El Madrugador no. 7

 

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Número 7 El Madrugador El Madrugador Publicación digital Septiembre 2015 Gaceta del Bachillerato del Colegio Madrid /Número 7/ Septiembre 2015 30 AÑOS TERREMOTO 1985 Reconstrucción de las Instalaciones de CCH Foto: Archivo Fotográfico Colegio Madrid A.C. Busca los números anteriores de El Madrugador Digital a Color http://www.colegiomadrid.edu.mx/index.php/padres/publicaciones

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Número 7 El Madrugador Septiembre 2015 Un Gobierno de catástrofe La Nopalera p/3 “No tienes ni idea, en ese momento, de a qué te estás enfrentando” La Entrevista p/13 La noticia de Jacobo La Nopalera p/4 Terremoto del 85: Testimonios La Entrevista p/16 Después del impacto: La incertidumbre La Nopalera p/5 Esto sólo es “una probadita” de lo que fue La Entrevista p/18 ¡Pff!, estuvo fuerte… La Nopalera p/6 Mi experiencia del terremoto del 85 en el Colegio Madrid El cubículo de Leo p/19 Un paseo por las calles La Nopalera p/7 Experiencia con el Comité de Seguridad El cubículo de Leo p/21 Recuerdos del terremoto del 85 La Nopalera p/8 México mi amor, nunca mires atrás Cultura p/22 Los aprendizajes del temblor: entrevista con Elia Arjonilla Cuenca. La Entrevista p/9 Exposición fotográfica A 30 años del temblor Cultura/23 2

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Número 7 El Madrugador Septiembre 2015 Un gobierno de catástrofe Mateo Betancourt. 3er semestre CCH Foto: Archivo El Universal El jueves 19 de septiembre de 1985 a las 7:18 (hora de México) la Ciudad cayó ante un terremoto con una magnitud de 8.1 en la escala de Richter. Esta catástrofe provocó que la gente perdiera sus casas, negocios, escuelas, trabajos, además de muchos de sus seres queridos (se calcularon entre 6 mil y 10 mil muertos). Ante la adversidad, México se detuvo, tanto escuelas como empresas pararon sus actividades, en medio del miedo y la incertidumbre no se sabía qué hacer, recordemos que éste fue el punto que marcó el inicio de una cultura sísmica en México, no antes. Y todos los hechos ya mencionados llevaron a la gente a preguntarse ¿Dónde están las autoridades?, la verdad es que no estaban, la acción la tomó la gente, moviendo escombros y buscando entre ellos, una tarea que incluía el salvar vidas y en algunos casos transportar cadáveres. El presidente en cargo, Miguel de La Madrid, tardó tres días en llegar a la escena y su aparición se limitó a simplemente saludar a la gente y caminar por la destruida Ciudad de México, resguardado por policías, por supuesto. Mientas tanto los habitantes de la Ciudad de México organizaban brigadas y grupos de ayuda donando lámparas, mantas y comida para la gente afectada por el terremoto. El ejército y la policía no recibieron órdenes de proporcionar ayuda humanitaria, simplemente resguardaron edificios y evitaron revueltas. Mucha gente que presenció el 85 describe al ejército como un estorbo. El terremoto provocó que México apareciera en las portadas de los diarios alrededor del mundo, los gobiernos de las potencias internacionales ofrecieron ayuda humanitaria, la cual Miguel de La Madrid rechazó, algo que fue bastante cuestionado después de la catástrofe. Un ejemplo puede ser como fue abucheado en la presenta- ción del mundial de Fútbol en 1986. La única medida que tomó el gobierno fue de solidaridad con las personas que perdieron sus hogares en el terremoto, se utilizaron los terrenos alrededor del aeropuerto para construir departamentos y repartirlos entre la población, departamentos diminutos con un área aproximada de 35 m2. (Gracias a esto no podemos expandir el aeropuerto actualmente) En pocas palabras, la reacción del gobierno ante la que posiblemente ha sido la mayor catástrofe en la historia de nuestro país fue muy pobre, básicamente no existió. Pero hablando positivamente podemos resaltar que los habitantes de la Ciudad lograron salir de aquella situación gracias a la cooperación y a la solidaridad de la gente, la cultura sísmica la creó esa gente que dejó su trabajo para salvar vidas, no el gobierno. 3

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La noticia de Jacobo Rafael Iñaki Sánchez. 3er semestre CCH Era la mañana del 19 de septiembre de 1985; un terrible terremoto había iniciado a las 7:17, la señal de televisión no pudo comunicar lo que sucedía, pero Jacobo Zabludovsky el reportero de su época, quien conducía camino a su trabajo en Televisa Chapultepec, tomó el teléfono de su auto (algo muy escaso para la época) y empezó a narrar lo que él llamó “56 minutos de una espontánea crónica improvisada, emocionada del acontecimiento más dramático de nuestra ciudad”. fue el noticiero mexicano con más influencia y audiencia que ha habido. Con tanto poder era común que se tomará como única verdad la suya (eso y la publicidad de Televisa), las noches eran acompañadas con los acontecimientos del día dados con acento judío y el filtro del estado. Por supuesto, al ser el reportero de renombre su posición lo obligaba a dar los reportajes como quería el gobierno y las personas de interés. Pero ese día, el 19 de setiembre de 1985, México se derrumbó no sólo en los edificios, las personas cayeron pero se supieron levantar y hacer una gran comunidad; era 1985 con Miguel de la Madrid, sentado en la silla del águila, el priísmo clásico caía para dar paso al neoliberalismo. Jacobo no tuvo otra que recorrer la ciudad y dar la noticia tal y como se estaba viviendo. Foto: www.quien.com hasta que al final llegamos al clímax. Hay un pequeño silencio y se le quiebra la voz cuando narra sobre los edificios caídos ubicados entre la avenida Chapultepec y Balderas, “Estoy llegando a mi casa de trabajo, donde he pasado más tiempo que en mi propia casa, y está totalmente destruida. Sólo espero que mis compañeros, mis hermanos de labor, estén todos bien.” Televisa Chapultepec estaba destruído. Esta noticia fue dada desde la fuente principal, no tuvo filtros, no “bendición” del estado. Eran reacciones en vivo. Y es ahí donde cobra una gran importancia, fue un año en el que México cambió y se renovó. Por esta crónica le concedieron el premio Príncipe de Asturias. El señor Zabludovsky siguió trabajando para Televisa hasta partir oficialmente en el año 2000, pero siguió trabajando hasta el final de sus días. El 2 de julio de este año falleció a causa de un derrame cerebral, un hombre de varias facetas, herramienta del estado, fan de la tauromaquia, apasionado del tango, pero sobre todo un periodista y pese a quien le pese es un personaje importante en la historia contemporánea del país. El pasado 2 de julio falleció a los 87 años el abogado y periodista Jacobo Zabludovsky Kraveski, pionero del periodismo en México y toda una institución para los reporteros actuales. De ascendencia judeo polaca, nació en la Doctores y se formó en la Merced. Aunque graduado como abogado por la UNAM, su dedicación fue el periodismo desde 1946. Pionero de la televisión en 1950 como productor y director del primer noticiario. En septiembre de 1970 empezó el noticiero por el cual daría las noticias durante más de 25 años; este 4 La intensidad de la crónica va subiendo mientras recorre las calles pidiendo ayuda a policías; “Lo sentí muy prolongado,” comparaba con el terremoto de 1957. Desde policías que cuidaban los derrumbes, rescatistas y civiles que lo habían perdido todo, daba la noticia inmutable, con seriedad,

