Osservatore Romano 2230

 

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Año XLIII, número 39 (2.230) Ciudad del Vaticano 25 de septiembre de 2011 Los fundamentos del derecho en el discurso de Benedicto XVI ante el Parlamento alemán el 22 de septiembre Deber fundamental del político servir al derecho y combatir la injusticia En un momento histórico en el que el hombre ha adquirido un poder inimaginable, es urgente la conciencia del deber fundamental del político: «servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia». En su esperado discurso al Parlamento alemán —primero de un Romano Pontífice ante esta asamblea—, Benedicto XVI propone la súplica a Dios del joven rey Salomón ante su entronización: «Concede a tu siervo un corazón dócil para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir el bien y el mal». Punto de partida del horizonte que recuerda el Papa con apremio al político y a la política misma, relanzando además la alerta de san Agustín: «Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue al Estado de una gran banda de bandidos?». «Los alemanes —reconoce— sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera». Mirada particular a Europa cuando el Pontífice alerta del dominio del positivismo en la forma- Hace un año el Papa proclamó beato al teólogo inglés John Henry Newman Doctor de la conciencia ción del derecho. Verdaderas fuentes del derecho son, en cambio, naturaleza y conciencia, como la razón abierta que plasma el corazón de Salomón, que permite reconocer lo auténticamente justo para el hombre —que no necesariamente se identifica con la voluntad de las mayorías—, que devuelve el derecho natural a la base de la construcción jurídica para que la dignidad humana —cuya fuente primaria es Dios creador— sea siempre inviolable. El encuentro de Jerusalén, Atenas y Roma —la fe en Dios, la razón filosófica y el pensamiento jurídico— configuró la identidad de Europa y fijó los criterios del derecho. «Defenderlos —exhorta el Papa— es nuestro deber en este momento histórico». INICIO DEL VIAJE APOSTÓLICO, PÁGINAS 4-8 Y 12 HERMANN GEISSLER Un año atrás, el 19 de septiembre de 2010, Benedicto XVI proclamó beato al famoso teólogo inglés John Henry Newman. Durante el encuentro navideño con la Curia romana, celebrado el 20 de diciembre de 2010, el Papa hablaba otra vez de Newman, recordando, entre otras cosas, la actualidad de su concepción de conciencia: «En el pensamiento moderno, la palabra “conciencia” significa que en materia de moral y de religión, la dimensión subjetiva, el individuo, constituye la última instancia de la decisión. […] La concepción que Newman tiene de la conciencia es diametralmente opuesta. Para él “conciencia” significa la capacidad de verdad del hombre: la capacidad de reconocer en los ámbitos decisivos de su existencia —religión y moral— una verdad, “la” verdad. La conciencia, la capacidad del hombre para reconocer la verdad, le impone al mismo tiempo el deber de encaminarse hacia la verdad, de buscarla y de someterse a ella allí donde la encuentre. Conciencia es capacidad de verdad y obediencia en relación con la verdad, que se muestra al hombre que busca con corazón abierto. El camino de las conversiones de Newman es un camino de la conciencia, no un camino de la subjetividad que se afirma, sino, por el contrario, de la obediencia a la verdad que paso a paso se le abría». Newman experimentó que conciencia y verdad se pertenecen, se sostienen y se iluminan recíprocamente; que la obediencia a la conciencia conduce a la obediencia a la verdad. Recurriendo frecuentemente a la experiencia propia, el pensamiento de Newman sobre la conciencia es moderno y personalista, caracterizado por una evidente impronta agustiniana. Para entrar en la cuestión, es necesario al principio describir brevemente el significado de la conciencia según Newman. Con el tiempo, el término conciencia ha asumido múltiples significados, que en parte son incluso contradictorios entre sí. Newman —se lee en Sermon Notes— describe el motivo central de estos contrastes con las siguientes palabras: «En cuanto a la conciencia, para el hombre existen dos modalidades de seguirla. En la primera, la SIGUE EN LA PÁGINA 10

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 25 de septiembre de 2011, número 39 La figura del obispo en el discurso de Benedicto XVI a los prelados de reciente nombramiento Al servicio del sacerdocio común de los fieles El sacramento del Orden, conferido en plenitud a cada obispo, «se pone al servicio del sacerdocio común de los fieles, de su crecimiento espiritual y de su santidad». Lo recordó Benedicto XVI a los prelados de reciente nombramiento participantes en el curso anual que promueven las Congregaciones para los obispos y para las Iglesias orientales. El Papa los recibió en audiencia el jueves 15 de septiembre en el patio del palacio pontificio de Castelgandolfo. Queridos hermanos en el episcopado: Como el cardenal Ouellet ha mencionado, ya son diez años que los obispos de reciente nombramiento se encuentran juntos en Roma para llevar a cabo una peregrinación a la tumba de san Pedro y para reflexionar sobre los principales compromisos del ministerio episcopal. Este encuentro, promovido por la Congregación para los obispos y la Congregación para las Iglesias orientales, se introduce entre las iniciativas para la formación permanente deseadas por la exhortación apostólica postsinodal Pastores gregis (n. 24). También vosotros, a poco tiempo de vuestra consagración episcopal, estáis así invitados a renovar la profesión de vuestra fe ante la tumba del Príncipe de los Apóstoles y vuestra adhesión confiada a Jesucristo con el impulso de amor del mismo Apóstol, intensificando los vínculos de comunión con el Sucesor de Pedro y con los hermanos obispos. A este aspecto interior de la iniciativa se añade una fuerte experiencia de colegialidad afectiva. El obispo, como vosotros bien sabéis, no es un hombre solo, sino que está integrado en aquel corpus episcoporum que se transmite desde la cepa apostólica hasta nuestros días enlazándose a Jesús, «Pastor y Obispo de nuestras almas» (Misal romano, Prefacio después de la Ascensión). La fraternidad episcopal que vivís en estos días se prolonga en el sentir y en el actuar cotidiano de vuestro servicio ayudándoos a obrar siempre en comunión con el Papa y con vuestros hermanos en el episcopado, buscando cultivar también la amistad con ellos y con vuestros sacerdotes. En este espíritu de comunión y de amistad os acojo con gran afecto, obispos de rito latino y de rito oriental, saludando en cada uno de vosotros a las Iglesias encomendadas a vuestro cuidado pastoral, con un pensamiento especial por aquellas que, de modo especial en Oriente Medio, están sufriendo. Doy las gracias al cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los obispos, por las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre y por el libro, y al cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales. El encuentro anual con los obispos nombrados en el curso del año me ha brindado la posibilidad de subrayar algún aspecto del ministerio episcopal. Hoy quiero reflexionar brevemente con vosotros sobre la importancia de la acogida por parte del obispo de los carismas que el Espíritu suscita para la edificación de la Iglesia. La consagración episcopal os ha conferido la plenitud del sacramento del Orden, que, en la comunidad eclesial, es puesto al servicio del sacerdocio común de los fieles, de su crecimiento espiritual y de su santidad. El sacerdocio ministerial, de hecho, como sabéis, tiene el objetivo y la misión de hacer vivir el sacerdocio de los fieles, que, en virtud del Bautismo, participan a su modo en el único sacerdocio de Cristo, como afirma la constitución conciliar Lumen gentium: «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, están ordenados el uno al otro; ambos, en efecto, participan cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo. Su diferencia, sin embargo, es esencial y no sólo de grado» (n. 10). Por esta razón, los obispos tienen la tarea de vigilar y obrar a fin de que los bautizados puedan crecer en la gracia y según los carismas que el Espíritu Santo suscita en sus corazones y en su comunidad. El concilio Vaticano II recordó que el Espíritu Santo, mientras une en la comunión y en el ministerio a la Iglesia, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la adorna con sus frutos (cf. ib., 4). La reciente Jornada mundial de la juventud en Madrid ha demostrado, una vez más, la fecundidad de la riqueza de los carismas en la Iglesia, precisamente hoy, y la unidad eclesial de todos los fieles congregados en torno al Papa y a los obispos. Una vitalidad que refuerza la obra de evangelización y la presencia de la Iglesia en el mundo. Y vemos, podemos casi tocar que el Espíritu Santo también hoy está presente en la Iglesia, crea carismas y crea unidad. El don fundamental que estáis llamados a alimentar en los fieles encomendados a vuestro cuidado pastoral es ante todo el de la filiación divina, que es participación de cada uno en la comunión trinitaria. Lo esencial es que llegamos a ser realmente hijos e hijas en el Hijo. El Bautismo, que constituye a los hombres «hijos en el Hijo» y miembros de la Iglesia, es la raíz y la fuente de todos los demás dones carismáticos. Con vuestro ministerio de santificación, vosotros educáis a los fieles a participar siempre más intensamente en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, ayudándoles a edificar la Iglesia, según los dones recibidos de Dios, de modo activo y corresponsable. De hecho, siempre debemos tener presente que los dones del Espíritu, por extraordinarios o sencillos y humildes que sean, son siempre dados gratuitamente para la edificación de todos. El obispo, en cuanto signo visible de la unidad de su Iglesia particular (cf. ib., 23), tiene la tarea de reunir y armonizar la diversidad carismática en la unidad de la Iglesia, favoreciendo la reciprocidad entre el sacerdocio jerárquico y el sacerdocio bautismal. Acoged por lo tanto los carismas con gratitud para la santificación de la Iglesia y la vitalidad del apostolado. Y esta acogida y gratitud hacia el Espíritu Santo, que obra también hoy entre nosotros, son inseparables del discernimiento, que es propio de la misión del obispo, como ha recalcado el concilio Vaticano II, que ha encomendado al ministerio pastoral el juicio sobre la autenticidad de los carismas y sobre su ejercicio ordenado, sin extinguir el Espíritu, sino examinando y conservando lo que es bueno (cf. ib., 12). Esto me parece importante: por una parte no extinguir, pero por otra parte distinguir, ordenar y conservar examinando. Para esto debe estar siempre claro que ningún carisma dispensa de la referencia y la sumisión a los pastores de la Iglesia (cf. exhort. ap. Christifideles laici, 24). Acogiendo, juzgando y ordenando los diversos dones y carismas, el obispo ofrece un servicio grande y valioso al sacerdocio de los fieles y a la vitalidad de la Iglesia, que resplandecerá como esposa del Señor, revestida de la santidad de sus hijos. Este articulado y delicado ministerio, pide