Osservatore Romano 2232

 

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Año XLIII, número 41 (2.232) Ciudad del Vaticano 9 de octubre de 2011 Llamamiento de Benedicto XVI Ayuda concreta al Cuerno de África Un llamamiento a la comunidad internacional para que continúe su compromiso en favor de las poblaciones del Cuerno de África: lo lanzó Benedicto XVI al final de la audiencia general del miércoles 5 de octubre, en la plaza de San Pedro. No dejan de llegar dramáticas noticias sobre la carestía que afecta a la región del Cuerno de África. Saludo al cardenal Robert Sarah, presidente del Consejo pontificio Cor Unum y a monseñor Giorgio Bertin, administrador apostólico de Mogadiscio, peresentes en esta audiencia general junto a algunos representantes de organizaciones caritativas católicas, que se reunirán para verificar y dar ulterior impulso a las iniciativas encaminadas a afrontar esa emergencia humanitaria. En el encuentro participará también un representante del arzobispo de Canterbury, el cual también ha lanzado un llamamiento en favor de las poblaciones afectadas. Renuevo mi apremiante llamamiento a la comunidad internacional para que mantenga su compromiso con esos pueblos e invito a todos a ofrecer oraciones y ayuda concreta para tantos hermanos y hermanas tan duramente probados, en particular para los niños que cada día mueren en esa región por las enfermedades y por la falta de agua y de alimento. Una tragedia inhumana «Una tragedia inhumana se está consumando en el Cuerno de África». «Es preciso actuar y hacerlo rápidamente». «Cada día mueren niños, ancianos y mujeres, mientras piden agua, pan y medicinas. No tienen nada». «El Papa está muy preocupado. Se mantiene constantemente informado y nos impulsa a hacer todo lo posible para ayudarles». En los ojos del cardenal Robert Sarah, presidente del Consejo pontificio «Cor Unum», se refleja todo el drama que están viviendo las poblaciones de esa extensa región. MARIO PONZI EN PÁGINA 11 Un niño con desnutrición en el hospital de Banadir, Mogadiscio, Somalia, 23 de septiembre (Reuters) Para ser luz del mundo La consigna del Papa a los católicos por una fe renovada fue el sello conclusivo de su viaje apostólico a Alemania del 22 al 25 de septiembre bajo el lema «Donde está Dios, allí hay futuro». En esta edición de L’Osservatore Romano en lengua española —en continuación con las dos precedentes— ofrecemos íntegramente las intervenciones de Benedicto XVI (en la imagen, en un momento de la vigilia de oración con los jóvenes en la Feria de Friburgo) hasta su despedida en el aeropuerto de Lahr. PÁGINAS 3 A 9 Ángelus del 2 de octubre, fiesta de los ángeles custodios «Signo de la solicitud de Dios», recuerda el Papa El orgullo que impide ver el don más valioso de Dios Queridos hermanos y hermanas: El Evangelio de este domingo concluye con una amonestación de Jesús, particularmente severa, dirigida a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21, 43). Son palabras que hacen pensar en la gran responsabilidad de quien en cada época, está llamado a trabajar en la viña del Señor, especialmente con función de autoridad, e impulsan a renovar la plena fidelidad a Cristo. Él es «la piedra que desecharon los constructores», (cf. Mt 21, 42), porque lo consideraron enemigo de la ley y peligroso para el orden público, pero él mismo, rechazado y crucificado, resucitó, convirtiéndose en la «piedra angular» en la que se pueden apoyar con absoluta seguridad los fundamentos de toda existencia humana y del mundo entero. De esta verdad habla la parábola de los viñadores infieles, a los que un hombre confió su viña para que la cultivaran y recogieran los frutos. El propietario de la viña representa a Dios mismo, mientras que la viña simboliza a su pueblo, así como la vida que él nos da para que, con su gracia y nuestro compromiso, hagamos el bien. San Agustín comenta que «Dios nos cultiva como un campo pa- ra hacernos mejores» (Sermo 87, 1, 2: PL 38, 531). Dios tiene un proyecto para sus amigos, pero por desgracia la respuesta del hombre a menudo se orienta a la infidelidad, que se traduce en rechazo. El orgullo y el egoísmo impiden reconocer y acoger incluso el don más valioso de Dios: su Hijo unigénito. En efecto, cuando «les mandó a su hijo —escribe el evangelista Mateo— … [los labradores] agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron» (Mt 21, 37.39). Dios se pone en nuestras manos, acepta hacerse misterio insondable de debilidad y manifiesta su omnipotencia en la fidelidad a un designio de amor, que al final prevé también el justo castigo para los malvados (cf. Mt 21, 41). Firmemente anclados en la fe en la piedra angular que es Cristo, permanezcamos en él como el sarmiento que no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid. Solamente en él, por él y con él se edifica la Iglesia, pueblo de la nueva Alianza. Al respecto escribió el siervo de Dios Pablo VI: «El primer fruto de la conciencia profundizada de la Iglesia sobre sí misma es el renovado descubrimiento de su relación vital con Cristo. Cosa conocidísima, pero fundamental, indispensa- SIGUE EN LA PÁGINA 2

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 9 de octubre de 2011, número 41 A la Rota romana nuevas competencias en materia de matrimonio y ordenación Carta apostólica en forma de (AAS 80 [1988] 841-930), concretando textos legislativos, esta- Motu proprio «Quaerit semper» del Sumo Pontífice Benedicto XVI con la que se modifica la Constitu- las competencias de los diversos dicasterios según el Código de derecho canónico promulgado cinco años antes y las normas que ya se preveían para las Iglesias orientales. blezco y decreto lo siguiente: Art. 1. ción apostólica Pastor bonus y se trasladan algunas competencias de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos al nuevo Departamento para los proce- Más adelante, con sucesivas medidas, tanto mi predecesor como yo mismo, hemos intervenido modificando la estructura y la competencia de algunos dicasterios para respon- Quedan derogados los artículos 67 y 68 de la citada Constitución apostólica Pastor bonus. dimientos de dispensa del matrimo- der mejor a la nuevas exigencias. nio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación, constituido en el Tribunal de la Rota romana. La Santa Sede ha procurado siempre adecuar su propia estructura de gobierno a las necesidades pastorales que en cada período histórico surgían en la vida de la Iglesia, modificando por ello la organización y la competencia de los dicasterios de la Curia romana. Además, el concilio Vaticano II confirmó dicho criterio subrayando la necesidad de adecuar los dicasterios a las necesidades de los tiempos, de las regiones y de los ritos, sobre En las circunstancias actuales ha parecido conveniente que la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos se dedique principalmente a dar nuevo impulso a la promoción de la Sagrada Liturgia en la Iglesia, según la renovación querida por el concilio Vaticano II a partir de la Constitución Sacrosanctum Concilium. Por lo tanto, he considerado oportuno transferir a un nuevo Departamento constituido en el Tribunal de la Rota romana la competencia de tratar los procedimientos para la concesión de la dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Or- Art. 2. El artículo 126 de la Constitución apostólica Pastor bonus queda modificado de acuerdo con el texto siguiente: «Art. 126 § 1. Este Tribunal actúa ordina- riamente como instan- cia superior en grado de apelación ante la Giovannino de’ Grassi, «Desposorios de la Virgen» (siglo XIV) Sede Apostólica con el fin de tutelar los derechos en la Igle- tud para obtener la dispensa y, si se sia, provee a la unidad de la juris- da el caso, la somete al Sumo Pontí- prudencia y, a través de sus senten- fice. cias, sirve de ayuda a los Tribunales § 3. Dicho Departamento es com- de grado inferior. petente también para tratar las cau- todo en lo relativo a su número, de- denación. § 2. Se constituye en este Tribu- sas de nulidad de la sagrada Orde- nominación, competencia, modos de proceder y coordinación recíproca (cf. decr. Christus Dominus, 9). Siguiendo dichos principios, mi predecesor, el beato Juan Pablo II, En consecuencia, a propuesta del eminentísimo prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos y con el parecer favorable del excelentísimo nal un Departamento al que compete examinar el hecho de la no consumación del matrimonio y la existencia de causa justa para conceder la dispensa. A tal fin, recibe todas las nación, a tenor del derecho universal y proprio, congrua congruis referendo. Art. 3. procedió a una reordenación global de la Curia romana mediante la Constitución apostólica Pastor bonus, promulgada el 28 de junio de 1988 decano del Tribunal de la Rota romana, oído el parecer del Tribunal supremo de la Signatura apostólica y del Consejo pontificio para los actas junto con el parecer del obispo y las observaciones del defensor del vínculo, pondera atentamente, según un procedimiento especial, la solici- El Departamento para los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Orde- nación está dirigido por el decano de la Rota romana, asistido por ofi- ciales, comisarios delegados y con- Ángelus del 2 de octubre sultores. VIENE DE LA PÁGINA 1 ble y nunca bastante sabida, meditada y exaltada». (Enc. Ecclesiam suam, 6 de agosto de 1964: AAS 56 [1964], 622). Queridos amigos, el Señor está siempre cercano y actúa en la historia de la humanidad, y nos acompaña también con la singular presencia de sus ángeles, que hoy la Iglesia venera como «custodios», es decir, ministros de la divina solicitud por cada hombre. Desde el inicio hasta la hora de la muerte, la vida humana está rodeada de su incesante protección. Y los ángeles forman una corona en torno a la augusta Reina de las Victorias, la santísima Virgen María del Rosario, que en el primer domingo de octubre, precisamente a esta hora, desde el santuario de Pompeya y desde el mundo entero, acoge la súplica