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Número 7 El Madrugador Septiembre 2015 Después del impacto: la incertidumbre (Testimonio de Leticia Sánchez Bringas) Jimena Pérez Sánchez 3er semestre CCH Iba manejando frente al mercado de San Ángel, a punto de agarrar viaducto, rumbo a la escuela “Constitución de 1857”. Ese era mi trayecto de lunes a viernes para ir a trabajar con mis niños de 2do de primaria, hasta que un jueves, a las siete veinte, comenzó el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Después de estacionarme frente a la escuela, abrí la puerta del auto para bajarme, y entonces sentí la nube de polvo que estaba impregnada en el aire; estaba oscuro, no podía ver nada, se me heló la sangre, sólo escuchaba los gritos de algunos jóvenes diciendo -¡No prendan cerillos!-, pordieron completamente, y la Cruz Roja tuvo que sacar todos los cadáveres que se habían quedado atrapados. En eso la directora de la escuela me advirtió que sería mejor salir porque más tarde no iba a poder por todo el caos que nos rodeaba. Unos se fueron, otros se quedaron, entre ellos los conserjes, que después nos contaron cómo los bomberos y los de la cruz roja metían los cadáveres en bolsas negras; días después empezó a llegar la maquinaria para poder quitar los escombros. Fue entonces cuando decidieron que la sección de preescolar sería el albergue, y la primaria, el lugar donde ban vestimenta y alimentos a quienes estaban en condiciones poco favorables, en pocas palabras, la solidaridad fue fundamental para poder tratar de superar el impacto que nos causó a todos. Claro que este efecto fue efímero, por los momentos de incertidumbre y de enojo respecto a la pérdida de hogares y familiares, el desastre de toda la ciudad, en fin, todos estábamos paralizados por el miedo de entrar a nuestras casas, incluso había instantes donde ya ni siquiera sabíamos cómo reaccionar. Recuerdo que en octubre, cuando se oscurecía más temprano, todos se quedaban quietos, inhalando el Foto: Multifamiliar Juàrez . http://2.bp.blogspot.com/ que algunos edificios que ya habían caído tenían rotas las tuberías de gas. La escuela estaba frente al multifamiliar Juárez, la escena parecía un campo de guerra, porque las personas emergían del suelo como si salieran de sus trincheras. Eso lo hicieron aquellos que estaban en los pisos de arriba, porque los primeros dos o tres se hun- pondrían las bolsas de los cadáveres. Cuando fueron demasiados se los llevaron al campo de béisbol que estaba entre avenida Cuauhtémoc y Viaducto. Poco después de la angustia y el miedo causado por el terremoto, por un tiempo las jerarquías sociales se habían roto; recuerdo que entre todos juntaban agua, los de clase alta les lleva- olor a muerto, al olor de la descomposición de algunos cuerpos que no pudieron sacar; era una sensación de terror; la gente se peleaba por las pertenencias que les quedaban. No cabe duda que la tristeza, el enojo y la incertidumbre fueron los más presentes durante este suceso. 5

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¡Pff!, estuvo fuerte… Ana Patricia Kuri. Profesora CCH Sí, mira se cayeron varias cosas pero ya pasó. Es todavía muy temprano, ve a dormir otro rato. Ring, ring. -Bueno - Señora, soy Jesús. - Hola, ¿cómo les fue de temblor? - Se nos cayó la casa. - Sí, aquí también se cayeron cosas. - No, se cayó la casa. - Aquí se rompió un vidrio y las macetas que tenía colgadas se hicieron pedazos. -A nosotros nos cayó la casa encima, pero estamos bien. -¿Qué? ¿Y Dulce? ¿por qué llamas tú? ¿Dulce está bien? ¡Qué conteste el teléfono! Al ver como le cambió la cara a mi madre supe que algo estaba mal. - Estamos bien, Dulce está bien. -Vamos para allá. Paty, se le cayó la casa a Dulce, llévame. Nos vestimos en tres segundos, nos subimos al coche y mi padre se quedó para hablar con mis otros hermanos. Vivíamos a 10 - 15 minutos de donde vivía Dulce pero a medio camino los autos empezaron a avanzar muy despacio. Al llegar al puente de Taxqueña para cruzar Calzada de Tlalpan, vimos que un edificio de la escuela, que aún está ahí, estaba en el suelo, mi madre se bajó del auto y comenzó a correr, me quedé muy desesperada porque los coches no avanzaban y mi madre estaba como loca. Cuando llegué vi a mi madre y a Dulce abrazadas llorando, me uní al abrazo y aquí inició mi llanto que duraría mucho tiempo. El edificio donde había vivido Dulce tenía en la planta baja el estacionamiento y tres pisos encima con un departamento en cada uno, mi hermana vivía en el piso de en medio, equivalente al tercero de un edificio. Ella y su pareja salieron caminando por una ventana que casi estaba a ras del suelo. Piso y techo del departamento quedaron empalmados excepto en la parte donde se encontraban ellos. Dos personas quedaron atrapadas en el piso de abajo. Unas horas después llegó una camioneta de rescate. Lograron comunicarse con las personas que estaban bajo los escombros e iniciaron labores de rescate, estuvieron muchas ho- Foto: Ana P. Kuri. Hotel Regis. Av. Juárez ras, el sol se ocultó y no lo lograron. -Nos vamos porque ya no hay luz para seguir trabajando, mañana llegamos a primera hora. La indignación de la gente fue enorme pero no logramos que se quedaran a salvar a las dos mujeres que un rato después nos dijeron que gritaban desesperadas. Unos vecinos que tenían un taller mecánico, después de que los de rescate se fueron, trajeron un gato y se metieron a ver si podían hacer algo. Aproximadamente dos horas después sacaban vivas a las mujeres. Foto: Ana P. Kuri. Copicentro. Venustiano Carranza y Gante Foto: Ana P. Kuri. Edificio Atlas. Eje Central Lázaro Cárdenas 6

