Osservatore Romano 2507

 

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO Año XLIX, número 11 (2.507) EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano 17 de marzo de 2017 El Papa en la parroquia romana de Santa Maddalena di Canossa Llevar la paz al mundo Y respondió a las preguntas de los niños del catecismo PÁGINAS 6-7 La invitación en Cuaresma Vencer el hambre en el mundo PÁGINA 3 Visita una parroquia romana Es bonito ser Papa y sacerdote PÁGINAS 6-7 Sobre las apariciones de Fátima Mensaje de esperanza PÁGINA 9 El Papa para este tiempo Empieza el quinto año del pontificado y Francisco ha aprovechado de nuevo la oportunidad que le ha brindado la pregunta directa de un niño, en una parroquia romana, para reflexionar sobre el servicio papal, respondiendo con palabras simples y radicales: «Jesús elige a quien quiere que sea el Papa en este tiempo; en otro tiempo elige otro, y otro, y otro». Abriéndose enseguida después a una confidencia: «A mí me gusta, y me gustaba también cuando era párroco en una parroquia, rector de la facultad y también párroco, las dos cosas, me gustaba mucho. Me gustaba también dar clases de catequesis, la misa de los niños, me gustaba. Siempre, ser sacerdote es una cosa que a mí me ha gustado mucho». Esta conciencia del Pontífice, sencilla e inmediata, impresiona porque deja ver una sinceridad de vida que se presenta de una manera que te desarma. «Lo que Dios quiere, lo que el Señor te da es bonito, porque cuando el Señor te da una tarea para hacer —un trabajo, ser pastor de una parroquia, o de una diócesis o ser el Papa, pastor— ahí, te da una tarea» añadió, dirigiéndose luego a los niños sobre la misión de los párrocos y obispos: no sólo llevar la paz, sino «enseñar la Palabra de Dios, dar catequesis». He aquí que quien quiere entender de verdad a Bergoglio debe tener en cuenta estas respuestas suyas, dejando caer caricaturas malvadas y «chismorreos» peligrosos porque son destructivos, o peor aún diabólicos, en sentido etimológico de la palabra (diàbolos precisamente significa “calumniador” o “aquel que divide”). Claro, en los medios de comunicación no es fácil encontrar todo lo que Francisco dice, pero para que hubiera honestidad sería preciso que al menos los periodistas y los llamados “líderes de opinión” lo tuvieran en cuenta, para hacerse una idea fiable de quién es verdaderamente el Pontífice, y para no transmitir imágenes que, sin embargo, están lejos de la realidad. Más aún cuando el mismo Bergoglio había delineado, poco antes del inicio del Cónclave, el perfil del nuevo Papa, «un hombre que, a través de la contemplación de Jesucristo y de la adoración de Jesucristo, ayude a la Iglesia a salir de sí misma hacia las periferias existenciales». Por consiguiente un Pontífice misionero. Y misionero se está confirmando Francisco cada día que pasa, radicado en la oración y en la meditación, como explicó una vez más a los niños deseosos de conocerle de verdad, a diferencia de muchos adultos. «Un momento muy bonito para mí —a mí me gusta mucho— es cuando puedo rezar en silencio, leer la Palabra de Dios: me hace mucho bien, me gusta mucho» dijo, añadiendo al final, para quienes todavía no hubieran entendido: «yo estas cosas se las digo a los niños, ¡para que las oigan también los grandes!». Bergoglio ya había invitado a rezar por Benedicto XVI desde los primeros tiempos de su Pontificado, cuando rezó junto a los fieles el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria, pidiendo después «la oración del pueblo» por su obispo, y concluyendo su primer e inolvidable discurso con una petición luego solicitada continuamente, y con el anuncio de un gesto que se ha vuelto también familiar: «rezad por mí y ¡hasta pronto! Nos vemos pronto: mañana quiero ir a rezar a la Virgen, para que custodie toda Roma». (g.m.v)

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 17 de marzo de 2017, número 11 En el Ángelus llamamiento del Papa por los jóvenes víctimas de la violencia La Cruz no es ornamento ni adorno A medio día del segundo domingo de Cuaresma, el Santo Padre Francisco se asomó a la ventana del Palacio Apostólico para rezar el Ángelus junto a los peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El Evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos presenta la narración de la Transfiguración de Jesús (cf. Mateo 17, 1-9). Se lleva aparte a tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, Él subió con ellos a un monte alto, y allí ocurrió este singular fenómeno: el rostro de Jesús «se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (v. 2). De tal manera el Señor hizo resplandecer en su misma persona la gloria divina que se podía percibir con la fe en su predicación y en sus gestos milagrosos. Y la transfiguración es acompañada, en el monte, con la sías: no un rey potente y glorioso, sino un siervo humilde y desarmado; no un señor de gran riqueza, signo de bendición, sino un hombre pobre que no tiene donde apoyar su cabeza; no un patriarca con numerosa descendencia, sino un célibe sin casa ni nido. Es de verdad una revelación de Dios invertida, y el signo más desconcertante de esta escandalosa inversión es la cruz. Pero precisamente a través de la cruz Jesús alcanzará la gloriosa resurrección, que será definitiva, no como esta transfiguración que duró un momento, un instante. Jesús transfigurado sobre el monte Tabor quiso mostrar a sus discípulos su gloria no para evitarles pasar a través de la cruz, sino para indicar a dónde lleva la cruz. Quien muere con Cristo, con Cristo resurgirá. Y la cruz es la puerta de la resurrección. Quien lucha junto a Él, con Él triunfará. Este es el mensaje de esperanza Después del Ángelus, Francisco dedicó unas palabras para recordar a las víctimas y a sus familiares, del terrible incendio en la Casa Refugio Virgen de la Asunción en Guatemala, acaecido el pasado 8 de marzo en el cual perdieron la vida decenas de jóvenes. Además hizo un llamamiento contra la explotación y violencia sobre chicos y chicas. Finalmente el Santo Padre dirigió un saludo a los fieles allí reunidos. Queridos hermanos y hermanas: Expreso mi cercanía al pueblo de Guatemala, que vive un luto por el grave y triste incendio producido en el interior de la Casa Refugio Virgen de la Asunción, causando víctimas y heridos entre las chicas que allí vivían. Que el Señor acoja sus almas, cure a los heridos, consuele a sus familias doloridas y a toda la nación. Rezo también y os pido que recéis conmigo por todas las chicas y los chicos víctimas aparición de Moisés y de Elías, «que conversaban con él» (v. 3). La “luminosidad” que caracteriza este evento extraordinario simboliza el objetivo: iluminar las mentes y los corazones de los discípulos para que puedan comprender claramente quién es su Maestro. Es un destello de luz que se abre de repente sobre el misterio de Jesús e ilumina toda su persona y toda su historia. Ya en marcha hacia Jerusalén, donde deberá padecer la condena a muerte por crucifixión, Jesús quiere preparar a los suyos para este escándalo —el escándalo de la cruz—, para este escándalo demasiado fuerte para su fe y, al mismo tiempo, preanunciar su resurrección, manifestándose como el Mesías, el Hijo de Dios. Y Jesús les prepara para ese momento triste y de tanto dolor. En efecto, Jesús estaba demostrando ser un Mesías diverso respecto a lo que se esperaba, a lo que ellos imaginaban sobre el Mesías, como fuese el Me- que la cruz de Jesús contiene, exhortando a la fortaleza en nuestra existencia. La Cruz cristiana no es un ornamento de la casa o un adorno para llevar puesto, la cruz cristiana es un llamamiento al amor con el cual Jesús se sacrificó para salvar a la humanidad del mal y del pecado. En este tiempo de Cuaresma, contemplamos con devoción la imagen del crucifijo, Jesús en la cruz: ese es el símbolo de la fe cristiana, es el emblema de Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Hagamos que la cruz marque las etapas de nuestro itinerario cuaresmal para comprender cada vez más la gravedad del pecado y el valor del sacrificio con el cual el Redentor nos ha salvado a todos nosotros. La Virgen Santa supo contemplar la gloria de Jesús escondida en su humanidad. Nos ayude a estar con Él en la oración silenciosa, a dejarnos iluminar por su presencia, para llevar en el corazón, a través de las noches más oscuras, un reflejo de su gloria. de la violencia, de maltratos, de explotación y de las guerras. Esta es una plaga, este es un grito escondido que debe ser escuchado por todos nosotros y que no podemos seguir fingiendo no ver y no escuchar. Dirijo un cordial saludo a todos los aquí presentes, fieles