Nº 33. "Horizonte de Letras"

 

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Revista digital de creación literaria, editada por "Alfareros del Lenguaje"

Popular Pages


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Revista digital de Creación Literaria Editada por: Sumario Editorial (pág. 4) Nuestros socios (pág. 5) Relato (pág. 5) Micro-relato (pág. 18) Opinión (pág. 19) Poesía (pág. 20) Nuestros colaboradores (pág. 25) Relato (pág. 25) Poesía (pág. 37) Ensayo histórico (Pág. 47) Reseña literaria (Pág. 57) Crítica de cine (Pág. 59) Entrevista (pág. 62) Entrevista a Alejandra Pultrone. Profesora y escritora argentina. EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 2 de 69 ©: Revista “Horizonte de Letras” Editada por: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación Nacional de Escritores Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 Dirección, evaluación y coordinación: Rafael Gálvez José Bárcena Fernando J. Baró Ignacio León Enrique E. de Nicolás Patrocinan: Maquetación: Enrique E. de Nicolás www.componentesgil.es Para contactar con nuestra asociación: www.alfareroslenguaje.org info@alfareroslenguaje.org Para suscripciones y colaboraciones literarias: www.horizonte-de-letras.webnode.es horizontedeletras@gmail.com www.compraventacoleccion.com __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 3 de 69 Fundada en 2009 por Enrique Eloy de Nicolás Nº 33 Octubre-Diciembre de 2016 EDITORIAL Enrique Eloy de Nicolás NUESTROS SOCIOS RELATO “Pobreza”, de Rafa Gálvez “El fantasma del teatro Lara, el carnicero de Antón Martín…”, de Fernando José Baró, con dibujo de G. Bouzon “Somos iguales”, de Matilde Gonzálvez MICRORRELATO “Una carta en la tormenta”, de Enrique Eloy de Nicolás OPINIÓN “Flamas y soflamas”, de Julio Valencia Monescillo POESÍA “A través de la ventana”, de Enrique Eloy de Nicolás “Barro (1), 2ª parte”, de Santiago J. Miranda NUESTROS COLABORADORES RELATO “Vive en mí ‘esa confusión’”, de Aurora V. Varela “Mi amigo Santi”, de Antonio Sanz Fadrique POESÍA “Poemas. De su poemario ‘La otra mitad de su diferencia”, de Carlos Díaz Chavarría “Mi linda peseta” y “Mis nietos”, de Marcela de Nicolás “A tientas” y “De lunas y deseos”, de Javier Úbeda Ibáñez “Labios” y “Por amor se mueve”, de Mary Varela ENSAYO HISTÓRICO “Movimientos Centrífugos en España VII. Los procesos secesionistas en América. El reinado de Carlos IV”, de Cesáreo Jarabo Jordán RESEÑA LITERARIA “Canadá”, de Richard Ford. Reseñado por Javier Úbeda Ibáñez CRÍTICA DE CINE “Malabarismos del pasado”, por Francisco Javier Landa ENTREVISTA Alejandra Pultrone. Realizada por Rolando Revagliatti __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 4 de 69 Casi siempre que un nuevo número de “Horizonte de Letras” sale a la luz, la maquinaria de nuestra asociación se pone en marcha, o mejor dicho, se aceleran sus pulsaciones, porque en marcha siempre estamos, organizando eventos, presentaciones y todo aquello que nuestros socios nos proponen y que sea factible. En esa aceleración, en ese “no parar” estamos ahora, consolidando fechas en los centros cívicos de Alcorcón para que nuestros socios puedan presentar sus libros, sus maravillosas obras, y deleitar a los lectores con su sabia y cada vez más experta pluma. Cada vez son más las obras que tenemos para presentar, y eso es algo que nos enorgullece, pues vemos que avanzamos, que nuestros socios, nuestros autores, no se dejan bloquear por la página en blanco, y que sus obras –cada vez más- van siendo publicadas, bien por editoriales o en autoedición. En breve, publicaremos en nuestra página de Facebook el calendario de eventos y presentaciones que nuestra asociación está preparando para los meses que quedan antes de finalizar el 2016. Ya, solo me queda animaros a que os adentréis en estas sesenta y nueve páginas que componen este número 33 de nuestra revista, y que disfrutéis con sus relatos, poemas, artículos de opinión, ensayo, crítica de cine, reseña literaria y con la entrevista del maestro Rolando Revagliatti, pasando esta vez por las garras de sus preguntas la escritora y profesora argentina Alejandra Pultrone. Disfrutad del otoño que acaba de comenzar y no nos olvidéis. Nos encanta que sigáis ahí, al otro lado. Enrique Eloy de Nicolás __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 5 de 69 Rafael Gálvez Olmo nace en Madrid en 1940. En el 55 trabaja ya para una Agencia de Publicidad en la que llega a ser uno de sus creativos gráficos durante más de cuarenta años. En el 58 le hacen su primera entrevista y ve publicado su primer relato en una revista “de academia”. Escribió desde muy joven y, motivado por esa inquietud se ha relacionado toda su vida con otros amantes de la literatura, por lo que le llevó a ingresar en la recién creada Agrupación Hispana de Escritores, donde fue director técnico de la publicación “Autores Lectores”, que él mismo confeccionó y modernizó durante el tiempo que perteneció a ella, publicando varios relatos (con seudónimo de Sinhué), en dicha revista, a finales de los 60 y principios de los 70. Un largo período de intenso trabajo en su profesión de creativo publicitario, le apartó del mundo literario, aunque no dejó de escribir hasta que, llegado su “relax laboral”, contactó con un grupo de jóvenes escritores con los que creó “La Voz de Ondarreta”, un periódico local (en Alcorcón), de una calidad literaria excepcional, pero de una vida muy efímera por cuestiones muy largas de exponer. Más estos mismos autores (amigos), deseaban seguir juntos escribiendo, culminando con la fundación de la ASOCIACIÓN CULTURAL-EDITORIAL VERBO AZUL, (en Alcorcón). Ha publicado diversos artículos y relatos en periódicos provinciales, y varios libros y relatos cortos en las diversas publicaciones de esta Editorial. Ha recibido varios premios literarios, así como en arte gráfico y fotografía. POBREZA El viento, frío y húmedo, azota mi rostro con rabia mientras el viejo gabán que me cubre es zarandeado con furia dejando al aire mis largas