Relatos históricos 1

 

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Demo del libro "Relatos históricos 1".

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Julio Villanueva Sotomayor Relatos históricos I

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Título de la obra Relatos históricos I Consejo editorial Francisco Álvarez Penelas Federico Díaz Tineo Máximo Sagredo Sagredo Responsable de la edición Marco Estrada Rosas Diseño de carátula Gerardo Hurtado Ramírez Diagramación Felícita Solís Rivas Ilustración general Bernardo Prado Rayme Carlota Aguayo Ojeda Coordinación de preprensa Juan José Pérez Hoyos Coordinación de producción Rommel Ríos Valenzuela Primera edición 2007 © Derechos de autor reservados Julio R. Villanueva Sotomayor © Derechos de arte gráfico reservados Francisco Álvarez Penelas © Derechos de edición reservados Asociación Editorial Bruño Av. Arica 751 – Breña – Ap. 05-144 – Lima 05 - Perú Teléfonos: 423-7890 – 424-2272 424-4134 – 425-0282 Fax: 425-0424 – 425-1248 e-mail: editor@brunoeditorial.com.pe ventas@brunoeditorial.com.pe Web site: www.brunoeditorial.com.pe ISBN: 978-9972-1-0105-2 Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.º 2007-01373 Proyecto Editorial N.° 31501050600795 Esta obra se terminó de imprimir en marzo del 2007 en los talleres gráficos de Asociación Editorial Bruño Av. Arica 751 – Breña – Ap. 05-144 – Lima 05 - Perú produccion@brunoeditorial.com.pe Tiraje: 2000 ejemplares. Prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento sin permiso expreso del editor. Impreso en Perú / Printed in Peru

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Prólogo Cuando recorría el Perú, tuve siempre una acompañante y cuya fidelidad no me puedo quejar aunque me pesa en el alma haberla conocido: la angustia; la que se convirtió en mi hermanita para comentar, mi nana para indisponer, mi amante para dudar y, sobre todo, mi diablilla, la que no paraba de aguijonearme, alterarme, afiebrarme, enfermándome, matándome con las preguntas que nunca tenían respuesta, con las interrogantes que se quedaban en el aire, volando burlonas, riéndose de mí, perdiéndose los cuándo, cómo y quiénes. La angustia iba conmigo, cabalgaba en mi misma silla de montar, se arremolinaba en el mismo timón de mi carro, la sentía en mis botas y botines, parecía que subía y bajaba por toda mi vestidura, se mojaba con mi sudor y, ¡todo esto!, cuando me parapetaba en los sitios arqueológicos de nuestro país para conseguir algunas respuestas a mis múltiples preguntas. Esa inquietud lacerante corroía aun más mi cerebro cuando me encontraba acá y acullá con huellas de antiguos peruanos y ninguno de ellos venía a ayudarme a descifrar sus misterios. ¡Dónde está tu Herodoto!, gritaba; ¿a dónde se ha ido el cholo Tucídides?, pedía; ¿qué ha sido del Lao-Tsé andino?, imploraba; ¿qué ha pasado con tu Platón?, filosofaba. La respuesta se perdía con el alfabeto fenicio, nada de la “a” a la zeta. Una noche soñé que estaba leyendo un libro de Karhuiraj, amauta chavina, primera historiadora andina. Se llamaba “Canto a la vida” y relataba la manera cómo fue la epopeya de un grupo de sacerdotes para imponer su cultura en casi todos los Andes. Los fundadores de Chavín de Huántar, Tijmoc y Matahy, criados por una puma, habían bebido la leche de esta bestia, por eso eran fuertes, sagaces; un manto de pelos de murciélagos los había abrigado, de ahí que eran sanos y robustos; y la tenaz vigilancia de un cóndor macho los había cuidado, hasta que se hicieron jóvenes y hermosos. Eran el uno para el otro, no solo en los enredos de Quercaj (el Cupido amerindio), sino en

