Osservatore Romano 2344

 

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Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO Año XLV, número 50 (2.344) EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano 13 de diciembre de 2013 Mensaje para la Jornada mundial del 1 de enero de 2014 La fraternidad, fundamento y camino para la paz El fuego de la misericordia GIOVANNI MARIA VIAN La publicación del mensaje del obispo de Roma para la Jornada mundial de la paz inmediatamente después de la decisión de la revista «Time» de declarar al Papa Francisco «hombre del año» es ciertamente una coincidencia casual. Sin embargo, precisamente el texto pontificio que indica de nuevo la fraternidad como fundamento y camino de la paz explica el por qué de la elección de la revista estadounidense, tan difundida como autorizada. En un año marcado por un acontecimiento sin precedentes como la renuncia de Benedicto XVI, su sucesor elegido «casi al final del mundo» supo, en efecto, presentarse en un tiempo brevísimo a la atención mundial siendo sencillamente, y, por lo tanto, revelándose a sí mismo: un hombre, un cristiano, un obispo de la Iglesia preocupado sólo por testimoniar y anunciar el Evangelio. Con gestos y palabras que llegan a todos por su autenticidad. Los ejemplos ya son muchos, desde la atención a cada persona que encuentra hasta diversas intervenciones, pero como recorridos por un fuego interior —el testimonio personal del Papa Francisco— en el que cada uno advierte la credibilidad con inmediatez. Así en la Evangelii gaudium, auténtica suma programática de un pontificado que quiere a la Iglesia en estado permanente de misión, así en el mensaje para la Jornada mundial de la paz, así en el discurso a un numeroso grupo de embajadores. El texto sobre la paz inicia augurando a personas y pueblos «una vida llena de alegría y de esperanza» porque reconoce en todos una aspiración a la fraternidad. No es ingenuo optimismo porque sigue en SIGUE EN LA PÁGINA 2 Niños sirios jugando en un campamento de refugiados (Ap) MENSAJE DEL PONTÍFICE EN PÁGINAS 8 A 10 La oración del Pontífice para rendir homenaje a la Inmaculada en la Plaza de España Nunca indiferentes Con una oración que él mismo compuso, el Papa Francisco invocó a la Virgen como «Toda Belleza» y le pidió que ayude a la humanidad a no permanecer indiferentes ante el «grito de los pobres», el «sufrimiento de los enfermos», la «soledad de los ancianos» y la «fragilidad de los niños». Fue la petición del Santo Padre, siguiendo una tradición iniciada por sus predecesores, en su primer homenaje a la Inmaculada, el 8 de diciembre, en la plaza de España. Una cita tradicional con los romanos, que acuden numerosos cada año para venerar a María. PÁGINA 3 A la Comisión teológica internacional Teólogos y profetas Los teólogos son «pioneros» del diálogo de la Iglesia con las culturas, son hombres de frontera, advierte el Papa PÁGINA 2 A la plenaria del Consejo pontificio para los laicos Internet, pero no sólo El anuncio requiere relaciones humanas auténticas y directas que lleven al encuentro con Cristo PÁGINA 5 Mensaje para América El abrazo de María Un recuerdo especial del Papa a los fieles de América por la fiesta de la Virgen de Guadalupe, patrona del continente PÁGINA 16 Felicitación por su cumpleaños y aniversario sacerdotal Ad multos annos Papa Francisco Se celebran en estos días dos fechas especialmente significativas para el Papa Francisco: el viernes 13, el 44° aniversario de la ordenación sacerdotal y el martes 17 sus 77 años de vida. En la feliz doble celebración, la dirección y la edición semanal en lengua española de «L’Osservatore Romano» felicitan al Santo Padre con las palabras que en la ordenación episcopal el consagrante repite tres veces al nuevo obispo: ad multos annos.

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página 2 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 13 de diciembre de 2013, número 50 Audiencia a la Comisión teológica internacional Teólogos y profetas quiso revelarles lo que había ocultado a sabios e inteligentes (cf. Mt 11, 25-26; homilía en la misa con la Comisión teológica internacional, 1 de diciembre de 2009). El teólogo es un hombre que vive «en la frontera». Lo dijo el Papa a los miembros de la Comisión teológica internacional, a quienes recibió en audiencia el viernes 6 de diciembre por la mañana en la sala de los Papas. Queridos hermanos y hermanas: Os acojo y os saludo cordialmente al final de vuestra sesión plenaria. Agradezco al presidente, monseñor Müller, las palabras que me ha dirigido también en nombre de todos vosotros. Este encuentro me ofrece la ocasión de agradeceros el trabajo que habéis realizado durante el último quinquenio y reafirmar la importancia del servicio eclesial de los teólogos para la vida y la misión del pueblo de Dios. Como habéis afirmado en el reciente documento «La teología hoy: perspectivas, principios, criterios», la teología es ciencia y sabiduría. Es ciencia, y como tal utiliza todos los recursos de la razón iluminada por la fe para penetrar en la inteligencia del misterio de Dios revelado en Jesucristo. Y es, sobre todo, sabiduría: en la escuela de la Virgen María, que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19), el teólogo busca iluminar la unidad del designio de amor de Dios y se compromete a mostrar cómo la verdad de la fe forma una unidad orgánica, armoniosamente articulada. Además, al teólogo le corresponde la tarea de «auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada» (Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes, 44). Los teólogos son, pues, «pioneros» —esto es importante: pioneros. ¡Adelante!—. Pioneros del diálogo de la Iglesia con las culturas. Pero ser pioneros también es importante porque algunas veces se puede pensar que se quedan atrás, en el cuartel… No, ¡en la frontera! Este diálogo de la Iglesia con las culturas es un diálogo crítico y al mismo tiempo benévolo, que debe favorecer la acogida de la Palabra de Dios por parte de los hombres «de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7, 9). Los tres temas que estáis examinando actualmente se insertan en esta perspectiva. Vuestra reflexión so- bre los vínculos entre monoteísmo y violencia testimonia que la Revelación de Dios constituye verdaderamente una buena nueva para todos los hombres. Dios no es una amenaza para el hombre. La fe en el Dios único y tres veces santo no es y no puede ser jamás generadora de violencia e intolerancia. Al contrario, su carácter altamente racional le confiere una dimensión universal, capaz de unir a los hombres de buena voluntad. Por otra parte, la Revelación definitiva de Dios en Jesucristo hace ya imposible cualquier recurso a la violencia «en nombre de Dios». Precisamente por su rechazo a la violencia, por haber vencido el mal con el bien, con la sangre de su cruz, Jesús reconcilió a los hombres con Dios y entre ellos. Esta es la paz que está en el centro de vuestra reflexión sobre la doctrina social de la Iglesia. Tiende a traducir en la concreción de la vida social el amor de Dios al hombre, que se manifestó en Jesucristo. He aquí por qué la doctrina social se radica siempre en la Palabra de Dios, acogida, celebrada y vivida en la Iglesia. Y la Iglesia tiene que vivir ante todo en sí misma el mensaje social que lleva al mundo. Las relaciones fraternas entre los creyentes, la autoridad como servicio, la comunión con los pobres: todos estos aspectos, que caracterizan la vida eclesial desde su origen, pueden y deben constituir un modelo vivo y atractivo para las diversas comunidades humanas, desde la familia hasta la sociedad civil. Tal testimonio pertenece al pueblo de Dios en su conjunto, que es un pueblo de profetas. Por el don del Espíritu Santo, los miembros de la Iglesia poseen el «sentido de la fe». Se trata de una especie de «instinto espiritual», que permite sentire cum Ecclesia y discernir lo que es conforme a la fe apostólica y al espíritu del Evangelio. Ciertamente, el sensus fidelium no se puede confundir con la realidad sociológica de una opinión mayoritaria, está claro. Es otra cosa. Por lo tanto, es importante —y es vuestra tarea— elaborar los criterios que permitan discernir las expresiones auténticas del sensus fidelium. Por su parte, el Magisterio tiene el deber de estar atento a lo que el Espíritu dice a las Iglesias a través de las manifestaciones auténticas del sensus fidelium. Me vienen a la me- moria esos dos números, 8 y 12, de la Lumen gentium, que precisamente sobre esto son tan importantes. Esta atención es de gran importancia para los teólogos. El Papa Benedicto XVI destacó muchas veces que el teólogo debe permanecer a la escucha de la fe vivida por los humildes y los pequeños, a quienes el Padre Así pues, vuestra misión es fascinante y al mismo tiempo arriesgada. Ambas cosas hacen bien: la fascinación de la vida, porque la vida es hermosa; y también el riesgo, porque así podemos ir adelante. Es fascinante, porque la investigación y la enseñanza de la teología pueden convertirse en un verdadero camino de santidad, como testimonian numerosos padres y doctores de la Iglesia. Pero también es arriesgada, porque comporta tentaciones: la aridez del corazón —esto es feo, cuando el corazón se endurece y cree que puede reflexionar sobre Dios con esa aridez, ¡cuántos errores!—, el orgullo, incluso la ambición. San Francisco de Asís envió una vez una esquela al hermano Antonio de Padua, en la que, entre otras cosas, le decía: «Me agrada que enseñes la sagrada teología a los hermanos con tal que, en el estudio, no extingas el espíritu de santa oración y devoción». También acercarse a los pequeños ayuda a ser más inteligentes y más sabios. Y pienso —esto no es hacer publicidad jesuítica—, pienso en san Ignacio, que pedía a los profesos que hicieran el voto de enseñar la catequesis a los pequeños, para comprender mejor la sabiduría de Dios. Que la Virgen inmaculada conceda a todos los teólogos y las teólogas crecer con este espíritu de oración y devoción, y así, con profundo sentido de humildad, ser verdaderos servidores de la Iglesia. En este camino os acompaño con la bendición apostólica, y os pido por favor que recéis por mí, porque lo necesito. El fuego de la misericordia VIENE DE LA PÁGINA 1 el mensaje la fuerte denuncia de las continuas violaciones de los derechos humanos, «sobre todo el derecho a la vida y a la libertad religiosa», de las guerras visibles y de las «menos visibles, pero no menos crueles, que se combaten en el campo económico» destruyendo vidas y empresas. Si es precisa la indicación de los males que marcan el actual momento histórico, otro tanto claro es su diagnóstico. «Tampoco las éticas contemporáneas son capaces de generar vínculos auténticos de fraternidad» porque «la fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios» subraya, en efecto, sin medios términos el mensaje, que repite con nitidez una expresión muchas veces repetida por el Papa Francisco: no existen, no deben existir «vidas descartables». Iniciada por Pablo VI hace casi medio siglo, la Jornada mundial de la paz es desde entonces para la Iglesia una ocasión para recordar en todo el mundo palabras muchas veces escuchadas, pero no por esto menos verdaderas, sobre la necesidad de restablecer relaciones fraternas en las familias y en la comunidades humanas. A través de estilos de vida sobrios, con la reflexión de los modelos de desarrollo y la contraposición de crímenes vergonzosos como la trata de seres humanos, que el Papa Francisco denuncia sin cansarse. Cierto, el obispo de Roma interesa por estas denuncias claras, fruto de un testimonio en primera persona. Pero tal vez impacta aún más el anuncio de la misericordia de Dios porque el hombre siempre puede convertirse, y, por lo tanto, «nunca se puede excluir la posibilidad de que cambie de vida». Y existe probablemente también este deseo en el fundamento del reconocimiento del Papa como «hombre del año» L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt 00120 Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va http://www.osservatoreromano.va TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE «L’OSSERVATORE ROMANO» GIOVANNI MARIA VIAN director Carlo Di Cicco subdirector Marta Lago redactor jefe de la edición don Sergio Pellini S.D.B. director general Redacción via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano teléfono 39 06 698 99410 Servicio fotográfico photo@ossrom.va Publicidad: Il Sole 24 Ore S.p.A System Comunicazione Pubblicitaria Via Monte Rosa 91, 20149 Milano segreteriadirezionesystem@ilsole24ore.com Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. 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número 50, viernes 13 de diciembre de 2013 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 La oración del Papa a la Inmaculada en la plaza de España Nunca indiferentes Es la primera vez que el Papa Francisco va a la plaza de España para el tradicional homenaje a la Inmaculada. Muchísimos los romanos que el domingo 8 de diciembre, por la tarde, se unieron a él para el acto de veneración a los pies de la columna mariana. El Pontífice recitó una oración que él compuso, invocando a la Virgen como «Toda Belleza» y pidiéndole que ayude a la humanidad a no permanecer indiferentes ante el «grito de los pobres», el «sufrimiento de los enfermos», la «soledad de los ancianos» y la «fragilidad de los niños». Virgen Santa e Inmaculada, a Ti, que eres el orgullo de nuestro pueblo y el amparo maternal de nuestra ciudad, nos acogemos con confianza y amor. Eres toda belleza, María. En Ti no hay mancha de pecado. Suscita en todos nosotros un renovado deseo de ser santos: que en nuestras palabras resplandezca la verdad, que nuestras obras sean un canto a la caridad, que en nuestro cuerpo y en nuestro corazón brillen la pureza y la castidad, que en nuestra vida se refleje la belleza del Evangelio. Eres toda belleza, María. En Ti se hizo carne la Palabra de Dios. Ayúdanos a estar siempre atentos a la voz del Señor: que no seamos indiferentes al grito de los pobres, que el sufrimiento de los enfermos y de quien pasa necesidad no nos encuentre distraídos, que la soledad de los ancianos y la fragilidad de los niños no nos dejen indiferentes, que amemos y respetemos siempre la vida humana. Eres toda belleza, María. En Ti vemos la alegría plena de la vida bienaventurada con Dios. Haz que nunca perdamos el rumbo en este mundo: que la luz de la fe ilumine nuestra vida, que la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos, que el ardor entusiasta del amor inflame nuestro corazón, que nuestros ojos estén fijos en el Señor, fuente de la verdadera alegría. Eres toda belleza, María. Escucha nuestra oración, atiende a nuestra súplica: que el amor misericordioso de Dios en Jesús nos seduzca, que la belleza divina nos salve, a nosotros, a nuestra ciudad y al mundo entero. Amén. Paseo romano Un paseo romano para el Papa Francisco el 8 de diciembre, día en que la ciudad realiza el tradicional homenaje a la Inmaculada. Se le vio llegar a pie desde «via dei Condotti»; luego agacharse en el centro de la calle, recoger una rosa lanzada por una mano anónima, besarla y dirigirse con paso ágil hacia un punto preciso de la multitud amontonada toda alrededor. Luego el largo abrazo con Antonia, una anciana señora que traía consigo la rosa desde Terralba, pueblito de Cerdeña inundado por el reciente aluvión. Un gesto de gratitud por las oraciones imploradas por el Papa Francisco y por la solidaridad solicitada inmediatamente después de las horas de la tragedia. También la primera vez del Papa Francisco en la Plaza de España para la Inmaculada se reveló así, desde el comienzo, algo fuera de los esquemas. Resplandeciente como siempre el ambiente ofrecido por las calles símbolo del shopping romano, adornadas con festones e iluminación navideña, pero transformadas por algunas horas en una enorme catedral a cielo abierto por una multitud de personas, romanos, predominantemente, que por nada del mundo renunciarían a la solemnidad que la ciudad siente más suya. Este año se esperaba algo más del encuentro con el Papa Francisco y, por lo tanto, la cita fue aún más deseada. Es un hecho que el Pontífice, después de recibir el tradicional regalo del cáliz por parte de la asociación de los comerciantes de «via dei Condotti», al llegar en coche a la Plaza de España se encontró con un espectáculo entusiasmante. La histórica escalinata de «Trinità dei Monti» estaba cubierta por una multitud festiva que poco a poco desbordaba a lo largo de todo el perímetro de la plaza, desde vía del Babbuino hasta la base de la columna de la Inmaculada en el centro de la plaza Mignanelli. El Papa pidió que se detuviera el coche y bajó precisamente delante de la «barcaza», la fuente con forma de barca obra de Piero y Gian Lorenzo Bernini, en la cual se refleja «Trinità dei Monti». Y mirando a su alrededor, dijo para sí: «¡Cuánta gente!». Se dirigió hacia el centro de la calle y se encaminó hacia la columna para el homenaje a la Inmaculada. Rezó, bendijo a la multitud y luego saludó a las diversas personalidades presentes. Concluida la oración, el Papa, antes de dejar la plaza, se entretuvo con unos cincuenta enfermos y se dirigió a Santa María la Mayor para rendir homenaje a la «Salus populi romani», donde le acogió el cardenal Santo Abril y Castelló, arcipreste de la basílica. Ángelus del 8 de diciembre La mirada de Dios sobre la muchacha de Nazaret «Dios posa su mirada de amor sobre cada hombre y cada mujer», así como hizo hace dos mil años con la sencilla muchacha de Nazaret. Lo recordó el Papa en el Ángelus de la solemnidad de la Inmaculada, en la plaza de San Pedro. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Este segundo domingo de Adviento cae en el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, y así nuestra mirada es atraída por la belleza de la Madre de Jesús, nuestra Madre. Con gran alegría la Iglesia la contempla «llena de gracia» (Lc 1, 28), y comenzando con estas palabras la saludamos todos juntos: «llena de gracia». Digamos tres veces: «Llena de gracia». Todos: ¡Llena de gracia! ¡Llena de gracia! ¡Llena de gracia! Así, Dios la miró desde el primer instante en su designio de amor. La miró bella, llena de gracia. ¡Es hermosa nuestra madre! María nos sostiene en nuestro camino hacia la Navidad, porque nos enseña cómo vivir este tiempo de Adviento en espera del Señor. Porque este tiempo de Adviento es una espera del Señor, que nos visitará a todos en la fiesta, pero también a cada uno en nuestro corazón. ¡El Señor viene! ¡Esperémosle! El Evangelio de san Lucas nos presenta a María, una muchacha de Nazaret, pequeña localidad de Galilea, en la periferia del Imperio romano y también en la periferia de Israel. Un pueblito. Sin embargo en ella, la muchacha de aquel pueblito lejano, sobre ella, se posó la mirada del Señor, que la eligió para ser la madre de su Hijo. En vista de esta maternidad, María fue preservada del pecado original, o sea de la fractura en la comunión con Dios, con los demás y con la creación que hiere profundamente a todo ser humano. Pero esta fractura fue sanada anticipadamente en la Madre de Aquél que vino a liberarnos de la esclavitud del pecado. La Inmaculada está inscrita en el designio de Dios; es fruto del amor de Dios que salva al mundo. La Virgen no se alejó jamás de ese amor: toda su vida, todo su ser es un «sí» a ese amor, es un «sí» a Dios. Ciertamente, no fue fácil para ella. Cuando el Ángel la llamó «llena de gracia» (Lc 1, 28), ella «se turbó grandemente», porque en su humildad SIGUE EN LA PÁGINA 5

