Osservatore Romano 2549

 

Embed or link this publication

Description

Osservatore Romano 2549

Popular Pages


p. 1

Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO Año L, número 2 (2.549) EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano 12 de enero de 2018 Transmitir la fe desde el amor

[close]

p. 2

página 2 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 12 de enero de 2018, número 2 Del 15 al 21 de enero regresa a América Latina Chile y Perú reciben al Pontífice Videomensaje del Papa previo a su visita Hermanos y hermanas de Chile y Perú: Ante la proximidad de mi viaje a esas tierras los saludo afectuosamente. Voy hacia ustedes como peregrino de la alegría del Evangelio, para compartir con todos «la paz del Señor» y «confirmarlos en una misma esperanza». Paz y esperanza, compartidas entre todos. Deseo encontrarme con ustedes, mirarlos a los ojos, ver sus rostros y poder entre todos experimentar la cercanía de Dios, su ternura y misericordia que nos abraza y consuela. Conozco la historia de sus países, fraguada con tesón, entrega. Deseo, con ustedes, dar gracias a Dios por la fe y el amor a Dios y a los hermanos más necesitados, especialmente por el amor que ustedes tienen hacia aquellos que están descartados de la sociedad. La cultura del descarte cada vez nos ha invadido más. Quiero hacerme partícipe de las alegrías de ustedes, las tristezas, de sus dificultades y esperanzas, y decirles que no están solos, que el Papa está con ustedes, que la Iglesia entera los acoge, que la Iglesia los mira. Con ustedes deseo experimentar la paz que viene de Dios, tan necesaria; solo Él nos la puede dar. Es el regalo que Cristo nos hace a todos, el fundamento de nuestra convivencia y de la sociedad; la paz se sostiene en la justicia y nos permite encontrar instancias de comunión y armonía. Hay que pedirla constantemente al Señor y el Señor la da. Es la paz del Resucitado que trae la alegría y nos impulsa para ser misioneros, reavivando el don de la fe que nos lleva al encuentro, a la comunión compartida de una misma fe celebrada y entregada. Ese encuentro con Cristo resucitado nos confirma en la esperanza. No queremos estar anclados a las cosas de este mundo, nuestra mirada va mucho más allá, nuestros ojos están puestos en Su misericordia que cura nuestras miserias. Solo Él nos da el empuje para levantarnos y seguir. Palpar esta cercanía de Dios nos hace comunidad viva que es capaz de conmoverse con los que están a nuestro lado y dar pasos firmes de amistad y de fraternidad. Somos hermanos que salimos al encuentro de los demás para confirmarnos en una misma fe y esperanza. Pongo en las manos de la Virgen Santa, Madre de América, este viaje apostólico y todas las intenciones que llevamos en nuestro corazón, para que sea ella, como buena Madre, quien las acoja y nos enseñe el camino hacia su Hijo. ¡Hasta muy pronto! Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Hasta pronto! E l Papa Francisco inicia el año con un nuevo viaje a América Latina. Chile y Perú serán su nuevo destino este mes de enero. Se trata del 22º viaje internacional de su pontificado, y alcanza así 33 países visitados. Esta vez el Pontífice visita dos países que ya conoce. En Chile estará del 15 al 18, en las ciudades de Santiago, Temuco e Iquique. Será el segundo Pontífice en visitar esta nación, después de la visita que hizo Juan Pablo II en 1987. El 74% de la población es católica y cuenta con 34 obispos y 20 obispos eméritos. Por los datos más recientes se calcula que hay 465 mil inmigrantes en Chile. En términos medioambientales, Chile es el quinto país del mundo en áreas marítimas protegidas. Además, ha sido uno de los líderes mundiales en impulso a las energías renovables (UICN). Una de las visitas destacadas en Chile será la del centro penitenciario femenino. Este recinto se encuentra en la zona sur de la capital, en la comuna de San Joaquín. Según la descripción de Gendarmería de Chile, «en este lugar se encuentran las mujeres privadas de libertad en razón de detención, mientras están puestas a disposición del Tribunal, prisión preventiva y condenadas al cumplimiento de penas privativas de libertad». La diferencia con otros, es que «sus dependencias cuentan con espacios y condiciones adecuadas para el cuidado y tratamiento pre y post-natal, así como para la atención de hijos lactantes de las internas». Entre 1864 y 1996 la cárcel estuvo a cargo de las religiosas de la Congregación del Buen Pastor. Especialmente significativos serán el almuerzo con habitantes de la Araucanía, el encuentro con la población Mapuche y con las víctimas de la represión en este país en los años setenta. La visita a Perú será del 18 al 21 de enero, e incluirá Lima, Puerto Maldonado y Trujillo. El Papa Juan Pablo II también visitó tierras peruanas y lo hizo en dos ocasiones. Primero en 1985 y después en 1988. Casi el 90% de la población es católica. Lima se trata de la capital de la República y cuna de santos peruanos. Mientras que la ciudad de Puerto Maldonado es símbolo de toda la Amazonía. Hasta tal punto que, con los encuentros que allí mantendrá Francisco, será como abrir la ventana al próximo Sínodo sobre el Amazonas que se celebrará en 2019. Finalmente, la ciudad de Trujillo, declarada «Ciudad Eucarística» y ubicada en el corazón del norte de Perú, será ocasión de mostrar su cercanía con los damnificados por las inundaciones provocadas por «El Niño». En el Ángelus Francisco habla del bautismo Recordar aquella fecha La exhortación a no olvidar el día del bautismo, porque es «la fecha del gran perdón», fue dirigida por el Papa a los fieles que siguieron el Ángelus en la plaza San Pedro o a través de los medios de comunicación, a mediodía del domingo 7 de enero, fiesta del bautismo del Señor. «La fiesta de hoy del bautismo del Señor finaliza el tiempo de la Navidad y nos invita a pensar en nuestro bautismo», apuntó el Pontífice al inicio de su intervención. Jesús, continuó, «quiso reci- bir el bautismo» y «se trataba de un bautismo de penitencia: los que se acercaban expresaban el deseo de ser purificados de los pecados y, con la ayuda de Dios, se comprometían a iniciar una nueva vida». A continuación destacó la humildad de Jesús, «al ponerse en la fila con los penitentes, mezclado entre ellos», destacando que es eso lo que «hemos celebrado en la Navidad: la disponibilidad de Jesús a sumergirse en el río de la humanidad, a asumir en sí las faltas y las debilidades de los hombres, a compartir su deseo de liberación y de superación de todo lo que aleja de Dios y convierte en extraños a los hermanos». De ese modo y continuando con la comparación entre Belén y el Jordán, indicó que «Dios mantiene la promesa de hacerse cargo del ser humano». Después, comentando el Evangelio del día (Marcos 1, 10) recordó que «es el Espíritu, el artífice del bautismo de Jesús y también de nuestro bautismo. Él nos abre los ojos del corazón a la verdad, a toda la verdad. Empuja nuestra vida sobre el sendero de la caridad»; así, «Él es el don que el Padre nos ha hecho a cada uno de nosotros en el día de nuestro bautismo. Él, el Espíritu, nos transmite la ternura del perdón divino. Y es también Él, el Espíritu Santo, el que hace resonar la Palabra reveladora del Padre: «Tú eres mi Hijo» (v. 11)», añadió. Al final de su intervención, el Papa invitó a cada cristiano a «hacer memoria del propio bautismo» y pregutó «¿sabéis la fecha de vuestro bautizo? ¿Conocéis qué día fuisteis bautizados?», dejando de este modo, la tarea de investigarlo, ya que «debemos tenerla siempre en la memoria, porque es una fecha de fiesta, es la fecha de nuestra santificación inicial, es la fecha en la que el Padre nos dio el Espíritu Santo que nos empuja a caminar». L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va www.osservatoreromano.va GIOVANNI MARIA VIAN director TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE L’OSSERVATORE ROMANO Giuseppe Fiorentino don Sergio Pellini S.D.B. director general subdirector Silvina Pérez Servicio fotográfico photo@ossrom.va jefe de la edición Publicidad: Il Sole 24 Ore S.p.A. Redacción System Comunicazione Pubblicitaria via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano Via Monte Rosa 91, 20149 Milano teléfono 39 06 698 99410 segreteriadirezionesystem@ilsole24ore.com Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 2652 99 55, fax + 52 55 5518 75 32; e-mail: suscripciones@semanariovaticano.mx. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

[close]

p. 3

número 2, viernes 12 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 Cómo transmitir la fe a los hijos En el dialecto de los niños La transmisión de la fe debe hacerse, sobre todo, «en el dialecto de la familia», es decir, «en la lengua de los niños». Lo recordó el Papa a los padres de los niños bautizados el domingo 7 de enero por la mañana, en la Capilla Sixtina. Queridos padres: V osotros lleváis al bautismo a vuestros hijos y este es el primer paso para esa tarea que vosotros tenéis, la tarea de la transmisión de la fe. Pero tenemos necesidad del Espíritu Santo para transmitir la fe, solos no podemos. Poder transmitir la fe es una gracia del Espíritu Santo, la posibilidad de transmitirla; y es por eso que vosotros lleváis a vuestros hijos, para que reciban al Espíritu Santo, reciban la Trinidad —el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo— que habitará en sus corazones. Quisiera deciros solo una cosa, que se refiere a vosotros: la transmisión de la fe se puede hacer solo «en dialecto», en el dialecto de la familia, en el dialecto de papá y mamá, del abuelo, de la abuela. Después llegarán los catequistas para desarrollar esta primera transmisión con ideas, con explicaciones... Pero no os olvidéis de esto: se hace «en dialecto» y si falta el dialecto, si en casa no se habla entre los padres en la lengua del amor, la transmisión no es tan fácil, no se podrá hacer. No os olvidéis. Vuestra tarea es transmitir la fe pero hacerlo con el dialecto del amor de vuestra casa, de la familia. También ellos [los niños] tienen su propio «dialecto» ¡que nos sienta bien escuchar! Ahora todos están callados, ¡pero basta que uno dé el tono para que después continúe la orquesta! ¡El dialecto de los niños! Y Jesús nos aconseja ser como ellos, hablar como ellos. Nosotros no debemos olvidar esta lengua de los niños, que hablan como pueden pero es la lengua que gusta tanto a Jesús. Y en vuestras oraciones sed simples como ellos, decid a Jesús lo que hay en vuestro corazón como lo dicen ellos. Hoy lo dirán con el llanto, sí, como hacen los niños. El dialecto de los padres que es el amor por transmitir la fe, y el dialecto de los niños que debe ser acogido por los padres para crecer en la fe. Continuaremos ahora la ceremonia; y si ellos comienzan con el concierto es porque no están cómodos o tienen demasiado calor o no se sienten a gusto o tienen hambre... Si tienen hambre, amamantadles, sin miedo, dadles de comer, porque también este es un lenguaje de amor.

