VOCES EN EL FENIX Nº52 AL FILO DEL MAÑANA - "Las deudas de la Democracia I"

 

Embed or link this publication

Description

VOCES EN EL FENIX Nº52 AL FILO DEL MAÑANA - "Las deudas de la Democracia I"

Popular Pages


p. 1

La revista del Plan Fénix año 7 número 52 marzo 2016 ISSN 1853-8819 Al filo del mañana Nuestra democracia cumplió 32 años. Muchas han sido las mejoras alcanzadas en este tiempo y muchas son las deudas que quedan pendientes. En un momento clave a nivel nacional y regional, es fundamental saber qué camino tomar. En este número, una primera aproximación.

[close]

p. 2

sumario nº52 marzo 2016 prefacio Argentina: un país que sobrevive a las plagas de Egipto Abraham Leonardo Gak Eduardo Rinesi Las libertades, los derechos y el Estado (Notas sobre las deudas de nuestra democracia) 8 Alejandro Grimson Las deudas culturales de la democracia 18 E. Raúl Zaffaroni Colonización y caos institucional 26 Alberto M. Binder La gran deuda institucional pendiente: la reforma de la justicia penal federal 34 Ileana Arduino Democracia y políticas de seguridad 42 Stella Maris Más Rocha y Susana E. Vior Viejos y nuevos problemas de nuestro sistema educativo 52 Adriana Puiggrós Lo que se logró, lo que falta y lo que hay que defender en las universidades nacionales 62 Diego Hurtado Deudas de nuestra democracia con las políticas de ciencia y tecnología 72 Enrique Martínez La perspectiva industrial argentina 80 Esteban Magnani ¿Con la democracia se investiga? 88 José Escudero Las deudas de nuestra democracia en el campo de la salud colectiva 96 Julio Neffa Hoy más que nunca es necesario formular e implementar políticas de empleo de calidad 104 Alejandro Vanoli y Marcelo Bruchanski Las deudas de nuestra democracia en el campo de las finanzas internacionales 116 Jorge Gaggero La reforma fiscal necesaria: sus lineamientos 126 Hugo Varsky Democracia e integración regional 134 Alberto Muller El transporte en el “ciclo largo” de la democracia argentina 140 Damián Loreti y Luis Lozano Derecho a la comunicación, entre antiguos obstáculos y nuevos desafíos 148 Alejandro Rofman Deudas de la democracia en el ámbito de las economías regionales 156 Silvina Ramírez Las deudas de nuestra democracia con los pueblos indígenas 164

[close]

p. 3

Autoridades de la Facultad de Ciencias Económicas Decano Dr. César Humberto Albornoz Vicedecano José Luis Franza Secretario General Walter Guillermo Berardo Secretaria Académica Dra. María Teresa Casparri Secretario de Hacienda y Administración Contadora Carolina Alessandro Secretario de Investigación y Doctorado Prof. Adrián Ramos Secretario de Extensión Universitaria Carlos Eduardo Jara Secretario de Bienestar Estudiantil Federico Saravia Secretario de Graduados y Relaciones Institucionales Catalino Nuñez Secretario de Relaciones Académicas Internacionales Humberto Luis Pérez Van Morlegan Voces en el Fénix es una publicación del Plan Fénix ISSN 1853-8819 Registro de la propiedad intelectual en trámite. Director Gral. de la Escuela de Estudios de Posgrado Catalino Nuñez Director Académico de la Escuela de Estudios de Posgrado Ricardo José María Pahlen Secretario de Innovación Tecnológica Juan Daniel Piorun Secretario de Transferencia de Gestión de Tecnologías Omar Quiroga Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Económicas Claustro de Profesores Titulares José Luis Franza Juan Carlos Valentín Briano Walter Fabián Carnota Gerardo Fernando Beltramo Luis Alberto Beccaria Héctor Chyrikins Andrés Ernesto Di Pelino Pablo Cristóbal Rota Suplentes Domingo Macrini Heriberto Horacio Fernández Juan Carlos Aldo Propatto Javier Ignacio García Fronti Roberto Emilio Pasqualino Sandra Alicia Barrios Claustro de Graduados Titulares Luis Alberto Cowes Rubén Arena Fernando Franchi Daniel Roberto González Suplentes Juan Carlos Jaite Álvaro Javier Iriarte Claustro de Alumnos Titulares Mariela Coletta Juan Gabriel Leone María Laura Fernández Schwanek Florencia Hadida Suplentes Jonathan Barros Belén Cutulle César Agüero Guido Lapajufker Los artículos firmados expresan las opiniones de los autores y no reflejan necesariamente la opinión del Plan Fénix ni de la Universidad de Buenos Aires. staff DIRECTOR Abraham L. Gak COMITE EDITORIAL Eduardo Basualdo Aldo Ferrer Oscar Oszlak Fernando Porta Alejandro Rofman Federico Schuster COORDINACIÓN TEMÁTICA Martín Fernández SECRETARIO DE REDACCIÓN Martín Fernández Nandín PRODUCCIÓN Paola Severino Erica Sermukslis Gaspar Herrero CORRECCIÓN Claudio M. Díaz DISEÑO EDITORIAL Mariana Martínez Desarrollo y Diseño deL SITIO Leandro M. Rossotti Carlos Pissaco Córdoba 2122, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Teléfono 4370-6135. www.vocesenelfenix.com / voces@vocesenelfenix.com

