Osservatore Romano 2547

 

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO Año XLIX, número 52 (2.547) EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano 29 de diciembre de 2017 Sin Jesús no hay Navidad

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 29 de diciembre de 2017, número 52 El Ángelus de san Esteban El precio de la fidelidad al Evangelio «A María elevamos con confianza nuestra oración, para que nos ayude a acoger a Jesús como Señor de nuestra vida y a convertirnos en sus valientes testigos, preparados para pagar en persona el precio de la fidelidad al Evangelio»: lo dijo el Papa en el Ángelus recitado con los veinte mil fieles presentes en la plaza de San Pedro el martes 26 de diciembre, por la mañana, fiesta de san Esteban, primer mártir. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Después de haber celebrado el nacimiento de Jesús, hoy celebramos el nacimiento de san Esteban, el primer mártir. Incluso si a primera vista podría parecer que entre los dos aniversarios no hay un vínculo, en realidad sí lo hay y es un vínculo muy fuerte. Ayer, en la liturgia de Navidad escuchamos proclamar «y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Juan 1, 14). San Esteban puso en crisis a los jefes de su pueblo, porque estaba «lleno de fe y de Espíritu Santo» (Hechos 6, 5), creía firmemente y profesaba la nueva presencia de Dios entre los hombres; sabía que el verdadero templo de Dios es, de hecho, Jesús, Verbo eterno llegado para habitar entre nosotros, hecho en todo como nosotros, excepto en el pecado. Pero san Esteban es acusado de predicar la destrucción del templo de Jerusalén. La acusación que hacen contra él es ha- ber afirmado que «Jesús, ese Nazoreo, destruiría este lugar y cambiaría las costumbres que Moisés nos ha transmitido» (Hechos 6, 14). En efecto, el mensaje de Jesús es incómodo y nos incomoda, porque desafía el poder religioso mundano y provoca las conciencias. Después de su venida, es necesario convertirse, cambiar la mentalidad, renunciar a pensar como antes, cambiar, convertirse. Esteban quedó anclado al mensaje de Jesús hasta su muerte. Sus últimas oraciones: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» y «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hechos 7, 59-60), estas dos oraciones son eco fiel de las pronunciadas por Jesús en la cruz: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lucas 23, 46) y «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (v. 34). Esas palabras de Esteban fueron posibles solamente porque el Hijo de Dios vino sobre la tierra y murió y resucitó por nosotros; antes de estos eventos eran expresiones humanamente impensables. Esteban suplica a Jesús acoger su espíritu. Cristo resucitado, de hecho, es el Señor y es el único mediador entre Dios y los hombres, no solamente en la hora de nuestra muerte, sino también en cada instante de la vida: sin Él no podemos hacer nada (cf. Juan 15, 5). Por lo tanto, también nosotros, frente al Niño Jesús en el pesebre, podemos rezar así: «Señor, Jesús, te confiamos nuestro espíritu, acógelo», para que nuestra existencia sea realmente una vida buena según el Evangelio. Jesús es nuestro mediador y nos reconcilia no solamente con el Padre, sino también entre nosotros. Él es la fuente de amor, que nos abre a la comunión con los hermanos, a amarnos entre nosotros, eliminando cada conflicto y resentimiento. Sabemos que los resentimientos son algo feo, hacen tanto daño ¡y nos hacen tanto daño! Y Jesús elimina todo esto y hace que nos amemos. Este es el milagro de Jesús. Pidamos a Jesús, nacido por nosotros, que nos ayude a asumir este doble comportamiento de confianza en el Padre y de amor por el prójimo; es un comportamiento que transforma la vida y la hace más hermosa, más fructuosa. A María, Madre del Redentor y Reina de los mártires, elevamos con confianza nuestra oración, para que nos ayude a acoger a Jesús como Señor de nuestra vida y a convertirnos en sus valientes testigos, preparados para pagar en persona el precio de la fidelidad al Evangelio. Trabajo seguro y digno para todos E l trabajo, la familia, las habladurías y el perdón: fueron las cuatro palabras remarcadas por el Papa Francisco en el discurso improvisado que pronunció el jueves 21, por la mañana, durante el encuentro en el Aula Pablo VI para el intercambio de felicitaciones navideñas con los trabajadores de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano y sus familiares. Después de haber agradecido a los presentes por el trabajo llevado a cabo, el Pontífice hizo referencia al dramático problema de la precariedad, repitiendo que no quiere trabajo en negro en el Vaticano y que no hay que dejar a nadie desocupado. Porque solo una ocupación segura garantiza dignidad y satisfacción personal. Por lo que respecta a la familia, Francisco señaló a aquellas en crisis y las consecuencias que eso conlleva, sobre todo para los niños. A ese propósito pidió a quien se encuentra en dificultades dejarse ayudar también a nivel pastoral y no involucrar a los hijos en las discusiones. En cuanto a las habladurías, el Papa relanzó la frase que le había dicho un empleado, para quien si en el Vaticano no se chismorrea, uno se queda aislado. Y dado que es algo serio, profundo, hasta el punto de que un chismoso es como un terrorista, Francisco sugirió también cómo evitar la tentación: mordiéndose la lengua. Finalmente, el Pontífice afrontó el tema del perdón porque no siempre se ofrece un buen ejemplo. Una cuestión que es particularmente perjudicial cuando implica al clero: hay errores, pecados, injusticias cometidas por los clérigos, por lo que Francisco pidió perdón. Al finalizar la oración mariana, el Pontífice saludó a los participantes de la peregrinación nacional ucraniana y dio las gracias por los mensajes de felicitación recibidos durante las fiestas. Queridos hermanos y hermanas: En el clima de alegría cristiana que emana de la Natividad de Jesús, os saludo y os agradezco por vuestra presencia. A todos vosotros, llegados de Italia y de diversas naciones, renuevo el deseo de paz y de serenidad: que estos sean, para vosotros y para vuestros familiares, días en los que disfrutar de la belleza de estar juntos sintiendo que Jesús está en medio de nosotros. Un saludo particular a los fieles de la peregrinación nacional ucraniana: os bendigo a todos vosotros y a vuestro país. En estas semanas he recibido tantos mensajes de felicitación. No siéndome posible responder a todos, expreso a todos mi sentido agradecimiento, especialmente por el don de la oración. ¡Gracias de corazón! ¡Que el Señor os recompense con su generosidad! ¡Buena fiesta! Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto. L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va www.osservatoreromano.va GIOVANNI MARIA VIAN director TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE L’OSSERVATORE ROMANO Giuseppe Fiorentino don Sergio Pellini S.D.B. director general subdirector Silvina Pérez Servicio fotográfico photo@ossrom.va jefe de la edición Publicidad: Il Sole 24 Ore S.p.A. Redacción System Comunicazione Pubblicitaria via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano Via Monte Rosa 91, 20149 Milano teléfono 39 06 698 99410 segreteriadirezionesystem@ilsole24ore.com Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 2652 99 55, fax + 52 55 5518 75 32; e-mail: suscripciones@semanariovaticano.mx. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

