como una exigencia intrínseca para experimentar comunitariamente la alegría de la Verdad y para profundizar su significado y sus implicaciones prácticas»; «la inter- y la trans-disciplinariedad ejercidas con sabiduría y creatividad a la luz de la Revelación»; y «la necesidad urgente de “crear redes” entre las distintas instituciones que, en cualquier parte del mundo, cultiven y promuevan los estudios eclesiásticos». Sólo así, escribe el Papa, se activan «las oportunas sinergias también con las instituciones académicas de los distintos países y con las que se inspiran en las diferentes tradiciones culturales y religiosas». Solo así será posible «establecer centros especializados de investigación que promuevan el estudio de los problemas de alcance histórico que repercuten en la humanidad de hoy, y propongan pistas de resolución apropiadas y objetivas», observa Francisco. Se lee, además, que «es indispensable la creación de nuevos y cualificados centros de investigación en los que estudiosos procedentes de diversas convicciones religiosas y de diferentes competencias científicas puedan interactuar con responsable libertad y transparencia recíproca» en favor de un diálogo entre ellas orientado «al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad». En el cuerpo del documento se establecen la naturaleza y finalidad de las Universidades y Facultades Eclesiásticas de su gobierno. Así como del profesorado, los alumnos, los títulos y grados académicos; se establece lo concerniente a la parte administrativa. Después se pasa reseña de las diversas facultades: teología, derecho canónico, filosofía y la posibilidad de aceptar otras que sigan la normativa expuesta en el documento. Foto superior: Encuentro del Papa con estudiantes durante su visita apostólica a la Universidad de Bolonia (Italia) el 1 de octubre de 2017 Foto inferior: Portada de la Constitución apostólica «Veritatis gaudium» (Ansa/Giuseppe Lami) páginas 6/7 Presentación de «La alegría de la verdad» Indica «los criterios de fondo para una renovación y un relanzamiento de la contribución de los estudios eclesiásticos en una Iglesia misionera “en salida”» la nueva constitución apostólica Veritatis gaudium emanada del Papa Francisco el 8 de diciembre de 2017, el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II, y presentada el lunes 29 de enero en la Sala de Prensa de la Santa Sede. Fue el cardenal Giuseppe Versaldi, prefecto de la Congregación para la educación católica quien ilustró el contenido del documento pontificio, cuyo «amplio proemio» está «inspirado en la Evangelii gaudium». Por su parte, el arzobispo secretario Angelo Vincenzo Zani se detuvo en las novedades introducidas por la Veritatis gaudium: «Algunas tienen que ver con los cursos de estudio y sus respectivos títulos, otras con las figuras de los docentes y de quien cubre los papeles de responsabilidad, otras con los aspectos institucionales», explicó deteniéndose en particular sobre las más significativas respecto a la constitución apostólica de 1979. La primera novedad «se refiere a las características y tareas» del AVEPRO, otra a las convenciones bilaterales y multilaterales, otra a «la enseñanza a distancia, solicitada por muchas partes». Además se «presentó un artículo, el número 32, sobre el fenómeno difuso de los refugiados». El prelado también proporcionó datos relativos a las instituciones que componen el sistema de estudios superiores de la Santa Sede, en el que los estudiantes son 64.500 y los docentes 12.000: «Las facultades eclesiásticas —dijo— son 289 y las instituciones ligadas (es decir, afiliadas, agregadas e incorporadas) son 503, para un total de 792 institutos. Tenemos 28 ateneos y universidades, en las cuales hay más facultades, de estas, 160 son de teología, 49 de filosofía, 32 de derecho canónico y 40 de otras disciplinas». Por último, monseñor Piero Coda, director del Instituto universitario Sophia ofreció una relectura teológica del documento a la luz del magisterio del Papa Francisco.

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página 8 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 2 de febrero de 2018, número 5 Edificio de piedras vivas Durante la visita a la basílica de Santa Sofía se rezó por la paz En la tarde del domingo 28 de enero el Papa visitó la basílica de Santa Sofía en vía Boccea para reunirse con la comunidad grego-católica de los ucranianos residentes en Roma. Estas son las palabras que les dirigió. B eatitud, querido hermano Sviatoslav, queridos obispos, sacerdotes, hermanos y hermanas, os saludo cordialmente, feliz de estar con vosotros. Os doy las gracias por vuestra acogida y por la fidelidad de siempre, fidelidad a Dios y al sucesor de Pedro, que no pocas veces ha sido pagada a caro precio. Entrando en este lugar sagrado he tenido la alegría de mirar vuestros rostros, escuchar vuestros cantos. Si estamos aquí, reunidos en comunión fraterna, debemos dar gracias también por muchos rostros que ahora ya no vemos, pero que han sido un reflejo de la mirada de amor de Dios sobre nosotros. Pienso en particular en tres figuras: la primera es el cardenal Slipyj, del que en el año que acaba de terminar se ha recordado el 125 aniversario del nacimiento. Ha querido y edificado esta luminosa basílica, para