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página 4 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 13 de diciembre de 2013, número 50 Telegrama del Pontífice por la muerte de Nelson Mandela El ejemplo del presidente El Santo Padre expresó su pésame por la muerte de Nelson Mandela, acaecida el jueves 5 de diciembre, en un telegrama enviado al presidente de la República Sudafricana, Jacob Zuma. Publicamos la traducción al español del texto. He recibido con tristeza la noticia de la muerte del expresidente Nelson Mandela, y envío fervientes condolencias a toda la familia Mandela, a los miembros del Gobierno y a todo el pueblo de Sudáfrica. Encomendando el alma del difunto a la misericordia infinita de Dios Todopoderoso, pido al Señor que consuele y sostenga a todos los que lloran su pérdida. Rindiendo homenaje al firme compromiso demostrado por Nelson Mandela en promover la dignidad humana de todos los ciudadanos de la nación y en forjar una nueva Sudáfrica construida sobre los sólidos fundamentos de la no violencia, la reconciliación y la verdad, ruego para que el ejemplo del presidente difunto inspire generaciones de sudafricanos que pongan la justicia y el bien común en primera línea en sus aspiraciones políticas. Con estos sentimientos, invoco para todo el pueblo de Sudáfrica los dones divinos de la paz y la prosperidad. Una vida para la libertad, la justicia y la paz La lección de Madiba PIERLUIGI NATALIA «Para los hombres, la libertad en su propia tierra es el ápice de sus propias aspiraciones. Nada los puede distraer de esta meta. Más fuerte que el miedo por la vida inhumana en la cárcel es la rabia por las terribles condiciones a las que mi pueblo está sometido fuera de las cárceles, en este país». Y también: «No tengo dudas de que la posteridad declarará mi inocencia y que como criminales ante este tribunal deberían ser convocados los miembros del Gobierno». Nelson Rolihlahla Mandela pronunció estas palabras ante los jueces que lo condenaron a cadena perpetua en 1963. Para Mandela no es necesario esperar «la ardua sentencia» de la posteridad. Por una vez, la verdad es clara para sus contemporáneos, así como lo fue para él ese día. Hay personas que ya durante su vida han merecido ser reconocidas como pilares de la historia mundial por su talla moral y su compromiso en favor de los demás. Así sucedió con Madiba, el afectuoso nombre tribal con el que el pueblo llamaba a Mandela, que gastó su vida primero en la lucha contra el apartheid y por la libertad de su pueblo y después en el esfuerzo por construir la paz y la reconciliación, sin ceder jamás ante las injusticias ni los sufrimientos, que no pudo evitar. Pero su historia no fue sólo personal, y tampoco sólo nacional. Las decisiones que llegaron de todo el mundo, a partir del presidente estadounidense Barack Obama y de la Unión europea, de izar la bandera a media asta, es una expresión significativa de luto universal. La elección absoluta de la no vio- lencia no fue pro- Tres años más tarde recibió el pre- Dejó el poder al cabo de cuatro pia de Mandela, mio Nobel de la paz, y el 27 de abril años, cuando cumplió 80 —había na- como lo fue de de 1994 asumió la presidencia de su cido el 18 de julio de 1918—, conven- Gandhi. En efecto, país, tras las primeras elecciones li- cido (prácticamente un caso único Mandela pasó a la clandestinidad después de la masacre de Shaperville, cuando en Sudáfrica el poder blanco eliminó voluntariamente a setenta exponentes del «African National Congress» (ANC), la agrupación a la que se había adherido en 1944, convirtiéndose en su líder en las cam- pañas contra el apartheid. Desde entonces, Mandela guió el ANC decidido a abolir, incluso con el recurso a bres en las que participaron los negros. África era por aquellos días el centro de la atención mundial, en el bien y en el mal. En Roma se estaba celebrando el primer Sínodo sobre África, inaugurado el 10 de abril de 1994. Lo convocó y presidió Juan Pablo II, quien habló de continente de la esperanza. Pero durante ese mismo mes de abril, en Burundi, y sobre todo en Ruanda, se desencadenó la violencia entre los tutsis y los hutus, que causó el genocidio de los primeros. en la historia africana caracterizada por líderes vitalicios) de que había que dar cabida a fuerzas más jóvenes. Antes de terminar su mandato, había ganado otra batalla: treinta y nueve industrias farmacéuticas le hicieron juicio por haber promulgado en 1997 la «Medical Act», una ley que permitía al Gobierno sudafricano importar y producir medicamentos para el tratamiento del sida a precios sostenibles, sin someterse a los costes impuestos por los propietarios de las licencias. las armas, el régimen que imponía la Al asumir el poder, Mandela era También en este caso, la opinión segregación en el plano legal y jurídi- consciente de la responsabilidad y pública mundial lo apoyó en nombre co y privaba a los negros de los dere- lúcido sobre los riesgos que eso im- de una justicia fundamental que a chos. plicaba. Ejerció su mandato de mo- menudo está en conflicto con las re- Su convicción sobre la justicia de do clarividente y pragmático, para li- glas del comercio mundial. Y las mul- esa acción fue tal que, tinacionales farmacéuti- cuando en 1985, al cabo cas debieron renunciar a de veinte años de cár- la batalla legal. cel, el entonces presi- En la conclusión de dente Pieter Willem su autobiografía, El lar- Botha le ofreció la li- go camino hacia la liber- bertad a condición de tad, se lee: «He recorri- que renunciara a la gue- do este largo camino rrilla, Mandela la recha- hacia la libertad esfor- zó. En efecto, tenía la zándome por no dudar, certeza de que ese ofre- y he dado algunos pa- cimiento implicaba un sos falsos a lo largo del reconocimiento implíci- trayecto. Pero he descu- to de no haber conduci- bierto que después de do una batalla por la li- haber escalado una bertad, sino más bien montaña, quedan siem- una mera subversión ar- pre otras por escalar. mada. Ahora me he detenido A Botha lo impulsa- un instante para descan- ba el intento por desac- sar, para dirigir la mira- tivar, con una medida da al espléndido pano- jurídica que calificara a rama que me rodea, pa- Mandela como personaje predispuesto a la violencia, la onda de cho- Encuentro de Juan Pablo II con Nelson Mandela en su primera visita oficial a Sudáfrica, 16 de septiembre de 1995 (Reuters) ra mirar el camino que he recorrido. Pero sólo puedo descansar algu- que contra el régimen nos minutos, porque segregacionista que se estaba expan- berar a su país del yugo del racismo junto con la libertad llegan las res- diendo en la opinión pública inter- cultural e institucional, pero también ponsabilidades, y ya no me animo a nacional. En efecto, aun estando en la cár- cel, Mandela siguió siendo el símbolo y la mente de la rebelión, mientras su imagen y su talla crecían cada vez más. Fue liberado en 1990, sin condiciones, cuando las presiones mundiales ya no dejaban alter- para promover la pacificación entre poblaciones heridas por el odio y la violencia. Su primera decisión fue efectivamente la creación de la «Truth and Reconciliation Commission», la Comisión para la verdad y la reconciliación, a fin de detener la letal espiral detenerme: mi largo camino aún no ha llegado al final». Probablemente ni siquiera ahora se ha detenido, porque el camino de semejantes personalidades se prolonga en la historia. Tampoco se detiene el camino de cuantos lo amaron y respetaron y ahora deben vivir y transmitir su lección: los contempo- nativa al régimen segregacionista, ya de venganza entre víctimas y verdu- ráneos de Mandela, que a partir de en su ocaso. gos. hoy son su posteridad.

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número 50, viernes 13 de diciembre de 2013 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 El Papa a la plenaria del Consejo pontificio para los laicos Internet, pero no sólo Es de gran beneficio el uso de las nuevas tecnologías para anunciar a Cristo; sin embargo, «internet no es suficiente», porque el anuncio «requiere relaciones humanas auténticas y directas para desembocar en un encuentro personal con el Señor». Lo dijo el Papa dirigiéndose a los participantes en la plenaria del Consejo pontificio para los laicos, a quienes recibió en audiencia el sábado 7 de diciembre, por la mañana, en la sala del Consistorio. Señores cardenales, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, hermanos y hermanas: Es para mí una alegría encontrarme con el Consejo pontificio para los laicos reunidos en asamblea plenaria. Como amaba recordar el beato Juan Pablo II, con el Concilio «ha sonado la hora del laicado», y nos lo confirman cada vez más los abundantes frutos apostólicos. Agradezco al cardenal las palabras que me ha dirigido. Entre las iniciativas recientes del dicasterio quisiera recordar el Congreso panafricano de septiembre de 2012, dedicado a la formación del laicado en África; así como el seminario de estudio sobre el tema «Dios confía el ser humano a la mujer», en el vigésimo quinto aniversario de la encíclica Mulieris dignitatem. Y sobre este punto debemos profundizar más. En la crisis cultural de nuestro tiempo, la mujer se encuentra en primera línea en la lucha por la salva- guardia del ser humano. Y, por último, doy las gracias con vosotros al Señor por la Jornada mundial de la juventud de Río de Janeiro: una verdadera fiesta de la fe. Ha sido una auténtica fiesta. Los cariocas estaban felices y nos hicieron felices a todos. El tema de la Jornada: «Id y haced discípulos a todos los pueblos», puso en evidencia la dimensión misionera de la vida cristiana, la exigencia de salir hacia quienes esperan el agua viva del Evangelio, hacia los más pobres y los excluidos. Hemos tocado con la mano cómo la misión brota de la alegría contagiosa del encuentro con el Señor, que se transforma en esperanza para todos. Para esta plenaria habéis elegido un tema muy actual: «Anunciar a Cristo en la era digital». Se trata de un campo privilegiado para la acción de los jóvenes, para quienes la “red” es, por decirlo así, connatural. Internet es una realidad difundida, compleja y en continua evolución, y su desarrollo vuelve a proponer la cuestión siempre actual de la relación entre la fe y la cultura. Ya durante los primeros siglos de la era cristiana, la Iglesia quiso confrontarse con la extraordinaria herencia de la cultura griega. Ante filosofías de gran profundidad y un método educativo de valor excepcional, impregnado, sin embargo, de elementos pa- La mirada de Dios sobre la muchacha de Nazaret VIENE DE LA PÁGINA 3 se sintió nada ante Dios. El Ángel la consoló: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (vv. 30-31). Este anuncio la confunde aún más, también porque todavía no se había casado con José; pero el Ángel añade: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios» (v. 35). María escucha, obedece interiormente y responde: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (v. 38). El misterio de esta muchacha de Nazaret, que está en el corazón de Dios, no nos es extraño. No está ella allá y nosotros aquí. No, estamos conectados. De hecho, Dios posa su mirada de amor sobre cada hombre y cada mujer, con nombre y apellido. Su mirada de amor está sobre cada uno de nosotros. El apóstol Pablo afirma que Dios «nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos e intachables» (Ef 1, 4). También nosotros, desde siempre, hemos sido elegidos por Dios para vivir una vida santa, libre del pecado. Es un proyecto de amor que Dios renueva cada vez que nosotros nos acercamos a Él, especialmente en los Sacramentos. En esta fiesta, entonces, contemplando a nuestra Madre Inmaculada, bella, reconozcamos también nuestro destino verdadero, nuestra vocación más profunda: ser amados, ser transformados por el amor, ser transformados por la belleza de Dios. Mirémosla a ella, nuestra Madre, y dejémonos mirar por ella, porque es nuestra Madre y nos quiere mucho; dejémonos mirar por ella para aprender a ser más humildes, y también más valientes en el seguimiento de la Palabra de Dios; para acoger el tierno abrazo de su Hijo Jesús, un abrazo que nos da vida, esperanza y paz. Al término de la oración mariana, el Pontífice, tras saludar a los grupos presentes, recordó en especial a los santos y mártires de la Iglesia en América del Norte. Nos unimos espiritualmente a la Iglesia que vive en América del Norte, que hoy recuerda la fundación de su primera parroquia, hace 350 años: Nuestra Señora de Que- bec. Damos gracias por el camino realizado desde entonces, especialmente por los santos y mártires que fecundaron esas tierras. Bendigo de corazón a todos los fieles que celebran este jubileo. Hoy por la tarde, siguiendo una antigua tradición, iré a la Plaza de España, para rezar junto al monumento de la Inmaculada. Os pido que os unáis espiritualmente a mí en esta peregrinación, que es un acto de devoción filial a María, para confiarle la ciudad de Roma, la Iglesia y toda la humanidad. De regreso iré un momento a Santa María la Mayor para saludar con la oración a la «Salus Populi Romani» y rezar por todos vosotros, por todos los romanos. A todos deseo un feliz domingo y feliz fiesta de nuestra Madre. ¡Buen almuerzo y hasta pronto! ganos, los Padres no se cerraron a la confrontación, ni, por otra parte, cedieron a componendas con algunas ideas contrastantes con la fe. En cambio, supieron reconocer y asimilar los conceptos más elevados, transformándoles desde dentro a la luz de la Palabra de Dios. Actuaron lo que pide san Pablo: «Examinadlo todo, quedaos con lo bueno» (1 Ts 5, 21). Incluso entre las oportunidades y los peligros de la red, es necesario «examinar cada cosa», conscientes de que ciertamente encontraremos monedas falsas, ilusiones peligrosas y trampas que se han de evitar. Pero, guiados por el Espíritu Santo, descubriremos también ocasiones preciosas para conducir a los hombres al rostro luminoso del Señor. Entre las posibilidades ofrecidas por la comunicación digital, la más importante se refiere al anuncio del Evangelio. Cierto, no es suficiente adquirir competencias tecnológicas, incluso importantes. Se trata, ante todo, de encontrar hombres y mujeres reales, a menudo heridos o extraviados, para ofrecerles auténticas razones de esperanza. El anuncio requiere relaciones humanas auténticas y directas para desembocar en un encuentro personal con el Señor. Por lo tanto, internet no es suficiente, la tecnología no es suficiente. Sin embargo, esto no quiere decir que la presencia de la Iglesia en la red sea inútil; al contrario, es indispensable estar presentes, siempre con estilo evangélico, en aquello que para muchos, especialmente los jóvenes, se ha convertido en una especie de ambiente de vida, para despertar las preguntas irreprimibles del corazón sobre el sentido de la existencia, e indicar el camino que conduce a Aquél que es la respuesta, la Misericordia divina hecha carne, el Señor Jesús. Queridos amigos, la Iglesia está siempre en camino, en busca de nuevas sendas para el anuncio del Evangelio. La aportación y el testimonio de los fieles laicos cada día se constata más indispensable. Confío, por lo tanto, el Consejo pontificio para los laicos a la premurosa y maternal intercesión de la bienaventurada Virgen María, mientras os bendigo de todo corazón. Gracias.

