Nº 28. "Horizonte de Letras"

 

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Revista digital de creación literaria, editada por "Alfareros del Lenguaje"

Popular Pages


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Revista digital de Creación Literaria Editada por: Sumario Editorial (pág. 4) Nuestros socios (pág. 5) Relato (pág. 5) Opinión (pág. 25) Líneas y Trazos (pág. 29) Haiku (pág. 30) Quijotes del Arte (pág. 33) Nuestros colaboradores (pág. 35) Relato (pág. 35) Micro-relato (Pág.45) Poesía (pág. 47) Ensayo histórico (Pág. 55) Reseña literaria (pág. 65) Greguerías (pág. 67) Entrevista (pág. 69) Publicaciones recibidas (pág. 78) Entrevista a Wenceslao Maldonado: Poeta y escritor argentino. EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 2 de 84 ©: Revista “Horizonte de Letras” Editada por: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 Dirección, evaluación y coordinación: Rafael Gálvez José Bárcena Fernando J. Baró Ignacio León Enrique E. de Nicolás Maquetación: Enrique E. de Nicolás Para contactar con nuestra asociación: www.alfareroslenguaje.org info@alfareroslenguaje.org Para suscripciones y colaboraciones literarias: www.horizonte-de-letras.webnode.es horizontedeletras@gmail.com __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 3 de 84 Fundada en 2009 por Enrique Eloy de Nicolás Nº 28 Julio-Septiembre de 2015 EDITORIAL “Afectos y sentimientos”, de Julio Valencia NUESTROS SOCIOS RELATO “El ángel caído”, de Ignacio León “La boda”, de Rafa Gálvez “El castillo de Negrales y otros relatos”, del Marqués de Alféizar “El gran susto de don Ataulfo”, de Matilde Gonzálvez “Ego (2ª parte)”, de Santiago J. Miranda OPINIÓN ”Dos hidalgos y un destino”, de Fernando Cotta “De cómo los libros y sus congéneres tienen los días contados”, de Enrique E. de Nicolás LINEAS Y TRAZOS Ilustración de María Rey, con el título “Amor/Desamor” Poema de Toñi Cabrera, con el título “Desengaño” HAIKUS Extraídos del libro “Haiku en la Ciudad. Poesía Zen”, de Juan Luis Salvador. QUIJOTES DEL ARTE “Segundo Serranos. Quijote esclavo de la libertad”, de José Bárcena NUESTROS COLABORADORES RELATO “Tacones ajenos”, de Ainhoa Bárcena “Dela memoria, el olvido y el recuerdo”, de Dolores Otálora “El prestigio”, de Javier Úbeda “El tercer túnel”, de Antonio Sanz Fadrique MICRORRELATO “Leire”, de Dolores Otálora “Recordándote”, de Javier Úbeda “La inquietud”, de Antonio Sanz Fadrique POESÍA “Entre ramas”, de José Baró de Irureta “Amor de poemas”, de Rolando Revagliatti “El clavo de una herradura”, de Segundo Sarabia “Sembrador de la besana”, de Marcela de Nicolás “La amistad”, “Cursi” y “Claro de Luna”, de Aleqs Garrigoz “Poema a una amiga” y “Dicen”, de Miguel Ángel Serrano “Esbozo”, “Despertar” y “Demencia”, de Ana Romano ENSAYO HISTÓRICO “Movimientos Centrífugos en España. Antonio Pérez del Hierro (capítulo VI)”, de Cesáreo Jarabo Jordán CRITICA LITERARIA “La Isla”, de Gianni Stuparich. Reseña de Javier Úbeda Ibáñez GREGUERÍAS Francisco Javier Landa Cánovas ENTREVISTA Wenceslao Maldonado. Realizada por Rolando Revagliatti PUBLICACIONES RECIBIDAS __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 4 de 84 Julio Valencia Monescillo nació en septiembre de 1947 en el viejo Madrid del Avapies y recriado en el barrio de los Austrias. Cursó estudios en el colegio Nuestra Señora de la Paloma sito en carrera de San Francisco el Grande, y posteriormente accedió al Instituto Politécnico Virgen de la Paloma (antiguamente Escuela de Artes y Oficios). En el periplo de su vida en aquella época, desempeñó alguno de los oficios que había aprendido. Y escogió ser Agente Comercial Colegiado, hasta su jubilación. Actualmente es socio colaborador en la Asociación Literaria Alfareros del Lenguaje, donde sus veteranos compañeros le han encomendado redactar las editoriales. AFECTOS Y SENTIMIENTOS Hola, cariñosos saludos a todos nuestros seguidores de esta revista digital. En cada nuevo número que ofrecemos, nos exigimos el máximo esfuerzo y dedicación para tratar que las ideas y las letras se abran a nuevos horizontes. En redes sociales apreciamos cada día el aumento y adhesión de nuevos seguidores que solicitan amistad y colaboración para expresar su talento e inquietudes literarias. Esta entrega nos motiva llenándonos de orgullo y satisfacción. En especial, queremos dar las gracias a esa gran persona, que ya consideramos amiga y colaboradora, Ángela Piña. Ella tuvo la gentileza de invitarnos a la presentación de su primera novela, en el primer congreso Iberoamericano de literatura celebrado aquí, en España, en la emblemática e