que resplandeciera como signo profético de libertad en los años en los que a tantos lugares de culto el acceso estaba prohibido. Pero con los sufrimientos padecidos y ofrecidos al Señor contribuyó a construir otro templo, incluso más grande y bonito, el edificio de piedras vivas que sois vosotros (cfr 1 Pedro 2, 5). Una segunda figura es la del obispo Chmil, muerto hace cuarenta años y aquí enterrado: una persona que me hizo mucho bien. Es indeleble en mí el recuerdo de cuando, de joven —tenía doce años— asistía a su misa; él me ha enseñado a servir en la misa, a leer vuestro alfabeto, a responder a las diferentes partes...; de él he aprendido, en este servicio a la misa —tres veces a la semana lo hacía—, la belleza de vuestra liturgia; de sus historias, el vivo testimonio de cuánto la fe ha sido probada y forzada en medio de las terribles persecuciones ateas del siglo pasado. Estoy muy agradecido a él y a vuestros numerosos «héroes de la fe»: aquellos que, como Jesús, han sembrado en el camino de la cruz, generando una cosecha fecunda. Porque la verdadera victoria cristiana está siempre en el signo de la cruz, nuestro estandarte de esperanza. Y la tercera persona que quisiera recordar es el cardenal Husar. Fuimos creados cardenales el mismo día. Él no ha sido solo «padre y jefe» de vuestra Iglesia, sino guía y hermano mayor de muchos; usted, querida beatitud, lo lleva en el corazón, y muchos conservarán para siempre el afecto, la gentileza, la presencia vigilante y orante hasta el final. Ciego, pero veía más allá. Estos testigos del pasado estuvieron abiertos al futuro de Dios y por eso dan esperanza al presente. Varios entre vosotros han tenido quizá la gracia de conocerlos. Cuando atraveséis el umbral de este templo, recordad, haced memoria de los padres y de las madres en la fe, porque son los pilares que nos sostienen: los que nos han enseñado el Evangelio con la vida todavía nos orientan y nos acompañan en el camino. El arzobispo mayor ha hablado de las madres, de las abuelas ucranianas, que transmiten la fe, han transmiti- do la fe, con valentía; han bautizado a los hijos, a los nietos, con valentía. Y también hoy, [es grande] el bien —y esto lo digo porque lo conozco— el bien que estas mujeres hacen aquí en Roma, en Italia, cuidando a los niños, o como cuidadoras: transmiten la fe en las familias, algunas veces tibias en la experiencia de fe... Pero vosotros tenéis una fe valiente. Y me viene a la memoria la lectura del pasado viernes, cuando Pablo le dice a Timoteo: «Tu madre y tu abuela». Detrás de cada uno de vosotros hay una madre, una abuela que ha transmitido la fe. Las abuelas ucranianas son heroicas, de verdad. ¡Damos gracias al Señor! En el camino de vuestra comunidad romana la referencia estable es esta retórica. Junto a las comunidades greco-católicas ucranianas de todo el mundo, habéis expresado bien vuestro programa pastoral en una frase: «La parroquia viviente es el lugar de encuentro con el Cristo viviente». Dos palabras que quisiera subrayar. La primera es encuentro. La Iglesia es encuentro, es el lugar donde sanar la soledad, donde vencer la tentación de aislarse y de cerrarse, donde sacar la fuerza para superar los pliegues hacia uno mismo. La comunidad es entonces el lugar donde compartir las alegrías y los cansancios, donde llevar los pesos del corazón, las insatisfacciones de la vida y la nostalgia de casa. Aquí Dios os espera para hacer cada vez más segura vuestra esperanza, porque cuando se encuentra al Señor todo es atravesado por su esperanza. Os deseo que siempre saquéis de aquí el pan para el camino de cada día, el consuelo del corazón, la sanación de las heridas. La segunda palabra es viviente. Jesús es el viviente, ha resucitado y está vivo y así lo encontramos en la Iglesia, en la Liturgia, en la Palabra. Toda comunidad suya, entonces, no puede hacer otra cosa que perfumar vida. La parroquia no es un museo de recuerdos del pasado o un símbolo de presencia en el territorio, sino que es el corazón de la misión de la Iglesia, donde se recibe y se comparte la vida nueva, esa vida que vence el pecado, la muerte, la tristeza, toda tristeza, y mantiene joven el corazón. Si la fe nace del encuentro y habla a la vida, el tesoro que habéis recibido de vuestros padres será bien custodiado. Así sabréis ofrecer los bienes inestimables de vuestra tradición también a las jóvenes generaciones, que acogen la fe sobre todo cuando perciben la Iglesia cercana y vivaz. Los jóvenes necesitan percibir esto: que la Iglesia no es un museo, que la Iglesia no es un sepulcro, que Dios no es una cosa allí... no, que la Iglesia está viva, que la Iglesia da vida y que Dios es Jesucristo en medio de la Iglesia, es Cristo viviente. Quisiera también dirigir un pensamiento de reconocimiento a las muchas mujeres —he hablado un poco de esto improvisando, me repito— que en vuestras comunidades son apóstoles de caridad y de fe. Sois valiosas y lleváis a muchas familias italianas el anuncio de Dios en el mejor de los modos, cuando con vuestro servicio cuidáis a las personas a través de una presencia atenta y no invasiva. Esto es muy importante: no invasiva..., [hecha de] testimonio... Y entonces [hace decir]: «Esta mujer es buena...»; y la fe viene, es transmitida la fe. Os