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página 6 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 13 de diciembre de 2013, número 50 La «solemnidad de Santa María» en la liturgia hispano-mozárabe La «Anunciación» a ocho días de la «Navidad» SALVADOR AGUILERA LÓPEZ Ocho días antes de la solemnidad de la Natividad del Señor, el rito hispano-mozárabe se dispone a celebrar la «solemnidad de Santa María», es decir, la Encarnación del Señor en el seno de santa María. El X Concilio de Toledo (656) determinaba en su canon sexto que no puede ser celebrada dignamente en Cuaresma o Pascua la Concepción del Verbo, ya que en este tiempo no se celebran los natalicios de los santos, por esta razón el Concilio establece que: «por especial constitución se santifique ocho días antes del día en el que nació el Señor la fiesta más célebre y esclarecida de su Madre... ¿pues qué es esta fiesta sino la Encarnación del Verbo? la cual debe ser tan solemne, como la Natividad del mismo Verbo». Esta solemnidad la encontramos dentro del Adviento, tiempo litúrgico que, al igual que en el rito ambrosiano, goza de seis semanas, siendo el primero el que cae entre el 13 y el 19 de noviembre, por esta razón se dice que el domingo primero de Adviento es el domingo más cercano a la fiesta de san Acisclo (17 de noviembre). Durante las seis semanas el tono festivo de sus textos quiere suscitar en los creyentes la alegre esperanza de la venida del Señor, sea en su primera venida, es decir, en la humildad de la carne, ya sea en la última, «cuando venga glorioso desde el cielo», tal como se aclama en cada eucaristía tras el relato de la institución. La meta hacia la que nos lleva esta solemnidad nos la da la bendición que el sacerdote imparte al pueblo justo antes de que se acerquen a comulgar: «Para que los que celebráis hoy con toda devoción la fiesta de su concepción virginal, lleguéis a la Navidad de nuestro Redentor con ánimo alegre y con corazón limpio»; deseo que se prolonga en la Comple- turia u oración final: «Haz que podamos celebrar el día de tu Anunciación por muchos años en paz y tranquilidad, con tu pueblo fiel». La clave de entrada de la celebración, es decir, el canto del Praelegendum (lo que está antes de las Lecturas), es el texto de la narración del Nacimiento de Jesucristo (Mt 1, 18) que va entrelazado con el texto veterotestamentario: «Mientras miraba, vi venir en las nubes del cielo como a un hijo de hombre que se acercaba. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin» (Dn 7, 13-14). Nos muestra, por tanto, el contraste entre la primera y la segunda venida, y nos muestra a Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre; presenta la expresión «el hijo del hombre» que el mismo Cristo se apropia en su predicación y la alusión a su aparición solemne «en las nubes del cielo» (cf. Mt 16, 27; 24, 30; 26, 64; Mc 13, 26; Lc 21, 27; Ap 1, 7; 14, 14); y nos habla del dominio, del reino que no tiene fin, el cual reconocerán todos los pueblos. La profecía, tomada del libro del profeta Miqueas (4, 1-3.5-8; 5, 1-4), nos presenta la futura gloria de la nueva Sión, el castigo y rehabilitación de Jerusalén por parte del Mesías y el nacimiento del Salvador de Israel en Belén; a lo que responde el Psallendum (Sal 86, 5-6): «Éste ha nacido allí». El Apóstol (Gal 3, 27-4, 7), tomado de la carta de san Pablo a los Gálatas, nos muestra cómo la Ley fue el pedagogo que nos debía conducir a Cristo, con cuya venida cesaba, el cual «cuando se cumplió el tiempo» nos dio el ser hijos por adopción. Por último, la perícopa evangélica de este día no puede ser otra que la del evento salvífico que hoy se celebra: la Anunciación, a esta perícopa evangélica se le añade, seguidamente, el Magnificat (Lc 1, 26-38-46-55). Una de las oraciones más ricas de esta solemnidad es la «Oratio Ad- monitiones», exhortación que el sacerdote dirige a los fieles al comenzar las intercesiones solemnes o dípticos: «Alcemos nuestros ojos al cielo para ver la gloria de nuestro Salvador: cómo ensalza a la Virgen para que le conciba, cómo premia a la Madre cuando lo da a luz». Continúa haciendo un parangón entre Cristo y su Madre, presentándolo al mismo tiempo como hijo y como don: «infundido en ella le otorga lo que a ella le falta, nacido de ella no se lleva lo que a ella le ha dado». El largo y profundo texto eucológico se centra en varios párrafos en afirmar que la virginidad de María fue perfecta ya que al ser concebido y alumbrado el mismo Cristo, dejó sellado e intacto el seno de la Virgen; y lo presenta como una victoria de la naturaleza humana sobre el enemigo que, al ver el misterio de la concepción de este niño, se ha dado cuenta de que aquél que nace viene para reinar. Retoma, una vez más, el pasaje de la Anunciación para decir de María: «en lo profundo del corazón, la fe acoge con gran calor el anuncio del ángel, el oído recibe la palabra que no deja lugar a dudas y la seguridad de su fe queda confirmada con la esperanza de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete». «Que sólo tú tengas entrada a la mansión que para ti hemos preparado». La primera oración que encontramos entre los Dípticos, la oración Alia, presenta un símil entre el seno virginal de María y el corazón de los fieles: se suplica a Jesucristo, el Verbo que se ha hecho carne, que del mismo modo que se dignó entrar en el seno de María, se digne entrar a la mansión de sus corazones para que, complaciéndose en la pureza de sus almas: «te dignes ser guardián Como habla Jorge Mario Bergoglio No «balconear» la vida JORGE MILIA «Balconear», en el lunfardo argentino literalmente quiere decir «mirar desde el balcón». Es una actitud puramente curiosa, sin participación, como un espectador de los demás que no participa de lo que está viendo. Siempre tiene un comentario crítico sobre lo que no le gusta o le parece mal, pero no se mezcla con la gente. En los años de nuestra adolescencia y anteriores; en aquellos mismos que el Maestrillo Bergoglio era nuestro profesor, nuestro Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe participaba, especialmente, en la procesión de Corpus Christi, junto a otros colegios católicos y la feligresía en general. En esa procesión que discurría por el centro de la ciudad en un largo recorrido, era típico ver muchos balconeros. En algunas casas, alguna imagen y un par de velas centraban la atención sobre una familia que se dedicaba a saludar a los procesionantes y hacer comentarios entre ellos. En ciertas zonas, una o dos casas por cuadra mostraban a un grupo curioso dedicado a la misma práctica. A mí me extrañaba un poco porque mis abuelos maternos, los que aún vivían, aún veteranos y algo achacosos se incluían entre los miembros de su parroquia y no consideraron nunca la idea de balconear. Hablando con un cura del colegio me dio una defini- ción sencilla: «Son viejas teñidas de fe. La fe no se vive desde el balcón, sino caminando». Una frase que volvería a mi memoria haciendo el Camino de Santiago en 2010 y que remite a una Iglesia en marcha. Cuando dijo: «No dejen que otros sean los protagonistas del cambio, ustedes son los que construyen el futuro», me sentí joven yo también y pensé en lo bueno que era que esa juventud expectante lo comprendiera y en treinta o cuarenta años recordara sus palabras y analizara los resultados. Luego sentí esa ternura y admiración por el amigo al ver que «le saltaba el porteño que lleva adentro» cuando les insistió a los jóvenes con eso de: «No balconeen la vida, métanse en ella, como hizo Jesús». Para Francisco —y es difícil que alguien no lo entienda— el cristiano es un protagonista, no un espectador. En poco tiempo nos ha demostrado que desde el único balcón que se puede participar es aquel de la logia, en que una tarde lluviosa se asomó un Papa del fin del mundo y saludó a quienes lo esperaban con un simple: «Buona sera» se ganó el corazón del mundo pidiendo que recen por él... de tu propia obra y mores en ella perpetuamente». Esta venerable Liturgia fue la primera en Occidente que introdujo el símbolo de la fe dentro de la celebración eucarística, apelando a la costumbre de las Iglesias orientales, tal como lo determinó el III Concilio de Toledo (589), acto oficial de conversión del Reino de los visigodos al catolicismo. Ahora se puede entender el marcado acento antiarriano, que se deja ver claramente en el Credo, cuyo texto es el del I Concilio Constantinopolitano: «nacido, no hecho, omoúsion con el Padre, es decir, de la misma sustancia del Padre, por quien todo fue hecho en el cielo y en la tierra». En la Illatio, elemento que inicia la Plegaria Eucarística, se dirige la acción de gracias al Padre por el Hijo, el cual «nacido de ti, Dios Padre, sin principio y contigo coeterno, sin diferencia ni mutación, igual a ti en todo, no por adopción sino por generación, no por gracia sino por naturaleza»; que deja ver claramente la fe del Concilio de Calcedonia. Jesucristo descendió, por misericordia hacia los hombres, al seno de la Virgen elegida y santificada, siendo él el único que tuvo esta concepción nueva e inusitada y un parto virginal sin dolor para su Madre: «él confirió a la Virgen la castidad, y no privó a su Madre de la gloria de la virginidad». «Así como has concedido a tu Madre ser madre y virgen, concedas a tu Iglesia ser incorrupta por la fe y fecunda por la castidad». La oración Post Pridie comienza parafraseando un texto paulino que es usado también como monición a la recitación del Símbolo de la fe (Rom 10, 9-10); y es que, después del relato de institución, la aclamación de los fieles termina con estas palabras: «Así lo creemos, Señor Jesús», a lo que esta oración responde: «Proclamamos Señor lo que creemos, no nos lo callamos», continuando después con este deseo para la Iglesia: que sea incorrupta por la fe y fecunda por la castidad. Un último elemento a destacar en la eucología de la solemnidad es la introducción al Padre Nuestro, Ad Orationem Dominicam, que en este día tiene un marcado acento pneumatológico. Los fieles por medio del Espíritu Santo reciben la fuerza para profesar públicamente su fe: «así como la Virgen, cubierta por la sombra divina, concibió y dio a luz, también nosotros, encendidos por la divina inspiración, profesemos públicamente lo que hemos concebido del Espíritu Santo».

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número 50, viernes 13 de diciembre de 2013 L’OSSERVATORE ROMANO página 7 Misa con el patriarca de Alejandría de los coptos La senda de la paz en Oriente Medio Es necesario buscar nuevas sendas de encuentro para caminar juntos hacia una paz definitiva en Tierra santa y en Oriente Medio. Es la invitación dirigida por el Papa Francisco, el lunes 9 de diciembre, por la mañana, a Su Beatitud Ibrahim Isaac Sidrak, patriarca de Alejandría de los coptos, llegado a Roma con una delegación de obispos, sacerdotes y numerosos fieles de Egipto para el gesto público de la «Ecclesiastica communio» con el Obispo y la Iglesia de Roma. Durante la celebración en Santa Marta, el Pontífice pronunció en italiano la siguiente homilía. Beatitud, eminencia, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas: Por primera vez tengo la alegría de acoger como Obispo de Roma a un nuevo Patriarca que viene para realizar un significativo gesto de comunión con el Sucesor de Pedro. Aceptando la elección canónica, Vuestra Beatitud ha pedido inmediatamente la ecclesiastica communio con la «Iglesia que preside en la caridad universal». Mi venerado predecesor la concedió de buen grado, grato por el vínculo con el Sucesor de Pedro que la Iglesia de Alejandría de los coptos mantuvo siempre a lo largo de su historia. Sois expresión de la predicación de san Marcos evangelista: y es precisamente ésta la herencia que él os ha dejado como buen intérprete del apóstol Pedro. En la primera lectura, el profeta Isaías (cf. 35, 1-10) ha despertado en nuestro corazón la espera del retorno glorioso del Señor. El aliento «a los extraviados de corazón» lo sentimos dirigido a quienes en vuestra amada tierra egipcia experimentan inseguridad y violencia, algunas veces con motivo de la fe cristiana. «¡Ánimo: no temáis!»: he aquí las consoladoras palabras que encuentran confirmación en la fraterna solidaridad. Doy gracias a Dios por este encuentro que me da ocasión para reforzar vuestra y nuestra esperanza, porque es la misma: «...la tierra quemada ...y el suelo sediento —en efecto— se convertirá en manantial» y se abrirá finalmente la «vía sacra», el camino de la alegría y de la felicidad, «y huirán la pena y la aflicción». Ésta es nuestra esperanza, la esperanza común de nuestras dos Iglesias. El Evangelio (cf. Lc 5, 17-26) nos presenta a Cristo que vence las pará- lisis de la humanidad. Describe el poder de la misericordia divina que perdona y cancela todo pecado cuando encuentra una fe auténtica. Las parálisis de las conciencias son contagiosas. Con la complicidad de las pobrezas de la historia, y de nuestro pecado, pueden extenderse y entrar en las estructuras sociales y en las comunidades, hasta asediar a pueblos enteros. Pero el mandato de Cristo puede dar un vuelco a la situación: «¡Levántate, camina!». Oremos con confianza para que en Tierra Santa y en todo el Oriente Medio la paz pueda volver a levantarse siempre de las treguas demasiado reiteradas y algunas veces dramáticas. Que se detengan para siempre, en cambio, la enemistad y las divisiones. Que se retomen con rapidez los acuerdos de paz a menudo para- lizados por intereses opuestos y oscuros. Que se den finalmente garantías reales de libertad religiosa a todos, junto con el derecho para los cristianos de vivir con serenidad allí donde han nacido, en la patria que aman como ciudadanos desde hace dos mil años, para contribuir como siempre al bien de todos. Que el Señor Jesús, que experimentó el exilio con la Sagrada Familia y fue acogido en vuestra tierra generosa, vele por los egipcios que por los caminos del mundo buscan dignidad y seguridad. Y sigamos siempre adelante, buscando al Señor, buscando nuevos caminos, nuevas sendas para acercarnos al Señor. Y si fuese necesario abrir un agujero en el techo para acercarnos todos al Señor, que nuestra imaginación creativa de la caridad nos conduzca a esto: a encontrar y abrir caminos de encuentro, sendas de fraternidad, sendas de paz. Por nuestra parte deseamos «glorificar a Dios», sustituyendo el temor por el asombro: incluso hoy podemos ver «cosas prodigiosas». El prodigio de la Encarnación del Verbo y, por ello, de la absoluta cercanía de Dios a la humanidad, en el que siempre nos sitúa el misterio del Adviento. Que vuestro gran padre Atanasio, ubicado tan cerca de la Cátedra de Pedro en la basílica vaticana, interceda por nosotros, con san Marcos y san Pedro, y sobre todo con la Inmaculada y toda santa Madre de Dios, nos alcancen del Señor la alegría del Evangelio, donada en abundancia a los discípulos y a los testigos. Así sea. El Papa Francisco denuncia el derroche alimentario y el mal uso de los recursos de la tierra Escándalo mundial Es un «escándalo mundial» que mil millones de personas en el planeta aún sufran hambre mientras que el alimento disponible «bastaría para quitar el hambre a todos». Es la denuncia del Papa Francisco en un videomensaje con el cual se une a la campaña contra el hambre en el mundo «Una sola familia humana, alimentos para todos» lanzada el martes 10 de diciembre, por la mañana, por «Caritas internationalis». Queridos hermanos y queridas hermanas: Hoy tengo el placer de anunciarles la «Campaña contra el hambre en el mundo», lanzada por nuestra Caritas Internationalis y comunicarles que es mi intención darle todo mi apoyo. Esta Confederación, junto a sus 164 organizaciones miembros, está hoy comprometida en 200 países y territorios del mundo y su labor está en el corazón de la misión de la Iglesia y su atención hacia todos aquellos que sufren por ese escándalo del hambre, con el que el Señor se identificó cuando dijo: «Tuve hambre y me disteis de comer». Cuando los apóstoles dijeron a Jesús que las personas que habían llegado para escuchar sus palabras también tenían hambre, Él les animó a que fueran a buscar comida. Como ellos también eran pobres, sólo encontraron cinco panes y dos peces pero, con la gracia de Dios, llegaron a dar de comer a una multitud de personas, recogiendo incluso lo que había sobrado y evitando así cualquier desperdicio. Nos encontramos ante un escándalo mundial de casi mil millones de personas. Mil millones de personas que todavía sufren hambre hoy, no podemos mirar a otra parte, fingiendo que el problema no exista. Los alimentos que hay a disposición hoy en el mundo bastarían para quitar el hambre a todos. La parábola de la multiplicación de los panes y los peces nos enseña precisamente eso: que cuando hay voluntad, lo que tenemos no se termina, incluso sobra y no se pierde. Por eso, queridos hermanos y hermanas, les invito a que hagan un lugar en su corazón para esta urgencia, respetando ese derecho que Dios concedió a todos, de tener acceso a una alimentación adecuada. Compartamos lo que tenemos, con caridad cristiana, con todos aquellos que se ven obligados a hacer frente a numerosos obstáculos para satisfacer una necesidad tan primaria y, a la vez, seamos promotores de una auténtica cooperación con los pobres, para que a través de los frutos de su trabajo y de nuestro trabajo puedan vivir una vida digna. Invito a todas las instituciones del mundo, a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros, como una sola familia humana, a dar voz a todas las personas que sufren silenciosamente el hambre, para que esta voz se convierta en un rugido capaz de sacudir al mundo. Esta campaña quiere ser también una invitación a todos nosotros, para que seamos conscientes de la elección de nuestros alimentos, que con frecuencia significa desperdiciar la comida y usar mal los recursos a nuestra disposición. Es también una exhortación para que dejemos de pensar que nuestras acciones cotidianas no tienen repercusiones en la vida de quienes —cerca o lejos de nosotros— sufren el hambre en su propia piel. Les pido de todo corazón, que apoyen a nuestra Cáritas en esta noble Campaña, para actuar como una sola familia, comprometida en asegurar alimentos para todos. Roguemos al Señor para que nos conceda la gracia de ver un mundo en el que nadie jamás deba morir de hambre. Y pidiendo esta gracia, les doy mi bendición.

