Ossevatore Romano 2501

 

Embed or link this publication

Description

Ossevatore Romano 2501

Popular Pages


p. 1

Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00 L’OSSERVATORE ROMANO Año XLIX, número 5 (2.501) EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano 3 de febrero de 2017 Homilía de Francisco por la Jornada Mundial de la Vida Consagrada Profetas de la esperanza Y recordó que están llamados ante todo a ser hombres y mujeres del encuentro Existe «una tentación que puede hacer estéril nuestra vida consagrada: la tentación de la supervivencia. Un mal que puede instalarse poco a poco en nuestro interior, en el seno de nuestras comunidades», afirmó el Pontífice en su homilía en San Pedro para la fiesta litúrgica de la Presentación de Jesús en el Templo y para la XXI Jornada Mundial de la Vida Consagrada. El Papa Francisco alertó a los miembros de las órdenes, congregaciones e institutos religiosos sobre eso que para su vida espiritual representa un «peligro», una «amenaza», una «tragedia». Advirtió también «la actitud de supervivencia nos vuelve reaccionarios, miedosos, nos va encerrando lenta y silenciosamente en nuestras casas y en nuestros esquemas. Nos proyecta hacia atrás, hacia las gestas gloriosas (pero pasadas) que, lejos de despertar la creatividad profética nacida de los sueños de nuestros fundadores, busca atajos para evadir los desafíos que hoy golpean nuestras puertas». «Poner a Jesús en medio de su pueblo es tener un corazón contemplativo, capaz de discernir como Dios va caminando por las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, en nuestros barrios —explicó el Pontífice. Poner a Jesús en medio de su pueblo, es asumir y querer ayudar a cargar la cruz de nuestros hermanos. Es querer tocar las llagas de Jesús en las llagas del mundo, que está herido y anhela, y pide resucitar». Al concluir la celebración, el prefecto de la Congregación de la Vida Consagrada y Sociedades de vida apostólica, el cardenal Joao de Aviz, señaló que al renovar los votos religiosos, se reproponen ese primer sí dado a Jesús. PÁGINA 8 Un “anti mannequin challenge” para combatir la indiferencia El Vídeo del Papa, con sus intenciones de oración para febrero se suma a la tendencia del mannequin challenge para invitar a todo el mundo a abandonar la cultura de la quietud y la indiferencia frente a los que más sufren. Bajo el título “Acoger a los agobiados, pobres, refugiados y marginados”, el Pontífice pide por las personas que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad y desamparo. La iniciativa de la Red Mundial de Oración del Papa se suma a la extendida práctica del mannequin challenge, que consiste en grabar un vídeo donde se muestra a todos los protagonistas inmóviles como maniquíes. Pero en este caso, la propuesta es ir exactamente en dirección contraria y para advertir que la quie- tud y la indiferencia frente a los que sufren es una actitud que la sociedad debe revertir. Tal y como indica el Papa en el vídeo, “vivimos en ciudades que construyen torres, centros comerciales, hacen negocios inmobiliarios, pero abandonan a una parte de sí en las márgenes, las periferias”. Como consecuencia de esta situación –prosigue– grandes masas de la población, se ven excluidas, se ven marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Así, el Pontífice exhorta: “No les abandones”. Finalmente, invita a pedir “por aquellos que están agobiados, especialmente los pobres, los refugiados y los marginados, para que encuentren acogida y apoyo en nuestras comunidades”.

[close]

p. 2

página 2 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 3 de febrero de 2017, número 5 En el Ángelus la cercanía del Papa con las víctimas del terremoto en Italia Más solidaridad menos burocracia El Papa Francisco, desde la ventana del estudio del Palacio Apostólico, rezó el Ángelus del domingo 29 de enero, con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro. Estaban también presentes los jóvenes de Acción Católica de la diócesis de Roma que concluyeron con la “Caravana de la Paz” que tradicionalmente durante el mes de enero dedican al tema de la paz. Al finalizar la oración del Ángelus, dos de ellos leyeron junto al Pontífice un mensaje en nombre de la Acción Católica de Roma. Estas son las palabras del Santo Padre para introducir la oración mariana: Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! La liturgia de este domingo nos hace meditar sobre las Bienaventuranzas (cf. Mateo 5, 112a), que abren el gran discurso llamado “de la montaña”, la “carta magna” del Nuevo Testamento. Jesús manifiesta la voluntad de Dios de conducir a los hombres a la felicidad. Este mensaje estaba ya presente en la predicación de los profetas: Dios está cerca de los pobres y de los oprimidos y les libera de los que les maltratan. Pero en esta predicación, Jesús sigue un camino particular: comienza con el término “bienaventurados”, es decir felices; prosigue con la indicación de la condición para ser tales; y concluye haciendo una promesa. El motivo de las bienaventuranzas, es decir de la felicidad, no está en la condición requerida —“pobres de espíritu”, “afligidos”, “hambrientos de justicia”, “perseguidos”…— sino en la sucesiva promesa, que hay que acoger con fe como don de Dios. Se comienza con las condiciones de dificultad para abrirse al don de Dios y acceder al mundo nuevo, el “Reino” anunciado por Jesús. No es un mecanismo automático, sino un camino de vida para seguir al Señor, para quien la realidad de mise- El pobre de espíritu es el que ha asumido los sentimientos y la actitud de esos pobres que en su condición no se rebelan pero saben que son humildes ria y aflicción es vista en una perspectiva nueva y vivida según la conversión que se lleva a cabo. No se es bienaventurado si no se convierte, para poder apreciar y vivir los dones de Dios. Me detengo en la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (v. 4). El pobre de espíritu es el que ha asumido los sentimientos y la actitud de esos pobres que en su condición no se rebelan, pero saben que son humildes, dóciles, dispuestos a la gracia de Dios. La felicidad de los pobres en espíritu tiene una doble dimensión: en lo relacionado con los bienes y en lo relacionado con Dios. Respecto a los bienes materiales esta pobreza de espíritu es sobriedad: no necesariamente renuncia, sino capacidad de gustar lo esencial, de compartir; capacidad de renovar cada día el estupor por la bondad de las cosas, sin sobrecargarse en la monotonía del consumo voraz. Más tengo, más quiero; más tengo, más quiero. Este es el consumo voraz y esto mata el alma. El hombre y la mujer que hace esto, que tiene esta actitud, “más tengo, más quiero”, no es feliz y no llegará a la felicidad. En lo relacionado con Dios es alabanza y reconocimiento que el mundo es bendición y que en su origen está el amor creador del Padre. Pero es también apertura a Él, docilidad a su señoría, es Él el Señor, es Él el gran- de. No soy yo el grande porque tengo muchas cosas. Es Él el que ha querido que el mundo pertenciera a los hombres, y lo ha querido así para que los hombres fueran felices. El pobre en espíritu es el cristiano que no se fía de sí mismo, de las riquezas materiales, no se obstina en las propias opiniones, sino que escucha con respeto y se remite con gusto a las decisiones de los otros. Si en nuestras comunidades hubiera más pobres de espíritu, ¡habría menos divisiones, contrastes y polémicas! La humildad, como la caridad, es una virtud esencial para la convivencia en las comunidades cristianas. Los pobres, en este sentido evangélico, aparecen como aquellos que mantienen viva la meta del Reino de los cielos, haciendo ver que esto viene anticipado como semilla en la comunidad fraterna, que privilegia el compartir antes que la posesión. Esto quisiera subrayarlo: privilegiar el compartir antes que la posesión. Siempre tener las manos y el corazón así [el Papa hace un gesto con la mano abierta], no así [hace un gesto con puño cerrado]. Cuando el corazón está así [cerrado] es un corazón pequeño, ni siquiera sabe cómo amar. Cuando el corazón está así [abierto] va sobre el camino del amor. La Virgen María, modelo y primicia de los pobres en espíritu porque es totalmente dócil a la voluntad del Señor, nos ayude a abandonarnos en Dios, rico en misericordia, para que nos colme de sus dones, especialmente de la abundancia de su perdón. Después del Ángelus, el Santo Padre añadió: Queridos hermanos y hermanas: Como veis ¡han llegado los invasores, están aquí! [se refiere a los niños de Acción Católica]. Se celebra hoy la Jornada mundial de los enfermos de lepra. Esta enfermedad, aun estando en retroceso, está todavía entre las más temidas y afecta a los más pobres y marginados. Es importante luchar contra esta enfermedad, pero también contra las discriminaciones que ésta genera. Animo a los que están comprometidos en la asistencia y en la reinserción social de las personas afectadas por la lepra, a quienes aseguramos nuestra oración. Os saludo con afecto a todos vosotros, venidos de distintas parroquias de Italia y de otros países, como también a las asociaciones y a los grupos. En particular, saludo a los estudiantes de Murcia y Badajoz, y jóvenes de Bilbao y los fieles de Castellón. Saludo a los peregrinos de Reggio Calabria, Castelliri, y el grupo siciliano de la Asociación Nacional de Padres. Quisiera también renovar mi cercanía a la población de Italia central que todavía sufren las consecuencias del terremoto y de las difíciles condiciones atmosféricas. Que no les falte a estos nuestros hermanos y hermanas el constante apoyo de las instituciones y la solidaridad común. Y por favor, que cualquier tipo de burocracia no les haga esperar y ulteriormente sufrir. Me dirijo ahora a vosotros, chicos y chicas de Acción Católica, de las parroquias y de las escuelas católicas de Roma. También este año, acompañados por el cardenal vicario, habéis venido al finalizar la «Caravana de la Paz», cuyo eslogan es «Rodeados de Paz». Bonito el eslogan. Gracias por vuestra presencia y por vuestro generoso compromiso en el construir una sociedad de paz. Escuchamos el mensaje que vuestros amigos, aquí junto a mí, nos leerán. [Lectura del mensaje] Finalmente el Papa Francisco añadió: Ahora se lanzan los globos, símbolo de paz. Os deseo a todos un feliz domingo. Deseo paz, humildad, compartir en vuestras familias. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto! L’OSSERVATORE ROMANO EDICIÓN SEMANAL Unicuique suum EN LENGUA ESPAÑOLA Non praevalebunt Ciudad del Vaticano ed.espanola@ossrom.va www.osservatoreromano.va GIOVANNI MARIA VIAN director TIPOGRAFIA VATICANA EDITRICE L’OSSERVATORE ROMANO Giuseppe Fiorentino don Sergio Pellini S.D.B. director general subdirector Silvina Pérez Servicio fotográfico photo@ossrom.va redactor jefe de la edición Publicidad: Il Sole 24 Ore S.p.A. Redacción System Comunicazione Pubblicitaria via del Pellegrino, 00120 Ciudad del Vaticano Via Monte Rosa 91, 20149 Milano teléfono 39 06 698 99410 segreteriadirezionesystem@ilsole24ore.com Tarifas de suscripción: Italia - Vaticano: € 58.00; Europa (España + IVA): € 100.00 - $ 148.00; América Latina, África, Asia: € 110.00 - $ 160.00; América del Norte, Oceanía: € 162.00 - $ 240.00. Administración: 00120 Ciudad del Vaticano, teléfono + 39 06 698 99 480, fax + 39 06 698 85 164, e-mail: suscripciones@ossrom.va. En México: Arquidiócesis primada de México. Dirección de Comunicación Social. San Juan de Dios, 222-C. Col. Villa Lázaro Cárdenas. CP 14370. Del. Tlalpan. México, D.F.; teléfono + 52 55 2652 99 55, fax + 52 55 5518 75 32; e-mail: suscripciones@semanariovaticano.mx. En Argentina: Arzobispado de Mercedes-Luján; calle 24, 735, 6600 Mercedes (B), Argentina; teléfono y fax + 2324 428 102/432 412; e-mail: osservatoreargentina@yahoo.com. En Perú: Editorial salesiana, Avenida Brasil 220, Lima 5, Perú; teléfono + 51 42 357 82; fax + 51 431 67 82; e-mail: editorial@salesianos.edu.pe.