[close]

p. 4

página 4 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 12 de enero de 2018, número 2 En el Ángelus en la plaza San Pedro En camino con los magos Los Magos «no dudan en ponerse en camino» y «con gran atención tratan de identificar dónde se pueda encontrar al recién nacido». Fue la actitud que el Potífice sugirió a cada cristiano reflexionando sobre el significado de la Epifanía durante el Ángelus del 6 de enero en la plaza San Pedro. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy, fiesta de la Epifanía del Señor, el Evangelio (cf. Mateo 2, 1- 12) nos presenta tres actitudes con las cuales ha sido acogida la venida de Jesucristo y su manifestación al mundo. La primera actitud: búsqueda, búsqueda atenta; la segunda: indiferencia; la tercera: miedo. Búsqueda atenta: Los Magos no dudan en ponerse en camino para buscar al Mesías. Llegados a Jerusalén preguntan: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» (v. 2). Han hecho un largo viaje y ahora con gran atención tratan de identificar dónde se pueda encontrar al Rey recién nacido. En Jerusalén se dirigen al rey Herodes, el cual pide a los sumos sacerdotes y a los escribas que se informen sobre el lugar en el que debía nacer el Mesías. A esta búsqueda atenta de los Magos, se opone la segunda actitud: la indiferencia de los sumos sacerdotes y de los escribas. Estos eran muy cómodos. Conocen las Escrituras y son capaces de dar la respuesta adecuada al lugar del nacimiento: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta»; saben, pero no se incomodan para ir a buscar al Mesías. Y Belén está a pocos kilómetros, pero ellos no se mueven. Todavía más negativa es la tercera actitud, la de Herodes: el miedo. Él tiene miedo de que ese Niño le quiete el poder. Llama a los Magos y hace que le digan cuándo había aparecido su estrella, y les envía a Belén diciendo: «Id e indagad […] sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle» (vv. 7-8). En realidad, Herodes no quería ir a adorar a Jesús; Herodes quiere saber dónde se encuentra el niño no para adorarlo, sino para eliminarlo, porque lo considera un rival. Y mirad bien: el miedo lleva siempre a la hipocresía. Los hipócritas son así porque tienen miedo en el corazón. Estas son las tres actitudes que encontramos en el Evangelio: búsqueda atenta de los Magos, indiferencia de los sumos sacerdotes, de los escribas, de esos que conocían la teología; y miedo, de Herodes. Y también nosotros podemos pensar y elegir: ¿cuál de las tres asumir? ¿Yo quiero ir con atención donde Jesús? «Pero a mí Jesús no me dice nada... estoy tranquilo...». ¿O tengo miedo de Jesús y en mi corazón quisiera echarlo? El egoísmo puede llevar a considerar la venida de Jesús en la propia vida como una amenaza. Entonces se trata de suprimir o de callar el mensaje de Jesús. Cuando se siguen las ambiciones humanas, las prospectivas más cómodas, las inclinaciones del mal, Jesús es considerado como un obstáculo. Por otro parte, está siempre presente también la tentación de la indiferencia. Aun sabiendo que Jesús es el Salvador —nuestro, de todos nosotros—, se prefiere vivir como si no lo fuera: en vez de comportarse con coherencia en la propia fe cristiana, se siguen los principios del mundo, que inducen a satisfacer las inclinaciones a la prepotencia, a la sed de poder, a las riquezas. Sin embargo estamos llamados a seguir el ejemplo de los Magos: estar atentos en la búsqueda, estar preparados para incomodarnos para encontrar a Jesús en nuestra vi- Procesión histórico-folclórica en el Vaticano el día de la Epifanía da. Buscarlo para adorarlo, para reconocer que Él es nuestro Señor, Aquel que indica el verdadero camino para seguir. Si tenemos esta actitud, Jesús realmente nos salva, y nosotros podemos vivir una vida bella, podemos crecer en la fe, en la esperanza, en la caridad hacia Dios y hacia nuestros hermanos. Invocamos la intercesión de María Santísima, estrella de la humanidad peregrina en el tiempo. Que con su ayuda materna, pueda cada hombre llegar a Cristo, Luz de verdad, y el mundo progrese sobre el camino de la justicia y de la paz. Al finalizar la oración mariana, el Papa dirigió un deseo a los fieles de las Iglesias orientales que celebran la Navidad, expresando en particular su cercanía a los cristianos ortodoxos coptos y enviando un saludo al patriarca Teodoro II. Queridos hermanos y hermanas: Algunas Iglesias orientales, católicas y ortodoxas, celebran en estos días la Navidad del Señor. A ellas dirijo mi deseo más cordial: esta alegre celebración sea fuente de nuevo vigor espiritual y de comunión entre todos nosotros cristianos, que lo reconozcamos como Señor y Salvador. Y quisiera expresar de un modo especial, mi cercanía a los cristianos coptos ortodoxos, y saludar cordial- mente a mi hermano Teodoro II en la feliz ocasión de la consagración de la nueva catedral en El Cairo. La Epifanía es también la Jornada Misionera de los Jóvenes, que este año invita a los jóvenes misioneros a hacer propia la mirada de Jesús, para que se convierta en guía preciosa de su compromiso de oración, de fraternidad y de compartir con los coetáneos más necesitados. Dirijo mi saludo cordial a todos vosotros, peregrinos, familias, grupos parroquiales y asociaciones, procedentes de Italia y de diferentes países. En particular saludo a los fieles de Lavello y los de San Martín en Río, las Hermanas de San José de la aparición, los jóvenes de confirmación de Bonate Sotto y Romano de Lombardia. Un saludo especial a la procesión histórica-folclórica que promueve los valores de la Epifanía y que este año está dedicada al territorio de Monti Prenestini. Deseo recordar también la procesión de los Reyes que se realiza en numerosas ciudades de Polonia con amplia participación de familias y asociaciones. A todos vosotros deseo una buena fiesta. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

[close]

p. 5

número 2, viernes 12 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 Para encontrar a Jesús hay que involucrarse «Para encontrar a Jesús debemos dejar el miedo a involucrarnos, la satisfacción de sentirse ya al final, la pereza de no pedir ya nada a la vida»: es la lección siempre actual ofrecida por los Magos a la humanidad y relanzada por el Papa durante la misa de la solemnidad de la Epifanía, el sábado 6 de enero por la mañana, en la basílica vaticana. Son tres los gestos de los Magos que guían nuestro viaje al encuentro del Señor, que hoy se nos manifiesta como luz y salvación para todos los pueblos. Los Reyes Magos ven la estrella, caminan y ofrecen regalos. Ver la estrella. Es el punto de partida. Pero podríamos preguntarnos, ¿por qué sólo vieron la estrella los Magos? Tal vez porque eran pocas las personas que alzaron la vista al cielo. Con frecuencia en la vida nos contentamos con mirar al suelo: nos basta la salud, algo de dinero y un poco de diversión. Y me pregunto: ¿Sabemos todavía levantar la vista al cielo? ¿Sabemos soñar, desear a Dios, esperar su novedad, o nos dejamos llevar por la vida como una rama seca al viento? Los Reyes Magos no se conformaron con ir tirando, con vivir al día. Entendieron que, para vivir realmente, se necesita una meta alta y por eso hay que mirar hacia arriba. Y podríamos preguntarnos todavía, ¿por qué, de entre los que miraban al cielo, muchos no siguieron esa estrella, «su estrella» (Mt 2, 2)? Quizás porque no era una estrella llamativa, que brillaba más que otras. El Evangelio dice que era una estrella que los Magos vieron «salir» (vv. 2.9). La estrella de Jesús no ciega, no aturde, sino que invita suavemente. Podemos preguntarnos qué estrella seguimos en la vida. Hay estrellas deslumbrantes, que despiertan emociones fuertes, pero que no orientan en el camino. Esto es lo que sucede con el éxito, el dinero, la carrera, los honores, los placeres buscados como finalidad en la vida. Son meteoritos: brillan un momento, pero pronto se estrellan y su brillo se desvanece. Son estrellas fugaces que, en vez de orientar, despistan. En cambio, la estrella del Señor no siempre es deslumbrante, pero está siempre presente; es mansa; te lleva de la mano en la vida, te acompaña. No promete recompensas materiales, pero garantiza la paz y da, como a los Magos, una «inmensa alegría» (Mt 2, 10). Nos pide, sin embargo, que caminemos. Caminar, la segunda acción de los Magos, es esencial para encontrar a Jesús. Su estrella, de hecho, requiere la decisión del camino, el esfuerzo diario de la marcha; pide que nos liberemos del peso inútil y de la fastuosidad gravosa, que son un estorbo, y que aceptemos los imprevistos que no aparecen en el mapa de una vida tranquila. Jesús se deja encontrar por quien lo busca, pero para buscarlo hay que moverse, salir. No esperar; arriesgar. No quedarse quieto; avanzar. Jesús es exigente: a quien lo busca, le propone que deje el sillón de las comodidades mundanas y el calor agradable de sus estufas. Seguir a Jesús no es como un protocolo de cortesía que hay que respetar, sino un éxodo que hay que vivir. Dios, que liberó a su pueblo a través de la travesía del éxodo y llamó a nuevos pueblos para que siguieran su estrella, da la libertad y distribuye la alegría siempre y sólo en el camino. En otras palabras, para encontrar a Jesús de- bemos dejar el miedo a involucrarnos, la satisfacción de sentirse ya al final, la pereza de no pedir ya nada a la vida. Tenemos que arriesgarnos, para encontrarnos sencillamente con un Niño. Pero vale inmensamente la pena, porque encontrando a ese Niño, descubriendo su ternura y su amor, nos encontramos a nosotros mismos.Ponerse en camino no es fácil. El Evangelio nos lo enseña a través de diversos personajes. Está Herodes, turbado por el temor de que el nacimiento de un rey amenace su poder. Por eso organiza reuniones y envía a otros a que se informen; pe- ro él no se mueve, está encerrado en su palacio. Incluso «toda Jerusalén» (v. 3) tiene miedo: miedo a la novedad de Dios. Prefiere que todo permanezca como antes —«siempre se ha hecho así»— y nadie tiene el valor de ir. La tentación de los sacerdotes y de los escribas es más sutil. Ellos conocen el lugar exacto y se lo indican a Herodes, citando también la antigua profecía. Lo saben, pero no dan un paso hacia Belén. Puede ser la tentación de los que creen desde hace mucho tiempo: se discute de la fe, como de algo que ya se sabe, pero no se arriesga personalmente por el Señor. Se habla, pero no se reza; hay queja, pero no se hace el bien. Los Magos, sin embargo, hablan poco y caminan mucho. Aunque desconocen las verdades de la fe, están ansiosos y en camino, como lo demuestran los verbos del Evangelio: «Venimos a adorarlo» (v. 2), «se pusieron en camino; entrando, cayeron de rodillas; volvieron» (cf. vv. 9.11.12): siempre en movimiento. Ofrecer. Cuando los Magos llegan al lugar donde está Jesús, después del largo viaje, hacen como él: dan. Jesús está allí para ofrecer la vida, ellos ofrecen sus valiosos bienes: oro, incienso y mirra. El Evangelio se realiza cuando el camino de la vida llega al don. Dar gratuitamente, por el Señor, sin esperar nada a cambio: esta es la señal segura de que se ha encontrado a Jesús, que dice: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10, 8). Hacer el bien sin cálculos, incluso cuando nadie nos lo pide, incluso cuando no ganamos nada con ello, incluso cuando no nos gusta. Dios quiere esto. Él, que se ha hecho pequeño por nosotros, nos pide que ofrezcamos algo para sus hermanos más pequeños. ¿Quiénes son? Son precisamente aquellos que no tienen nada para dar a cambio, como el necesitado, el que pasa hambre, el forastero, el que está en la cárcel, el pobre (cf. Mt 25, 31-46). Ofrecer un don grato a Jesús es cuidar a un enfermo, dedicarle tiempo a una persona difícil, ayudar a alguien que no nos resulta interesante, ofrecer el perdón a quien nos ha ofendido. Son dones gratuitos, no pueden faltar en la vida cristiana. De lo contrario, nos recuerda Jesús, si amamos a los que nos aman, hacemos como los paganos (cf. Mt 5, 4647). Miremos nuestras manos, a menudo vacías de amor, y tratemos de pensar hoy en un don gratuito, sin nada a cambio, que podamos ofrecer. Será agradable al Señor. Y pidámosle a él: «Señor, haz que descubra de nuevo la alegría de dar». Queridos hermanos y hermanas, hagamos como los Magos: alzar la mirada, caminar y dar gratuitamente regalos.

