De Arthur H. Fellig a Leon Bernstein

 

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DE ARTHUR H. FELLIG A LEON BERNSTEIN 25 RELATOS CORTOS NEGRO SOBRE BLANCO

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De Arthur H. Fellig a Leon Bernstein 25 relatos cortos negro sobre blanco Alumnos del Bachillerato de Excelencia en Artes I.E.S. Delicias (Valladolid)

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A propósito de la exposición WEEGEE. The Famous Sala Municipal de Exposiciones de San Benito Del 4 de septiembre al 18 de octubre

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Soy perfeccionista. Cuando hago una foto... tiene que ser buena E nseñar Historia del Arte, ¿para qué? ¿Cómo? Esta pregunta, recurrente a lo largo de los años, aumenta su volumen cuando los cambios educativos afectan a la definición del propio temario, a quien lo imparte y a la metodología con la que se hace. La propuesta de este inicio de curso 2015-2016 intenta trabajar desde aspectos muy diversos y con una finalidad que podría parecer, en principio, alejada de la forma tradicional de enseñar Historia del Arte pero, si lo miramos desde una cierta perspectiva, no resulta tan descabellada. De Arthur H. Fellig a Leon Bernstein pretende ser el modelo de otras actividades que puedan realizarse a lo largo del curso; se ha diseñado atendiendo al siguiente esquema: a) Clases sobre teoría del arte. b) Documentación sobre el artista. c) Estudio de la película El ojo público (1992) de Howard Franklin. d) Visita a la exposición Weegee. The Famous en la sala de exposiciones San Benito. e) Redacción de una historia negra basada en alguna de las fotografías del artista. f) Lectura en clase de la narración. g) Creación de un documento con las redacciones que se colgará en el blog. La fotografía de noticias te enseña a pensar más rápido La elección del tema ha venido determinada por la oportunidad. Se trataba de hacerlo cuanto antes, debía afectar a diversas fuentes de información (clases magistrales, documentos escritos, films, contacto con la propia obra) y la programación de la exposición Weegee. The Famous nos ofrecía la ocasión propicia. Sobre qué cosa sea el arte, habíamos hablado más que suficiente en clase. Y no parece lógico que lo repitamos aquí. Una pequeña reflexión: hoy nadie duda que las fotografías de Weegee son arte; como tal se guardan en museos y colecciones y se exhiben en galerías. Poseen, además de su calidad expresiva, el marchamo de documento impagable de los claroscuros de una ciudad y una época que él supo recoger como nadie. Sin embargo, esto no estaba tan claro cuando las publicaba en los periódicos sensacionalistas. Lo que yo hago, lo puede hacer cualquiera El folleto proporcionado por la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid, nos facilitó la base documental imprescindible. Las frases en cursiva de esta introducción están sacadas de su dossier de prensa. Arthur H. Feelig (Weegee) tuvo una juventud complicada, como muchos otros inmigrantes de la Europa oriental en este caso Ucrania, y fue –en esencia- un fotógrafo autodidacta. Trabajó para una agencia de fotografías (Acme Newspicture) y en 1938, ya como freelance, poseía una radio conectada a la comisaría lo que le permitió llegar a los lugares en los que estaba la noticia antes que sus compañeros y, a veces, antes que la propia policía. Trabajaba de noche y tenía organizado su taller en el propio coche siguiendo el criminal ritmo nocturno que había llegado a sistematizar. Sus imágenes en blanco y negro (bueno, para ser exactos en escala de grises) poseen una fuerza descomunal amplificada por el potente flash que generaba un no menos fuerte contraste entre la luz y la sombra, tal vez para conseguir una mejor reproducción en los tabloides. En ellas queda reflejada la vida de New York fundamentalmente en su aspecto más trágico (gansters, ajustes de

