Osservatore Romano 2231

 

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Año XLIII, número 40 (2.231) Ciudad del Vaticano 2 de octubre de 2011 En la audiencia general del 28 de septiembre, Benedicto XVI revive su viaje a Alemania Donde está Dios allí hay futuro El Papa llega al estadio de Berlín para la celebración eucarística; a la derecha, la misa en la plaza de la Catedral, en Erfurt; abajo, tras la celebración ecuménica en la misma ciudad. Queridos hermanos y hermanas: Como sabéis, del jueves al domingo pasados realicé una visita pastoral a Alemania; por eso, me alegra, como de costumbre, aprovechar la ocasión de esta audiencia para repasar juntamente con vosotros las intensas y estupendas jornadas transcurridas en mi país de origen. Recorrí Alemania de norte a sur, de este a oeste: desde la capital Berlín hasta Erfurt y Eichsfeld, y por último Friburgo, ciudad cercana al confín con Francia y Suiza. Doy gracias ante todo al Señor por la posibilidad que El Papa anuncia su viaje apostólico a Benin Al final de la audiencia general del miércoles 28 de septiembre, el Papa anunció su próximo viaje a Benin. En Yaundé, Camerún, el 19 de marzo de 2009, durante la misa en el estadio Ahmadou Ahidjo, Benedicto XVI entregó a los obispos africanos el Instrumentum laboris de la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos, que se celebró en el mes de octubre sucesivo. Y el próximo domingo 20 de noviembre, en el estadio de la Amistad de Cotonú, en Benin, entregará la exhortación apostólica postsinodal. Será el momento central de este 22° viaje apostólico internacional. El primer día, viernes 18 de noviembre, el Papa visitará la catedral de Cotonú en su primer encuentro con los fieles. En la segunda jornada, cita con las autoridades civiles, representantes de las diversas religiones, sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos, niños y obispos del país africano. Igualmente visitará el hogar de las Misioneras de la Caridad. Momentos centrales de esta jornada serán la firma de la exhortación apostólica postsinodal en la basílica de la Inmaculada Concepción y la oración ante la tumba del cardenal Bernardin Gantin. En la última jornada, domingo 20, celebrará la misa en el estadio de la Amistad y hará entrega de la exhortación apostólica. EN ESTE NÚMERO Proseguimos con el itinerario del Pontífice en su tierra natal: encuentros con judíos y musulmanes; misa en Berlín; jornada ecuménica en Erfurt; Vísperas marianas en Etzelsbach y celebración eucarística en la capital turingia; llegada a Friburgo y encuentro con los ortodoxos (páginas 312). Tema de la Jornada mundial de las comunicaciones sociales 2012 y calendario de las próximas celebraciones papales (página 10). me dio de encontrarme con la gente y hablar de Dios, de orar juntos y confirmar a los hermanos y hermanas en la fe, según el mandato particular que el Señor ha encomendado a Pedro y a sus sucesores. Esta visita, que se llevó a cabo bajo el lema «Donde está Dios, allí hay futuro», ha sido realmente una gran fiesta de la fe: en los diversos encuentros y conversaciones, en las celebraciones, especialmente en las misas solemnes con el pueblo de Dios. Estos momentos han sido un don valioso que nos ha hecho percibir de nuevo que Dios es quien da a nuestra vida el sentido más profundo, la verdadera plenitud, más aún, que sólo él nos da a nosotros, nos da a todos un futuro. Con profunda gratitud recuerdo la cordial y entusiasta acogida, así como la atención y el afecto que me han demostrado en los distintos lugares que he visitado. Doy gracias de corazón a los obispos alemanes, especialmente a los de las diócesis que me han acogido, por la invitación y todo lo que han hecho, juntamente con tantos colaboradores, para preparar este viaje. Expreso asimismo mi agradecimiento al presidente federal y a todas las autoridades políticas y civiles a nivel federal y regional. Estoy profundamente agradecido a todos los que han contribuido de diversas maneras al éxito de la visita, sobre todo a los numerosos voluntarios. Así esta visita ha sido un gran don para mí y para todos nosotros, y ha suscitado alegría, esperanza y un nuevo impulso de fe y de compromiso para el futuro. En la capital federal, Berlín, el presidente federal me acogió en su residencia y me dio la bienvenida en su nombre y en el de mis compatriotas, expresando la estima y el afecto hacia un Papa nativo de la tierra alemana. Por mi parte, desarrollé una breve reflexión sobre la relación recíproca entre religión y libertad, recordando una frase del gran obispo y reformador social Wilhelm von Ketteler: «Como la religión necesita de la libertad, así la libertad tiene necesidad de la religión». De buen grado acepté la invitación a dirigirme al Bundestag, que fue ciertamente uno de los momentos más importantes de mi viaje. Por primera vez un Papa pronunció un discurso ante los miembros del Parlamento alemán. En esa ocasión expuse el fundamento del derecho y del libre Estado de derecho, es decir, la medida de todo derecho, inscrito por el Creador en el ser mismo de su creación. Es necesario, por tanto, ampliar nuestro concepto de naturaleza, comprendiéndola no sólo como SIGUE EN LA PÁGINA 2

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 2 de octubre de 2011, número 40 El Papa revive su viaje apostólico a Alemania VIENE DE LA PÁGINA 1 un conjunto de funciones, sino más allá de esto como lenguaje del Creador para ayudarnos a discernir el bien del mal. Sucesivamente tuvo lugar también un encuentro con algunos representantes de la comunidad judía en Alemania. Recordando nuestras raíces comunes en la fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, pusimos de relieve los frutos obtenidos hasta ahora en el diálogo entre la Iglesia católica y el judaísmo en Alemania. Asimismo me encontré con algunos miembros de la comunidad musulmana, coincidiendo con ellos en la importancia de la libertad religiosa para un desarrollo pacífico de la humanidad. te emocionante fue para mí la celebración de las Vísperas marianas ante el santuario de Etzelsbach, donde me acogió una multitud de peregrinos. Ya desde mi juventud escuché hablar de la región de Eichsfeld —franja de tierra que permaneció siempre católica en las diversas vicisitudes de la historia— y de sus habitantes que se opusieron con valentía a las dictaduras del nazismo y del comunismo. Así me alegró mucho visitar Eichsfeld y a sus habitantes en una peregrinación a la imagen milagrosa de la Virgen de los Dolo- Evangelio durante los sistemas tota- litarios, invité a los fieles a ser los santos de hoy, buenos testigos de Cristo, y a contribuir a construir nuestra sociedad. De hecho, han sido siempre los santos y las personas penetradas del amor de Cristo quienes han transformado verdaderamente el mundo. También fue conmovedor el breve encuentro con monseñor Hermann Scheipers, el último sacerdote vivo que sobrevivió al campo de concentración de Dachau. En Erfurt me encontré también con algunas víctimas de abusos sexuales clima fraterno con algunos representantes de las Iglesias ortodoxas y ortodoxas orientales, a las que los católicos nos sentimos muy cercanos. Precisamente de esta amplia comunión deriva también la tarea común de ser levadura para la renovación de nuestra sociedad. Un encuentro amistoso con representantes del laicado católico alemán concluyó la serie de citas en el seminario. La gran celebración eucarística dominical en el aeropuerto turístico de Friburgo fue otro momento culminante de la visita pastoral, y la La santa misa en el estadio olím- pico en Berlín, al concluir el primer día de la visita, fue una de las gran- des celebraciones litúrgicas que me dieron la posibilidad de orar junta- mente con los fieles y de animarlos en la fe. Me alegró mucho la nume- rosa participación de la gente. En ese momento festivo e impresionante meditamos en la imagen evangélica de la vid y los sarmientos, es decir, en la importancia de estar unidos a Cristo para nuestra vida personal de creyentes y para nuestro ser Iglesia, El miércoles 28 de septiembre, a los tres días de la conclusión del viaje apostólico a Alemania, en la plaza de San Pedro numerosos compatriotas su cuerpo místico. de Benedicto XVI participaron en la audiencia general, correspondiendo con su agradecimiento a la visita pontificia. La segunda etapa de mi visita fue en Turingia. Alemania, y Turingia de modo especial, es la tierra de la re- res de Etzelsbach, donde durante si- por parte de religiosos, a las que ocasión para dar gracias a todos los forma protestante. Por eso, desde el glos los fieles han encomendado a aseguré mi pesar y mi cercanía a su que están comprometidos en los dis- inicio quise ardientemente dar un re- María sus peticiones, preocupacio- sufrimiento. tintos ámbitos de la vida eclesial, so- lieve particular al ecumenismo en el nes y sufrimientos, recibiendo con- La última etapa de mi viaje me bre todo a los numerosos voluntarios marco de este viaje, y tuve el fuerte suelo, gracias y bendiciones. Igual- llevó al suroeste de Alemania, a la y a los colaboradores de las iniciati- deseo de vivir un momento ecuméni- mente conmovedora fue la misa cele- archidiócesis de Friburgo. Los habi- vas de caridad. Son ellos quienes ha- co en Erfurt, porque precisamente brada en la magnífica plaza de la tantes de esta hermosa ciudad, los cen posibles las múltiples ayudas en esa ciudad Martín Lutero entró Catedral en Erfurt. Recordando a fieles de la archidiócesis y los nume- que la Iglesia alemana ofrece a la en la comunidad de los Agustinos y los santos patronos de Turingia rosos peregrinos llegados de las cer- Iglesia universal, especialmente en allí fue ordenado sacerdote. Por tan- —santa Isabel, san Bonifacio y san canas Suiza y Francia y de otros paí- las tierras de misión. Recordé tam- to, me alegró mucho el encuentro Kilian— y el ejemplo luminoso de ses me dispensaron una acogida par- bién que su valioso servicio será con los miembros del Consejo de la los fieles que han testimoniado el ticularmente festiva. Pude experi- siempre fecundo, cuando deriva de Iglesia Evangélica en Alemania mentarlo también en la vigilia una fe auténtica y viva, en unión y el acto ecuménico en el ex de oración con miles de jóvenes. con los obispos y el Papa, en unión convento de los Agustinos: un Me sentí feliz al ver que la fe en con la Iglesia. Por último, antes de encuentro cordial que, en el mi patria alemana tiene un ros- mi regreso, hablé a un millar de ca- diálogo y en la oración, nos lle- tro joven, que está viva y tiene tólicos comprometidos en la Iglesia vó de modo más profundo a futuro. En el sugestivo rito de la y en la sociedad, sugiriendo algunas Cristo. Comprobamos de nuevo luz transmití a los jóvenes la lla- reflexiones sobre la acción de la cuán importante es nuestro tes- ma del cirio pascual, símbolo de Iglesia en una sociedad secularizada, timonio común de la fe en Je- la luz que es Cristo, exhortán- sobre la invitación a liberarse de car- sucristo en el mundo de hoy, dolos: «Vosotros sois la luz del gas materiales y políticas para ser que a menudo ignora a Dios o mundo». Les repetí que el Papa más transparente a Dios. no se interesa de él. Es necesa- confía en la colaboración activa Queridos hermanos y hermanas, rio nuestro esfuerzo común en el camino hacia la plena unidad, pero siempre somos muy de los jóvenes: con la gracia de Cristo, pueden llevar al mundo el fuego del amor de Dios. este viaje apostólico a Alemania me ha brindado una ocasión propicia para encontrarme con los fieles de consientes de que no podemos «hacer» ni la fe ni la unidad tan deseada. Una fe creada por nosotros mismos no tiene ningún valor, y la verdadera unidad es más bien un don del Señor, el cual oró y ora siempre por la unidad de sus discípulos. Sólo Cristo puede darnos esta unidad, y estaremos cada vez más unidos en la medida en que volvamos a él y nos dejemos transformar por él. Tras la celebración de la misa en la plaza de la Catedral, en Erfurt (el 24 de septiembre por la mañana), Benedicto XVI saluda a monseñor Hermann Scheipers —de 98 años—, el último sacerdote superviviente del campo de exterminio de Un momento singular fue el encuentro con los seminaristas en el seminario de Friburgo. Respondiendo en cierto sentido a la emotiva carta que me habían enviado algunas semanas antes, mostré a esos jóvenes la belleza y la grandeza de su llamada por parte del Señor y les ofrecí alguna ayuda para proseguir el camino del seguimiento con alegría y en profunda comunión con Cristo. También en el mi patria alemana, para confirmarlos en la fe, en la esperanza y en el amor, y compartir con ellos la alegría de ser católicos. Pero mi mensaje estaba dirigido a todo el pueblo alemán, para invitar a todos a contemplar con confianza el futuro. Es verdad, «Donde está Dios, allí hay futuro». Doy gracias una vez más a todos los que han hecho posible esta visita y a los que me han acompañado con la oración. El Señor bendiga al pueblo de Dios en Alemania y os Un momento particularmen- Dachau. seminario me encontré en un bendiga a todos vosotros. Gracias. L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt 00120 Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va http://www.osservatoreromano.va TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE «L’OSSERVATORE ROMANO» GIOVANNI MARIA VIAN director Carlo Di Cicco subdirector Arturo Gutiérrez L.C. encargado de la edición don Pietro Migliasso S.D.B. director general Redacción via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano teléfono 39 06 698 99410 telefax 39 06 698 81412 Servicio fotográfico photo@ossrom.va Publicidad Publicinque s.r.l. via Fattori 3/C, 10141 Torino, torino@publicinque.it Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 5594 11 25, + 52 55 5518 40 99; e-mail: losservatore@prodigy.net.mx, or.mexico@ossrom.va. En Argentina: Arzobispado de Mercedes-Luján; calle 24, 735, 6600 Mercedes (B), Argentina; teléfono y fax + 2324 428 102/432 412; e-mail: osservatoreargentina@yahoo.com. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

