Casual

 

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A sus 41 años, David, director de un conocido hotel ovetense, soltero, con un físico y un aspecto muy cuidado, trabajador incansable y juerguista a partes iguales, acumula un buen historial de relaciones varias con el sexo opuesto...

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Daniel García Casual

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Casual Septem Littera Primera edición: diciembre, 2015 © 2015 Daniel García © de esta edición: Septem Ediciones, S.L., Oviedo, 2015 e-mail: info@septemediciones.com www.septemediciones.com Blog: www.septemediciones.es También en Facebook, Linkedin y Twitter. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin previo permiso escrito del editor. Derechos exclusivos reservados para todo el mundo. El Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO) vela por el respeto de los citados derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. La editorial no se hace responsable, en ningún caso, de las opiniones expresadas por el autor. La editorial no tiene obligación legal alguna de verificar ni la veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de los datos incluidos en el texto, por lo que carece de responsabilidad ante los posibles daños y perjuicios de toda naturaleza que pudieran derivarse de la utilización de aquéllos o que puedan deberse a la posible ilicitud, carácter lesivo, falta de veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de la información proporcionada. Diseño y Compaginación: M&R Studio ISBN: 978-84-15279-94-5 D. L.: AS-03704-2015 Impreso en España

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A Marisa y María, las dos personas más importantes de mi vida y a las que más quiero. Gracias por ser parte de este sueño.

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“It’s so hard to get old without a cause I don’t want to perish like a fleeing horse Youth’s like diamonds in the sun And diamonds are forever”. “Forever young”, Alphaville. “Es tan difícil hacerse mayor sin una causa no quiero perecer como un caballo a la fuga la juventud es como un diamante bajo el sol y los diamantes son para siempre”. “Por siempre joven”, Alphaville.

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A parqué en la explanada que hay justo encima de la playa y me bajé del coche. Nada más hacerlo, el viento y el orbayu me azotaron en la cara y me devolvieron a la realidad, rescatándome de los recuerdos que me absorbían cada vez que llegaba a Tapia. El parte meteorológico no se había equivocado en absoluto, el día estaba muy desapacible y ya se empezaban a notar los primeros fríos de un invierno que asomaba sobre las montañas. Faltaba muy poco para la Navidad, apenas una semana. Los chalets cercanos, a través de sus ventanales, dejaban ver salones engalanados para la ocasión con el típico árbol, no menos adornado y embellecido con la tradicional parafernalia. El viento se empeñaba en jugar caprichosamente con las guirnaldas, las coronas y las luces que sus propietarios habían colocado en el exterior de las casas. La Navidad, tiempo de reunión y de reencuentro. Los estudiantes regresan a casa para alegría de sus familias, quienes trabajan fuera hacen lo imposible por pasar estas fechas en su hogar, aunque sea sólo un par de días. Claro, que también están las que podríamos llamar “las otras navidades”: las que pasan aquellos que, por un motivo u otro, no van a poder encontrarse con su gente. En mi caso, todo parecía indicar que iba a tener las dos navidades: por un lado, pasaría los buenos momentos con mi familia y todos mis colegas pero, por otro, tenía muy claro que echaría mucho de menos a Mónica, tal y como llevaba haciéndolo desde hacía más de año y medio, desde que se había ido lejos de Tapia a completar su formación y ya no había querido regresar, ¡ni siquiera por Navidad! Mientras descargaba mi tabla de surf y echaba un vistazo a la playa solitaria, no podía evitar sonreírme y pensar cómo habían cambiado mis costumbres por culpa de aquella mujer. No había una sola persona en la arena, nadie practicando deporte, ni tan siquiera un surfista aprovechando las magníficas olas que 9