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cuentas, asesinatos, suicidios, peleas, incendios, accidentes…), el mundo de las variedades y sus trabajadoras ligeras de ropa y de costumbres, las fiestas privadas con músicos aficionados, los marginados, las minorías raciales y religiosas, todo con un poso de tragedia cotidiana que inunda la ciudad de amarga tristeza unas veces contenida y otras desparramada… Sin embargo siempre queda un espacio para un beso furtivo, para las masas de bañistas mirando fijamente a la cámara, o los niños que se esconden del agobiante calor durmiendo en el hueco de un ascensor o jugando con el agua de las bocas de incendio en las calles…. Imágenes que, por su fuerza, atraen a quien se acerca a ellas con curiosidad y que luego lo atrapan por una cuidada composición, por la información pertinente que se amplifica con unos escogidos títulos cargados de ironía. Imágenes que una vez vistas y comprendidas en toda su dimensión humana se convierten en inolvidables. Como había aprendido en cabeza propia sobre la vida no fue ajeno a la realidad que le rodeaba. No era un simple mirón sino que se integró en ambientes como los de la Photo-League (en cuyos locales realizó en 1941 su primera exposición bajo el título El crimen es mi negocio) que fue perseguida en esa ola, posterior a la Segunda Guerra Mundial, anticomunista y antiliberal que se conoce como “Caza de brujas” promovida por el senador McCarthy. En aquel contexto entró en contacto con otros fotógrafos de inquietudes y sensibilidades más “artísticas” lo que le llevaría a intentar experiencias visuales en las que no alcanzó, ni de lejos, la fuerza y el interés de sus fotografías de sucesos. Para mí una fotografía es una página de la vida, y siendo así, debe ser real En la fecha de su estreno, casi antes de valorar en su justa medida la aportación fotográfica de Weegee, topé con El Ojo público. Me pareció una película primero entretenida, lo que siempre es de agradecer, y luego interesante por el qué y el cómo trataba el asunto. Era, en cierto modo, otra película sobre artista. Pero no era un biopic al uso. Por eso me incliné por presentarla a los alumnos del bachillerato de artes porque, aunque pueda parecer extraño, los adolescentes de hoy ven muy poco cine. Y malo. La filmografía sobre el arte y los artistas es amplia y si hago a continuación un pequeño resumen es, fundamentalmente, para que los alumnos se animen a ver estos films, como otra forma de acercarse a la sensibilidad de los artistas vista, a su vez, por otros artistas que son, los directores, los directores de fotografía, los directores de arte los guionistas y tantos otros del equipo artístico y del técnico que hacen una película. Hay películas que reflexionan sobre la creatividad y a este respecto pocas me parecen mejores que F for Fake (1973) de Orson Welles; también está la posibilidad de ver crear en directo a un artista como ocurre en El misterio Picasso (1956) de Henri-Georges Clouzot y, por citar una española, El sol del membrillo (1992) de Víctor Erice. Por citar algunas de las películas más o menos biográficas que me parecen interesantes, podíamos comenzar con Rembrandt (1936) de Alexander Korda y seguir con El manantial (1949) de King Vidor basada lejanamente en Frank Lloyd Wright; El loco del pelo rojo (1956) de Vicente Minnelli, sobre Van Gogh y Gauguin; El tormento y el éxtasis (1965) de Carol Reed, sobre Miguel Ángel; Egon Schiele- Exzesse (1981) de Herbert Vesely; El amor es el demonio (1988) de John Maybury, sobre Francis Bacon; Basquiat (1996) de Julian Schnabel; Pollock (2000) de Ed Harris; Frida (2002) de Julie Taymor o Mr. Turner (2014) de Mike Leigh.

