Osservatore Romano 2551

 

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Osservatore Romano 2551

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO Año L, número 4 (2.551) EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano 26 de enero de 2018 Concluye la semana de oración por la unidad de los cristianos La misma gracia bautismal

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 26 de enero de 2018, número 4 Editorial Amazonia nuestra GIOVANNI MARIA VIAN En el programa del viaje papal a Perú había impresionado inmediatamente que el primer evento fuera el encuentro con los pueblos de la Amazonia y no con las autoridades, como en general sucede, pero el mismo Pontífice subrayó este hecho en Puerto Maldonado. Y en la puerta peruana de esta región, que se define como el pulmón del planeta por la inmensidad y la variedad de sus recursos naturales, precisamente el Amazonas, que Bergoglio definió como «nuestro», fue, de hecho, el gran tema afrontado por el Pontífice en el país. Tierra de esperanza por la pluralidad cultural, por la presencia de muchos jóvenes, por la santidad de algunas figuras cristianas. Sin embargo, todo Perú está amenazado por la ávida e insensata sobreexplotación de sus riquezas, en detrimento del medio ambiente natural y del humano. Por eso, dirigiéndose a las autoridades, el Papa volvió a hablar de ecología integral, central en la encíclica Laudato si’, el gran documento social del Pontificado que ha tenido un fuerte impacto en muchos ambientes laicos. La alarma lanzada por Bergoglio ha sido clarísima. La degradación ambiental, lleva con sí la moral: desde la trata, que es «un nuevo modo de esclavitud», a la corrupción, virus que infecta a los pueblos y las democracias, dañando sobre todo a los pobres y a la «madre tierra» cantada por el santo de Asís. Y una breve representación de esta dramática situación fue realizada, en forma de danza, por algunos jóvenes frente al Pontífice conmovido durante la visita a la casa «El Principito» de Puerto Maldonado, dirigida por el misionero suizo Xavier Arbex y que acoge a niños sin familia. Madre de Dios se llama esta parte de tierra amazónica visitada por primera vez por un Papa: no es, por lo tanto, tierra de nadie, una «tierra huérfana» exclamó con fuerza Francisco frente a la población, incluso si algunos quieren transformarla en una «tierra anónima, sin hijos, una tierra infecunda». Es la cultura del descarte, tantas veces criticada por Bergoglio: por una parte, «consumismo alienante» y por la otra «sufrimiento asfixiante», como el de muchas mujeres usadas y violadas por una cultura machista tenaz; es la idolatría de la avaricia, del dinero y del poder que llega a exigir sacrificios humanos. En cambio, el rostro abigarrado de la Amazonia, fue celebrado por Francisco en el encuentro emocionante con los representantes de sus pueblos, que el Pontífice quiso enumerar uno a uno, como los que llegaron a Jerusalén para Pentecostés, descrito al inicio de los Hechos de los Apóstoles. Frente a ellos y con ellos, solemnemente, el Papa quiso reafirmar «una opción sincera por la defensa de la vida, defensa de la tierra y defensa de la cultura», nunca tan amenazadas. Francisco alzó así su voz contra la explotación salvaje pero también contra «la perversión de ciertas políticas que promueven la “conservación” de la naturaleza sin tener en cuenta al ser humano». Porque «la defensa de la tierra no tiene otra finalidad que no sea la defensa de la vida», reafirmó con cortante nitidez. Y en este prólogo del sínodo convocado para la Amazonia, la nueva denuncia del Pontífice a los «colonialismos ideológicos disfrazados de progreso» y a las políticas de esterilización contra las mujeres que se incentivan y promueven por organismos internacionales reclamó las palabras de la Laudato si’. En perfecta coherencia con las dos encíclicas, Populorum progressio y Humanae vitae, publicadas por Pablo VI hace medio siglo y reivindicadas como defensa de la vida por el propio Montini en el balance del Pontificado cuarenta días antes de morir. Viaje pastoral del Papa a Perú El Papa condena las políticas de esterilización forzosa de las poblaciones indígenas Defender la Amazonia del colonialismo económico e ideológico Empezó en la Amazonia la primera jornada transcurrida por el Papa Francisco en Perú. En la mañana del viernes 19 de enero, el Pontífice desde Lima llegó en avión al vicariato apostólico de Puerto Maldonado para reunirse con los pueblos indígenas y entregarles la encíclica Laudato si’ en las lenguas locales. Publicamos a continuación el discuro del Papa en el palacio de deportes Coliseo Madre de Dios, donde tuvo lugar el encuentro. Queridos hermanos y hermanas: Junto a ustedes me brota el canto de san Francisco: «Alabado seas, mi Señor». Sí, alabado seas por la oportunidad que nos regalas con este encuentro. Gracias Mons. David Martínez de Aguirre Guinea, señor Héctor, señora Yésica y señora María Luzmila por sus palabras de bienvenida y por sus testimonios. En ustedes quiero agradecer y saludar a todos los habitantes de Amazonia. Veo que han venido de los diferentes pueblos originarios de la Amazonia: Harakbut, Esse-ejas, Matsiguenkas, Yines, Shipibos, Asháninkas, Yaneshas, Kakintes, Nahuas, Yaminahuas, Juni Kuin, Madijá, Manchineris, Kukamas, Kandozi, Quichuas, Huitotos, Shawis, Achuar, Boras, Awajún, Wampís, entre otros. También veo que nos acompañan pueblos procedentes del Ande que se han venido a la selva y se han hecho amazónicos. He deseado mucho este encuentro. Quise empezar por aquí la visita a Perú. Gracias por vuestra presencia y por ayudarnos a ver más de cerca, en vuestros rostros, el reflejo de esta tierra. Un rostro plural, de una variedad infinita y de una enorme riqueza biológica, cultural, espiritual. Quienes no habitamos estas tierras necesitamos de vuestra sabiduría y conocimiento para poder adentrarnos, sin destruir, el tesoro que encierra esta región, y se hacen eco las palabras del Señor a Moisés: «Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa» (Ex 3, 5). Permítanme una vez más decir: ¡Alabado seas Señor por esta obra maravillosa de tus pueblos amazónicos y por toda la biodiversidad que estas tierras envuelven! Este canto de alabanza se entrecorta cuando escuchamos y vemos las hondas heridas que llevan consigo la Amazonia y sus pueblos. Y he querido venir a visitarlos y escucharlos, para estar juntos en el corazón de la Iglesia, unirnos a sus desafíos y con ustedes reafirmar una opción sincera por la defensa de la vida, defensa de la tierra y defensa de las culturas. Probablemente los pueblos originarios amazónicos nunca hayan estado tan amenazados en sus territorios como lo están ahora. La Amazonia es tierra disputada desde varios frentes: por una parte, el neoextractivismo y la fuerte presión por grandes intereses económicos que apuntan su avidez sobre petróleo, gas, madera, oro, monocultivos agroindustriales. Por otra parte, la amenaza contra sus territorios también viene por la perversión de ciertas políticas que promueven la «conservación» de la naturaleza sin tener en cuenta al ser humano y, en concreto, a ustedes hermanos amazónicos que habitan en ellas. Sabemos de movimientos que, en nombre de la conservación de la selva, acaparan grandes extensiones de bosques y negocian con ellas generando situaciones de opresión a los pueblos originarios para quienes, de este modo, el territorio y los recursos naturales que hay en ellos se vuelven inaccesibles. Esta problemática provoca asfixia a sus pueblos y migración de las nuevas generaciones ante la falta de alternativas locales. Hemos de romper con el paradigma histórico que considera la Amazonia como una despensa inagotable de los Estados sin tener en cuenta a sus habitantes. Considero imprescindible realizar esfuerzos para generar espacios institucionales de respeto, reconocimiento y diálogo con los pueblos nativos; asumiendo y rescatando la L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va www.osservatoreromano.va GIOVANNI MARIA VIAN director TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE L’OSSERVATORE ROMANO Giuseppe Fiorentino don Sergio Pellini S.D.B. director general subdirector Silvina Pérez Servicio fotográfico photo@ossrom.va jefe de la edición Publicidad: Il Sole 24 Ore S.p.A. Redacción System Comunicazione Pubblicitaria via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano Via Monte Rosa 91, 20149 Milano teléfono 39 06 698 99410 segreteriadirezionesystem@ilsole24ore.com Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 2652 99 55, fax + 52 55 5518 75 32; e-mail: suscripciones@semanariovaticano.mx. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

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número 4, viernes 26 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 cultura, lengua, tradiciones, derechos y espiritualidad que les son propias. Un diálogo intercultural en el cual ustedes sean los «principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios»1. El reconocimiento y el diálogo será el mejor camino para transformar las históricas relaciones marcadas por la exclusión y la discriminación. Como contraparte, es justo reconocer que existen iniciativas esperanzadoras que surgen de vuestras bases mismas y de vuestras organizaciones, y propician que sean los propios pueblos originarios y comunidades los guardianes de los bosques, y que los recursos que genera la conservación de los mismos revierta en beneficio de sus familias, en la mejora de sus condiciones de vida, en la salud y educación de sus comunidades. Este «buen hacer» va en sintonía con las prácticas del «buen vivir» que descubrimos en la sabiduría de nuestros pueblos. Y permítanme decirles que si, para algunos, ustedes son considerados un obstáculo o un «estorbo», en verdad, ustedes con su vida son un grito a la conciencia de un estilo de vida que no logra dimensionar los costes del mismo. Ustedes son memoria viva de la misión que Dios nos ha encomendado a todos: cuidar la Casa Común. La defensa de la tierra no tiene otra finalidad que no sea la defensa de la vida. Sabemos del sufrimiento que algunos de ustedes padecen por los derrames de hidrocarburos que amenazan seriamente la vida de sus familias y contaminan su medio natural. Paralelamente, existe otra devastación de la vida que viene acarreada con esta contaminación ambiental propiciada por la minería ilegal. Me refiero a la trata de personas: la mano de obra esclava o el abuso sexual. La violencia contra las adolescentes y contra las mujeres es un clamor que llega al cielo. «Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4, 9). ¿Dónde está tu hermano esclavo? [...] No nos hagamos los distraídos ni miremos para otra parte. Hay mucha complicidad. ¡La pregunta es para todos!»2. Cómo no recordar a santo To- ribio cuando constataba con gran pesar en el tercer Concilio Limense «que no solamente en tiempos pasados se les hayan hecho a estos pobres tantos agravios y fuerzas con tanto exceso, sino también hoy muchos procuran hacer lo mismo…» (Ses. III, c.3). Por desgracia, después de cinco siglos estas palabras siguen siendo actuales. Las palabras proféticas de aquellos hombres de fe —como nos lo han recordado Héctor y Yésica—, son el grito de esta gente, que muchas veces está silenciada o se les quita la palabra. Esa profecía debe permanecer en nuestra Iglesia, que nunca dejará de clamar por los descartados y por los que sufren. De esta preocupación surge la opción primordial por la vida de los más indefensos. Estoy pensando en los pueblos a quienes se refiere como «Pueblos Indígenas en Aislamiento Voluntario» (PIAV). Sabemos que son los más vulnerables de entre los vulnerables. El rezago de épocas pasadas los obligó a aislarse hasta de sus propias etnias, emprendieron una historia de cautiverio en los lugares más inaccesibles del bosque para poder vivir en libertad. Sigan defendiendo a estos hermanos más vulnerables. Su presencia nos recuerda que no podemos disponer de los bienes comunes al ritmo de la avidez y del consumo. Es necesario que existan límites que nos ayuden a preservarnos de todo intento de destrucción masiva del hábitat que nos constituye. El reconocimiento de estos pueblos —que nunca pueden ser considerados una minoría, sino auténticos interlocutores— así como de todos los pueblos originarios nos recuerda que no somos los poseedores absolutos de la creación. Urge asumir el aporte esencial que le brindan a la sociedad toda, no hacer de sus culturas una idealización de un estado natural ni tampoco una especie de museo de un estilo de vida de antaño. Su cosmovisión, su sabiduría, tienen mucho que enseñarnos a quienes no pertenecemos a su cultura. Todos los esfuerzos que hagamos por mejorar la vida de los pueblos amazónicos serán siempre pocos. Son preocupantes las noticias que llegan sobre el avance de algunas enfermedades. Asusta el silencio porque mata. Con el silencio no generamos acciones encaminadas a la prevención, sobre todo de adolescentes y jóvenes, ni tratamos a los enfermos, condenándolos a la exclusión más cruel. Pedimos a los Estados que se implementen políticas de salud intercultural que tengan en cuenta la realidad y cosmovisión de los pueblos, promoviendo profesionales de su propia etnia que sepan enfrentar la enfermedad desde su propia cosmovisión. Y como lo he expresado en Laudato si’, una vez más es necesario alzar la voz a la presión que organismos internacionales hacen sobre ciertos países para que promuevan políticas de reproducción esterilizantes. Estas se ceban de una manera más incisiva en las poblaciones aborígenes. Sabe- mos que se sigue promoviendo en ellas la esterilización de las mujeres, en ocasiones con desconocimiento de ellas mismas. La cultura de nuestros pueblos es un signo de vida. La Amazonia, además de ser una reserva de la biodiversidad, es también una reserva cultural que debe preservarse ante los nuevos colonialismos. La familia es —como dijo una de ustedes— y ha sido siempre la institución social que más ha contribuido a mantener vivas nuestras culturas. En momentos de crisis pasadas, ante los diferentes imperialismos, la familia de los pueblos originarios ha sido la mejor defensa de la vida. Se nos pide un especial cuidado para no dejarnos atrapar por colonialismos ideológicos disfrazados de progreso que poco a poco ingresan dilapidando identidades culturales y estableciendo un pensamiento uniforme, único… y débil. Escuchen a los ancianos, por favor. Ellos tienen una sabiduría que les pone en contacto con lo trascendente y les hace descubrir lo esencial de la vida. No nos olvidemos que «la desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal»3. Y la única manera de que las culturas no se pierdan es que se mantengan en dinamismo, en constante movimiento. ¡Qué importante es lo que nos decían Yésica y Héctor: «queremos que nuestros hijos estudien, pero no queremos que la escuela borre nuestras tradiciones, nuestras lenguas, no queremos olvidarnos de nuestra sabiduría ancestral»! La educación nos ayuda a tender puentes y a generar una cultura del encuentro. La escuela y la educación de los pueblos originarios debe ser una prioridad y compromiso del Estado; compromiso integrador e inculturado que asuma, respete e integre como un bien de toda la nación su sabiduría ancestral, y así nos lo señalaba María Luzmila. Pido a mis hermanos obispos que, como se viene haciendo incluso en los lugares más alejados de la selva, sigan impulsando espacios de educación intercultural y bilingüe en las escuelas y en los institutos pedagógicos y universidades4. Felicito las iniciativas que desde la Iglesia Amazónica peruana se llevan a cabo para la promoción de los pueblos originarios: escuelas, residencias de estudiantes, centros de investigación y promoción como el Centro Cultural José Pío Aza, el CAAAP y el CETA, novedosos e importantes espacios universitarios interculturales como el NOPOKI, dirigidos expresamente a la formación de los jóvenes de las diversas etnias de nuestra Amazonia. Felicito también a todos aquellos jóvenes de los pueblos originarios que se esfuerzan por hacer, desde el propio punto de vista, una nueva antropología y trabajan por releer la historia de sus pueblos desde su perspectiva. También felicito a aquellos que, por medio de la pintura, la literatura, la artesanía, la música, muestran al mundo su cosmovisión y su riqueza cultural. Muchos han escrito y hablado sobre ustedes. Está bien, que ahora sean ustedes mismos quienes se autodefinan y nos muestren su identidad. Necesitamos escucharles. Queridos hermanos de la Amazonia, ¡cuántos misioneros y misioneras se han comprometido con sus pueblos y han defendido sus culturas! Lo han hecho inspirados en el Evangelio. Cristo también se encarnó en una cultura, la hebrea, y a partir de ella, se nos regaló como novedad a todos los pueblos de manera que cada uno, desde su propia identidad, se sienta autoafirmado en Él. No sucumban a los intentos que hay por desarraigar la fe católica de sus pueblos5. Cada cultura y cada cosmovisión que recibe el Evangelio enriquece a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo. La Iglesia no es ajena a vuestra problemática y a vuestras vidas, no quiere ser extraña a vuestra forma de vida y organización. Necesitamos que los pueblos originarios moldeen culturalmente las Iglesias locales amazónicas. Y al respecto, me dio mucha alegría escuchar que uno de los trozos de Laudato si’ fuera leído por un diácono permanente de vuestra cultura. Ayuden a sus obispos, ayuden a sus misioneros y misione- ras, para que se hagan uno con ustedes, y de esa manera dialogando entre todos, puedan plasmar una Iglesia con rostro amazónico y una Iglesia con rostro indígena. Con este espíritu convoqué el Sínodo para la Amazonia en el año 2019, cuya primera reunión, como Consejo pre-sinodal, será aquí, hoy, esta tarde. Confío en la capacidad de resiliencia de los pueblos y su capacidad de reacción ante los difíci- les momentos que les toca vivir. Así lo han de- mostrado en los diferentes embates de la historia, con sus aportes, con su visión diferenciada de las relaciones humanas, con el medio ambiente y con la vivencia de la fe. Rezo por ustedes y por su tierra bendecida por Dios, y les pido, por favor, que no se olviden de rezar por mí. Muchas gracias. Tinkunakama (Quechua: Hasta un próximo encuentro). 1 Carta enc. Laudato si’, 146. 2 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 211. 3 Carta enc. Laudato si’, 145. 4 Cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Apa- recida (29 junio 2007), 530. 5 Cf. ibíd., 531.