[close]

p. 4

Argentina: un país que sobrevive a las plagas de Egipto prefacio por Abraham Leonardo Gak Director E n 1983, tras casi ocho años de terrorismo de Estado impuesto por las Fuerzas Armadas, instigadas, a su vez, por los grandes grupos de poder económico nacionales y extranjeros, es electo democráticamente el Dr. Raúl Alfonsín. El presidente electo asume el 10 de diciembre y tiene en sus manos la responsabilidad de reiniciar el camino de la normalización institucional, así como hacer frente a una situación económica, social y política harto dificultosa que tuvo como origen la pésima y fraudulenta administración del gobierno saliente, que llevó al país a contraer una exorbitante deuda externa. El poder económico había logrado hacerse del control de todo el proceso productivo y financiero (pauperizando los salarios, generando tasas extremas de desempleo y privatizando los bienes públicos), logrando subordinar de esta forma el Estado a sus intereses particulares. 4 > por Abraham Leonardo Gak

[close]

p. 5

PREFACIO > 5 En los primeros dos años de gobierno, y como parte fundamental del proceso de reconstrucción de la institucionalidad, se inicia la reestructuración del Ministerio de Defensa y se impulsa el juicio a los excomandantes que integraron las tres juntas militares por su responsabilidad en los homicidios, torturas y detenciones ilegales perpetrados entre 1976 y 1983, inspirados en la Doctrina de la Seguridad Nacional. A finales del año 1985, la sentencia de la Cámara Federal condena a los acusados por los delitos de homicidio, privación ilegítima de la libertad y aplicación de tormentos a los detenidos durante la última dictadura. Ante un clima enrarecido, con fuertes tensiones y rumores de nuevas sublevaciones militares, el gobierno envía al Congreso el proyecto de ley que se conocería como “Ley de Punto Final”, que fue aprobado el 23 de diciembre de 1986. Según esta ley, queda extinguida toda acción penal contra civiles y/o militares que no hubieran sido imputados por los delitos cometidos en las

[close]