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Son menos las que se centran en la génesis de una obra: La joven de la perla (2003) de Peter Webber, sobre el célebre cuadro de Vermeer, alcanzó un gran éxito de público; tampoco es despreciable El molino y la cruz (2011) de Lech Majewsky, sobre Brueghel. Las hay en las que los cuadros de los artistas configuran la puesta en escena de los personajes como ocurre en Moulin Rouge (1952) de John Houston que recrea el ambiente de los cabarets tan visitados por Toulouse-Lautrec y otro tanto pasa con Los fantasmas de Goya (2006) de Milos Forman. La que ahora nos ocupa podría emparentarse con estas últimas. Películas sobre fotógrafos las hay de todos los tipos. Y también sobre la ética del periodismo gráfico; pienso ahora mismo en Bajo el fuego (1983) de Roger Spottiswoode. El ojo público (1992) de Howard Franklin con Joe Pesci y Barbara Hershey en los papeles protagonistas, es una película sobre el arte y sobre un artista, fotógrafo en este caso. La habilidad del guionista y director consiste en crear una película de cine negro a partir de la vida y la obra de un fotógrafo real: Arthur H. Fellig (Weegee) que se transforma en el film en Leon Bernstein. Las fotografías de Weegee están presentes no sólo como tales sino configurando muchos de los planos de la película. Incluso el propio personaje imaginario, una estupenda recreación del muchas veces histriónico Pesci, guarda gran similitud con el fotógrafo real. No tengo inhibiciones, pero tampoco las tiene mi cámara La cuestión es si en la película predomina lo imaginado o lo real. A este respecto, aunque la historia que cuenta el film parte de una invención literaria, el mensaje es, fundamentalmente, auténtico. Las frases que en la película se ponen en boca Joe Pesci, las dijo, o las podría haber dicho perfectamente, Arthur H. Fellig. El ambiente descarnado de los planos y las secuencias reproducen en colores ocres (esos mismos colores de Rembrandt cuya luz tanto le interesaba a Weegee) los blancos, los grises y los negros de su Naked City. Mi nombre es Weegee. Soy el mejor fotógrafo del mundo Weegee tenía una alta conciencia de sí mismo. Sus autorretratos, su sello identificativo, la fe que siempre mostró en su trabajo son prueba de ello y no deja der ser una consecuencia lógica que en este juego marcadamente narcisista terminase por encontrar a dos de los más grandes artistas del siglo XX que no le iban a la zaga en la publicitación de sus bondades como creadores. La

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exposición de San Benito nos permite contemplar dos retratos de Weegee con Salvador Dalí y con Andy Warhol que ilustran de forma explícita esta situación. Teniendo en cuenta todos estos aspectos, creo que, desde este punto de vista, está perfectamente justificada la elección del asunto como tema de trabajo. Pero ¿qué tipo de trabajo? La opción, en principio, más lógica sería proponer a los alumnos que realizasen fotografías originales aprovechando las enseñanzas extraídas de la visita a la exposición. No descarto replantear este asunto. A la mayoría de la gente le gusta que le hagan fotos. Lo ven como un honor que los escojas entre la multitud La opción definitiva fue pedir a los alumnos un breve relato, si era de literatura negra mejor, que tomase como excusa una fotografía, la que ellos prefiriesen, de la exposición de Weegee. No se pretendía que realizasen un comentario sobre la obra, aunque se les mencionó que posiblemente el mejor modelo para comentario de imágenes fotográficas es el desarrollado por la Universidad Jaime I de Castellón (http://www.analisisfotografia.uji.es/). Era una tarea puramente creativa en la que podían dar rienda suelta a su imaginación. Por ello hay fotografías que se repiten, pero eso es indiferente porque la historia a la que dan origen es distinta. El trabajo más fácil de cubrir es un asesinato porque el fiambre estará tumbado en el suelo, no se podrá levantar e irse ni enfadarse y estará bien por lo menos durante dos horas. Se trataba, en definitiva, que desde las clases de Historia del Arte y de Fundamentos de Arte se colaborase en la consecución de las competencias en lectoescritura y audiovisuales que propugna la LOMCE y que ha asumido como propias de nuestro centro con un proyecto autónomo que nos ha llevado a la consecución del Premio Nacional de Educación 2014. Los materiales se publican en el orden en el que han sido enviados por los alumnos y se han sometido a una somera revisión que no pretende, en ningún caso, desvirtuar ni el contenido ni el estilo de estos jóvenes creadores. Arturo Caballero Bastardo