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página 4 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 26 de enero de 2018, número 4 El Papa pide combatir la cultura del descarte y las esclavitudes modernas No se puede aceptar la violencia contra las mujeres La segunda etapa del Pontífice en Puerto Maldonado a media mañana del viernes 19 de enero se desarrolló en el campo del instituto Jorge Basadre para encontrar a la población local. A continuación, su discurso. Queridos hermanos y hermanas: Veo que han venido no sólo de los rincones de esta Amazonia peruana, sino también de los Andes y de otros países vecinos. ¡Qué linda imagen de la Iglesia que no conoce fronteras y en la que todos los pueblos pueden encontrar un lugar! Cuánto necesitamos de estos momentos donde poder encontrarnos y, más allá de la procedencia, animarnos a generar una cultura del encuentro que nos renueva en la esperanza. Gracias Mons. David, por sus palabras de bienvenida. Gracias Arturo y Margarita por compartir con todos nosotros sus vivencias. Nos decían ellos: «Nos visita en esta tierra tan olvidada, herida y marginada… pero no somos la tierra de nadie». Gracias por decirlo: no somos tierra de nadie. Y es algo que hay que decirlo con fuerza: us- dre! Esta buena noticia se va transmitiendo de generación en generación gracias al esfuerzo de tantos que comparten este regalo de sabernos hijos de Dios y nos ayuda a reconocer al otro como hermano. En varias ocasiones me he referido a la cultura del descarte. Una cultura que no se conforma solamente con excluir, como estábamos acostumbrados a ver, sino que avanzó silenciando, ignorando y desechando todo lo que no le sirve a sus intereses; pareciera que el consumismo alienante de algunos no logra dimensionar el sufrimiento asfixiante de otros. Es una cultura anónima, sin lazos y sin rostros, la cultura del descarte. Es una cultura sin madre que lo único que quiere es consumir. Y la tierra es tratada dentro de esta lógica. Los bosques, ríos y quebradas son usados, utilizados hasta el último recurso y luego dejados baldíos e inservibles. Las personas son tratadas también que determinados trabajos pondrían fin a situaciones precarias, se basaron en el brillo prometedor de la extracción del oro. Pero no olvidemos que el oro se puede convertir en un falso dios que exige sacrificios humanos. Los falsos dioses, los ídolos de la avaricia, del dinero, del poder lo corrompen todo. Corrompen la persona y las instituciones, también destruyen el bosque. Jesús decía que hay demonios que, para expulsarlos, exigen mucha oración. Este es uno de ellos. Los animo a que se sigan organizando en movimientos y comunidades de todo tipo para ayudar a superar estas situaciones; y también a que, desde la fe, se organicen como comunidades eclesiales de vida en torno a la persona de Jesús. Desde la oración sincera y el encuentro esperanzado con Cristo podremos lograr la conversión que nos haga descubrir la vida verdadera. Jesús nos prometió vida verdadera, vida auténtica, vida eterna. No vida ficticia, como las falsas promesas deslumbrantes que, prometiendo vida, terminan llevándonos a la muerte. tedes no son tierra de nadie. Esta tierra tiene nombres, tiene rostros: los tiene a ustedes. Esta región está llamada con ese bellísimo nombre: Madre de Dios. No puedo dejar de hacer mención de María, joven muchacha que vivía en una aldea lejana, perdida, considerada también por tantos como «tierra de nadie». Allí recibió el saludo y la invitación más grande que una persona pueda experimentar: ser la Madre de Dios; hay alegrías que sólo las pueden escuchar los pequeños.1 Ustedes tienen en María, no sólo un testimonio a quien mirar, sino una Madre y donde hay madre no está ese mal terrible de sentir que no le pertenecemos a nadie, ese sentimiento que nace cuando comienza a desaparecer la certeza de que pertenecemos a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Queridos hermanos, lo primero que me gustaría transmitirles —y lo quiero hacer con fuerza— es que ¡esta no es una tierra huérfana, es la tierra de la Madre! Y, si hay madre, hay hijos, hay familia y hay comunidad. Y donde hay madre, familia y comunidad, no podrán desaparecer los problemas, pero seguro que se encuentra la fuerza para enfrentarlos de una manera diferente. Es doloroso constatar cómo hay algunos que quieren apagar esta certeza y volver a Madre de Dios una tierra anónima, sin hijos, una tierra infecunda. Un lugar fácil de comercializar y explotar. Por eso nos hace bien repetir en nuestras casas, comunidades y en lo hondo del corazón de cada uno: ¡Esta no es una tierra huérfana! ¡Tiene Ma- con esta lógica: son usadas hasta el cansancio y después dejadas como «inservibles». Esta es la cultura del descarte, se descarta a los chicos, se descarta a los ancianos. Allí, saliendo, cuando hice el recorrido hay una abuela de 97 años, ¿vamos a descartar a la abuela, qué les parece? No, porque la abuela es la sabiduría de un pueblo. ¡Un aplauso a la abuela de 97 años! Pensando en estas cosas permítanme detenerme en un tema doloroso. Nos acostumbramos a utilizar el término «trata de personas». Al llegar a Puerto Maldonado, en el aeropuerto vi un cartel que me llamó la atención gratamente: «Está atento contra la trata». Se ve que están tomando conciencia. Pero en realidad deberíamos hablar de esclavitud: esclavitud para el trabajo, esclavitud sexual, esclavitud para el lucro. Duele constatar cómo en esta tierra, que está bajo el amparo de la Madre de Dios, tantas mujeres son tan desvaloradas, menospreciadas y expuestas a un sinfín de violencias. No podemos «naturalizar» la violencia, tomarla como algo natural. No, no se naturaliza la violencia hacia las mujeres, sosteniendo una cultura machista que no asume el rol protagónico de la mujer dentro de nuestras comunidades. No nos es lícito mirar para otro lado, hermanos, y dejar que tantas mujeres, especialmente adolescentes sean «pisoteadas» en su dignidad. Varias personas han emigrado hacia la Amazonia buscando techo, tierra y trabajo. Vinieron buscando un futuro mejor para sí mismas y para sus familias. Abandonaron sus vidas humildes, pobres pero dignas. Muchas de ellas, por la promesa de Hermanas y hermanos, la salvación no es genérica, no es abstracta. Nuestro Padre mira personas concretas, con rostros e historias concretas. Todas las comunidades cristianas tienen que ser reflejo de esa mirada de Dios, de esta presencia que crea lazos, genera familia y comunidad. Es una manera de hacer visible el Reino de los Cielos, comunidades donde cada uno se sienta parte, se sienta llamado por su nombre e impulsado a ser artífice de vida para los demás. Tengo esperanza en ustedes… además al recorrer vi muchos chicos y donde hay chicos hay esperanza, gracias. Tengo esperanza en ustedes, en el corazón de tantas personas que quieren una vida bendecida. Han venido a buscarla aquí, a una de las explosiones de vida más exuberante del planeta. Amen esta tierra, siéntanla suya. Huélanla, escúchenla, maravíllense de ella. Enamórense de esta tierra Madre de Dios, comprométanse y cuídenla, defiéndanla. No la usen como un simple objeto descartable, sino como un verdadero tesoro para disfrutar, hacer crecer y transmitirlo a sus hijos. A María, Madre de Dios y Madre Nuestra nos encomendamos, nos ponemos bajo su protección. Y por favor, no se olviden de rezar por mí, y los invito a todos a rezar a la Madre de Dios. Dios te salve, María… 1 «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños» (Mt 11, 25).

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número 4, viernes 26 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 A los niños la invitación a no renunciar a los propios sueños El mundo los necesita tal y cual son Finalmente, en la conclusión de la mañana del viernes 19 de enero, el Papa visitó la casa «El Principito» que acoge a menores sin familia. Entre cantos y coreografías realizadas por los niños, después del saludo dirigido por el director y el testimonio de una joven que ha crecido en el Hogar, Francisco pronunció el siguiente discurso. Queridos hermanos y hermanas, queridos niños: Muchas gracias por este bonito recibimiento, por las palabras de bienvenida. Verlos cantar, verlos bailar me da mucha alegría. Gracias. Cuando me contaron de la existencia de este «Hogar El Principito» y de la Fundación Apronia, sentí que no podía irme de Puerto Maldonado sin saludarlos. Quisieron reunirse de diferentes albergues en este lindo «Hogar El Principito». Gracias por los esfuerzos que realizaron para poder estar hoy aquí. Acabamos de celebrar la Navidad. Se nos enterneció el corazón con la imagen del Niño Jesús. Él es nuestro tesoro, y ustedes niños son el reflejo, y también son nuestro tesoro, el de todos nosotros, el tesoro más lindo que tenemos que cuidar. Perdonen las veces que los mayores no lo hacemos o que no les damos la importancia que ustedes se merecen. Cuando sean grandes no lo olviden. Sus miradas, sus vidas siempre exigen un mayor compromiso y trabajo para no volvernos ciegos o indiferentes ante tantos otros niños que sufren y pasan necesidad. Ustedes, sin lugar a dudas, son el tesoro más preciado que tenemos que cuidar. Queridos niños del «Hogar El Principito» y jóvenes de los otros hogares de acogida. Algunos de ustedes a veces están tristes por la noche, echan de menos al papá o la mamá que no está, y sé también que hay heridas que duelen mucho. Dirsey, vos fuiste valiente y nos lo compartiste. Y me decías «que mi mensaje sea una luz de esperanza». Pero déjame decirte algo: tu vida, tus palabras y las de todos ustedes son luz de esperanza. Quiero darles las gracias por el testimonio de ustedes. Gracias por ser luz de esperanza para todos nosotros. Me da alegría ver que tienen un hogar donde son acogidos, donde con cariño y amistad los ayudan a descubrir que Dios les tiende las manos y les pone sueños en el corazón. Es lindo eso. ¡Qué testimonio tan bueno el de ustedes jóvenes que han transitado por este camino, que ayer se llenaron de amor en esta casa y hoy han podido formar su propio futuro! Ustedes son para todos nosotros la señal de las inmensas potencialidades que tiene cada persona. Para estos niños y niñas ustedes son el mejor ejemplo a seguir, la esperanza de que ellos también podrán. Todos necesitamos modelos a seguir; los niños necesitan mirar para adelante y encontrar modelos positivos: «Quiero ser como él, quiero ser como ella», sienten y dicen. Todo lo que ustedes jóvenes puedan hacer, como venir a estar con ellos, a jugar, a pasar el tiempo es importante. Sean para ellos, como decía el Principito, las estrellitas que iluminan en la noche.1 Algunos de ustedes, jóvenes que nos acompañan, proceden de las comunidades nativas. Con tristeza ven la destrucción de los bosques. Sus abuelos les enseñaron a descubrirlos, en ellos encontraban su alimento y la medicina que los sanaba —lo representaron bien al principio aquí—. Hoy son devastados por el vértigo de un progreso mal entendido. Los ríos que acogieron sus juegos y les regalaron comida hoy están enlodados, contaminados, muertos. Jóvenes, no se conformen con lo que está pasando. No renuncien al legado de sus abuelos, no renuncien a su vida ni a sus sueños. Me gustaría estimularlos a que estudien; prepárense, aprovechen la oportunidad que tienen para formarse, esta oportunidad que les da esta Fundación Apronia. El mundo los necesita a ustedes, jóvenes de los pueblos originarios, y los necesita no disfrazados sino tal y cual son. No disfrazados de ciudadanos de otro pueblo, no, como son ustedes, así los necesitamos. ¡No se conformen con ser el vagón de cola de la sociedad, enganchados y dejándose llevar! No, no, nunca sean vagón de cola. Los necesitamos como motor, empujando. Y les recomiendo una cosa, escuchen a sus abuelos, valoren sus tradiciones, no frenen su curiosidad. Busquen sus raíces y, a la vez, abran los ojos a lo novedoso, sí… y hagan su propia síntesis. Devuélvannos al mundo lo que aprenden porque el mundo los necesita originales, como realmente son, no como imi- taciones. Los necesitamos auténticos, jóvenes orgullosos de pertenecer a los pueblos amazónicos y que aportan a la humanidad una alternativa de vida verdadera. Amigos, nuestras sociedades tantas veces, necesitan corregir el rumbo y ustedes, los jóvenes de los pueblos originarios —estoy seguro—, pueden ayudar muchísimo con este reto, sobre todo enseñándonos un estilo de vida que se base en el cuidado y no en la destrucción de todo aquello que se oponga a nuestra avaricia. Y lo principal también, es que quiero agradecer al padre Xavier [Arbex de Morsier, fundador de la Asociación Apronia]. Padre Xavier ha sufrido mucho y le ha costado esto, simplemente gracias, gracias por su ejemplo. Quiero agradecer a los religiosos y religiosas, a las misioneras laicas que hacen una labor fabulosa y a todos los benefactores que conforman esta familia. A los voluntarios que regalan su tiempo gratuito que es como bálsamo refrescante en las heridas. Y también agradecer a quienes fortalecen a estos jóvenes en sus identidades amazónicas y los ayudan a forjar un futuro mejor para sus comunidades y para todo el planeta. Y ahora, como estamos, cerramos los ojos y pedimos a Dios que nos dé la bendición. Que el Señor tenga piedad y los bendiga, ilumine su rostro sobre ustedes, que el Señor tenga piedad y misericordia y los colme con toda clase de favores, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén (cf. Nm 6, 24-26; Sal 66; Bendición del Tiempo Ordinario). Y les pido dos cosas: que recen por mí y que no se olviden que son las estrellitas que iluminan en la noche. 1 Cf. Antoine de Saint-Exupéry, XXIV; XXVI.