de Roma y de muchas partes del mundo. Saludo a los peregrinos de Friburgo y Mannheim, en Alemania, así como a los del Líbano y a los maratonistas de Portugal. Saludo a los grupos parroquiales provenientes de Gioiosa Ionica y Pachino; a los chicos de Lodi que se preparan para la “Profesión de fe”; a los estudiantes de Dalmine y Busto Arsizio. Es verdad lo que decís: “no a la cultura del descarte” [lee la pancarta]; y al coro juvenil “Gota a gota” de Bérgamo. A todos os deseo un feliz domingo. Por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto! L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va www.osservatoreromano.va GIOVANNI MARIA VIAN director TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE L’OSSERVATORE ROMANO Giuseppe Fiorentino don Sergio Pellini S.D.B. director general subdirector Silvina Pérez Servicio fotográfico photo@ossrom.va redactor jefe de la edición Publicidad: Il Sole 24 Ore S.p.A. Redacción System Comunicazione Pubblicitaria via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano Via Monte Rosa 91, 20149 Milano teléfono 39 06 698 99410 segreteriadirezionesystem@ilsole24ore.com Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 2652 99 55, fax + 52 55 5518 75 32; e-mail: suscripciones@semanariovaticano.mx. En Argentina: Arzobispado de Mercedes-Luján; calle 24, 735, 6600 Mercedes (B), Argentina; teléfono y fax + 2324 428 102/432 412; e-mail: osservatoreargentina@yahoo.com. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

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número 11, viernes 17 de marzo de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 La Cuaresma nos llama a derrotar el individualismo Vencer el hambre en el mundo FERNANDO CHICA ARELLANO «El ayuno que yo quiero es éste: partir tu pan con el hambriento. Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía» (Isaías 58, 6-7.10). Como cada año, al comenzar la Cuaresma, la Palabra de Dios resuena con claridad, llamándonos a la oración y al ayuno que debe traducirse en ayuda concreta al hermano necesitado, especialmente al hambriento. Sobre la importancia fundamental de la oración en la batalla de los creyentes contra el hambre, vale la pena recordar a san Juan Pablo II, que hizo una original reflexión sobre el Padrenuestro en su Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Alimentación del año 2001: «El "Padrenuestro", la oración que Jesús enseñó a sus discípulos (cf. Mateo 6, 9-13; Lucas 11, 2-4), puede ofrecer a todos los creyentes, en el pleno respeto de la pertenencia religiosa de cada uno, significativos motivos de reflexión y valiosos criterios para la acción […] El "Padrenuestro" es la oración de los hermanos que, conscientes de que no pueden llegar a Dios por sí solos, confían en poder encontrarlo juntos, viviendo en comunión entre sí. Invita a ver el rostro de Dios en el rostro del prójimo, por el que cada uno debe interesarse, especialmente cuando es muy débil y carece del alimento diario. En efecto, Jesús mismo dijo: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mateo 25, 40)». Estas palabras de Jesús inspiraron a san Agustín a la hora de expresar, con su característica genialidad, que «en el pobre quiso ser alimentado Aquél que no tuvo necesidad de alimento» (Sermón 206, 2). La conclusión a la que llegaba el santo obispo de Hipona no puede ser más oportuna en esta Cuaresma: «Que la mortificación voluntaria sea para el sustentamiento del que no tiene» (Sermón 210, 12). La oración y el ayuno han de conducir a un compromiso sincero de solidaridad concreta, de una fe que desemboca en la caridad pasando por «nuestro bolsillo». Podría ocurrir que, frente al hambre, existiera la tentación de pensar que sólo la intervención de los Estados o las grandes instituciones puede exterminar esta dolorosa lacra. Por eso, el beato Pablo VI, en la carta encíclica Populorum progressio (26 de marzo de 1967), de cuya publicación se van a cumplir próximamente cincuenta años, animaba a sumar también la aportación individual para acabar con el hambre: «Ello exige mucha generosidad, innumerables sacrificios y un esfuerzo sin descanso. A cada uno toca examinar su conciencia» (n. 47). El ayuno que busca compartir con el pobre el propio pan incide en la necesaria opción por la sobriedad. El Papa Francisco nos recuerda frecuentemente que hemos de «amar la pobreza», uniendo la austeridad a la sencillez de vida (cf. Discurso en el encuentro con el Comité de coordinación del CELAM, 28 julio 2013). A este respecto, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el Sucesor del apóstol Pedro nos hace caer en la cuenta de que se requiere hacer propia la suerte del hermano pobre y hambriento cuando, denunciando la «globalización de la indiferencia», describe sin ambages el mecanismo que la alimenta: «Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos an- te los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera» (n. 54). El Sumo Pontífice nos indica una vía muy práctica y atinada para que el ayuno parta del corazón, que es lo que Dios mira y aprecia en las obras de la Cuaresma: el control del deseo de posesión de bienes, que está en la base de esta cultura del bienestar que produce pobreza, insolidaridad y exclusión. La encrucijada que estamos viviendo no es para nada fácil. ¿Qué nos está pasando? ¿De qué mal estamos aquejados cuando en pleno siglo XXI se manejan cifras tan escandalosas como las suministradas por los organismos internacionales, que nos hablan de la existencia de casi ochocientos millones de hambrientos en el mundo? ¿Cómo explicaremos que la humanidad esté legítimamente empeñada hoy en buscar por el espacio sideral planetas con agua, sin empeñarnos con mucho mayor ahínco en evitar que en la tierra mueran de sed cada día mil niños? ¿Qué motivaciones esgrimiremos ante el tribunal de la historia para dar razón de los ingentes gastos armamentísticos mientras actualmente se están dando espeluznantes crisis humanitarias y alimentarias en países como Yemen, Nigeria, Sudán del Sur o Somalia? Ha llegado la hora de actuar, de no permitir que los pobres queden atrás. A esto nos puede ayudar reavivar el profundo significado que esta Cuaresma tiene: es preciso oír la voz de Dios que nos apremia a la oración, al ayuno y a la justicia, a una activa y eficaz solidaridad, a derrotar de una vez por todas el individualismo que nos devora poniendo en la vanguardia de nuestras vidas la generosidad, la fraternidad y el trabajo por la paz. No se pueden negar los beneficios de los programas de desarrollo impulsados por instancias internacionales, estatales, regionales o locales; nadie ignora la impli- cación de muchas asociaciones en aras de los desfavorecidos. Pero no podemos darnos por satisfechos. Se puede hacer más, mejor y con mayor rapidez. A lo realizado desde esos ámbitos, cada uno de nosotros deberíamos añadir una iniciativa personal. Sin querer ser exhaustivo, enumero algunas: ahorrar agua; procurar no contaminarla; cocinar sólo la cantidad de alimento que se va a consumir; abstenernos de algún manjar costoso, optando por uno más sencillo, echando el ahorro en la alcancía de los pobres; no desperdiciar alimentos; no sucumbir a caprichos y despilfarros, a banquetes ostentosos que terminan con mucha comida tirada; cuidar la diferenciación en la basura; brindar el producto de nuestras privaciones voluntarias durante la Cuaresma y una parte de nuestros ingresos a auxiliar a los menesterosos. Estos gestos manifiestan un corazón generoso. Nacen de personas que no son impermeables a la Palabra de Dios ni cierran los ojos ante las penurias de los hombres. Son obras que complacen al Señor y ponen de relieve que la misericordia no es mera retórica, antes bien promueven efectivamente la construcción del Reino de Dios, nuestro Padre. Es hora de pasar a la acción. No bastan las declaraciones solemnes contra el hambre y la miseria. Debemos convencernos de que es posible, urgente e imprescindible erradicarlas. Hoy contamos con todos los medios para ponerles fin. Lo que falta es voluntad. Ojalá que esta Cuaresma entrañe para nosotros el inicio de una nueva y pujante etapa en nuestra vida. Que no quede como un mero conato, como un simple suspiro, como tantas otras Cuaresmas que significaron sólo un buen propósito que luego nunca vimos cumplido. Esta Cuaresma es la nuestra, la decisiva. Considerémosla como el primer paso hacia este objetivo tan imperioso como necesario de vencer el hambre y la miseria en el mundo. Lo conseguiremos, Dios mediante, con la colaboración decidida de todos, prescindiendo de evasiones irresponsables, acusaciones estériles o dilaciones nocivas.