ferviente para que sea derrotado el mal y se revele, en plenitud, la bondad de Dios. ra de la nueva beata, que vivió entre los siglos XVIII y XIX, modelo de mujer consagrada y de educadora. A continuación se dirigió a los presentes en distintas lenguas. En francés dijo: Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua francesa, y particularmente a los marfileños residentes en Italia. En estos días del inicio del curso universitario, quiero invitar a los profesores a transmitir, a través de la enseñanza, el amor al saber y a la verdad. El conocimiento es importante, pero aún más la formación de la persona, para que pueda discernir dónde se encuentra la verdad y tomar así decisiones libres. Educad también a los jóvenes en los valores morales y espirituales auténticos para que les ayuden a encontrar un sentido a su vida. Que en este mes de octubre la Virgen María, Nuestra Señora del Rosario, acompañe a todas las personas comprometidas en la formación y en la educación. Los bendigo de corazón. ¡Feliz domingo a todos! Después de la plegaria mariana, el Santo Padre dijo: Queridos hermanos y hermanas, esta tarde en Ivrea, sor Antonia María Verna, fundadora del Instituto de las Hermanas de la Caridad de la Inmaculada Concepción de Ivrea será proclamada beata. El rito será celebrado por el cardenal Tarcisio Bertone, mi secretario de Estado. Demos gracias a Dios por la luminosa figu- En inglés: El Evangelio de la liturgia de hoy nos impulsa a rezar por todos los que trabajan en la viña del Señor, especialmente allí donde se enfrentan a la violencia y a las amenazas a causa de su fe. Que Dios les conceda a ellos, y a todos nosotros, la fortaleza en nuestro servicio a él y al prójimo. ¡Que Dios os bendiga a todos! Art. 4. El día de la entrada en vigor de las presentes normas, los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación pendientes ante la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos se trasladarán al nuevo Departamento en el Tribunal de la Rota romana, que las resolverá. Cuanto he decidido en esta carta apostólica en forma de Motu proprio, ordeno que se observe en todas sus partes, sin que obste nada en contrario, aunque sea digno de especial mención, y establezco que se promulgue mediante la publicación en el diario «L'Osservatore Romano», entrando en vigor el día 1 de octubre de 2011. Dado en Castelgandolfo, el día 30 de agosto del año 2011, séptimo de nuestro pontificado. BENEDICTUS PP. XVI L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt 00120 Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va http://www.osservatoreromano.va TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE «L’OSSERVATORE ROMANO» GIOVANNI MARIA VIAN director Carlo Di Cicco subdirector Arturo Gutiérrez L.C. encargado de la edición don Pietro Migliasso S.D.B. director general Redacción via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano teléfono 39 06 698 99410 telefax 39 06 698 81412 Servicio fotográfico photo@ossrom.va Publicidad Publicinque s.r.l. via Fattori 3/C, 10141 Torino, torino@publicinque.it Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 5594 11 25, + 52 55 5518 40 99; e-mail: losservatore@prodigy.net.mx, or.mexico@ossrom.va. En Argentina: Arzobispado de Mercedes-Luján; calle 24, 735, 6600 Mercedes (B), Argentina; teléfono y fax + 2324 428 102/432 412; e-mail: osservatoreargentina@yahoo.com. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

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número 41, domingo 9 de octubre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 Encuentro del Papa con los seminaristas en Friburgo Enviados de Jesús para permanecer con él En la capilla del seminario de Friburgo, dedicada a que sea, se mueven siempre dentro de san Carlos Borromeo, Benedicto XVI se reunió, el Dios. Así ocurre también aquí: como sábado 24 de septiembre, por la tarde, con cerca de sacerdotes, hemos de salir a los diver- sesenta seminaristas de la archidiócesis. El acto se sos caminos en que se encuentran los inició con la adoración al Santísimo Sacramento. En hombres, para invitarlos a su banquete sus palabras de saludo y agradecimiento por la visita, el arzobispo de Friburgo, Zollitsch, informó al Papa de que el año próximo se ordenarán nueve sacerdotes en la archidiócesis. El Pontífice, dejando a un lado los papeles, pronunció estas palabras. nupcial. Pero sólo podemos hacerlo permaneciendo siempre junto a él. Y aprender esto, esta combinación entre salir afuera, ser enviados, y estar con él, permanecer junto a él, es precisa- mente —creo— lo que hemos de apren- Queridos seminaristas, queridos hermanos y her- der en el seminario. El modo justo de manas: permanecer con él, el echar raíces pro- Es una gran alegría para mí poder encontrarme aquí con los jóvenes que se encaminan para servir al Señor; que escuchan su llamada y quieren seguirlo. Quisiera agradecer calurosamente, en particular, la hermosa carta que me han escrito el rector del seminario y los seminaristas. Me ha llegado verdaderamente al corazón comprobar cómo habéis reflexionado sobre mi carta y habéis desa- fundas en él —estar cada vez más con él, conocerlo cada vez más, mantenerse cada vez más sin separarse de él— y al mismo tiempo salir cada vez más, llevar el mensaje, transmitirlo, no quedárselo para sí, sino llevar la Palabra a los que están lejos y que, sin embargo, en cuanto criaturas de Dios y amados por Cristo, llevan en el corazón el deseo de él. rrollado vuestras preguntas y respuestas sobre El seminario, pues, es un tiempo para ejercitar- ella; con cuánta seriedad acogéis lo que he inten- se; ciertamente, también para discernir y aprender: tado proponeros, y sobre esa base procedéis en ¿Quiere él esto para mí? La vocación tiene que vuestro propio camino. ser verificada, y de esto forma parte la vida comu- Sería ciertamente más bello si pudiéramos tener juntos un diálogo, pero el horario del viaje al que estoy obligado y he de obedecer, por desgracia no nitaria y naturalmente el diálogo con los directores espirituales que tenéis, para aprender a discernir cuál es su voluntad. Y también aprender a lo permite. Puedo solamente por tanto tratar de confiar: si él lo quiere verdaderamente, puedo subrayar una vez más algunas ideas a la luz de lo confiarme a él. En el mundo de hoy, que se trans- que habéis escrito y de lo que yo escribí. forma de manera increíble y en el que todo cam- En el contexto de la pregunta: «¿A qué se debe el seminario; qué significa este período?», en el fondo me impresiona sobre todo cada vez más el modo en que san Marcos, en el tercer capítulo de su Evangelio, describe la constitución de la comu- bia continuamente, en el que los lazos humanos se rompen porque se producen nuevos encuentros, es cada vez más difícil creer: yo resistiré toda la vida. Ya en nuestros tiempos, no era fácil para nosotros imaginar cuántos decenios habría queri- nidad de los Apóstoles: «El Señor instituyó do- do concederme Dios, cuánto cambiaría el mundo. ce». Él crea algo, él hace algo, se trata de un acto ¿Perseveraré con él, tal como se lo he prometi- creativo. Y él los instituyó «para que estuvieran do?... Es una pregunta que exige verificar la voca- con él y para enviarlos» (Mc 3, 14): este es un de- ción, pero luego —cuanto más reconozco: sí él me seo doble que, en cierta medida, parece contradic- quiere— también la confianza: si me quiere, tam- torio. «Para que estuvieran con él»: han de estar con él para llegar a conocerlo, escucharlo, para dejarse plasmar por él; La fidelidad es posible porque Dios deben ir con él, estar en camino con él, siempre está presente; porque existe, ayer, en torno a él y tras él. Pero, al mismo tiempo, han de ser enviados que van, que llevan fuera lo que han aprendido, hoy y mañana; porque él no pertenece solamente a este tiempo, sino que lo llevan a los otros que están en camino: a la periferia, en el vasto entorno, e es futuro y puede sostenernos en cada momento incluso también a los que están muy le- jos de él. Sin embargo, estos aspectos paradójicos bién me sostendrá; en la hora de la tentación, en van juntos: si están realmente con él, entonces es- la hora del peligro, estará presente y me dará per- tán siempre en camino hacia los otros, están en sonas, me enseñará caminos, me apoyará. Y la fi- busca de la oveja extraviada; entonces van allí, delidad es posible porque él siempre está presen- han de transmitir lo que han encontrado, darlo a conocer, convertirse en enviados. Y viceversa: si quieren ser verdaderos enviados, tienen que estar te, y porque él existe, ayer, hoy y mañana; porque él no pertenece solamente a este tiempo, sino que es futuro y puede sostenernos en cada momento. siempre con él. San Buenaventura dijo una vez Un tiempo de discernimiento, de aprendizaje, que los ángeles, vayan donde vayan, por más lejos de llamada... Y luego, naturalmente, en cuanto tiempo de estar con él, tiempo de oración, de escucharle. Escuchar, aprender a escucharlo verdaderamente —en la Palabra de la Sagrada Escritura, en la fe de la Iglesia, en la liturgia de la Iglesia— y aprender hoy en su Palabra. En la exégesis aprendemos tantas cosas sobre el pasado: todo lo de entonces, qué fuentes tenemos, qué comunidades había, y así sucesivamente. También esto es importante. Pero más importante es el que en ese ayer nosotros aprendamos el hoy; que, con estas palabras, él habla ahora y que todas ellas llevan consigo su hoy y que, más allá de su origen histórico, llevan en sí una plenitud que habla a todos los tiempos. Y es importante aprender esta actualidad de su hablar —aprender a escuchar— y así poder decírselo a los demás. Ciertamente, cuando se prepara la homilía para el domingo, este hablar... ¡Dios mío, suena a menudo tan lejano! Pero si yo vivo con la Palabra, entonces veo que de ninguna manera es lejana: es actualísima, está ahora presente, me concierne y concierne a los otros. Y entonces aprendo también a explicarla. Pero para esto se requiere caminar constantemente con la Palabra de Dios. El estar personalmente con Cristo, con el Dios vivo, es una cosa; la otra es que siempre podemos creer solamente en el «nosotros». A veces digo que san Pablo ha escrito: «La fe viene de la escucha», no del leer. También se necesita leer, pero la fe viene de la escucha, es decir, de la palabra viviente, de las palabras que los otros me dirigen y que puedo oír; de las palabras de la Iglesia a través de todos los tiempos, de la palabra actual que me dirige mediante los sacerdotes, los obispos y los hermanos y hermanas. De la fe forma parte el «tú» del prójimo, y forma parte de ella el «nosotros». El ejercitarse, el apoyarse mutuamente es algo muy importante; aprender a acoger al otro como otro en su diferencia, y aprender que él tiene que soportarme a mí en mi diferencia, para llegar a ser un «nosotros», para que un día podamos formar una comunidad también en la parroquia, llamar a las personas a entrar en la comunidad de la Palabra y ponerse juntos en camino hacia el Dios vivo. Forma parte de ello el «noso- SIGUE EN LA PÁGINA 4

