Osservatore Romano 2542

 

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO Año XLIX, número 47 (2.542) EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano 24 de noviembre de 2017 Derribar los muros de la enemistad En la tarde del 23 de noviembre, en el altar de la Cátedra de la Basílica Vaticana, el Papa Francisco presidió una celebración de oración por la paz en Sudán del Sur y en la República Democrática del Congo. Publicamos a continuación las palabras del Pontífice. Esta noche, queremos esparcir con nuestra oración semillas de paz en la tierra de Sudán del Sur y de la República Democrática del Congo, así como en todas las partes del mundo que sufren por la guerra. Había decidido visitar Sudán del Sur, pero no ha sido posible. Sin embargo sabemos que la oración es más importante, porque es más poderosa: la plegaria actúa con la fuerza de Dios, para quien nada es imposible. Por eso agradezco de corazón a quienes han ideado esta vigilia y se han esforzado en llevarla a cabo. «Cristo resucitado nos invita. Aleluya». Estas palabras del canto en lengua suajili han acompañado la procesión de entrada, con algunas imágenes de los dos países por los que estamos rezando especialmente. Los cristianos creemos y sabemos que la paz es posible porque Cristo ha resucitado. Él nos da el Espíritu Santo, a quien hemos invocado. Como san Pablo nos ha recordado hace unos instantes, Jesucristo «es nuestra paz» (Ef 2,14). En la Cruz, ha cargado con todo el mal del mundo, también con los pecados que generan y fomentan las guerras: la soberbia, la avaricia, la sed de poder, la mentira... Jesús ha vencido todo esto con su resurrección. Cuando se apareció en medio de sus amigos les dijo: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19.21.26). Nos lo repite también a nosotros aquí, en esta noche: «Paz a vosotros». Sin ti, Señor, vana sería nuestra oración y engañosa nuestra esperanza de paz. Pero tú estás vivo y obras para nosotros y con nosotros; tú, nuestra paz. Que el Señor resucitado derribe los muros de la enemistad que dividen hoy a los hermanos, especialmente en Sudán del Sur y en la República Democrática del Congo. Que socorra a las mujeres víctimas de la violencia en las zonas de guerra y en cualquier parte del mundo. Que salve a los niños que sufren a causa de conflictos que no tienen que ver con ellos, pero que les roban su infancia y a veces también la propia vida. ¡Cuánta hipocresía cuando se niegan las masacres de mujeres y niños! Aquí la guerra muestra su rostro más horrible. Que el Señor ayude a los humildes y a los pobres del mundo a seguir creyendo y esperando en que el Reino de Dios está cerca, que está en medio de nosotros, y es «justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14, 17). Que sostenga a todos los que, día tras día, se esfuerzan por combatir el mal con el bien, con gestos y palabras de fraternidad, de respeto, de encuentro, de solidaridad. Que el Señor afiance en los gobernantes y en todos los que tienen responsabilidades un espíritu noble y recto, firme y valiente en la búsqueda de la paz, mediante el diálogo y la negociación. Que el Señor nos conceda a todos nosotros ser artesanos de paz allí donde estemos, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en las comunidades, en cualquier ambiente; «lavándonos los pies» unos a otros, a semejanza de nuestro Maestro y Señor. A él la gloria y la alabanza, hoy y por los siglos de los siglos. Amén.

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 24 de noviembre de 2017, número 47 Nuevo llamamiento del Pontífice Por la paz en Oriente Medio Un nuevo «triste llamamiento a comprometer cada posible esfuerzo para favorecer la paz, en particular en Oriente Medio» fue dirigido por el Pointífice a la comunidad internacional al finalizar el Ángelus recitado en la plaza San Pedro después de la misa del domingo 19 de noviembre. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En este penúltimo domingo del año litúrgico, el Evangelio nos presenta la parábola de los talentos (cf Mateo 25, 14-30). Un hombre, antes de partir de viaje, entrega a sus siervos unos talentos, que en aquel tiempo eran monedas de notable valor: a un siervo, cinco talentos; a otro, dos; a otro, uno, según la capacidad de cada uno. El siervo que recibió cinco talen- por no hacer nada bueno. Para ir adelante y crecer en el camino de la vida no hay que tener miedo, hay que tener confianza. Esta parábola nos hace entender lo importante que es tener una idea verdadera de Dios. No debemos pensar que Él es un patrón malo, duro y severo que quiere castigarnos. Si dentro de nosotros está esta imagen equivocada de Dios, entonces nuestra vida no podrá ser fecunda, porque vivire- tos es emprendedor y les hace fructificar ganando otros cinco. De igual modo se comporta el siervo que había recibido dos y se procura otros dos. En cambio, el siervo que recibió uno, excava un agujero en la tierra y esconce la moneda de su patrón. Es este el mismo siervo que explica al patrón, a su regreso, el motivo de su gesto, diciendo: «Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo y fui y escondí en tierra tu talento». (vv. 24-25). Este siervo no tiene con su patrón una relación de confianza, sino que tiene miedo de él y esto lo bloquea. El miedo inmoviliza siempre y a menudo hace tomar decisiones equivocadas. El miedo desalienta de tomar iniciativas, induce a refugiarse en soluciones seguras y garantizadas y así termina mos en el miedo y este no nos conducirá a nada constructivo; de hecho, el miedo nos paraliza, nos autodestruye. Estamos llamados a reflexionar para descubrir cuál es verdaderamente nuestra idea de Dios. Ya en el Antiguo Testamento Él se reveló como «Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Éxodo 34, 6). Y Jesús siempre nos ha mostrado que Dios no es un patrón severo e intolerante, sino un padre lleno de amor, de ternura, un padre lleno de bondad. Por lo tanto, podemos y debemos tener una inmensa confianza en Él. Jesús nos muestra la generosidad y la premura del Padre de tantos modos: con su palabra, con sus gestos, con su acogida hacia todos, especialmente hacia los pecadores, los pequeños y los pobres —como hoy nos recuerda la I Jornada Mundial de los Pobres—; pe- ro también con sus advertencias, que revelan su interés para que nosotros no desperdiciemos inútilmente nuestra vida. Es un signo, de hecho, de que Dios tiene una gran estima de nosotros: esta conciencia nos ayuda a ser personas responsables en cada una de nuestras acciones. Por lo tanto, la parábola de los talentos nos reclama a una responsabilidad personal y a una fidelidad que se convierte también en capacidad de caminar continuamente sobre caminos nuevos, sin «enterrar el talento», es decir, los dones que Dios nos ha confiado y sobre los que nos pedirá cuentas. Que la Virgen Santa interceda por nosotros, con el fin de que permanezcamos fieles a la voluntad de Dios haciendo fructificar los talentos de los que nos ha dotado. Así seremos útiles a los demás y, en el último día, seremos acogidos por el Señor, que nos invitará a tomar parte de su alegría. Al finalizar la oración mariana, el Papa dirigió a los fieles presentes las siguientes palabras: Queridos hermanos y hermanas: Ayer, en Detroit, en Estados Unidos, fue proclamado beato Francesco Solano, sacerdote de los Frailes Menores Capuchinos. Humilde y fiel discípulo de Cristo, se distinguió por un incansable servicio a los pobres. Que su testimonio ayude a sacerdotes, religiosos y laicos a vivir con alegría el vín- culo entre anuncio del Evangelio y amor a los pobres. Es lo que hemos querido recordar con la Jornada Mundial de los Pobres de hoy, que en Roma y en las diócesis del mundo se expresa en tantas iniciativas de oración y de compartir. Espero que los pobres estén en el centro de nuestras comunidades no solamente en momentos como este, sino siempre; porque ellos están en el corazón del Evangelio, en ellos encontramos a Jesús que nos habla y nos interpela a través de sus sufrimientos y sus necesidades. Quiero recordar hoy de modo particular a las poblaciones que vi- ven una dolorosa pobreza a causa de la guerra y de los conflictos. Renuevo, por lo tanto, a la comunidad internacional un triste llamamiento para que participe en todo esfuerzo posible para favorecer la paz, en particular en Oriente Medio. Dirijo un pensamiento especial al querido pueblo libanés y rezo por la estabilidad del país, con el fin de que pueda continuar siendo un «mensaje» de respeto y convivencia para toda la región y para el mundo entero. Rezo también por las personas de la tripulación del submarino militar argentino del que se han perdido las pistas. Hoy es también el Día de recuerdo de las víctimas de accidentes de tráfico, instituido por la ONU. Animo a las instituciones públicas en el empeño de la prevención e insto a los conductores a la prudencia y al respeto de las normas, como primera forma de protección para sí y para los otros. Y os saludo a todos vosotros, familias, parroquias, asociaciones y fieles, que habéis venido desde Italia y desde tantas partes del mundo. En particular, saludo a los peregrinos de la República Dominicana; a los participantes de la carrera de solidaridad de Košice (Eslovaquia) en Roma; y a la comunidad ecuatoriana residente en Roma, que celebra la Vigen del Quinche. Saludo a la fraternidad del Orden secular Trinitario Italiano, a los fieles de Civitanova Marche, Sanzeno, Termoli, Capua y Nola y a los jóvenes de confirmación de Mestrino (Padua). Os deseo a todos vosotros un buen domingo. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto! L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va www.osservatoreromano.va GIOVANNI MARIA VIAN director TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE L’OSSERVATORE ROMANO Giuseppe Fiorentino don Sergio Pellini S.D.B. director general subdirector Silvina Pérez Servicio fotográfico photo@ossrom.va jefe de la edición Publicidad: Il Sole 24 Ore S.p.A. Redacción System Comunicazione Pubblicitaria via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano Via Monte Rosa 91, 20149 Milano teléfono 39 06 698 99410 segreteriadirezionesystem@ilsole24ore.com Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 2652 99 55, fax + 52 55 5518 75 32; e-mail: suscripciones@semanariovaticano.mx. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