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Número 7 Todos los que seguíamos ahí lloramos al son de los aplausos por esos valientes que arriesgaron su vida como muchos más por la vida misma. Unos días después, me incorporé a las brigadas de la UNAM, llevaba comida y agua a los rescatistas y familiares de las víctimas y muchas otras cosas. Diario, por la noche, escucha- El Madrugador ba las noticias y lloraba para sacar un poco todo lo que acumulaba durante el día. Cada vez me indignaba más por la información que se manejaba y cuando me enteré que el gobierno construía parques donde se cayeron edificios para ocultar lo ocurrido, salí a recorrer las calles y tomé fotos para que en otros países supieran la mag- Septiembre 2015 nitud de lo que estábamos viviendo. Hoy después de 30 años, aún recuerdo la cara de angustia de mi madre, pero sobre todo, la imagen de mi hermana sentada en la banqueta, sin zapatos, con lágrimas en los ojos y la mirada perdida. Foto: Ana P. Kuri. Antes Edificio. Zacatecas esquina Tonalá Foto: Ana P. Kuri. American Air Lines. Av. Juárez Un paseo por las calles Diego Zárate. 6to semestre CCH Jueves 19 de septiembre de 1985. Era una mañana normal en la colonia Gustavo A Madero. Angélica de 21 años de edad y Sonia de 15 (mis tías) se habían despertado temprano para ir a la universidad y a la prepa, se encontraban de camino al metro Oceanía cuando todo empezó. Angélica sostenía en sus brazos a su hija de un año: Jesica, a la cual pasaría a dejar a la guardería, al estar a cinco pasos de la entrada del metro se estremeció el suelo y se empezaron a abrir grietas en el suelo, Sonia, desconcertada, le pidió a mi tía que regresaran a la casa rápido, principalmente, por el riesgo que la bebé corría. Angélica necia en ese momento por su deber con la escuela se negó, todo ya se había vuelto un caos, las personas de los negocios cercanos empezaron a salir corriendo despavoridas del susto, mientras que mi tías caminaban sin ninguna preocupación como si fuera un domingo por la mañana con la determinación de ir a su respectivo templo de la sabiduría a estudiar (gracias a los chanclazos de mi abuela quien les inculcó el hábito del estudio). Al comenzar a bajar las escaleras, un policía las detuvo y les dijo que ya no había paso, antes de que pudieran decir algo presenciaron como la entrada se derrumbó ante sus ojos, fueron testigos de la muerte de un oficial, su actitud cambió dramáticamente y por fin decidieron volver a su casa, la pregunta era cómo. La situación era diferente ahora: el temblor había terminado, pero el caos seguía en pie, y aun así, Jesica no se alteró ni un poco, tenía los ojos muy abiertos. Ambas se acercaron a la calle para ver si había coches circulando pero muchas personas se habían bajado de sus vehículos y paralizaron la vía, de entre los coches, un camión en sentido contrario pasó por el lugar recogiendo personas para llevarlas en su dirección, ellas aprovecharon y tomaron la oportunidad que el camión ofreció, llegando así con muchas dificultades a su casa para reunirse con el resto de sus hermanas y padres. 7

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Recuerdos del terremoto del 85 Claudia Saavedra. Profesora CCH Cuando decidí escribir este texto sobre mi experiencia en el terremoto del 85, pensé que iba a ser fácil: sólo tenía que recordar y escribir. El problema fue cuando me di cuenta que no recordaba nada, absolutamente nada. Tuve que preguntar a mis hermanos y amigos qué era lo que habíamos hecho los días posteriores al sismo y combinarlo con mis vagas imágenes de ese suceso. Lo siguiente es resultado de esas memorias. Me estaba poniendo los zapatos, es lo último que hago al vestirme, miraba hacia el piso y éste empezó a trepidar o a oscilar, no sé, sólo recuerdo que se movía muchísimo. Corrí al cuarto de mi mamá y ella, con toda la calma, nos ordenó que saliéramos del departamento. De todas formas nos mandó a la escuela, yo estaba cursando 5º semestre de CCH, todo parecía normal en el extremo sur de la Ciudad de México. Ni siquiera pudimos tomar la primera clase, en seguida nos enviaron de regreso a nuestras casas, la ciudad era un caos, un trágico caos. Los días que siguieron los recuerdo entre imágenes confusas, lo que escribiré a continuación son recuerdos que recuperé de mis amigas y hermanos: se cancelaron las clases, las noticias que la radio difundía eran terribles. Yo nunca fui hasta el centro, nunca estuve en la zona de mayor desastre. Yo vivía en Tlalpan y desde ahí todo parecía lejano, como si no estuvieguientes. Recuerdo una especie de galerón con literas y mucho desorden. Éramos cuatro o cinco amigas y hermanas en este albergue improvisado, nos pidieron que cuidáramos de los niños –había muchos niños que habían quedado sin padres o que estaban separados, en espera de que los vinieran a buscar. Otra de nuestras funciones era recibir a las personas que buscaban a sus familiares, teníamos una lista con los nombres y debíamos informarles si se encontraban ahí o en dónde podrían hallarlos. La gente llegaba desesperada, era muy duro responder a todas esas personas, mi hermana no pudo seguir, tuvo que apartarse un rato para llorar y desahogarse ante tanto sufrimiento. No sé de quien fue la idea de ayudar, de colectar alimentos y medicinas, de regresar cada día al CREA y ponernos a disposición de lo que se ofreciera. Nadie se quedó en su casa sin hacer nada, sólo salías, te organizabas y actuabas, eso fue lo que hicimos sin pensarlo, sin esperar nada. ra sucediendo en la misma ciudad. Después de la réplica del día siguiente, nos organizamos y decidimos ir de puerta en puerta solicitando medicinas. Éstas las llevamos al albergue que habían abierto en el CREA (donde ahora hay un mercado de muebles de madera). Nos quedamos en el CREA los días si- Foto: Google Maps CREA 8