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número 52, viernes 29 de diciembre de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 Mensaje a la ciudad y al mundo Para reconocer a Jesús en cada niño «Mientras el mundo se ve azotado por vientos de guerra y un modelo de desarrollo ya caduco sigue provocando degradación humana, social y ambiental, la Navidad nos invita a recordar la señal del Niño y a que lo reconozcamos en los rostros de los niños». Lo auspició el Papa en el mensaje navideño a la ciudad y al mundo. A mediodía del lunes 25 de diciembre, el Pontífice se asomó a la Logia de la Bendición de la basílica vaticana —después de que el cardenal arcipreste Angelo Comastri presidiera en el altar de la Cátedra— para dirigir su mensaje a los cincuentamil fieles presentes en la plaza San Pedro y a los que escuchaban a través de la radio, la televisión y los nuevos medios. Queridos hermanos y hermanas, feliz Navidad. Jesús nació de María Virgen en Belén. No nació por voluntad humana, sino por el don de amor de Dios Padre, que «tanto amó al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Este acontecimiento se renueva hoy en la Iglesia, peregrina en el tiempo: en la liturgia de la Navidad, la fe del pueblo cristiano revive el misterio de Dios que viene, que toma nuestra carne mortal, que se hace pequeño y pobre para salvarnos. Y esto nos llena de emoción, porque la ternura de nuestro Padre es inmensa. Los primeros que vieron la humilde gloria del Salvador, después de María y José, fueron este día de fiesta, invoquemos al Señor pidiendo la paz para Jerusalén y para toda la Tierra Santa; recemos para que entre las partes implicadas prevalezca la voluntad de reanudar el diálogo y se pueda finalmente alcanzar una solución negociada, que permita la coexistencia pacífica de dos Estados dentro de unas fronteras acordadas entre ellos y reconocidas a nivel internacional. Que el Señor sostenga también el esfuerzo de todos aquellos miembros de la Comunidad internacional que, movidos de buena voluntad, desean ayudar a esa tierra martirizada a encontrar, a pesar de los graves obstáculos, la armonía, la justicia y la seguridad que anhelan desde hace tanto tiempo. Vemos a Jesús en los rostros de fianza mutua por el bien de todo el mundo. Confiamos Venezuela al Niño Jesús para que se pueda retomar un diálogo sereno entre los diversos componentes sociales por el bien de todo el querido pueblo venezolano. Vemos a Jesús en los niños que, junto con sus familias, sufren la violencia del conflicto en Ucrania, y sus graves repercusiones humanitarias, y recemos para que, cuanto antes, el Señor conceda la paz a ese querido país. Vemos a Jesús en los niños cuyos padres no tienen trabajo y con gran esfuerzo intentan ofrecer a sus hijos un futuro seguro y pacífico. Y en aquellos cuya infancia fue robada, obligados a trabajar desde una edad temprana o alistados como soldados mercenarios sin escrúpulos. Vemos a Jesús en tantos niños obligados a abandonar sus países, a viajar solos en condiciones inhumanas, siendo fácil presa para los traficantes de personas. En sus ojos vemos el drama de tantos emigrantes forzosos que arriesgan incluso sus vidas para emprender viajes agotadores que muchas veces terminan en una tragedia. Veo a Jesús en los niños que he encontrado durante mi último viaje a Myanmar y Bangladesh, y espero que la comunidad internacional no deje de trabajar los pastores de Belén. Reconocieron la señal que los ángeles les habían dado y adoraron al Niño. Esos hombres humildes pero vigilantes son un ejemplo para los creyentes de todos los tiempos, los cuales, frente al misterio de Jesús, no se escandalizan por su pobreza, sino que, como María, confían en la palabra de Dios y contemplan su gloria con mirada sencilla. Ante el misterio del Verbo hecho carne, los cristianos de todas partes confiesan, con las palabras del evangelista Juan: «Hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (1, 14). Por esta razón, mientras el mundo se ve azotado por vientos de guerra y un modelo de desarrollo ya caduco sigue provocando degradación humana, social y ambiental, la Navidad nos invita a recordar la señal del Niño y a que lo reconozcamos en los rostros de los niños, especialmente de aquellos para los que, como Jesús, «no hay sitio en la posada» (Lc 2, 7). Vemos a Jesús en los niños de Oriente Medio, que siguen sufriendo por el aumento de las tensiones entre israelíes y palestinos. En los niños sirios, marcados aún por la guerra que ha ensangrentado ese país en estos años. Que la amada Siria pueda finalmente volver a encontrar el respeto por la dignidad de cada persona, mediante el compromiso unánime de reconstruir el tejido social con independencia de la etnia o religión a la que se pertenezca. Vemos a Jesús en los niños de Irak, que todavía sigue herido y dividido por las hostilidades que lo han golpeado en los últimos quince años, y en los niños de Yemen, donde existe un conflicto en gran parte olvidado, con graves consecuencias humanitarias para la población que padece el hambre y la propagación de enfermedades. Vemos a Jesús en los niños de África, especialmente en los que sufren en Sudán del Sur, en Somalia, en Burundi, en la República Democrática del Congo, en la República Centroafricana y en Nigeria. Vemos a Jesús en todos los niños de aquellas zonas del mundo donde la paz y la seguridad se ven amenazadas por el peligro de las tensiones y de los nuevos conflictos. Recemos para que en la península coreana se superen los antagonismos y aumente la con- para que se tutele adecuadamente la dignidad de las minorías que habitan en la Región. Jesús conoce bien el dolor de no ser acogido y la dificultad de no tener un lugar donde reclinar la cabeza. Que nuestros corazones no estén cerrados como las casas de Belén. Queridos hermanos y hermanas: También a nosotros se nos ha dado una señal de Navidad: «Un niño envuelto en pañales…» (Lc 2,12). Como la Virgen María y san José, y los pastores de Belén, acojamos en el Niño Jesús el amor de Dios hecho hombre por nosotros, y esforcémonos, con su gracia, para hacer que nuestro mundo sea más humano, más digno de los niños de hoy y de mañana. A vosotros queridos hermanos y hermanas, llegados a esta plaza de todas las partes del mundo, y a cuantos os unís desde diversos países por medio de la radio, la televisión y otros medios de comunicación, os dirijo mi cordial felicitación. Que el nacimiento de Cristo Salvador renueve los corazones, suscite el deseo de construir un futuro más fraterno y solidario, y traiga a todos alegría y esperanza. Feliz Navidad.