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página 6 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 26 de enero de 2018, número 4 Una Iglesia de rostro amazónico e indígena de nuestra enviada SILVINA PÉREZ El primer encuentro del Papa con la población de Perú tuvo lugar en Puerto Maldonado, corazón de la selva amazónica, entre los ríos Tambopata y Pueblo de Dios, donde se reunió el viernes con cuatro mil indígenas para denunciar juntos el saqueo y la destrucción de la Amazonia a manos de la minería legal e ilegal. A ellos, los más postergados del continente les ha dicho: «¡Quise empezar por aquí la visita a Perú!». Llegar hasta la sede del encuentro no resulta del todo fácil. Entre casas de lamiera y calles de fango con cunetas de agua estancada, tantos chiquillos y ancianos en un escenario de pobreza bien visible entre una humedad sofocante y un verde orgulloso. En el coliseo deportivo Madre de Dios, prevalecen dos colores: el marrón y el verde, los representantes de los pueblos amazónicos recibieron a Francisco con danzas y canciones tradicionales, la bienvenida estuvo a cargo del obispo David Martínez de Aguirre, vicario apostólico de Puerto Maldonado, pero también con tres discursos a cargo de Héctor, Yésica y María Luzmila, que no dejaban lugar a dudas sobre el saqueo que sufren los habitantes de estas tierras, pues los forasteros en busca de «agua negra», oro o maderas, destruyen sus ríos y arrasan sus selvas. Bajo un gran crucifijo que presidía todo el espacio, el Papa ha agradecido su claridad y ha saludado por sus nombres mencionando uno a uno a los principales «pueblos originarios de la Amazonia: Harakbut, Esse-ejas, Matsiguenkas, Yines, Shipibos, Asháninkas, Yaneshas, Kakintes, Nahuas, Yaminahuas, Juni Kuin, Madijá, Manchineris, Kukamas, Kandozi, Quichuas, Huitotos, Shawis, Achuar, Boras, Awajún, Wampís, entre otros». Al frente de la diócesis de Puerto Maldonado está un obispo dominico español, David Martínez de Aguirre, un auténtico misionero como su predecesor «Apaktone», también dominico español, en proceso de beatificación. «Quienes no habitamos estas tierras necesitamos de vuestra sabiduría y conocimiento para poder adentrarnos, sin destruir el tesoro que encierra esta región, y se hacen eco las palabras del Señor a Moisés: “Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa”» dijo el Papa. La reacción de los presentes fue inmediata, condensada en un aplauso general que no escondía la emoción y el entusiasmo por sentirse respetados y considerados. Tal como lo ha hecho en Santiago, Temuco e Iquique en los encuentros en tierra chilena, el Papa aborda el toro por las astas y denuncia que el gran problema de esta región es: «el neo-extractivismo y la fuerte presión de grandes intereses económicos que dirigen su avidez sobre petróleo, gas, madera, oro, monocultivos agroindustriales». Además del daño directo, Francisco ha señalado que «paralelamente, existe otra devastación de la vida acarreada con esta contaminación ambiental propiciada por la minería ilegal. Me refiero a la trata de personas: la mano de obra esclava o el abuso sexual». A eso se añade, según el Papa, «la perversión de ciertas políticas que promueven la “conservación” de la naturaleza sin tener en cuenta al ser humano y, en concreto, a ustedes hermanos amazónicos que habitan en ellas», pues acaparan grandes extensiones de selva excluyendo a los nativos y provocando la «asfixia de sus pueblos». Con palabras claras y eficaces, el Papa ha urgido a «romper con el paradigma histórico que considera la Amazonia como una despensa inagotable de los Estados sin tener en cuenta a sus habitantes». La sintonía plena se ha manifestado con otro aplauso arrollador. Pero lo más vil e inhumano, porque va directamente contra la vida de los indígenas, es la presión internacional «sobre ciertos países» de los nueve principales de la Amazonia, para que hagan campañas de esterilización, especialmente «de las poblaciones aborígenes. Sabemos que se siguen promoviendo en ellas la esterilización de las mujeres, en ocasiones con desconocimiento de ellas mismas». En el Coliseo dos pantallas gigantes, enmarcadas para la ocasión en hojas de palma, los indígenas podían ver primeros planos de la expresión ilusionada en el rostro del Papa cuando elogiaba las «iniciativas esperanzadoras que surgen de vuestras bases y organizaciones, y propician que sean los propios pueblos originarios y comunidades los guardianes de los bosques, y que los recursos que genera la conservación de los mismos reviertan en beneficio de sus familias». Durante su discurso el Papa ha pedido una defensa especial de «la vida de los más indefensos», entre los que ha destacado los «Pueblos Indígenas en Aislamiento Voluntario» que sin duda son, «los más vulnerables de entre los vulnerables», huidos a «los lugares más inaccesibles del bosque para poder vivir en libertad». Ellos en particular son las victimas silenciosas de los grandes grupos que tienen intereses en la zona. Al no ser documentados, no se conoce la identidad y existencia de muchos de ellos. Francisco ha dicho además que los pueblos amazónicos «nunca pueden ser considerados una minoría, sino auténticos interlocutores», y pueblos que deben definir su cultura sin dejarse dominar por «colonialismos ideológicos disfrazados de progreso» que llevan a «un pensamiento uniforme, único y débil». Por eso ha felicitado a los jóvenes licenciados indígenas «que se esfuerzan por hacer, desde el propio punto de vista, una nueva antropología y trabajan por releer la historia de sus pueblos desde su perspectiva», así como a los artistas. Deben tomar la palabra, pues «muchos han escrito y hablado sobre ustedes. Está bien que ahora sean ustedes mismos quienes se autodefinan y nos muestren su identidad. ¡Necesitamos escucharles!». Francisco ha pedido a los indígenas que «ayuden a sus obispos, misioneros y misioneras, para que se hagan uno con ustedes, y de esta manera dialogando entre todos, puedan plasmar una Iglesia con rostro amazónico y una Iglesia con rostro indígena. Con este espíritu convoqué un Sínodo para la Amazonia para el año 2019». El trabajo organizativo ha comenzado ya, y el Papa les ha confirmado que «la primera reunión presinodal será aquí esta tarde», presidida por el cardenal Lorenzo Baldisseri, secretario general del Sínodo de Obispos. Inaugurando, tal como la hizo en Bangui con el Jubileo de la Misericordia, un importante momento de la Iglesia desde las periferias, subrayando una vez mas la universalidad de la Iglesia. El Santo Padre considera que éste era solo un primer encuentro y se ha despedido con una expresión en quechua: «¡Tinkunakama!» («¡Hasta la próxima!»). Como es tradicional, el discurso ha sido seguido por la entrega de regalos, que comenzaron por los adornos amazónicos para los jefes y las fiestas. Se los entregó desde su silla de ruedas «Apu», un indígena tiroteado cuando pedía paz en medio de un enfrentamiento. Francisco se los puso enseguida, para delirio de todos los presentes. Luego el Papa subió al papamóvil y bajo un sol sin piedad ha realizado la vuelta del campo del Instituto con vistas al Coliseo.

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número 4, viernes 26 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 7 La corrupción infecta todo El Papa denuncia el mal que corroe las democracias latinoamericanas El viernes 19 de enero, por la tarde, el Papa volvió desde la Amazonia hasta Lima en avión. Después de una breve visita a la capilla militar en la escala en la capital —donde dejó como regalo una escultura de madera que representa a María Auxiliadora— llegó en automóvil el palacio del gobierno, para encontrar a las autoridades civiles. Al saludo dirigido por el presidente de la República, Pedro Pablo Kucynski, el Papa respondió con el discurso que publicamos a continuación. Después, siguió una visita de cortesía al jefe del estado, con un encuentro privado e intercambio de regalos. Señor Presidente, miembros del Gobierno y del Cuerpo Diplomático, distinguidas autoridades, representantes de la sociedad civil, señoras, señores todos: Al llegar a esta histórica casa doy gracias a Dios por la oportunidad que me concedió de pisar, una vez más, suelo peruano. Quisiera que mis palabras fueran de saludo y gratitud para cada uno de los hijos e hijas de este pueblo que supo mantener y enriquecer su sabiduría ancestral a lo largo del tiempo y es, sin lugar a dudas, uno de los principales patrimonios que tiene. Gracias señor Pedro Pablo Kuczynski, Presidente de la Nación, por la invitación a visitar el país y por las palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todo su pueblo. Vengo a Perú bajo el lema «unidos por la esperanza». Permítanme decirles que mirar esta tierra es de por sí un motivo de esperanza. Parte de vuestro territorio está compuesto por la Amazonía, que he visitado esta mañana y que constituye en su globalidad el mayor bosque tropical y el sistema fluvial más extenso del planeta. Este «pulmón» como se lo ha querido llamar, es una de las zonas de gran biodiversidad en el mundo pues alberga las más variadas especies. Poseen ustedes una riquísima pluralidad cultural cada vez más interactuante que constituye el alma de este pueblo. Alma marcada por valores ancestrales como son la hospitalidad, el aprecio por el otro, el respeto y gratitud con la madre tierra y la creatividad para los nuevos empren- dimientos como, asimismo, la responsabilidad comunitaria por el desarrollo de todos que se conjuga en la solidaridad, mostrada tantas veces ante las diversas catástrofes vividas. En este contexto, quisiera señalar a los jóvenes, ellos son el presente más vital que posee esta sociedad; con su dinamismo y entusiasmo prometen e invitan a soñar un futuro esperanzador que nace del encuentro entre la cumbre de la sabiduría ancestral y los ojos nuevos que brinda la juventud. Y me alegro también de un hecho histórico: saber que la esperanza en esta tierra tiene rostro de santidad. Perú engendró santos que han abierto caminos de fe para todo el continente americano; y por nombrar tan sólo a uno, Martín de Porres, hijo de dos culturas, mostró la fuerza y la riqueza que nace en las personas cuando se concentran en el amor. Y podría continuar largamente esta lista material e inmaterial de motivos para la esperanza. Perú es tierra de esperanza que invita y desafía a la unidad de todo su pueblo. Este pueblo tiene la responsabilidad de mantenerse unido precisamente para defender, entre otras cosas, todos estos motivos de esperanza. Sobre esta esperanza apunta una sombra, se cierne una amenaza. «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo»1 —decía en la Carta encíclica Laudato si’. Esto se manifiesta con claridad en la manera en la que estamos despojando a la tierra de los recursos naturales sin los cuales no es posible ninguna forma de vida. La pérdida de selvas y bosques implica no sólo la pérdida de especies, que incluso podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, sino la pérdida de relaciones vitales que terminan alterando todo el ecosistema2. En este contexto, «unidos para defender la esperanza» significa impulsar y desarrollar una ecología integral como alternativa a «un modelo de desarrollo ya caduco pero que sigue provocando degradación humana, social y ambiental»3. Y esto exige escuchar, reconocer y respetar a las personas y a los pueblos locales como interlocutores válidos. Ellos mantienen un vínculo directo con la tierra, conocen sus tiempos y procesos y saben, por tanto, los efectos catastróficos que, en nombre del desarrollo, provocan muchos proyectos y se altera todo el entramado vital que constituye la nación. La degradación del medio ambiente, lamentablemente, no se puede separar de la degradación moral de nuestras comunidades. No podemos pensarlas como dos instancias distintas. A modo de ejemplo, la minería informal se ha vuelto un peligro que destruye la vida de personas; los bosques y ríos son devastados con toda la riqueza que ellos poseen. Este proceso de degradación conlleva y promueve organizaciones por fuera de las estructuras legales que degradan a tantos hermanos nuestros sometiéndolos a la trata —nueva forma de esclavitud—, al trabajo informal, a la delincuencia… y a otros males que afectan gravemente su dignidad y, a la vez, la dignidad de esta nación. Trabajar unidos para defender la esperanza exige estar muy atentos a esa otra forma —muchas veces sutil— de degradación ambiental que contamina progresivamente todo el entramado vital: la corrupción. Cuánto mal le hace a nuestros pueblos latinoamericanos y a las democracias de este bendito continente ese «virus» social, un fenómeno que lo infecta todo, siendo los pobres y la madre tierra los más perjudicados. Lo que se haga para luchar contra este flagelo social merece la mayor de las ponderaciones y ayudas… y esta lucha nos compromete a todos. «Unidos para defender la esperanza», implica mayor cultura de la transparencia entre entidades públicas, sector privado y sociedad civil, y no excluyo a las organizaciones eclesiásticas. Nadie puede resultar ajeno a este proceso; la corrupción es evitable y exige el compromiso de todos. A quienes ocupan algún cargo de responsabilidad, sea en el área que sea, los animo y exhorto a empeñarse en este sentido para brindarle, a su pueblo y a su tierra, la seguridad que nace de sentir que Perú es un espacio de esperanza y oportunidad… pero para todos, no para unos pocos; para que todo peruano, toda peruana pueda sentir que este país es suyo, no de otro, en el que puede establecer relaciones de fraternidad y equidad con su prójimo y ayudar al otro cuando lo necesita; una tierra en la que pueda hacer realidad su propio futuro. Y así forjar un Perú que tenga espacio para «todas las sangres»4, en el que pueda realizarse «la promesa de la vida peruana»5. Quiero renovar junto a ustedes el compromiso de la Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta Nación, en este empeño mancomunado de seguir trabajando para que Perú siga siendo una tierra de esperanza. Que santa Rosa de Lima interceda por cada uno de ustedes y por esta bendita Nación. Nuevamente gracias. 1 Carta enc. Laudato si’, 104. 2 Cf. ibíd., 32. 3 Mensaje Urbi et Orbi, Navidad 2017. 4 José María Arguedas, Todas las sangres, Buenos Aires (1964). 5 Jorge Basadre, La promesa de la vida peruana, Lima (19582).

