Osservatore Romano 2550

 

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO Año L, número 3 (2.550) EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano 19 de enero de 2018 Protagonistas del cambio Visita pastoral a Chile

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 19 de enero de 2018, número 3 Viaje pastoral del Papa a América Latina Editorial Regreso a Chile GIOVANNI MARIA VIAN Es un regreso a América, el sexto en cinco años de pontificado, el viaje papal a Chile y Perú. Y regreso a Santiago, en un país donde el joven Bergoglio realizó una parte de su formación, como quiso recordar con gratitud, y citando los versos de la poeta nacional Gabriela Mistral, en el saludo a las autoridades en el palacio presidencial de la Moneda. En un discurso que ha afrontado sin dudar las claves de este itinerario en el bicentenario de la independencia chilena. Sobre todo con un elogio del método democrático, demostrado con el ejercicio del voto en elecciones políticas que hace un mes han confirmado la alternancia en la presidencia después de los años de la dictadura militar, lejos pero ciertamente no olvidados. Democracia necesaria pero no suficiente, si no es sustanciada por la voluntad común y cotidiana de contribuir al bien del país. «Somos constructores de la obra más bella: la patria» dijo, de hecho, el Papa citando las palabras del cardenal Raúl Silva Henríquez, el arzobispo que supo afrontar el periodo más oscuro de la historia reciente chilena y que algunos años antes del golpe de estado subrayaba cómo esta contribución debía ser compromiso de todos. Palabras que el Pontífice ha unido a las de otra figura querida por él y canonizada por su predecesor, el jesuita Alberto Hurtado, el cual concebía la nación como «una misión para cumplir». A través sobre todo de la escucha, en un país caracterizado por la pluralidad: es necesario escuchar a los desempleados, a los pueblos originarios, «frecuentemente olvidados» y de los que sin embargo deberían ser promovidos derechos y cultura, los migrantes, los jóvenes, protegerles del «flagelo de la droga», los ancianos y los niños, ha enumerado Francisco. Al respecto, en un contexto católico marcado por el fenómeno gravísimo de los abusos, el Papa manifestó dolor y vergüenza «ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia». Por esto, junto al episcopado chileno, el Pontífice ha dicho que «es justo pedir perdón y apoyar con todas las fuerzas a las víctimas» y comprometerse para que este escándalo, que ha debilitado con fuerza la credibilidad del clero, no vuelva a repetirse. También fueron fuertes dos gestos de Bergoglio poco después de la llegada a Santiago y durante el vuelo que lo llevó a Chile. Como primer acto de su visita, el Papa quiso detenerse en la periferia de la capital para rezar sobre la tumba de una figura emblemática y muy venerada por el catolicismo chileno, Enrique Albear, conocido como «el obispo de los pobres» y que fue el otro auxiliar del cardenal Silva Henríquez. Y a los periodistas que lo acompañan en este viaje Bergoglio entregó una imagen que hizo imprimir para mostrar, con más eficacia de la que pueden las palabras, los frutos de la guerra: la foto angustiante, sacada por un joven fotógrafo estadounidense poco después del bombardeo nuclear de Nagasaki, de un niño que lleva a sus espaldas al hermano pequeño muerto y que espera, mordiéndose los labios hasta la sangre para parar las lágrimas, el turno para que el pequeño cuerpo sea incinerado. Los temores de quien acoge y de quien es acogido son «plenamente comprensibles desde un punto de vista humano», pero «el pecado es dejar que estos miedos determinen nuestras respuestas, condicionen nuestras elecciones, comprometan el respeto y la generosidad, alimenten el odio y el rechazo». Lo dijo el Papa durante la misa celebrada, el domingo 14 de enero en la basílica de San Pedro, con ocasión de la Jornada mundial del migrante y del refugiado, el día antes de iniciar su viaje a Chile. Este año he querido celebrar la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado con una Misa a la que estáis invitados especialmente vosotros, migrantes, refugiados y solicitantes de asilo. Algunos acabáis de llegar a Italia, otros lleváis muchos años viviendo y trabajando aquí, y otros constituís las llamadas «segundas generaciones». Para todos ha resonado en esta asamblea la Palabra de Dios, que nos invita hoy a profundizar la especial llamada que el Señor dirige a cada uno de nosotros. Él, como hizo con Samuel (cf. 1 S 3, 3b-10.19) nos llama por nuestro nombre —a cada uno— y nos pide que honremos el hecho de que hemos sido creados como seres únicos e irrepetibles, diferentes los unos de los otros y con un papel singular en la historia del mundo. En el Evangelio (Jn 1, 3542) los dos discípulos de Juan preguntaron a Jesús: «¿Dónde vives?» (v. 38), lo que sugiere que de la respuesta a esta pregunta dependerá su juicio sobre el maestro de Nazaret. La respuesta de Jesús es clara: «Venid y veréis» (v. 39), y abre un en- Jornada mundial del migrante y el refugiado Vencer el miedo cuentro personal, que encierra un tiempo adecuado para acoger, conocer y reconocer al otro. En el Mensaje para la Jornada de hoy escribí: «Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia (cf. Mt 25, 35-43)». Y para el forastero, el migrante, el refugiado, el prófugo y el solicitante de asilo, todas las puertas de la nueva tierra son también una oportunidad de encuentro con Jesús. Su invitación «Venid y veréis» se dirige hoy a todos nosotros, a las comunidades locales y a quienes acaban de llegar. Es una invitación a superar nuestros miedos para poder salir al encuentro del otro, para acogerlo, conocerlo y reconocerlo. Es una invitación que brinda la oportunidad de estar cerca del otro, para ver dónde y cómo vive. En el mundo actual, para quienes acaban de llegar, acoger, conocer y reconocer significa conocer y respetar las leyes, la cultura y las tradiciones de los países que los han acogido. También significa comprender sus miedos y sus preocupaciones de cara al futuro. Y para las comunidades locales, acoger, conocer y reconocer significa abrirse a la riqueza de la diversidad sin ideas preconcebidas, comprender los potenciales y las esperanzas de los recién llegados, así como su vulnerabilidad y sus temores. El verdadero encuentro con el otro no se limita a la acogida sino que nos involucra a todos en las otras tres acciones que resalté en el Mensaje para esta Jornada: proteger, promover e integrar. Y en el verdadero encuentro con el prójimo, ¿sabremos reconocer a Jesucristo que pide ser acogido, protegido, promovido e integrado? Como nos enseña la parábola evangélica del juicio final: el Señor tenía hambre, sed, estaba desnudo, enfermo, era extranjero y estaba en la cárcel, y fue asistido por algunos, mientras que otros pasaron de largo (cf. Mt 25, 31-46). Este verdadero encuentro con Cristo es fuente de salvación, una salvación que debe ser anunciada y llevada a todos, como nos muestra el apóstol Andrés. Después de haber revelado a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1, 41), Andrés lo llevó a Jesús para que pudiera vivir la misma experiencia del encuentro. No es fácil entrar en la cultura que nos es ajena, ponernos en el lugar de personas tan diferentes a nosotros, comprender sus pensamientos y sus experiencias. Y así, a menudo, renunciamos al encuentro con el otro y levantamos barreras para defendernos. Las comunidades locales, a veces, temen que los recién llegados perturben el orden establecido, «roben» algo que se ha construido con tanto esfuerzo. Incluso los recién llegados tienen miedos: temen la confrontación, el juicio, la discriminación, el fracaso. Estos miedos son legítimos, están basados en dudas que son totalmente comprensibles desde un punto de vista humano. Tener dudas y temores no es un pecado. El pecado es dejar que estos miedos determinen nuestras respuestas, condicionen nuestras elecciones, comprometan el respeto y la generosidad, alimenten el odio y el rechazo. El pecado es renunciar al encuentro con el otro, al encuentro con aquel que es diferente, al encuentro con el prójimo, que en realidad es una oportunidad privilegiada de encontrarse con el Señor. De este encuentro con Jesús presente en el pobre, en quien es rechazado, en el refugiado, en el solicitante de asilo, nace la oración de hoy. Es una oración recíproca: migrantes y refugiados rezan por las comunidades locales, y las comunidades locales rezan por los que acaban de llegar y por los migrantes que llevan más tiempo residiendo en el país. Encomendamos a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María las esperanzas de todos los migrantes y refugiados del mundo, y las aspiraciones de las comunidades que los acogen, para que, conforme con el supremo mandamiento divino de la caridad y el amor al prójimo, todos podamos aprender a amar al otro, al extranjero, como nos amamos a nosotros mismos. L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va www.osservatoreromano.va GIOVANNI MARIA VIAN director TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE L’OSSERVATORE ROMANO Giuseppe Fiorentino don Sergio Pellini S.D.B. director general subdirector Silvina Pérez Servicio fotográfico photo@ossrom.va jefe de la edición Publicidad: Il Sole 24 Ore S.p.A. Redacción System Comunicazione Pubblicitaria via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano Via Monte Rosa 91, 20149 Milano teléfono 39 06 698 99410 segreteriadirezionesystem@ilsole24ore.com Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 2652 99 55, fax + 52 55 5518 75 32; e-mail: suscripciones@semanariovaticano.mx. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

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número 3, viernes 19 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 En la mañana del martes 16 de enero nación donde su pluralidad étnica, el Papa visitó el palacio de la cultural e histórica exige ser custo- Moneda de Santiago de Chile para diada de todo intento de parcializa- encontrar a las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. Después del saludo que les dirigió la presidenta Michelle Bachelet, el Pontífice pronunció en español el discurso que publicamos a continuación. ción o supremacía y que pone en juego la capacidad que tengamos para deponer dogmatismos exclusivistas en una sana apertura al bien común —que si no tiene un carácter comunitario nunca será un bien—. Es preciso escuchar: escuchar a los parados, que no pueden sustentar Señora Presidenta, miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático, representantes de la sociedad civil, distinguidas autoridades, señoras y señores: Es para mí una alegría poder estar nuevamente en suelo latinoamericano y comenzar esta visita por esta querida tierra chilena que ha sabido hospedarme y formarme en mi juventud; quisiera que este tiempo con ustedes fuera también un tiempo de gratitud por tanto bien recibido. Me viene a la memoria esa estrofa —que recién escuché— del himno nacional: «Puro, Chile, es tu cielo azulado, / puras brisas te cruzan también, / y tu campo de flores bordado/ es la copia feliz del Edén», un verdadero canto de alabanza por la tierra que habitan, llena de promesas y desafíos; pero es- El bien y la justicia se conquistan día a día El futuro se construye con la escucha el presente y menos el futuro de sus familias; a los pueblos originarios, frecuentemente olvidados y cuyos derechos necesitan ser atendidos y su cultura cuidada, para que no se pierda parte de la identidad y riqueza de esta nación. Escuchar a los migrantes, que llaman a las puertas de este país en busca de mejora y, a su vez, con la fuerza y la esperanza de querer construir un futuro mejor para todos. Escuchar a los jóvenes, en su afán de tener más oportunidades, especialmente en el plano educativo y, así, sentirse protagonistas del Chile que sueñan, protegiéndolos activamente del flagelo de la droga que les cobra lo mejor de sus vidas. Escuchar a los ancianos, con su sabiduría tan necesaria y su fragilidad a cuestas. No los podemos abandonar. Escuchar a los niños, que se asoman al mundo pecialmente preñada de futuro. Co- con sus ojos llenos de asombro e mo de alguna manera dijo la señora Presidenta. pueblo, fundamentado en la libertad y en el dere- inocencia y esperan de nosotros respuestas reales Gracias señora Presidenta por las palabras de bienvenida que me ha dirigido. En usted quiero saludar y abrazar al pueblo chileno desde el extremo norte de la región de Arica y Parinacota hasta el archipiélago sur «y a su desenfreno de penínsulas y canales».1 La diversidad y riqueza geográfica que poseen nos permite vislumbrar la riqueza de esa polifonía cultural que los caracteriza. Agradezco la presencia de los miembros del gobierno; los Presidentes del Senado, de la Cámara de Diputados y de la Corte Suprema, así como las demás autoridades del Estado y sus colaboradores. Saludo al Presidente electo aquí presente, señor Sebastián Piñera Echenique, que ha recibido recientemente el mandato del pueblo chileno de gobernar los destinos del País los próximos cuatro años. Chile se ha destacado en las últimas décadas por el desarrollo de una democracia que le ha permitido un sostenido progreso. Las recientes elecciones políticas fueron una manifestación de la solidez y madurez cívica que han alcanzado, lo cual adquiere un relieve particular este año en el que se conmemoran los 200 años de la declaración de la independencia. Momento particularmente importante, ya que marcó su destino como cho, que ha debido también enfrentar diversos períodos turbulentos pero que logró —no sin dolor— superar. De esta forma supieron ustedes consolidar y robustecer el sueño de sus padres fundadores. En este sentido, recuerdo las emblemáticas palabras del Card. Silva Henríquez cuando en un Te Deum afirmaba: «Nosotros —todos— somos constructores de la obra más bella: la patria. La patria terrena que prefigura y prepara la patria sin fronteras. Esa patria no comienza hoy, con nosotros; pero no puede crecer y fructificar sin nosotros. Por eso la recibimos con respeto, con gratitud, como una tarea que hace muchos años comenzaba, como un legado que nos enorgullece y compromete a la vez».2 Cada generación ha de hacer suyas las luchas y los logros de las generaciones pasadas y llevarlas a metas más altas aún. Es el camino. El bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día. No es posible conformarse con lo que ya se ha conseguido en el pasado e instalarse, y disfrutarlo como si esa situación nos llevara a desconocer que todavía muchos hermanos nuestros sufren situaciones de injusticia que nos reclaman a todos. Tienen ustedes, por tanto, un reto grande y apasionante: seguir trabajando para que la demo- cracia y el sueño de sus mayores, más allá de sus aspectos formales, sea de verdad lugar de encuentro para todos. Que sea un lugar en el que todos, para un futuro de dignidad. Y aquí no puedo dejar de manifestar el dolor y la vergüenza, vergüenza que siento ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia. Me quiero unir a mis hermanos en el episcopado, ya que es justo pedir perdón y apoyar con todas las fuerzas a las víctimas, al mismo tiempo que hemos de empeñarnos para que no se vuelva a repetir. Con esta capacidad de escucha somos invitados —hoy de manera especial— a prestar una preferencial atención a nuestra casa común. Escuchar nuestra casa común: fomentar una cultura que sepa cuidar la tierra y para ello no conformarnos solamente con ofrecer respuestas puntuales a los graves problemas ecológicos y ambientales que se presentan; en esto se requiere la audacia de ofrecer «una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático»4 que privilegia la irrupción del poder económico en contra de los ecosistemas naturales y, por lo tanto, del bien común de nuestros pueblos. La sabiduría de los pueblos originarios puede ser un gran aporte. De ellos podemos aprender que no hay verdadero desarrollo en un pueblo que dé la espalda a la tierra y a todo y a todos los que la rodean. Chile tiene en sus raíces una sabiduría capaz de ayudar a trascender la concepción meramente consumista de la existencia para adquirir una actitud sapiencial frente al futuro. sin excepción, se sientan con- El alma de la chilenía —la Presidenta dijo que vocados a construir casa, fa- era desconfiada— el alma de la chilenía es vocación milia y nación. Un lugar, una casa, una familia, llamada Chile: generoso, acogedor, que ama su historia, que trabaja por su presente de convivencia y mira con esperanza al futuro. Nos hace bien recordar aquí las palabras de san Alberto Hurtado: «Una Nación, más que por sus fronteras, más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua o sus tradicio- a ser, esa terca voluntad de existir.5 Vocación a la que todos están convocados y en la que nadie puede sentirse excluido o prescindible. Vocación que reclama una opción radical por la vida, especialmente en todas las formas en la que ésta se vea amenazada. Agradezco una vez más la invitación de poder venir a encontrarme con ustedes, encontrarme con el alma de este pueblo; y ruego para que la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, siga acompañando y gestando los sueños de esta bendita nación. Muchas gracias. nes, es una misión a cumplir».3 Es futuro. Y ese futuro se juega, en gran parte, en la capacidad de escuchar que tengan su pueblo y sus autoridades. 1 Gabriela Mistral, Elogios de la tierra de Chile. 2 Homilía en el Te Deum Ecuménico (4 noviembre 1970). 3 Te Deum (septiembre 1948). 4 Carta enc. Laudato si’, 111. Tal capacidad de escucha 5 Cf. Gabriela Mistral, Breve descripción de Chile, adquiere gran valor en esta en Anales de la Universidad de Chile (14), 1934.