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número 50, viernes 13 de diciembre de 2013 L’OSSERVATORE ROMANO páginas 8/9 Mensaje del Papa Francisco para la Jornada mundial del 1 de enero de 2014 La fraternidad, fundamento y camino para la paz 1. En este mi primer Mensaje para la Jornada mundial de la paz, quisiera desear a todos, a las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de esperanza. El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer. De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera. Y es necesario recordar que normalmente la fraternidad se empieza a aprender en el seno de la familia, sobre todo gracias a las responsabilidades complementarias de cada uno de sus miembros, en particular del padre y de la madre. La familia es la fuente de toda fraternidad, y por eso es también el fundamento y el camino primordial para la paz, pues, por vocación, debería contagiar al mundo con su amor. El número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros. Sin embargo, a menudo los hechos, en un mundo caracterizado por la «globalización de la indiferencia», que poco a poco nos «habitúa» al sufrimiento del otro, cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esa vocación. En muchas partes del mundo, continuamente se lesionan gravemente los derechos humanos fundamentales, sobre todo el derecho a la vida y a la libertad religiosa. El trágico fenómeno de la trata de seres humanos, con cuya vida y desesperación especulan personas sin escrúpulos, representa un ejemplo inquietante. A las guerras hechas de enfrentamientos armados se suman otras guerras menos visibles, pero no menos crueles, que se combaten en el campo económico y financiero con medios igualmente destructivos de vidas, de familias, de empresas. La globalización, como ha afirmado Benedicto XVI, nos acerca a los demás, pero no nos hace hermanos1. Además, las numerosas situaciones de desigualdad, de pobreza y de injusticia revelan no sólo una profunda falta de fraternidad, sino también la ausencia de una cultura de la solidaridad. Las nuevas ideologías, caracterizadas por un difuso individualismo, egocentrismo y consumismo materialista, debilitan los lazos sociales, fomentando esa mentalidad del «descarte», que lleva al desprecio y al abandono de los más débiles, de cuantos son considerados «inútiles». Así la convivencia humana se parece cada vez más a un mero do ut des pragmático y egoísta. Al mismo tiempo, es claro que tampoco las éticas contemporáneas son capaces de generar vínculos auténticos de fraternidad, ya que una fraternidad privada de la referencia a un Padre común, como fundamento último, no logra subsistir2. Una verdadera fraternidad entre los hombres supone y requiere una paternidad trascendente. A partir del reconocimiento de esta paternidad, se consolida la fraternidad entre los hombres, es decir, ese hacerse «prójimo» que se preocupa por el otro. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4, 9) 2. Para comprender mejor esta vocación del hombre a la fraternidad, para conocer más adecuadamente los obstáculos que se interponen en su realización y descubrir los caminos para superarlos, es fundamental dejarse guiar por el conocimiento del designio de Dios, que nos presenta luminosamente la Sagrada Escritura. Según el relato de los orígenes, todos los hombres proceden de unos padres comunes, de Adán y Eva, pareja creada por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26), de los cuales nacen Caín y Abel. En la historia de la primera familia leemos la génesis de la sociedad, la evolución de las relaciones entre las personas y los pueblos. Abel es pastor, Caín es labrador. Su identidad profunda y, a la vez, su vocación, es ser hermanos, en la diversidad de su actividad y cultura, de su modo de relacionarse con Dios y con la creación. Pero el asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4, 116) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros. Caín, al no aceptar la predilección de Dios por Abel, que le ofrecía lo mejor de su rebaño —«el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda» (Gn 4, 4-5)—, mata a Abel por envidia. De esta manera, se niega a reconocerlo como hermano, a relacionarse positivamente con él, a vivir ante Dios asumiendo sus responsabilidades de cuidar y proteger al otro. A la pregunta «¿Dónde está tu hermano?», con la que Dios interpela a Caín pidiéndole cuentas por lo que ha hecho, él responde: «No lo sé; ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4, 9). Después —nos dice el Génesis— «Caín salió de la presencia del Señor» (4, 16). Hemos de preguntarnos por los motivos profundos que han llevado a Caín a dejar de lado el vínculo de fraternidad y, junto con él, el vínculo de reciprocidad y de comunión que lo unía a su hermano Abel. Dios mismo denuncia y recrimina a Caín su connivencia con el mal: «El pecado acecha a la puerta» (Gn 4, 7). No obstante, Caín no lucha contra el mal y decide igualmente alzar la mano «contra su hermano Abel» (Gn 4, 8), rechazando el proyecto de Dios. Frustra así su vocación originaria de ser hijo de Dios y a vivir la fraternidad. El relato de Caín y Abel nos enseña que la humanidad lleva inscrita en sí una vocación a la fraternidad, pero también la dramática posibilidad de su traición. Da testimonio de ello el egoísmo cotidiano, que está en el fondo de tantas guerras e injusticias: muchos hombres y mujeres mueren a manos de hermanos y hermanas que no saben reconocerse como tales, es decir, como seres hechos para la reciprocidad, para la comunión y para el don. «Y todos ustedes son hermanos» (Mt 23, 8) 3. Surge espontánea la pregunta: ¿los hombres y las mujeres de este mundo podrán corresponder alguna vez plenamente al anhelo de fraternidad, que Dios Padre imprimió en ellos? ¿Conseguirán, sólo con sus fuerzas, vencer la indiferencia, el egoísmo y el odio, y aceptar las legítimas diferencias que caracterizan a los hermanos y hermanas? humana para redimirla, amando al Padre hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 8), mediante su resurrección nos constituye en humanidad nueva, en total comunión con la voluntad de Dios, con su proyecto, que comprende la plena realización de la vocación a la fraternidad. Jesús asume desde el principio el proyecto de Dios, concediéndole el primado sobre todas las cosas. Pero Cristo, con su abandono a la muerte por amor al Padre, se convierte en principio nuevo y definitivo para todos nosotros, llamados a reconocernos hermanos en Él, hijos del mismo Padre. Él es la misma Alianza, el lugar personal de la reconciliación del hombre con Dios y de los hermanos entre sí. En la muerte en cruz de Jesús también queda superada la separación entre pueblos, entre el pueblo de la Alianza y el pueblo de los Gentiles, privado de esperanza porque hasta aquel momento era ajeno a los pactos de la Promesa. Como leemos en la Carta a los Efesios, Jesucristo reconcilia en sí a todos los hombres. Él es la paz, porque de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando el muro de separación que los dividía, la enemistad. Él ha creado en sí mismo un solo pueblo, un solo hombre nuevo, una sola humanidad (cf. 2, 14-16). Quien acepta la vida de Cristo y vive en Él reconoce a Dios como Padre y se Una imagen de la visita del Papa Francisco a Lampedusa (8 de julio) Parafraseando sus palabras, podríamos sintetizar así la respuesta que nos da el Señor Jesús: Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23, 8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios. No se trata de una paternidad genérica, indiferenciada e históricamente ineficaz, sino de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6, 25-30). Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad, porque el amor de Dios, cuando es acogido, se convierte en el agente más asombroso de transformación de la existencia y de las relaciones con los otros, abriendo a los hombres a la solidaridad y a la reciprocidad. Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el «lugar» definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos. Jesucristo, que ha asumido la naturaleza entrega totalmente a Él, amándolo sobre todas las cosas. El hombre reconciliado ve en Dios al Padre de todos y, en consecuencia, siente el llamado a vivir una fraternidad abierta a todos. En Cristo, el otro es aceptado y amado como hijo o hija de Dios, como hermano o hermana, no como un extraño, y menos aún como un contrincante o un enemigo. En la familia de Dios, donde todos son hijos de un mismo Padre, y todos están injertados en Cristo, hijos en el Hijo, no hay «vidas descartables». Todos gozan de igual e intangible dignidad. Todos son amados por Dios, todos han sido rescatados por la sangre de Cristo, muerto en cruz y resucitado por cada uno. Ésta es la razón por la que no podemos quedarnos indiferentes ante la suerte de los hermanos. La fraternidad, fundamento y camino para la paz 4. Teniendo en cuenta todo esto, es fácil comprender que la fraternidad es fundamento y camino para la paz. Las encíclicas sociales de mis Predecesores aportan una valiosa ayuda en este sentido. Bastaría recuperar las definiciones de paz de la Populorum progressio de Pablo VI o de la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II. En la primera, encontramos que el desarrollo integral de los pueblos es el nuevo nombre de la paz3. En la segunda, que la paz es opus solidaritatis4. Pablo VI afirma que no sólo entre las personas, sino también entre las naciones, debe reinar un espíritu de fraternidad. Y explica: «En esta comprensión y amistad mutuas, en esta comunión sagrada, debemos […] actuar a una para edificar el porvenir común de la humanidad»5. Este deber concierne en primer lugar a los más favorecidos. Sus obligaciones hunden sus raíces en la fraternidad humana y sobrenatural, y se presentan bajo un triple aspecto: el deber de solidaridad, que exige que las naciones ricas ayuden a los países menos desarrollados; el deber de justicia social, que requiere el cumplimiento en términos más correctos de las relaciones defectuosas entre pueblos fuertes y pueblos débiles; el deber de caridad universal, que implica la promoción de un mundo más humano para todos, en donde todos tengan algo que dar y recibir, sin que el progreso de unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros6. Asimismo, si se considera la paz como opus solidaritatis, no se puede soslayar que la fraternidad es su principal fundamento. La paz —afirma Juan Pablo II— es un bien indivisible. O es de todos o no es de nadie. Sólo es posible alcanzarla realmente y gozar de ella, como mejor calidad de vida y como desarrollo más humano y sostenible, si se asume en la práctica, por parte de todos, una «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común»7. Lo cual implica no dejarse llevar por el «afán de ganancia» o por la «sed de poder». Es necesario estar dispuestos a «“perderse” por el otro en lugar de explotarlo, y a “servirlo” en lugar de oprimirlo para el propio provecho. […] El “otro” —persona, pueblo o nación— no [puede ser considerado] como un instrumento cualquiera para explotar a bajo coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un “semejante” nuestro, una “ayuda”»8. La solidaridad cristiana entraña que el prójimo sea amado no sólo como «un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos», sino como «la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo»9, como un hermano. «Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, “hijos en el Hijo”, de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo, conferirá —recuerda Juan Pablo II— a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo»10, para transformarlo. La fraternidad, premisa para vencer la pobreza 5. En la Caritas in veritate, mi Predecesor recordaba al mundo entero que la falta de fraternidad entre los pueblos y entre los hombres es una causa importante de la pobreza11. En muchas sociedades experimentamos una profunda pobreza relacional debida a la carencia de sólidas relaciones familiares y comunitarias. Asistimos con preocupación al crecimiento de distintos tipos de descontento, de marginación, de soledad y a variadas formas de dependencia patológica. Una pobreza como ésta sólo puede ser superada redescubriendo y valorando las relaciones fraternas en el seno de las familias y de las comunidades, compartiendo las alegrías y los sufrimientos, las dificultades y los logros que forman parte de la vida de las personas. Además, si por una parte se da una reducción de la pobreza absoluta, por otra parte no podemos dejar de reconocer un grave aumento de la pobreza relativa, es decir, de las desigualdades entre personas y grupos que conviven en una determinada región o en un determinado contexto histórico-cultural. En este sentido, se necesitan también políticas eficaces que promuevan el principio de la fraternidad, asegurando a las personas —iguales en su dignidad y en sus derechos fundamentales— el acceso a los «capitales», a los servicios, a los recursos educativos, sanitarios, tecnológicos, de modo que todos tengan la oportunidad de expresar y realizar su proyecto de vida, y puedan desarrollarse plenamente como personas. También se necesitan políticas dirigidas a atenuar una excesiva desigualdad de la renta. No podemos olvidar la enseñanza de la Iglesia sobre la llamada hipoteca social, según la cual, aunque es lícito, como dice Santo Tomás de Aquino, e incluso necesario, «que el hombre posea cosas propias»12, en cuanto al uso, no las tiene «como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás»13. Finalmente, hay una forma más de promover la fraternidad —y así vencer la pobreza— que debe estar en el fondo de todas las demás. Es el desprendimiento de quien elige vivir estilos de vida sobrios y esenciales, de quien, compartiendo las propias riquezas, consigue así experimentar la comunión fraterna con los otros. Esto es fundamental para seguir a Jesucristo y ser auténticamente cristianos. No se trata sólo de personas consagradas que hacen profesión del voto de pobreza, sino también de muchas familias y ciudadanos responsables, que creen firmemente que la relación fraterna con el prójimo constituye el bien más preciado. El redescubrimiento de la fraternidad en la economía 6. Las graves crisis financieras y económicas contemporáneas —que tienen su origen en el progresivo alejamiento del hombre de Dios y del prójimo, en la búsqueda insaciable de bienes materiales, por un lado, y en el empobrecimiento de las relaciones interpersonales y comunitarias, por otro— han llevado a muchos a buscar el bienestar, la felicidad y la seguridad en el consumo y la ganancia más allá de la lógica de una economía sana. Ya en 1979 Juan Pablo II advertía del «peligro real y perceptible de que, mientras avanza enormemente el dominio por parte del hombre sobre el mundo de las cosas, pierda los Dos niños sirios en un campo de refugiados en Azaz (Afp) hilos esenciales de este dominio suyo, y de diversos modos su humanidad quede sometida a ese mundo, y él mismo se haga objeto de múltiple manipulación, aunque a veces no directamente perceptible, a través de toda la organización de la vida comunitaria, a través del sistema de producción, a través de la presión de los medios de comunicación social»14. El hecho de que las crisis económicas se sucedan una detrás de otra debería llevarnos a las oportunas revisiones de los modelos de desarrollo económico y a un cambio en los estilos de vida. La crisis actual, con graves consecuencias para la vida de las personas, puede ser, sin embargo, una ocasión propicia para recuperar las virtudes de la prudencia, de la templanza, de la justicia y de la fortaleza. Estas virtudes nos pueden ayudar a superar los momentos difíciles y a redescubrir los vínculos fraternos que nos unen unos a otros, con la profunda confianza de que el hombre tiene necesidad y es capaz de algo más que desarrollar al máximo su interés individual. Sobre todo, estas virtudes son necesarias para construir y mantener una sociedad a medida de la dignidad humana. La fraternidad extingue la guerra 7. Durante este último año, muchos de nuestros hermanos y hermanas han sufrido la experiencia denigrante de la guerra, que constituye una grave y profunda herida infligida a la fraternidad. Muchos son los conflictos armados que se producen en medio de la indiferencia general. A todos cuantos viven en tierras donde las armas imponen terror y destrucción, les aseguro mi cercanía personal y la de toda la Iglesia. Ésta tiene la misión de llevar la caridad de Cristo también a las víctimas inermes de las guerras olvidadas, mediante la oración por la paz, el servicio a los heridos, a los que pasan hambre, a los desplazados, a los refugiados y a cuantos viven con miedo. Además la Iglesia alza su voz para hacer llegar a los responsables el grito de dolor de esta humanidad sufriente y para hacer cesar, junto a las hostilidades, cualquier atropello o violación de los derechos fundamentales del hombre15. Por este motivo, deseo dirigir una encarecida exhortación a cuantos siembran violencia y muerte con las armas: Redescubran, en quien hoy consideran sólo un enemigo al que exterminar, a su hermano y no alcen su mano contra él. Renuncien a la vía de las armas y vayan al encuentro del otro con el diálogo, el perdón y la reconciliación para reconstruir a su alrededor la justicia, la confianza y la esperanza. «En esta perspectiva, parece claro que en la vida de los pueblos los conflictos armados constituyen siempre la deliberada negación de toda posible concordia internacional, creando divisiones profundas y heridas lacerantes que requieren muchos años para cicatrizar. Las guerras constituyen el rechazo práctico al compromiso por alcanzar esas grandes metas económicas y sociales que la comunidad internacional se ha fijado»16. Sin embargo, mientras haya una cantidad tan grande de armamentos en circulación como hoy en día, siempre se podrán encontrar nuevos pretextos para iniciar las hostilidades. Por eso, hago mío el llamamiento de mis Predecesores a la no proliferación de las armas y al desarme de parte de todos, comenzando por el desarme nuclear y químico. No podemos dejar de constatar que los acuerdos internacionales y las leyes nacionales, aunque son necesarias y altamente deseables, no son suficientes por sí solas para proteger a la humanidad del riesgo de los conflictos armados. Se necesita una conversión de los corazones que permita a cada uno reconocer en el otro un hermano del que preocuparse, con el que colaborar para construir una vida plena para todos. Éste es el espíritu que anima muchas iniciativas de la sociedad civil a favor de la paz, entre las que se encuentran las de las organizaciones religiosas. Espero que el empeño cotidiano de todos siga dando fruto y que se pueda lograr también la efectiva aplicación en el derecho internacional del derecho a la paz, como un derecho humano fundamental, pre-condición necesaria para el ejercicio de todos los otros derechos. SIGUE EN LA PÁGINA 10