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página 4 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 17 de marzo de 2017, número 11 Respecto a las sentencias relativas a las parejas de hombres Contra las mujeres LUCETTA SCARAFFIA Hemos sido muchos los que hemos identificado un diseño político detrás de casos recientes de sentencias que en Italia han reconocido la posibilidad de ser padres a las parejas homosexuales, no obstante la persistente ausencia de leyes que lo permitan. Es decir la posibilidad de eludir, a través de la sentencia de un tribunal, la prohibición de la ley. Esta praxis constituye un hecho desconcertante, porque en los países democráticos las leyes son hechas y votadas por un parlamento electo, y por eso representativo de las opiniones de los ciudadanos. En consecuencia, no se puede negar que, con estas iniciativas, se traspasa de hecho la voluntad popular, infligiendo un daño no irrelevante a la democracia. Pero hay otro aspecto, todavía más inquietante, detrás de esta manera de proceder. Las decisiones tomadas por los tribunales afectan casi todas, quizás el noventa por ciento, a parejas de homosexuales hombres. Cierto esto, desde el punto de vista social, se explica muy bien: los hombres todavía son favoritos respecto a las mujeres desde el punto de vista de la renta y del acceso a los recursos, por consiguiente para ellos es más fácil actuar en un juicio para eludir la ley, para satisfacer su propio deseo. Pero la mayor fuerza social no explica todo. También hay otro aspecto, efectivamente. En general, las parejas homosexuales de hombres con hijos intentan y obtienen una mayor visibilidad respecto a las femeninas. Basta pensar en las exhibiciones triunfales del hijo por parte de personajes famosos con su pareja. No es casual. En estos casos no es exhibida sólo una felicidad familiar alcanzada, sino mucho más: es exhibida como posible una realidad imposible. Los dos hombres parecen querer celebrar un resultado que de hecho es un hurto, un atraco, que consiste en haber robado finalmente a las mujeres lo que el género masculino les ha envidiado mayormente siempre, es decir, la posibilidad de dar la vida. En los casos más graves, la madre gestante, reducida a puro instrumento del deseo masculino, pagada como un animal de reproducción, es de hecho cancelada. En otros casos también la adopción, aunque sólo desde el punto de vista simbólico, cancela la presencia materna, la declara no necesaria. La exhibición, de todos modos, no hace sino confirmar que el hijo es de dos hombres, venido al mundo gracias a la fuerza eficiente de su deseo. Todos sabemos que es falso, que existe en realidad una madre gestante, una que ha vendido el óvulo, o también una que ha abandonado al hijo, pero la imagen de dos hombres y del niño querría convencer al observador que estamos ante una realidad ya indiscutible. ¡Nada que ver con la envidia del pene, sería para decirle al doctor Freud! Y hay otra confirmación en el aspecto negativo de lo que acabamos de decir: las mujeres que, cierto, en menor medida, intentan formar una familia homosexual, no se exhiben nunca, prefieren estar en la sombra, quizás también para proteger a los hijos de una curiosidad fastidiosa. Todo esto impone reflexionar sobre las posibles consecuencias de lo que está ocurriendo. El objetivo declarado es afirmar el derecho a la filiación de los homosexuales, anunciado por alegres familias arcoíris y por declaraciones de progreso de la libertad individual. Pero la consecuencia no declarada, aunque sea ya evidente, es otra: estamos ante el enésimo capítulo de la lucha de los hombres para poner a las mujeres en su sitio, para marginarlas, para excluirlas. Llegando a excluirlas de la cosa más importante de todas: la procreación de un ser humano. Quizás su sueño de siempre.

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número 11, viernes 17 de marzo de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO La visita en programa del 6 al 11 de septiembre Francisco en Colombia página 5 La capital Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena: son las cuatro etapas del viaje que el Papa Francisco realizará a Colombia del 6 al 11 de septiembre próximo. La noticia se oficializó el viernes 10 de marzo a través de un comunicado de la Oficina de prensa de la Santa Sede, en el que se hizo público que la visita se realiza «acogiendo la invitación del presidente de la República y de los obispos colombianos» y que el «programa se publicará próximamente». Contemporáneamente en la sede de la representación pontificia en Bogotá, el nuncio apostólico, Ettore Balestrero, anunció el viaje papal al pueblo colombiano, en presencia del jefe de estado, Juan Manuel Santos, y de su esposa; del cardenal arzobispo de Bogotá, Rubén Salazar; del presidente de la Conferencia episcopal, el arzobispo Luis Augusto Castro Quiroga, y del obispo Fabio Suescún Mutis, ordinario militar. Durante la conferencia fueron presentados el lugar y el lema de la visita: «Demos el primer paso». Se trata del quinto viaje del Pontífice a Amércia Latina, después de los realizados a Brasil en julio del 2013 para la JMJ, a Ecuador, Bolivia y Paraguay en julio de 2015, a Cuba en septiembre del mismo año y a México en febrero del 2016.