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número 40, domingo 2 de octubre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 Con la comunidad judía, el recuerdo de Benedicto XVI de las espantosas consecuencias de la Shoah Del «no» a Dios nace el desprecio humano El Papa mantuvo un encuentro con los miembros de la comunidad judía de Berlín el jueves 22 de septiembre por la tarde, en una sala del Reichstag, tras su visita al Parlamento federal. Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI. Distinguidos señores y señoras, queridos amigos: Estoy sinceramente contento de este encuentro con ustedes, aquí, en Berlín. Agradezco de corazón al señor presidente, dr. Dieter Graumann, sus amables palabras, que también me han hecho reflexionar. Me manifiestan cuánto ha crecido la confianza entre el pueblo judío y la Iglesia católica, que tienen en común una parte nada desdeñable de sus tradiciones fundamentales, como usted ha subrayado. Al mismo tiempo, todos somos muy conscientes de que una comunión amorosa y comprensiva entre Israel y la Iglesia, en el respeto recíproco de la identidad del otro, debe crecer más todavía y entrar de modo más profundo en el anuncio de la fe. Durante mi visita a la sinagoga de Colonia, hace ya seis años, el rabino Teitelbaum habló de la memoria como una de las columnas necesarias para asentar sobre ella un futuro de paz. Y hoy me encuentro en un lugar central de la memoria, de una espantosa memoria: desde aquí se programó y organizó la Shoah, la eliminación de los ciudadanos judíos en Europa. Antes del terror nazi, casi medio millón de judíos vivían en Alemania, y eran un componente estable de la sociedad alemana. Después de la segunda guerra mundial, Alemania fue considerada como el «País de la Shoah», en el que, en el fondo, ya no se podía vivir como judío. Al principio, casi nadie se esforzaba por refundar las antiguas comunidades judías, no obstante llegaran continuamente personas y familias judías del este. Muchas de ellas querían emigrar y construirse una nueva vida, sobre todo en los Estados Unidos o en Israel. En este lugar hay que recordar también el pogromo de la «noche de los cristales rotos», del 9 al 10 de noviembre de 1938. Solamente unos pocos percibieron en su totalidad la dimensión de dicho acto de desprecio humano, como lo hizo el deán de la catedral de Berlín, Bernhard Lichtenberg, que desde el púlpito de esa santa iglesia de Santa Eduvigis, gritó: «Fuera, el templo está en llamas; también este es casa de Dios». El régimen de terror del nacionalsocialismo se fundaba sobre un mito racista, del que formaba parte el rechazo del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, del Dios de Jesucristo y de las personas que creen en él. El «omnipotente» Adolf Hitler era un ídolo pagano que quería ponerse como sustituto del Dios bíblico, Creador y Padre de todos los hombres. Cuando no se respeta a este Dios único, se pierde también el respeto por la dignidad del hombre. Las horribles imágenes de los campos de concentración al final de la guerra mostraron de lo que puede ser capaz el hombre que rechaza a Dios y el rostro que puede asumir un pueblo en el «no» a ese Dios. Ante este recuerdo, debemos constatar con gratitud que desde hace alguna década se manifiesta un nuevo desarrollo que permite hablar incluso de un renacer de la vida judía en Alemania. Hay que subrayar que, en este tiempo, la comunidad judía se ha destacado particularmente por la obra de integración de los emigrantes del este europeo. Raíces comunes fuertes «Un diálogo común que sea vivaz, abierto, con el sello de la confianza». Es el deseo para el desarrollo de las relaciones entre judíos y cristianos, según expresó ante Benedicto XVI Dieter Graumann, presidente del Consejo central de la comunidad judía en Alemania. El jueves 22 de septiembre, tras su discurso al Bundestag alemán, el Papa tuvo un encuentro con unos quince representantes de la comunidad judía de Berlín, a la que la locura nazi arrebató en su tiempo cincuenta mil vidas. Actualmente, con once mil miembros, sobre todo inmigrantes llegados de la ex Unión Soviética al final de la guerra fría, es la más numerosa de Alemania, único país del continente europeo donde su número va en aumento. En el Reichtag, la cordial cita se celebró en el recuerdo de la de Colonia en 2005 con la comunidad judía más antigua de Alemania. Así, tras aludir a la visita a la sinagoga de aquella ciudad, Graumann agradeció al Pontífice el encuentro en la primera jornada de este 21º viaje apostólico, «una demostración de que el diálogo con el judaísmo le importa verdaderamente». «Es bello poder constatar, y con razón, que en las últimas décadas las relaciones entre la Iglesia católica y el judaísmo han mejorado de manera verdaderamente excepcional», observó. «Los puentes que deseamos construir para crear vínculos sólidos deben apoyarse en fundamentos sólidos» «basados en la confianza, en la estima y en la amistad», apuntó el representante del judaísmo, mostrándose seguro de que el Papa «seguirá el curso de los contactos amistosos e incluso lo reforzará» en un «itinerario de conciliación para todos nosotros muy importante y precioso». El deseo de Graumann es «un diálogo entre judíos y cristianos que subraye, recalque y refuerce las cosas que tenemos en común». «Y en un mundo en el que, al menos en Europa, la fuerza de la fe lamentablemente parece debilitarse, y a veces perder popularidad, tenemos más objetivos e intereses en común y más cosas todavía que nos unen y que siempre nos unirán», constató. De ahí su afirmación de que «las relaciones fraternas entre el judaísmo y el cristianismo deben convertirse por doquier y para siempre en experiencia cotidiana». «Nuestras raíces comunes son muy fuertes, tal vez a veces deberíamos comunicarlo al exterior de forma más frecuente y decidida —planteó—. Y entonces, si nuestras raíces comunes son tan sólidas, ¿por qué no deberían dar frutos? Esto es lo que deseamos: que las cosas que tenemos en común se desarrollen y den flores y frutos». Norbert Lammert, presidente del Parlamento federal alemán, había saludado a Benedicto XVI —al recibirle en la tarde del 22 de septiembre en el Reichstat— refiriéndose a los encuentros que poco después —y a la mañana siguiente— iba a mantener con los representantes de las comunidades judía e islámica. «El edificio del Reichstag, en el que nos hallamos hoy, es un lugar importante de la historia alemana. Representa el nacimiento y la caída de una democracia parlamentaria. Una causa esencial del fracaso fue la falta de tolerancia, cuyas víctimas fueron sobre todo los conciudadanos judíos —había recordado Lammert—. Por ello es también un signo particular que su encuentro, Santo Padre, con los representante de la creciente comunidad judía en Alemania tenga lugar hoy tras su discurso en este edificio, sede de un Parlamento libremente elegido en la Alemania reunificada, que se considera parte de valores y de convicciones comunes de la Europa comprometida. Estamos agradecidos por el hecho de que podemos acogerle y estamos determinados a honrar nuestra responsabilidad por la dignidad humana, la libertad de las confesiones religiosas y políticas y la tolerancia hacia convicciones y orientaciones diferentes, animados por la voluntad de servir a la paz del mundo como miembros, equiparados en derechos, de una Europa unida». Quisiera también aludir con gratitud al diálogo entre la Iglesia católica y el judaísmo, un diálogo que se está profundizando. La Iglesia se siente muy cercana al pueblo judío. Con la declaración Nostra aetate del concilio Vaticano II se comenzó a «recorrer un camino irrevocable de diálogo, de fraternidad y de amistad» (cf. Discurso en la sinagoga de Roma, 17 de enero de 2010). Esto vale para toda la Iglesia católica, en la que el beato Papa Juan Pablo II se comprometió de una manera particularmente intensa a favor de este nuevo cami- no. Esto vale obviamente también para la Iglesia católica en Alemania, que es bien consciente de su particular responsabilidad en esta materia. En el ámbito público destaca sobre todo la «Semana de la fraternidad», organizada cada año en la primera semana de marzo por las asociaciones locales para la colaboración judeo-cristiana. Por parte católica, se llevan a cabo además encuentros anuales entre obispos y rabinos, así como coloquios organizados con el Consejo central de los judíos. Ya en los años setenta, el Comité central de los católicos alemanes (ZdK) se distinguió por la fundación de un forum «Judíos y Cristianos», que en el trascurso de los años ha elaborado competentemente muchos documentos útiles. Y tampoco quisiera pasar por alto el histórico encuentro para el diálogo judeo-cristiano celebrado en Alemania de marzo de 2006, con la participación del cardenal Walter Kasper. Esta colaboración da frutos. Junto a estas importantes iniciativas, me parece que también los cristianos debemos darnos cuenta cada vez más de nuestra afinidad interior con el judaísmo, a la que usted se ha referido. Para los cristianos no puede haber una fractura en el evento salvífico. La salvación viene, precisamente, de los judíos (cf. Jn 4, 22). Cuando el conflicto de Jesús con el judaísmo de su tiempo se ve, de manera superficial, como una ruptura con la Antigua Alianza, se acaba reduciéndolo a un idea de liberación, que interpreta erróneamente la Torá sólo como observancia servil de unos ritos y prescripciones exteriores. Sin embargo, el Sermón de la montaña no deroga la Ley mosaica, sino que desvela sus recónditas posibilidades y hace surgir nuevas exigencias; nos remite al fundamento más profundo del obrar humano, al corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro, donde germina la fe, la esperanza y la caridad. El mensaje de esperanza, transmitido por los libros de la Biblia judía y del Antiguo Testamento cristiano, ha sido asimilado y desarrollado de modo distinto por los judíos y los cristianos. «Después de siglos de contraposición, reconocemos como tarea nuestra el esfuerzo para que estos dos modos de la nueva lectura de los escritos bíblicos —la cristiana y la judía— entren en diálogo entre sí, para comprender rectamente la voluntad y la Palabra de Dios» (Jesús de Nazaret. Segunda parte: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrec- ción, pp. 47-48). En una sociedad cada vez más secularizada, este diálogo debe reforzar la esperanza común en Dios. Sin esa esperanza la sociedad pierde su humanidad. Con todo esto, podemos constatar que el intercambio entre la Iglesia católica y el judaísmo en Alemania ha dado ya frutos prometedores. Han crecido las relaciones duraderas y de confianza. Ciertamente, judíos y cristianos tienen una responsabilidad común para el desarrollo de la sociedad, que entraña siempre una dimensión religiosa. Que todos los interesados continúen juntos este camino. Que para ello, el Único y Omnipotente —Ha Kadosch Baruch Hu— otorgue su bendición. Gracias a todos ustedes.