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página 8 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 26 de enero de 2018, número 4 El Pontífice entre las poblaciones golpeadas por el Niño Violencia e inseguridad devastadoras como tempestades En la mañana del sábado 20 de enero, el Papa llegó en avión a Trujillo, en la costa norte. La primera etapa fue Huanchaco, ciudad histórica vinculada a los sitios arqueológicos de la cultura inca. Tras una vuelta en papamóvil entre la multitud, presidió la misa en honor a Santa María «Puerta del cielo». Estas tierras tienen sabor a Evangelio. Todo el entorno que nos rodea, con este inmenso mar de fondo, nos ayuda a comprender mejor la vivencia que los apóstoles tuvieron con Jesús; y hoy, también nosotros, estamos invitados a vivirla. Me alegra saber que han venido desde distintos lugares del norte peruano para celebrar esta alegría del Evangelio. Los discípulos de ayer, como tantos de ustedes hoy, se ganaban la vida con la pesca. Salían en barcas, como algunos de ustedes siguen saliendo en los «caballitos de totora», y tanto ellos como ustedes con el mismo fin: ganarse el pan de cada bas; Él atravesó todos los dolores para poder acompañarnos en los nuestros. Jesús en la cruz quiere estar cerca de cada situación dolorosa para darnos su mano y ayudar a levantarnos. Porque Él entró en nuestra historia, quiso compartir nuestro camino y tocar nuestras heridas. No tenemos un Dios ajeno a lo que sentimos y sufrimos, al contrario, en medio del dolor nos entrega su mano. Estos sacudones cuestionan y ponen en juego el valor de nuestro espíritu y de nuestras actitudes más elementales. Entonces nos damos cuenta de lo importante que es no estar solos sino unidos, estar llenos día. En eso se juegan muchos de nuestros cansancios cotidianos: poder sacar adelante a nuestras familias y darles lo que las ayudará a construir un futuro mejor. Esta «laguna con peces dorados», como la han querido llamar, ha sido fuente de vida y bendición para muchas generaciones. Supo nutrir los sueños y las esperanzas a lo largo del tiempo. Ustedes, al igual que los apóstoles, conocen la bravura de la naturaleza y han experimentado sus golpes. Así como ellos enfrentaron la tempestad sobre el mar, a ustedes les tocó enfrentar el duro golpe del «Niño costero», cuyas consecuencias dolorosas todavía están presentes en tantas familias, especialmente aquellas que todavía no pudieron reconstruir sus hogares. También por esto quise estar y rezar aquí con ustedes. A esta eucaristía traemos también ese momento tan difícil que cuestiona y pone muchas veces en duda nuestra fe. Queremos unirnos a Jesús. Él conoce el dolor y las prue- de esa unión que es fruto del Espíritu Santo. ¿Qué les pasó a las muchachas del Evangelio que hemos escuchado? De repente, sienten un grito que las despierta y las pone en movimiento. Algunas se dieron cuenta que no tenían el aceite necesario para iluminar el camino en la oscuridad, otras en cambio, llenaron sus lámparas y pudieron encontrar e iluminar el camino que las llevaba hacia el esposo. En el momento indicado cada una mostró de qué había llenado su vida. Lo mismo nos pasa a nosotros. En determinadas circunstancias nos damos cuenta con qué hemos llenado nuestra vida. ¡Qué importante es llenar nuestras vidas con ese aceite que permite encender nuestras lámparas en las múltiples situaciones de oscuridad y encontrar los caminos para salir adelante! Sé que, en el momento de oscuridad, cuando sintieron el golpe del Niño, estas tierras supieron ponerse en movimiento y estas tierras tenían el aceite para ir corriendo y ayudarse como verdaderos hermanos. Estaba el aceite de la solidaridad, de la generosidad que los puso en movimiento y fueron al encuentro del Señor con innumerables gestos concretos de ayuda. En medio de la oscuridad junto a tantos otros fueron cirios vivos que iluminaron el camino con manos abiertas y disponibles para paliar el dolor y compartir lo que tenían desde su pobreza. En la lectura del Evangelio, podemos observar cómo las muchachas que no tenían aceite se fueron al pueblo a comprarlo. En el momento crucial de su vida, se dieron cuenta de que sus lámparas estaban vacías, de que les faltaba lo esencial para encontrar el camino de la auténtica alegría. Estaban solas y así quedaron, solas, fuera de la fiesta. Hay cosas, como bien saben, que no se im- provisan y mucho menos se compran. El alma de una comunidad se mide en cómo logra unirse para enfrentar los momentos difíciles, de adversidad, para mantener viva la esperanza. Con esa actitud dan el mayor testimonio evangélico. El Señor nos dice: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 35). Porque la fe nos abre a tener un amor concreto, no de ideas, concreto, de obras, de manos tendidas, de compasión; que sabe construir y reconstruir la esperanza cuando parece que todo se pierde. Así nos volvemos partícipes de la acción divina, esa que nos describe el apóstol Juan cuando nos muestra a Dios que enjuga las lágrimas de sus hijos. Y esta tarea divina Dios la hace con la misma ternura que una madre busca secar las lágrimas de sus hijos. Qué linda pregunta la que nos puede hacer el Señor a cada uno de nosotros al final del día: ¿cuántas lágrimas has secado hoy? Otras tormentas pueden estar azotando estas costas y, en la vida de los hijos de estas tierras, tienen efectos devastadores. Tormentas que también nos cuestionan como comunidad y ponen en juego el valor de nuestro espíritu. Se llaman violencia organizada como el «sicariato» y la inseguridad que esto genera; se llaman falta de oportunidades educativas y laborales, especialmente en los más jóvenes, que les impide construir un futuro con dignidad; o falta de techo seguro para tantas familias forzadas a vivir en zonas de alta inestabilidad y sin accesos seguros; así como tantas otras situaciones que ustedes conocen y sufren, que como los peores huaicos destruyen la confianza mutua tan necesaria para construir una red de contención y esperanza. Huaicos que afectan el alma y nos preguntan por el aceite que tenemos para hacerles frente. ¿Cuánto aceite tienes? Muchas veces nos interrogamos sobre cómo enfrentar estas tormentas, o cómo ayudar a nuestros hijos a salir adelante frente a estas situaciones. Quiero decirles: no hay otra salida mejor que la del Evangelio: se llama Jesucristo. Llenen siempre sus vidas de Evangelio. Quiero estimularlos a que sean comunidad que se deje ungir por su Señor con el aceite del Espíritu. Él lo transforma todo, lo renueva todo, lo conforta todo. En Jesús, tenemos la fuerza del Espíritu para no naturalizar lo que nos hace daño, no hacerlo una cosa natural, no naturalizar lo que nos seca el espíritu y lo que es peor, nos roba la esperanza. ¡Los peruanos, en este momento de su historia, no tienen derecho a dejarse robar la esperanza! En Jesús, tenemos el Espíritu que nos mantiene unidos para sostenernos unos a otros y hacerle frente a aquello que quiere llevarse lo mejor de nuestras familias. En Jesús, Dios nos hace comunidad creyente que sabe sostenerse; comunidad que espera y por lo tanto lucha para revertir y transformar las múltiples adversidades; comunidad amante porque no permite que nos crucemos de brazos. Con Jesús, el alma de este pueblo de Trujillo podrá seguir llamándose «la ciudad de la eterna primavera», porque con Él todo es una oportunidad para la esperanza. Sé del amor que esta tierra tiene a la Virgen, y sé cómo la devoción a María los sostiene siempre llevándolos a Jesucristo. Y dándonos el único consejo que siempre repite: «Hagan lo que él les diga» (cf. Jn 2, 5). Pidámosle a ella que nos ponga bajo su manto y que nos lleve siempre a su Hijo; pero digámoselo cantando con esa hermosa marinera: «Virgencita de la puerta, échame tu bendición. Virgencita de la puerta, danos paz y mucho amor». ¿Se animan a cantarla? ¿La cantamos juntos? ¿Quién empieza a cantar? «Virgencita de la Puerta…» ¿Nadie canta? ¿El coro tampoco? Entonces se lo decimos, si no lo cantamos. Juntos: «Virgencita de la puerta, échame tu bendición. Virgencita de la puerta, danos paz y mucho amor».

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número 4, viernes 26 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 9 Encuentro con sacerdotes, religiosos y seminaristas Hagan soñar a los viejos y tendrán jóvenes profetas Tras celebrar la misa en Huanchaco, la mañana del sábado 20 de enero, el Papa llegó en coche al barrio Buenos Aires que se asoma al océano Pacífico. Subió al papamóvil y dio una vuelta a la plaza que fue golpeada por las inundaciones de abril de 2017, después llegó al cercano arzobispado de Trujillo, donde comió. A primera hora de la tarde visitó la catedral para después ir al seminario dedicado a santos Carlos y Marcelo, donde se reunió con los sacerdotes, religiosos y seminaristas de las circunscripciones eclesiásticas del norte de Perú. A continuación, publicamos el discurso pronunciado. Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenas tardes! [gran aplauso] Como es costumbre que el aplauso viene al final, quiere decir que ya terminé, así que me voy. [gritan: ¡No!] Agradezco las palabras que Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Arzobispo de Piura, me ha dirigido en nombre de todos los que están aquí. Encontrarme con ustedes, conocerlos, escucharlos y manifestar el amor por el Señor y la misión que nos regaló es importante. ¡Sé que hicieron un gran esfuerzo para estar acá, gracias! Nos recibe este Colegio Seminario, uno de los primeros fundados en América Latina para la formación de tantas generaciones de evangelizadores. Estar aquí y con ustedes es sentir que estamos en una de esas «cunas» que gestaron a tantos misioneros. Y no olvido que esta tierra vio morir, misionando —no sentado detrás de un escritorio—, a santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano. Y todo esto nos lleva a mirar hacia nuestras raíces, a lo que nos sostiene a lo largo del tiempo, nos sostiene a lo largo de la historia para crecer hacia arriba y dar fruto. Las raíces. Sin raíces no hay flores, no hay frutos. Decía un poeta que «todo lo que el árbol tiene de florido le viene de lo que tiene de soterrado», las raíces. Nuestras vocaciones tendrán siempre esa doble dimensión: raíces en la tierra y corazón en el cielo. No se olviden esto. Cuando falta alguna de estas dos, algo comienza a andar mal y nuestra vida poco a poco se marchita (cf. Lc 13, 6-9), como un árbol que no tiene raíces, marchita. Y les digo que da mucha pena ver algún obispo, algún cura, alguna monja, «marchito». Y mucha más pena me da cuando veo seminaristas marchitos. Esto es muy serio. La Iglesia es buena, la Iglesia es madre y si ustedes ven que no pueden, por favor, hablen antes de tiempo, antes de que sea tarde, antes que se den cuenta que no tienen raíces ya y que se están marchitando; todavía ahí hay tiempo para salvar, porque Jesús vino para eso, a salvar, y si nos llamó es para salvar. Me gusta subrayar que nuestra fe, nuestra vocación es memoriosa, esa dimensión deuteronómica de la vida. Memoriosa porque sabe reconocer que ni la vida, ni la fe, ni la Iglesia comenzó con el nacimiento de ninguno de nosotros: la memoria mira al pasado para encontrar la savia que ha irrigado durante siglos el corazón de los discípulos, y así reconoce el paso de Dios por la vida de su pueblo. Memoria de la promesa que hizo a nuestros padres y que, cuando sigue viva en medio nuestro, es causa de nuestra alegría y nos hace cantar: «el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125, 3). Me gustaría compartir con ustedes algunas virtudes, o algunas dimensiones, si quieren, de este ser memoriosos. Cuando yo digo «quiero que un obispo, un cura, una monja, un seminarista sea memorioso», ¿qué quiero decir? Y es lo que me gustaría compartir ahora. 1. Una dimensión es la alegre conciencia de sí. No hay que ser un inconsciente de sí mismo, no. Saber qué es lo que le está pasando, pero alegre conciencia de sí. El Evangelio que hemos escuchado (cf. Jn 1, 35-42) lo leemos habitualmente en clave vocacional y así nos detenemos en el encuentro de los discípulos con Jesús. Pero me gustaría, antes, mirar a Juan el Bautista. Él estaba con dos de sus discípulos y al ver pasar a Jesús les dice: «Ese es el Cordero de Dios» (Jn 1, 36); al oír esto ¿qué pasó? dejaron a Juan y se fueron con el otro (cf. v. 37). Es algo sorprendente, habían estado con Juan, sabían que era un hombre bueno, más aún, el mayor de los nacidos de mujer, como Jesús lo define (cf. Mt 11, 11), pero él no era el que tenía que venir. También Juan esperaba a otro más grande que él. Juan tenía claro que no era el Mesías sino simplemente quien lo anunciaba. Juan era el hombre memorioso de la promesa y de su propia historia. Era famoso, tenía fama, todos venían a hacerse bautizar por él, lo escuchaban con respeto. La gente creía que era el Mesías, pero él era memorioso de su propia historia y no se dejó engañar por el incienso de la vanidad. Juan manifiesta la conciencia del discípulo que sabe que no es ni será nunca el Mesías, sino sólo un invitado a señalar el paso del Señor por la vida de su gente. A mí me impresiona cómo Dios permita que esto llegue hasta las últimas consecuencias: muere degollado en un calabozo, así de sencillo. Nosotros consagrados no estamos llamados a suplantar al Señor, ni con nuestras obras, ni con nuestras misiones, ni con el sinfín de actividades que tenemos para hacer. Yo cuando digo consagrados involu- cro a todos: obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, religiosos y religiosas y seminaristas. Simplemente se nos pide trabajar con el Señor, codo a codo, pero sin olvidarnos nunca de que no ocupamos su lugar. Y esto no nos hace «aflojar» en la tarea evangelizadora, por el contrario, nos empuja, nos exige trabajar recordando que somos discípulos del único Maestro. El discípulo sabe que secunda y siempre secundará al Maestro. Y esa es la fuente de nuestra alegría, la alegre conciencia de sí mismo. ¡Nos hace bien saber que no somos el Mesías! Nos libra de creernos demasiado importantes, demasiado ocupados —es típica de algunas regiones escuchar: «No, a esa parroquia no vayas porque el padre siempre está muy ocupado»—. Juan el Bautista sabía que su misión era señalar el camino, iniciar procesos, abrir espacios, anunciar que Otro era el portador del Espíritu de Dios. Ser memoriosos nos libra de la tentación de los mesianismos, de creerme yo el Mesías. Esta tentación se combate de muchos modos, pero también con la risa. De un religioso a quien yo quise mucho —era jesuita, un jesuita holandés que murió el año pasado— se decía que tenía tal sentido del humor que era capaz de reírse de todo lo que pasaba, de sí mismo y hasta de su propia sombra. Conciencia alegre. Aprender a reírse de uno mismo nos da la capacidad espiritual de estar delante del Señor con los propios límites, errores y pecados, pero también aciertos, y con la alegría de saber que Él está a nuestro lado. Un lindo test espiritual es preguntarnos por la capacidad que tenemos de reírnos de nosotros mismos. De los demás es fácil reírse ¿no es cierto?, sacarle el cuero, reírse pero de nosotros mismos no es fácil. La risa nos salva del neopelagianismo «autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y, se sienten superiores a otros»1. Reíte. Rían en comunidad y no de la comunidad o de los otros. Cuidémonos de esa gente tan pero tan importante que, en la vida, se han olvidado de sonreir. «Sí, padre, pero usted no tiene un remedio, algo para…» Mira tengo dos «pastillas» que ayudan mu- cho: una, hablá con Jesús, con la Virgen, la oración, rezá y pedí la gracia de la alegría, de la alegría sobre la situación real; la segunda pastilla la podés hacer varias veces por día si la necesitás, sino una sola basta, miráte al espejo, miráte al espejo: «Y ¿ese soy yo?, ¿esa soy yo? Ja ja ja….». Y eso te hace reír. Y esto no es narcisismo, al contrario, es lo contrario, el espejo, acá, sirve como cura. Primero era entonces la alegre, la alegre conciencia de sí. 2. Lo segundo es la hora del llamado, hacernos cargo de la hora del llamado. Juan el Evangelista recoge en su Evangelio incluso hasta la hora de aquel momento que cambió su vida. Sí, cuando el Señor a una persona le hace crecer la conciencia de que es un llamado…, se acuerda cuándo empezó todo esto: «Eran las cuatro de la tarde» (v. 39). El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después. Hace bien recordar siempre esa hora, ese día clave para cada uno de nosotros en el que nos dimos cuenta, en serio, de que “esto que yo sentía” no eran ganas o atracciones sino que el Señor esperaba algo más. Y acá uno se puede acordar: ese día me di cuenta. La memoria de esa hora en la que fuimos tocados por su mirada. Las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso que un consagrado puede tener: la mirada del Señor: «No padre, yo lo miro al Señor en el sagrario» — Está bien, eso está bien pero sentáte un rato y dejáte mirar y recordá las veces que te miró y te está mirando. Dejáte mirar por él. Es de lo más valioso que un consagrado tiene: la mirada del Señor. Quizá no estás contento con ese lugar donde te encontró el Señor, quizá no se adecua a una situación ideal que te «hubiese gustado más». Pero fue ahí donde te encontró y te curó las heridas, ahí. Cada uno de nosotros conoce el dónde y el cuándo: quizás un tiempo de situaciones complejas, sí; con situaciones dolorosas, sí; pero ahí te encontró el Dios de la Vida para hacerte SIGUE EN LA PÁGINA 10

