Bailando con el pasado

 

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RODOLFO GÓMEZ CERDA BAILANDO CON EL PASADO NOVELA 2016

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Registro de Propiedad Intelectual N° 265.674 © Rodolfo Gómez Cerda, 2016 I.S.B.N. 978-956-362-625-4 Diseño de portada Carlos Cancino Rojas.

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“Lo que yo quería escribir era otra cosa, otra cosa más larga y para más de una persona”, no fueron exactamente las palabras de Proust. Pero me apropio de ellas para dedicarte este libro, que era la deuda que tenía contigo.

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ÍNDICE El origen del mal ¿Bailamos? Despertando los viejos dolores Los futuros inasibles Reconstruir vidas inconclusas Juntando trozos del pasado Los caminos del encuentro 9 19 47 87 117 135 151

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EL ORIGEN DEL DOLOR Tantas dulces alegrías, Tantos mágicos ensueños ¿Dónde fueron? Tan alegres fantasías, Deleites tan halagüeños, ¿Qué se hicieron? (Espronceda) -¡Todos a La Moneda. Intento de golpe militar! ¡Rápido! –el grito del joven acompañó el estruendo de la puerta al abrirse violentamente, lo que se estaba repitiendo en todos los pabellones de la facultad. Las salas quedaron vacías al igual que las oficinas y laboratorios. En los patios que rodeaban los edificios se agrupaban quienes no iban corriendo hacia la salida, que a medida que llegaban a la avenida iban llenando las calzadas, iniciando una marcha hacia el centro de la ciudad. Primero fue un rumor y luego la certeza de lo que estaba aconteciendo lo que motivó el avance de la presurosa marcha de cientos de estudiantes, funcionarios y académicos, con sus consignas y cánticos, hacia el palacio presidencial. A medida que la columna bajaba por la avenida la gente se sumaba a ella y se hacía más fuerte el ánimo de quienes aseguraban que con la unidad de todos sería derrotado el golpismo. En la marcha comenzaron a aparecer banderas partidarias y chilenas y escasas pancartas, mostrando que a pesar de lo que se temía el hecho era sorpresivo. Circulaba entre la gente que avanzaba con premura y decisión la noticia de la sublevación de un regimiento de blindados cuyos tanques rodeaban La Moneda y que al parecer había muertos. Quienes oían las noticias en sus radios a pilas

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7 pedían silencio y así fueron reproduciéndose las novedades, que al transmitirse a viva voz se transformaban y se hacían contradictorias. Derrotado el alzamiento, al llegar se encontraron con otras columnas y con los camiones que los trabajadores municipales estacionaron rodeando la casa de gobierno como barrera defensiva, que era más simbólica que efectiva, pero parte del fervor volcado por la gente en apoyo al Presidente. Era la esperanza en que a partir de ese momento se avanzaría en el proceso político encabezado por el mandatario y una demostración de fuerza que parara los intentos golpistas. Todos creían que la salida del duro momento que se vivía estaba en el fortalecimiento popular y de sus organizaciones, pero la discusión política demostraba que había poca claridad en el camino que se debía tomar para lograrlo. A pesar de todo, quienes estaban desde temprano esperando las palabras que señalarían el rumbo fueron enardeciendo las consignas que ni siquiera el frío y la llovizna que comenzó a caer lograban atenuar. Eran protagonistas del momento y sabían que todos tenían un papel en la defensa del gobierno, pensando en la situación política y en su propio compromiso con el proceso más que en sus vidas personales. Pero en cuatro de ellos los hechos que se desencadenaron a partir de ese día fueron entrelazándose en sus existencias, sin saber que en algún momento sus vidas regresarían al remoto punto de partida. Fue en el mes de junio y el país estaba tensionado por la escalada cada vez más violenta contra del gobierno constitucional, desatada por los promotores del golpe de

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8 estado, En las poblaciones populares sus habitantes entraron en una agitación que los llevó a prepararse para el momento en que se desatara el alzamiento militar y en las fábricas y empresas en manos de sus trabajadores reforzaron las medidas de seguridad contra los sabotajes. La vida diaria era de una real incertidumbre, porque día a día había que ver dónde habría pan, azúcar o los artículos mínimos necesarios para alimentarse. No llegaba leche a las ciudades porque los latifundistas y dueños de las lecherías preferían botar la producción antes de entregarla a las empresas que la procesaban; se terminaba el combustible porque los camiones no circulaban desde las refinerías a las bombas expendedoras. Y en los comercios sus dueños acaparaban los productos que obtenían de la distribuidora estatal para venderlos en el mercado negro a precios superiores, logrando con ello aumentar el malestar de toda la gente y provocar reacciones violentas que ayudaban al crecimiento de la oposición al gobierno. Sin embargo, la marcha en defensa del proceso que encabezaba el presidente dejaba la esperanza de una respuesta que detuviera el golpismo e iniciara una etapa de mayores definiciones políticas. La masa que había llegado a La Moneda pedía decisiones que obligaran a la oposición golpista a responder por los intentos desestabilizadores y, especialmente, a denunciar la intromisión norteamericana en todos ellos. Y se podían ver y oír claramente las diferencias entre los grupos políticos que expresaban sus consignas intentando apagar las de los otros o demostrando con gestos y acciones con sus brazos que la lucha debía ser frontal y armada. Sin embargo, tres jóvenes de barba espesa y pelo largo permanecían quietos y silenciosos, en actitud vigilante en la parte