al obispo que alimente con solicitud la propia vida espiritual. Sólo así crece el don del discernimiento. Como afirma la exhortación apostólica Pastores gregis, el obispo se convierte en «padre» precisamente porque es plenamente «hijo» de la Iglesia (n. 10). Por otra parte, en virtud de la plenitud del sacramento del Orden, es maestro, santificador y pastor que actúa en nombre y en la persona de Cristo. Estos dos aspectos inseparables lo llaman a crecer como hijo y como pastor en el seguimiento de Cristo, de modo que su santidad personal manifieste la santidad objetiva recibida con la consagración episcopal, porque la santidad objetiva del sacramento y la santidad personal del obispo van juntas. Os exhorto, por lo tanto, queridos hermanos en el episcopado a permanecer siempre en la presencia del Buen Pastor y a asimilar cada vez más sus sentimientos y sus virtudes humanas y sacerdotales, mediante la oración personal que debe acompañar vuestras arduas jornadas apostólicas. En la intimidad con el Señor hallaréis consuelo y apoyo para vuestro exigente ministerio. No tengáis miedo de confiar al corazón de Jesucristo cada una de vuestras preocupaciones, seguros de que él cuida de vosotros, como ya advertía el apóstol san Pedro (cf. 1 P 5, 6). Que la oración esté siempre alimentada por la meditación de la Palabra de Dios, por el estudio personal, por el recogimiento y el debido reposo, para que podáis saber escuchar y acoger con serenidad «aquello que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2, 11) y llevar a todos a la unidad de la fe y del amor. Con la santidad de vuestra vida y la caridad pastoral serviréis de ejemplo y ayuda a los sacerdotes, vuestros primeros e indispensables colaboradores. Vuestra solicitud los hará crecer en la corresponsabilidad como sabios guías de los fieles, que con vosotros están llamados a edificar la comunidad, con sus dones, sus carismas y con el testimonio de su vida, para que en el coro de la comunión la Iglesia dé testimonio de Jesucristo, a fin de que el mundo crea. Y esta cercanía a los sacerdotes, precisamente hoy, con todos los problemas, es de enorme importancia. Al encomendar vuestro ministerio a María, Madre de la Iglesia, que resplandece ante el Pueblo de Dios colmada de los dones del Espíritu Santo, imparto con afecto a cada uno de vosotros, a vuestras diócesis y especialmente a vuestros sacerdotes, la bendición apostólica. Gracias. L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt 00120 Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va http://www.osservatoreromano.va TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE «L’OSSERVATORE ROMANO» GIOVANNI MARIA VIAN director Carlo Di Cicco subdirector Arturo Gutiérrez L.C. encargado de la edición don Pietro Migliasso S.D.B. director general Redacción via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano teléfono 39 06 698 99410 telefax 39 06 698 81412 Servicio fotográfico photo@ossrom.va Publicidad Publicinque s.r.l. via Fattori 3/C, 10141 Torino, torino@publicinque.it Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 5594 11 25, + 52 55 5518 40 99; e-mail: losservatore@prodigy.net.mx, or.mexico@ossrom.va. En Argentina: Arzobispado de Mercedes-Luján; calle 24, 735, 6600 Mercedes (B), Argentina; teléfono y fax + 2324 428 102/432 412; e-mail: osservatoreargentina@yahoo.com. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

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número 39, domingo 25 de septiembre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 Alocución del Papa en el Ángelus del domingo 18 de septiembre en Castelgandolfo Obreros humildes y generosos para la nueva evangelización Queridos hermanos y hermanas: En la liturgia de hoy comienza la lectura de la carta de san Pablo a los Filipenses, es decir a los miembros de la comunidad que el apóstol mismo fundó en la ciudad de Filipos, importante colonia romana en Macedonia, hoy norte de Grecia. San Pablo llegó a Filipos durante su segundo viaje misionero, procedente de la costa de Anatolia y atravesando el Mar Egeo. En esa ocasión, fue la primera vez que el evangelio llegó a Europa. Nos encontramos en torno al año 50, o sea, cerca de veinte años después de la muerte y la resurrección de Jesús. No obstante, en la carta a los Filipenses se encuentra un himno a Cristo que ya presenta una síntesis completa de su misterio: encarnación, kénosis, es decir humillación hasta la muerte de cruz, y glorificación. Este mismo misterio llegó a ser una sola cosa con la vida del apóstol san Pablo, que escribe esta carta mientras está en prisión, a la espera de una sentencia de vida o de muerte. Afirma: «Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia» (Flp 1, 21). Es un nuevo sentido de la vida, de la existencia humana, que consiste en la comunión con Jesucristo vivo; no sólo con un personaje histórico, un maestro de sabiduría, un líder religioso, sino con un hombre en quien habita personalmente Dios. Su muerte y resurrección es la Buena Noticia que, partiendo de Jerusalén, está destinada a llegar a todos los hombres y a todos los pueblos, y a transformar desde dentro a todas las culturas, abriéndolas a la verdad fundamental: Dios es amor, se hizo hombre en Jesús y con su sacrificio rescató a la humanidad de la esclavitud del mal donándole una esperanza fiable. San Pablo era un hombre que resumía en sí tres mundos: el judío, el griego y el romano. No por casualidad Dios le confió la misión de llevar el evangelio desde Asia Menor hasta Grecia y luego a Roma, construyendo un puente que habría proyectado el cristianismo hasta los últimos confines de la tierra. Hoy vivimos en una época de nueva evangelización. Vastos horizontes se abren al anuncio del Evangelio, mientras que regiones de antigua tradición cristiana están llamadas a redescubrir la belleza de la fe. Protagonistas de esta misión son hombres y mujeres que, como san Pablo, pueden decir: «Para mí vivir es Cristo». Personas, familias, comunidades que aceptan trabajar en la viña del Señor, según la imagen del evangelio de este domingo (cf. Mt 20, 1-16): obreros humildes y generosos, que no piden otra recompen- sa sino la de participar en la misión de Jesús y de su Iglesia. «Si el vivir esta vida mortal —escribe una vez más san Pablo— me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger» (Flp 1, 22): si la unión plena con Cristo más allá de la muerte, o el servicio a su cuerpo místico en esta tierra. Queridos amigos, el evangelio ha transformado el mundo, y lo sigue transformando, como un río que irriga un inmenso campo. Dirijámonos en oración a la Virgen María, para que en toda la Iglesia maduren vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales para el servicio de la nueva evangelización. Tras el rezo del Ángelus, el Santo Padre habló del nuevo sacerdote beato Francesco Paleari. Queridos hermanos y hermanas, ayer en Turín ha sido proclamado beato monseñor Francesco Paleari, de la Sociedad de los Sacerdotes de San José Cottolengo. Nacido en Pogliano Milanese en 1863, de una humilde familia campesina, entró muy joven en el seminario e, inmediatamente después de la ordenación, se dedicó a los pobres y a los enfermos en la Pequeña Casa de la Divina Providencia, pero también a la enseñanza, distinguiéndose por su afabilidad y paciencia. Alabemos a Dios por este testigo luminoso de su amor. Intervención del arzobispo Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados Tutela de los cristianos frente a toda discriminación Publicamos la intervención del arzobispo Dominique Mamberti —secretario para las Relaciones con los Estados— del 12 de septiembre durante la mesa redonda sobre la discriminación de los cristianos («Preventing and responding to hate incidents and crimes against christians»), en el marco de la cumbre celebrada en Roma por iniciativa de la Organización para la seguridad y la cooperación en Europa (OSCE). Presidente, excelencias, señoras y señores: La Santa Sede está agradecida a la presidencia lituana de la OSCE, a la Oficina para las instituciones democráticas y para los derechos humanos (ODIHR), al Gobierno italiano, a la ciudad de Roma y a todos los que han contribuido a la organización de este encuentro. La Santa Sede es un Estado que participa en la OSCE desde sus comienzos, en 1975, y se esfuerza por contribuir con vigor a sus actividades y a sus proyectos tanto a través de su participación directa como a través de su misión permanente en Viena. En mayo de este año, los tres representantes personales del presidente en funciones, con el fin de combatir la intolerancia y la discriminación, realizaron su primera visita al Vaticano, un acontecimiento que destacó ulteriormente la cooperación constante entre la OSCE y la Santa Sede. Una de las razones principales de esta mesa redonda es que la garantía de la libertad de religión ha estado siempre, y aún sigue estando, en el centro de las actividades de la OSCE. Desde que fue incluida en el Acta final de Helsinki de 1975 y reafirmada en términos precisos en los documentos sucesivos, entre los cuales el documento conclusivo de Viena de 1989 y el documento del Encuentro de Copenhague sobre la dimensión humana de la entonces CSCE, en 1990, la tutela de la libertad religiosa ha seguido ocupando un lugar cen- tral en el enfoque total de la OSCE sobre las cuestiones relativas a la seguridad. En este contexto, los crímenes perpetrados por odio contra los cristianos son un argumento de particular interés para la OSCE en general y para la Santa Sede en particular. En su mensaje para la Jornada mundial de la paz de 2011, el Papa Benedicto XVI puso de relieve que «los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de su fe. Muchos sufren cada día ofensas y viven frecuentemente con miedo por su búsqueda de la verdad, su fe en Jesucristo y por su sincero llamamiento a que se reconozca la libertad religiosa. Todo esto no se puede aceptar, porque constituye una ofensa a Dios y a la dignidad humana; además, es una amenaza a la seguridad y a la paz, e impide la realización de un auténtico desarrollo humano integral». Se podría objetar, y con razón, que la mayor parte de los crímenes perpetrados por odio a los cristianos en el mundo se llevan a cabo fuera del área de la OSCE. Sin embargo, hay señales preocupantes también en esta área. La relación anual de la ODIHR sobre los crímenes perpetrados por odio presenta una prueba irrefutable de la creciente intolerancia contra los cristianos. Ignorar este hecho bien documentado significa mandar una señal negativa también a los países que son Estados que no participan en nuestra Organización. Por tanto, es importante suscitar por doquier una nueva conciencia del problema. De ahí que la Santa Sede acoja con favor la resolución de la asamblea parlamentaria de la OSCE, adoptada este año en Belgrado, como un paso importante «para orientar un debate público sobre la intolerancia y la discriminación contra los cristianos», como afirma el documento. Como resultado de esta Conferen- cia, es de desear que se adopten medidas prácticas para combatir la intolerancia contra los cristianos. Para prevenir los crímenes perpetrados por odio, es esencial promover y consolidar la libertad religiosa, cuyo concepto debe ser claro desde el principio. En su discurso del 10 de enero de 2011 a los miembros del Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Santo Padre afirmó que el derecho a la libertad religiosa «es en realidad el primer derecho, porque históricamente ha sido afirmado en primer lugar, y porque, por otra parte, tiene como objeto la dimensión constitutiva del hombre, es decir, su relación con el Creador». También observó que hoy, en muchas regiones del mundo, el derecho a la libertad religiosa «ha sido demasiadas veces puesto en discusión o violado» y que «hoy la sociedad, sus responsables y la opinión pública, son más conscientes, incluso aunque no siempre de manera exacta, de la gravedad de esta herida contra la dignidad y la libertad del homo religiosus». De estas premisas se deduce que la libertad religiosa no puede limitarse a la simple libertad de culto, aunque esta última sea obviamente una parte importante de ella. Con el debido respeto a los derechos de todos, la libertad religiosa incluye, entre otros, el derecho a predicar, a educar, a convertir, a contribuir al discurso político y a participar plenamente en las actividades públicas. La auténtica libertad religiosa no es sinónimo de relativismo ni de la idea posmoderna según la cual la religión es un componente marginal de la vida pública. El Papa Benedicto XVI ha destacado a menudo el peligro de un secularismo radical que relega, a priori, todos los tipos de manifesta- SIGUE EN LA PÁGINA 4