[close]

p. 6

página 6 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 12 de enero de 2018, número 2 F iesta sorpresa, el viernes por la tarde 5 de enero, para los ciento veinte pequeños ingresado en la se- de del Bambino Gesù en Palidoro: a pocas horas de la Epifanía, el Papa Francisco quiso ir en perso- na a visitarles para saludar y entre- gar a cada uno un regalo y una sonrisa. Y llevando consigo tam- bién un regalo enorme para los padres: un abrazo cargado de es- peranza para animarles a vivir, junto a sus hijos, un momento tan delicado como el ingreso en un hospital. La visita por sorpresa del Pontífice fue el gracias más bonito a aquellos que cuidan de los niños enfermos: médicos, enfermeras y todo el personal del hospital. La comunidad del Bambino Ge- sù se presenta al Papa en su senci- llez, mostrándole las tres directri- ces del propio servicio: la investi- gación científica como patrimonio para compartir en beneficio de to- dos; el hospital como comunidad de personas y no solo como lógica empresarial; la apertura hacia el mundo para conseguir curar tam- Fiesta sorpresa bién a los niños de las zonas más desfavorecidas. Una fiesta de la Epifanía con Francisco entre los pequeños ingresados en la sede de Palidoro del Bambino Gesù Francisco, por tanto, en un clima de acogida y de familia, de alegría y serenidad incluso en la prueba. Precisamente en el estilo del Bam- bino Gesù, un hospital que consti- tuye un unicum extraordinario: hoy es el más grande policlínico y cen- tro de investigación pediátrico en Europa, unido a las mayores es- tructuras internacionales, mante- niendo siempre su característica de fondo que viene, precisamente, del ser «hospital del Papa». Y la sede de Palidoro es precisa- mente un signo concreto de la atención que los Pontífices han te- nido siempre para «su» hospital: hace cuarenta años, en 1978, fue Pablo VI quien confió a la direc- ción del hospital una gran área frente al mar, a pocos kilómetros de Roma, a lo largo de la vía Au- relia, con tres pabellones ya usa- dos para la asistencia de niños con problemas de discapacidad. La se- de de Palidoro, nacida por tanto para responder con hechos a las nuevas exigencias de asistencia médica, en pocos años se ha afir- mado como centro médico quirúr- gico de vanguardia. La alta profesionalidad en los cuidados, como testimonia la lla- mada «astro Tac», va a la par con la conciencia de que en un hospital pediátrico tas sedes, hoy el Bambino Gesù tiene las dimen- tos años ha desarrollado capacidad de investi- el paciente es un niño y que la enfermedad im- siones de una verdadera ciudad, pero habitada gación científica de primera línea, se ocupa de plica a todos los familiares. Por eso en Palido- por niños y sus padres: cada año se cuentan afrontar también las enfermedades llamadas ro hay también dos ludotecas y escuelas prima- más de veintisiete mil ingresos, ochenta mil ac- «nuevas» porque todavía son en parte no co- rias y secundarias. No faltan la biblioteca y cesos a urgencias y más de un millón y sete- nocidas. Y está haciendo un gran trabajo tam- otros puntos de encuentro y de diversión em- cientos mil servicios de ambulatorio. Con un bién con el hospital de Miami para desarrollar pezando por el parque de juegos: seiscientos dato significativo: el trece por ciento de los ni- una plataforma de formación, de forma que se metros cuadrados «verdes», a pocos pasos del ños no son italianos. Pero la mayor parte son pueda garantizar la preparación de los médicos mar, con equipamiento pensado expresamente hijos de inmigrantes, a los que se añaden cada en los países menos equipados. En Bangui, por para que se diviertan sobre todo los niños con vez más niños procedentes de países pobres, ejemplo, han sido contratados dieciséis médi- patologías particulares y con discapacidades fí- que necesitan cuidados específicos. cos locales que han recibido toda la formación sicas e intelectuales. Hoy el Bambino Gesù está presente, de he- necesaria. Desde China llegó, sin embargo, la Un estilo de acogida y atención a cada per- cho, en muchas naciones con intervenciones de petición de un estudio sobre enfermedades ge- sona que se encuentra también en las otras se- asistencia y cooperación. Y así en Camboya, néticas raras y sobre cardiocirugía: ha surgido des del Bambino Gesù: en San Pablo, junto a la República Centroafricana, Jordania, Siria, Pa- un acuerdo con un hospital de la región de basílica, y en Santa Marinella, también en el li- lestina, Georgia, Rusia, China y Etiopía se han Hebei. En Siria se apoya la formación de jóve- toral romano. Además de en el histórico edifi- iniciado proyectos concretos de colaboración nes médicos, mientras que en Jordania se ha cio del Gianicolo, donada a la Santa Sede por con las estructuras sanitarias universitarias lo- abierto un centro de rehabilitación neuropsi- la familia Salviati en 1924. Sumando todas es- cales. En tal perspectiva, el hospital, que en es- quiátrica y neuromotora.

[close]

p. 7

número 2, viernes 12 de enero de 2018 Kcho, «Estoy dentro de ti» (2002) L’OSSERVATORE ROMANO Quien tiene miedo de los pobres Estudio sobre las motivaciones de una molestia cada vez más difusa SILVINA PÉREZ N o es fácil explicar cómo se forman los miedos en nuestra mente. En general se piensa que todo parte de los sentidos, pero, a diferencia de los miedos antiguos, los contemporáneos tienden a ser difíciles de identificar, es decir, de ponerles nombre, comprender su proveniencia, la connotación. Son imprecisos y evasivos, se nutren de un sentido de precariedad difuso que crea contagio y que induce visiones apocalípticas en una angustia sin fin. Los sociólogos lo llaman «síndrome de la inseguridad de vivir», que se ha convertido en un elemento difuso y casi normal de nuestra sociedad, de nuestra vida cotidiana. Las palabras se encargan de desenredar la maraña de sensaciones heterogéneas y de dar una fisionomía concreta a la incomodidad, incluso legitimando palabras que la historia creía haber tragado para siempre (raza, fronteras, muros). Palabras que encarnan una versión actualizada de todo lo que de forma colectiva tememos más: la crisis planetaria, la imposibilidad de realizar proyectos, la alarma económica, el riesgo terrorista, el futuro de nuestro hijos y sobre todo, el miedo al otro. Y así, en la búsqueda de conceptos que permitan una correspondencia entre lenguaje y realidad cotidiana, la palabra del año 2017 en España es aporofobia, que no es otra cosa que el miedo, la repugnancia o la aversión a los pobres. Es un neologismo acuñado en el libro Aporofobia, el rechazo al pobre (Madrid, Paidós Iberica, 2017, 200 páginas, 19,90 euros) de la filósofa española Adela Cortina; proviene del griego áporos (sin recursos) y phobos (temor, miedo) para identificar una actitud negativa muy difundida de hostilidad hacia los migrantes, pero que es distinto al racismo y a la xenofobia. El término ha sido incorporado al célebre diccionario de la Real Academia, organismo responsable de elaborar las reglas lingüísticas de la lengua española para los 414 millones de hispanohablantes en el mundo y la prestigiosa fundación Fundéu la ha coronado. Para Adela Cortina, lo que crea rechazo no es la proveniencia de los migrantes, es decir, su condición de extranjeros, sino que es la pobreza, entendida no solo como indigencia sino también como una definición fallida de un papel social, es decir, el vacío socio-económico en el que viven. Su condición existencial encarna la incertidumbre humana, son personas que no saben qué les sucederá y de qué modo su condición temporal, provisional o suspendida pueda dar muestras de ser definitiva. Cortina no cae presa de los estereotipos mediáticos de los miedos actuales sobre los migrantes, sino que busca la relación entre realidad y conceptos y entre estos está el lenguaje, prefiere inventar los aspectos, preguntarse sobre su sentido. Con un lenguaje técnico pero agudo no elude los problemas, sino que los afronta de manera directa: ¿De dónde derivan realmente los miedos que afligen a las sociedades contemporáneas? ¿Qué tienen de diferente respecto al pasado?, se pregunta. Cada día en Europa, en todas las partes de América tienen lugar infinitas incomprensiones verbales porque una referencia demasiado vaga puede malinterpretarse: «no soy racista, pero...», «primero nosotros, después los demás», «¿por qué tienen tantos hijos si son pobres?», son frases que a menudo revelan un rechazo a la presencia de refugiados, migrantes, pero también de desocupados, de jóvenes precarios. Sustancialmente, del creciente ejército de individuos «no necesarios». Según la estudiosa, el extranjero no da miedo y no es marginado si es rico, famoso, como por ejemplo los jugadores de fútbol, las modelos y así sucesivamente; de hecho, goza de prestigio y se le imita como triunfador, se le atribuyen variadas cualidades; solo quien es pobre no tiene nada que ofrecer y por lo tanto, no tiene ningún valor, ninguna «capacidad contractual», fundamental, sin embargo, para la definición en nuestra sociedad. Es precisamente en esta capacidad donde Adela Cortina ve el verdadero aglutinante en las sociedades del mundo contemporáneo y es precisamente en este modo de concebir la relación entre las personas donde encuentra terreno fertil la actitud «aporofóbica», favorecida por vínculos inspirados en el modelo consumista y hedonista. El mejor antídoto contra la aporofobia, según la autora, es «evitar el riesgo de que las diferencias se conviertan en distancias» porque la falta de confianza y las distancias aumentan el miedo y se transforman en preocupantes fracturas que favorecen las patologías sociales. Vínculos deshilachados y pulverizados. Personas «normales» que se precipitan en un momento dado (por la pérdida del trabajo u otro), cayendo en situaciones de marginalidad y sufrimiento. Personas paranoicas y complotistas. Es el retrato extremo que la palabra aporofobia tiene el mérito de describir de modo eficaz. La única manera de hacer que la vida sea digna de ser vivida es reconstruir los vínculos sociales, que es el verdadero tema de nuestros días. página 7 Entre dos aniversarios GIOVANNI MARIA VIAN Son dos aniversarios el marco del largo discurso que el Papa leyó al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede al inicio de 2018: el centenario de la gran guerra, cuya conclusión en 1918 «rediseñó el rostro de Europa y del mundo entero» y el medio siglo desde el Sesenta y ocho y desde las «agitaciones sociales» que modificaron el escenario cultural planetario introduciendo una «multiplicidad» de «nuevos derechos». Y precisamente sobre los derechos humanos, adoptados en 1948 por la asamblea general de la Naciones Unidas después del desastre de la Segunda Guerra Mundial, Bergoglio quiso sobre todo reflexionar, recordando también las principales crisis en Asia, en Venezuela, en África, en Ucrania. En 1965, veinte años después de la conclusión de ese conflicto, un Papa habló por primera vez desde la tribuna de las Naciones Unidas y lo hizo en nombre «de los muertos y de los vivos», dijo entonces Montini. Del mismo modo, hoy su sucesor hace suya la voz de innumerables víctimas de aquella que ha definido como «tercera guerra mundial a trozos», desarrollando «un papel de “llamada” a los principios de humanidad y de fraternidad» y recordando que para la Santa Sede «hablar de derechos humanos significa, ante todo, proponer la centralidad de la dignidad de la persona, en cuanto que ha sido querida y creada por Dios a su imagen y semejanza». Sobre esta base, el Pontífice criticó la confusión causada por la introducción de «nuevos derechos». Si, por una parte, de hecho, estos nuevos derechos han favorecido una «colonización ideológica de los más fuertes y los más ricos en detrimento de los más pobres y los más débiles» por la otra han ofrecido pretextos para no respetar «los derechos fundamentales» enunciados en la Declaración de 1948. Así, hoy los derechos humanos no se ven perjudicados solo por la guerra o por la violencia porque «en nuestro tiempo, hay formas más sutiles» de violencia, dijo el Papa. Que con claridad las denunció por enésima vez: la ejercida contra los niños «descartados antes de nacer», después contra los ancianos «descartados, sobre todo si están enfermos, porque se les considera un peso», aquella contra las mujeres, «que a menudo sufren violencias y vejaciones también en el seno de las propias familias» y finalmente la violencia contra las víctimas de la trata, «que viola la prohibición de cualquier forma de esclavitud». Reconocido en 1948 está el derecho a formar una familia, «elemento natural y fundamental de la sociedad», hoy considerado, especialmente en occidente «una institución superada». Pero descuidar a la familia y no sostenerla tiene la consecuencia implícita y dramática de un «invierno demográfico» cada vez más severo, en un escenario inquietante e imprevisible donde el derecho de las familias está pisoteado también en los innumerables núcleos quebrados por la pobreza, por las guerras y por las migraciones forzadas. Comprendido en la declaración de las Naciones Unidas y también a menudo pisoteado está «el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, que incluye la libertad de cambiar de religión» recordó finalmente el Pontífice, que denunció el extremismo religioso, la marginación y la persecución de muchos creyentes. DISCURSO DEL PAPA EN PÁGINAS 8-11