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página 4 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 9 de octubre de 2011, número 41 En Friburgo, encuentro con el Comité central de los católicos alemanes La verdadera crisis de la Iglesia es una crisis de fe El sábado 24 de septiembre, tras el encuentro con los seminaristas, el Papa se reunió con el comité central de los católicos alemanes, formado por representantes de los consejos diocesanos y de las asociaciones católicas, así como por representantes de instituciones de apostolado laico y personalidades de la Iglesia y de la sociedad. Al inicio, el presidente del Consejo, Alois Glück, dirigió palabras de saludo a Su Santidad, el cual pronunció el siguiente discurso. Ilustres señores y señoras; queridos hermanos y hermanas: Me es grato tener la oportunidad de encontrarme con ustedes aquí, en Friburgo, miembros del consejo del comité central de los católicos alemanes. Con gozo les manifiesto mi aprecio por su compromiso en sostener públicamente los intereses de los católicos y en dar impulso a la obra apostólica de la Iglesia y de los católicos en la sociedad. Al mismo tiempo, quisiera agradecerle, querido señor presidente Glück, sus amables palabras, con las que ha dicho muchas cosas importantes y dignas de reflexión. Queridos amigos, desde hace años existen los denominados programas exposure para ayudar a los países en vías de desarrollo. Personas responsables del mundo de la política, de la economía y de la Iglesia viven por un cierto tiempo con los pobres en África, Asia o América Latina, y comparten con ellos su vida cotidiana. Al ponerse en la situación en que viven estas personas ven el mundo con sus ojos y sacan de esa experiencia, una lección válida para la propia acción solidaria. Imaginémonos que este programa exposure tuviese lugar en Alemania. Expertos llegados de un país lejano vendrían a vivir con una familia alemana media durante una semana. Aquí admirarían muchas cosas, como el bienestar, el orden y la eficacia. Pero, con una mirada sin prejuicios, constatarían también mucha pobreza, pobreza en las relaciones humanas y en el ámbito religioso. Vivimos en un tiempo caracterizado en gran parte por un relativismo subliminal que penetra todos los ambientes de la vida. A veces, este relativismo llega a ser batallador, arremetiendo contra quienes dicen saber dónde se encuentra la verdad o el sentido de la vida. Y notamos cómo este relativismo ejerce cada vez más un influjo sobre las relaciones humanas y sobre la sociedad. Esto se manifiesta en la inconstancia y discontinuidad de tantas personas y en un excesivo individualismo. Hay quien parece incapaz de renunciar a nada en absoluto o a sacrificarse por los demás. También está disminuyendo el compromiso altruista por el bien común, en el campo social y cultural, o en favor de los necesitados. Otros ya no son idóneos para unirse de manera incondicional a un partner. Ya casi no se encuentra la valentía de prometer fidelidad para toda la vida; el valor de optar y decir: «yo ahora te pertenezco totalmente», o de buscar con sinceridad la solución de los problemas comprometiéndose con decisión por la fidelidad y la veracidad. Queridos amigos, en el programa exposure, al análisis sigue la reflexión común. Esta elaboración debe considerar a la persona humana en su totalidad, de la que forma parte —no sólo de forma implícita, sino también explícita— su relación con el Creador. Vemos que en nuestro opulento mundo occi- dental hay carencias. A muchos les falta la experiencia de la bondad de Dios. No encuentran un punto de contacto con las Iglesias institucionales y sus estructuras tradicionales. Pero, ¿por qué? Pienso que ésta es una pregunta sobre la que debemos reflexionar muy seriamente. Ocuparse de ella es la tarea principal del Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización. Pero, evidentemente, se dirige a todos nosotros. Permitidme afrontar aquí un aspecto de la específica situación alemana. En Alemania la Iglesia está organizada de manera óptima. Pero, detrás de las estructuras, ¿hay una fuerza espiritual correspondiente, la fuerza de la fe en el Dios vivo? Debemos decir sinceramente que hay un desfase entre las estructuras y el Espíritu. Y añado: La verdadera crisis de la Iglesia en el mundo occidental es una crisis de fe. Si no llegamos a una verdadera renovación en la fe, toda reforma estructural será ineficaz. Pero volvamos a estas personas a quienes falta la experiencia de la bondad de Dios. Necesitan lugares donde poder hablar de su nostalgia interior. Y aquí estamos llamados a buscar nuevos caminos de evangelización. Uno de estos caminos podrían ser pequeñas comunidades donde se vive la amistad, que se profundiza regularmente en la adoración comunitaria de Dios. Aquí hay personas que hablan de sus pequeñas experiencias de fe en su lugar de trabajo y en el ámbito familiar o entre sus conocidos, testimoniando de este modo un nuevo acercamiento de la Iglesia a la sociedad. A estas personas les resulta claro que todos tienen necesidad de este alimento de amor, de la amistad concreta con los otros y con Dios. Pero sigue siendo importante la relación con la savia vital de la Eucaristía, porque sin Cristo no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5). Queridos hermanos y hermanas, que el Señor nos indique siempre el camino para ser juntos luz del mundo y para mostrar a nuestro prójimo el camino hacia el manantial donde pueden satisfacer su más profundo deseo de vida. Muchas gracias. Enviados de Jesús para permanecer con él VIENE DE LA PÁGINA 3 tros» muy concreto, como lo es el seminario, como lo será la parroquia, pero también el mirar siempre más allá del «nosotros» concreto y limitado hacia el gran «nosotros» de la Iglesia de todo tiempo y lugar, para no hacer de nosotros mismos el criterio absoluto. Cuando decimos: «Nosotros somos Iglesia», sí, claro, es cierto, somos nosotros, no una persona cualquiera. Pero el «nosotros» es más amplio que el grupo que lo está diciendo. El «nosotros» es la comunidad entera de los fieles, de hoy, de todos los lugares y todos los tiempos. Y digo siempre además que en la comunidad de los fieles, sí existe, por decirlo así, el juicio de la mayoría de hecho, pero nunca puede haber una mayoría contra los Apóstoles y contra los santos: eso sería una falsa mayoría. Nosotros somos Iglesia: ¡Seámoslo! Seámoslo precisamente en el abrirnos, en el ir más allá de nosotros mismos y en serlo junto a los otros. Creo que según el horario quizás debería concluir. Quisiera deciros todavía una cosa. La preparación para el sacerdocio, el camino hacia él, requiere también el estudio. No se trata de una casualidad académica que se ha desarrollado en la Iglesia occidental, sino que es algo esencial. Todos sabemos que san Pedro ha dicho: «Estad dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida la razón, el logos de vuestra fe» (cf. 1 P 3, 15). Hoy nuestro mundo es un mundo racionalista y condicionado por la mentalidad científica, aunque muy frecuentemente se trata sólo de una cientificidad aparente. Pero el espíritu científico, el comprender, el explicar, el poder saber, el rechazo de todo lo que no es racional, es dominante en nuestro tiempo. Hay en esto también algo grande, aunque a menudo se esconde detrás mucha presunción e insensatez. La fe no es un mundo paralelo del sentimiento, que nos permitimos luego como un accesorio, sino que abraza el todo, le da sentido, lo interpreta y le da también las directivas éticas interiores, para que sea comprendido y experimentado con vistas a Dios y a partir de Dios. Por eso es importante estar informados, comprender, tener la mente abierta, aprender. Naturalmente, dentro de veinte años estarán de moda teorías filosóficas totalmente diferentes de las de hoy: si pienso en lo que entre nosotros era la más alta y moderna moda filosófica, y veo cómo todo eso ya se ha olvidado... Sin embargo, no es inútil aprender estas cosas, porque en ellas hay también elementos duraderos. Y, sobre todo, con eso aprendemos a juzgar, a seguir mentalmente un pensamiento —y a hacerlo de manera crítica— y apren- demos a procurar que, en el pensar, la luz de Dios nos ilumine y no se apague. Estudiar es esencial: solamente así podemos afrontar nuestro tiempo y anunciarle el logos de nuestra fe. Estudiar también de modo crítico —conscientes precisamente de que mañana algún otro dirá algo diferente—, pero ser estudiantes atentos, abiertos y humildes, para estudiar siempre con el Señor, ante el Señor y para el Señor. Sí, todavía podría decir muchas cosas, y tal vez debería hacerlo... Pero doy las gracias por la escucha. Y en la oración, todos los seminaristas del mundo están presentes en mi corazón; no tan bien, con sus nombres, como los he recibido aquí, pero sí en un camino interior hacia el Señor: que él bendiga a todos, les dé luz y les indique el sendero justo, y que nos dé muchos buenos sacerdotes. Gracias de corazón.