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página 4 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 25 de septiembre de 2011, número 39 Vídeo mensaje de Benedicto XVI en vísperas del viaje a Alemania Volvamos a ver a Dios en el horizonte del mundo A pocos días del viaje a Alemania, en programa del 22 al 25 de septiembre, Benedicto XVI grabó en los días previos en Castelgandolfo, una intervención para la transmisión «Wort zum Sonntag» de la televisión pública alemana ARD, emitida el domingo 18 de septiembre por la tarde. Señoras y señores, queridos connacionales: En pocos días partiré para mi viaje a Alemania, y estoy muy contento de ello. Pienso con alegría particularmente en Berlín, donde tendrán lugar muchos encuentros, y, naturalmente en el discurso que pronunciaré en el Bundestag y en la gran misa que podremos celebrar en el estadio olímpico. Uno de los momentos importantes de la visita será Erfurt: en ese monasterio agustino, en esa iglesia agustina, donde Lutero empezó su camino, podré reunirme con los representantes de la Iglesia evangélica de Alemania. Allí oraremos juntos, escucharemos la Palabra de Dios, reflexionaremos y hablaremos juntos. No esperamos ningún acontecimiento sensacional: de hecho, la verdadera grandeza del evento consiste precisamente en esto, que en este lugar juntos podemos pensar, escuchar la Palabra de Dios y orar, y así estaremos íntimamente próximos y se manifestará un verdadero ecumenismo. Algo especial para mí es el encuentro con Eichsfeld, esta pequeña franja de tierra que, aún pasando por todas las peripecias de la historia, ha permanecido católica; luego el sudoeste de Alemania, con Friburgo, la gran ciudad, con muchos encuentros que allí tendrán lugar, sobre todo la vigilia con los jóvenes y la gran misa que concluirá el viaje. Todo ello no es turismo religioso, y menos todavía un «show». De qué se trata, lo dice el lema de estas jornadas: «Donde está Dios, ahí hay futuro». Debería tratarse del hecho de que Dios vuelva a nuestro horizonte, ese Dios con tanta frecuencia totalmente ausente, de quien, en cambio, tenemos tanta necesidad. Tal vez me preguntaréis: «¿Pero existe Dios? Y si existe, ¿se ocupa verdaderamente de nosotros? ¿Podemos llegar a él?». Cierto, es verdad: no podemos poner a Dios sobre la mesa, no podemos tocarlo como a un utensilio o tomarlo con la mano como un objeto cualquiera. Debemos desarrollar de nuevo la capacidad de percepción de Dios, capacidad que existe en nosotros. En la grandeza del cosmos podemos intuir algo de la magnitud de Dios. Podemos utilizar el mundo a través de la técnica, porque está construido de manera racional. En la gran racionalidad del mundo podemos intuir el espíritu creador de quien aquél deriva, y en la belleza de la creación po- demos intuir algo de la belleza, de la grandeza y también de la bondad de Dios. En la Palabra de las Sagradas Escrituras podemos escuchar palabras de vida eterna que no vienen sencillamente de hombres, sino que vienen de Él, y en ellas oímos su voz. Y finalmente, casi vemos a Dios también en el encuentro con las personas que han sido tocadas por Él. No pienso sólo en los grandes: desde san Pablo hasta Francisco de Asís y la Madre Teresa; sino que pienso en las muchas personas sencillas de las que nadie habla. Y sin embargo, cuando las encontramos, emana de ellas algo de bondad, sinceridad, alegría, y nosotros sabemos que ahí está Dios y que Él nos toca también a nosotros. Así que, en estos días, deseamos empeñarnos en volver a ver a Dios, para nosotros mismos volver a ser personas desde quienes entre en el mundo una luz de la esperanza, que es luz que viene de Dios y nos ayuda a vivir. Imposición del palio al arzobispo de Milán Que Milán, centro industrial y económico importante, no pierda de vista a Dios y los valores de la fe. Fue el deseo de Benedicto XVI en la ceremonia de la imposición del palio al cardenal Angelo Scola —arzobispo de la metrópolis ambrosiana—, celebrada el 21 de septiembre en la capilla del apartamento privado del palacio pontificio de Castelgandolfo. El Papa explicó que los asuntos cotidianos y materiales no marchan bien si carecen de la penetración de la luz de Dios. Así que Milán debe sentir la responsabilidad de esta tarea y mantener la mirada fija en Jesucristo. Es lo que le importa para la Iglesia ambrosiana y lo que encomienda al purpurado, respondiendo a su petición precisa. Llegado a la capilla —donada por el episcopado polaco en 1934 a Pío XI—, Benedicto XVI saludó cordialmente al cardenal Scola y, tras una oración en latín, acogió la fórmula de juramento que el purpurado pronunció de pie ante él. A continuación le impuso el palio e intercambiaron un signo de paz. El canto del Padrenuestro y la bendición apostólica concluyeron la ceremonia. Tutela de los cristianos frente a toda discriminación VIENE DE LA PÁGINA 3 ción religiosa a la esfera privada. El relativismo y el secularismo niegan dos aspectos fundamentales del fenómeno religioso, y por tanto del derecho a la libertad religiosa, que por el contrario exigen respeto: la dimensión trascendente y la dimensión social de la religión, en las que la persona humana busca unirse, por decirlo así, a la realidad que la supera y la rodea, según los dictámenes de su propia conciencia. La religión es más que una opinión personal o una Weltanschauung. Ha tenido siempre impacto sobre la sociedad y sobre sus principios morales. Como he puesto de relieve anteriormente, cuando hablamos de la negación de la libertad religiosa y de su relación con los crímenes perpetrados por odio, por norma general pensamos en las persecuciones violentas de minorías cristianas en algunas partes del mundo. La Santa Sede está agradecida a la OSCE y a cada uno de los Estados participantes que de modo particular se comprometen a denunciar el homicidio o la detención de ciudadanos inocentes, que son asesinados o perseguidos tan solo por creer en Cristo. Por otra parte, aunque es verdad que el riesgo de crímenes perpetrados por odio está relacionado con la negación de la libertad religiosa, no deberíamos olvidar que existen graves problemas en áreas del mundo donde, afortunadamente, no se llevan a cabo persecuciones violentas de cristianos. Por desgracia, hechos delictivos motivados por prejuicios contra los cristianos se están verificando cada vez con mayor frecuencia incluso en aquellos países donde estos son mayoría. El Papa Benedicto XVI hizo referencia a este fenómeno en el mismo discurso de enero pasado al Cuerpo diplomático, cuando dijo que —cito— «dirigiendo nuestra mirada de Oriente a Occidente, nos encontramos frente a otros tipos de amenazas contra el pleno ejercicio de la libertad religiosa. Pienso, en primer lugar, en los países que conceden una gran importancia al pluralismo y a la tolerancia, pero donde la religión sufre una marginación creciente. Se tiende a considerar la religión, toda religión, como un factor sin importancia, extraño a la sociedad moderna o incluso desestabilizador, y se busca con diversos medios impedir su influencia en la vida social». Ciertamente, nadie confundiría o compararía la marginación de la religión con la verdadera persecución y con el asesinato de cristianos en otras áreas del mundo. Pero sin duda alguna esta Conferencia contribuirá a esclarecer la incidencia de los crímenes perpetrados por odio contra los cristianos, incluso en regiones donde la opinión pública internacional jamás esperaría que se verificaran. En efecto, estos crímenes se alimentan constantemente en un ambiente donde la libertad religiosa no se respeta plenamente y la religión es discriminada. En la región de la OSCE nos sentimos abundantemente bendecidos por el consenso sobre la importancia de la libertad religiosa. Por esta razón es importante seguir hablando de la esencia de la libertad religiosa, de su vínculo fundamental con la idea de verdad, y de la diferencia entre la libertad de religión y el relativismo, que simplemente tolera la religión aunque la considere con cierto grado de hostilidad. Cito de nuevo el mensaje para la Jornada mundial de la paz de 2011: «Por tanto, la libertad religiosa se ha de entender no sólo como ausencia de coacción, sino antes aún como capacidad de ordenar las propias opciones según la verdad… Una libertad enemiga o indiferente con respecto a Dios termina por negarse a sí misma y no garantiza el pleno respeto del otro. Una voluntad que se cree radicalmente incapaz de buscar la verdad y el bien no tiene razones objetivas y motivos para obrar, sino aquellos que provienen de sus intereses momentáneos y pasajeros; no tiene una “identidad” que custodiar y construir a través de las opciones verdaderamente libres y conscientes. No puede, pues, reclamar el respeto por parte de otras “voluntades”, que también están desconectadas de su ser más profundo, y que pueden hacer prevalecer otras “razones” o incluso ninguna “razón”. La ilusión de encontrar en el relativismo moral la clave para una pacífica convivencia, es en realidad el origen de la división y negación de la dignidad de los seres humanos». Precisamente esta visión que identifica la libertad con el relativismo o con el agnosticismo militante y suscita dudas sobre la posibilidad de llegar a conocer la verdad, podría ser un factor determinante en el aumento de la incidencia de estos delitos y crímenes perpetrados por odio, que serán el argumento del debate de hoy. Que esta mesa redonda —y espero que se realicen con regularidad encuentros similares a este—, dé nuevo impulso a la obra de la OSCE y de la ODIHR en este campo.