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número 11, viernes 17 de marzo de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO páginas 6/7 El Santo Padre visita la parroquia romana de Santa Magdalena de Canossa Es bonito ser Papa y sacerdote El domingo 12 de marzo por la tarde, el Papa hizo una visita pastoral a la parroquia de Santa Magdalena de Canossa situada en el barrio Ottavia de Roma. A su llegada, en torno a las 15.50, Francisco se encontró en las instalaciones deportivas con un grupo de niños y niñas de la catequesis. Después, en la Cripta, saludó a los ancianos y a los enfermos. A continuación, en el teatro parroquial, se reunió con los esposos que bautizaron a sus hijos en 2016. Además saludó brevemente a los sacerdotes de la Prefectura XXXVI a la cual pertenece la parroquia, y a algunas de las Hijas de la Caridad (Canossianas), acompañadas por la Superiora General. A continuación confesó a algunos penitentes y a las 18.00 celebró la Santa Misa en la iglesia donde dio una homilía que pronunció espontáneamente y que publicamos a continuación. La seguridad de la transfiguración Dos veces se hace referencia, en este pasaje del Evangelio (cf. Mateo 17, 1-9), a la belleza de Jesús, de Jesús-Dios, Jesús luminoso, de Jesús lleno de alegría y de vida. Primero, en la visión: «Y se transfiguró». Se transfigura ante ellos, ante los discípulos: «su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Y Jesús se transforma, se transfigura. La segunda vez, mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó que no hablasen de esta visión antes de que Él no hubiese resucitado de entre los muertos, es decir en la resurrección Jesús tendrá —había tenido, pero en ese momento todavía no había resucitado— el mismo rostro luminoso, brillante, ¡así será! Pero ¿qué quería decir? Que entre esta transfiguración, tan hermosa, y esa resurrección, habrá otro rostro de Jesús: habrá un rostro no tan bonito; habrá un rostro feo, desfigurado, torturado, despreciado, sangriento por la corona de espinas... Todo el cuerpo de Jesús estará precisamente como una cosa para descartar. Dos transfiguraciones y en medio Jesús Crucificado, la cruz. ¡Debemos mirar mucho la cruz! Es Jesús-Dios —«este es mi Hijo», «este es mi Hijo, el amado»—, Jesús, el Hijo de Dios, Dios mismo, en el cual el Padre se complace: ¡Él se aniquiló para salvarnos! y para usar una palabra demasiado fuerte, demasiado fuerte, quizás una de las palabras más fuertes del Nuevo Testamento, una palabra que usa Pablo: se ha hecho pecado (cf 2 Corintios 5, 21). El pecado es la cosa más fea; el pecado es la ofensa a Dios, el bofetón a Dios. Es decir a Dios: «Tú no me importas, yo prefiero esto...». Y Jesús se hizo pecado, se aniquiló, se abajó hasta ahí... Y para preparar a los discípulos a no escandalizarse de verle así, en la cruz, hizo esta transfiguración. Nosotros estamos acostumbrados a hablar de los pecados: cuando nos confesamos —«he cometido este pecado, he cometido ese otro...»—; y también en la confesión, cuando nosotros somos perdonados, sentimos que somos perdonados porque Él tomó este pecado en la Pasión: Él se hizo pecado. Nosotros estamos acostumbrados a hablar de los pecados de los demás. Es una cosa fea... en lugar de hablar de los pecados de los demás, no digo que nos hagamos pecado nosotros, porque no podemos, sino mirar nuestros pecados y a Él, que se hizo pecado. Este es el camino hacia la Pascua, hacia la Resurrección: con la seguridad de esta transfiguración seguir adelante; ver este rostro tan luminoso, tan bonito que será el mismo en la Resurrección y el mismo que encontraremos en el Cielo, y también ver este otro rostro, que se hizo pecado, que pagó así, por todos nosotros. Jesús se hizo pecado, se hizo maldición de Dios por nosotros: el Hijo bendecido, en la Pasión se convirtió en maldito porque cargó sobre sí nuestros pecados (cf. Gálatas 3, 10-14). Pensemos, en esto. ¡Cuánto amor! ¡Cuánto amor! Y pensemos también en la belleza del rostro transfigurado de Jesús que encontraremos en el Cielo. Y que esta contemplación de los dos rostros de Jesús —el transfigurado y el hecho pecado, hecho maldición— nos anime a seguir adelante por el camino de la vida, en el camino de la vida cristiana. Nos anime a pedir perdón por nuestros pecados, a no pecar tanto... nos anime sobre todo a tener confianza, porque Él se hizo pecado y porque cargó sobre sí los nuestros. Y Él está dispuesto siempre a perdonarnos. Solamente, debemos pedírselo. Los encuentros con los niños se han convertido para el Papa en un momento de confidencias. Solicitado por la espontaneidad de los más pequeños, Francisco abre su corazón recurriendo al libro de los recuerdos. Y narra. Ocurrió también en la parroquia de Santa Magdalena di Canossa, donde el Pontífice se reunió enseguida con los niños y chicos de la catequesis, junto con los jóvenes ya confirmados y los scout —reunidos en el campo deportivo— y respondió a algunas preguntas. Como siempre lo hizo entablando un diálogo animado, que entre memoria y reflexión, se convirtió de hecho en un momento de catequesis: ¿el encuentro con Jesús? El primer paso lo da siempre Él. ¿Mejor Papa o párroco? Las dos cosas, lo importante es hacer bien lo que Dios quiere. ¿Hay algo que me da miedo? A mí me asusta cuando una persona es mala, la maldad de la gente, de los chismes que son como bombas. ¿Los momentos bonitos? Muchos, ir a ver el partido el domingo con papá y a veces también con mamá; y el encuentro con un grupo de viejos amigos del colegio. ¿Teléfonos y televisión? La tecnología ayuda a comunicar, pero ya no se es capaz de dialogar, sobre todo de escuchar a los demás. Fueron Elisabetta, Patrizio, Sara, Edoardo y Camilla los que empezaron la sesión de preguntas de este diálogo. «Yo haré en cambio una pregunta» respondió enseguida el Papa a Elisabetta: «¿por qué cada vez que te acercas a Jesús, te das cuenta de que Él se ha acercado antes? Él da siempre el primer paso». Francisco explicó que «Jesús nos espera, sale a nuestro encuentro» y está cerca de tí incluso «si haces un poco el tonto y miras a otra parte: Jesús te habla al corazón, te hace comprender qué es el amor, y si tú no quieres oírlo, permanece ahí. Tiene paciencia. Jesús espera siempre. Y si tú has hecho algo feo, y estás arrepentido, no te echa: te perdona. Está siempre en nuestros corazones. No nos abandona nunca: en los momentos bonitos está con nosotros, cuando jugamos, cuándo estamos felices está con nosotros y también en los momentos feos de la vida nos consuela». Prosiguiendo con las preguntas, Francisco recordó «no se estudia para ser Papa» y ni siquiera «se paga: si tú tienes un montón de dinero y se lo das a los cardenales, ellos no te harán Papa por eso». Y a los niños les volvió a proponer la figura de san Pedro, «el primer Papa: no fue siempre un santo, renegó de Jesús. ¡Un pecado feo! Y a este pecador le hicieron Papa. Jesús elige quién quiere que sea el Papa en este tiempo; en otro tiempo elige a otro, y a otro, y a otro». Francisco prosiguió con una confidencia: «a mí, que he sido elegido para hacer este trabajo, me gusta». Pero «me gustaba también cuando era párroco en una parroquia, rector de la facultad y también párroco, las dos cosas: me gustaba mucho. Me gustaba también dar clases de catequesis, la misa de los niños, me gustaba. Siempre, ser sacerdote es una cosa que a mí me ha gustado mucho». Por esto, explicó, es bonito ser Papa y ser sacerdote. Las dos cosas: lo que Dios quiere. Lo que el Señor te da es bonito, porque cuando el Señor te da una tarea para hacer, un trabajo, ser pastor de una parroquia, o de una diócesis o ser el Papa, pastor, ahí, te da una tarea». Por otro lado, siguió diciendo Francisco, «el Señor cuando te hace párroco o te hace obispo te pide llevar la Palabra de Dios, hacer catequesis». Y también «llevar la paz al mundo: pero esto lo debemos hacer todos, en la familia, en el colegio, con tu compañero, cuando juegas con los demás». Y sobre todo, sobre la paz en la familia el Pontífice quiso insistir en el diálogo con los más pequeños: «A veces vosotros habéis oí- do que papá y mamá se pelean por algo: esto es normal, esto sucede. Siempre hay cosas por las que pelearse. Pero ellos después deben hacer las paces. Y decid a vuestros padres: “Si os peleáis, haced las paces antes de que termine el día”». Cuidado, también con las «palabrotas» y sobre todo con las «blasfemias». Antes de responder a la tercera pregunta —«Hay algo que te asusta o te da miedo?»