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número 41, domingo 9 de octubre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 Vigilia de oración con los jóvenes en la Feria de Friburgo De cristianos tibios a luces de esperanza La Vigilia de oración con los jóvenes, el sábado 24 de septiembre en la plaza ante la Feria de Friburgo, cerró la tercera y penúltima jornada del viaje apostólico del Papa a Alemania. Publicamos el discurso que les dirigió Benedicto XVI. Queridos jóvenes amigos: Durante todo el día he pensado con gozo en esta noche, en la que estaría aquí con vosotros, unido a vosotros en la oración. Algunos tal vez habéis participado en la Jornada mundial de la juventud, donde experimentamos esa atmósfera especial de tranquilidad, de profunda comunión y de alegría interior que caracteriza una vigilia nocturna de oración. Espero que también todos nosotros podamos tener esa misma experiencia en este momento en que el Señor nos toca y nos hace testigos gozosos, que oran juntos y se hacen responsables los unos de los otros, no solamente esta noche, sino también durante toda nuestra vida. En todas las iglesias, en las catedrales y conventos, en cualquier lugar donde los fieles se reúnen para celebrar la Vigilia pascual, la más santa de todas las noches se inaugura encendiendo el cirio pascual, cuya luz se transmite después a todos los participantes. Una pequeña llama se irradia en muchas luces e ilumina la casa de Dios a oscuras. En este maravilloso rito litúrgico, que hemos imitado en esta vigilia de oración, se nos revela mediante signos más elocuentes que las palabras el misterio de nuestra fe cristiana. Él, Cristo, que dice de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12), hace brillar nuestra vida, para que se cumpla lo que acabamos de escuchar en el Evangelio: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14). No son nuestros esfuerzos humanos o el progreso técnico de nuestro tiempo los que aportan luz al mundo. Una y otra vez, experimentamos que nuestro esfuerzo por un orden mejor y más justo tiene sus límites. El sufrimiento de los inocentes y, más aún, la muerte de cualquier hombre, producen una oscuridad impenetrable, que quizás se esclarece momentáneamente con nuevas experiencias, como un rayo en la noche. Pero, al final, queda una oscuridad angustiosa. Puede haber en nuestro entorno tiniebla y oscuridad y, sin embargo, vemos una luz: una pequeña llama, minúscula, más fuerte que la oscuridad, en apariencia poderosa e insuperable. Cristo, resucitado de entre los muertos, brilla en el mundo, y lo hace de la forma más clara, precisamente allí donde según el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza. Él ha vencido a la muerte —él vive— y la fe en él penetra como una pequeña luz en todo lo que es oscuridad y amenaza. Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve en la vida sólo el sol, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra una vía, el camino que conduce a la vida en abundancia (cf. Jn 10, 10). Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran incluso en la noche más oscura una luz, y ven ya la claridad de un nuevo día. La luz no se queda aislada. En todo su entorno se encienden otras luces. Bajo sus rayos se perfilan los contornos del ambiente, de forma que podemos orientarnos. No vivimos solos en el mundo. Precisamente en las cosas importantes de la vida tenemos necesidad de otras personas. En particular, no estamos solos en la fe, somos eslabones de la gran cadena de los creyentes. Ninguno llega a creer si no está sostenido por la fe de los demás y, por otra parte, con mi fe contribuyo a confirmar a los demás en la suya. Nos ayudamos recíprocamente a ser ejemplos los unos para los otros, compartimos con los demás lo que es nuestro, nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestro afecto. Y nos ayudamos mutuamente a orientarnos, a discernir nuestro lugar en la sociedad. Queridos amigos, «Yo soy la luz del mundo. Vosotros sois la luz del mundo», dice el Señor. Es algo misterioso y grandioso que Jesús diga lo mismo de sí y de cada uno de nosotros, es decir, «ser luz». Si creemos que él es el Hijo de Dios, que ha sanado a los enfermos y resucitado a los muertos; más aún, que él ha resucitado del sepulcro y vive verdaderamente, entonces comprendemos que él es la luz, la fuente de todas las luces de este mundo. Nosotros, en cambio, experimentamos una y otra vez el fracaso de nuestros esfuerzos y el error personal a pesar de nuestras buenas intenciones. Por lo que se ve, no obstante los progresos técnicos, el mundo en que vivimos nunca llega en definitiva a ser mejor. Sigue habiendo guerras, terror, hambre y enfermedades, pobre- za extrema y represión sin piedad. E incluso aquellos que en la histo- ria se han creído «porta- dores de luz», pero sin haber sido iluminados por Cristo, única luz verdadera, no han crea- do ningún paraíso terre- nal, sino que, por el contrario, han instaura- do dictaduras y sistemas totalitarios, en los que se ha sofocado hasta la más pequeña chispa de humanidad. Llegados a este punto, no debemos silenciar el hecho de que el mal existe. Lo vemos en tantos lugares del mundo; pero lo vemos también, y esto nos asusta, en nuestra vida. Sí, en nuestro propio corazón existe la inclinación al mal, el egoísmo, la envidia, la agresividad. Quizás se puede controlar esto de algún modo con una cierta autodisciplina. Pero es más difícil con formas de mal más bien oscuras, que pueden envolvernos como una niebla difusa, como la pereza, la lentitud en querer y hacer el bien. En la historia, algunos finos observadores han señalado frecuentemente que el daño a la Iglesia no lo provocan sus adversarios, sino los cristianos mediocres. ¿Cómo puede entonces decir Cristo que los cristianos —y tal vez también aquellos cristianos débiles— son la luz del mundo? Quizás lo entenderíamos si él gritase: ¡Convertíos! ¡Sed la luz del mundo! ¡Cambiad vuestra vida! ¡Hacedla clara y resplandeciente! ¿No debemos quizás quedar sorprendidos de que el Señor no nos dirija una llamada de atención, sino que afirme que somos la luz del mundo, que somos luminosos y que brillamos en la oscuridad? Queridos amigos, el apóstol san Pablo se atreve a llamar «santos» en muchas de sus cartas a sus contemporáneos, los miembros de las comunidades locales. Con ello se subraya que todo bautizado es santificado por Dios, incluso antes de poder hacer obras buenas. En el Bautismo el Señor enciende, por decirlo así, una luz en nuestra vida, una luz que el catecismo llama la gracia santificante. Quien conserva dicha luz, quien vive en la gracia, es santo. Queridos amigos, muchas veces se ha caricaturizado la imagen de los santos y se los ha presentado de modo deformado, como si ser santos significase estar fuera de la realidad, ser ingenuos y sin alegría. A menudo se piensa que un santo es sólo aquel que hace obras ascéticas y morales de altísimo nivel y que precisamente por ello se puede venerar, pero nunca imitar en la propia vida. ¡Qué equivocada y decepcionante es esta opinión! No existe ningún santo, salvo la bienaventurada Virgen María, que no haya conocido el pecado y que nunca haya caído. Queridos amigos, Cristo no se interesa tanto por las veces que flaqueamos o caemos en la vida, sino por las veces que nosotros, con su ayuda, nos levantamos. No exige acciones extraordinarias, pero quiere que su luz brille en vosotros. No os llama porque sois buenos y perfectos, sino porque él es bueno y quiere haceros amigos suyos. Sí, vosotros sois la luz del mundo, porque Jesús es vuestra luz. Vosotros sois cristianos, no porque hacéis cosas especiales y extraordinarias, sino porque él, Cristo, es vuestra vida, nuestra vida. Vosotros sois santos, nosotros somos santos, si dejamos que su gracia actúe en nosotros. Queridos amigos, esta noche, en la que estamos reunidos en oración en torno al único Señor, vislumbramos la verdad de la Palabra de Cristo, según la cual no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Esta asamblea brilla en los diversos sentidos de la palabra: en la claridad de innumerables luces, en el esplendor de tantos jóvenes que creen en Cristo. Una vela puede dar luz solamente si la llama la consume. Sería inservible si su cera no alimentase el fuego. Permitid que Cristo arda en vosotros, aun cuando ello comporte a veces sacrificio y renuncia. No temáis perder algo y, por decirlo así, quedaros al final con las manos vacías. Tened la valentía de usar vuestros talentos y dones al servicio del reino de Dios y de entregaros vosotros mismos, como la cera de la vela, para que el Señor ilumine la oscuridad a través de vosotros. Tened la osadía de ser santos brillantes, en cuyos ojos y corazones resplandezca el amor de Cristo, llevando así la luz al mundo. Confío en que vosotros y tantos otros jóvenes aquí en Alemania seáis llamas de esperanza que no queden ocultas. «Vosotros sois la luz del mundo». «Donde está Dios, allí hay futuro». Amén.

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número 41, domingo 9 de octubre de 2011 L’OSSERVATO Viaje apostólico a Alemania: en la explanada del aeropuerto turístico de Friburgo, la misa con los fieles de todo el país Dios respeta nuestra libertad Más de cien mil fieles, procedentes de las 27 diócesis de Alemania, participaron en la misa celebrada por Benedicto XVI el domingo 25 de septiembre —por la mañana, en la explanada del aeropuerto turístico de Friburgo— en la cuarta y última jornada del viaje apostólico a Alemania. Tras el saludo del arzobispo Robert Zollitsch y las lecturas del domingo XXVI del tiempo ordinario, el Santo Padre pronunció la siguiente homilía. Queridos hermanos y hermanas: Me emociona celebrar aquí la Eucaristía, la acción de gracias, con tanta gente llegada de distintas partes de Alemania y de los países limítrofes. Dirijamos nuestro agradecimiento sobre todo a Dios, en el cual vivimos, nos movemos y existimos (cf. Hch 17, 28). Pero quisiera también daros las gracias a todos vosotros por vuestra oración por el Sucesor de Pedro, para que siga ejerciendo su ministerio con alegría y confiada esperanza, confirmando a los hermanos en la fe. «Oh Dios, que manifiestas especial- mente tu poder con el perdón y la mi- sericordia...», hemos dicho en la oración colecta del día. Hemos escuchado en la primera lectura cómo Dios ha manifestado en la historia de Israel el poder de su misericordia. La experiencia del exilio en Babilonia había hecho caer al pueblo en una profunda crisis de fe: ¿Por qué sobrevino esta calamidad? ¿Acaso Dios no era verdaderamente poderoso? Ante todas las cosas terribles que suceden hoy en el mundo, hay teólogos que dicen que Dios de ningún modo puede ser omnipotente. Frente a esto, nosotros profesamos nuestra fe en Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Y nos alegramos y agradecemos que él sea omnipotente. Pero, al mismo tiempo, debemos darnos cuenta de que él ejerce su poder de manera distinta a como nosotros, los hombres, solemos hacerlo. Él mismo ha puesto un límite a su poder al reconocer la libertad de sus criaturas. Estamos alegres y agradecidos por el don de la libertad. Pero cuando vemos las cosas tremendas que suceden por su causa, nos asustamos. Fiémonos de Dios, cuyo poder se manifiesta sobre todo en la misericordia y el perdón. Y, queridos fieles, no lo dudemos: Dios desea la salvación de su pueblo. Desea nuestra salvación, mi salvación, la salvación de cada uno. Siempre, y sobre todo en tiempos de peligro y de cambio radical, él nos es cercano y su corazón se conmueve por nosotros, se inclina sobre nosotros. Para El tercer hijo A los periodistas en vuelo rumbo a Berlín el Papa había anunciado el objetivo de su tercer regreso a la patria desde que fue elegido sucesor del apóstol Pedro: encontrar a la gente y hablar de Dios. Y ha sido así, en uno de los viajes más intensos e importantes del pontificado, durante el cual Benedicto XVI, hablando precisamente de Dios, ha sabido hacerse