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página 10 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 13 de diciembre de 2013, número 50 Mensaje del Papa para la Jornada mundial de la paz de 2014 VIENE DE LA PÁGINA 8 La corrupción y el crimen organizado se oponen a la fraternidad 8. El horizonte de la fraternidad prevé el desarrollo integral de todo hombre y mujer. Las justas ambiciones de una persona, sobre todo si es joven, no se pueden frustrar y ultrajar, no se puede defraudar la esperanza de poder realizarlas. Sin embargo, no podemos confundir la ambición con la prevaricación. Al contrario, debemos competir en la estima mutua (cf. Rm 12, 10). También en las disputas, que constituyen un aspecto ineludible de la vida, es necesario recordar que somos hermanos y, por eso mismo, educar y educarse en no considerar al prójimo un enemigo o un adversario al que eliminar. La fraternidad genera paz social, porque crea un equilibrio entre libertad y justicia, entre responsabilidad personal y solidaridad, entre el bien de los individuos y el bien común. Y una comunidad política debe favorecer todo esto con trasparencia y responsabilidad. Los ciudadanos deben sentirse representados por los poderes públicos sin menoscabo de su libertad. En cambio, a menudo, entre ciudadano e instituciones, se infiltran intereses de parte que deforman su relación, propiciando la creación de un clima perenne de conflicto. Un auténtico espíritu de fraternidad vence el egoísmo individual que impide que las personas puedan vivir en libertad y armonía entre sí. Ese egoísmo se desarrolla socialmente tanto en las múltiples formas de corrupción, hoy tan capilarmente difundidas, como en la formación de las organizaciones criminales, desde los grupos pequeños a aquellos que operan a escala global, que, minando profundamente la legalidad y la justicia, hieren el corazón de la dignidad de la persona. Estas organizaciones ofenden gravemente a Dios, perjudican a los hermanos y dañan a la creación, más todavía cuando tienen connotaciones religiosas. Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos se lucran despreciando las leyes morales y civiles, en la devastación de los recursos naturales y en la contaminación, en la tragedia de la explotación laboral; pienso en el blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a menudo asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas económicos y sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas partes del mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad. Juan XXIII escribió al respecto: «Una sociedad que se apoye sólo en la razón de la fuerza ha de calificarse de inhumana. En ella, efectivamente, los hombres se ven privados de su libertad, en vez de sentirse estimulados, por el contra- rio, al progreso de la vida y al propio perfeccionamiento»17. Sin embargo, el hombre se puede convertir y nunca se puede excluir la posibilidad de que cambie de vida. Me gustaría que esto fuese un mensaje de confianza para todos, también para aquellos que han cometido crímenes atroces, porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 18, 23). En el contexto amplio del carácter social del hombre, por lo que se refiere al delito y a la pena, también hemos de pensar en las condiciones inhumanas de muchas cárceles, donde el recluso a menudo queda reducido a un estado infrahumano y humillado en su dignidad humana, impedido también de cualquier voluntad y expresión de redención. La Iglesia hace mucho en todos estos ámbitos, la mayor parte de las veces en silencio. Exhorto y animo a hacer cada vez más, con la esperanza de que dichas iniciativas, llevadas a cabo por muchos hombres y mujeres audaces, sean cada vez más apoyadas leal y honestamente también por los poderes civiles. La fraternidad ayuda a proteger y a cultivar la naturaleza 9. La familia humana ha recibido del Creador un don en común: la naturaleza. La visión cristiana de la creación conlleva un juicio positivo sobre la licitud de las intervenciones en la naturaleza para sacar provecho de ello, a condición de obrar responsablemente, es decir, acatando aquella «gramática» que está inscrita en ella y usando sabiamente los recursos en beneficio de todos, respetando la belleza, la finalidad y la utilidad de todos los seres vivos y su función en el ecosistema. En definitiva, la naturaleza está a nuestra disposición, y nosotros estamos llamados a administrarla responsablemente. En cambio, a menudo nos dejamos llevar por la codicia, por la soberbia del dominar, del tener, del manipular, del explotar; no custodiamos la naturaleza, no la respetamos, no la consideramos un don gratuito que tenemos que cuidar y poner al servicio de los hermanos, también de las generaciones futuras. En particular, el sector agrícola es el sector primario de producción con la vocación vital de cultivar y proteger los recursos naturales para ali- mentar a la humanidad. A este respecto, la persistente vergüenza del hambre en el mundo me lleva a compartir con ustedes la pregunta: ¿cómo usamos los recursos de la tierra? Las sociedades actuales deberían reflexionar sobre la jerarquía en las prioridades a las que se destina la producción. De hecho, es un deber de obligado cumplimiento que se utilicen los recursos de la tierra de modo que nadie pase hambre. Las iniciativas y las soluciones posibles son muchas y no se limitan al aumento de la producción. Es de sobra sabido que la producción actual es suficiente y, sin embargo, millones de personas sufren y mueren de hambre, y eso constituye un verdadero escándalo. Es necesario encontrar los modos para que todos se puedan beneficiar de los frutos de la tierra, no sólo para evitar que se amplíe la brecha entre quien más tiene y quien se tiene que conformar con las migajas, sino también, y sobre todo, por una exigencia de justicia, de equidad y de respeto hacia el ser humano. En este sentido, quisiera recordar a todos el necesario destino universal de los bienes, que es uno de los principios clave de la doctrina social de la Iglesia. Respetar este principio es la condición esencial para posibilitar un efectivo y justo acceso a los bienes básicos y primarios que todo hombre necesita y a los que tiene derecho. Conclusión 10. La fraternidad tiene necesidad de ser descubierta, amada, experimentada, anunciada y testimoniada. Pero sólo el amor dado por Dios nos permite acoger y vivir plenamente la fraternidad. El necesario realismo de la política y de la economía no puede reducirse a un tecnicismo privado de ideales, que ignora la dimensión trascendente del hombre. Cuando falta esta apertura a Dios, toda actividad humana se vuelve más pobre y las personas quedan reducidas a objetos de explotación. Sólo si aceptan moverse en el amplio espacio asegurado por esta apertura a Aquel que ama a cada hombre y a cada mujer, la política y la economía conseguirán estructurarse sobre la base de un auténtico espíritu de caridad fraterna y podrán ser instrumento eficaz de desarrollo humano integral y de paz. Los cristianos creemos que en la Iglesia somos miembros los unos de los otros, que todos nos necesitamos unos a otros, porque a cada uno de nosotros se nos ha dado una gracia según la medida del don de Cristo, para la utilidad común (cf. Ef 4, 7.25; 1 Co 12, 7). Cristo ha venido al mundo para traernos la gracia divina, es decir, la posibilidad de participar en su vida. Esto lleva consigo tejer un entramado de relaciones fraternas, basadas en la reciprocidad, en el perdón, en el don total de sí, según la amplitud y la profundidad del amor de Dios, ofrecido a la humanidad por Aquel que, crucificado y resucitado, atrae a todos a sí: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo les he amado, ámense también entre ustedes. La señal por la que conocerán todos que son discípulos míos será que se aman unos a otros» (Jn 13, 34-35). Ésta es la buena noticia que reclama de cada uno de nosotros un paso adelante, un ejercicio perenne de empatía, de escucha del sufrimiento y de la esperanza del otro, también del más alejado de mí, poniéndonos en marcha por el camino exigente de aquel amor que se entrega y se gasta gratuitamente por el bien de cada hermano y hermana. Cristo se dirige al hombre en su integridad y no desea que nadie se pierda. «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3, 17). Lo hace sin forzar, sin obligar a nadie a abrirle las puertas de su corazón y de su mente. «El primero entre ustedes pórtese como el menor, y el que gobierna, como el que sirve» —dice Jesucristo—, «yo estoy en medio de ustedes como el que sirve» (Lc 22, 26-27). Así pues, toda actividad debe distinguirse por una actitud de servicio a las personas, especialmente a las más lejanas y desconocidas. El servicio es el alma de esa fraternidad que edifica la paz. Que María, la Madre de Jesús, nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a todos los hombres en esta querida tierra nuestra. Vaticano, 8 de diciembre de 2013 Notas 1 Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 de junio de 2009), 19: AAS 101 (2009), 654-655. 2 Cf. Francisco, Carta enc. Lumen fidei (29 de junio de 2013), 54: AAS 105 (2013), 591-592. 3 Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 de marzo de 1967), 87: AAS 59 (1967), 299. 4 Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de 1987), 39: AAS 80 (1988), 566-568. 5 Carta enc. Populorum progressio (26 de marzo de 1967), 43: AAS 59 (1967), 278-279. 6 Cf. íbid., 44: AAS 59 (1967), 279. 7 Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de 1987), 38: AAS 80 (1988), 566. 8 Íbid., 38-39: AAS 80 (1988), 566-567. 9 Íbid., 40: AAS 80 (1988), 569. 10 Íbid. 11 Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 de junio de 2009), 19: AAS 101 (2009), 654-655. 12 Summa Theologiae II-II, q. 66, art. 2. 13 Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 69. Cf. León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 de mayo de 1891), 19: ASS 23 (1890-1891), 651; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de 1987), 42: AAS 80 (1988), 573-574; Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 178. 14 Carta enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 16: AAS 61 (1979), 290. 15 Cf. Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 159. 16 Francisco, Carta al Presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin (4 de septiembre de 2013): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (6 de septiembre de 2013), 1. 17 Carta enc. Pacem in terris (11 de abril de 1963), 34: AAS 55 (1963), 256.

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número 50, viernes 13 de diciembre de 2013 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 De Benedicto a Francisco La revolución tranquila LUCETTA SCARAFFIA E n diciembre, como de costumbre, se comienza a hacer un balance del año que está por terminar, y no cabe duda de que en 2013 han sido dominantes la renuncia de Benedicto XVI y la elección del Papa Francisco, a quien «Time» declara «hombre del año». En este cambio la Iglesia ha demostrado saber salir de una situación difícil con una inspiración —hecha posible por la imprevista renuncia de Ratzinger— que ha revelado la insospechada vitalidad. Y que todo el mundo acogió con sorpresa y admiración. Ha sido una revolución tranquila, como escribe Jean-Louis de La Vaissière ya en el título de un libro sobre este delicado paso. De Benoît à François, une révolution tranquille (Le Passeur) afronta la cuestión de un modo profundo, no sólo inspirado, teniendo siempre presente la compleja personalidad de los dos Papas y las exigencias espirituales y apostólicas de su misión. Lejos, por lo tanto, de esos libros fundados en presuntas revelaciones que con frecuencia son fruto de fatigas literarias de muchos vaticanistas. Él observa que la renuncia de Benedicto comienza inmediatamente a actuar un vuelco: la prensa descubre improvisamente el valor de ese Papa que había sido poco comprendido, aplastado en una imagen de severidad y rigidez atribuida por haber ocupado durante tantos años el difícil papel de prefecto del antiguo Santo Oficio. Se desprende de su acto el testimonio de una inédita libertad, de una revolución que parecía lejana de su espíritu sereno, racional, de su apego a la tradición. El autor identifica luego el terreno sobre el cual Benedicto ha luchado: no tanto sobre cuestiones sociales y políticas, sino para poner a Dios, el Dios cristiano, en el centro del debate. Una batalla a la que se dedicó de mil maneras, bien consciente de hablar en un mundo que parecía sordo a la voz de la Iglesia. Un hombre de interioridad, que defiende siempre la devoción de los sencillos incluso sin perder jamás de vista el necesario trabajo de explicación y de purificación de la fe, considerado por él esencial. Un Papa que ama el debate de las ideas, y quiere proteger la libertad del fiel a toda costa, pero que privilegia sobre todo la coherencia. De manera original —escribe de La Vaissière— Benedicto denuncia el culto de la autorrealización, que impide la buena relación con el otro y con Dios, y el sueño de vencer la muerte con la ciencia. Sus críticas son detalladas, el análisis delicado, y Francisco sacará de ello las consecuencias prácticas con un lenguaje más fácil, más inmediato, denso de ejemplos concretos. Pero la novedad auténtica traída por el Papa Ratzinger es la apertura de un diálogo cerrado con los agnósticos, situado por importancia al mismo nivel del diálogo entre las religiones. Bergoglio sabrá sacar fruto de esta gran enseñanza a un nivel menos jerárquico, menos intelectual, más pastoral. Su elección es considerada por de La Vaissière el equivalente a la caída del muro de Berlín: el hombre de la periferia, que elige el nombre de Francisco, enciende inmediatamente inmensas expectativas. En esencia, con su comportamiento libre y nuevo, el Papa continúa la revolución de Ratzinger, que con su decisión ha borrado las diferencias entre conservadores y progresistas, poniendo en el centro la caridad, en el sentido de calor, de fuego. Es espontáneo, pero no improvisador: la energía que él sabe dar a la Iglesia para volver a darle vida remite a Otro. «La moral de Jorge Bergoglio es una moral del combate espiritual, de la superación, de la opción valiente que hace felices» escribe de La Vaissière. La palabra que el Papa pronuncia con mayor frecuencia —y que ha sido la palabra clave de su intervención en las reuniones que precedieron el cónclave— es «salir», salir a la calle de la vida, salir de sí mismos, salir de la autorreferencialidad, del clericalismo, de la institucionalización, del pesimismo que ha invadido a la Iglesia. Pero en esta óptica factual, operativa, de la misión no olvida la necesidad de ulteriores esfuerzos intelectuales: pide una nueva teología para las mujeres y una teología del pecado que profundice la dimensión de la misericordia. El Papa Francisco, diversamente de lo que piensan los periodistas desde fuera, sabe que las reformas estructurales no son todo, y que lo que cuenta es el cambio interno, es decir, que la Iglesia llegue a ser fervorosa, resistente, cercana a los seres humanos, consciente de que la aspiración a la reforma es más antigua que los últimos decenios: ya el Concilio de Trento —relata en un buen libro (editado en Italia por «Vita e Pensiero») John W. O’Malley— quería asegurar una atención más eficaz de las almas, un estilo más severo y riguroso en la vida de las jerarquías eclesiásticas, en una dialéctica entre acción directa del Papa y consejos de los cardenales aún invocada. La sabiduría acumulada en dos milenios asegura que la Iglesia, incluso esta vez, tendrá éxito en su intento reformador para predicar más eficazmente la palabra de Jesús, para llevar luz a un mundo que la ha olvidado. Al Instituto Dignitatis humanae el Pontífice vuelve a proponer la doctrina social de la Iglesia La brújula del pueblo de Dios La dignidad originaria de cada hombre y cada mujer es irreprimible e indisponible a todo poder o ideología. La doctrina social de la Iglesia es un baluarte contra la incipiente cultura del descarte. Es éste el sentido del discurso del Pontífice a los miembros del Instituto Dignitatis humanae, el sábado 7 de diciembre, por la mañana, en la sala Clementina. Señores cardenales, ilustres señores: Os doy las gracias por este encuentro, en especial agradezco al cardenal Martino las palabras de introducción. Vuestro Instituto se propone promover la dignidad humana sobre la base de que la verdad fundamental que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, una dignidad originaria de todo hombre y mujer, irreprimible, indisponible a cualquier poder o ideología. Lamentablemente en nuestra época, tan rica por muchas conquistas y esperanzas, no faltan poderes y fuerzas que acaban produciendo una cultura del descarte; y ésta tiende a convertirse en mentalidad común. Las víctimas de dicha cultura son precisamente los seres humanos más débiles y frágiles —los «nasciturus», los más pobres, los ancianos enfermos, los discapacitados graves…—, que corren el ries- go de ser «descartados», expulsados por un engranaje que debe ser eficiente a toda costa. Este falso modelo de hombre y de sociedad realiza un ateísmo práctico, negando, de hecho, la Palabra de Dios que dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (cf. Gn 1, 26). En cambio, si nos dejamos interrogar por esta Palabra, si dejamos que ella interpele nuestra conciencia personal y social, si dejamos que ponga en tela de juicio nuestros modos de pensar y de obrar, los criterios, las prioridades y las opciones, entonces las cosas pueden cambiar. La fuerza de esta Palabra pone límites a quien quiera llegar a ser hegemónico prevaricando contra los derechos y la dignidad de los demás. Al mismo tiempo, dona esperanza y consuelo a quien no es capaz de defenderse, a quien no dispone de medios intelectuales y prácticos para afirmar el valor del propio sufrimiento, de los propios derechos, de la propia vida. La doctrina social de la Iglesia, con su visión integral del hombre, como ser personal y social, es vuestra «brújula». Allí se encuentra un fruto especialmente significativo del largo camino del pueblo de Dios en la historia moderna y contemporánea: está la defensa de la libertad religiosa, de la vida en todas sus fases, del derecho al trabajo y al trabajo decente, de la familia, de la educación… Son bienvenidas, por lo tanto, todas las iniciativas como la vuestra, que quieren ayudar a las personas, las comunidades y las instituciones a redescubrir el alcance ético y social del principio de la dignidad humana, raíz de libertad y de justicia. Con este fin es necesaria una obra de sensibilización y de formación, a fin de que los fieles laicos, en cualquier condición, y especialmente quienes se comprometen en ámbito político, sepan pensar según el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia y obrar coherentemente, dialogando y colaborando con quienes, con sinceridad y honestidad intelectual, comparten, si no es la fe, al menos una visión similar del hombre y de la sociedad y sus consecuencias éticas. No son pocos los no cristianos y los no creyentes convencidos de que la persona humana deba ser siempre un fin y nunca un medio. Al desearos todo bien para vuestra actividad, invoco para vosotros y para vuestros seres queridos la bendición del Señor.