— Francisco dijo con una sonrisa, que cuando la pequeña Sara se acercó para saludarle le dijo que le daban miedo las brujas. Pero no tiene sentido, afirmó, querer ir «a la bruja porque me siento mal y ella me hará tres o cuatro cosas y me curará». Esto es decir una «mentira. Mentir. Eh, sí, se llama estupidez, porque las brujas no tienen algún poder». Sin embargo, dijo el Papa, «a mí me asusta cuando una persona es mala, porque puede hacer mucho mal». Y «me asusta también cuando en una familia, en un barrio, en un lugar de trabajo, en una parroquia, también en el Vaticano, cuando hay chismes. ¿Vosotros habéis oído o visto en televisión lo que hacen los terroristas? Lanzan una bomba y escapan. Los chismes son así: es tirar una bomba e irse. Y los chismorreos destruyen una familia, un barrio, una parroquia, todo. Pero sobre todo los chismes destruyen tu corazón. Porque si tu corazón es capaz de lanzar una bomba, tú eres un terrorista, tú haces el mal a escondidas y tu corazón se hace corrupto». Por tanto, añadió el Papa, «esto, sí, es “ser bruja”: es como si uno fuese una bruja. Es un terrorista». En este contexto tomó la palabra el párroco pa- SIGUE EN LA PÁGINA 8

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página 8 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 17 de marzo de 2017, número 11 Es bonito ser Papa y sacerdote VIENE DE LA PÁGINA 6 ra preguntar a Francisco cuáles han sido los momentos más bonitos de su vida. «Un momento bonito de mi vida —respondió— fue cuando de niño iba al estadio con papá; también mamá venía, algunas veces, a ver el partido. En aquellos tiempos no había problemas en el estadio». Y «otro momento bonito de la vida es encontrarse con los amigos. Antes de venir a Roma —reveló— cada dos meses nos encontrábamos los diez amigos, compañeros de escuela, que habíamos terminado “el instituto” juntos, terminamos con 17 años, y continuábamos encontrándonos, sí, cada uno con su familia. Era bellísimo. Y también un momento muy bonito para mí es cuando puedo rezar en silencio, leer la Palabra de Dios: me hace mucho bien, me gusta mucho». Pero entre los «momentos bonitos», bromeó respondiendo a un niño, no está precisamente el de verse en televisión: «eso es perder el tiempo». Una palabra de agradecimiento, después, quiso dirigir el Pontífice a los catequistas: «¿Qué sería la Iglesia sin vosotros? Vosotros sois los pilares en la vida de una parroquia, en la vida de una diócesis. No se puede concebir una diócesis, una parroquia sin catequistas. Y esto desde los primeros tiempos, desde el tiempo después de la Resurrección de Jesús: estaban las mujeres que iban a ayudar a las amigas, y eran catequistas. Es una vocación bellísima. No es fácil ser catequista, porque el catequista no sólo debe enseñar “cosas”, debe enseñar actitudes, debe enseñar valores, muchas cosas, cómo se vive... Es un trabajo difícil». Finalmente, trató el problema de dialogar en la era de los smartphone. Para Francisco, «es bonito porque hoy nos podemos comunicar en cualquier lado. Pero falta el diálogo. Cerrad los ojos, imaginad esto: en la mesa, mamá, papá, mi hermano, mi hermana, yo, cada uno de nosotros con su propio móvil. Todos hablan pero hablan fuera: entre ellos no se habla. Todos comunican a través del móvil, pero no dialogan. Este es el problema: la falta de diálogo y la falta de escucha». Recordando la audiencia del día anterior en el Vaticano con la Asociación «Teléfono amigo», el Papa explicó que «la escucha es el primer paso para el diálogo: una de las enfermedades más feas del tiempo de hoy es la poca capacidad de escucha. Como si nosotros tuviésemos los oídos bloqueados». Quizá estás «comunicando con el teléfono, pero no escuchas a los que están cerca de ti, no dialogas». Sin embargo «debemos llegar al diálogo concreto» y no «virtual». «Se comienza a dialogar con el oído» es el consejo del Papa: «Desbloquear los oídos y oídos abiertos para escuchar qué sucede». Y así cuando se va a visitar a un enfermo es necesario saber escucharle. Por eso «la lengua en el segundo lugar» pero «en el primer lugar los oídos». Y después es necesario pasar «de la escucha al diálogo concreto, porque esto que se hace con el teléfono móvil es virtual, es “líquido”». A los jóvenes —que le entregaron un libro con preguntas, cartas y dibujos— Francisco sugirió, para concluir, aprender a hacer las preguntas adecuadas, con la recomendación de saber escuchar: «El otro habla siempre primero». Y «esto se llama “el apostolado del oído”. En nuestra zona se dice que los sacerdotes deben “hablar a la nuera para que escuche la suegra”; y yo estas cosas se las digo a los niños, pero para que escuchen también los mayores».

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número 11, viernes 17 de marzo de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 9 Con motivo de las apariciones de Fátima Mensaje de esperanza El 15 de marzo, en la embajada de Portugal ante la Santa Sede, el cardenal Sodano habló al cuerpo diplomático sobre el mensaje de Fátima, en vista del próximo viaje del Pontífice al santuario mariano en el centenario de las apariciones. Estaba presente también el obispo de Leiria-Fátima, monseñor Dos Santos Marto. Publicamos la intervención del decano del colegio cardenalicio. ANGELO SODANO El centenario de las apariciones marianas verificadas en Fátima en 1917 nos lleva a reflexionar sobre el significado para la Iglesia y para el mundo de tal evento extraordinario. La historia es maestra de vida, decían los antiguos romanos: historia magistra vitae. El recordar los acontecimientos de Fátima puede hacernos comprender mejor la presencia providencial de Dios en los acontecimientos humanos. Personalmente, desde pequeño aprendí a conocer en la familia y en la parroquia toda la fascinante historia de las apariciones de la Virgen en Fátima. En los años trágicos de la última Guerra Mundial, para nosotros los jóvenes sirvieron de gran conforto las palabras que la Virgen había dicho a los tres pastorcillos en julio de 1917, ante los dolorosos acontecimientos de ese tiempo. Eran palabras llenas de esperanza: «Al final ¡mi Corazón Inmaculado triunfará!». Nos parecía ya entonces que el mensaje de Fátima no sólo era una invitación a la conversión y a la oración, sino también una invitación a la esperanza, recordándonos la continua presencia de Dios en medio de nosotros, también en las horas más trágicas de la historia. La Virgen parecía recordarnos las palabras dirigidas por Jesús a sus discípulos: «En el mundo tendréis tribulación, pero ¡confiad! yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33). Crecí así en un ambiente mariano, que era típico de nuestras poblaciones piamontesas. Ordenado sacerdote en 1950, después tuve ocasión de experimentar cada vez mejor la misión de María santísima en la comunidad cristiana. Así fue todavía más cuando, en 1961, fui llamado al servicio de la Santa Sede, durante el pontificado del Papa Juan XXIII. Trabajando después en América Latina, primero en Ecuador y luego en Uruguay y por último en Chile, descubrí aún mejor las señales de la presencia de María en la vida de la Iglesia. Llamado de nuevo finalmente a Roma en 1988 por el Papa Juan Pablo II, su profunda devoción mariana siempre fue un modelo para mí . No por nada él había tomado como su lema totus tuus (“todo tuyo”), dirigido a María. Esta fue también la actitud del Papa Benedicto XVI y lo es ahora con el pontificado de Francisco. Como se sabe, él irá muy pronto a Portugal para rendir homenaje a la Madre de Cristo en su bonito santuario de Fátima. Este es precisamente el lema del importante evento: «Con María peregrino en la esperanza y la paz». Últimamente los teólogos nos han ayudado a