Nº 31. Horizonte de Letras

 

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Revista digital de creación literaria

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Revista digital de Creación Literaria Editada por: Sumario Editorial (pág. 4) Nuestros socios (pág. 5) Relato (pág. 5) Micro-relato (pág. 19) Ensayo (pág. 20) Líneas y Trazos (pág. 24) Poesía (pág. 25) Nuestros colaboradores (pág. 30) Relato (pág. 30) Micro-relato (Pág. 39) Poesía (pág. 41) Ensayo histórico (pág. 49) Reseña literaria (Pág. 56) Crítica de cine (pág. 58) Entrevista (pág. 60) Entrevista a Tere Oteo Iglesias EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 2 de 66 ©: Revista “Horizonte de Letras” Editada por: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación Nacional de Escritores Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 Dirección, evaluación y coordinación: Rafael Gálvez José Bárcena Fernando J. Baró Ignacio León Enrique E. de Nicolás Maquetación: Enrique E. de Nicolás Para contactar con nuestra asociación: www.alfareroslenguaje.org info@alfareroslenguaje.org Para suscripciones y colaboraciones literarias: www.horizonte-de-letras.webnode.es horizontedeletras@gmail.com Patrocinan: www.componentesgil.es www.compraventacoleccion.com __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 3 de 66 Fundada en 2009 por Enrique Eloy de Nicolás Nº 31 Abril-Junio de 2016 EDITORIAL Julio Valencia NUESTROS SOCIOS RELATO “Los cinco sentidos y el amor”, de Matilde Gonzálvez “Más allá de todo…”, de Beatriz Cáceres “Plaza pequeña”, de Fernando Domínguez “Piensa… Piensa….”, de Rafael Gálvez “La Nochebuena”, de Avelino Fernández “El ogro come niños”, de Ignacio León MICRORRELATO “No corras”, de Tere Oteo Iglesias ENSAYO “Los tres colibríes dominicanos”, de Paulino Zamarro “¿Qué fue de los restos de Villamediana?”, de Fernando J. Baró LINEAS Y TRAZOS Ilustración de María Rey. Texto de Siddharta POESÍA “Miseria”, de Thelma García “Embrujo”, de Beatriz Cáceres “Poemas (extraídos del libro Barro I)”, de Santiago J. Miranda Jovellar “Quimeras de un tiempo ido” y “Puntos suspensivos”, de Tere Oteo Iglesias NUESTROS COLABORADORES RELATO “Agua de dioses”, de Edward Acosta “Con nocturnidad y no alevosía”, de Antonio Sanz “Pendiente de pago”, de Ainhoa Bárcena MICRORRELATO “Monólogo”, de Dolores Otálora “Alas”, de Javier Úbeda Ibáñez POESÍA “Tras de las nubes oscuras”, de José Baró de Irureta “Adiós del poeta”, de Miguel Ángel Serrano “Poemas”, de David González “Reflexiones en cama”, de Consuelo Rodríguez “¡Cómo eres!” y “Agua”, de Javier Úbeda Ibáñez “Amor mentiroso”, de Yoyita Margarita “A la tercera edad”, de Marcela de Nicolás “Un sí eterno y creativo…”, de Angelines Rebollo ENSAYO HISTÓRICO “Movimientos centrífugos en España VII. Los procesos secesionistas en América. América, parte sustancial de la patria hispánica”, de Cesáreo Jarabo Jordán RESEÑA LITERARIA “El abrazo de la luna cenicienta”, de Enric C. Pedrón. Reseña de Javier Úbeda Ibáñez CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA “Un desconocido muy tenso”, de Francisco Javier Landa Cánovas ENTREVISTA Tere Oteo Iglesias. Realizada por Enrique Eloy de Nicolás __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 4 de 66 Julio Valencia Monescillo nació en septiembre de 1947 en el viejo Madrid del Avapies y recriado en el barrio de los Austrias. Cursó estudios en el colegio Nuestra Señora de la Paloma sito en carrera de San Francisco el Grande, y posteriormente accedió al Instituto Politécnico Virgen de la Paloma (antiguamente Escuela de Artes y Oficios). En el periplo de su vida en aquella época, desempeñó alguno de los oficios que había aprendido. Y escogió ser Agente Comercial Colegiado, hasta su jubilación. Actualmente es socio colaborador en la Asociación Literaria Alfareros del Lenguaje, donde sus veteranos compañeros le han encomendado redactar las editoriales. Hola a todos. Con el permiso de Marzo, recién finalizado, hemos terminado este mes de “Febrerillo loco”, con sus variantes y discontinuos cambios meteorológicos, cuando pensábamos que el general invierno “este año iba a pasar de soslayo”, el muy ladino unos días acaricia y otros azota. Este mes tan peculiar e inusual con sus cuatro semanas iguales de lunes a domingo, y su bisiesto veintinueve también en lunes, si querrá ser una premonición de abundancia con cierta continuidad de armonía, que falta nos hace en este país Nuestra asociación va en ese camino, en estos últimos meses se ha incrementado la incorporación de nuevos socios de gran valor literario, aportando su talento y conocimiento a nuestras tertulias que a posteriori la edición de sus libros como autores con el mejor apoyo y satisfacción de nuestra asociación. Estamos realizando con asiduidad una serie de eventos como presentación de libros, representaciones teatrales de nuestras propias obras, ofrecemos conferencias sobre el proceso de búsqueda interior de uno mismo, cursos de iniciación a la escritura literaria para que toda aquella persona que tenga esa inquietud, la desarrolle. Sin olvidar a nuestros colaboradores que intervienen en nuestra revista digital Horizonte de Letras, con sus valiosas aportaciones literarias donde encajan todos los estilos. No podía despedirme estimados lectores, sin hacer hincapié en mi anhelo de que se encienda la luz de las tinieblas, en las cuales nuestros “conductores” de la Patria se hallan, y a los ciudadanos nos tienen sumergidos. A ver si les apareciera Diógenes con la lamparilla en la mano “buscando un hombre”. MAHATMA GHANDI, decía que nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa. Julio Valencia Monescillo __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 5 de 66 Matilde Gonzálvez Caballero. Nací en Alcázar de San Juan