invito a considerar vuestro trabajo, cansado y a menudo poco gratificante, no solo como un trabajo, sino como una misión: sois puntos de referencia en la vida de tantos ancianos, las hermanas que les hacen sentir que no están solos. Lleváis el consuelo y la ternura de Dios a quien, en la vida, se dispone a prepararse al encuentro con él. Es un gran ministerio de proximidad y de cercanía, agradable a Dios, por el que os doy las gracias. Y vosotros, que hacéis este trabajo de cuidadoras de ancianos, veis que ellos fallecen, y quizá les olvidáis, porque viene otro, y otro... Sí, recordad los nombres... Pero serán ellos los que os abran la puerta, allí arriba, serán ellos. Comprendo que, mientras estáis aquí, el corazón late por vuestro país, y late no solo de afecto, sino también de angustia, sobre todo por el flagelo de la guerra y por las dificultades económicas. Estoy aquí para deciros que estoy cerca de vosotros: cerca con el corazón, cerca con la oración, cerca cuando celebro la eucaristía. Allí suplico al Príncipe de la Paz para que se callen las armas. Le pido también que no tengáis más necesidad de realizar grandes sacrificios para mantener a vuestros seres queridos. Rezo para que en los corazones de cada uno no se apague nunca la esperanza, sino que se renueve la valentía de ir adelante, de recomenzar siempre. Os doy las gracias, en nombre de toda la Iglesia, mientras que a todos vosotros y a las personas que lleváis en el corazón doy mi bendición. Y os pido por favor que no os olvidéis de rezar por mí. Y quisiera también hacer una confidencia, deciros un secreto. Por la noche, antes de ir a la cama, y por la mañana, cuando me levanto siempre «me encuentro con los ucranianos». ¿Por qué? Porque cuando vuestro arzobispo mayor vino a Argentina, cuando le vi yo pensé que quizá era un «monaguillo» de la Iglesia ucraniana: ¡pero era el arzobispo! Hizo un buen trabajo en Argentina. Nos encontrábamos juntos, bastante a menudo. Después, un día fue al Sínodo y volvió arzobispo mayor, para despedirse. El día en el que se despidió, me regaló un icono bellísimo —así, la mitad [dobla por la mitad los folios que tiene en la mano para mostrar la dimensión]— de la Virgen de la ternura. Y yo en Buenos Aires la llevé a mi habitación, y cada noche la saludaba, y por la mañana también, una costumbre. Después me tocó a mí hacer el viaje a Roma y no poder volver —¡él pudo volver, yo no!—. Y pedí que me trajeran tres libros del breviario que no había traído, y las cosas más esenciales, y esa Virgen de la ternura. Y cada noche, antes de ir a la cama, beso a la Virgen de la ternura que me regaló vuestro arzobispo mayor, y por la mañana también, la saludo. Así puedo decir que empiezo el día y lo termino «en ucraniano». Y ahora os invito a rezar a la Virgen y os daré la bendición, que quisiera dar junto a vuestro arzobispo.

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número 5, viernes 2 de febrero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 9 El Papa Francisco a los voluntarios de la Cruz Roja italiana Contra la indiferencia Dirigiéndose a siete mil voluntarios de la Cruz Roja italiana recibidos en audiencia el sábado 27 de enero en el Aula Pablo VI, el Papa Francisco les propuso como modelo la figura evangélica del Buen Samaritano. Y allí invitó «a hacerse promotores de una mentalidad enraizada en el valor de cada ser humano y de una praxis que ponga en el centro de la vida social no los intereses económicos, sino el cuidado de las personas». Queridos hermanos y hermanas. Os doy la bienvenida y doy las gracias al presidente por sus amables palabras. Estas me han permitido también repensar en el nacimiento de vuestro movimiento, en la inspiración que os sostiene y los objetivos que os proponéis. La Cruz Roja desarrolla en toda Italia y en el mundo un servicio insustituible, valioso tanto por la obra que materialmente cumple, como por el espíritu con el que lo cumple, que contribuye a difundir una mentalidad nueva, más abierta, más solidaria. Vuestra acción, además, merece todavía más la gratitud de todo ciudadano porque se realiza en las más diversas situaciones, teniendo que hacer frente a cansancios y peligros de distinto tipo. Es así en el caso de la asistencia prestada a las víctimas de los terremotos y de otros desastres naturales, que alivia la prueba de las poblaciones golpeadas, representando un signo de la cercanía de todo el pueblo italiano. De igual valor es el compromiso que ponéis en el socorro de los migrantes durante el arduo recorrido por el mar, y al recibir a los que desembarcan y esperan ser acogidos e integrados. La mano que les tendéis y que ellos aferran es un signo elevado, que se traduciría así: «No te ayudo solo en este instante, para sacarte del mar y ponerte a salvo, sino que te aseguro que estaré y me tomaré en serio tu futuro». Por eso, vuestra presencia junto a los inmigrantes representa un signo profético, tan necesario en nuestro tiempo. He dicho la palabra «signo profético»: el profeta —por decirlo en una lengua que todos entendamos— el profeta es el que «abofetea»; con su modo de vivir, con el servicio que hace y las palabras... «abofetea»: despierta, da verdaderas bofetadas al egoísmo social, al egoísmo de las sociedades. ¡Y hace despertar lo