El Primer Viaje

 

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Caminando por los senderos del desierto

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EL PRIMER VIAJE Caminando por los Senderos del Desierto Pa u l a U g a l d e Vá s q u e z

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Caminando por los Senderos del Desierto Paula Ugalde Vásquez EL PRIMER VIAJE

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El Primer Viaje. Caminando por los Senderos del Desierto Registro de propiedad intelectual Inscripción Nº 257928 ISBN: 978-956-362-198-3 © Paula Ugalde Vásquez Editores: Thibault Saintenoy Magdalena García Ilustraciones: Suyín Chang Chong Diseño y diagramación: Paola Salgado Urrea Impresión: IMPRESORES Y EDITORES EMELNOR S.A. Obra financiada por Centro de Investigaciones del Hombre en el Desierto (CIHDE) CONICYT y CONICYT-PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN ASOCIATIVA/Anillo “Cambios Sociales y Variabilidad Climática a Largo Plazo en el Desierto de Atacama” código SOC 1405. Esta primera edición de 500 ejemplares se terminó de imprimir en el mes de Diciembre de 2015 en Arica, Chile.

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DEDICATORIA Este cuento va dedicado a todos los niños y niñas curiosos por la historia. Una historia llena de vida, de personajes anónimos, que como nosotros, transitan por los días y las noches de este maravilloso lugar. Está inspirado en las montañas de los Andes, en el sol del desierto, y en la vida que allí crece milagrosamente. Está inspirado en las caminatas solitarias, escuchando sólo el ruido de mis pasos y llenándome de la naturaleza. Está inspirado en la arqueología, una de las formas que tenemos para conocer el pasado. El cuento está pensado para que los papás y mamás lo lean a sus hijos antes de dormir. Ojalá que al despertar, también despierte en ellos el deseo de salir a pasear y conocer, y el aprecio y respeto por esas huellas y vestigios que dejaron niños y padres hace 500 años y mucho más.

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Hace más de quinientos años, en un recóndito pueblo de la precordillera de lo que hoy es Arica y Parinacota, una madre y sus dos pequeños hijos se preparaban para dormir. Allí, sobre las faldas de un escarpado cerro estaba una aldea con pequeñas casas de piedra y paja. Era una fría noche de invierno y el fogón de la pequeña casa comenzaba a apagarse. ¿Qué mejor que un cuento para irse a dormir? 7

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¡Mamá! Cuéntanos una historia antes de irnos a dormir… ¡por favor! - Miré a mis hijos con cara de reproche, pero en realidad me encantaba que me pidieran un cuento antes de dormir – Bueno, bueno, ¡pero mañana se tienen que levantar apenas brille el primer rayo del sol, para recoger la leña para el desayuno! Sí mamá, ya sabemos- respondieron siguiendo una costumbre. Los tres sabíamos que en realidad nos encantaba este momento de la noche, y que siempre habría una historia que contar. Ya los vería mañana, con la energía característica de los niños, escalando los montes con la agilidad de los guanacos, para recoger un poco de queñoa, la mejor leña para hacer el fuego. Sin más, y ante la ansiedad de mis oyentes, comencé a hablar… 9