llamada “El Corazón de la Mancha” un 1 de abril de 1938 durante la Guerra Civil Española. Desde muy pequeña he tenido una gran inquietud por aprender a escribir y desde siempre he hecho pequeñas cosas sin más trascendencia que plasmar toda clase de impresiones y sentimientos sobre un papel en blanco.He cambiado letra de canciones para acoplarlas a otras ya conocidas, como Clavelitos o Batallón de Modistillas, todas ellas en mi tiempo de juventud. He escrito cuentos de animales, relatos cortos, cartas de amor, versos y poesías, consciente de mi desconocimiento sobre literatura, solo escribiendo lo que en cada momento ha sentido mi corazón. A mis 75 años he logrado editar un libro. Una novela que habla de amores dentro de una familia burguesa. No es ni será nunca un best sellers, pero sí mi satisfacción. LOS CINCO SENTIDOS Y EL AMOR La cabeza se torna en una enorme bola de cristal, donde caben mil mundos diferentes. LOS OJOS, quieren atisbar rincones inexplorados, llenos de fantásticas historias. EL OÍDO, nos trae ese susurro de aliento sofocado, en las horas de entrega absoluta. LA NARIZ, olfatea con anhelo esos olores donde la naturaleza, despliega todos sus aromas. LA BOCA, se entreabre con deseos olvidados, de besos colmados del dulce sabor de amor. LAS MANOS, buscan aquel rincón escondido donde el tacto llega a la piel estremecida. Dentro de esta bola están los sueños nunca alanzados. Loa paisajes nunca recorridos. Los deseos de llegar al infinito. La esperanza de navegar por un mar de sensaciones. Delante de los ojos pasan escenas que solo están en la imaginación. Praderas donde bailar al son de un inextinguible amor. Nostalgias vividas solo en sueños. El olfato recuerda aquel primer aroma que descubriste un día, ese olor que se derramaba en horas de alegría. Un sinfín de aromas que llenaron el alma, de quién las vivió. La sonrisa viene a tu rostro sumergida en áurea de sabor incontrolado. Es el recuerdo de aquel primer beso. El ronroneo de mil mariposas en el estómago. El titilar de las estrellas con el beso a la luz de la luna. Las manos recuerdan la suavidad de la piel, temblorosa con las caricias llegando a lo más profundo del ser, culminando en fantasías inimaginables. Al oído llegan melodías que llenaron los momentos más felices del pasado, poniendo en tu presente delicias ya remotas. Rahpael cantaba. "Cierro mis ojos, para que tú no sientas ningún miedo..." Todos los sentidos se acrecientan pensando en las vivencias del ayer. Otras que pudieron pasar y quedaron en el pozo sombrío de la indiferencia. Las sensaciones que pasan ante ti sin rozarte, haciendo que todo se convierta en porvenir incierto, en tristeza infinita; cuando siempre soñaste con el Paraíso. Qué dichoso el ser que pueda decir, aunque sea por un instante, yo viví el principio y el final de mi cuento de hadas. SAN VALENTÍN 2016 __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 6 de 66 Beatriz Cáceres, nació en Andalucía pero reside desde la infancia en Santa Pola (Alicante). Sintiendo la necesidad de expresarse mediante las letras, desde 2011 gestiona su blog personal EL PLACER DE DIVAGAR (www.mipanty.blogspot.com) donde hace público numerosos poemas y relatos cortos, muchos de ellos participes de concursos literarios tanto nacionales como internacionales. Publica su primera obra escrita en el año 2012, El Placer de Divagar (edit. Palibrio) integrada por parte de los poemas y relatos cortos extraídos de su blog. Con la novela LA SOMBRA DEL SECRETO. EL ARCANO, da el salto definitivo a la narrativa policiaca y thriller psicológico. Actualmente en pleno desarrollo de su 3º libro. MÁS ALLÁ DE TODO... Y de repente se vio allí delante de la puerta. Casi no había notado como sus pasos la habían llevado hasta ese lugar. El peso del pasado caía sobre sus hombros repartido en las pequeñas gotas de lluvia, ínfimas huellas mojadas impregnadas de dolor. Era una fría mañana de noviembre. El cielo estaba surcado de plomizas nubes que liberaban el agua con generosidad. El pueblo parecía haberse quedado anclado en el tiempo. Los adoquines del suelo permanecían allí como eternos invitados de piedra. Le parecía que por sus entresijos seguía creciendo el mismo musgo que la vio nacer. Treinta años es mucho tiempo, pero apenas se notaba su transcurso en esa atmósfera húmeda. Sintió una pequeña punzada en el pecho al volver a respirar sus calles. Éstas estaban desérticas, parecía que la vida se encontraba en el interior de cada ventana como si de peceras se tratara. Paseó la mirada hacia ambos lados mientras buscaba la llave en el interior del bolsillo de su abrigo. Sentía tanto frío, cada respiración formaba un pequeño velo al salir de sus labios. Cogió la llave y la sostuvo un instante sobre su palma, incluso a través del guante podía percibir la frialdad del metal. Era una llave redonda y hueca con forma de arco en su punta. Sus ojos miraron la puerta. La madera estaba agrietada prácticamente en su totalidad. Apenas se podía vislumbrar su color verde, que en otros tiempos, brillaba como barnizada con laca. La mirilla era una pequeña ventanita situada justo en su centro, con el pasar de los años parecía que se había integrado totalmente en ella, como si nunca hubiera podido ser abierta. Una sonrisa se dibujó en sus labios, por un momento a su mente llegó el recuerdo de ella misma cuando no era más que una niña y tenía que utilizar una banqueta para poder acceder a ella. Soltó la maleta suspirando. Sabía lo que representaba abrirla. Era como abrir su caja de Pandora particular. Con un suave ademán, inclinó un poco la cabeza hacia atrás porque necesitaba relajar los músculos del cuello por un instante, antes de coger la llave entre sus dedos, para introducirla en la cerradura. La oscuridad se