histórica ciudad de Toledo, que ha sido patrocinado por la Ilustre Sociedad Iberoamericana de Escritores, y que fue representada por Don Ismael Álvarez de Toledo. El acto se celebró entre los días 16 al 19 de Abril de este año 2015, en el hotel Beatriz en Toledo. Aprovechamos desde aquí para felicitar a la susodicha Sociedad en su aniversario, que se cumplió el 15 de Mayo de este año. “Alfareros del Lenguaje” les agradece la distinción de la que fue objeto por parte de esa Sociedad, amén de agradecer el honor que se nos brindó de exponer ante el público asistente los proyectos literarios en los que estamos embarcados, así como ofrecernos a una colaboración mutua entre ambas asociaciones. A los que tuvimos la suerte de pasar el día con ellos nos hicieron pasar un día inolvidable. Por ello, muchas gracias a todos ellos. Vaya desde aquí, desde esta editorial, nuestro sincero y encarecido agradecimiento. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 5 de 84 Ignacio León Roldán nació en la histórica ciudad de Córdoba. Cursó estudios en el Instituto Góngora, que abandonó por la necesidad de todos los tiempos: el trabajo. Mientras realizaba esta función, no dejó de leer todo cuanto encontró y escribir sin descanso. Actualmente es miembro fundador de la Asociación de Escritores de Alcorcón “Alfareros del Lenguaje”. Fue miembro de la Asociación Literaria Verbo Azul, donde publicó sus obras “La orquesta”, “La desconocida” e “Historias asimétricas”, además de otros cuentos en las Antologías editadas por esa asociación. Fue finalista del V Certamen de Narrativa “Manuel Romero” de 2008. EL ÁNGEL CAIDO El imperioso deseo de estar con sus tíos hizo que la tarde del domingo la dedicara a preparar las maletas. El lunes, a eso de medio día aterrizó en Barajas. El tío Rivaldo, impaciente, lo estaba esperando. Al encontrarse se fundieron en un estrecho abrazo el cual dejaba a las claras el afecto y cariño por ambas partes. Al llegar a la casa el recibimiento de la tía Animosidad no podía ocultar el gozo de tener a su queridísimo sobrino con ellos, aunque sólo fuese por dos cortas semanas. Animosidad, en el trascurso de la comida, ávida de saber cómo le iba en la vida, no paraba de interesarse por los detalles de la misma; incluso de los más insignificantes. Una vez satisfecha su curiosidad abordó con exquisito tacto los motivos que le habían llevado a lanzarse a la aventura de hacerse exportador de flores en un mercado que, a ojos vista, estaba colapsado. ─Fidel, hijo mío ─dijo Animosidad─, ¿no crees que el proyecto puede muy bien llevarte a la ruina? ─No te preocupes ─Respondió el aludido en tono comprensivo─ . Es algo que siento como una ofrenda para mis abuelos paternos, Íntimo y Mercedes. ─Pero si tus abuelos se dedicaban a la agricultura y tú has enfocado el cultivo de las tierras a planteles de flores. No creo que ni a él ni a ella se le hubiera pasado por la cabeza, ni por lo más remoto, el proyecto que pretendes. ─Como tú bien sabes, ─apuntó Fidel─, el abuelo dedicaba una pequeña parcela a la siembra de rosales negros, y estos tienen la peculiaridad, por ser los únicos en el mundo, de poseer en el cáliz una especie de lágrima invertida de un color bermellón intenso. También sabes de sobra que los regalaba a cualquiera con la condición de que a su vez, los resembraran e hicieran lo mismo con amigos y conocidos. ─Sí hijo, pero no sé qué tiene eso que ver. ─Te lo resumiré: el gancho para las ventas está diseñado en la provisión gratuita de las simientes de estas rosas con las mismas condiciones que el abuelo exigía. ─Está bien hijo, tú sabrás lo que haces. Rivaldo que, mientras ellos hablaban, se había mantenido en discreto mutismo, salió del mismo para decir que, sintiéndolo mucho, tenía una cita ineludible con la junta directiva de abogados como presidente y máximo accionista. Animosidad nada reprochó, pero su cara lo decía todo. Así que, Rivaldo se vio en la necesidad de dar una explicación en la que expuso que la reunión era crucial para el futuro del emporio. Cuando Animosidad y Fidel quedaron a solas, conversaron de mil y una anécdotas de la infancia. Como a eso de una hora de estar hablando, se presentaron en la casa dos íntimas amigas de Animosidad que saludaron a Fidel con excesivas muestras de afectividad. Media hora después de contestar pacientemente a un alubión __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 6 de 84 de preguntas, Fidel dijo estar deseoso de pasear y respirar los aires de Madrid. Con el disgusto consiguiente de las amigas de Animosidad, y la comprensión cómplice de ésta, se retiró. De