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número 39, domingo 25 de septiembre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 La bienvenida al Papa en el castillo berlinés de Bellevue No hay libertad sin solidaridad Benedicto XVI explica el motivo de su viaje a Alemania: «Encontrar a la gente y hablarle de Dios» El Papa llegó a Alemania hacia las 10.20 horas del jueves 22 de septiembre. Tras la acogida en el aeopuerto internacional de Berlín-Tegel, la ceremonia de bienvenida tuvo lugar en el castillo de Bellevue. Al saludo del presidente federal alemán, Christian Wulff, siguió el siguiente discurso del Papa. Señor presidente federal, señoras y señores, queridos amigos: Me siento muy honrado por la amable acogida que me habéis reservado aquí, en el Castillo Bellevue. Le estoy particularmente agradecido, señor presidente Wulff, por la invitación a esta visita oficial, que es mi tercera estancia como Papa en la República Federal Alemana. Agradezco de corazón las corteses palabras de bienvenida que me ha dirigido. Mi gratitud se dirige también a los representantes del Gobierno Federal, del Bundestag y del Bundesrat, así como a los de la ciudad de Berlín, por su presencia, con la que expresan su respeto por el Papa como sucesor del Apóstol Pedro. Y no por último agradezco a los tres obispos que me hospedan, el arzobispo Woelki de Berlín, el obispo Wanke de Erfurt y el arzobispo Zollitsch de Friburgo, así como a todos aquellos que, en los diversos ámbitos eclesiásticos y públicos, han colaborado en los preparativos de este viaje a mi patria, contribuyendo de ese modo a que todo salga bien. Aunque este viaje es una visita oficial que reforzará las buenas relaciones entre la República Federal de Alemania y la Santa Sede, no he venido aquí para obtener objetivos políticos o económicos, como hacen legítimamente otros hombres de Estado, sino para encontrar a la gente y hablarle de Dios. Con relación a la religión hay en la sociedad una progresiva indiferen- Bienvenido a casa Berlín, primera etapa del viaje apostólico de Benedicto XVI a Alemania del 22 al 25 de septiembre. En la capital federal tuvo lugar la parte institucional de su primera visita oficial al país —tercera después de las de Colonia (2005) y Baviera (2006)— con los encuentros con los más altos cargos del Estado y el esperado discurso ante el Parlamento federal, que recogemos en la presente edición en lengua española de L’Osservatore Romano. En el aeropuerto internacional de Berlín-Tegel el Papa fue recibido el 22 de septiembre por el presidente de la República, Christian Wulff, y la canciller federal Angela Merkel; el arzobispo de Berlín, Woelki, el presidente de la Conferencia episcopal alemana y arzobispo de Friburgo, Zollitsch, entre las autoridades eclesiásticas y civiles. Clima otoñal, sencillez y la calidez del afecto fueron protagonistas de estos momentos, con el elocuente homenaje floral de un grupo de niños. A continuación, la ceremonia de bienvenida en el castillo de Bellevue —y visita de cortesía al presidente—, donde el Pontífice pronunció su primer discurso. «Bienvenido de corazón a Alemania en nombre de la gente de nuestro país. Bienvenido a casa», fueron palabras de saludo del presidente Wulff. Posteriormente, en la cercana sede de la Conferencia episcopal alemana, el pontífice mantuvo un encuentro con la canciller Merkel. El primer acto de la tarde, la visita de Benedidcto XVI al Parlamento federal, donde pronunció el esperado discurso sobre los fundamentos del Estado liberal de derecho. El itinerario de Benedicto XVI propone en 2011 tres etapas diversas y geográficamente distantes: de Berlín a Erfurt —con el ecumenismo como protagonista— y a Friburgo, donde la atención se centra en la Iglesia católica alemana y en particular los jóvenes. Un programa intenso —del que continuaremos informando en la próxima edición— en torno al lema «Donde está Dios, ahí hay futuro», eje del viaje apostólico del Papa Joseph Ratzinger a Alemania, 21º internacional, 15º en Europa durante su pontificado. cia que, en sus decisiones, considera la cuestión de la verdad más bien como un obstáculo, y da por el contrario la prioridad a consideraciones utilitaristas. Pero se necesita una base vinculante para nuestra convivencia, de otra manera cada uno vive sólo para su individualismo. La religión es una cuestión fundamental para una convivencia lograda. «Como la religión necesita de la libertad, así la libertad tiene necesidad de la religión». Estas palabras del gran obispo y reformador social Wilhelm von Ketteler, del que se celebra este año el bicentenario de su nacimiento, son aún actuales (Discurso a la primera asamblea de los católicos en Alemania, 1848. En: Erwin ISERLOH (ed): Wilhelm Emmanuel von Ketteler: Sämtliche Werke und Briefe, Mainz 1977, vol. I, 1, p. 18). La libertad necesita de una referencia originaria a una instancia superior. El que haya valores que nada ni nadie pueda manipular, es la auténtica garantía de nuestra libertad. El hombre que se sabe obligado a lo verdadero y al bien, estará inmediatamente de acuerdo con esto: la libertad se desarrolla sólo en la responsabilidad ante un bien mayor. Este bien existe sólo si es para to- dos; por tanto debo interesarme siempre de mis prójimos. La libertad no se puede vivir sin relaciones. En la convivencia humana no es posible la libertad sin solidaridad. Aquello que hago a costa de otros, no es libertad, sino una acción culpable que les perjudica a ellos y también a mí. Puedo realizarme verdaderamente como persona libre sólo cuando uso también mis fuerzas para el bien de los demás. Esto vale no sólo en el ámbito privado, sino también en la sociedad. Según el principio de subsidiaridad, la sociedad debe dar espacio suficiente para que las estructuras más pequeñas se desarrollen y, al mismo tiempo, apoyarlas, de modo que, un día, puedan ser autónomas. Aquí en el Castillo Bellevue, que debe su nombre a la espléndida vista sobre la ribera del Spree y que está situado no lejos de la Columna de la Victoria, del Bundestag y de la Puerta de Brandeburgo, estamos propiamente en el centro de Berlín, la capital de la República Federal de Alemania. El castillo con su agitado pasado es, como tantos edificios de la ciudad, un testimonio de la historia alemana. Una mirada clara también sobre sus páginas oscuras nos permite aprender de su pasado y de recibir impulso para el presente. La República Federal de Alemania se ha convertido en lo que es hoy a través de la fuerza de la libertad plasmada de responsabilidad ante Dios y ante el prójimo. Necesita de esta dinámica que involucra todos los ámbitos humanos para poder continuar a desarrollarse en las condiciones actuales. Lo requiere en «un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor» (encíclica Caritas in veritate, 21). Deseo que los encuentros durante las varias etapas de mi viaje, aquí en Berlín, en Erfurt, en Eichsfeld y en Friburgo, puedan ofrecer una pequeña contribución sobre este tema. Que en estos días Dios nos conceda su bendición. Entrevista al Papa en vuelo hacia Alemania «Civitas Dei» Donde todos somos hermanos El auténtico sentido de la pertenencia a la Iglesia, los escándalos de los abusos, el empeño ecuménico, la necesidad de devolver a Dios al horizonte humano. Son temas que no dudó en afrontar Benedicto XVI —trazando las líneas del inicio de su viaje apostólico a Alemania— ante las preguntas de la prensa internacional, planteadas por voz del director de la Oficina de información de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, durante el vuelo de Roma a Berlín el 22 de septiembre. SIGUE EN LA PÁGINA 8

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número 39, domingo 25 de septiembre de 2011 L’OSSERVATO Los fundamentos del derecho en el discurso de Benedicto XVI ante el Parlamento alemán el 22 de septiembre Deber fundamental del político servir al derecho y combatir la injusticia Llegada al Reichstag de Berlín; un impresionante silencio de acogida en señal de respeto, seguido de un prolongado aplauso. Fue el pórtico del discurso que pronunció Benedicto XVI en la tarde del 22 de septiembre en el Parlamento alemán, donde propuso una reflexión sobre los fundamentos del derecho. Igual que fue notable la atención de los parlamentarios durante la intervención del Papa Joseph Ratzinger y los insistentes aplausos tras sus palabras. Histórico acontecimiento de resonancias positivas, como muestra por ejemplo el hecho de que a la mañana siguiente el diario alemán más autorizado, «Frankfurter Allgemeine Zeitung», publicara íntegramente el discurso del Santo Padre. Ilustre señor presidente federal, señor presidente del Bundestag, señora canciller federal, señor presidente del Bundesrat, señoras y señores diputados: Es para mí un honor y una alegría hablar ante esta Cámara alta, ante el Parlamento de mi patria alemana, que se reúne aquí como representación del pueblo, elegida democráticamente, para trabajar por el bien común de la República Federal de Alemania. Agradezco al señor presidente del Bundestag su invitación a pronunciar este discurso, así como también sus gentiles palabras de bienvenida y aprecio con las que me ha acogido. Me dirijo en este momento a ustedes, estimados señores y señoras, ciertamente también como un connacional que está vinculado de por vida, por sus orígenes, y sigue con particular atención los acontecimientos de la patria alemana. Pero la invitación a pronunciar este discurso se me ha hecho en cuanto Papa, en cuanto Obispo de Roma, que tiene la suprema responsabilidad sobre los cristianos católicos. De este modo, ustedes reconocen el papel que le corresponde a la Santa Sede como miembro dentro de la comunidad de los Pueblos y de los Estados. Desde mi responsabilidad internacional, quisiera proponerles algunas consideraciones sobre los fundamentos del Estado liberal de derecho. Permítanme que comience mis reflexiones sobre los fundamentos del derecho con un breve relato tomado de la Sagrada Escritura. En el primer Libro de los Reyes, se dice que Dios concedió al joven rey Salomón, con ocasión de su entronización, formular una petición. ¿Qué pedirá el joven soberano en este importante momento? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos? Nada pide de todo esto. Suplica en cambio: «Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal» (1 R 3, 9). Con este relato, la Biblia quiere indicarnos lo que debe ser importante en definitiva para un político. Su criterio último y la motivación para su trabajo como político no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz. Naturalmente, un político buscará el éxito, que de por sí le abre la posibilidad a la actividad política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. «Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?», dijo en cierta ocasión san Agustín (De civitate Dei, IV, 4, 1). Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra el derecho; cómo se ha pisoteado el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y empujarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente. El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros hombres. ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente? La petición salomónica sigue siendo la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma. Para gran parte de la materia que se ha de regular jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser un criterio suficiente. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación. En el siglo III, el gran teólogo Orígenes justificó así la resistencia de los cristianos a determinados ordenamientos jurídicos en vigor: «Si uno se encontrara entre los escitas, cuyas leyes van contra la ley divina, y se viera obligado a vivir entre ellos..., con razón formaría por amor a la verdad, que, para los escitas, es ilegalidad, alianza con quienes sintieran como él contra lo que aquellos tienen por ley...» (Contra Celsum GCS Orig. 428 —Koetschau—; cf. A. FÜRST, Monotheismus und Monarchie. Zum Zu- sammenhang von Heil und Herrschaft in der Antike. En: Theol. Phil. 81 (2006) 321 – 338; citación p. 336; cf. también J. RATZINGER, Die Einheit der Nationen. Eine Vision der Kirchenväter, Salzburg – München 1971, 60). Basados en esta convicción, los combatientes de la resistencia han actuado contra el régimen nazi y contra otros regímenes totalitarios, prestando así un servicio al derecho y a toda la humanidad. Para ellos era evidente, de modo irrefutable, que el derecho vigente era en realidad una injusticia. Pero en las decisiones de un político democrático no es tan evidente la cuestión sobre lo que ahora corresponde a la ley de la verdad, lo que es verdaderamente justo y puede transformarse en ley. Hoy no es de modo alguno evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente. A la pregunta de cómo se puede reconocer lo que es verdaderamente justo, y servir así a la justicia en la legislación, nunca ha sido fácil encontrar la respuesta y hoy, con la abundancia de nuestros conocimientos y de nuestras capacidades, dicha cuestión se ha hecho todavía más difícil. ¿Cómo se reconoce lo que es justo? En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados en modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha referido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado en el siglo II a.C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano (cf. W. WALDSTEIN, Ins Herz geschrieben. Das Naturrecht als Fundament einer menschlichen Gesellschaft, Augsburg 2010, 11 ss; 31 – 61). De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de este vínculo precristiano entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico de la Ilustración, hasta la Declaración de los dere- chos humanos y hasta nuestra Ley fundamental alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 «los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo». Para el desarrollo del derecho, y para el desarrollo de la humanidad, ha sido decisivo que los teólogos cristianos hayan tomado posición contra el derecho religioso, requerido de la fe en la divinidad, y se hayan puesto de parte de la filosofía, reconociendo la razón y la na-