p. 6

operaciones antisubversivas hasta un plazo determinado. Unos meses más tarde se sanciona la “Ley de Obediencia Debida” (promulgada el 8 de junio de 1987), que solo admite el procesamiento de quienes hayan impartido órdenes y contaran con la capacidad operativa para ejecutarlas. Solo las causas vinculadas a la apropiación de menores continuaron siendo juzgadas. Ambas leyes ponían al descubierto, ante la sociedad, la fragilidad del gobierno constitucional frente a las presiones ejercidas por ciertos sectores de las Fuerzas Armadas. En materia económica, la implementación del creativo Plan Austral no tiene éxito y a esto se le suma un fuerte golpe del mercado producido por los principales grupos económicos al retirar los depósitos de los bancos, retener divisas producidas por exportaciones y demorar el pago de impuestos. Se origina, entonces, un proceso hiperinflacionario, aumenta la desocupación y estalla una crisis social que obliga al presidente a convocar a elecciones de forma adelantada. El 9 de julio de 1989 asume la presidencia el candidato del Partido Justicialista, que se impuso con el 47% de los votos en los comicios, Carlos Saúl Menem. Por primera vez en mucho tiempo un gobierno civil elegido constitucionalmente es sucedido por otro de igual condición. La presidencia de Alfonsín logró restaurar la democracia, abrir la puerta a su consolidación y romper con el aislamiento internacional; pero no pudo lograr un crecimiento positivo: la deuda externa creció mientras que los salarios decrecieron enormemente. El presidente Menem, quien antes de llegar al poder había establecido una alianza con el establishment y la derecha neoliberal, concreta el proyecto iniciado por el gobierno dictatorial del año 1976, de constituir al mercado como el gran asignador de recursos aplicando las reglas de juego que brinda el llamado Consenso de Washington. Durante su mandato se sanciona la llamada “Ley de Convertibilidad”, que llevó al abandono de toda política monetaria y cambiaria, a la sobrevaluación del peso, a la apertura irrestricta de la economía, a la liberalización de los movimientos de capitales externos y del sector financiero, a la flexibilización laboral y el ajuste salarial, y a la privatización, por lo general en medio de actos de corrupción, de las principales empresas y activos públicos, como la previsión social, los ferrocarriles, el correo y hasta la compañía petrolera estatal YPF. De esta forma se acrecienta el predominio de las finanzas por sobre el aparato productivo. La consecuencia final de este proceso, en el que solo se beneficiaron los grandes grupos económicos –extranjeros y nacionales–, en el que se incrementó de forma atroz la deuda externa, en el que experimentamos altísimos niveles de desempleo y el sometimiento a las disposiciones de los organismos de crédito internacionales, es la instalación de una crisis económica, políti- ca y social de dimensiones inimaginables. En diciembre de 1999, tras el segundo gobierno de Carlos Menem, asume la presidencia Fernando de la Rúa, quien fue candidato por la Alianza (coalición entre la UCR y el Frepaso). El presidente solo consigue profundizar la crisis económica, institucional y política del país. Tras dos años de mandato, y en medio de una crisis económica y social sin precedentes, agravada por un nuevo ajuste resultante de los condicionamientos impuestos por la banca internacional luego del último rescate financiero, que llega incluso a la reducción de salarios y jubilaciones del sector público nacional y a la incautación de los ahorros de la clase media, se produce un estallido social. Amplios sectores de la población, sobre todo los más vulnerables, ante la desesperación de no contar con un plato de comida en la mesa, inician una serie de protestas, marchas y saqueos –en algunos casos incentivados por punteros políticos del conurbano bonaerense profundo– que llevan a que el presidente declare, en la tarde del 19 de diciembre, el estado de sitio; lo que es vivido por la población como una nueva provocación y genera en consecuencia un recrudecimiento de las protestas. El gobierno, encerrado en su propio laberinto, recurre entonces a las fuerzas de seguridad para tratar de restablecer el orden social, desatando una feroz represión en la Plaza de Mayo y sus alrededores, así como también en las principales ciudades del país, que arroja como resultado el asesinato de decenas de ciudadanos, y la renuncia del presidente. La acefalía resultante obliga a la formación de una Asamblea Legislativa que constitucionalmente designa a quien debía ejercer la presidencia. Se suceden así cuatro presidentes en el transcurso de unos pocos días. El rechazo ciudadano a los gobernantes se extiende a la dirigencia política en general. Se exige la renovación de las prácticas políticas bajo la consigna “que se vayan todos”. En este contexto, y tras el interinato de Eduardo Duhalde, el 25 de mayo de 2003, tras un proceso electoral vacío de entusiasmos, asume la presidencia Néstor Kirchner, con la adhesión de sectores minoritarios que se identifican con la “nueva política”, enfrentada con los tradicionales aparatos partidarios. La gestión de Kirchner al frente del Ejecutivo nacional (2003-2007) abre un período de transformaciones en la estructura económica, política y social, en el marco de circunstancias internacionales favorables. Su política se basa en la contención de la devaluación de la moneda a través de la participación permanente del Banco Central en la compra de divisas, en el aumento de las exportaciones y el fuerte desarrollo del mercado interno, medidas que sostienen un notable crecimiento económico, generando las condiciones para la cancelación de la totalidad de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, terminando así con la presión 6 > por Abraham Leonardo Gak