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página 4 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 19 de enero de 2018, número 3 Sembrar la paz con la cercanía En la misa el Papa pide construir un nuevo Chile fundado en las bienaventuranzas La mañana del martes 16 de enero, Francisco celebró la primera misa de su 22º viaje internacional, frente a cerca de cuatrocientos mil fieles congregados en el parque O’Higgins de Santiago de Chile. Después de pronunciar la homilía en español, el Pontífice coronó la estatua de la beata Virgen María del monte Carmelo. «Al ver a la multitud» (Mt 5, 1). En estas primeras palabras del Evangelio que acabamos de escuchar encontramos la actitud con la que Jesús quiere salir a nuestro encuentro, la misma actitud con la que Dios siempre ha sorprendido a su pueblo (cf. Ex 3, 7). La primera actitud de Jesús es ver, es mirar el rostro de los suyos. Esos rostros ponen en movimiento el amor visceral de Dios. No fueron ideas o conceptos los que movieron a Jesús… son los rostros, son las personas; es la vida que clama a la Vida que el Padre nos quiere transmitir. para que ese corazón reciba las bienaventuranzas! Las bienaventuranzas no nacen de actitudes criticonas ni de la «palabrería barata» de aquellos que creen saberlo todo pero no se quieren comprometer con nada ni con nadie, y terminan así bloqueando toda posibilidad de generar procesos de transformación y reconstrucción en nuestras comunidades, en nuestras vidas. Las bienaventuranzas nacen del corazón misericordioso que no se cansa de esperar. Y experimenta que la esperanza «es el nuevo día, la extirpación de una inmovilidad, el sacudimiento de una postración negativa» (Pablo Neruda, El habitante y su esperanza, 5). Jesús, al decirle bienaventurado al pobre, al que ha llorado, al afligido, al paciente, al que ha perdonado... viene a extirpar la inmovilidad paralizante del que cree que las co- los que se comprometen por la reconciliación. Felices aquellos que son capaces de ensuciarse las manos y trabajar para que otros vivan en paz. Felices aquellos que se esfuerzan por no sembrar división. De esta manera, la bienaventuranza nos hace artífices de paz; nos invita a comprometernos para que el espíritu de la reconciliación gane espacio entre nosotros. ¿Quieres dicha? ¿Quieres felicidad? Felices los que trabajan para que otros puedan tener una vida dichosa. ¿Quieres paz?, trabaja por la paz. No puedo dejar de evocar a ese gran pastor que tuvo Santiago cuando en un Te Deum decía: «“Si quieres la paz, trabaja por la justicia” … Y si alguien nos pregunta: “¿qué es la justicia?” o si acaso consiste solamente en “no robar”, le diremos que existe otra justicia: la que exige que cada hombre sea tratado como hombre» (Card. Raúl Silva Henríquez, Al ver a la multitud, Jesús encuentra el rostro de la gente que lo seguía y lo más lindo es ver que ellos, a su vez, encuentran en la mirada de Jesús el eco de sus búsquedas y anhelos. De ese encuentro nace este elenco de bienaventuranzas que son el horizonte hacia el cual somos invitados y desafiados a caminar. Las bienaventuranzas no nacen de una actitud pasiva frente a la realidad, ni tampoco pueden nacer de un espectador que se vuelve un triste autor de estadísticas de lo que acontece. No nacen de los profetas de desventuras que se contentan con sembrar desilusión. Tampoco de espejismos que nos prometen la felicidad con un «clic», en un abrir y cerrar de ojos. Por el contrario, las bienaventuranzas nacen del corazón compasivo de Jesús que se encuentra con el corazón compasivo y necesitado de compasión de hombres y mujeres que quieren y anhelan una vida bendecida; de hombres y mujeres que saben de sufrimiento; que conocen el desconcierto y el dolor que se genera cuando «se te mueve el piso» o «se inundan los sueños» y el trabajo de toda una vida se viene abajo; pero más saben de tesón y de lucha para salir adelante; más saben de reconstrucción y de volver a empezar. ¡Cuánto conoce el corazón chileno de reconstrucciones y de volver a empezar; cuánto conocen ustedes de levantarse después de tantos derrumbes! ¡A ese corazón apela Jesús; sas no pueden cambiar, del que ha dejado de creer en el poder transformador de Dios Padre y en sus hermanos, especialmente en sus hermanos más frágiles, en sus hermanos descartados. Jesús, al proclamar las bienaventuranzas viene a sacudir esa postración negativa llamada resignación que nos hace creer que se puede vivir mejor si nos escapamos de los problemas, si huimos de los demás; si nos escondemos o encerramos en nuestras comodidades, si nos adormecemos en un consumismo tranquilizante (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 2). Esa resignación que nos lleva a aislarnos de todos, a dividirnos, separarnos; a hacernos ciegos frente a la vida y al sufrimiento de los otros. Las bienaventuranzas son ese nuevo día para todos aquellos que siguen apostando al futuro, que siguen soñando, que siguen dejándose tocar e impulsar por el Espíritu de Dios. Qué bien nos hace pensar que Jesús desde el Cerro Renca o Puntilla viene a decirnos: bienaventurados… Sí, bienaventurado vos y vos; a cada uno de nosotros. Bienaventurados ustedes que se dejan contagiar por el Espíritu de Dios y luchan y trabajan por ese nuevo día, por ese nuevo Chile, porque de ustedes será el reino de los cielos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). Y frente a la resignación que como un murmullo grosero socava nuestros lazos vitales y nos divide, Jesús nos dice: bienaventurados Homilía en el Te Deum Ecuménico, 18 septiembre 1977). ¡Sembrar la paz a golpe de proximidad, de vecindad! A golpe de salir de casa y mirar rostros, de ir al encuentro de aquel que lo está pasando mal, que no ha sido tratado como persona, como un digno hijo de esta tierra. Esta es la única manera que tenemos de tejer un futuro de paz, de volver a hilar una realidad que se puede deshilachar. El trabajador de la paz sabe que muchas veces es necesario vencer grandes o sutiles mezquindades y ambiciones, que nacen de pretender crecer y «darse un nombre», de tener prestigio a costa de otros. El trabajador de la paz sabe que no alcanza con decir: no le hago mal a nadie, ya que como decía san Alberto Hurtado: «Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien» (Meditación radial, abril 1944). Construir la paz es un proceso que nos convoca y estimula nuestra creatividad para gestar relaciones capaces de ver en mi vecino no a un extraño, a un desconocido, sino a un hijo de esta tierra. Encomendémonos a la Virgen Inmaculada que desde el Cerro San Cristóbal cuida y acompaña esta ciudad. Que ella nos ayude a vivir y a desear el espíritu de las bienaventuranzas; para que en todos los rincones de esta ciudad se escuche como un susurro: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9).

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número 3, viernes 19 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 La tarde del martes 16 de enero se abrió para el Papa Francisco con la visita a la cárcel femenina de Santiago de Chile. El Pontífice fue saludado por la religiosa encargada de la pastoral carcelaria y por una representante de las seiscientas detenidas. Publicamos el discurso del Papa pronunciado en el gimnasio de la estructura. Queridas hermanas y hermanos: Gracias, gracias, gracias por lo que hicieron y gracias por la oportunidad que me dan para visitarlas, para mí es importante compartir este tiempo con ustedes y poder estar más cerca de tantos hermanos nuestros que hoy están privados de la libertad. Gracias Hna. Nelly por sus palabras y especialmente por testimoniar que la vida triunfa siempre sobre la muerte, siempre. Gracias Janeth por animarte a compartir con todos nosotros tus dolores y ese valiente pedido de perdón. ¡Cuánto tenemos que aprender de esa actitud tuya llena de coraje y humildad! Te cito: «Pedimos perdón a todos los que herimos con nuestros delitos». Gracias por recordarnos esa actitud sin la cual nos deshumanizamos, todos tenemos que pedir perdón, yo primero, todos, eso los humaniza. Sin esta actitud de pedir perdón perdemos la conciencia de que nos equivocamos y que nos podemos equivocar y que cada día estamos invitados a volver a empezar, de una u otra manera. También ahora me viene al corazón la frase de Jesús: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra» (Jn 8, 7). ¡La conocéis bien! ¿Y saben qué suelo hacer yo en los sermones cuando hablo de que todos tenemos algo adentro o por debilidad, o porque siempre caemos, o lo tenemos muy escondido? Le digo a la gente: A ver, todos somos pecadores, todos tenemos pecados. No sé, ¿acá hay alguno que no tiene pecados? Levante la mano. Ninguno se anima a levantar la mano. Él nos invita, Jesús, a dejar la lógica simplista de dividir la realidad en buenos y malos, para ingresar en esa otra dinámica capaz de asumir la fragilidad, los límites e incluso el pecado, para ayudarnos a salir adelante. Cuando ingresaba, me esperaban las madres con sus hijos. Ellos me dieron la bienvenida, y qué bien se puede expresar en dos palabras: madre e hijos. Madre: muchas de ustedes son madres y saben qué significa gestar la vida. Han sabido «cargar» en su seno una vida y la gestaron. La maternidad nunca es ni será un problema, es un don, es uno de los regalos más maravillosos que puedan tener. Y hoy tienen un desafío muy parecido: se trata también de gestar vida. Hoy a ustedes se les pide que gesten el futuro. Que lo hagan crecer, que lo ayuden a desarrollarse. No solamente por ustedes, sino por sus hijos y por la sociedad toda. Ustedes, las mujeres, tienen una capacidad increíble de poder adaptarse a las situaciones y salir adelante. Quisiera hoy apelar a esa capacidad de gestar futuro, capacidad de gestar futuro que vive en cada una de ustedes. Esa capacidad que les permite luchar contra los tantos determinismos «cosificadores», es decir, que transforman a las personas en cosas, que terminan matando la esperanza. Ninguno de nosotros es cosa, todos somos personas y como personas tenemos esa dimensión de esperanza. No nos dejemos «cosificar»: No soy un número, no soy el detenido número tal, soy fulano de tal que gesta esperanza, porque quiere parir esperanza. Estar privadas de la libertad, como bien nos decías Janeth, no es sinónimo de pérdida de sueños y de esperanzas. Es verdad, es muy duro, es doloroso, pero no quiere decir perder la esperanza, no quiere decir dejar de soñar. Ser privado de la libertad no es lo mismo que el estar privado de la dignidad, no, no es lo mismo. La dignidad no se toca a nadie, se cuida, se custodia, se acaricia. Nadie puede ser privado de la dignidad. Ustedes están privadas de la libertad. De ahí que es necesario luchar contra todo tipo de corsé, de etiqueta que diga que no se puede cambiar, o que no vale la pena, o que todo da lo mismo. Como dice el tango argentino: «dale que va, que todo es igual, que allá en el horno nos vamos a encontrar..». No es todo lo mismo, no es todo lo mismo. Queridas hermanas, ¡no! Todo no da lo mismo. Cada esfuerzo que se haga por luchar por un mañana mejor —aunque muchas veces pareciera que cae en saco roto— siempre dará fruto y se verá recompensado. En el penitenciario femenino de Santiago Una pena sin futuro es una tortura La segunda palabra es hijos: ellos son fuerza, son esperanza, son estímulo. Son el recuerdo vivo de que la vida se construye para delante y no hacia atrás. Hoy estás privada de libertad, eso no significa que esta situación sea el fin. De ninguna manera. Siempre mirar el horizonte, hacia adelante, hacia la reinserción en la vida corriente de la sociedad. Una condena sin futuro no es una condena humana, es una tortura. Toda pena que uno está llevando adelante para pagar una deuda con la sociedad tiene que tener horizonte, es decir, el horizonte de reinsertarme de nuevo y prepararme para la reinserción. Eso exíjanlo a ustedes mismas y a la sociedad. Miren siempre el horizonte, hacia adelante, hacia la reinserción de la vida corriente de la sociedad. Por eso, celebro e invito a intensificar todos los esfuerzos posibles para que los proyectos como el «Espacio Mandela» y la «Fundación Mujer levántate» puedan crecer y robustecerse. El nombre de la Fundación me hace recordar ese pasaje evangélico donde muchos se burlaban de Jesús por decir que la hija del jefe de la sinagoga no estaba muerta, sino dormida. Se burlaban, se reían de él. Frente a la burla, la actitud de Jesús es paradigmática; entrando donde la chica estaba, la tomó de la mano y le dijo: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!» (Mc 5, 41). Para todos estaba muerta, para Jesús no. Ese tipo de iniciativas son signo vivo de que este Jesús que entra en la vida de cada uno de nosotros, que va más allá de toda burla, que no da ninguna batalla por perdida con tal de tomarnos las manos e invitarnos a levantarnos. Qué bueno que haya cristianos, que haya personas de buena voluntad, que haya personas de cualquier creencia, de cualquier opción religiosa en la vida o no religiosa pero de buena voluntad que sigan las huellas de Jesús y se animen a entrar y a ser signo de esa mano tendida que levanta. Yo te lo pido, ¡levántate! Siempre levantando. Todos sabemos que muchas veces, lamentablemente, la pena de la cárcel puede ser pensada o reducida a un castigo, sin ofrecer medios adecua- dos para generar procesos. Es lo que les decía yo sobre la esperanza, es mirar adelante, generar procesos de reinserción. Este tiene que ser el sueño de ustedes: la reinserción. Y si es larga llevar este camino, hacer lo mejor posible para que sea más corta, pero siempre reinserción. La sociedad tiene la obligación, obligación de reinsertarlas a todas. Cuando digo reinsertarlas, digo reinsertarlas a cada una, cada una con el proceso personal de reinserción, una por un camino, otra por otro, una más tiempo, otra menos tiempo, pero es una persona que está en camino hacia la reinserción. Y eso métanselo en la cabeza y exíjanlo. Esto es generar un proceso. En cambio, estos espacios que promueven programas de capacitación laboral y acompañamiento para recomponer vínculos son signo de esperanza y de futuro. Ayudemos a que crezcan. La seguridad pública no hay que reducirla sólo a medidas de mayor control sino, y sobre todo, edificarla con medidas de prevención, con trabajo, educación y mayor comunidad. Quiero decir que con estos pensamientos quiero bendecir a todos ustedes y también saludar a los agentes de pastoral, a los voluntarios, a los profesionales y, de manera especial, a los funcionarios de Gendarmería y a sus familias. Rezo por ustedes. Ustedes tienen una tarea delicada, una tarea compleja, y por eso los invito, a ustedes, a las autoridades a que puedan también darles, a ustedes las condiciones necesarias para desarrollar su trabajo con dignidad. Dignidad que genera dignidad. La dignidad se contagia, se contagia más que la gripe, la dignidad se contagia, la dignidad genera dignidad. A María, ella que es Madre y para la cual somos hijos —ustedes son sus hijas—, le pedimos que interceda por ustedes, por cada uno de sus hijos, por las personas que tienen en el corazón, y los cubra con su manto. Y, por favor, les pido que recen por mí porque lo necesito. Gracias. Y estas flores que me regalaron se las llevaré a la Virgen en nombre de todas ustedes, nuevamente gracias.