entender y ha tocado el corazón de muchísimas personas, no sólo católicas. Desterrando estereotipos que desde hace décadas le han adherido y confirmándose hom- bre de fe transparente y profunda, intelectual de primer orden que tiene el don de gestos y palabras que cualquiera puede comprender. Una visita exitosa, por lo tanto, gracias a una hospitalidad cordial y a la impecable organización asegurada por las instituciones civiles y por la Iglesia en cada uno de sus momentos. Ante todo en los encuentros con muchas decenas de miles de católicos en las distintas etapas del itinerario, concluido litúrgicamente ante más de cien mil fieles en la misa de Friburgo, una celebración inundada de sol durante la cual suntuosa música del barroco alemán se alter- nó con felices composiciones contemporáneas. E importantes han sido las citas con exponentes de las Iglesias orientales y ortodoxas, con los evangélicos, los musulmanes, los judíos. Nada por descontado o previsible ha habido, de hecho, en los discursos papales, aunque luego, sobre todo en Italia, algunos medios, si bien prestigiosos, no se hayan mostrado a la altura del viaje, prefiriendo correr tras noticias verdaderamente marginales (o incluso inexistentes) sin dar cuenta de los hechos, aunque fuera críticamente. Y sin embargo Benedicto XVI ha propuesto a los evangélicos volver juntos a la «causa de Cristo». Con un elogio tampoco previsible a Lutero, un análisis franco del protestantismo con- temporáneo y la petición, ciertamente no diplomática pero exigente, de un testimonio cristiano común en un mundo que se aleja cada vez más de Dios. Y a orientales y ortodoxos el Papa de Roma ha reiterado su cercanía, alegrándose por el diálogo en la ortodoxia, volviendo sobre la cuestión crucial del primado del sucesor de Pedro, recalcando la esperanza en una unión no lejana. Y si Benedicto XVI en el discurso en el Bundestag —una contribución al debate político dirigida al mundo occiden- tal en su conjunto— ha planteado una vez más la cuestión de los fundamentos de la política, hablando a los católicos el Papa ha encontrado palabras que piden un examen de conciencia colectivo, no sólo en Alemania. En un Occidente materialmente rico, pero cada vez más pobre y extraviado por la difusión de un relativismo subliminal devastador —hasta en la Iglesia el exceso de estructuras amenaza con sofocar la fe—, precisamente mientras la desertificación espiritual avanza y no se aprovechan los efectos purificadores de la secularización. Entonces, ¿cómo cambiar? Como los santos, en la conversión de cada día a Cristo, a pesar de las caídas y escándalos que amenazan con oscurecer el es- cándalo de la cruz. Por esto los cristianos tibios son más perjudiciales para la Iglesia que sus adversarios; por esto los agnósticos y cuantos sufren por sus pecados están más cerca del Reino de Dios que los fieles de rutina. Como en la parábola de los dos hijos a quienes el padre pide que trabajen en la viña, los hechos cuentan más que las pala- bras. Son sólo los comportamientos los que pueden acercar al tercer hijo que de modo misterioso responde al Padre: su unigénito Jesús, el único Señor, venido al mundo para sal- varlo. (Giovanni Maria Vian, 26 de septiembre). que el poder de su misericordia pueda tocar nuestros corazones, es necesario que nos abramos a él, se necesita la libre disponibilidad para abandonar el mal, superar la indiferencia y a dar cabida a su Palabra. Dios respeta nuestra libertad. No nos coacciona. Él espera nuestro «sí» y, por decirlo así, lo mendiga. Jesús retoma en el Evangelio este tema fundamental de la predicación profética. Narra la parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en la viña. El primer hijo responde: «“No quiero”. Pero después se arrepintió y fue» (Mt 21, 29). El otro, sin embargo, dijo al padre: «“Voy, señor”. Pero no fue» (Mt 21, 30). A la pregunta de Jesús sobre quién de los dos hizo la voluntad del padre, los que le escuchaban responden justamente: «El primero» (Mt 21, 31). El mensaje de la parábola está claro: no cuentan las palabras, sino las obras, los hechos de conversión y de fe. Jesús —lo hemos oído— dirige este mensaje a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de Israel, es decir, a los expertos en religión de su pueblo. En un primer momento, ellos dicen «sí» a la voluntad de Dios. Pero su religiosidad acaba siendo una rutina y Dios ya no los inquieta. Por esto perciben el mensaje de Juan el Bautista y el de Jesús como una molestia. Así, el Señor concluye su parábola con palabras drásticas: «Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis» (Mt 21, 31-32). Traducida al lenguaje de nuestro tiempo, la afirmación podría sonar más o menos así: los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; las personas que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del reino de Dios que los fieles rutinarios, que ya ven en la Iglesia solamente el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe. De este modo, la palabra nos debe hacer reflexionar mucho, es más, nos debe impactar a todos. Sin embargo, esto no significa en modo alguno que se deba considerar a todos los que viven en la Iglesia y trabajan por ella como alejados de Jesús y del reino de Dios. Absolutamente no. No, este es el momento de decir más bien una palabra de profundo agradecimiento a tantos colaboradores, empleados y volun-

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ORE ROMANO páginas 6/7 tarios, sin los cuales sería impensable la vida en las parroquias y en toda la Iglesia. La Iglesia en Alemania tiene muchas instituciones sociales y caritativas, en las cuales el amor al prójimo se lleva a cabo de una forma también socialmente eficaz y que llega a los confines de la tierra. Quisiera expresar en este momento mi gratitud y aprecio a todos los que colaboran en Caritas alemana u otras organizaciones, o que ponen generosamente a disposición su tiempo y sus fuerzas para las tareas de voluntariado en la Iglesia. Este servicio requiere ante todo una competencia objetiva y profesional. Pero en el espíritu de la enseñanza de Jesús se necesita algo más: un corazón abierto, que se deja conmover por el amor de Cristo, y así presta al prójimo que nos necesita más que un servicio técnico: amor, con el que se muestra al otro el Dios que ama, Cristo. Entonces, también a partir del Evangelio de hoy, preguntémonos: ¿Cómo es mi relación personal con Dios en la oración, en la participación en la misa dominical, en la profundización de la fe mediante la meditación de la Sagrada Escritura y el estudio del Catecismo de la Iglesia católica? Queridos amigos, en último término, la renovación de la Iglesia puede llevarse a cabo solamente mediante la disponibilidad a la conversión y una fe renovada. En el Evangelio de este domingo —lo hemos oído— se habla de dos hijos, pero tras los cuales hay misteriosamente un tercero. El primer hijo dice no, pero después hace lo que se le ordena. El segundo dice sí, pero no cumple la voluntad del padre. El tercero dice «sí» y hace lo que se le ordena. Este tercer hijo es el Hijo unigénito de Dios, Jesucristo, que nos ha reunido a todos aquí. Jesús, entrando en el mundo, dijo: «He aquí que vengo... para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Hb 10, 7). Este «sí», no solamente lo pronunció, sino que también lo cumplió y lo sufrió hasta en la muerte. En el himno cristológico de la segunda lectura se dice: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). Jesús cumplió la voluntad del Padre en humildad y obediencia, mu- rió en la cruz por sus herma- nos y hermanas —por noso- tros— y nos redimió de nuestra soberbia y obstinación. Dé- mosle gracias por su sacrificio, doblemos las rodillas ante su Nombre y proclamemos junto con los discípulos de la prime- ra generación: «Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Pa- dre» (Flp 2, 11). La vida cristiana debe medirse continuamente con Cristo: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2, 5), escribe san Pablo en la introducción al himno cristológico. Y algunos versículos antes, él ya nos exhorta: «Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir» (Flp 2, 1-2). Así como Cristo estaba totalmente unido al Padre y le obedecía, así sus discípulos deben obedecer a Dios y tener entre ellos un mismo sentir. Queridos amigos, con Pablo me atrevo a exhortaros: Dadme esta gran alegría estando firmemente unidos a Cristo. La Iglesia en Alemania superará los grandes desafíos del presente y del futuro y seguirá siendo fermento en la sociedad, si los sacerdotes, las personas consagradas y los laicos que creen en Cristo, fieles a su vocación específica, colaboran juntos; si las parroquias, las comunidades y los movimientos se sostienen y se enriquecen mutuamente; si los bautizados y confirmados, en comunión con su obispo, tienen alta la antorcha de una fe inalterada y dejan que ella ilumine sus ricos conocimientos y capacidades. La Iglesia en Alemania seguirá siendo una bendición para la comunidad católica mundial si permanece fielmente unida a los sucesores de san Pedro y de los Apóstoles, si de diversos modos cuida la colaboración con los países de misión y se deja también «contagiar» en esto por la alegría en la fe de las Iglesias jóvenes. Pablo une la llamada a la humildad con la exhortación a la unidad. Y dice: «No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás» (Flp 2, 3-4). La vida cristiana es una pro-existencia: un ser para el otro, un compromiso humilde para con el prójimo y con el bien común. Queridos fieles, la humildad es una virtud que en el mundo de hoy y, en general, de todos los tiempos, no goza de gran estima, pero los discípulos del Señor saben que esta virtud es, por decirlo así, el aceite que hace fecundos los procesos de diálogo, posible la colaboración y cordial la unidad. Humilitas, la palabra latina para «humildad», está relacionada con humus, es decir con la adherencia a la tierra, a la realidad. Las personas hu- mildes tienen los pies en la tierra. Pero, sobre todo, escuchan a Cristo, la Palabra de Dios, que renueva sin cesar a la Iglesia y a cada uno de sus miembros. Pidamos a Dios el ánimo y la humildad de avanzar por el camino de la fe, de alcanzar la riqueza de su misericordia y de tener la mirada fija en Cristo, la Palabra que hace nuevas todas las cosas, que para nosotros es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), que es nuestro futuro. Amén. Ángelus del Papa al final de la misa Ese «sí» en el origen de la salvación del hombre Queridos hermanos y hermanas: Concluimos ahora esta santa misa solemne con el Ángelus. Esta plegaria nos recuerda siempre de nuevo el comienzo histórico de nuestra salvación. El arcángel Gabriel presenta a la Virgen María el plan de la salvación de Dios, según el cual ella se convertiría en la Madre del Redentor. María se turbó ante estas palabras, pero el ángel del Señor la consoló diciendo: «No temas, María, porque has encon- trado gracia ante Dios». De esta forma, María pronuncia su gran «sí». Este «sí» a ser sierva del Señor es la afirmación confiada al designio de Dios y a nuestra salvación. Y, finalmente, María nos dice este «sí» a todos nosotros, que bajo la cruz fuimos confiados como hijos suyos (cf. Jn 19, 27). Nunca pone en duda esta promesa. Por eso se le llama feliz, más aún, bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que le había dicho el Señor (cf. Lc 1, 45). Recitando ahora este saludo del ángel, podemos unirnos a este «sí» de María y adherirnos con confianza a la belleza del plan de Dios y de la providencia que él, en su gracia, nos ha preparado. Entonces, el amor de Dios se hará carne, por decirlo así, también en nuestra vida, tomará cada vez más forma. En medio de todas nuestras preocupaciones, no debemos tener miedo. Dios es bueno. Al mismo tiempo, podemos sentirnos sostenidos por la compañía de tantos fieles de todo el mundo que a esta hora rezan el Ángelus con nosotros, a través de la radio y la televisión.