mejor que hay en el corazón! Pero da la bofetada con la palabra y con el testimonio, ¡no con la mano! La misión del voluntario, llamado a arrodillarse ante quien se encuentre en necesidad y a prestarle la ayuda de forma amorosa y desinteresada, recuerda la figura evangélica del Buen Samaritano (cf. Lucas 10, 25-37). Es una palabra de Jesús cuya riqueza inagotable nos ofrece una preciosa luz sobre vuestra acción y sobre los valores aprobados en vuestro Estatuto. El primero de los principios fundamentales que el Estatuto afirma es el de «humanidad», que lleva a «prevenir y aliviar en cualquier lugar el sufrimiento humano» (Art 1.3). La «humanidad», en virtud de la cual os hacéis cargo de los sufrimientos de tantas personas, es la misma que empuja al Buen Samaritano a arrodillarse ante el hombre herido y tendido en el suelo. Él siente compasión y se hace su prójimo: sin compasión, se mantendría en la distancia, y el hombre que tropezó con los bandidos permanecería para él un sujeto sin rostro. ¡Cuántos son, también en nuestro mundo, los niños, los ancianos, las mujeres y los hombres cuyo rostro no es reconocido como único e irrepetible, y que permanecen invisibles porque están escondidos en el cono de la sombra de la indiferencia! Esto impide ver al otro, oír el reclamo y percibir los sufrimientos. La cultura del descarte —tan actual hoy— es una cultura anónima, sin lazos y sin rostros. Esta cuida solo de algunos, excluyendo a tantos otros. Afirmar el principio de humanidad significa entonces hacerse promotores de una mentalidad enraizada en el valor de cada ser humano y de una praxis que ponga en el centro de la vida social no los intereses económicos, sino el cuidado de las personas. No el dinero en el centro, no: ¡las personas! El segundo principio afirmado en el Estatuto es la «imparcialidad», que lleva a no basar la propia acción en «ninguna distinción de nacionalidad, raza, credo religioso, clase u opinión política». Esta tiene como consecuencia la «neutralidad» —el tercer principio— por el que el movimiento no toma partido por ninguna de las partes en los conflictos y en las controversias políticas, raciales o religiosas. Este criterio de acción contrasta la tendencia, hoy lamentablemente tan difundida, de distinguir quién merece atención y socorro de quién, al contrario, no sea digno. Pero vosotros tenéis una política: esta es vuestra política. ¿Y cuál es vuestro partido político? El presidente lo ha dicho: vosotros sois del partido político de los más necesitados, de esos que lo necesitan más. El Samaritano del Evangelio actúa con imparcialidad: él no interroga al hombre tendido en el suelo, antes de ayudarlo, para saber cuáles eran su procedencia, su fe, o para entender si había sido golpeado con razón o por error. No. El Buen Samaritano no somete al hombre herido a ningún examen de prevención, no lo juzga y no subordina su ayuda a prerrogativas morales, ni tampoco religiosas. Simplemente, cura sus heridas y después lo encomienda a una posada, haciéndose cargo sobre todo de sus necesidades materiales, que no pueden ser pospuestas. El Samaritano actúa, paga en persona —como me gusta decir que el diablo entra por el bolsillo, así también las virtudes salen por los bolsillos: paga para ayudar al otro—, el Samaritano ama. Detrás de su figura se encuentra la del propio Jesús, que se ha arrodillado ante la humanidad y sobre cada uno de aquellos que ha querido llamar hermanos, sin hacer distinción ninguna, sino ofreciendo su salvación a cada ser humano. La Cruz Roja italiana comparte los principios de humanidad, imparcialidad y neutralidad con el movimiento internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja que, recogiendo 190 movimientos nacionales, constituye una red internacional necesaria para coordinar y «globalizar» las ayudas, para hacer que promuevan «la comprensión recíproca, la amistad, la cooperación y la paz duradera entre los pueblos» (cf. Estatuto, 1, 3). Que estas palabras sean siempre el sentido de vuestra misión: la construcción de una recíproca comprensión entre las personas y los pueblos, y el nacimiento de una paz duradera, que pueda fundarse solo sobre un estilo de cooperación, de incentivar cada ámbito humano y social, y sentimientos de amistad. Quien, de hecho, mira a los otros con las gafas de la amistad y no con las gafas de la competición o del conflicto, se hace constructor de un mundo más vivible y humano. Y no quisiera terminar sin unas palabras a aquellos de vosotros que, en el ejercicio de la misión de ayuda, han perdido la vida. Perdonadme: no la han perdido, no, no la han perdido: ¡la han donado! Son vuestros mártires, son vuestros mártires. Y Jesús nos dice que no hay amor más grande que el que da la vida por los otros; vosotros tenéis estos entre vosotros. Que ellos nos inspiren, os inspiren, os ayuden, os protejan desde el cielo. Y pidamos que el Espíritu del Resucitado, que es Espíritu de amor y de paz, nos enseñe este camino y nos ayude a realizarlo. Pido por esto sobre todos vosotros la bendición de Dios —Dios Padre de todos nosotros, Padre de todas las confesiones— y la invoco en particular por los que han perdido la vida cumpliendo su servicio y por sus seres queridos. Me encomiendo también yo a vuestras oraciones. Gracias.