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número 52, viernes 29 de diciembre de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO páginas 4/5 El Papa recuerda que la misión de la Curia romana debe estar en comunión con el sucesor de Pedro que es «siervo de los siervos de Dios» «Este año quiero compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la realidad de la Curia ad extra, es decir, sobre la relación de la Curia con las naciones, con las Iglesias particulares, con las Iglesias orientales, con el diálogo ecuménico, con el Judaísmo, con el Islam y las demás religiones»: lo dijo el Papa introduciendo el discurso pronunciado el jueves por la mañana, 21 de diciembre, en la sala Clementina durante el tradicional intercambio de felicitaciones navideñas con los cardenales y los superiores de los dicasterios, de las oficinas y de los otros organismos de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano. Queridos hermanos y hermanas: La Navidad es la fiesta de la fe en el Hijo de Dios que se hizo hombre para devolverle al hombre la dignidad filial que había perdido por culpa del pecado y la desobediencia. La Navidad es la fiesta de la fe en los corazones que se convierten en un pesebre para recibirlo, en las almas que dejan que del tronco de su pobreza Dios haga germinar el brote de la esperanza, de la caridad y de la fe. Hoy tenemos una nueva ocasión para intercambiarnos nuestra felicitación navideña y también para desearos a todos, a vuestros colaboradores, a los Representantes pontificios, a todas las personas que prestan servicio en la Curia y a vuestros seres queridos una santa y alegre Navidad y un feliz Año Nuevo. Que esta Navidad nos haga abrir los ojos y abandonar lo que es superfluo, lo falso, la malicia y lo engañoso, para ver lo que es esencial, lo verdadero, lo bueno y auténtico. Muchas felicidades, de verdad. Queridos hermanos: Después de haber hablado en otras ocasiones sobre la Curia romana ad intra, este año quiero compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la realidad de la Curia ad extra, es decir, sobre la relación de la Curia con las naciones, con las Iglesias particulares, con las Iglesias orientales, con el diálogo ecuménico, con el Judaísmo, con el Islam y las demás religiones, es decir, con el mundo exterior. Mis reflexiones se apoyan ciertamente sobre los principios básicos y canónicos de la Curia, sobre la misma historia de la Curia, pero también sobre la visión personal que he procurado compartir con vosotros en los discursos de los últimos años, en el contexto de la reforma que se está realizando. Con respecto a la reforma me viene a la mente la simpática y significativa expresión de Mons. Frédéric-François-Xavier De Mérode: «Hacer la reforma en Roma es como limpiar la Esfinge de Egipto con un cepillo de dientes»1. Se pone de manifiesto cuánta paciencia, dedicación y delicadeza se necesitan para alcanzar ese objetivo, ya que la Curia es una institución antigua, compleja, venerable, compuesta de hombres que provienen de muy distintas culturas, lenguas y construcciones mentales y que, de una manera estructural y desde siempre, está ligada a la función primacial del Obispo de Roma en la Iglesia, esto es, al oficio «sacro» querido por el mismo Cristo Señor en bien del cuerpo de la Iglesia en su conjunto (ad bonum totius corporis)2. Así pues, la universalidad del servicio de la Curia proviene y brota de la catolicidad del Ministerio petrino. Una Curia encerrada en sí misma traicionaría el objetivo de su existencia y caería en la autorreferencialidad, que la condenaría a la autodestrucción. La Curia, ex natura, está proyectada ad extra en cuanto y mientras está ligada al Ministerio petrino, al servicio de la Palabra y del anuncio de la Buena Noticia: el Dios Enma- nuel, que nace entre los hombres, que se hace hombre para mostrar a todos los hombres su entrañable cercanía, su amor sin límites y su deseo divino de que todos los hombres se salven y lleguen a gozar de la bienaventuranza celestial (cf. 1 Tm 2, 4); el Dios que hace salir su sol sobre buenos y malos (cf. Mt 5, 45); el Dios que no ha venido para que le sirvan sino para servir (cf. Mt 20, 28); el Dios que ha constituido a la Iglesia para que esté en el mundo, pero no del mundo, y para ser instrumento de salvación y de servicio. Cuando saludé recientemente a los Padres y Jefes de las Iglesias Católicas orientales3, y pensando precisamente sobre esta finalidad ministerial, petrina y curial, es decir, de servicio, utilicé la expresión de un «primado diaconal», remitiendo inmediatamente a la amada imagen de san Gregorio Magno del Servus servorum Dei. Esta definición, en su dimensión cristológica, es sobre todo expresión de la firme voluntad de imitar a Cristo, quien asumió la forma de siervo (cf. Flp 2, 7). Benedicto XVI, cuando habló de ello, dijo que esta frase en los labios de Gregorio no era «una fórmula piadosa, sino la verdadera manifestación de su modo de vivir y actuar. Estaba profundamente impresionado por la humildad de Dios, que en Cristo se hizo nuestro servidor, nos lavó y nos lava los pies sucios»4. Esa misma actitud diaconal ha de caracterizar también a todos los que, de varias maneras, trabajan en el ámbito de la Curia romana, que, como recuerda el Código de Derecho Canónico, actuando en nombre y con la autoridad del Sumo Pontífice, «realiza su función […] para el bien y servicio de las Iglesias» (can. 360; cf. CCEO can. 46). Primado diaconal «con relación al Papa»5 e igualmente diaconal, por consiguiente, es el trabajo que se realiza dentro de la Curia romana ad intra y hacia el exterior ad extra. Este tema de la diaconía ministerial y curial, me lleva a un antiguo texto presente en la Didascalia Apostolorum donde se afirma: el «diácono sea el oído y la boca del Obispo, su corazón y alma»6, puesto que la comunión, la armonía y la paz en la Iglesia está unida a esta concordia, ya que el diácono es el custodio del servicio en la Iglesia.7 Pienso que no es casualidad que el oído sea el órgano para oír sino también para el equilibrio; y la boca el órgano para saborear y para hablar. Otro texto antiguo añade que los diáconos están llamados a ser como los ojos del Obispo8. El ojo mira para transmitir las imágenes a la mente, ayudándola a tomar las decisiones y a dirigir bien a todo el cuerpo. De estas imágenes se puede sacar la relación de comunión de filial obediencia para el servicio al pueblo santo de Dios. No hay duda, pues, que esta es la que existe también entre todos los que trabajan en la Curia romana, desde los Jefes de Dicasterio y Superiores, a los oficiales y a todos. La comunión Implicar al corazón, con Pedro refuerza y da nuevo vigor a la comunión entre todos los miembros. Desde este punto de vista, el recurso a la imagen de los sentidos del organismo humano nos ayuda a tener el sentido de la extroversión, de la atención hacia lo que está fuera. En el organismo humano, de hecho, los sentidos son nuestro primer contacto con el mundo ad extra, son como un puente hacia él; son nuestra posibilidad de relacionarnos. Los sentidos nos ayudan a captar la realidad e igualmente a colocarnos en la realidad. Por eso san Ignacio de Loyola recurría a los sentidos para contemplar los Misterios de Cristo y de la verdad9. Esto es muy importante si se quiere superar la desequilibrada y degenerada lógica de las intrigas o de los pequeños grupos que en realidad representan —a pesar de sus justificaciones y buenas intenciones— un cáncer que lleva a la autorreferencialidad, que se infiltra también en los organismos eclesiásticos en cuanto tales y, en particular, en las personas que trabajan en ellos. Cuando sucede esto, entonces se pierde la alegría del Evangelio, la alegría de comunicar a Cristo y de estar en comunión con él; se pierde la generosidad de nuestra consagración (cf. Hch 20, 35 y 2 Co 9, 7). Permitidme que diga dos palabras sobre otro peligro, que es el de los traidores de la confianza o los que se aprovechan de la maternidad de la Iglesia, es decir de las personas que han sido seleccionadas con cuidado para dar mayor vigor al cuerpo y a la reforma, pero —al no comprender la importancia de sus responsabilidades— se dejan corromper por la ambición o la vanagloria, y cuando son delicadamente apartadas se auto-declaran equivocadamente mártires del sistema, del «Papa desinformado», de la «vieja guardia»…, en vez de entonar el «mea culpa». Junto a estas personas hay otras que siguen trabajando en la Curia, a las que se les da el tiempo para retomar el justo camino, con la esperanza de que encuentren en la paciencia de la Iglesia una ocasión para convertirse y no para aprovecharse. Esto ciertamente sin olvidar la inmensa mayoría de personas fieles que allí trabajan con admirable compromiso, fidelidad, competencia, dedicación y también con tanta santidad. Parece oportuno, entonces, volviendo a la imagen del cuerpo, poner de relieve que estos «sentidos institucionales», a los que podemos comparar en cierto modo los Dicasterios de la Curia romana, deben trabajar de manera conforme a su naturaleza y finalidad: en el nombre y con la autoridad del Sumo Pontífice y siempre por el bien y al servicio de las Iglesias10. Ellos están llamados a ser en la Iglesia como unas fieles antenas sensibles: emisoras y receptoras. Antenas emisoras en cuanto habilitadas para transmitir fielmente la voluntad del Papa y de los Superiores. La palabra «fidelidad»11, para todos los que trabajan en la Santa Sede, «adquiere un carácter particular, desde el momento que ellos ponen al servicio del Sucesor de Pedro buena parte de sus propias energías, su tiempo y su ministerio cotidiano. Se trata de una grave responsabilidad, pero también de un don especial, que con el tiempo va desarrollando un vínculo afectivo con el Papa, de confianza interior, un idem sentire natural, que se expresa justamente con la palabra “fidelidad”»12. La imagen de la antena remite también a otro movimiento, este contrario, es decir el del receptor. Se trata de percibir las instancias, las cuestiones, las preguntas, los gritos, las alegrías y las lágrimas de las Iglesias y del mundo para transmitirlas al Obispo de Roma y permitirle que pueda llevar a cabo con más eficacia su tarea y su misión de «principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión»13. Con semejante receptividad, que es más importante que el aspecto preceptivo, los Dicasterios de la Curia romana entran generosamente en ese proceso de escucha y de sinodalidad del que ya he hablado14. Queridos hermanos y hermanas: He recurrido a la expresión «primado diaconal», a la imagen del cuerpo, de los sentidos y de la antena para explicar la necesidad más bien indispensable, de practicar el discernimiento de los signos de los tiempos15, la comunión en el servicio, la caridad en la verdad, la docilidad al Espíritu y la obediencia confiada a los superiores, precisamente para alcanzar los espacios donde el Espíritu habla a las Iglesias (es al alma, al espíritu decir, la historia) y para conseguir el objetivo de trabajar (por la salus animarum). Quizá sea útil recordar aquí que los mismos nombres de los diversos Dicasterios y de las Oficinas de la Curia romana dan a entender cuáles son las realidades a favor de las cuales deben trabajar. Es decir, se trata de acciones fundamentales e importantes para toda la Iglesia y diría que para todo el mundo. Al tener la Curia una tarea realmente muy amplia, me limitaré en esta ocasión a hablar genéricamente de la Curia ad extra, es decir, de algunos aspectos fundamentales, seleccionados, a partir de los cuales será fácil, en un futuro sacar del pasado las lecciones necesarias que nos ayudan a vivir mejor el presente, a construir sólidamente el futuro y salvaguardarlo para las nuevas generaciones. Los encuentros con los Jefes de las naciones y con las diversas delegaciones, junto a los Viajes apostólicos tienen el mismo sentido y objetivo. Por eso se creó la Tercera Sección de la Secretaría de Estado, con la finalidad de manifestar la atención y la cercanía del Papa y de los superiores de la Secretaría de Estado al personal diplomático y también a los religiosos y a las religiosas, a los laicos y a las laicas que prestan trabajo en las Representaciones Pontificias. Una Sección que se ocupa de las cuestiones relativas a las personas que trabajan en el servicio diplomático de la Santa Sede, o que se preparan para ello, en estrecha colaboración con la Sección de Asuntos Generales y con la Sección para las Relaciones con los Estados16. Esta particular atención se basa en la doble dimensión del servicio del personal diplomático: pastores y diplomáticos, al servicio de las Iglesias particulares y de las naciones donde trabajan. próximo, enumerar y profundizar los otros campos de actuación de la Curia. La Curia y la relación con las Naciones En este sector juega un papel fundamental la Diplomacia Vaticana que busca sincera y constantemente el que la Santa Sede sea un constructor de puentes, de paz y de diálogo entre las naciones. Y siendo una Diplomacia al servicio de la humanidad y del hombre, de mano tendida y de puerta abierta, se compromete a escuchar, a comprender, a ayudar, a plantear y a intervenir rápida y respetuosamente en cualquier situación para acortar distancias y para entablar confianza. El único interés de la Diplomacia Vaticana es estar libre de cualquier interés mundano o material. La Santa Sede está presente en la escena mundial para colaborar con todas las personas y las naciones de buena voluntad y para repetir constantemente la importancia de proteger nuestra casa común frente a cualquier egoísmo destructivo; para afirmar que las guerras traen sólo muerte y destrucción; para La Curia y las Iglesias particulares La relación que une la Curia a las diócesis y a las eparquías es de máxima importancia. Estas encuentran en la Curia romana el apoyo y el soporte necesario. Es una relación que se basa en la colaboración, la confianza y nunca en la superioridad o el contraste. La fuente de esta relación está en el Decreto conciliar sobre el ministerio pastoral de los Obispos, en el que se explica más ampliamente que el trabajo de la Curia es «para bien de las Iglesias y al servicio de los sagrados Pastores»17. El punto de referencia de la Curia romana, de hecho, no es sólo el Obispo de Roma, del que le viene la autoridad, sino también las Iglesias particulares y sus Pastores en todo el mundo, para cuyo bien obra y actúa. A esta característica de «servicio al Papa y a los obispos, a la Iglesia universal y a las Iglesias particulares» y al mundo entero, hice referencia en el primero de nuestros encuentros anuales, cuando subrayé que «en la Curia romana se aprende, “se respira” de un modo especial esta doble dimensión de la Iglesia, esta compenetración entre lo universal y lo particular; y me parece que ésta es una de las más bellas experiencias de quien vive y trabaja en Roma»18. Las visitas ad limina Apostolorum, en este sentido, representan una gran oportunidad de encuentro, diálogo y enriquecimiento mutuo. Por eso, en el encuentro con los obispos, he preferido tener un diálogo de escucha mutua, libre, reservado, sincero que va más allá de los esquemas protocolarios y el habitual intercambio de discursos y recomendaciones. También es importante el diálogo entre los Obispos y los distintos Dicasterios. Al retomar este año las visitas ad limina, después del año jubilar, los obispos me han confiado que han sido bien acogidos y escuchados por todos los Dicasterios. Esto me alegra mucho, y agradezco a los Jefes de los Dicasterios que están aquí presentes. Permítanme también aquí, en este momento singular de la