[close]

p. 7

PREFACIO > 7 La presidencia de Alfonsín logró restaurar la democracia, abrir la puerta a su consolidación y romper con el aislamiento internacional; pero no pudo lograr un crecimiento positivo: la deuda externa creció mientras que los salarios decrecieron enormemente. Llevamos más de treinta años de democracia. Muchos fueron los avances y conquistas, pero debemos estar atentos y seguir trabajando para evitar retrocesos y pérdidas de lo alcanzado. de este organismo sobre las políticas económicas nacionales y recuperando la soberanía nacional en materia económica. El Estado asume un rol activo en la elaboración de políticas tendientes a resolver las necesidades más urgentes de los sectores más vulnerables de la sociedad, postergadas por tantos años. Se disminuyen los índices de pobreza y desempleo. El derecho a la educación, la salud y el bienestar social son prioridades para esta gestión... Es de destacar, en este período, la promoción permanente de los derechos humanos y el carácter nodal que se le otorgó desde el Estado a la búsqueda de Memoria, Verdad y Justicia. Se declaran insanablemente nulas las leyes de “Punto Final” y “Obediencia Debida”, y se enjuicia y condena a muchos de los responsables de las atrocidades cometidas durante la década de los ’70. Las políticas del gobierno generan reacciones desestabilizantes de parte de aquellos sectores de poder que ven afectados sus intereses y privilegios, y que no demoran en hacer sentir su descontento. En el año 2007, Cristina Fernández de Kirchner asume la presidencia y continúa con el proceso iniciado en el 2003. En el 2008 estalla la crisis internacional –crisis financiera, económica y de mercado–, lo cual repercute directamente en el proceso económico, modificando los índices de crecimiento en todo el planeta. Esta situación es aprovechada por los sectores de poder económico opositores para desacreditar el modelo vigente a través de una fuerte campaña mediática, que a lo largo de los años va mermando el poder y la imagen del gobierno. Tras las elecciones presidenciales del año 2015, asume la conducción del gobierno –con el apoyo del 51,34% de los ciudadanos, en segunda vuelta– Mauricio Macri. El presidente, junto a su gabinete y funcionarios, comienza a implementar de manera vertiginosa un plan económico que abre la posibilidad de retornar a aquel modelo económico ya conocido y padecido por los argentinos, basado en la reducción de salarios, incremento del desempleo, aumento de la inflación, crecimiento de deuda externa, reducción de la participación del Estado en la regulación del mercado y en el manejo de la economía, produciéndose así una clara transferencia de recursos hacia el sector financiero y las empresas privadas. Este es el panorama que se nos abre a todos/as los argentinos/ as. Llevamos más de treinta años de democracia. Muchos fueron los avances y conquistas, pero debemos estar atentos y seguir trabajando para evitar retrocesos y pérdidas de lo alcanzado. La nuestra es una democracia joven e inmadura que requiere de la participación de todos/as para fortalecerse y consolidar un país que sea justo y equitativo para todos/as y no un país de privilegios para pocos/as.

[close]

p. 8

El Estado se ha convertido a lo largo de la historia en una estructura que, a través de algunas de sus instituciones, sus dependencias y sus funciones, coarta la realización de la libertad y de los derechos de sus ciudadanos y de su pueblo, pero al mismo tiempo también es un factor indispensable para luchar por la vigencia de esa libertad y esos derechos. He aquí una de las “deudas” que tiene todavía nuestra democracia, ser capaz de generar un pensamiento acerca del Estado que supere las simplificaciones en las que solemos incurrir cuando lo pensamos. Las libertades, los derechos y el Estado (Notas sobre las deudas de nuestra democracia) 8 > www.vocesenelfenix.com

[close]

p. 9

> 9 por Eduardo Rinesi Investigador-docente UNGS

[close]

p. 10

E l 10 de diciembre pasado se cumplieron treinta y dos años ininterrumpidos de vida democrática en nuestro país. Ponerlo de este modo supone entender la expresión que utilizamos, “vida democrática”, en el sentido más restringido, pero muy corriente, en el que esa expresión sirve para designar un tipo de vida colectiva presidida por la vigencia plena de las instituciones sancionadas por la Constitución y por el funcionamiento irrestricto de las leyes de la república. No es poco. Es mucho. En un país que a lo largo de su historia estuvo fuertemente sacudido por convulsiones políticas e interrupciones institucionales casi permanentes, esta prolongada vigencia de esas instituciones y esas leyes constituye en sí misma un valor particularmente destacable. Sin embargo, no querría que en estas reflexiones agotáramos el significado de la palabra “democracia” en este, más “institucionalista”, que acabo de presentar, porque lo cierto es que a lo largo de la historia esta palabra ha asumido también otra importante cantidad de valencias y significaciones, que puede ser interesante repasar si queremos contribuir con el propósito de este número de Voces en el Fénix de pensar las “deudas” de nuestra democracia. Que no es, por cierto, una palabra sencilla ni exenta de todo tipo de problemas a lo largo de la historia de las ideas políticas de Occidente de los últimos dos mil quinientos años, durante los cuales fue mucho más una “mala palabra” que una voz que se usara con aprecio o consideración. Desde los antiguos griegos, en efecto (en la celebérrima clasificación de los tipos de gobierno de Aristóteles, por ejemplo, la democracia era una forma política corrompida o degradada), hasta los grandes cuerpos de ideas europeas posteriores a la Revolución Francesa, o latinoamericanos (y argentinos en particular) de la últimas décadas En un país que a lo largo de su historia estuvo fuertemente sacudido por convulsiones políticas e interrupciones institucionales casi permanentes, esta prolongada vigencia de esas instituciones y esas leyes constituye en sí misma un valor particularmente destacable. 1 0 > por Eduardo Rinesi