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página 4 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 2 de octubre de 2011, número 40 En Berlín el encuentro con las comunidades musulmanas Los derechos naturales del hombre terreno común para las religiones cado por el pluralismo. Fundamento que, en realidad, indica también los evidentes límites de este pluralismo: no es pensable, en efecto, que una sociedad pueda sostenerse a largo plazo sin un consenso sobre los valores éticos fundamentales. Antes de dejar Berlín, Benedicto XVI tuvo un encuentro, el viernes 23 de septiembre por la mañana —en la sede de la nunciatura apostólica—, con los representantes de las comunidades musulmanas, ante quienes pronunció el siguiente discurso. Queridos amigos musulmanes: Me es grato saludarlos aquí hoy, representantes de diversas comunidades musulmanas presentes en Alemania. Agradezco muy cordialmente al profesor Mouhanad Khorchide sus amables palabras y las profundas reflexiones que nos ha presentado, que muestran cómo ha crecido el clima de respeto y confianza entre la Iglesia católica y las comunidades musulmanas en Alemania, y llegue a ser claro lo que nos anima a todos. Berlín es un lugar propicio para un encuentro como este, no sólo porque aquí se encuentra la mezquita más antigua del territorio de Alemania, sino también porque en Berlín vive el número más grande de musulmanes respecto a todas las demás ciudades de Alemania. A partir de los años 70, la presencia de numerosas familias musulmanas ha llegado a ser cada vez más un rasgo distintivo de este país. Sin embargo, es necesario esforzarse constantemente para un mejor y recíproco conocimiento y comprensión. Esto no es sólo esencial para una convivencia pacífica, sino también para la contribución que cada uno es capaz de ofrecer a la construcción del bien común dentro de la misma sociedad. como la libertad de culto público, es amplio y siempre abierto; con todo, es significativo el hecho de que la Ley fundamental alemana los formule de modo todavía hoy válido, a más de 60 años de distancia (cf. art. 4, 2). En ella se pone de manifiesto, ante todo, ese ethos común que fundamenta la convivencia civil y que, de alguna manera, marca también las reglas aparentemente sólo formales del funcionamiento de los órganos institucionales y de la vida democrática. Podríamos preguntarnos cómo puede un texto, elaborado en una época histórica radicalmente distinta, en una situación cultural casi uniformemente cristiana, ser adecuado a la Alemania de hoy, que vive en el contexto de un mundo globalizado, y está marcada por un notable pluralismo en materia de convicciones religiosas. La razón de esto, me parece, se encuentra en el hecho de que los pa- dres de la Ley fundamental eran plenamente conscientes de deber buscar en aquel momento importante una base verdaderamente sólida, en la cual todos los ciudadanos pudiesen reconocerse y que pudiese ser una plataforma para todos por encima de las diferencias. Al llevar a cabo esto, teniendo presente la dignidad del hombre y la responsabilidad ante Dios, no prescindían de su afiliación religiosa; es más, para muchos de ellos la visión cristiana del hombre era la verdadera fuerza inspiradora. Sin embargo, sabiendo que todos los hombres deben confrontarse con trasfondos confesionales diversos o incluso no religiosos, el terreno común para todos se halló en el reconocimiento de algunos derechos inalienables, propios de la naturaleza humana y que preceden a cualquier formulación positiva. De este modo, una sociedad entonces sustancialmente homogénea asentó el fundamento que hoy consideramos válido para un tiempo mar- Queridos amigos, sobre la base de lo que he señalado aquí, pienso que es posible una colaboración fecunda entre cristianos y musulmanes. Y, de este modo, contribuimos a la construcción de una sociedad que, bajo muchos aspectos, será diversa de aquello que nos ha acompañado desde el pasado. En cuanto hombres religiosos, a partir de las respectivas convicciones, podemos dar un testimonio importante en muchos sectores cruciales de la vida social. Pienso, por ejemplo, en la tutela de la familia fundada en el matrimonio, en el respeto de la vida en cada fase de su desarrollo natural o en la promoción de una justicia social más amplia. También por este motivo, considero importante celebrar una Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia del mundo; llevaremos a cabo esta iniciativa —como bien lo saben— el próximo 27 de octubre, en Asís, a los 25 años del histórico encuentro en aquel lugar, guiado por mi predecesor, el beato Juan Pablo II. Con dicha reunión, mostraremos con sencillez que, como hombres religiosos, ofrecemos nuestra contribución específica para la construcción de un mundo mejor, reconociendo al mismo tiempo que, para la eficacia de nuestras actividades, es necesario crecer en el diálogo y en la estima recíproca. Con estos sentimientos, renuevo mi cordial saludo y les doy las gracias por este encuentro, que para mí constituye un gran enriquecimiento en esta estancia en mi patria. Gracias por vuestra atención. Muchos musulmanes atribuyen gran importancia a la dimensión religiosa. Esto, en ocasiones, se interpreta como una provocación en una sociedad que tiende a marginar este aspecto o a admitirlo, como mucho, en la esfera de las opciones privadas de cada uno. La Iglesia católica está firmemente comprometida para que se otorgue el justo reconocimiento a la dimensión pública de la afiliación religiosa. Se trata de una exigencia de no poco relieve en el contexto de una sociedad mayoritariamente pluralista. Sin embargo, es necesario estar atentos para que el respeto hacia el otro se mantenga siempre. Este respeto recíproco crece solamente sobre la base de un entendimiento sobre ciertos valores inalienables, propios de la naturaleza humana, sobre todo la inviolable dignidad de toda persona como criatura de Dios. Este entendimiento no limita la expresión de cada una de las religiones; al contrario, permite a cada uno dar testimonio de forma propositiva de aquello en lo que cree, sin sustraerse al debate con el otro. En Alemania, como en muchos otros países, no sólo occidentales, dicho marco de referencia común está representado por la Constitución, cuyo contenido jurídico es vinculante para todo ciudadano, pertenezca o no a una confesión religiosa. Naturalmente, el debate sobre una mejor formulación de los principios, Amor y misericordia Un gesto que constituye «un signo para la convivencia pacífica entre cristianos y musulmanes en el mundo». Así definió Mouhanad Khorchide, representante de las comunidades musulmanas en Alemania, el encuentro con el Papa. Según Khorchide actualmente existen importantes plataformas de diálogo común y «también la creación de facultades de teología islámica en las universidades alemanas abre espacios no sólo a una reflexión constructiva de la teología islámica, sino también a un intercambio de visiones objetivas, en el ámbito del que podemos aprender los unos de los otros». «En nuestros encuentros, musulmanes y cristianos ponemos el acento en el hecho de que creemos en el mismo Dios, el Dios de Abraham, Isaac, Jacob e Ismael. Pero cuando los musulmanes hablan de Dios, ¿hablan todos del mismo Dios? Cuando los cristianos hablan de Dios, ¿hablan todos del mismo Dios? En las dos religiones existe una variedad de conceptos de Dios. Así que necesitamos un criterio para podernos orientar, para saber si hablamos verdaderamente de Dios y no de una proyección propia subjetiva o hasta política. El cristianismo indica como criterio a Jesús mismo, en cuanto que para el cristianismo Jesús es la revelación de Dios. ¿Y cómo se plantea la cuestión en el islam? La característica más frecuente en el Corán es el nombre: el clemente, el misericordioso. La descripción que Dios hace de sí mismo en el Corán como misericordioso, por sí sola, no basta en cambio para dar a percibir su misericordia. La revelación de Dios y su misericordia no son una sencilla comunicación, sino que significan que esta misericordia es accesible al hombre, puede ser vivida y advertida, Dios se hace cognoscible. Dios no ha revelado su misericordia sólo en la palabra, en el Corán, sino en la creación misma. Cada acto de misericordia en este mundo es manifestación de la revelación de la misericordia de Dios porque la misericordia de Dios abraza cada cosa». Además «el Corán proporciona una indicación de esta manifestación de Dios y exhorta a percibirla. Con su intervención el hombre puede hacer fértil la tierra y suscitar de tal modo la misericordia divina. La revelación adquiere así un carácter dialógico porque el hombre mismo puede causarla y suscitarla, actuando con misericordia y benevolencia. Y esto es también el deber del hombre». En especial, Khorchide puso «el acento en el amor a Dios y al prójimo como elemento central de unión entre islam y cristianismo» refiriéndose a «un relato de Mahoma que recuerda el Evangelio de Mateo». Así, «donde se tiende una mano misericordiosa y benévola, ahí Dios se manifiesta, ahí existe la misericordia, ahí está Dios. Donde una madre abraza a su niño, donde se sonríe a una persona, donde se realiza un gesto de bondad, de amor y de misericordia, ahí se suscita la revelación de la misericordia divina, ahí Dios se hace perceptible. En el Corán Dios describe la propia misericordia como absoluta, ha asumido un único deber: la misericordia». Por lo tanto «amor y misericordia, según los términos cristianos e islámicos, son los criterios que compartimos para discernir entre una propuesta divina y una propuesta no divina». El representante de las comunidades islámicas concluyó su discurso expresando el deseo de que entre musulmanes y cristianos haya «una creciente comprensión recíproca», justamente basada en amor y misericordia.