manera inesperada, los pasos le llevaron al Parque del Retiro. Allí, se recreo en la apacibilidad de un paseo en barca. A continuación, le surgió la necesidad de perderse por el recinto en un parsimonioso paseo. El deambular sosegado por el recinto y el correteo alocado de los críos hacía sus delicias. Sin darse cuenta, llegó a una explanada en el centro de la cual había una fuente en cuyo epicentro se alzaba una ostentosa columna octogonal. En la base, cada una de las caras, estaba adornada por imágenes que representaban diablos. La intriga le hizo levantar la mirada buscando la efigie que coronaba el obelisco. Permaneció ante ella como si una fuerza magnética le poseyera. Mientras duró la atracción, radiografiaba, palmo a palmo, todos los pormenores del contorno de la simbólica escultura: el cuerpo inclinado; las alas extendidas; la serpiente enroscada entre las piernas y el antebrazo derecho; la mano izquierda sobrepuesta a la altura de las cejas a modo de visera; y lo más asombroso: la cara de espanto dirigida hacía el firmamento. Entre tanto que iba observando, su mirada se dirigía, de hito en hito, y según inspeccionaba los detalles, ocurrió un hecho fuera de lo normal. El ángel comenzó a forcejear con la serpiente en un intento de liberar la mano derecha para escapar de la férrea sujeción a la que le tenía sometido. La reacción del reptil ante la inesperada pugna del ángel no se hizo esperar. Cerró las fauces y los ojos lanzaron rayos de rabia contenida hacía el prisionero, al tiempo que también los dirigía contra la figura de Fidel, fulminándolo. Sucedió en un batir de pestañas. Al sentir el odio asesino del ofidio, a Fidel se le instaló un nido de culebras en el corazón que, enfebrecido, empezó a bombear a tal ritmo que notó el descontrol de sus órganos. A punto estuvo de ceder a las manifiestas tendencias de la vejiga y el esfínter. Mientras trataba de dominarse, el áspid se revolvió con furia y sin disminuir la presión de la cola atenazada al antebrazo derecho, que estaba sujeto contra la roca, se elevó y, con regocijo, comenzó a enroscarse por el muslo izquierdo para seguir una trayectoria ascendente por cintura, abdomen y pecho para acabar rematando en el ala izquierda. La opresión que ejerció sobre ésta, con la clara intención de quebrarla, tuvo que ser fortísima porque un quedo quejido, por parte del ángel, obró la estampida de las nubes que, ante la épica lucha, habían adquirido un tinte plomizo. Fidel, por más que lo intentaba, era incapaz de asimilar cómo el reptil podía estirarse tantísimo. Cuando vio que el rastrero animal enfrentaba su cara a la del prisionero y abría las fauces al doble del tamaño de la cabeza de la estatua en aptitud depredadora, de un respingo, dio varios pasos hacía atrás. La mente de Fidel estaba a punto de bloquearse cuando, para rizar el rizo y para colmo de lo asombroso de la terrorífica escena que se estaba desarrollando ante sus narices, el ángel separó la mano izquierda de la frente y aferró con fiereza la garganta del repugnante ofidio girando en un ademán ligerísimo la cara hacía él y le guiñó un ojo. La impresión fue tan contundente que a Fidel se le cortó la respiración, pero haciendo un esfuerzo sobrehumano, se rehizo al escuchar las palabras que el ángel le dirigía: ─De tí depende mi liberación. Fidel no daba crédito a lo que escuchaba y presenciaba. Se balanceó al notar cómo las piernas perdían fuerza y se le aflojaban. A punto estuvo de rodar por los suelos. Con una fuerza de voluntad encomiable y aspirando, con energía frenética, una gran cantidad de oxigeno inundó su oprimido pecho. El hecho fue acompañado con unos sofocados y entrecortados resoplidos. Así logró no desvanecerse. Entonces cayó preso de un desaforado y creciente nerviosismo, y giró y giró alrededor de la fuente, como en una especie de danza ritual, hasta que el ángel volvió a pronunciarse: ─No temas nada, ─le dijo─, acabas de iniciar el descenso y la ascensión a la única verdad. Es como para volverse loco, se decía Fidel al tiempo que su cuerpo comenzaba a sufrir un cosquilleo como si una colonia de hormigas lo recorriera. El hecho dio principio a que se rascara compulsivamente. El movimiento de los miembros se asemejaba al que se manifiesta en los rituales de budú cuando los componentes entran en éxtasis. De repente la actividad desapareció igual que había venido y una marcada lividez lo poseyó. La palidez del rostro de Fidel debía de ser el reflejo de la turbación de su alma porque una pareja de avanzada edad que acertaba a pasar por allí se interesó en si le ocurría algo. El interés de los ancianos repelió la sugestión. Fidel, con palabras entrecortadas, dijo encontrarse bien. Nada más tranquilizarlos, les interrogó sobre si sabían qué significaba aquel monumento. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 7 de 84 El hombre, cogido por la sorpresa de la pregunta, con inflexión jocosa, le aseguró que se trataba de la representación del Ángel Caído. Fidel, con esfuerzo sobrehumano, ocultó la contrariedad que la información provocaba en su ánimo. Forzando la sonrisa le agradeció la aclaración. Los viejos siguieron el paseo. Al momento, Fidel se alejó rápidamente del lugar. Buscaba un sitio donde acomodarse para poder apaciguar el conflicto de las cruzadas ideas que, en un santiamén, poblaron su excitada mente. No tardó mucho en encontrar un solitario banco a la sombra de un centenario árbol. Tomó asiento, y las fue desechando, una a una, al no hallarles sentido. Cuando acabó con la última de sus ideas, notó una sensación de vacío. De repente tomó vida la radiografía realizada y la cara de pasmo hacía sonreír, veladamente, a los paseantes que acertaban a pasar por su lado. Fidel, ajeno a todo, parecía estar viendo, al detalle, la simbólica figura de la maldad y por momentos se le helaba el corazón. El deshielo fue fulminante cuando pensó que más que caído, parecía estar apresado o retenido e incapaz de elevarse. La postura, a todas luces, así lo indicaba, porque si en realidad estuviera caído, las alas estarían replegadas y de espaldas al cielo. Pero claro estaba que, la serpiente con la boca abierta en actitud depredadora, tenía a la figura humanizada atrapada por las piernas a la roca y el antebrazo derecho lo forzaba hacia abajo, lo que propiciaba la contorsión del tronco a ese mismo lado y le obligaba a tocar la tierra con el ala de esa extremidad, con el consiguiente efecto de que la otra parte tomara la disposición de enfrentarse al firmamento. Esta cavilación le llevó a otra reflexión en la que se percató que en realidad el ángel no estaba caído; al contrario, lo tenía aprisionado la serpiente. Sólo había que ver cómo el ala derecha tocaba tierra firme, y la izquierda la orientaba hacia arriba como si quisiera alzar el vuelo. Por lo tanto, concluyó el razonamiento diciéndose que no era un ángel malvado, sino la expresión de la humanidad hecha prisionera de la depredación del vil reptil. La audacia del pensamiento le condujo a comparar la negativa a los hombres del pleno conocimiento por un ente celestial, con el repugnante ofidio. En este punto de la divagación, se echó las manos a la cabeza como si quisiera amortiguar la explosión a la que estaba exponiéndola. La actividad no aminoró, más bien el gesto la aceleró esbozando la similitud de la serpiente con la aristocracia espiritual, con sus cargos y rasgos convenientemente definidos ─por el descuido, o más bien por la dejadez de todas las épocas─, para consolidarse y adherirse a su férrea coraza, como el liquen a los arrecifes con tal fuerza que seria imposible separarla sin hacer añicos la base de su piedra angular. La conclusión le asqueó, y el paralelismo le asustó. Así que, incorporándose, quiso echar una última mirada desde la lejanía hacia la fuente. El caminar indiferente de la gente al paso del monumento le dejó un mal sabor de boca. No, no quería echar en el olvido la impresión que le había causado la contemplación del Ángel Caído, pero tenía un proyecto de expansión que le iba a ocupar las horas por completo. Por eso archivó en un recóndito rincón de la memoria la vivencia que acababa de tener. El cielo comenzaba a cerrarse, lo que le llevó a consultar el reloj. El tiempo había pasado deprisa y, con prisa, inició la retirada. Por nada del mundo quería llegar tarde a la cena. Su tía Animosidad era encantadora, pero igualmente era una perfecta cascarrabias si se llegaba tarde a la hora de las comidas. Dejó el asunto del Ángel Caído a un lado de su mente. Ya recibiría la respuesta llegado el momento. Era su primer encuentro con la exaltación pública del mal y no podía sospechar en ese momento que en el futuro, de forma inesperada, se tropezaría por segunda vez con un espectáculo similar en pleno corazón Suizo… __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 8 de 84 Rafael Gálvez Olmo nace en Madrid en 1940. En el 55 trabaja ya para una Agencia de Publicidad en la que llega a ser uno de sus creativos gráficos durante más de cuarenta años. En el 58 le hacen su primera entrevista y ve publicado su primer relato en una revista “de academia”. Escribió desde muy joven y, motivado por esa inquietud se ha relacionado