y escuálidas piernas que no cesan de introducirse, una y otra vez, en charcos y pozas de barro, cubriendo mis viejos zapatos de un gris sucio en que se van convirtiendo al ser resecado por el mismo viento. Mis manos, enfundadas en los raídos bolsillos, se guarecen de la persistente llovizna que no cesa; mi cabeza baja, casi cubierta toda por el alzado cuello del abrigo que me oculta hasta los ojos, adivinan, mas que ven, el lugar más duro del terreno para apoyar mis pies sobre él. Camino hacia mi casa. Mi casa... no deja de tener chanza; una choza, una cueva más de las tantas que se horadan, sin orden ni concierto, en los arrabales de esta ciudad y de otras muchas. Un lugar donde solamente se puede aspirar que sea un pequeño refugio contra el viento y el agua. Mis pasos se desvían del sendero que conduce hasta el poblado. He girado por una pequeña vereda y rodeo la hondonada que llega hasta el camino y me dirijo a un pequeño poyo de piedra, oculto hasta ahora a mi vista. Allí tengo el rincón donde me aíslo de todo. Allí es el lugar en el que río mis alegrías y lloro mis desventuras. Es la atalaya desde donde contemplo el gran paisaje de la ciudad sentado sobre la piedra que yo mismo moldeé en mis años mozos. A mis pies, a un salto de donde me encuentro, y dos zancadas con mis largas piernas, está el precipicio natural al que yo tanto temía cuando, en mi niñez, pasaba con mi padre por el camino, al bajar o volver de la ciudad. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 6 de 69 Antes parecía mayor que ahora. Se encontraba cubierto de arbustos y zarzas y aquello lo hacía más tenebroso. Me hablaban de veredas que llegaban hasta el fondo, pero nunca llegué a comprobarlo por el temor que me inspiraban. Ahora ya no los hay. Las paredes se encuentran lisas como si una lijadora gigantesca hubiera pasado por allí, (y creo que fue algo así lo que hicieron). Un día alguien compró aquel terreno, y en los siguientes, todo el pequeño bosque desapareció. Más tarde aparecieron hombres y máquinas que comenzaron a roturar y devorar tierra hasta dejarlo como lo contemplaba ahora. Limpio, diáfano, sin vegetación alguna, y más amenazador que antaño pues el precipicio, a pesar de la protección de su alambrada, parecía llamar a todo el que se acercaba para ser engullido por él. Después de aquella “limpieza forestal”, otros trabajadores aparecieron, y en poco tiempo una enorme fábrica se alzaba majestuosa sobre el lugar al que los niños temíamos como al mismo diablo. Y allí seguía la fábrica, tan erguida como siempre. Yo nunca la había visto por dentro, ni señales de movimiento de personal. Sólo el constante humo negro, que salía, y sigue saliendo, por el largo tubo de hormigón alzado hacia el cielo desafiándolo cual torre de Babel. Un humo de pesadilla; como mi pesadilla hacia ese humo que no he dejado de ver en mis largos días de existencia. Esto es lo único que la sociedad ha acercado un poco hasta nosotros. Les da miedo acercarse más. Nos temen. Desde el lugar donde me encuentro domino la mayor parte de la ciudad. A derecha e izquierda se oculta por otros montículos que me impiden la visión. Ahora ya no llueve. El sol entabla fiera lucha con el cuerpo gaseoso que le oculta a la vista de los hombres. Al fondo, por sobre la ciudad, los tejados comienzan a platear al ser acariciados por los rayos solares que han atravesado a su oponente. Al máximo que alcanza mi vista se encuentra la vía férrea, por la cual, en este preciso momento, una máquina con una decena de vagones, se mueve, lentamente, de derecha a izquierda. Ha salido de la estación de Atocha y lleva camino de Andalucía, mi tierra... De la locomotora sale un espeso humo, como el de la fábrica, que se mezcla con las nubes del entorno. Edificios de todos los tamaños y colores se alzan por doquier, y aquí y allá, las altas torres, culminadas en aguda punta se destacan por encima del resto de las edificaciones. Desde este lugar sólo puedo ver los tejados de las casas. Calles y plazas no existen. Ruido y tráfico, tampoco. Parece una ciudad muerta, deshabitada, pero sé que no es así. Allí, en el interior de la urbe, los hombres se afanan por conseguir lo que desean, lo necesiten o no; ríen y lloran a un compás que nadie comprende y mueren creyendo que sí lo entendían. Los altos y blancos edificios, los alzados campanarios de las iglesias, los elevados husos de las fábricas, todos se elevan al cielo pidiendo paz y bienestar para los hombres, pero ellos sólo piensan en sí mismos, sin volver nunca la cabeza para ver qué han dejado atrás. Un fiero golpe de aire me ha hecho salir de mis pensamientos. Son los últimos días de agosto. El rey solar envía sus rayos con intensidad, pero el viento del norte comienza a soplar en estas alturas y nos indica, con odio, que ha vuelto con más furia que la última vez. Siento temblores en mi cuerpo. Sólo son las cuatro de la tarde y nuestro enemigo comienza a soplar con fuerza. Me incorporo. No quiero seguir mirando más la ciudad. No debo contemplar el lugar que no me pertenece. Mi sitio está aquí, a mi espalda. Doy media vuelta y fijo mi mirada al nuevo frente. Algo lejos, dando cima a la empinada cuesta en que me encuentro, se comienzan a ver las primeras “casas”. Son todas pequeñas y blancas, y la mayoría de ellas forman parte de la misma tierra. Mis pasos se dirigen ahora hacia allí. El suelo continúa embarrado y con charcos a cada paso, pero ya no me fijo en ellos, ¿qué más da? Bajo mis viejas botas el barro se adhiere y siento como mi estatura comienza a rebasar unos milímetros. A ratos, cuando ya las siento pesadas, sacudo con fuerza mis esqueléticas piernas y el barro revolotea por los aires. Una de esas veces ha caído sobre mi cara. Pienso en limpiarme pero ¿para qué? Hace frío, y una de __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 7 de 69 las cosas que puedo evitar es sacar las manos de los bolsillos para así mantenerlas lo más calientes posible. Estoy llegando a las primeras casuchas. Son muy bajas, y todas