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Número 7 El Madrugador Septiembre 2015 Los aprendizajes del temblor: entrevista con Elia Arjonilla Cuenca Daniel Nudelman Speckman. Profesor CCH El terremoto de 1985 tuvo efectos devastadores en nuestra ciudad. Algunos fueron más directamente afectados que otros, pero en mayor o menor medida, la catástrofe impactó a todos los habitantes y las diversas comunidades que forman esta gigantesca urbe. El Colegio Madrid no fue una excepción. Pero la historia no dejó de escribirse ese 19 de septiembre; hubo que salir adelante y enfrentar nuevos desafíos. La sensación de vulnerabilidad producto del terremoto despertó en muchos la conciencia de que es fundamental estar preparados, crear una cultura de prevención y desarrollar una capacidad de respuesta inmediata. En el Colegio se rehabilitaron los edificios, se sensibilizó a la comunidad y se elaboró un Programa de Seguridad que, muchas veces perfeccionado y actualizado, sigue en vigor el día de hoy. En este proceso intervinieron autoridades, maestros y padres de familia; pero dos exalumnas y madres del Colegio jugaron un papel central: Elia Arjonilla y Rosa Melgar, conocidas afectuosamente como las Chicas terremoto. Elia Arjonilla, que ha seguido muy vinculada a nuestra comunidad –hoy es orgullosa abuela de alumnos en el Madrid– ofreció una entrevista a El Madrugador. En esta nota se recoge su testimonio. En 1985, Elia tenía hijos en secundaria y primaria. Profesionista, se estaba especializando en sociología médica. Vivía con su familia en el centro de Tlalpan, muy cerca de la iglesia. La mañana de ese 19 de septiembre estaba todavía en su casa, esperando a que los niños terminaran de arreglarse para ir a la escuela. A las 7:19 estaba sentada redactando una nota para un maestro apoyada sobre una mesita con ruedas. Cuando comenzó el temblor, la mesa rodó de un lado a otro. Alarmada, Elia corrió adonde estaban sus hijos: “No nos salimos de la casa. Nos podríamos haber salido inmediatamente, pero nos paramos en el que yo creí que era un lugar seguro. Mis hijos sí se preocuparon mucho y por la ventana que daba al patio vi como un arbolito que teníamos, un ficus, oscilaba con violencia. La fronda golpeaba con el suelo a un lado y otro.” Pasado el momento, no se molestaron en prender la radio. Se terminaron de preparar tranquilamente y salieron hacia el Colegio. Una vez ahí se les informó que las clases habían sido suspendidas y, conforme llegaban más familias, se fueron enterando de la magnitud de la catástrofe. La información –en una época sin celulares, internet ni whatssap –tardó mucho en fluir, llegando de forma fragmentaria. Ni siquiera funcionaban los teléfonos, debido a que en la central en Victoria (las oficinas de Telmex en el Centro Histórico), los paneles estaban dispuestos en fila –como los libreros en una biblioteca– sin ninguna trabe o soporte adicional; cuando se cayó el primero, derribó a todos los demás como fichas de dominó. La ciudad quedó sin servicio telefónico, por un defecto tan absurdo. El día de hoy, por ejemplo, en la Biblioteca “Jesús Silva Herzog” del Madrid, hay postes intermedios entre los libreros para evitar ese tipo de accidentes. Estos problemas provocaron un completo vacío informativo. En ese momento, los padres de Elia estaban en España, y lo único que reportaron los noticiarios fue que Ciudad de México había desaparecido después de un terremoto devastador. Este ambiente fue caldo de cultivo para los rumores, algunos tan persistentes que sobreviven, distorsionados aun más por el paso del tiempo, hasta el día de hoy. Por ejemplo, circuló la especie de que muros o edificios completos del Colegio Madrid habían colapsado. Es importante aclarar que en el Colegio no se cayó nada (imágenes de muros en reconstrucción corresponden a las obras de rehabilitación estructural, posteriores al temblor). Sin embargo, peritajes demostraron que los edificios de Preparatoria habían sufrido daños estructurales. Las clases quedaron suspendidas hasta nuevo aviso. Días después se celebró una junta con padres de familia en un Auditorio “Lázaro Cárdenas” atestado. Un padre preguntó si existía el peligro de que se perdiera el año académico. Elia recuerda con claridad la respuesta de Cristina Barros, entonces Directora General: “No, no se va a perder el año académico. Pero yo le aseguro que las enseñanzas de este año para sus hijos, para ustedes y para nosotros, van a ser muy superiores a las que contiene el programa”. La respuesta de la comunidad fue muy solidaria y se resolvió reanudar clases el día 6 de octubre, en los edificios considerados seguros después de la inspección. Para dar cabida a todos los grupos desplazados por el cierre temporal de algunas instalaciones se li9