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página 10 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 2 de febrero de 2018, número 5 En la Rota romana para la inauguración del año judicial El cuidado de la conciencia cristiana Una reflexión «sobre la centralidad de la conciencia» fue propuesta por el Papa a los participantes de la audiencia al Tribunal de la Rota romana, que se desarrolló el lunes 29 de enero, por la mañana en la Sala Clementina, con ocasión de la inauguración del año judicial. Queridos prelados auditores: Os saludo cordialmente, comenzando por el decano, a quien agradezco sus palabras. Junto con vosotros, saludo a los funcionarios, a los abogados y a todos los colaboradores del Tribunal Apostólico de la Rota romana. Os deseo lo mejor para el año judicial que hoy inauguramos. Hoy quisiera reflexionar con vosotros sobre un aspecto significativo de vuestro servicio judicial, es decir, sobre la centralidad de la conciencia, que es al mismo tiempo la de cada uno de vosotros y la de las personas de cuyos casos os ocupáis. De hecho, vuestra actividad se expresa también como ministerio de la paz de las conciencias y pide ser ejercitada en toda conciencia, como bien expresa la fórmula con la que se emanan vuestras sentencias ad consulendum conscientiae o ut consulatur conscientiae. Con respecto a la declaración de nulidad o validez del vínculo matrimonial, os colocáis, de alguna manera, como expertos en la conciencia de los fieles cristianos. En este papel, estáis llamados a invocar incesantemente la ayuda divina para llevar a cabo con humildad y mesura la grave tarea confiada a la Iglesia, manifestando así la conexión entre la certeza moral, que el juez debe alcanzar ex actis et probatis, y el ámbito de su conciencia, conocido únicamente por el Espíritu Santo y asistido por Él. De hecho, gracias a la luz del Espíritu, se os permite entrar en el área sagrada de la conciencia de los fieles. Es significativo que la antigua oración del Adsumus, que se proclamaba al comienzo de cada sesión del Concilio Vaticano II, se rece con tanta frecuencia en vuestro Tribunal. El ámbito de la conciencia ha sido muy importante para los Padres de los dos últimos Sínodos de los obispos, y ha resonado de manera significativa en la exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia. Esto se deriva de la toma de conciencia del Sucesor de Pedro y de los padres sinodales sobre la urgente ne- cesidad de escuchar, por parte de los pastores de la Iglesia, las instancias y las expectativas de aquellos fieles cuya conciencia se ha vuelto muda y ausente durante muchos años y después han sido ayudados por Dios y por la vida a recuperar algo de luz, dirigiéndose a la Iglesia para tener la paz de sus conciencias. La conciencia asume un papel decisivo en las decisiones arduas que los novios deben afrontar para acoger y construir la unión conyugal y después la familia, según el diseño de Dios. La Iglesia, madre tierna, ut consulatur conscientiae de los fieles necesitados de verdad, ha notado la necesidad de invitar a cuantos trabajan en la pastoral matrimonial y familiar a una renovada sensibilización a la hora de ayudar a construir y cuidar el santuario íntimo de sus conciencias cristianas. En este sentido, me gusta destacar que en los dos documentos en forma de motu proprio, emanados de la reforma del procedimiento matrimonial, he exhortado a instituir la encuesta pastoral diocesana para que el proceso fuera no solamente más diligente, sino también más justo, en el debido conocimiento de las causas y motivos que están en los orígenes del fracaso matrimonial. Por otro lado, en la exhortación apostólica Amoris laetitia, se indicaban itinerarios pastorales para ayudar a los novios a entrar sin temor en el discernimiento y la consiguiente elección del estado futuro de vida conyugal y familiar, y se describía en los primeros cinco capítulos la extraordinaria riqueza de la alianza conyugal diseñada por Dios en las Escrituras y vivida por la Iglesia en el curso de la historia. Es, cuanto menos, necesaria una continua experiencia de fe, esperanza y caridad, para que los jóvenes vuelvan a decidir, con conciencia segura y serena que la unión conyugal abierta al don de los hijos es alegría grande para Dios, para la Iglesia, para la humanidad. El camino sinodal de reflexión sobre el matrimonio y la la familia y la sucesiva exhorta- ción apostólica Amoris laetitia han tenido un recorrido y un objetivo obligados: cómo salvar a los jóvenes del bullicio y del ruido ensordecedor de lo efímero, que les lleva a renunciar a asumir compromisos estables y positivos y por el bien individual y colectivo. Un condicionamiento que silencia la voz de su libertad, de esa célula íntima —la conciencia, de hecho— que Dios solo ilumina y abre a la vida, si se le permite entrar. ¡Qué valiosa y urgente es la acción pastoral de toda la Iglesia por la recuperación, la salvaguardia, la custodia de una conciencia cristiana, iluminada por los valores evangélicos! Será una empresa larga y no fácil, que requiere a los obispos y sacerdotes un trabajo incansable para iluminar, defender y sostener la conciencia cristiana de nuestro pueblo. La voz sinodal de los Padres obispos y la sucesiva exhortación apostólica Amoris laetitia han asegurado así un punto primordial: la relación necesaria entre la regula fidei, es decir, la fidelidad de la Iglesia al magisterio intocable sobre el matrimonio, así como sobre la Eucaristía, y la atención urgente de la Iglesia misma a los procesos psicológicos y religiosos de todas las personas llamadas a la elección del matrimonio y la familia. Recogiendo los deseos de los padres sinodales, ya he tenido ocasión de recomendar el esfuerzo de un catecumenado matrimonial, entendido como itinerario indispensable de los jóvenes y de las parejas destinado a hacer revivir su conciencia cristiana, sostenida por la gracia de los dos sacramentos, el bautismo y el matrimonio. Como he reafirmado otras veces, el catecumenado es en sí único, en cuanto bautismal, es decir, radicado en el bautismo y al mismo tiempo en la vida necesita el carácter permanente, siendo permanente la