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número 47, viernes 24 de noviembre de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 Entrevista con monseñor Collazzi Abrir el corazón a las palabras del Papa ROCÍO LANCHO GARCÍA Un encuentro marcado por la familiaridad y la fraternidad. Así define monseñor Carlos María Collazzi, obispo de Mercedes y presidente de la Conferencia Episcopal de Uruguay, el encuentro con el Papa Francisco durante la visita ad limina, el día 16 de noviembre. Además, pudieron compartir con él las preocupaciones y desafíos de la Iglesia de su país. ¿Cómo fue el tiempo previo al viaje a Roma para la visita ad limina? La visita ad limina es una gracia que el Señor nos regala a las Iglesias diocesanas para entrar en comunión con la Iglesia de Roma, a los arzobispos entrar en comunión con el sucesor de Pedro para que nos confirme en la fe. Lo hemos vivido como una gracia de Dios, no solo el encuentro del jueves sino ya desde el mes de agosto, cuando la Conferencia Episcopal tuvo una Asamblea extraordinaria en la cual nos preparamos para estos encuentros. Fuimos viendo cuáles eran los temas a tratar. Es una gracia que se experimenta al venir a Roma, a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo. Visitar las cuatro Basílicas romanas y en nuestro caso también la Basílica de los 12 apóstoles donde están Felipe y Santiago, patrones de Montevideo y Uruguay, y está también la réplica de la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres, patrona de Uruguay. Ese momento de gracia fue preparar el encuentro con el sucesor de Pedro y los grandes temas que queríamos tratar con él. ¿Cómo vivieron el encuentro personal con el Papa Francisco? Hay un hecho que me parece muy interesante. Sucedió hace unos días, el 12 de noviembre, para nosotros es la peregrinación anual a la Virgen de los Treinta y Tres. Allí fuimos a poner la visita ad limina en las manos de la Virgen. El obispo auxiliar de Montevideo, que fue quien predicó, le hizo a la gente dos preguntas que al comienzo del encuentro con el Papa se lo pusimos de manifiesto. Preguntó a los presentes: ¿le podemos decir al Papa que ustedes rezan por él? Y la exclamación con aplauso, vivas y síes fue unánime. Y la segunda pregunta fue: ¿le podemos decir que lo esperamos con los brazos abiertos en Uruguay? Y ahí la exclamación fue más fuerte. Yo llevo tres visitas ad limina, y esta fue diferente a los anteriores. Primero con san Juan Pablo II, después con Benedicto XVI y ahora con Francisco. El encuentro esta vez fue distinto porque en vez de hacer un discurso preparado, conversamos con él. Llegamos y las sillas estaban ya colocadas formando un círculo, y te recuerda a las «ruedas de amigos» donde te sientas a compartir un mate, algo que es lindo, dialogar, hacer una picadita. Esto habla de familiaridad y fraternidad. Y el encuentro con el Papa Francisco tuvo esa característica. No fue solo poner de manifiesto las cosas lindas y bellas de las diócesis sino también las preocupaciones que tenemos. ¿Qué le transmitieron al Pontífice sobre su realidad uruguaya? Las letanías de nuestra visión de la realidad que siempre la queremos ver con corazón y ojos de pastores. No somos ningunos sociólogos ni analíticos de situaciones y realidades, pero nos hace percibir la búsqueda de la gente, y eso lo pusimos de manifiesto al Santo Padre. Nosotros tratamos de acercarnos con valor de cercanía, familiaridad, solidaridad. Y el Papa nos animó a una vitalidad de pastoral juvenil, seguir viviendo la alegría del Evangelio... los grandes temas de su pontificado. Nosotros salimos del encuentro muy animados, alegres y para mí fueron más de dos horas de gozoso encuentro. Se trató de algo muy familiar, hablando según nos venían los temas. Fue un encuentro de mucha gracia de Dios en esta tercera visita que vivo como obispo. ¿Qué temas eran importantes para ustedes poder abordar? Uno de los grandes temas es siempre el tema de la evangelización. Cómo llegar y llevar al hombre y a la mujer uruguaya la alegría del Evangelio. Ese es el gran desafío. El Papa nos dejaba hablar e intervenía. Había un moderador, pero fue un diálogo muy natural. También le quisimos hacer llegar la cercanía de la gente. Y le trajimos unos regalos de cada diócesis, cartas de algunos fieles. Y le trajimos un abrigo de lana uruguaya. ¿Qué supone para los obispos venir a Roma y realizar la visita ad limina? El pasar por los diversos organismos de la Santa Sede para nosotros es una riqueza de diálogo y de presentar nuestras preguntas y problemáticas para las que queremos pedir indicaciones. En mi experiencia, las visitas ad limina son siempre ocasión para irse de Roma animado por la gracia y lo que significa la oración y el sentido profundo de lo que estamos viviendo; y por la voz de aquellos que tienen la misión en la Iglesia de ayudarnos en nuestro ejercicio de ministerio episcopal. Dentro de poco tiempo el Papa regresa a América Latina, visitará en enero Chile y Perú. ¿Cómo cree que estas visitas ayudan a los fieles de todo el continente? Es verdad el sentido de unidad vivido gracias a Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe (CELAM). Creo que es un organismo pionero de unidad episcopal que tiene una historia muy larga, desde antes del Concilio. Y esto ha sido y es un fuerte instrumento de comunión. Existe una fuerte vinculación de las Iglesias. Por ejemplo, he sido invitado como presidente de la Conferencia Episcopal de Uruguay a estar en Chile y Perú. Y por eso auguramos y nos alegramos de que la Iglesia Peruana y Chilena tengan esta gracia. Estuve en Colombia cuando el Papa llegó a Bogotá. Vi el fervor de la gente, la alegría por recibirlo. Vi una Iglesia organizada y una Iglesia abierta a escuchar la palabra del sucesor de Pedro. Es necesario preparar el corazón a escucharlo, a recibir su mensaje, a seguir descubriendo en sus signos las cercanía de Dios. Y sobre todo, creo que es más que significativo que en su exhortación apostólica La alegría del Evangelio él nos invita a descubrir brotes de resurrección en la vida de nuestros pueblos, en la vida cotidiana. Corazón y oídos abiertos a escuchar su palabra. Ver caminos y discernir los signos de los tiempos. El Papa Francisco ha convocado ya un sínodo para la Amazonia, ¿qué importancia cree que tendrá este Sínodo para la Iglesia y para el mundo? Creo que es fundamental. Creo que también en su magisterio con la Laudato si' da ya orientaciones precisas. Nosotros de alguna manera, por la zona y la conformación de pueblos, el tema del acuífero guaranítico, la gran reserva de agua que tenemos bajo nuestro suelo, nos hace pensar también esa realidad tan profunda de la riqueza de la naturaleza. El hombre no es dueño, es administrador. Como Iglesia y como humanidad tenemos que tener el corazón abierto a saber descubrir los regalos que el Creador nos ha dado. Uno de los temas que más preocupa al Papa es salir hacia las periferias, para la Iglesia en Uruguay, ¿cuáles son las periferias? No es fácil enumerar y priorizarlas. Pasa mucho encontrar personas que se profesan creyentes pero no participantes de la vida de la Iglesia. Y entonces hay que salir mucho a las periferias que son los nuevos barrios en las ciudades grandes. Es importante también la actitud que tenemos que tener ante tantos hermanos que no están integrados en la vida de la Iglesia y hay que ir, una Iglesia en salida. Esto se lo digo mucho a la gente en mi catedral. Tenemos algo tan significativo como una puerta que se abre hacia fuera. ¿Qué significa abrir la puerta hacia fuera? Salir tal y como nos invita al Papa. La nueva evangelización es muy urgente: métodos y expresiones para acercarnos al que aparentemente está alejado de la Iglesia.