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beraron salones en el resto del Colegio, o se hicieron adaptaciones temporales con triplay en otros espacios, como galerías y bodegas. Incluso se impartieron clases en pasillos, con el pizarrón en un trípode. “Fue impresionante”. Grupos de ex alumnos y padres ingenieros y arquitectos siguieron de cerca en el proceso de rehabilitación estructural. Se acordó una norma emergente, mucha más estricta a la norma oficial aprobada después. La rehabilitación empezó por los edificios dañados. Después Junta de Gobierno decidió que toda la escuela debía cumplir los requisitos. Las medidas adoptadas fueron diversas y variaron según las peculiaridades de cada edificio (número de niveles, materiales empleados, Foto: Laboratorio de imagen. Colegio Madrid etc.). Entre ellas cabe mencionar los contravientos de acero (los triángulos rojos); una nueva cimentación, que incluyó la prolongación de las zapatas de los edificios para hacerlas corridas; forrar las columnas de concreto con fundas de acero; crear una separación entre elementos elaborados con materiales diversos (“materiales distintos, trabajan distinto”); rehacer con enjambres de varillas colados con con10 creto muros cabeceros y de carga, etc. Pero estructuras sismo-resistentes son sólo una parte de la solución. Es necesario un plan de seguridad. Para diseñarlo, en esa misma junta con padres de familia se formó una Comisión de Seguridad, integrada por cerca de veinte personas. Al cabo de pocos días su número se redujo a diez y finalmente a dos, Elia Arjonilla y Rosa Melgar. Elia recuerda su trabajo en esta comisión como el mayor reto de su vida. El diagnóstico era “va a seguir temblando”, y ellas dos fueron las responsables de diseñar e implementar un programa que garantizara la seguridad de los alumnos, de sus hijos. El trabajo en esta comisión fue, en un comienzo, completamente voluntario –sin percibir honorarios de ningún tipo ni formar parte de la estructura administrativa del Colegio. Por otro lado, la colaboración por parte de la institución fue total: apertura de los espacios, transparencia absoluta, la posibilidad de hacer consultas con cualquier empleado, coordinación con personal directivo, mostrar los archivos, receptivos frente a las propuestas, etc. Era muy difícil reanudar actividades sin tener una idea clara de qué hacer, cómo conducirse en el caso de un nuevo temblor. La primera tarea era revisar toda la literatura disponible en materia de prevención de desastres, y visitar aquellas escuelas en México que ya tuvieran programas de prevención. Se buscó por doquier protocolos, pero los existentes no se adaptaban bien a nuestras necesidades. En Estados Unidos, que tiene zonas de gran actividad sísmica, el método de protección personal recomendado es el duck and cover, ideada frente a la amenaza de bombas nucleares, pero que se aconseja también para otras emergencias. En Estados Unidos, don- de los muebles son muy sólidos y los materiales de construcción más ligeros, esto puedo funcionar, pero en México es un despropósito. Lo mejor es salir siempre al aire libre, no quedarse bajo techo; lo que hizo especial sentido en el Madrid, dada la naturaleza de sus instalaciones, donde se pueden evacuar aulas y oficinas hacia los patios sin quedar atrapado en laberintos de pasillos ni cubos de escaleras. En la literatura, proveniente sobre todo de Estados Unidos u otros países desarrollados, los protocolos suponían respaldarse en una red muy amplia de servicios; alertas, infraestructura, entre otros, inexistentes en México en 1985. Una de las pocas escuelas donde existía una cultura de prevención riesgos era el Liceo Mexicano Japonés (Japón es otro país periódicamente asolado por terremotos devastadores). El director del Liceo las recibió muy cordialmente y compartió generosamente su experiencia pero, para sorpresa de Elia y Rosa –que esperaban papeles y protocolos– disponía de muy pocos documentos. En lugar de cosas escritas, los japoneses apuestan a sus tradiciones, a su cultura: “Para nosotros lo importante es lo que se aprende y se practica” Por ejemplo, es una costumbre japonesa que haya floreros en cada habitación. En casas tradicionales fabricadas con madera y papel, muy propensas a incendiarse, disponer de un cubo con agua en cada estancia es prevención de desastres. En el Liceo tenían un mantra “No corro, no grito, no empujo”. La Comisión propuso adoptar este lema en el Colegio, que fue inmediatamente aceptado. Fue un buen punto de partida: entender que la protección civil no es un plan de desastre, que pocos van a leer; sino una costumbre, lo que se hace a diario. Otras escuelas también tenían pro-