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página 6 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 19 de enero de 2018, número 3 El Papa pone en guardia sobre la tentación del clericalismo Los laicos no son peones En la sacristía de la catedral de Santiago de Chile, el Papa encontró el martes 16 de enero a los cincuenta prelados del país. Después del saludo del presidente de la Conferencia episcopal, el obispo Silva Retamales, el Papa pronunció el siguiente discurso. Queridos hermanos: Agradezco las palabras que el Presidente de la Conferencia Episcopal me dirigió en nombre de todos ustedes. En primer lugar, quiero saludar a Mons. Bernardino Piñera Carvallo, que este año cumplirá 60 años de obispo (es el obispo más anciano del mundo, tanto en edad como en años de episcopado), y que ha vivido cuatro sesiones del Concilio Vaticano II. Hermosa memoria viviente. Dentro de poco se cumplirá un año de la visita ad limina, ahora me tocó toca a mí venir a visitarlos y me alegra que este encuentro sea después de haber estado con el «mundo consagrado». Ya que una de nuestras principales tareas consiste precisamente en estar cerca de nuestros consagrados, de nuestros presbíteros. Si el pastor anda disperso, las ovejas también se dispersarán y quedarán al alcance de cualquier lobo. Hermanos, ¡la paternidad del obispo con sus sacerdotes, con su presbiterio! Una paternidad que no es ni paternalismo ni abuso de autoridad. Es un don a pedir. Estén cerca de sus curas al estilo de san José. Una paternidad que ayuda a crecer y a desarrollar los carismas que el Espíritu ha querido derramar en sus respectivos presbiterios. Sé que habíamos quedado en que iba a ser poco tiempo porque ya con lo que hablamos en las dos sesiones largas de la visita ad limina habíamos tocado muchos temas. Por eso en este «saludo», me gustaría retomar algún punto del encuentro que tuvimos en Roma y lo podría resumir en la siguiente frase: la conciencia de ser pueblo, ser Pueblo de Dios. Uno de los problemas que enfrentan nuestras sociedades hoy en día es el sentimiento de orfandad, es decir, que no pertenecen a nadie. Este sentir «postmoderno» se puede colar en nosotros y en nuestro clero; entonces empezamos a creer que no pertenecemos a nadie, nos olvidamos de que somos parte del santo Pueblo fiel de Dios y que la Iglesia no es ni será nunca de una élite de consagrados, sacerdotes u obispos. No podemos sostener nuestra vida, nuestra vocación o ministerio sin esta conciencia de ser Pueblo. Olvidarnos de esto —como expresé a la Comisión para América Latina— «acarrea varios riesgos y/o deformaciones en nuestra propia vivencia personal y comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado».1 La falta de conciencia de pertenecer al Pueblo fiel de Dios como servidores, y no como dueños, nos puede llevar a una de las tentaciones que más daño le hacen al dinamismo misionero que estamos llamados a impulsar: el clericalismo, que resulta una caricatura de la vocación recibida. La falta de conciencia de que la misión es de toda la Iglesia y no del cura o del obispo limita el horizonte, y lo que es peor, coarta todas las iniciativas que el Espíritu puede estar impulsando en medio nuestro. Digámoslo claro, los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como «loros» lo que le decimos. «El clericalismo, lejos de impulsar los distintos aportes y propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida de que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo fiel de Dios (cf. Lumen gentium, 9-14) y no sólo a unos pocos elegidos e iluminados».2 Velemos, por favor, contra esta tentación, especialmente en los seminarios y en todo el proceso formativo. Yo les confieso, a mí me preocupa la formación de los seminaristas, sean Pastores, servicio del Pueblo de Dios, como tiene que ser un Pastor, con la doctrina, con la disciplina, con los sacramentos, con la cercanía, con las obras de caridad, pero que tengan esa conciencia de Pueblo. Los seminarios deben poner el énfasis en que los futuros sacerdotes sean capaces de servir al santo Pueblo fiel de Dios, reconociendo la diversidad de culturas y renunciando a la tentación de cualquier forma de clericalismo. El sacerdote es ministro de Jesucristo: protagonista que se hace presente en todo el Pueblo de Dios. Los sacerdotes del mañana deben formarse mirando al mañana: su ministerio se desarrollará en un mundo secularizado y, por lo tanto, nos exige a nosotros pastores discernir cómo prepararlos para desarrollar su misión en este escenario concreto y no en nuestros «mundos o estados ideales». Una misión que se da en unidad fraternal con todo el Pueblo de Dios. Codo a codo, impulsando y estimulando al laicado en un clima de discernimiento y sinodalidad, dos características esenciales en el sacerdote del mañana. No al clericalismo y a mundos ideales que sólo entran en nuestros esquemas pero que no tocan la vida de nadie. Y aquí, pedir al Espíritu Santo el don de soñar, por favor no dejen de soñar, soñar y trabajar por una opción misionera y profética que sea capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda la estructura eclesial se conviertan en un cauce adecuado para la evangelización de Chile más que para una autopreservación eclesiástica. No le tengamos miedo a despojarnos de lo que nos aparte del mandato misionero.3 Hermanos, era esto lo que les quería decir como resumen un poco de lo principal que hablamos en las dos visitas ad limina encomendémonos a la protección de María, Madre de Chile. Recemos juntos por nuestros presbiterios, por nuestros consagrados; recemos por el santo Pueblo fiel de Dios del cual somos parte. Muchas gracias. 1 Carta al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (21 marzo 2016). 2 Ibíd. 3 Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 27.

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número 3, viernes 19 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 7 La jornada del miércoles 17 de enero para el Papa inició con una visita a la región meridional chilena de la Araucanía. Después del vuelo desde Santiago hasta Temuco, el Pontífice se dirigió al aeródromo de Maquehue, donde celebró la misa por el progreso de los pueblos, animada con elementos de las tradiciones indígenas. Esta es la homilía de Francisco. «Mari, Mari» (Buenos días) «Küme tünngün ta niemün» (La paz esté con ustedes) (Lc 24, 36). Doy gracias a Dios por permitirme visitar esta linda parte de nuestro continente, la Araucanía: Tierra bendecida por el Creador con la fertilidad de inmensos campos verdes, con bosques cuajados de imponentes araucarias —el quinto elogio realizado por Gabriela Mistral a esta tierra chilena—,1 sus majestuosos volcanes nevados, sus lagos y ríos llenos de vida. Este paisaje nos eleva a Dios y es fácil ver su mano en cada criatura. Multitud de generaciones de hombres y mujeres han amado y aman este suelo con celosa gratitud. Y quiero detenerme y saludar de manera especial a los miembros del pueblo Mapuche, así como también a los demás pueblos originarios que viven en estas tierras australes: rapanui (Isla de Pascua), aymara, quechua y atacameños, y tantos otros. Esta tierra, si la miramos con ojos de turistas, nos dejará extasiados, pero luego seguiremos nuestro rumbo sin más; y acordándonos de los lindos paisajes, pero si nos acercamos a su suelo lo escucharemos cantar: «Arauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar».2 En este contexto de acción de gracias por esta tierra y por su gente, pero también de pena y dolor, celebramos la Eucaristía. Y lo hacemos en este aeródromo de Maqueue, en el cual tuvieron lugar graves violaciones de derechos humanos. Esta celebración la ofrecemos por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias. Y recordando estas cosas unos quedamos un instante en silencio ante tanto dolor y tanta injusticia. La entrega de Jesús en la cruz carga con todo el pecado y el dolor de nuestros pueblos, un dolor para ser redimido. En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús ruega al Padre para que «todos sean uno» (Jn 17, 21). En una hora crucial de su vida se detiene a pedir por la unidad. Su corazón sabe que una de las peores amenazas que golpea y golpeará a los suyos y a la humanidad toda será la división y el enfrentamiento, el avasallamiento de unos sobre otros. ¡Cuántas lágrimas derramadas! Hoy nos queremos agarrar a esta oración de Jesús, queremos entrar con Él en este huerto de dolor, también con nuestros dolores, para pedirle al Padre con Jesús: que también nosotros seamos uno; no permitas que nos gane el enfrentamiento ni la división. Esta unidad clamada por Jesús, es un don que hay que pedir con insistencia por el bien de nuestra tierra y de sus hijos. Y es necesario estar atentos a posibles tentaciones que pueden aparecer y «contaminar desde la raíz» este don que Dios nos quiere regalar y con el que nos invi- La unidad no se construye sobre injusticia ni violencia No a la lógica de la superioridad cultural ta a ser auténticos protagonistas de la historia. ¿Cuáles son esas tentaciones? Los falsos sinónimos Una de las principales tentaciones a enfrentar es confundir unidad con uniformidad. Jesús no le pide a su Padre que todos sean iguales, idénticos; ya que la unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar las diferencias. La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás. No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás. La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra. La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias. Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o culturas inferiores. Un bello «chamal» requiere de tejedores que sepan el arte de armonizar los diferentes materiales y colores; que sepan darle tiempo a cada cosa y a cada etapa. Se podrá imitar industrialmente, pero todos reconoceremos que es una prenda sintéticamente compactada. El arte de la unidad necesita y reclama auténticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los «talleres» de los poblados, de los caminos, de las plazas y paisajes. No es un arte de escritorio la unidad, ni tan solo de documentos, es un arte de la escucha y del reconocimiento. En eso radica su belleza y también su resistencia al paso del tiempo y de las inclemencias que tendrá que enfrentar. La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos, que no significa tan sólo «recibir información sobre los demás… sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros».3 Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia; esa solidaridad que nos lleva a decir: nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la única arma que tenemos contra la «deforestación» de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad. Otra tentación puede venir de la consideración de cuáles son las armas de la unidad. Las armas de la unidad La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin. Existen dos formas de violencia que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación terminan amenazándolos. En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, ¿y por qué? porque frustra la esperanza. En segundo lugar, es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división. La violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos «no a la violencia que destruye», en ninguna de sus dos formas. Estas actitudes son como lava de volcán que todo arrasa, todo quema, dejando a su paso sólo esterilidad y desolación. Busquemos, en cambio, y no nos cansemos de buscar del el dialogo para la unidad. Por eso decimos con fuerza: Señor, haznos artesanos de unidad. Todos nosotros que, en cierta medida, somos pueblo de la tierra (Gn 2, 7) estamos llamados al Buen vivir (Küme Mongen) como nos los recuerda la sabiduría ancestral del pueblo Mapuche. ¡Cuánto camino a recorrer, cuánto camino para aprender! Küme Mongen, un anhelo hondo que brota no sólo de nuestros corazones, sino que resuena como un grito, como un canto en toda la creación. Por eso hermanos, por los hijos de esta tierra, por los hijos de sus hijos digamos con Jesús al Padre: que también nosotros seamos uno; Señor, haznos artesanos de unidad. 1 Gabriela Mistral, Elogios de la tierra de Chile. 2 Violeta Parra, Arauco tiene una pena. 3 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 246.