gracia del sacramento matrimonial, que precisamente porque la gracia es fruto del misterio, cuya riqueza no puede ser custodiada y asistida en la conciencia de los cónyuges como individuos y como pareja. Se trata, en realidad, de figuras peculiares de ese incesante cura animarum que es la razón de ser de la Iglesia, y de nosotros pastores en primer lugar. Sin embargo, el cuidado de las conciencias no puede ser un com- promiso exclusivo de los pastores, sino , con diferentes responsabilidades y modalidades, es la misión de todos, ministros y fieles bautizados. El beato Pablo VI exhortaba a la «fidelidad absoluta para salvaguardar la regula fidei» (Enseñanzas XV [1977], 663), que ilumina la conciencia y no puede ser ofuscada o disgregada. Para hacer esto —dice Pablo VI— «hay que evitar los extremismos opuestos, tanto por parte de los que apelan a la tradición para justificar su desobediencia al supremo Magisterio y al Concilio ecuménico, como por parte de aquellos que se desenraizan del humus eclesial corrompiendo la doctrina verdadera de la Iglesia; ambas actitudes son un signo de subjetivismo indebido y tal vez inconsciente, cuando no desafortunadamente de obstinación, de testarudez, de desequilibrio; posturas que hieren en el corazón a la Iglesia, Madre y Maestra» (Enseñanzas XIV [1976], 500). La fe es luz que ilumina no solo el presente sino también el futuro: el matrimonio y la familia son el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Por lo tanto, es necesario promover un estado de catecumenado permanente para que la conciencia de los bautizados esté abierta a la luz del Espíritu. La intención sacramental nunca es el resultado de un automatismo, sino siempre de una conciencia iluminada por la fe, como resultado de una combinación de lo humano y lo divino. En este sentido, se puede decir que la unión conyugal es verdadera solo si la intención humana de los cónyuges está orientada según lo que desean Cristo y la Iglesia. Para hacer cada vez más conscientes de ello a los futuros esposos es necesaria la aportación, además que de los obispos y sacerdotes, de otras personas involucradas en la pastoral, religiosos y fieles laicos corresponsables en la misión de la Iglesia. Estimados jueces de la Rota romana, la estrecha conexión entre la esfera de la conciencia y la de los procesos matrimoniales de los que os ocupáis diariamente requiere que se evite que el ejercicio de la justicia se reduzca a un mero trabajo burocrático. Si los tribunales eclesiásticos cayeran en esta tentación, traicionarían la conciencia cristiana. Por eso, en el procedimiento del processus brevior, he establecido no solo que el papel de vigilancia del obispo diocesano sea más evidente, sino también que él mismo, juez nativo en la Iglesia que le fue confiada, juzgue en primera instancia los posibles casos de nulidad matrimonial. Debemos impedir que la conciencia de los fieles en dificultad con respecto a su matrimonio se cierre a un camino de gracia. Este objetivo se logra mediante el acompañamiento pastoral, el discernimiento de las conciencias (véase la exhortación apostólica Amoris Laetitia, 242) y con el trabajo de nuestros tribunales. Este trabajo debe llevarse a cabo con sabiduría y en la búsqueda de la verdad: solo de esta manera la declaración de nulidad produce una liberación de las conciencias. Renuevo mi gratitud a cada uno por el bien que hacéis al pueblo de Dios, sirviendo a la justicia. Invoco la asistencia divina en vuestro trabajo y os imparto de todo corazón la bendición apostólica.

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número 5, viernes 2 de febrero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 Del individualismo a los constructores de catedrales FERNANDO CHICA ARELLANO* Las palabras del Papa Francisco al Cuerpo Diplomático del pasado 8 de enero han descrito, como es habitual, la agenda política de la Santa Sede para el nuevo año, señalando las prioridades y las directrices de la acción diplomática. Del texto se deduce con evidencia un fil rouge que sigue orientando la acción internacional: el interés por las generaciones futuras y por quien hoy no tiene voz. La imagen de la construcción de la catedral es tal vez la mejor metáfora para interpretar la necesidad de un compromiso que supere el hic et nunc pero que sea capaz de «cultivar el mismo espíritu de servicio y solidaridad intergeneracional, y así ser un signo de esperanza para nuestro mundo atribulado». Hace ya tres años que se lograron definir en las Naciones Unidas los objetivos que tratan de dar voz al menos a la próxima generación, en un momento histórico donde la solución de emergencias perennes parece orientar las acciones de gobierno. La Agenda 2030 unida al histórico Acuerdo de París, con todos los límites derivados de textos que surgen como fruto de una negociación entre más de 190 países, testimonia el compromiso de la Comunidad Internacional para preservar la creación «tanto para nuestro bien como para el bien de los demás seres humanos» (Bartolomé I, Mensaje para la Jornada de oración para la salvaguardia de la creación. 1 de septiembre de 1997). Este compromiso se hace realidad cuando se cumplen dos requisitos: ante todo la comprensión de la dimensión de la fraternidad y de la pertenencia común a la familia humana que asume en el contexto histórico contemporáneo, caracterizado por una interconexión e interdependencia que hasta hace pocos años eran inimaginables, un valor añadido precisamente porque confiere a cada uno la posibilidad real, según los propios «talentos», de contribuir concretamente a la solución de problemáticas globales. Otro elemento es la sostenibilidad considerada como atención al futuro, cuya esperanza inspiradora no es la creencia en el progreso eterno, sino la visión de una vida correctamente encauzada en los límites de la naturaleza. Así, la sostenibilidad cristianamente entendida cambia radicalmente la concepción de la vida, siendo que ya no se funda en la idea de un mejoramiento continuo y en el hecho de que la humanidad pueda crear una sociedad perfecta en la tierra, sino en todo lo contrario: en la conciencia existencial de los límites