[close]

p. 3

número 5, viernes 3 de febrero de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 3 El consistorio del 19 de noviembre de 2016, con el que entraron en el colegio de los cardenales 17 nuevos miembros, ha encendido de nuevo la atención sobre este singular organis- mo que desde hace más de nueve si- glos elige al Papa. Característico de la Iglesia romana, el instituto carde- nalicio se remonta a la antigüedad. En aquella época, el término latín cardinalis tenía una acepción princi- palmente litúrgica, y era usado por los miembros del clero vinculados a las principales iglesias de Roma, después también por algunos ecle- Las transformaciones del colegio cardenalicio siásticos en otras diócesis, y no solo en Italia. En realidad la historia del carde- Elegidos de todo el mundo nalato inicia a asumir verdadera rele- vancia después del año 1000, con el movimiento de reforma generado por un fuerte impulso de la sede romana. En el 1059 la elección papal, en la que durante siglos habían intervenido distintos componentes de la Iglesia romana, se reserva a los cardenales obispos y solo mucho después, en 1179, se extiende a las otras órdenes de cardenales, es decir, a los cardenales sacerdotes y a los XV y finalmente en la edad contemporánea, mientras que con el pasar del tiempo irá cada vez más a cruzarse con los asuntos y el núcleo del poder papal. A la eclesiología medieval se remonta de hecho la singular definición de “parte del cuerpo del papa” (pars corporis papae) para indicar al conjunto de los cardenales: es precisamente el Pontífice quien los elige, cardenales diáconos. No es una ca- es más, quien los crear, término téc- sualidad que la primera expresión nico que pretende precisamente su- sacrum collegium certificada aparezca brayar esta prerrogativa soberana —pero a menudo condicio- nada por no pocas varia- A la eclesiología medieval se remonta de hecho la singular definición de bles— en la selección de los más estrechos colaboradores del Papa en el gobierno de parte del cuerpo del Papa la Iglesia. Y en el corazón del medievo el sagrado cole- gio se consolida como un organismo pequeño e influ- entre estas dos fechas, en un docu- yente que en 1289 logra obtener del mento sinodal francés de 1148. Pontífice la mitad de los ingresos de Entrada rápidamente en el uso co- la sede romana. Por este motivo mún, muchos siglos después la defi- tampoco interesados en aumentar el nición de “sagrado colegio” se ratifi- número, los cardenales gobernarán ca en el Codex iuris canonici de 1917, realmente junto al Pontífice gracias con un añadido: los cardenales cons- a consistorios muy frecuentes. tituyen «el senado del romano Pon- Entre un suceso y otro, sin embar- tífice». Las dos expresiones no serán go, desde inicio del siglo XVI esta aún incorporadas en el código refor- forma particular de ejercicio de la mado después del Vaticano II y pro- colegialidad se difumina, por el au- mulgado en 1983, donde el instituto mento progresivo del colegio y por es descrito más sobriamente como tanto por la pérdida paralela de im- peculiare collegium, que “particular” portancia de los consistorios en ven- lo es realmente. taja de las congregaciones romanas. Precisamente en los años en los Esta doble tendencia fue sancionada que al colegio ya denominado “sa- por las decisiones de Sixto V, que en cro” venía reservada la elección del 1586 fija para el sagrado colegio el Papa, Bernardo de Chiaravalle, en el límite de setenta miembros, manteni- célebre De consideratione, dirigiéndo- do durante casi cuatro siglos, y dos se a Eugenio III, su antiguo discípu- años más tarde reforma la curia ro- quien se convertiría en sucesor del mana, estableciendo un marco que apóstol Pedro, dedica un capítulo a no se alteró hasta la radical actuali- la elección de los cardenales, y se zación querida por Pío X en 1908. pregunta “si no deben ser elegidos Sin embargo, la cuestión plantea- de todo el mundo los que el mundo da ya desde el inicio de la institu- juzgarán” (an non eligendi de toto or- ción cardenalicia por Bernardo de be orbem iudicaturi). Bernardo es por Chiaravalle conlleva varios aspectos, tanto el primero en poner la cues- de orden político y teológico, que tión de la internacionalización, como convergen sobre la cuestión decisiva sobre la oportunidad de crear carde- menos esperada, por un gobierno nales alemanes, admitida con dificul- menos influenciado por fuerzas ex- tad y de hecho no verificada durante ternas. Pero es necesario llegar a un más de dos siglos entre el siglo XII y larguísimo pontificado de Pío IX pa- el XV. Son más raros que un cuervo ra que el número de los cardenales blanco, se escribe en 1519, y esto a italianos comience a decrecer. Si de causa de una especie de balance vis- hecho de los 205 creados entre 1800 to como necesario entre imperium, y 1846 de sus cuatro predecesores so- prerrogativa de la nación alemana, y lo 160 son italianos (el 78%), el por- sacerdotium, para dejar por tanto a centaje con Mastai Ferretti baja al otras nationes. En 1294 se registra sin 58% (71 de 123), y es mantenido por embargo la intervención más dura León XIII (85 de 147), para bajar in- de un poder laico en toda la historia cluso al 53% (83 de 158) con sus tres del sagrado colegio por la influencia sucesores entre el 1903 y el 1937, año “angioina” sobre la única creación de la última creación cardenalicia de cardenalicia efectuada por Celestino Pío XI. V en su brevísimo e infeliz pontifica- Ratti en 1924 hizo un pequeño do. consistorio solo para dos cardenales, No es casualidad que una primera pero ambos estadounidenses, y fue internacionalización del sagrado co- esta la primera creación, aunque mi- legio intervenga en la edad del con- núscula, sin europeos. Esta particu- ciliarismo con Eugenio IV, obviamen- laridad será repetida solamente en el te limitada en gran prevalencia a los último consistorio de Benedicto XVI, diferentes estados italianos, a Fran- a finales de 2012, cuando los seis cia y España. Esta tendencia será cardenales no europeos mostrarán la después mantenida durante toda la necesidad de equilibrar el precedente edad moderna: en esta época «la es- consistorio realizado a inicios de ese mismo año, donde dos ter- cios de los 18 nuevos carde- Es necesario llegar al pontificado nales eran europeos (entre ellos, siete italianos). La re- de Pío IX para que volución en este ámbito su- el número de los cardenales italianos comience a decrecer cede pocos meses después de la conclusión de la segunda guerra mundial, cuando el 24 de diciembre de 1945 Pío XII anuncia su primer consistorio para la table mayoría italiana en el colegio creación de cardenales, el más nume- de los cardenales era una condición roso hasta ahora registrado y que el indispensable de la libertad de Papa realizó el 18 de febrero: los acción del Papa» gracias a nombra- eclesiásticos revestidos con la púrpu- mientos «más fiables que los extran- ra romana por Pacelli son 32, de los jeros, que eran forzados» sintetizará cuales solamente cuatro italianos. sin rodeos el histórico anglicano «Una imagen viva de la universali- Owen Chadwick en su The Popes dad de la Iglesia» subrayó el Papa and the European Revolution. Y la en esa vigilia de Navidad, porque alusión del estudioso es naturalmen- «como hemos visto en los años te a las creaciones queridas por las transcurridos de nuestro pontificado coronas, sobre todo entre los siglos confluir en la ciudad eterna, a pesar XVI y XVIII. Se explica así la abruma- de la guerra, hombres de todas las dora prevalencia de los italianos, en naciones y de las regiones más leja- se diría hoy; una cuestión que se de- del poder papal y sobre las posibili- particular de los procedentes del es- nas, así tendremos ahora, cesado el batirá después sobre todo a partir dades de condicionarlo, y no solo en tado pontificio, en la elección de los conflicto mundial, el consuelo —si del inicio del siglo XIV, por tanto en el momento de la elección en el cón- cardenales, tenazmente perseguida los años del “conciliarismo” del siglo clave. Así, en el medievo se discute por Papas y garantía, implícita o al SIGUE EN LA PÁGINA 5