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número 3, viernes 19 de enero de 2018 Mirar a la cara a la realidad GIOVANNI MARIA VIAN M uy intensa fue la jornada que el Papa transcurrió en Santiago durante su viaje en Chile y Perú: celebrando en primer lugar una misa en el gran parque O’Higgins para muchísimos fieles, después recibiendo solo en la nunciatura a un grupo de víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes. El Pontífice visitó después el centro penintenciario fememino, encontrando a continuación al clero, obispos, jesuitas y rindiendo homenaje a Alberto Hurtado, que junto al amigo Manuel Larraín, después obispo de Talca fue en la primera mitad del siglo XX una de las figuras emblemáticas del catolicismo chileno contemporáneo. Con un tema de fondo, la necesidad de mirar a la cara a la realidad, subrayado sobre todo en la larga meditación en la catedral que Bergoglio dio a sacerdotes, religiosos y seminaristas. La referencia constante del Pontífice fue precisamente la comparación entre realidad y Evangelio, a través de la contemplación de Jesús según el método ignaciano, de la homilía durante la gran celebración de la mañana, hasta el encuentro festivo y conmovedor con algunos centenares de reclusas, a menudo jóvenes, no pocas con sus pequeños hijos. A estas mujeres, el Papa Francisco, visiblemente emocionado, supo tocar el corazón hablando de futuro, es decir, de la necesidad de mirar adelante y de la dignidad que nadie debe quitar a ningún ser humano. Poco después del encuentro con las víctimas de abusos, dirigiéndose al clero, Bergoglio meditó durante un largo tiempo sobre la figura de Pedro y de los discípulos después de la muerte de Jesús: abatidos, perdonados, transfigurados. «Siempre me gustó el estilo de los Evangelios de no decorar ni endulzar los acontecimientos, ni de pintarlos bonitos» porque «nos presentan la vida como viene», sin «miedo de mostrarnos los momentos difíciles, y hasta conflictivos, que pasaron los discípulos», dijo el Papa. Que observó, citando un texto suyo de finales de los años ochenta, que la peor de las tentaciones es tal vez aquella de «quedarse rumiando la desolación» en tiempo de dificultades. Y de nuevo, como había hecho sin dudar en el primer discurso a las autoridades, Bergoglio volvió a hablar del escándalo de los abusos y del «dolor por el daño y sufrimiento de las víctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza que habían puesto en los ministros de la Iglesia». Por eso, añadió que es necesario tener la lucidez de «llamar a la realidad por su nombre» y el coraje de pedir perdón. Pero mirar a la cara a la realidad debe significar afrontarla en sus cambios, sin nostalgias y a pesar de todas las dificultades para comprenderlos, como en el relato bíblico del Éxodo. «A menudo soñamos con las “cebollas de Egipto” y nos olvidamos de que la tierra prometida está delante, no atrás. Que la promesa es de ayer, pero para mañana», subrayó el Pontífice. Después de la resurrección «Jesucristo no se presenta a los suyos sin llagas» dijo después Bergoglio: no es necesario, por lo tanto, disimular o esconder las propias llagas, porque «una Iglesia con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas». Sin ponerse en el centro, porque pone allí «al único que puede sanar las heridas y tiene nombre: Jesucristo». L’OSSERVATORE ROMANO páginas 8/9 En la tarde del martes 16 de enero el Pontífice, procedente del centro penitenciario femenino de Santiago de Chile, se dirigió a la catedral de la Asunción para reunirse con los sacerdotes, consagrados y consagradas, seminaristas y diaconos permanentes. Durante la liturgia de la palabra, después del saludo dirigido por el cardenal arzobispo Ezzati Andrello, el Papa pronunció el discurso que publicamos a continuación. Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes: Me alegra poder compartir este encuentro con ustedes. Me gustó la manera con la que el Card. Ezzati los iba presentando: aquí están, aquí están … las consagradas, los consagrados, los presbíteros, los diáconos permanentes, los seminaristas, aquí están. Me vino a la memoria el día de nuestra ordenación o consagración cuando, después de la presentación, decíamos: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». En este encuentro queremos decirle al Señor: «aquí estamos» para renovar nuestro sí. Queremos renovar juntos la respuesta al llamado que un día inquietó nuestro corazón. Y para ello, creo que nos puede ayudar partir del pasaje del Evangelio que escuchamos y compartir tres momentos de Pedro y de la primera comunidad: Pedro/la comunidad abatida, Pedro/la comunidad misericordiada, y Pedro/la comunidad transfigurada. Juego con este binomio Pedro-comunidad ya que la vivencia de los apóstoles siempre tiene este doble aspecto, uno personal y uno comunitario. Van de la mano, no los podemos separar. Somos, sí, llamados individualmente pero siempre a ser parte de un grupo más grande. No existe el selfie vocacional, no existe. La vocación exige que la foto te la saque otro, y ¡qué le vamos a hacer! Así son las cosas. Pedro abatido, la comunidad abatida Siempre me gustó el estilo de los Evangelios de no decorar ni endulzar los acontecimientos, ni de pintarlos bonitos. Nos presentan la vida como viene y no como tendría que ser. El Evangelio no tiene miedo de mostrarnos los momentos difíciles, y hasta conflictivos, que pasaron los discípulos. Recompongamos la escena. Habían matado a Jesús; algunas mujeres decían que estaba vivo (cf. Lc 24, 22-24). Si bien habían visto a Jesús Resucitado, el acontecimiento es tan fuerte que los discípulos necesitarían tiempo para comprender. Lucas dice: «Era tal la alegría que no podían creer». Necesitarían tiempo para comprender lo que había sucedido. Comprensión que les llegará en Pentecostés, con el envío del Espíritu Santo. La irrupción del Resucitado llevará tiempo para calar el corazón de los suyos. Los discípulos vuelven a su tierra. Van a hacer lo que sabían hacer: pescar. No estaban todos, sólo algunos. ¿Divididos, fragmentados? No lo sabemos. Lo que nos dice la Escritura es que los que estaban no pescaron nada. Tienen las redes vacías. Pero había otro vacío que pesaba inconscientemente sobre ellos: el desconcierto y la turbación por la muerte de su Maestro. Ya no está, La valentía de pedir perdón En el discurso en la catedral el Papa habla sobre el tema de los abusos a menores fue crucificado. Pero no sólo Él estaba crucificado, sino ellos también, ya que la muerte de Jesús puso en evidencia un torbellino de conflictos en el corazón de sus amigos. Pedro lo negó, Judas lo traicionó, los demás huyeron y se escondieron. Solo un puñado de mujeres y el discípulo amado se quedaron. El resto, se marchó. En cuestión de días todo se vino abajo. Son las horas del desconcierto y la turbación en la vida del discípulo. En los momentos «en los que la polvareda de las persecuciones, tribulaciones, dudas, etc., es levantada por acontecimientos culturales e históricos, no es fácil atinar con el camino a seguir. Existen varias tentaciones propias de ese tiempo: discutir ideas, no darle la debida atención al asunto, fijarse demasiado en los perseguidores… y creo que la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación»1. Sí, quedarse rumiando la desolación. Y esto es lo que le pasó a los discípulos. Como nos decía el Card. Ezzati, «la vida presbiteral y consagrada en Chile ha atravesado y atraviesa horas difíciles de turbulencias y desafíos no indiferentes. Junto a la fidelidad de la inmensa mayoría, ha crecido también la cizaña del mal y su secuela de escándalo y deserción». Momento de turbulencias. Conozco el dolor que han significado los casos de abusos ocurridos a menores de edad y sigo con atención cuanto hacen para superar ese grave y doloroso mal. Dolor por el daño y sufrimiento de las víctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza que habían puesto en los ministros de la Iglesia. Dolor por el sufrimiento de las comunidades eclesiales, y dolor también por ustedes, hermanos, que además del desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza. Sé que a veces han sufrido insultos en el metro o caminando por la calle; que ir «vestido de cura» en muchos lados se está «pagando caro». Por eso los invito a que pidamos a Dios nos dé la lucidez de llamar a la realidad por su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo y no rumiar la desolación. Me gustaría añadir además otro aspecto importante. Nuestras sociedades están cambiando. El Chile de hoy es muy distinto al que conocí en tiempos de mi juventud, cuando me formaba. Están naciendo nuevas y diversas formas culturales que no se ajustan a los márgenes conocidos. Y tenemos que reconocer que, muchas veces, no sabemos cómo insertarnos en estas nuevas circunstancias. A menudo soñamos con las «cebollas de Egipto» y nos olvidamos que la tierra prometida está delante, no atrás. Que la promesa es de ayer, pero para mañana. Y entonces podemos caer en la tentación de recluirnos y aislarnos para defender nuestros planteos que terminan siendo no más que buenos monólogos. Podemos tener la tentación de pensar que todo está mal, y en lugar de profesar una «buena nueva», lo úni- co que profesamos es apatía y desilusión. Así cerramos los ojos ante los desafíos pastorales creyendo que el Espíritu no tendría nada que decir. Así nos olvidamos que el Evangelio es un camino de conversión, pero no sólo de «los otros», sino también de nosotros. Nos guste o no, estamos invitados a enfrentar la realidad así como se presenta. La realidad personal, comunitaria y social. Las redes —dicen los discípulos— están vacías, y podemos comprender los sentimientos que esto genera. Vuelven a casa sin grandes aventuras que contar, vuelven a casa con las manos vacías, vuelven a casa abatidos. ¿Qué quedó de esos discípulos fuertes, animados, airosos, que se sentían elegidos y que habían dejado todo para seguir a Jesús? (cf. Mc 1, 16-20); ¿qué quedó de esos discípulos seguros de sí, que irían a prisión y hasta darían la vida por su Maestro (cf. Lc 22, 33), que para defenderlo querían mandar fuego sobre la tierra (cf. Lc 9, 54), por el que desenvainarían la espada y darían batalla? (cf. Lc 22, 49-51); ¿qué quedó del Pedro que increpaba a su Maestro acerca de cómo tendría que llevar adelante su vida y su programa redentor? La desolación (cf. Mc 8, 31-33). Pedro misericordiado, la comunidad misericordiada Es la hora de la verdad en la vida de la primera comunidad. Es la hora en la que Pedro se confrontó con parte de sí mismo. Con la parte de su verdad que muchas veces no quería ver. Hizo experiencia de su limitación, de su fragilidad, de su ser pecador. Pedro el temperamental, el jefe impulsivo y salvador, con una buena dosis de autosuficiencia y exceso de confianza en sí mismo y en sus posibilidades, tuvo que someterse a su debilidad y a pecado. Él era tan pecador como los otros, era tan necesitado como los otros, era tan frágil como los otros. Pedro falló a quien juró cuidar. Hora crucial en la vida de Pedro. Como discípulos, como Iglesia, nos puede pasar lo mismo: hay momentos en los que nos confrontamos no con nuestras glorias, sino con nuestra debilidad. Horas cruciales en la vida de los discípulos, pero en esa hora es también donde nace el apóstol. Dejemos que el texto nos lleve de la mano. «Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» (Jn 21, 15). Después de comer, Jesús invita a Pedro a dar un paseo y la única palabra es una pregunta, una pregunta de amor: ¿Me amas? Jesús no va al reproche ni a la condena. Lo único que quiere hacer es salvar a Pedro. Lo quiere salvar del peligro de quedarse encerrado en su pecado, de que quede «masticando» la desolación fruto de su limitación; salvarlo del peligro de claudicar, por sus limitaciones, de todo lo bueno que había vivido con Jesús. Jesús lo quiere salvar del encierro y del aislamiento. Lo quiere salvar de esa actitud destructiva que es victimizarse o, al contrario, caer en un «da todo lo mismo» y que al final termina aguando cualquier compromiso en el más perjudicial relativismo. Quiere liberarlo de tomar a quien se le opone como si fuese un enemigo, o no aceptar con serenidad las contradicciones o las críticas. Quiere liberarlo de la tristeza y especialmente del mal humor. Con esa pregunta, Jesús invita a Pedro a que escuche su corazón y aprenda a discernir. Ya que «no era de Dios defender la verdad a costa de la caridad, ni la caridad a costa de la verdad, ni el equilibrio a costa de ambas, tiene que discernir, Jesús quiere evitar que Pedro se vuelva un veraz destructor o un caritativo mentiroso o un perplejo paralizado»2, como nos puede pasar en estas situaciones. Jesús interrogó a Pedro sobre su amor e insistió en él hasta que este pudo darle una respuesta realista: «Sí, Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17). Así Jesús lo confirma en la misión. Así lo vuelve definitivamente su apóstol. ¿Qué es lo que fortalece a Pedro como apóstol? ¿Qué nos mantiene a nosotros apóstoles? Una sola cosa: «Fuimos tratados con misericordia». «Fuimos tratados con misericordia»(1 Tm 1, 12-16). «En medio de nuestros pecados, límites, miserias; en medio de nuestras múltiples caídas, Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. Cada uno de nosotros podría hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó y lo trató con misericordia»3. Los invito a que lo hagan. No estamos aquí porque seamos mejores que otros. No somos superhéroes que, desde la altura, bajan a encontrarse con los «mortales». Más bien somos enviados con la conciencia de ser hombres y mujeres perdonados. Y esa es la fuente de nuestra alegría. Somos consagrados, pastores al estilo de Jesús herido, muerto y resucitado. El consagrado —y cuando digo consagrados digo todos los que están aquí— es quien encuentra en sus heridas los signos de la Resurrección. Es quien puede ver en las heridas del mundo la fuerza de la Resurrección. Es quien, al estilo de Jesús, no va a encontrar a sus hermanos con el reproche y la condena. Jesucristo no se presenta a los suyos sin llagas; precisamente desde sus llagas es donde Tomás puede confesar la fe. Estamos invitados a no disimular o esconder nuestras llagas. Una Iglesia con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene nombre: Jesucristo. La conciencia de tener llagas nos libera; sí, nos libera de volvernos autorreferenciales, de creernos superiores. Nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado»4. En Jesús, nuestras llagas son resucitadas. Nos hacen solidarios; nos ayudan a derribar los muros que nos encierran en una actitud elitista para estimularnos a tender puentes e ir a encontrarnos con tantos sedientos del mismo amor misericordioso que sólo Cristo nos puede brindar. «¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es sudor de nuestra frente»5. Veo con cierta preocupación que existen comunidades que viven arrastradas más por la desesperación de estar en cartelera, por ocupar espacios, por aparecer y mostrarse, que por remangarse y salir a tocar la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel. Qué cuestionadora reflexión la de ese santo chileno que advertía: «Serán, pues, métodos falsos todos lo que sean impuestos por uniformidad; todos los que pretendan dirigirnos a Dios haciéndonos olvidar de nuestros hermanos; todos los que nos hagan cerrar los ojos sobre el universo, en lugar de enseñarnos a abrirlos para elevar todo al Creador de todo ser; todos los que nos hagan egoístas y nos replieguen sobre nosotros mismos»6. El Pueblo de Dios no espera ni necesita de nosotros superhéroes, espera pastores, hombres y mujeres consagrados, que sepan de compasión, que sepan tender una mano, que sepan detenerse ante el caído y, al igual que Jesús, ayuden a salir de ese círculo de «masticar» la desolación que envenena el alma. Pedro transfigurado, la comunidad transfigurada Jesús invita a Pedro a discernir y así comienzan a cobrar fuerza muchos acontecimientos de la vida de Pedro, como el gesto profético del lavatorio de los pies. Pedro, el que se resistía a dejarse lavar los pies, comenzaba a comprender que la verdadera grandeza pasa por hacerse pequeño y servidor7. ¡Que pedagogía la de nuestro Señor! Del gesto profético de Jesús a la Iglesia profética que, lavada de su pecado, no tiene miedo de salir a servir a una humanidad herida. Pedro experimentó en su carne la herida no sólo del pecado, sino de sus propios límites y flaquezas. Pero descubrió en Jesús que sus heridas pueden ser camino de Resurrección. Conocer a Pedro abatido para conocer al Pedro transfigurado es la invitación a pasar de ser una Iglesia de abatidos desolados a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de ponerse al servicio de su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, en el enfermo… (cf. Mt 25, 35). Un servicio que no se identifica con asistencialismo o paternalismo, sino con conversión de corazón. El problema no está en darle de comer al pobre, o vestir al desnudo, o acompañar al enfermo, sino en considerar que el pobre, el desnudo, el enfermo, el preso, el desalojado tienen la dignidad para sentarse en nuestras mesas, de sentirse «en casa» entre nosotros, de sentirse familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros. Es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación. Renovar la profecía es renovar nuestro compromiso de no esperar un mundo ideal, una comunidad ideal, un discípulo ideal para vivir o para evangelizar, sino crear las condiciones para que cada persona abatida pueda encontrarse con Jesús. No se aman las situaciones ni las comunidades ideales, se aman las personas. El reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites, lejos de alejarnos de nuestro Señor nos permite volver a Jesús sabiendo que «Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece… Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual»8. Qué bien nos hace a todos dejar que Jesús nos renueve el corazón. Cuando comenzaba este encuentro, les decía que veníamos a renovar nuestro sí, con ganas, con pasión. Queremos renovar nuestro sí, pero realista, porque está apoyado en la mirada de Jesús. Los invito a que cuando vuelvan a casa armen en su corazón una especie de testamento espiritual, al estilo del Cardenal Raúl Silva Henríquez. Esa hermosa oración que comienza diciendo: «La Iglesia que yo amo es la Santa Iglesia de todos los días… la tuya, la mía, la Santa Iglesia de todos los días... Jesucristo, el Evangelio, el pan, la eucaristía, el Cuerpo de Cristo humilde cada día. Con rostros de pobres y rostros de hombres y mujeres que cantaban, que luchaban, que sufrían. La Santa Iglesia de todos los días». Te pregunto: ¿Cómo es la Iglesia que tú amas? ¿Amas a esta Iglesia herida que encuentra vida en las llagas de Jesús? Gracias por este encuentro, gracias por la oportunidad de renovar el «sí» con ustedes. Que la Virgen del Carmen los cubra con su manto. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. 1 Jorge Mario Bergoglio, Las cartas de la tribulación, 9, ed. Diego de Torres, Buenos Aires (1987). 2 Cf. ibíd. 3 Videomensaje al CELAM en ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia en el Continente americano (27 agosto 2016). 4 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 94. 5 Ibíd., 96. 6 San Alberto Hurtado, Discurso a jóvenes de la Acción Católica (1943). 7 «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). 8 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11.