están pintadas de cal y parecen formar un hermoso conjunto de pequeñas chozas. Desde allí abajo, desde la ciudad, desde alguno de aquellas altas balconadas de los grandes edificios, se pueden ver, y sus moradores pensarán, al contemplarlas, en algún pequeño pueblecito de cuento de hadas en el que todos los días ocurren milagros. Cuan lejos están de conocer la realidad, aunque, realmente, también disfrutamos de nuestra felicidad particular. Nos hemos acostumbrado a vivir así, sabemos que nunca podremos cambiarlo y estamos resignados sin sufrimientos fuera de lugar. Ahora cruzo por delante del primer chamizo que habité. Hace de esto ya muchos años. Era yo muy niño y vivían por entonces mis padres. Hoy tiene ya categoría de cueva natural pues está horadada en una pequeña prominencia del terreno. No recuerdo cómo pudiera ser antes de que mi padre la arreglara para habitarla. Muchas veces me lo contó, pero no me debió parecer muy divertido y nunca le escuché. Ahora, al cabo de... ¿cuantos años hace de eso?... sí, creo que fue por entonces. Había muerto mi padre, único ser que me quedaba en este mundo, y egoístamente, busqué una mujer que me atendiera. Me casé con una tosca vecina de “barrio”. Era sucia, mal encarada y con nada de educación, pero ¿qué podía encontrar en un lugar como aquel? Yo era joven y mi padre me había preparado muy poco para el avatar de este mundo. Tuvimos una niña. Sí, en esas dos cloacas que oficiaban de vivienda, nació una niña que olía como las flores y daba envidia a los rayos del sol. Mi hija... Aquel lugar era frío, húmedo, falto de todo ambiente propicio para la salud de una criatura... y enfermó. Alguien acaba de tropezar contra mí y me ha sacado de mis pensamientos. Son dos niños; el mayor, no más de cuatro años, corre alocado seguido por otro más pequeño que, con los ojos morados y bañados en llanto, le lanza infinidad de insultos vejatorios que no pueden ser, ni con excepción, apropiadas para un hombre de mi edad. Sin embargo, esto es lo que se cría y se aprende en este lugar, no hay vuelta de hoja. Sus mayores “bastante hacen con alimentarlos”. No pueden hacer más. Ya estoy en el meollo de lo que denominaríamos “poblado”, y ahora puede asignársele este calificativo, pues las casas se encuentran a un lado y otro, formando una agradable simetría y un armonioso conjunto. Ahora existen calles y aceras, cosa que en el tiempo en que yo llegué, el barrio, simplemente estaba formado por una docena de cuevas esparcidas por aquella campiña. Estoy pasando ahora por el segundo “cubículo” que “arrendé”. Ante el peligro que resultaba para mi hija aquella cueva, me vi en la necesidad de cambiar de lugar tratando de mejorar los cuidados a mi pequeña. Esta es bonita. Es una pequeña habitación empotrada en la falda de un promontorio de meseta. Luego, en su interior, ya en la tierra, más profundo, se ha excavado un gran agujero que hace las veces de otra habitación de parecidas dimensiones a la primera. En aquellos dos cuartuchos, de menor humedad, logré que mi hija sanara, y allí vivimos, todo lo feliz que se podía ser, durante seis años más, luego... Un día, después de una lluvia torrencial en la que la tierra se hubo resentido en demasía, se hundió. Mi hija estaba en aquellos momentos en la parte interior, durmiendo... Cuando me logré recuperar de aquel golpe salí de allí dejando la casa a otro matrimonio que esperaba descendencia. Ahora los niños juegan en la puerta. Tiene cerca de tres años, el mayor, y no muy lejos le anda el segundo. Están desnudos; ningún trapo cubre sus pequeños cuerpecitos. Juegan con un “bolo”, enzarzados en quitárselo el uno al otro. Ahora no tienen frío, pero a no mucho tardar, con el relente de las noches, una ligera tos romperá sus gargantas; luego sobrevendrá el catarro, catarro que le perdurará todo el invierno, y el niño, si es fuerte, “aguantará”, pero si no lo es, sus padres le llorarán en la próxima primavera. Ya estoy bajando por la empinada cuesta del otro lado de la colina. Ya no se ve la ciudad. Ahora, a mi frente sólo contemplo extensos campos sembrados, todos de color verde, con __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 8 de 69 algunos de gris, divididos por unas líneas blancas que nunca he sabido de qué son. Voy casi saltando por causa de la pendiente tratando, con ligeros brincos, que mis botas no se metan en el pueril arroyuelo que corre por el centro de la “calle”. Por ahí es por donde baja el agua sucia de todas las casuchas; agua que se ha tenido que ir a buscar a fuentes públicas del término de la ciudad, y que al haber hecho su uso, apuradas hasta la saciedad, es arrojada, junto con el orín, a la estrecha zanja, hecha para este menester, en el centro de la calle, a un lado y otro de la colina. El ambiente es putrefacto, y en días de calor intenso se transforma en un camino de difícil respiración. Ahora que el viento corre, el olor parece no existir y todos agradecen este pequeño bienestar, al mismo tiempo que comprendemos lo que significa. Los días de vapores insoportables, días en que se tenía que hacer la vida en el exterior, a pesar de sus olores, ya han pasado. Ahora viene el frío. Nuestro olfato no será herido por tanta fetidez. Ya no hay que temerlo pues es un enemigo ya pasado. Ahora nuestros ojos se volverán hacia las montañas de la Sierra de Guadarrama que en la lejanía se funden con el cielo, a la espera que se cubra con un enorme capote blanco para comenzar a enviarnos su viento helado, primero, para luego convertir el agua en nieve o hielo, que cubrirá nuestro entorno sin que nada se pueda hacer para evitarlo. El frío agarrotará nuestros miembros; Muchos enfermarán y no llegaran a ver el sol de mayo; la nieve cerrará durante muchos días el camino hacia la ciudad y así misma se convertirá en el agua para beber, para cocinar, para todo uso... He llegado frente a mi casa. Está a la izquierda, apiñada entre otras cuantas y formando un pequeño recodo, el cual sirve para guarecerse según sople el viento. La puerta es