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página 10 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 26 de enero de 2018, número 4 VIENE DE LA PÁGINA 9 testigo de su Vida, para hacerte parte de su misión y ser, con Él, ser caricia de Dios para tantos. Nos hace bien recordar que nuestras vocaciones son una llamada de amor para amar, para servir. No para sacar tajada para nosotros mismos. ¡Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino por amor! (cf. Dt 7, 7-8). Así le dice el Deuteronomio al pueblo de Israel. No te la creas, no sos el pueblo más importante, sos de lo peorcito, pero se enamoró de ese, y bueno, qué quieren, tiene mal gusto el Señor, pero se enamoró de ese... Amor de entrañas, amor de misericordia que mueve nuestras entrañas para ir a servir a otros al estilo de Jesucristo. No al estilo de los fariseos, de los saduceos, de los doctores de la ley, de los zelotes, no, no, esos buscaban su gloria. Quisiera detenerme en un aspecto que considero importante. Muchos, a la hora de ingresar al seminario o a la casa de formación, o noviciados fuimos formados con la fe de nuestras familias y vecinos. Ahí, aprendimos a rezar, de la mamá, de la abuela, de la tía… y después fue la catequista la que nos preparó… Y así fue como dimos nuestros primeros pasos, apoyados no pocas veces en las manifestaciones de piedad y espiritualidad popular, que en Perú han adquirido las más exquisitas formas y arraigo en el pueblo fiel y sencillo. Vuestro pueblo ha demostrado un enorme cariño a Jesucristo, a la Virgen, a sus santos y beatos en tantas devociones que no me animo a nombrarlas por miedo a dejar alguna de lado. En esos santuarios, «muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas. Esas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos, que millones podrían contar»2. Inclusive muchas de vuestras vocaciones pueden estar grabadas en esas paredes. Los exhorto, por favor, a no olvidar, y mucho menos despreciar, la fe fiel y sencilla de vuestro pueblo. Sepan acoger, acompañar y estimular el encuentro con el Señor. No se vuelvan profesionales de lo sagrado olvidándose de su pueblo, de donde los sacó el Señor, de detrás del rebaño —como dice el Señor a su elegido [David] en la Biblia—. No pierdan la memoria y el respeto por quien les enseñó a rezar. A mí me ha pasado que —en reuniones con maestros y maestras de novicias o rectores de seminarios, padres espirituales de seminario— sale la pregunta: «¿Cómo le enseñamos a rezar a los que entran?». Entonces, les dan algunos manuales para aprender a meditar —a mí me lo dieron cuando entré—: «o esto haga acá», o «aquello no», o «primero tenés que hacer esto», «después este otro tal paso»… Y en general, los hombres y mujeres más sensatos que tienen este cargo de maestros de novicios o de padres espirituales o rectores de seminarios optan: «Seguí rezando como te enseñaron en casa». Y después, poco a poco, los van haciendo avanzar en otro tipo de oración. Pero, «seguí rezando como te enseñó tu madre, como te enseñó tu abuela», que por otro lado es el consejo que San Pablo le da a Timoteo: «La fe de tu madre y de tu abuela, esa es la que tenés vos, seguí por estas». No desprecien la oración casera porque es la más fuerte. Re- Hagan soñar a los viejos y tendrán jóvenes profetas cordar la hora del llamado, hacer memoria alegre del paso de Jesucristo por nuestra vida, nos ayudará a decir esa hermosa oración de san Francisco Solano, gran predicador y amigo de los pobres, «Mi buen Jesús, mi Redentor y mi amigo. ¿Qué tengo yo que tú no me hayas dado? ¿Qué sé yo que tú no me hayas enseñado?». De esta forma, el religioso, sacerdote, consagrada, consagrado, seminarista es una persona memoriosa, giar el amor de Jesús. La fe en Jesús se contagia, no puede confinarse ni encerrarse; y aquí se encuentra la fecundidad del testimonio: los discípulos recién llamados atraen a su vez a otros mediante su testimonio de fe, del mismo modo que en el pasaje evangélico Jesús nos llama por medio de otros. La misión brota espontánea del encuentro con Cristo. Andrés comienza su apostolado por los más cercanos, por su hermano Simón, casi como algo natural, irra- alegre y agradecida: trinomio para configurar y tener como «armas» frente a todo «disfraz» vocacional. La conciencia agradecida agranda el corazón y nos estimula al servicio. Sin agradecimiento podemos ser buenos ejecutores de lo sagrado, pero nos faltará la unción del Espíritu para volvernos servidores de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres. El Pueblo de Dios tiene olfato y sabe distinguir entre el funcionario de lo sagrado y el servidor agradecido. Sabe reconocer entre el memorioso y el olvidadizo. El Pueblo de Dios es aguantador, pero reconoce a quien lo sirve y lo cura con el óleo de la alegría y de la gratitud. En eso déjense aconsejar por el Pueblo de Dios. A veces en las parroquias sucede que cuando el cura se desvía un poquito y se olvida de su pueblo —estoy hablando de historias reales, ¿no?— cuántas veces la vieja de la sacristía —como la llaman, «la vieja de la sacristía»— le dice: «Padrecito, cuánto hace que no va a ver a su mamá. Vaya, vaya a ver a su mamá que nosotros por una semana nos arreglamos con el Rosario». 3. Tercer, la alegría contagiosa. La alegría es contagiosa cuando es verdadera. Andrés era uno de los discípulos de Juan el Bautista que había seguido a Jesús ese día. Después de haber estado con Él y haber visto dónde vivía, volvió a casa de su hermano Simón Pedro y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1, 41). Ahí no más fue contagiado. Esta es la noticia más grande que podía darle, y lo condujo a Jesús. La fe en Jesús se contagia. Y si hay un cura, un obispo, una monja, un seminarista, un consagrado que no contagia es un aséptico, es de laboratorio, que salga y se ensucie las manos un poquito y ahí va a empezar a conta- diando alegría. Esta es la mejor señal de que hemos «descubierto» al Mesías. La alegría contagiosa es una constante en el corazón de los apóstoles, y la vemos en la fuerza con que Andrés confía a su hermano: «¡Lo hemos encontrado!». Pues «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»3. Y ésta es contagiosa. Esta alegría nos abre a los demás, es alegría no para guardarla, sino para transmitirla. En el mundo fragmentado que nos toca vivir, que nos empuja a aislarnos, somos desafiados a ser artífices y profetas de comunidad. Ustedes saben, nadie se salva solo. Y en esto me gustaría ser claro. La fragmentación o el aislamiento no es algo que se da «fuera» como si solamente fuese un problema del «mundo». Hermanos, las divisiones, guerras, aislamientos los vivimos también dentro de nuestras comunidades, dentro de nuestros presbiterios, dentro de nuestras Conferencias episcopales ¡y cuánto mal nos hacen! Jesús nos envía a ser portadores de comunión, de unidad, pero tantas veces parece que lo hacemos desunidos y, lo que es peor, muchas veces poniéndonos zancadillas unos a otros, ¿o me equivoco? [responden: ¡No!]. Agachemos la cabeza y cada cual ponga dentro del propio sayo lo que le toca. Se nos pide ser artífices de comunión y de unidad; que no es lo mismo que pensar todos igual, hacer todos lo mismo. Significa valorar los aportes, las diferencias, el regalo de los carismas dentro de la Iglesia sabiendo que cada uno, desde su cualidad, aporta lo propio pero necesita de los demás. Sólo el Señor tiene la plenitud de los dones, sólo Él es el Mesías. Y quiso repartir sus dones de tal forma que todos podamos dar lo nuestro enriqueciéndonos con lo de los demás. Hay que cuidarse de la tentación del «hijo único» que quiere todo para sí, porque no tiene con quién compartir. Malcriado el muchacho. A aquellos que tengan que ocupar misiones en el servicio de la autoridad les pido, por favor, no se vuelvan autorreferenciales; traten de cuidar a sus hermanos, procuren que estén bien; porque el bien se contagia. No caigamos en la trampa de una autoridad que se vuelva autoritarismo por olvidarse que, ante todo, es una misión de servicio. Los que tienen esa misión de ser autoridad piénsenlo mucho, en los ejércitos hay bastantes sargentos no hace falta que se nos metan en nuestra comunidad. Quisiera antes de terminar: ser memorioso y las raíces. Considero importante que en nuestras comunidades, en nuestros presbiterios se mantenga viva la memoria y se dé el diálogo entre los más jóvenes y los más ancianos. Los más ancianos son memoriosos y nos dan la memoria. Tenemos que ir a recibirla, no los dejemos solos. Ellos [los ancianos], por ahí, no quieren hablar, alguno se siente un poquito abandonado… Hagámoslo hablar, sobre todo los jóvenes. Los que están en cargos de formación de los jóvenes, mándelos hablar con los curas viejos, con las monjas viejas, con los obispos viejos —dicen que las monjas no envejecen porque son eternas— mándelos a hablar. Los ancianos necesitan que les vuelvan a brillar los ojos y que vean que en la Iglesia, en el presbiterio, en la Conferencia episcopal, en el convento, hay jóvenes que llevan adelante el cuerpo de la Iglesia. Que los oigan hablar, que les pregunten los jóvenes a ellos, y a ellos ahí les van a empezar a brillar los ojos y van a empezar a soñar. Hagan soñar a los viejos. La profecía de Joel, 3, 1. Hagan soñar a los viejos. Y si los jóvenes hacen soñar a los viejos les aseguro que los viejos harán profetizar a los jóvenes. Ir a las raíces. Yo quisiera en esto —ya estoy terminando— citar un Santo Padre, pero no se me ocurre ninguno, pero voy a citar a un Nuncio apostólico. Me decía él, hablando de esto, un antiguo refrán africano que aprendió cuando él estuvo allí —porque los Nuncios apostólicos primero pasan por África y ahí aprenden muchas cosas—, y el refrán era: «Los jóvenes caminan rápido —y lo tienen que hacer— pero son los viejos los que conocen el camino». ¿Está bien? Queridos hermanos, nuevamente gracias y que esta memoria deuteronómica nos haga más alegres y agradecidos para ser servidores de unidad en medio de nuestro pueblo. Déjense mirar por el Señor, vayan a buscar al Señor, ahí, en la memoria. Mírense al espejo de vez en cuando. Y que el Señor los bendiga, que la Virgen Santa los cuide. Y de vez en cuando —como dicen en el campo— échenme un rezo. Gracias. 1 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 94. 2 Cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 260. 3 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1.