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página 10 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 19 de enero de 2018, número 3 El miércoles 17 de enero por no se dejen callar. A noso- la tarde, procedente de la tros nos toca el ayudarlos a Patagonia chilena, el Pontífice que sean coherentes con lo alcanzó el santuario de que dicen, eso es el trabajo Maipú, al sureste de que los vamos a ayudar, pe- Santiago, para encontrarse ro si ustedes no hablan, con los jóvenes del país. A ¿cómo los vamos a ayudar? continuación publicamos su Y que hablen con valentía, discurso. y que digan lo que sienten. Yo también Ariel estoy gozoso de estar con ustedes. Gracias por tus palabras de bienvenida en nombre de todos los presentes. Cietamente estoy agradecido de compartir este tiempo con ustedes que según leí ahí: «se bajaron del sofá y se pusieron los zapatos». ¡Gracias! Considero para mí importante encontrarnos, y caminar juntos un rato, ¡que nos ayudemos a mirar para adelante! Y creo que también para ustedes es importante. Gracias. Entonces lo van a poder hacer en esa semana de encuentro previa al Domingo de Ramos, que vendrán delegaciones de jóvenes de todo el mundo, que nos ayudemos a que la Iglesia tenga un rostro joven. Una vez uno, hace poco, me decía: «Yo no sé si hablar de la Santa Madre Iglesia —hablaba de un lugar especial— o de la Santa Abuela Iglesia». No, no, la Iglesia tiene que tener rostro joven, y eso ustedes tienen que dárnoslo. Pero, claro, un rostro joven es real, lleno de vida, no Y me alegra que este en- precisamente joven por ma- cuentro se realice aquí en quillarse maquillaje con cre- Maipú. En esta tierra donde mas rejuvenecedoras. No, con un abrazo de fraterni- eso no sirve sino joven por- dad se fundó la historia de Chile; en este Santuario que El Papa habla del próximo sínodo de los obispos que desde su corazón se deja interpelar, y eso es lo que se levanta en el cruce de los caminos del Norte y del Sur, que une la nieve y el Quiero escuchar a los jóvenes nosotros, la Santa Madre Iglesia hoy necesita de ustedes: que nos interpelen. océano, y hace que el cielo y la tierra tengan un hogar. Hogar para Chile, hogar sin filtros Después prepárense para la respuesta, pero necesitamos que nos interpelen, la Igle- para ustedes queridos jóve- sia necesita que ustedes sa- nes, donde la Virgen del Carmen los hacer con los pies en la tierra y se madurar es aceptar la injusticia, es quen el carnet de mayores de edad, espera y los recibe con el corazón empieza con los pies en la tierra de creer que nada podemos hacer, que espiritualmente mayores y tengan el abierto. Y así como acompañó el na- la Patria, y si ustedes no aman a su todo siempre fue así: «¿Para qué va- coraje de decirnos: «Esto me gusta, cimiento de esta Nación y acompañó Patria, yo no les creo que lleguen a mos a cambiar, si siempre fue así, si este camino me parece que es el que a tantos chilenos a lo largo de estos amar a Jesús y que lleguen a amar a siempre se hizo así?». Eso es corrup- hay que hacer, esto no va, esto no es doscientos años, quiere seguir acom- Dios. El amor a la Patria es un amor ción. Madurar, la verdadera madurez un puente es una muralla, etcétera». pañando los sueños que Dios pone a la madre, la llamamos Madre Pa- es llevar adelante los sueños, las ilu- Que nos digan lo que sienten, lo en vuestro corazón: sueños de liber- tria porque aquí nacimos, pero ella siones de ustedes, juntos, confron- que piensan y eso lo elaboren entre tad, sueños de alegría, sueños de un misma como toda madre nos enseña tándose mutuamente, discutiendo ustedes en los grupos de ese encuen- futuro mejor. Esas ganas, como de- a caminar y se nos entrega para que entre ustedes, pero siempre mirando tro y después eso irá al Sínodo, don- cías vos Ariel, de «ser protagonistas la hagamos sobrevivir a otras genera- para adelante, no bajando la guar- de ciertamente habrá una representa- del cambio». Ser protagonistas. La ciones. Por eso quise empezar con dia, no vendiendo esas ilusiones y ción de ustedes, pero el Sínodo lo Virgen del Carmen los acompaña esta referencia de la Madre, de la esas cosas. ¿Está claro? (Responden: harán los obispos con la representa- para que sean los protagonistas del Madre Patria. Si no son patriotas ¡Sí!) ción de ustedes que recogerá a to- Chile que sus corazones sueñan. Y yo sé que el corazón de los jóvenes chilenos sueña, y sueña a lo grande, no solo cuando están un poco curaditos, no, siempre sueñan a lo grande, porque de estas tierras han nacido experiencias que se fueron expandiendo y multiplicando a lo largo de diversos países de nuestro continente. ¿Y quiénes las impulsaron? Jóvenes como ustedes que se animaron a vivir la aventura de la fe. Porque la fe provoca en los jóvenes sentimientos de aventura que invita a transitar por paisajes increíbles, paisajes nada fáciles, nada tranquilos… pero a ustedes les gustan las aventuras y los desafíos, excepto los que no se llegaron a bajar del sofá. ¡Bájenlos rápido!, así podemos seguir, ustedes que son especialistas, y les ponen los zapatos. Es más, se aburren cuando no tienen desafíos que los estimulen. Esto se ve, por ejemplo, cada vez que sucede una catástrofe natural: tienen una capacidad enorme para movilizarse, que habla de la generosidad de los corazones. Gracias. —no patrioteros—, patriotas, no van a hacer nada en la vida. Quieran a su tierra, chicas y chicos, quieran a su Chile, den lo mejor de ustedes por su Chile. En mi mi trabajo como obispo, he podido pude descubrir que hay muchas, pero muchas, buenas ideas en los corazones y en las mentes de los jóvenes. Y eso es verdad, ustedes son inquietos, buscadores, idealistas. ¿Saben quién tienen problemas?. El problema lo tenemos los grandes que cuando escuchamos estos ideales, estas inquietudes de los jóvenes, con cara de sabiondos decimos: «Piensa así porque es joven, ya va a madurar, o peor, ya se va a corromper». Y eso es verdad, detrás del «ya va a madurar» contra las ilusiones y los sueños se esconde el tácito «ya se va a corromper». ¡Cuidado con eso! Madurar es crecer y hacer crecer los sueños y hacer crecer las ilusiones, no bajar la guardia y dejarse comprar por dos «chirolas», eso no es madurar. Así que cuando los grandes pensamos eso, no le hagan caso. Y Teniendo en cuenta toda esta la realidad de los jóvenes es porque se va a he querido realizar lo que…. (se interrumpe porque uno de los presentes se siente mal) esperemos un minutito que saquen a esta hermana nuestra que se descompuso y la acompañamos con una pequeña oración para que se reponga enseguida. Es por esta realidad de ustedes los jóvenes, les quería hacer el anuncio de que he convocado el Sínodo de la fe, del discernimiento en ustedes. Y además el encuentro de jóvenes, porque el Sínodo lo hacemos los obispos, pensamos sobre los jóvenes, pero ya saben, le tengo miedo a los filtros porque a veces las opiniones de los jóvenes para viajar a Roma tienen que hacer varias conexiones y esas propuestas pueden llegar muy filtradas, no por las compañías aéreas sino por los que las transcriben, por esoantesquiero escuchar a los jóvenes y por eso se hace ese Encuentro de jóvenes, encuentro donde ustedes van a ser los protagonistas, jóvenes de todo el mundo, jóvenes católicos y jóvenes no católicos, jóve- dos. Así que prepárense para ese encuentro y, para los que vayan a ese encuentro, darles sus ideas, sus inquietudes, lo que vayan sintiendo en el corazón. ¡Cuánto necesita de ustedes la Iglesia, y la Iglesia chilena, que nos «muevan el piso», nos ayuden a estar más cerca de Jesús! Eso es lo que les pedimos, que nos muevan el piso si estamos instalados y nos ayuden a estar más cerca de Jesús. Las preguntas de ustedes, su el querer saber de ustedes, querer ser generosos son exigencias para que estemos más cerca de Jesús. Y todos estamos invitados una y otra vez a estar cerca de Jesús. Si una actividad, si un plan pastoral, si este encuentro no nos ayuda a estar más cerca de Jesús, perdimos el tiempo, perdimos una tarde, horas de preparación: que nos ayuden a estar más cerca de Jesús. Y eso se lo pedimos a quien nos puede llevar de la mano, miramos a la Madre; cada uno en su corazón le diga con las palabras, a ella que es la primera discípula, que nos ayude a estar más cerca de Jesús, desde el corazón, cada uno. Y quise empezar por esta referen- Pareciera que en esta (frase-ndr) nes cristianos y de otras religiones, y Y déjenme contarles una anécdo- cia a la Patria porque el camino ha- «ya va a madurar» de nosotros los jóvenes que no saben si creen o no ta. Charlando un día con un joven cia adelante, los sueños que tienen grandes, donde parece que les tirára- creen, todos, para escucharlos, para le pregunté qué es lo que lo ponía que ser concretados, el mirar siem- mos una frazada mojada encima pa- escucharnos directamente, porque es de mal humor. «¿A vos qué te pone pre hacia el horizonte, se tienen que ra hacerlos callar, se escondiera que importante que ustedes hablen, que de mal humor?» —porque el contex-