un tablón de madera, dividido en dos partes, enganchados por un lado al tabique. Por delante, cubriéndola, cae una cortina que evita que pasen los insectos a su interior. La luz del sol me tiene deslumbrado y entro en la casa medio cegado. Me acostumbro pronto a la nueva fase de luz y contemplo mi “hogar”. Está formado por un sólo habitáculo de dos metros y medio por cinco de fondo, dividida en su tercera parte por un cortinaje que aísla parte del recinto, y que hace de dormitorio, donde se encuentra una cama, un armario y algún que otro adorno, colocado con la delicadeza de una mujer. En la parte exterior, un aparador, una mesa y un par de sillas en bastante mal estado, (antes cumplimentaron tiempos mejores), y algunos otros trastos, colocados estratégicamente y que ofician de comedor, cocina e incluso también dormitorio, pues en un rincón se encuentra mi cama plegable. Todos son muebles viejos, antiguos, los que mis padres comenzaron a usar al llegar a este rincón de la ciudad. En la pared, colgado de su cordón a una larga alcayata, un cuadro con el retrato de mis mayores. A su lado otro similar en el que estoy reflejado yo mismo y mi mujer el día de nuestra boda. Hay otro más sobre el aparador. Es el de una chica joven y bella, mi hija. Del desvencijado mueble saco una botella de vino y un vaso. Escancio hasta la mitad y lo bebo. Bebo un par de veces antes de sacar otro y ofrecer a mi acompañante. II Yo no bebo, pero por no desairar la invitación de aquel extraordinario personaje, de dos metros de altura, delgado y rugoso, de manos huesudas y temblorosas, acepté acompañarle. Mientras lo hacía observé detenidamente el departamento que tan detalladamente me había explicado Sebastián, mi anfitrión. Aunque pobremente amueblado, se notaba que la mano exquisita de una mujer se cuidaba de todo. Hasta momentos antes no había parado de contarme su triste existencia, pero para mí que faltaba algo, por lo que le pregunté directamente: –Y su mujer... ¿vive aún? Dejó de beber y me miró con cara de no haberme enterado de nada. Me pareció, por sus ojos, que iba a soltar una fea y malencarada contestación, más sus labios no terminaron de abrirse y volvieron al recipiente de cristal. –Lo dice por todo esto ¿verdad? –Habló al cabo de un rato posando su mirada en el florero que adornaba la mesa y en otro par de jarritas floreadas, todas ellas sobre paños blancos hechos a puntilla–. No, no es ella... Quien tiene tan buen gusto es mi hija... mire, aquí está. Efectivamente; momentos antes me había parecido que la cortina se agitaba y cómo alguien había salido del interior. Ahora, guiado __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 por las palabras y mirada de mi interlocutor, me volví lentamente hacia la recién llegada. No pude reprimir un sobresalto. ¡Dios mío! Ahora entendía muchas cosas de aquel hombre que creía solamente extravagancias de una edad senil. La muchacha que acababa de entrar no tendría más de dieciocho años, y era preciosa como un rayo de sol al amanecer... por un lado del rostro; el otro se presentaba rojizo como uno de esos que llaman antojos pero que enseguida entendí como resultado del accidente en donde Sebastián había acabado su relato. La repulsión involuntaria que debió reflejarse en mi rostro fue captada por ella, quien, con un sollozo desgarrador cayó en los brazos de su padre, tratando de ocultarse a mi vista. Padre e hija se fundieron, estremecedoramente, en un llanto durante instantes interminables, y yo, embarazoso, con pasos vacilantes, salí de allí sin volver la vista atrás. Recorrí, de vuelta, el camino que tan magistralmente me describiera aquel pobre hombre; mire las casuchas de un lado y otro, pero no me fijé en ellas, sólo en los rostros de los hombres y mujeres que clavaban sus miradas de reproche, pidiéndome, exigiéndome que abandonara el lugar y me olvidara de todos ellos. Vi sus rostros de sufrimiento y resignación y pensé que cada uno de aquellos seres tendría otra cruz como la de mi amigo, Página 9 de 69 pero que la llevaban con dignidad mientras no viniera nadie como yo para recordárselo. Lo comprendí así y me prometí no volver nunca más por aquel lugar, dejándoles que vivieran su vida; para bien o para mal, tenían derecho. Con pasos vacilantes bajé la cuesta y salí del poblacho sin mirar atrás; no deseaba ver la mirada que hombres, mujeres y niños, clavaban en mi espalda con el deseo de que no volviera jamás. No miré pues, fijé la vista al frente, a la lejanía, al cielo por encima de un extenso horizonte de construcciones; allí, muy por debajo de mí, se encontraba la ciudad a la que yo pertenecía y de la que no tenía que haber salido jamás. Y en la ciudad, unos días más tarde, mientras tomábamos un aperitivo en uno de los edificios con título de torre, un amigo me comentó: –Mira aquellas casitas blancas, ¿las ves?... ¡Qué bien deben de vivir allí!... ¡Qué felices serán sus moradores! Me alegré de que mi amigo tuviera tal simpleza de espíritu como para desconocer que había otro mundo que no gozaba de las gabelas que a él y a mí nos había regalado la vida. A mi tío Sebastián, a mi tía Concha y a mis primos. Madrid, noviembre de 1959 __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 10 de 69 Fernando José Baró (Madrid, 1966) Escritor. Anticuario. En Verbo Azul tiene publicado un breve ensayo sobre el desamor en 2004, En torno al desamor, más de 100 relatos en cuadernillos de Alcorcón, un libro presentado en la Feria del libro de Alcorcón en 2005, Nueva Residencia y otros relatos, y colaboración en un libro editado por el Café Gijón en conmemoración del IV centenario de la publicación del Quijote, El Quijote en el Gijón (2005) así como en el libro Madrid a Miguel Hernández (Desde el Café Gijón) (2012). Asimismo ha colaborado en la Semana Cultural de la Villa de Gascueña (Cuenca) donde presentó la obra Historias de la Alcarria (2007) Ensoñaciones (2008) Venganza (2009) La dama inmóvil (2010) Retales (2011) Tomar partido (2012) El lado oscuro (2013) y Las arrugas