vida de la Iglesia, llamar vuestra atención sobre la próxima XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, convocada bajo el tema: «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Llamar a la Curia, a los Obispos y a toda la Iglesia a que presten una especial atención a los jóvenes, no quiere decir mirar sólo a ellos, sino también dirigir la mirada a un tema crucial para un gran número de relaciones y de urgencias: las relaciones intergeneracionales, la familia, los ámbitos de la pastoral, la vida social... Lo anuncia claramente el Documento preparatorio en su introducción: «La Iglesia ha decidido interrogarse sobre cómo acompañar a los jóvenes para que reconozcan y acojan la llamada al amor y a la vida en plenitud, y también pedir a los mismos jóvenes que la ayuden a identificar las modalidades más eficaces de hoy para anunciar la Buena Noticia. A través de los jóvenes, la Iglesia podrá percibir la voz del Señor que resuena también hoy. Como en otro tiempo Samuel (cf. 1 S 3,1-21) y Jeremías (cf. Jr 1,4-10), hay jóvenes que saben distinguir los signos de nuestro tiempo que el Espíritu señala. Escuchando sus aspiraciones podemos entrever el mundo del mañana que se aproxima y las vías que la Iglesia está llamada a recorrer»19. La Curia y las Iglesias orientales La unidad y la comunión que existe en la relación entre la Iglesia de Roma y las Iglesias orientales representa un ejemplo concreto de riqueza en la diversidad para toda la Iglesia. Ellas, en la fidelidad a sus propias tradiciones de dos mil años y en la comunión eclesial experimentan y realizan la oración sacerdotal de Cristo (cf. Jn 17)20. En este sentido, en el último encuentro con los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias orientales, hablando del «primado diaconal», señalé también la importancia de profundizar y revisar la delicada cuestión de la elección de los nuevos obispos y eparcas que debe corresponder, por una parte, a la autonomía de las Iglesias orientales y, al mismo tiempo, al espíritu de responsabilidad evangélica y al deseo de reforzar cada vez más la unidad con la Iglesia Católica. «El todo, en la más convencida aplicación de la auténtica praxis sinodal, que es característica de las Iglesias de Oriente»21. La elección de cada obispo debe reflejar y reforzar la unidad y la comunión entre el Sucesor de Pedro y todo el colegio episcopal22. La relación entre Roma y Oriente es de mutuo enriquecimiento espiritual y litúrgico. En realidad, la Iglesia de Roma no sería realmente católica sin las inestimables riquezas de las Iglesias orientales y sin el testimonio heroico de tantos hermanos y hermanas nuestros orientales que purifican la Iglesia aceptando el martirio y ofreciendo su vida para no negar a Cristo23. La Curia y el diálogo ecuménico Nos quedan todavía los ámbitos en los que la Iglesia Católica está particularmente comprometida, especialmente después del Concilio Vaticano II. Entre estos, la unidad entre los cristianos que «es una exigencia esencial de nuestra fe, una exigencia que brota desde lo íntimo de nuestro ser creyentes en Jesucristo»24. Se trata de un verdadero «camino», pero, como muchas veces han repetido también mis Predecesores, es un camino irreversible y sin vuelta atrás. «La unidad se hace caminando, para recordar que cuando caminamos juntos, es decir, cuando nos encontramos como hermanos, rezamos juntos, trabajamos juntos en el anuncio del Evangelio y en el servicio a los últimos, ya estamos unidos. Todas las diferencias teológicas y eclesiológicas que todavía dividen a los cristianos serán superadas sólo por esta vía, sin que nosotros sepamos cómo y cuándo, pero esto sucederá según lo que el Espíritu Santo quiera sugerir para el bien de la Iglesia»25. La Curia trabaja en este campo para favorecer el encuentro con el hermano, para deshacer los nudos de las incomprensiones y las hostilidades, y para combatir los prejuicios y el miedo del otro, que han impedido ver la riqueza de y en la diversidad y la profundidad del misterio de Cristo y de la Iglesia que permanece siempre más grande que cualquier expresión humana. Los encuentros mantenidos con los Papas, los Patriarcas y los Jefes de las diversas Iglesias y Comunidades siempre me han llenado de alegría y gratitud. La Curia y el Judaísmo, el Islam y las otras religiones La relación de la Curia Romana con las otras religiones se basa en la enseñanza del Concilio Vaticano II y en la necesidad del diálogo. «Porque la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro»26. El diálogo está construido sobre tres orientaciones fundamentales: «El deber de la identidad, porque no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro. La valentía de la alteridad, porque al que es diferente, cultural o religiosamente, no se le ve ni se le trata como a un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, con la genuina convicción de que el bien de cada uno se encuentra en el bien de todos. La sinceridad de las intenciones, porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en cooperación»27. Los encuentros con las autoridades religiosas en varios viajes apostólicos y los encuentros en el Vaticano, son verdadera prueba de ello. Estos son sólo algunos aspectos, im- SIGUE EN LA PÁGINA 6

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página 6 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 29 de diciembre de 2017, número 52 Implicar al corazón, al alma, al espíritu VIENE DE LA PÁGINA 4 portantes pero no exclusivos, del trabajo de la Curia ad extra. Hoy he elegido estos aspectos, vinculados al tema del «primado diaconal», los «sentidos institucionales» y «fieles antenas emisoras y receptoras». Queridos hermanos: Comencé este nuestro encuentro hablando de la Navidad como la fiesta de la fe, ahora quisiera concluirlo evidenciando que la Navidad nos recuerda que una fe que no nos pone en crisis es una fe en crisis; una fe que no nos hace crecer es una fe que debe crecer; una fe que no nos interroga es una fe sobre la cual debemos preguntarnos; una fe que no nos anima es una fe que debe estar animada; una fe que no nos conmueve es una fe que debe ser sacudida. En realidad, una fe solamente intelectual o tibia es sólo una propuesta de fe que para llegar a realizarse tendría que implicar al corazón, al alma, al espíritu y a todo nuestro ser, cuando se deje que Dios nazca y renazca en el pesebre del corazón, cuando permitimos que la estrella de Belén nos guíe hacia el lugar donde yace el Hijo de Dios, no entre los reyes y el lujo, sino entre los pobres y los humildes. Ángel Silesio, en su Peregrino querúbico, escribió: «Depende sólo de ti: Ah si pudiera tu corazón ser un pesebre, Dios nacería niño de nuevo en la tierra»28. Con estas reflexiones renuevo mis más fervientes deseos de Feliz Navidad para vosotros y vuestros seres queridos. Gracias. Quisiera, como regalo de Navidad, dejaros esta versión italiana de la obra del beato Padre María Eugenio del Niño Jesús, Je veux voir Dieu: Quiero ver a Dios. Es una obra de teología espiritual; nos hará bien a todos. Quizás se puede leer no de seguido, sino buscando en el índice el punto que más interesa o que más necesito. Espero que nos aproveche a todos. Y, además, el Cardenal Piacenza ha sido tan generoso que, con el trabajo de la Penitenciaría, y junto con Mons. Nykiel, ha realizado este libro: La fiesta del perdón, como fruto del Jubileo de la Misericordia; y ha querido también regalarlo. Damos las gracias al Cardenal Piacenza y a la Penitenciaría Apostólica. Os lo entregarán a todos a la salida. ¡Gracias! [Bendición] Y, por favor, rezad por mí. 1 Cf. Giuseppe Dalla Torre, Sopra una storia della Gendarmeria Pontificia (19 octubre 2017). 2 «Para apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien de todo el Cuerpo» (Conc. Ecum. Vat. ii, Const. dogm. Lumen Gentium, 18). 