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página 4 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 24 de noviembre de 2017, número 47 El Papa recibió en audiencia a los miembros de la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger – Benedicto XVI el sábado 18 de noviembre por la mañana con motivo de la concesión del Premio Ratzinger 2017, llegado a su séptima edición. Los ganadores de este año y a los que el Pontífice entregó el galardón son: el Prof. Theodor Dieter, teólogo luterano alemán; el Prof. KarlHeinz Menke, teólogo y sacerdote católico alemán, y el maestro Arvo Pärt, compositor musical estonio, cristiano ortodoxo. Al final Francisco pronunció un discurso, seguido de la ejecución musical del «Pater Noster» por el maestro Arvo Pärt, que tocó el piano perteneciente al Papa emérito. A continuación, el discurso pronunciado por el Pontífice. Queridos hermanos y hermanas: Me alegra encontraros en esta cita anual para la concesión de los Premios a personalidades eminentes que me han sido presentadas por la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger — Benedicto XVI y por su Comité Científico. Saludo en primer lugar a los ganadores, a los miembros y amigos de la Fundación, y doy las gracias al cardenal Kurt Koch y al padre Lombardi que nos han explicado el significado y la importancia de este evento culminante de sus actividades encaminadas a la promoción de la investigación teológica y al compromiso cultural animado por la fe y el ímpetu del alma hacia Dios. Dirijo junto con vosotros un pensamiento afectuoso e intenso al Papa emérito Benedicto. Su oración y su presencia discreta y alentadora nos acompañan en el camino común; su obra y su magisterio continúan siendo una herencia viva y valiosa para la Iglesia y para nuestro servicio. Precisamente por eso, invito a su El Pontífice entrega los premios Ratzinger 2017 Intercambio armonioso fundación a continuar con el empeño, estudiando y profundizando esta herencia y, al mismo tiempo a mirar hacia adelante, para valorar su fecundidad tanto con la exégesis de los escritos de Joseph Ratzinger, como para continuar —según su espíritu— el estudio y la investigación teológica y cultural, incluso entrando en nuevos campos donde la cultura actual insta a la fe al diálogo. De este diálogo, el espíritu humano siempre tiene una necesidad urgente y vital: lo necesita la fe, que se abstrae si no se encarna en el tiempo; lo necesita la razón, que se deshumaniza si no asciende a lo Trascendente. De hecho, «la fe y la razón —afirmaba san Juan Pablo II— son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». (Enc. Fides et ratio, Prefacio). Joseph Ratzinger continúa siendo un maestro y un interlocutor amigo para todos aquellos que ejercen el don de la razón para responder a la vocación humana de buscar la verdad. Cuando el beato Pablo VI lo llamó a asumir la responsabilidad de arzobispo de Munich y Freising, escogió como lema Cooperatores Veritatis (Colaboradores de la verdad), tomándolo de la Tercera Carta de san Juan (v. 8). Estas expresan bien el pleno sentido de su obra y su ministerio. Ese lema destaca en los diplomas de los Premios que he entregado, para dar a entender que los galardonados también han dedicado sus vidas a la altísima misión de servir a la verdad, a la diaconía de la verdad. Me alegro de que las ilustres personalidades galardonadas hoy con el Premio provengan de tres confesiones cristianas, entre ellas la luterana, con la que este año hemos vivido momentos particularmente importantes de encuentro y de camino común. La verdad de Cristo no es para solistas, sino que es sinfónica: requiere una colaboración dócil, un intercambio armonioso. Buscarla, estudiarla, contemplarla y traducirla a la práctica juntos, en la caridad, nos atrae con fuerza hacia la unidad plena entre nosotros: la verdad se convierte así en una fuente viva de vínculos de amor cada vez más estrechos. He recibido con alegría la idea de ampliar el horizonte del Premio para incluir también las artes, además de la teología y las ciencias que naturalmente se asocian con él. Es una ampliación que se corresponde bien con la visión de Benedicto XVI, que tantas veces nos ha hablado de un modo emocionante de la belleza como un camino privilegiado para abrirnos a la trascendencia y encontrar a Dios. En particular, hemos admirado su sensibilidad musical y su ejercicio personal de este arte como camino hacia la serenidad y para la elevación del espíritu. Mis felicitaciones, por lo tanto, a los ilustres ganadores del premio: el profesor Theodor Dieter, el profesor Karl-Heinz Menke y el maestro Arvo Pärt; y mi aliciente a vuestra Fundación y a todos sus amigos, para que se continúen recorriendo caminos nuevos y cada vez más amplios para colaborar en la investigación, el diálogo y en el conocimiento de la verdad. Una verdad que, como el Papa Benedicto no se ha cansado de recordar, es, en Dios, logos y ágape, sabiduría y amor encarnado en la persona de Jesús. Videomensajes del Papa A Myanmar Queridos amigos: Mientras me preparo para visitar Myanmar, quiero enviar unas palabras de saludo y amistad a todo su pueblo. Tengo muchas ganas de encontraros. Voy a proclamar el Evangelio de Jesucristo, un mensaje de reconciliación, de perdón y de paz. Mi visita está destinada a confirmar a la comunidad católica de Myanmar en su fe en Dios y en su testimonio del Evangelio, que enseña la dignidad de cada hombre y mujer y nos exige que abramos el corazón a los demás, especialmente a los pobres y necesitados. Al mismo tiempo, deseo visitar la nación con espíritu de respeto y aliento por todos los esfuerzos encaminados a construir armonía y cooperación al servicio del bien común. Vivimos en una época en que los creyentes y los hombres de buena voluntad sienten cada vez más la necesidad de crecer en la comprensión mutua y en el respeto y de apoyarse unos a otros como miembros de la única familia humana. Porque todos somos hijos de Dios. Sé que muchos en Myanmar están trabajando mucho para preparar mi visita y se lo agradezco. Pido a cada uno que rece para que los días que esté con vosotros sean fuente de esperanza y aliento para todos. ¡Sobre vosotros y sobre vuestras familias invoco las bendiciones divinas de alegría y de paz! ¡Hasta pronto! A Bangladesh Queridos amigos: Mientras me preparo para visitar Bangladesh ya dentro de pocos días, quiero enviar unas palabras de saludo y amistad a todo su pueblo. Espero con ganas el momento en que podamos estar juntos. Voy como ministro del Evangelio de Jesucristo, para proclamar su mensaje de reconciliación, de perdón y de paz. Mi visita tiene como objetivo confirmar a la comunidad católica de Bangladesh en su fe y en su testimonio del Evangelio, que enseña la dignidad de cada hombre y mujer, y nos llama a abrir el corazón a los demás, especialmente a los pobres y necesitados. Al mismo tiempo, quiero conocer a toda la gente. En particular, tengo muchas ganas de encontrarme con los líderes religiosos en Ramna. Vivimos en un momento en que los creyentes y los hombres de buena voluntad en todas partes están llamados a promover la comprensión recíproca y el respeto, y a apoyarse unos a otros como miembros de la única familia humana. Sé que muchos en Bangladesh están trabajando duro para preparar mi visita, y se lo agradezco. Pido a cada uno de vosotros que rece para que los días que esté con vosotros sean fuente de esperanza y de aliento para todos. ¡Sobre vosotros y vuestras familias invoco las bendiciones divinas de alegría y paz! ¡Hasta pronto!

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número 47, viernes 24 de noviembre de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 Investigación e inversiones miren por el bien de toda la humanidad No a un progreso científico en beneficio de pocos Con un firme no al progreso científico en beneficio de unos pocos, Francisco pidió que investigación e inversiones miren por el bien de toda la humanidad. Recibiendo el sábado 18 de noviembre, por la mañana, en la sala del Consistorio, a los participantes de la plenaria del Pontificio consejo de la cultura —que se había abierto el miércoles 15— el Papa ofreció una reflexión sobre el tema de las obras dedicadas al «Futuro de la humanidad: nuevos desafíos de la antropología». Queridos hermanos y hermanas: Os doy la bienvenida y agradezco al cardenal Gianfranco Ravasi su sa- ludo y presentación. Esta Asamblea Plenaria ha elegido como tema la cuestión antropológica proponiéndo- se entender las líneas futuras de de- sarrollo de la ciencia y la técnica. Entre los muchos argumentos posi- bles de discusión, vuestra atención se ha centrado en tres temas. En primer lugar, la medi- cina y la genética que nos permiten mirar la estructura íntima del ser humano e incluso intervenir para modificarla. Nos hacen capaces de erradicar enfermedades dadas por incurables hasta hace poco, pero también abren la posibilidad de determinar a los seres humanos «programando», por así decirlo, algunas cualidades. En segundo lugar, las neurociencias ofrecen cada vez más información sobre el funcionamiento del cerebro humano. A través de ella, las realidades fundamentales de la antropología cristiana, como el alma, la conciencia de sí mismo y la libertad, aparecen ahora bajo una luz inédita, e incluso pueden ser seriamente cuestionadas por algunos. Finalmente, los increíbles progresos de las máquinas autónomas y pensantes, que ya se han convertido en parte de nuestra vida cotidiana, nos lleva a reflexionar sobre lo que es específicamente humano y nos hace diferentes de las máquinas. Todos estos avances científicos y técnicos inducen a algunos a pensar que nos encontramos en un momento singular en la historia de la humanidad, casi en el alba de una nueva era y en el nacimiento de un nuevo ser humano, superior al que hemos conocido hasta ahora. Efectivamente, las cuestiones y los interrogantes que enfrentamos son graves y serios. En parte han sido anticipados por la literatura y las películas de ciencia ficción, que se han hecho eco de los miedos y las expectativas de los hombres. Por esta razón, la Iglesia, que sigue de cerca las alegrías y las esperanzas, las angustias y los temores de los hombres de nuestro tiempo, quiere poner a la persona humana y los problemas que la conciernen en el centro de sus reflexiones. La pregunta sobre el ser humano: «¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?» (Salmos 8, 5) resuena en la Biblia desde sus primeras páginas y ha acompañado todo el camino de Israel y de la Iglesia. A esta pregunta, la misma Biblia ha ofrecido una respuesta antropológica que ya se delinea en el Génesis y recorre toda la Revelación, desarrollándose en torno a los elementos fundamentales de la relación y la libertad. La relación se ramifica en una triple dimensión: hacia la materia, la tierra y los animales; hacia la trascendencia divina; hacia otros seres humanos. La libertad se expresa en la autonomía —naturalmente relativa— y en opciones morales. Esta estructura fundamental ha gobernado durante siglos la idea de gran parte de la hu- manidad y en la actualidad todavía mantiene su vigencia. Pero, al mismo tiempo, hoy nos damos cuenta de que los grandes principios y los conceptos fundamentales de la antropología