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página 12 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 13 de diciembre de 2013, número 50 Misa con el Pontífice en Santa Marta Palabras enloquecidas Las «palabras cristianas» vacías de la presencia de Cristo son como palabras enloquecidas, sin sentido y engañadoras que desembocan en el orgullo y en el «poder por el poder». Es una invitación a un «examen de conciencia» sobre la coherencia entre el decir y el hacer la propuesta por el Papa Francisco en la misa celebrada el jueves 5 de diciembre, por la mañana, en la capilla de la Casa de Santa Marta. Partiendo de la liturgia del día, el Pontífice recordó que «muchas veces el Señor habló de esta actitud», la de conocer la Palabra sin ponerla en práctica. Como dice el Evangelio, Jesús «reprendía también a los fariseos» por «conocer todo, pero no hacerlo». Y así, «decía a la gente: haced lo que dicen, pero no lo que hacen, porque no hacen lo que dicen». Es la cuestión de las «palabras separadas de la práctica», palabras que, en cambio, se han de vivir. Sin embargo, «estas palabras son buenas» advirtió el Papa, «son hermosas palabras». Por ejemplo, «también los Mandamientos y las bienaventuranzas» se cuentan entre estas «palabras buenas», así como también «tantas cosas que dijo Jesús. Podemos repetirlas, pero si no nos llevan a la vida no sólo no sirven, sino que hacen mal, nos engañan, nos hacen creer que tenemos una hermosa casa, pero sin cimientos». En el pasaje evangélico de Mateo (7, 21.24-27), prosiguió el Papa, el Señor dice que precisamente quien «escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca». Al fin de cuentas se trata, explicó, de «una ecuación matemática: conozco la Palabra, la pongo en práctica, estoy construido sobre roca». La cuestión esencial, sin embargo, precisó el Santo Padre, es «¿cómo la llevo a la práctica?». Y destacó que precisamente «aquí está el mensaje de Jesús: ponerla en práctica como se construye una casa sobre roca». Y «esta figura de la roca se refiere al Señor». Al respecto, el Papa Francisco hizo referencia al profeta Isaías que, en la primera lectura (26, 1-6), dice: «Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua» (v. 4). Por lo tanto, explicó el Pontífice, «la roca es Jesucristo, la roca es el Señor. Una palabra es fuerte, da vida, puede seguir adelante, puede tolerar todos los ataques si esta pala- bra tiene sus raíces en Jesucristo». En cambio, «una palabra cristiana que no tiene sus raíces vitales, en la vida de una persona, en Jesucristo, es una palabra cristiana sin Cristo. Y las palabras cristianas sin Cristo engañan, hacen mal». El Papa recordó luego al escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) que «hablando de las herejías» dijo «que una herejía es una verdad, una palabra, una verdad que se ha vuelto loca». Es un hecho, destacó el Pontífice, que «cuando las palabras cristianas no tienen a Cristo comienzan a ir por el camino de la locura». Isaías, continuó, «es claro y nos indica cuál es esta locura». En efecto, se lee en el pasaje bíblico: «el Señor es la roca perpetua, porque Él doblegó a los habitantes de la altura, abatió la ciudad eleva- Gabriela y las hostias de la cárcel LUCETTA SCARAFFIA Las hostias constituyen la materia más preciosa que se usa en el rito litúrgico, porque se transforman —en la consagración— en el Cuerpo de Cristo. Precisamente por eso ha sido siempre tradición que las prepararan las manos más puras, las de las vírgenes consagradas a Dios: las religiosas de clausura. Y con procesos antiguos, ciertamente no industriales. Precisamente por no ser mera materia, sino materia que se dispone a transformarse en la transubstanciación, las hostias puede tener una influencia positiva en quien las prepara. Justamente eso deben haber pensando las religiosas benedictinas de San Isidro, suburbio de Buenos Aires, en cuyas cercanías hay un penitenciario, que decidieron compartir el honor de la preparación de las hostias con las mujeres detenidas en él. En dicha preparación —que comprende un ciclo completo desde la molienda del grano hasta la hostia terminada— se distinguió una detenida de la Unidad 47 del Penitenciario de Buenos Aires, que desde hace un año elabora hostias de óptima calidad. La idea de hacer participar a las detenidas en la preparación de las hostias fue acogida y apoyada por el capellán de la cárcel, Jorge García Cueva, y por el presbítero Juan Ignacio Pandolfini, quienes notaron cómo, desde que comenzó la preparación de las hostias, la detenida Gaby C. «logró dar un sentido a su vida en la cárcel, hasta el punto de superar sus fases de depresión. La producción de este taller sirve para abastecer a diversas parroquias y colegios de la diócesis, y la demanda aumenta en momentos especiales del año, como Semana Santa, Corpus Christi y Navidad. Pero no sólo eso: hace algunos meses las hostias —precisamente las mejores, preparadas por la detenida Gaby C.—, llegaron a las manos del Papa, que desde el 10 de julio celebra con ellas su misa diaria en la capilla de Santa Marta. Pocos días después de haber recibido el regalo de las hostias, Francisco escribió una carta a la detenida: «Querida Gabriela: monseñor Ojea me ha traído su carta. Le agradezco la confianza… y las hostias. A partir de mañana celebraré la misa con ellas, y le aseguro que esto me emociona. Su relato me ha hecho pensar y me lleva a rezar por usted… Me da alegría y seguridad que usted rece por mí. La tendré presente. Gracias una vez más por haberme escrito y mandado las fotos. Las tendré a la vista en mi escritorio. Que Jesús la bendiga y la Virgen Santísima la proteja. Cordialmente, Francisco». La alegría y la emoción que suscitó esta carta en el equipo de pastoral carcelaria y, sobre todo, en Gaby, fueron indecibles. La mujer sintió que se sanaban las heridas causadas por la cárcel —molestias, maltrato, en una palabra, actitudes de un régimen que provoca la desvalorización de la persona—, y comentó que la palabra del Papa «me consuela, no sólo a mí, sino también a mis padres, que son muy creyentes». El éxito de la elección de incorporar a las detenidas en el proceso de preparación de las hostias hizo reflexionar a los miembros de la pastoral carcelaria, permitiéndoles hacer un balance de su trabajo. Hay muchas y muchas Gaby —confirman los responsables de la pastoral carcelaria—, y «hoy ella es el símbolo de los detenidos, es la voz de todos los excluidos a los que acompañamos y visitamos en cada pabellón, en cada celda. No tenemos dudas de que es la voz de Jesús encarcelado en cada uno de ellos la que grita a la sociedad para que lo escuchen, lo acompañen y reconozcan. La cárcel nos trae la misericordia de Dios para hacer oír esta voz de los olvidados y marginados, a quienes rechazamos ver y escuchar en nuestra sociedad». da» (cf. vv. 4-5). Sí, «a los habitantes de la altura. Una palabra cristiana sin Cristo —añadió el Pontífice— te conduce a la vanidad, a la seguridad de ti mismo, al orgullo, al poder por el poder. El Señor abate a estas personas». Esta verdad, explicó, «es una constante en la historia de la salvación. Lo dice Ana, la mamá de Samuel; lo dice María en el Magníficat: el Señor derriba la vanidad, el orgullo de las personas que se creen ser roca». Son «personas que van sólo detrás de una palabra, sin Jesucristo». Hacen propia una palabra que es cristiana «pero sin Jesucristo: sin la relación con Jesucristo, sin la oración con Jesucristo, sin el servicio a Jesucristo, sin el amor a Jesucristo». Para el Papa Francisco «lo que el Señor nos dice hoy» es una invitación a «construir nuestra vida sobre esta roca. Y la roca es Él. Lo dice explícitamente Pablo —precisó— cuando se refiere a ese momento en el cual Moisés golpeó la roca con el bastón. Y dijo: la roca era Cristo. Cristo es la roca». Esta meditación comporta, sugirió el Pontífice, «un examen de conciencia» que «nos hará bien». Un «examen de conciencia» que se puede hacer respondiendo a una serie de preguntas esenciales. El Papa mismo las explicitó: «¿Cómo son nuestras palabras? ¿Son palabras suficientes en sí mismas? ¿Son palabras que creen ser poderosas? ¿Son palabras que creen también darnos la salvación? ¿Son palabras con Jesucristo? ¿Está siempre Jesucristo cuando decimos una palabra cristiana?». El Pontífice quiso nuevamente referirse expresamente «a las palabras cristianas. Porque cuando no está Jesucristo —dijo— también esto nos divide entre nosotros y crea división en la Iglesia». El Papa Francisco concluyó la homilía pidiendo «al Señor la gracia de ayudarnos en esta humildad que debemos tener: decir siempre palabras cristianas en Jesucristo, no sin Jesucristo». Y pidió al Señor que nos ayude también «en esta humildad de ser discípulos, salvados, de ir adelante no con palabras que, para creernos poderosos, acaban en la locura de la vanidad y en la locura del orgullo». Que «el Señor nos alcance esta gracia de la humildad de decir palabras con Jesucristo. Fundadas en Jesucristo», concluyó. El grito que molesta La oración es «un grito» que no teme «molestar a Dios», «hacer ruido», como cuando se «llama a una puerta» con insistencia. He aquí, según el Papa Francisco, el significado de la oración dirigida al Señor con espíritu de verdad y con la seguridad de que Él puede escucharla de verdad. El Pontífice habló de ello en la homilía de la misa celebrada el viernes 6 de diciembre. Refiriéndose al pasaje del capítulo 9 de Mateo (2731), el Papa centró la atención ante todo en una palabra contenida en el pasaje del Evangelio «que nos hace pensar: el grito». Los ciegos, que seguían al Señor, gritaban para ser curados. «También el ciego a la entra-