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número 3, viernes 19 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 to se daba para hacer esa pregunta. Y él me dijo: «cuando al celular se le acaba la batería o cuando pierdo la señal de internet». Le pregunté: «¿Por qué?». Me responde: «Padre, es simple, me pierdo todo lo que está pasando, me quedo fuera del mundo, como colgado. En esos momentos, salgo corriendo a buscar un cargador o una red de wifi y la contraseña para volverme a conectar». Esa respuesta me enseñó, eso me hizo pensar que con la fe nos puede pasar lo mismo. Todos estamos entusiastas, la fe se renueva —que un retiro, que una predicación, que un encuentro, que la visita del Papa—, la fe crece pero después de un tiempo de camino o del «embale» inicial, hay momentos en los que sin darnos cuenta comienza a bajar «nuestro ancho de banda», despacito, y aquel entusiasmo, aquel querer estar conectados con Jesús se empieza a perder, y empezamos a quedarnos sin conexión, sin batería, y entonces nos gana el mal humor, nos volvemos descreídos, tristes, sin fuerza, y todo lo empezamos a ver mal. Al quedarnos sin esta «conexión» que es la que le da vida a nuestros sueños, el corazón empieza a perder fuerza, a quedarse también sin batería y como dice esa canción: «El ruido ambiente y soledad de la ciudad nos aíslan de todo. El mundo que gira al revés pretende sumergirme en él ahogando mis ideas».1 ¿Les pasó esto alguna vez? No, no, cada cual se contesta adentro, no quiero hacer pasar vergüenza a los que no les pasó. A mí me pasó. Sin conexión, sin la conexión con Jesús, sin esta conexión terminamos ahogando nuestras ideas, ahogando nuestros sueños, ahogando nuestra fe y, claro, nos llenamos de mal humor. De protagonistas —que lo somos y lo queremos ser— podemos llegar a sentir que vale lo mismo hacer algo que no hacerlo: «¿Para qué te vas a gastar? Mirá —el joven pesimista—: Pasála bien, dejá, todas estas cosas sabemos cómo terminan, el mundo no cambia, y tomálo con soda y andá para adelante». Y quedamos desconectados de la realidad y de lo que está pasando en «el mundo». Y quedamos, sentimos que quedamos, «fuera del mundo», en «mi mundito» donde estoy tranquilo, en mi sofá, ahí. Me preocupa cuando, al perder «señal», muchos sienten que no tienen nada que aportar y quedan como perdidos: «Pará, vos tenés algo que dar» – «No mirá esto es un desastre, yo trato de estudiar, tener un título, casarme, pero basta, no quiero líos, termina todo mal». Eso es cuando se pierde la conexión. Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie: «Le haces falta a mucha gente y esto pensálo». Cada uno de ustedes piénselo en su corazón: «Yo le hago falta a mucha gente» Ese pensamiento, como le gustaba decir a Hurtado, «es el consejo del diablo» —«no le hago falta a nadie»–, que quiere hacerte sentir que no vales nada… pero para dejar las cosas como están, por eso te hace sentir que no vales nada, para que nada cambie, porque el único que puede hacer un cambio en la sociedad es el joven, uno de ustedes. Nosotros ya estamos del otro lado. (Otro joven de los presentes se desmaya) Y gracias, entre paréntesis, porque estos desmayos son un signo de lo que están sintiendo muchos de ustedes. ¿Desde qué hora están acá, me lo dicen? (Los jóvenes responden) ¡Gracias! Todos, decía, somos importantes y todos tenemos algo que aportar. Con un «cachitito» de silencio se pregunta cada uno –en serio, mírense en su corazón–: «¿Qué tengo yo para aportar en la vida?». Y cuántos de ustedes sienten las ganas de decir: «No sé». ¿No sabés lo que tenés para aportar? Lo tenés adentro y no lo conocés. Apuráte a encontrarlo para aportar. El mundo te necesita, la patria te necesita, la sociedad te necesita, vos tenés algo que aportar, no pierdas la conexión. Los jóvenes del Evangelio que escuchamos hoy querían esa «señal», buscaban esa señal que los ayudara a mantener vivo el fuego en sus corazones. Esos jóvenes, que estaban ahí con Juan Bautista, querían saber cómo cargar la batería del corazón. Andrés y el otro discípulo —que no dice el nombre, y podemos pensar que ese otro discípulo somos puede ser cada uno de nosotros— buscaban la contraseña para conectarse con Aquel que es «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14, 6). A ellos los guió Juan el Bautista. Y creo que ustedes tienen un gran santo que les puede hacer de guía, un santo que iba cantando con su vida: «contento, Señor, contento». Hurtado tenía una regla de oro, una regla para encender su corazón con ese fuego capaz de mantener viva la alegría. Porque Jesús es ese fuego al cual quien se acerca queda encendido. Y la contraseña de Hurtado para reconectar, para mantener la señal es era muy simple —seguro que ninguno de ustedes trajo un teléfono, ¿no? Me gustaría que la anotaran en el teléfono, a ver si se animan, yo se las dicto– Hurtado se pregunta –esta es la contraseña–: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?». Los que pueden anótenlo: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?». «¿Qué haría Cristo en mi lugar,?» en la escuela, en la universidad, en la calle, en la casa, entre amigos, en el trabajo; frente al que le hacen bullying: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?». Cuando salen a bailar, cuando están haciendo deportes o van al estadio: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?». Esa es la contraseña, esa es la batería para encender nuestro corazón y encender la fe y encender la chispa en los ojos, que no se les vaya. Eso es ser protagonistas de la historia. Ojos chispeantes porque descubrimos que Jesús es fuente de vida y de alegría. Protagonistas de la historia, porque queremos contagiar esa chispa en tantos corazones apagados, opacos que se olvidaron de lo que es esperar; en tantos que son «fomes» y esperan que alguien los invite y los desafíe con algo que valga la pena. Ser protagonistas es hacer lo que hizo Jesús. Allí donde estés, con quien te encuentres y a la hora en que te encuentres: «¿Qué haría Jesús en mi lugar?». ¿Cargaron la contraseña? (Los jóvenes responden: «Sí»). Y la única manera de no olvidarse de la contraseña es usarla, sino no va a pasar lo que… —claro esto es de mi época, no de la de ustedes, pero por ahí saben algo—, lo que les pasó a los tres chiflados en aquel film que arman un asalto, un robo, una caja fuerte, todo pensado, todo, y cuando llegan se olvidaron de la contraseña, se olvidaron de la clave. Si no usan la contraseña se la van a olvidar. ¡Cárguenla en el corazón! ¿Cómo era la contraseña? (R: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?») Esa es la contraseña. ¡Repítanla, pero úsenla, úsenla! –¿Qué haría Cristo en mi lugar?–. Y hay que usarla todos los días. Llegará el momento que se la van a saber y llegará el día en que, sin darse cuenta, y llegará el día en que, sin darse cuenta, su el corazón de cada uno de ustedes latirá como el corazón de Jesús. No basta con escuchar alguna enseñanza religiosa o aprender una doctrina; lo que queremos es vivir como Jesús vivió.: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Traducir Jesús a mí vida. Por eso los jóvenes del Evangelio le preguntan: «Señor, ¿dónde vives?»;2 –lo escuchamos recién– ¿cómo vives? ¿Yo le pregunto a Jesús? Queremos vivir como Jesús, Él sí que hace vibrar el corazón. Hace vibrar el corazón y te pone en el camino del riesgo. Arriesgarse, correr riesgos. Queridos amigos, sean valientes, salgan «al tiro» al encuentro de sus amigos, de aquellos que no conocen o que están en un momento de dificultad. Y vayan con la única promesa que tenemos: en medio del desierto, del camino, de la aventura, siempre habrá «conexión», existirá un «cargador». No estaremos solos. Siempre gozaremos de la compañía de Jesúsy de su Madre y de una comunidad. Ciertamente una comunidad que no es perfecta, pero eso no significa que no tenga mucho para amar y para dar a los demás. ¿Cómo era la contraseña? (R: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?) Está bien, todavía la conservan. Queridos amigos, queridos jóvenes: «Sean ustedes, —se lo pido por favor—, sean ustedes los jóvenes samaritanos que nunca abandonan a nadie tirado en el camino. En el corazón, otra pregunta: «¿Alguna vez abandoné a alguien tirado en el camino? ¿Un pariente, un amigo, amiga…?». Sean samaritanos, nunca abandonen al hombre tirado en el camino. Sean ustedes los jóvenes cirineos que ayudan a Cristo a llevar su cruz y se comprometen con el sufrimiento de sus hermanos. Sean como Zaqueo, que transformó su enanismo espiritual en grandeza y dejó que Jesús transformara su corazón materialista en un corazón solidario. Sean como la joven Magdalena, apasionada buscadora del amor, que sólo en Jesús encuentra las respuestas que necesita. Tengan el corazón de Pedro, para abandonar las redes junto al lago. Tengan el cariño de Juan, para reposar en Él todos sus afectos. Tengan la disponibilidad de nuestra Madre, la primera discípula, para cantar con gozo y hacer su voluntad».3 Queridos amigos, me gustaría quedarme más tiempo. Los que tienen teléfono agárrenlo en la mano, es un signo para no olvidarse de la contraseña. ¿Cuál era la contraseña? (R: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?) Así reconectan y no se quedan fuera de banda. Me gustaría quedarme más tiempo. Gracias por el encuentro, gracias por la alegría de ustedes. Gracias, muchas gracias y les pido por favor que no se olviden de rezar por mí. 1 LA LEY, Aquí. 2 Jn 1, 38. 3 Card. Raúl Silva Henríquez, Mensaje a los jóvenes (7 octubre 1979).

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página 12 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 19 de enero de 2018, número 3 Por un humanismo renovado El Papa indica la misión de la Universidad Concluyó con una visita a la Pontificia universidad católica la segunda jornada del viaje del Papa Francisco en Chile. El miércoles, 17 de enero, después de haber celebrado por la mañana la misa con los pueblos indígenas de la Araucanía, el Pontífice volvió a Santiago, donde en primer lugar encontró a los jóvenes en el santuario mariano de Maipú y después llegó al ateneo católico de la capital. Durante el encuentro con los estudiantes, docentes y exponentes del mundo académico, el Papa respondió al saludo que le dirigió el rector con el discurso que publicamos a continuación. Señor Gran Canciller, cardenal Ricardo Ezzati, hermanos en el episcopado, señor Rector, Doctor Ignacio Sánchez, distinguidas autoridades universitarias, queridos profesores, funcionarios, personal de la Universidad, queridos alumnos: Estoy contento por estar junto a ustedes en esta Casa de Estudios que, en sus casi 130 años de vida, ha ofrecido un servicio inestimable al país. Agradezco al señor Rector sus palabras de bienvenida en nombre de todos y también le agradezco a usted señor Rector, el bien que hace con su «sapiencialidad» en el gobierno de la Universidad y en defender con coraje la identidad de la Universidad Católica. Muchas gracias. La historia de esta Universidad está entrelazada, en cierto modo, con la historia de Chile. Son miles los hombres y mujeres que, formándose aquí, han cumplido tareas relevantes para el desarrollo de la patria. Quisiera recordar es- pecialmente la figura de san Alberto Hurtado, en este año que se cumplen 100 años desde que comenzó aquí sus estudios. Su vida se vuelve un claro testimonio de cómo la inteligencia, la excelencia académica y la profesionalidad en el quehacer, armonizadas con la fe, la justicia y la caridad, lejos de disminuirse, alcanzan una fuerza que es profecía capaz de abrir horizontes e iluminar el sendero, especialmente para los descartados de la sociedad, sobre todo hoy en que priva esta cultura del descarte. En este sentido, quiero retomar sus palabras, señor Rector, cuando afirmaba: «Tenemos importantes desafíos para nuestra patria, que dicen relación con la convivencia nacional y con la capacidad de avanzar en comunidad». 1. Convivencia nacional Hablar de desafíos es asumir que hay situaciones que han llegado a un punto que exigen ser repensadas. Lo que hasta ayer podía ser un factor de unidad y cohesión, hoy está reclamando nuevas respuestas. El ritmo acelerado y la implantación casi vertiginosa de algunos procesos y cambios que se imponen en nuestras sociedades nos invitan de manera serena, pero sin demora, a una reflexión que no sea ingenua, utópica y menos aún voluntarista. Lo cual no significa frenar el desarrollo del conocimiento, sino hacer de la Universidad un espacio privilegiado «para practicar la gramática del diálogo que forma encuentro»1. Ya que «la verdadera sabiduría, [es] producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas»2. La convivencia nacional es posible —entre otras cosas— en la medida en que generemos procesos educativos también transformadores, inclusivos y de convivencia. Educar para la convivencia no es solamente adjuntar valores a la labor educativa, sino generar una dinámica de convivencia dentro del propio sistema educativo. No es tanto una cuestión de contenidos sino de enseñar a pensar y a razonar de manera integradora. Lo que los clásicos solían llamar con el nombre de forma mentis. Y para lograr esto es necesario desarrollar una alfabetización integradora que sepa acompasar los procesos de transformación que se están produciendo en el seno de nuestras sociedades. Tal proceso de alfabetización exige trabajar de manera simultánea la integración de los diversos lenguajes que nos constituyen como personas. Es decir, una educación —alfabetización— que integre y armonice el intelecto, los afectos y las manos— es decir, la cabeza, el corazón y la acción. Esto brindará y posibilitará a los estudiantes crecer no sólo armonioso a nivel personal sino, simultáneamente, a nivel social. Urge generar espacios donde la fragmentación no sea el esquema dominante, incluso del pensamiento; para ello es necesario enseñar a pensar lo que se siente y se hace; a sentir lo que se piensa y se hace; a hacer lo que se piensa y se siente. Un dinamismo de capacidades al servicio de la persona y de la sociedad. La alfabetización, basada en la integración de los distintos lenguajes que nos conforman, irá implicando a los estudiantes en su propio proceso educativo; proceso de cara a los desafíos que el mundo próximo les va a presentar. El «divorcio» de los saberes y de los lenguajes, el analfabetismo sobre cómo integrar las distintas dimensiones de la vida, lo único que consigue es fragmentación y ruptura social. En esta sociedad líquida3 o ligera4, como la han querido denominar algunos pensadores, van desapareciendo los puntos de referencia desde donde las personas pueden construirse individual y socialmente. Pareciera que hoy en día la «nube» es el nuevo punto de encuentro, que está marcado por la falta de estabilidad ya que todo se volatiliza y por lo tanto pierde consistencia. Y tal falta de consistencia podría ser una de las razones de la pérdida de conciencia del espacio público. Un espacio que exige un mínimo de trascendencia sobre los intereses privados —vivir más y mejor— para construir sobre cimientos que revelen esa dimensión tan im-