profundizar el significado de esta presencia de María en la vida de los creyentes. Al respecto me ha gustado particularmente una interesante publicación de un teólogo italiano, padre Stefano De Fiores, titulado Perché Dio ci parla mediante Maria. Significato delle apparizioni mariane nel nostro tempo (Cinisello Balsamo, Ediciones San Pablo, 2011). En tal escrito, él nos recuerda lo que es conocido para todos los cristianos, y eso es que con las dos grandes fuentes de la revelación cristiana, la Sagrada Escritura y la tradición divina apostólica, los creyentes guiados por el magisterio de la Iglesia, pueden ya descubrir todo lo que Dios espera de ellos. Pero el dicho autor añadía que Dios siempre puede intervenir en la historia humana. Así se explican también las intervenciones sobrenaturales obradas por Dios en el mundo por medio de María Santísima y de muchos santos. Son intervenciones que a lo largo de los siglos han ayudado a muchos cristianos a descubrir mejor la voluntad de Dios. Por otro lado, esto estaba ya en el mensaje que el apóstol Pablo daba a los cristianos de Tesalónica: «No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1 Tesalonicenses 5, 19-21). A tal propósito son además iluminantes las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica que nos dice: «Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos» (n.66). Se comprende así la riqueza del magisterio de la Iglesia sobre la misión de la Madre de Dios y de los santos en la realidad de la historia humana. Así se toma también conciencia del progresivo desarrollo del culto mariano a lo largo de los siglos. Es lo que ya nos recordaba hace más de cuarenta años el cardenal Manuel Gonçalves Cerejeira, patriarca de Lisboa, cuando decía que «no es la Iglesia que ha im- puesto Fátima al mundo, sino que es Fátima misma que se ha impuesta al mundo», para llamar a todos los hombres de nuestro tiempo a Jesús Salvador, que ha «venido al mundo para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10). Al respecto he leído con gran satisfacción lo que recientemente nos ha recordado el actual obispo de Leiria-Fátima, monseñor António Dos Santos Marto, en un bonito artículo publicado hace poco en la revista italiana «Vita e Pensiero», con el título significativo: Fátima, il Novecento ed il mistero dell’iniquità. El texto termina precisamente así: «Gracia y misericordia. Estas palabras de la última aparición de la Virgen a Lucía, en Tuy, son la síntesis del mensaje de Fátima y de la revelación de Dios compasivo (...) que se explica en todos los sufrimientos humanos» (2017, 1, p. 54). Hay entonces un mensaje de esperanza que proviene de la celebración del centenario de las apariciones de María Santísima en Fátima. Numerosas y graves pueden ser las pruebas de la vida y las tragedias del mundo, pero más grande todavía es el amor de Dios por nosotros. Desde el santuario de Fátima la madre de Jesús parece querer recordarnos las palabras dirigidas por Jesús a sus discípulos antes de la ascensión al cielo: «he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20).

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página 10 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 17 de marzo de 2017, número 11 Homilías del Pontífice Aprender a hacer el bien La conversión que se pide a cada cristiano, de forma particular en el periodo cuaresmal, es un recorrido arduo pero con «reglas» muy «sencillas» que es necesario hacer propias «no con palabras», sino en lo concreto de la vida. Y es, sobre todo, un camino en el cual nadie está solo: es suficiente dejarse «tomar de la mano» del «Padre que nos quiere». Después de la pausa de la semana de ejercicios espirituales en Ariccia junto a la Curia romana, el Papa Francisco retomó las habituales celebraciones eucarísticas matutinas en la capilla de Santa Marta y, en la homilía del martes 14 de marzo, se detuvo en el tema de la conversión. Punto de partida de la meditación fue la invitación que el profeta Isaías (1, 10.16-20) hace en el pasaje propuesto por la liturgia de la Palabra: «Lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda». Dos expresiones, subrayó el Pontífice, «llaman la atención» en este pasaje: «desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien». De hecho, dijo, es precisamente este «el camino de la conversión: es simple». Esta indicación se basa en lo que cada persona vive en su propia carne: «Cada uno de nosotros —explicó Francisco— cada día hace algo feo: la Biblia dice que el más santo peca siete veces al día... Pero el problema está en el hecho de no acostumbrarse a vivir en las cosas feas». Así, prosiguió, «si yo hago algo feo me doy cuenta y quiero alejarme». Al respecto dice Isaías: «desistid de hacer el mal», de «eso que te envenena el alma, que encoge el alma, que te hace enfermar». He aquí la primera actitud requerida: «alejarse del mal». Pero no es suficiente. Porque después se lee: «aprended a hacer el bien». Y, reconoció el Papa, «no es fácil hacer el bien: tenemos que aprenderlo, siempre». Afortunadamente está el Señor que «enseña». Por eso los hombres tienen que hacer «como los niños» y «aprender». Esto significa que «en el camino de la vida, de la vida cristiana se aprende todos los días. Se debe aprender todos los días a hacer algo, a ser mejores que el día anterior». Esta es por tanto «la regla de la conversión: alejarse del mal y aprender a hacer el bien». Explicó el Pontífice: «Convertirse no es ir donde un hada que con la varita mágica nos convierte: ¡no! Es un camino. Es un camino de alejarse y de aprender». Es un camino que requiere «valentía para alejarse» del mal, y «humildad para aprender» a hacer el bien. Y que, sobre todo, necesita «cosas concretas». No es casualidad, indicó el Papa, que el Señor, a través del profeta, indica algunos ejemplos concretos: «buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda». Pero se podrían enumerar muchos otros. Es importante comprender que «se aprende a hacer el bien con cosas concretas, no con palabras». Y de hecho Jesús, como se lee en el Evangelio del día (Mateo 23, 1-12), «regaña a esta clase dirigente del pueblo de Israel, porque “dicen y no hacen”, no conocen la concreción. Y si no hay concreción, no puede haber conversión». En este punto, después de haber individuado qué hacer en el camino de la conversión, el Papa pasó a reflexionar sobre “cómo” actuar. Y, siguiendo la lectura del pasaje de Isaías, se detuvo sobre todo en una «bonita palabra» dicha por el Señor: «Venid, pues, y disputemos». Es decir, el Señor «primero, nos invita, después, nos ayuda». Y usa la palabra “venid”, o «la misma palabra que dijo a los paralíticos: “Ven, levántate, toma tu camilla y vete”. Ven. La misma palabra que dijo a la hija de Jairo, la misma palabra que dijo al hijo de la viuda en la puerta de Naín: ven». Dios siempre invita a levantarse, pero siempre «nos da la mano para ir». Y lo hace, dijo el Pontífice, con la característica de la humildad. En el pasaje de Isaías se lee: «Venid y disputemos». Es decir: Dios «se abaja, como uno de nosotros, nuestro Dios es humilde». Es esta la lógica que lleva a la conversión: «primero la invitación, después la ayuda, el caminar juntos para ayudarnos, para explicarnos las cosas, para tomarnos de la mano y llevarnos de la mano». Y «el resultado de esto», subrayó Francisco, «es algo maravilloso: “Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán”». El Señor «es capaz de hacer este milagro» el «de cambiarnos. No de un día para otro: ¡no, no, no! Con el camino. En el camino». Por tanto, sugirió el Papa, este «es el camino de la conversión cuaresmal. Simple. Es un Padre que habla, es una Padre que nos quiere, nos quiere mucho. Y nos acompaña». Lo único que se nos pide es «ser humildes». Jesús de hecho dice: «Quien se ensalzará, será humillado y quien se humillará será ensalzado». Por esto, concluyó el Pontífice: «Si tú dejas que el Señor te tome de la mano y te lleve adelante, ven, y te alza y vas con Él, con este gesto de humildad serás ensalzado, serás perdonado, serás blanqueado». Así, dijo, «creceremos como buenos cristianos».