[close]

p. 8

número 2, viernes 12 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO páginas 8/9 Es necesario reafirmar los derechos fundamentales de la persona humana para construir un nuevo clima de paz y confianza entre las naciones. Lo recomendó el Papa a los miembros del cuerpo diplomático acreditados ante la Santa Sede, durante la tradicional audiencia de inicio del año, el lunes 8 de enero por la mañana, en la Sala Regia. Excelencias, señoras y señores: E s una hermosa costumbre este encuentro que, conservando la alegría que brota de la Navidad todavía viva en el corazón, me da la oportunidad de expresaros personalmente los mejores deseos para el año que acaba de comenzar y manifestar mi cercanía y mi afecto a los pueblos que representáis. Agradezco al Decano del Cuerpo Diplomático, el Excelentísimo señor Armindo Fernandes do Espírito Santo Vieira, Embajador de Angola, las cordiales palabras que me ha dirigido en nombre de todo el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Doy mi especial bienvenida a los Embajadores llegados de fuera de Roma para esta ocasión, cuyo número ha aumentado tras el establecimiento de las relaciones diplomáticas con la República de la Unión de Myanmar en mayo pasado. También saludo a los embajadores residentes en Roma, cada vez más numerosos, entre los cuales está también ahora el Embajador de la República de Sudáfrica. Deseo dedicar un pensamiento particular al difunto Embajador de Colombia, Guillermo León Escobar-Herrán, que falleció pocos días antes de Navidad. Os agradezco las relaciones fructíferas y constantes que mantenéis con la Secretaría de Estado y con los demás Dicasterios de la Curia Romana, como muestra del interés de la Comunidad Internacional por la misión de la Santa Sede y por el compromiso de la Iglesia Católica en vuestros respectivos países. En esta perspectiva se sitúan también los acuerdos que la Santa Sede firmó el año pasado: en el mes de febrero, el Acuerdo marco con la República del Congo; y en agosto, el acuerdo entre la Secretaría de Estado y el Gobierno de la Federación Rusa sobre los viajes sin visado para los titulares de pasaportes diplomáticos. En relación con las Autoridades civiles, la Santa Sede no pretende otra cosa que favorecer el bienestar espiritual y material de la persona humana y la promoción del bien común. Son expresión de esta solicitud los viajes apostólicos que realicé el año pasado en Egipto, Portugal, Colombia, Myanmar y Bangladesh. A Portugal fui como peregrino, cuando se cumplía el centenario de las apariciones de la Virgen en Fátima, para celebrar la canonización de los pastorcitos Jacinta y Francisco Marto. Allí pude constatar la fe llena de entusiasmo y alegría que la Virgen María suscitó en muchos de los peregrinos venidos para dicha ocasión. También en Egipto, Myanmar y Bangladesh pude reunirme con las comunidades cristianas locales que, aunque numéricamente escasas, son dignas de aprecio por su contribución al desarrollo y a la convivencia civil de sus respectivos países. No faltaron los encuentros con los representantes de otras religiones, demostrando cómo las particularidades de cada una no son un obstáculo para el diálogo, sino la savia que lo alimenta con el deseo común de conocer la verdad y practicar la justicia. Por último, en Colombia deseé bendecir los esfuerzos y la valentía de ese amado pueblo, marcado por un vivo anhelo de paz tras más de medio siglo de conflicto interno. Queridos Embajadores: Durante este año se celebra el centenario del final de la Primera Guerra Mundial: un conflicto que redibujó el rostro de Europa y del mundo entero, con la aparición de nuevos Estados al puesto de los antiguos Imperios. De las cenizas de la Gran Guerra se pueden sacar dos advertencias, que lamentablemente la humanidad no supo comprender inmediatamente, llegando en el arco de veinte años a combatir un nuevo conflicto aún más devastador que el anterior. La primera advertencia es que ganar no significa nunca humillar al rival derrotado. La paz no se construye como la afirmación del poder del vencedor sobre el vencido. Lo que disuade de futuras agresiones no es la ley del temor, sino la fuerza de la serena sensatez que estimula el diálogo y la comprensión mutua para sanar las diferencias1. De aquí se deriva la segunda advertencia: la paz se consolida cuando las naciones se confrontan en un clima de igualdad. Lo intuyó hace un siglo —un día como hoy— el Presidente estadounidense Thomas Woodrow Wilson, cuando propuso la creación de una Asociación general de las naciones destinada a promover para todos los Estados indistintamente, grandes y pequeños, mutuas garantías de independencia e integridad territorial. Así se pusieron las bases de la diplomacia multilateral, que a lo largo de los años ha ido adquiriendo un papel y una influencia cada vez mayor en toda la comunidad internacional. También las relaciones entre las naciones, como las relaciones humanas, «comprenden la esencia de la verdad, de la justicia, de la caridad, de la libertad»2. Esto conlleva «como principio sagrado e inmutable que todas las comunidades políticas son iguales en dignidad natural»3, así como el reconocimiento de los mutuos derechos, junto al cumplimiento de los respectivos deberes4. La premisa fundamental de esta actitud es la afirmación de la dignidad de cada persona humana, cuyo desprecio y desconocimiento conducen a actos de barbarie que ofenden la conciencia de la humanidad5. Por otro lado, «la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana»6, como afirma la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Quisiera dedicar nuestro encuentro de hoy a este documento importante, cuando se cumplen setenta años desde su adopción por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que tuvo lugar el 10 de diciembre de 1948. Para la Santa Sede hablar de derechos humanos significa, ante todo, proponer la centralidad de la dignidad de la persona, en cuanto que ha sido querida y creada por Dios a su imagen y semejanza. El mismo Señor Jesús, curando al leproso, devolviendo la vista al ciego, deteniéndose con el publicano, perdonando la vida a la adúltera e invitando a preocuparse del caminante herido, nos ha hecho comprender que todo ser humano, independientemente de su condición física, espiritual o social, merece respeto y consideración. Desde una perspectiva cristiana hay una significativa relación entre el mensaje evangélico y el reconocimiento de los dere- El Papa al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede Reafirmar los derechos humanos para construir la paz chos humanos, según el espíritu de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Estos derechos tienen su fundamento en la naturaleza que aúna objetivamente al género humano. Ellos fueron enunciados para eliminar los muros de separación que dividen a la familia humana y para favorecer lo que la doctrina social de la Iglesia llama desarrollo humano integral, puesto que se refiere a «promover a todos los hombres y a todo el hombre […] hasta la humanidad entera»7. En cambio, una visión reduccionista de la persona humana abre el camino a la propagación de la injusticia, de la desigualdad social y de la corrupción. Sin embargo, conviene constatar que, a lo largo de los años, sobre todo a raíz de las agitaciones sociales del «sesenta y ocho», la interpretación de algunos derechos ha ido progresivamente cambiando, incluyendo una multiplicidad de «nuevos derechos», no pocas veces en contraposición entre ellos. Esto no siempre ha contribuido a la promoción de las relaciones de amistad entre las naciones8, puesto que se han afirmado nociones controvertidas de los derechos humanos que contrastan con la cultura de muchos países, los cuales no se sienten por este motivo respetados en sus propias tradiciones socio-culturales, sino más bien desatendidos frente a las necesidades reales que deben afrontar. Está también el peligro —en cierto sentido paradójico— de que, en nombre de los mismos derechos humanos, se vengan a instaurar formas modernas de colonización ideológica de los más fuertes y los más ricos en detrimento de los más pobres y los más débiles. Al mismo tiempo, es bueno tener presente que las tradiciones de cada pueblo no pueden ser invocadas como un pretexto para dejar de respetar los derechos fundamentales enunciados por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Después de setenta años, duele constatar cómo muchos derechos fundamentales están siendo todavía hoy pisoteados. El primero entre todos el derecho a la vida, a la libertad y a la inviolabilidad de toda persona humana9. No son menoscabados sólo por la guerra o la violencia. En nuestro tiempo, hay formas más sutiles: pienso sobre todo en los niños inocentes, descartados antes de nacer; no deseados, a veces sólo porque están enfermos o con malformaciones o por el egoísmo de los adultos. Pienso en los ancianos, también ellos tantas veces descartados, sobre todo si están enfermos, porque se les considera un peso. Pienso en las mujeres, que a menudo sufren violencias y vejaciones también en el seno de las propias familias. Pienso también en los que son víctimas de la trata de personas, que viola la prohibición de cualquier forma de esclavitud. ¿Cuántas personas, que huyen especialmente de la pobreza y de la guerra, son objeto de este comercio perpetrado por sujetos sin escrúpulos? Defender el derecho a la vida y a la integridad física significa además proteger el derecho a la salud de la persona y de sus familias. Hoy, este derecho ha asumido implicaciones que superan los propósitos originarios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que pretendía afirmar el derecho de cada uno a tener los cuidados médicos y los servicios sociales necesarios10. En esta perspectiva, deseo que, en los foros internacionales competentes, se trabaje también para favorecer en primer lugar un acceso fácil a todos los cuidados y tratamientos sanitarios. Es importante unir los esfuerzos para que se adopten políticas que garanticen, a precios accesibles, el suministro de medicamentos esenciales para la supervivencia de las personas más necesitadas, sin descuidar la investigación y el desarrollo de tratamientos que, aunque no sean económicamente relevantes para el mercado, son determinantes para salvar vidas humanas. Defender el derecho a la vida implica también trabajar activamente por la paz, reconocida universalmente como uno de los valores más altos que hay que buscar y defender. Sin embargo, existen graves conflictos locales que siguen incendiando distintas regiones de la tierra. Los esfuerzos colectivos de la comunidad internacional, la acción humanitaria de las organizaciones interna- cionales y las incesantes peticiones de paz que provienen de las tierras ensangrentadas por los combates parecen ser cada vez menos eficaces ante la lógica aberrante de la guerra. Este escenario no puede lograr que disminuya nuestro deseo y nuestro compromiso por la paz, pues somos conscientes de que sin ella el desarrollo integral del hombre se convierte en algo inalcanzable. El desarme completo y el desarrollo integral están estrechamente relacionados entre sí. Por otra parte, la búsqueda de la paz como condición previa para el desarrollo implica combatir la injusticia y erradicar, de manera no violenta, la causa de las discordias que conducen a las guerras. La proliferación de armas agrava ciertamente las situaciones de conflicto y supone grandes costes en términos materiales y de vidas humanas que socavan el desarrollo y la búsqueda de una paz duradera. El deseo de paz está siempre presente y lo manifiesta el resultado histórico alcanzado el año pasado con la aprobación del Tratado sobre la prohibición de armas nucleares, al término de la Conferencia de las Naciones Unidas, cuya finalidad era negociar un instrumento jurídicamente vinculante para prohibir las armas nucleares. La promoción de la cultura de la paz para un desarrollo integral requiere esfuerzos perseverantes hacia el desarme y la reducción del uso de la fuerza armada en la gestión de los asuntos internacionales. Deseo invitar a todos a un debate sereno y lo más amplio posible sobre el tema, que evite la polarización de la comunidad internacional sobre una cuestión tan delicada. Cualquier esfuerzo en esta dirección, aun cuando sea modesto, representa un logro importante para la humanidad. Por su parte la Santa Sede ha firmado y ratificado, también en nombre y por cuenta del Estado de la Ciudad del Vaticano, el Tratado sobre la prohibición de armas nucleares, en la idea expresada por san Juan XXIII en la Pacem in terris, según la cual «la justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad humana exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos; que, de un lado y de otro, las naciones que los poseen los reduzcan simultáneamente; que se prohíban las armas atómicas»11. De hecho, «si bien parece difícilmente creíble que haya hombres con suficiente osadía para tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y de la asoladora destrucción que acarrearía una guerra, resulta innegable, en cambio, que un hecho cualquiera imprevisible puede de improviso e inesperadamente provocar el incendio bélico»12. La Santa Sede reitera la profunda «convicción de que las diferencias que eventualmente surjan entre los pueblos deben resolverse no con las armas, sino por medio de negociaciones»13. Por otra parte, precisamente la continua producción de armas cada vez más so- fisticadas y «perfeccionadas», y la persistencia de numerosos focos de conflicto —que en varias ocasiones he calificado como la «tercera guerra mundial a trozos»— nos lleva a repetir con fuerza las palabras de mi santo predecesor: «En nuestra época, que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado. […] Cabe esperar que los pueblos, por medio de relaciones y contactos institucionalizados, lleguen a conocer mejor los vínculos sociales con que la naturaleza humana los une entre sí y a comprender con claridad creciente que entre los principales deberes de la común naturaleza humana hay que colocar el de las relaciones individuales e internacionales que obedezcan al amor y no al temor, porque ante todo es propio del amor llevar a los hombres a una sincera y múltiple colaboración material y espiritual, de la que tantos bienes pueden derivarse para ellos»14. En esta perspectiva, es primordial que se pueda sostener todo esfuerzo de diálogo en la península coreana, con el fin de encontrar nuevas vías para que se superen las actuales confrontaciones, aumente la confianza mutua y se asegure un futuro de paz al pueblo coreano y al mundo entero. También es importante que continúen las distintas iniciativas de paz a favor de Siria en un clima propositivo de creciente confianza entre las partes, para que se logre poner fin, de una vez para siempre, al largo conflicto que ha afectado a todo el país y que ha causado enormes sufrimientos. El deseo de todos es que, después de tanta destrucción, llegue el tiempo de la reconstrucción. Pero más que construir edificios es necesario reconstruir los corazones, volver a tejer la tela de la confianza mutua, premisa imprescindible para el crecimiento de cualquier sociedad. Es fundamental esforzarse en favorecer las condiciones jurídicas, políticas y de seguridad, para una recuperación de la vida social, donde cada ciudadano, independientemente de su condición étnica y religiosa, pueda participar en el desarrollo del país. En este sentido, es vital que se protejan a las minorías religiosas, entre las cuales se encuentran los cristianos, que desde hace siglos contribuyen activamente a realizar la historia de Siria. Es igualmente importante que puedan regresar a su patria los numerosos refugiados que han encontrado acogida y protección en las naciones vecinas, especialmente en Jordania, Líbano y Turquía. El compromiso y el esfuerzo realizado por estos países en esta difícil circunstancia merece el reconocimiento y el apoyo de toda la comunidad internacional, la cual al mismo tiempo está llamada a trabajar para que se creen las condiciones que permitan el regreso de los refugiados procedentes de Siria. Es un compromiso que esta debe asumir concretamente, y empezando por el Líbano, para que ese amado país siga siendo un «mensaje» de respeto y convivencia, y un modelo a imitar para toda la región y para el mundo entero. La voluntad de diálogo es necesaria también en el amado Irak, para que los distintos elementos étnicos y religiosos vuelvan a encontrar el camino de la reconciliación, la convivencia y la colaboración pacífica, así también en el Yemen y en otras partes de la región, igual que en Afganistán. Un pensamiento particular dirijo a israelíes y palestinos, tras las tensiones SIGUE EN LA PÁGINA 10