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número 3, viernes 19 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 13 portante de nuestra vida como es el «nosotros». Sin esa conciencia, pero especialmente sin ese sentimiento y, por lo tanto, sin esa experiencia, es y será muy difícil construir la nación, y entonces parecería que lo único importante y válido es aquello que pertenece al individuo, y todo lo que queda fuera de esa jurisdicción se vuelve obsoleto. Una cultura así ha perdido la memoria, ha perdido los ligamentos que sostienen y posibilitan la vida. Sin el «nosotros» de un pueblo, de una familia, de una nación y, al mismo tiempo, sin el nosotros del futuro, de los hijos y del mañana; sin el nosotros de una ciudad que «me» trascienda y sea más rica que los intereses individuales, la vida será no sólo cada vez más fracturada sino más conflictiva y violenta. La Universidad, en este sentido, tiene el desafío de generar nuevas dinámicas al interno de su propio claustro, que superen toda fragmentación del saber y estimulen a una verdadera universitas. 2. Avanzar en comunidad De ahí, el segundo elemento tan importante para esta casa de estudios: la capacidad de avanzar en comunidad. He sabido con alegría del esfuerzo evangelizador y de la vitalidad alegre de su Pastoral Universitaria, signo de una Iglesia joven, viva y «en salida». Las misiones que realizan todos los años en diversos puntos del País son un punto fuerte y muy enriquecedor. En estas instancias, ustedes logran alargar el horizonte de sus miradas y entran en contacto con diversas situaciones que, más allá del acontecimiento puntual, los dejan movilizados. El «misionero», en el sentido etimológico de la palabra, nunca vuelve igual de la misión; experimenta el paso de Dios en el encuentro con tantos rostros o que no conocían o que no le eran cotidianos, o que le eran lejanos. Esas experiencias no pueden quedar aisladas del acontecer universitario. Los métodos clásicos de investigación experimentan ciertos límites, más cuando se trata de una cultura como la nuestra que estimula la participación directa e instantánea de los sujetos. La cultura actual exige nuevas formas capaces de incluir a todos los actores que conforman el hecho social y, por lo tanto, educativo. De ahí la importancia de ampliar el concepto de comunidad educativa. La comunidad está desafiada a no quedarse aislada de los modos de conocer; así como tampoco a construir conocimiento al margen de los destinatarios de los mismos. Es necesario que la adquisición de conocimiento sepa generar una interacción entre el aula y la sabiduría de los pueblos que conforman esta bendecida tierra. Una sabiduría cargada de intuiciones, de «olfato», que no se puede obviar a la hora de pensar Chile. Así se producirá esa sinergia tan enriquecedora entre rigor científico e intuición popular. La estrecha interacción entre ambos impide el divorcio entre la razón y la acción, entre el pensar y el sentir, entre el conocer y el vivir, entre la profesión y el servicio. El conocimiento siempre debe sentirse al servicio de la vida y confrontarse con ella para poder seguir progresando. De ahí que la comunidad educativa no puede reducirse a aulas y bibliotecas, sino que debe avanzar continuamente a la participación. Tal diálogo sólo se puede realizar desde una episteme capaz de asumir una lógica plural, es decir, que asuma la interdisciplinariedad e interdependencia del saber. «En este sentido, es indispensable prestar atención a los pueblos originarios con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios»5. La comunidad educativa guarda en sí un sinfín de posibilidades y potencialidades cuando se deja enriquecer e interpelar por todos los actores que configuran el hecho educativo. Esto exige un mayor esfuerzo en la calidad y en la integración, pues el servicio universitario ha de apuntar siempre a ser de calidad y de excelencia, puestas al servicio de la convivencia nacional. Podríamos decir que la Universidad se vuelve un laboratorio para el futuro del país, ya que logra incorporar en su seno la vida y el caminar del pueblo superando toda lógica antagónica y elitista del saber. Cuenta una antigua tradición cabalística que el origen del mal se encuentra en la escisión producida por el ser humano al comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. De esta forma, el conocimiento adquirió un primado sobre la creación, sometiéndola a sus esquemas y deseos6. La tentación latente en todo ámbito académico será la de reducir la Creación a unos esquemas interpretativos, privándola del Misterio propio que ha movido a generaciones enteras a buscar lo justo, bueno, bello y verdadero. Y cuando el profesor, por su sapiencialidad, se convierte en «maestro», entonces sí es capaz de despertar la capacidad de asombro en nuestros estudiantes. ¡Asombro ante un mundo y un universo a descubrir! Hoy resulta profética la misión que tienen entre manos. Ustedes son interpelados para generar procesos que iluminen la cultura actual, proponiendo un renovado humanismo que evite caer en todo tipo de reduccionismos de cualquier tipo. Esta profecía que se nos pide, impulsa a buscar espacios recurrentes de diálogo más que de confrontación; espacios de encuentro más que de división; caminos de amistosa discrepancia, porque se difiere con respeto entre personas que caminan en la búsqueda honesta de avanzar en comunidad hacia una renovada convivencia nacional. Y si lo piden, no dudo que el Espíritu Santo guiará sus pasos para que esta Casa siga fructificando por el bien del Pueblo de Chile y para la Gloria de Dios. Les agradezco nuevamente este encuentro, y por favor les pido que no se olviden de rezar por mí. 1 Discurso a la Plenaria de la Congregación para la Educación Católica (9 febrero 2017). 2 Carta enc. Laudato si’, 47. 3 Cf. Zygmunt Bauman, Modernidad líquida (1999). 4 Cf. Gilles Lipovetsky, De la ligereza (2016). 5 Carta enc. Laudato si’, 146. 6 Cf. Gershom Scholem, La mystique juive, París (1985), 86. Las armas de la unidad GIOVANNI MARIA VIAN C on una misa en Iquique, en la región desértica septentrional de Chile, se concluye la visita papal. El Pontífice llega ahora a Perú, última meta de su sexto viaje americano. Después de una jornada reservada por completo a la capital, Berglogio había dedicado antes el último tramo de su itinerario chileno a los encuentros con los pueblos indígenas en Temuco, capital de la Araucanía, en el Chile meriodional, después con los jóvenes en el santuario nacional de Maipú, y finalmente con estudiantes, profesores y personal de la Universidad católica de Santiago. En estos días chilenos el Pontífice ha dirigido continuamente su mirada al futuro del país: así, a la comunidad universitaria habló de la convivencia nacional y de la necesidad de «avanzar en comunidad», mientras con los jóvenes Francisco vivió casi un prólogo del encuentro que en primavera introducirá el Sínodo dedicado a ellos en octubre. «¿Qué haría Cristo en mi lugar?» se preguntaba el jesuita Alberto Hurtado, y la misma pregunta el Papa ha dirigido repetidamente a los jóvenes, pidiéndoles que se lo pregunten en todo momento. Bergoglio quiso leer a los jóvenes algunas palabras dirigidas a ellos por otra gran figura católica de Chile, cuyo recuerdo volvió varias veces a su boca, el cardenal Raúl Silva Henríquez. Sean como los samaritanos y los cirineos, como Zaqueo «que transformó su enanismo espiritual en grandeza y dejó que Jesús transformara su corazón materialista en un corazón solidario», como Magdalena, apasionada buscadora del amor y «que sólo en Jesús encuentra las respuestas que necesita» y tengan el corazón de Pedro, el afecto de Juan, la disponibilidad de María, aconsejaba el gran arzobispo de Santiago. Recién llegado a Araucanía, el Papa uso los versos de dos poetisas, Gabriela Mistral y Violeta Parra, para describir la belleza y el dolor de esta tierra atormentada de «injusticias de siglos». Con un recuerdo explícito y conmovido de los años oscuros de la última dictadura militar, durante la cual el aeródromo de Maquehue, donde ha celebrado, fue teatro de «graves violaciones» de los derechos humanos: por eso la misa ha sido ofrecida «por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias». Añadiendo que Jesús en la cruz se hace cargo del pecado y del dolor de «nuestros pueblos» para redimirlo. Eran muy numerosos los pueblos originarios de la región austral que le escuchaban, en particular los mapuches: pueblos víctimas de injusticias e intentos de asimilación que en varias ocasiones fueron recordados por el Pontífice. Por eso Bergoglio dijo que la unidad, bien distinta de la uniformidad, «es una diversidad reconciliada»; es, de hecho, un arte que requiere escucha y reconocimiento. La unidad se ve amenazada por dos formas de violencia, ha observado: la primera se amamanta con bonitas palabras y de acuerdos que nunca se realizan frustrando toda esperanza y la segunda es la que sacrifica vidas humanas. «La violencia llama a la violencia» dijo con nitidez el Papa y, «termina volviendo mentirosa la causa más justa». Concluyendo que la única vía es la del diálogo. Buscando precisamente la unidad.

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página 14 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 19 de enero de 2018, número 3 De nuestra enviada especial a Chile Silvina Pérez Los años chilenos de Bergoglio «C onocí a Jorge Bergoglio en 1960 pero fue en el año 92 donde se consolidó la amistad. Le escribo de vez en cuando y él me contesta mis cartas; es muy directo en las respuestas y nuestro diálogo es muy franco». Son las palabras emocionadas de padre Jorge Delpiano que tiene 75 años y 46 años de sacerdocio y realiza un valioso servicio como formador. Es director espiritual del Seminario Metropolitano de Concepción y director del Departamento de Espiritualidad del arzobispado. Junto con ello, permanentemente está dictando retiros y jornadas de formación para laicos y consagrados. Lleva 11 años en Concepción, de los cuales, los últimos 9 años, han sido al servicio de la Iglesia local. Confiesa que está feliz con ser jesuita y con la misión que le ha correspondido realizar no sólo en Chile, sino también en Roma, en dos ocasiones. Y esa felicidad se acrecienta al saber la invitación del Papa. ¿Cuándo conoció al actual Papa Francisco? En el año ‘60 él estuvo en nuestra casa de Padre Hurtado, cerca de Santiago, estudiando lo que correspondía a nuestra formación, que es una formación en humanidades clásicas, abrirnos el horizonte de la visión de la vida, de la visión del hombre, de la visión de la Iglesia. Estábamos en distintas secciones y cuando Jorge Mario estuvo, yo era novicio y él era de los estudiantes mayores y un año antes había hecho sus votos, pero yo tengo recuerdos muy claros, con momentos de convivencia, como parte de nuestra formación, y me acuerdo que también hacíamos presentaciones de teatro. Me acuerdo muy bien, que Jorge Mario tuvo un papel muy preciso en una obra. Lo volví a encontrar en el año ‘65, Argentina, porque fui desde Buenos Aires, donde estaba estudiando, a visitar el colegio Inmaculada Concepción de Santa Fe. Ahí, Jorge Mario aún era estudiante, porque no había hecho la teología, era el viceinspector del Colegio y lo hacía muy bien. Él me pidió dar una charla y fue una oportunidad para conversar distintas cosas y me comentó que tenía que asegurarse una hora de oración, de tener la misa antes de empezar su trabajo, a las 08:00 horas, en el colegio. La verdad es que, hasta ese momento, había mucha simpatía, pero no una amistad consolidada. Después lo vi en el año ‘73, cuando vino a Chile, recién nombrado provincial. ¿En qué momento se volvió a encontrar con P. Bergoglio? En el año 92, poco después de que a él lo nombraron obispo auxiliar, le escribí para indicarle que en un viaje al extranjero, el avión haría escala en Buenos Aires, en Ezeiza, y que ahí rezaría personalmente por él. Él me respondió —no había correos electrónicos— que iría al aeropuerto y que yo saliera del avión para saludarnos. Pudimos conversar 45 minutos y fue una conversación de mucha cercanía, y diría que allí nació la amistad entre ambos. Volvimos a reunirnos cuando fue elegido cardenal, en Roma, después de la ceremonia. Fue un encuentro muy simpático, con la espontaneidad que le caracteriza, porque es un hombre muy alegre. ¿En qué momento se encontrará con el Papa, en Chile y que sintò cuando recibio la invitación? Es una mezcla un poco curiosa. En primer lugar, no me imaginaba nada de esto. Yo pensaba tener una posibilidad de dar un abrazo al Papa, en la reunión que él va a tener con los jesuitas, en Santiago, pero esto no lo había imaginado siquiera. También lo veo como algo extraño, porque parece algo muy grande y yo lo tomo como la posibilidad de encontrarme como un amigo, de poder conversar un ratito con un amigo. Cuando se encarcela la pobreza U no de los momentos más emotivos del viaje del Papa ha sido su encuentro con más de 600 internas en una cárcel de mujeres, en su mayoría jóvenes, que llevaban en sus brazos a hijos menores de dos años, pues a partir de esa edad ya no pueden tenerlos en el penitenciario. La separación es el momento más duro de sus condenas. Tanto el exterior como el interior de la cárcel estaban decorados con cintas y flores de papel hechas por las mismas reclusas que repiten frases del Santo Padre a los presos en las frecuentes visitas a prisiones. Su entrada en el polideportivo del penal femenino ha sido como el estallido de una fiesta. Francisco ha besado a docenas de chiquillos, bendecido las panzas de las madres embarazadas mientras muchas otras se desataban en lágrimas. La presidenta Michelle Bachelet, ovacionada por las reclusas en el momento de su ingreso, asistía emocionada en la primera fila. En nombre de las presas, Janeth Zurita, una reclusa muy joven a punto de terminar su condena por tráfico de droga, ha explicado al Santo Padre que sus condenas afectan también a sus hijos «que se quedan sin madre». Ha contado también el dolor de compañeras cuando sus hijos sufren abusos o son asesinados. Al mismo tiempo, Janeth ha pedido «perdón a todos los que hemos herido por nuestro delito. Sabemos que Dios nos perdona, pero pedimos que la sociedad también nos perdone». El Papa se conmovió, les habló de dignidad y les animó al esfuerzo por la reinserción. La hermana Nelly León, con pasión y garra, dirige el grupo y ayuda a todas sus «chicas». La cárcel es seguida por la Iglesia local, a través del servicio para la pastoral carcelaria. Al hablar ante el Papa, de hecho, Nelly denunció que «en Chile se encarcela la pobreza». «El 51% han sido condenadas por microtráfico de droga y otros delitos vinculados con ello, todos relacionados con la pobreza», explicó a L’Osservatore Romano. «Las chicas, así es como las llama, han trabajado, indistintamente de su religión, porque el Papa es transversal, él trasciende la religión católica», aseguró la hermana Nelly. ¿Qué cosas no ve la gente de la cárcel? Que detrás de cada delito hay una historia, una mujer. Para la sociedad, las mujeres presas son personas malas, que tienen abandonados a sus hijos, que han traficado o han robado, sólo mujeres que han hecho daño. Pero hoy día, tú pudiste conocer sus historias de vida, del porqué llegaron aquí, que nunca es gratuito. Mientras me presentabas a las mujeres me dijiste: «Una mujer nunca deja de ser madre, así esté presa». Cuéntanos más de eso. Aquí la preocupación constante siempre es la misma: ¿Dónde están mis hijos? Por ejemplo, si le das a una mujer un regalo, un par de sábanas, un juego de toallas para la Navidad o un regalito por su cumpleaños, esa mujer no lo usa, lo guarda, y cuando vienen sus hijos, se los regala a ellos. ¿Qué le dirías a las personas que han sufrido de delito? Que en la cárcel sí hay gente buena. Que nadie nace malo y que son las acciones las que nos diferencian. Que vengan a conocer las cárceles, a conversar con un hombre o una mujer privada de libertad, a descubrir su historia, a saber que hay detrás de cada delito. Dolor y vergüenza por los abusos «N o puedo dejar de manifestar el dolor y la vergüenza, vergüenza que siento ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia. Me quiero unir a mis hermanos en el episcopado, ya que es justo pedir perdón y apoyar con todas las fuerzas a las víctimas, al mismo tiempo que hemos de empeñarnos para que no se vuelva a repetir». El Papa Francisco pronuncia su primer discurso oficial público en Chile frente a las autoridades políticas y a los representantes de la sociedad civil reunidos en el Palacio de la Moneda, la sede colonial de la presidencia en Santiago. Afronta así, desde el primer momento, la difícil cuestión de los abusos sexuales a menores que han turbado a los fieles y a la sociedad chilena al completo. Con un lenguaje abierto, concreto. Francisco no usa eufemismos y llama a la Iglesia a sus responsabilidades, pidiendo perdón. El Papa llegó a bordo de un utilitario y fue acogido por un piquete de honor. Después de la breve ceremonia de los himnos, el Pontífice, al lado de la presidenta Michelle Bachelet, vestida de negro y azul, hizo su entrada en la plaza de la Constitución: un largo paseo en el lugar símbolo del país, donde aún están visibles las heridas de la memoria. Aquí se escribió una de las páginas más oscuras y controvertidas de la historia reciente: el golpe de estado chileno de septiembre de 1973, cuando las fuerzas armadas guiadas por el general Pinochet asaltaron la Moneda, poniendo fin a la democracia de Salvador Allende. Se instauró así un régimen de terror que durante diecisiete años oprimió al pueblo chileno, torturando y matando a miles de personas. Dentro del Palacio, Francisco saludó a todos los presentes y estuvo rodeado por un pequeño grupo de chicos discapacitados. Antes de subir al palco, se detuvo para saludarlos y para abrazarlos. En su discurso, la presidenta chilena afirmó: «Hoy abrimos las puertas de casa a un amigo». Bachelet reivindicó la realidad de Chile, «un país tolerante, donde se respeta el diálogo, la tolerancia y la solidaridad. Necesitamos vencer nuestras diferencias y continuar consolidando las instituciones del sistema democrático». Recordó también «todas las cuestiones aún por resolver por el sistema democrático en el país, entre ellas, la deuda con las poblaciones mapuches». Después reafirmó la importancia del papel de la Iglesia en la historia del país. Francisco, el segundo Papa que visita Chile después de Juan Pablo II, afirmó en su saludo: «La diversidad y riqueza geográfica que poseen nos permite vislumbrar la riqueza de esa polifonía cultural que los caracteriza». Después de haber recordado cómo Chile «se ha destacado en las últimas décadas por el desarrollo de una democracia que le ha permitido un sostenido progreso», Francisco invitó después a los políticos a desarrollar la cultura de la escucha hacia «los pueblos originarios, frecuentemente olvidados y cuyos derechos necesitan ser atendidos y su cultura cuidada, para que no se pierda parte de la identidad y riqueza de esta nación». Francisco concluyó su discurso con un deseo para el pueblo chileno: «ruego para que la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, siga acompañando y gestando los sueños de esta bendita nación». El Papa saludó después, antes del encuentro privado con la presidenta Bachelet, a todos los exjefes del estado chileno mientras que en el parque O’Higgins más de cuatrocientas mil personas lo esperaban para su primera gran homilía en tierra andina. Con el cierre de la presidencia de Bachelet, América Latina está a punto de volver a una situación que le resultaba ajena desde hace más de una década: todos los países de la región estarán pronto guiados por hombres. Cuando Bachelet inició su primer mandato en 2006, América Latina pareció cambiar su tradición de dominación masculina en las más altas posiciones de poder. Desde aquel año, en el continente se registró una victoria de mujeres en Argentina, Brasil y Costa Rica.