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ORE ROMANO páginas 6/7 turaleza en su mutua relación como fuente jurídica válida para todos. Esta opción la había tomado ya san Pablo cuando, en su Carta a los Romanos, afirma: «Cuando los paganos, que no tienen ley [la Torá de Israel], cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos... son ley para sí mismos. Esos tales muestran que tienen escrita en su corazón las exigencias de la ley; contando con el testimonio de su conciencia...» (Rm 2, 14s). Aquí aparecen los dos conceptos fundamentales de naturaleza y conciencia, en los que conciencia no es otra cosa que el «corazón dócil» de Salomón, la razón abierta al lenguaje del ser. Si con esto, hasta la época de la Ilustración, de la Declaración de los derechos humanos, después de la segunda guerra mundial, y hasta la formación de nuestra Ley Fundamental, la cuestión sobre los fundamentos de la legislación parecía clara, en el último medio siglo se dio un cambio dramático de la situación. La idea del derecho natural se considera hoy una doctrina católica más bien singular, sobre la que no vale la pena discutir fuera del ámbito católico, de modo que casi nos avergüenza hasta la sola mención del término. Quisiera indicar brevemente cómo se llegó a esta situación. Es fundamental, sobre todo, la tesis según la cual entre ser y deber ser existe un abismo infranqueable. Del ser no se podría derivar un deber, porque se trataría de dos ámbitos absolutamente distintos. La base de dicha opinión es la concepción positivista, adoptada hoy casi generalmente, de naturaleza y razón. Si se considera la naturaleza —con palabras de Hans Kelsen— «un conjunto de datos objetivos, unidos los unos a los otros como causas y efectos», entonces no se puede derivar de ella realmente ninguna indicación que sea de modo alguno de carácter ético (WALDSTEIN, op. cit. 15-21). Una concepción positivista de la naturaleza, que comprende la naturaleza en modo puramente funcional, como las ciencias naturales la explican, no puede crear ningún puente hacia el ethos y el derecho, sino suscitar nuevamente sólo respuestas funcionales. Sin embargo, lo mismo vale también para la razón en una visión positivista, que muchos consideran como la única visión científica. En ella, aquello que no es verificable o falsable no entra en el ámbito de la razón en sentido estricto. Por eso, el ethos y la religión se deben reducir al ámbito de lo subjetivo y caen fuera del ámbito de la razón en sentido estricto de la palabra. Donde rige el dominio exclusivo de la razón positivista —y este es en gran parte el caso de nuestra conciencia pública— las fuentes clásicas de conocimiento del ethos y del derecho quedan fuera de juego. Ésta es una situación dramática que interesa a todos y sobre la cual es necesaria una discusión pública; una intención esencial de este discurso es invitar urgentemente a ella. El concepto positivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual de modo alguno debemos renunciar en ningún caso. Pero ella misma, en su conjunto, no es una cultura que corresponda y sea suficiente al ser hombres en toda su amplitud. Donde la razón positivista se considera como la única cultura suficiente, relegando todas las otras realidades culturales a la condición de subculturas, ésta reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad. Lo digo especialmente mirando a Europa, donde en muchos ambientes se trata de reconocer solamente el positivismo como cultura común o como fundamento común para la formación del derecho, mientras que todas las otras convicciones y los otros valores de nuestra cultura quedan reducidos al nivel de subcultura. Con esto, Europa se sitúa, ante otras culturas del mundo, en una condición de falta de cultura y se suscitan, al mismo tiempo, corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivista y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, y sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los «recursos» de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo. Pero ¿cómo se lleva a cabo esto? ¿Cómo encontramos la entrada a la inmensidad, o la globalidad? ¿Cómo puede la razón volver a encontrar su grandeza sin deslizarse en lo irracional? ¿Cómo puede la naturaleza aparecer nuevamente en su profundidad, con sus exigencias y con sus indicaciones? Recuerdo un fenómeno de la historia política reciente, esperando no ser demasiado malentendido ni suscitar excesivas polémicas unilaterales. Diría que la aparición del movimiento ecologista en la política alemana a partir de los años setenta, aunque quizás no haya abierto las ventanas, ha sido y es sin embargo un grito que anhela aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni relegar, porque se percibe en él demasiada irracionalidad. Gente joven se dio cuenta que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones. Es evidente que no hago propaganda por un determinado partido político, nada me es más lejano de eso. Cuando en nuestra relación con la realidad hay algo que no funciona, entonces debemos reflexionar todos seriamente sobre el conjunto, y todos estamos invitados a volver sobre la cuestión sobre los fundamentos de nuestra propia cultura. Permitidme detenerme todavía un momento sobre este punto. La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar todavía seriamente un punto que, tanto hoy como ayer, se ha olvidado demasiado: existe también la ecología del hombre. También el hombre posee una naturale- za que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo arbitrariamente. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando escucha la naturaleza, la respeta y cuando se acepta como lo que es, y que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana. Volvamos a los conceptos fundamentales de naturaleza y razón, de los cuales habíamos partido. El gran teórico del positivismo jurídico, Kelsen, a la edad de 84 años —en 1965— abandonó el dualismo de ser y de deber ser. Había dicho que las normas podían derivar solamente de la voluntad. En consecuencia, la naturaleza podría contener en sí normas sólo si una voluntad hubiese puesto estas normas en ella. Esto, por otra parte, supondría un Dios creador, cuya voluntad ha entrado en la naturaleza. «Discutir sobre la verdad de esta fe es algo absolutamente vana», afirma a este respecto (Citado según WALDSTEIN, op. cit. 19). ¿Lo es verdaderamente?, quisiera preguntar. ¿Carece verdaderamente de sentido reflexionar sobre si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presuponga una razón creativa, un Creator Spiritus? A este punto, debería venir en nuestra ayuda el patrimonio cultural de Europa. Sobre la base de la convicción sobre la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la consciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su totalidad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma – del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento históri- co. Al joven rey Salomón, a la hora de asumir el poder, se le concedió lo que pedía. ¿Qué sucedería si nosotros, le- gisladores de hoy, se nos concediese formular una petición? ¿Qué pediría- mos? En último término, pienso que, también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capaci- dad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero derecho, de servir a la justicia y la paz. Gracias por su atención.

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página 8 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 25 de septiembre de 2011, número 39 Entrevista al Papa en vuelo hacia Alemania «Civitas Dei», donde todos somos hermanos VIENE DE LA PÁGINA 5 Santidad, permítanos —para empezar— una pregunta muy personal. ¿Cuán alemán se siente todavía el Papa Bene- dicto XVI? ¿Y cuáles son los aspectos en los que usted percibe cuánto influye —o menos— su origen alemán? Hölderlin dijo: «Lo que más importa es el nacimiento», y esto naturalmente también lo siento yo. Nací en Alemania y la raíz ni puede ni debe cortarse. Recibí mi formación cultural en Alemania, mi lengua es el alemán y la lengua es el modo con que el espíritu vive y actúa, y toda mi formación cultural tuvo lugar allí. Cuando me ocupo de teología lo hago partiendo de la forma interior que aprendí en las universidades alemanas y siento admitir que aún sigo leyendo más libros en alemán que en otras lenguas. Por eso, en la estructura cultural de mi vida, este ser alemán es muy fuerte. La pertenencia a su historia, con su grandeza y sus debilidades, no puede ni debe suprimirse. Para un cristiano, sin embargo, se añade algo más; con el bautismo nace de nuevo, nace en un nuevo pueblo que está formado por todos los pueblos; un pueblo que comprende todos los pueblos y todas las culturas y en el cual ahora se encuentra verdaderamente en casa, sin por ello perder su origen natural. Cuando luego se asume una responsabilidad grande, como en mi caso, que tengo la responsabilidad suprema de este nuevo pueblo, es evidente que uno se identifica cada vez más en él. La raíz se convierte en un árbol que se extiende en varias direcciones, y el hecho de estar en casa en esta gran comunidad de un pueblo formado por todos los pueblos, de la Iglesia católica, se vuelve cada vez más vivo y profundo, forja toda la existencia sin por ello renunciar al pasado. Diría, por lo tanto, que el origen permanece, subsiste la estructura cultural, persiste naturalmente también el amor particular y la especial responsabilidad, pero todo ello introducido y ampliado en la pertenencia mayor, en la civitas Dei, como diría Agustín, en el pueblo de todos los pueblos donde todos somos hermanos y hermanas. Santo Padre, en los últimos años en Alemania se ha dado un aumento de salidas de la Iglesia, en parte también a causa de los abusos cometidos contra menores por parte de miembros del clero. ¿Cuál es su sentimiento respecto a este fenómeno? ¿Y qué diría a quienes quieren dejar la Iglesia? Distingamos quizá ante todo la motivación específica de quienes se sienten escandalizados por estos crímenes que se han revelado en estos últimos tiempos. Puedo entender que, a la luz de tales informaciones, sobre todo si se refieren a personas cercanas, uno diga: «Esta ya no es mi Iglesia. La Iglesia era para mí fuerza de humanización y de moralización. Si representantes de la Iglesia hacen lo contrario, ya no puedo vivir con esta Iglesia». Esta es una situación específica. Generalmente las motivaciones son múltiples en el contexto de la secularizaicón de nuestra sociedad. Habitualmente estas salidas constituyen el último paso de una larga cadena de distanciamiento de la Iglesia. En este contexto me parece importante preguntarse, reflexionar: «¿Por qué estoy en la Iglesia? ¿Estoy en la Iglesia como en una asociación deportiva, una asociación cultural, etcétera, donde encuentro mis intereses y si ya no hallo respuesta me voy; o estar en la Iglesia es algo más profundo?». Yo diría que es importante reconocer que es- tar en la Iglesia no es estar en cualquier asociación, sino estar en la red del Señor, con la cual él saca peces buenos y malos de las aguas de la muerte a la tierra de la vida. Puede suceder que en esta red esté cerca de peces malos y lo perciba, pero sigue siendo cierto que no estoy por estos o por aquellos, sino sólo porque es la red del Señor, que es algo distinto de todas las asociaciones humanas; una realidad que toca el fundamento de mi ser. Hablando con estas personas pienso que debemos ir al fondo de la cuestión: ¿Qué es la Iglesia? ¿Qué es su diversidad? ¿Por qué estoy en la Iglesia, aunque haya escándalos y pobrezas humanas terribles? Y así renovar la propia conciencia de la especificidad de este ser Iglesia, del pueblo de todos los pueblos, que es pueblo de Dios, y así aprender, soportar también los escándalos y trabajar contra tales escándalos precisamente estando dentro, en esta gran red del Señor. Gracias, Santidad. No es la primera vez que grupos de personas se manifiestan en contra de su llegada a un país. La relación de Alemania con Roma era tradicionalmente crítica, en parte también en el propio ámbito católico. Los temas controvertidos se conocen desde hace tiempo: preservativo, Eucaristía, celibato. Antes de su viaje, asimismo los parlamentarios han adoptado posturas críticas. Pero incluso antes de su viaje a Gran Bretaña la atmósfera no parecía amistosa y después las cosas resultaron bien. ¿Con qué sentimientos se encamina ahora usted a su antigua patria y se dirigirá a los alemanes? Ante todo diría que es algo normal que en una sociedad libre y en un tiempo secularizado existan oposiciones a una visita del Papa. Es justo que se exprese —respeto a todos—, que expresen esta contrariedad suya: forma parte de nuestra libertad y debemos tomar nota de que el secularismo y también la oposición precisamente al catolicismo en nuestras sociedades es fuerte. Cuando estas oposiciones se manifiestan de modo civil, no hay nada que objetar. Por otro lado, es igualmente cierto que existe mucha expectativa y mucho amor por el Papa. Pero tal vez debo decir también que en Alemania hay diversas dimensiones de esta oposición: la antigua oposición entre cultura germana y romana, los contrastes de la historia, además somos el país de la Reforma, que ha acentuado más estos contrastes. Pero existe también un gran asentimiento a la fe católica, un creciente convencimiento de que tenemos necesidad de convicciones, necesidad de una fuerza moral en nuestro tiempo. Tenemos necesidad de una presencia de Dios en este tiempo nuestro. Así, sé que junto a la oposición, que encuentro natural y que es de esperar, existe mucha gente que me aguarda con alegría, que espera una fiesta de la fe, un estar juntos, y quiere esperar la alegría de conocer a Dios y de vivir juntos en el futuro, que Dios nos toma de la mano y nos muestra el camino. Por esto voy con alegría a mi Alemania y estoy feliz de llevar el mensaje de Cristo a mi tierra. Una última pregunta. Santo Padre, usted visitará en Erfurt el antiguo con- vento del reformador, Martín Lutero. Los cristianos evangélicos, y los católi- cos en diálogo con ellos, se están prepa- rando para conmemorar el quinto cen- tenario de la Reforma. ¿Con qué men- saje, con qué pensamientos, se prepara usted al encuentro? ¿Su viaje debe con- templarse también como un gesto frater- no hacia los hermanos y las hermanas separados de Roma? Cuando acepté la invitación a este viaje, era para mí evidente que el ecumenismo con nuestros amigos evangélicos debía ser un punto fuerte y un punto central de este viaje. Vivimos en un tiempo de secularismo, como he mencionado, en el que los cristianos juntos tienen la misión de hacer presente el mensaje de Dios, el mensaje de Cristo; de hacer posible creer, ir adelante con estas grandes ideas, verdades. Y por ello el hecho de estar juntos, católicos y evangélicos, es un elemento fundamental para nuestro tiempo, si bien institucionalmente no estemos perfectamente unidos y persistan problemas, incluso grandes problemas, en el fundamento de la fe en Cristo, en Dios trinitario y en el hombre como imagen de Dios. Estamos unidos y este mostrar al mundo y profundizar en esta unidad es esencial en este momento histórico. Por ello estoy muy agradecido a nuestros amigos, hermanos y hermanas protestantes, que han hecho posible un signo muy significativo: el encuentro en el monasterio donde Lutero inició su camino teológico; la oración en la iglesia donde fue ordenado sacerdote; y hablar juntos de nuestra responsabilidad como cristianos en este tiempo. Estoy muy contento de poder mostrar así esta unidad fundamental: que somos hermanos y hermanas y trabajamos juntos por el bien de la humanidad, anunciando el gozoso mensaje de Cristo, del Dios que tiene un rostro humano y habla con nosotros.