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número 50, viernes 13 de diciembre de 2013 L’OSSERVATORE ROMANO página 13 da de Jericó gritaba y los amigos del Señor querían hacerle callar», recordó el Santo Padre. Pero ese hombre «pidió una gracia al Señor y la pidió gritando», como diciendo a Jesús: «¡Hazlo! ¡Yo tengo derecho a que tú hagas esto!». «El grito —explicó el Pontífice— es aquí un signo de la oración. Jesús mismo, cuando enseñaba a rezar, decía que se hiciera como un amigo inoportuno que, a medianoche, iba a pedir un trozo de pan y un poco de pasta para los huéspedes». O bien «hacerlo como la viuda con el juez corrupto». En esencia, prosiguió el Papa, «hacerlo —diría yo— molestando. No lo sé, tal vez esto suena mal, pero rezar es un poco como molestar a Dios para que nos escuche». Y precisó que es el Señor mismo quien lo dice, sugiriendo rezar «como el amigo a medianoche, como la viuda al juez». Por lo tanto, rezar «es atraer los ojos, atraer el corazón de Dios hacia nosotros». Y eso es precisamente lo que hicieron también los leprosos del Evangelio, que se acercaron a Jesús para decirle: «Si tú quieres, puedes curarnos». Y «lo hicieron con una cierta seguridad». «Así, Jesús —afirmó el Pontífice— nos enseña a rezar». Nosotros, habitualmente presentamos al Señor nuestra petición «una, dos o tres veces, pero no con mucha fuerza: y luego me canso de pedirlo y me olvido de pedirlo». En cambio, los ciegos de los que habla Mateo en el pasaje evangélico «gritaban y no se cansaban de gritar». En efecto, dijo además el Papa, «Jesús nos dice: ¡pedid! Pero también nos dice: ¡llamad a la puerta! Y quien llama a la puerta hace ruido, incomoda, molesta». Precisamente «éstas son las palabras que Jesús usa para decirnos cómo debemos rezar». Pero éste es también «el modo de oración de los necesitados que vemos en el Evangelio». Así, los ciegos «se sienten seguros de pedir al Señor la salud», de tal manera que el Señor pregunta: «¿Creéis que yo puedo hacer esto?». Y le responden: «Sí, Señor. ¡Creemos! ¡Estamos seguros!». He aquí, prosiguió el Santo Padre, las «dos actitudes» de la oración: «es expresión de una necesidad y es segura». La oración «es necesaria siempre. La oración, cuando pedimos algo, es expresión de una necesidad: necesito esto, escúchame Señor». Además, «cuando es auténtica, es segura: escúchame, creo que tú puedes hacerlo, porque tú lo has prometido». En efecto, explicó el Pontífice, «la auténtica oración cristiana está cimentada en la promesa de Dios. Él lo ha prometido». El Pontífice hizo luego referencia a la primera lectura (Isaías 29, 17-21) de la liturgia del día, que contiene la promesa de salvación de Dios a su pueblo: «Oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos». Este pasaje, afirmó el Papa, «es una promesa. Todo esto es una promesa, la promesa de la salvación: yo estaré contigo, yo te daré la salvación». Y es «con esta seguridad» que «nosotros decimos al Señor nuestras necesidades. Pero seguros de que Él puede hacerlo». Por lo demás, cuando rezamos, es el Señor mismo quien nos pregunta: «¿Tú crees que yo pueda hacer esto?». Un interrogante del que brota la pregunta que cada uno debe hacerse a sí mismo: «¿Estoy seguro de que Él puede hacerlo? ¿O rezo un poco pero no sé si Él lo puede hacer?». La respuesta es que «Él puede hacerlo», incluso «el cuándo y el cómo lo hará no lo sabemos». Precisamente «ésta es la seguridad de la oración». Por lo que se refiere luego a la «necesidad» específica que motiva nuestra oración, es necesario presentarla «con verdad al Señor: soy ciego, Señor, tengo esta necesidad, esta enfermedad, este pecado, este dolor». Así Él «escucha la necesidad, pero escucha que nosotros pedimos su intervención con seguridad». El Papa Francisco reafirmó, como conclusión, la importancia de pensar siempre «si nuestra oración es expresión de una necesidad y es segura»: es «expresión de una necesidad porque nos decimos la verdad a nosotros mismos», y es «segura porque creemos que el Señor puede hacer lo que pedimos». Cuando Dios nos recrea El cristiano que pierde la esperanza pierde el sentido mismo de su existencia y es como si viviese ante un muro. Abrir las puertas al encuentro con el Señor significa recibir de Él ese consuelo que nos restituye, con ternura, la esperanza. La homilía del Papa Francisco en la misa celebrada el martes 10, por la mañana, en la capilla de Santa Marta, se centró precisamente en ese consuelo de la ternura con el cual el Señor recrea la esperanza en el cristiano. Citando el libro del profeta Isaías (40,1-11), llamado «el libro de la consolación de Israel», el Pontífice se centró, en efecto, en la consolación que Dios invoca para su pueblo. Es el Señor mismo quien «se acerca para consolarlo, para darle paz». Y así «realiza un gran trabajo», porque Él «hace nuevas todas las cosas, las recrea». Esta «re-creación», añadió, es aún más bella que la creación. Por lo tanto, el Señor visita a su pueblo «recreando». En realidad, el pueblo de Dios esperaba esta visita, sabía que el Señor la realizaría. «Recordemos —destacó al respecto el Santo Padre— las últimas palabras de José a sus hermanos: cuando el Señor os visite, llevad con vosotros mis huesos». Así, añadió, «el Señor visitará a su pueblo. Es la esperanza de Israel. Y lo visitará con esta consolación: rehacer todo. No una vez, sino muchas veces». De este «rehacer» del Señor, el Obispo de Roma indicó algunas líneas maestras. Ante todo, «cuando el Señor se acerca nos da esperanza. Por lo tanto —aclaró— rehace con la esperanza. Abre siempre una puerta». Cuando el Señor se acerca a nosotros, no cierra puertas sino que las abre; y luego cuando viene, «viene con las puertas abiertas». En la vida cristiana, esta esperanza «es una verdadera fortaleza, es una gracia, es un don». En efecto, cuando «el cristiano pierde la esperanza, su vida ya no tiene sentido. Es como si su vida estuviese ante un muro, ante la nada. Pero el Señor nos consuela y nos rehace con la esperanza, para seguir adelante». Lo hace también con una cercanía especial a cada uno de nosotros. Para explicarlo, el Pontífice citó el versículo conclusivo del pasaje de Isaías propuesto por la liturgia: «Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían». Y comentó: «es la imagen de la ternura. El Señor nos consuela con ternura. El Señor, el gran Dios, no tiene miedo de la ternura. Él se hace ternura, se hace niño, se hace pequeño». Por lo demás, «en el Evangelio Jesús mismo lo dice: no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños» (Mateo 18,12-14). Porque, explicó el Pontífice, «cada uno de nosotros es muy, muy importante» para el Señor, quien nos hace «caminar adelante de todos dándonos la esperanza». Este «fue el gran trabajo de Jesús» en los cuarenta días que van de la Resurrección a la Ascensión: «Consolar a los discípulos, acercarse a dar consuelo, acercarse a dar esperanza, acercarse con ternura. Pensemos —dijo el Papa— en la ternura que tuvo con los apóstoles, con la Magdalena, con los de Emaús». Y es siempre así. También con nosotros. Sin embargo, debemos pedir la gracia al Señor «de no tener miedo a la consolación del Señor —afirmó concluyendo—, de estar abiertos, pedirla, buscarla porque es un consuelo que nos dará esperanza y nos hará sentir la ternura de Dios Padre». Audiencia al presidente de la República del Congo El lunes 9 de diciembre, por la mañana, el Santo Padre Francisco recibió en audiencia, en el palacio apostólico vaticano, al presidente de la República del Congo, Denis Sassou N’Guesso, quien sucesivamente se encontró con el arzobispo Pietro Parolin, secretario de Estado. Durante las cordiales conversaciones se recordó la positiva contribución que la Iglesia católica ofrece a la sociedad congoleña, especialmente en el campo asistencial y educativo. En la prosecución de los coloquios, se evocaron las buenas relaciones existentes entre la Santa Sede y la República del Congo y se trataron algunas temáticas de común interés, renovando la voluntad de consolidar ulteriormente la colaboración bilateral. Finalmente, se trataron diversas cuestiones que interesan a África central, entre ellas, algunas situaciones de carácter humanitario, con particular atención a la asistencia de los desplazados y refugiados, así como el problema de la seguridad en la región, también en relación con el aumento de las tensiones debidas a los fundamentalismos. Encuentro del Santo Padre con Antonio Guterres El viernes 6 de diciembre, por la mañana, el Santo Padre recibió en audiencia al alto comisario de las Naciones Unidas para los refugiados, Antonio Guterres

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página 14 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 13 de diciembre de 2013, número 50 COMUNICACIONES Colegio episcopal Monseñor Jesús Fernández González, auxiliar de Santiago de Compostela (España) Monseñor Rutilo F. Pozos Lorenzini y Tomás López Durán, auxiliares de Puebla (México) Monseñor Carlos A. Correa Martínez, vicario apostólico de Guapi (Colombia) RENUNCIAS: El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Salzburgo (Austria) que monseñor ALOIS KOTHGASSER, S.D.B., le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Alois Kothgasser, S.D.B., nació en Sankt Stefan im Rosental, diócesis de Graz-Seckau el 29 de mayo de 1937. Recibió la ordenación sacerdotal el 9 de febrero de 1964. Juan Pablo II le nombró obispo de Innsbruck el 10 de octubre de 1997; recibió la ordenación episcopal el 23 de noviembre sucesivo. El Papa le promovió a arzobispo de Salzburgo el 27 de noviembre de 2002. San Benedetto del Tronto - Ripatransone - Montalto el 21 de junio de 1996; recibió la ordenación episcopal el 7 de septiembre sucesivo. El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Plymouth (Inglaterra) que monseñor HUGH CHRISTOPHER BUDD, le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Hugh Christopher Budd nació en Romford, diócesis de Brentwood, el 27 de mayo de 1937. Recibió la ordenación sacerdotal el 8 de julio de 1962. Juan Pablo II le nombró obispo de Plymouth el 19 de noviembre de 1985; recibió la ordenación episcopal el 15 de enero de 1986. El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de San Benedetto del Tronto - Ripatransone - Montalto (Italia) que monseñor GERVASIO GESTORI, le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Gervasio Gestori nació en Barlassina, archidiócesis de Milán, el 1 de febrero de 1936. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de junio de 1959. Juan Pablo II le nombró obispo de El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Bielsko-Żywiec (Polonia) que monseñor TADEUSZ RAKOCZY, le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Tadeusz Rakoczy nació en Gilowice, diócesis de Bielsko-Żywiec, el 30 de marzo de 1938. Recibió la ordenación sacerdotal el 23 de junio de 1963. Juan Pablo II le nombró obispo de Bielsko-Żywiec el 25 de Lutos en el episcopado —Monseñor MATTHIAS N' GARTÉRI MAYADI, arzobispo de Yamena (Chad), falleció el 19 de noviembre. Había nacido en Bedaya, diócesis de Sarh, en el año de 1942. Era sacerdote desde el 30 de diciembre de 1978. Juan Pablo II le nombró obispo titular de Tuburnica y auxiliar de la diócesis de Sarh el 28 de octubre de 1985; recibió la ordenación episcopal el 12 de abril de 1986. El mismo Papa le nombró obispo de dicha sede el 7 de marzo de 1987, le trasladó a la diócesis de Mundú el 11 de junio de 1990 y le promovió a arzobispo de Yamena el 24 de junio de 2003. —Monseñor JOSEPH FRANZ LESCRAUWAET, M.S.C., obispo titular de Torri della Concordia y auxiliar emérito de Haarlem (Holanda), falleció el 19 de noviembre. Había nacido en Amsterdam el 19 de junio de 1923. Era sacerdote desde el 12 de septiembre de 1948. Juan Pablo II le nombró obispo titular Torri della Concordia y auxiliar de Haarlem el 19 de octubre de 1983; recibió la ordenación episcopal el 14 de enero de 1984. El Papa aceptó su renuncia a la función de auxiliar de Haarlem el 22 de marzo de 1995. —Monseñor PIERRE JOATTON, obispo emérito de Saint-Etienne (Francia), falleció el 22 de noviembre. Había nacido en Lyon el 20 de julio de 1930. Era sacerdote del Instituto secular del Prado desde el 29 de junio de 1957. Juan Pablo II le nombró obispo de la diócesis de Saint-Etienne el 20 de abril de 1988; recibió la ordenación episcopal el 26 de junio sucesivo. Benedicto XVI aceptó su renuncia al gobierno pastoral de dicha sede el 28 de junio de 2006. —Monseñor DAVID BERNARD THOMPSON, obispo emérito de Charleston (Estados Unidos), falle- ció el 24 de noviembre. Había naci- do en Filadelfia (Estados Unidos) el 29 de mayo de 1923. Era sacerdote desde el 27 de mayo de 1950. El Pa- pa Juan Pablo II le nombró obispo coadjutor de la diócesis de Charles- ton el 22 de abril de 1989; recibió la ordenación episcopal el 24 de mayo sucesivo. Pasó a ser obispo de dicha diócesis el 22 de febrero de 1990. El mismo Papa aceptó su renuncia al gobierno pastoral de Charleston el 13 de julio de 1999. marzo de 1992; recibió la ordenación episcopal el 26 de abril sucesivo. El Papa ha aceptado la renuncia a la función de auxiliar de Varsovia (Polonia) que monseñor MARIAN DUŚ, obispo titular de Tene, le había presentado en conformidad con los cánones 411 y 401 § 1 del Código de derecho canónico. Marian Duś nació en Róża, diócesis de Tarnów, el 25 de junio de 1938. Recibió la ordenación sacerdotal el 9 de junio de 1968. Juan Pablo II le nombró obispo titular de Tene y auxiliar de la archidiócesis de Varsovia el 21 de diciembre de 1985; recibió la ordenación episcopal el 6 de enero de 1986. SIGUE EN LA PÁGINA 15 Audiencias pontificias EL SANTO PADRE HA RECIBIDO: Viernes 6 de diciembre —Al cardenal Antonio Cañizares Llovera, prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos. —Al cardenal Karl Josef Becker, S.J. —Al alto comisario de las Naciones Unidas para los refugiados, António Guterres. —A monseñor Joseph Spiteri, arzobispo titular de Serta, nuncio apostólico en Costa de Marfil. —A monseñor Edgar Peña Parra, arzobispo titular de Telepte, nuncio apostólico en Pakistán. Sábado, día 7 —Al cardenal Marc Ouellet, P.S.S., prefecto de la Congregación para los obispos. Lunes, día 9 —Al presidente de la República del Congo, Denis Sassou-Nguesso, con el séquito. —Al cardenal Angelo Amato, S.D.B., prefecto de la Congregación para las causas de los santos. —Al cardenal Elio Sgreccia, presidente emérito de la Academia pontificia para la vida. —A monseñor Giambattista Diquattro, arzobispo titular de Giromonte, nuncio apostólico en Bolivia. Curia romana El Papa ha confirmado en el cargo de prefecto de la Congregación para la educación católica al cardenal ZENON GROCHOLEWSKI y en el cargo de secretario a monseñor ANGELO VINCENZO ZANI. Su Santidad ha nombrado además miembros de dicho dicasterio a los cardenales: BÉCHARA BOUTROS RAÏ, patriarca de Antioquía de los maronitas; ODILO PEDRO SCHERER, arzobispo de São Paulo; JOHN NJUE, arzobispo de Nairobi; TIMOTHY M. DOLAN, arzobispo de Nueva York; JOHN TONG HON, obispo de Hong Kong; LUIS ANTONIO G. TAGLE, arzobispo de Manila; KURT KOCH, presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos; y a los monseñores: BENIAMINO STELLA, prefecto de la Congregación para el clero; RICARDO EZZATI ANDRELLO, arzobispo de Santiago de Chile; MAREK JĘDRASZEWSKI, arzobispo de Łódź; JORGE CARLOS PATRÓN WONG, secretario para los seminarios de la Congregación para el clero. El Sumo Pontífice ha confirmado en el mismo cargo de miembros del dicasterio a los cardenales Antonio María Rouco Varela, Christoph Schönborn, Audrys Juozas Bačkis, Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, José da Cruz Policarpo, Peter Kodwo Appiah Turkson, Josip Bozanić, Péter Erdő, Marc Ouellet, Jean-Pierre Ricard, Oswald Gracias, Laurent Monsengwo Pasinya, Reinhard Marx, Thomas Christopher Collins, Willem Jacobus Eijk, Leonardo Sandri, Gianfranco Ravasi, Fernando Filoni, João Braz de Aviz y Edwin Frederick O'Brien; y a los monseñores Alfredo Horacio Zecca, Gerhard Ludwig Müller, Charles Morerod. Enviado especial El Papa ha nombrado enviado especial suyo para la ceremonia oficial en memoria del expresidente de la República de Sudáfrica, señor Nelson Rolihlahla Mandela, realizada en Johannesburgo el martes 10 de diciembre de 2013, al cardenal PETER KODWO APPIAH TURKSON, presidente del Consejo pontificio Justicia y paz. Estado de la Ciudad del Vaticano El Santo Padre ha nombrado director de las Villas pontificias de Castelgandolfo al contable OSVALDO GIANOLI.