[close]

p. 11

Las libertades, los derechos y el Estado > 1 1 del siglo XIX y la primera del siguiente, la palabra “democracia” designaba antes un peligro o un problema que una forma virtuosa de vida colectiva. Es recién después de la Primera y sobre todo de la Segunda Guerra Mundial que la palabra “democracia” asume el valor positivo con el que hasta hoy está investida, que hace que, como ha señalado el historiador inglés de las ideas John Dunn, desde entonces hasta ahora casi no sea posible iniciar una conversación política, o sustentar una posición política, sin empezar por hacer una profesión de fe democrática y de aclarar que ese, el de la democracia, es nuestro partido. En la Argentina, incluso los más tremendos golpes de Estado contra los gobiernos populares se hicieron, invariablemente, en nombre de la democracia. Lo cual nos lleva a considerar la primera de las cinco ideas sobre la democracia que querría presentar aquí, en una enumeración que será necesariamente rápida y que buscará establecer las distintas capas o napas de las que se nutre nuestra propia idea actual sobre la democracia, la idea sobre la democracia que circula en nuestras conversaciones, discursos y discusiones actuales. Pues bien: la primera de esas ideas es precisamente la que nos han dejado las dictaduras argentinas del siglo XX en general, y la última en particular, que no hablaron poco, como queda dicho, sobre la democracia, cierto que entendiéndola en un sentido muy preciso y muy parcial: como orden democrático. Orden democrático que si en el año ’55 podía pensarse como opuesto al orden “totalitario” que representaba –en los discursos de la oposición golpista y después del gobierno de la llamada “Revolución Libertadora”– el peronismo, en los momentos en los que se concretaron los golpes que siguieron (el del ’66 y muy especialmente el del ’76) se pensó más bien como opuesto a lo que se nombraba con las palabras desorden, anarquía, subversión. La democracia, entonces, como opuesta al totalitarismo y también –y posiblemente sobre todo– al desgobierno: primera idea, primera representación sobre la democracia en nuestro sumarísimo racconto. La segunda es la que se instala durante los años de lo que se llamó, después de la última dictadura, la “transición” a la democracia. Que era la transición a un orden, pero a un orden muy distinto del que habían imaginado las dictaduras contra la que esta nueva idea de democracia se levantaba. Porque era un orden de carácter más bien utópico, y no presidido, como aquel, por la idea de autoridad, sino por la de libertad. Por la de las libertades, en general, y especialísimamente por la de lo que la historia de las ideas llamó las libertades “negativas”, es decir, las libertades de los individuos frente a los poderes externos que las amenazan o pueden cercenarlas, poderes a la cabeza de los cuales, en aquellos años en los que veníamos de conocer las formas más terroríficas de funcionamiento del aparato del Estado, poníamos, precisamente, a las instituciones y dispositivos que componían ese aparato. Nuestros años ochenta –si se nos permite decirlo de este modo– fueron, en efecto, años de fuerte hegemonía de un pensamiento político liberal y de marcado tono antiestatalista, y la representación sobre el Estado que dominó entre nosotros por entonces fue la representación sobre el Estado que gobernaba la película del cine argentino más vista en esos años: Camila, de María Luisa Bemberg. Después de esos años de la “transición”, los que siguieron estuvieron habitados por una idea sobre la democracia que no la pensó ya como una utopía ni la asoció a las libertades negativas de los ciudadanos, sino que se la representó más bien como una