mostró sin barreras ante sus ojos. Tuvo que esperar unos segundos para habituarse a ella. Apoyó la maleta en la puerta y con pasos inseguros, casi a tientas fue dando pasos cortos y vacilantes hacia donde ella recordaba que estaba la ventana. Con la yema de los dedos la recorrió buscando el pequeño pestillo para poder abrirla. Lo levantó y al separar sus dos alas, ante sus ojos asomó una realidad fantasmagórica: el polvo acumulado por los años reinaba en el espacio. Todos los muebles estaban tapados por polvorientas telas que dejaban entrever la silueta de lo que intentaban ocultar. Se giró y se dirigió hacia la puerta del patio interior de la casa. Corrió la cortina que la cobijaba y la __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 7 de 66 abrió. La fría humedad de la mañana le golpeó de nuevo la cara. Se paró justo en el centro. Era cuadrado, tenía una superficie de unos doscientos metros porque su abuelo en su momento le añadió terreno, llevado por el amor que sentía por su abuela. Ella pasaba un día tras otro las horas muertas allí. Sonrió al observar que el limonero seguía todavía de pie en su esquina. Ahora daba aspecto casi de desvencijado, pero podía recordar como brillaban sus hojas y regalaba ufano el perfume de azahar, recorriendo éste cada rincón de la casa. La mala hierba proliferaba por cada rincón, casi le llegaba a la altura de las rodillas. No podía contar la cantidad de macetas ahora vacías, pero en su momento pletóricas de color. La hiedra seguía creciendo por la pared, parecía que trepaba desde el suelo en dirección al cielo, como queriendo escapar de sus propias raíces. Resignada, encogió los hombros. Había mucho que hacer en ese lugar, pero necesitaba hacerlo. Volvió sobre sus pasos y se dirigió hacía su bolso. Necesitaba la mascarilla, no podía exponerse a coger una infección. La cogió, se la puso y empezó a caminar por las habitaciones de la casa abriendo todas las ventanas que encontró. Y la vida pareció despertar de su letargo, retiró todas las telas y las llevó al centro del jardín. Recorrió cada rincón buscando fotografías y seleccionó, sin dudar, esas concretamente. Arrastró como pudo un barreño grande que encontró casi oculto entre las hierbas y lo colocó justo en el centro, donde no pudiera rozar nada. Introdujo las telas y se quitó la máscara. Necesitaba poder mirar bien esas fotografías antes de tirarlas encima del pequeño montículo de tela. Una tras otra desfilaron ante sus ojos. No quería dejar constancia de que alguna vez, esa persona había formado parte de su vida. Necesitaba intentar borrarla. El simple hecho que de su imagen atrapada en papel pudiera devolverle la sonrisa le repugnaba. Nunca había sido muy buena encendiendo fuego, pero milagrosamente éste mordía oxigeno con verdadera rabia, haciendo crecer las llamas con rapidez. Caminó unos pasos atrás y se quedó quieta allí de pie, como hipnotizada. -Sigues hermosa.- el sonido de esa voz la devolvió a la realidad. Se giró para ver a un hombre apoyado en el marco de la puerta. Lo que una vez fueron cabellos oscuros como la noche hoy asomaban entre mechones blancos de luna. Su mirada se detuvo en sus ojos. Aquellos ojos le transportaron a unos recuerdos que ella guardaba como un tesoro. - Hola, no sabía que estabas ahí. ¡Cuánto tiempo sin verte! - le contestó intentando que su voz pareciera normal. Notaba latir cada vez más deprisa a su corazón. -Creo que pierdes el tiempo. El fuego no borra pesadillas.- Tienes razón, no… no las borra. Pero me siento mejor reduciéndolas a cenizas.- Las palabras salían atropelladas por su boca. En un intento de disimular su nerviosismo se giró de nuevo, observando casi sin parpadear las llamas. - Me alegra verte, de verdad. ¿Te piensas quedar? - A mí también. - le contestó con una sonrisa tímida. - Si, me quedo. Siento que no tengo que estar en otro lugar, que éste es mi sitio. Carlos caminó lentamente hasta ponerse a su lado. Todavía seguía manteniendo la misma altura. Ella casi le llegaba a los hombros. Permaneció quieto y callado observando el fuego. Una pequeña columna de humo gris se levantaba hacia el cielo, parecía querer liberar los segundos de vida atrapados en aquellas fotografías queriéndolas dejar a merced del viento. Sus pequeñas partículas simulaban danzar una sinfonía inexistente. - Todos estos años sin tener noticia tuyas. Nada. prosiguió hablando todavía sin mirarla. - ¿Has sido feliz? - Sí, no puedo quejarme. Me casé con un hombre que me amó hasta que murió. No he tenido hijos. No es algo que me apene, simplemente resultó de esta manera. Luché muchísimo por encontrar mi camino - puntualizó ella. - ¿Y tú? – al preguntar le buscó directamente los ojos. - Yo… no, no me casé. Si es eso lo que quieres saber. Pero he amado… si, alguna vez he amado. Al contestarle su mirada estaba otra vez fija en la pequeña hoguera. - He retenido tu imagen debajo de aquél paraguas todos estos años. - su voz sonó ronca por la emoción. Se giró y la cogió por los hombros. Todavía no entiendo por qué no quisiste que me marchara contigo. - Su mirada recorría los rasgos __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 8 de 66 de Isabel como queriendo obtener de ellos la respuesta. - Aquella mañana te llevaste contigo mucho de mí al subir a ese autobús. No he podido secarme la sensación de humedad que me dejó esa fina lluvia. Es muy duro decir adiós. - Yo... - Isabel agachó la cabeza, tenía que conseguir controlarse. - Carlos no podías venir. No te podía amar si antes no me amaba a mí misma. Era necesario que me marchara, aunque eso significase dejarte atrás. Carlos le sujetó la barbilla y la levantó con suavidad. Clavó sus ojos en los de ella, buscando su propio reflejo. Los ojos de Isabel eran oscuros, profundos trozos de noche