[close]

p. 4

página 4 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 3 de febrero de 2017, número 5 El Papa pide a los consagrados valorar la vida fraterna en comunidad Decir no a la cultura de lo provisional Con motivo de la Plenaria de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el sábado 28 de enero, Francisco mostró su preocupación por «la “hemorragia” que debilita la vida consagrada» y volvió a denunciar la «cultura de lo provisional» que alimenta el consumismo. Queridos hermanos y hermanas: Es para mí un motivo de alegría recibiros hoy, mientras estáis reunidos en Sesión Plenaria para reflexionar sobre el tema de la fidelidad y de los abandonos. Saludo al cardenal Prefecto y le agradezco sus palabras de presentación; y os saludo a vosotros expresando mi agradecimiento por vuestro trabajo al servicio de la vida consagrada de la Iglesia. El tema que habéis elegido es importante. Podemos decir que en este momento la fidelidad está a prueba; las estadísticas que habéis examinado lo demuestran. Estamos ante una “hemorragia” que debilita la vida consagrada y la vida misma de la Iglesia. Los abandonos dentro de la vida consagrada nos preocupan. Es verdad que algunos abandonan por un acto de coherencia, porque reconocen, después de un discernimiento serio, que no han tenido nunca vocación; pero otros con el pasar del tiempo dejan de ser fieles, muchas veces tan sólo pocos años después de la profesión perpetua. ¿Qué ha ocurrido? Como bien habéis señalado, muchos son los factores que condicionan la fidelidad en esto que es un cambio de época y no sólo una época de cambio, en la cual resulta difícil asumir compromisos serios y definitivos. Me contaba un obispo, hace tiempo, que un buen chico con licenciatura universitaria, que trabajaba en la parroquia, fue a verle y le dijo: “quiero hacerme sacerdote, pero durante diez años”. La cultura de lo provisional. El primer factor que no ayuda a mantener la fidelidad es el contexto social y cultural en el cual nos movemos. Vivimos inmersos en la llamada cultura de lo fragmentario, de lo provisional, que puede llevar a vivir a “a la carta” y a ser esclavos de las modas. Esta cultura induce a la necesidad de tener siempre las “puertas laterales” abiertas hacia otras posibilidades, alimenta el consumismo y olvida la belleza de la vida simple y austera, provocando muchas veces un gran vacío existencial. Se ha difundido también un fuerte relativismo práctico, según el cual todo es juzgado en función de una autorrealización muchas veces extra- ña a los valores del Evangelio. Vivimos en sociedades donde las reglas económicas sustituyen las morales, dictan leyes e imponen los propios sistemas de referencia a expensas de los valores de la vida; una sociedad donde la dictadura del dinero y del provecho propugna una visión de la existencia por la cual quien no rinde es descartado. En esta situación, está claro que uno debe antes dejarse evangelizar para luego comprometerse con la evangelización. A este factor del contexto sociocultural debemos añadir otros. Uno de ellos es el mundo juvenil, un mundo complejo, al mismo tiempo rico y que desafía. Hay jóvenes maravillosos y no son pocos. Pero también entre los jóvenes hay muchas víctimas de la lógica de la mundani- dad, que se puede sintetizar así: búsqueda del éxito a cualquier precio, del dinero fácil y del placer fácil. Esta lógica seduce también a muchos jóvenes. Nuestro esfuerzo no puede ser otro que estar cerca de ellos para contagiarles con la alegría del Evangelio y de la pertenencia a Cristo. Esta cultura va evangelizada si queremos que los jóvenes no sucumban. Un tercer factor condicionante proviene del interior de la misma vida consagrada, donde junto a la santidad —¡hay mucha santidad en la vida consagrada!— no faltan situaciones de contra-testimonio que hacen difícil la fidelidad. Tales situaciones, entre otras, son: la rutina, el cansancio, el peso de la gestión de las estructuras, las divisiones internas, la búsqueda de poder —los “trepas”—, una manera mundana de gobernar los institutos, un servicio de la autoridad que a veces se convierte en autoritarismo y otras veces en “un dejar hacer”. Si la vida consagrada quiere mantener su misión profética y su fascinación, continuando en su ser escuela de fidelidad para los cercanos y para los lejanos (cf. Efesios 2, 17), debe mantenerse la frescura y la novedad de la centralidad de Jesús, el atractivo de la espiritualidad y la fuerza de la misión, mostrar la belleza de la secuela de Cristo e irradiar esperanza y alegría. Esperanza y alegría. Esto nos hace ver cómo va una comunidad, qué hay por dentro. ¿Hay esperanza, hay alegría? Va bien. Pero cuando falta la esperanza y no hay alegría, la cosa es fea. Un aspecto que se deberá cuidar de manera particular es la vida fraterna en comunidad. La cual es alimentada por la oración comunitaria, por la lectura orante de la Palabra, por la participación activa en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, por el diálogo fraterno y por la comunicación sincera entre sus miembros, por la corrección fraterna, por la misericordia hacia el hermano o la hermana que peca, por la “condivisión” de responsabilidades. Todo esto acompañado por un elocuente y alegre testimonio de vi- da simple junto a los pobres y por una misión que privilegie las periferias existenciales. De la renovación de la vida fraterna en comunidad depende mucho el resultado de la pastoral vocacional, el poder decir «venid y veréis» (cf. Juan 1,39) y la perseverancia de los hermanos y de las hermanas jóvenes y menos jóvenes. Porque cuando un hermano o una hermana no encuentra apoyo a su vida consagrada dentro de la comunidad, irá a buscarlo fuera, con todo lo que eso conlleva (cf. La vida fraterna en comunidad, 2 de febrero de 1994, 32). La vocación, como la misma fe, es un tesoro que llevamos en vasijas de barro (cf. 2 Corintios 4,7); por esto tenemos que cuidarla, como se cuidan las cosas más preciosas, para que nadie nos robe este tesoro, ni pierda su belleza con el pasar del tiempo. Tal cuidado es tarea en primer lugar de cada uno de nosotros, que estamos llamados a seguir a Cristo más de cerca con fe, esperanza y caridad, cultivar cada día en la oración y reforzada por una buena formación teológica y espiritual, que defienda de las modas y de la cultura de lo efímero y permite caminar firmes en la fe. Sobre este fundamento es posible practicar los consejos evangélicos y tener los mismos sentimientos de Cristo (cf. Filipenses 2,5). La vocación es un don que hemos recibido del Señor, el cual ha posado su mirada sobre nosotros y nos ha amado (cf. Marcos 10, 21) llamándonos a seguirlo en la vida consagrada, y es al mismo tiempo una responsabilidad de quien ha recibido este don. Con la gracia del Señor, cada uno de nosotros está llamado a asumir con responsabilidad en primera persona el compromiso del propio crecimiento humano, espiritual e intelectual y, al mismo tiempo, a mantener viva la llama de la vocación. Esto conlleva que a la vez nosotros tengamos fija la mirada en el Señor, estando siempre atentos a caminar según la lógica del Evangelio y no ceder a los criterios de la mundanidad. Muchas veces las grandes infidelidades inician con pequeñas desviaciones o distracciones. También en este caso es importante hacer nuestra la exhortación de san Pablo: «Porque es ya hora de levantaros del sueño» (Romanos 13,11). Hablando de fidelidad y de abandonos, tenemos que dar mucha im- SIGUE EN LA PÁGINA 5

[close]

p. 5

número 5, viernes 3 de febrero de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 5 Elegidos de todo el mundo Decir no a la cultura de lo provisional VIENE DE LA PÁGINA 3 Dios quiere— de ver fluir entorno a nosotros nuevos miembros del sagrado colegio procedentes de los cinco continentes del mundo». Y, casi para prevenir las críticas por la drástica reducción de los italianos, Pacelli añadió que Italia no «quedará disminuida, es más, resplandecerá a los ojos de todos los pueblos como partícipe» de la grandeza y de la universalidad de la Iglesia que el último Papa romano definió «sopranacional»: madre que «no pertenece ni puede pertenecer exclusivamente a este o a ese pueblo» y que «no es ni puede ser extranjera en ningún lugar». Así, después de un segundo consistorio en 1953, al final del pontificado de Pío XII los cardenales italianos caerán al 27% (14 de 52) mientras que los europeos bajarán por debajo de los dos tercios. Es por tanto este el verdadero inicio de la internacionalización del sagrado colegio, continuado en distintas proporciones por sus sucesores. En las creaciones de Juan XXIII —que supera el número de los cardenales fijado por Sixto V casi cuatro siglos antes y multiplica las nacionalidades— los italianos se remontan al 42% (22 de 52) y los europeos a más de dos tercios. Al igual que Pacelli, Pablo VI innovó incisivamente en lo que se refiere al sacro colegio, creando 143 cardenales: entre ellos 38 italianos, que volvieron así a bajar y no superaron el 27%; pero sobre todo bajan de forma sensible, bajo los dos tercios, los europeos. A inicios de los años setenta, a Montini —que según John F. Broderick declara públicamente los criterios de sus creaciones cardenalicias como ningún otro predecesor lo había hecho— se remontan otras dos medidas radicalmente innovadoras en la historia del sagrado colegio: la exclusión de los cardenales de más de ochenta años del derecho de voto activo en el cónclave y la elevación del límite de los electores, fijado en 120. En los dos cónclaves de 1978 entran así 111 electores, y son 115 en el de 2005, con una sustancial igualdad numérica —en los tres cónclaves— entre europeos y no europeos, mientras en el del 2013 entre los electores hay un ligero aumento de los cardenales europeos (60 de 115), consecuente a la elección de Benedicto XVI. El primer Papa no europeo desde hace casi trece siglos, Francisco creó 44 cardenales electores: entre ellos, menos de un tercio son europeos, es decir 14 (mitad de los cuales italianos, cerca del 16%). Así, después de la tercera creación cardenalicia de Bergoglio, el 29 de noviembre de 2016, los electores eran 120, es decir el número máximo previsto por la reforma de Pablo VI y solo episódicamente superando a sus sucesores. Entre los cardenales electores los 66 no europeos eran ya una mayoría — ya registrada por breves periodos en los últimos cuarenta años, pero más acentuada y destinada aumentar— frente a los 54 europeos (entre estos, 25 italianos). En resumen, un cuadro muy variado y que también en la composición del colegio cardenalicio refleja y expresa realmente, como dijo el Pontífice setenta años después del primer consistorio de Pío XII, a la universalidad de la Iglesia. (g.m.v.) VIENE DE LA PÁGINA 4 portancia al acompañamiento. Y esto quisiera subrayarlo. Es necesario que la vida consagrada invierta en el preparar acompañantes cualificados para este ministerio. Y digo la vida consagrada, porque el carisma del acompañamiento espiritual, digamos de la dirección espiritual, es un carisma “laical”. También los sacerdotes lo tienen; pero es “laical”. Cuántas veces he encontrado monjas que me decían: “Padre, ¿usted no conoce un sacerdote que me pueda dirigir?” — “Pero, dime, ¿en tu comunidad no hay una monja sabia, una mujer de Dios?” — “Sí, está esta viejita que... pero...” “¡Ve con ella!”. Cuidad vosotros de los miembros de vuestra congregación. Ya en la Plenaria precedente habéis constatado tal exigencia, como resulta también en vuestro documento precedente “Para vino nuevo odres nuevos” (cf. nn. 14-16). No insistiremos nunca lo suficiente en esta necesidad. Es difícil mantenerse fieles caminando solos, o caminando con la guía de hermanos y hermanas que no sean capaces de escucha atenta y paciente, o que no tengan una experiencia adecuada de la vida consagrada. Necesitamos hermanos Audiencia al presidente de la República de Paraguay El Papa Francisco recibió el pasado 20 de enero a Horacio Manuel Cartes Jara, presidente de la República de Paraguay, que posteriormente se reunió con el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, acompañado por monseñor Paul Richard Gallagher, Secretario para las Relaciones con los Estados. Los coloquios, desarrollados en un ambiente de cordialidad, pusieron de manifiesto las buenas relaciones entre la Santa Sede y Paraguay. Se analizaron temas de interés común, tales como el desarrollo integral de la persona humana, la lucha contra la pobreza y la paz social. En esta perspectiva, se mencionó también la colaboración con la Iglesia católica y la contribución que ofrece en el ámbito social, educativo y de asistencia a los más necesitados. La conversación prosiguió con un intercambio de puntos de vista sobre la situación política y social regional, con especial referencia al desarrollo de las instituciones democráticas. y hermanas expertos en los caminos de Dios, para poder hacer lo que hizo Jesús con los discípulos de Emaús: acompañarlos en el camino de la vida y en el momento de la desorientación y encender de nuevo en ellos la fe y la esperanza mediante la Palabra y la Eucaristía (cf. Lucas 24,13-35). Esta es la delicada y comprometida tarea de un acompañante. No pocas vocaciones se pierden por la falta de acompañantes válidos. Todos nosotros consagrados, jóvenes y menos jóvenes, necesitamos una ayuda adecuada para el momento humano, espiritual y vocacional que estamos viviendo. Mientras debemos evitar cualquier modalidad de acompañamiento que cree dependencias. Esto es importante: el acompañamiento espiritual no debe crear dependencias. Mientras que debemos evitar cualquier modalidad de acompañamiento que cree dependencias, que proteja, controle o haga infantiles; no podemos resignarnos a caminar solos, es necesario un acompañamiento cercano, frecuente y plenamente adulto. Todo esto servirá para asegurar un discernimiento continuo que lleva a descubrir la voluntad de Dios, a buscar en todo esto qué agrada más al Señor, como diría san Ignacio o —con las palabras del san Francisco de Asís— a “querer siempre lo que a Él le gusta” (cf. FF 233). El discernimiento requiere, por parte del acompañante y de la persona acompañada, una delicada sensibilidad espiritual, un ponerse de frente a sí mismo y de frente al otro “sine propio”, con completo desapego de prejuicios y de intereses personales o de grupo. Además, es necesario recordar que en el discernimiento no se trata solamente de elegir entre el bien y el mal, sino entre el bien y el mejor, entre lo que es bueno y lo que lleva a la identificación con Cristo. Y continuaría hablando, pero terminamos aquí. Queridos hermanos y hermanas, os doy las gracias una vez más e invoco sobre vosotros y sobre vuestro servicio como miembros y colaboradores de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica la continua asistencia del Espíritu Santo, mientras os bendigo de corazón. Gracias