se ponen a menudo en tela de juicio, incluso sobre la base de una mayor conciencia de la complejidad de la condición humana y requieren una profundización adicional. La antropología es el horizonte de la autocomprensión en el que todos nos movemos y determina nuestra concepción del mundo y las decisiones existenciales y éticas. En nuestros días se ha convertido, con frecuencia, en un horizonte cambiante y fluido en virtud de los cambios socioeconómicos, de los movimientos de las poblaciones y de las relativas confrontaciones culturales, pero también de la difusión de una cultura mundial y, sobre todo, de los increíbles descubrimientos de la ciencia y de la técnica. ¿Cómo reaccionar ante estos desafíos? En primer lugar, debemos expresar nuestra gratitud a los hombres y mujeres de ciencia por sus esfuerzos y su compromiso en favor de la humanidad. Este aprecio por la ciencia, que no siempre hemos sabido manifestar, encuentra su funda- mento último en el plan de Dios que «nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo [...] eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (cf Efesios 1, 3-5) y que nos confió el cuidado de la creación: «cultivar y cuidar» la tierra (cf Génesis 2, 15). Precisamente porque el hombre es imagen y semejanza de un Dios que creó el mundo por amor, el cuidado de toda la creación debe seguir la lógica de la gratuidad y del amor, del servicio, y no la del dominio y la intimidación. La ciencia y la tecnología nos han ayudado a profundizar los límites del conocimiento de la naturaleza y, en particular, del ser humano. Pero una y otra no bastan, por sí solas, para dar todas las respuestas. Hoy nos damos cuenta cada vez más de que es necesario recurrir a los tesoros de la sabiduría que se conservan en las tradiciones religiosas, en la sabiduría popular, en la literatura y las artes, que llegan profundamente al misterio de la existencia humana, sin olvidar, sino al contrario, redescubriendo, las contenidas en la filosofía y en la teología. Como quise decir en la encíclica Laudato si’ «se vuelve actual la necesidad imperiosa del humanismo, que de por sí convoca a los distintos saberes, [...] hacia una mirada más integral e integradora» (n. 141), a fin de superar la división trágica entre las «dos culturas», la humanista-literaria-teológica y la científica, que conduce al empobrecimiento mutuo, y de fomentar un mayor diálogo entre la Iglesia, la comunidad de creyentes y la comunidad científica. La Iglesia, por su parte, ofrece algunos grandes principios para soste- ner este diálogo. El primero es la centralidad de la persona humana que hay que considerar como un fin y no como un medio. Debe estar en relación armoniosa con la creación y, por lo tanto, no debe comportarse como un déspota con la herencia de Dios, sino como un custodio amoroso de la obra del Creador. El segundo principio a recordar es el del destino universal de los bienes, que también atañe al conocimiento y a la tecnología. El progreso científico y tecnológico sirve al bien de toda la humanidad, y de sus beneficios no pueden disfrutar solamente unos pocos. De esta forma, se evitará que el futuro agregue nuevas desigualdades basadas en el conocimiento y aumente la brecha entre ricos y pobres. Las grandes decisiones sobre la orientación de la investigación científica y la inversión en ella deben tomarse por toda la sociedad y no estar dictadas únicamente por las reglas del mercado o el interés de unos pocos. Finalmente, sigue siendo válido el principio de que no todo lo que es técnicamente posible o factible es, por lo tanto, éticamente aceptable. La ciencia, como cualquier otra actividad humana, sabe que tiene límites que se deben observar por el bien de la humanidad misma, y requiere un sentido de responsabilidad ética. La verdadera medida del progreso, como recordaba el beato Pablo VI, es lo que está dirigido al bien de cada hombre y de todo el hombre. Os doy las gracias a todos, miembros, consultores y colaboradores del Pontificio consejo de la cultura, porque lleváis a cabo un valioso servicio. Invoco sobre vosotros la abundancia de las bendiciones del Señor, y os pido, por favor, que recéis por mí. Gracias.

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número 47, viernes 24 de noviembre de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO páginas 6/7 Aunque «a los ojos del mundo tienen poco valor», los pobres «nos abren el camino hacia el cielo, son nuestro “pasaporte para el paraíso”». Lo dijo el Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada el domingo 19 de noviembre en la basílica vaticana, con ocasión de la primera Jornada mundial de los pobres. Después de la celebración eucarística y la oración del Ángelus, el Pontífice y mil quinientos pobres compartieron la comida en el Aula Pablo VI. T enemos la alegría de partir el pan de la Palabra, y dentro de poco de partir y recibir el Pan Eucarístico, que son alimento para el camino de la vida. Todos lo necesitamos, ninguno está excluido, porque todos somos mendigos de lo esencial, del amor (Mt 25, 15). En primer lugar, debemos reconocer que tenemos talentos, somos «talentosos» a los ojos de Dios. Por eso nadie puede considerarse inútil, ninguno puede creerse tan pobre que no pueda dar algo a los demás. Hemos sido elegidos y bendecidos por Dios, que desea colmarnos de sus dones, mu- de Dios, que nos da el sentido de la vida y una vida sin fin. Por eso hoy también tendemos la mano hacia Él para recibir sus dones. La parábola del Evangelio nos habla precisamente de dones. Nos dice que somos destinatarios de los talentos de Dios, «cada cual según su capacidad» cho más de lo que un papá o una mamá quieren para sus hijos. Y Dios, para el que ningún hijo puede ser descartado, confía a cada uno una misión. En efecto, como Padre amoroso y exigente que es, nos hace ser responsables. En la parábola vemos que cada siervo recibe unos talentos para que los El gran pecado de la indiferencia Ayudar a los pobres es un deber multiplique. Pero, mientras los dos primeros realizan la misión, el tercero no hace fructificar los talentos; restituye sólo lo que había recibido: «Tuve miedo —dice—, y fui y escondí tu talento en la tierra; mira, aquí tienes lo que es tuyo» (v. 25). Este siervo recibe como respuesta palabras duras: «Siervo malo y perezoso» (v. 26). ¿Qué es lo que no le ha gustado al Señor de él? Para decirlo con una palabra que tal vez ya no se usa mucho y, sin embargo, es muy actual, diría: la omisión. Lo que hizo mal fue no haber hecho el bien. Muchas veces nosotros estamos también convencidos de no haber hecho nada malo y así nos contentamos, presumiendo de ser buenos y justos. Pero, de esa manera corremos el riesgo de comportarnos como el siervo malvado: tampoco él hizo nada malo, no destruyó el talento, sino que lo guardó bien bajo tierra. Pero no hacer nada malo no es suficiente, porque Dios no es un revisor que busca billetes sin timbrar, es un Padre que sale a buscar hijos para confiarles sus bienes y sus proyectos (cf. v. 14). Y es triste cuando el Padre del amor no recibe una respuesta de amor generosa de parte de sus hijos, que se limitan a respetar las reglas, a cumplir los mandamientos, como si fueran asalariados en la casa del Padre (cf. Lc 15, 17). El siervo malvado, a pesar del talento recibido del Señor, el cual ama compar- tir y multiplicar los dones, lo ha custodiado celosamente, se ha conformado con preservarlo. Pero quien se preocupa sólo de conservar, de mantener los tesoros del pasado, no es fiel a Dios. En cambio, la parábola dice que quien añade nuevos talentos, ese es verdaderamente «fiel» (vv. 21.23), porque tiene la misma mentalidad de Dios y no permanece inmóvil: arriesga por amor, se juega la vida por los demás, no acepta el dejarlo todo como está. Sólo una cosa deja de lado: su propio beneficio. Esta es la única omisión justa. La omisión es también el mayor pecado contra los pobres. Aquí adopta un nombre preciso: indiferencia. Es decir: «No es algo que me concierne, no es mi problema, es culpa de la sociedad». Es mirar a otro lado cuando el hermano pasa necesidad, es cambiar de canal cuando una cuestión seria nos molesta, es también indignarse ante el mal, pero no hacer nada. Dios, sin embargo, no nos preguntará si nos hemos indignado con razón, sino si hicimos el bien. Entonces, ¿cómo podemos complacer al Señor de forma concreta? Cuando se quiere agradar a una persona querida, haciéndole un regalo, por ejemplo, es necesario antes de nada conocer sus gustos, para evitar que el don agrade más al que lo hace que al que lo recibe. Cuando queremos ofrecer algo al Señor, encontramos sus gustos en el Evangelio. Justo después del pasaje que hemos escuchado hoy, Él nos dice: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Estos hermanos más pequeños, sus predilectos, son el hambriento y el enfermo, el forastero y el encarcelado, el pobre y el abandonado, el que sufre sin ayuda y el necesitado descartado. Sobre sus rostros podemos imaginar impreso su rostro; sobre sus labios, incluso si están cerrados por el dolor, sus palabras: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26, 26). En el pobre, Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y, sediento, nos pide amor. Cuando vencemos la indiferencia y en el nombre de Jesús nos prodigamos por sus hermanos más pequeños, somos sus amigos buenos y fieles, con los que él ama estar. Dios lo aprecia mucho, aprecia la actitud que hemos escuchado en la primera Lectura, la de la «mujer fuerte» que «abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre» (Pr 31, 10.20). Esta es la verdadera fortaleza: no los puños cerrados y los brazos cruzados, sino las manos laboriosas y tendidas hacia los pobres, hacia la carne herida del Señor. Ahí, en los pobres, se manifiesta la presencia de Jesús, que siendo rico se hizo pobre (cf. 2 Co 8, 9). Por eso en ellos, en su debilidad, hay una «fuerza salvadora». Y si a los ojos del mundo tienen poco valor, son ellos los que nos abren el camino hacia el cielo, son «nuestro pasaporte para el paraíso». Es para nosotros un deber evangélico cuidar de ellos, que son nuestra verdadera riqueza, y hacerlo no sólo dando pan, sino también partiendo con ellos el pan de la Palabra, pues son sus destinatarios más naturales. Amar al pobre significa luchar contra todas las pobrezas, espirituales y materiales. Y nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al próji- mo. Sólo esto dura para siempre, todo el resto pasa; por eso, lo que invertimos en amor es lo que permanece, el resto desaparece. Hoy podemos preguntarnos: «¿Qué cuenta para mí en la vida? ¿En qué invierto? ¿En la riqueza que pasa, de la que el mundo nunca está satisfecho, o en la riqueza de Dios, que da la vida eterna?». Esta es la elección que tenemos delante: vivir para tener en esta tierra o dar para ganar el cielo. Porque para el cielo no vale lo que se tiene, sino lo que se da, y «el que acu- mula tesoro para sí» no se hace «rico para con Dios» (Lc 12, 21). No busquemos lo superfluo para nosotros, sino el bien para los demás, y nada de lo que vale nos faltará. Que el Señor, que tiene compasión de nuestra pobreza y nos reviste de sus talentos, nos dé la sabiduría de buscar lo que cuenta y el valor de amar, no con palabras sino con hechos.