[close]

p. 9

página 10 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 12 de enero de 2018, número 2 Reafirmar los derechos humanos para construir la paz VIENE DE LA PÁGINA 9 de las últimas semanas. La Santa Sede expresa su dolor por los que han perdido la vida en los recientes enfrentamientos y renueva su llamamiento a ponderar toda iniciativa para que se evite exacerbar las contradicciones, e invita a un compromiso por parte de todos para que se respete, en conformidad con las resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas, el status quo de Jerusalén, ciudad sagrada para cristianos, judíos y musulmanes. Setenta años de enfrentamientos obliga a que se encuentre una solución política que permita la presencia en la región de dos Estados independientes dentro de las fronteras internacionalmente reconocidas. A pesar de las dificultades, la voluntad de dialogar y de reanudar las negociaciones sigue siendo la vía maestra para llegar finalmente a una coexistencia pacífica de los dos pueblos. También dentro de contextos nacionales, la apertura y la disponibilidad del encuentro son esenciales. Pienso especialmente en la querida Venezuela, que está atravesando una crisis política y humanitaria cada vez más dramática y sin precedentes. La Santa Sede, mientras que exhorta a responder sin demora a las necesidades primarias de la población, desea que se creen las condiciones para que las elecciones previstas durante el año en curso logren dar inicio a la solución de los conflictos existentes, y se pueda mirar al futuro con renovada serenidad. Que la Comunidad internacional no olvide tampoco el sufrimiento en tantas partes del Continente africano, especialmente en Sudán del Sur, en la República Democrática del Congo, en Somalia, en Nigeria y en la República Centroafricana, en las que el derecho a la vida está amenazado por el abuso indiscriminado de los recursos, por el terrorismo, la proliferación de grupos armados y por los conflictos que perduran. No basta con indignarse ante tanta violencia. Es necesario más bien que cada uno en su ámbito propio se esfuerce activamente por remover las causas de la miseria y construir puentes de fraternidad, premisa fundamental para un auténtico desarrollo humano. También en Ucrania es urgente que haya un compromiso común para reconstruir puentes. El año apenas terminado ha cosechado nuevas víctimas en el conflicto que aflige al país, y sigue produciendo gran sufrimiento a la población, en particular a las familias que habitan en las zonas afectadas por la guerra y que han perdido a sus seres queridos, con frecuencia ancianos y niños. Quisiera dedicar un recuerdo especial precisamente a las familias. El derecho a formar una familia, en cuanto «elemento natural y fundamental de la sociedad y [que] tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado»15, está reconocido efectivamente por la misma Declaración de 1948. Por desgracia, se sabe que la familia, especialmente en Occidente, está considerada como una institución superada. Frente a la es- tabilidad de un proyecto definitivo, hoy se prefieren vínculos fugaces. Pero una casa construida sobre la arena de los vínculos frágiles e inconstantes no se mantiene en pie. Se necesita más bien la roca, sobre la que se establecen cimientos sólidos. Y la roca es precisamente esa comunión de amor, fiel e indisoluble, que une al hombre y a la mujer, una comunión que tiene una belleza austera y sencilla, un carácter sagrado e inviolable y una función natural en el orden social16. Considero por eso urgente que se lleven a cabo políticas concretas que ayuden a las familias, de las que por otra parte depende el futuro y el desarrollo de los Estados. Sin ellas, de hecho, no se pueden construir sociedades que sean capaces de hacer frente a los desafíos del futuro. El desinterés por las familias trae además otra dramática consecuencia —especialmente actual en algunas regiones— como es la caída de la natalidad. Estamos ante un verdadero invierno demográfico. Esto es un signo de sociedades que tienen dificultad para afrontar los desafíos del presente y que, volviéndose cada vez más temerosas con respecto al futuro, terminan por encerrarse en sí mismas. Al mismo tiempo, no podemos olvidar la situación de las familias rotas a causa de la pobreza, de las guerras y las migraciones. Con demasiada frecuencia, tenemos ante nuestros ojos el drama de niños que cruzan solos los confines que separan al norte del sur del mundo, muchas veces víctimas del tráfico de seres humanos. Hoy se habla mucho de migrantes y migraciones, en ocasiones sólo para suscitar miedos ancestrales. No hay que olvidar que las migraciones han existido siempre. En la tradición judeo-cristiana, la historia de la salvación es esencialmente una historia de migraciones. Tampoco hay que olvidar que la libertad de movimiento, como la de dejar el propio país y de volver a él, pertenece a los derechos humanos fundamentales17. Es necesario por tanto salir de una extendida retórica sobre el tema y partir de la consideración esencial de que ante nosotros se encuentran sobre todo personas. Esto ha sido lo que he querido reafirmar con el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, celebrada el pasado 1 de enero, dedicado a: «Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz». Aun reconociendo que no todos están siempre animados por buenas intenciones, no se puede olvidar que la mayor parte de los emigrantes preferiría estar en su propia tierra, mientras que se encuentran obligados a dejarla «a causa de la discriminación, la persecución, la pobreza y la degradación ambiental. […] Acoger al otro exige un compromiso concreto, una cadena de ayuda y de generosidad, una atención vigilante y comprensiva, la gestión responsable de nuevas y complejas situaciones que, en ocasiones, se añaden a los numerosos problemas ya existentes, así como a unos recursos que siempre son limitados. El ejercicio de la virtud de la prudencia es necesaria para que los gobernantes sepan acoger, promover, proteger e integrar, estableciendo medidas prácticas que, “respetando el recto orden de los valores, ofrezcan al ciudadano la prosperidad material y al mismo tiempo los bienes del espíritu” (Pacem in terris, 57). Tienen una responsabilidad concreta con respecto a sus comunidades, a las que deben garantizar los derechos que les corresponden en justicia y un desarrollo armónico, para no ser como el constructor necio que hizo mal sus cálculos y no consiguió terminar la torre que ha- bía comenzado a construir (cf. Lc 14, 28-30)»18. Deseo una vez más agradecer a las autoridades de aquellos Estados que se han prodigado en estos años en ofrecer ayuda a los numerosos emigrantes llegados a sus fronteras. Pienso sobre todo en el esfuerzo de no pocos países en Asia, África y en América, que acogen y ayudan a numerosas personas. Conservo todavía vivo en el corazón el recuerdo del encuentro que tuve en Dacca con algunos miembros del pueblo Rohingya y deseo renovar mis sentimientos de gratitud a las autoridades de Bangladesh por la ayuda que les dan en su propio territorio. Deseo además dar las gracias de modo especial a Italia que en estos años ha mostrado un corazón abierto y generoso, y ha sabido ofrecer también ejemplos positivos de integración. Espero que las dificultades que el país ha atravesado en estos años, y cuyas consecuencias todavía perduran, no conduzcan a clausuras y preclusiones, sino más bien a descubrir de nuevo esas raíces y tradiciones que han alimentado la rica historia de la nación y que constituyen un tesoro inestimable para ofrecer a todo el mundo. Igualmente, expreso mi aprecio por los esfuerzos realizados por otros Estados europeos, especialmente Grecia y Alemania. No hay que olvidar que muchos refugiados y emigrantes buscan alcanzar Europa porque saben que allí pueden encontrar paz y seguridad, las cuales son por otra parte fruto de un largo camino alumbrado por los ideales de los Padres fundadores del proyecto europeo después de la Segunda Guerra Mundial. Europa debe sentirse orgullosa de este patrimonio, basado en principios firmes y en una visión del hombre que ahonda sus raíces en su historia milenaria, inspirada en la concepción cristiana de la persona humana. La llegada de los inmigrantes debe estimularla a redescubrir su propio patrimonio cultural y religioso, de tal manera que, adquiriendo nueva conciencia de los valores sobre los que está edificada, pueda mantener viva al mismo tiempo su propia tradición y seguir siendo un lugar de acogida, heraldo de paz y desarrollo. Durante el año pasado, los go- biernos, las organizaciones interna- cionales y la sociedad civil se han planteado recíprocamente los princi- pios básicos, las prioridades y el mo- do más conveniente de responder al movimiento migratorio y a las situa- ciones que todavía afectan a los re- fugiados. Las Naciones Unidas, des- pués de la Declaración de Nueva York para los Refugiados y los Mi- grantes de 2016, ha puesto en mar- cha importantes procesos de prepa- ración en vistas a la adopción de dos Pactos Mundiales (Global Compacts), sobre los refugiados y por una migración segura, ordenada y regulada, respectivamente. La Santa Sede espera que estos esfuerzos, con las negociaciones que pronto comenzarán, darán unos resultados que sean dignos de una comunidad mundial cada vez más interdependiente, fundada en los principios de la solidaridad y la ayuda mutua. En el actual contexto internacional no faltan las posibilidades y

[close]