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número 39, domingo 25 de septiembre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 9 Benedicto XVI a los obispos de la India en visita «ad limina» La Iglesia es amiga de los pobres Benedicto XVI exhorta a la Iglesia en la India a que prosiga su misión de acogida a todos, «especialmente a los pobres, y siga siendo un puente ejemplar entre los hombres y Dios». El lunes 19 de septiembre, el Papa recibió en Castelgandolfo a un grupo de obispos procedentes del país asiático con ocasión de su visita «ad limina Apostolorum». En su discurso, que publicamos a continuación, alentó igualmente a los prelados «a llevar adelante los esfuerzos de la Iglesia para promover el bienestar de la sociedad». Queridos hermanos obispos: Os doy una afectuosa y fraterna bienvenida con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum, una go- zosa oportunidad para reforzar los vínculos de comunión entre la Igle- sia en la India y la Sede de Pedro. Deseo dar las gracias a monseñor Vincent Concessao por las amables palabras pronunciadas en vuestro nombre y en el de cuantos están encomendados a vuestra solicitud pastoral. Dirijo mis cordiales saludos a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, y a los laicos de vuestras distintas diócesis. Os ruego que les aseguréis mis oraciones y mi solicitud espiritual. Los recursos concretos más significativos de las Iglesias que pastoreáis no son los edificios, las escuelas, los orfanatos, los conventos o parroquias, sino los hombres, las mujeres y los niños de la Iglesia en la India que hacen vida la fe, que dan testimonio de la presencia amorosa de Dios a través de vidas de santidad. Co- mo parte de un patrimonio rico y antiguo, la India se enorgullece de una presencia cristiana antigua y distinguida, que ha contribuido a la sociedad india y ha beneficiado vuestra cultura de innumerables modos, enriqueciendo la vida de muchísimos ciudadanos, no sólo católicos. La enorme bendición de la fe en Dios y en su Hijo, Jesucristo, de quien los miembros de la Iglesia dan testimonio en vuestro país, les motiva a obrar de forma altruista, amable, amorosa y caritativa (cf. 2 Co 5, 14). Más importante todavía es que la Iglesia en la India proclama su fe y su amor a la sociedad en general, concretándolos a través del interés por todas las personas, en todo aspecto de su vida espiritual y material. Ya sean ricos o pobres, ancianos o jóvenes, hombres o mujeres, de antigua tradición cristiana o acogidos recientemente en la fe, la Iglesia no puede dejar de ver en la fe de sus miembros, individual y colectivamente, un gran signo de esperanza para la India y para su futuro. En particular, la Iglesia católica es amiga de los pobres. Como Cristo, ella acoge sin excepciones a cuantos se le acercan para escuchar el mensaje divino de paz, esperanza y salvación. Además, en obediencia al Señor, sigue haciéndolo sin considerar «tribu, lengua, pueblo y nación» (cf. Ap 5, 9), pues en Cristo somos «un solo cuerpo» (cf. Rm 12, 5). Por lo tanto es indispensable que el clero, los religiosos y los catequistas de vuestras diócesis estén atentos a las diversas circunstancias lingüísticas, culturales y económicas de aquellos a quienes sirven. Además, si las Iglesias locales garantizan el ofrecimiento de una formación apropiada a quienes, motivados auténticamente por el amor a Dios y al prójimo, desean convertirse en cristianos, esas Iglesias locales permanecerán fieles al mandato de Cristo de enseñar «a todas las naciones» (cf. Mt 28, 19). Si bien vosotros, queridos hermanos, debéis tomar en consideración los desafíos implícitos en la naturaleza misionera de la Iglesia, tenéis que estar siempre dispuestos a difundir el Reino de Dios y a seguir las huellas de Cristo, él mismo incomprendido, despreciado, falsamente acusado, y que sufrió por amor a la verdad. No os desaniméis cuando surjan problemas en vuestro ministerio y en el de vuestros sacerdotes y religiosos. Nuestra fe en la certeza de la resurrección de Cristo nos da la confianza y la valentía para afrontar todo lo que pueda suceder y para seguir adelante, edificando el Reino de Dios, ayudados, como siempre, por la gracia de los sacramentos y por la meditación orante de las Escrituras. Dios acoge a todos, sin distinción, en la unión con él, a través de la Iglesia. Igual que yo rezo para que la Iglesia en la India siga acogiendo a todos, especialmente a los pobres, y siga siendo un puente ejemplar entre los hombres y Dios. Finalmente, mis queridos hermanos obispos, observo con gratitud los diversos esfuerzos que han realizado las Iglesias locales en la India para conmemorar el vigésimoquinto aniversario de la primera visita apostólica del Papa Juan Pablo II a vuestro país. En aquellas memorables jornadas, celebró varios encuentros con líderes de otras tradiciones religiosas. Manifestando su respeto personal hacia sus interlocutores, este beato Papa dio un testimonio auténtico del valor del diálogo interreligioso. Renuevo los sentimientos que tan bien expresó: «Trabajar por la consecución y la preservación de todos los derechos humanos, incluido el derecho fundamental de adorar a Dios según los dictámenes de una recta conciencia y de profesar exteriormente esta fe, debe convertirse más todavía en tema de colaboración interreligiosa a todos los niveles» (Juan Pablo II, Encuentro con los representantes de las diversas tradicio- nes religiosas y culturales, 2 de febrero de 1986). Os animo, queridos her- afirmar la dignidad de cada persona humana. Esta dignidad —expresada en el respeto de los derechos materiales, espirituales, morales innatos a la persona y a su promoción— no es sólo una concesión de cualquier autoridad terrena. Es el don del Creador y deriva del hecho de que hemos sido creados a su imagen y semejanza. Ruego para que los discípulos de Cristo en la India continúen siendo promotores de justicia, mensajeros de paz, personas de diálogo respetuoso y amantes de la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Con estas reflexiones, queridos hermanos obispos, os renuevo mis sentimientos de afecto y estima. Os encomiendo a todos a la intercesión manos, a llevar adelante los esfuerzos de la Iglesia para promover el bienestar de la sociedad india mediante la atención constante a la promoción de los derechos fundamentales, derechos compartidos por toda la humanidad, e invitando a los cristianos y a los miembros de otras religiones a aceptar el desafío de del beato Papa Juan Pablo II, que ciertamente lleva su afecto por la India ante el trono de nuestro Padre celestial. Asegurándoos mis oraciones por vosotros y por quienes están confiados a vuestra solicitud pastoral, me complace impartir mi bendición apostólica como prenda de gracia y de paz en el Señor. Agra, Nueva Delhi, Bhopal y Nepal Cuando el diálogo es una prioridad En la India y en Nepal «no sólo los católicos, sino también otros cristianos y miembros de credos diversos» escuchan lo que dice el Papa, «en particular respecto a cuestiones morales, religiosas y espirituales». Así lo confirmó a Benedicto XVI el arzobispo de la capital, monseñor Vincent M. Concessao, saludándole en nombre de los obispos de las provincias de Agra, Nueva Delhi, Bhopal y del vicariato apostólico nepalí con ocasión de la visita ad limina. Esta actitud «nos ofrece la oportunidad de empeñarnos en el diálogo con ellos y por lo tanto de compartir la Buena Nueva», añadió. Las regiones representadas por los prelados constituyen casi la mitad del territorio indio y el 38% de la población del país. Un aspecto que apuntó el arzobispo de Nueva Delhi evidenciando asimismo que los fieles católicos suman sólo el 0,2% del total. Igual que observó que los cristianos sufren por su fe allí donde domina la ley contra las conversiones. Este es el caso de la región de Bhopal. Con todo, en la Iglesia «existen también grupos que atraen a miles de personas al conocimiento de Jesucristo», alimentando «un gran amor por la Palabra de Dios y un espíritu de oración entre los miembros de nuestro pueblo, algunos de los cuales se han comprometido a servir a los más pobres de entre los pobres». En cuanto a la Iglesia en Nepal —cuyos fieles son apenas 7.731—, monseñor Concessao subrayó especialmente el constante aumento del número de bautizos entre los adultos.