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página 8 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 24 de noviembre de 2017, número 47 El Papa Francisco recomienda cercanía y proporcionalidad para las terapias Curar sin ensañamiento «Debemos siempre cuidar» al enfermo que vive la fase terminal de su existencia, «sin abreviar nosotros mismos su vida, pero sin ensañarnos inútilmente contra su muerte». Es lo que recomienda el Pontífice en el mensaje enviado a los participantes del encuentro regional europeo de la World medical association sobre cuestiones que conciernen el fin de la vida, celebrada del 16 al 17 de noviembre en el aula vieja del Sínodo. Al venerado hermano Mons. Vincenzo Paglia Presidente de la Academia Pontificia para la Vida Le envío mi cordial saludo así como a todos los participantes en el encuentro regional europeo de la World medical association sobre los temas del llamado «final de la vida», organizado en el Vaticano junto con la Academia para la Vida. Vuestro encuentro se centrará en los interrogantes que se refieren al final de la vida terrenal. Son interrogantes que siempre han interpelado a la humanidad, pero que hoy asumen nuevas formas debido a la evolución del conocimiento y de las herramientas técnicas puestas a disposición por el ingenio humano. De hecho, la medicina ha desarrollado una capacidad terapéutica cada vez mayor, que ha permitido superar muchas enfermedades, mejorar la salud y prolongar el tiempo de vida. Por lo tanto, ha desempeñado un papel muy positivo. Por otro lado, hoy también es posible prolongar la vida en condiciones que en el pasado no se podrían ni siquiera imaginar. Las operaciones sobre el cuerpo humano son cada vez más eficaces, pero no siempre son decisivas: pueden mantener funciones biológicas que se han vuelto insuficientes, o incluso reemplazarlas, pero esto no equivale a promover la salud. Se requiere, pues, un suplemento de sabiduría, porque hoy en día es más insidiosa la tentación de insistir en tratamientos que producen efectos poderosos en el cuerpo, pero a veces no ayudan al bien integral de la persona. El Papa Pío XII, en un discurso memorable dirigido hace 60 años a los anestesistas y especialistas en reanimación, afirmó que no es obligatorio utilizar siempre todos los recursos potencialmente disponibles y que, en casos bien determinados es lícito abstenerse (cf. Acta Apostolica Sedis XLIX [1957], 1027 - 1033). Por tanto, es moralmente lícito renunciar a la aplicación de los medios terapéuticos, o suspenderlos, cuando su uso no corresponde a ese criterio de ética y humanidad que se denominará en lo sucesivo «proporcionalidad de la cura» (Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre la eutanasia, 5 de mayo de 1980, IV: Acta Apostolicae Sedis LXXII [1980], 542-552). El aspecto peculiar de este criterio es que toma en consideración «el resultado que puede esperarse, dadas las condiciones del enfermo y de sus fuerzas físicas y morales» (ibid.). Permite, por lo tanto, llegar a una decisión que se califica moralmente como renuncia al «ensañamiento terapéutico». Es una decisión que asume de manera responsable el límite mortal de la condición humana, en el momento en que se da cuenta de que no se puede contrarrestar. «Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla», como especifica el Catecismo de la Iglesia Católica (n.° 2278). Esta diferencia de perspectiva restituye humanidad al acompañamiento del morir sin abrir justificaciones a la supresión de la vida. Notamos, de hecho, que no activar o suspender el uso de medios desproporcionados, equivale a evitar el ensañamiento terapéutico, es decir, a llevar a cabo una acción que tiene un significado ético completamente distinto de la eutanasia, que sigue siendo siempre ilícita, ya que se propone interrumpir la vida dando la muerte. Ciertamente, cuando nos sumergimos en la concreción de las coyunturas dramáticas y en la práctica clínica, los factores que entran en juego a menudo son difíciles de evaluar. Para determinar si una intervención médica clínicamente apropiada es efectivamente proporcionada, no es suficiente aplicar mecánicamente una regla general. Es necesario un cuidadoso discernimiento, que considere el objeto moral, las circunstancias y las intenciones de los sujetos involucrados. La dimensión personal y relacional de la vida —y de la muerte misma, que sigue siendo un momento extremo de la vida— debe dar, en el cuidado y el acompañamiento del enfermo, un espacio adecuado a la dignidad humana. En este camino, la persona enferma tiene el papel principal. Lo dice claramente el Catecismo de la Iglesia Católica: «Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad» (ibid.). Es él, en primer lugar, quien tiene el derecho, obviamente en diálogo con los médicos, de evaluar los tratamientos que le ofrecen y de juzgar su proporcionalidad efectiva en la situación concreta, y de renunciar necesariamente si dicha proporcionalidad faltase. No es una evaluación fácil en la actividad médica actual, donde la relación terapéutica se fragmenta cada vez más y el acto médico debe asumir múltiples mediaciones, requeridas por el contexto tecnológico y organizativo. También cabe señalar que estos procesos de evaluación están sujetos al condicionamiento de la creciente brecha de oportunidades, favorecida por la acción combinada de la potencia técnico-científica y de los intereses económicos. Los tratamientos progresivamente más sofisticados y costosos son asequibles a grupos de personas y poblaciones cada vez más restringidos y privilegiados, lo que plantea serias dudas sobre la sostenibilidad de los servicios sanitarios. Una tendencia, por decirlo así, sistémica, al aumento de la desigualdad terapéutica. Es bien visible a nivel mundial, especialmente si se comparan los diferentes continentes. Pero también está presente en los países más ricos, donde es probable que el acceso a las curas obedezca más a la disponibilidad económica de las personas que a las necesidades efectivas de la misma. En la complejidad determinada por la incidencia de estos factores en la práctica clínica, pero también en la cultura de la medicina en general, es necesario poner absolutamente en evidencia el mandamiento supremo de la proximidad responsable como aparece claramente en la página evangélica del Samaritano (cf. Lucas 10, 25 -37). Se podría decir que el imperativo categórico es no abandonar nunca a la persona enferma. La angustia de la condición que nos lleva al umbral del límite humano supremo y las decisiones difíciles que tenemos que tomar nos exponen a la tentación de abandonar la relación. Pero este es el lugar donde se nos pide amor y cercanía, más que cualquier otra cosa, reconociendo el límite que a todos nos acomuna y allí, precisamente, haciéndonos solidarios. ¡Que cada uno dé amor de la manera que le corresponde: como padre o madre, hijo o hija, hermano o hermana, médico o enfermero! ¡Pero que lo dé! Y si sabemos que no siempre se puede garantizar la curación de la enfermedad, a la persona que vive debemos y podemos cuidarla siempre: sin acortar su vida nosotros mismos, pero también sin ensañarnos inútilmente contra su muerte. En esta línea se mueve la medicina paliativa que reviste también una gran importancia en ámbito cultural, esforzándose por combatir todo lo que hace la muerte más angustiosa y llena de sufrimiento, es decir, el dolor y la soledad. En las sociedades democráticas, los temas delicados como estos deben tratarse con moderación: de una manera seria y reflexiva, y estando dispuestos a encontrar soluciones, incluso normativas, lo más compartidas posible. Por un lado, debemos tener en cuenta la diversidad de las concepciones del mundo, de las convicciones éticas y de las afiliaciones religiosas, en un clima de escucha y aceptación mutuas. Por otro lado, el Estado no puede dejar de proteger a todos los sujetos involucrados, defendiendo la igualdad fundamental por la cual el derecho reconoce a cada uno como ser humano que convive con otros en la sociedad. Hay que prestar una atención especial a los más débiles, que no pueden defender por sí mismos sus intereses. Si merma este núcleo de valores que son esenciales para la convivencia, merma también la posibilidad de comprendernos basándonos en el reconocimiento del otro que es el presupuesto de cada diálogo y de la misma vida asociativa. También la legislación en ámbito médico y sanitario requiere esta visión amplia y un enfoque integral de lo que más promueve el bien común en las situaciones concretas. Con la esperanza de que estas reflexiones puedan seros de ayuda, os deseo de todo corazón que vuestra reunión tenga lugar en un clima sereno y constructivo; que podáis identificar las formas más adecuadas para abordar estos asuntos delicados, en vista del bien de todos los que encontráis y con los que colaboráis en vuestra exigente profesión. Que el Señor os bendiga y la Virgen os proteja. Del Vaticano, 7 de noviembre de 2017