toda su vida con otros amantes de la literatura, por lo que le llevó a ingresar en la recién creada Agrupación Hispana de Escritores, donde fue director técnico de la publicación “Autores Lectores”, que él mismo confeccionó y modernizó durante el tiempo que perteneció a ella, publicando varios relatos (con seudónimo de Sinhué), en dicha revista, a finales de los 60 y principios de los 70. Un largo período de intenso trabajo en su profesión de creativo publicitario, le apartó del mundo literario, aunque no dejó de escribir hasta que, llegado su “relax laboral”, contactó con un grupo de jóvenes escritores con los que creó “La Voz de Ondarreta”, un periódico local (en Alcorcón), de una calidad literaria excepcional, pero de una vida muy efímera por cuestiones muy largas de exponer. Más estos mismos autores (amigos), deseaban seguir juntos escribiendo, culminando con la fundación de la ASOCIACIÓN CULTURAL-EDITORIAL VERBO AZUL, (en Alcorcón). Ha publicado diversos artículos y relatos en periódicos provinciales, y varios libros y relatos cortos en las diversas publicaciones de esta Editorial. Ha recibido varios premios literarios, así como en arte gráfico y fotografía. LA BODA Los confetis, los últimos restos de la tarta nupcial, el champagne, los gritos de “que se besen”... todo retumbaba en mi cabeza y me enardecían, me emocionaban y me asustaban pues me sentía el centro álgido de todas las miradas. –¡Vivan los novios! –¡Vivan! –¡Vivan los novios! –¡Vivan! ¡Vivan! Yo estaba totalmente entusiasmado, y tembloroso, y asustado... Yo era, sin duda alguna, el punto de atención de aquella gente que festejaba a los recién casados y que conocían mis sentimientos desde mucho tiempo atrás, así que yo aceptaba, resignado, el papel que me estaban adjudicando. Anabel había sido, (y seguía siendo), la mujer más encantadora y hermosa que yo había conocido, y de esto todo el mundo era consciente, y de mi amor por ella, y de mi adoración... Y toda la ciudad estaba convencida de que en su momento llegaría a ser la madre de mis hijos porque los hados, las estrellas, el zodiaco entero y el amor que nos profesábamos, así lo señalizaba. Éramos el uno para el otro como pareja símbolo de idealidad, y nunca se había mostrado el destino de forma tan diáfana para confirmar que nuestros grandes y queridos amigos llevaban razón. En estos precisos instantes, cuando los invitados siguen aclamando con vítores y reclamando el beso que se exige a los novios, alguien, muy al fondo, grita la otra frase, que tanto temía, de estas ceremonias. –¡Viva el padrino! –¡Vivaaa! Aguanto los gritos de incondicionales, envidiosos, murmuradores e intrigantes, que forman gran algarabía, y aprovecho, creo que muy inteligentemente, a levantar mi copa y proclamar, a gritos, por encima del clamor de los más exaltados, que era mi brindis, y lo hice así: –¡Brindo por la mujer más maravillosa del mundo! Todos alzan su copa y corean, con cien distintas voces, mis propias palabras. No era necesario decir nombre; nadie dudaba de a quién me refería con tajante afirmación, así pasó lo que pasó cuando pasó. Algarabía, elogios, felicitaciones... no dejaron de prolongarse durante todo el festejo ocupándome el tiempo hasta el punto de perder de vista a los recién casados. Me imaginé al novio haciéndole el amor en la __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 9 de 84 habitación del piso superior y una chispa de ira encendió mi sangre y no pude aguantar, (no quise), el fastidiarle aquellos momentos (ya tendría muchos otros) que me pertenecían, al menos, por las muchas noches con las que lo había soñado. Cuando, interminables minutos más tarde, la música reinició el baile y las parejas parecieron perderse en lo suyo, creyendo haber sido olvidado, subí escaleras arriba, ocultándome como ladrón de alguien que se me cruzó, y llegando hasta la puerta donde, tras ella, se encontrarían los enamorados y que mi imaginación los veía uno encima del otro, desnudos, haciendo lo que yo no podía calificar de amor, y con deseos de hacerles la puñeta, ¡por mi padre! Abrí la puerta de la habitación sin llamar, (estaba en mi casa), y la encontré en penumbra, cosa natural, mas no encendí ninguna luz, bastante tendrían con el susto si los pillaba en cueros cuando llegara al lecho. Les va a quedar el susto para toda la vida... (y a mí también, pero en dulce recuerdo de venganza). Encendí la lámpara de la mesita e iba a gritar ¡sorpresa!, y reírme de ellos, y con ellos, cuando algo ahogó mi expresión. Sobre el lecho, boca arriba, desnuda, en la mayor exposición que yo podría haber soñado con