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Tenía unas ampollas gigantes en los pies. Mi padre parecía taciturno, a mi parecer con un único objetivo en mente: llegar a la costa. Por más que me dolieran los pies, también quería lo mismo. Estaba ansiosa. Había cumplido recién los 12 años y mi papá había prometido que a esa edad iba a poder hacer un viaje largo con él y conocer el mar. Muchas veces los peregrinos de mi pueblo lo habían descrito, con ojos perdidos como si lo estuvieran mirando: “Grandes olas” me decían “vienen una y otra vez a chocar con la orilla”…“Entre esas aguas se esconden tesoros que nosotros rara vez podemos ver”… ¿Pero qué eran las olas? ¿Qué magia podía hacer que una parte del agua se moviera de un lado al otro y reventara y chocara con las orillas? Cuando vi la primera ampolla romper y salir el juguito entre mis chalas, sentí también el frío de la noche de la cordillera entrar a mis huesos. Mi papá acomodó las llamas amarrándolas en círculo y dejando a los dos llamitos más jóvenes protegidos en el interior. Nos asentamos en una paskana, un lugar de paso que él siempre ocupaba en sus viajes desde nuestro hogar en las montañas hacia la costa y viceversa. Las llamitas estaban un poco cansadas de tanto trajín, lo podía notar en sus ojos que suelen ser amplios y brillantes. Ahora sus grandes pestañas caían como si fueran pesadas cortinas. Ellas se acurrucaron juntitas, y nosotros también. Íbamos sólo mi padre y yo. Mi mamá se había quedado con mi hermano menor, ocupada con los cultivos de quínoa y papa. Mi padre me mandó a encender un fogón. Abrí los costales donde llevábamos algo de leña para esa noche y prender el tímido primer fuego, mientras mi padre sacaba un poco de charqui para comer. Casi ni habló, pero me miraba con ojos divertidos. Él sabía que yo estaba ansiosa y también sabía que mis anhelos conocerían pronto su recompensa. Al terminar una jornada, mi padre sacaba la carga de las llamas y las amontonaba para hacer una especie de cama; además de esto pusimos una piel de guanaco para tendernos y nos cubrimos con las mantas que llevaban las llamas para acomodar la carga. Hacía mucho frío. Aunque estaba cansada miré las estrellas y me entretuve imaginando que la Yakana se escapaba de su lugar en la vía láctea para beber del mar y que su cría la perseguía brincando un poco torpe, chapoteando en las inmensas aguas como si fueran un charco. Abracé a mi papá para abrigarme aún más y sentí su ajada mano sobre la mía. Con ese sentimiento de protección me dormí al instante. 11

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El amanecer llegó lento y hermoso. Mientras mi papá desamarraba las llamas, me mandó a recoger leña para el desayuno. Luego fuimos juntos a buscar agua a un pequeño arroyo, con ayuda de un cántaro de greda y una vejiga de guanaco. A medida que nos acercábamos a aquel riachuelo, el sonido alegre del agua y de las aves parecía una música de niños; por ratos incluso sentía que el arroyo tenía su propio lenguaje y se comunicaba con las aves, los montes y el sol. Los chincoles picoteaban las ramas de un árbol para sacar unos frutos pequeños, y mientras los comían de a poquito, se colgaban y movían su cabeza rápidamente de un lado a otro, en un gesto que me causaba mucha gracia. Después de llenar la vasija con agua, la cargué en mi espalda con ayuda de una cuerda colgada en mi frente, mientras papá se encargó de cargar la tripa de guanaco, para volver al lugar donde dormimos. Hicimos un fuego y comimos calatantas, papas chuño y una agüita de coca. Mi padre y yo éramos parte de una especie de grupo dentro de mi pueblo. Los demás nos decían “arrieros”, porque trasladábamos cosas de un lado a otro en caravanas de llamas. A mí me gustaba pensarnos como los últimos aventureros. Como mujer, yo era una de las pocas que había podido pertenecer a este grupo. Las demás personas no lo veían muy bien, por los peligros que se corren al viajar tanto; pero mi madre, a quien yo admiraba profundamente, tenía una mente bastante diferente a las demás. Por eso, ella disfrutaba que yo pudiera viajar con mi papá…para conocer otros mundos, me decía. Mi padre era un hombre bastante callado durante el día. Resulta que para él, el mismo viaje era un motivo, un fin en sí mismo. No solamente se trataba de trasladar cosas; también se abrían una serie de posibilidades, entre ellas la tranquilidad y sobre todo, el aparente silencio de las montañas y el desierto. No obstante, por las noches, se ponía parlanchín y le gustaba contar historias; historias de su padre, de sus abuelos, y a veces de los achachilas, ancestros que existieron hace tanto tiempo que se llegaron a convertir en montañas y cerros, para cuidarnos siempre. Una de las historias que más disfrutaba era la más antigua, aquella que explicaba que mucho antes deque aprendiéramos a cultivar las plantas sobre los cerros, la gente no vivía siempre en un mismo lugar, sino que se viajaba continuamente para poder subsistir. Nosotros los caravaneros éramos una especie de continuadores de esta tradición de viajar para vivir, y de hecho, a veces hasta ocupábamos los mismos lugares de descanso que esos ancestros. 12