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número 47, viernes 24 de noviembre de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 9 Fármacos y cuidados accesibles para todos En la vigilia de la Jornada mundial de los pobres Un renovado llamamiento para que cuidados y fármacos sean accesibles para todos fue lanzado por el Papa en la vigilia de la Jornada mundial de los pobres. El sábado 18 de noviembre, Francisco envió una carta a los participantes de la Conferencia internacional sobre el el tema «Enfrentar las disparidades mundiales en materia de salud» celebrada en el Vaticano por iniciativa del Dicasterio para el servicio del desarrollo humano integral. Al venerado hermano cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson Prefecto del Dicasterio para el servicio del desarrollo humano integral Quisiera extender mi saludo cordial a los participantes de la XXXII Conferencia Internacional sobre el tema «Enfrentar las disparidades mundiales en materia de salud». Doy las gracias de todo corazón a quienes han colaborado en este evento, en particular al Dicasterio para el servicio del desarrollo humano integral y al Comité Internacional de Instituciones Sanitarias Católicas. En la conferencia del año pasado, no obstante algunos datos positivos sobre la esperanza de vida y la lucha contra las enfermedades a nivel mundial, resultó evidente la gran brecha entre los países ricos y los países pobres en el acceso a las curas y tratamientos sanitarios. Por lo tanto, se decidió abordar la cuestión de las disparidades y los factores sociales, económicos, ambientales y culturales que las alimentan. La Iglesia no puede por menos que interesarse por ello, sabiendo que su misión, orientada al servicio del ser humano creado a imagen de Dios, es también hacerse cargo del cuidado de su dignidad y de sus derechos inalienables. En la nueva Carta para los agentes sanitarios está escrito, en este sentido, que «el derecho fundamental a la protección de la salud atañe al valor de la justicia, según el cual no hay distinciones de pueblos y naciones, teniendo en cuenta las condiciones objetivas de vida y el desarrollo de los mismos en la búsqueda del bien común, que es al mismo tiempo el bien de todos y de cada uno» (n. 141). La Iglesia sugiere que la armonización del derecho a la protección de la salud y el derecho a la justicia esté garantizada por una distribución equitativa de las estructuras sanitarias y de los recursos financieros de conformidad con los principios de solidaridad y subsidiariedad. Como recuerda la Carta, «también los responsables de las actividades sanitarias deben sentirse interpelados en modo fuerte y singular, conscientes de que “mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de re- conocer lo humano”» (n. 91, Benedicto XVI, Caritas in veritate, 75). Me alegra saber que la Conferencia haya redactado un proyecto para contribuir a abordar estos desafíos de forma concreta: el establecimiento de una plataforma operativa para compartir y colaborar entre las instituciones sanitarias católicas presentes en diferentes contextos geográficos y sociales. Animo, de buen grado, a los actores de este proyecto a perseverar en el esfuerzo, con la ayuda de Dios. A ello están llamados en primer lugar los profesionales de la salud y sus asociaciones profesionales, llamados a hacerse promotores de una sensibilización cada vez mayor en las instituciones, los organismos de asistencia y la industria sanitaria para que todos puedan beneficiarse del derecho a la protección de la salud. Ciertamente, esto no depende solamente de la asistencia sanitaria, sino también de complejos factores económicos, sociales, culturales y de toma de decisiones. Por lo tanto, «la necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales» (Evangelii gaudium, 202). También me gustaría detenerme en un aspecto indispensable, especialmente para aquellos que sirven al Señor dedicándose a la salud de los hermanos. Si el aspecto organizativo es crucial para proporcionar los debidos cuidados y ofrecer la mejor atención al ser humano, también es necesario que no falte nunca en los Mensaje por el submarino argentino Publicamos el mensaje que el cardenal Pietro Parolin envió, en nombre del Papa Francisco, al Ordinario Militar de Argentina, monseñor Santiago Olivera, por la tripulación del submarino disperso en aguas argentinas del Atlántico Meridional. Monseñor Santiago Olivera, ordinario militar El Papa Francisco asegura su ferviente oración por los 44 tripulantes del ARA San Juan, que se encuentra desaparecido desde el pasado miércoles y le ruega que haga llegar a sus familiares y a las autoridades militares y civiles de ese país su cercanía en estos difíciles momentos. Asimismo, alienta los esfuerzos que se están llevando a cabo para encontrar el navío. Su Santidad los confía a la maternal intercesión de la Santísima Virgen y, a la vez que les ruega que recen por él y por su ministerio al servicio del Santo Pueblo de Dios, pide al Señor que les infunda serenidad espiritual y esperanza cristiana en estas circunstancias, en prenda de lo cual les imparte de corazón la confortadora bendición apostólica. CARDENAL PIETRO PAROLIN SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD agentes sanitarios, la dimensión de la escucha, de la compañía y del apoyo a la persona. Jesús, en la parábola del Buen Samaritano, nos muestra las actitudes a través de las cuales podemos hacer concreto el cuidado de nuestro prójimo marcado por el sufrimiento. El Samaritano, primero «ve», se da cuenta y «tiene compasión» por el hombre desnudo y herido. Esa compasión no es solamente un sinónimo de pena o tristeza, es algo más: indica la predisposición a entrar en el problema, a ponerse en la situación del otro. Aunque el hombre no puede igualar la compasión de Dios, que entra en el corazón del hombre y habitándolo lo regenera, sin embargo, puede imitarla «haciéndose cercano», «vendando las heridas», «haciéndose cargo», «cuidándolo» (cf. Lucas 10, 33-34). Una organización sanitaria eficiente y capaz de abordar las disparidades no puede olvidar su fuente primaria: la compasión, del médico, del enfermero, del agente, del voluntario, de todos los que por este camino pueden restar el dolor a la soledad y la angustia. La compasión es un camino privilegiado para construir la justicia, ya que, ponerse en la situación del otro, no sólo nos permite encontrar las fatigas, dificultades y miedos, sino también descubrir, dentro de la fragilidad que caracteriza a todo ser humano, su valor precioso y único, en una palabra: la dignidad. Porque la dignidad humana es el fundamento de la justicia, mientras el descubrimiento del valor inestimable de cada hombre es la fuerza que nos impulsa a superar con entusiasmo y abnegación la disparidad. Deseo, finalmente, dirigirme a los representantes de algunas empresas farmacéuticas convocados aquí en Roma para abordar el problema del acceso a terapias antirretrovirales en la edad pediátrica. Hay un pasaje en la nueva Carta para los agentes sanitarios que quisiera encomendaros: «si es innegable que el conocimiento científico y la investigación de las empresas farmacéuticas tienen leyes propias a las que atenerse, como, por ejemplo, la protección de la propiedad intelectual y un equitativo beneficio como apoyo a la innovación, deben encontrar la composición adecuada con el derecho de acceso a los tratamientos esenciales y/o necesarios sobre todo en los países menos desarrollados, y esto especialmente en el caso de las denominadas “enfermedades raras” y “olvidadas”, a las que se acompaña el concepto de “medicamentos huérfanos”. Las estrategias sanitarias, orientadas a la búsqueda de la justicia y el bien común, han de ser viables económica y éticamente. De hecho, mientras deben salvaguardar la sostenibilidad, tanto de la investigación como de los sistemas sanitarios, tendrían al mismo tiempo que poner a disposición los medicamentos esenciales en cantidades adecuadas, en formas farmacéuticas accesibles y de calidad garantizada, acompañados de una información precisa y a costes asequible para los individuos y las comunidades» (n. 92). Os agradezco el generoso compromiso con el que ejercéis vuestra preciosa misión. Os doy la bendición apostólica y os pido que me recordéis en la oración. Desde el Vaticano, 18 de noviembre de 2017

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página 10 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 24 de noviembre de 2017, número 47 Las homilías del Papa Pensar en la muerte «P ensar en nuestra muerte no es una fantasía mala»; de hecho, vivir bien cada día como si fuera «el último» y no como si esta vida fuera «una normalidad» que dura para siempre, podrá ayudar a encontrarse verdaderamente listos cuando el Señor llame. Es una invitación a reconocer serenamente la verdad existencial de nuestra existencia lo que el Papa Francisco propuso en la misa celebrada el viernes 17 de noviembre, por la mañana, en Santa Marta. «En estas dos últimas semanas del año litúrgico —hizo presente inmediatamente— la Iglesia en las lecturas, en la misa, nos hace reflexionar sobre el final». Por una parte, claro «el final del mundo, porque el mundo se derrumbará, será transformado» y llegará «la venida de Jesús, al final». Pero, por la otra parte, la Iglesia habla también del «fin de cada uno de nosotros, porque cada uno de nosotros morirá: la Iglesia, como madre, maestra, quiere que cada uno de nosotros piense en la propia muerte». «A mí me llama la atención —confesó el Pontífice, haciendo referencia al pasaje evangélico de san Lucas (17, 26-37)— lo que dice Je- sús en este paso que hemos leído». En particular su respuesta «cuando preguntan cómo será el fin del mundo». Pero, mientras tanto, relanzó el Papa las palabras del Señor, «pensemos en cómo