[close]

p. 12

rutina: como el mucho más desangelado automatismo de unas instituciones que habían empezado a “funcionar” ya con cierta estabilidad y relativa previsibilidad, y de las que empezábamos a no esperar ya mucho más que eso, mientras una concepción general sobre la vida social inspirada en el principio de las libertades económicas y de las ventajas del “libre” funcionamiento del mercado nos volvía a insistir, ahora desde una perspectiva diferente (pero al fin de cuentas complementaria) a la del liberalismo político dominante durante la década anterior, en la necesidad de poner al Estado del lado de las cosas malas de la vida y de la historia. De la idea de la democracia como utopía de la libertad nos habíamos desplazado a la más prosaica idea de la democracia como el rutinario funcionamiento de las instituciones de la representación política, mientras las verdaderas transformaciones de la sociedad (que fueron muchas, y dramáticas, durante esa larga década de los “noventa”) transcurrían en otro lugar. Hasta que todo eso saltó por los aires de manera bastante estruendosa a fin del año 2001, en ciertas notorias jornadas que inauguraron un período excepcional y particularmente intenso de la vida política en nuestro país, signado por una idea de la democracia (la cuarta de las que queremos examinar aquí) muy distinta de todas las anteriores, en que esa noción del “gobierno del pueblo” se pensó como sinónimo de una forma de actividad política de los ciudadanos fuertemente organizada alrededor de un tipo de libertad que –por oposición a la libertad “negativa” de la que hablábamos más arriba– la historia de las ideas políticas ha llamado “libertad positiva”, y que no consiste en la libertad de los individuos de las fuerzas exteriores a ellos que pueden condicionarlos o limitarlos, sino en su libertad para participar activamente en los asuntos públicos. Subordinada a la idea más “liberal” de libertad negativa durante los ’80, y desaparecida por completo del mapa de las discusiones durante los ’90, esta idea más “democrática” de libertad positiva aparece con fuerza al final del ciclo neoliberal, y está en la base de su crisis y de su derrumbe. Después del cual se inaugura, no sin que en el medio hayamos conocido las excepcionales y complejas situaciones –que no es el caso analizar acá– por las que atravesó el país entre 2002 y comienzos del año siguiente, un nuevo e interesantísimo período de nuestra vida política reciente, el que se tiende entre los años 2003 y 2015 bajo el signo de los tres sucesivos gobiernos kirchneristas. Sería necesario extendernos mucho más que lo que aquí podemos hacerlo para caracterizar adecuadamente esos tres gobiernos. Sería necesario prestar atención al modo en que el “kirchnerismo” (raro nombre de una experiencia excepcional) combinó, mezcló, reunió, las ideas, los valores y los principios de distintas tradiciones políticas, de distintas “culturas” políticas que se articularon originalísimamente para definir su propia identidad. Sería necesario comentar cuánto hubo en él de la gran tradición “nacional-popular”, o “populista”, del siglo pasado, cuánto del liberalismo político que antes que en él se había expresado –como ya vimos– en el alfonsinismo, pero que no dejó de ser un componente decisivo de su propia configuración ideológica y discursiva, cuánto de “jacobinismo” (si puede nombrarse de este modo la vocación por transformar la sociedad desde arriba del Estado) y cuánto, por fin, de republicanismo popular. Pero semejante caracterización excedería los propósitos de estas líneas, donde apenas me propongo señalar cuáles fueron los grandes valores en torno a los cuales el kirchnerismo construyó su propia idea de democracia. El primero fue el ya mencionado de la libertad. Que conoció durante estos años un marcado desarrollo en su vertiente “negativa” o liberal (hubo, en efecto, una fuerte preocupación por la libertad de expresión, de prensa, de manifestación) y también en su vertiente “positiva” o democrática (hubo también fuertes estímulos a la participación de los ciudadanos en distintas instancias de deliberación y decisión), pero que sobre todo incorporó entre sus sentidos un tercero, que es el de lo que llamaré la libertad “republicana”, es decir, la idea de libertad que parte de entender que nadie puede ser libre en un país que no lo es, y que por lo tanto el sujeto de esa libertad no son apenas los ciudadanos, los individuos, sino también ese 1 2 > por Eduardo Rinesi

[close]

p. 13

Las libertades, los derechos y el Estado > 1 3 El modo “kirchnerista” de pensar las cosas, y más en general el modo en que las experiencias populistas o neopopulistas latinoamericanas de los últimos quince años nos han invitado a pensar las cosas, nos obliga a revisar las maneras más convencionales de considerar el problema del Estado.