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9 externa de la plaza, formando un triángulo que indicaba claramente que quien estaba adelante era acompañado por otros dos que se ubicaban a un paso más atrás de él, a cada lado. No llamaban mayormente la atención de quienes estaban a su alrededor porque su apariencia era la misma de muchos otros que estaban en medio de la concentración. El de adelante era el que más se esforzaba por mirar hacia la gente que se encontraba en las primeras filas, al parecer esperando que alguien al girar la cabeza lo viera, porque hacía intentos de levantar un brazo cada vez que se daba la posibilidad de encontrarse con las miradas. Por su manera de actuar se hacía visible que participaban en alguno de los grupos cercanos, identificados por la cantidad de banderas que enarbolaban. El que intentaba hacerse notar alzando el brazo, hacía tres años que se había incorporado a esa organización y participaba en su coordinación zonal sin dejar de lado su participación en las actividades de agitación en la universidad. Se había ido a vivir a un campamento en el sector alto de la capital, abandonando la casa familiar después de una discusión con sus padres que le reprochaban lo que hacía, ya que ellos eran abiertos opositores y estaban de acuerdo en que había que derrocar al gobierno. Y cuando le echaron en cara el bienestar que le daban y lo que le significaría el irse, les dijo que esa era la despedida y el precio que había que pagar porque -como se los gritó antes de salir- “El llamado de la revolución es superior a cualquier interés personal e individual porque lo importante es el pueblo y su liberación”. No podía saber que ello cambiaría su vida de manera absoluta.

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10 Las responsabilidades políticas no le impidieron hacerse cargo del embarazo de su compañera, una estudiante de bibliotecología que conoció en una reunión y que comenzó a compartir la vida con él. No vivían juntos pero a diario se veían en la sede universitaria y la acompañaba a sus controles en el servicio médico de estudiantes donde era atendida gratuitamente. Cuando podían pasaban todo el día sin separarse y muchas veces participaban en las mismas reuniones, hasta que llegados los últimos meses del embarazo ella dejó de asistir porque se le dificultaba llegar a lugares que no siempre conocía, pero por sobre todo, le era imposible soportar la humareda en esas piezas no siempre bien ventiladas y que tenían como sello el ser espacios al que accedían solo algunos. Una vez confirmado el embarazo ninguno de los dos pensó en ponerle fin y sabiendo los problemas que les significaría la llegada de un hijo o hija, comenzaron a planear sus vidas considerando que ambos aún eran estudiantes y dependían de la ayuda de sus casas, complicándose la situación al haberse ido él de la suya. Lo que en un comienzo se les hizo posible, dado que ella tenía asegurada la residencia, la alimentación y su atención médica, a medida que avanzaba el embarazo las cosas se fueron dando de otra manera y las ilusiones de la joven chocaron contra la realidad y el compromiso político de Julián, que aunque compartido por ella, resintió haber estado en el parto acompañada solo por su hermana mayor que trabajaba en Santiago. Y así como vivió ese momento sin su compañero, debió enfrentar todo lo que significó congelar sus estudios en la universidad y comenzar a criar al niño recién nacido

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11 con la ayuda de la hermana. Las primeras semanas después del alta se quedó en su casa hasta que partió al sur para permanecer el resto del año en la de sus padres, porque no podía permanecer en la residencia universitaria y no tenía cómo vivir con el niño en otra parte. Comenzó paulatinamente el alejamiento del amado que terminaría en un quiebre definitivo para quedar sola con su hijo, que hubo de dejar con su madre para poder finalizar sus estudios y así lograr un trabajo que permitiera tenerlo a su lado definitivamente. A la mañana siguiente de ese día de fin de junio recordó lo sucedido después de la marcha, creyendo ver que se abría una puerta para mirar las cosas de otra manera y salir del estado en que había quedado después de terminar con el padre de su hijo. Con la repentina salida de la facultad olvidó tomar el abrigo que se había sacado y que colgara en el respaldo de la silla, quedando solo con la chaquetilla que llevaba debajo. La fina llovizna que caía le tenía su pelo totalmente mojado y a pesar de intentar cubrirse con ella, se le veía su cara descompuesta por el frío e intentando combatirlo con saltos. A su lado había un hombre joven mayor que ella, vestido con impermeable y con paraguas, que le dijo que se protegiera junto a él. Cuando se le acercó la vio tiritar y se dio cuenta que debajo de la chaqueta tenía solo una blusa y sin nada de lana que la abrigara. Estaba entumida y su palidez llevó al hombre a preguntarle cómo se sentía. Su gesto de respuesta hizo que le propusiera llevarla al ministerio donde él trabajaba, ubicado a la vuelta de La Moneda y ahí podría tomarse un