será mi final». En el Evangelio Jesús usa las expresiones «como sucedió en los días de Noé» y «como sucedió en los días de Lot». Para decir, explicó, que los hombres «en aquel tiempo comían, bebían, tomaban mujer, tomaban marido, hasta el día que Noé entró en el arca». Y, aún «como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían». Pero he aquí, continuó el Papa, cuando llega «el día en el que el Señor hace llover fuego y azufre del cielo». En definitiva, «hay normalidad, la vida es normal —señaló Francisco— y nosotros estamos acostumbrados a esta normalidad: me levanto a las seis, me levanto a las siete, hago esto, hago este trabajo, voy a encontrar esto mañana, domingo es fiesta, hago esto». Y «así estamos acostumbrados a vivir una normalidad de vida y pensamos que esto siempre será así». Pero lo será, añadió el Pontífice, «hasta el día que Noé subió al arca, hasta el día que el Señor hizo caer fuego y azufre del cielo». Porque seguramente «vendrá un día en el que el Señor nos diga a cada uno de nosotros: “ven”», recordó el Pontífice. Y «la llamada para algunos será repentina, para otros será después de una enfermedad, en un accidente: no sabemos». Pero «la llamada estará y será una sorpresa: no la última sorpresa de Dios, después de está habrá otra —la sorpresa de la eternidad— pero será la sorpresa de Dios para cada uno de nosotros». A propósito del final, continuó, «Jesús tiene una frase, la leímos ayer en la misa: será “como el rayo que deslizándose brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día”, el día que llamará a nuestra vida». «Nosotros estamos acostumbrados a esta normalidad de la vida —continuó Francisco— y pensamos que será siempre así». Pero «el Señor y la Iglesia, nos dice en estos días: párate un poco, párate, no siempre será así, un día no será así, un día te quitarán y lo que está junto a ti quedará». «Señor, ¿cuándo será el día en el que me quitarán?»: precisamente «esta —sugirió el Papa— es la pregunta que la Iglesia invita a hacernos hoy y nos dice: párate un poco y piensa en tu muerte». He aquí el significado de la frase citada por Francisco, colocada al in- greso «en un cementerio, en el norte de Italia: “Peregrino, tú que pasas, piensa en tus pasos, el último paso”». Porque «habrá un último» paso. «Este vivir la normalidad de la vida como si fuera una cosa eterna, una eternidad —explicó el Papa— se ve también en las vigilias fúnebres, en las ceremonias, en las honras fúnebres: tantas veces las personas que realmente están implicadas con la persona muerta, por la que rezamos, son pocas». Y así «una vigilia fúnebre se transforma normalmente en un hecho social: “¿Dónde vas hoy?” — “Hoy debo ir a hacer esto, esto, esto y después al cementerio, porque hay una ceremonia”». Se convierta así en «un hecho más y allí encontramos a los amigos, hablamos: el muerto está allí, pero nosotros hablamos: normal». Así «también ese momento trascendente, por el modo de caminar de la vida habitual, se convierte en un acto social». Y «esto —confió de nuevo Francisco— yo lo he visto en mi patria: en vigilias fúnebres hay un servicio de recibimiento, se come, se bebe, el muerto está allí: pero nosotros aquí hacemos un poco, no digo “fiesta”, pero hablamos, mundanamente; es una reunión más, para no pensar». «Hoy —afirmó el Pontífice— la Iglesia, el Señor, con esa bondad que tiene, dice a cada uno de nosotros: párate, párate, no todos los días serán así; no acostumbrarte como si eso fuera la eternidad; habrá un día en el que te irás, otro quedará, tú te irás». En definitiva, así «es ir con el Señor, pensar que nuestra vida tendrá final y esto hace bien porque lo podemos pensar al inicio del trabajo: hoy tal vez será el último día, no sé, pero haré bien el trabajo». Y «haré» bien también «en las relaciones en casa, con los míos, con la familia: ir bien, tal vez será el último, no lo sé». Lo mismo debemos pensar, continuó Francisco, «también cuando vamos al médico: ¿será una más o será el inicio de las últimas visitas?» «Pensar en la muerte no es una fantasía fea, es una realidad», insistió el Pontífice, explicando: «Si es fea o no fea depende de mí, de como lo pienso yo, pero estará y allí habrá un encuentro con el Señor: esto será lo hermoso de la muerte, habrá un encuentro con el Señor, será Él quien venga al encuentro, será Él quien diga “ven, ven, bendecido por mi Padre, ven conmigo”». No sirve de nada decir: «Pero, Señor, espera que debo arreglar esto, esto». Porque «no se puede arreglar nada: aquel día quien se encuentre en la terraza y haya dejado sus cosas en casa que no baje: donde estés te toma- rán, te tomarán, tu dejarás todo». Pero «tendremos al Señor, esta es la belleza del encuentro», ase- guró el Papa. «El otro día —añadió— encontré a un sacerdote, más o menos de 65 años: no se encontraba bien y fue al médico», que «después de la visita» le «ha dicho: “Mire, usted tiene esto, esto es algo malo, pero tal vez estemos a tiempo de pararla, haremos esto; si no se para haremos lo otro o si no se para comenzaremos a cami- nar y yo le acompañaré hasta el final”». Por eso, comentó Francis- co, «¡un médico capaz aquel! Con tanta dulzura dijo la verdad: también nosotros acompañémonos en este camino, andemos juntos, trabajemos, hagamos el bien y todo, pero siempre mirando allí». «Hoy hagamos esto» concluyó el Papa, porque «nos hará bien a todos pararnos un poco y pensar en el día en el que el Señor venga a encontrarme, venga a tomarme para ir con Él».

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número 47, viernes 24 de noviembre de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 No a las colonizaciones ideológicas E l cristiano debe dar su testimonio frente a las «colonizaciones ideológicas y culturales» que suenan como verdaderas y propias «blasfemias» y suscitan «persecuciones» furiosas. Introduciendo «novedades» malas, hasta llegar a considerar normal «matar a niños» o perpretar «genocidios» para «anular las diferencias», tratando de hacer «limpieza» de Dios con la idea de ser «modernos» y al compás de los tiempos. Como ejemplo concreto para responder a las «colonizaciones culturales y espirituales que se nos proponen» el Papa Francisco relanzó el testimonio de Eleazar, sugerido por la liturgia de la misa celebrada en martes 21 de noviembre en Santa Marta. «En la primera lectura —observó inmediatamente el Pontífice refiriéndose al pasaje extraído del segundo libro de los Macabeos (6, 18-31)— hemos escuchado el martirio de un hombre que fue condenado a morir por fidelidad a Dios, a la ley, en una persecución: hay varios motivos para una persecución, pero podemos citar tres principales». Hay, ante todo, «una persecución solamente religiosa: yo voy contra tu fe porque mi fe dice no y con el poder que tengo hago la persecución» explicó Francisco. «Otra persecución, otro motivo es uno religioso, cultural, histórico, político, religiosopolítico, cuando se mezcla lo religioso con lo político» añadió, invitando a pensar «en la guerra de los treinta años, en la noche de san Bartolomé: estas guerras religiosas o políticas». Y de nuevo, «otro motivo de persecución —señaló el Papa— es puramente cultural: viene una nueva cultura que quiere hacer todo nuevo y hace limpieza de las tradiciones, de la historia, también de la religión de un pueblo: lo que sucede en la lectura de hoy, el martirio de Eleazar, es propio de este estilo cultural». «Ayer comenzó el relato de esta persecución cultural» explicó Francisco haciendo referencia a los pasajes bíblicos propuestos por la liturgia. «Algunos —continuó— viendo el poder y también la belleza magnífica de Antioco Epífanes, también la cultura que venía de esa parte, dijeron: “Vayamos y hagamos alianza con las naciones que nos rodean, somos modernos, estos tienen una modernidad más grande, estos están realmente “al día”; nosotros vamos con nuestras tradiciones, que no sirven para nada». A este respecto el Pontífice quiso repetir precisamente las palabras de la Escritura: «Este razonamiento pareció bueno a sus ojos y, por lo tanto, algunos del pueblo tomaron la iniciativa, fueron al rey que les dio la facultad de introducir las instituciones paganas de las naciones». Y así, añadió Francisco, no pidieron «introducir las ideas o introducir los dioses, no: las instituciones, es decir, este pueblo que había nacido, que había crecido en torno a la ley del Señor, en el amor del Señor, a través de sus dirigentes, introduce nuevas instituciones, nueva cultura que hacen limpieza de todo, de todo: cultura, religión, ley, todo. Todo es nuevo». «La “modernidad” es una verdadera colonización cultural, una ver- dadera colonización ideológica» relanzó el Papa. Y «así quiere imponer al pueblo de Israel esta costumbre única, todo se hace así, no hay libertad para estas cosas». Pero «algunos aceptaron porque parecía buena la cosa: “No, pero es cierto, ¡tenemos que ser como los otros!”». Y «esta gente que llegaba a las nuevas instituciones —afirmó Francisco— expulsa esto, corta las tradiciones y el pueblo comienza a vivir de un modo diverso». He aquí que precisamente «para defender la historia, para defender la fidelidad del pueblo, para defender las tradiciones, las verdaderas tradiciones, las buenas tradiciones del pueblo, se crean resistencias, algunas resistencias». La primera lectura de hoy, explicó el Pontífice, nos dice que «Eleazar no quiere: era un hombre digno, muy