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Número 7 tocolos, con frecuencia completamente inadecuados. Algunos contrarios incluso al sentido común, como evacuar por tiempos: en el último salón de la fila debía contarse hasta 1,200 (sin que estuviera establecido siquiera a partir de qué) antes de salir. En otros se prescribía que los alumnos debían concentrarse, dentro del mismo salón, contra un muro de carga. No se entendía la mecánica de los flujos de gente ni la naturaleza de los desastres. Concepciones equivocadas como éstas pueden tener consecuencias fatales. También fue preciso combatir una tradición oral llena de prenociones erróneas. Por ejemplo, la vieja consigna de, en caso de temblor, “métete bajo el marco de la puerta”, no es el apropiado en todo tipo de construcciones. En la estela del terremoto, padres y niños estaban muy asustados. Un padre había recomendado a su hijo que, en caso de temblor, saltara por el balcón. La gente aterrorizada adhería a ideas descaminadas, que lejos de ayudar en una situación de riesgo, la exacerbaban. Con escasos elementos y grandes obstáculos a vencer, la Comisión debió integrar un plan. Sin alertas de ningún tipo, se decidió que el primero que se diera de cuenta de que estaba temblando –maestro o alumno– debía gritar: “¡Emergencia!”. El más cercano a la puerta debía abrirla y había que evacuar ordenadamente, “sin correr, sin gritar y sin empujarse” a zonas de seguridad preestablecidas. De salón en salón, se expusieron estas medidas. La siguiente oportunidad que se produjo un temblor, otra réplica, todos supieron qué hacer y la sensación de seguridad fue mucho mayor. A partir de esa experiencia, la Sociedad de Padres de Familia solicitó a la Junta de Gobierno que la Comisión de Seguridad fuera integrada de forma permanente a la estructura del Colegio. Elia El Madrugador y Rosa fueron contratadas y pudieron dedicarse de tiempo completo a la consolidación del programa. A pesar de que el Colegio seguía en una situación de emergencia, con todo espacio susceptible de ser aprovechado como salón transformado en aula, subdividido cuantas veces fuera posible, les encontraron un lugar donde instalarse. El trabajo que siguió fue muy intenso, pero también muy satisfactorio. La Comisión tuvo que redactar protocolos, estudiar la naturaleza de la amenaza física, cómo se producen los flujos de gente, qué obstáculos existían a una evacuación eficiente, identificar las mejores rutas y los espacios seguros, contactar con expertos de los campos más diversos y fundamentar ante las autoridades de la Junta de la pertinencia y la idoneidad de cada medida recomendada. Todo se tuvo que justificar, por escrito. Se generaron muchos documentos. El objetivo central fue crear una cultura de prevención, lo que significó seguir visitando todas las secciones del Colegio, grupo por grupo, comunicando las medidas y sensibilizando sobre los riesgos. Elia y Rosa buscaron una relación cercana y amistosa con los estudiantes, para asegurarse una actitud receptiva hacia las nuevas nociones que buscaron inculcar. En este contexto surgió el mote de las Chicas terremoto. El sobrenombre vino de una película de 1972, La chica terremoto (en inglés What’s Up, Doc?, dirigida por Peter Bogdanovich), protagonizada por Barbra Streisand. Elia ni siquiera ha visto la película –que no tiene nada que ver con terremotos. Pero, sobre el apodo, nuestra entrevistada asegura: “nunca nos cayó mal, en realidad a nosotras lo que nos importaba era que nuestro mensaje llegara. Entonces cuando entrábamos a los grupos y los más gran- Septiembre 2015 decitos decían: ‘¡Ay, qué bueno que llegaron porque así vamos a perder clase!’ no le dábamos importancia, no nos sentíamos ofendidas. Las Chicas terremoto fuimos eso… Jugábamos el rol de ser ‘buena onda’, no era la disciplina, era ‘saber hacer’…. Aprendimos muchísimas cosas. Nos siguieron diciendo así muchísimo tiempo…” La experiencia reunida por la Comisión fue notable y se ganó el reconocimiento de propios y extraños. Pronto, otras escuelas públicas y privadas se acercaron al Colegio (o a Elia y Rosa de forma personal) a buscar orientación y ayuda. A la Secretaría de Educación Pública se le otorgó un apoyo muy significativo. El lema “no corro, no grito, no empujo”, retomado del Liceo Mexicano Japonés, se convirtió en el lema nacional de seguridad escolar. Elia y Rosa diseñaron cursos y talleres, colaboraron con el grupo que elaboró el Programa Nacional de Seguridad y Emergencia Escolar, compartieron documentos generados para el Colegio Madrid (planes de trabajo, guías de procedimientos para maestros y alumnos, informes, etc.), entre otras. Hoy, próximo el XXX Aniversario del terremoto de 1985, Elia lamenta que, al margen de reconocimientos y diplomas extendidos de forma individual a Rosa y a ella, la SEP no haya hecho nunca un reconocimiento oficial al Colegio Madrid, como institución, por sus aportes a los planes de protección civil. Uno de los reconocimientos a su trabajo fue una visita de expertos provenientes del Lawrence Hall of Science de la Universidad de California-Berkeley. Quedaron muy impresionados con todo lo que se había hecho prácticamente desde la nada. Valoraron la construcción de una propuesta pertinente, tanto desde el punto de vista cultural como material, para nuestro 11

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país y nuestra ciudad. Producto de este intercambio fue la coautoría de un artículo en la prestigiosa revista Disasters, una publicación científica del Humanitarian Policy Group del Overseas Development Institute (Londres). Elia se volvió experta en comunicación de riesgos, fue invitada a trabajar como asesora en el Centro Nacional de Prevención de Desastres, se certificó como instructora en prevención y se multiplicaron las publicaciones, muchas en colaboración con otros especialistas. La convocaron también a colaborar en el GDF como promotora del programa de Alerta Sísmica en las escuelas de la ciudad. El Colegio Madrid fue uno de los primeros en tener la alarma. Con el paso del tiempo, Rosa Melgar se dedicó a otras funciones administrativas dentro del Colegio, y Elia se quedó sola en la Comisión de Seguridad. Llegó un momento en el que consideró oportuno dejar que el proyecto marchara solo y ella continuar con su trabajo en otros espacios. El terremoto dejó un legado, un aprendizaje. Como respuesta se creó el Centro Nacional de Prevención de Desastres –significativamente, también gracias a una colaboración con Japón– que creó programas primero para la protección de la población en caso de sismos, pero después se ha ido ampliando para hacer frente a otros desastres naturales, que engloben todo cuanto pueda pasar. Se han verificado progresos importantes: programas como la Alarma Sísmica, normativas para que toda institución posea un plan interno de protección civil, etc. Sin embargo, hay nuevos desafíos. Conforme se aleja en el tiempo el shock de 1985 y los protocolos se vuelven rutina, se ha dejado de dar a la prevención la importancia que merece. Con frecuencia, “se hace simulación en vez de simulacro”. Un programa serio de prevención debe componerse, necesariamente, de estructuras sismo-resistentes, un sistema de alerta y un programa de seguridad. En ausencia de cualquiera de estos tres elementos hay una situación de gran peligro. Por supuesto, rehabilitar estructuras ya construidas en un país como el nuestro, representa una inversión a la que muchas instituciones públicas y privadas no pueden hacer frente. Sin embargo, Elia subraya que uno de los aprendizajes de 1985 es que hay formas incluso precarias de enfrentar la amenaza física; que parten de entender dónde está el mayor riesgo. En lugar de esto, en diversas instituciones se adoptan políticas contradictorias, sujetas a los cambios de personal y los caprichos de los responsables. No existe una normativa clara y unificadora. A muchos lo único que les interesa es contar con el certificado de programa interno de protección civil para meterlo en trámite en la delegación y operar sin problemas. Se olvida el por qué de las cosas. Para Elia, trabajar en la Comisión de Seguridad representó la oportunidad de colaborar con profesionistas con antecedentes y preparaciones muy diversas; de conocer a mucha gente seria, auténticamente preocupada por la seguridad de la población y, en el caso de las escuelas, por el bienestar de los alumnos. Las expectativas depositadas en ellas fueron enormes, pero padres y especialistas compartieron sus conocimientos y recursos con enorme generosidad. La comunidad del Colegio les dio toda su confianza. “Fue una experiencia determinante en nuestras vidas”. Foto: Laboratorio de imagen. Reconstrucción CCH Colegio Madrid Foto: Laboratorio de imagen. Reconstrucción CCH 12