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HOLLYWOOD’S LIFE Tras oír la palabra corten del director, me dirijo al lavabo donde, rápidamente, me quito toda el maquillaje que llevo desde la cinco de la mañana. Salgo por la puerta, me despido de mis compañeros, de la de peluquería, de Donald el cámara y por último de Nicholas Ray. Me dirijo a la puerta de salida del Plató 6, de los universales estudios, llamo a mi chofer, que debe encontrarse en la otra punta de Hollywood así que me espero. El falsh de una cámara me deslumbra, odio a los paparazzi, siempre están molestándote cuando más cansado estás. Le hago un gesto para que se largue, me hace otras dos fotos y se va corriendo. Estamos a viernes, tengo todo el fin de semana para descansar antes del estreno de Rebelde sin causa, en la que tendré que hacer promoción, viajando por todo el país y fuera, durante dos meses. Va a ser agotador. Aparece el coche a lo lejos, le levanto la mano y se detiene enfrente de mí; entro; me siento y le digo que me lleve a Rodeo Drive, para comprar algo de ropa nueva, para ir guapo a la promoción de mi nueva película. Son las siete, ahora que ya tengo unos buenos trajes, puedo permitirme pasar el resto de la tarde y del fin de semana descansando, sin hacer nada. Empezando por cenar esta noche con Natalie Wood en el Village. Entro en la habitación de mi enorme casa en Beverly Hills, abro el armario y me pongo lo primero más o menos decente que encuentro, me dirijo al garaje y cojo a mi Little Bastard que así he llamado a mi nuevo Porsche Spyder 550, con el cual me dirijo al Village.

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Estoy sentado hablando con Natalie sobre el preestreno de Rebelde sin causa, ella siente la necesidad de ir al baño y me quedo esperando. A continuación un hombre que me resulta muy familiar entra con una cámara. ¡Oh no!, es ese tal Weegee, el fotógrafo de las estrellas, ¿Qué hace aquí? , ladeo un poco la cabeza, colocándome la mano del cigarro en la cara para intentar pasar desapercibido. El flash me deslumbra, espero que esa foto no fuera dirigida a mí, esta noche no quiero nada de fotos. Le miro directo a los ojos, Weegee, me mira, me sonríe, con gestos me señala que la foto iba dirigida a dos jóvenes de la barra que acaban de rencontrarse, asiento con la cabeza a modo de gratitud y se marcha. Natalie llega y nos tomamos unas cuantas copas hasta que llegan las doce, estoy un poco mareado y con nauseas, creo que estoy algo borracho, no sé si debería coger el coche, bueno ¡qué más da! si vivo bastante cerca de aquí. Salgo de Village, me dirijo al coche que tengo aparcado en un callejón, busco la llave, abro la puerta y entro. Me quedo sentado durante un rato en silencio, a oscuras. Uno minutos más tarde, enciendo el coche, pongo la marcha, piso el acelerador y comienzo el camino. Viajo en silencio, no hay casi ningún coche, cosa que agradezco porque voy un poco bebido y no puedo ver muy bien. Me paro ante un semáforo rojo y bajo los párpados durante unos segundos. Los vuelvo a abrir; piso el acelerador, ¿Estaba verde el semáforo?, un claxon me sobresalta, una enorme luz por la derecha me deslumbra y un fuerte estruendo me hace cerrar los ojos. Rompo el cristal con la cabeza, duele un montón, el coche da vueltas, muchas vueltas. Estoy boca abajo sin moverme, sangro a raudales y me duele, me quedo inmóvil, no puedo respirar. Permanezco en silencio para ahorrar fuerzas, a lo lejos oigo las sirenas de lo que parece ser una ambulancia; ya estoy a salvo, me van a ayudar, pero me está entrando sueño, mucho sueño, creo que me voy a… Javier García Cabero