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página 8 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 9 de octubre de 2011, número 41 Discurso del Papa a los católicos comprometidos Cómo debe cambiar la Iglesia El domingo 25 de septiembre, por la tarde, Benedicto XVI, después de saludar a un grupo de jueces del Tribunal constitucional federal en el seminario de Friburgo, se dirigió al Konzerthaus para encontrarse con una representación de católicos alemanes comprometidos en la Iglesia. Este es el discurso que pronunció el Pontífice. Ilustre señor presidente federal, señor presidente de ministros, señor alcalde, ilustres señores y señoras, queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio: Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una grata ocasión para agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como «valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos» (Lumen gentium, 35), como el concilio Vaticano II define a quienes, basándose en la fe, se preocupan como ustedes del presente y del futuro. En sus ambientes de trabajo defienden con entusiasmo la causa de la fe y de la Iglesia, algo que verdaderamente —como sabemos— no es siempre fácil en el tiempo actual. Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus funciones y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o en duda? A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo. Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, no sólo la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivos para un cambio, de que existe esa necesidad. Cada cristiano y la comunidad de los creyentes en su conjunto están llamados a una conversión continua. ¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que emprende, por ejemplo, un propietario de una casa mediante la reestructuración o pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia, y aquí no podemos afrontarlos todos. Pero por lo que se refiere al motivo fundamental del cambio, éste consiste en la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma. La Iglesia, en efecto, debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos destacan distintos aspectos del envío a la misión: la misión se basa ante todo en una experiencia personal: «Vosotros sois testigos» (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: «Haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: «Proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, este testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, «trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima» (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, deberá continuamente también tomar distancias respecto a su entorno, deberá, por decirlo así, desligarse del mundo. En efecto, la misión de la Iglesia se deriva del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. Y el amor no está presente en Dios sólo de un modo cualquiera: Él mismo lo es, es por su naturaleza amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse aislado en sí mismo, sino que por su naturaleza quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, este amor ha alcanzado a la humanidad —esto es, a nosotros— de modo particular; y esto por el hecho de que Cristo, el Hijo de Dios, ha salido, por decirlo así, de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre; no sólo para ratificar al mundo en su ser terrenal, y ser para él como un mero acompañante que lo deja tal como es, sino para transformarlo. Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues incluye —como dicen los Padres de la Iglesia— un sacrum commercium, un intercambio entre Dios y los hombres. Los Padres lo explican del modo siguiente: nosotros no tenemos nada que podríamos dar a Dios; sólo podemos poner ante él nuestro pecado. Y él lo acoge, lo asume como propio y nos da a cambio a sí mismo y su gloria. Se trata de un intercambio verdaderamente desigual, que se lleva a cabo en la vida y la pasión de Cristo. Él se hace pecador, toma sobre sí el pecado, asume lo que es nuestro y nos da lo que es suyo. Pero después, en el desarrollo del pensamiento y de la vida a la luz de la fe, se ha ido aclarando que nosotros no le damos sólo el pecado, sino que él nos ha dado la capacidad; desde lo íntimo nos da la fuerza de darle también algo positivo, nuestro amor, de entregarle la humanidad en sentido positivo. Naturalmente, está claro que sólo gracias a la generosidad de Dios el hombre, el mendicante que recibe la riqueza divina, puede no obstante dar también algo a Dios; Dios hace que el don nos sea soportable haciéndonos capaces de convertirnos en quienes pueden darle algo. La Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada por sí misma ante Aquel que la ha fundado, de modo que se pudiera decir: ¡La hemos hecho muy bien! Su sentido consiste en ser instrumento de la redención, en dejarse impregnar por la Palabra de Dios y en introducir al mundo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge en la atención condescendiente del Redentor para con los hombres. Cuando es realmente ella misma, está siempre en movimiento, debe ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. Por eso debe abrirse una y otra vez a las preocupaciones del mundo, del cual ella precisamente forma parte, dedicarse sin reservas a estas preocupaciones, para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación. En el desarrollo histórico de la Iglesia también se manifiesta, sin embargo, una tendencia contraria, es decir, la de una Iglesia satisfecha de sí misma, que se acomoda en este mundo, es autosuficiente y se adapta a los criterios del mundo. Así, no es raro que dé mayor importancia a la organización y a la institucionalización, que a su llamada de estar abierta a Dios y a abrir el mundo hacia el prójimo. Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe hacer una y otra vez el esfuerzo de desprenderse de esta secularización suya y volver a estar de nuevo abierta a Dios. Con esto sigue las palabras de Jesús: «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Jn 17, 16), y es precisamente así como él se entrega al mundo. En cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior. En efecto, las secularizaciones —sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en supresión de privilegios o cosas similares— han significado siempre una profunda liberación de la Iglesia de formas mundanas: se despoja, por decirlo así, de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza terrena. De este modo, comparte el destino de la tribu de Leví que, según la afirmación del Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino que, como parte de la herencia, le había tocado en suerte exclusivamente a Dios mismo, su palabra y sus signos. La Iglesia compartía en aquellos momentos históricos con esta tribu la exigencia de una pobreza que se abría hacia el mundo, para separarse de sus lazos materiales, y de este modo también su obra misionera volvía a ser creíble. Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia desprendida del mundo resulta más claro. Liberada de fardos y privilegios materiales y políticos, la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera verdaderamente cristiana al mundo entero; puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración de Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera que va unida a la adoración cristiana, y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible. SIGUE EN LA PÁGINA 9

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número 41, domingo 9 de octubre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 9 Cómo debe cambiar la Iglesia VIENE DE LA PÁGINA 8 La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así hacia Aquel del que toda persona puede decir con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, queda al mismo tiempo diseñada la forma en que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado. No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para relanzar la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy, viviéndola de forma íntegra precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que es fe sólo en apariencia, pero que en realidad no es más que convención y costumbre. Digámoslo con otras palabras: para el hombre, la fe cristiana es siempre un escándalo, y no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupa de nosotros, los seres humanos, que nos conoce; que el Inasequible se ha convertido en un determinado momento y lugar en accesible; que el Inmortal ha sufrido y muerto en la cruz; que a nosotros, seres mortales, se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para los hombres creer todo esto es sin duda una auténtica osadía. Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es, cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros. Hay una razón más para pensar que sea de nuevo el momento de buscar el verdadero distanciamiento del mundo, de desprenderse con audacia de lo que hay de mundano en la Iglesia. Naturalmente, esto no quiere decir retirarse del mundo, es más bien lo contrario. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres —tanto a los que sufren como a quienes los ayudan—, precisamente también en el ámbito social y caritativo, la particular fuerza vital de la fe cristiana. «Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia» (Carta encíclica Deus caritas est, 25). Ciertamente, también las obras caritativas de la Iglesia deben prestar una atención constante a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios. Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia desapegada del mundo testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, la señoría del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que el darse a sí mismo. Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención. Despedida en el aeropuerto de Lahr Rayos de luz en la sociedad pluralista El domingo 25 de septiembre, por la tarde, tuvo lugar en el aeropuerto de Lahr, cerca de Friburgo, la ceremonia de despedida de Benedicto XVI, al término de su viaje apostólico a Alemania. Tras el saludo del presidente federal, Christian Wulff, el Papa pronunció el siguiente discurso. Ilustre y querido señor presidente federal, distinguidos representantes del Gobierno federal, del Land Baden Württemberg y de los ayuntamientos, queridos hermanos en el episcopado, distinguidos señores y señoras: Antes de dejar Alemania, quiero dar las gracias por los días pasados en nuestra patria, tan conmovedores y ricos de acontecimientos. Le agradezco, señor presidente federal Wulff, su acogida en Berlín en nombre del pueblo alemán y que ahora, en el momento de la despedida, me haya honrado de nuevo con sus amables palabras. Doy las gracias a los representantes del Gobierno federal y de los Gobiernos de los Länder que han venido a la ceremonia de despedida. Un gracias de corazón al arzobispo de Friburgo, Mons. Zollitsch, que me ha acompañado durante todo el viaje. Hago, naturalmente, extensible también mi agradecimiento al arzobispo de Berlín, Mons. Woelki, y al obispo de Erfurt, Mons. Wanke, que me han mostrado igualmente su hospitalidad, sin olvidar a todo el episcopado alemán. Por último, dirijo un especial agradecimiento a todos los que han preparado entre bastidores estos cuatro días, asegurando su desarrollo sin inconvenientes: a las instituciones municipales, a las fuerzas del orden, a los servicios sanitarios, a los responsables de los transportes públicos y también a los numerosos voluntarios. Doy las gracias a todos por estos días espléndidos, por tantos encuentros personales y por las incontables muestras de atención y afecto con que me han colmado. En Berlín, la capital federal, tuve una ocasión especial de hablar ante los parlamentarios del Deutscher Bundestag y exponerles algunas reflexiones sobres los fundamentos intelectuales del estado de derecho. Pienso también con gozo en los fructuosos coloquios con el presidente federal y la señora canciller sobre la situación actual del pueblo alemán y de la comunidad internacional. Me ha emocionado particularmente la acogida cordial y el entusiasmo de tantas personas en Berlín. En el país de la Reforma, el ecumenismo ha constituido naturalmente uno de los puntos centrales del viaje. Quisiera resaltar aquí el encuentro con los representantes de la «Iglesia Evangélica en Alemania» en el exconvento agustino, en Erfurt. Estoy profundamente agra- decido por el intercambio fraterno y la oración común. Ha sido muy especial también el encuentro con los cristianos ortodoxos y ortodoxos orientales, así como con los judíos y los musulmanes. Obviamente, esta visita estaba dirigida en manera especial a los católicos de Berlín, Erfurt, Eichsfeld y Friburgo. Recuerdo con agrado las celebraciones litúrgicas comunes, la alegría, el escuchar juntos la Palabra de Dios, el rezar y cantar unidos, particularmente en las zonas del país donde por decenios se ha intentado eliminar la religión de la vida de las personas. Esto me permite tener confianza en el futuro de la Iglesia en Alemania y del cristianismo en Alemania. Como en las visitas precedentes, aquí se ha podido experimentar que muchos dan testimonio de su fe y hacen visible su fuerza transformadora en el mundo de hoy. Me ha alegrado mucho también, tras la impresionante Jornada mundial de la juventud en Madrid, estar también en Friburgo, nuevamente con tantos jóvenes, en la vigilia de la juventud de ayer. Deseo animar a la Iglesia en Alemania a seguir con fuerza y confianza el camino de la fe, que hace volver a las personas a las raíces, al núcleo esencial de la Buena Noticia de Cristo. Surgirán pequeñas comunidades de creyentes, y ya existen, que con el propio entusiasmo difundan rayos de luz en la sociedad pluralista, suscitando en otros la inquietud de buscar la luz que da la vida en abundancia. «Nada hay más bello que conocerlo y comunicar a los otros la amistad con él» (Homilía en el inicio solemne del pontificado, 24 de abril de 2005). De esta experiencia crece al final la certeza: «Donde está Dios, allí hay futuro». Donde Dios está presente, allí hay esperanza y allí se abren nuevas prospectivas y con frecuencia insospechadas, que van más allá del hoy y de las cosas efímeras. En este sentido acompaño, con el pensamiento y la oración, el camino de la Iglesia en Alemania. Regreso ahora a Roma con muchas experiencias y recuerdos profundamente grabados de estos días en mi patria. A la vez que aseguro mi oración por todos ustedes y por un buen futuro para nuestro país en paz y libertad, me despido con un cordial «Vergelt’s Gott» [Dios se lo pague]. ¡Que Dios los bendiga a todos!