humanos, que puede transformarse en esperanza si todos reconocemos que la vida es un don y que dependemos de la existencia de una comunidad humana. Parafraseando un conocido proverbio africano, «nosotros no heredamos la tierra de nuestros padres, sino que la tomamos prestada de nuestros hijos». Partiendo de este último elemento se deduce la urgente necesidad de sacudir las conciencias y mostrar cómo es posible redescubrir una convivencia capaz de superar el individualismo generalizado. Lo que puede parecer un simple ejercicio retórico, puede transformarse en un elemento concreto de nuestra cotidianidad si tratamos de responder a la pregunta que Su Santidad nos plantea en la Laudato Si’: «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (n. 160). De esta pregunta, por su natural sencillez, brota una extraordinaria toma de conciencia de la realidad y se introduce un concepto de sostenibilidad del desarrollo que no se debe malinterpretar como un mero modelo ecológico. Ciertamente, una definición éticamente apropiada de sostenibilidad incluye una dimensión ecológica, pero abarca también una dimensión vinculada a la justicia y al concepto de una «buena vida», entendida desde un punto de vista social y cultural. Sin esta referencia a los objetivos y a los intereses de la sociedad, la sostenibilidad se convierte en un concepto vacío, ya que ecología y biología son ciencias descriptivas que no están capacitadas para juzgar entre el bien y el mal. El ethos de la espiritualidad cristiana basada en la Creación se encuentra en san Francisco de Asís, a través de una ética teológica que no es simplemente natural, sino que representa un modelo ético de sostenibilidad, en el cual el dogma del progreso económico ilimitado es sustituido por un concepto de desarrollo integral y el éxito económico se mide a través del modo con el cual se reacciona a los ritmos de la naturaleza. A esto se suman los principios sociales de la Iglesia: el reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos, su centralidad en los procesos económicos, sociales y culturales, la importancia de los principios de solidaridad y subsidiariedad, sin los cuales la sostenibilidad se convertiría en un concepto ético muy hermoso, pero sin incidencia en la realidad cotidiana y política. Estamos en los inicios de un nuevo año lleno de desafíos, conflictos y problemáticas que necesitan respuestas articuladas, elaboradas durante un largo período y que prevén un compromiso a todos los niveles: internacional, nacional, local e incluso individual. Este compromiso se convierte en la búsqueda de un desarrollo sostenible para nuestra sociedad, que debe abarcar todas las dimensiones de la sostenibilidad misma: social, económica, ambiental, temporal. Porque incluso esta última dimensión no debe quedar en el olvido. Si es verdad que somos todos miembros de la familia humana, es también verdad que formamos parte de una historia común. Por lo tanto, es necesario extrapolar este compromiso del hic et nunc y proyectarlo en un discurso intergeneracional, como hacían los constructores de catedrales con sus hijos y con los hijos de sus hijos. *Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA Contra el virus de la indiferencia «No me canso de repetir que la indiferencia es un virus que infecta peligrosamente nuestros tiempos, tiempos en los que estamos cada vez más conectados con los demás, pero cada vez menos atentos a los demás», lo dijo el Papa Francisco durante la audiencia a los participantes de una conferencia dedicada a la lucha contra el antisemitismo y contra los crímenes conectados al odio antisemita, que se celebró el lunes 29 de enero, en la Sala del Consistorio. El Pontífice recordó que el enemigo a combatir en la lucha contra el antisemitismo no es el odio, sino la indiferencia, que se encuentra en la raíz del problema, «porque es la indiferencia la que paraliza e impide hacer lo que es justo incluso cuando se sabe que es justo». Llamó también a la responsabilidad de los Estados, instituciones e individuos en la lucha contra el antisemitismo y los crímenes relacionados con el odio antisemita «Me gustaría subrayar una palabra: responsabilidad. Ser responsable significa ser capaces de responder. No se trata solo de analizar las causas de la violencia y de rechazar su lógica perversa, sino de estar listos y activos para responder ante ella». Y sugirió una vacuna eficaz para atacar al virus de la indiferencia: la memoria. «Para recuperar nuestra humanidad, para recuperar una comprensión humana de la realidad y superar tantas formas deplorables de apatía hacia el prójimo, necesitamos esta memoria, esta capacidad de involucrarnos juntos en recordar», dijo, y destacó la importancia de la memoria como «la clave para acceder al futuro, y es nuestra responsabilidad entregarla dignamente a las jóvenes generaciones». También ofreció una observación para construir nuestra historia «que será juntos o no será»: «necesitamos una memoria común, viva y confiada, que no quede atrapada en el resentimiento, sino que, aunque atravesada por la noche del dolor, se abra a la esperanza de un nuevo amanecer». El Papa resaltó también la importancia de la colectividad y una enseñanza que deberíamos obtener de un mundo globalizado: «ninguno de nosotros es una isla y nadie tendrá un futuro de paz sin un porvenir digno para todos». Y al respecto explicó que la Iglesia quiere tender la mano, recordar y caminar juntos, «consciente del patrimonio común con los judíos, e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos». En su discurso, Francisco también recordó su visita en 2016 al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, donde fueron asesinadas más de un millón de personas, de origen judío la mayoría y rememoró el «silencio ensordecedor» que percibió allí. «Un silencio inquietante, que deja espacio solamente a las lágrimas, a la oración y a la petición de perdón», añadió. Finalizó con un llamamiento urgente a educar a los jóvenes «para que se involucren activamente en la lucha contra odios y discriminaciones, pero también para superar las contradicciones del pasado y para no cansarse nunca de buscar al otro».