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UN SUEÑO DE LUJOS, SIN VIDA Desde pequeñito soñaba vivir una vida lujosa en la que tuviese fama y dinero, que tuviese poder y fuese alguien importante, que me reconociesen y me aclamasen. No quería ser como mi padre que era importante y siempre había vivido entre riquezas, pero siempre despreciado, sin amigos y con malas caras cada vez que salía a comprar el pan a la tienda del barrio. Yo quería ser humilde, quería demostrar que podía tener dinero, fama y poder, siendo una persona querida, recordada y respetada. Que no me recordases como el hijo del hombre arisco y creído que tuvo un final muy esperado por la mayoría de las personas que lo odiaban: Tirado en un aparcamiento, muerto por herida de bala, mientras la gente lo fotografiaba. Aún recuerdo aquella época horrible en la que no paraba de salir en las noticias como el hombre que recibió aquello que se merecía. Pero cuando me hice mayor, vivía en Nueva York, tenía habilidad para dirigir grandes empresas productoras de talentos. Me crié en el negocio, pero a diferencia de mi padre, yo sabía reconocer a quien valía antes de que entrase por la puerta del despacho. Me costó mucho esfuerzo ahorrar el dinero suficiente para poder montar una pequeña empresa de audiciones para futuras promesas del mundo de la pintura. Tuve que pasar grandes penurias empleándome como ayudante las veinticuatro horas diarias. Lo pasé mal porque he visto que todo el mundo con poder es igual, hombres o mujeres. Cada día que pasaba en ese infierno, no solo me recordaba a los días desoladores de mi infancia escuchando chillidos insultos y broncas, sino que me daba más ánimos a mí mismo para conseguir lo que quería, para conseguir la meta que tanto anhelaba desde pequeño, la meta que me propuse. Y con gran esfuerzo conseguí esta pequeña empresa, y con más esfuerzo y mucho tiempo conseguí prosperar. Invertía todo el dinero en la empresa, tanto, que tenía que dormir en alberques o baños públicos donde pudiese lavarme y lavar la ropa. Era triste, lo sé, pero prefería vivir así a vivir como una persona despreciable y egocéntrica que solo pensaba en su propio interés. Con el paso de los años conseguí que la gente fuese a la empresa no solo como un candidato a artista, sino, que querían colaborar conmigo y ayudarme. Todo iba muy bien, las cosas

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prosperaban, la empresa cogió fama, y se me reconoció. La gente ya sabía quién era. Pero, hubo un día que jamás olvidaré, porque ese día me cambió la vida tal y como la conocía. Después de 10 años de grandes esfuerzos y dedicación, al 5º año de tener la empresa pude permitirme un piso. Un día como otro cualquiera, al volver a casa, encontré que el edificio en el que estaba viviendo se encontraba en llamas. En parte reviví el asesinato de mi padre, como si se tratase de una cierta justicia hacia mí. Al día siguiente la noticia salió en la prensa, con fotos en la primera página. Y, cómo no, me recordaban como el hijo del empresario que fue ajusticiado y heredó su trágico destino. Pero los reporteros preguntaban en la calle. Y ¿sabéis qué? La gente me defendía, decían que no me parecía a mi padre, que yo no me merecía eso. Que yo daba oportunidades y esperanzas a sueños que podían o no hacerse realidad. La gente estaba conmigo. El tiempo pasó. Y mi empresa siguió prosperando. En una semana empezaron a venir supuestas grandes promesas pidiendo cosas imposibles. Como es lógico, nosotros teníamos capacidad, hasta cierto punto, para ayudar a la gente a cumplir sus sueños, lo llamasen como lo llamasen. El caso es que la gente que salía rechazada acudía a la prensa contando barbaridades, haciendo un mundo de una piedra. Así consiguieron que el negocio bajase. Ya la gente no se fiaba, no quería arriesgarse a recibir una negativa. Decidí actuar, cerrar la empresa. Y me presenté ante la prensa. “Llegué a esta ciudad con deseos y sueños como todos los que vinisteis a mí. Pero una cosa tengo clara y quiero que sepáis. Cuando llegué, nadie me ayudó. Ya conocéis mi historia, quién y cómo era mi padre y como soy yo. Decidí ser completamente lo contrario porque yo también era como todas aquellas personas que nos chillaban por la calle cada vez que nos veían pasar. Pues bien, yo me sentía y siento igual ante eso, pero una cosa está clara y es que yo nunca he sido como él y nunca lo seré, porque he ayudado a quien lo ha necesitado y seguiré haciéndolo, porque yo siempre he pensado que en el mundo hay que ayudarse. Todo se puede lograr si uno se esfuerza en conseguir sus metas, y más si tiene una mano de apoyo para levantarse y comenzar a andar. Yo quise darla y lo conseguí, pero por alguna razón estos últimos meses olvidasteis mis objetivos y desaprovechasteis la ocasión. Pues bien con buena conciencia y el alma libre me iré de este mundo pensando que hice bien, conseguí lo que quería, aunque veo que ya me ha llegado la hora de retirarme. Ahora es el momento de que esas grandes promesas que pudieron aprovechar mis esfuerzos sigan su camino y triunfen en la vida.” Después de aquello me retiré a una casa en un pueblo lejano, al menos quería no tener el mismo final trágico que mi padre. En el fondo uno vive como se lo propone y no siempre tiene que tener un final de lujo y prosperidad. No he llegado a tener mujer ni hijos; no he tenido nunca pareja ni relaciones; me centré en lo que quería: en mi sueño. Y lo conseguí, no me arrepiento porque así ni mi descendencia, ni mi pareja tendría que cargar con mi vida y mi pasado. Tengo esperanza de que lo que he llegado a hacer en estos años haya servido de algo. El tiempo terminará por borrar mi memoria. En cuanto a mi cuerpo, espero que lo entierren en este pueblo y que sea una de esas tumbas abandonadas que nadie va a visitar. Beatriz Guerra Álvarez