atrapados en el interior de sus córneas. - ¿Por qué has vuelto? – la pregunta hizo eco en el interior del pequeño patio. Nada más decirlo Carlos la soltó y centró su atención de nuevo en la pequeña hoguera. - Estoy enferma… - ¿Qué te pasa? - su tono de voz había cambiado al hacerle la pregunta. - Acabo de superar un cáncer. No, no me mires así. Odio que todas las personas que saben lo que tengo me miren de esa manera. - Le insistió Isabel levantando momentáneamente la voz. - Mira… yo no esperaba verte. Pensé que estarías felizmente casado y que tendrías una vida plena. No quiero tu compasión. Estoy perfectamente. He venido porque cuando te enfrentas a una enfermedad tan devastadora te encaras a la vez a ti misma, a todos tus miedos. El tratamiento ha sido largo y agotador. Es una enfermedad contradictoria, puesto que luchas para ganar tiempo y en esa lucha parece que tienes todo el tiempo del mundo. Con tantas horas de quimio tienes tiempo de pensar. Y de repente un día me di cuenta de que no quería morir sintiendo rencor. Con tantos calmantes ya no conseguía recordar si mi padre, mi propio padre, había hecho de verdad lo que hizo o que todo simplemente había sido un mal sueño. El hecho es que me vi en la fría habitación de un hospital y mi corazón sintió que era momento de volver a casa, nada más. ¡Y aquí estoy! - al decir esto levantó los brazos inconscientemente. Carlos caminó hacia ella y la abrazó. Metió la cara entre su cabello para poder respirar su aroma. Sintió que le trasportaba al mismo cielo, que era capaz de oler el bello vuelo de un pájaro. -He pasado la vida amando a un recuerdo. No tienes idea de lo que he llegado a sentir bajo mi piel. No tienes ni idea. - insistió susurrándole al oído. Isabel tenía la cara apoyada en su hombro. No quería llorar pero las lágrimas insistían en manar de su lagrimal. - No entiendo cómo puedes quererme. Ni siquiera soy la misma persona. - le hablaba con los ojos cerrados. - El corazón no entiende de razones, ni me molesto en buscar una explicación – le contestó Carlos apretándola un poco más a su pecho. Permanecieron abrazados. Delante de ellos la pequeña hoguera empezaba a agonizar reduciéndose prácticamente a cenizas. El cielo se había vuelto si cabe un poco más oscuro. Entonces, en mitad del silencio empezaron a caer pequeños copos de nieve. -¿Vamos? - le preguntó Carlos mientras la soltaba, alargando la mano hacia ella. Isabel miró la mano y sonrió. Sintió que por fin el miedo había desaparecido de su vida, a la vez que un fuerte latido, casi salvaje, le recorría el pecho. -¡Dios! ¡Cómo le deseo! – __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 9 de 66 Me llamo Fernando Domínguez y vivo en Alcorcón. Estudié bachillerato con los Hnos. Maristas, en Toledo de donde procedo, a ellos les debo el amor por la lectura. Uno de mis libros favoritos fue el Quijote y las novelas de aventuras. Julio Verne, Salgari etc. Equivocadamente al igual que muchos chicos de mi generación, colgamos los libros de texto, para meternos de cabeza en el mundo del trabajo. A lo hecho, pecho.-como dice el refrán-. Me pesará siempre no haber estudiado una carrera. Me gusta escribir y soy un entusiasta lector. Al menos los libros, consiguieron que la rutina, no acabara con la ilusión que he mantenido durante toda la vida, escribir. Actualmente, ya jubilado, cuando el tiempo en teoría es nuestro…he retomado mi auténtica vocación frustrada aparcada durante demasiados años. Ante una página en blanco rejuvenecí rememorando vivencias y situaciones que al narrarlas me daban vida. Las responsabilidades familiares que nos condicionan, nos marca el camino aplastando las ilusiones a golpe de realidad. Tal vez ahora sea mi momento y no quiero dejar pasar esta oportunidad que me brinda esta Asociación de Alfareros del lenguaje. No todos los seres humanos, tienen la suerte impagable de compartir unas horas, con unos geniales compañeros unidos por el mundo mágico de las palabras. PLAZA PEQUEÑA Cada vez que paseo por mi pequeña plaza, me devuelve a mis raíces. Por estos adoquines en los que ahora voy dejando mi huella, pienso en las personas que me precedieron paseando por este lugar tan entrañable, consumiendo su tiempo en el devenir de siglos. No tiene historia, nada reseñable que invite al viajero a desear volver, por no tener, creo que ni si quiera le dieron nombre. Cierro los ojos y la imaginación me lleva de la mano a la entrada del portón de piedra con un escudo nobiliario. En el interior los caballos esperan turno para que el herrador les arregle los cascos o les ponga herraduras nuevas. Puedo ver al hombre con su mandilón de cuero, sujetando la pata del caballo, que espera a que el experto le coloque el calzado nuevo. Escucha la voz del dueño, que suavemente le habla al animal. —Caballoo y consigue abortar un atisbo de impaciencia, acariciando su testuz. Son las nueve de la mañana, aspiro intensamente el olor de mi pequeña plaza rememorando viejos perfumes de mi niñez. Desayuno en “el Sotanillo”, un bar que desafiando los nuevos tiempos , permanece fiel a sus costumbres , sirviendo café de puchero que mantienen calentito sobre brasas de carbón . Toda una gloriosa estirpe de taberneros, que con sus asados y postres, conquistaron los paladares más exigentes .Dicen. que Alfonso VI en alguna ocasión ,compartió mesa y mantel con caballeros de su corte . El panadero es quien primero inicia la jornada, utiliza unos potentes ventiladores que expanden los olores inconfundibles de la hornada de pan, bollos y magdalenas. Paladeo mi café de puchero y muerdo goloso una magdalena recién salida del horno .Estoy sentado en una silla con respaldo de cuero, a la entrada del bar decorado con utensilios de la época medieval, al fondo una chimenea de piedra