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Número 7 El Madrugador Septiembre 2015 “No tienes ni idea, en ese momento, de a qué te estás enfrentando” Andrea Armendáriz y Eduardo Franco Martínez, (1er semestre). a la semana tenían clase de siete; fue ese día. Tenían la clase de Derecho” nos cuenta Laura. Ella todavía no se encontraba en el Colegio cuando se produjo el sismo, pero una vez llegó ahí se encontró al maestro y los alumnos, muy impresionados, parados en la puerta. Debido a la intensidad del temblor y a la situación crítica en que se encontraba la ciudad, se resolvió, casi inmediatamente, suspender las clases ese día, “hasta nuevo aviso”. “Los alumnos (de otros grupos y secciones del Colegio) empezaron a llegar y automáticamente se les empezó a regresar a sus casas, pero hubo problema con los que venían en el transporte escolar.” Con el servicio telefónico suspendido, era virtualmente imposible localizar a sus padres. “Lo que sucedió fue que el evento fue tan fuerte, que todos los padres vinieron, a muchos no tuvimos que llamarlos sino que vinieron en ese instante ellos mismos y recogieron a sus hijos y se los llevaron.” Así, a las once, ya no había alumnos en las instalaciones. La información fluía lentamente, pero en el transcurso de la mañana se fue haciendo evidente la magnitud de la catástrofe. Laura describe haber sentido una enorme vulnerabilidad, angustia, impotencia: “Tú, de alguna manera no tienes ni idea, en ese momento, de a qué te estás enfrentando.” Volvió a experimentar esta sensación años más tarde: el 11 de septiembre de 2001 se encontraba en Nueva York, el día del atentado contra las Torres Gemelas. Antes de reanudar clases, era in- Entrevista con Laura Fronjosá, directora de la Preparatoria en 1985. dispensable aquilatar los daños sufridos por las instalaciones del Colegio. No había ninguna fractura evidente, pero esto tenía que ser determinado por expertos. “Hubo varios organismos gubernamentales que facilitaron estos servicios, haciendo diagnósticos en una gran cantidad de edificios.” Gracias a la solidaridad de ex alumnos Lo que empezó como una mañana común y corriente de jueves, en punto de las 7:19 se convirtió en una pesadilla. La tierra se movió primero de forma oscilatoria, luego trepidatoria. Segundos después, gritos desgarraron la calma matinal, edificios cedieron ante la gravedad, la gente salió corriendo y llorando ante la catástrofe. Una nube gris obstruyó la visibilidad y la capacidad de respirar. Dos eternos minutos duró. Y cuenta nueva. La maestra Laura Fronjosá, hoy jubilada, impartió clases de Filosofía, Lógica y Ética en el bachillerato del Colegio Madrid durante cuarenta y tres años. Entre 1981 y 1989 fue directora de la Preparatoria y, en esa posición, le tocó hacer frente al terremoto de 1985, sus consecuencias y la reconstrucción de la escuela. En sus propias palabras, fue “un periodo muy difícil”. A 30 años de la catástrofe, Laura comparte su testimonio con El Madrugador. “Las clases en la prepa empezaban a las ocho, pero el área 2 (último año de preparatoria, correspondería aproximadamente a la actual opción B) era la que más materias tenía. Una vez Foto: Revista Nosotros Ahora. Año 2. No. 7 y otros miembros de la comunidad, profesionales del Instituto Mexicano del Petróleo apoyaron al Colegio con la realización de peritajes oportunos. Se revisaron los edificios para verificar si eran seguros, si se podían usar o no. Los de la secundaria y la preparatoria fueron afectados y requerían ajustes; mientras que los de preescolar, primaria, la biblioteca y las oficinas se podían utilizar sin riesgo. En una reunión, las directoras buscaron cómo reorganizar las actividades en unas instalaciones temporalmente reducidas: “Preescolar se compactó y cedió salones a primaria. Entonces, primero, segundo y parte de tercero de primaria se pasó a edificios del preescolar. Parte de tercero, cuarto, quinto y sexto permanecieron en su sección.” En las aulas desocupadas gracias a este reacomodo se instaló la secundaria. 13