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número 11, viernes 17 de marzo de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 Misa en Santa Marta Como si nada Los sintecho, los nuevos pobres sin dinero para el alquiler, los desempleados y los niños que piden limosna —que se les mira mal porque pertenecen a «esa etnia que roba»— parece que ya forman parte del «panorama de la ciudad». «Como una estatua, la parada del autobús, la oficina de correos». Y son tratados con la misma indiferencia, como si no existieran, como si su situación fuera incluso «normal» y no llega a tocar el corazón. Pero así se resbala «del pecado a la corrupción» donde no hay remedio, advirtió el Papa Francisco en la misa celebrada en Santa Marta el jueves por la mañana, 16 de marzo. Así, insistió el Pontífice, es como cuando pensamos que es suficiente con «un Avemaría y un Padrenuestro», y se continua después «viviendo como si nada», viendo en la televisión y en los periódicos niños asesinados por una bomba lanzada a un hospital o a una escuela. «En la antífona del inicio», indicó enseguida el Papa en su homilía citando el Salmo 139 (23-24), «hemos rezado: “Escruta, Dios, mi corazón; mira si recorro un camino de mentira, y guíame en el camino de la vida”». Porque, explicó, «podemos recorrer una vida de mentira, de apariencias: aparentar una cosa y la realidad es otra». Precisamente «por esto pedimos al Señor que él escrute la verdad de nuestra vida: y si yo recorro una vida de mentira, que me lleve por el camino de la vida, de la verdadera vida». «Esta oración —explicó Francisco— está en armonía con lo que el profeta Jeremías nos dice en la primera lectura» (17, 5-10) presentando «estas dos opciones que son pilares de vida: “Maldito el hombre que confía en el hombre; bendito el hombre que confía en el Señor”». Por tanto, «maldito y bendito». Por un lado está «el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo, es decir en las cosas que él puede gestionar, en la vanidad, en el orgullo, en las riquezas, en sí mismo» y «se siente como si fuera un dios, aleja su corazón del Señor». Precisamente «este alejamiento del Señor “no verá venir el bien”» escribe el profeta Jeremías. Y el hombre «será como un tamarisco en la estepa», es decir «sin fruto, no será fecundo: todo termina con él, no dejará vida, se cierra esa vida con la propia muerte, porque su confianza estaba en sí mismo». «Sin embargo “bendito el hombre que confía en el Señor y el Señor es su confianza”» afirmó el Pontífice, repitiendo las palabras de Jeremías. Ese hombre de hecho «se fía del Señor, se aferra al Señor, se deja conducir por el Señor». Aquel que confía en el Señor será, escribe Jeremías, «como un árbol plantado a orillas del agua, hacia la corriente echa sus raíces; no teme cuando viene el calor». En una palabra, «será fecundo». Mientras que aquel que confía en sí mismo «será “como un tamarisco en la estepa”, estéril». Es así, explicó el Papa, que «esta opción, entre estas dos formas de vida que se convierten luego en pilares de vida, viene del corazón: la fecundidad del hombre que confía en el Señor y la esterilidad del hombre que confía en sí mismo, en sus cosas, en su mundo, en sus fantasías o también en sus riquezas, en su poder». Jeremías no deja de advertirnos: «Estate atento, no te fíes de tu corazón: “¡nada es más traicionero que el corazón y difícilmente se cura!”». Por tanto, insistió Francisco, «nuestro corazón nos traiciona si nosotros no estamos atentos, si no estamos en vigilancia continua, si somos perezosos, si vivimos con ligereza, un poco así, mirando solamente las cosas». Y «este camino es un camino peligroso, es un camino resbaladizo, cuando me fío solamente de mi corazón: porque es traicionero, es peligroso». Precisamente «esto —prosiguió el Papa haciendo referencia al pasaje de Lucas (16, 19-31)— le sucedió a este señor rico del Evangelio: cuando una persona vive en su ambiente cerrado, respira ese aire de sus bienes, de su satisfacción, de la vanidad, de sentirse seguro y se fía solamente de sí mismo, pierde la orientación, pierde la brújula y no sabe dónde están los límites». Su problema es que «vive solamente ahí: no sale fuera de sí». Es la historia, precisamente, del hombre rico del cual habla Jesús a los fariseos en la narración de Lucas: «Vivía bien, no le faltaba nada, tenía muchos amigos», porque «cuando hay dinero hay amigos y cuando no hay dinero no hay fiestas, los amigos desaparecen, se van». Entonces ese hombre «estaba siempre con amigos, en las fiestas», pero en su «puerta estaba el pobre». Pero «él sabía quién era ese pobre —¡lo sabía!— porque después, cuando habla con el padre Abraham, dice: “¡envía a Lázaro!». Por eso «sabía también cómo se llamaba pero no le importaba». Y entonces «¿era un hombre pecador? Sí. Pero del pecado se puede volver atrás, se pide perdón y el Señor perdona». Respecto a ese hombre rico, en cambio, «el corazón le ha llevado por un camino de muerte, hasta tal punto que no se puede volver atrás: hay un punto, hay un momento, hay un límite del cual difícilmente se vuelve atrás». Y «es cuando el pecado se transforma en corrupción». Por eso, explicó el Papa, ese hombre rico «no era un pecador, era un corrupto porque conocía las muchas miserias, pero era feliz allí y no le importaba nada». Aquí vuelven con fuerza las palabras de Jeremías: «Maldito el hombre que confía en sí mismo, que confía en su corazón: “nada es más traicionero que el corazón, y difícilmente se cura” y cuando tú estás por ese camino de enfermedad, difícilmente sanarás». Llegados a este punto Francisco quiso proponer un examen de conciencia: «yo hoy haré una pregunta a todos nosotros: ¿qué sentimos en el corazón cuando vamos por la calle y vemos a los sintecho, vemos a los niños solos que piden limos- na?». Quizá pensamos que «son de esa etnia que roba». Pero «¿qué siento yo cuando veo a los sintecho, a los pobres, a los abandonados, también a los sintecho bien vestidos, porque no tienen dinero para pagar el alquiler, porque no tienen trabajo?». Y todo «esto —afirmó el Papa— es parte del panorama, del paisaje de una ciudad, como una estatua, la parada del autobús, la oficina de correos: y ¿también los sintecho son parte de la ciudad? ¿Esto es normal? Estad atentos, estemos atentos cuando estas cosas suenan como normales en nuestro corazón —“pero sí, la vida es así, yo como, bebo, pero para quitarme un poco de sentimiento de culpabilidad doy un donativo y sigo adelante”— el camino no va bien». Si tenemos estos pensamientos quiere decir que «estamos, en ese momento, por ese camino resbaladizo», que lleva «del pecado a la corrupción». Por esto, prosiguió el Pontífice, es oportuno preguntarnos: «qué siento yo cuando en el telediario, en los periódicos, veo que ha caído una bomba allá, en un hospital, y han muerto muchos niños, en una escuela, ¿pobre gente?». Quizá «digo un Avema- ría, un Padrenuestro por ellos y sigo viviendo como si no pasara nada». En cambio es bueno preguntarse si el drama de tanta gente «entra en mi corazón» o si soy exactamente «como ese rico» del cual habla el Evangelio, en cuyo «corazón Lázaro jamás entró», del cual «tenían más piedad los perros». Y «si yo fuese así como ese rico, estaría en camino del pecado a la corrupción». «Por esto —concluyó Francisco refiriéndose a las palabras del Salmo 139 proclamadas en la antífona del inicio— pedimos al Señor: “Escruta, oh Señor, mi corazón; mira si mi camino es equivocado, si yo estoy en ese camino resbaladizo del pecado a la corrupción, del que no se puede volver atrás”». Porque, reiteró, «habitualmente el pecador, si se arrepiente, vuelve atrás; el corrupto difícilmente, porque está cerrado en sí mismo». Por eso «hoy la oración» que hay que hacer es precisamente: «Escruta, Señor, mi corazón y hazme entender en qué camino estoy, en qué camino estoy yendo». Al finalizar la celebración, el Papa dirigió un saludo especial a los cardenales Angelo Comastri y Crescenzio Sepe que concelebraron con él con motivo de los cincuenta años de su ordenación sacerdotal.