da calor y color al comedor. Desde mi observatorio, contemplo a la linda parejita de octogenarios que tomados de la mano, avanzan lentamente adoptando toda clase de precauciones. El ataviado con anorak de color rojo, gorra de marinero, jersey de cuello alto y un pañuelo al cuello de lunares de diferente colorido. Ella tocada con una pamela blanca, vestido negro que le llega a los tobillos y calzada con botines de tacón alto, parece mirar desafiante libre de perjuicios a las miradas indiscretas que suscita a su paso. Torpemente con movimiento tembloroso de sus manos, intenta despojarse de las prendas, pero la mujer dulcemente desabotona el anorak y le despoja del resto de la ropa de abrigo . __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 10 de 66 Ambos permanecen en pie, hasta que el caballero acerca la silla a su dama y espera a la acostumbrada supervisión de ella. Le besa en la mano y susurra algo, que arranca la sonrisa de su amada. No he podido evitarlo, se me han humedecido los ojos. Lentamente como buen degustador de café, bebo sorbo a sorbo, disfrutando del momento y suspiro. La vida está llena de instantes, pasa tan rápido que se debería vivir intensamente, segundo a segundo, sorbo a sorbo, para que no se nos atragante el camino. Veo al dependiente del Damasquino, provisto de su hilo de oro, golpeando con un pequeño martillo, incrustándolo milimétricamente en la pulsera o la joya que corresponda. Los dibujos y filigranas aprendidos desde niño, convierten el metal chapado en oro, en auténtica joya de arte . Nada ni nadie consiguen que el martillo deje de golpear, la perfecta comunión entre el artesano y el yunque, es casi reverencial. Un ciego anima a voz en grito, que solo le queda un cupón, pero “milagrosamente” siempre hay más guardados. --El ultimo, mañana sale, la suerte, la suerte. Consulto el reloj, que implacable me indica que es hora de partir. Instantes después, la entrañable plaza pequeñita, se quedará suspendida en el espacio, rescatada de su lugar cuando vuelva a mi tierra y me pierda por sus calles y plazas. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 11 de 66 Rafael Gálvez Olmo nace en Madrid en 1940. En el 55 trabaja ya para una Agencia de Publicidad en la que llega a ser uno de sus creativos gráficos durante más de cuarenta años. En el 58 le hacen su primera entrevista y ve publicado su primer relato en una revista “de academia”. Escribió desde muy joven y, motivado por esa inquietud se ha relacionado toda su vida con otros amantes de la literatura, por lo que le llevó a ingresar en la recién creada Agrupación Hispana de Escritores, donde fue director técnico de la publicación “Autores Lectores”, que él mismo confeccionó y modernizó durante el tiempo que perteneció a ella, publicando varios relatos (con seudónimo de Sinhué), en dicha revista, a finales de los 60 y principios de los 70. Un largo período de intenso trabajo en su profesión de creativo publicitario, le apartó del mundo literario, aunque no dejó de escribir hasta que, llegado su “relax laboral”, contactó con un grupo de jóvenes escritores con los que creó “La Voz de Ondarreta”, un periódico local (en Alcorcón), de una calidad literaria excepcional, pero de una vida muy efímera por cuestiones muy largas de exponer. Más estos mismos autores (amigos), deseaban seguir juntos escribiendo, culminando con la fundación de la ASOCIACIÓN CULTURAL-EDITORIAL VERBO AZUL, (en Alcorcón). Ha publicado diversos artículos y relatos en periódicos provinciales, y varios libros y relatos cortos en las diversas publicaciones de esta Editorial. Ha recibido varios premios literarios, así como en arte gráfico y fotografía. PIENSA... PIENSA... Estás nervioso; paseas (saltas) de un lado a otro de la habitación en donde te encuentras y alzas la mirada, por enésima vez, hacia la lámpara que ilumina y adorna el familiar recinto que siempre te ha servido de solaz y descanso... y ahora de puro nervio que no puedes disimular y el que te zarandea de un lado a otro de la sala sin poder controlarte. Le atizas una patada a la banqueta reposa pies que tienes al lado de “tu” sillón; lo rodeas y te aproximas al ventanal donde la persiana se encuentra a la mitad de su recorrido. Tiras de la cinta con premura, con el mismo nervio que llevas dentro de ti desde hace tantas horas, comprobando que, allá en el horizonte, está rasgando, con delicadeza, unas ráfagas luminosas de lo que será la luz de un nuevo día. Sí, porque este día tiene que ser luminoso, tiene que ser la más grande luz de todos los tiempos, pero mientras llega, tú no puedes más, y paseas, y te golpeas la palma izquierda con el puño cerrado de tu mano derecha... y la tienes ya amoratada pero ni la ves, ni la sientes, ni te importa... Regresas hacia la puerta que te separa de la habitación donde se desarrolla el acontecimiento que aguardas... pegas un gran pisotón y vuelves hacia el ventanal. El sol ya se pavonea con aires de triunfador... Siempre te han encantado los amaneceres contemplados desde este rincón tan acogedor. El ruido de una puerta al abrirse interrumpe el ensueño. Te vuelves y, si en este momento no te da un infarto, ya no te lo dará nunca. Tus manos han quedado quietas, paralizadas en una perdida acción, con las palmas abiertas y los dedos lacios. La verdad es que pareces un bobo, pero es comprensible, en el mismo dintel de la puerta, que aún no se ha cerrado, se encuentra una joven vestida de blanco (¿un ángel?) que sonríe y muestra un envoltorio que lleva en sus brazos. –Es un niño... –Dice. Nada; no has oído nada. Llevas horas preparándote (mal) para una situación así y, cuando llega el momento, ni te enteras ni sabes en donde te encuentras, pero un llanto te da pie para centrarte y entender lo que estabas