p. 10

número 2, viernes 12 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 los medios para que se aseguren unas condiciones de vida digna del ser humano a cada hombre y mujer que viven en la tierra. En el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, sugerí cuatro «piedras angulares» para la acción: acoger, proteger, promover e integrar19. Me gustaría centrarme en particular en esta última, sobre la que existen posiciones contrapuestas en virtud de diferentes evaluaciones, experiencias, preocupaciones y convicciones. La integración es «un proceso bidireccional», con derechos y deberes recíprocos. De hecho, quien acoge está llamado a promover el desarrollo humano integral, mientras que al que es acogido se le pide la conformación indispensable a las normas del país que lo recibe, así como el respeto a los principios de identidad del mismo. Todo proceso de integración debe mantener siempre, como aspecto central de la regulación de los diversos aspectos de la vida política y social, la protección y la promoción de las personas, especialmente de aquellas que se encuentran en situación de vulnerabilidad. La Santa Sede no tiene la intención de interferir en las decisiones que corresponden a los Estados, que a la luz de sus respectivas situaciones políticas, sociales y económicas, así como de sus propias capacidades y posibilidades de recepción e integración, tienen la responsabilidad principal de la acogida. Sin embargo, cree que debe desempeñar un papel de «llamada» del principio de humanidad y de fraternidad, que son fundamento de toda sociedad cohesionada y armónica. En esta perspectiva, es importante no olvidar la interacción con las comunida- des religiosas, tanto a nivel institucional como asociativo, que pueden desempeñar un papel valioso reforzando la asistencia y la protección, la mediación social y cultural, la pacificación y la integración. Uno de los derechos humanos sobre el que me gustaría hoy llamar la atención es el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, que incluye la libertad de cambiar de religión20. Se sabe por desgracia que el derecho a la libertad religiosa, a menudo, no se respeta y la religión con frecuencia se convierte en un motivo para justificar ideológicamente nuevas formas de extremismo o un pretexto para la exclusión social, e incluso para la persecución en diversas formas de los creyentes. La condición para construir sociedades inclusivas está en una comprensión integral de la persona humana, que se siente verdaderamente acogida cuando se le reconocen y aceptan todas las dimensiones que conforman su identidad, incluida la religiosa. Por último, me gustaría recordar la importancia del derecho al trabajo. No hay paz ni desarrollo si el hombre se ve privado de la posibilidad de contribuir personalmente, a través de su trabajo, en la construcción del bien común. En cambio, es triste ver cómo el trabajo en muchas partes del mundo es un bien escaso. Hay pocas oportunidades para encontrar trabajo, especialmente para los jóvenes. Con frecuencia resulta fácil perderlo, no sólo por las consecuencias de la alternancia de los ciclos económicos, sino también por el recurso progresivo a tecnologías y maquinarias cada vez más perfectas y precisas que reemplazan al hombre. Y aunque, por un lado, hay una distribución desigual de las oportunidades de trabajo, por el otro, existe una tendencia a exigir a los trabajadores ritmos cada vez más estresantes. Las exigencias del beneficio, dictadas por la globalización, han llevado a una reducción progresiva de los tiempos y días de descanso, perdiéndose así una dimensión fundamental de la vida —el descanso—, que sirve para regenerar a la persona tanto física como espiritualmente. Dios mismo reposó el séptimo día: lo bendijo y lo consagró, «porque en él descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó» (Gn 2, 3). En el sucederse de fatiga y sosiego, el hombre participa en la «santificación del tiempo» realizada por Dios y ennoblece su trabajo, liberándolo de la dinámica repetitiva de una vida cotidiana árida que no conoce descanso. Los datos publicados recientemente por la Organización Mundial del Trabajo, sobre el aumento del número de niños empleados en actividades laborales y sobre las víctimas de nuevas formas de esclavitud, son también un motivo de especial preocupación. El flagelo del trabajo infantil pone en peligro seriamente el desarrollo psicofísico de los niños, privándolos de la alegría de la infancia, cosechando víctimas inocentes. No podemos pretender que se plantee un futuro mejor, ni esperar que se construyan sociedades más inclusivas, si seguimos manteniendo modelos económicos orientados a la mera ganancia y a la explotación de los más débiles, como son los niños. La eliminación de las causas estructurales de este flagelo debería ser una prioridad para los gobiernos y las organizaciones internacionales, que están llamados a intensificar sus esfuerzos para adoptar estrategias integradas y políticas coordinadas, destinadas a acabar con el trabajo infantil en todas sus formas. Excelencias, señoras y señores: Al recordar algunos de los derechos contenidos en la Declaración Universal de 1948, no pretendo ignorar un aspecto estrechamente relacionado con ella: todo individuo tiene también deberes hacia la comunidad, dirigidos a «satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática»21. El reclamo a los derechos de todo ser humano debe tener en cuenta que cada uno es parte de un cuerpo más grande. Al igual que el cuerpo humano, también nuestras sociedades gozan de buena salud si cada miembro cumple su tarea, sabiendo que la misma está al servicio del bien común. Entre los deberes particularmente urgentes en la actualidad se encuentra el cuidado de nuestra Tierra. Sabemos que la naturaleza puede ser cruenta, incluso cuando no es responsabilidad del hombre. Lo hemos visto el año pasado con los terremotos que han golpeado en distintos lugares de la tierra, especialmente en los últimos meses en México e Irán, provocando numerosas víctimas, así como con la fuerza de los huracanes que han afectado a varios países del Caribe alcanzando las costas estadounidenses, y que, aún más recien- temente, han golpeado Filipinas. Sin embargo, no debemos olvidar que hay también una responsabilidad primaria del hombre en la interacción con la naturaleza. El cambio climático, con el aumento global de las temperaturas y los efectos devastadores que conllevan, son también una consecuencia de la acción del hombre. Por lo tanto, es necesario afrontar, con un esfuerzo colectivo, la responsabilidad de dejar a las generaciones siguientes una Tierra más bella y habitable, trabajando a la luz de los compromisos acordados en París en 2015, para reducir las emisiones a la atmósfera de gases nocivos y perjudiciales para la salud humana. El espíritu que debe animar a cada persona y a las naciones en esta obra se asemeja al de los constructores de catedrales medievales repartidas por toda Europa. Estos edificios impresionantes muestran la importancia de la participación de todos en un trabajo capaz de ir más allá de los límites del tiempo. El constructor de catedrales sabía que no vería la terminación de su trabajo. Sin embargo, trabajó activamente, entendiendo que era parte de un proyecto que sus hijos disfrutarían y que ellos, a su vez, embellecerían y ampliarían para sus hijos. Todos los hombres y mujeres de este mundo, y en particular los que tienen responsabilidades de gobierno, están llamados a cultivar el mismo espíritu de servicio y solidaridad intergeneracional, y así ser un signo de esperanza para nuestro mundo atribulado. Con estas consideraciones, les renuevo a cada uno de ustedes, a sus familias y a sus pueblos, mi deseo de un año lleno de alegría, esperanza y paz. Gracias. 1 Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 126-129. 2 Ibíd., 45. 3 Ibíd., 86. 4 Cf. ibíd., 91. 5 Cf. Declaración Universal de los Derechos Humanos (10 diciembre 1948). 6 Ibíd., Preámbulo. 7 Pablo VI, Carta enc. Populorum Progressio (26 marzo 1967), 14. 8 Cf. Declaración Universal de los Derechos Humanos, Preámbulo. 9 Cf. ibíd., art. 3. 10 Cf. ibíd., art. 25. 11 Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 112. 12 Ibíd., 111. 13 Ibíd., 126. 14 Ibíd., 127, 129. 15 Declaración Universal de los Derechos Humanos, art. 16. 16 Cf. Pablo VI, Discurso con motivo de la visita a la Basílica de la Anunciación, Nazaret (5 enero 1964). 17 Cf. Declaración Universal de los Derechos Humanos, art. 13. 18 Mensaje para la LI Jornada Mundial de la Paz (13 noviembre 2017), 1. 19 Ibíd., 4. 20 Cf. Declaración Universal de los Derechos Humanos, art. 18. 21 Ibíd., art. 29.

[close]

p. 11

página 12 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 12 de enero de 2018, número 2 La cultura del encuentro, la alianza entre la escuela y la familia y la educación ecológica: son «los tres puntos de reflexión y de compromiso» indicados por el Papa Francisco a los representantes de la Asociación italiana de maestros católicos (AIMC), recibidos en audiencia el viernes 5 de enero, por la mañana, en la Sala Clementina, con ocasión del vigésimo primer congreso nacional en curso en Roma. Queridos hermanos y hermanas: Os doy la bienvenida a vosotros, representantes de la Asociación italiana de maestros católicos, con ocasión de vuestro congreso nacional y agradezco al presidente por sus palabras. Quisiera proponeros tres puntos de reflexión y de compromiso: la cultura del encuentro, la alianza entre escuela y familia y la educación ecológica. Es también un aliento al hecho de hacer asociación. En primer lugar, os agradezco por la contribución que dais al compromiso de la Iglesia por promover la cultura del encuentro y os animo a hacerlo, si es posible, de modo aún más minucioso e incisivo. De hecho, en este desafío cultural son decisivas las bases que se ponen en los años de la educación primaria de los niños. Los maestros cristianos, que trabajan tanto en escuelas católicas como públicas, están llamados a estimular en los alumnos la apertura al otro como rostro, como persona, como hermano y hermana por conocer y respetar, con su historia, con sus méritos y defectos, riquezas y límites. La apuesta es la de cooperar en la formación de chicos abiertos e interesados en la realidad que los rodea, capaces de tener atención y ternura A los maestros católicos el Papa pide formar chicos abiertos y respetuosos con los demás Pacto educativo entre escuela, Estado y familia —pienso en los matones—, que estén libres del prejuicio difundido según el cual para valer hay que ser competitivos, agresivos, duros con los otros, especialmente con quien es diferente, extranjero o quien de cualquier modo se ve como un obstáculo a la propia afirmación. Este, desafortunadamente es un «aire» que a menudo nuestros niños respiran, y el remedio es asegurarse de que puedan respirar un aire diferente, más sano, más humano. Y para este objetivo es muy importante la alianza con los padres. Y aquí llegamos al segundo punto, es decir, a la alianza educativa entre la escuela y la familia. Yo estoy convencido de que el pacto educativo se ha roto; se ha roto el pacto educativo entre escuela, familia y Estado; está roto, debemos recuperarlo. Todos sabemos que esta alianza está desde hace tiempo en crisis, y en ciertos casos, del todo rota. Una vez hubo mucho reforzamiento recíproco entre los estímulos dados por los maestros y aquellos de los padres. Hoy la situación ha cambiado, pero no podemos ser nostálgicos del pasado. Es necesario tomar nota de los cambios que han afectado tanto a la familia como a la escuela y renovar el compromiso por una colaboración constructiva —o sea, reconstruir la alianza y el pacto educativo— por el bien de los niños y de los chicos. Y desde el momento en el que esta sinergia ya no sucede de modo «natural», es necesario favorecerla de modo proyectivo, también con la aportación de expertos en el campo pedagógico. Pero antes incluso es necesario favorecer una nueva «complicidad» —soy consciente del uso de esta palabra—, una nueva complicidad entre profesores y padres. Antes que nada, renunciando a verse como frentes contrapuestos, culpabilizándose unos a otros, sino al contrario, poniéndose en el lugar los unos de los otros, comprendiendo las objetivas dificultades que los unos y los otros hoy encuentran en la educación y así creando una mayor solidaridad: complicidad solidaria. El tercer aspecto que quiero subrayar es la educación ecológica (cf. Enc. Laudato si’ 209-2015). Naturalmente no se trata solo de dar algunas nociones, que de todos modos hay que enseñar. Se trata de educar en un estilo de vida basado en la actitud de cuidado por nuestra casa común, que es la creación. Un estilo de vida que no sea demencial, que, es decir, por ejemplo, cuide a los animales en extinción, pero ignore los problemas de los ancianos; o que defienda la selva amazónica pero descuide los derechos de los trabajadores a un salario justo y así sucesivamente. Esto es demencia. La ecología en la que educar debe ser integral. Y sobre todo, la educación debe tender al sentido de responsabilidad: no a transmitir eslóganes que otros deberían seguir, sino a suscitar el gusto de experimentar una ética ecológica partiendo de elecciones y gestos de la vida cotidiana. Un estilo de comportamiento que en la perspectiva cristiana encuentra senti- do y motivación en la relación con Dios creador y redentor, con Jesucristo centro del cosmos y de la historia, con el Espíritu Santo fuente de armonía en la sinfonía de la creación. En fin, queridos hermanos y hermanas, quiero añadir una palabra sobre el valor de ser y hacer asociación. Es un valor que no hay que dar por descontado, sino que hay que cultivar siempre y los momentos institucionales como el Congreso sirven para esto. Os insto a renovar la voluntad de ser y hacer asociación en la memoria de los principales inspiradores, en la lectura de las señales del tiempo y con la mirada abierta al horizonte social y cultural. No tengáis miedo de las diferencias y tampoco de los conflictos que normalmente hay en las asociaciones laicales; es normal que los haya, es normal. No los escondáis, sino afrontadlos con un estilo evangélico, en la búsqueda del verdadero bien de la asociación, valorado sobre la base de los principios estatuarios. El ser asociación es un valor y es una responsabilidad, que en este momento se ha confiado a vosotros. Con la ayuda de Dios y de los pastores de la Iglesia, estáis llamados a hacer fructificar este talento que se ha puesto en vuestras manos. Gracias. Os agradezco por este encuentro y os bendigo de corazón a vosotros, a toda la asociación y vuestro trabajo. También vosotros, por favor, rezad por mí.