del alma (2014). Dio el pregón de las fiestas de la Villa de Gascueña el verano de 2008. Ha publicado también junto a otros autores conquenses el libro Gascueña, luz poesía y pensamiento (2008). En la colección Alcorcón a la imaginación de A.E.A Alfareros del Lenguaje ha editado Las arrugas del alma, 2014; Lujuria, 2015 y Rimas, 2014, este último bajo el seudónimo de José Terrón. Con la editorial ENTRELÍNEAS vio la luz en 2015 El marqués de Alféizar, las memorias de un marqués decimonónico abrasado por la pasión de querer. Fue premiado en Verbo Azul por la obra Ausencia de ti (2001) y finalista en el Primer Certamen Literario Verbo Azul por la narración Cambio de rumbo (2004). EL FANTASMA DEL TEATRO LARA, EL CARNICERO DE ANTÓN MARTÍN, EL PASADIZO, LAS “ENDEMONIADAS” DEL CONVENTO DE SAN PLACIDO Y LOS MÁGICOS OJOS DE UNA RESTAURADORA DE RIZADOS Y OSCUROS CABELLOS. El teatro Lara, también conocido como “La Bombonera de don Cándido”, situado en la Corredera Baja de San Pablo, guarda historias de fantasmas y alguna que otra leyenda. Fue inaugurado el 3 de septiembre de 1880 por Isabel II entonces Princesa de Asturias. La construcción del teatro fue un encargo de un adinerado carnicero al arquitecto Carlos Velasco Peinado (uno de los precursores de la reforma interior de Madrid a finales del siglo XIX con su “Proyecto de prolongación de la calle Preciados”) Cándido Lara, hombre discreto, que regentaba una carnicería en la plaza de Antón Martín, había nacido en Madrid en 1839. Durante nuestra segunda guerra callista se hizo millonario con el suministro al ejército liberal. Hombre emprendedor montó distintos negocios y se hizo cargo de la contrata de limpiezas y riegos del Ayuntamiento de Madrid. Fue mientras se construía una casa en la Corredera de San Pablo cuando se le ocurrió la idea de levantar un teatro en el solar colindante. En aquellos años la Corredera de San Pablo estaba alejada del centro de Madrid, situada en un barrio de calles estrechas, de difícil acceso, sin tranvías y de poco glamour. La idea de levantar allí un teatro era una auténtica locura, fue tildado de loco pero el sueño del “Carnicero de Antón Martín” siguió adelante a pesar de las críticas y comentarios de la gente. Curiosamente fue gracias a la construcción del teatro Lara por lo que fue conocido en toda España y ha llegado a ser parte de la historia de Madrid. De otro modo no hubiera pasado a la historia, habría sido un millonario más. Murió el 29 de julio de 1915. A la muerte de don Cándido fue su hija Milagros quien heredó el teatro. Fallecida en 1932 el inmueble fue legado en testamento a la fundación Lara creada por su padre para costear las escuelas situadas en la calle de la Paloma. El teatro iba a ser derribado y gracias a José Muro–Lara, nieto de don Cándido, a Luis Yáñez (gerente de la fundación) y a los vecinos del barrio, que se opusieron a ello, puedo evitarse su demolición. Poco antes de nuestra guerra civil (1936-1939) el teatro estuvo de nuevo a punto de ser derribado, esta vez incomprensiblemente por deseo de su propietaria Milagros Lara, para construir allí una casa de vecindad cuyas rentas fueran destinadas a obras pías. Afortunadamente su demolición no prosperó y ha llegado en pie a nuestros días. Entre otros estrenos famosos cabe destacar, el día de su inauguración, “Un novio a pedir de boca” de Bretón de los Herreros y “Los intereses creados” de nuestro Nobel de Literatura don Jacinto Benavente. Su estreno tuvo lugar el 9 de diciembre de 1907. Obra teatral que tuvo un éxito enorme y fue reconocida en su época tanto por la Real Academia, como por los intelectuales y por el público. Por asociación de ideas quiero daros a conocer una anécdota que tuvo lugar entre Jacinto Benavente y el rey Alfonso XIII. Puede que sea cierto o solo una leyenda, un rumor más de tantos como se cuentan en Madrid, lo que relataré a continuación. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 11 de 69 Todos sabemos de la orientación sexual de Jacinto Benavente y que las mujeres no eran una de sus pasiones. Más bien su gusto se decantaba por bellos mancebos. Al parecer estando en una fiesta de sociedad, charlaban amenamente varios de los asistentes, entre los que se encontraban don Jacinto y su majestad el rey Alfonso XIII. El Nobel llevaba como alfiler de corbata la cabeza de un ciervo de enormes astas. El rey para hacer una gracia a los asistentes, con voz afeminada, y en tono de burla, le dijo a Benavente mirando su corbata: Que alfiler más bonito lleva Don Jacinto. ¿Es un ciervo? Benavente ingenioso contestó: No majestad, es un espejo. La actriz española del siglo XIX Balbina Valderve, permaneció en el elenco del teatro Lara nada más y nada menos que veintisiete años. Desde el mismo día de su inauguración, hasta pocos años antes de su muerte. Su sueldo de dieciséis duros no vario en todo este tiempo y era famosa por su puntualidad tanto en los ensayos como en cada una de las funciones. El teatro Lara consta de dos edificios bien diferenciados. Uno de ellos eran las viviendas de los actores. Según palabras de don Cándido había que contratar a los actores más caros. La sala del teatro consta de cuatro pisos bien proporcionados con “delicada estructura de fundición y barandillas” de gusto exquisito. El ambigú del teatro te hace viajar al pasado y escuchar la melodía de un viejo piano, percibir como flota el humo del tabaco de pipa, de mujeres en liguero fumando cigarrillos con boquilla, el alcohol y el sexo impregnan las paredes del bar del local. Como todo teatro que se precie debe de tener un fantasma; el Lara no podía ser menos. Pero, qué es un fantasma: Un ser irreal que se imagina o se sueña, el espectro de un muerto, una obsesión, una imagen impresa en la fantasía o algo inexistente. Según cuenta la leyenda, el fantasma del teatro Lara es el de la actriz argentina del siglo XIX Lola Membrives. Actuó durante muchos años en este teatro y se dice que su espíritu reside entre sus paredes. Hay quien la escucha cantar desde