esperando. Te abalanzas sobre la enfermera y le arrebatas la criatura que te está ofreciendo, mientras gritas con gran alborozo: –¡Mi hijo! –Lo aprietas en fuerte abrazo contra tu pecho... Lo besuqueas sin medida... El niño, cosa natural, se siente afectado y arrecia en su llanto. Tú ni le escuchas. Saltas y brincas y bailas con la criatura. El bebé se cubre con las manos como defensa de ataque tan descontrolado, pero tú insistes en el baboseo, le muerdes los deditos, con cariño, eso sí, una y otra vez, mientras por tus mejillas ruedan __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 12 de 66 lágrimas de felicidad y de tu boca salen quejidos que se traducen como: –¡Mi hijo! ¡Es mi hijo! –Y amplías arrumacos y brincos festejando al niño. Vuelves, por un momento, a la realidad que habías perdido cuando escuchas una voz que te asevera: –Sí, es un niño... Miras a la mujer, que está frente a ti, fuera de contexto, y la olvidas al momento centrándote en tu criatura, mientras exclamas a la par que continuas las caricias: –¡Niño, claro!... ¡Tenía que serlo!... ¡Será todo un hombre!... –E insistes en tus apretujones con riesgo de romperle alguno de sus tiernos huesecillos. –¡Mi hijo! ¡Mi hijo! –No te cansas de repetir una y otra vez. La enfermera, que no deja de seguirte en los paseos, con una mirada entre jocosa y asustada, te interrumpe, comentando: –Déjelo ya; lo va a destrozar. Sigues sin escucharla, pero, mientras muerdes los deditos de los pies de la criatura, se te enciende una luz y una pregunta aflora a tus labios: –¿Y ella? ¿Cómo está ella? –Está bien –dice tranquilizadora–. Ya estará despierta y deseando ver a su niño, ¿a qué espera para llevárselo a sus brazos? Con pasos temblorosos, enfebrecido y alterados todos tus nervios, avanzas hacia la puerta que, tras un pasillo, te llevará a la habitación de la primeriza madre. Ya en la habitación, el doctor parece concluir su labor pero ni te fijas en él. Tu mirada está en la mujer que descansa sobre una gran cama de matrimonio y que te mira con cálidos ojos y una amplia sonrisa mientras te extiende los brazos pidiéndote la criatura. En sus ojos se reflejan las primeras luces del amanecer de un nuevo día y una plena felicidad cuando tú te acercas y depositas, delicadamente, al niño entre sus brazos. Vuestras miradas se cruzan y comunican amor como nunca se podría describir con palabras. Ella sólo pronuncia una: –Miguel... Con esta ha transmitido todo un universo de amor y entrega hacia el padre de su hijo. Tú también comunicas en tu mirada la gratitud y adoración por el hijo que te ha dado. Te llevas la cuchara a la boca con deleite y amplia sonrisa, la que hace algún tiempo te acompaña siempre cuando contemplas a tu hijo que come, ayudado por su madre, que le acerca la cucharilla, con la comida, hasta los labios del niño. Estás satisfecho de la vida; de tu vida, de los tuyos a los que amas... de todo lo que se encuentra a tu alrededor. Contemplas el salón en donde estáis, amplio, iluminado gracias a dos esquinazos de acristalados ventanales que dan paso a una hermosa terraza desde donde se observan las nevadas montañas de una cercana sierra, en invierno, y hermosos atardeceres durante todo el año, y agradeces a Dios por toda la riqueza y belleza que rematas y completas con la bendita criatura, a la que vuelves la mirada y que, ya con cuatro años, te sigue ofreciendo la mayor alegría de tu existencia. Miras a la madre y le envías un beso mudo. Te parecen ver sus ojos brillantes por alguna lágrima. Piensas que es lo más natural; tú también sientes esa emoción cuando te recreas en tu hijo. Diriges la mirada hacia él y te parece ver su sonrisa... le mandas otro beso, emocionado. Aún así despiertas de tu embrujamiento y, más para ti mismo que para tu mujer, musitas: –Siempre he creído que con cuatro años los niños ya comían solos... yo creo que le mimas demasiado y no le das ocasión para desarrollarse... y apenas le escucho ni le veo jugar... Cuando regreso del trabajo está durmiendo; tendré que buscar tiempo libre para estar con el niño. No entiendes cómo, de repente, la madre explota en un sollozo, se levanta de la silla, suelta el cubierto con el que alimentaba al niño y sale corriendo del salón con un desgarro en su garganta. Te incorporas tú también sin comprender nada; coges la cucharilla, la pasas por el plato de papilla y la medias; luego se la llevas a la boca del chavalín que a ti te parece que la abre y absorbe con satisfacción. –No sé qué le ocurre a tu madre... Cada día es más extraña... Come amor mío, come para hacerte grande que, entonces, estaremos siempre juntos. Ya verás lo bien que lo vamos a pasar. Sujetas la servilleta que oficia de babero y limpias los labios y morros de Miguelito de la papilla que le sale por la comisura de la boca... sin fijarte, una vez más, en la extraña mirada con que te corresponde, mudamente, la criatura. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 13 de 66 –Y ahora –añades, a tu aire, en tu mundo–, nos vamos a ir al parque tú y yo solos, mientras mamá se repone. Le bajas de la silla, le quitas el babero, le atusas un poco el pelo y sujetándole de la mano, tiras del niño sin darte cuenta que, prácticamente, le estás arrastrando, pues él no tiene ningún interés en ir a ninguna parte ni en dar un paso. Ya estáis en el parque. Le muestras una preciosa y singular cascada y fuente y le llevas a mojarse las manos. Se las secas al considerar que no le hace ninguna gracia y, cuando te vuelves para seguir el paseo, te encuentras a dos compañeros que parecen no haberte visto, pero les llamas: –¡Pedro! ¡Andrés! –y abres tu sonrisa de oreja a oreja. No observas la cara de fastidio que se dibuja en ambos y si lo notas, piensas que quizá llevan prisa. Aún así se acercan: –Buenos días, Miguel –saluda Andrés. –¡Hola muchachos! –Respondes sonriente y, sin más, añades–: ¡Mirad con quien vengo; es mi hijo! ¿Os he presentado a mi hijo? Los dos amigos se miran. El extraño gesto es aún más marcado. El que ha saludado se limita a mirarte en silencio mientras el otro dice poco amablemente: –¿Otra vez?... Parece que disfrutas restregándonoslo. ¿Es que no te das cuenta...? El compañero le mira asustado y compruebas cómo le da un codazo en la cadera para interrumpir sus palabras. Este se queja, gruñe, le increpa por lo bajo y se da media vuelta, pasando de aquel encuentro, mientras se encoge de hombros como disculpándose de su larga lengua. Tu cara se transfigura. Intuyes que algo no va bien. En segundos cien imágenes, reflejos de situaciones extrañas... y una pregunta final, a reventar... aunque presientes saber la respuesta: –¿De qué tengo que darme cuenta?... –Y en un relámpago se te enciende la luz y lo ves... lo comprendes. Pero por si no tienes una aseveración a tu duda, Pedro, que te daba la espalda, se vuelve, te mira fijamente, levanta luego la cabeza y los brazos, mirando al cielo en rogativa de luz y comprensión, pone los ojos en blanco, lanza un suspiro profundo de desesperación y baja la cabeza y los brazos, de golpe, y mirándote fijamente, te espeta: –¡Que tu hijo es subnormal!...¡Es tonto!... ¿Es que no te has enterado?... –Dichas estas palabras el hombre, brusca-mente, da media vuelta y se aleja de allí. Andrés, mientras, ha observado con el rostro compungido la dramática situación. No tiene voz, mientras de aleja, para decir: –Adiós Miguel. Tu mirada, tu rostro... una interrogante, una duda viva... No sigues la marcha de tus amigos, no; se te ha fijado la mirada donde momentos antes estuvieran y levantaran la horrible aseveración sobre una certidumbre que nunca deseaste conocer. Aprietas labios y dientes, aspiras todo lo que tus pulmones pueden almacenar, lanzas rayos por tus ojos... y terminas bajando la mirada para contemplar la perdida y bobalicona cara de tu hijo. Tus manos se agarrotan sobre los hombros de la criatura. Le clavas los dedos con fiereza. Tu hijo te mira, pero, además de no aparentar molestia alguna, tampoco da muestras de conocimiento y sus brazos caen, desmayadamente, a lo largo de su cuerpo, ajeno al mundo en que se encuentra. Una mirada rápida, instantánea, fugaz... y en cuestión de segundos tu rostro se transforma y tus ojos reflejan furia... después desprecio... odio. Con los ojos llameantes abres la boca y sueltas una blasfemia; zarandeas brutalmente al niño y le gritas: –¡Di algo! No aguardas contestación, lo sabes, más, a pesar de ello te exasperas e insistes en tu exigencia: –¡Di algo! ¡Algo!... ¡Habla! Comes en silencio y con la cabeza inclinada, obsesionado con tu plato. No necesitas mirar para saber que a tu derecha está tu hijo y, a su lado, tu esposa. Presientes que ella le abraza por el hombro con su brazo izquierdo mientras, con la mano derecha, le lleva el alimento a la criatura. No dudas que, sobre la adornada mesa, se encuentra, además de las viandas alimenticias, un hermoso florero de cristal con una docena de rosas blancas. Pero todo te importa una mierda. Tu mundo y tus ilusiones se han roto. Tu vida se ha acabado. Llevas muchas noches sin pegar ojo y eso se te refleja en tu cara. Te has aviejado y tu mal humor ya no lo aguanta nadie. Estás a punto de perder tu trabajo perfecto, a tu esposa y amigos... Todo tu mundo __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 14 de 66 se ha derrumbado. Sólo se mantiene en pié el causante de tu desgracia... tu hijo... ¿Tu hijo?... ¡no! ¡eso no puede ser hijo tuyo!..., y si no lo es ¿qué pintas tú manteniendo a una criatura de tan mala sangre...? Tienes que encontrar una solución... una solución... Ahora, en tu despacho, sigues perdido, no, buscando, tratando de encontrar esa flecha que te lleve al final del laberinto que te muestre una luz... Entre los dedos sujetas una pluma que descansa su dorada punta sobre una hoja de papel a medio escribir. Debes seguir, pero tu mente se ha quedado en blanco; has dejado a medias lo escrito y tu mirada se pierde sobre la pared de enfrente, mientras machaqueas, una y otra vez, la deficiencia de tu hijo bastardo... No Miguel, no; no te engañes. Hace diez días te han confirmado que es tu hijo, que es tu propia sangre; que tiene una deficiencia mental por diferentes causas imposibles de diagnosticar... posiblemente, la herencia sanguínea sea la más probable... y que no se tienen conocimientos precisos para la curación de esa enfermedad tan funesta. –Esta es la realidad, Miguel, –recuerdas las palabras del especialista en enfermedades mentales–. Lo que tiene tu hijo es algo a lo que aún no se ha encontrado tratamiento. No tiene razón de ser, pero existe... y aún no tenemos forma de curarlo... sólo Dios podría echar una mano... ¡Sólo Dios! ¡Sólo Dios!... Pegas un puñetazo sobre la mesa y decides que si no lo hace Dios lo harás tú mismo. Sueltas la pluma, tiras todos los papeles al suelo, te levantas airado y sales del despacho. Son las dos de la madrugada. En la cama. No duermes y mantienes tus ojos abiertos pero no están mirando nada. Tu brazo izquierdo se esconde bajo tu cuello mientras que el derecho lo mantienes extendido hacia el exterior del lecho. Entre dos dedos sujetas un cigarrillo que humea y que te llevas a los labios de vez en cuando. Sigues buscando, entre las volutas de humo que exhalas, una solución para recuperar tu vida. El rebullir de tu mujer, a tu lado te muestra una certidumbre, la de que no existe comunicación entre vosotros; ya no hay amor... y toda la culpa la tiene Miguelito. “No hay más remedio –murmuras–, mientras él esté aquí la felicidad habrá huido de este hogar”. Nuevamente