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página 10 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 9 de octubre de 2011, número 41 Colegio episcopal Monseñor Sergio Alfredo Gualberti Calandrina arzobispo coadjutor de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) RENUNCIAS: El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Manchester (Estados Unidos) que monseñor JOHN B. MCCORMACK le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. John B. McCormack nació en Winthrop, archidiócesis de Boston, el 12 de agosto de 1935. Recibió la ordenación sacerdotal el 2 de febrero de 1960. El Papa Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Cerbali y auxiliar de Boston el 21 de noviembre de 1995; recibió la ordenación episcopal el 27 de diciembre del mismo año. El Santo Padre lo nombró obispo residencial de la diócesis de Manchester el 21 de julio de 1998. El Papa ha aceptado la renuncia a la función de auxiliar de la diócesis de Pelplin (Polonia) que monseñor PIOTR KRUPA, obispo titular de Acque Albe di Bizacena, le había presentado en conformidad con los cánones 411 y 401 § 1 del Código de derecho canónico. Piotr Krupa nació en Braciejowa, diócesis de Tarnów, el 19 de junio de 1936. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de mayo de 1961. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Acque Albe di Bizacena y auxiliar de Pelplin el 18 de febrero de 1984; recibió la ordenación episcopal el 15 de abril del mismo año. EL PAPA HA NOMBRADO: —Obispo de Manchester (Estados Unidos) a monseñor PETER A. LIBASCI, hasta ahora obispo titular de Satafis y auxiliar de la diócesis de Rockville Centre. Peter A. Libasci nació en Jackson Heights, diócesis de Brooklyn, el 9 de noviembre de 1951. Recibió la ordenación sacerdotal el 1 de abril de 1978. Benedicto XVI lo nombró obispo titular de Satafis y auxiliar de la diócesis de Rockville Centre el 3 de abril de 2007; recibió la ordenación episcopal el 1 de junio del mismo año. —Arzobispo coadjutor de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) a monseñor SERGIO ALFREDO GUALBERTI CALANDRINA, hasta ahora obispo titular de Arsacal y auxiliar de Santa Cruz de la Sierra. Sergio Alfredo Gualberti Calandrina nació en Clusone, diócesis de Bérgamo (Italia), el 8 de noviembre de 1945. Recibió la ordenación sacerdotal el 26 de junio de 1971. En 1979 marchó como sacerdote «fidei donum» a Bolivia. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Arsacal y auxiliar de la arquidiócesis de Santa Cruz de la Sierra el 6 de mayo de 1999; recibió la ordenación episcopal el 22 de julio sucesivo. Nombramiento pontificio El Papa ha nombrado presidente de la Academia romana pontificia de arqueología al doctor MARCO BUONOCORE, archivero jefe de la Biblioteca apostólica vaticana. Marco Buonocore nació en Roma el 17 de septiembre de 1954. Se doctoró en lenguas clásicas en la Universidad de los estudios de Roma. Desde 1981 trabaja en la Biblioteca apostólica vaticana, donde fue nombrado «scriptor latinus» en 1989 y archivero jefe en 2003. Lutos en el episcopado —Monseñor PAUL MARCHAND, S.M.M., obispo de Timmins (Canadá), falleció el 24 de julio. Había nacido en Lafontaine, archidiócesis de Toronto, el 17 de abril de 1937. Era sacerdote desde el 17 de marzo de 1962. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Tamata y auxiliar de Ottawa el 31 de mayo de 1993; recibió la ordenación episcopal el 20 de agosto de dicho año. El Papa lo nombró obispo residencial de Timmins el 8 de marzo de 1999. de Germania de Numidia el 13 de junio de 1967; recibió la ordenación episcopal el 6 de agosto del mismo año. Renunció a la sede titular el 26 de mayo de 1978. En 1979, Juan Pablo II elevó la prelatura apostólica a la categoría de diócesis y lo nombró primer obispo de la citada circunscripción eclesiástica el 4 de diciembre de dicho año. El Santo Padre aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis el 16 de enero de 2002. —Monseñor ANGELO MARIA RIVATO, S.J., obispo emérito de Ponta de Pedras (Brasil), falleció el 20 de agosto. Había nacido en San Giovanni Ilarione, diócesis de Vicenza (Italia), el 3 de diciembre de 1924. Era sacerdote desde el 29 de junio de 1951. Pablo VI lo nombró prelado de la entonces prelatura territorial de Ponta de Pedras el 29 de abril de 1965; lo elevó a la dignidad episcopal, nombrándolo obispo titular —Monseñor MARCELINO PALENTINI, S.C.J., obispo de Jujuy (Argentina), falleció el 18 de septiembre, después de una larga enfermedad. Había nacido en Caldogno, diócesis de Vicenza (Italia), el 17 de septiembre de 1943. Era sacerdote desde el 27 de junio de 1970. Juan Pablo II lo nombró obispo de Jujuy el 11 de julio de 1995; recibió la ordenación episcopal el 7 de octubre de dicho año. Audiencias pontificias EL SANTO PADRE HA RECIBIDO: Viernes 16 de septiembre —A monseñor Thomas E. Gullickson, arzobispo titular de Bomarzo, nuncio apostólico en Ucraina. A los obispos de la India, en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Albert D’Souza, arzobispo de Agra. —Monseñor Vincent Michael Concessao, arzobispo de Delhi, con el obispo auxiliar, monseñor Franco Mulakkal, obispo titular de Cullu. —Monseñor Isidore Fernandes, obispo de Allahabad. —Monseñor Anthony Fernandes, obispo de Bareilly. —Monseñor Oswald Lewis, obispo de Jaipur. —Monseñor Frederick D’Souza, obispo de Jhansi. —Monseñor Gerald John Mathias, obispo de Lucknow. —Monseñor Francis Kalist, obispo de Meerut. —Monseñor Raphy Manjaly, obispo de Varanasi. —Monseñor Peter Celestine Elampassery, O.F.M.CAP., obispo de Jammu-Srinagar. Sábado, día 17 —Al cardenal Angelo Bagnasco, arzobispo de Génova (Italia), presidente de la Conferencia episcopal italiana. A los obispos de la India, en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Anil Joseph Thomas Couto, obispo de Jullundur. —Monseñor Ignatius Lojola Mascarenhas, obispo de Simla y Chandigarh. —Monseñor Joseph Kaithathara, obispo de Gwalior. —Monseñor Chacko Thottumarickal, S.V.D., obispo de Indore. —Monseñor Gerald Almeida, obispo de Jabalpur. —Monseñor Devprasad John Ganawa, S.V.D., obispo de Jhabua. —Monseñor Arockia S. Durairaj, S.V.D., obispo de Khandwa. Lunes, día 19 A los obispos de la India, en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Leo Cornelio, S.V.D., arzobispo de Bhopal. —Monseñor Anthony Francis Sharma, S.J., obispo titular de Gigti, vicario apostólico de Nepal. Jueves, día 29 —A Su Eminencia Hilarion, metropolita de Volokolamsk, presidente del Departamento para las Relaciones eclesiásticas exteriores del Patriarcado de Moscú, con el séquito. —A monseñor Martinus Dogma Situmorang, O.F.M.CAP., obispo de Padang (Indonesia); presidente de la Conferencia episcopal de Indonesia en visita «ad limina». Viernes, día 30 A los obispos de Indonesia, en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Vincentius Sensi, arzobispo de Ende. —Monseñor Silvester San, obispo de Denpasar. —Monseñor Franciscus Kopong Kung, obispo de Larantuka. —Monseñor Gerulfus Kherubim Pareira, S.V.D., obispo de Maumere. —Monseñor Hubertus Leteng, obispo de Ruteng. —Monseñor Ignatius Suharyo Hardjoatmodjo, arzobispo de Yakarta, Ordinario militar. —Monseñor Cosmas Michael Angkur, O.F.M., obispo de Bogor. —Monseñor Peter Turang, arzobispo de Kupang. —Monseñor Dominikus Saku, obispo de Atambua. —Monseñor Edmund Woga, C.SS.R., obispo de Weetebula. Sábado 1 de octubre A los obispos de Indonesia, en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Johannes Liku Ada’, arzobispo de Makassar. —Monseñor Anicetus B. A. Sinaga, O.F.M.CAP., arzobispo de Medan. —Monseñor Nicolaus Adi Seputra, M.S.C., arzobispo de Merauke. —Monseñor Petrus Canisius Mandagi, M.S.C., obispo de Amboina. —Monseñor Joseph T. Suwatan, M.S.C., obispo de Manado. —Monseñor Ludovikus Simanullang, O.F.M.CAP., obispo de Sibolga. —Monseñor Aloysius Murwito, O.F.M., obispo de Agats. —Monseñor Leo Laba Ladjar, O.F.M., obispo de Jayapura. —Monseñor Datus Hilarion Lega, obispo de Manokwari-Sorong. —Monseñor John Philip Saklil, obispo de Timika. Lunes, día 3 —Al cardenal Marc Ouellet, P.S.S., prefecto de la Congregación para los obispos. A los obispos de Indonesia, en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Aloysius Sudarso, S.C.I., arzobispo de Palembang. —Monseñor Hilarius Moa Nurak, S.D.V., obispo de Pangkal-Pinang. —Monseñor Andreas Henrisusanta, S.C.I., obispo de Tanjungkarang. —Monseñor Hieronymus H. Bunbun, O.F.M.CAP., arzobispo de Pontianak. —Monseñor Blasius Pujaraharja, obispo de Ketapang. —Monseñor Giulio Mencuccini, C.P., obispo de Sanggau. —Monseñor Agustinus Agus, obispo de Sintang.