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número 4, viernes 26 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 La última cita del Pontífice en Trujillo —antes de la vuelta a Lima— fue el sábado 20 por la tarde, en la plaza de Armas, donde presidió la celebración mariana en honor de la Virgen de la Puerta. Después de una vuelta en papamóvil entre los fieles reunidos en la plaza, Francisco fue saludado por el arzobispo, al inicio del rito. Queridos hermanos y hermanas: Agradezco a Mons. Héctor Miguel sus palabras de bienvenida en nombre de todo el Pueblo de Dios que peregrina en estas tierras. En esta hermosa e histórica plaza de Trujillo que ha sabido impulsar sueños de libertad para todos los pe- ruanos nos congregamos para encon- trarnos con la «Mamita de Otuzco». Sé de los muchos kilómetros que tantos de ustedes han hecho para es- Luchar contra la plaga tar hoy aquí, reunidos bajo la mirada de la Madre. Esta plaza se transforma así en un santuario a cielo del feminicidio abierto en el que todos queremos dejarnos mirar por la Madre, por su Por una legislación y una cultura contra la violencia maternal y tierna mirada. Madre que conoce el corazón de los norteños peruanos y de tantos otros lugares; ha visto sus lágrimas, sus risas, sus anhelos. En esta plaza se quiere atesorar la memoria de un Pueblo que sabe que María es Madre y no abandona a sus hijos. La casa se viste de fiesta de manera especial. Nos acompañan las imágenes venidas desde distintos rincones de esta región. Junto a la querida Inmaculada Virgen de la Puerta de Otuzco, saludo y doy la bienvenida a la Santísima Cruz de Chalpón de Chiclayo, al Señor Cautivo de Ayabaca, a la Virgen de las Mercedes de Paita, el Divino Niño del Milagro de Eten, la Virgen Dolorosa de Cajamarca, la Virgen de la Asunción de Cutervo, la Inmaculada Concepción de Chota, Nuestra Se- ñora de Alta Gracia de Huamachuco, Santo Toribio de Mogrovejo de Tayabamba —Huamachuco—, la Virgen Asunta de Chachapoyas, la Virgen de la Asunción de Usquil, la Virgen del Socorro de Huanchoco y las reliquias de los Mártires Conventuales de Chimbote. Cada comunidad, cada rinconcito de este suelo viene acompañado por el rostro de un santo, el amor a Jesucristo y a su Madre. Y contemplar que donde haya una comunidad, donde haya vida y corazones latiendo y ansiosos por encontrar motivos para la esperanza, para el canto, para el baile, para una vida digna… ahí está el Señor, ahí encontramos a su Madre y también el ejemplo de tantos santos que nos ayudan a permanecer alegres en la esperanza. Con ustedes doy gracias a la delicadeza de nuestro Dios. Él busca la forma de acercarse a cada uno de la manera que pueda recibirlo y así nacen las más distintas advocaciones. Expresan el deseo de nuestro Dios por querer estar cerca de cada corazón porque el idioma del amor de Dios siempre se pronuncia en dialecto, no tiene otra forma de hacerlo, y además resulta esperanzador cómo la Madre asume los rasgos de los hijos, la vestimenta, el dialecto de los suyos para hacerlos parte de su bendición. María será siempre una Madre mestiza, porque en su corazón encuentran lugar todas las sangres, porque el amor busca todos los medios para amar y ser amado. Todas estas imágenes nos recuerdan la ternura con que Dios quiere estar cerca de cada poblado, de cada fa- milia, de vos, de vos, de mí, de to- dos. Sé del amor que le tienen a la En la catedral de Lima Inmaculada Virgen de la Puerta de Otuzco que hoy junto a ustedes, Herederos de santos quiero declarar: Virgen de la Puerta, «Madre de Misericordia y de la Es- peranza». Virgencita que, en los si- El domingo 21 de enero el Papa dejó el santuario del Señor de los Milagros y glos pasados, demostró su amor por fue a la catedral de Lima. Después de recorrer en papamóvil la plaza para los hijos de esta tierra, cuando colo- saludar a los fieles presentes, entró en la iglesia primacial de Perú para rezar delante de las reliquias de los santos del país. A continuación, fue a pie al arzobispado, donde encontró a los prelados de la Conferencia episcopal nacional. Publicamos la oración de Francisco a los santos peruanos. cada sobre una puerta los defendió y los protegió de las amenazas que los afligían, suscitando el amor de todos los peruanos hasta nuestros días. Ella nos sigue defendiendo e indi- Dios y Padre nuestro, que por medio de Jesucristo has instituido tu Iglesia sobre la roca de los Apóstoles, para que guiada por el Espíritu Santo sea en el mundo signo e instrumento de tu amor y misericordia, bendecida por el testimonio de vida cristiana de otros hermanos fieles al Evangelio, agradece tu acción en nuestra historia y te suplica ser fiel a la herencia recibida. cando la Puerta que nos abre el camino a la vida auténtica, a la Vida que no se marchita. Ella es la que sabe acompañar a cada uno de sus hijos para que vuelvan a casa. Nos acompaña y lleva hasta la Puerta que da Vida porque Jesús no quiere que nadie se quede afuera, a la intemperie. Así acompaña «la nostal- te damos gracias por los dones Ayúdanos a ser Iglesia en salida, gia que muchos sienten de volver a que has obrado en nuestra Iglesia acercándonos a todos, la casa del Padre, que está esperan- en Lima. en especial a los menos do su regreso»1 y muchas veces no Te agradecemos de manera especial favorecidos; saben cómo volver. Decía san Ber- la santidad florecida en nuestra enséñanos a ser discípulos nardo: «Tú que te sientes lejos de la tierra. misioneros tierra firme, arrastrado por las olas Nuestra Iglesia arquidiocesana, de Jesucristo, el Señor de los de este mundo, en medio de borras- fecundada por el trabajo apostólico Milagros, cas y de tempestades: mira la Estre- de santo Toribio de Mogrovejo; viviendo el amor, buscando la lla e invoca a María».2 Ella nos indi- engrandecida por la oración, unidad ca el camino a casa, ella nos lleva a penitencia y caridad de santa Rosa y practicando la misericordia Jesús que es la Puerta de la Miseri- de Lima para que, protegidos por la cordia, y nos deja con Él, no quiere y san Martín de Porres; intercesión nada para sí, nos lleva a Jesús. adornada por el celo misionero de Nuestra Señora de la En el 2015 tuvimos la alegría de de san Francisco Solano Evangelización, celebrar el Jubileo de la Misericor- y el servicio humilde de san Juan vivamos y anunciemos al mundo dia. Un año en el que invitaba a to- Macías; el gozo del Evangelio. dos los fieles a pasar por la Puerta de la Misericordia, «a través de la cual —escribía— cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza».3 Y quiero repetir junto a ustedes el mismo deseo que tenía entonces: «¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios!»4. Cómo deseo que esta tierra que tiene a la Madre de la Misericordia y la Esperanza pueda multiplicar y llevar la bondad y la ternura de Dios a cada rincón. Porque, queridos hermanos, no hay mayor medicina para curar tantas heridas que un corazón que sepa de misericordia, que un corazón que sepa tener compasión ante el dolor y la desgracia, ante el error y las ganas de levantarse de muchos y que no saben cómo hacerlo. La compasión es activa porque «hemos aprendido que Dios se inclina hacia nosotros (cf. Os 11, 4) para que también nosotros podamos imitarlo inclinándonos hacia los hermanos».5 Inclinándonos especialmente ante aquellos que más sufren. Como María, estar atentos a aquellos que no tienen el vino de la alegría, así sucedió en las bodas de Caná. Mirando a María, no quisiera finalizar sin invitarlos a que pensemos en todas las madres y abuelas de esta Nación; son verdadera fuerza motora de la vida y de las familias del Perú. ¡Qué sería Perú sin las madres y las abuelas, qué sería nuestra vida sin ellas! El amor a María nos tiene que ayudar a generar actitudes de reconocimiento y gratitud frente a la mujer, frente a nuestras madres y abuelas que son un bastión en la vida de nuestras ciudades. Casi siempre silenciosas llevan la vida adelante. Es el silencio y la fuerza de la esperanza. Gracias por su testimonio. Reconocer y agradecer, pero mirando a las madres y a las abuelas, quiero invitarlos a luchar contra una plaga que afecta a nuestro continente americano: los numerosos casos de feminicidio. Y son muchas las situaciones de violencia que quedan silenciadas detrás de tantas paredes. Los invito a luchar contra esta fuente de sufrimiento pidiendo que se promueva una legislación y una cultura de repudio a toda forma de violencia. Hermanos, la Virgen de la Puerta, Madre de la Misericordia y de Esperanza, nos muestra el camino y nos señala la mejor defensa contra el mal de la indiferencia y la insensibilidad. Ella nos lleva a su Hijo y así nos invita a promover e irradiar una «cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos».6 Que la Virgen les conceda esta gracia. 1Carta ap. Misericordia et misera al concluir el Jubileo extraordinario de la misericordia (20 noviembre 2016), 16. 2Hom. II super «Missus est», 17: PL 183, 70-71. 3 Bula Misericordiae vultus (11 abril 2015), 3. 4 Ibíd., 5. 5 Carta ap. Misericordia et misera al concluir el Jubileo extraordinario de la misericordia (20 noviembre 2016), 16. 6 Ibíd., 20.

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número 4, viernes 26 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO páginas 12/13 En el coloquio con los periodistas durante el vuelo hacia Roma Durante el vuelo de Lima a Roma, el 21 de enero por la tarde, tras finalizar el viaje en Chile y Perú, el Papa Francisco encontró a los periodistas a bordo del avión. Publicamos la transcripción de las respuestas del Pontífice y una síntesis de las preguntas. Después de la introducción del director de la sala de prensa de la Santa Sede, Greg Burke, el Papa se dirigió así a los periodistas: «Buenas tardes. Gracias por su trabajo. Ha sido un viaje... no sé cómo se dice en italiano, pero en español se dice “pasteurizado”, como se hace con la leche: se hace pasar del frío al calor, del calor al frío, y nosotros hemos pasado del sur de Chile, fresco, ese paisaje bellísimo, al desierto, al bosque de Maldonado, después a Trujillo, el mar, y después Lima: todas las temperaturas y todos los climas. Y esto cansa. Muchas gracias. Y ahora, las preguntas. Empezamos con las del viaje, todas, y cuando terminan estas, si falta algo sobre el viaje lo diré yo, y después las otras preguntas, si hay». [Armando Canchanya Alaya «Rpp»]. ¿Qué se lleva del viaje a Perú? Me llevo la impresión de un pueblo creyente, un pueblo que pasa muchas dificultades, y las pasó históricamente, pero una fe que me impresiona. No sólo la fe en Trujillo, donde la piedad popular es muy rica y muy fuerte, sino la fe de las calles. Ustedes vieron lo que eran las calles, y no sólo en Lima, donde evidentemente se nota, también en Trujillo. También en Puerto Maldonado yo pensaba tener el acto en un lugar como este —y era una plaza llena—, y cuando iba de un lado para otro, las calles también. O sea, un pueblo que salió a expresar su alegría y su fe. Es verdad que ustedes tienen —como dije hoy al mediodía—, ustedes son una tierra «ensantada», son el pueblo latinoamericano que tiene más santos. Y santos de alto nivel: Toribio, Rosa, Martín, Juan. Creo que la fe la tiene muy calada dentro. Yo me llevo de Perú una impresión de alegría, de fe, de esperanza, de volver a andar, y sobre todo… muchos chicos. O sea, volví a ver esa imagen que vi en Filipinas y vi en Colombia: los papás y las mamás, a mi paso, levantando los chicos, y eso dice futuro, eso dice esperanza, porque nadie trae hijos al mundo si no tiene esperanza. Lo único que les pido es que cuiden la riqueza, no sólo las que tienen las iglesias y los museos —que las obras de artes son geniales—, no sólo las de la historia de la santidad y de los sufri- El viaje en Chile y en Perú mientos que los han enriquecido mucho, sino esta riqueza de estos días que yo vi. [Giovanni Hinojosa Navarro de «La República»] El problema de la corrupción en Perú ha implicado tanto a la clase política como a algunos miembros de la Iglesia con las víctimas del Sodalicio de Vida Cristiana esperando justicia. ¿Qué piensa usted de ambos casos? Bien, primero el problema de la corrupción. Yo no sabría responderte históricamente el progreso de la corrupción o históricamente en otros sectores del mundo. Yo sé que en algunos países de Europa hay mucha corrupción —algunos, no todos—. Sí, en Latinoamérica hay muchos focos de corrupción. Ahora está de moda hablar de Odebrecht, por ejemplo. Pero eso, es un botón de muestra. El origen de la corrupción es…, yo diría que es el pecado original que te lleva... Yo escribí un librito una vez, muy pequeño, que se llama «Pecado y corrupción»; y el lema que saco de eso, de ese libro, es: «pecador sí, corrupto no». Todos somos pecadores. Pero yo sé que todos nosotros, los que estamos acá, —también yo hago la voluntad de mi parte, y… pienso bien de ustedes que los hacen—, cuando se encuentran en «off side», en un pecado fuerte: «Bueno, “esto” está mal, acá me porté mal con un amigo o robé, o hice “esto” o me drogué», y entonces me freno y trato de no hacerlo. Bueno, pero está el perdón de Dios sobre todo eso. Yo al pecado no le tengo miedo, le tengo miedo a la corrupción, porque la corrupción ya te va viciando el alma y el cuerpo; y un corrupto está tan seguro de sí mismo que no puede volver atrás. O sea, la corrupción es como esos pantanos chupadizos que vos pisás y querés salir, y das un paso y te vas más adentro, más adentro, más adentro, y te chupó. Es una ciénaga… Ese sí, es la destrucción de la persona humana. Yo no sé si toqué algo, —¿si querés preguntar algo más sobre la corrupción?, después paso al Sodalicio—. Y claro, el político tiene mucho poder. También el empresario tiene mucho poder. Un empresario que les paga la mitad a sus obreros es un corrupto, y una ama de casa que está acostumbrada y cree que es lo más normal explo- tar a las mucamas, ya sea con el sueldo ya sea con el modo de tratar, es una corrupta, porque ya lo toma como normal. Una vez, recuerdo una conversación que tuve con una persona, un profesional. Y me decía cómo llevaba la cosa. Joven, tendría treinta años. Y él me decía que trataba al personal doméstico de una manera nada noble, y mencionaba las cosas que hacía con el personal doméstico. Yo le dije: «Pero… usted no puede hacer eso. Eso es pecado». «Padre —me dice—, no vamos a comparar esa gente conmigo, esa gente está para eso». Y es lo que piensa el tratante sexual, el tratante de trabajo esclavo: los corruptos. ¿Y en la Iglesia, hay corrupción? Sí. Hay casos de corrupción en la Iglesia. En la historia de la Iglesia siempre los hubo. Siempre los hubo, porque hombres y mujeres de Iglesia entraron en el juego de la corrupción. Y esto me sirve de puente para lo del Sodalicio. El Sodalicio empezó con un caso de una persona que parecía muy…, con mucha virtud, murió e investigando se descubrió que tenía doble vida. Es el primer caso del Sodalicio, que yo conozco. ¡Eh! Pero esto hace 20, 25 años atrás, y después una denuncia ya de abuso, no solo sexual, sino de abuso de manipulación de conciencia para con el fundador. El proceso del fundador entró en la Santa Sede, se le dio una condena, no se lo expulsó del Sodalicio, sino que vive solo, y una persona lo atiende… Él se declara inocente de las pruebas que hubo en el juicio y apeló a la Signatura Apostólica, que es la el de los Legionarios y ya fue resuelto en su momento por el Papa Benedicto XVI, que en eso estuvo muy firme y muy fuerte. Benedicto no toleraba esas cosas. Y yo aprendí de él a no tolerarlas tampoco. No sé si te respondí. O sea, el estado jurídico hoy día del Sodalicio es «comisariamiento» y a la vez sigue la Visita Apostólica. Suprema Corte de Justicia del Vaticano. La causa está en apelación. Por los datos que tengo saldrá en menos de un mes. Lleva un año en el proceso. En menos de un mes saldrá. Pero, ¿qué sucedió ahora? Ese juicio fue gatillo para que otras víctimas de esa persona hicieran juicio civil y eclesiástico. Entonces, si la Signatura Apostólica pone fin a este juicio primero… —si a favor o en contra—, ya no tiene sentido, porque este hombre, ahora sí, hay cosas mucho más graves que dirá la justicia, pero son varios casos graves e intervino la justicia civil, lo cual en estos casos de abusos siempre es conveniente, porque es un derecho. Y creo, por lo que sé, pero no estoy muy al tanto, que la cosa es bastante desfavorable al fundador. Por otro lado, no era una situación personal solamente, había cosas ahí no del todo claras. Entonces, hace casi dos años yo mandé un Visitador al Sodalicio en la persona del cardenal Tobin, obispo de Newark. El cardenal Tobin hace la visita; descubre cosas que no entiende o que no están claras; nombra dos veedores económicos y este es el tercer abuso que también rozaba al fundador: el manejo económico. ¿No? Y después de un estudio recomienda «comisariar» el Sodalicio. Llegó la carta de él hace cuatro semanas, se estudió el caso y hace dos semanas se nombró un comisario. Si hoy día el Sodalicio está «comisariado» por la Santa Sede es por todo esto. Un caso parecido —parecido dirían en los nuevos procedimientos, no en las acusaciones— es [Juan Pablo Iglesias Mori, «la Tercera»] en su primer mensaje en Chile fue muy duro contra los abusos. Usted habló de «vergüenza», habló de comprender el dolor de la víctimas. Pero el último día hizo declaraciones sobre el caso del obispo Barros, ¿por qué cree más el testimonio del obispo Barros y que el de las víctimas? Comprendo la pregunta. Sobre Barros hice una declaración, no declaraciones: una. Yo hablé en Chile, y eso fue en Iquique, al final. Hablé en Chile dos veces sobre los abusos: con mucha fuerza delante del gobierno, que era hablar delante de la patria, y en la catedral con los sacerdotes. El discurso que dije a los sacerdotes es lo que yo siento más profundamente respecto a este caso. Ustedes saben que empezó el Papa Benedicto con tolerancia cero, yo seguí con tolerancia cero, y después de casi cinco años de Pontificado no he firmado un pedido de gracia. Los procesos son así: entran en la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Congregación da la sentencia… En los casos de quite del estado clerical es definitiva la sentencia en primera instancia; la persona que es condenada tiene derecho a apelar. Hay un Tribunal de Apelación de segunda instancia. El Tribunal de Apelación sabe que si hay pruebas claras de abuso no hay lugar para la apelación; no se apela, lo que sí puede apelarse son los procedimientos: falla de procedimientos, irregularidades…, entonces ahí tiene que sentenciar o revisión de proceso, como en todo juzgado, ¿no es cierto? Si la segunda instancia confirma la primera solamente le queda una salida, a la persona, y es apelar al Papa, como gracia. Yo, en cinco años, habré recibido —no sé el número— 20, 25 casos de gracia que se animaron a pedir. No firmé ninguno. Solamente en un caso, que no fue gracia ni nada, fue una discusión de sentencia jurídica, en mi primer año de pontificado, y me encontré con dos sentencias. Una muy seria que venía de la diócesis, y otra que dio la Doctrina de la Fe. La de Doctrina de la Fe era la más dura, la que venía de la diócesis era muy seria, con mucha cautela y muy condicionada. O sea, con estas condiciones hay que esperar un tiempo y ver que…, o sea, no cerraba el caso. Como hay que hacer en buena jurisprudencia, siempre a favor del reo, opté por la más leve, con las condiciones. A los dos años se evaluaron que las condiciones no las cumplió y entonces dejé funcionar la otra. Es el único caso que dudé, pero porque eran dos sentencias y había un principio jurídico, in dubio pro reo, ¿no? Y entonces opté por eso. Esa es mi postura. Ahora el caso del obis- po Barros. Es un caso que lo hice estudiar, lo hice investigar, lo hice trabajar mucho, y realmente no hay evidencias —uso la palabra evidencia, porque después voy a hablar de la pruebas—, no hay evi- dencias de culpabilidad, más bien parece que no se van a encontrar porque hay una coherencia en otro sentido. Entonces, en base a ese no haber eviden- cias es que yo espero alguna evidencia para cam- biar de postura, sino aplico el principio jurídico básico en todo tribunal: nemo malus nisi probetur, ninguno es malo a no ser que se pruebe. Y ahí está la palabra «prueba», que creo que es la que me jugó a mí la mala pasada. Estaba entrando y una periodista de Iquique me pregunta: «Nosotros en Chile tenemos el gran problema del obispo Barros, ¿qué piensa usted?». Creo que las palabras que dije fueron estas: Primero pensé: «¿Respondo o no respondo?». Dije, sí. ¿Por qué razón? Porque Barros había sido obispo de Iquique y una feligresa de él me lo preguntaba. Tiene derecho a una respuesta. Y dije: «el día que tenga una prueba voy a hablar». Creo que dije «no tengo pruebas», creo, pero no me acuerdo. Pero está registrado, lo puedes encontrar. Yo hablaría de evidencias y claro, yo sé que hay mucha gente abusada que no puede traer una prueba, no la tiene. Y que no puede. O a veces la tiene, pero tiene vergüenza, lo tapa y sufre en silencio. El drama de los abusados es tremendo… es tremendo… A mí me tocó atender hace dos meses a una mujer abusada hace cuarenta años —¡cuarenta!—. Casada, con tres hijos. Esa mujer no recibía la comunión desde esa época, porque en la mano del cura veía la mano del abusador. No podía acercarse. Y era creyente, era católica. No podía… Así que la palabra prueba no era la mejor para acercarme a un corazón dolorido; yo diría, evidencias… En el caso de Barros se estudió, se reestudió, y no hay evidencias, y eso es lo que quise decir: no tengo evidencias para condenar. Y ahí, si yo condenara sin evidencias o sin certeza moral cometería —yo— un delito de mal juez. Pero hay otra cosa más que quiero decir. ¿Vos entendés el italiano? Lo explicaré en italiano. Uno de vosotros se me ha acercado y me ha dicho: «¿Ha visto la carta que ha salido?», y me ha enseñado una carta SIGUE EN LA PÁGINA 18