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página 12 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 2 de febrero de 2018, número 5 En la Audiencia general el Papa habla de la escucha de la sagrada Escritura en la misa Para recibir la palabra en el corazón A la importancia de la «Liturgia de la Palabra» como «diálogo entre Dios y su pueblo» el Papa Francisco dedicó la Audiencia general del miércoles, 31 de enero, por la mañana, retomando con los fieles presentes en la plaza San Pedro las catequesis sobre la misa. ¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días! Continuamos hoy las catequesis sobre la misa. Después de habernos detenido en los ritos de introducción, consideramos ahora la Liturgia de la Palabra, que es una parte constitutiva porque nos reunimos precisamente para escuchar lo que Dios ha hecho y pretende hacer todavía por nosotros. Es una experiencia que tiene lugar «en directo» y no por oídas, porque «cuando se leen las sagradas Escrituras en la Iglesia, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio» (Instrucción General del Misal Romano, 29; cf. Cost. Sacrosanctum Concilium, 7; 33). Y cuántas veces, mientras se lee la Palabra que escuchemos con fe. El Espíritu «que habló por medio de los profetas» (Credo) y ha inspirado a los autores sagrados, hace que «para que la Palabra de Dios actúe realmente en los corazones lo que hace resonar en los oídos» (Leccionario, Introd., 9). Pero para escuchar la Palabra de Dios es necesario tener también el corazón abierto para recibir la palabra en el corazón. Dios habla y nosotros escuchamos, para después poner en práctica lo que hemos escuchado. Es muy importante escuchar. Algunas veces quizá no entendemos bien porque hay algunas lecturas un poco difíciles. Pero Dios nos habla igualmente de otra manera. [Es necesario estar] en silencio y escuchar la Palabra de Dios. No os olvidéis de esto. En la misa, cuando empie- gico: una gran riqueza. Deseo recordar también la importancia del Salmo responsorial, cuya función es favorecer la meditación de lo que escuchado en la lectura que lo precede. Está bien que el Salmo sea resaltado con el canto, al menos en la antífona (cf. IGMR, 61; Leccionario, Introd., 19-22). La proclamación litúrgica de las mismas lecturas, con los cantos tomados de la sagrada Escritura, expresa y favorece la comunión eclesial, acompañando el camino de todos y cada uno. Se entiende por tanto por qué algunas elecciones subjetivas, como la omisión de lecturas o su sustitución con textos no bíblicos, sean prohibidas. He escuchado que alguno, si hay una noticia, lee el periódico, porque es la noticia de día. ¡No! ¡La Palabra de Dios es la Palabra de Dios! El periódico lo podemos leer después. Pero ahí se lee la Palabra de Dios. Es el Señor que nos habla. Sustituir esa Palabra regularmente nutridos e iluminados por la Palabra de Dios que resuena en la liturgia? Ciertamente no basta con escuchar con los oídos, sin acoger en el corazón la semilla de la divina Palabra, permitiéndole dar fruto. Recordemos la parábola del sembrador y de los diferentes resultados según los distintos tipos de terreno (cf. Marcos 4, 14-20). La acción del Espíritu, que hace eficaz la respuesta, necesita de corazón que se dejen trabajar y cultivar, de forma que lo escuchado en misa pase en la vida cotidiana, según la advertencia del apóstol Santiago: «Poned por obra la Palabra y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1, 22). La Palabra de Dios hace un camino dentro de nosotros. La escuchamos con las oídos y pasa al corazón; no permanece en los oídos, debe ir al corazón; y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras. Este es el recorrido que hace la Palabra de Dios: de los de Dios, se comenta: «Mira ese..., mira esa..., mira el sombrero que ha traído esa: es ridículo...”. Y se empiezan a hacer comentarios. ¿No es verdad? ¿Se deben hacer comentarios mientras se lee la Palabra de Dios? [responden: “¡No!”]. No, porque si tú chismorreas con la gente, no escuchas la Palabra de Dios. Cuando se lee la Palabra de Dios en la Biblia —la primera Lectura, la segunda, el Salmo responsorial y el Evangelio— debemos escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo que nos habla y no pensar en otras cosas o hablar de otras cosas. ¿Entendido?... Os explicaré qué sucede en esta Liturgia de la Palabra. Las páginas de la Biblia cesan de ser un escrito para convertirse en palabra viva, pronunciada por Dios. Es Dios quien, a través de la persona que lee, nos habla e interpela para zan las lecturas, escuchamos la Palabra de Dios. ¡Necesitamos escucharlo! Es de hecho una cuestión de vida, como recuerda la fuerte expresión que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4, 4). La vida que nos da la Palabra de Dios. En este sentido, hablamos de la Liturgia de la Palabra como de la «mesa» que el Señor dispone para alimentar nuestra vida espiritual. Es una mesa abundante la de la Liturgia, que se basa en gran medida en los tesoros de la Biblia (cf. SC, 51), tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, porque en ellos la Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo (cf. Leccionario, Introd., 5). Pensamos en las riquezas de las lecturas bíblicas ofrecidas por los tres ciclos dominicales que, a la luz de los Evangelios Sinópticos, nos acompañan a lo largo del año litúr- con otras cosas empobrece y compromete el diálogo entre Dios y su pueblo en oración. Al contrario, [se pide] la dignidad del ambón y el uso del Leccionario, la disponibilidad de buenos lectores y salmistas. ¡Pero es necesario buscar buenos lectores!, los que sepan leer, no los que leen [trabucando las palabras] y no se entiende nada. Y así. Buenos lectores. Se deben preparar y hacer la prueba antes de la misa para leer bien. Y esto crea un clima de silencio receptivo. Sabemos que la palabra del Señor es una ayuda indispensable para no perdernos, como reconoce el salmista que, dirigido al Señor, confiesa: «Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero» (Salmos 119, 105). ¿Cómo podremos afrontar nuestra peregrinación terrena, con sus cansancios y sus pruebas, sin ser oídos al corazón y a las manos. Aprendamos estas cosas. ¡Gracias! «Hoy recordamos a san Juan Bosco, padre y maestro de la juventud»: lo dijo el Papa al saludar a los varios grupos de fieles al finalizar la Audiencia general. Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica; de modo especial a los seminaristas del Seminario Menor de Ciudad Real, y a los participantes en la Asamblea anual de Delegados diocesanos de Medios de Comunicación de España. Los invito a acoger cada día el alimento y la luz de la Palabra de Dios que resuena en la liturgia, siendo capaces de ponerla en práctica con obras concretas. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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