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la gran sabiduría que habían adquirido conviviendo con la naturaleza. Un día, se les apareció el dios Kon y les dio la misión de fundar su pueblo, “¡Allá en el río Mosna”!, les dijo. “¿Nos ayudarás padre mío?”, se atrevió a decir Matahy. “¡Estaré al lado de ustedes cada vez que me necesiten”!, respondió el dios y envuelto en un halo luminoso desapareció por los cielos. No he vuelto a ver a Tijmoc y Matahy, tampoco a Karhuiraj y reconozco que mis ruegos a Quilmaj (la versión india de Morfeo) para que la historia continué han fracasado y sus imágenes seguirán congeladas en el cofre de los recuerdos anodinos e igual que el de los demás personajes de nuestra historia antigua se irán perdiendo en la oscuridad del tiempo. Ahora, cada vez que voy a Chavín solo escucho el aliento del viento al besar las moles de piedra, las que se muestran más solemnes y misteriosas; enhiestas, desafiantes. Y, mientras el ichu aledaño lucha por conservar su espacio vital, me consuelo mirando alelado el rostro del antiguo dios dibujado por doquier en las piedras y el que parece decir: “Algún día los mortales conocerán cómo, cuándo y quiénes hicieron obra tan maravillosa”. Entre tanto, para acallar mis angustias me he propuesto escribir una serie de libros que traten de recrear las partes de la historia escondida, la que se desprende del barro y de la piedra, del hueso y las telas, de las crónicas de ayer y de hoy, de las entrelíneas de los textos, de las voces viajeras de sus tradiciones y de las mil formas de sus costumbres. Con toda hidalguía, debo confesar que el libro “RELATOS HISTÓRICOS I” que tiene en sus manos ha sido un mate de muña para mi alma, porque la calma y la paciencia han vuelto a invadirme. Ojalá que lo motive también a usted para que su imaginación abrace los pasajes heroicos de antes, que pueda entender cómo eran nuestros antepasados y conseguir, de esa manera, las ansiadas respuestas en el gran mural del antiguo Perú. El autor

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La Meca andina I - ¿De dónde vienes Taita?- le preguntaron casi al unísono Umasúmac y Rumiñahui a un anciano que casi encorvado caminaba en dirección opuesta a ellos, en las alturas de la laguna de Querococha, en la Cordillera Blanca. 

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Julio R. Villanueva Sotomayor El sorprendido viajero ancló sus pies, estiró su adolorido esqueleto, desplazó su carga de la espalda hasta el suelo, lo acomodó con cuidado, se secó el sudor de la frente con una tela roja que sacó de su picsha, respiró hondo y les dijo: - Vengo de Chavín y me voy a mi terruño, a Recuay. ¿Ustedes? - ¿Qué coincidencia? Nosotros, vamos a Chavín. - Seguramente, están yendo con el mismo propósito por el cual yo fui, ¿no es cierto? - Estamos yendo a traer unas semillas especiales. - Exactamente, de maíz. Justamente, aquí me estoy llevando para sembrarla. Además he visto unas cosas fantásticas. - A ver, cuéntenos. - Bien, siéntense. Les contaré mientras comemos mi fiambre, que es charqui con cancha. - ¡Con cancha! ¿Qué es eso? - Ya verán, pero escuchen. El relato fue fluyendo de la garganta del anciano con agradable cadencia y era solamente interrumpido cuando las manos del relator se acercaban al charqui o a la cancha o cuando los sorprendidos jóvenes le hacían preguntas. En el firmamento, los rayos solares iban acariciando las faldas del Huascarán, el Huandoy y el Pisco en los lugares que el tiempo les consentía. - ¿Y dónde queda ese castillo gigante?, fue una pregunta que lanzó Umasúmac. 

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La Meca andina En dicha conversación quedó en claro que Chavín de Huántar quedaba tras de la Cordillera Blanca, a muchos metros de altitud, en región Quechua, en el Callejón de Conchucos, a orillas del río Mosna, tributario del río Marañón. - ¿Y cómo es el castillo?, interrumpió Rumiñahui. - Es- dijo el anciano- una monumental construcción piramidal trunca y escalonada, con tres pisos y numerosas galerías subterráneas, toda hecha de piedras. La base de la pirámide es enorme. Tiene varios pisos, una sola portada, ninguna ventana, aunque sí canaletas de ventilación. Alrededor tiene otras construcciones anexas, patios ceremoniales y terrazas, que abarcan una gran superficie. Los muros de piedra son anchos. En muchas partes el labrado es perfecto y con figuras incisas en columnas, paredes y frisos. Las paredes, las cornisas y los pisos del recinto están hechos con piedras toscas y piedras labradas. Estas últimas, en muchos casos, están incisas; es decir, tienen diversas figuras esculpidas. En vestíbulos y pasadizos, se puede observar pequeñas losas con imágenes antropomórficas y zoomórficas. En la entrada principal (Pórtico de Las Falcónidas), hay dos columnas cilíndricas de roca granítica negra. En ellas están grabados dibujos de halcones. En el dintel del pórtico, hay esculpidas las figuras de siete falcónidas o halcones que miran hacia el Norte y siete que lo hacen en sentido contrario, hacia el Sur. - Y, ¿quién cuida tan hermosa construcción?, preguntó Umasúmac. - Además de los guerreros, el templo tiene unos guardianes líticos que dan miedo. Son las cabezas clavas y están empotradas 

