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Pequeñas historias que nunca sucedieron

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Pequeñas historias Pasionesque nunca sucedieron Fotografía Mariano Fuaz 2Texto Marcos Tabossi

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Pequeñas historias Pasionesque nunca sucedieron Fotografía Mariano Fuaz Texto Marcos Tabossi 2

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Pequeñas historias que nunca sucedieron Fotografía Mariano Fuaz Pasiones Texto Marcos Tabossi A modo de prologo, basta decir que muchas veces nos quedan historias ricas como remanentes fotogramas perdidos de algún reportaje. Revisarlos, reordenarlos y crear una nueva historia breve es un ejercicio que despierta los sen dos. Combinarlos, intercambiar lectura y traducirlo a texto, un juego que mul plica las miradas. Pequeñas historias que nunca sucedieron es justamente eso, reordenar las imagenes para crear nuevas letras. Cuando los vi en la cocina ella tenía la mano en la mejilla de él y le hablaba de frente, al límite del beso. Él, todavía con las flores en la mano, se dejaba invadir. Ella agarró el ramo y lo hizo desaparecer llevándolo a otro ambiente. Después se sentaron a la mesa, se tomaron un vino y comieron pastas. Las cor nas estaban corridas y pude ver todo, hasta los fideos colgando de la cuchara cuando ella servía en los platos. Era extraño, ella siempre tenía la precaución de cerrar. Brindaron dos o tres veces. Aproveché el momento de la cena para calentar algo de comida que tenía en la heladera. Después volví al sillón y

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apagué la luz de la lámpara. Ella parecía mirarme. Se había sentado frente a la ventana y se asomaba, a veces, intentando mirar por encima del hombro de él. Como si necesitara cerciorarse de que yo estuviera ahí, tes go de lo que vendría. Al momento de lavar los platos, él se paró tras ella y le hizo sen r su cuerpo respirándole en el cuello. Ella dejó correr el agua y puso sus manos contra la pared simulando ser una sospechosa detenida por la policía. Él hizo el resto y ella, cada tanto, giraba la cabeza buscando descubrirme en la oscuridad de mi casa. Al terminar destaparon la segunda botella de vino, él sirvió las copas y la luz de la cocina quedó prendida cuando ahora se encendía la del cuarto. Apoyaron las copas llenas sobre una repisa y en el empo que tardé en llevar mi plato a la mesada, ya se habían sacado la ropa. Ella, con maestría, parecía dirigir los movimientos y quedar, siempre, frente a la ventana. Podía escuchar sus gritos silenciosos cuando gemía, sus gestos apretados de placer, el cansancio de él que lo hacía mermar en la intensidad. Después, ella lo acostó de un empujón y se sentó en su cintura. Se movía tanto que parecía estar actuando. Sus manos presionando el vientre de él y su mirada que traspasaba los límites de su cuarto, dedicando la escena al vecino de las nieblas. Fue entonces cuando, en el epílogo, sacó el cuchillo quién sabe de dónde y empezó con la faena. Habrán sido diez, doce puñaladas. Una igual a la otra, en forma rítmica y desinteresada, como si estuviera picando hielo. Picando hielo frente a la ventana donde se miraba, como si fuera un espejo. No pude moverme del sillón en toda la noche. No supe qué hacer. Tenía el celular en la mano pero no pude llamar a nadie, ni siquiera encenderlo: La luz de la pantalla podría delatarme. La luz del cuarto se apagó y unas horas después, al amanecer, las cor nas tapaban la escena. No así en la cocina, donde cerca de las ocho la vi aparecer. Se tomó su empo para poner el agua, limpiar la mugre del día anterior y prender un cigarrillo. Después se sentó en la banqueta y mirando mi ventana, disfrutó del momento.

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Pequeñas historias que nunca sucedieron Queda completamente prohibida la distribución total o parcial de este documento sin la correspondiente autorización escrita de sus autores - 2017. Un agradecimiento muy especial a Priscila M. que nos facilitó la historia de hoy.

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