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número 41, domingo 9 de octubre de 2011 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 A la figura del pastor, evocada por el Salmo 23, el Papa dedica la catequesis del miércoles 5 de octubre El Señor nos da seguridad Queridos hermanos y hermanas: Dirigirse al Señor en la oración implica un acto radical de confianza, con la conciencia de fiarse de Dios, que es bueno, «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6-7; Sal 86, 15; cf. Jl 2, 13; Gn 4, 2; Sal 103, 8; 145, 8; Ne 9, 17). Por ello hoy quiero reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado totalmente de confianza, donde el salmista expresa su serena certeza de ser guiado y protegido, puesto al seguro de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 —según la datación grecolatina, 22—, un texto familiar a todos y amado por todos. «El Señor es mi pastor, nada me falta»: así empieza esta bella oración, evocando el ambiente nómada de los pastores y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen remite a un clima de confianza, intimidad y ternura: el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cf. Jn 10, 2-4). Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, dispuesto a defenderlas, a garantizarles bienestar, a permitirles vivir en la tranquilidad. Nada puede faltar si el pastor está con ellas. A esta experiencia hace referencia el salmista, llamando a Dios su pastor, y de- jándose guiar por él hacia praderas seguras: «En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre» (vv. 2-3). La visión que se abre ante nuestros ojos es la de praderas verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia los cuales el pastor acompaña al rebaño, símbolos de los lugares de vida hacia los cuales el Señor conduce al salmista, quien se siente como las ovejas recostadas sobre la hierba junto a una fuente, en un momento de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca, y el pastor vigila sobre ellas. Y no olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, azotada por el sol ardiente, donde el pastor seminómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas calcinadas que se extienden en torno a los poblados. Pero el pastor sabe dónde encontrar hierba y agua fresca, esenciales para la vida, sabe conducir al oasis donde el alma «repara sus fuerzas» y es posible recuperar las fuerzas y nuevas energías para volver a ponerse en camino. Como dice el salmista, Dios lo guía hacia «verdes praderas» y «fuentes tranquilas», donde todo es SIGUE EN LA PÁGINA 12 Una tragedia inhumana MARIO PONZI «Es una tragedia inhumana la que desde hace meses se está consumando en el Cuerno de África. Las fuerzas para socorrer a esa pobre gente no faltan. Lo que falta, por desgracia, es la voluntad de algunos». En los ojos del cardenal Robert Sarah, presidente de «Cor Unum», se refleja todo el drama que están viviendo las poblaciones de esa extensa tierra, donde reina de modo incontrolado la muerte por hambre y por sed. «Hay que actuar —dice— y hay que hacerlo rápidamente. Es una catástrofe humanitaria nunca vista hasta hoy. Cada día niños, ancianos y mujeres mueren mientras piden agua, pan y medicinas. No tienen nada. No hay nada. El Papa está muy preocupado. Se mantiene constantemente informado y nos impulsa a hacer todo lo posible para ayudarles». Una ayuda que, ciertamente, «Cor Unum» no ha dejado de prestar en este período. «Sin embargo, somos muy conscientes de que, aunque sea una ayuda consistente, no puede bastar. Por eso —dice el cardenal a nuestro periódico— hemos convocado en Roma a asociaciones y organizaciones católicas de solidaridad para tratar de ver qué más podemos hacer». El encuentro se convocó para el viernes 7 de octubre, en la sede de «Cor Unum», con la participación de representantes de diversas organizaciones, entre ellas Cáritas Internationalis, Catholic Relief Services, Cáritas italiana, Deutscher Caritasverband, Orden de Malta y Manos Unidas, a las que se unió el obispo Giorgio Bertin, administrador apostólico de la diócesis de Mogadiscio, en Somalia, y también un representante del arzobispo de Canterbury. En declaraciones a nuestro periódico en vísperas del encuentro, el purpurado explica que el «objetivo del encuentro es favorecer el intercambio de informaciones procedentes directamente de quienes están comprometidos diariamente en sostener las necesidades primarias de la población y determinar un programa de intervenciones a corto y a largo plazo». Asimismo, «dar a conocer el compromiso de la Iglesia católica en esta región para centrar nuevamente la atención de todo el mundo en este drama». El presidente de «Cor Unum» insiste mucho en la necesidad de trabajar juntos «también con los hermanos de otras Iglesias cristianas y de otras comunidades religiosas. Será una ocasión más para mostrar el compromiso común de las religiones con el horizonte del bien de la humanidad». Sin olvidar que quienes tratan de escapar de la muerte se refugian en otros países de África «también donde los católicos constituyen una pequeña minoría. Por eso, es muy importante que todos los hombres sostenidos por una fe hagan frente común para intervenir en todos los lugares donde haya personas que sufren sed, hambre o cualquier otra necesidad». El cardenal Sarah apela a la comunidad internacional, «siempre dispuesta —dice— a explotar a África, pero nunca a ayudarla de verdad». Más aún, parece que existe un plan preciso «de dejar al continente en el caos político». Bastaría que «las grandes potencias —dice el purpurado— se comprometieran a asegurar estabilidad política en los Estados donde reina el caos más completo, para evitar que a los dramas de la naturaleza se añadan los desastres producidos por el hombre». Y pone como ejemplo la situación de Somalia, donde hace pocos días fueron asesinadas setenta personas y heridas ciento cincuenta a causa de un acto terrorista. «Es inadmisible que sobre las exhaustas poblaciones de Somalia —lamenta el presidente de «Cor Unum»—, entre las más afectadas por la carestía actual en el Cuerno de África, se abata una violencia cada vez más incontrolada. Es inaceptable matar inocentes para conquistar poder político. Allí puede intervenir la comunidad internacional». En este clima, Benedicto XVI se dispone a volver una vez más a África. «Es un signo —dice el cardenal— de que ese continente está en el corazón del Papa. Sobre todo de los Papas recientes, Pablo VI y Juan Pablo II, y ahora Benedicto XVI. El pueblo africano está sufriendo, y donde sufre el hombre Dios está presente. El Papa lo hace presente también de una forma visible». Pero hay más. África representa el futuro de la Iglesia. «Ya en 1969, Pablo VI —recuerda el presidente de «Cor Unum»— había dicho que África era la nueva patria de Cristo. Sus sucesores han seguido subrayando que constituye una gran riqueza, no sólo para la Iglesia sino también para la humanidad, a pesar de los sufrimientos que está viviendo. Los Pontífices intuyen los grandes valores que posee y conserva el pueblo africano: la vida, la familia, la espiritualidad. Estas son las verdaderas riquezas de África y está dispuesta a compartirlas con el resto del mundo». Es una lástima que el resto del mundo no esté dispuesto a compartir sus riquezas con África.

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página 12 L’OSSERVATORE ROMANO domingo 9 de octubre de 2011, número 41 El Señor nos da seguridad VIENE DE LA PÁGINA 11 sobreabundante, todo es donado en abundancia. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de ausencia y de muerte, no disminuye la certeza de una presencia radical de vida, hasta llegar a decir: «nada me falta». El pastor, en efecto, se preocupa por el bienestar de su rebaño, acomoda sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos «justos», es decir aptos para ellas, atendiendo a sus necesidades y no a las propias. Su prioridad es la seguridad de su rebaño, y es lo que busca al guiarlo. Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como el salmista, si caminamos detrás del «Pastor bueno», aunque los caminos de nuestra vida resulten difíciles, tortuosos o largos, con frecuencia incluso por zonas espiritualmente desérticas, sin agua y con un sol de racionalismo ardiente, bajo la guía del pastor bueno, Cristo, debemos estar seguros de ir por los senderos «justos», y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y no nos faltará nada. Por ello el salmista puede declarar una tranquilidad y una seguridad sin incertidumbres ni temores: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tu vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (v. 4). Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la certeza que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus sombras cambiantes, la dificultad para distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la caída del sol, cuando la visibilidad se hace incierta, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de tropezar, de alejarse o de perderse, y existe también el temor de que posibles agresores se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle «oscuro», el salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por lo cual el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligro de muerte. Sin embargo, el orante avanza seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Aquel «tu vas conmigo» es una proclamación de confianza inquebrantable, y sintetiza una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede ahora caminar tranquilo, acompañado por el sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno e indica la presencia tranquilizadora del pastor. Esta imagen confortante cierra la primera parte del Salmo, y da paso a una escena diversa. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora somos transportados bajo su tienda, que se abre para dar hospitalidad: «Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa» (v. 5). Ahora se presenta al Señor como Aquel que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El huésped divino prepara la comida sobre la «mesa», un término que en hebreo indi- ca, en su sentido primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y sobre la cual se ponían las viandas para la comida en común. Se trata de un gesto de compartir no sólo el alimento sino también la vida, en un ofrecimiento de comunión y de amistad que crea vínculos y expresa solidaridad. Luego viene el don generoso del aceite perfumado sobre la cabeza, que mitiga de la canícula del sol del desierto, refresca y alivia la piel, y alegra el espíritu con su fragrancia. Por último, el cáliz rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con generosidad sobreabundante. Alimento, aceite, vino: son los dones que dan vida y alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor. El Salmo 104, celebrando la bondad providente del Señor, proclama: «Haces brotar hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre. Él saca pan de los campos, y vino que alegra el corazón; aceite que da brillo a su rostro y el pan que le da fuerzas» (vv. 14-15). El salmista se convierte en objeto de numerosas atenciones, por ello se ve como un viandante que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras que sus enemigos deben detenerse a observar, sin poder intervenir, porque aquel que consideraban su presa se encuentra en un lugar seguro, se ha convertido en un huésped sagrado, intocable. Y el salmista somos nosotros si somos realmente creyentes en comunión con Cristo. Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada puede hacernos mal. Luego, cuando el viandante parte nuevamente, la protección divina se prolonga y lo acompaña en su viaje: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (v. 6). La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al salmista que sale de la tienda y se pone nuevamente en camino. Pero es un camino que adquiere un nuevo sentido, y se convierte en peregrinación hacia el templo del Señor, el lugar santo donde el orante quiere «habitar» para siempre y al cual quiere «regresar». El verbo hebreo utilizado aquí tiene el sentido de «volver», pero, con una pequeña modificación vocálica, se puede entender como «habitar», y así lo recogen las antiguas versiones y la mayor parte de las traducciones modernas. Se pueden mantener los dos sentidos: volver al templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad, es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Dios. El seguimiento del Pastor conduce a su casa, es la meta de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio al huir de los enemigos, lugar de paz donde se experimenta la bondad y el amor fiel de Dios, día tras día, en la alegría serena de un tiempo sin fin. Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, acompañaron toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel, y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo originario del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cf. Is 63, 11-14; Sal 77, 20-21; 78, 52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey quien tenía la tarea de apacentar el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cf. 2 Sam 5, 1-2; 7, 8; Sal 78, 7072). Luego, después del exilio de Babilonia, casi en un nuovo Éxodo (cf. Is 40, 3-5.9-11; 43, 16-21), Israel es conducido a la patria como oveja perdida y reencontrada, reconducida por Dios a verdes praderas y lugares de reposo (cf. Ez 34, 11-16.2331). Pero es en el Señor Jesús en quien toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo alcanza su plenitud, encuentra su significado pleno: Jesús es el «Buen Pastor» que va en busca de la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas (cf. Mt 18, 12-14; Lc 15, 4-7; Jn 10, 2-4.11-18), él es el camino, el justo camino que nos conduce a la vida (cf. Jn 14, 6), la luz que ilumina el valle oscuro y vence todos nuestros miedos (cf. Jn 1, 9; 8, 12; 9, 5; 12, 46). Él es el huésped generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) y la mesa definitiva del banquete mesiánico en el cielo (cf. Lc 14, 15 ss; Ap 3, 20; 19, 9). Él es el Pastor regio, rey en la mansedumbre y en el perdón, entronizado sobre el madero glorioso de la cruz (cf. Jn 3, 13-15; 12, 32; 17, 4-5). Queridos hermanos y hermanas, el Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Por lo tanto, pidamos con fe que el Señor nos conceda, incluso en los caminos difíciles de nuestro tiempo, caminar siempre por sus senderos como rebaño dócil y obediente, nos acoja en su casa, a su mesa, y nos conduzca hacia «fuentes tranquilas», para que, en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus manantiales, fuentes de aquella agua viva «que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14; cf. 7, 37-39). Gracias.

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