[close]

p. 14

sujeto colectivo al que llamamos pueblo. La frase “a partir de hoy los argentinos somos un poco más libres”, que Néstor Kirchner pronunció cuando decidió pagar el último dólar que debíamos al FMI, y que Cristina Fernández repitió cuando puso a orbitar un satélite de comunicaciones de fabricación nacional, expresan este sentido de la idea de libertad. El segundo fue el valor de los derechos. La idea de que una sociedad es tanto más democrática no sólo cuantas más libertades tienen sus ciudadanos, sino también cuantos más derechos los asisten. El discurso y la práctica gubernamental de estos últimos años argentinos tuvieron un eje fundamental en esta cuestión de los derechos, que se expandieron, profundizaron y universalizaron (es decir: que se realizaron, puesto que los derechos son universales o no son) de la mano de activas políticas públicas desplegadas desde el gobierno del Estado. Que es lo que quería subrayar aquí: a diferencia de lo que ocurre con la libertad cuando la pensamos como la libertad de los individuos, de los ciudadanos (que es un modo de pensar la libertad que, dijimos, pone al Estado a priori y casi por principio del lado de las cosas malas de la vida: de las amenazas, y no de las condiciones, para esa libertad), tanto la idea de la libertad que aquí llamé “repu- blicana” como la idea de que un proceso de democratización es un proceso de ampliación, profundización y universalización de derechos suponen la fuerte intervención del Estado y su gobierno, y ponen a ese Estado del lado de las condiciones, y no de las amenazas, para esa libertad y para esos derechos. En efecto: en el modo en que nos invitó a pensar las cosas el kirchnerismo, tenemos libertad, y tenemos derechos, justo porque tenemos un Estado fuerte y activo que los garantiza. El modo “kirchnerista” de pensar las cosas, y más en general el modo en que las experiencias populistas o neopopulistas latinoamericanas de los últimos quince años nos han invitado a pensar las cosas, nos obliga a revisar las maneras más convencionales de considerar el problema del Estado, al que desde mediados del siglo XIX las grandes corrientes del pensamiento emancipatorio y crítico (las liberales y las socialistas, las anarquistas y las comunistas) han tendido a situar del lado de los obstáculos para esa emancipación, y al que hoy podemos y debemos considerar también, al mismo tiempo, como una de sus condiciones. “También” y “al mismo tiempo”: porque por supuesto que no se trata de desconocer todo lo que esas grandes teorías nos han enseñado hace tiempo que el Estado es (un reproductor de relaciones El discurso y la práctica gubernamental de estos últimos años argentinos tuvieron un eje fundamental en esta cuestión de los derechos, que se expandieron, profundizaron y universalizaron (es decir: que se realizaron, puesto que los derechos son universales o no son) de la mano de activas políticas públicas desplegadas desde el gobierno del Estado. 1 4 > por Eduardo Rinesi

[close]

p. 15

Las libertades, los derechos y el Estado > 1 5 sociales muy injustas, un disciplinador de las sociedades, un violador serial de los derechos humanos de sus ciudadanos y sus pueblos), pero tampoco de desconocer que, como hoy sabemos bien, ninguna de esas libertades y derechos las conquistaremos a la intemperie, gracias a las puras fuerzas del mercado y sin el apoyo y el apuntalamiento del Estado. Por eso me resulta tan interesante la idea que suele repetir mi amigo Abel Córdoba, que insiste en que el Estado es una suerte de monstruo bifronte, o bicéfalo, que al mismo tiempo que no deja de amenazar o de impedir, a través de algunas de sus instituciones, sus dependencias y sus funciones, la realización de la libertad y de los derechos de sus ciudadanos y de su pueblo, por el otro lado se convierte, cuando está democráticamente organizado y gobernado, en un factor indispensable para luchar por la vigencia de esa libertad y esos derechos frente a la verdadera amenaza a una y otros que representan, mucho más que él, las fuerzas desatadas del mercado, de las grandes corporaciones o de los grupos nacionales o transnacionales de poder más concentrado. Y creo que tenemos aquí una de las “deudas” que tiene todavía, treinta y dos años después, nuestra democracia: la de ser capaz de generar un pensamiento acerca del Estado que

[close]

Comments

no comments yet