[close]

p. 6

número 5, viernes 3 de febrero de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO páginas 6/7 JUAN MANUEL DE PRADA Mentiría si afirmase que me han sorprendido las execraciones y anatemas que ha recibido Silencio, la última película de Scorsese, desde ciertos ámbitos católicos. Mentiría también si dijese que me ha escandalizado que, para denigrarla, se hayan empleado recursos torticeros, divulgando interpretaciones falsas o estrambóticas de la película. Pero mentiría igualmente si ocultase que, como artista, tales execraciones me han consternado y lastimado muy profundamente. Pues en estas obtusas reacciones se vuelve a probar la incomprensión que desde ciertos ámbitos católicos se profesa a todo arte que no sea esquemático o doctrinario, sino complejo y problemático (o sea, auténtico arte). Fenómeno que, a mi juicio, constituye una de las pruebas más lastimosas de la decadencia de la cultura católica. Que existe una franca hostilidad hacia el arte en ciertos ámbitos católicos es una evidencia innegable. También lo es, desde luego, que tal hostilidad es en ocasiones la reacción lógica hacia un arte nihilista que se regodea en el feísmo, como expresión de una época que odia la Belleza y acuchilla nuestra sensibili- dad. Pero esta hostilidad se dirige también con frecuencia hacia obras muy estimables que, simplemente, no incurren en el sentimentalismo pío. No se nos escapa que en esta hostilidad subyacen razones o sinrazones de tipo ideológico (ya Charles Péguy nos advertía sobre los peligros de convertir la mística en política, de envolver con coartadas religiosas nuestros prejuicios ideológicos); y tampoco que cierto fariseísmo ha hallado en esta hostilidad la excusa perfecta para condenar al artista, que suele ser persona de hábitos licenciosos o heterodoxos. Pero lo cierto es que muchas de las cúspides del arte católico fueron realizadas precisamente por artistas de hábitos licenciosos y heterodoxos, desde Caravaggio a Pasolini, pasando por Lope de Vega u Oscar Wilde. Y es que la Gracia –como también nos enseñase Péguy— utiliza muchas veces la puerta de entrada del pecado para bendecir a sus predilectos. Dios elige con frecuencia a los caídos y a los sucios como depositarios del arte más elevado y sublime; y el rechazo a los artistas «réprobos» es en el fondo rechazo a la Gracia divina. Tal rechazo ha provocado una penosa decadencia del arte católico, hoy náufrago en la más absoluta irrelevancia, que a la vez que expulsa a artistas como Scorsese acoge obras inanes, almibaradas, cursilonas y relamiditas, puro arte des-graciado en el más estricto sentido de la palabra. Sin darnos cuenta, los católicos empezamos a parecernos a aquellos herejes iconoclastas de la Antigüe- El arte y los católicos dad, que proclamaban orgullosos su odio a la expre- sión sensible de la divinidad. La unión del Creador y la criatura no se detiene, para el católico, en el ser ra- cional del hombre, sino que abraza también su ser corporal y, por intermedio de éste, la naturaleza ma- terial del universo entero. Y esta unión de Dios con el mundo material y sensible alcanza su expresión más gloriosa en el arte, que es instrumento real e ima- gen visible de Dios. Rechazar el arte es quitar a la encarnación divina toda realidad y constituye, como escribía Solovief, una terrible «supresión del cristiani- smo». A esta tentación iconoclasta se suma cierta infec- ción de raíz puritana, que al rechazar el dogma del pecado original niega la posibilidad del «drama», que es el meollo constitutivo del verdadero arte. Su- primiendo el pecado original, se niegan las conse- cuencias del mal en la naturaleza humana; y tal nega- ción ha dado lugar en ámbitos anticatólicos a un arte frívolo en el que las categorías morales se desdibujan hasta hacerse intercambiables, o bien un arte cínico en el que mal se torna fatídicamente invencible y se niega la capacidad del hombre para combatirlo y derrotarlo. Pero en el ámbito católico esta infección puritana también ha tenido consecuencias funestas, dando carta de naturaleza a un arte infantilizado que niega el principio de la felix culpa y la naturaleza dramática de la vida humana, esa «libertad imperfecta» que caracteriza la lucha del hombre en busca de redención. Una lucha que, como nos advertía Flannery O’Connor, se desenvuelve en un territorio que es en gran medida «propiedad del Enemigo»; una lucha que a veces se resuelve en un triunfo, otras en una derrota, y otras en un conflicto desgarrador, con una infinita gama de zonas penumbrosas que cierto catolicismo tentetieso pretende negar. Pero negar esas penumbras es tanto como negar el arte; y, además, es también una sórdida blasfemia. Leonardo Castellani se re- belaba contra esos católicos que reclaman un arte de soluciones netas, de triunfos apoteósicos, un arte sin penumbra ni conflicto. Son católicos que quisieran asignar a Cristo «el papel de un conquistador, de un Atila igualitario y devastador». Pero el mismo Cristo probó en repetidas ocasiones el sabor del fracaso. ¿O acaso no fracasó con el joven rico? ¿Acaso no fracasó con aquellos nueve leprosos que no volvieron a darle las gracias, tras su curación? ¿Acaso no fracasó con Pilatos o con Judas? ¿Acaso cuando sudó sangre en Getsemaní no fue consciente de que su sacrificio iba a ser rechazado por muchos hombres? Cristo sabía que la vida del hombre es drama; sabía que en la vida hay jóvenes ricos, leprosos ingratos, gente acomodaticia o cobarde, traidores y apóstatas; y a todos los amó, sabiendo que muchos flaquearían y vacilarían, e incluso rechazarían su Redención. Y si Cristo los amó, ¿por qué el arte va a ignorarlos? Ciertamente, pintar o escribir las vidas de los santos puede ser una excelente motivo artístico; pero también lo es pintar o escribir la vida de quienes no son (¡de quienes no somos!) heroicos ni impecables. Porque esas vidas conflictivas y dramáticas pueden ayudarnos tanto o más a superarnos; porque, asomándonos a su abismo, entenderemos mejor la misericordia divina, el profundo amor que Cristo nos mostró, inmolándose también por nosotros. Y el verdadero arte católico tiene que asomarse a ese abismo. Castellani consideraba que el gran poeta católico del siglo XIX había sido Charles Baudelaire, que desde luego –apostillaba, con su habitual gracejo—«no es una lectura para chicas que se alimentan de bocadillos y de novelas yanquis, ni para beatos, ni para burgueses, ni para burros, ni para sacerdotes no advertidos, ni para hombres sin percepción artística, ni para la inmensa parroquia de la moralina y de la ortodoxia infantil». Pero esta «moralina» y «ortodoxia infantil» es lo que hoy, tristemente, se exige desde ciertos ámbitos católicos, cuando se preconiza un arte sin conflicto, un arte de soluciones netas y triunfantes. Sólo que esta «moralina» y «ortodoxia infantil», lejos de ser instrumento para la evangelización, generan repugnancia en las almas sensibles que, sintiendo curiosidad por la fe, rechazan –con buen criterio—las soluciones fáciles. Baudelaire fue condenado como «inmoral» por un tribunal. Pero aquella condena no era católica, sino «burguesa» en el sentido más sombrío y anticatólico de la palabra. Baudelaire fue condenado por el fariseísmo y la majadería religiosa de los gazmoños; fue condenado porque sus libros –auténticas obras de arte— se atrevían adentrarse en el territorio «propiedad del Enemigo», mostrando ese conflicto desgarrador que es el meollo y la sustancia del drama. Eran, en fin, libros plenamente católicos; pues arte católico no es el que se fuga ante el peligro, sino el que se zambulle en él, a sabiendas de que esa zambullida puede conducirlo hasta el corazón de las tinieblas. Por su- puesto, leer a Baudelaire –como Marcelino Menéndez Pelayo escribía sobre La Celestina-- «puede tener sus peligros para quien no esté muy seguro de contemplar las obras de arte con amor desinteresado. Pues, cuanto más vigorosa y animada sea la representación de la vida, más participará de los peligros inherentes a la vida misma». Pero es ahí, precisamente ahí, en los «peligros inherentes a la vida misma» donde el artista católico desempeña su labor. Resulta, por cierto, muy instructivo descubrir que La Celestina, obra sumamente escabrosa, gozó desde el primer momento de «franquicia» entre los consultores del Santo Oficio, que la consideraron plenamente católica, pues aunque mostraba el mal sin recato, también retrataba el veneno que el mal introduce en las almas. Sería a principios del siglo XIX, cuando ya la Inquisición se había llenado –en palabras de Menéndez Pelayo-- de «jansenistas y hazañeros» (de puritanos y meapilas, diríamos hoy) cuando La Celestina fue incluida en el Índice. Y es que aquellos «jansenistas y hazañeros» ya no eran capaces de entender que el arte que retrata las debilidades del ser humano puede ser profundamente moral, infinitamente más moral que el arte buenista e infantilizado que nos muestra un falso mundo de color de rosa; un mundo sin jóvenes ricos, sin leprosos ingratos, sin cobardes ni traidores, un mundo sin sudores de sangre en Getsemaní. Durante siglos, al arte católico fue un arte lleno de Gracia porque supo adentrarse en el «territorio del Enemigo» y alumbrar el conflicto que se libra en las penumbras del corazón humano. Por eso, la Iglesia no tuvo empacho en abrazar el arte de los muy procaces Plauto y Terencio, o del irreligioso Lucrecio. Gracias a ello, hoy podemos leer a los maestros antiguos, que los monjes de los monasterios salvaron de la destrucción, incorporándolos a una portentosa –utilizamos la afortunada expresión de Giovanni Ma- ria Vian-- «biblioteca divina». Decía Barbey d’Aurevilly en el prólogo de Las diabólicas que «los pintores de nervio pueden pintarlo todo y su pintura es siempre moral cuando es trágica e inspira horror hacia aquello que reproduce; sólo son inmorales los impasibles y los burlones». D’Aurevilly tendría que haber incorporado a su elenco de inmorales a los iconoclastas y puritanos de nuestra época. El debate sobre «Silence» Grandes preguntas olvidadas LUCETTA SCARAFFIA La película de Scorsese está suscitando amplios debates, dentro y fuera del mundo católico, precisamente por motivo de la riqueza de los temas que afronta. Se refiere al Japón del siglo XVII, pero también al hoy, tiempo de persecución de los cristianos por su fe, y propone una serie de preguntas a las cuales no estábamos acostumbrados a responder. La primera, seguramente, es la crucial: ¿tiene sentido morir por Dios? Hoy y ayer esta pregunta sacude lo más profundo del sentido de la fe, y el valor que damos a la vida, la cobardía y el valor, la esperanza y la desesperación. La respuesta de los campesinos japoneses sugiere que es más fácil tener el valor de morir —si sabemos que vamos al paraíso donde estaremos mucho mejor que en el mundo en el que vivimos— para quien en este mundo vive en situaciones de opresión y de fatiga extrema. Esta pregunta abre otra: ¿existe todavía algo por lo cual se está dispuesto a morir en nuestras sociedades? En realidad, pensamos que ya no haya nada por lo que valga la pena dar la vida, es más, ya ni siquiera osamos plantearnos la pregunta. Pero esta no es la única sacudida que la película procura a la conciencia del espectáculo: otras son las cuestiones graves que plantea la película. Una se refiere a las posibilidades de inculturación de la fe cristiana: ¿los campesinos japoneses que sufren ba- jo las terribles persecuciones son verdaderamente cristianos o han construido una religión sincrética, en la cual sí creen ciegamente, pero que al final poco tiene que ver con la tradición cristiana? No lo sabremos nunca, pero la pregunta se cierne sobre toda la historia, poniendo en crisis el proyecto de evangelización de los jesuitas desde los cimientos. La respuesta de Ferreira a esta pregunta es negativa: los cristianos japoneses no son verdaderos cristianos, toda la obra de conversión en la que muchos se esforzaron hasta perder la vida fue un fracaso. Y en esto encuentra la justificación de su apostasía. Pero en la raíz de la apostasía de los dos jesuitas hay otra religión: el sufrimiento que su rechazo acarreaba a unos campesinos inermes. Un cristiano es dueño de donar su vida, pero no la de otro. Y es a través de este intercambio de destino que los japoneses consiguen provocar la rendición de los dos misioneros. Pero aceptar renegar el cristianismo para salvar a otros de terribles torturas, para los verdaderos creyentes significa perder la propia alma: ¿tiene algún sentido condenarse el alma por los demás? ¿No es este quizás el supremo sacrificio que Cristo pide a los dos jesuitas? La cuestión en un cierto sentido permanece abierta, pero de la fidelidad de Rodrigues a Jesús da testimonio el pequeño crucifijo que la mujer japonesa le pone en su mano después de su muerte. Una sepultura budista, pero en la mano la ofrenda para el paraíso cristiano... El tema de la traición y del perdón subyace en todos los episodios, representado por el japonés cobarde y traidor que no obstante, con su insistente petición de perdón, vuelve a llevar al jesuita Rodrigues al papel sacerdotal, y que al final tendrá una muerte de mártir. Pero la cuestión que ha intrigado más a los comentaristas laicos —en primer lugar al filósofo Roberto Esposito— es el silencio de Dios, del cual toma el nombre la novela y luego la película. El silencio de Dios que ha estado en el centro de las reflexiones y de la experiencia de místicos y filósofos, y se ha planteado como cuestión dramáticamente actual después de la tragedia de la Shoah. Una respuesta posible, sugerida por el filósofo, es que este eclipse de Dios en el momento más dramático dejaría al hombre libre de decidir, y por consiguiente también de descubrir que no tienen ningún valor las diferencias religiosas, entonces no sería un pecado la apostasía. Esta interpretación me deja muy perpleja: en la película de Scorsese la continua referencia a la pasión de Cristo —del Getsemaní al grito de Jesús en la cruz— sugiere sin embargo que la vía de la apostasía para salvar a los demás es una vía de amor parecida a la del crucifijo. La complejidad de la cuestión, o mejor dicho de las cuestiones, que la película propone constituyen el centro de su interés y desarrollan sin duda una función de despertar las conciencias aletargadas. De ahí la razón principal del interés y del debate que está suscitando.