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proporcionaba el viento reinante. Quizás era un poco temprano aún, o quizás es que había que estar un poco loco para meterse en el agua con aquel tiempo. Años atrás, ni me lo hubiese planteado, ¡qué coño!, ni siquiera me hubiera subido a una tabla. Pero entonces conocí a Mónica y, entre otras muchas cosas, ella también había cambiado eso en mí. Mónica me había advertido que el surf era altamente adictivo y no le faltaba razón. Pero además, a mí me ayudaba a desconectar de todo el jaleo que tenía encima, con la inminente inauguración de nuestro proyecto turístico, con las obras de los equipamientos que aún estaban pendientes, con la contratación y formación del personal y con la cabeza incesantemente pensando en ella. “¡Sí que hace frío!”, murmuré mientras me ajustaba el traje de neopreno. Posé la tabla en el suelo y, como no tenía ninguna prisa, me dispuse a darle una buena capa de parafina. De nuevo, los pensamientos machacándome la cabeza. ¿Tan mal lo había hecho? Estaba convencido de que había metido la pata hasta el fondo, pero también me rebelaba contra esa sensación, entendiendo que tenía derecho a poder explicarme, a que Mónica me escuchase, sólo unos minutos, y luego que tomase su decisión. Claro que, si tenía pensado explicarme, también lo podía haber hecho mucho antes. Ahora ya no había vuelta de hoja. Podía estar lamentándome para los restos o seguir con mi vida y tratar de olvidar que un día, por casualidad, me había reencontrado con aquella mujer maravillosa que había revolucionado todos mis planteamientos, que había hecho que me enamorase como nunca y a la que había dejado marchar de la manera más tonta y, lo que es peor, sin querer saber nada de mí, nunca más. Mientras descendía hacia la playa por el camino de tierra me detuve y dejé que me diese el aire. Respiré profundamente. ¡Cómo me encantaba el olor del viento húmedo de invierno! Un aroma a tierra y a monte mojado, mezclado con salitre. Abajo, las olas se estrellaban vigorosamente contra la arena, produciendo una abundante espuma que el viento se empeñaba en esparcir por toda la playa. Me arrodillé a un par de metros del agua y me quedé mirando al mar durante un buen rato. El sonido de las olas era menos estremecedor abajo porque no estaba tan amplificado por los acantilados. Seguía lloviendo, pero ahora también podía percibir en mi boca el sabor salado del agua del mar en suspensión, un mar que estaba muy enfadado, muy revuelto… Tanto como lo estaba yo hacía casi un par de años. Fue por aquella época cuando decidí que 10

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necesitaba un cambio de vida, cuando me planteé dejar el hotel y la empresa en la que llevaba trabajando los últimos años. Fue cuando, recogiendo mis cosas y haciendo limpieza, encontré aquella bolsa de plástico llena de recuerdos de mi niñez y mi juventud. Aquella bolsa culpable de que ahora yo estuviese allí, arrodillado, empapándome con la lluvia y las olas y sintiendo el viento marino golpearme en la cara. Me puse en pie, me ajusté el invento al tobillo derecho, y comencé a caminar hacia el agua. Mientras me iba metiendo, poco a poco, seguía recordando cómo había vuelto a Ortiguera, desde Oviedo, con la intención de descansar, y cómo, las diferentes situaciones se habían ido dando, para convertir aquellos dos últimos años en los más intensos de mi vida, en todos los aspectos de la misma: en lo laboral y, por supuesto, en lo personal. Y, por más que lo intentaba, no podía evitar pensar en todo ello cada vez que venía solo a esta playa. Habían pasado muchos meses pero, para mí, era como si hubiese ocurrido todo ayer mismo… 11

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I El recorrido estaba siendo mucho más agradable de lo que recordaba. La carretera había mejorado muchísimo, aunque sin el encanto de atravesar varias de las poblaciones costeras de la zona. Iba a llegar antes de lo esperado, quizá para la hora del vermú. Con un poco de suerte, podría empezar hoy mismo con mi propósito. Aún no sabía cómo había acabado en aquella situación. Esperaba haber tomado la decisión correcta y que las cosas no fuesen sólo fruto de una pataleta, de un calentón con consecuencias aún por descubrir. Habían sido doce años de trabajo en la misma empresa con un balance muy positivo. Pero no podía quitarme de la cabeza la sensación de que todo lo que había luchado hasta llegar a ocupar el puesto de director en el Hotel Continental de Oviedo había sido una pérdida de tiempo en mi vida. De todos modos, no podía venirme abajo. La decisión ya estaba tomada y punto. Lo había estado meditando durante semanas y siempre llegaba a la misma conclusión: había tocado techo en el hotel. Ya no me sentía inspirado. No me divertía trabajando. No me apetecía reinventarme, cada día, para poder sacar de la manga una nueva oferta, un evento diferente o una campaña publicitaria. Y, además, no estaba seguro de que todo ese esfuerzo estuviese siendo valorado en su justa medida. Los resultados actuales no estaban acompañando a mi gestión. En los últimos meses, algunos de los propietarios se mostraba un poco nervioso. Preguntaban mucho más de lo habitual. Se interesaban por cantidad de detalles sobre el funcionamiento diario del hotel y sobretodo, si esos detalles llevaban aparejado un gasto, por pequeño que fuese. No estaba acostumbrado a esa forma de trabajar, igual era culpa mía, pero cuando elegí un hotel independiente lo hice precisamente para huir del intervencionismo de las cadenas y sus mandos. Quería un hotel de cierto tamaño donde desarrollar mi 13

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