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número 40, domingo 2 de octubre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 Santa misa presidida por Benedicto XVI en el estadio olímpico de Berlín No creemos solos, sino con toda la Iglesia Numerosísimos fieles participaron en la misa presidida por el Papa la tarde del jueves 22 de septiembre en el estadio olímpico de Berlín. «Una fiesta viva de la fe» la definió Benedicto XVI en su homilía, por la alegría de la gran multitud de creyentes, muchos llegados de varias diócesis alemanas, así como de Austria y Polonia. Junto al altar estaba la imagen de la Virgen que se venera en el cercano santuario de Haltbuchhorst. Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas: Me da gran alegría y confianza ver el gran estadio olímpico que en gran número tantos de vosotros habéis llenado hoy. Saludo con afecto a todos: a los fieles de la archidiócesis de Berlín y de las diócesis alemanas, así como a los numerosos peregrinos provenientes de los países vecinos. Hace quince años, vino un Papa por vez primera a Berlín, la capital federal. Todos —y también yo personalmente— tenemos un recuerdo muy vivo de la visita de mi venerado predecesor, el beato Juan Pablo II, y de la beatificación del deán de la catedral de Berlín Bernhard Lichtenberg, junto a Karl Leisner, celebrada precisamente aquí, en este mismo lugar. Pensando en estos beatos y en toda la corte de santos y beatos, podemos comprender lo que significa vivir como sarmientos de la verdadera vid, que es Cristo, y dar fruto. El evangelio de hoy nos evoca la imagen de esa planta, que en Oriente crece lozana y es símbolo de fuerza y vida, y también una metáfora de la belleza y el dinamismo de la comunión de Jesús con sus discípulos y amigos, con nosotros. En la parábola de la vid, Jesús no dice: «Vosotros sois la vid», sino: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5). Y esto significa: «Así como los sarmientos están unidos a la vid, de igual modo vosotros me pertenecéis. Pero, perteneciendo a mí, pertenecéis también unos a otros». Y este pertenecerse uno a otro y a él, no entraña un tipo cualquiera de relación teórica, imaginaria, simbólica, sino —casi me atrevería a decir— un pertenecer a Jesucristo en sentido biológico, plenamente vital. La Iglesia es esa comunidad de vida con Jesucristo y de uno para con el otro, que está fundada en el Bautismo y se profundiza cada vez más en la Eucaristía. «Yo soy la verdadera vid»; pero esto significa en realidad: «Yo soy vosotros y vosotros sois yo»; una identificación inaudita del Señor con nosotros, con su Iglesia. Cristo mismo en aquella ocasión preguntó a Saulo, el perseguidor de la Iglesia, cerca de Damasco: «¿Por qué me persigues?» (Hch 9, 4). De ese modo, el Señor señala el destino común que se deriva de la íntima comunión de vida de su Iglesia con él, el Resucitado. En este mundo, él continúa viviendo en su Iglesia. Él está con nosotros, y nosotros estamos con él. «¿Por qué me persigues?». En definitiva, es a Jesús a quien los perseguidores de la Iglesia quieren atacar. Y, al mismo tiempo, esto significa que no estamos solos cuando nos oprimen a causa de nuestra fe. Jesucristo está en nosotros y con nosotros. En la parábola, el Señor Jesús dice una vez más: «Yo soy la vid verdadera, y el Padre es el labrador» (Jn 15, 1), y explica que el viñador toma la podadera, corta los sarmientos secos y poda aquellos que dan fruto para que den más fruto. Usando la imagen del profeta Ezequiel, como hemos escuchado en la primera lectura, Dios quiere arrancar de nuestro pecho el corazón muerto, de piedra, y darnos un corazón vivo, de carne (cf. Ez 36, 26). Quiere darnos vida nueva y llena de fuerza, un corazón de amor, de bondad y de paz. Cristo ha venido a llamar a los pecadores. Son ellos los que necesitan el médico, y no los sanos (cf. Lc 5, 31s). Y así, como dice el concilio Va- ticano II, la Iglesia es el «sacramento universal de salvación» (Lumen gentium, 48) que existe para los pecadores, para nosotros, para abrirnos el camino de la conversión, de la curación y de la vida. Ésta es la constante y gran misión de la Iglesia, que le ha sido confiada por Cristo. Algunos miran a la Iglesia, quedándose en su apariencia exterior. De este modo, la Iglesia aparece únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la «Iglesia». Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, trigo y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y bello de la Iglesia. Por tanto, ya no brota alegría alguna por el hecho de pertenecer a esta vid que es la «Iglesia». La insatisfacción y el desencanto se difunden si no se realizan las propias ideas superficiales y erróneas acerca de la «Iglesia» y los «ideales sobre la Iglesia» que cada uno tiene. Entonces, cesa también el alegre canto: «Doy gracias al Señor, porque inmerecidamente me ha llamado a su Iglesia», que generaciones de católicos han cantado con convicción. Pero volvamos al Evangelio. El Señor prosigue: «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí… porque sin mí —separados de mí, podría traducirse también— no podéis hacer nada» (Jn 15, 4. 5b). Cada uno de nosotros ha de afrontar una decisión a este respecto. El Señor nos dice de nuevo en su parábola lo seria que esta es: «Al que no permanece en mí lo tiran fuera como el sarmiento, y se seca; luego recogen los sarmientos desechados, los echan al fuego y allí se queman» (cf. Jn 15, 6). Sobre esto, comenta san Agustín: «El sarmiento ha de estar en uno de esos dos lugares: o en la vid o en el fuego; si no está en la vid estará en el fuego. Permaneced, pues, en la vid para libraros del fuego» (In Ioan. Ev. Tract., 81, 3 [PL 35, 1842]). La opción que se plantea nos hace comprender de forma insistente el significado fundamental de nuestra decisión de vida. Al mismo tiempo, la imagen de la vid es un signo de esperanza y confianza. Encarnándose, Cristo mismo ha venido a este mundo para ser nuestro fundamento. En cualquier necesidad y aridez, él es la fuente de agua viva, que nos nutre y fortalece. Él en persona carga sobre sí el pecado, el miedo y el sufrimiento y, en definitiva, nos purifica y transforma misteriosamente en sarmientos buenos que dan vino bueno. En esos momentos de necesidad nos sentimos a veces aplastados bajo una prensa, como los racimos de uvas que son exprimidos completamente. Pero sabemos que, unidos a Cristo, nos convertimos en vino de solera. Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida. Lo importante es que «permanezcamos» en la vid, en Cristo. En este breve pasaje, el evangelista usa la palabra «permanecer» una docena de veces. Este «permanecer-en-Cristo» caracteriza todo el discurso. En nuestro tiempo de inquietudes e indiferencia, en el que tanta gente pierde el rumbo y el fundamento; en el que la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad se ha vuelto tan frágil y efímera; en el que desearíamos gritar, en medio de nuestras necesidades, como los discípulos de Emaús: «Señor, quédate con nosotros, porque anochece (cf. Lc 24, 29), sí, las tinieblas nos rodean»; el Señor resucitado nos ofrece en este tiempo un refugio, un lugar de luz, de esperanza y confianza, de paz y seguridad. Donde la aridez y la muerte amenazan a los sarmientos, allí en Cristo hay futuro, vida y alegría, allí hay siempre perdón y nuevo comienzo, transformación entrando en su amor. Permanecer en Cristo significa, como ya hemos visto, permanecer también en la Iglesia. Toda la comunidad de los creyentes está firmemente unida en Cristo, la vid. En Cristo, todos nosotros estamos unidos. En está comunidad, él nos sostiene y, al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen recíprocamente. Juntos resistimos a las tempestades y ofrecemos protección unos a otros. Nosotros no creemos solos, creemos con toda la Iglesia de todo lugar y de todo tiempo, con la Iglesia que está en el cielo y en la tierra. La Iglesia como mensajera de la Palabra de Dios y dispensadora de los sacramentos nos une a Cristo, la verdadera vid. La Iglesia, en cuanto «plenitud y el complemento del Redentor» —como la llamaba Pío XII— (Mystici corporis, AAS 35 [1943] p. 230: «plenitudo et complementum Redemptoris») es para nosotros prenda de la vida divina y mediadora de los frutos de los que habla la parábola de la vid. Así, la Iglesia es el don más bello de Dios. Por eso san Agustín podía decir: «Cada uno posee el Espíritu Santo en la medida en que uno ama a la Iglesia» (In Ioan. Ev. Tract. 32, 8 [PL 35, 1646]). Con la Iglesia y en la Iglesia podemos anunciar a todos los hombres que Cristo es la fuente de la vida, que él está presente, que él es la gran realidad que buscamos y anhelamos. Él se entrega a sí mismo y así nos da a Dios, la felicidad, el amor. Quien cree en Cristo, tiene futuro. Porque Dios no quiere lo que es árido, muerto, artificial, lo que al final es desechado, sino que quiere lo que es fecundo y vivo, la vida en abundancia, y él nos da la vida en abundancia. Queridos hermanos y hermanas, deseo que todos vosotros y todos nosotros descubramos cada vez más profundamente la alegría de estar unidos a Cristo en la Iglesia —con todos sus afanes y sus oscuridades—, que encontréis en vuestras necesidades consuelo y redención y que todos lleguemos a ser el vino delicioso de la alegría y del amor de Cristo para este mundo. Amén.

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número 40, domingo 2 de octubre de 2011 L’OSSERVATO En el encuentro con los evangélicos en Erfurt, el Papa relanza la cuestión que animó el camino interior de Lutero En busca de un Dios misericordioso El viernes 23 de septiembre, en el ex convento de los Agustinos, en Erfurt, el Papa se reunió con los representantes del Consejo de la Iglesia evangélica alemana. Fue acogido por el presidente de dicha comunidad, el pastor Nikolaus Schneider, y por el presidente de la Iglesia evangélica de Turingia, Ilse Junkermann, que lo acompañaron a la sala del Capítulo, donde se hallaban los representantes del Consejo, así como los cardenales y los obispos del séquito papal. En el claustro un coro de alumnos de las escuelas católicas y evangélicas interpretó algunas piezas musicales al paso del Papa. Al inicio del encuentro, dirigieron palabras de saludo al Pontífice el presidente de la Iglesia evangélica de Turingia y el pastor Schneider. Benedicto XVI pronunció el discurso que publicamos. Distinguidos señores y señoras: Al tomar la palabra, quisiera ante todo dar gracias de corazón por tener esta ocasión de encontrarnos aquí. Mi particular gratitud a usted, querido hermano presidente Schneider que me ha dado la bienvenida y me ha acogido con sus palabras en medio de ustedes. Usted ha abierto su corazón, ha expresado abiertamente la fe verdaderamente común, el deseo de unidad. Y nosotros estamos alegres, porque considero que esta asamblea, nuestros encuentros, se celebran también como la fiesta de la comunión en la fe común. Quisiera además agradecer a todos por el don de poder dialogar juntos como cristianos en este histórico lugar. Como Obispo de Roma, es para mí un momento de profunda emoción encontrarlos aquí, en el ex convento agustino de Erfurt. Hemos escuchado que aquí, Lutero estudió teología. Aquí fue ordenado sacerdote. Contra los deseos de su padre, no continuó los estudios de derecho, sino que estudió teología y se encaminó hacia el sacerdocio en la Orden de San Agustín. Y en este camino no le interesaba esto o aquello. Lo que le quitaba la paz era la cuestión de Dios, que fue la pasión profunda y el centro de su vida y de todo su camino. «¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?»: Esta pregunta le penetraba el corazón y estaba detrás de toda su investigación teológica y de toda su lucha interior. Para Lutero, la teología no era una cuestión académica, sino una lucha interior consigo mismo, y luego esto se convertía en una lucha sobre Dios y con Dios. «¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?». No deja de sorprenderme en el corazón que esta pregunta haya sido la fuerza motora de su camino. ¿Quién se ocupa actualmente de esta cuestión, incluso entre los cristianos? ¿Qué significa la cuestión de Dios en nuestra vida, en nuestro anuncio? La mayor parte de la gente, también de los cristianos, da hoy por descontado que, en último término, Dios no se interesa por nuestros pecados y virtudes. Él sabe, en efecto, que todos somos solamente carne. Si hoy se cree aún en un más allá y en un juicio de Dios, en la práctica, casi todos presuponemos que Dios deba ser generoso y, al final, en su misericordia, no tendrá en cuenta nuestras pequeñas faltas. La cuestión ya no nos preocupa. Pero, ¿son verdaderamente tan pequeñas nuestras faltas? ¿Acaso no se destruye el mundo a causa de la corrupción de los grandes, pero también de los pequeños, que sólo piensan en su propio beneficio? ¿No se destruye a causa del poder de la droga que se nutre, por una parte, del ansia de vida y de dinero, y por otra, de la avidez de placer de quienes son adictos a ella? ¿Acaso no está amenazado por la creciente tendencia a la violencia que se enmascara a menudo con la aparien- cia de una religiosidad? Si fuese más vivo en nosotros el amor de Dios, y a partir de él, el amor por el prójimo, por las criaturas de Dios, por los hombres, ¿podrían el hambre y la pobreza devastar zonas enteras del mundo? Y las preguntas en ese sentido podrían continuar. No, el mal no es una nimiedad. No podría ser tan poderoso, si nosotros pusiéramos a Dios realmente en el centro de nuestra vida. La pregunta: ¿Cómo se sitúa Dios respecto a mí, cómo me posiciono yo ante Dios? Esta pregunta candente de Lutero debe convertirse otra vez, y ciertamente de un modo nuevo, también en una pregunta nuestra, no académica, sino concreta. Pienso que esto es la primera cuestión que nos interpela al encontrarnos con Martín Lutero. Y después es importante: Dios, el único Dios, el Creador del cielo y de la tierra, es algo distinto de una hipótesis filosófica sobre el origen del cosmos. Este Dios tiene un rostro y nos ha hablado, en Jesucristo hecho hombre, se hizo uno de nosotros; Dios verdadero y verdadero hombre a la vez. El pensamiento de Lutero y toda su espiritualidad eran completamente cristocéntricos. Para Lutero, el criterio hermenéutico decisivo en la interpretación de la Sagrada Escritura era: «Lo que promueve la causa de Cristo». Sin embargo, esto presupone que Jesucristo sea el centro de nuestra espiritualidad y que el amor a él, la intimidad con él, oriente nuestra vida. Ahora quizás se podría decir: De acuerdo. Pero, ¿qué tiene esto que ver con nuestra situación ecuménica? ¿No será todo esto solamente un modo de eludir con muchas palabras los problemas urgentes en los que esperamos progresos prácticos, resultados concretos? A este respecto les digo: lo más necesario para el ecumenismo es sobre todo que, presionados por la secularización, no perdamos casi inadvertidamente las grandes cosas que tenemos en común, aquellas que de por sí nos hacen cristianos y que