NECROMONTE

 
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La necrópolis encantada

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NECROMONTE www.necromonte.tk

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NECROMONTE Peter Olson

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Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, esta obra literaria, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización. Autor: Peter Olson es Paco Martínez H. Diseño de cubierta: MyCreativeWorld Edición: MyCreativeWorld Prólogo: Paco Martínez H. Distribución: Amazon Spanish Edition 2016 English Edition 2017 Primera edición en papel y ebook 2016 © NECROMONTE © Luces y Sombras de Peter Olson © MyCreativeWorld ISBN-13: 978-1539926023 ISBN-10: 1539926028 Web de la obra: www.necromonte.tk Información: MyCreativeWorld: info@soymago.net

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A los soñadores que tienen miedo de triunfar y aun así lo intentan

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Peter Olson El miedo tiene un poderoso efecto en cada uno de nosotros, sí, el miedo puede generar mil sensaciones en nuestros cuerpos, desesperación, inseguridad, pánico; eso sí, depende de ti lo que hagas con esas emociones que te hace sentir, ¿no crees? Quizá el miedo te pueda hacer más fuerte, o quizá más débil, sea como sea, el miedo existe y te puede hacer muy infeliz o, si lo controlas, encontrar tu felicidad tras él: todo depende de tu valor. En el cuento Necromonte, indagamos en aquellos miedos que seducen la mente humana, aquellos que nos limitan y atenazan, que nos roban la libertad y que, en la mayoría de los casos, son engendrados en nuestra mente, ya sea por no querer afrontar una nueva situación o por el propio instinto de supervivencia. Existe otro miedo al que hay que escuchar y recordar, es aquel pavor de sentir que un peligro inminente amenaza nuestra integridad física. Si existe el miedo, es porque tenemos cosas a las que temer, ten el valor de descubrir si son temores reales o inventados, te aseguro que no es nada fácil diferenciarlos. Espero que la historia de Manuel te ayude a reflexionar sobre los miedos que él siente y quizá te sirva para pensar en los tuyos. El autor de esta historia es Peter Olson, y yo soy su creador, Paco Martínez H. Esperamos que os guste, no dudéis en escribirnos para contarnos qué te ha parecido Necromonte. Paco Martínez H.

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NECROMONTE LA NECRÓPOLIS ENCANTADA L a noche escondía a los miedos, todos al acecho, dispuestos a engañar a los asustadizos. La oscuridad ocultaba la seguridad del día, haciendo que cualquier persona u objeto pudiera ser un peligro. En lo más alto de la colina, las cruces de los difuntos se distinguían por la luz de la luna. Los muros del camposanto eran altos e inclinados; en las esquinas y en la solera superior de los muros, las enredaderas de espino se enzarzaban protegiendo las tumbas del interior. Arbustos y cipreses rodeaban el cementerio, que parecía querer hablar. En el pueblo, el cementerio era conocido como el Necromonte, y era el lugar que más temían de la Tierra. 9

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NECROMONTE Soy Manuel, bailaor desde muy niño y miedoso desde que nací. Recuerdo como una noche, a mis doce años, me vi obligado a esconderme entre las sombras. A menudo, a mis amigos les encantaba llevarme allí, para dejarme solo y así burlarse de mi cobardía. Riendo sin parar me ataban a un viejo y tenebroso ciprés; apretaban lo justo para poder huir corriendo y que yo, tras forcejar, tuviera que escapar en solitario del acecho de las sombras. Tras varias noches maldiciendo sus gracias y escapando del cementerio aterrorizado, descubrí algo extraordinario: mi sombra tenía vida propia. Sí, mi sombra renacía, mi lado oscuro se separaba de mí cuando por las noches subíamos a la montaña de la muerte y entrábamos en la necrópolis. Primero no lo quería creer, pero, tras varias noches, me di cuenta de que mi sombra se alejaba de mis pies y caminaba por sí sola. Descubrí que era muy traviesa, se alejaba de mí, aprovechando la luz lunar. Lo peor era que, cuando ella no estaba conmigo, mis temores eran más esquizofrénicos y malhirientes. Lógicamente, trataba de no acercarme al Necromonte, pero mis amigos siempre querían jugar allí. Recuerdo que una tarde no quería llegar a casa. Llevaba todo el día jugando por el cementerio. No había hecho ninguno de los recados que mi madre me pidió, y por eso no quería volver pronto. El plan sería esperar que mi padre se durmiera en el sofá como cada noche y volver sin que nadie me viera, ni él ni mi madre, al menos hasta la hora de cenar. La verdad es que ya era bien tarde, me escondí entre las sombras de un arbusto porque Pedro el Pelao me buscaba para devolverme un palo que le diera días atrás. Recuerdo que, para despistar a Pedro, tuve que escapar por una grieta desde el interior del oscuro cementerio. Era mi 10