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Julio R. Villanueva Sotomayor en las paredes externas del Templo. Son varias y dicen que son las imágenes de sus dioses. - ¿Qué otra cosa tiene?, interrogó Rumiñahui. - Dicen que hay un asombroso laberinto de más de treinta galerías subterráneas en el subsuelo de la pirámide. Son escalinatas, pasadizos y celdas que han sido construidos con paredes, vigas y dinteles de piedra; muchos de éstos están labrados con figuras de peces, crustáceos y halcones. Hay curiosas representaciones de peces con atributos felinos. Estas representaciones de costa, sierra y selva, en un sitio tan especial como las galerías, atestiguaban ritos y ceremonias importantes a los que asistían solamente personajes de la casta gobernante. Yo, por ejemplo, no he podido entrar. - ¿Habrá algún dios en especial?, preguntó Rumiñahui. - Justamente, en la parte más importante de esas galerías, dicen que está el Lanzón, hecho de roca negruzca, con incisiones artísticas. El monolito tiene la forma de un cuchillo y mide cuatro metros de alto. Está empotrado en el suelo y llega hasta la bóveda. Es una divinidad antropomorfa con rasgos felinos, a quien adoran los sacerdotes y nobles que tienen acceso a las galerías subterráneas del Templo del Lanzón. Dicen que muchos reyes de otros lugares del Ande han llegado hasta él, en peregrinación. Se aprecia la figura de un hombre de pie, con la mano derecha levantada a la altura del hombro y la izquierda sobre el muslo. El penacho que parece le brotara de la parte superior de la cabeza muestra un diseño de cabellos en forma de serpiente. El rostro es fiero, de la boca sobresalen colmillos y tiene los labios levantados. 10

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La Meca andina - ¿Qué cosas más has visto? - Muchas y maravillosas, pero yo estuve más impresionado de los cultivos de maíz que tienen en varias partes del Callejón de Conchucos, que es tan o más enorme que el de Huaylas. El maíz es grande, con choclos muy grandes. Un amauta nos enseñó cuándo, cómo y dónde sembrarlo. - Nos enseñó dices. Eran varios. - Montones, llegados de varias partes del Ande. Y qué bien nos trataron los chavines. Nos regalaron también este huaco con una bebida especial. Dicen que es chicha de jora-. Sacó de su huachucu un enorme huaco negruzco, lo destapó e invitó a los jóvenes a probarlo. Los labios apuraron un sorbo y en los gestos y las palabras alabaron el aroma, sabor y el bouquet de la chicha. - ¡Es una delicia!- exclamaron casi al unísono los dos jóvenes. - Lo preparan de maíz secado, lo hacen hervir en grandes cántaros y después lo ponen en unos recipientes especiales para que descanse por varios días hasta que la fermentación esté a punto, que no debe pasar de una semana. - Todo eso ha visto y aprendido. - Por supuesto, estoy agradecido a los chavines y me voy a mis predios, allá a orillas del río Fortaleza para mejorar la agricultura y la alimentación de los míos. Ha sido un gusto conocerlos. - Nosotros vamos a aprender. 11

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Julio R. Villanueva Sotomayor - No se olviden de ser gratos. Trabajen en lo que ellos les pidan o luego de cada cosecha de maíz denles lo que puedan a los chavines. - ¡Gracias por todo! ¡Hasta pronto! - ¡Dios se los pague! 12

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La Meca andina II A medida que Rumiñahui y Umasúmac bajaban por las orillas del río Mosna se topeteaban con muchos pueblitos afincados entre chacras de papa, olluco, oca y, principalmente, maíz. De cuando en cuando observaron a pastores conduciendo grupos de llamas y de cuyas orejas colgaban hilos y cintas multicolores, pero siempre prevaleciendo uno de ellos: azul, rojo o amarillo. También divisaron, casi a hurtadillas, por el miedo que les daba, a unos monolitos que se erguían sobre estratégicas colinas a la vera del camino. Lucían enormes colmillos y sus rostros estaban surcados de culebras y otras terribles figuras. También observaron que los pastores y otros viajantes al pasar cerca a ellos se quitaban el sombrero, reverentemente. Cuando sus cuerpos casi ya no daban y como un alivio para sus almas que no habían logrado encontrar el punto de equilibrio entre la admiración y el susto, llegaron frente a una gigantesca construcción de piedras de todo tamaño, puestas unas sobre otras, en un orden que solamente al contemplar el cielo habían hallado. Pero, ahora estaban sobre la tierra y solo un puente sobre el río Mosna los separaba de tanta maravilla. Estaban por cruzarlo cuando una lanza se interpuso en el camino. Dos guerreros les cerraron el paso, mientras desde la otra orilla un señor, de figura impresionante, vestido muy elegantemente, con adornos de oro en las orejas y en los antebrazos, los observó muy detenidamente. Todos miraron hacia él y bastó que levantase el brazo para que las lanzas fueran retiradas, dejando el paso libre a la pareja de jóvenes. El rumivillaoma sabía que eran habitantes de Parmunca por un listón negro que llevaban atado a sus cabelleras. Los recibió con 13

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