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12 café y pasar el frío antes de irse a su casa. Ya había hablado el Presidente y la concentración terminaría pronto, lo que hacía innecesario permanecer más tiempo mojándose. Ella aceptó y fue con él. En las ventanas de las oficinas muchos de los funcionarios miraban lo que sucedía abajo mientras otros permanecían sentados frente a sus escritorios. El joven le indicó dónde estaba el baño de mujeres y pidió a una compañera que la ayudara a secarse, mientras él le preparaba un café. El término de la jornada laboral se adelantó porque casi nadie regresó después de la concentración, de tal manera que esperó que ella se sirviera el café y se repusiera para salir de la oficina. En el ascensor le preguntó hacia dónde iba y como era en su misma dirección le ofreció irse con él en el auto hasta el lugar que a ella le acomodara. Y como aceptó se fueron conversando de lo que estaba aconteciendo y él le preguntó qué hacía, a lo que respondió que era estudiante en práctica, esperando poder titularse a pesar de cómo estaban las cosas. La dejó a la entrada de la residencia estudiantil donde vivía y al bajarse le preguntó si al día siguiente la podía llamar al trabajo para saber de su salud. Ella le dijo que sí, y le dictó el número telefónico de la institución donde estaba haciendo la práctica remunerada. Antes de cerrar la puerta le dijo su nombre. Al ingresar al pabellón en que residía se encontró con una carta del departamento de bienestar estudiantil que la citaba a una reunión para ser informada de la resolución adoptada a raíz de una solicitud que había hecho y que estaba relacionada con su hijo. La firmaba una asistente social y le solicitaba que acudiera lo más pronto posible. Decidió que iría a primera hora de la mañana.

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13 No pasó buena noche y al levantarse se sintió mal y comprobó que le estaba comenzando la gripe, por lo que se arropó mejor que el día anterior y fue a las oficinas del servicio que la citó. La asistente social la recibió de manera muy amable y de inmediato se dio cuenta de su estado y le dijo que pidiera hora al médico del servicio estudiantil desde esa oficina, facilitándole el teléfono y dándole el número que sacó de un impreso. Con cierto humor le preguntó qué desarreglo había hecho, pero al enterarse que el frío era producto de la marcha del día anterior, le dijo que ella también había marchado con su marido que trabajaba en uno de los departamentos universitarios y permanecido hasta después del discurso del Presidente, pero que andaba abrigada y con botas, por lo que se salvó de la gripe. A pesar del entusiasmo con que comentaba la cantidad de gente que estaba dispuesta a defender al gobierno y especialmente la juventud, que con su idealismo podía ser la fuerza que ayudaría a vencer a quienes estaban dispuestos a derrocarlo, no ocultaba la preocupación de lo que podía acontecer con la oposición. En la conversación le comentó haber conocido en la marcha a académicos y docentes colegas de su marido que no pensaba que podían participar en un acto de esa naturaleza. Le habló de la necesidad de respaldar al gobierno y de luchar para impedir el golpe de estado. Después, disculpándose, le informó que considerando que tenía un hijo y era sola le habían aprobado una beca mensual para el segundo semestre, condicionada a su egreso ese mismo año y, por lo tanto, a cumplir con todas las obligaciones académicas, especialmente con la práctica profesional. La interrumpió para decirle que ya la

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14 estaba haciendo, sin mencionar que era mínimamente remunerada, esperando concluirla antes de terminar el año para así titularse y poder estar con su hijo. La profesional le pidió que le contara cuál era su situación y ella le informó acerca de todo respecto a su hijo, haciendo hincapié en que lo veía cuando podía viajar, ahorrando dinero para los pasajes siempre que le era posible y como a veces no le alcanzaba para estos, había pedido la ayuda económica. La mujer se conmovió y le dijo que acudiera a ella si tenía alguna necesidad imperiosa y que además pediría que la liberaran del pago de la mensualidad en la residencia estudiantil o, al menos, se le rebajara a la mitad. Cuando salió se fue directo hacia la biblioteca donde estaba realizando la práctica y por primera vez desde hacía mucho tiempo sintió que se iba arreglando su existencia. Más allá de la preocupación política quedó aliviada porque podría ir a su casa más seguido y ver al niño, que cada vez que regresaba lo encontraba más crecido y le apenaba no estar a diario, oyéndolo hablar y verlo correr. Los gritos destemplados y las discusiones en el microbús que la transportaba al centro no disiparon su alegría, y pensaba en lo difícil que estaba siendo vivir en el país sin tomar parte en lo que sucedía en todos los lugares; en los enfrentamientos verbales con los enemigos del gobierno y en cada una de las acciones de apoyo que demostraban el avance hacia una sociedad más justa y democrática, pero también sabía de mujeres y hombres que a diario reclamaban por la falta de comida sin entender las razones de ello. Pero, a pesar de todo, ese día se sentía más optimista respecto a su futuro, lo que se completó con la llamada telefónica de quien la había atendido el día anterior,

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15 que le preguntaba cómo había amanecido y le deseaba un buen viaje.

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