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página 14 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 26 de enero de 2018, número 4 Para acercar la miseria de los hombres al poder de Dios A las religiosas el Pontífice recuerda el alcance universal de la vida de clausura La última jornada del Papa Francisco en Perú, domingo 21 de enero, se abrió con la visita al monasterio de las nazarenas en el complejo del santuario del Señor de los Milagros, en el centro de Lima. En presencia de quinientas religiosas de vida contemplativa, procedentes de todo el país, el Pontífice guio la oración de la hora tercia, durante la cual, comentado la lectura breve tomada de la Carta a los Romanos (8, 15-16), pronunció la siguiente homilía. Queridas hermanas de los diversos monasterios de vida contemplativa: ¡Qué bueno es estar aquí, en este Santuario del Señor de los Milagros, tan frecuentado por los peruanos, para pedirle su gracia y para que nos muestre su cercanía y su misericordia! Él, que es «faro que guía, que nos ilumina con su amor divino». Al verlas a ustedes aquí, me viene un mal pensamiento: que aprovecharon para salir del convento un rato y dar un paseíto. Gracias, Madre Soledad, por sus palabras de bienvenida, y a todas ustedes que desde el silencio del claustro caminan siempre a mi lado. Y también —me lo van a permitir porque me toca el corazón— desde aquí mandar un saludo a mis cuatro Carmelos de Buenos Aires. También a ellas las quiero poner ante el Señor de los Milagros, porque ellas me acompañaron en mi ministerio en aquella diócesis, y quiero que estén aquí para que el Señor las bendiga. No se ponen celosas, ¿no? [Responden: «No»] Escuchamos las palabras de san Pablo, recordándonos que hemos recibido el espíritu de adopción filial que nos hace hijos de Dios (cf. Rm 8, 15-16). Esas pocas palabras condensan la riqueza de toda vocación cristiana: el gozo de sabernos hijos. Esta es la experiencia que sustenta nuestras vidas, la cual quiere ser siempre una respuesta agradecida a ese amor. ¡Qué importante es renovar día a día este gozo! Sobre todo en los momentos en que el gozo parece que se fue o el alma está nublada o hay cosas que no se entienden; ahí volverlo a pedir y renovar: «Soy hija, soy hija de Dios». Un camino privilegiado que tienen ustedes para renovar esta certeza es la vida de oración, oración comunitaria y personal. La oración es el núcleo de vuestra vida consagrada, vuestra vida contemplativa, y es el modo de cultivar la >experiencia de amor que sostiene nuestra fe, y como bien nos decía la Madre Soledad, es una oración siempre misionera. No es una oración que rebota en los muros del convento y vuelve para atrás, no, es una oración que va y sale, y sale... La oración misionera es la que logra unirse a los hermanos en las variadas circunstancias en que se encuentran y rezar para que no les falte el amor y la esperanza. Así lo decía santa Teresita del Niño Jesús: «Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase el amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno… En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor»1. Ojalá que cada una de ustedes pueda decir esto. Si alguna está media flojita y se le apagó el fueguito del amor, ¡pídalo!, ¡pídalo! Es un regalo de Dios amor amar. ¡Ser el amor! Es saber estar al lado del sufrimiento de tantos hermanos y decir con el salmista: «En el peligro grité al Señor, y me escuchó, poniéndome a salvo» (Sal 117, 5). Así vuestra vida en clausura logra tener un alcance misionero y universal y «un papel fundamental en la vida de la Iglesia. Rezan e interceden por muchos hermanos y hermanas presos, emigrantes, refugiados y perseguidos; por tantas familias heridas, por las personas en paro, por los pobres, por los enfermos, por las víctimas de dependencias, por no ci- tar más que algunas situaciones que son cada día más urgentes. Ustedes son como aquellos amigos que llevaron al paralítico ante el Señor, para que lo sanara (cf. Mc 2, 1-12). No tenían vergüenza, eran «sin vergüenza», pero bien dicho. No tuvieron vergüenza de hacer un agujero en el techo y bajar al paralítico. Sean «sin vergüenza», no tengan vergüenza de hacer con la oración que la miseria de los hombres se acerque al poder de Dios. Esa es la oración vuestra. Por la oración, día y noche, acercan al Señor la vida de muchos hermanos y hermanas que por diversas situaciones no pueden alcanzarlo para experimentar su misericordia sanadora, mientras que Él los espera para llenarlos de gracias. Por vuestra oración ustedes curan las llagas de tantos hermanos»2. Por eso mismo podemos afirmar que la vida de clausura no encierra ni encoge el corazón sino que lo ensancha ¡Ay! de la monja que tiene el corazón encogido. Por favor, busquen remedio. No se puede ser monja contemplativa con el corazón encogido. Que vuelva a respirar, que vuelva a ser un corazón grande. Además, las monjas encogidas son monjas que han perdido la fecundidad y no son madres; se quejan de todo, no sé, amargadas, siempre están buscando un «tiquismiquis» para quejarse. La santa Madre [Teresa de Jesús] decía: «!Ay! de la monja que dice: «hiciéronme sin razón, me hicieron una injusticia». En el convento no hay lugar para las «coleccionistas de injusticias», sino hay lugar para aquellas que abren el corazón y saben llevar la cruz, la cruz fecunda, la cruz del amor, la cruz que da vida. El amor ensancha el corazón, y por tanto con el Señor vamos adelante, porque él nos hace capaz de sentir de un modo nuevo el dolor, el sufrimiento, la frustración, la desventura de tantos hermanos que son víctimas en esta «cultura del descarte» de nuestro tiempo. Que la intercesión por los necesitados sea la característica de vuestra plegaria. Con los brazos en alto como Moisés, con el corazón así tendido, pidiendo… Y cuando sea posible ayúdenlos, no sólo con la oración, si- no también con el servicio concreto. Cuántos conventos de ustedes, sin faltar la clausura, respetando el silencio, en algunos momentos de locutorio pueden hacer tanto bien. La oración de súplica que se hace en sus monasterios sintoniza con el Corazón de Jesús que implora al Padre para que todos seamos uno, así el mundo creerá (cf. Jn 17, 21). ¡Cuánto necesitamos de la unidad en la Iglesia! Que todos sean uno. ¡Cuánto necesitamos que los bautizados sean uno, que los consagrados sean uno, que los sacerdotes sean uno, que los obispos sean uno! ¡Hoy y siempre! Unidos en la fe. Unidos por la esperanza. Unidos por la caridad. En esa unidad que brota de la comunión con Cristo que nos une al Padre en el Espíritu y, en la Eucaristía, nos une unos con otros en ese gran misterio que es la Iglesia. Les pido, por favor, que recen mucho por la unidad de esta amada Iglesia peruana porque está tentada de desunión. A ustedes le encomiendo la unidad, la unidad de la Iglesia, la unidad de los agentes pastorales, de los consagrados, del clero y de los obispos. El demonio es mentiroso y, además, es chismoso, le encanta andar llevando de un lado para otro, busca dividir, quiere que en la comunidad unas hablen mal de las otras. Esto lo dije muchas veces, así que me repito: ¿saben lo que es la monja chismosa? Es terrorista, peor que los de Ayacucho hace años, peor, porque el chisme es como una bomba, entonces va y “suif, suiff suiff” como el demonio, tira la bomba, destruye y se va tranquila. Monjas terroristas no, sin chismes. Ya saben que el mejor remedio para no chismeares morderse la lengua. La enfermera va a tener trabajo porque se les va a inflamar la lengua, pero no tiraron la bomba. O sea, que no haya chismes en el convento, porque eso lo inspira el demonio, porque es chismoso por naturaleza y es mentiroso. Y acuérdense de los terroristas de Ayacucho cuando tengan ganas de pasar un chisme. Esfuércense en la vida fraterna, haciendo que cada monasterio sea un faro que pueda iluminar en medio de la desunión y la división. Ayuden a profetizar que esto es posible. Que todo aquel que se acerque a ustedes pueda pregustar la bienaventuranza de la caridad fraterna, tan propia de la vida consagrada y tan necesitada en el mundo de hoy y en nuestras comunidades. Cuando se vive la vocación en fidelidad, la vida se hace anuncio del amor de Dios. Les pido que no dejen de dar ese testimonio. En esta Iglesia de Nazarenas Carmelitas Descalzas, me permito recordar las palabras de la Maestra de vida espiritual, santa Teresa de Jesús: «Si pierden la guía, que es el buen Jesús, nunca acertarán el camino». Siempre detrás de Él. «Ay, padre, pero a veces Jesús termina en el Calvario». Pues andá vos ahí también, que ahí también te espera, porque te quiere. «Porque el mismo Señor dice que es camino; también dice el Señor que es luz, y que no puede nadie ir al Padre sino por Él»3. Queridas hermanas, sepan una cosa: ¡la Iglesia no las tolera a ustedes, las necesita! La Iglesia las necesita. Con su vida fiel sean faros e indiquen a Aquel que es camino, verdad y vida, al único Señor que ofrece plenitud a nuestra existencia y da vida en abundancia4. Recen por la Iglesia, recen por los pastores, por los consagrados, por las familias, por los que sufren, por los que hacen daño y destruyen tanta gente, por los que explotan a sus hermanos. Y por favor, siguiendo con la lista de pecadores no se olviden, de rezar por mí. Gracias. 1 Manuscritos autobiográficos, Lisieux (1957), 227229. 2 Const. ap. Vultum Dei quaerere, sobre la vida contemplativa femenina (29 junio 2016), 16. 3 Libro de las Moradas, VI, cap. 7, n. 6. 4 Cf. Const. ap. Vultum Dei quaerere, sobre la vida contemplativa femenina (29 junio 2016), 6.