[close]

p. 7

página 8 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 3 de febrero de 2017, número 5 El Papa pide a los consagrados acompañar a Jesús en el encuentro con su pueblo Vencer la tentación de la supervivencia El Papa Francisco celebró la misa en entonar el mismo canto de esperan- actitud de supervivencia nos vuelve la Basílica de San Pedro, con ocasión za. Jesús está con ellos, él está con reaccionarios, miedosos, nos va ence- de Jornada mundial por la vida nosotros (cf. Lc 4,18-19). rrando lenta y silenciosamente en consagrada, que se celebra el 2 de febrero. Publicamos a continuación la homilía. Este canto de esperanza lo hemos nuestras casas y en nuestros esqueheredado de nuestros mayores. Ellos mas. Nos proyecta hacia atrás, hacia nos han introducido en esta «diná- las gestas gloriosas —pero pasadas— Cuando los padres de Jesús llevaron al Niño para cumplir las prescripciones de la ley, Simeón «conducido por el Espíritu» (Lc 2,27) toma al Niño en brazos y comienza un canto de bendición y alabanza: «Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar mica». En sus rostros, en sus vidas, en su entrega cotidiana y constante pudimos ver cómo esta alabanza se hizo carne. Somos herederos de los sueños de nuestros mayores, herederos de la esperanza que no desilusionó a nuestras madres y padres fundadores, a nuestros hermanos mayores. Somos herederos de nuestros ancianos que se animaron a soñar; y, al que, lejos de despertar la creatividad profética nacida de los sueños de nuestros fundadores, busca atajos para evadir los desafíos que hoy golpean nuestras puertas. La psicología de la supervivencia le roba fuerza a nuestros carismas porque nos lleva a domesticarlos, hacerlos «accesibles a la mano» pero privándolos de aquella fuerza creativa que inauguraron; a las naciones, y gloria de tu pueblo igual que ellos, hoy queremos noso- nos hace querer proteger espacios, Israel» (Lc 2,30-32). Simeón no sólo tros también cantar: Dios no defrau- edificios o estructuras más que posi- pudo ver, también tuvo el privilegio da, la esperanza en él no desilusio- bilitar nuevos procesos. La tentación de abrazar la esperanza anhelada, y na. Dios viene al encuentro de su de supervivencia nos hace olvidar la eso lo hace exultar de gracia, nos convierte en alegría. Su corazón se profesionales de lo sagra- alegra porque Dios habita en medio de su pue- Poner a Jesús en medio de su pueblo, es asumir do pero no padres, madres o hermanos de la es- blo; lo siente carne de su carne. La liturgia de hoy nos dice que con ese rito, a y querer ayudar a cargar la cruz de nuestros hermanos. Es querer tocar las llagas de Jesús en las llagas del mundo, que está herido peranza que hemos sido llamados a profetizar. Ese ambiente de supervivencia seca el corazón de los 40 días de nacer, el Señor «fue presentado en y anhela, y pide resucitar. nuestros ancianos privándolos de la capacidad de el templo para cumplir la soñar y, de esta manera, ley, pero sobre todo para esteriliza la profecía que encontrarse con el pueblo creyente» Pueblo. Y queremos cantar aden- los más jóvenes están llamados a (Misal Romano, 2 de febrero, Moni- trándonos en la profecía de Joel: anunciar y realizar. En pocas pala- ción a la procesión de entrada). El «Derramaré mi espíritu sobre toda bras, la tentación de la supervivencia encuentro de Dios con su pueblo carne, vuestros hijos e hijas profeti- transforma en peligro, en amenaza, despierta la alegría y renueva la es- zarán, vuestros ancianos tendrán en tragedia, lo que el Señor nos pre- peranza. sueños y visiones» (3,1). senta como una oportunidad para la El canto de Simeón es el canto del hombre creyente que, al final de sus días, es capaz de afirmar: «Es cierto, la esperanza en Dios nunca Nos hace bien recibir el sueño de nuestros mayores para poder profetizar hoy y volver a encontrarnos con lo que un día encendió nuestro cora- misión. Esta actitud no es exclusiva de la vida consagrada, pero de forma particular somos invitados a cuidar de no caer en ella. decepciona» (cf. Rm 5,5), Él no de- zón. Sueño y profecía juntos. Me- Volvamos al pasaje evangélico y frauda. Simeón y Ana, en la vejez, moria de cómo soñaron nuestros an- contemplemos nuevamente la esce- son capaces de una nueva fecundi- cianos, nuestros padres y madres y na. Lo que despertó el canto en Si- dad, y lo testimonian cantando: la coraje para llevar adelante, profética- meón y Ana no fue ciertamente mi- vida vale la pena vivirla con espe- mente, ese sueño. Esta actitud nos rarse a sí mismos, analizar y rever su ranza porque el Señor mantiene su hará fecundos pero sobre todo nos situación personal. No fue el que- promesa; y será, más tarde, el mismo protegerá de una tentación que pue- darse encerrados por miedo a que Jesús quien explicará esta promesa de hacer estéril nuestra vida consa- les sucediese algo malo. Lo que des- en la Sinagoga de Nazaret: los en- grada: la tentación de la superviven- pertó el canto fue la esperanza, esa fermos, los detenidos, los que están cia. Un mal que puede instalarse po- esperanza que los sostenía en la an- solos, los pobres, los ancianos, los co a poco en nuestro interior, en el cianidad. Esa esperanza se vio re- pecadores también son invitados a seno de nuestras comunidades. La compensada en el encuentro con Je- sús. Cuando María pone en brazos de Simeón al Hijo de la Promesa, el anciano empieza a cantar sus sueños. Cuando pone a Jesús en medio de su pueblo, este encuentra la alegría. Y sí, sólo eso podrá devolvernos la alegría y la esperanza, sólo eso nos salvará de vivir en una actitud de supervivencia. Sólo eso hará fecunda nuestra vida y mantendrá vivo nuestro corazón. Poniendo a Jesús en donde tiene que estar: en medio de su pueblo. Todos somos conscientes de la transformación multicultural por la que atravesamos, ninguno lo pone en duda. De ahí la importancia de que el consagrado y la consagrada estén insertos con Jesús, en la vida, en el corazón de estas grandes transformaciones. La misión —de acuerdo a cada carisma particular— es la que nos recuerda que fuimos invitados a ser levadura de esta masa concreta. Es cierto podrán existir «harinas» mejores, pero el Señor nos invitó a leudar aquí y ahora, con los desafíos que se nos presentan. No desde la defensiva, no desde nuestros miedos sino con las manos en el arado ayudando a hacer crecer el trigo, tantas veces sembrado en medio de la cizaña. Poner a Jesús en medio de su pueblo es tener un corazón contemplativo, capaz de discernir como Dios va caminando por las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, en nuestros barrios. Poner a Jesús en medio de su pueblo, es asumir y querer ayudar a cargar la cruz de nuestros hermanos. Es querer tocar las llagas de Jesús en las llagas del mundo, que está herido y anhela, y pide resucitar. ¡Ponernos con Jesús en medio de su pueblo! No como voluntaristas de la fe, sino como hombres y mujeres que somos continuamente perdonados, hombres y mujeres ungidos en el bautismo para compartir esa unción y el consuelo de Dios con los demás. Ponernos con Jesús en medio de su pueblo, porque «sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que [con el Señor], puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación. […] Si pudiéramos seguir ese camino, ¡sería algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan esperanzador! Salir de sí mismo para unirse a otros» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 87) no sólo hace bien, sino que transforma nuestra vida y esperanza en un canto de alabanza. Pero esto sólo lo podemos hacer si asumimos los sueños de nuestros ancianos y los transformamos en profecía. Acompañemos a Jesús en el encuentro con su pueblo, a estar en medio de su pueblo, no en el lamento o en la ansiedad de quien se olvidó de profetizar porque no se hace cargo de los sueños de sus mayores, sino en la alabanza y la serenidad; no en la agitación sino en la paciencia de quien confía en el Espíritu, Señor de los sueños y de la profecía. Y así compartamos lo que no nos pertenece: el canto que nace de la esperanza.