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página 12 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 17 de marzo de 2017, número 11 En la audiencia general el Papa advierte que la caridad no es creación del hombre sino una gracia El amor de Dios nunca falla Y recuerda que el Señor nos abre un camino de liberación «Existe el riesgo de que nuestra caridad sea hipócrita». Esta fue la advertencia lanzada por el Papa Francisco durante la Audiencia General del miércoles 15 de marzo en la plaza de San Pedro. En presencia de miles de fieles venidos de todo el mundo, el Pontífice recordó que todo lo que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y continúa haciendo por nosotros. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Sabemos bien que el gran mandamiento que nos ha dejado el Señor Jesús es el de amar: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y amar al prójimo como a ti mismo (cf Mateo 22,37-39), es decir estamos llamados al amor, a la caridad: y esta es nuestra vocación más alta, nuestra vocación por excelencia; y a esta está unida también la alegría de la esperanza cristiana. Quien ama tiene la alegría de la esperanza, de llegar a encontrar el gran amor que es el Señor. El apóstol Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos que acabamos de escuchar, nos advierte: existe el riesgo de que nuestra caridad sea hipócrita, que nuestro amor sea hipócrita. Nos tenemos que preguntar entonces: ¿cuándo sucede esta hipocresía? ¿Y cómo podemos estar seguros de que nuestro amor es sincero, que nuestra caridad es auténtica? De no fingir hacer caridad o que nuestro amor no sea una telenovela: amor sincero, fuerte... La hipocresía puede insinuarse en cualquier parte, también en nuestra forma de amar. Esto se verifica cuando el nuestro es un amor interesado, movido por intereses personales; y cuántos amores interesados hay... cuando los servicios caritativos en los que parece que nos esforzamos se cumplen para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos satisfechos: “¡Pero qué bueno soy!” ¡No, esto es hipocresía! O incluso cuando tendemos a cosas que tengan “visibilidad” para hacer una demostración de nuestra inteligencia o de nuestras capacidades. Detrás de todo esto hay una idea falsa, engañosa, es decir, que, si amamos, es porque nosotros somos buenos; como si la caridad fuera una creación del hombre, un producto de nuestro corazón. La caridad, sin embargo, es sobre todo una gracia; un regalo; poder amar es un don de Dios, y debemos pedirlo. Y él lo da con gusto, si lo pedimos. La caridad es una gracia: no consiste en hacer ver lo que somos, sino lo que el Señor nos dona y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los otros si antes no es generada del encuentro con el rostro man- so y misericordioso de Jesús. Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores, y que también nuestra forma de amar está marcada por el pecado. Al mismo tiempo, sin embargo, nos hace portadores de un nuevo anuncio, un anuncio de esperanza: el Señor abre delante de nosotros un camino de liberación, un camino de salvación. Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de convertirse en instrumento de la caridad de Dios. Y esto sucede cuando nos dejamos sanar y re- novar el corazón de Cristo resucita- do. El Señor resucitado que vive en- tre nosotros, que vive con nosotros es capaz de sanar nuestro corazón: lo hace, si nosotros lo pedimos. Es Él que nos permite, aun en nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor. Y se entiende entonces que todo lo que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y continúa haciendo por nosotros. Es más, es Dios mis- mo que, habitando en nuestro cora- zón y en nuestra vida, continúa ha- ciéndose cercano y sirviendo a todos aquellos que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados en los cuales Él, en primer lugar, se reconoce. El apóstol Pablo, entonces, con estas palabras no quiere tanto regañarnos, sino más bien animarnos a reavivar en nosotros la esperanza. Todos de hecho tenemos la experiencia de no vivir en plenitud o como deberíamos el mandamiento del amor. Pero también esta es una gracia, porque nos hace comprender que por nosotros mismos no somos capaces de amar verdaderamente: necesitamos que el Señor renueve continuamente este don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia. Es entonces que volveremos a apreciar las pequeñas cosas, las cosas sencillas, ordinarias; que volveremos a apreciar todas estas pequeñas cosas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como les ama Dios, queriendo su bien, es decir que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando estamos lejos del Él, de doblarnos ante los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón. Queridos hermanos, esto que el apóstol Pablo nos ha recordado es el secreto —uso sus palabras— para estar «con la alegría de la esperanza» (Romanos 12,12), porque sabemos que en toda circunstancia, también en la más adversa, y también a través de nuestros mismos fracasos, el amor de Dios nunca falla. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por su gracia y su fidelidad, vivimos en la alegre esperanza de corresponder a los hermanos, por ese poco que podamos, el equivalente de lo que recibimos de Él cada día. Al finalizar la catequesis, se realizó un resumen en las distintas lenguas y el Papa saludó a los grupos de peregrinos allí presentes. Estas son las palabras que el Santo Padre dirigió en español. Queridos hermanos y hermanas: En la Catequesis de hoy, san Pablo nos recuerda que el secreto para mantenernos alegres en la esperanza es reavivar en nuestros corazones el amor de Dios. Todos somos pecadores, pero el Señor, que es rico en misericordia, abre ante nosotros una vía de libertad y de salvación, que es la posibilidad de vivir el mandamiento del amor, dejándonos guiar por el corazón de Jesús Resucitado. Vivir y actuar el mandamiento del amor es un don de la gracia de Dios; por eso, cuando amamos, hay que evitar caer en la hipocresía de buscar nuestros propios intereses, y también en la idea falsa de pensar que si amamos es sólo mérito nuestro. La auténtica caridad nace del encuentro personal con el rostro misericordioso de Jesús, y nos lleva al encuentro sincero con los hermanos. Sólo de esta forma podremos mantenernos alegres en la esperanza, pues sabemos que a pesar de nuestras debilidades y fallos, y hasta en los momentos más difíciles, el amor de Dios nunca nos abandona, y nos impulsa a compartir con nuestros hermanos todo lo que cada día recibimos de él. Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. En este tiempo de Cuaresma, los invito a que, alegres en la esperanza, reaviven en sus corazones el amor que han recibido de Dios y lo compartan con todos los hombres con obras de caridad sincera. Que Dios los bendiga.

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