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número 4, viernes 26 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO El discurso a los obispos de Perú Hacia la otra orilla página 15 Publicamos a continuación el discurso dirigido por el Papa Francisco a los obispos peruanos durante el encuentro que tuvo lugar el domingo 21 de enero, en la capilla del arzobispado de la capital, después de los saludos dirigidos por el cardenal Juan Luis Cripriani Thorne, arzobispo de Lima, y por el arzobispo Salvador Piñeiro García Calderón, presidente de la Conferencia Episcopal. Al finalizar, el Pontífice mantuvo una conversación privada con los obispos durante media hora, en la que respondió a una docena de preguntas de los prelados e intercambió opiniones en un clima fraternal. Queridos hermanos en el episcopado: Gracias por las palabras que me han dirigido el señor Cardenal Arzobispo de Lima, y el Señor Presidente de la Conferencia Episcopal en nombre de todos los presentes. Tenía ganas de estar con ustedes. Mantengo un buen recuerdo de la visita ad limina del año pasado. Creo que ahí hablamos muchas cosas por eso lo que voy a decir hoy no va a ser tan extenso. Los días transcurridos entre ustedes han sido muy intensos y gratificantes. Pude escuchar y vivir las distintas realidades que conforman estas tierras —una representación—, y compartir de cerca la fe del santo Pueblo fiel de Dios, que nos hace tanto bien. Gracias por la oportunidad de poder «tocar» la fe del Pueblo, de ese Pueblo que Dios les ha confiado. Y realmente aquí no se puede no tocar. Si vos no tocás la fe del Pueblo, la fe del Pueblo no te toca a vos; pero estar ahí, las calles repletas, es una gracia y hay que ponerse de rodillas. El lema de este viaje nos habla de unidad y de esperanza. Es un programa arduo, pero a la vez provocador, que nos evoca las proezas de santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de esta Sede y patrono del episcopado latinoamericano, un ejemplo de «constructor de unidad eclesial», como lo definió mi predecesor san Juan Pablo II en su primer Viaje Apostólico a esta tierra.1 Es significativo que este santo Obispo sea representado en sus retratos como un «nuevo Moisés». Como saben, en el Vaticano se custodia un cuadro en el que aparece santo Toribio atravesando un río caudaloso, cuyas aguas se abren a su paso como si se tratase del mar Rojo, para que pudiera llegar a la otra orilla donde lo espera un numeroso grupo de nativos. Detrás de santo Toribio hay una gran multitud de personas, que es el pueblo fiel que sigue a su pastor en la tarea de la evangelización.2 En la Pinacoteca Vaticana está esto. Esta hermosa imagen me «da pie» para centrar en ella mi reflexión con ustedes. Santo Toribio, el hombre que quiso llegar a la otra orilla. Lo vemos desde el momento en que asume el mandato de venir a estas tierras con la misión de ser padre y pastor. Dejó terreno seguro para adentrarse en un universo totalmente nuevo, desconocido y desafiante. Fue hacia una tierra prometida guiado por la fe como «garantía de los bienes que se esperan» (Hb 11, 1). Su fe y su confianza en el Señor lo impulsó, y lo va a impulsar a lo largo de toda su vida a llegar a la otra orilla, donde Él lo esperaba en medio de una multitud. 1. Quiso llegar a la otra orilla en busca de los lejanos y dispersos. Para ello tuvo que dejar la comodidad del obispado y recorrer el territorio confiado, en continuas visitas pastorales, tratando de llegar y estar allí donde se lo necesitaba, y ¡cuánto se lo necesitaba! Iba al encuentro de todos por caminos que, al decir de su secretario, eran más para las cabras que para las personas. Tenía que enfrentar los más diversos climas y geografías, «de 22 años de episcopado —22 y un cachito—, 18 los pasó fuera de Lima, fuera de su ciudad, recorriendo por tres veces su territorio»,3 que iba desde Panamá hasta el inicio de la capitanía de Chile, que no sé dónde empezaba en aquel momento —quizás a la altura de Iquique, no estoy seguro—, pe- ro hasta el inicio de la capitanía de Chile. ¡Como cualquiera de las diócesis de ustedes, no más…! Dieciocho años recorriendo tres veces su territorio, sabía que esta era la única forma de pastorear: estar cerca proporcionando los auxilios divinos, exhortación que también realizaba continuamente a sus presbíteros. Pero no lo hacía de palabra sino con su testimonio, estando él mismo en la primera línea de la evangelización. Hoy le llamaríamos un Obispo «callejero». Un obispo con suelas gastadas por andar, por recorrer, por salir al encuentro para «anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie».4 ¡Cómo sabía esto santo Toribio! Sin miedo y sin asco se adentró en nuestro continente para anunciar la buena nueva. 2. Quiso llegar a la otra orilla no sólo geográfica sino cultural. Fue así como promovió por muchos medios una evangelización en la lengua nativa. Con el tercer Concilio Limense, procuró que los catecismos fueran realizados y traducidos en quechua y aymara. Impulsó al clero a que estudiara y conociera el idioma de los suyos para poder administrarles los sacramentos de forma comprensible. Yo pienso a la reforma litúrgica de Pío XII, cuando empezó con esto a retomar para toda la Iglesia —Pío XII—. Visitando y viviendo con su Pueblo se dio cuenta de que no alcanzaba llegar tan sólo físicamente, sino que era necesario aprender a hablar el lenguaje de los otros, sólo así, llegaría el Evangelio a ser entendido y penetrar en el corazón. ¡Cuánto urge esta visión para nosotros, pastores del siglo XXI!, que nos toca aprender un lenguaje totalmen- te nuevo como es el digital, por citar un ejemplo. Conocer el lenguaje actual de nuestros jóvenes, de nuestras familias, de los niños… Como bien supo verlo santo Toribio, no alcanza solamente llegar a un lugar y ocupar un territorio, es necesario poder despertar procesos en la vida de las personas para que la fe arraigue y sea significativa. Y para eso tenemos que hablar su lengua. Es necesario llegar ahí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de nuestras ciudades y de nuestros pueblos.5 La evangelización de la cultura nos pide entrar en el corazón de la cultura misma para que ésta sea iluminada desde adentro por el Evangelio. Estoy seguro que me conmovió, anteayer, en Puerto Maldonado, cuando… —entre todos esos nativos que había ahí de tantas etnias—, me conmovió cuando tres me trajeron una estola; todos pintados, con sus trajes: eran diáconos permanentes. Anímense, anímense, así lo hacía Toribio. En aquella época no había diáconos permanentes, había catequistas, pero en su lengua, en su cultura, y ahí se metió. Me conmovió ver a esos diáconos permanentes. 3. Quiso llegar a la otra orilla de la caridad. Para nuestro patrono la evangelización no podía darse lejos de la caridad. Porque sabía que la forma más sublime de la evangelización era plasmar en la propia vida la entrega de Jesucristo por amor a cada uno de los hombres. Los hijos de Dios y los hijos del demonio se manifiestan en esto: el que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano (cf. 1 Jn 3, 10). En sus visitas pudo constatar los abusos y los excesos que sufrían las poblaciones originarias, y así no le tembló el pulso, en 1585, cuando excomulgó al corregidor de Cajatambo, enfrentándose a todo un sistema de corrupción y tejido de intereses que «arrastraba la enemistad SIGUE EN LA PÁGINA 16

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página 16 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 26 de enero de 2018, número 4 VIENE DE LA PÁGINA 15 de muchos», incluyendo al Virrey.6 Así nos muestra al pastor que sabe que el bien espiritual no puede nunca separarse del justo bien material y tanto más cuando se pone en riesgo la integridad y la dignidad de las personas. Profecía episcopal que no tiene miedo a denunciar los abusos y excesos que se cometen frente a su pueblo. Y de este modo logra recordardentro de la sociedad y de sus comunidades que la caridad siempre va acompañada de la justicia y no hay auténtica evangelización que no anuncie y denuncie toda falta contra la vida de nuestros hermanos, especialmente contra la vida de los más vulnerables. Es una alerta a cualquier tipo de coqueteo mundano que nos ata las manos por algunas migajas; la libertad del Evangelio... 4. Quiso llegar a la otra orilla en la formación de sus sacerdotes. Fundó el primer seminario pos- tconciliar en esta zona del mundo, impulsando de esta manera la for- mación del clero nativo. Entendió que no bastaba llegar a todos la- dos y hablar la misma lengua, que era necesario que la Iglesia pudiera engendrar a sus propios pastores locales y así se convirtiera en Hacia la otra orilla madre fecunda. Para ello defendió la ordenación de los mestizos —cuando estaba muy mento de comunión. No se olviden que lo que atraía discutida la misma— buscando alentar y estimular a de la Iglesia primitiva era ver cómo se amaban. Esa que el clero, si se tenía que diferenciar en algo, era era, es y será la mejor evangelización. por la santidad de sus pastores y no por la procedencia racial.7 Y esta formación no se limitaba solamente al estudio en el seminario, sino que proseguía en las continuas visitas que les realizaba, estaba cerca de sus curas. Ahí podía ver de primera mano el «estado de sus curas», preocupándose por ellos. Cuenta la leyenda que en las vísperas de Navidad su hermana le regaló una camisa para que la estrenara en las fiestas. Ese día fue a visitar a un cura y al ver la situación en que vivía, se sacó su camisa y se la entregó.8 Es el pastor que conoce a sus sacerdotes. Busca alcanzarlos, acompañarlos, estimularlos, amonestarlos —le recordó a sus curas que eran pastores y no comerciantes y por lo tanto, habrían de cuidar y defender a los indios como a hijos—.9 Pero no lo hace desde «el escritorio», y así puede conocer a sus ovejas y ellas reconocen en su voz, la voz del Buen Pastor. 5. Quiso llegar a la otra orilla, la de la unidad. Promovió de manera admirable y profética la forma- 6. Y a santo Toribio le llegó el momento de cruzar hacia la orilla definitiva, hacia esa tierra que lo esperaba y que iba degustando en su continuo dejar la orilla. Este nuevo partir, no lo hacía solo. Al igual que el cuadro que les comentaba al inicio, iba al encuentro de los santos seguido de una gran muchedumbre a sus espaldas. Es el pastor que ha sabido cargar «su valija» con rostros y nombres. Ellos eran su pasaporte al cielo. Y fue tan así que no quisiera dejar de lado el acorde final, el momento en que el pastor entregaba su alma a Dios. Lo hizo en un caserío junto a su pueblo y un aborigen le tocaba la chirimía para que el alma de su pastor se sintiera en paz. Ojalá, hermanos, que cuando tengamos que emprender el último viaje podamos vivir estas cosas. Pidamos al Señor que nos lo conceda.12 Recemos unos por los otros y recen por mí. Gracias. ción e integración de espacios de comunión y partici- pación entre los distintos integrantes del Pueblo de 1 Discurso al episcopado peruano (2 febrero 1985), 3. Dios. Así lo señaló san Juan Pablo II cuando, en estas tierras, hablándole a los obispos decía: «El tercer Concilio Limense es el resultado de ese esfuerzo, presidido, alentado y dirigido por santo Toribio, y que fructificó en un precioso tesoro de unidad en la fe, 2 Cf. Milagro de santo Toribio, Pinacoteca vaticana. 3 Jorge Mario Bergoglio, Homilía en la celebración Eucarística, Aparecida (16 mayo 2007). 4 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 23. de normas pastorales y organizativas a la vez que en 5 Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 74. válidas inspiraciones para la deseada integración latinoamericana».10 Bien sabemos, que esta unidad y consenso fue precedida de grandes tensiones y conflictos. No podemos negar las tensiones, existen, las diferencias, existen; es imposible una vida sin conflictos. Pero estos nos exigen, si somos hombres y cristianos, mirarlos de frente, y asumirlos. Pero asumirlos 6 Cf. Ernesto Rojas Ingunza, El Perú de los Santos, en: Kathy Perales Ysla (coord.), Cinco Santos del Perú. Vida, obra y tiempo, Lima (2016), 57. 7 Cf. José Antonio Benito Rodríguez, Santo Toribio de Mogrovejo, en: Kathy Perales Ysla (coord.), Cinco Santos del Perú. Vida, obra y tiempo, 178. en unidad, en diálogo honesto y sincero, mirándonos 8 Cf. ibíd., 180. a la cara y cuidándonos de caer en tentación, o de ig- 9 Cf. Juan Villegas, Fiel y evangelizador. Santo Tori- norar lo que pasó o quedar prisioneros y sin horizontes que ayuden a encontrar caminos que sean de unidad y de vida. Resulta inspirador, en nuestro camino de Conferencia Episcopal, recordar que la unidad siempre prevalecerá sobre el conflicto.11 Queridos hermanos obispos, trabajen para la unidad, no se que- bio de Mogrovejo, patrono de los obispos de América Latina, Montevideo (1984), 22. 10 Juan Pablo II, Discurso al episcopado peruano (2 febrero 1985), 3. 11 Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 226-230. den presos de divisiones que parcializan y reducen la 12 Cf. Jorge Mario Bergoglio, Homilía en la celebra- vocación a la que hemos sido llamados: ser sacra- ción Eucarística, Aparecida (16 mayo 2007). La pasión de un obispo GIOVANNI MARIA VIAN A bierta por el prólogo amazónico en Puerto Maldonado, la visita papal el Perú ha tocado en Lima y en Trujillo una serie de temas que el Pontífice ha resumido en las horas conclusivas de su sexto viaje americano, el 22º internacional del pontificado, iniciado en Chile. Como siempre, un primer balance ha surgido en la larga rueda de prensa en el vuelo de regreso. Con un fuera de programa de algunos minutos a causa de una turbulencia meteorológica durante la cual Bergoglio no volvió a su lugar y quiso quedarse entre los periodistas. Le preguntaron repetidamente sobre las heridas y las divisiones provocadas por los abusos por parte de miembros del clero, el Papa confirmó la línea adoptada con determinación por su predecesor Benedicto XVI, como había declarado en seguida y sin equívocos en Chile en los discursos a las autoridades y en la catedral de Santiago. Un número impresionante de peruanos corrió a escuchar las palabras de Bergoglio, que a menudo integró sus discursos improvisando con indudable eficacia. En el último día casi un millón de fieles participó en la gran misa final en la base aérea de Las Palmas. Y pocas horas antes, en el encuentro con los obispos, el Pontífice dialogó con ellos distendidamente, volviendo entre otras cosas al tema de la Amazonia, sobre el declive y la debilidad de la política y sobre la corrupción, fenómenos preocupantes que ponen en riesgo las democracias de esta parte del continente americano y tocan también a los católicos. Así el Papa enriqueció el discurso preparado y centrado en Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima en los últimos veinte años del siglo XVI. Pronto venerado, representado como un nuevo Moisés y finalmente declarado por Juan Pablo II patrón del episcopado latinoamericano, san Toribio fue descrito ahora por el Pontífice como «el hombre que quiso llegar a la otra orilla», precisamente como el legislador bíblico que guió a su pueblo al atravesar el mar hacia la tierra prometida. Y los rasgos del santo obispo que Bergoglio sobre todo destacó son indicaciones dirigidas no solamente a Perú, ni exclusivamente a América Latina, sino una vez más a la misión, sobre todo a los alejados y dispersos. Porque la alegría del Evangelio «no puede excluir a la nadie» repitió el Papa citando el documento programático del pontificado. Ya en el tercer concilio de Lima el arzobispo español había dispuesto que se prepararan catecismos en quechua y aymara, las principales lenguas indígenas, mientras con fuerza había sostenido la constitución de un clero nativo. A más de cuatro siglos de distancia permanece vital la voluntad de llegar «a la otra orilla», es decir a ambientes y ámbitos donde es necesario anunciar la novedad evangélica. Una meta para llegar que es por tanto no solo geográfica y cultural, sino social, es decir, en la dimensión de la caridad y de la justicia. De san Toribio el Pontífice recordó como Wojtyła lo había definido constructor de la unidad de Iglesia: «No podemos negar las tensiones, existen, las diferencias, existen; es imposible una vida sin conflictos» dijo el Papa. Pero estos son asumido en una confrontación honesta, y en la prospectiva de la unidad indicada por Bergoglio con este viaje.

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