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página 10 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 25 de septiembre de 2011, número 39 Un año de la beatificación de John Henry Newman VIENE DE LA PÁGINA 1 conciencia forma sólo una especie de intuición hacia lo que es oportuno, una tendencia que nos recomienda una cosa u otra. En la segunda, es el eco de la voz de Dios. Todo depende de esta diferencia. La primera vía no es la de la fe; la segunda lo es». En la célebre Carta al Duque de Norfolk (1874), Newman profundiza en esta temática. Escribe al respecto: «Cuando los hombres apelan a los derechos de la conciencia, no entienden en absoluto los derechos del Creador, ni el deber que, tanto en el pensamiento como en la acción, tiene la criatura hacia Él. Ellos entienden el derecho de pensar, hablar, escribir y actuar según el propio juicio y el propio ánimo sin pensar en Dios (…). La conciencia tiene derechos porque tiene deberes; pero al día de hoy, para buena parte de la gente, el derecho y la libertad de conciencia consisten precisamente en desembarazarse de la conciencia, en ignorar al Legislador y Juez, en ser independientes de obligaciones que no se ven. Consiste en la libertad de abrazar o no una religión (…). La conciencia es una consejera severa, pero en este siglo se ha reemplazado con una falsificación de la que los dieciocho siglos precedentes jamás habían oído hablar o de la que, si hubieran oído, nunca se habrían dejado engañar: es el derecho a actuar según el propio placer». Esta descripción vale sustancialmente también para nuestro tiempo: la conciencia se confunde hoy frecuentemente con la opinión personal, el sentimiento subjetivo, el arbitrio. Para muchos ya no significa la responsabilidad de la criatura frente al Otro, sino la total independencia, la absoluta autonomía, la pura subjetividad. El santuario de la conciencia ha sido «desacralizado». La responsabilidad frente al Otro se ha desterrado de la conciencia. Las consecuencias de esta interpretación secularizada de la conciencia están dolorosamente a la vista. Emancipándose de la responsabilidad respecto a Dios, de hecho el hombre tiende a segregarse hasta del prójimo. Vive en el mundo del propio yo, a menudo sin preocuparse del otro, sin interesarse por el prójimo, sin sentir- se corresponsable del otro. El puro individualismo, la búsqueda ilimitada del placer y del poder y la complacencia sin límites oscurecen el mundo y hacen cada vez más difícil la convivencia pacífica entre los hombres. Newman en cambio defiende decididamente el significado trascendente de la conciencia. Para él la conciencia no es una realidad puramente autónoma, sino esencialmente teocéntrica —un «santuario» en el cual el Otro se dirige personalmente a cada alma—. Con los grandes doctores de la Iglesia él confirma que el Creador ha impreso su ley en la criatura racional. «Esta ley, en cuanto es percibida por la mente de cada hombre, se llama “conciencia” y aunque pueda sufrir refracciones distintas al pasar a través de la inteligencia de cada ser humano, no por ello se resquebraja hasta el punto de perder su carácter de ley divina, sino que sigue manteniendo, como tal, el derecho a ser obedecida». El propio Newman describe el significado y la dignidad de la conciencia con palabras maravillosas: «La norma y la medida del deber no es la utilidad, ni la conveniencia, ni la felicidad del mayor número de personas, ni la razón de Estado, ni la oportunidad, ni el orden o el pulchrum. La con- Curia romana El Santo Padre ha aceptado la renuncia al cargo de presidente de la Prefectura para los Asuntos económicos de la Santa Sede que el cardenal VELASIO DE PAOLIS, C.S., le había presentado por límite de edad; y ha llamado a sucederle en el mismo cargo a monseñor GIUSEPPE VERSALDI, hasta ahora obispo de Alessandria (Italia), elevándolo al mismo tiempo a la dignidad arzobispal. Velasio De Paolis, C.S., nació en Sonnino, diócesis de Latina-Terracina-Sezze-Priverno (Italia) el 19 de septiembre de 1935. Recibió la ordenación sacerdotal el 18 de marzo de 1961. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Telepte y secretario del Tribunal supremo de la Signatura apostólica el 30 de diciembre de 2003; recibió la ordenación episcopal el 21 de febrero de 2004. Benedicto XVI lo nombró presidente de la Prefectura para los Asuntos económicos de la Santa Sede el 12 de abril de 2008; y lo creó cardenal de la diaconía de Jesús Buen Pastor en la Montagnola en el consistorio del 20 de noviembre de 2010. En la Curia romana es miembro de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, del Tribunal supremo de la Signatura apostólica y del Consejo pontificio para los textos legislativos. Giuseppe Versaldi nació en Villarboit, archidiócesis de Vercelli (Italia), el 30 de julio de 1943. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1967. Obtuvo la licenciatura en psicología y el doctorado en derecho canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma; realizó también los cursos en el Estudio de la Rota romana y consiguió el título de abogado rotal. Benedicto XVI lo nombró obispo de la diócesis de Alessandria el 4 de abril de 2007; recibió la ordenación episcopal el 26 de mayo sucesivo. En la Curia romana ha sido referendario del Tribunal supremo de la Signatura apostólica; y, además, votante del mismo Tribunal. Su Santidad, además, ha nombrado secretario de la misma Prefectura para los Asuntos económicos de la Santa Sede al presbítero LUCIO ÁNGEL VALLEJO BALDA, del clero de la diócesis de Astorga (España). Lucio Ángel Vallejo Balda nació en Villamediana de Iregua, La Rioja, el 12 de junio de 1961. Recibió la ordenación sacerdotal el 1 de agosto de 1987, incardinado en la diócesis de Astorga. Obtuvo la licenciatura en teología en la Facultad de teología del Norte de España con sede en Burgos; se doctoró en la misma materia en la Universidad Pontificia de Salamanca; y siguió los cursos de doctorado en derecho en la Universidad Nacional de educación a distancia y en la Universidad de Salamanca. Ha sido formador y profesor en la escuela preparatoria del seminario de la diócesis de Astorga y en el colegio Juan XXIII de Zamora; profesor de teología en el seminario mayor de Bragança (Portugal); desde 1991 era administrador general del obispado de Astorga, secretario del Consejo diocesano de asuntos económicos y párroco de trece parroquias. El cardenal Newman y una edición de su «Carta al Duque de Norfolk» ciencia no es un egoísmo clarividente, ni el deseo de ser coherentes con uno mismo, sino la mensajera de Aquél que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, nos habla tras un velo y nos amaestra y nos gobierna por medio de sus representantes. La conciencia es el originario vicario de Cristo, profética en sus palabras, soberana en su perentoriedad, sacerdotal en sus bendiciones y en sus anatemas; y si alguna vez decayera en la Iglesia el eterno sacerdocio, en la conciencia permanecería el principio sacerdotal y ella tendría su dominio». En la conciencia el hombre no percibe sólo la voz del propio yo. Newman compara la conciencia con un mensajero de Dios que nos habla como detrás de un velo. Se atreve incluso a denominar la conciencia como el originario vicario de Cristo y de atribuirle los tres «oficios» mesiánicos del profeta, del rey y del sacerdote. La conciencia es profeta en cuanto que predice si una acción es buena o no; es rey porque nos manda con autoridad: haz esto, evita lo otro; es sacerdote en cuanto que nos «bendice» después de haber realizado una acción buena —esto significa no sólo la experiencia gratificante de la buena conciencia, sino también la bendición que el bien comporta siempre para el hombre y para el mundo— o nos «condena» tras una mala acción —o sea, expresión de la mala conciencia y de las consecuencias negativas del pecado en el hombre y en la sociedad—. Para nosotros es importante que, según Newman, la conciencia está esencialmente enlazada con la responsabilidad respecto al Otro, en cuanto que constituye un principio inscrito en la naturaleza de cada hombre que requiere obediencia, debe formarse y se remite por encima de nosotros mismos —hacia Dios, por el bien propio y ajeno. En su obra maestra Gramática del asentimiento (1870) busca elaborar una «prueba» de Dios a partir de la experiencia de la conciencia. Analizando la experiencia de la conciencia, distingue entre el «sentido moral» (moral sense) y el «sentido del deber» (sense of duty). Con el sentido moral entiende el juicio de la razón sobre la bondad o maldad de una acción determinada. El sentido del deber, en cambio, es el mandato autorizado de realizar la acción reconocida como buena y evitar aquella reconocida como mala. En sus reflexiones, Newman parte sobre todo de este segundo aspecto de la experiencia de la conciencia. Siendo «imperativa y cogente, como ningún otro imperativo en toda nuestra experiencia», la conciencia «ejerce una profunda influencia en nuestros afectos y emociones». De modo simplificado podríamos resumir el pensamiento de Newman —que no hay que confundir con un puro psicologismo— de la siguiente manera: cuando seguimos el dictado de la conciencia, nos llenamos de felicidad, alegría y paz. Si no obedecemos esta voz interior, sentimos vergüenza, espanto y temor. Newman interpreta esta experiencia así: «Si, como es el caso, nos sentimos responsables, nos avergonzamos, nos horrorizamos por haber trasgredido la voz de la conciencia, esto supone que existe Alguien respecto a quien somos responsables, ante quien experimentamos vergüenza, cuyas pretensiones tememos. Si al hacer el mal experimentamos el mismo disgusto doliente y desgarrador que nos arrolla cuando ofendemos a nuestra madre; si al hacer el bien gozamos de la misma serenidad luminosa del espíritu, de la misma alegría lenitiva y satisfactoria que deriva de un elogio recibido del padre, ciertamente tenemos en SIGUE EN LA PÁGINA 11

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número 39, domingo 25 de septiembre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 Doctor de la conciencia VIENE DE LA PÁGINA 10 nuestro interior la imagen de una persona a la que contemplan nuestro amor y nuestra veneración, en cuya sonrisa hallamos nuestra felicidad, por quien sentimos ternura, a quien dirigimos nuestras invocaciones, por cuya ira nos preocupamos y consumimos (…), así los fenómenos de la conciencia, entendida como imperativo, sirven para imprimir en la imaginación la imagen de un regidor Supremo, un Juez, santo, justo, poderoso, omnisciente, punitivo». Frente a las tradicionales «pruebas de Dios», Newman afirma que prefiere la vía hacia Dios a partir de la conciencia. Algunos ven en esta postura una limitación en el pensamiento de Newman, reprochándole haber exagerado la dimensión de la interioridad del hombre. En realidad Newman no niega las tradicionales «pruebas de Dios», sino que es del parecer de que éstas conducen al hombre sólo a una imagen abstracta de Dios: a un primer Motor, a quien ordena todas las cosas, un Creador y Guía del mundo. Su vía de la conciencia en cambio conduce al hombre hacia un Dios que está en una relación personal con cada uno, que le habla, le muestra sus defectos, le llama a la conversión, le guía al conocimiento de la verdad, le impulsa a hacer el bien, se presenta como su supremo Señor y Juez. Las actitudes morales fundamentales, que brotan de la obediencia a la conciencia, forman, siguiendo a Newman, el «organum investigandi que se nos ha dado para ganar la verdad religiosa: esto conduciría a la mente, con una sucesión infalible, desde el rechazo del ateísmo al teísmo y del teísmo al cristianismo, y del cristianismo a la religión evangélica, y de ésta al catolicismo». En la Apología, Newman afirma de modo audaz: «Llegué a la conclusión de que, en una verdadera filosofía, no había solución intermedia entre el ateísmo y el catolicismo, y que un espíritu plenamente coherente, en las circunstancias en que se halla aquí abajo, debe abrazar o el uno o el otro. Y estoy sin embargo convencido de esto: yo soy católico en virtud de mi fe en Dios; y