[close]

p. 12

número 2, viernes 12 de enero de 2018 Un día cualquiera JOSÉ BELTRÁN D ía de la semana de aquel 1 de enero de 1958. Miércoles. Jornada en la que tradicionalmente en España salen al quiosco las revistas del corazón. Y Vida Nueva, de corazón. En blanco y negro. Con una ráfaga de color en un país gris. Verde. Estreno el mismo día que entraban en vigor los Tratados de Roma, de una naciente Comunidad Económica Europea. Hoy, Brexit. Se avistaba golpe de Estado en Venezuela. Ahora, Maduro. Efemérides de ida y vuelta que no parecían agobiar a una revista que en su primer número se afanaba por explicar el porqué de la carrera de soviéticos y norteamericanos por conquistar el espacio a golpe de satélite. O por mostrar cómo se vivía en un monasterio camaldulense. O de recoger las palabras de Pío XII a un grupo de modistos a quienes alertaba del riesgo de «los vestidos demasiado atrevidos». Primer número, al que siguen otros tantos. Un tomo insigne para bucear. A pleno pulmón. Sumergirse en 1958, para celebrar la vitalidad de quienes se dejaron la piel en aquellas máquinas de mecanografiar sin Facebook, pero ya sabían de configurar redes sociales. Como Lolo, el beato periodista, enviado especial al centenario de Lourdes. Sus palabras, poesía de un santo: «El dolor, invento de la esperanza, es, a su vez, una nueva Encarnación». O la metafórica prosa de Antonio Montero, siempre adelantado: «La Prensa católica puede, debe ser el lápiz que reconstruya periódicamente los trazos de la mentalidad cristiana». Pasar una página tras otra. Descubrir detalles impagables. Una entrevista a Alberto Closas. Una carta al director en defensa de la dignidad de las «chachas». Publicidad de Galerías Preciados. Un crítico de libros, nada complaciente con Martín Gaite: «Hay una vida que palpita. Pero no nos gusta el materialismo que transpira». Provocadores titulares para Cuaresma: «Jesús(a) el Nazareno, detenido. Hace 1.925 años fue ajusticiado el Hijo de Dios». Y una pregunta provocadora a toda página: «¿Qué es un negro?». Para responder: «Un hijo de Dios». MIÉRCOLES 3. Todo comenzó un día cualquiera. Miércoles. Como hoy, 3 de enero de 2018. Laborable. Fecha de cierre de esta revista. Sesenta años después. A todo color. En la sociedad. En la Iglesia. Imprimátur. L’OSSERVATORE ROMANO La primera página del 1 de enero de 1958 reproducida en la portada del último número del semanal Los sesenta años de «Vida Nueva» «E l 1 de enero de 1958 veía la luz en Madrid la revista “Vida Nueva”. Heredaba más de un centenar de números de “Pax”, publicación quincenal nacida en el seno de la editorial PPC. “Cambia el nombre, pero no el apellido”, sugería el eslogan de la campaña de lanzamiento que en poco tiempo permitió llegar a 20.000 lectores y, en pocos meses, pasar de quincenal a semanal. Así se subrayaba también en el editorial: “Queremos vivir el momento actual de la Iglesia y regular los relojes con la actualidad permanente de esta Iglesia. No somos, como podéis ver, una revista devota. Os traemos una honesta preocupación social bajo cuya luz examinamos juntos los problemas de nuestro tiempo”. Sin cambiar una sola coma, “Vida Nueva”, puede y debe suscribir, sesenta años después, este compromiso con sus lectores y con la Iglesia, este ansia por permanecer despiertos y vigilantes delante del cambio de época, con los vientos de renovación que entonces llegaban gracias a Roncalli y que hoy se materializan con el acento porteño de Bergoglio». Así se lee en el editorial del último número del semanal “Vida Nueva”, que celebra ahora los sesenta años de vida después de haber cruzado el umbral de los 3000 números (véase L’Osservatore Romano del 10 de agosto 2016). Realizada en Madrid, la revista es difundida también en América gracias sobre todo a VidaNuevaDigital.como y a redacciones presentes en Colombia, México y Cono Sur. El número del 60 aniversario se abre con los testimonios de cinco sesentañeros (Jose María Gil Tamayo, Ana Dignoes, Miguel Ángel Cortés, Carmen Bernabé, Raúl Berzosa), para continuar con una docena de artículos sobre temas tocados por «Vida Nueva» durante el 1958. En ese año murió Pío XII y fue elegido Papa Roncalli a quien está dedicado el anexo, con textos de Evangelista Vilanova, monje de Montserrat y teólogo fallecido en 2005, Darío Menor y Antonio Pelayo. página 13 El peligro de la autorreferencialidad GIOVANNI MARIA VIAN C umple sesenta años «Vida Nueva», la revista católica española más valiente y alegre y el aniversario es una ocasión oportuna para reflexionar sobre el papel de los medios católicos. En su primer año, un artículo se tituló La prensa católica no debe ser simple prensa religiosa. Los tonos eran, sin duda, aquellos del tiempo, pero ya entonces, en el clima de una España totalmente diferente a hoy, desde el título se rechazaba claramente el pretexto externo de encerrarla en la sacristía. Los periodistas católicos, de hecho, «deben escribir de política, de deporte, de sucesos, de sociedad, de todo lo que es vida, porque los católicos y la Iglesia son precisamente esto». Pero la revista osaba más y en pleno régimen franquista declaraba que la prensa católica debía rechazar el abrazo sofocante del control político. Su objetivo era trabajar «para permanecer en comunicación con el mundo que la rodea y para juzgar los acontecimientos que cada minuto suceden en el mundo. De un modo limpio, sin servir a ningún otro interés sino al de la verdad». Un programa claro y válido hoy. Efectivamente, las décadas transcurridas han cambiado todo: España, Europa, el mundo, la Iglesia, las religiones, la humanidad al completo. Sin embargo, incluso entonces «Vida Nueva» era una adelantada en un mundo católico cerrado como el español, donde el Concilio Vaticano II entró con dificultad y contrastes. El peso de la historia después hizo que hoy no se reconozca el papel importante llevado a cabo por la Iglesia en el periodo de la transición en la segunda mitad de los años setenta, mientras resisten viejos estereotipos sobre el cierre de los católicos y es necesario reconocer que están fundados también sobre responsabilidad no solo del pasado. La tentación de encerrarse en su propia casa volvió de hecho con fuerza frente a una sociedad que en Europa no solo está secularizada sino que es hostil al hecho religioso, por usar una expresión corriente en Francia. Cunden los fundamentalismos y entre estos también el de un laicismo severo bien diferente de la laicidad, un valor históricamente favorecido precisamente por el cristianismo. Hoy, por lo tanto, los medios católicos deben rechazar las tentativas de quien, laico o católico, quiere sofocarlos o reducirlos a una expresión insignificante de sacristía. En este sentido, la autorreferencialidad católica es un peligro mortal para el periodismo que quiere expresar un punto de vista cristiano. Dar voz a la Iglesia, al Papa, a los obispos es obviamente importante, pero no basta. Es necesario reflexionar sobre la realidad e interpretarla. Sin impedimentos, intentando entender y encontrar al otro. Y el lenguaje es importante: se debe evitar la jerga clerical y también la eclesial, que ninguno entiende y que rechaza el interlocutor. Usando obviamente todos los medios pero sin una confianza ciega en los nuevos, los llamados sociales, donde el riesgo de la falta de crítica y por lo tanto, de libertad es cada vez más fuerte. «De un modo limpio, sin servir a ningún otro interés si no al de la verdad», como escribía hace sesenta años esta revista y como deben intentar hacer hoy los católicos.

[close]

p. 13

página 14 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 12 de enero de 2018, número 2 Las homilías del Pontífice Si se ofende a los débiles A gredir y despreciar a la persona más débil, porque es extranjera o discapacitada, es una «marca del pecado original» y de la «obra de Satanás». Y es impresionante constatar hoy que graves episodios de acoso suceden también en las escuelas, y ven como protagonistas a niños y jóvenes. El Papa Francisco —en la misa celebrada el lunes 8 de enero en Santa Marta— pidió no ceder a la crueldad y a la maldad de tomársela con los más débiles, con los que sin embargo es necesario ser cercanos con la auténtica compasión. Y quiso también compartir un conmovedor recuerdo personal de cuando era niño en Buenos Aires. En la «primera lectura empieza la historia de Samuel —hizo notar Francisco en la homilía, refiriéndose al paso bíblico tomado precisamente del libro de Samuel (1, 1-8)— y hay una cosa que llama la atención: este hombre, que será el padre de Samuel, es un hombre —se llamaba Elcaná— y tenía dos mujeres. Una tenía dos hijos, la otra no. Y esta que tenía dos hijos —Peninná, se llamaba; la otra se llamaba Ana, que sería la madre de Samuel— no tenía, era estéril». Pero Peninná, explicó el Papa, «en vez de ayudarla o consolarla, la afligía con dureza. La maltrataba y humillaba: “Tú eres estéril”. Se burlaba». «Lo mismo sucede —observó el Pontífice— con Agar y Sara, la mujer de Abraham, la esclava y la mujer. Agar tenía un hijo, Sara era estéril y Agar la insultaba, la maltrataba, se burlaba de ella. Porque no tenían una riqueza, que es un hijo». Y aún más: «Podemos pensar también, por no pensar solamente en los pecados de las mujeres, en Goliat, ese soldado grande que tenía todo, todas las posibilidades de vencer, era el más fuerte, cuando vio a David lo despreció». En realidad Goliat «se burlaba del débil». Además, prosiguió Francisco, «podemos también pensar en la mujer de Job», en «cómo viéndolo enfermo, humillado, lo despreció, lo maltrató». Lo mismo «también la mujer de Tobías». Delante de estas realidades, dijo el Papa, «yo me pregunto: ¿qué hay dentro de estas personas? ¿Qué hay dentro de nosotros, que nos lleva a despreciar, a maltratar, a burlarnos de los más débiles?». En efecto «se entiende, al límite, que uno se la toma con uno que es más fuerte: puede ser la envidia que te lleva». Pero ¿por qué tomársela con «los más débiles? ¿Qué hay dentro que nos lleva a comportarnos así?». Se trata de «algo que es habitual, como si yo necesitara despreciar al otro para sentirme seguro. Como una necesidad». A este propósito Francisco quiso compartir un episodio de su vida. «Yo recuerdo —esto sucede también entre los niños— de niño, tendría siete años: en el barrio había una mujer, sola, un poco loca. Y ella todo el día caminaba por el barrio, saludaba, decía tonterías y nadie entendía qué decía, no hacía mal a nadie. Las mujeres del barrio la daban de comer, alguna también algún vestido. Vivía sola. Daba vueltas todo el día y después se iba a su habitación, vivía en una habitación pobre, allí». Esa mujer, recordó el Pontífice, «se llamaba Angiolina, y nosotros niños nos burlábamos de ella. Uno de los juegos que teníamos era: “vamos a buscar a Angiolina para divertirnos un poco”. Todavía, cuando pienso en esto pienso: “¡Pero cuánta maldad también en los niños! ¡Tomársela con el más débil!” Y hoy lo vemos continuamente, en las escuelas, con el fenómeno del acoso escolar: agredir al más débil, porque tú estás gordo o porque tú eres así o tú eres extranjero o porque eres negro, por esto agredir, agredir. Los niños, los jóvenes». Por eso, no se la tomaron con los más débiles «solo Peninná o Agar o las mujeres de Tobías o de Job»; lo hacen «también los niños». «Esto significa que hay algo dentro de nosotros que nos lleva a esto, a la agresión del débil» afirmó el Pontífice. Y «creo que sea una de las marcas del pecado original, porque esto —agredir al débil— ha sido el trabajo de Satanás desde el principio: lo hizo con Jesús y lo hace con nosotros, con nuestras debilidades». Pero «nosotros lo hacemos con los otros. No hay compasión en Satanás: no hay lugar para la compasión. Y cuando se agrede al débil, falta compasión. Siempre hay necesidad de manchar al otro, de agredir al otro, como hacía esta mujer» en el pasaje bíblico propuesto por la liturgia. «Se trata de una agresión que viene desde dentro y quisiera abatir al otro porque es débil» reiteró el Papa. «Los psicólogos darán buenas explicaciones, profundas —añadió— pero yo solamente digo» que lo hacen «también los niños»; y «esta es una de las marcas del pecado original, esta es obra de Satanás». Así «como cuando tenemos un buen deseo de hacer una buena obra, una obra de caridad, decimos: “Es el Espíritu que me inspira para hacer esto”. Cuando nosotros nos damos cuenta que tenemos dentro de nosotros este deseo de agredir a ese porque es débil, no dudemos: está el diablo, ahí. Porque esta es obra del diablo, agredir al débil». En conclusión, el Papa sugirió pedir «al Señor que nos ayude a vencer esta crueldad», conscientes de que «todos nosotros tenemos la posibilidad de hacerlo: ¡todos nosotros!». Y deseó también que el Señor «nos dé la gracia de la compasión, la que es de Dios: Dios que tiene compasión de nosotros, padece con nosotros y nos ayuda a caminar».