ella, se encontraba Anabel con los ojos abiertos como ventanas y la mirada perdida en un infinito muy lejano... y un estigma sangriento, por encima de aquellos ojos que yo seguía adorando, del que manaba un hilillo de sangre que hacía un recorrido desde su sien hasta la comisura de sus adorados labios. Con todo reparo, angustiado, ¡asustado!, miré el cuerpo que se encontraba a su derecha tan desnudo como el de mi amada Anabel; con los ojos tan perdidos como los de ella y con un parecido surco brotando de su boca y llegando a perderse tras su cuello empalidecido. No tuve ninguna duda de que mi eterno rival estaba muerto, pero también comprendí que mi amada no volvería a sonreírme. Ambos estaban muertos; incomprensiblemente muertos. Mientras trataba de entender aquella sin razón acerté a ver, entre ambos cuerpos, un arma de fuego, una pistola o revólver, o como quiera que se llamen esas cosas. La cogí y la examiné asombrado, abrumado, tratando de leer en aquel objeto una razón, un móvil... o el nombre del que los había matado. Mucho antes de que llegara a razonamientos que no fueran los de seguir mirando, ensimismado, aquel instrumento, que no comprendía de dónde podía haber salido, y de mirar y llorar por la mujer a la que siempre había amado, llamaron a la puerta de la habitación, dicho mejor, irrumpieron en masa como yo había hecho minutos antes. Supongo que la idea del grupo era similar a la mía en cuanto a jorobar a los recién casados, pero la historia había cambiado totalmente. II Yo estaba allí (no me lo podía perder), junto con otros treinta testigos más que, aún no comprendiendo aquel resultado fatal, sí entendíamos lo que vimos. Pero al grano, yo me debo a mi trabajo y cubrí la noticia a mi modo, a mi interés, a mi estilo dramático por el que me conocen todos mis lectores y, conociendo lo que desean, lo que les gusta más que nada, y sabiendo quién soy expuse la noticia en el diario del día siguiente, en estos términos: “... Y cuando irrumpimos en la habitación quedamos todos petrificados al contemplar al enamorado despechado pistola en mano, sangre en paredes salpicadas, cuerpos inertes a sus pies y sus propias manos ensangrentadas. “Todos conocíamos al hombre que había hecho aquello; era nuestro amigo y casi comprendíamos decisión tan extrema. Se encontraba de pie con el brazo levantado, desafiante, mostrando el arma y con la mirada asustada de asesino pillado “in-fraganti”. Aquel hombre era el que con todo derecho debía yacer al lado de la novia asesinado por el amante, pero no, él resultaba ser el ejecutor, el que mantenía el arma en su mano y con la que, indudablemente, había matado a su rival y a su eterna enamorada. “Así lo entendimos todos y así se lo hicimos ver con nuestras miradas acusadoras, y poco a poco, paso a paso, muy lentamente, nos fuimos acercando a él hasta asfixiarle con nuestra proximidad impidiéndole una posible escapada, pero, un simple ademán que realizó, con pistola y brazo en arco, nos hizo recapitular que si no era el bueno de la película, al menos, en aquellos momentos sí era el jefe, el director, el que mandaba. “Tres segundos después del susto que ofreció al respetable, acercó la pistola a su cabeza, apoyó el cañón sobre su sien derecha y apretó el gatillo antes de lo que tardo en contarlo. “Gritos de mujeres e intestinos estrujados de los hombres. “Fue muy desagradable ver saltar los sesos del amante al que todos admirábamos. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. 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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 10 de 84 “Su cuerpo se dobló hacia atrás empujado por el impacto, lentamente, al ralentí, (como lo hacen en las películas), y cayó sobre, (o pegadito) al de su desnuda enamorada. “Fue un símbolo. Un símbolo precioso que todos entendimos como sublimación del amor correspondido y también de que ambos se pertenecían para toda la eternidad. “Así se demostraba, sin duda alguna, que él era el culpable de aquella tragedia.” III La Justicia lo dijo así y dieron por zanjado el asunto, pero yo fui amigo de mi amigo, es más, lo cierto es que este amigo, en realidad, era mi hermano gemelo, es decir, siamés y desde siempre hemos estado muy juntos y eternamente sentíamos los mismos gustos por lo tanto yo también estaba enamorado hasta los huesos de Anabel, y al comprobar que no podía ser para mí ni para mi hermano decidí matarla, cosa que hice como todo el mundo sabe, pero mi hermano, más pusilánime, se libró del problema pegándose un tiro, por cierto, llevo unos días con una migraña horrorosa, sobre todo en la sien derecha. No sé... __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 11 de 84 Marqués de Alféizar 1847. Nace en la casa palacio de sus padres situada en la plaza del Conde de Miranda en pleno corazón del barrio madrileño de los Austrias, Fernando José, hijo primogénito varón de los marqueses de Alféizar. Reina en España Isabel II de Borbón. 