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Después de un desayuno bastante contundente continuamos nuestra caminata junto a las llamas. Nuestra carga consistía en productos de la tierra: papas, ají y quínoa; y también charqui de llama y de alpaca. Estos eran los productos más comunes que intercambiábamos con gente de la costa, pero también llevábamos cosas que nuestros pueblos habían conseguido de viajeros de muy lejano: hojas de coca, sal del Altiplano, y desde la selva, plantas y plumas de coloridas aves. En este primer viaje que me tocó hacer, mi padre y yo transportábamos algo muy particular: un loro; bastante hablador por lo demás. El segundo día de viaje resultó más rápido. Mis piernas y pies cansados parecían haberse acostumbrado a la caminata. Se notaba que mi papá iba un poco más lento que de costumbre, para que no me cansara. Además, estábamos entrando en terrenos desconocidos. El paisaje cambiaba, se hacía más seco y con menos vegetación, aparentemente abandonado. Sin embargo, mi padre conocía todos los recovecos de este desierto y sabía perfectamente dónde ubicar el agua y los lugares de descanso. Así, observando los cerros, él encontró un pequeño arroyo. Las llamitas apuraron el tranco, parecían contentas con el sonido y la frescura que emanaba del agua y también con el aroma del pasto que la circundaba. Lo primero que hicimos al llegar, fue acomodar nuestro campamento en un refugio de rocas que nacía desde la ladera del cerro. La naturaleza brindaba entonces un techo, mientras otros viajeros habían puesto piedras alrededor de la entrada de la cueva para mayor protección del frío. Y no solamente eso. Para mi completo asombro, alguien había pintado unas llamas muy bonitas en el fondo de este alero. Era como si esa persona hubiera querido contar un cuento eterno para todos los viajeros de estos senderos que atraviesan desde los montes al mar. Al atardecer, y desde aquel refugio, se podía observar a lo lejos la ubicación de nuestro hogar. Yo lo podía distinguir apenas por las grandes montañas nevadas que están hacia el lugar donde nace el sol; mi padre quizás también podía percibir el canto nocturno de mi mamá, pues parecía empeñado en oír el viento. O al menos eso imaginé yo. Llegó el alba del tercer y penúltimo día de viaje. Alcé la vista y el espectáculo era maravilloso. Lo que en el ocaso de ayer eran siluetas oscuras de los montes nevados eran hoy la majestuosa 13

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cordillera enaltecida por los primeros rayos del sol. En los cerros más cercanos, una tropa de guanacos quietos como estatuas parecía hacer una reverencia silenciosa al amanecer. Todos los pastos alrededor conservaban aún el hielo de lo más frío de la noche. Un zorrito solitario cruzó sigiloso siguiendo una ruta al borde del cerro, con ojos decididos y el ceño fruncido. Me imaginé que estaba enojado después de una cacería nocturna infructuosa. Mi padre ya se había levantado, pues tenía que preparar la carga de las llamas para la última y más empinada bajada hacia los valles de la costa. Luego de lavarnos en el arroyo y de que las llamitas tomaran agua, continuamos el viaje. Ahora recuerdo que ese día ni siquiera sentí dolor o cansancio, pues mi mente iba todo el tiempo pensando cómo sería el mar y los animales que vivían en él. El sendero era estrecho y en bajada. Nos costaba mantener el rebaño en el camino y muchas veces tropecé y casi caí por la ladera. La tierra estaba tan seca que cada paso de nuestra pequeña caravana levantaba una polvareda, anunciando nuestra llegada a los observadores camuflados del desierto: lagartijas, ratones, águilas y halcones. A lo lejos, en la otra margen de la quebrada, divisé a un grupo de tres hombres. “Son hombres de la costa hija. Suben hasta estos lugares para buscar buenas rocas y crear sus cuchillos y flechas”. Fueron los primeros seres humanos que vimos en nuestro camino; aunque estos senderos son surcados por muchos caminantes, con orígenes y motivaciones muy diferentes. Continuamos caminando. Los cerros, que cerca de nuestra aldea están cubiertos de rocas, matorrales y bosques, que despiertan de verde con la lluvia del verano, aquí eran solamente arena, como si alguien los hubiera desnudado. El único sonido además de nuestro andar era el del viento, lo que contrastaba con el ajetreo usual de nuestro pueblo, lleno de gente ocupada todo el día en las labores de siembra o cosecha, cocinando, haciendo cántaros de greda y joyas. Si cerraba los ojos, podía oírlo: a mi madre cantando en la chacra, a mi hermanito correteando detrás de las aves, y más tarde a la gente prendiendo los fogones dentro de sus casas para apagar el frío y encender una conversación. Tan sumida estaba en mis pensamientos que cuando habló el loro parlanchín llegué a saltar del susto. Quizás él sintió entonces lo mismo que yo. Luego de caminar incansablemente el desierto seguía implacable, pero ahora el viento no solamente traía recuerdos, sino que también aromas. 15

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