tenemos como don y tarea. Fue un error de la edad confesional haber visto mayormente aquello que nos separa, y no haber percibido en modo esencial lo que tenemos en común en las grandes pautas de la Sagrada Escritura y en las profesiones de fe del cristianismo antiguo. Este ha sido para mí el gran progreso ecuménico de los últimos decenios: nos dimos cuenta de esta comunión y, en el orar y cantar juntos, en la tarea común por el ethos cristiano ante el mundo, en el testimonio común del Dios de Jesucristo en este mundo, reconocemos esta comunión como nuestro común fundamento imperecedero. Indudablemente, el riesgo de perderla es real. Quisiera señalar brevemente dos aspectos. En los últimos tiempos, la geografía del cristianismo ha cambiado profundamente y sigue cambiando todavía. Ante una nueva forma de cristianismo, que se difunde con un inmenso dinamismo misionero, a veces preocupante en sus formas, las Iglesias confesionales históricas se quedan frecuentemente perplejas. Es un cristianismo de escasa densidad institucional, con poco bagaje racional, menos aún dogmático, y con poca estabilidad. Este fenómeno mundial —que los obispos de todo el mundo continuamente me describen— nos pone a todos ante la pregunta: ¿Qué nos transmite, positiva y negativamente, esta nueva forma de cristianismo? Sea lo que fuere, nos sitúa nuevamente ante la pregunta sobre qué es lo que permanece siempre válido y qué puede o debe cambiarse ante la cuestión de nuestra opción fundamental en la fe. Más profundo, y en nuestro país, más candente, es el segundo desafío para todo el cristianismo; quisiera hablar de ello: se trata del contexto del mundo secularizado en el cual debemos vivir y dar testimonio hoy de nuestra fe. La ausencia de Dios en nuestra sociedad se nota cada vez más; la historia de su revelación, de la que nos habla la Escritura, parece relegada a un pasado que se aleja cada vez más. ¿Acaso es necesario ceder a la presión de la secularización, llegar a ser modernos adulterando la fe? Naturalmente, la fe tiene que ser nuevamente pensada y, sobre todo, vivida, hoy de modo nuevo, para que se convierta en algo que pertenece al presente. Ahora bien, a ello no ayuda su adulteración, sino vivirla íntegramente en nuestro hoy. Esta es una tarea ecuménica central, en la cual debemos ayudarnos mutuamente a creer cada vez más viva y profundamente. No serán las tácticas las que nos salven, las que salven el cristianismo, sino una fe pensada y vivida de un modo nuevo, mediante la cual Cristo, y con él el Dios vivo, entre en nuestro mundo. Como los mártires de la época nazi propiciaron nuestro acercamiento recíproco, suscitando la primera gran apertura ecuménica, del mismo modo también hoy la fe, vivida a partir de lo íntimo de nosotros mismos, en un mundo secularizado, será la fuerza ecuménica más poderosa que nos congregará, guiándonos a la unidad en el único Señor. Y por esto la plegaria para aprender de nuevo a vivir la fe para poder ser así una sola cosa. El sol sobre Alemania Se puede ya extender a todo el viaje la acertada imagen del sol sobre Berlín elegida por «Frankfurter Allgemeine Zeitung» para titular un comentario al magistral discurso de Benedicto XVI —que, con una elección inteligente y periodísticamente perfecta, ha publicado íntegramente el autorizado periódico alemán—. No sólo y no tanto por el bellísimo tiempo fresco y soleado que está acompañando la visita, sino por su importancia en los distintos momentos. El sol, por lo tanto, resplandece sobre Alemania, donde Joseph Ratzinger ha regresado por tercera vez desde que fue elegido Papa para encontrar a la gente y hablar de Dios, como enseguida explicó. En la tradición cristiana la luz solar significa también aquella divina que ilumina el mundo, y precisamente el obispo de Roma ha elegido hablar de la luz de Dios al encontrar en Erfurt —justo donde el joven Lutero estudió teología— a los representantes evangélicos, acogido con auténtica cordialidad. Y naturalmente es la cuestión acerca de Dios, central en el pensamiento y en el tormento del joven monje agustino, lo que interesa sobre todo a Benedicto XVI. ¿Quién se preocupa de ello, incluso entre los cristianos? ¿Quién se toma en serio las propias faltas y la realidad del mal? Reflexionar sobre «la causa de Cristo» querida por Lutero, y por ello sobre la fe, es hoy el compromiso ecuménico principal, en un mundo donde pesa cada vez más la ausencia de Dios. Precisamente utiliza el Papa la imagen de la luz para describir el progresivo distanciamiento del mundo respecto a Dios: al principio sus reflejos todavía lo iluminan, pero después el hombre acaba por perder su vida cada vez más. He aquí por qué es necesario superar el error del pasado de enfatizar cuanto divide a los cristianos e insistir en cambio —y ya es mucho— en cuanto les une: la fe en el Dios trinitario revelado por Cristo y su testimonio en un mundo sediento de él, como si se adentrara más y más en un desierto sin agua, como dijo Benedicto XVI en la homilía inaugural de su pontificado. Este testimonio común de los cristianos se debe reflejar —en sociedades donde la ética se sustituye con cálculos únicamente utilitaristas— en la lucha por defender «la dignidad inviolable del hombre, desde la concepción hasta la muerte». En diálogo con las otras religiones, y en particular con el judaísmo y con el islam, como ha repetido el Papa encontrando a algunos de sus representantes. Con los musulmanes y los judíos, en efecto, los cristianos y los católicos pueden y deben colaborar, en sociedades en las que

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ORE ROMANO páginas 6/7 La celebración ecuménica en Erfurt La tarea común del ecumenismo En el mismo ex convento de los Agustinos, en Erfurt, pasado el mediodía el Santo Padre presidió una celebración ecuménica en la que participaron representantes de diversas comunidades protestantes alemanas. Tras el canto y la oración inicial, se leyó el Salmo 146 en la traducción alemana de Lutero; la señora Katrin G. Eckhardt, presidenta del Sínodo de la Iglesia evangélica de Alemania, dirigió un saludo al Papa. Benedicto XVI, tras rezar una oración por la unidad de los cristianos, pronunció la homilía que publicamos. La celebración concluyó con el rezo del Padrenuestro y la bendición impartida por el Papa. hace falta combatir juntos a fin de garantizar la dimensión pública de las religiones y para crear, a través de la justicia, las condiciones para la paz: opus iustitiae pax, según la expresión del profeta Isaías elegida como lema por Eugenio Pacelli. En un tiempo de inquietud e indiferentismo, y en circunstancias que no raramente oprimen como en una prensa, quienes viven en la alegría de la Iglesia, que es el don más bello de Dios, deben dejarse transformar misteriosamente en el vino dulce de Cristo, ofrecido a todos los hombres con amistad y con la razón. El hombre puede hoy destruir el mundo, y por ello, con la razón hay que reencontrar los fundamentos del derecho. Como explicó en el Parlamento de Berlín —escribe sugestivamente «Frankfurter Allgemeine Zeitung»— el pescador de hombres llegado de Roma. (Giovanni Maria Vian, 23 de septiembre de 2011) Queridos hermanos y hermanas en el Señor: «No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17, 20): Así, en el Cenáculo, lo dijo Jesús al Padre. Él intercede por las futuras generaciones de creyentes. Mira más allá del Cenáculo hacia el futuro. Ha rezado también por nosotros y reza por nuestra unidad. Esta oración de Jesús no es simplemente algo del pasado. Él está siempre ante el Padre intercediendo por nosotros, y así está en este momento entre nosotros y quiere atraernos a su oración. En la oración de Jesús está el lugar interior, más profundo, de nuestra unidad. Seremos, pues, una sola cosa, si nos dejamos atraer dentro de esta oración. Cada vez que, como cristianos, nos encontramos reunidos en la oración, esta lucha de Jesús por nosotros y con el Padre nos debería conmover profundamente en el corazón. Cuanto más nos dejamos atraer en esta dinámica, tanto más se realiza la unidad. La oración de Jesús ¿ha quedado desoída? La historia del cristianismo es, por así decirlo, la parte visible de este drama, en el que Cristo lucha y sufre con nosotros, los seres humanos. Una y otra vez él debe soportar el rechazo a la unidad, y aun así, una y otra vez se culmina la unidad con él, y en él con el Dios Trinitario. Debemos ver ambas cosas: el pecado del hombre, que reniega de Dios y se repliega en sí mismo, pero también las victorias de Dios, que sostiene la Iglesia no obstante su debilidad y atrae continuamente a los hombres dentro de sí, acercándolos de este modo los unos a los otros. Por eso, en un encuentro ecuménico, no debemos lamentar sólo las divisiones y las separaciones, sino agradecer a Dios todos los elementos de unidad que ha conservado para nosotros y que continuamente nos da. Gratitud que debe ser al mismo tiempo disponibilidad para no perder la unidad alcanzada, en medio de un tiempo de tentación y de peligros. La unidad fundamental consiste en el hecho de que creemos en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Que lo profesamos como Dios Trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La unidad suprema no es la soledad de una mónada sino unidad a través del amor. Creemos en Dios, en el Dios concreto. Creemos que Dios nos ha hablado y se ha hecho uno de nosotros. La tarea común que actualmente tenemos es dar testimonio de este Dios vivo. El hombre tiene necesidad de Dios, o ¿acaso las cosas van bien sin él? Cuando en una primera fase de la ausencia de Dios, su luz sigue mandando sus reflejos y mantiene unido el orden de la existencia humana, se tiene la impresión de que las cosas funcionan bastante bien incluso sin Dios. Pero cuanto más se aleja el mundo de Dios, tanto más resulta claro que el hombre, en la hybris del poder, en el vacío del cora- zón y en el ansia de satisfacción y de felicidad, «pierde» cada vez más la vida. La sed de infinito está presente en el hombre de tal manera que no se puede extirpar. El hombre ha sido creado para relacionarse con Dios y tiene necesidad de él. En este tiempo, nuestro primer servicio ecuménico debe ser el testimoniar juntos la presencia del Dios vivo y dar así al mundo la respuesta que necesita. Naturalmente, de este testimonio fundamental de Dios forma parte, y de modo absolutamente central, el dar testimonio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que vivió entre nosotros, padeció y murió por nosotros, y que en su resurrección abrió totalmente la puerta de la muerte. Queridos amigos, ¡fortifiqué- monos en esta fe! ¡Ayudémonos recíprocamente a vivirla! Esta es una gran tarea ecuménica que nos introduce en el corazón de la oración de Jesús. La seriedad de la fe en Dios se manifiesta en vivir su palabra. En nuestro tiempo se manifiesta de una forma muy concreta, en el compromiso por esta criatura, por el hombre, que él quiso a su imagen. Vivimos en un tiempo en que los criterios de cómo ser hombres se han hecho inciertos. La ética viene sustituida con el cálculo de las consecuencias. Frente a esto, como cristianos, debemos defender la dignidad inviolable del ser humano, desde la concepción hasta la muerte, desde las cuestiones del diagnóstico previo a su implantación hasta la eutanasia. «Sólo quien conoce a Dios, conoce al hombre», dijo una vez Romano Guardini. Sin el conocimiento de Dios, el hombre se hace manipulable. La fe en Dios debe concretarse en nuestro trabajo común por el hombre. Forman parte de esta tarea a favor del hombre no sólo estos criterios fundamentales de humanidad sino, sobre todo y de modo concreto, el amor que Jesucristo nos ha enseñado en la descripción del Juicio final (cf. Mt 25): el Dios juez nos juzgará según nos hayamos comportado con nuestro prójimo, con los más pequeños de sus hermanos. La disponibilidad para ayudar en las necesidades actuales, más allá del propio ambiente de vida, es una obra esencial del cristiano. Esto vale sobre todo, como he dicho, en el ámbito de la vida personal de cada uno. Pero vale también en la comunidad de un pueblo o de un Estado, en la que todos debemos hacernos cargo los unos de los otros. Vale para nuestro continente, en el que estamos llamados a la solidaridad europea. Y, en fin, vale más allá de todas las fronteras: la cari- dad cristiana exige hoy también nues- tro compromiso por la justicia en el mundo entero. Sé que por parte de los alemanes y de Alemania se trabaja mu- cho por hacer posible a todos los hom- bres una existencia humanamente dig- na, por lo que expreso una palabra de viva gratitud. Para concluir, quisiera detenerme to- davía en una dimensión más profunda de nuestra obligación de amar. La se- riedad de la fe se manifiesta sobre todo cuando esta inspira a ciertas personas a ponerse totalmente a disposición de Dios y, a partir de Dios, de los demás. Las grandes ayudas se ha- cen concretas solamente cuando sobre el lugar exis- ten aquellos que están a to- tal disposición de los de- más, y con ello hacen creí- ble el amor de Dios. Perso- nas así son un signo impor- tante para la verdad de nuestra fe. En vísperas de mi visita, se habló varias veces de que se espera de tal visita un don ecuménico del hués- ped. No es necesario que yo especifique los dones men- cionados en tal contexto. A este respecto, quisiera decir que esto, como se ve en la mayor parte de los casos, constituye un malentendido político de la fe y del ecumenismo. Cuando un jefe de Estado visita un país amigo, generalmente preceden contactos entre las instancias, que preparan la estipulación de uno o más acuerdos entre los dos Estados: en la ponderación de las ventajas y desventajas se llega al compromiso que, al fin, aparece ventajoso para ambas partes, de manera que el tratado puede ser firmado. Pero la fe de los cristianos no se basa en una ponderación de nuestras ventajas y desventajas. Una fe autoconstruida no tiene valor. La fe no es una cosa que nosotros excogitamos y concordamos. Es el fundamento sobre el cual vivimos. La unidad no crece mediante la ponderación de ventajas y desventajas, sino profundizando cada vez más en la fe mediante el pensamiento y la vida. De esta forma, en los últimos 50 años, y en particular también desde la visita del Papa Juan Pablo II, hace 30 años, ha crecido mucho la comunión, de la cual sólo podemos estar agradecidos. Me es grato recordar el encuentro con la comisión presidida por el obispo luterano Lohse, en la cual nos hemos ejercitado juntos en este profundizar en la fe mediante el pensamiento y la vida. Expreso vivo agradecimiento a todos aquellos que han colaborado en esto, por la parte católica, de modo particular, al cardenal Lehmann. No menciono otros nombres, el Señor los conoce a todos. Juntos podemos agradecer al Señor el camino de la unidad por el que nos ha conducido, y asociarnos en humilde confianza a su oración: Haz, que todos seamos uno, como tú eres uno con el Padre, para que el mundo crea que él te ha enviado (cf. Jn 17, 21).