[close]

p. 8

número 5, viernes 3 de febrero de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 9 Misa en Santa Marta Memoria, paciencia y esperanza El vestido del cristiano debe ser zurcido con «memoria, valentía, paciencia y esperaza» para resistir también a las lluvias más intensas sin ceder y estrecharse. Es precisamente del «pecado de la pusilanimidad» —o sea, «tener miedo de todo» y convertirse en «almas estrechas para preservarse»— que el Papa puso en guardia en la misa celebrada el viernes 27 de enero, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, recordando cómo Jesús mismo advirtió que «quien quiere conservar la propia vida, sin arriesgar y amparándose en la prudencia, la perderá». Para su meditación Francisco hizo referencia a la lectura del día que, expuso inmediatamente, es un pasaje de la Carta a los Hebreos (10, 32-39): «Una exhortación a vivir la vida cristiana, una exhortación con tres puntos de referencia, tres puntos temporales, por decirlo así: el pasado, el presente y el futuro». El autor de la Carta «comienza con el pasado y nos exhorta a hacer memoria: “hermanos, traed a la memoria los días pasados”». Son —explicó el Papa— «los días del entusiasmo, de seguir adelante en la fe, cuando se comenzó a vivir la fe, las pruebas sufridas». En efecto, La exhortación a vivir bien una vida cristiana, comienza con este punto de referencia: la memoria «no se entiende la vida cristiana, también la vida espiritual de cada día, sin memoria». Y «no sólo no se entiende: no se puede vivir cristianamente sin memoria». Se trata, afirmó Francisco, de la «memoria de la salvación de Dios en mi vida», de la «memoria de los males en mi vida: ¿cómo el Señor me salvó la vida de estos males?». Por esto «la memoria es una gracia, una gracia que hay que pedir: “Señor que no me olvide de tu paso por mi vida, que no me olvide de los buenos momentos, también de los momentos difíciles; los gozos y las cruces”». Por lo tanto, explicó el Pontífice, «el cristiano es un hombre de memoria». Tanto que «cuando leemos la Biblia, vemos que los profetas siempre nos hacen mirar hacia atrás: piensen esto que Dios ha hecho con ustedes, cómo los ha liberado de la esclavitud». Y «hacer memoria es sabiduría: recordar todo, lo bueno y lo no tan bueno, lo malo: muchas gracias, muchos pecados, la familia, la historia personal de cada uno». Así «avanzo ante de Dios pero con mi historia, no debo ocultarla, esconderla: no, es mi historia, delante de mi alma, delante de ti». Aquí tenemos que la «exhortación a vivir bien una vida cristiana, comienza con este punto de referencia: la memoria». También, prosiguió el Papa, el autor de la Carta a los Hebreos «nos da a entender que estamos en camino, y estamos en camino a la espera de algo, en espera de llegar o de encontrar». En efecto, se lee en la Carta: «Pues todavía un poco, muy poco tiempo: y el que ha de venir vendrá sin tardanza». E inmediatemente después «nos exhorta a vivir de la fe: “mi justo vivirá por la fe”». Aquí entra en juego «la esperanza: mirar al futuro». De hecho, explicó Francisco, «así como no se puede vivir una vida cristiana sin la memoria de los pasos dados, no se puede vivir una vida cristiana sin mirar al futuro con la esperanza del encuentro con el Señor». Sabemos bien, recordó el Papa, que «la vida es un soplo pasa: cuando uno es joven, piensa que tiene mucho tiempo por delante, pero después la vida nos enseña esas palabras, que decimos todos: “pero cómo pasa el tiempo, a éste le conocí desde niño, ahora se casa, cómo pasa el tiempo”». Por lo tanto, «la esperanza de encontrarlo es una vida en tensión, entre la memoria y la esperanza, el pasado y el futuro». El tercer punto «está en la mitad: es hoy, es decir el presente», afirmó el Pontífice. Se trata de «un hoy entre el pasado y el futuro». Y «el consejo para vivir el hoy es continuar con esta actitud, que describe a los primeros cristianos, de valentía, de paciencia, de seguir adelante, de no tener miedo». Porque «el cristiano vive el presente —muchas veces doloroso y triste— valientemente o con paciencia». Existen «dos palabras que a Pablo, y a su discípulo, que ha escrito esta Carta, les gustaban mucho: valor y paciencia». Y «es curioso», destacó el Papa, que el autor del texto para decir «paciencia, usa una palabra en griego que quiere decir “soportar”; y valentía es franqueza, dice aquí, decir claramente las cosas, seguir adelante con la cara mirando adelante». Son «las dos palabras —prosiguió— que él usa mucho, mucho: la parresìa y la hypomonè, la valentía y la paciencia». Y «la vida cristiana es así». Es verdad, reconoció Francisco, que todos somos pecadores, «quien antes, quien después», y «si quieren podemos después hacer la lista, pero continuando con valentía y con paciencia; no nos quedemos ahí, parados, porque esto no nos hará crecer». Así, por lo tanto, explicó el Pontífice, «es nuestra vida cristiana, así hoy la liturgia nos exhorta a vivirla: con gran memoria del camino vivido, con gran esperanza de ese bello encuentro que será una bella sorpresa». Ciertemente, insistió, «no sabemos cuándo: puede ser mañana, puede ser dentro de quince años, no se sabe, pero es siempre mañana, es pronto, porque el tiempo pasa». En todo caso debe estar siempre «la esperanza del encuentro». Y también la actitud de «soportar, con paciencia; llevar aquí, paciencia y valentía, franqueza», con «la cara mirando adelante, sin vergüenza». Precisamente «así se lleva adelante la vida cristiana». Hay una pequeña cosa, antes de terminar —evidenció el Papa— sobre la que el No se puede vivir una vida cristiana sin mirar al futuro con la esperanza del encuentro con el Señor autor» de la Carta a los Hebreos «llama la atención de la comunidad a la que está hablando: un pecado». Es un pecado «que no le hace tener esperanza, valor, paciencia y memoria: el pecado de la pusilanimidad». Se trata, explicó Francisco, de «un pecado que no deja ser cristiano, es un pecado que no te deja seguir adelante por miedo». Por esta razón «muchas veces Jesús decía: “No tengan miedo”»: precisamente por poner en guardia contra la «pusilanimidad» y así proceder para no ceder, no ir «siempre hacia atrás» custodiándose «demasiado a sí mismos» por «el miedo de todo», para «no arriesgar» amparándose en la «prudencia». De tal modo, afirmó el Papa, uno puede también decir que sigue «todos los mandamientos, sí, es verdad, pero esto te paraliza, te hace olvidar muchas gracias recibidas, te quita la memoria, te quita la esperanza porque no te deja seguir adelante». Y «el presente de un cristiano, de una cristiana, es tal como cuando uno va por la calle y llega una lluvia inesperada y el vestido no es muy bueno y se encoge la tela: almas estrechas». Precisamente esta imagen expresa bien qué es «la pusilanimidad: el pecado contra la memoria, la paciencia y la esperanza». Antes de seguir con la celebración eucarística, Francisco invitó a pedir en la oración al Señor que «nos haga crecer en la memoria, nos haga crecer en la esperanza, nos dé cada día el valor y la paciencia, y nos libere de esa cosa que es la pusilanimidad», es decir la actitud de los que tienen «miedo de todo» y acaban por convertirse en «almas estrechas para conservarse». En cambio, Jesús nos hace presente que «quien quiere conservar la propia vida, la pierde».