3 Cf. Saludo a los Padres y Arzobispos Mayores (9 octubre 2017). 4 Catequesis en la Audiencia general (4 junio 2008). 5 Cf. Juan Pablo II, Discurso en la reunión plenaria del Sacro Colegio de Cardenales (21 noviembre 1985), 4. 6 Didascalia Apostolorum 2, 44: Funk, 138-166; cf. W. Rordorf, Liturgie et eschatologie, en Augustinianum 18 (1978), 153-161; Id., Que savonsnous des lieux de culte chrétiens de l'époque préconstantinienne?, en L’Orient Syrien 9 (1964), 39-60. 7 Cf. Encuentro con los sacerdotes y los consagrados, Catedral de Milán (25 marzo 2017). 8 «En cuanto a los diáconos de la Iglesia, que sean como los ojos del obispo, que saben ver todo lo que hay a su alrededor, escrutando las acciones de cada uno en la Iglesia, por si alguno se encuentra en peligro de pecar: de este modo, advertido por la amonestación del que pre- side, tal vez no llevará a cabo su pecado» (Carta de Clemente a Santiago, 12: Rehm 14-15, en Enrico Cattaneo, I Ministeri nella Chiesa Antica, Testi patristici dei primi tre secoli, ed. Paulinas, 1997, p. 696). 9 Cf. Ejercicios Espirituales, n. 121: «La quinta contemplación será traer los cinco sentidos sobre la primera y la segunda contemplación». 10 En el comentario de san Jerónimo al Evangelio de san Mateo se encuentra una curiosa comparación entre los cinco sentidos del organismo humano y las vírgenes de la parábola evangélica, las cuales se convierten en necias cuando no obran ya según el fin que se les ha asignado (cf. Comm. in Mt XXV: PL 26, 184). 11 El concepto de fidelidad es fuerte y elocuente porque subraya también la duración en el tiempo del compromiso asumido, remite a una virtud que, como dijo Benedicto XVI, «expresa muy bien el vínculo especial entre el Papa y sus directos colaboradores, tanto en la Curia Romana como en las Representaciones Pontificias» (Discurso a la Pontificia Academia Eclesiástica, 11 junio 2012). 12 Ibíd. 13 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 18. 14 «Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, con la conciencia de que escuchar “es más que oír”. Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, colegio episcopal, Obispo de Roma: uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo, el “Espíritu de verdad” (Jn 14, 17), para conocer lo que él “dice a las Iglesias” (Ap 2, 7)» (Discurso en el 50 aniversario del Sínodo de los Obispos, 17 octubre 2015). 15 Cf. Lc 12,54-59; Mt 16,1-4; Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 11: «El Pueblo de Dios, movido por la fe, por la cual cree que es guiado por el Espíritu del Señor, que llena el orbe de la tierra, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos que comparte con sus contemporáneos, cuáles son los signos verdaderos de la presencia o del designio de Dios. Pues la fe ilumina todo con una luz nueva y manifiesta el plan divino sobre la vocación integral del hombre, y por ello dirige la mente hacia soluciones plenamente humanas». 16 Cf. Carta Pontificia (18 octubre 2017); Comunicación de la Secretaría de Estado (21 noviembre 2017). 17 Christus Dominus, 9. 18 Discurso a la Curia romana (21 diciembre 2013); Cf. Pablo VI, Homilía por el 80 cumpleaños (16 octubre 1977): «Sí, Roma he amado, en continua inquietud de meditar y comprender el trascendente secreto, incapaz ciertamente de penetrarlo y vivirlo, pero apasionado siempre, como todavía lo son, de descubrir có- mo y porqué “Cristo es Romano” (Cf. Dante, La Divina Comedia, Purgatorio, XXXII, 102) […] vuestra “conciencia romana”, haya de ella, al origen, la nativa ciudadanía de esta Urbe llena de presagios, o la permanencia de domicilio o la hospitalidad allí gozada; “conciencia romana” que aquí tiene virtud de infundir a quien sepa respirarte el sentido del humanismo universal» (Insegnamenti di Paolo VI, XV [1977], 1957). 19 Sínodo de Obispos, Asamblea General Ordinaria XV, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, Introducción. 20 Por una parte, la unidad que responde al don del Espíritu, encuentra su expresión natural y cargada de significado en la «unión indefectible con el Obispo de Roma» (Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Ecclesia in Medio Oriente, 40). Y por otra parte, estar incorporados en la comunión de todo el Cuerpo de Cristo, nos hace conscientes de tener que reforzar la unión y la solidaridad dentro de los varios Sínodos patriarcales, «privilegiando en ellos el acuerdo en cuestiones de gran importancia para la Iglesia, con vistas a una acción colegial y unitaria» (ibíd.). 21 Discurso en el encuentro con los Patriarcas de las Iglesias Orientales y los Arzobispos Mayores (21 noviembre 2013). 22 Junto a los Jefes y Padres, los Arzobispos y los Obispos orientales, en comunión con el Papa, con la Curia y entre ellos, todos estamos llamados «a buscar siempre la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia y la mansedumbre» (cf. 1 Tm 6, 11); [a adquirir] un estilo de vida sobrio a imagen de Cristo, que se despojó para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9); … [a la] transparencia en la gestión de los bienes y atención por cada debilidad y necesidad» (Discurso en el encuentro con los Patriarcas de las Iglesias orientales católicas y los Arzobispos Mayores, Sala del Consistorio, 21 noviembre 2013). 23 Nosotros «vemos a tantos de nuestros hermanos y hermanas cristianos de las Iglesias orientales experimentar persecuciones dramáticas y una diáspora cada vez más inquietante» (Homilía con ocasión del centenario de la Congregación para las Iglesias orientales y del Pontificio Instituto Oriental, Basílica de Santa María Mayor, 12 octubre 2017). «En estas situaciones nadie puede cerrar los ojos» (Mensaje en el centenario de fundación del Pontificio Instituto Oriental, 12 octubre 2017). 24 Discurso a la Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (10 noviembre 2016). 25 Ibíd. 26 Discurso a los participantes en la Conferencia Internacional para la paz, Al-Azhar Conference Centre, El Cairo (28 abril 2017). 27 Ibíd. 28 «Es mangelt nur an dir: Ach, könnte nur dein Herz zu einer Krippe werden, Gott würde noch einmal ein Kind auf dieser Erden» (Ed. Paulinas, 1989, p. 170 [234-235])

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número 52, viernes 29 de diciembre de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 7 En la misa de la noche el Papa habla de cómo hacer casa del pan y tierra de hospitalidad Cuando la realidad es un desafío «María y José son los primeros en abrazar a aquel que viene a darnos la carta de ciudadanía a todos. Aquel que en su pobreza y pequeñez denuncia y manifiesta que el verdadero poder y la auténtica libertad es la que cubre y socorre la fragilidad del más débil». Lo subrayó el Papa celebrando el domingo por la noche, 24 de diciembre, en la basílica vaticana, la misa de la noche de Navidad. «María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en el albergue» (Lc 2, 7). De esta manera, simple pero clara, Lucas nos lleva al corazón de esta noche santa: María dio a luz, María nos dio la Luz. Un relato sencillo para sumergirnos en el acontecimiento que cambia para siempre nuestra historia. Todo, en esa noche, se volvía fuente de esperanza. Vayamos unos versículos atrás. Por decreto del emperador, María y José se vieron obligados a marchar. Tuvieron que dejar su gente, su casa, su tierra y ponerse en camino para ser censados. Una travesía nada cómoda ni fácil para una joven pareja en situación de dar a luz: estaban obligados a dejar su tierra. En su corazón iban llenos de esperanza y de futuro por el niño que vendría; sus pasos en cambio iban cargados de las incertidumbres y peligros propios de aquellos que tienen que dejar su hogar. Y luego se tuvieron que enfrentar quizás a lo más difícil: llegar a Belén y experimentar que era una tierra que no los esperaba, una tierra en la que