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página 8 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 2 de octubre de 2011, número 40 Vísperas marianas en la explanada de la Wallfahrtskapelle de Etzelsbach La vida como respuesta al amor de Dios En la explanada de la Wallfahrtskapelle de Etzelsbach —en la que se venera como milagrosa una Piedad del siglo XVI—, el viernes 23 de septiembre por la tarde el Pontífice presidió la celebración de las Vísperas marianas. El acto concluyó con la adoración eucarística y la bendición con el Santísimo impartida por el Papa. Después, Benedicto XVI bendijo las campanas y la primera piedra para el campanario que se construirá en el santuario. Esta es la homilía que pronunció. Queridos hermanos y hermanas: Saludo de todo corazón a todos los que habéis venido aquí, a Etzelsbach, para esta hora de oración. He oído hablar tanto de Eichsfeld desde mi juventud, que he pensado: alguna vez debo verlo y rezar con vosotros. Doy las gracias cordialmente al Obispo Wanke, que ya durante el vuelo me presentó vuestra región, así como a vuestro portavoz y representantes, que me han ofrecido dones simbólicos de vuestra tierra, a la vez que me han dado al menos una idea de la variedad de esta región. Así pues, me siento muy feliz de que se haya cumplido mi deseo de visitar Eichsfeld y de dar gracias con vosotros a la Virgen María en Etzelsbach. «Aquí en el querido valle tranquilo» —dice un canto de los peregrinos— y «bajo los viejos tilos», María nos da seguridad y nuevas fuerzas. En dos dictaduras impías que han tratado de arrancar a los hombres su fe tradicional, las gentes de Eichsfeld estaban convencidas de encontrar aquí, en el santuario de Etzelsbach, una puerta abierta y un lu- gar de paz interior. Queremos continuar la amistad especial con María, amistad que se ha acrecentado con todo esto, y la queremos continuar, también con esta celebración de las Vísperas marianas de hoy. Cuando los cristianos se dirigen a María en todos los tiempos y lugares, se dejan guiar por la certeza espontánea de que Jesús no puede rechazar las peticiones que le presenta su Madre; y se apoyan en la confianza inquebrantable de que María es también Madre nuestra, una Madre que ha experimentado el sufrimiento más grande de todos, que se da cuenta, juntamente con nosotros, de todas nuestras dificultades y piensa de modo materno cómo superarlas. ¡Cuántas personas en el transcurso de los siglos han ido en peregrinación a María para encontrar ante la imagen de la Dolorosa, como aquí en Etzelsbach, consuelo y alivio! Contemplemos su imagen: una mujer de mediana edad, con los parpados hinchados de tanto llorar, y al mismo tiempo una mirada absorta, fija en la lejanía, como si estuviese meditando en su corazón sobre todo lo que había sucedido. Sobre su regazo reposa el cuerpo exánime del Hijo; ella lo aprieta delicadamente y con amor, como un don precioso. Sobre el cuerpo desnudo del Hijo vemos los signos de la crucifixión. El brazo izquierdo del Crucificado cae verticalmente hacia abajo. Qui- zás esta escultura de la Piedad, co- mo a menudo era costumbre, estaba originalmente colocada sobre un al- tar. Así, el Crucificado remite con su brazo extendido a lo que sucede so- bre el altar, donde el santo sacrificio que llevó a cabo se actualiza en la Eucaristía. Una particularidad de la imagen milagrosa de Etzelsbach es la posi- ción del Crucificado. En la mayor parte de las representaciones de la Piedad, el cuerpo sin vida de Jesús yace con la cabeza vuelta hacia la iz- quierda. De esta forma, el que lo contempla puede ver su herida del costado. Aquí en Etzelsbach, en cambio, la herida del costado está escondida, ya que el cadáver está orientado hacia el otro lado. Creo que dicha representación encierra un profundo significado, que se revela solamente en una atenta contemplación: en la imagen milagrosa de Etzelbach, los corazones de Jesús y de su Madre se dirigen uno al otro; los corazones se acercan. Se intercambian recíprocamente su amor. Sabemos que el corazón es también el órgano de la sensibilidad más profunda para el otro, así como de la íntima compasión. En el corazón de María encuentra cabida el amor que su divino Hijo quiere ofrecer al mundo. La devoción mariana se concentra en la contemplación de la relación entre la Madre y su divino Hijo. Los fieles, en la oración, en las pruebas, en la gratitud y en la alegría, han encontrado siempre nuevos aspectos y títulos que nos pueden abrir mejor a este misterio como, por ejemplo, la imagen del Corazón Inmaculado de María, símbolo de la unidad profunda y sin reservas con Cristo en el amor. No es la autorrealización, el querer poseer y construirse a sí mismo, lo que lleva a la persona a su verdadero desarrollo, un aspecto que hoy se propone como modelo de la vida moderna, pero que fácilmente se convierte en una forma de egoísmo refinado. Es más bien la actitud del don de sí, la renuncia a sí mismo, lo que orienta hacia el corazón de María, y con ello hacia el corazón de Cristo, así como hacia el prójimo; y sólo de este modo hace que nos encontremos con nosotros mismos. «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio» (Rm 8, 28): lo acabamos de escuchar en la lectura tomada de la Carta a los Romanos. En María Dios ha hecho confluir todo el bien y, por medio de ella, no cesa de difundirlo ulteriormente en el mundo. Desde la cruz, desde el trono de la gracia y la redención, Jesús ha entregado a los hombres como Madre a María, su propia Madre. En el momento de su sacrificio por la humanidad, él constituye en cierto modo a María, mediadora del flujo de gracia que brota de la cruz. Bajo la cruz María se hace compañera y protectora de los hombres en el camino de su vida. «Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz» (Lumen gentium, 62), como dijo el concilio Vaticano II. Sí, en la vida pasamos por vicisitudes alternas, pero María intercede por nosotros ante su Hijo y nos ayuda a encontrar la fuerza del amor divino del Hijo y de abrirnos a él. Nuestra confianza en la intercesión eficaz de la Madre de Dios y nuestra gratitud por la ayuda que experimentamos continuamente llevan consigo de algún modo el im- pulso a dirigir la reflexión más allá de las necesidades del momento. ¿Qué quiere decirnos verdaderamente María cuando nos salva de un peligro? Quiere ayudarnos a comprender la amplitud y profundidad de nuestra vocación cristiana. Quiere hacernos comprender con maternal delicadeza que toda nuestra vida debe ser una respuesta al amor rico en misericordia de nuestro Dios. Como si nos dijera: entiende que Dios, que es la fuente de todo bien y no quiere otra cosa que tu verdadera felicidad, tiene el derecho de exigirte una vida que se abandone totalmente y con alegría a su voluntad, y se esfuerce por que los otros hagan lo mismo. «Donde está Dios, allí hay futuro». En efecto: donde dejamos que el amor de Dios actúe totalmente sobre nuestra vida y en nuestra vida, allí se abre el cielo. Allí es posible plasmar el presente, de modo que se ajuste cada vez más a la Buena Noticia de nuestro Señor Jesucristo. Allí las pequeñas cosas de la vida cotidiana alcanzan su sentido, y los grandes problemas encuentran su solución. Con esta certeza imploramos a María, con esta certeza creemos en Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Dios. Amén. El Papa con algunas víctimas de abusos «Conmovido y fuertemente impactado» por su sufrimiento, Benedicto XVI recibió el viernes 23 de septiembre por la tarde, en Erfurt, a un grupo de víctimas de abusos sexuales perpetrados por sacerdotes o por personal eclesiástico. A su regreso de la celebración mariana en Etzelsbach, el Papa se reunió durante media hora en el seminario local con dos mujeres y tres hombres, procedentes de diversas partes de Alemania. Los acompañaron el obispo de Tréveris, Stephan Ackermann, responsable —en la Conferencia episcopal alemana— de la cuestión de los abusos sexuales, y algunas personas comprometidas en el campo de la prevención y la protección de los jóvenes. Como refirió el director de la Oficina de Información de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, el encuentro se desarrolló en un clima «muy comunicativo y sereno». La nota subraya que «el Santo Padre expresó su profunda compasión y su profundo pesar por cuanto se ha perpetrado con ellos y sus familias». El Pontífice «aseguró a los presentes lo mucho que importa a cuantos tienen responsabilidades en la Iglesia afrontar cuidadosamente todos los crímenes de abuso, y que se empeñan en promover medidas eficaces para la tutela de niños y jóvenes». El comunicado concluye reafirmando que Benedicto XVI «está cerca de las víctimas» y manifiesta «su esperanza de que Dios misericordioso, creador y redentor de todos los hombres, sane las heridas de las personas que han sufrido abusos y les dé paz interior». El encuentro del viernes en Alemania es el quinto de estas características que tiene lugar durante los viajes internacionales del Papa Joseph Ratzinger, tras los Estados Unidos (abril de 2008), Australia (julio de 2008), Malta (abril de 2010) y Reino Unido (septiembre de 2010).