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número 3, viernes 19 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 15 Con la misa celebrada en el Campus Lobito de la ciudad norteña de Iquique, el jueves 18 de enero el Papa Francisco finalizó su visita a Chile, antes de continuar hacia Perú. En la homilía, el Pontífice destacó que esa región es «una zona de inmigrantes que nos recuerda el esfuerzo de hombres y mujeres que ante la adversidad no se dan por vencidos y se abren paso buscando vida». «Éste fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en la ciudad de Caná de Galilea» (Jn 2, 11). Así termina el Evangelio que hemos escuchado, y que nos muestra la aparición pública de Jesús: nada más y nada menos que en una fiesta. No podría ser de otra forma, ya que el Evangelio es una constante invitación a la alegría. Desde el inicio el Ángel le dice a María: «Alégrate» (Lc 1,28). Alégrense, le dijo a los pastores; alégrate, le dijo a Isabel, mujer anciana y estéril...; alégrate, le hizo sentir Jesús al ladrón, porque hoy estarás conmigo en el paraíso (cf. Lc 23, 43). El mensaje del Evangelio es fuente de gozo: «Les he dicho estas cosas para que mi alegría esté en ustedes, y esa alegría sea plena» (Jn 15, 11). Una alegría que se contagia de generación en generación y de la cual somos herederos. Porque somos cristianos. ¡Cómo saben ustedes de esto, queridos hermanos del norte chileno! ¡Cómo saben vivir la fe y la vida en clima de fiesta! Vengo como peregrino a celebrar con ustedes esta manera hermosa de vivir la fe. Sus fiestas patronales, sus bailes religiosos —que se prolongan hasta por una semana—, su música, sus vestidos hacen de esta zona un santuario de piedad y espiritualidad popular. Porque no es una fiesta que queda encerrada dentro del templo, sino que ustedes logran vestir a todo el poblado de fiesta. Ustedes saben celebrar cantando y danzando «la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante de Dios. Así llegan a engendrar actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción»1. Cobran vida las palabras del profeta Isaías: «Entonces el desierto será un vergel y el vergel parecerá un bosque» (32, 15). Esta tierra, abrazada por el desierto más seco del mundo, logra vestirse de fiesta. En este clima de fiesta, el Evangelio nos presenta la acción de María para que la alegría prevalezca. Ella está atenta a todo lo que pasa a su alrededor y, como buena Madre, no se queda quieta y así logra darse cuenta de que en la fiesta, en la alegría compartida, algo estaba pasando: había algo que estaba por «aguar» la fiesta. Y acercándose a su Hijo, las únicas palabras que le escuchamos decir son: «no tienen vino» (Jn 2, 3). Y así María anda por nuestros poblados, calles, plazas, casas, hospitales. María es la Virgen de la Tirana; la Virgen Ayquina en Calama; la Virgen de las Peñas en Arica, que anda por todos nuestros entuertos familiares, esos que parecen ahogarnos el corazón para acercarse al oído de Jesús y decirle: mira, «no tienen vino». Y luego no se queda callada, se acerca a los que servían en la fiesta y les dice: «Hagan todo lo que Él les diga» (Jn 2, 5). María, mujer de pocas palabras, pero bien concretas, también se acerca a cada uno de nosotros a decirnos tan sólo: «Hagan lo que Él les diga». Y de este modo se desata el primer milagro de Jesús: hacer sentir a sus amigos que ellos tam- El Papa pide en la misa estar atentos a las situaciones de injusticia y explotación Abrirse paso buscando vida bién son parte del milagro. Porque Cristo «vino a este mundo no para hacer una obra solo, sino con nosotros –el milagro lo hace con nosotros–, con todos nosotros, para ser la cabeza de un cuerpo cuyas células vivas somos nosotros, libres y activas»2. Así hace el milagro Jesús con nosotros. El milagro comienza cuando los servidores acercan los barriles con agua que estaban destinados a la purificación. Así también cada uno de nosotros puede comenzar el milagro, es más, cada uno de nosotros está invitado a ser parte del milagro para otros. Hermanos, Iquique es tierra de sueños —eso significa el nombre en aymara—; tierra que ha sabido albergar a gente de distintos pueblos y culturas. Gente que han tenido que dejar a los suyos, marcharse. Una marcha siempre basada en la esperanza por obtener una vida mejor, pero sabemos que va siempre acompañada de mochilas cargadas con miedo e incertidumbre por lo que vendrá. Iquique es una zona de inmigrantes que nos recuerda la grandeza de hombres y mujeres; de familias enteras que, ante la adversidad, no se dan por vencidas y se abren paso buscando vida. Ellos —especialmente los que tienen que dejar su tierra porque no encuentran lo mínimo necesario para vivir— son imagen de la Sagrada Familia que tuvo que atravesar desiertos para poder seguir con vida. Esta tierra es tierra de sueños, pero busquemos que siga siendo también tierra de hospitalidad. Hospitalidad festiva, porque sabemos bien que no hay alegría cristiana cuando se cierran puertas; no hay alegría cristiana cuando se les hace sentir a los demás que sobran o que entre nosotros no tienen lugar (cf. Lc 16, 19-31). Como María en Caná, busquemos aprender a estar atentos en nuestras plazas y poblados, y reconocer a aquellos que tienen la vida «aguada»; que han perdido —o les han robado— las razones para celebrar; Los tristes de corazón. Y no tengamos miedo de alzar nuestras voces para decir: «no tienen vino». El clamor del pueblo de Dios, el clamor del pobre, que tiene forma de oración y ensancha el corazón y nos enseña a estar atentos. Estemos atentos a todas las situaciones de injusticia y a las nuevas for- mas de explotación que exponen a tantos hermanos a perder la alegría de la fiesta. Estemos atentos frente a la precarización del trabajo que destruye vidas y hogares. Estemos atentos a los que se aprovechan de la irregularidad de muchos migrantes porque no conocen el idioma o no tienen los papeles en «regla». Estemos atentos a la falta de techo, tierra y trabajo de tantas familias. Y como María digamos: no tienen vino, Señor. Como los servidores de la fiesta aportemos lo que tengamos, por poco que parezca. Al igual que ellos, no tengamos miedo a «dar una mano», y que nuestra solidaridad y nuestro compromiso con la justicia sean parte del baile o la canción que podamos entonarle a nuestro Señor. Aprovechemos también a aprender y a dejarnos impregnar por los valores, la sabiduría y la fe que los inmigrantes traen consigo. Sin cerrarnos a esas «tinajas» llenas de sabiduría e historia que traen quienes siguen arribando a estas tierras. No nos privemos de todo lo bueno que tienen para aportar. Y después dejemos a Jesús que termine el milagro, transformando nuestras comunidades y nuestros corazones en signo vivo de su presencia, que es alegre y festiva porque hemos experimentado que Dios-está-con-nosotros, porque hemos aprendido a hospedarlo en medio de nuestro corazón. Alegría y fiesta contagiosa que nos lleva a no dejar a nadie fuera del anuncio de esta Buena Nueva; y a trasmitirle todo lo que hay de nuestra cultura originaria, para enriquecerlo también con lo nuestro, con nuestras tradiciones, con nuestra sabiduría ancestral, para que el que viene encuentre sabiduría y dé sabiduría. Eso es fiesta. Eso es agua convertida en vino. Eso es el milagro que hace Jesús. Que María, bajo las distintas advocaciones de esta bendecida tierra del norte, siga susurrando al oído de su Hijo Jesús: «no tienen vino», y en nosotros sigan haciéndose carne sus palabras: «hagan todo lo que Él les diga». 1 Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 48. 2 San Alberto Hurtado, Meditación Semana Santa para jóvenes (1946).

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página 16 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 19 de enero de 2018, número 3 Agradecimiento antes de dejar Chile El Papa Francisco concluyó su visita a Chile, primera etapa del viaje, en la tarde del 18 de enero. Después de tres días y muchos encuentros con la población, puso rumbo a Perú, donde estará hasta el 21 de enero. Estas son las palabras del Pontífice al finalizar la misa. Al terminar esta celebración, quiero agradecer a Mons. Guillermo Vera Soto, Obispo de Iquique, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de sus hermanos obispos y de todo el pueblo de Dios. Esto tiene algo de despedida. Agradezco, una vez más, a la señora Presidenta Michelle Bachelet su invitación a visitar el país. Doy gracias de manera especial a todos los que han hecho posible esta visita; a las autoridades civiles y, en ellos, a cada funcionario que con profesionalidad ayudaron a que todos pudiéramos disfrutar de este tiempo de encuentro. Gracias también por el trabajo abnegado y silencioso de miles de voluntarios. Más de veinte mil. Sin su empeño y colaboración hubiesen faltado las tinajas con agua para que el Señor hiciera posible el milagro del vino de la alegría. Gracias, a los que de muchas formas y maneras acompañaron este peregrinar especialmente con la oración. Sé del sacrificio que han tenido que realizar para participar en nuestras celebraciones y encuentros. Lo valoro y lo agradezco de corazón. Gracias a los miembros de la comisión organizadora. Todos han trabajado, muchas gracias. Y ahora sigo mi peregrinación hacia Perú. Pueblo amigo y hermano de esta Patria Grande que estamos invitados a cuidar y a defender. Una Patria que encuentra su belleza en el rostro pluriforme de sus pueblos. Queridos hermanos, en cada Eucaristía decimos: «Mira, Señor, la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad». Qué más puedo desearles que terminar mi visita diciéndole al Señor: mira la fe de este pueblo, y regálales unidad y paz. Muchas gracias y pido que no se olviden de rezar por mí. Y quiero agradecer la presencia de tantos peregrinos de los pueblos hermanos, de Bolivia, Perú, y no se pongan celosos, especialmente de los argentinos, porque Argentina es mi patria. Gracias a mis hermanos argentinos que me acompañaron en Santiago, en Temuco y acá en Iquique. Muchas gracias.

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