[close]

p. 9

página 10 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 3 de febrero de 2017, número 5 Homilías del Pontífice Si el mártir no es noticia Por los «mártires de hoy», por los cristianos perseguidos y en la cárcel, por las Iglesias sin libertad, con un pensamiento especial por las más pequeñas: esta es la intención con la cual el Papa ofreció la misa celebrada el lunes 30 de enero por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. Con la conciencia de que «una Iglesia sin mártires es una Iglesia sin Jesús», el Pontífice ha vuelto a afirmar que son precisamente los mártires los que sostienen y Aunque los medios de comunicación no lo dicen porque no son noticia: muchos cristianos del mundo hoy son bienaventurados porque son perseguidos, insultados, encarcelados llevan adelante la Iglesia. Y si además los medios de comunicación no lo dicen, porque no son noticia, hoy muchos cristianos en el mundo son bienaventurados porque son perseguidos, insultados, encarcelados sólo por llevar una cruz o por confesar a Jesucristo. Entonces, cuando nosotros nos quejamos «si nos falta algo», deberíamos pensar más bien «en estos hermanos y hermanas que hoy, en número mayor respecto a los primeros siglos, sufren el martirio». Para su meditación el Pontífice volvió a abordar los contenidos de la carta a los Hebreos. Hacia el final —afirmó— el autor, hace un llamamiento a la memoria: «Traed a la memoria a vuestros antepasados, traed a la memoria los primeros días de vuestra vocación, recordad, traed a la memoria toda la historia del pueblo del Señor». Todo ello «para ayudar a hacer más sólida nuestra esperanza: recordar mejor para esperar mejor; sin memoria no hay esperanza». Precisamente «la memoria de las cosas que el Señor hizo entre nosotros —explicó Francisco— nos da el aliento para seguir adelante y también la coherencia». Así «en este final de la carta a los Hebreos, en el capítulo 11, que es lo que la liturgia nos propone estos días, se encuentra la memoria de la docilidad de mucha gente, comenzando por nuestro padre Abraham que salió de su tierra sin saber donde iba, dócil: memoria de docilidad». «Luego, hoy, hay dos memorias» hizo notar una vez más el Pontífice citando expresamente el pasaje de la carta propuesto por la liturgia (11, 32-40). Ante todo «la memoria de las grandes gestas del Señor, hechas por hombres y mujeres, y dice el autor de la carta: “me faltaría el tiempo si tuviera que hablar sobre...”». Tanto es así que «comienza a nombrar a Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David: mucha gente que ha hecho grandes gestas en la historia de Israel». Esta «es la memoria, podemos decir, de nuestros héroes del Pueblo de Dios». Y «el tercer grupo —el primero era el de los que fueron dóciles a la llamada del Señor», el segundo «de los que hicieron grandes cosas»— recuerda «la memoria de los que sufrieron y dieron la vida como Jesús». Se lee efectivamente en la carta: «Otros, por último, padecieron insultos y flagelos, cadenas y prisión. Fueron lapidados, torturados, aserrados, fueron muertos a espada, anduvieron errantes cubiertos de pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados, —¡el mundo no era digno de ellos!— errantes por los desiertos, sobre montañas, entre las cavernas y los antros de la tierra». En una palabra, «es la memoria de los mártires». Y la Iglesia es precisamente «este Pueblo de Dios que es pecador pero dócil, que hace grandes cosas y además da testimonio de Jesucristo hasta el martirio». «Los mártires —afirmó al respecto el Papa— son los que llevan adelante la Iglesia; son los que sostienen la Iglesia, que la han sostenido y la sostienen hoy. Y existen más hoy que en los primeros siglos», aunque «los medios de comunicación no lo dicen porque no son noticia: muchos cristianos del mundo hoy son bienaventurados porque son perseguidos, insultados, encarcelados». Hoy, insistió Francisco, «hay muchos en la cárcel, solamente por llevar una cruz o por confesar a Jesucristo: esta es la gloria de la Iglesia y nuestro apoyo y nuestra humillación, nosotros que tenemos todo, todo parece fácil para nosotros y si nos falta algo nos lamentamos». Pero «pensemos en estos hermanos y hermanas que hoy, en número mayor que en los primeros siglos, sufren el martirio». «No puedo olvidar —dijo el Papa— el testimonio del sacerdote y la monja en la catedral de Tirana: años y años de cárcel, trabajos forzados, humillaciones, los derechos humanos no existen para ellos». Era el 21 de septiembre de 2014 cuando, durante las Vísperas en la catedral de San Pablo en Tirana, fueron presentados al Pontífice los impactantes testimonios de dos supervivientes a las persecuciones del régimen contra los cristianos: tomaron la palabra sor María Kaleta y don Ernest Simoni, que luego Francisco quiso crear y publicar cardenal en el consistorio del pasado 19 de noviembre. También nosotros, prosiguió el Pontífice, es justo que «estemos satisfechos cuando vemos un acto eclesial grande, que ha tenido un gran éxito, los cristianos que se manifiestan». Y esto puede ser visto como una «fuerza». La Iglesia es precisamente «este pueblo de Dios que es pecador pero dócil, que hace grandes cosas y además da testimonio de Jesucristo hasta el martirio» Pero «la fuerza más grande de la Iglesia hoy está en las pequeñas Iglesias, pequeñitas, con poca gente, perseguidas, con sus obispos en la cárcel. Esta es nuestra gloria hoy y nuestra fuerza hoy». También porque, afirmó, «una Iglesia sin mártires, me atrevería a decir, es una Iglesia sin Jesús». Así el Papa invitó a rezar «por nuestros mártires que sufren mucho, por los que estuvieron y están en la cárcel, por esas Iglesias que no son libres de expresarse: ellos son nuestro apoyo, ellos son nuestra esperanza». Ya «en los primeros siglos de la Iglesia un antiguo escritor decía: “la sangre de los cristianos, la sangre de los mártires, es semilla de cristianos”». Ellos «con su martirio, su testimonio, con su sufrimiento, también dando su vida, ofreciendo su vida, sembrando cristianos para el futuro y en las otras Iglesias». Y por esta razón, precisamente, el Papa quiso ofrecer «la misa por nuestros mártires, por los que ahora sufren, por las Iglesias que sufren, que no tienen libertad», agradeciendo «al Señor que estén presentes con la fortaleza de su Espíritu en estos hermanos y hermanas nuestras que hoy dan testimonio de Él».

[close]