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HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE El otoño de 1943 comenzaba y Thomas Gordon caminaba nervioso entre las calles de Nueva York. Colocándose las gafas mientras apretaba en el puño el asa de su maletín, aceleraba el paso, ya que la hora de su descanso se estaba terminando. Thomas era un periodista que acababa de empezar en la sección de economía del periódico Brooklyn Daily Eagle. Tenía 28 años y vivía, desde hacía tres meses, con su novia Lucy en una casa alquilada del barrio de Queens. Sacó el viejo reloj de cadena que llevaba colgado en el bolsillo de su pantalón y se detuvo en frente de una joyería antigua. Al entrar se quedó atónito con la cantidad de anillos, collares y relojes que relucían a través de los cristales de los estantes de la tienda. Era la primera vez que Thomas entraba en el local pero ya había pasado varios días por delante del escaparate para contemplar los diferentes anillos de compromiso de oro y plata con un sinfín de piedras preciosas. La puerta que daba a la calle se cerró haciendo sonar una campanilla colocada en el marco y un hombre anciano apareció de un rincón escondido de la tienda. —Buenos días, ¿qué desea, caballero?—preguntó el hombre desde detrás del mostrador. —Buenos días, estoy buscando un anillo de pedida para mi novia y he visto que en el escaparate hay uno, de oro con una piedra azul trasparente que me gusta mucho. —Verá señor, esos anillos son un poco caros—dijo mirando las desgastadas solapas de su americana—, pero aquí abajo tengo unos de segunda mano que le resultará mucho más asequibles. Thomas se sintió un poco ofendido, pero aquel anciano tenía algo de razón, el dinero que llevaba en el maletín lo había ahorrado durante cinco meses y no era ni la mitad de lo que costaba aquel del escaparate. Ninguno de los anillos que el hombre le enseñó le gustaron, todos eran muy sencillos, de oro de poca calidad y hasta algunos tenían magulladuras. Thomas le dio las gracias al

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dependiente, mientras salía avergonzado de la tienda, caminó cabizbajo por la calle hasta llegar a la redacción del periódico. Se pasó toda la jornada absorto en sus pensamientos. Quería con locura a Lucy y necesitaba un anillo para casarse con ella. —Lucy es la mujer más guapa, lista y agradable del mundo y no se merece un anillo de segunda mano con rozaduras—estuvo repitiéndose durante horas mientras escuchaba el sondo de las teclas de las máquinas de escribir de sus compañeros. Cuando salió de trabajar estaba atardeciendo y de camino a casa paró en un bar para tomar un trago. Sentado en la barra daba vueltas a los hielos que se derretían en su bourbon. Era un bar pequeño y había poca gente. De pronto un grupo de hombres trajeados entraron, uno de ellos, que llevaba un sombrero borsalino de color gris miró al camarero de manera extraña acto seguido se sentaron en una de las grandes mesas del fondo del local. El camarero empezó a gritar—¡estamos cerrando!—, pero no parecía que se estuviese dirigiendo a los cinco hombre que acababan de entrar, sino al resto de las personas del bar. La gente fue marchándose poco a poco pero Thomas estaba intrigado. Conocía al camarero desde que llegó a la ciudad y entre ellos se había creado una especie de relación de amistad. —¿Por qué cierras hoy tan pronto, y quiénes son aquello hombres del fondo?—el camarero sonrió con gesto nervioso y le dijo susurrando—son amigos y vienen a jugar al póker, solo eso... Thomas no era tonto y descubrió al instante que se trataba de una timba ilegal de póker y sin pensarlo dos veces, se levantó y caminó hacia ellos hasta quedarse petrificado delante de la mesa. —¿Qué es lo que quieres chico, no has oído al camarero?, el bar está cerrado. —dijo el gran hombre del sombrero, con un cierto acento italiano, a la vez que descubría su cabeza. —Buenas tardes señores, siento interrumpirles pero creo que van a apostar jugando a las cartas y me interesaría participar—dijo temblando mientras pensaba en aquel precioso y caro anillo. —Verás chico, esto es una reunión privada así que si no te importa…—respondió mientras señalaba a la puerta. —Pero señor tengo suficiente dinero, ¿acaso tenéis miedo de que os gane? —preguntó Thomas imprudentemente mientras señalaba su maletín. La tensión se respiraba en el ambiente y un largo silencio se creó en la sala, hasta que las carcajadas del gran hombre sentado con las cartas en la mano lo rompieron —Eres muy gracioso, me has caído bien. Siéntate donde quieras. —dijo mientas uno de los hombre le colocaba una silla a su lado. Las cartas empezaron a cubrir la mesa, primero dos para cada uno, después se quemaba una y se colocaban tres en el medio de la mesa. Empezaron las apuestas y como pensaba, no iban a ser bajas. Tenía una K y un 6, y en la mesa había un 8, una K y un As. Thomas tenía pareja de reyes así que siguió la apuesta. Se quemó otra carta boca abajo y otra cubrió la mesa, un 6, Thomas estaba muy emocionado pero trató de ocultarlo. Volvieron a apostar y sacaron la última carta, otro As. En la última apuesta Thomas tenía doble pareja y dudó