su camerino incluso estando el teatro cerrado y vacío. Las luces se van y vienen, las puertas se abren y cierran solas y se siente un aire extraño que no sabemos de dónde viene. En los camerinos, galerías, foso, contrafoso, telar, peine (parte alta y estrecha) ambigú y otras estancias del teatro se siente una sensación extraña e inexplicable. Unas veces es una energía, otras el sentirnos observados. Dicen que cuando la obra no es del agrado de la Membrives, las puertas se abren y cierran con violencia. Varios pasadizos secretos recorren el teatro. Algunos de ellos desembocan en las cuevas de otros edificios, en antiguas alcantarillas o no dan a ningún sitio; están cegados por el lodo, las aguas o por muros de ladrillo. Existe una trampilla debajo del escenario en la que bajando unas escaleras, nos conduce a un pasadizo, a un túnel de telas de araña, humedad y maderas deterioradas por el paso del tiempo. El frío se hace palpable tras abrir la trampilla y empezar a bajar los escalones. Son varios metros los que hay que caminar para llegar a una subida de escaleras de ladrillo y techos abovedados que comunican con el convento de San Plácido (siglo XVII). Este pasadizo fue utilizado durante la guerra civil de 1936 para poder escapar del teatro y encontrar refugio en dicho convento de la calle del Pez. No olvidemos la lujuriosa leyenda de las “endemoniadas” monjas del convento. Fue en tiempos de Felipe IV cuando una novicia comenzó a realizar actos extraños, como hacer movimientos y gestos obscenos impropios de una religiosa, secundados de voces, jadeos y placenteros gemidos. El confesor fray Juan Francisco García Calderón fue llamado y determinó que la joven novicia estaba poseída por el diablo. Dicho confesor le practicó un exorcismo sin éxito. La joven seguía lujuriosa y lasciva y para mayor preocupación, otras veintiséis religiosas corrieron con la misma suerte. Los recios muros evitaban que en el exterior se escucharan los lascivos gemidos y jadeos más propios de las ciudades de Sodoma y Gomorra que de un convento de monjas. Un néctar lujurioso y lascivo fue impregnando a todas las moradoras del convento a excepción de cuatro de ellas. El Inquisidor General don Diego de Arce de Reynoso ante la situación tuvo que abrir proceso. El proceso fue largo culminando en 1631 con la prisión perpetua, ayunos y disciplinas para el confesor que tras ser torturado se autoinculpó de haber cometido toda serie de actos pecaminosos con las monjas. Las religiosas fueron repartidas a otros conventos y la priora fue desterrada. Volviendo al teatro Lara, el ambigú conserva un precioso espejo isabelino en pan de oro policromado que necesita una urgente restauración. Como sabéis, mis queridos lectores, solo algunos afortunados y consagrados escritores pueden vivir solamente de la literatura. Otros tantos como yo necesitamos alternar la literatura con otra actividad económica y en mi caso es la compra venta y valoración de antigüedades quien me ayuda llegar a final de mes. Hace unos meses, la Fundación Lara se puso en contacto conmigo para valorar y restaurar, si fuera preciso, el amplio y precioso espejo que preside el ambigú del teatro. Acudí citado con el gerente y después de mostrarme el teatro y contarme a vuela pluma la historia del Lara; estuve mirando detenidamente el espejo. Valoré y tasé el bello espejo isabelino ovalado y coronado en su parte posterior por el rostro de la reina Isabel II. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 12 de 69 A pesar de ser diplomado en Anticuariado y haber restaurado algunas obras, prefería que dicho espejo fuera restaurado por un profesional ya que el dinero que iba a recibir por parte de la fundación era goloso y lo suyo era dejarlo lo más perfecto posible dejando así las puertas abiertas a otros proyectos. Hay buenos restauradores en Madrid, a algunos los conozco y con otros he trabajado, pero recordé que días atrás, en un anticuario de la calle del Carnero, en pleno Rastro madrileño, mi amigo Francisco Montesinos, con el que no dejo de aprender cada día, me había hablado de una experta joven restauradora, que a pesar de haber terminado sus estudios universitarios hace poco tiempo, es sobresaliente en restauración y sus honorarios no son muy caros. Luego de tener su número de teléfono y saber que vivía en el barrio de Lavapiés, concretamos una cita en el Café Barbieri de la calle del Ave María. Local inaugurado en 1902 en el que destacan sus columnas de hierro, un piano, varios espejos y música en directo. Llegué antes de la hora de la cita, como hago habitualmente, empezaba a anochecer. Busqué un velador vacío y me pedí un gin tonic con limón exprimido y mucho hielo mientras ojeaba el periódico del barrio y escuchaba el murmullo de los parroquianos del local. Al cabo de un rato, entró en el local una joven de estatura media, vestida informalmente, de cabellos rizados, negros y brillantes. Con cierto aire libre y desenfadado y con una luz mágica en sus ojos. Brillo que iluminaba toda su cara. Como referencia le había dicho que siempre visto de negro, peino canas y que la esperaría sentado en una mesa. Echó un vistazo al salón y acercándose a mi mesa me preguntó si yo era José el anticuario. Tras las primeras presentaciones, saber que su nombre era Amaya y lo que le apetecía beber, le pedí un Ribera del Duero y quedamos al día siguiente en el teatro Lara para ver in situ el espejo que iba a restaurar. Durante el encuentro me estuve fijando que iba sin pintar a excepción del brillo que se había puesto en los labios. La verdad es que no necesitaba maquillaje, tenía unos ojos hermosos y su rostro respiraba una belleza fresca e innata. Era una mujer muy bella. Al día siguiente en el teatro estuvo viendo detenidamente el espejo y después de informarme que tenía distintas técnicas de dorado y que habría que reponer los faltantes, me hizo saber sus honorarios y el tiempo necesario para dejarlo como recién salido de fábrica. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 13 de 69 El gerente de la fundación Lara me había pedido que el espejo se restaurara sin salir del teatro y así se lo hice saber a Amaya. Para una buena restauración es necesario hacer un estudio valorando los daños con exactitud y realizando la intervención más adecuada y así se hizo. Comenzó la restauración del espejo en una de las salas utilizadas de almacén de la parte trasera del teatro. Amplia estancia con mucha luz gracias a sus grandes ventanales. Yo acudía alguna mañana o tarde para ver como avanzaba la reparación y aprovechaba para aprender técnicas desconocidas por mí, además de alegrarme la vista con tan hermosa mujer. Una noche, finalizada la jornada de trabajo, Amaya y yo fuimos a tomar unos vinos a la Escondida en la plaza de Puerta Cerrada. Es una tabernita en la que se pueden tomar todo tipo de vinos del país y picar buenos quesos e ibéricos mientras se escucha buena música española. Conversamos sobre la vida en general, el arte, la familia, la situación del país, el barrio, el amor y el desamor. Me estuvo contando que practica yoga, que es una disciplina más que un deporte, porque no trata solo de cultivar el cuerpo, sino también la mente y el alma. La reparación del espejo seguía adelante. Una tarde en la que acudí al teatro, unos operarios del mismo se disponían a tirar un deteriorado baúl de viaje. Baúl de madera con departamentos internos y cajones. Amaya le echó un vistazo y quiso quedárselo. Con una mínima restauración quedaría como nuevo. Una tarde de estás me voy a casa en un taxi y me lo llevo a casa – me dijo. No te preocupes –la hice saber- te lo acerco un día, que siempre vengo en coche y no me cuesta ningún trabajo llevártelo. El día que habíamos estado tomando un vino en la Escondida hablamos no solo de la historia del barrio de Lavapiés, también de las leyendas que rodean el teatro Lara. Entre unas cosas y otras, había carecido de tiempo para ver el famoso pasadizo debajo del escenario y no me iba a quedar sin verlo. Mi curiosidad por la Historia y las antigüedades no tiene límite. Hablé con un conserje del teatro (hombre mayor, excesivamente delgado, de estrecho bigote) para ver si podía verlo y el bedel se encogió de hombros diciéndome: “Si usted tiene algún interés en bajar, no veo ningún impedimento, le dejo una linterna”. Se lo dije a Amaya, invitándola a la excursión subterránea y acepto. Esa misma tarde, cuando ya no quedaba más que el conserje mencionado encargado de cerrar el teatro una vez nos fuéramos, le pedí una linterna y abriendo la trampilla, comenzamos a bajar los deteriorados escalones, entre telas de araña que iba apartando con la mano. Al final de la escalera había un amplio túnel abovedado de ladrillo árabe con capirotes en el techo (respiraderos que dan a la calle). Las primeras galerías en Madrid fueron construidas por los musulmanes en el siglo X y muchas de ellas levantadas en años posteriores no se sellaron hasta el siglo XIX. Una vez comenzamos a caminar por aquel pasadizo, la humedad era palpable, las paredes rezumaban por todos sus poros. El piso era un barrizal en el que no podía apreciarse si alguna vez había estado solado o no. Se veía poco y tras caminar unos minutos y bajar unos escalones, llegamos a una sala con dos ramales. Pensamos que había que poner sumo cuidado, no fuéramos a perdernos, y tomamos la galería de la derecha que tras un corto recorrido nos llevó a una enorme reja dieciochesca cerrada a cal y canto. Volvimos tras nuestros pasos y al llegar a la sala que habíamos visto anteriormente entramos en la galería de la izquierda, más tenebrosa y oscura que la anterior. A los pocos metros de acceder a ella, unos escalones nos bajaron más aún a las entrañas del viejo Madrid y nos condujeron a dos bocas de entrada. Una de ellas tabicada de ladrillo, con lo que optamos, con mucha prudencia, pues nos alejábamos más cada vez de la trampilla del teatro, por coger el otro túnel que desembocó en un pasillo con pequeñas estancias a los lados que podían ser celdas, cavas para vino, fresqueras para alimento, prisiones, archivos, refugios… Anduvimos unos metros y dimos por finalizada la aventura subterránea al ver la galería inundada de agua con lo que no tuvimos más remedio que volver. Con tanto pasadizo habíamos perdido la noción del tiempo. Fue llegando a la escalera de subida al escenario cuando escuchamos al bedel llamándonos a gritos. Nos esperaba con la trampilla abierta y se encontraba preocupado y sudoroso. -Vaya susto me han dado, les llamaba y no me contestaban, pensé que les había pasado algo. Si la culpa es mía por dejarles bajar. Que me juego el puesto de trabajo por una tontería. No se preocupe hombre y muchas gracias por dejarnos verlo –le expresé. Venga, venga que voy a cerrar, ya es hora de irnos a casa –nos dijo apresurado con las llaves y los candados de los cierres en las manos. Al día siguiente acudí a la tarde noche con la intención de acercar a casa a Amaya y llevarla el baúl. No estaba. Había salido antes de lo habitual. La llamé al móvil, me dio su dirección y me dijo que si quería se lo llevara y tomábamos algo en el Barbieri y así hice. Aparqué el coche y llamé al telefonillo desde el portal. Si me esperas cinco minutos, bajo y te ayudo a subirlo, me pillas en la ducha –me expresó. No te preocupes, abulta pero no pesa. Ábreme, puedo subirlo yo solo –la hice saber. Era un segundo piso, subí por la escalera ya que el baúl por sus dimensiones no entraba en el ascensor. La puerta de entrada a la vivienda estaba entornada. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. 