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Peter Olson salida secreta, mis malévolos amigos no la conocían; justo al pisar fuera, me di cuenta de que me faltaba mi sombra, antes de irme, debía recuperarla, ya que una vez atardecía, y estando en el Necromonte, ella se escapaba para jugar. Mi sombra era necrófila, le encantaba buscar tumbas de mujeres y hombres jóvenes recién fallecidos. La verdad, no era fácil cazarla quieta. Debía tocarla con suavidad, rezaba un par de avemarías y así todo volvía a la normalidad. Este truco me lo enseñó el padre Luis, que me aseguró que yo era el único capaz de separarse de su sombra. Ya bien entrada la noche, y una vez atada mi sombra a los pies, salí corriendo colina abajo. Era como volar, no sentía el suelo donde pisaba. Corría y miraba a los lados, las sombras que escondían los miedos me observaban amenazándome. Pedro el Pelao gritaba desde el cementerio al tiempo que tiraba piedras con todas sus fuerzas al verme correr por la colina. Siempre recodaré aquella huida, ya que aquella noche mis miedos me iban a atrapar para siempre. Mi familia y yo vivíamos en una humilde finca, de la que, a base de maltratar la espalda de toda la familia, lográbamos sembrar y salvar las cosechas. Nuestra tierra era nuestro sustento. Aquella noche que me marcó para siempre, las luces de toda la casa estaban encendidas, una sensación de tristeza hizo que mi sombra se hiciera más pequeña. Al llegar a casa y abrir la puerta principal, que extrañamente estaba abierta, escuché a todos llorar. Sin que nadie me viera y sin entrar en la casa, fui a la ventana de la habitación de mis padres. Mis tobillos empezaron a temblar y mis ojos enmudecieron. Mi padre estaba estirado e inmóvil sobre la cama. Mis hermanos mayores me vieron en 11

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NECROMONTE la calle y corrieron hacia mí, en pocos segundos salieron afuera; se abalanzaron rápidamente para que no viera más a mi padre, pero ya era tarde. Mi madre le lloraba cogiéndole la mano. Él llevaba días enfermo, pero no fueron sus dolencias las que lo mataron, sino una pelea vespertina con Paco el Tuerto. Un empujón, una mala caída, un maldito golpe en la cabeza y se acabó su única vida. Mientras mis hermanos me sacaban de la ventana, vi algo que me marcó para siempre, sentí un espasmo de miedo que no pude esconder. En la ventana se veía a la sombra de mi padre, dolorida y cansada, triste y melancólica. En unos segundos, vi como su sombra se separaba de sus pies y, tras saltar por la ventana, se alejó lentamente hacia el Necromonte. En ese momento juré que nunca más pisaría aquella colina. La semana siguiente, mi madre no dejaba de explicarme que en el cielo existía el descanso eterno. Me decía: «Los muertos van al jardín del Eden y todas las personas buenas que viven allí son felices». Yo no me podía imaginar a mi padre todo el día sonriendo, sin refunfuñar, ni maldecir a algún mayorista del mercado. Pero bueno, para mí, todo lo que decía mi madre era una verdad que creía con fe, incluso más que las que me contaba el padre Luis. Mis hermanos no paraban de maldecir al Tuerto, rebanándole el cuello con sus palabras. Por supuesto, Paco había desaparecido, y ninguno de mis familiares podía aliviar sus ansias de venganza. Todo era demasiado inesperado para mí, por mucho que me lo explicara don Luis, a mí me dolían dos cosas. Una era saber que nunca más, o sea, jamás, volvería a pescar en el río con mi padre; y, por otro lado, 12

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Peter Olson que nadie me quitaba el susto que tenía encima; simplemente, al ver la sombra de mi padre, comprendí que había momentos de mi vida en los que había sido un muerto, ya que, al igual que con mi padre, mi sombra se separaba de mí. Yo, a diferencia de él, era capaz de rezar un par de avemarías y volver a mi estado natural en la tierra de los humanos. 13

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NECROMONTE Veinte años más tarde D icen que dicen que en el camino viejo se esconden brujas y malos augurios. A las doce, con el sol en lo más alto del cénit, transitar por aquel viejo camino no parecía hacer justicia a aquellas leyendas. Mi quehacer diario transportando patatas, lechugas y zanahorias, entre otras muchas exquisiteces, me hacía pasar por aquella ruta, como mínimo tres veces al día; incluso, alguna que otra vez, en una de sus variantes, pasaba junto al cementerio, lugar que, a plena luz del día, simplemente parecía un castillo fortificado, seguro y sin nada que esconder. Ya hacía muchos años que no me atrevía a entrar a aquel lugar una vez se escondía la luz diurna y dejaba paso a la tenue iluminación de la luna. Durante los días de verano, con el sol en plenitud y escondiendo el mayor número de sombras posible, era cuando más me gustaba visitar la tumba de mi padre. Yo hablaba mucho con él, me gustaba contarle como iba la finca, también le explicaba las estupendas truchas que yo había pescado y que mamá cocinaba con 14

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Peter Olson su toque de limón; a veces le preguntaba por las sombras y por los miedos que sentía en la oscuridad. Por supuesto, nunca recibía respuesta, pero me gustaba sentir que él estaba cerca de mí, que me quería como siempre y que algún día lo volvería a ver. No quería perder la fe de mis sueños de juventud; y no digo que crea en los curas, solo digo que me gustaría volver a verlo, como imaginé de niño cuando él murió. *** Todas las tardes, antes del alba, visitaba la cantina Malahierba, solía tomar una cerveza y la tapa del día. Esa tarde saboreaba un suculento revuelto de morcillas de Canillas de Aceituna que daba un sabor especial a la cerveza fría. En aquel instante, entró por la puerta el ser más bello del valle: era Lucía. No podía entender como mantenía aquel pelo moreno y ondulado tan bien puesto y tan brillante. Su sonrisa enamoraba hasta al más frío de los hombres, y su cuerpo no solo desprendía sensualidad, sino también dulzura. Solíamos vernos en la barra del bar. Cuando entró, sin poder evitarlo, estudié cada parte su cuerpo con mi mirada. —Chiquillo, que se te van a marear los ojos —dijo Lucía muy pícara. —Mujer, es que hay mucho que mirar —dije sin dejar de observar. —No es que diga que solo mire eso, claro, bueno, que no, que… yo solo quería decir... que la tarde está bonita y que hay mucho que mirar —parafraseé, nervioso y muy torpe. 15

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