para ellos no había lugar. Y precisamente allí, en esa desafiante realidad, María nos regaló al Enmanuel. El Hijo de Dios tuvo que nacer en un establo porque los suyos no tenían espacio para él. «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11). Y allí…, en medio de la oscuridad de una ciudad, que no tiene ni espacio ni lugar para el forastero que viene de lejos, en medio de la oscuridad de una ciudad en pleno movimiento y que en este caso pareciera que quiere construirse de espaldas a los otros, precisamente allí se enciende la chispa revolucionaria de la ternura de Dios. En Belén se generó una pequeña abertura para aquellos que han perdido su tierra, su patria, sus sueños; incluso para aquellos que han sucumbido a la asfixia que produce una vida encerrada. En los pasos de José y María se esconden tantos pasos. Vemos las huellas de familias enteras que hoy se ven obligadas a marchar. Vemos las huellas de millones de personas que no eligen irse sino que son obligados a separarse de los suyos, que son expulsados de su tierra. En muchos de los casos esa marcha está cargada de esperanza, cargada de futuro; en muchos otros, esa marcha tiene solo un nombre: sobrevivencia. Sobrevivir a los Herodes de turno que para imponer su poder y acrecentar sus riquezas no tienen ningún problema en cobrar sangre inocente. María y José, los que no tenían lugar, son los primeros en abrazar a aquel que viene a darnos carta de ciudadanía a todos. Aquel que en su pobreza y pequeñez denuncia y manifiesta que el verdadero poder y la auténtica libertad es la que cubre y socorre la fragilidad del más débil. Esa noche, el que no tenía lugar para nacer es anunciado a aquellos que no tenían lugar en las mesas ni en las calles de la ciudad. Los pasto- res son los primeros destinatarios de esta buena noticia. Por su oficio, eran hombres y mujeres que tenían que vivir al margen de la sociedad. Las condiciones de vida que llevaban, los lugares en los cuales eran obligados a estar, les impedían practicar todas las prescripciones rituales de purificación religiosa y, por tanto, eran considerados impuros. Su piel, sus vestimentas, su olor, su manera de hablar, su origen los delataba. Todo en ellos generaba desconfianza. Hombres y mujeres de los cuales había que alejarse, a los cuales temer; se los consideraba paganos entre los creyentes, pecadores entre los justos, extranjeros entre los ciudadanos. A ellos (paganos, pecadores y extranjeros) el ángel les dice: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10-11). Esa es la alegría que esta noche estamos invitados a compartir, a celebrar y a anunciar. La alegría con la que a nosotros, paganos, pecadores y extranjeros Dios nos abrazó en su infinita misericordia y nos impulsa a hacer lo mismo. La fe de esa noche nos mueve a reconocer a Dios presente en todas las situaciones en las que lo creíamos ausente. Él está en el visitante indiscreto, tantas veces irreconocible, que camina por nuestras ciudades, en nuestros barrios, viajando en nuestros metros, golpeando nuestras puertas. Y esa misma fe nos impulsa a dar espacio a una nueva imaginación social, a no tener miedo a ensayar nuevas formas de relación donde nadie tenga que sentir que en esta tierra no tiene lugar. Navidad es tiempo para transformar la fuerza del miedo en fuerza de la caridad, en fuerza para una nueva imaginación de la caridad. La caridad que no se conforma ni naturaliza la injusticia sino que se anima, en medio de tensiones y conflictos, a ser «casa del pan», tierra de hospitalidad. Nos lo recordaba san Juan Pablo II: «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!» (Homilía en la Misa de inicio de Pontificado, 22 octubre 1978). En el niño de Belén, Dios sale a nuestro encuentro para hacernos protagonistas de la vida que nos rodea. Se ofrece para que lo tomemos en brazos, para que lo alcemos y abracemos. Para que en él no tengamos miedo de tomar en brazos, alzar y abrazar al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al preso (cf. Mt 25, 35-36). «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». En este niño, Dios nos invita a hacernos cargo de la esperanza. Nos invita a hacernos centinelas de tantos que han sucumbido bajo el peso de esa desolación que nace al encontrar tantas puertas cerradas. En este Niño, Dios nos hace protagonistas de su hospitalidad. Conmovidos por la alegría del don, pequeño Niño de Belén, te pedimos que tu llanto despierte nuestra indiferencia, abra nuestros ojos ante el que sufre. Que tu ternura despierte nuestra sensibilidad y nos mueva a sabernos invitados a reconocerte en todos aquellos que llegan a nuestras ciudades, a nuestras historias, a nuestras vidas. Que tu ternura revolucionaria nos convenza a sentirnos invitados, a hacernos cargo de la esperanza y de la ternura de nuestros pueblos. Por la liberación de los secuestrados Una oración por las víctimas de secuestros y una por el pueblo de Filipinas golpeado por las inundaciones fueron elevadas por el Papa en el Ángelus recitado con los fieles reunidos en la plaza San Pedro a mediodía del 24 de diciembre, durante el cual Francisco comentó el Evangelio del cuarto domingo de Adviento. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En este domingo que precede inmediatamente la Navidad, escuchamos el Evangelio de la Anunciación (cf. Lucas 1, 26-38). En este pasaje evangélico podemos notar un contraste entre las promesas del ángel y la respuesta de María. Tal contraste se manifiesta en la dimensión y en el contenido de las expresiones de los dos protagonistas. El ángel dice a María: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (vv. 30-33). Es una larga revelación, que abre perspectivas inauditas. El niño que nacerá de esta humilde joven de Nazaret será llamado Hijo del Altísimo: no es posible concebir una dignidad más alta que esta. Y después la pregunta de María, con la que Ella pide explicaciones, la revelación del ángel se hace aún más detallada y sorprendente. Sin embargo, la respuesta de María es una frase breve que no habla de gloria, no habla de privilegio, sino solo de disponibilidad y de servicio: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (v. 38). También el contenido es diferente. María no se exalta frente a la perspectiva de convertirse incluso en la madre del Mesías, sino que permanece modesta y expresa la propia adhesión al proyecto del Señor. María no presume. Es humilde, modesta. Se queda como siempre. Este contraste es significativo. Nos hace entender que María es verdaderamente humilde y no trata de exponerse. Reconoce ser pequeña delante de Dios, y está contenta de ser así. Al mismo tiempo, es consciente de que de su respuesta depende la realización del proyecto de Dios, y que por tanto Ella está llamada a adherirse con todo su ser. En esta circunstancia, María se presenta con una actitud que corresponde perfectamente a la del Hijo de Dios cuando viene en el mundo: Él quiere convertirse en el Siervo del Señor, ponerse al servicio de la humanidad para cumplir el proyecto del Padre. María dice: «He aquí la esclava del Señor»; y el Hijo de Dios, entrando en el mundo dice: «He aquí que vengo […] a hacer, oh SIGUE EN LA PÁGINA 8