[close]

p. 14

número 2, viernes 12 de enero de 2018 L’OSSERVATORE ROMANO página 15 La cercanía de Jesús «L a doble vida de los pastores es una herida en la Iglesia»: pero si incluso han perdido la autoridad, que viene solo de la «cercanía a Dios y a la gente», no deben nunca perder la esperanza de encontrar «coherencia» y capacidad de «conmoverse». Celebrando la misa en Santa Marta, el martes 9 de enero, el Papa Francisco puso en guardia a los pastores sobre «celebrar los sacramentos mecánicamente, como un papagayo», y sobre abrir la puerta a la gente solo en horarios fijos. Porque perderían la autoridad, de hecho, incluso si predicaran la verdad no podrían entender los problemas de la gente ni llegarles al corazón. «En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado dos veces se dice la palabra “autoridad”» hizo presente inmediatamente el Pontífice, refiriéndose al pasaje del evangelista Marcos (1, 21-28) propuesto por la liturgia. En la sinagoga de Cafarnaúm, de hecho, explicó repitiendo las palabras del Evangelio «la gente estaba conmocionada “por su enseñanza: él, de hecho, les enseñaba como uno que tiene autoridad y no como los escribas”». Es evidente, continuó Francisco, que estamos frente a «una enseñanza nueva, impartida con autoridad: “Manda incluso a los espíritus impuros ¡y le obedecen!”». Y «la novedad de Jesús es esta autoridad» afirmó el Papa. Porque «la gente estaba acostumbrada a los escribas, a los doctores de la ley: ellos hablaban y la gente pensaba en otra cosa, porque lo que decían no llegaba al corazón». Y así «hablaban de ideas, de doctrinas, también de la ley y decían la verdad: esto es cierto, hasta el punto de que Jesús dice a la gente: “escuchadles, haced lo que os dicen”». Por lo tanto, los doctores de la ley «decían la verdad, pero no llegaba al corazón, estaba todo calmado, tranquilo» remarcó el Papa, haciendo presente que «en cambio, la enseñanza de Jesús provoca estupor», el «movimiento en el corazón: “¿Pero qué sucede?”». Así, «la gente lo sigue, va detrás de Él porque entiende lo que dice aquel hombre y lo dice con autoridad». A este respecto, Francisco invitó a reflexionar bien sobre el concepto de autoridad. De hecho, precisó, «la autoridad no es: “yo mando, tú haces”. No, es otra cosa, es un don, es una coherencia». Y «Jesús recibió este don de la autoridad: dicen don, no sé si es justa la palabra, pero Él lo recibió». Así, «cuando, al final del Evangelio de Mateo, se lee el envío de los apóstoles en misión por el mundo, Él dice: se me ha dado cada autoridad, sobre el cielo y la tierra. Yo soy un hombre de autoridad. Id, pero con esta autoridad». Como diciendo: Id «con esta coherencia». «Es una autoridad divina, que viene de Dios» afirmó de nuevo el Papa. Por eso, «cuando los discípulos lo interrogan sobre la fecha del fin del mundo Él dice: “Ninguno lo sabe, ni siquiera el Hijo”. Es un tiempo que tiene el Padre en su autoridad». Y «esto es lo que Jesús tenía, como pastor y el pueblo hablaba de una “enseñanza nueva”, un modo de enseñar nuevo que asombraba, llegaba al corazón. No como los escribas». Jesús, repitió el Papa, «enseñaba con autoridad: era un pastor que enseñaba con autoridad». «¿Pero qué hacían los escribas?» se preguntó el Pontífice. «Ellos —respondió— enseñaban las cosas que habían aprendido: en la escuela rabínica, que era la Universidad de aquel tiempo, leyendo la Torá. Enseñaban la verdad. No enseñaban cosas malas: ¡absolutamente no! Enseñaban las cosas verdaderas de la ley»: pero no llegaban a la gente «porque ellos enseñaban precisamente desde la cátedra y no se interesaban por la gente». «Porque lo que da autoridad —una de las cosas que da la autoridad— es la cercanía y Jesús tenía autoridad porque se acercaba a la gente» subrayó Francisco. De este modo, «él “entendía” los problemas de la gente, entendía los dolores de la gente, entendía los pecados de la gente». Por ejemplo, explicó el Papa, Jesús «entendió bien que aquel paralítico en la piscina de Betsaida era un pecador» y «después de haberlo sanado, ¿qué le dijo? “No peques más”. Lo mismo dijo a la adúltera». El Señor podía decir estas palabras, continuó el Pontífice «porque era cercano, entendía, acogía, curaba y enseñaba con cercanía». Por lo tanto, «lo que a un pastor le da autoridad o despierta la autoridad que ha sido dada por el Padre es la cercanía: cercanía a Dios en la oración —un pastor que no reza, un pastor que no busca a Dios ha perdido parte— y la cercanía a la gente» Es un hecho, añadió, que «el pastor separado de la gente no llega a la gente con el mensaje». Por eso, insistió Francisco, es necesaria «cercanía, esta doble cercanía». Y «esta es la “unción” del pastor que se conmueve frente al don de Dios en la oración y se puede conmover frente a los pecados, el problema, las enfermedades de la gente: deja conmover al pastor». En cambio. «estos escribas, esta gente no se dejaba conmover: habían perdido esa capacidad, porque no eran cercanos y no eran cercanos ni a la gente ni a Dios» reafirmó el Papa. Y «cuando se pierde esta cercanía, ¿dónde termina el pastor? En la incoherencia de la vida». Jesús, señaló Francisco, «es claro en esto: “Haced lo que dicen” —dicen la verdad— “pero no lo que hacen”». Es la cuestión de la «doble vida». «Es feo ver pastores de doble vida: es una herida en la Iglesia», dijo el Papa. Es feo ver «a pastores enfermos, que han perdido la autoridad y avanzan en esta doble vida». Pero, añadió, «hay tantos modos de llevar adelante la doble vida y Jesús es muy fuerte con ellos: no solo dice a la gente que les escuchen, sino que no hagan lo que hacen. Pero a ellos, ¿qué les dice? “Vosotros sois sepulcros blanqueados”: hermosísimos en la doc- trina, por fuera; pero dentro, putrefacción». Y precisamente «este es el final del pastor que no tiene cercanía con Dios en la oración y con la gente en la compasión». Tal vez, afirmó el Papa, algún pastor podría re- conocer haber «perdido la cercanía» diciéndose a sí mismo: «no rezo; cuando celebro los sacramen- tos lo hago mecánicamente, como un papagayo; la gente me cansa; estoy disponible para la gente de tal hora a tal hora, pongo el cartel en la puer- ta; no soy cercano: ¿He perdido todo, padre?”». A este respecto, confió Francisco, «me viene al corazón una figura bíblica de un sacerdote que me produce ternura: pecador, pero da ternura». Es la historia «del viejo Elí, presentada en la lectura bíblica del primer libro de Samuel (1, 920). Elí «era un débil, había perdido la cercanía a Dios y a la gente y dejaba hacer», explicó Francisco, evidenciando que «los hijos maltrataban a la gente, eran sacerdotes, llevaban adelante las cosas y él les dejaba, pero estaba allí, siempre, no había dejado el templo». Un día, Elí vio a Ana rezar «y algo llamó la atención sobre aquella mujer y la miró», pensando que estuviera «ebria». De ahí, su invitación a ir a casa para pasar la embriaguez. Pero Ana, se lee en el pasaje del Antiguo testamento, reveló a Elí que no estaba bebida, sino sobre todo «amargada por esto, por esto, por esto». Responde, de hecho, Ana: «no consideres a tu esclava una mujer perversa, porque hasta ahora me ha hecho hablar del exceso de mi dolor y de mi angustia». Y precisamente «mientras ellas hablaba —señaló el Pontífice— él fue capaz de acercarse a aquel corazón: el fuego sacardotal salió de debajo de las cenizas de una vida mediocre, no buena, de pastor». Y entonces él respondió a la mujer: «Ve en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido». Por lo tanto, Elí, «que había perdido la cercanía con Dios y con la gente —continuó el Papa— por curiosidad se acercó a una mujer, pero después de escucharla se dio cuenta de que se había equivocado y salió de su corazón la bendición y la profecía». Y Francisco quiso reproponer la actualidad de la historia de Elí: «Yo diré a los pastores que han vivido la vida separados de Dios y del pueblo, de la gente: no perdáis la esperanza, siempre está la posibilidad». Tanto que a Elí «le fue suficiente mirar, acercarse a una mujer, escucharla y despertar la autoridad para bendecir y profetizar: esa profecía se hizo y el hijo vino a la mujer». «La autoridad —concluyó el Papa— es regalo de Dios, viene solo de Él y Jesús se la da a los suyos: autoridad al hablar que viene de la cercanía con Dios y con la gente, siempre ambas juntas; autoridad que es coherencia, no doble vida». Y «si un pastor pierde la autoridad, que al menos no pierda la esperanza, como Elí: hay siempre tiempo de acercarse y redespertar la autoridad y la profecía».

[close]

p. 15

página 16 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 12 de enero de 2018, número 2 En la audiencia general el Papa exhorta a los sacerdotes a no ir con prisa durante los momentos de silencio de la misa La liturgia es escuela de oración «Que la liturgia se convierta para todos nosotros en una verdadera escuela de oración»: con este deseo el Papa concluyó las reflexiones sobre la importancia del «Gloria» y de la oración colecta, en la Audiencia general del miércoles 10 de enero. Continuando en el Aula Pablo VI las catequesis sobre la misa, el Pontífice instó a los sacerdotes a no ir deprisa durante los momentos de silencio en las celebraciones. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En el recorrido de catequesis sobre la celebración eucarística hemos visto que el Acto penitencial nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos a Dios como somos realmente, conscientes de ser pecadores, en la esperanza de ser perdonados. Precisamente del encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina toma vida la gratitud expresada en el «Gloria», «un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al Cordero» (Ordenamiento General del Misal Romano, 53). La introducción de este himno —«Gloria a Dios en el cielo»— retoma el canto de los ángeles en el nacimiento de Jesús en Belén, alegre anuncio del abrazo entre cielo y tierra. Este canto también nos involucra reunidos en la oración: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor». Después del «Gloria», o cuando este no está, inmediatamente después del Acto penitencial, la oración toma forma particular en la oración denominada «colecta», por medio de la cual se expresa el carácter propio de la celebración, variable según los días y los tiempos del año (cf Ibíd., 54). Con la invita- ción «oremos», el sacerdote insta al pueblo a recogerse con él en un momento de silencio, con el fin de tomar conciencia de estar en presencia de Dios y hacer emerger, a cada uno en su corazón, las intenciones personales con las que participa en la misa (cf. Ibíd., 54). El sacerdote dice «oremos»; y después, viene un momento de silencio y cada uno piensa en las cosas que necesita, que quiere pedir en la oración. El silencio no se reduce a la ausencia de palabras, sino a la disposición a escuchar otras voces: la de nuestro corazón y, sobre todo, la voz del Espíritu Santo. En la liturgia, la naturaleza del sagrado silencio depende del momento en el que tiene lugar: «Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la comunión, alaban a Dios en su corazón y oran» (Ibíd., 45). Por lo tanto, antes de la oración inicial, el silencio ayuda a recogerse en nosotros mismos y a pensar en por qué estamos allí. He ahí entonces la importancia de escuchar nuestro ánimo para abrirlo después al Señor. Tal vez venimos de días de cansancio, de alegría, de dolor, y queremos decírselo al Señor, invocar su ayuda, pedir que nos esté cercano; tenemos amigos o familiares enfermos o que atraviesan pruebas difíciles; deseamos confiar a Dios el destino de la Iglesia y del mundo. Y para esto sirve el breve silencio antes de que el sacerdote, recogiendo las intenciones de cada uno, exprese en voz alta a Dios, en nombre de todos, la oración común que concluye los ritos de introducción haciendo de hecho «la colecta» de las intenciones. Recomiendo vivamente a los sacerdotes observar este momento de silencio y no ir deprisa: «ore- mos» y que se haga el silencio. Recomiendo esto a los sacerdotes. Sin este silencio, corremos el riesgo de descuidar el recogimiento del alma. El sacerdote recita esta súplica, esta oración de colecta, con los brazos extendidos y la actitud del orante, asumida por los cristianos desde el final de los primeros siglos —como dan testimonio los frescos de las catacumbas romanas— para imitar al Cristo con los brazos abiertos sobre la madera de la cruz. Y allí, Cristo es el Orante y es también la oración. En el crucifijo reconocemos al Sacerdote que ofrece a Dios la oración que desea, es decir, la obediencia filial. En el Rito Romano, las oraciones son concisas pero ricas de significado: se pueden hacer tantas meditaciones hermosas sobre estas oraciones. ¡Muy hermosas! Volver a meditar los textos, incluso fuera de la misa puede ayudarnos a aprender cómo dirigirnos a Dios, qué pedir, qué palabras usar. Que la liturgia pueda convertirse para todos nosotros en una verdadera escuela de oración. Al finalizar la catequesis, el Pontífice saludó a los diferentes grupos de fieles presentes subrayando que «los textos de las oraciones, también fuera de la misa» pueden ayudar «a aprender cómo dirigirse a Dios, qué pedir, qué palabras usar». Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina. Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que la Santa Misa sea de verdad una auténtica escuela de oración, en la que aprendamos a dirigirnos a Dios en cualquier momento de nuestra vida. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

[close]

Comments

no comments yet