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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 14 de 69 Pasa y déjalo donde puedas, ya mismo salgo –escuché decirme a Amaya desde el interior. Entré y dejé el baúl en medio del salón. No tardo nada en vestirme, ya estoy contigo –me dijo. Vi que la puerta de su dormitorio estaba entreabierta y no pude evitar el acercarme. Se estaba terminando de vestir. Llevaba puesta una camiseta blanca corta de las que muestran el ombligo y enfundando unos vaqueros. A través de sus blancas braguitas transparentes pude apreciar su monte de Venus, negro y boscoso. No me vio y volví al salón sentándome en un sofá. Salió guapísima, con su brillo habitual en el rostro, sus ojos chispeantes y los cabellos mojados. Muchas gracias por traérmelo a casa, eres un encanto, vamos a tomar algo -me dijo desenfadada dándome un beso en la mejilla. Bajamos a la calle y luego de picar algo y tomar unos vinos, nos despedimos hasta el día siguiente. Quedaban un par de días para que Amaya diera por terminada la restauración del espejo. Llegó por la noche a casa y le extrañó ver abierta la ventana del salón. No recordaba haberla abierto. Había comprado unos sándwiches vegetales y se sentó a la mesa a cenar. La puerta de su dormitorio se abrió lentamente. La joven se asustó y pensó que alguien podía haber entrado. Muerta de miedo entró a comprobar su dormitorio, el cuarto de baño, la cocina y no vio nada ni a nadie. Era muy extraño y le costó coger el sueño. Finalmente se quedó dormida. No quiso, en un principio, contar nada pero a la noche del día siguiente volvió a encontrarse la ventana del salón abierta de par en par al llegar a casa. El miedo empezó a apoderarse de ella, esto no pintaba bien, no era normal. Se preparó una ensalada y desasosegada se sentó en el sofá a cenar. La puerta de su dormitorio se fue abriendo lentamente ante su mirada como la noche anterior. Sobresaltada, henchida de temores ni comió, decidió pasar la noche tumbada en el sillón tapada con una manta. Intentó tranquilizarse, calmarse, comprobó que la puerta de la calle estaba bien cerrada y aunque le costó, al cabo de unas horas la venció el sueño. Entre sueños, en duerme vela, tuvo la sensación de que alguien tiraba de su manta intentando destaparla, pero no pudo asegurar si era cierto o fruto de sus miedos. Por fin, amaneció. Al día siguiente el espejo estaba terminado, quedamos en el teatro y Amaya me contó lo ocurrido. Se encontraba muy nerviosa, tenía miedo de ir a casa, pánico a dormir sola. Si quieres –la dije- cenamos algo en tu casa. La acompañé y como las dos noches anteriores, la ventana del salón estaba abierta totalmente. Preparamos algo de cena y le estuve recordando la historia del fantasma del teatro Lara. Nos parecía algo absurdo, de ficción literaria pero sabíamos que algo anormal y fuera de toda lógica estaba pasando. Fue sentarnos a cenar y la puerta de su dormitorio comenzó a abrirse lentamente. No había ninguna corriente de aire que pudiera justificar su apertura. -Puede que tenga que ver con el teatro. Los inexplicables fenómenos han empezado a pasar desde que me trajiste el baúl –me expresó Amaya. Dejamos la cena y decidí mirar detenidamente el baúl. Abrimos el arca, que aún no había tenido tiempo de empezar a restaurar Amaya, y sacamos uno a uno todos sus cajones examinando cada uno de sus recovecos. Notamos algo duro, metálico, entre la tela que forra el baúl y la madera y decidimos ver que era. Rajamos la tela y vimos que era una chapa en la que iba grabado un nombre: Lola Membrives. Actriz. La ventana del salón, que habíamos cerrado previamente, se abrió violentamente y las puertas de la casa empezaron a abrirse y cerrarse con fuerza. La verdad es que nos asustamos y a pesar de no creer en fantasmas, nos dimos cuenta que existen en pleno siglo XXI. Se hizo el silencio. Vagamente escuchamos unas risas y a una mujer tarareando una canción en la lejanía. Pensamos que la Membrives deseaba que su baúl se quedara en el Lara. Amaya no estaba dispuesta a quedárselo bajo ningún concepto y yo, sinceramente, tampoco tenía ningún interés en poseerlo. Amaya me pidió que me quedara a pasar la noche con ella. Estaba muerta de miedo y era lógico después de lo visto. Decidimos que yo dormiría en el sofá del salón. Tomamos un par de vinos, entre confidencias y risas, y nos fuimos a dormir. Al rato de echarme, escuché que me llamaba y me acerqué al pie de su cama a ver qué quería. Métete en la cama tonto –me dijo sonriendo. Fue una noche mágica de besos y caricias en la que nos colmamos plenamente de placer, descubriendo nuestros gustos y apetencias carnales. Crepúsculo en el que gozamos hasta límites insospechados, unas veces con inmenso amor, delicadeza y ternura y otras tantas con delirio, frenesí lujuria y desenfreno. Las manos acariciaban, los labios besaban, las lenguas lamían, las cinturas trabajaban sin descanso, intercambiamos besos y salivas, gratos gemidos, gustosos y satisfactorios jadeos. Si Amaya es guapa vestida, desnuda es una locura de mujer. Dormir no dormimos mucho y afortunadamente tampoco fuimos molestados por la Membrives. Le debía de haber quedado claro que no queríamos su arca. Al día siguiente llevamos el baúl, en mi coche, al teatro donde había permanecido durante todos estos años. Engañamos a nuestro “amigo” el conserje diciéndole que había que dejarlo en los almacenes del teatro hasta poder restaurarlo. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. 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“Horizonte de Letras” Nº 33 Página 15 de 69 Allí lo dejamos para descanso nuestro y de la señora Membrives. Si es cierto que su espíritu sigue vagando por el teatro querrá tener su baúl. Salimos del teatro entre risas. No pudimos evitar una sonrisa al escuchar al conserje hablar consigo mismo mientras se atusaba el bigote. “No entiendo a esta gente de arte, tantos estudios y son como los de la farándula. Primero quieren tirar el baúl, luego la señorita restauradora se encapricha de él y se lo lleva a casa; ahora lo vuelven a traer para restaurarlo. Y bajar al pasadizo, qué querrán ver ahí, sino habrá más que telas de araña y ratas, no entiendo nada. Estos artistas están todos locos ¡Si tanto estudiar no puede ser bueno! Yo a lo mío, que ya me queda poco para jubilarme”. Madrid, junio de 2016 __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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