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Faltaba la preparatoria. En un comienzo, se discutieron varias alternativas, como alquilar un local por un año. La decisión en firme debía tomarse en una junta con los padres de familia. Laura recuerda que esta junta fue muy emotiva, y los asistentes se volcaron abrumadoramente porque la comunidad permaneciera unida, “era muy importante que estuviéramos todos juntos.” “Me llaman de la dirección general y me dicen: ‘Laura, tienes que ver donde acomodas a la prepa.’ Eran 18 grupos y cada uno de alrededor de 40 personas”. La entonces directora del bachillerato recorrió las instalaciones como nunca lo había hecho antes, inspeccionando exhaustivamente todos los espacios, buscando donde ubicar grupos. Los salones quedaron dispersos: en la biblioteca se formaron tres aulas separadas por muros de tablaroca o triplay. En la Unidad Cultural, en la superficie que hoy ocupan oficinas y la galería en el primer nivel, y el laboratorio de imagen y cubículos en el segundo –superficie que entonces estaba despejada– se improvisaron más salones con divisiones temporales. Otro tanto se hizo con la nave que alberga la bodega y el área para trabajadores a un costado de la Unidad Cultural, al lado de la cancha de básquetbol. Los laboratorios también habían quedado fuera de servicio, pero para satisfacer los requerimientos se montaron laboratorios temporales bajo las gradas de la cancha al fondo de la secundaria, donde se practicaron experimentos sencillos con fines de demostración. Las direcciones de secundaria y preparatoria, con todo su personal administrativo, debieron compartir las oficinas con la Dirección General. Aunque todos cooperaron hasta el límite de sus capacidades, las duras condiciones materiales supusieron presiones muy fuertes. “Piensen que 14 si un maestro no encontraba un gis para escribir en el pizarrón al entrar al salón, tenía que ir a buscarlo a la dirección, que estaba al otro extremo del Colegio… Sí tengo que contarles que, a ésta situación material difícil, se sumaron conflictos dentro de la comunidad, que hicieron el trabajo muy pesado.” La tensión producto de la emergencia exacerbó otros problemas, y las relaciones interpersonales se descompusieron gravemente. Un grupo de siete maestros descontentos renunciaron en bloque: “Yo, como dirección, me encuentro con el problema de acomodar a los grupos en salones muchos lo hicieron, y algunos donaron incluso cantidades más importantes. También se consiguieron donativos de otras instituciones públicas y privadas, nacionales y extranjeras. De entre estos, los más significativos fueron los del Gobierno de Cuba, el del pueblo de Luxemburgo y el de Banamex. Sin embargo, el Colegio fue muy cauteloso, asegurándose antes de aceptar ningún apoyo que este no entrañara ningún compromiso político ni ideológico. Los nombres de personas y organismos que donaron para la reconstrucción están recogi- Foto: Laboratorio de imagen. Reconstrucción CCH Colegio Madrid y de buscar a siete profesores.” Fueron momentos muy adversos, y Laura recuerda que influyeron de forma determinante en su eventual decisión de dejar la dirección de la preparatoria. Sin embargo, es muy importante destacar que, en general, la comunidad del Colegio Madrid demostró ser fuerte y estar unida. La rehabilitación estructural de los edificios requirió del apoyo de expertos, muchos de los cuales ofrecieron su trabajo voluntario al Colegio. También fueron necesarios muchos recursos económicos. Se invitó a los padres de familia a pagar de forma voluntaria, una colegiatura extra ese año; dos en un Número Extraordinario del Nosotros Ahora, aparecido en el Tercer Aniversario de los Sismos de 1985 (Año 2, No. 7, Septiembre de 1988). La reconstrucción de secundaria y preparatoria se llevó un año completo, y fue integral. El daño principal fue consecuencia de que los tres cuerpos del edificio –dos naves de salones y el núcleo de las escaleras– estaban unidos. Con el terremoto cada cuerpo se movió de forma distinta, pero la conexión provocó una fuerte torsión que comprometió la estructura. Para remediar este fallo, se crearon divisiones entre los cuerpos. Se trata

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Número 7 de las pequeñas ranuras que pueden observarse en el suelo entre los pasillos, y que permiten que cada núcleo se mueva de forma autónoma en caso de sismo. En adición a esto, se reforzaron los edificios: se apuntalaron columnas de concreto con “camisas” de acero, y se tendieron columnas de acero diagonales o contravientos para absorber la fuerza sísmica. Estas columnas diagonales, pintadas de rojo, provocaron, según cuenta Laura, que el Madrid pasara a ser conocido como “el Colegio marca libre”, por la similitud entre los triángulos rojos dibujados por los contravientos con el emblema de marca libre Aurrera. El Madrugador Septiembre 2015 Aulas provisionales. Foto: Laboratorio de imagen. Colegio Madrid Cuando la rehabilitación estuvo terminada, los salones provisionales fueron abandonados –y posteriormente desmantelados– y las actividades retornaron a las instalaciones de Secundaria y Preparatoria. Cada alumno tuvo que cargar su banca de vuelta: “No le podíamos echar todo el trabajo a los del mantenimiento. Entonces, mucho hacían los alumnos si cargaban su banca.” Por la hora a la que se produjo el terremoto, y por suerte, nadie en las instalaciones del Colegio sufrió daños ese 19 de septiembre; pero la magnitud del desastre y del sufrimiento que provocó por doquier obligó a una toma de conciencia. Fue imperativo reconocer que la institución no estaba preparada, como probablemente nadie lo estaba en México antes de 1985. Laura reflexiona: “Te das cuenta de que reaccionar bien puede salvar muchas vidas”. Dos madres de familia, Elia Arjonilla y Rosa Melgar, decidieron crear un protocolo de seguridad para la escuela, que fue mejorándose poco a poco. “El Programa de Seguridad de la escuela fue el resultado de mucho dolor.” Así como ocurre con el Programa de Seguridad, muchos aspectos del Colegio que hoy damos por sentado, que a veces incluso se han trivializa- do o no se asumen con seriedad; han sido producto de la respuesta de la comunidad frente a coyunturas críticas. Otro ejemplo es la Verbena, organizada por primera vez para reunir fondos para los estudiantes hijos de exiliados chilenos. “Yo entiendo que, porque tú no tuviste la experiencia, no puedas pensar a donde te puede llevar”. Conocer la historia que hay detrás de estas cosas, “que no siempre fueron así”, nos ayuda a sensibilizarnos acerca de su importancia y su significado. Aulas provisionales. Foto: Laboratorio de imagen. Colegio Madrid La obra supuso derribar muchas paredes. Las impresionantes imágenes de muros medio derruidos en el Colegio (como la que aparece en la portada de este número de El Madrugador) pertenecen a la reconstrucción, no a los daños producidos por el terremoto. “Se aprovecharon todos los ladrillos que se pudieron rescatar.” Algunos, sin embargo, se “perdieron”: “Hubo, incluso, alumnos que se los llevaron de recuerdo”. Salón de Maestros provisional Foto: Laboratorio de imagen. Colegio Madrid 15

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