p. 10

número 5, viernes 3 de febrero de 2017 L’OSSERVATORE ROMANO página 11 Jesús nos mira a cada uno Jesús no mira las «estadísticas» sino que presta atención «a cada uno de nosotros». Uno por uno. El estupor del encuentro con Jesús, esa maravilla que percibe quien le mira y se da cuenta de que el Señor ya tenía la mirada fija sobre él, fue descrita por el Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el martes 31 de enero. Fue precisamente «la mirada» el hilo conductor de la meditación que tomó inspiración en el pasaje evangélico de la carta a los Hebreos (12, 1-4) en la cual el autor, después de haber subrayado la importancia del hacer memoria, invita a todos: «corramos con perseverancia, teniendo la mirada fija en Jesús». Recogiendo tal sugerencia, el Pontífice analizó el Evangelio del día (Marcos 5, 21-43) para ver «qué hace Jesús». El detalle más evidente es que «Jesús está siempre en medio de la muchedumbre». En el pasaje evangélico propuesto por la liturgia «la palabra muchedumbre se repite tres veces». Y no se trata, subrayó el Papa, de un ordenado «cortejo de gente», con los guardias «que le escoltan, para que la gente no le tocase»: más bien es una muchedumbre que envuelve a Jesús, que «le estrecha». Y Él se queda ahí. Y, es más, «cada vez que Jesús salía, había más que una muchedumbre. Quizás, dijo Francisco con una broma, «los especialistas de las estadísticas habrían podido publicar: “baja la popularidad del Rabino Jesús”. Pero «Él buscaba otra cosa: buscaba a la gente. Misa en Santa Marta Y la gente le buscaba a Él: la gente tenía los ojos fijos sobre Él y Él tenía los ojos fijos sobre la gente». Se podría objetar: Jesús dirigía la mirada «sobre la gente, sobre la multitud». Y en cambio no, precisó el Pontífice: «sobre cada uno. Porque precisamente esta es «la peculiaridad de la mirada de Jesús. Jesús no masifica a la gente: Jesús mira a cada uno». La prueba se encuentra más veces en las narraciones evangélicas. En el Evangelio del día, por ejemplo, se lee que Jesús preguntó: «¿quién me ha tocado?» cuando «estaba en medio de esa gente, que le estrechaba». Parece extraño, tanto es así que los mismos discípulos «le decían: pero tú ves la gente que se reúne entorno a ti!». Desconcertados, dijo el Papa intentando imaginar su reacción, pensaron: «este, quizás, no ha dormido bien. Quizás se equivoca». Y sin embargo Jesús estaba seguro: «¡alguien me ha tocado!». Efectivamente, «en medio de esa muchedumbre Jesús se fijó en esa viejecita que le había tocado. Y la curó». Había «mucha gente», pero Él prestó atención precisamente a ella, «una señora, una viejecita». La narración evangélica continúa con el episodio de Jairo, al cual le dicen que la hija está muerta. Jesús le tranquiliza: «¡no temas! ¡Solo ten fe!», así como en precedencia había dicho a la mujer: «¡tu fe te ha salvado!». También en esta situación Jesús se encuentra en medio de la muchedumbre, con «mucha gente que lloraba, gritaba en el velatorio» – en aquella época, efectivamente, explicó el Pontífice, era costumbre «“alquilar” mujeres para que llorasen y gritasen allí, en el velatorio. Para oír el dolor...» — y a ellos Jesús dice: «estad tranquilos. La niña duerme». También los presentes, dijo el Papa, quizás «habrán pensado: “¡este no ha dormido bien!”», tanto es así que «se burlaban de Él». Pero Jesús entra y «resucita a la niña». La cosa que salta a la vista, hizo notar Francisco, es que Jesús en esa confusión, con «las mujeres que gritaban y lloraban», se preocupa de decir «al papá y a la mamá “¡dadla de comer”!». Es la atención al «pequeño», es «la mirada de Jesús sobre el pequeño. ¿Pero no tenía otras cosas de las que preocuparse? No, de esto». Según las «estadísticas que habrían podido decir: “sigue el descenso de la popularidad del Rabino Jesús”, «el Señor predicaba durante horas y la gente le escuchaba, Él hablaba a cada uno». Y «¿cómo sabemos que hablaba a cada uno? Se preguntó el Pontífice. Porque se dio cuenta, observó, que la niña «tenía hambre» y dijo: «¡dadla de comer!». El Pontífice continuó con los ejemplos citando el episodio de Naím. También ahí «había una muchedumbre que le seguía». Y Jesús «ve que sale un cortejo fúnebre: un chico, hijo único de madre viuda». Una vez más el Señor se da cuenta del «pequeño». En medio de tanta gente «va, para el cortejo, resucita al chico y se lo entrega a la mamá». Y aún más, en Jericó. Cuando Jesús entra en la ciudad, está la gente que «grita: ¡Viva el Señor! ¡Viva Jesús! “¡Viva el Mesías!”. Hay mucho ruido... También un ciego se pone a gritar; y Él, Jesús, aun con todo el ruido que había allí, oye al ciego». El Señor, subrayó el Papa, «se fijó en el pequeño, en el ciego». Todo esto para decir que «la mirada de Jesús va al grande y al pequeño». Él, dijo el Pontífice, «nos mira a todos nosotros, pero nos mira a cada uno de nosotros. Mira nuestros grandes problemas, nuestras grandes alegrías; y mira también nuestras pequeñas cosas, porque está cerca. Así nos mira Jesús». Retomando en este punto el hilo de la meditación, el Papa recordó cómo el autor de la carta a los Hebreos sugiere «correr con perseverancia, teniendo la mirada fija en Jesús». Pero, se preguntó, «¿qué nos ocurrirá, a nosotros, si hacemos esto; si tenemos la mirada fija en Jesús?». Nos ocurrirá, respondió, lo que le ocurrió a la gente después de la resurrección de la niña: «ellos se quedaron con gran estupor». Ocurre efectivamente que «yo voy, miro a Jesús, camino delante, fijo la mirada en Jesús y ¿qué encuentro? Que Él tiene la mirada fija sobre mí. Y esto me hace sentir «gran estupor. Es el estupor del encuentro con Jesús». Pero para experimentarlo, no hay que tener miedo, «como no tuvo miedo esa viejecita para ir a tocar el bajo del manto». De aquí la exhortación final del Papa: «¡no tengamos miedo! Corramos por este camino, con la mirada siempre fija sobre Jesús. Y tendremos esta bonita sorpresa: nos llenará de estupor. El mismo Jesús tiene la mirada fija sobre mí».

[close]

p. 11

página 12 L’OSSERVATORE ROMANO viernes 3 de febrero de 2017, número 5 El Pontífice advierte sobre la dificultad de creer en la resurrección cuando nos enfrentamos a la muerte La virtud de la esperanza Y concluyó la catequesis invitando a los fieles a volver a la raíz y a los fundamentos de nuestra fe El Papa Francisco, en la Audiencia General, prosiguió con el ciclo de catequesis sobre esperanza cristiana. Tal y como recordó el Pontífice, san Pablo, frente a los temores y a las perplejidades de la comunidad de Tesalónica, invita a tener firme en la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, “la esperanza de la salvación”. A continuación, el texto completo de la catequesis Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En las catequesis pasadas hemos empezado nuestro recorrido sobre el tema de la esperanza releyendo en esta perspectiva algunas pági- nas del Antiguo Testamento. Ahora queremos pasar a dar luz a la extraordinaria importancia que esta virtud asume en el Nuevo Testamento, cuando encuentra la novedad representada por Jesucristo y por el evento pascual. Es lo que emerge claramente desde el primer texto que se ha escrito, es decir, la Primera Carta de san Pablo a los Tesalonicenses. En el pasaje que hemos escuchado, se puede percibir toda la frescura y la belleza del primer anuncio cristiano. La de Tesalónica era una comunidad joven, fundada desde hacía poco; sin embargo, no obstante las dificultades y las muchas pruebas, estaba enraizada en la fe y celebraba con entusiasmo y con alegría la resurrección del Señor Jesús. El Apóstol entonces se alegra de corazón con todos, en cuanto que renacen en la Pascua se convierten realmente en “hijos de la luz e hijos del día” (Tesalonicenses 5, 5), en fuerza de la plena comunión con Cristo. Cuando Pablo les escribe, la comunidad de Tesalónica ha sido apenas fundada, y solo pocos años la separan de la Pascua de Cristo. Por esto, el Apóstol trata de hacer comprender todos los efectos y las consecuencias que este evento único y decisivo supone para la historia y para la vida de cada uno. En particular, la dificultad de la comunidad no era tanto reconocer la resurrección de Jesús, sino creer en la resurrección de los muertos. En tal sentido, esta Carta se revela más actual que así. La esperanza cristiana es la espera de algo nunca. Cada vez que nos encontramos frente que ya se ha cumplido; está la puerta allí, y a nuestra muerte, o a la de un ser querido, yo espero llegar a la puerta. ¿Qué tengo que sentimos que nuestra fe es probada. Surgen hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, de que llegaré a la puerta. Así es la esperanza y nos preguntamos: “¿Pero realmente habrá cristiana: tener la certeza de que yo estoy en vida después de la muerte…? ¿Podré todavía camino hacia algo que es, no que yo quiero que sea. Esta es la esperanza cristiana. Esperar significa y requiere un corazón humilde, La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido cumpli- un corazón pobre. Solo un pobre do y que realmente se realizará sabe esperar. Quien está ya lleno de sí y de sus para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y la de bienes, no sabe poner la propia los seres queridos difuntos, por confianza en nadie más que en sí mismo tanto, no es algo que podrá suceder o no, sino que es una realidad cierta, en cuanto está enraizada en el evento de la resurrección de ver y abrazar a las personas que he ama- Cristo. Esperar por tanto significa aprender a do…?”. Esta pregunta me la hizo una señora vivir en la espera. Cuando una mujer se da hace pocos días en una audiencia, manifesta- cuenta que está embaraza, cada día aprende a do una duda: “¿Me encontraré con los vivir en espera de ver la mirada de ese niño míos?”. También nosotros, en el contexto ac- que vendrá. Así también nosotros tenemos tual, necesitamos volver a la raíz y a los fun- que vivir y aprender de estas esperas humanas damentos de nuestra fe, para tomar conciencia y vivir la espera de mirar al Señor, de encon- de lo que Dios ha obrado por nosotros en Je- trar al Señor. Esto no es fácil, pero se apren- sucristo y qué significa nuestra muerte. Todos de: vivir en la espera. Esperar significa y re- tenemos un poco de miedo por esta incerti- quiere un corazón humilde, un corazón po- dumbre de la muerte. Me vie- bre. Solo un pobre sabe esperar. Quien está ne a la memoria un viejecito, ya lleno de sí y de sus bienes, no sabe poner un anciano, bueno, que decía: la propia confianza en nadie más que en sí “Yo no tengo miedo de la mismo. muerte. Tengo un poco de Escribe san Pablo: “Jesucristo, que murió miedo de verla venir”. Tenía por nosotros, para que, velando o durmiendo, miedo de esto. vivamos juntos con él” (1 Tesalonicenses 5, 10). Pablo, frente a los temores y Estas palabras son siempre motivo de gran a las perplejidades de la comu- consuelo y paz. También para las personas nidad, invita a tener firme en amadas que nos han dejado, estamos por tan- la cabeza como un yelmo, so- to llamados a rezar para que vivan en Cristo y bre todo en las pruebas y en estén en plena comunión con nosotros. Una los momentos más difíciles de cosa que a mí me toca mucho el corazón es nuestra vida, “la esperanza de una expresión de san Pablo, dirigida a los Te- la salvación”. Es un yelmo. salonicenses. A mí me llena de seguridad de Esta es la esperanza cristiana. la esperanza. Dice así: “permaneceremos con Cuando se habla de esperanza, el Señor para siempre” (1 Tesalonicenses 4, 17). podemos ser llevados a enten- Una cosa bonita: todo pasa pero, después de derla según la acepción común la muerte, estaremos para siempre con el Se- del término, es decir en refe- ñor. Es la certeza total de la esperanza, la mi- rencia a algo bonito que desea- sma que, mucho tiempo antes, hacía exclamar mos, pero que puede realizarse a Job: “Yo sé que mi Defensor está vivo […] o no. Esperamos que suceda, y con mi propia carne veré a Dios”. (Job 19, es como un deseo. Se dice por 25-27). Y así para siempre estaremos con el ejemplo: “¡Espero que mañana Señor. ¿Creéis esto? Os pregunto: ¿creéis haga buen tiempo!”, pero sa- esto? Para tener un poco de fuerza os invito a bemos que al día siguiente sin decirlo conmigo tres veces: “Y así estaremos embargo puede hacer malo… para siempre con el Señor”. Y allí, con el Se- La esperanza cristiana no es ñor, nos encontraremos.

[close]

Comments

no comments yet