1869. Con 22 años tiene uno de sus primeros duelos -será asiduo a los lances de honor- con el desenlace de una muerte y tener que poner tierra de por medio alejándose de Madrid. Periodo revolucionario contra Isabel II. 1874. Muere su padre y a sus 27 años hereda el marquesado de Alféizar, la casa palacio madrileña, una finca de vecinos en La Cuesta de las Descargas, terrenos fuera de la capital y la isla de Alborán. Restauración de la monarquía borbónica con Alfonso XII. 1882. Muere de tuberculosis su morena de ojos verdes y cabellos tan negros que daban en azules, dejando en el alma del marqués una herida incurable. Reina en España Alfonso XII. 1885. A sus 38 años conoce a Ignacio de Figueroa y Mendieta marqués de Villamejor y es asiduo a las mejores fiestas en los excelentes palacios de la nobleza y la burguesía madrileña de la época. Regencia de María Cristina. 1905. En la localidad alcarreña de Huete pasando unos días en casa de su amigo Arturo Sandoval es asaltado y estando al borde de la muerte es rescatado por una bella y misteriosa dama francesa convirtiéndose en un ser de las tinieblas. Tenía 58 años. Reina en España Alfonso XIII de Borbón. 1936-1939. Pasa la guerra civil en Madrid y varias provincias españolas siendo testigo de bombardeos, fusilamientos, quema de iglesias y conventos y toda clase de ejecuciones y crueldades por uno y otro bando. Horrores que plasma en sus escritos. Tiene al estallar la contienda 89 años pero físicamente representa los 58 que tenía cuando se convirtió en un ser humano distinto. Guerra Civil Española. 2014. Hoy día su aspecto sigue siendo el de un hombre de 58 años de edad a pesar de haber nacido hace 167 años. Desde el año 2008 lleva publicando sus memorias, recuerdos, poemas y narraciones. Reina en España Felipe VI de Borbón. EL CASTILLO DE NEGRALES, EL PALACIO DEL NEGRALEJO, SEXO, LANCES DE HONOR Y RECUERDOS DECIMONÓNICOS Fue en 1885 cuando conocí a Ignacio Figueroa, marqués de Villamejor. Vivía en mi barrio, en la zona antigua de Madrid en un enorme caserón con patio central y un jardín interior cerca de la plaza del Progreso -actual plaza de Tirso de Molina- en la antigua calle del barrio Nuevo, hoy denominada Conde de Romanones. Como muchos nobles de la época decidió trasladar su residencia al Ensanche y eligió la zona más privilegiada para levantar su casa-palacio, el paseo de la Castellana. La construcción del palacio se terminó en diciembre de 1893 con una gran fiesta de inauguración a la que yo entre muchos otros nobles, políticos reconocidos y empresarios adinerados, fui invitado. Fue en aquel acto fastuoso donde conocí e intimé con una polaca nacida en Cracovia de la que prefiero omitir el nombre. En la cena el marqués me presentó a una dama infinitamente bella. Joven de buena estatura, de ojos hermosos, muy vivos, lascivos y de un azul intenso. Mujer de piel bronceada ligeramente por el sol en contra de la moda de aquel tiempo, de cabellos castaños teñidos de rubio, recogidos en una coleta. Dama de labios sensuales, blancos dientes bien ordenados y linda boca. Aquella joven y hermosa mujer era una “escort”, una dama de compañía, una prostituta de lujo. La fiesta con baile incluido duró hasta altas horas de la madrugada y me llevé a casa a la apetitosa polaca. Pensé que la había conquistado como a muchas otras mujeres a lo largo de mi vida y al entrar en mi dormitorio y empezar a desvestirse me pidió el dinero por los servicios que iba a realizar. Sonreí dándome cuenta de mi ingenuidad, le pagué lo que me pidió y la contemplé mientras se desnudaba. Sus pechos eran comedidos, bien colocados, apetecibles y en su justa medida, ni grandes ni pequeños. Me sorprendió el color bronceado de toda su piel a excepción de su sexo y parte de su apetitoso trasero. Comencé tras quitarme la ropa a acariciarla y me agradó el tacto de su piel suave y carente de vello, incluso en su sexo, que llevaba depilado totalmente. Sus hermosos ojos azules me miraban mientras sus labios besaban los míos en pequeños mimos. Mantuvimos sexo oral y era una verdadera experta en las artes felatorias. Su sexo era excelente, grandioso, de labios sonrosados que al ser abiertos por mis dedos mostraban una vagina