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número 40, domingo 2 de octubre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 9 Misa presidida por Benedicto XVI en la plaza de la Catedral de Erfurt Los santos cambian el mundo Más de treinta mil fieles participaron el sábado 24 de septiembre, por la mañana, en la celebración eucarística presidida por Benedicto XVI en la «Domplatz» —plaza de la Catedral— de Erfurt, un lugar fuertemente simbólico pues la comunidad de esta ciudad —hasta hace veinte años parte integrante de Alemania del este— tiene un intenso deseo de rescate y de demostrar su cercanía al Papa. Ya no quiere ser la «Iglesia de la diáspora», en palabras del obispo Joachim Wanke. La misa se celebró en honor de la patrona, santa Isabel de Turingia, cuyos restos mortales, en un precioso relicario, se colocaron junto al altar durante el rito. Queridos hermanos y hermanas: «Alabad al Señor en todo tiempo, porque es bueno». Así acabamos de cantar antes del Evangelio. Sí, tenemos verdaderamente motivos para dar gracias a Dios de todo corazón. Si en esta ciudad volviéramos con el pensamiento a 1981, el año jubilar de santa Isabel, hace treinta años, en tiempos de la República Democrática Alemana, ¿quién habría imaginado que el muro y las alambradas de las fronteras habrían caído pocos años después? Y si fuéramos todavía más atrás, cerca de setenta años, hasta 1941, en tiempos del nacionalsocialismo, de la gran guerra, ¿quién habría podido predecir que el «Reich milenario» quedaría reducido a cenizas cuatro años después? Queridos hermanos y hermanas, aquí en Turingia, y en la entonces República Democrática Alemana, tuvisteis que soportar una dictadura «oscura» [nazi] y una roja [comunista], que para la fe cristiana fueron como una lluvia ácida. Muchas consecuencias tardías de ese tiempo han de ser aún asimiladas, sobre todo en la mentalidad y en el ámbito religioso. Actualmente, la mayoría de la gente en esta tierra vive lejana de la fe en Cristo y de la comunión de la Iglesia. Los últimos dos decenios, sin embargo, tienen también experiencias positivas: un horizonte más amplio, un intercambio más allá de las fronteras, una confiada certeza de que Dios no nos abandona y nos conduce por nuevos caminos. «Donde está Dios, allí hay futuro». Todos estamos convencidos de que la nueva libertad ha ayudado a dar a los hombres una mayor dignidad y a abrir muchas nuevas posibilidades. Desde el punto de vista de la Iglesia, podemos subrayar con agradecimiento muchos beneficios: nuevas posibilidades para las actividades parroquiales, la reestructuración y ampliación de iglesias y centros parroquiales, iniciativas pastorales o culturales diocesanas. Pero, naturalmente, también se nos plantea una pregunta: estas posibilidades, ¿nos han llevado también a un incremento de la fe? Las raíces de la fe y de la vida cristiana, ¿acaso no se han de buscar en algo más hondo que la libertad social? Muchos católicos convencidos han permanecido fieles a Cristo y a la Iglesia en la difícil situación de una opresión exterior. Y nosotros, ¿dónde estamos hoy? Ellos han aceptado desventajas personales con tal de vivir su propia fe. Quisiera dar las gracias aquí a los sacerdotes, así como a sus colaboradores y colaboradoras de aquellos tiempos. En particular, quisiera recordar la pastoral de los refugiados inmediatamente después de la segunda guerra mundial: entonces, muchos eclesiásticos y laicos emprendieron grandes iniciativas para aliviar la penosa situación de los prófugos y darles una nueva patria. Y, cómo no, un agradecimiento sincero a los padres que, en medio de la diáspora y en un ambiente político hostil a la Iglesia, educaron a sus hijos en la fe católica. Quiero recordar con gratitud las Semanas Religiosas para los niños durante las vacaciones, así como también el trabajo fructuoso de las casas para la juventud católica «San Sebastián», en Erfurt, y «Marcel Callo», en Heiligenstadt. Especialmente en Eichsfeld, muchos católicos resistieron a la ideología comunista. Que Dios recompense a todos abundantemente por la perseverancia en la fe. El testimonio valiente y el vivir paciente con él, la confianza constante en la providencia de Dios, son como una semilla valiosa que promete un fruto abundante para el futuro. La presencia de Dios se manifiesta siempre de modo particularmente claro en los santos. Su testimonio de fe puede darnos también hoy la fuerza para un nuevo despertar. Pensamos ahora, sobre todo, en los santos patronos de la diócesis de Erfurt: Isabel de Turingia, Bonifacio y Kilian. Isabel vino a Wartburg, en Turingia, de un país extranjero, de Hungría. Llevó una intensa vida de oración, unida a la penitencia y a la pobreza evangélica. Bajaba regular- mente de su castillo, en la ciudad de Eisenach, para cuidar personalmente a los pobres y enfermos. Su vida en esta tierra fue breve —llegó a los veinticuatro años—, pero el fruto de su santidad se extiende a través de los siglos. Santa Isabel es muy estimada también por los cristianos evangélicos; puede ayudarnos a todos nosotros a descubrir la plenitud de la fe, su belleza, su profundidad y su fuerza transformadora y purificadora, y a ponerla en práctica en nuestra vida cotidiana. También la fundación de la diócesis de Erfurt por san Bonifacio, en el año 742, remite a las raíces cristianas de nuestro país. Este acontecimiento es al mismo tiempo la primera mención documentada de la ciudad de Erfurt. El obispo misionero Bonifacio había llegado de Inglaterra, y de su estilo de trabajar formaba parte el actuar en unión esencial y estrecha relación con el Obispo de Roma, el Sucesor de san Pedro. Sabía que la Iglesia debe estar unida en torno a Pedro. Lo veneramos como el «Apóstol de Alemania»; murió mártir. Dos de sus compañeros, que compartieron con él el testimonio del derramamiento de la sangre por la fe cristiana, están enterrados aquí, en la catedral de Erfurt: son los santos Eoban y Adelar. Antes aún que los misioneros anglosajones, en Turingia trabajó san Kilian, un misionero itinerante venido de Irlanda. Murió mártir en Würzburg junto con dos compañeros, porque criticaba el comportamiento moralmente equivocado del duque de Turingia, residente allí. Y, por último, no queremos olvidar a san Severo, patrón de Severikirche, aquí en la plaza de la Catedral. Fue obispo de Rávena en el siglo IV; en el año 836, su cuerpo fue trasladado a Erfurt, para arraigar más profundamente la fe cristiana en esta región. En efecto, de estos muertos partía el testimonio vivo de la Igle- sia que perdura en el tiempo; de la fe que fecunda cada época y nos indica el camino de la vida. Preguntémonos ahora: ¿Qué es lo que tienen en común estos santos? ¿Cómo podemos describir el aspecto particular de su vida y comprender que nos afecta y puede incidir en nuestra vida? Los santos nos muestran ante todo que es posible y bueno vivir en relación con Dios y vivir esta relación de modo radical, ponerlo en primer lugar y no relegarlo solamente a un rincón cualquiera. Los santos nos muestran de manera evidente que Dios ha sido el primero que se ha dirigido a nosotros. Nosotros no podríamos llegar hasta él, lanzarnos en cierto modo hacia lo que desconocemos, si antes no nos hubiera amado, si no hubiera primero salido a nuestro encuentro. Después de haber venido ya al encuentro de los Padres con las palabras de la llamada, él mismo se nos ha manifestado en Jesucristo, y en él continúa mostrándose a nosotros. Cristo sale a nuestro encuentro también hoy, habla a cada uno, como acaba de hacerlo en el Evangelio, e invita a cada uno de nosotros a escucharlo, a aprender a comprenderlo y a seguirlo. Los santos han tomado en serio esta invitación y esta posibilidad, han reconocido al Dios concreto, lo han visto y escuchado; han ido a su encuentro y han caminado con él; se han dejado contagiar por él, por decirlo así, y se han orientado hacia él desde lo íntimo de su ser —en el continuo diálogo de la oración—, y de él han recibido la luz que abre a la vida verdadera. La fe es siempre y esencialmente un creer junto con los otros. Nadie puede creer por sí solo. Recibimos la fe mediante la escucha, nos dice san Pablo. Y la escucha es un proceso de estar juntos de manera física y espiritual. Únicamente puedo creer en la gran comunión de los fieles de todos los tiempos que han encontrado a Cristo y que han sido encontrados por él. El poder creer se lo debo ante todo a Dios que se dirige a mí y, por decirlo así, «enciende» mi fe. Pero muy concretamente debo mi fe a los que me son cercanos y han creído antes que yo y creen juntamente conmigo. Este gran «con», sin el cual no es posible una fe personal, es la Iglesia. Y esta Iglesia no se detiene ante las fronteras de los países, como lo demuestran las na- SIGUE EN LA PÁGINA 10

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página 10 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 2 de octubre de 2011, número 40 Los santos cambian el mundo VIENE DE LA PÁGINA 9 cionalidades de los santos que he mencionado: Hungría, Inglaterra, Irlanda e Italia. Esto pone de relieve la importancia del intercambio espiritual que se extiende a través de toda la Iglesia. Sí, ha sido fundamental para el desarrollo de la Iglesia en nuestro país, y sigue siendo fundamental en todos los tiempos, que creamos juntos en todos los continentes, y que aprendamos unos de otros a creer. Si nos abrimos a la fe íntegra, en la historia entera y en los testimonios de toda la Iglesia, entonces la fe católica tiene futuro también como fuerza pública en Alemania. Al mismo tiempo, las figuras de los santos de los que he hablado nos muestran la gran fecundidad de una vida con Dios, la fertilidad de este amor radical a Dios y al prójimo. Los grandes santos, aun allí donde son po- cos, cambian el mundo. Y los santos siguen siendo fuerza transformadora en todos los tiempos. De esta manera, los cambios políticos del año 1989 en nuestro país no fueron motivados sólo por el deseo de bienestar y de libertad de movimiento, sino, y decisivamente, por el deseo de veracidad. Este anhelo se mantuvo vivo, entre otras cosas, por personas totalmente dedicadas al servicio de Dios y del prójimo, dispuestas a sacrificar su propia vida. Ellos y los santos que hemos recordado nos animan a aprovechar la nueva situación. No queremos escondernos en una fe meramente privada, sino que queremos usar de manera responsable la libertad lograda. Como los santos Kilian, Bonifacio, Adelar, Eoban e Isabel de Turingia, queremos salir al encuentro de nuestros conciudadanos como cristianos, e invitarlos a descubrir con nosotros la plenitud de la Buena Nueva, su pre- sencia, su fuerza vital y su belleza. Entonces seremos como la famosa campana de la catedral de Erfurt, que lle- va el nombre de «Gloriosa». Se considera la campana me- dieval más grande del mun- do que oscila libremente. Es un signo vivo de nuestro profundo enraizamiento en la tradición cristiana, pero también un llamamiento a ponernos en camino y com- prometernos en la misión. Sonará también hoy al final de la misa solemne. Que nos aliente a hacer visible y audi- ble en el mundo —según el ejemplo de los santos— el testimonio de Cristo, a hacer audible y visible la gloria de Dios y, así, a vivir en un mundo en el que Dios está presente y hace la vida her- mosa y rica de significado. Amén. En los meses de octubre y noviembre Celebraciones presididas por Benedicto XVI Octubre DOMINGO 9 Visita pastoral a Lamezia Terme (Italia). JUEVES 3 Misa de sufragio por los cardenales y obispos fallecidos durante los últimos doce meses, en la Basílica vaticana, a las 11.30. DOMINGO 16 Misa por la nueva evangelización, en la basílica vaticana, a las 9.30. DOMINGO 23 Canonización de los beatos: Guido María Conforti, Luis Guanella y Bonifacia Rodríguez de Castro, en la plaza de San Pedro, a las 10.00. VIERNES 4 Vísperas con ocasión del comienzo del año académico de las Universidades pontificias, en la basílica de San Pedro, a las 17.30. VIERNES 18 - DOMINGO 20 Viaje apostólico a Benin (África). MIÉRCOLES 26 Oración en preparación al Encuentro de Asís, en la plaza de San Pedro, a las 10.30. Noviembre MIÉRCOLES 2 CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS Oración por los Sumos Pontífices difuntos, en la cripta vaticana, a las 18.00. Enviado especial El Santo Padre ha nombrado enviado especial suyo a Espira (Alemania), para las celebraciones del 95° aniversario de la dedicación de la catedral, que tienen lugar el 2 de octubre, al cardenal WALTER KASPER, presidente emérito del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. Tema de la Jornada mundial de las comunicaciones sociales 2012 Silencio y Palabra camino de evangelización La sociedad de la comunicación, con su sobreabundancia de estímulos, pone en evidencia un valor que, a primera vista, podría parecer contrario a ella. Es justamente el silencio el tema central de la próxima Jornada mundial de las comunicaciones sociales: «Silencio y Palabra: camino de evangelización». En el pensamiento del Papa Benedicto XVI el silencio no representa sólo un cierto contrapeso en una sociedad marcada por el continuo e incesante flujo comunicativo, sino que es un elemento esencial para su integración. El silencio es el primer paso para acoger la palabra, precisamente porque favorece el discernimiento y la profundización. Así pues, no hay ningún dualismo, sino complementariedad de las dos funciones que, en un adecuado equilibrio, enriquecen el valor de la comunicación y la convierten en un elemento esencial del servicio a la nueva evangelización. Con ello queda de manifiesto el deseo del Santo Padre de sintonizar el tema de la próxima Jornada mundial, con la celebración del Sínodo de los obispos, que tendrá precisamente como tema «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana». La Jornada mundial de las comunicaciones sociales, única jornada mundial establecida por el concilio Vaticano II (Inter Mirifica, 1963), se celebra en muchos países, de acuerdo con la indicación de varios obispos del mundo, el domingo anterior a Pentecostés (el año 2012 será el 20 de mayo). El Mensaje del Santo Padre para la Jornada mundial de las comunicaciones sociales se publica tradicionalmente con ocasión de la fiesta de San Francisco de Sales, patrón de los periodistas (24 de enero).