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en poner todo el dinero pero pensó que creerían que iba de farol así que se moderó. Las cartas se descubrieron y el gran hombre del sombrero sacó de entre sus manos un As y un 2. —¡Trío de ases!—gritó mientras agarraba el manojo de billetes tirados encima de la mesa. Thomas se quedó boquiabierto y decidió jugar otra vez, pero también perdió todo lo apostado. Lo intentó una vez más pero si el hombre del sombrero no ganaba, uno de sus hombres lo hacía. A Thomas apenas le quedaba dinero pero ya no había vuelta atrás así que se dispuso a apostar lo que le quedaba junto con su viejo reloj heredado, ya que era lo único que tenía de valor, en su última jugada. Los demás le siguieron el juego y jugaron la partida a ciegas. Se repartieron las cartas y se pusieron encima de la mesa junto a todo el dinero apostado, y mirándose a los ojos todos descubrieron las cartas a la vez. Todos miraron hacia abajo, y un grito de satisfacción retumbó en el local. Thomas había ganado a la carta más alta con una reina de diamantes. No se lo podía creer, al fin tenía el dinero suficiente y más para comprar ese anillo. Abrió su maletín y comenzó a meter todo el dinero que pudo y el resto se lo guardó en los bolsillos y besando su viejo reloj se despidió. —¡Has hecho trampas!—gritó en hombre mientras acercaba la mano hacia la pistola que se encontraba debajo de su americana. Thomas vio el arma y salió corriendo del local. Los cinco hombres le perseguían mientras corría despavorido por las calles de la ciudad. Ya estaba anocheciendo y Thomas consiguió despistar a los hombres que le seguían. Corrió hacia la joyería que estaba a punto de cerrar y compró, junto a una tarjetita, el precioso anillo que su esposa llevaría en el dedo. Thomas salió de la tienda con una sonrisa de oreja a oreja y al cruzar la esquina su cara empalideció al ver aquel sombrero gris. Los hombres del bar se encontraban de frente y se acercaron a él con ganas de venganza. Le quitaron el maletín, pero faltaba el dinero del anillo. Le pegaron una paliza pero no les dijo donde se encontraba el dinero. Le habían roto la nariz y un par de costillas y pensaron que el resto del dinero se le habría caído por el camino. Al final uno de los hombres sacó su arma y le pegó un tiro en la cabeza. La sirena de un coche de policía empezó a sonar y todos los hombres huyeron dejando el cadáver atrás. La policía encontró a Thomas muerto en la acera y descubrieron que en su puño se encontraba un anillo de pedida junto a una tarjeta arrugada que decía: “Hasta que la muerte nos separe” Eduardo Valls Sánchez

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