si se me pregunta por qué creo en Dios, respondo: porque creo en mí mismo. Encuentro, en efecto, imposible creer en mi propia existencia (y de este hecho estoy perfectamente seguro) sin creer también en la existencia de Quien vive en mi conciencia como un Ser Personal, que todo ve, todo juzga». Las afirmaciones más relevantes sobre el tema conciencia e Iglesia se encuentran en la citada Carta al Duque de Norfolk. En este ensayo, Newman rechaza la acusación de que tras la proclamación del dogma sobre la infalibilidad del Papa, los católicos ya no podrían servir al Estado como buenos ciudadanos, pues estarían obligados a entregar la propia conciencia al Papa. Para responder a semejantes ideas, entonces difundidas en Inglaterra, Newman aclara de manera magistral la relación entre la autoridad de la conciencia y la autoridad del Papa. La autoridad del Papa está fundada en la revelación, expresión de la bondad divina respecto al hombre. Dios ha entregado su revelación a la Iglesia y, en virtud de su Espíritu, se hace garante de que ésta sea preservada, interpretada y transmitida de modo infalible en la Iglesia y por medio de la Iglesia. Si una persona acoge en la fe esta misión de la Iglesia, entiende en su propia conciencia que debe obedecer a la Iglesia y al Papa. Newman, en consecuencia, puede escribir: «Si el vicario de Cristo hablara contra la conciencia, en el auténtico significado del término, cometería un suicidio; suprimirá la base sobre la que se apoyan sus pies. Su auténtica misión es proclamar la ley moral; proteger y reforzar esa “Luz que ilumina a cada hombre que viene a este mundo”. Sobre la ley y sobre la santidad de la conciencia se fundan tanto su autoridad en teoría como su po- der en la práctica (…). Su raison d’être es Hoy es un término frecuentemente malentendido y la de ser el ejemplo de la ley moral y de la conciencia. La realidad de su misión es la respuesta al lamento de cuantos sienten así la abogada de la verdad en nuestro corazón, «originario vicario de Cristo», se ha convertido la insuficiencia de la luz natural; y la in- en pretexto para legitimar cualquier arbitrio suficiencia de esta luz es la justificación de su misión» (Carta al Duque de Nor- folk). No obedecemos al Papa porque alguien nos con los modelos de dominio de este mundo, es- obliga a hacerlo, sino porque estamos personal- tando inseparablemente unida al sentido de fe in- mente convencidos en la fe de que el Señor —a falible de todo el pueblo de Dios y a la misión es- través de él y de los obispos en comunión con él— pecífica de los teólogos. La autoridad de la Igle- guía a la Iglesia preservándola en la verdad. sia se refiere sólo al ámbito de la verdad revelada La conciencia formada por la fe conduce al y necesaria para la salvación. Si el Papa toma de- hombre a la obediencia libre y madura respecto al cisiones en el terreno de la disciplina o de la ad- Papa. Por otro lado, la Iglesia, el Papa y los obis- ministración, obviamente no se trata de interven- pos iluminan la conciencia necesitada de un apo- ciones infalibles. yo claro y preciso. Newman afirma: «el sentimien- Sin embargo incluso aquí Newman ofrece crite- to de lo justo y de lo injusto, que en la religión es rios claros y precisos para el creyente: «Prima fa- el primer elemento, es tan delicado, tan irregular, cie es su estricto deber, también por un sentido de tan fácil de confundirse, de oscurecerse, pervertir- lealtad, creer que el Papa tiene razón y actuar por se, tan sutil en sus métodos de razonamiento, tan ello en conformidad. Así que debe vencer esa maleable desde la educación, tan influenciado por mezquina, inicua, egoísta y vulgar propensión de el orgullo y las pasiones, tan inestable en su curso la propia naturaleza, la cual, en cuanto oye hablar que, en la lucha por la existencia, entre los múlti- de mandato, se sitúa en contraposición al superior ples ejercicios y triunfos de la mente humana, este que lo ha impartido; se pregunta si este último no sentimiento al mismo tiempo es el mayor y el más habrá ido más allá de sus propios derechos, com- oscuro de los maestros; y la Iglesia, el Papa, la je- placiéndose en afrontar todo con escepticismo en rarquía constituyen, en la Providencia divina, la los juicios y en la acción. No debe alimentar nin- respuesta a una necesidad urgente». gún testarudo propósito de ejercer el derecho de Al respecto la Iglesia es una gran ayuda no só- pensar, decir y hacer lo que le parece y apetece, lo para la conciencia del creyente individual. sin preocuparse mínimamente de lo verdadero y Ofrece también un servicio insustituible para la de lo falso, de lo justo y de lo injusto, de la obli- sociedad como abogada de los derechos y de las gación misma de la obediencia, si es posible, y de libertades inalienables de los hombres. Esos dere- ese amor que nos impulsa a hablar como habla el chos y libertades, enraizados en la dignidad de la propio superior y a estar siempre a su lado en persona humana, forman la base de los Estados cualquier caso. Si esta regla fundamental se obser- vara, los conflictos entre la autoridad del Pontífice y la autoridad de la conciencia serían extremadamente ra- ros. Por otro lado, al ser, en los casos extraordinarios, la conciencia de cada uno libre de actuar según el propio talento, tenemos la garantía y la se- guridad (…) de que ningún Papa ja- más podrá crear para sus objetivos personales (…) una falsa conciencia» (Carta al Duque de Norfolk). Newman concluye sus afirmaciones sobre la conciencia en la Carta al Duque de Norfolk con el siguiente brindis famoso: «Si fuera obligado a introducir la religión en los brindis después de un almuerzo (cosa que, en verdad, no me parece lo más oportuno), brindaré, si deseáis, por el Papa; sin embargo, antes por la Con- Benedicto XVI en Birmingham para la beatificación de Newman ciencia; después por el Papa». Esta ocurrencia, que expresa también el fi- no humor de Newman, significa ante constitucionales modernos, pero como tales no todo que nuestra obediencia al Papa no es una pueden someterse a las reglas democráticas mayo- obediencia ciega, sino sostenida por la conciencia ritarias. Defendiendo la dignidad de la persona formada por la racionalidad de la fe. Quien en la humana, creada por Dios y redimida por Cristo, y fe ha acogido la misión del Papa, le escuchará por subrayando sus derechos y deberes fundamenta- convicción personal de conciencia. En este senti- les, la Iglesia cumple por lo tanto una misión de do, primero viene la conciencia, aquella iluminada extraordinaria importancia para las sociedades por la fe; y después el Papa. modernas. Mantiene decididamente Newman la correla- De acuerdo con Newman no puede existir un ción entre conciencia e Iglesia. No es posible re- choque directo entre la conciencia y la doctrina mitirse a él o a su citado brindis para contraponer de la Iglesia. La conciencia, en efecto, carece de la autoridad de la conciencia con la del Papa. competencia en las cuestiones de la doctrina reve- Ambas autoridades, la subjetiva y la objetiva, per- lada, custodiada de modo infalible por la Iglesia. manecen dependientes una de otra. Hoy la pala- Newman sabe que «en las cosas doctrinales “la bra conciencia es un término equívoco y frecuen- majestad de la conciencia” no es el tribunal ade- temente malentendido. Con su camino de vida y cuado para aquello que querría tener como afir- su sólida doctrina, el beato John Henry Newman mación válida sobre la materia». Si una persona puede ayudarnos a redescubrir el verdadero signi- acoge una doctrina revelada y enseñada por la ficado de la conciencia como eco de la voz de Iglesia, no se trata prioritariamente de una cues- Dios, rechazando al mismo tiempo interpretacio- tión de conciencia, sino de fe. Así que un creyen- nes insuficientes y erradas. Newman siempre afir- te que considera que debe rechazar una doctrina mó plenamente la dignidad de la conciencia sub- de fe, no puede remitirse a su conciencia. O me- jetiva, sin desviarse jamás de la verdad objetiva. jor, su conciencia ya no está iluminada por la fe. Él no diría: conciencia sí — Dios o fe o Iglesia no; La conciencia del fiel siempre debe ser una con- sino más bien: conciencia sí — y precisamente por ciencia eclesial formada por la fe. eso Dios y fe e Iglesia sí. La conciencia es la abo- Pero la autoridad de la Iglesia y del Papa tiene gada de la verdad en nuestro corazón; es «el ori- límites. No tiene nada en común con el arbitrio o ginario vicario de Cristo».

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página 12 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 25 de septiembre de 2011, número 39 Del 22 al 25 de septiembre Benedicto XVI «feliz de llevar a Cristo» a Alemania Religión y libertad GIOVANNI MARIA VIAN En Alemania muchos esperan la visita del Papa, a pesar de oposiciones que son naturales en una sociedad secularizada, y legítimas si se expresan de modo civil: sonríe Benedicto XVI cuando encuentra a los periodistas en vuelo hacia el cielo de Berlín y responde a la pregunta sobre las polémicas previas al viaje, habituales y ciertamente no amables, como sin embargo él se muestra en toda circunstancia. «Voy con alegría a mi Alemania y estoy feliz de llevar a Cristo a mi tierra», dice además, sintetizando así el objetivo de este tercer regreso a la patria, por primera vez de forma oficial tras los viajes a Colonia y Baviera. Una finalidad que el obispo de Roma subraya respondiendo a la calurosa y significativa bienvenida del presidente federal. Aunque la visita reforzará las buenas relaciones entre Alemania y la Santa Sede, de hecho «en primer lugar —dijo con claridad Benedicto XVI— no he venido aquí para perseguir determinados objetivos políticos o económicos», sino más bien «para encontrar a la gente y hablar de Dios». He aquí delineada con sencilla esencialidad la razón de los viajes del Papa, que igualmente sabe dirigirse como nadie a asambleas políticas, en discursos que permanecerán: desde el de Westminster Hall al del Parlamento de su país reunido en el Reichstag. Nacido, crecido y formado en Alemania, el Pontífice alemán confesó sentirse profundamente enraizado en la cultura de esta gran nación, cuya historia —que comprende también las «páginas oscuras del pasado»— contempla con una «mirada clara». Unido a sus raíces, Benedicto XVI expresó en cambio con la misma claridad que el bautismo lleva a un «nuevo pueblo»: la gran comunidad de la Iglesia católica, que cada día en este mundo está en camino hacia la civitas Dei descrita y anhelada por Agustín. Un camino que nunca ha sido fácil ni lo es hoy, en un tiempo fuertemente marcado, también en los países de antigua tradición cristiana, por la secularización. Es esta tendencia la que explica el abandono de la Iglesia, último paso de alejamientos progresivos que en tiempos recientes a veces se han motivado por el escándalo de los abusos contra menores por parte de exponentes del clero católico. Una vez más, el Papa que no tiene miedo de los lobos ha hablado sin reticencias de estos crímenes, diciendo que puede entender la motivación de algunos abandonos. Pero inmediatamente después ha añadido que es fundamental preguntarse por qué se está en la Iglesia: en efecto, hay que tomar conciencia de que formar parte de ella equivale a estar en la red del Señor, quien de las aguas de muerte de este mundo saca a la vez peces buenos y peces malos. Y en esta perspectiva se debe aprender a ver los abusos, y sobre todo a luchar contra ellos. En sociedades secularizadas, donde lo trascendente parece lejano, es necesario «estar junto» a los demás cristianos, y con ellos testimoniar la fe común en el Dios trinitario y en el hombre que ha sido creado a su imagen. «Como la religión necesita de la libertad, así también la libertad necesita de la religión», decía el obispo Wilhelm von Ketteler. Son palabras actuales —recordó Benedicto XVI— y también hoy, en la Alemania renacida de la fuerza de la libertad, la libertad necesita de la religión: aquella revelada por el Dios amigo de los hombres. (22 de septiembre de 2011)

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