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número 50, viernes 13 de diciembre de 2013 L’OSSERVATORE ROMANO página 15 VIENE DE LA PÁGINA 14 EL PAPA HA NOMBRADO: —Obispo de San Benedetto del Tronto - Ripatransone - Montalto (Italia) a monseñor CARLO BRESCIANI. Carlo Bresciani nació en Nave, (Brescia) el 26 de marzo de 1949. Recibió la ordenación sacerdotal el 7 de junio de 1975. Obtuvo la licenciatura en psicología y el doctorado en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Ha sido colaborador parroquial; docente en el seminario de Brescia y en la Universidad católica de Milán; director del Instituto superior de ciencias religiosas de la Universidad católica con sede en Brescia y del Instituto superior de formadores de Brescia y rector del seminario diocesano. Además, en la Curia romana es consultor de la Congregación para la educación católica. —Obispo de Plymouth (Inglaterra) a monseñor MARK O'TOOLE. Mark O'Toole nació en Londres el 22 de junio de 1963. Recibió la ordenación sacerdotal el 9 de junio de 1990, incardinado en la archidiócesis de Westminster. Se licenció en filosofía en Oxford y en teología en la Pontificia Universidad de Lovaina. Ha sido vicario parroquial, decano y rector del seminario archidiocesano, secretario personal del cardenal Cormac Murphy O'Connor y miembro del comité ético en un hospital de Londres. —Obispo de Bielsko-Żywiec (Polonia) a monseñor ROMAN PINDEL Roman Pindel nació en Oświęcim, diócesis de Bielsko-Żywiec, el 18 de noviembre de 1958. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de mayo de 1983. Obtuvo el doctorado en teología en la facultad de teología de la actual Pontificia Universidad «Juan Pablo II» de Cracovia. Ha sido vicario parroquial; asistente, profesor adjunto y más tarde docente de sagrada escritura y director de una cátedra en dicha Universidad Pontificia de Cracovia; delegado del obispo para la asistencia a los nuevos movimientos religiosos; director espiritual y, en el último período, rector del seminario mayor de Cracovia. En el pasado mes de septiembre fue nombrado presidente de la Conferencia de rectores de los seminarios polacos. —Obispo titular de Lentini y auxiliar de Varsovia (Polonia) a monseñor JÓZEF GÓRZYŃSKI. Józef Górzyński nació en Żelechów, archidiócesis de Varsovia, el 5 de marzo de 1959. Recibió la ordenación sacerdotal el 2 de junio de 1985. Obtuvo la licenciatura en liturgia en el Pontificio Ateneo San Anselmo de Roma y el doctorado en la Universidad Cardenal Stefan Wyszyński de Varsovia. Ha sido prefecto de estudios y profesor en el seminario diocesano; vicepresidente y, después, presidente de la Comisión litúrgica de la diócesis; miembro del consejo pastoral, del consejo presbiteral y del colegio de consultores; párroco y moderador de la curia. —Obispo titular de Obba y auxiliar de Varsovia (Polonia) a monseñor RAFAŁ MARKOWSKI. Colegio episcopal Rafał Markowski nació en Józefów, actualmente diócesis de Varsovia-Praga, el 16 de abril de 1958. Recibió la ordenación sacerdotal el 6 de junio de 1982. Se doctoró en teología en la Universidad Cardenal Stefan Wyszyński de Varsovia. Ha sido vicario parroquial; formador en el seminario mayor; miembro de la Comisión de la Conferencia episcopal polaca para el diálogo con las religiones no cristianas; profesor adjunto de la Universidad Cardenal Stefan Wyszyński; director de una emisora radiofónica y portavoz y administrador del arzobispado. —Obispo titular de Satafis y auxiliar de Puebla (México) al presbítero RUTILO FELIPE POZOS LORENZINI. Rutilo Felipe Pozos Lorenzini nació en Rancho San Diego, arquidiócesis de Puebla, el 15 de febrero de 1967. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1993. Obtuvo la licenciatura en espiritualidad en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Ha sido vicario parroquial en diversas parroquias; asistente diocesano de la catequesis familiar y coordinador de la pastoral familiar; presidente de la comisión diocesana para los ministerios; profesor y, más tarde, rector del seminario mayor. —Obispo titular de Socia y auxiliar de Puebla (México) al presbítero TOMÁS LÓPEZ DURÁN. Tomás López Durán nació en Atoyatempan, arquidiócesis de Puebla, el 1 de enero de 1961. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1991. Se doctoró en derecho canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Ha desempeñado su ministerio como: formador en el seminario mayor, docente, juez instructor del Tribunal eclesiástico, colaborador en diversas parroquias, vicario judicial de primera instancia del V Tribunal eclesiástico angelopolitano de dicha arquidiócesis. —Obispo titular de Rotdon y auxiliar de Santiago de Compostela (España) a monseñor JESÚS FERNÁNDEZ GONZÁLEZ. Jesús Fernández González nació en Selga de Ordán, diócesis de León, el 15 de septiembre de 1955. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1980. Se licenció en psicología en la Pontificia Universidad de Salamanca. Ha sido párroco; formador, profesor y rector del seminario menor; profesor en el Centro superior de estudios teológicos; formador en el seminario mayor; vicario episcopal de pastoral, moderador de la Cura y vicario general. —Obispo titular de Orreacelia y auxiliar de la archieparquía de Przemyśl-Varsovia de los bizantinos al presbítero EUGENIUSZ MIROSŁAW POPOWICZ. Eugeniusz Mirosław Popowicz nació en Człuchów (Polonia) el 12 de octubre de 1961. Recibió la ordenación sacerdotal el 17 de octubre de 1986. Se doctoró en derecho canónico oriental en el Pontificio Instituto Oriental de Roma. Ha sido vicario parroquial, judicial y episcopal; párroco; docente en diversos seminarios; miembro del consejo presbiterial, del consejo económico y del colegio de consultores. En el último período era párroco de la catedral y prontosincello de dicha archieparquía. —Obispo titular de Rusado y vicario apostólico de Alepo de los latinos (Siria) al padre GEORGES ABOU KHAZEN, O.F.M., hasta ahora administrador apostólico sede vacante «et ad nutum Sanctae Sedis» del mismo vicariato. Georges Abou Khazen, O.F.M., nació en Aïn Zebdeh, eparquía de Saïda de los maronitas (Líbano), el 3 de agosto de 1947. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de junio de 1973. En su ministerio ha sido vicario parroquial en Alejandría de Egipto; párroco en Jerusalén y en Belén; consejero del Custodio; guardián y párroco en Alepo; vicario general para el norte de Siria y en el último período administrador apostólico de dicho vicariato. —Obispo titular de Severiana y vicario apostólico de Guapi (Colombia) al presbítero CARLOS ALBERTO CORREA MARTÍNEZ. Carlos Alberto Correa Martínez nació en Medellín el 17 de julio de 1968. Recibió la ordenación sacerdotal el 27 de noviembre de 1993, incardinado en la diócesis de SonsónRionegro. Obtuvo la licenciatura en misionología en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma. En su ministerio ha sido vicario parroquial y párroco; misionero en diferentes diócesis; delegado episcopal para la animación misionera; docente y director espiritual en el seminario misionero del Espíritu Santo; coordinador, formador y después director de la Asociación Sacerdotal San Pablo. Congregación para las causas de los santos Promulgación de decretos El lunes 9 de diciembre de 2013, el Santo Padre Francisco recibió en audiencia privada al cardenal Angelo Amato, S.D.B., prefecto de la Congregación para las causas de los santos. Durante la audiencia el Romano Pontífice autorizó a la Congregación la promulgación de los siguientes decretos: —un milagro, atribuido a la intercesión de la venerable sierva de Dios GIOVANNINA FRANCHI, fundadora de la congregación de las Hermanas Enfermeras de la Virgen Dolorosa; nació en Como (Italia) el 24 de junio de 1807 y murió allí el 23 de febrero de 1872; —el martirio de los siervos de Dios MARIO VERGARA, sacerdote profeso del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras, e ISIDORO NGEI KO LAT, laico y catequista, asesinados, por odio a la fe, en Shadaw (Birmania, hoy Myanmar) el 25 de mayo de 1950; —las virtudes heroicas del siervo de Dios MAURICE MARIA MATTEO GARRIGOU, sacerdote, fundador del Instituto de Nuestra Señora de la Compasión; nació en Gudanes (Ariège, Francia) el 21 de septiembre de 1766 y murió en Toulouse (Francia) el 27 de septiembre de 1852; —las virtudes heroicas del siervo de Dios CLEMENTE (en el siglo: Vincenzo Fuhl), sacerdote profeso de la Orden de San Agustín; nació en Aidhausen (Alemania) el 18 de junio de 1874 y murió en La Paz (Bolivia) el 31 de marzo de 1935; —las virtudes heroicas del siervo de Dios MARCELO DE LA VIRGEN DEL CARMEN (en el siglo: Boldizsár Marton), sacerdote profeso de la Orden de los Carmelitas Descalzos; nació en Kiskomárom (hoy Zalakomár, Hungría) el 9 de septiembre de 1887 y murió en Budapest (Hungría) el 29 de mayo de 1966; —las virtudes heroicas del siervo de Dios ROMANO BOTTEGAL, sacerdote profeso de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (trapenses); nació en San Donato di Lamon (Belluno, Italia) el 28 de diciembre de 1921 y murió en Beirut (Líbano) el 19 de febrero de 1978; —las virtudes heroicas de la sierva de Dios ROSALIA CADRON-JETTÉ (en religión: Madre de la Natividad), fundadora del Instituto de las Religiosas de la Misericordia; nació en Lavaltrie (Montreal, Canadá) el 27 de enero de 1794 y murió en Montreal (Canadá) el 5 de abril de 1864; —las virtudes heroicas de la sierva de Dios MARÍA ROSA TERESA GAY TIBAU, fundadora del Instituto de Religiosas de San José, ahora Religiosas de San José de Gerona; nació en Llagostera (Gerona, España) el 24 de octubre de 1813 y murió en Gerona (España) el 18 de marzo de 1884; —las virtudes heroicas de la sierva de Dios MARÍA OLIVA DEL CUERPO MÍSTICO (en el siglo: Maria Oliva Bonaldo), fundadora del Instituto de las Hijas de la Iglesia; nació en Castelfranco Véneto (Treviso, Italia) el 26 de marzo de 1893 y murió en Roma el 10 de julio de 1976; —las virtudes heroicas de la sierva de Dios ORSOLA MEZZINI, religiosa profesa y superiora general de la congregación de las Religiosas de la Pequeña Misión para los Sordomudos; nació en Campeggio di Monghidoro (Bolonia, Italia) el 12 de diciembre de 1853 y murió en Bolonia (Italia) el 23 de marzo de 1919; —las virtudes heroicas de la sierva de Dios MARÍA ESCOLÁSTICA DE LA DIVINA PROVIDENCIA (en el siglo: Orsola Maria Rivata), religiosa profesa y primera superiora general de las Pías Discípulas del Divino Maestro; nació en Guarene (Cúneo, Italia) el 12 de julio de 1897 y murió en Sanfré (Cúneo, Italia) el 24 de marzo de 1987; —las virtudes heroicas del siervo de Dios RAFAEL CORDERO MOLINA, laico; nació en San Juan de Puerto Rico (Puerto Rico) el 24 de octubre de 1790 y murió allí el 5 de julio de 1868.

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página 16 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 13 de diciembre de 2013, número 50 El Papa Francisco en la audiencia general del miércoles 11 habla de la vida eterna Cada día el juicio final El momento del juicio final comienza un gran motivo de consolación y de en la vida terrena. Lo dijo el Papa confianza. Francisco el miércoles 11 de diciembre en la audiencia general en la plaza de San Pedro, iniciando la última serie de catequesis sobre el Credo. Al respecto, el testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena más sugestivo que nunca. Las mismas, en efecto, acompañaban las Queridos hermanos ¡buenos días! y hermanas, celebraciones y las oraciones con la aclamación Maranathà, una expresión formada por dos palabras ara- Hoy quisiera iniciar la última serie meas que, según como se silabeen, de catequesis sobre nuestra profesión se pueden entender como una súpli- de fe, tratando la afirmación «Creo ca: «¡Ven, Señor!», o bien como una en la vida eterna». En especial me certeza alimentada por la fe: «Sí, el detengo en el juicio final. No debe- Señor viene, el Señor está cerca». Es mos tener miedo: escuchemos lo que la exclamación en la que culmina to- nos dice la Palabra de Dios. Al res- da la Revelación cristiana, al térmi- pecto, leemos en el Evangelio de no de la maravillosa contemplación Mateo: Entonces «cuando venga en que nos ofrece el Apocalipsis de su gloria el Hijo del hombre, y to- Juan (cf. Ap 22, 20). En ese caso, es dos los ángeles con Él... serán reuni- la Iglesia-esposa que, en nombre de das ante Él todas las naciones. Él se- toda la humanidad y como primicia, parará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las ca- bras. Y pondrá las ovejas a su dere- cha y las cabras a su izquierda... Y estos irán al casti- go eterno y los justos a la vida eterna» (Mt 25, 31-33.46). Cuando pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio fi- nal, que manifes- tará, hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno habrá realizado o habrá omitido realizar El Papa Francisco saluda al gobernador de Veracruz, México, Javier Duarte de Ochoa —acompañado por el arzobispo Jorge Carlos Patrón Wong, secretario para los seminarios de la Congregación para el clero— que, con ocasión de la exposición «Navidad mexicana en el Vaticano», ha donado dos belenes y dos árboles de Navidad, obra de artesanos locales durante su vida terrena, percibimos encontrarnos an- se dirige a Cristo, su esposo, no te un misterio que nos sobrepasa, viendo la hora de ser envuelta por que no logramos ni siquiera imagi- su abrazo: el abrazo de Jesús, que es nar. Un misterio que casi instintiva- plenitud de vida y plenitud de amor. mente suscita en nosotros un sentido Así nos abraza Jesús. Si pensamos de temor, y tal vez también de ansia. en el juicio en esta perspectiva, todo Sin embargo, si reflexionamos bien miedo y vacilación disminuye y deja sobre esta realidad, ella ensancha el espacio a la espera y a una profunda corazón de un cristiano y constituye alegría: será precisamente el momen- to en el que finalmente seremos juz- gados dispuestos para ser revestidos de la gloria de Cristo, como con un Los tuits en @Pontifex_es vestido nupcial, y ser conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios. Un segundo motivo de confianza nos lo da la constatación de que, en 5 DIC [3.05 PM] La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer las ordinarias con amor y con fe 6 DIC [3.26 PM] La cruz es el precio del amor verdadero. Señor, danos fuerza para aceptar nuestra cruz y cargar con ella 7 DIC [3.07 PM] Queridos jóvenes, les invito a poner sus talentos al servicio del Evangelio, con creatividad y con una caridad sin fronteras 9 DIC [3.09 PM] Si alguien nos pide ayuda, ¿nos paramos? ¡Hay tanto sufrimiento y pobreza, y tanta necesidad de buenos samaritanos! el momento del juicio, no estaremos solos. Jesús mismo, en el Evangelio de Mateo, anuncia cómo, al final de los tiempos, quienes le hayan seguido tendrán sitio en su gloria, para juzgar juntamente con Él (cf. Mt 19, 28). El apóstol Pablo, luego, al escribir a la comunidad de Corinto, afirma: «¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo? (...) Cuánto más, asuntos de la vida cotidiana» (1 Cor 6, 2-3). Qué hermoso es saber que en esa circunstancia, además de Cristo, nuestro Paráclito, nuestro Abogado ante el Padre (cf. 1 Jn 2, 1), podremos contar con la intercesión y la benevolencia de muchos hermanos y hermanas nuestros más grandes que nos precedieron en 10 DIC [3.00 PM] María, Madre el camino de la fe, que ofrecieron su nuestra, ampáranos en los mo- vida por nosotros y siguen amándo- mentos de oscuridad, de dificul- nos de modo indescriptible. Los san- tad y de aparente derrota tos ya viven en presencia de Dios, en el esplendor de su gloria interce- diendo por noso- tros que aún vivi- mos en la tierra. ¡Cuánto consuelo suscita en nuestro corazón esta certe- za! La Iglesia es verdaderamente una madre y, como una mamá, busca el bien de El secretario de «Caritas internationalis» entrega al Pontífice el fular de la Campaña contra el hambre en el mundo sus hijos, sobre to- do de los más alejados y afligidos, más cosas. El amor de Jesús es gran- hasta que no encuentre su plenitud de, el amor de Jesús es misericordio- en el cuerpo glorioso de Cristo con so, el amor de Jesús perdona. Pero todos sus miembros. tú debes abrirte, y abrirse significa Una ulterior sugestión nos llega arrepentirse, acusarse de las cosas del Evangelio de Juan, donde se que no son buenas y que hemos he- afirma explícitamente que «Dios no cho. El Señor Jesús se entregó y si- envió a su Hijo al mundo para juz- gue entregándose a nosotros para gar al mundo, sino para que el mun- colmarnos de toda la misericordia y do se salve por Él. El que cree en Él la gracia del Padre. Por lo tanto, po- no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 17-18). Entonces, esto significa que el juicio final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos quienes nos condenamos. La salvación es abrirse a Jesús, y Él nos salva. Si somos pecadores —y lo somos todos— le pedimos perdón; y si va- demos convertirnos, en cierto sentido, en jueces de nosotros mismos, autocondenándonos a la exclusión de la comunión con Dios y con los hermanos. No nos cansemos, por lo tanto, de vigilar sobre nuestros pensamientos y nuestras actitudes, para pregustar ya desde ahora el calor y el esplendor del rostro de Dios —y estó será bellísimo—, que en la vida eterna contemplaremos en toda su plenitud. Adelante, pensando en este juicio que comienza ahora, ya ha comenzado. Adelante, haciendo que nuestro corazón se abra a Jesús y a su salvación; adelante sin miedo, porque el amor de Jesús es más grande y si nosotros pedimos per- mos a Él con ganas de ser buenos, el dón por nuestros pecados Él nos Señor nos perdona. Pero para ello perdona. Jesús es así. Adelante, en- debemos abrirnos al amor de Jesús, tonces, con esta certeza, que nos que es más fuerte que todas las de- conducirá a la gloria del cielo. Mensaje para América por la fiesta de la Virgen de Guadalupe El abrazo de María a una tierra generosa Un recuerdo especial reservó el Papa a los fieles de América en la víspera de la fiesta de la Virgen de Guadalupe, patrona del continente, a quienes se dirigió en español durante la audiencia general. Mañana es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de toda América. Con esta ocasión, deseo saludar a los hermanos y hermanas de ese Continente, y lo hago pensando en la Virgen de Tepeyac. Cuando se apareció a san Juan Diego, su rostro era el de una mujer mestiza y sus vestidos estaban llenos de símbolos de la cultura indígena. Siguiendo el ejemplo de Jesús, María se hace cercana a sus hijos, acompaña como madre solícita su camino, comparte las alegrías y las esperanzas, los sufrimientos y las angustias del Pueblo de Dios, del que están llamados a formar parte todos los pueblos de la tierra. La aparición de la imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego fue un signo profético de un abrazo, el abrazo de María a todos los habitantes de las vastas tierras americanas, a los que ya estaban allí y a los que llegarían después. Este abrazo de María señaló el camino que siempre ha caracterizado a América: ser una tierra donde pueden convivir pueblos diferentes, una tierra capaz de respetar la vida humana en todas sus fases, desde el seno materno hasta la vejez, capaz de acoger a los emigrantes, así como a los pueblos y a los pobres y marginados de todas las épocas. América es una tierra generosa. Éste es el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, y éste es también mi mensaje, el mensaje de la Iglesia. Animo a todos los habitantes del Continente americano a tener los brazos abiertos como la Virgen María, con amor y con ternura. Pido por todos ustedes, queridos hermanos y hermanas de toda América, y también ustedes recen por mí. Que la alegría del Evangelio esté siempre en sus corazones. El Señor los bendiga y la Virgen los acompañe.

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