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número 40, domingo 2 de octubre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO En 1.600 años de cristianismo en el Rin Superior, primera visita papal a Friburgo Sed mensajeros de alegría Procedente de Erfurt, Benedicto XVI llegó a Friburgo al final de la mañana del sábado 24 de septiembre. Su primer encuentro con los ciudadanos tuvo lugar en la plaza ante la catedral. Respondiendo al saludo del arzobispo de Friburgo —Robert Zollitsch—, pronunció estas palabras. Queridos amigos: Os saludo a todos con gran alegría y os agradezco la cordial acogida que me habéis dispensado. Tras los hermosos encuentros en Berlín y Erfurt, me alegra estar ahora con vosotros en Friburgo, a la luz y el calor del sol. Doy las gracias especialmente a vuestro querido arzobispo Robert Zollitsch por su invitación —ha insistido tanto que, al final, he debido decir: he de ir verdaderamente a Friburgo— así como por sus amables palabras de bienvenida. «Donde está Dios, allí hay futuro»; así reza el lema de estas jornadas. Como Sucesor del Apóstol Pedro, al que el Señor encomendó en el cenáculo precisamente el encargo de confirmar a los hermanos (cf. Lc 22, 32), vengo con gusto a estar con vosotros en esta bella ciudad para rezar juntos, proclamar la Palabra de Dios y celebrar juntos la Eucaristía. Os pido que recéis para que estos días sean fructíferos, de modo que Dios confirme nuestra fe, fortalezca nuestra esperanza y acreciente nuestro amor. Que en estos días lleguemos a ser nuevamente conscientes de lo mucho que Dios nos ama y de que él es verdaderamente bueno. Por eso hemos de estar llenos de confianza de que él es bueno para con nosotros, tiene un poder bueno y nos lleva en sus manos; a nosotros y a todo lo que mueve nuestro corazón y es importante para nosotros. Y queremos ponerlo conscientemente en sus manos. En él, nuestro futuro está asegurado. Él da sentido a nuestra vida y puede llevarla a plenitud. El Señor os acompañe en la paz y os haga mensajeros de su paz. Gracias de corazón por la acogida. página 11 Encuentro del Papa con los ortodoxos en el seminario de Friburgo Todos somos Iglesia de los orígenes El sábado 24 de septiembre por la tarde, el Papa se reunió con unos quince representantes de las Iglesias ortodoxas y ortodoxas orientales, en el seminario de Friburgo. Participaron también en el encuentro dos representantes de la Conferencia episcopal alemana. Su Santidad pronunció el siguiente discurso. Eminencias, excelencias, venerables representantes de las Iglesias ortodoxas y ortodoxas orientales: Me alegra mucho que hoy estemos aquí reunidos. Les agradezco de todo corazón su presencia y la posibilidad de este intercambio amigable. Le agradezco en particular a usted, metropolita Augoustinos, sus profundas palabras. Me ha impresionado sobre todo lo que ha dicho de la Madre de Dios y los santos, que abrazan y unen todos los siglos. En este contexto, me complace repetir lo que he dicho en otras ocasiones: sin duda, entre las Iglesias y las comunidades cristianas, la Ortodoxia es la más cercana teológicamente a nosotros; católicos y ortodoxos han conservado la misma estructura de la Iglesia de los orígenes; en este sentido, todos nosotros somos «Iglesia de los orígenes» que, no obstante, sigue siendo presente y nueva. Por eso nos atrevemos a esperar que no esté muy lejano el día en que podamos celebrar de nuevo juntos la Eucaristía, aunque desde el punto de vista humano surjan repetidamente dificultades (cf. Luz del Mundo. Una conversación con Peter Seewald, pp. 99s). La Iglesia católica —y yo personalmente— sigue con interés y simpatía el desarrollo de las comunidades ortodoxas en Europa occidental, que han tenido un notable crecimiento. Actualmente, viven en Alemania —así he oído— aproximadamente un millón seiscientos mil cristianos ortodoxos y ortodoxos orientales. Se han convertido en parte constitutiva de la sociedad, contribuyendo a hacer más vivo el patrimonio de las culturas cristianas y de la fe cristiana en Europa. Me alegra la intensificación de la colaboración panortodoxa, que en los últimos años ha hecho progresos esenciales. La fundación de las Conferencias episcopales ortodoxas —de las que usted ha hablado—, allí donde las Iglesias ortodoxas se encuentran en la diáspora, es expresión de las relaciones sólidas dentro de la Ortodoxia. Me alegra que el año pasado se haya dado en Alemania este paso. Que las experiencias que se viven en estas Conferencias episco- pales refuercen la unión entre las Iglesias ortodoxas y hagan avanzar los esfuerzos en favor de un concilio panortodoxo. Desde que era profesor en Bonn y especialmente luego, siendo arzobispo de Munich y Freising, pude conocer y apreciar cada vez más en profundidad la Ortodoxia por la amistad personal con representantes de las Iglesias ortodoxas. En aquel tiempo, se inició también el trabajo de la comisión conjunta de la Conferencia episcopal alemana y de la Iglesia ortodoxa. Desde entonces, con sus textos dedicados a cuestiones pastorales y prácticas, promueve la comprensión recíproca y contribuye a consolidar y desarrollar las relaciones católico-ortodoxas en Alemania. Es igualmente importante continuar el trabajo para aclarar las diferencias teológicas, pues su superación es indispensable para el restablecimiento de la unidad plena, que deseamos y por la que oramos. Sabemos que, sobre todo, es la cuestión del primado en torno a la cual hemos de conti- nuar, con paciencia y humildad, los esfuerzos en el debate para su justa comprensión. Pienso que en esto pueden darnos aún impulsos fructuosos las reflexiones acerca del discernimiento entre la naturaleza y la forma del ejercicio del primado que hizo el Papa Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint (n. 95). Veo también con gratitud el trabajo de la Comisión mixta internacional para el diálogo teoló- gico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales. Estoy contento, veneradas eminencias y venerables representantes de las Iglesias ortodoxas orientales, de encontrar con ustedes a los representantes de las Iglesias implicadas en este diálogo. Los resultados obtenidos hacen crecer la comprensión recíproca y el acercamiento mutuo. En la actual tendencia de nuestro tiempo, en que son bastantes los que quieren, por decirlo así, «liberar» de Dios a la vida pública, las Iglesias cristianas en Alemania —entre las cuales están también los cristianos ortodoxos y ortodoxos orientales—, fundadas en la fe en el único Dios y Padre de todos los hombres, caminan juntas por la senda de un testimonio pacífico para la comprensión y la comunión entre los pueblos. Al hacer esto, no dejan de poner el milagro de la encarnación de Dios en el centro del anuncio. Conscientes de que sobre este milagro se funda toda la dignidad de la persona, se comprometen juntas en la protección de la vida humana desde su con- cepción hasta su muerte natural. La fe en Dios, creador de la vida, y el permanecer absolutamente fieles a la dignidad de cada persona fortalece a los cristianos para oponerse decididamente a cualquier intervención que manipule y seleccione la vida humana. Además, conociendo el valor del matrimonio y de la familia, nos preocupa como cristianos, como algo importante, proteger de toda interpretación errónea la integridad y la singularidad del matrimonio entre un hombre y una mujer. Este compromiso común de los cristianos, entre los que se encuentran los fieles ortodoxos y ortodoxos orientales, ofrece una contribución valiosa a la edificación de una sociedad que puede tener futuro, en la cual se dé el debido respeto a la persona humana. Al concluir, quisiera volver la mirada a María —usted nos la ha presentado como Panaghia—, a la Hodegetria, la «guía del camino», que es venerada también en Occidente bajo el título de «Nuestra Señora del Camino». La Santísima Trinidad ha dado a María, la Virgen Madre, a la humanidad para que ella, con su intercesión, nos guíe a través del tiempo y nos indique el camino hacia su cumplimiento. A ella nos encomendamos y presentamos nuestra petición de llegar a ser en Cristo una comunidad cada vez más íntimamente unida, para alabanza y gloria de su nombre. Dios os bendiga a todos. Gracias.

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página 12 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 2 de octubre de 2011, número 40 El viaje apostólico a Alemania del 22 al 25 de septiembre Con ojos claros En los últimos días del concilio Vaticano II, al final de un encuentro con los observadores de otras Iglesias y confesiones cristianas, Pablo VI regaló a cada uno de ellos una pequeña campana que cada día llama a la oración común. Un símbolo elocuente abierto al futuro, que de otro modo Benedicto XVI ha evocado hoy remitiéndose a la Gloriosa, la gigantesca campana medieval de la catedral de Erfurt cuyos toques solemnes resonaron al final de la misa, «signo vivo de nuestro profundo enraizamiento en la tradición cristiana, pero también una llamada a poner- nos en camino y a comprometernos en la misión», dijo el Papa. Precisamente desde la altera Roma —exactamente así, «segunda Roma», se llamaba en el Renacimiento, por su gran número de iglesias, a la espléndida capital de Turingia, en el corazón de Alemania— ha llegado de Benedicto XVI una reflexión sobre la historia alemana, desde la evangelización durante el alto medioevo hasta los tiempos más recientes, en el siglo XX, marcado de forma espantosa y nefasta por dos dictaduras de distinto color, pero ambas impías y enemigas del hombre. Una reflexión que ha sabido contemplar con ojos claros hasta el pasado más oscuro. Hace treinta años, en 1981, ¿quién habría podido imaginar la caída del muro de Berlín, ocurrida ocho años después? O remontándose siete décadas, ¿cuántos pensaban en 1941 que del tercer Reich, exaltado desde la retórica nazi como milenario, no quedarían más que cenizas sólo cuatro años más tarde? Acontecimientos que se alejan cada vez más —aunque en Erfurt el Papa se reunió con el último sacerdote católico superviviente de Dachau, el prelado de 98 años Hermann Scheipers—, pero cuyos efectos para la fe cristiana persisten hoy, deletéreos como la lluvia ácida para el ambiente de la región. Al plantear estas preguntas Benedicto XVI recordó, sin embargo, que hubo quien, en nombre de Cristo, supo oponerse —no raramente hasta el martirio— a la pretendida omnipotencia pagana de Hitler, igual que más tarde muchos católicos se resis- Benedicto XVI en la catedral de Erfurt (a la izquierda) y la llegada del Papa y multitud de peregrinos a la celebración de las Vísperas marianas en Etzelsbach. tieron a la ideología comunista, educando a sus hijos en la fe y visitando frecuentemente el pequeño santuario mariano de Etzelsbach, en el centro de una región sofocada por el totalitarismo que se declaraba democrático, donde se venera una antigua imagen de la Virgen de los Dolores, meta de una peregrinación repetida por Benedicto XVI, quien presidió allí la oración de la tarde con decenas de miles de fieles. También en Erfurt ha vuelto sobre todo la cuestión de Dios, la única verdaderamente crucial y de la cual depende todo. Por eso el Papa la ha planteado con fuerza hablando a los evangélicos en el convento de Lutero y pidiendo un compromiso de testimonio común en un mundo extraviado y a menudo inhumano. Y para mostrar la importancia de Dios existe además el ejemplo de los santos, que —llegados de distintas partes de Europa (Italia, Irlanda, Inglaterra, Hungría)— evangelizaron Alemania. El obispo Severo con sus reliquias, los misioneros Kilian, Bonifacio, Eoban y Adelar con su martirio, la joven Isabel con su caridad, mostraron de hecho que es posible la relación con Dios y que vale la pena vivirla. En una comunión que sobrepasa las distancias y el tiempo y que es necesario contemplar con ojos claros porque abre al futuro de Dios. (Giovanni Maria Vian, 24 de septiembre de 2011)

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