estáis en el parque Miguelín y tú. Todo lo tienes planeado al minuto. La cuestión es sincronizar tiempo y momento. El cielo resplandece de azul iluminado por un sol deslumbrante que da calor a las plantas y a las aves que agradecen, con su piar, la agradable temperatura después de un cambiante y crudo invierno. Sí, este día está señalado para tu liberación, Miguel. Tienes que aprovecharlo; para ello, siguiendo tu plan, te encuentras sentado en un banco de piedra, en el parque, al borde de la calzada del paseo de coches. Mantienes, entre tus manos, un periódico que sólo te sirve para escudar tus pensamientos y tus deseos... pero no por ello quitas ojo a Miguelito, a cuatro metros de ti, al que llevas enviando, de rato en rato, una hermosa pelota para que valla a buscarla y te la traiga para repetir de nuevo el juego. Igual que a un perrito amaestrado, (sonríes con triste mueca). Llevas muchos días ensayándolo en tu propio hogar en donde el niño pareció responder a ese impulso. Desde tu situación controlas el semáforo que regula el movimiento de los vehículos de un lado a otro de la calzada. Tienes milimetrado los minutos de duración permisiva para estos y los peatones. Ahora te parece un buen momento. –¡Cójela, Miguelito! –Gritas. Y lanzas la pelota con la mala intención de que llegue a la calzada. Allá, a la distancia justa y el tiempo cronometrado, el disco se ha puesto verde para los vehículos. Te sumes en el periódico y pasas de los movimientos de tu hijo. Los motores de los coches aumentan su estruendo. Se están acercando. Un claxon, ensordecedor, casi encima, te hace despertar. Miras al niño que está al borde de la acera, iniciando su paso a la calzada... –¡Miguelito! ¡No! ¡El coche! ¡El coche! Te incorporas de un salto y en dos zancadas llegas a la carretera donde ya se encuentra Miguelín. Lo agarras del brazo y tiras de él. Un coche, aunque no a excesiva velocidad, pasa peligrosamente cerca. Abrazas al niño con fuerza mientras gritas y lloras de alegría y dolor: –¡Miguelito, hijo; perdóname! ¡Perdóname! ¡Te quiero tanto! “Padre nuestro que estás en los cielos...” –Le rezas al Cristo crucificado y le pides lo más grande del mundo... una nueva creación, un milagro para que tu hijo tome nueva vida y abra su mente–... “Dios mío te lo pido por la criatura; que logre disfrutar de las maravillas que has creado y no sabe vivirlas... Ayúdale; ayúdame a mí también... dime qué puedo hacer...” __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 31 Página 15 de 66 Te encuentras, de rodillas, en el tercer banco del templo al que acudes los domingos con la familia. Tus codos se apoyan sobre el respaldo del anterior y tu cara se esconde entre las manos mientras rezas y lloras en silencio. Levantas la mirada hacia el fondo del altar donde preside una gran cruz de madera en la que se encuentra, crucificado, Jesús, el Hijo de Dios, al que no cesas de rogar por tu propio hijo enfermo. Las lágrimas empañan tus ojos, y, por un momento, te parece ver cómo el crucificado mueve los labios y unas palabras que se graban en tu mente. “Piensa, Miguel, piensa...” Miras a un lado y otro, sorprendido, pero en el templo no hay feligreses en ese momento y, lentamente, con temor y duda, vuelves la cabeza hacia el altar... hacia el Cristo. Tu corazón da un brinco de gozo. Sabes que ha sido Él quien te ha enviado el mensaje y que has entendido perfectamente. –¡Gracias Dios mío! –Dices, precipitadamente del lugar sagrado. y sales mamá. Desde allí se ven muchas más cosas bonitas. Mira hijo, ese resplandor del cielo, bueno, no mires, es el sol. Nos calienta y da luz. Por las noches se esconde tras aquellas montañas y es cuando el día se oscurece y lo llamamos noche, lo que aprovechamos para dormir hasta que vuelve el sol iluminando un nuevo día, porque a ese ciclo lo llamamos días. Hoy es martes y día quince del mes de junio... –Hoy se ha reído con los dibujos animados que le he puesto. –Comenta tu mujer al regreso de tu trabajo–. Y me ha costado un poco retirarlo de la tele... –Mamá, papá, tú... y estas son flores y los más altos se llaman árboles y, como ves, tienen muchas ramas; una, dos, tres... allí hay más niños, como tú, jugando... y eso que corre tanto, se llaman coches. Tienes que tener cuidado con ellos pues pueden hacerte pupa. –Esto es arena y se llama playa y eso de ahí, agua, y como hace mucho calor nos vamos a meter en ella, mamá, papá y tú a jugar con las olas, verás que diver... El otoño había sido crudo dando paso a un invierno cruento. Llegas a casa, te sacudes unos copos de nieve que brillan sobre tu abrigo oscuro, te lo quitas y lo cuelgas en el perchero del recibidor. De pronto te parece escuchar unos pasos, a la carrera. Por el pasillo que lleva al salón viene corriendo tu pequeña criatura. Tras él la madre le observa llorosa. El niño se te acerca agitando en su mano un papel: –¡Mira, mamá, papá y tú! –Grita, mientras ha ido señalando con su dedo a la madre, a ti y a sí mismo con el índice clavado en su tierno pecho. Levantas la mirada y la cruzas con tu mujer que mueve la cabeza asintiendo. Miras a tu hijo, lo alzas en brazos, lo besuqueas y fijas los ojos en lo que te muestra: Sentado en un suntuoso sillón reposas las manos sobre los hombros de Miguelín dándole suaves masajes. El niño te mira y parece complacido por tus caricias, pero no dice nada. –Vamos Miguelito, yo sé que tú puedes pensar por ti mismo. En estas dos semanas ya has aprendido muchas palabras: Mamá, que está detrás de ti, mírala. Papá, que soy yo... y tú. – Mientras le hablas le mueves de izquierda a derecha y le señalas objetos que vas nombrando–. Ahora salgamos a la terraza con __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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