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 La noche anterior, en añejo y hermoso libro, resguardado por una piel pálida y azulada, hallé el testimonio de un inquisidor, luengos siglos ha que había dado fe y letra de lo sucedido… y quien aseveraba que no era extraño que durante ciertas fiestas, ofrecidas a los santos más antiguos de cuyos nombres originarios nadie tenía memoria ya, en las que se relajaban las leyes y no se castigaba la concupiscencia carnal, los endemoniados entrasen desnudos y furiosos a los templos, destrozando todo lo que encontraban sus manos, pero al resquebrajar las lámparas, si el consagrado aceite de estas alcanzaba a derramarse sobre ellos, las potestades subterráneas les abandonaban y luego de cierta obscura perplejidad, y a manera de despertar, recuperaban el juicio…. No sin antes revolcarse en tierra y ceniza, como si se tratase de los animales agrestes…

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 Cuando entré en aquel lugar, buscaba redimirme con la nebulosa miel que obsequian los espíritus de la destilación; dæmonios volátiles y de ojos extraviados, cuya sangre, aquel oscuro y sagrado fermento vegetal, despierta a los ennegrecidos pájaros del abismo y ahoga en la ensoñación al insensato que osa navegar sus profundidades. Yo codicié infinitamente ser poseído, para ser poseída, para ser poseído, para ser poseída, para ser poseído… infinitamente. Buscaba esa ambrosía de los condenados que iluminaría con la tea del prodigio, aquel anochecer de beatitud y transmutaciones.

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Mucho tiempo he aguardado, encadenado y ardiendo, en la cripta de las maravillas, en la que el frenético baile de las serpientes intercede por la vida… el viento me susurraba demente “… la transparencia y las potestades del destierro se han conjurado en tu contra, deberás huir hacia los astros que esplenden desde su origen…”. 
 
 
 
 
 
 
 


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Una delirante trashumancia me obligó a transponer el pórtico de aquella vetusta licorería… se mostró entonces ante mi el corazón del pandæmónium, una galería con infinitas configuraciones cristalinas y lumínicas… Portentoso se mostró el señorío de las botellas; incontables tamaños y formas inverosímiles; ilimitados cromatismos inconcebibles, cuyos universos interiores se reproducían, confundiéndose lasciva e incesantemente. Múltiples e indescriptibles brebajes animábanles, fluyendo a través de la quimera infinita de sus cuerpos, que prometiendo arribos a mundos fabulosos, fundaban el júbilo de los éxtasis líquidos y la lujuria de los reflejos vivientes. No existían ahí vidrios próximos, ni en hechura, ni en propósito, ni en sortilegio... en aquella exuberancia

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de monstruosos sueños embotellados, en el amnios palpitante de esa esplendencia, irradiando violentamente cierta malignidad muy antigua, se irguió ante mi, la deforme transparencia de mis noches conjuradas… Decidí encontrar al preceptor, al aurífice de la luz y el crepúsculo, al maestro versado en desenrollar laberintos y destellos minerales. Un ignominioso y profundo deseo me anima, quizá el ofrecimiento sea la vida propia; quizá el liberar algún principio incontrolable... Aprestando una exhalación filosa, inicié la cacería de la duda.

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Percibí el desmembramiento sacrificial del presente, cuando infinitas miradas translúcidas y abismalmente recelosas se posaron en mi. Lo primero que encontré a mi paso fueron, magníficos y extraños, túmulos primitivos; torres, pasadizos, templos y vitrales excepcionales hechos con pedacería de minerales sugestivos y transparentes; fortificaciones prodigiosamente almenadas con lanzas, escudos y picas; habitadas por etéreos cerberos vitrificados, que revelando ígneas fauces brillantes, pretendían guardar lumínicos tesoros con un esplendor inalcanzable; jardines hechos con el cuerpos de un viento cristalizado e iluminado por la execración proveniente de una fosforescencia infernal omnipenetrante, que daba luz y vida a todas las entidades que pululaban en aquel paisaje; opulentos huertos que produjeron, a

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través de milenios, turgentes frutos imposibles y con aspecto exquisito… imposeíbles… arrebatadores ríos inflamados, irradiando cristal, humo y espejo; inexpugnables bosques hechiceros, cuya translucidez y refulgencia contenía y agitaba a todas aquellas voluptuosas manifestaciones de vida que habitan impúdicamente el incendio; heredades detentando formas cristalinas y extravagantes, en cuyos corazones de cuarzo y sombra palpitaba la existencia anímica, fosfórica… indestructible. Erecciones soberbias levantadas por mentes y arquitectos no humanos… burdos y apolillados anaqueles humildes, sostenían botellas modestas pero orgullosas al poder contener y domeñar a los belicosos espíritus de los licores, esos líquidos habitantes, primeros y en extinción, en aquella goecia espléndida…

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Botellas horrendas, estranguladas por el olvido de la cuerda que les suspendía de una imperceptible bóveda omnipresente; ampollas multiformes y larguísimos tubos espirales, robustecidos por groseros vidrios nublados, asimilando las infinitas venas de un boque prodigiosamente ramificado hacia el arriba y hacia el abajo, todo ese aparejo contenía y conducía hacia un destino incierto a los brebajes fuertes, verdes e invocantes… Redomas endebles, vaporosas, casi intangibles, para las infusiones clarificadas por aquellas sus virtudes espagíricas. Elixires iridiscentes con suave e incontinente espuma; botellones colosales daban habitación y reposo a los frescos néctares azulados, extraídos mediante el arte de la cocción y provenientes de lejanas florestas nocturnas; brillantes úteros y vasijas

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