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página 8 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 29 de diciembre de 2017, número 52 en su luz» (Lucas 2, 9-12). Ellos eran marginados, estaban mal vistos, des- preciados y a ellos se les apareció la gran noticia por primera vez. Con estas personas, con los pequeños y los despreciados, Jesús establece una amistad que continúa en el tiempo y que nutre la esperanza por un futuro mejor. A estas personas, representa- das por los pastores de Belén, les aparece una gran luz, que les condu- ce directos a Jesús. Con ellos, en ca- da tiempo, Dios quiere construir un mundo nuevo, un mundo en el que ya no haya personas rechazadas, maltratadas e indigentes. Queridos hermanos y hermanas, en estos días abramos la mente y el corazón para acoger esta gracia. Jesús es el regalo de Dios para nosotros y si lo acoge- mos, también nosotros podemos convertirnos en lo mismo para los demás —ser regalo de Dios para los demás— antes que nada para aque- llos que nunca han experimentado atención y ternura. Pero cuánta gen- En la Audiencia general el Papa denuncia la desnaturalización de la fiesta te en la propia vida nunca ha experimentado una caricia, una atención Sin Jesús no hay Navidad de amor, un gesto de ternura... La Navidad nos empuja a hacerlo. Así Jesús nace de nuevo en la vida de cada uno de nosotros y a través de nosotros, continúa siendo regalo de «En nuestros tiempos, especialmente en Europa, asistimos a una especie de con la encarnación del Hijo, Dios salvación para los pequeños y los ex- “desnaturalización” de la Navidad», en la que «se elimina de la fiesta cada nos ha abierto el camino de la vida cluidos. referencia al nacimiento de Jesús». Mientras que «en realidad, sin Jesús no hay nueva, fundada no sobre el egoísmo Navidad; es otra fiesta, pero no Navidad». Fue la amonestación que lanzó el sino sobre el amor. El nacimiento de «El arte circense siempre nos acerca a Papa en la audiencia general del miércoles 27 de diciembre, en el Aula Pablo VI. Jesús es el gesto de amor más gran- Dios»: lo dijo el Pontífice a un grupo de de nuestro Padre del Cielo. Y, fi- de artistas del circo que hicieron una Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy quisiera detenerme con vosotros sobre el significado de la Navidad del Señor Jesús, que en estos días estamos viviendo en la fe y en las celebraciones. La construcción del pesebre y, sobre todo, la liturgia, con sus Lecturas bíblicas y sus cantos tradicionales, nos han hecho revivir «el hoy» en el que «os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lucas 2, 11). En nuestros tiempos, especialmente en Europa, asistimos a una especie de «desnaturalización» de la Navidad: en nombre de un falso respeto que no es cristiano, que a menudo esconde la voluntad de marginar la fe, se elimina de la fiesta toda referencia al nacimiento de Jesús. Pero en realidad ¡este evento es la única verdadera Navidad! Sin Jesús no hay Navidad; es otra fiesta, pero no la Navidad. Y si en el centro está Él, entonces también todo el entorno, es decir las luces, los sonidos, las distintas tradiciones locales, incluidas las comidas características, todo conlleva a crear la atmósfera de la fiesta, pero con Jesús en el centro. Si le quitamos a Él, la luz se apaga y todo se convierte en fingido, aparente. A través del anuncio de la Iglesia, nosotros, como los pastores del Evangelio (cf. Lucas 2, 9), somos guiados para buscar y encontrar la verdadera luz, la de Jesús que, hecho hombre como nosotros, se muestra de forma sorprendente: nace de una pobre chica desconocida, que da a luz en un establo, solo con la ayuda del marido... El mundo no se da cuenta de nada, pero ¡en el cielo los ángeles que lo saben exultan! Y es así que el Hijo de Dios se presenta también hoy a nosotros: como el don de Dios para la humani- de que a menudo la humanidad prefiere la oscuridad, porque sabe que la luz desvelaría todas esas acciones y esos pensamientos que harían en- nalmente, un último aspecto importante: en Navidad podemos ver cómo la historia humana, movida por los poderosos de este mundo, es visitada por la historia de Dios. Y exhibición al finalizar la Audiencia general. Y saludó a los peregrinos presentes. Saludo cordialmente a los peregri- rojecer y remorder la conciencia. Así, se prefiere permanecer en la oscuridad y no revolver las propias costumbres equivocadas. Dios involucra a aquellos que, confinados a los márgenes de la sociedad, son los primeros destinatarios de su don, es decir —el don— la salvación nos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. En estos días los animo a abrir la mente y el corazón para aco- Nos podemos preguntar entonces traída por Jesús. Con los pequeños y ger a Jesús que es el don de Dios qué significa acoger el don de Dios despreciados, Jesús establece una para nosotros, y si lo acogemos tam- que es Jesús. Como Él mismo nos amistad que continúa en el tiempo y bién nosotros podremos serlo para ha enseñado con su vida, significa que nutre la esperanza por un futuro los demás, especialmente para los convertirse diariamente en un don mejor. A estas personas, representa- necesitados de atención y de ternura. gratuito para aquellos que se en- das por los pastores de Belén a los Que Dios los bendiga. Muchas gra- cuentran en el propio camino. Es que «la gloria del Señor los envolvió cias. por esto que en Navidad se intercambian regalos. El verdadero don para nosotros es Jesús, y como Él, queremos ser don para los otros. Y, como no- Por la liberación de los secuestrados sotros queremos ser don para los otros, intercambiamos regalos, como signo, como señal de esta actitud que nos enseña Jesús: Él, enviado por el Padre, ha sido don para nosotros, y nosotros somos don para los otros. El apóstol Pablo nos ofrece una clave de lectura sintética, cuando escribe —es bonito este paso de Pablo—: «Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad» (Tito 2, 11-12). La gracia de Dios «apareció» en Jesús, rostro de Dios, que la Virgen María dio a luz como cualquier niño de este mundo, pero que no ha veni- VIENE DE LA PÁGINA 7 Dios, tu voluntad» (Hebreos 10, 7- 9). La actitud de María refleja plenamente esta declaración del Hijo de Dios, que se convierte también en hijo de María. Así la Virgen se revela colaboradora perfecta del proyecto de Dios, y se revela también discípula de su Hijo, en el Magnificat podrá proclamar que «exaltó a los humildes» (Lucas 1, 52), porque con esta respuesta suya humilde y generosa ha obtenido la alegría altísima, y también una gloria altísima. Mientras admiramos a nuestra Madre por su respuesta a la llamada y a la misión de Dios, le pedimos a Ella que nos ayude a cada uno de nosotros a acoger el proyecto de Dios en nuestra vida, con humildad sincera y generosidad valiente. Al finalizar la oración mariana, el Papa recordó a las víctimas de secuestros, pidiendo por su liberación e invitó a rezar por el pueblo de la isla de Mindanao. Queridos hermanos y hermanas: pecialmente para las poblaciones que más sufren a causa de los conflictos actuales. Renuevo de forma particular mi llamamiento para que, con ocasión de la Santa Navidad, las personas secuestrada —sacerdotes, religiosos y religiosas y fieles laicos— sean liberadas y puedan volver a sus casas. Rezamos por ellos. Deseo también asegurar mi oración a la población de la isla de Mindanao, en Filipinas, golpeada por un temporal que ha causado numerosas víctimas y destrucciones. Dios misericordioso acoja las almas de los difuntos y conforte a los que sufren por esta calamidad. Rezamos por esta gente. Os saludo con afecto a todos vosotros, fieles romanos y peregrinos venidos de distintos países, familias, grupos parroquiales, asociaciones. En estas horas que nos preparamos para la Navidad, os pido: encontrad algún momento para deteneros en silencio y en oración delante del pesebre, para adorar en el corazón el misterio de la verdadera Navidad, la de Jesús, que se acerca a nosotros con amor, humildad y ternura. Y, en esos momentos, acordaros tam- dad que está inmersa en la noche y do «de la tierra», ha ve- En la espera orante del nacimiento de bién de rezar por mí. ¡Gracias! ¡Buen en el torpor del sueño (cf. Isaías 9, nido «del Cielo», de Jesús, el Príncipe de la Paz, invocamos domingo y buen almuerzo! ¡Hasta pron- 1). Y todavía hoy asistimos al hecho Dios. De esta manera, el don de la paz para todo el mundo, es- to!

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