respetado y él no quiere hacerlo». Y como él «muchos otros, en el libro de los Macabeos se cuenta la historia de estos mártires, de estos héroes». «Así avanza siempre —prosiguió— una persecución nacida de una colonización cultural, de una colonización ideológica, que destruye, hace todo igual, no es capaz de tolerar las diferencias». En particular, afirmó Francisco, «hay una palabra clave en la lectura de ayer extraída del primer libro de los Macabeos —cuando comienza este relato: “En aquellos días salió una raíz perversa”» y «eso es Antioco Epífanes». Por lo tanto, insistió el Papa, «se corta la raíz del pueblo de Israel y entra esta raíz, calificada como perversa porque hará nacer en el pueblo de Dios estas actitudes nuevas, paganas, mundanas y lo ha- rá crecer con el poder, con el domi- nio». Y «este es el camino de las co- lonizaciones culturales que terminan por perseguir también a los creyen- tes». Por el resto, afirmó el Pontífice, «no tenemos que ir demasiado lejos para ver algunos ejemplos: pense- mos en los genocidios del siglo pa- sado, que era algo cultural, nuevo: “Todos iguales y aquellos que no tie- nen la sangre pura, fuera y estos... Todos iguales, no hay espacio para las diferencias, no hay espacio para los demás, no hay espacio para Dios”». He aquí «la raíz perversa», conti- nuó el Papa. «Frente a estas coloni- zaciones culturales que nacen de la perversidad de una raíz ideológica señaló Eleazar, él mismo, se hace raíz: es interesante, Eleazar muere pensando en los jóvenes». Eleazar afirma: «Por eso, abandonando aho- ra de fuerte esta vida, me mostraré digno de mi edad y dejaré a los jó- venes un ejemplo noble para que se- pan afrontar la muerte preparados y noblemente». Y de nuevo, «dos ve- ces más habla de los jóvenes». En definitiva, «Eleazar, el martir, el que da la vida, por amor a Dios y a la ley, se hace raíces para el futuro: es decir, da vida, hace crecer, hace cre- cer al pueblo y frente a aquella raíz perversa que nació y hace esta colonización ideológica y cultural, está esta otra raíz que da la propia vida para hacer crecer el futuro». «Es cierto, eso que llegó desde el reino de Antioco era una novedad» añadió el Papa, invitando a preguntarnos si «las novedades son todas malas, todas». La respuesta es «no». Por el resto, «el Evangelio es una novedad, Jesús es una novedad, es la novedad de Dios». Por lo tanto, «es necesario discernir las novedades: ¿esta novedad es del Señor, viene del Espíritu Santo, viene de la raíz de Dios o esta novedad viene de una raíz perversa?». Y así «antes, sí, era pecado, no se podía matar a los niños, pero hoy se puede, no hay mucho problema, es una novedad perversa». Además: «Ayer las diferencias estaban claras, como hizo Dios, la creación se respetaba; pero hoy somos un poco modernos: tú haces, tú entiendes, las cosas no son muy diferentes si se hace una mezcla de cosas». Y «esta es la raíz perversa: la novedad de Dios nunca hace una mezcla, nunca hace una negociación; es vida, va de frente, es raíz buena, hace crecer, mira al futuro». En cambio, afirmó el Papa, «las colonizaciones ideológicas y culturales miran sobre todo al presente, reniegan del pasado y no miran al futuro: viven en el momento, no en el tiempo y por esto no pueden prometernos nada». Y «con este compor- tamiento de hacer a todos iguales y borrar las diferencias cometen, hacen el pecado feísimo de blasfemar contra el Dios creador». Por eso, recordó Francisco, «cada vez que llega una colonización cultural e ideológica se peca contra Dios creador porque se quiere cambiar la creación como Él la ha hecho». De todos modos, advirtió el Pontífice, «contra este hecho que a través de la historia ha sucedido muchas veces hay solamente una medicina: el testimonio, es decir, el martirio». Hay algunos, como Eleazar que dan «el testimonio de la vida, pensando en el futuro, en la herencia que daré yo con mi ejemplo. En la mayoría el testimonio de vida: yo vivo así, sí, dialogo con aquellos que piensan diferente, pero mi testimonio es así, según la ley de Dios, según lo que Dios me ha ofrecido». Francisco sugirió mirar el ejemplo de Eleazar: «En aquel momento él no pensó: “dejo este dinero a este, dejo esto”, no, pensó en los jóvenes, pensó en el futuro, pensó en la herencia del propio testimonio, pensó que ese testimonio sería para los jóvenes una promesa de fecundidad y frente a la raíz perversa él mismo se hace raíz para dar vida a los demás». Por eso, concluyó el Pontífice, «que este ejemplo nos ayude en los momentos tal vez de confusión frente a las colonizaciones culturales y espirituales que se nos proponen».

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página 12 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 24 de noviembre de 2017, número 47 Memorial de Pascua En la Audiencia general el Pontífice continúa las reflexiones sobre la importancia de la misa En la misa «Jesús nos arrastra con Él para hacer la Pascua». Continuando las reflexiones sobre la importancia de la celebración eucarística, el Papa Francisco, durante la Audiencia general del miércoles 22 de noviembre en la plaza San Pedro, explicó el significado de la palabra «memorial» y dijo que la misa «no es solamente un recuerdo, es más: es hacer presente lo que sucedió hace veinte siglos». Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! C ontinuando con las Catequesis sobre la misa, podemos preguntarnos: ¿Qué es esencialmente la misa? La misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Nos convierte en partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte y da significado pleno a nuestra vida. Por esto, para comprender el valor de la misa debemos ante todo entender entonces el significado bíblico del «memorial». «En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado» (Cost. Dogm. Lumen gentium, 3). Cada celebración de la eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús nos arrastra también a nosotros con Él para hacer la Pas- (Oración eucarística IV). La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte, porque Él trasformó su muerte en un supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y en la eucaristía, Él quiere comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar como Él nos ha amado, dando la vida. Si el amor de Cristo está en mí, puedo darme plenamente al otro, en la certeza interior de que si incluso el otro me hiriera, yo no moriría; de otro modo, debería defenderme. Los mártires dieron la vida precisamente por esta certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Solo si experimentamos este poder de Cristo, el poder de su amor, somos verdaderamente libres de darnos sin miedo. Esto es la misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesús; cuando vamos a misa es si como fuéramos cada vez que es celebrada la Pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos». Catecismo de la Iglesia Católica (1363). Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo llevó a término la Pascua. Y la misa es el memorial de su Pascua, de su «éxodo», que cumplió por nosotros, para hacernos salir de la esclavitud e introducirnos en la tierra prometida de la vida eterna. No es solamente un recuerdo, no, es más: es hacer presente aquello que ha sucedido hace veinte siglos. La eucaristía nos lleva siempre al vértice de las acciones de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, vierte sobre vosotros toda la misericordia y su amor, como hizo en la cruz, para renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Dice el Concilio Vaticano II: «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el cua. En la misa se hace Pascua. Nosotros, en la misa, estamos con Jesús, muerto y resucitado y Él nos lleva adelante, a la vida eterna. En la misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él: «Yo estoy crucificado con Cristo —dice san Pablo— y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 19-20). Así pensaba Pablo. Su sangre, de hecho, nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que nos toma cada vez que caemos víctimas del pecado nuestro o de los demás. Y entonces nuestra vida se contamina, pierde belleza, pierde significado, se marchita. Cristo, en cambio, nos devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando afrontó la muerte la derrota para siempre: «Resucitando destruyó la muerte y nos dio vida nueva». al calvario, lo mismo. Pero pensad vosotros: si nosotros en el momento de la misa vamos al calvario —pensemos con imaginación— y sabemos que aquel hombre allí es Jesús. Pero, ¿nos permitiremos charlar, hacer fotografías, hacer espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! Nosotros seguramente estaremos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser salvados. Cuando entramos en la iglesia para celebrar la misa pensemos esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparecen las charlas, los comentarios y estas cosas que nos alejan de esto tan hermoso que es la misa, el triunfo de Jesús. Creo que hoy está más claro cómo la Pascua se hace presente y operante cada vez que celebramos la misa, es decir, el sentido del memorial. La participación en la eucaristía nos hace entrar en el misterio pascual de Cristo, regalándonos pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, allí en el calvario. La misa es rehacer el calvario, no es un espectáculo.

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