húmeda, __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 12 de 84 apetitosa y profunda. Estuvimos copulando hasta caer rendidos cerca de las cuatro de la tarde. Se negó en redondo a mantener relaciones contra natura pero por lo demás fue una amante excelente. Por un momento y tras terminar aquel maratón sexual, se asustó por mis respiraciones entrecortadas al no conocerme, pensando que me faltaba el aire. Le expliqué que en relaciones intimas siempre echo toda la carne en el asador y las vivo al límite por ser lo mejor -al menos para mí- que puede disfrutar un ser vivo y se quedó más tranquila. Don Ignacio de Figueroa y Mendieta, marqués de Villamejor, había nacido en Llerena (Badajoz) en abril de 1808. Desde muy pequeño dio pruebas de voluntad firme y de ser un hombre muy activo en su día a día. De su padre heredó una cuantiosa fortuna. Fue en su juventud un buen mozo “de elevada estatura, muy proporcionado, seco y ágil”. Únicamente tuvo problemas de sordera, que fue la “causa de su frecuente mal humor” -no conmigo- y de llevar una vida interior salvo en raras excepciones. De hecho siempre tuvo una mirada ausente, que pudo deberse a su defecto auditivo. Era un hombre impetuoso y de carácter fuerte. Hombre temerario y dado a lances de honor. Fui testigo y padrino de varios de ellos e incluso de tres duelos de honor que mantuvo en el mismo día y de los que salió indemne. Hablando de lances, os relataré uno que tal vez por su trágico final recuerdo por encima de los demás desafíos de honor y que mantuve en el año de 1869 cuando aún no contaba los 30 años de edad. Duelo vespertino a pesar de ser vuestro escritor -el marqués de Alféizar- hombre de madrugada, pero aquel gigantón desaseado, barbudo y descuidado en el vestir no dio opción a otra hora del día alegando, aquella torre maleducada y soez, que nunca se levantaba antes de las cinco o seis de la tarde y que tenía “mucho que hacer”, antes de batirse en duelo conmigo. Aquel hijo de puta bastardo, tardo y torpe en el hablar, me había agraviado al no disculparse cuando me golpeó levemente con el codo al entrar apresurado en un Café del barrio viejo de Madrid. Le pedí que se disculpara por su conducta y groseramente me volvió la espalda haciendo caso omiso, actitud suficiente, -al menos para mí- para por su comportamiento descortés, de sentirme ofendido en mi calidad de caballero y exigir reparar dicha ofensa por las armas. Supe por mis padrinos encargados de poner día y hora al lance de honor, que aquel gigantón barbado, de cabellos largos y ligeramente canos, ser prepotente, mal educado y de aspecto desaliñado, era un gallego apellidado Codal, hombre de negocios que en poco tiempo había adquirido una notable fortuna. Tras las primeras tomas de contacto de mis padrinos, -entre los que se encontraba mi amigo Arturo Sandoval, hombre educado y de una corrección exquisita, que pasaba unos días alojado en mi casa y, mi entrañable compañero de juergas el madrileño Enrique Muñoz, tirador experto en armas de fuego, famoso en la villa por la infinidad de viudas que había dejado tras sus decenas de duelos a pistola. Hombre de clase media acomodada conseguida gracias a sus emergentes negocios emprendidos junto a su socio el jienense nacido en Villacarrillo José Ruiz, floreciente burgués asiduo a las mejores fiestas en los excelentes palacios de la nobleza y la burguesía madrileña de la época- con los padrinos o testigos del señor Codal, me corroboraron lo que ya imaginaba, que aquel enorme que iba a batirse en duelo conmigo, carecía de honor, de nobleza y no intuía ni de lejos lo que llamamos “vestirse por los pies”. El duelo como reparación de ofensas, estaba sujeto a reglas establecidas en un código de honor y podía llevarse a cabo mediante sable, espada o pistola. Yo era un excelente tirador de espada y le pedí a mi amigo Arturo, testigo del lance que se lo hiciese saber a los padrinos de aquella escoria por si prefería que nos batiésemos a pistola en caso de no ser diestro en el manejo de la espada. Al saberme superior con la espada, renuncié a usarla y elegimos la pistola como arma de duelo. La cita tuvo lugar a últimas horas de la tarde junto a las tapias del madrileño cementerio de San Isidro, lugar aislado y resguardado de miradas indiscretas. El lance se había establecido a primera sangre, ya que se trataba de lavar el honor pero sin ánimo de matar. Tanto el gallego como yo acudimos acompañados de nuestros dos padrinos y de un médico y todos los asistentes fuimos como marcaba el acto, con traje negro de levita. El arma elegida fue la pistola de cañón liso -de gran alcance pero menos certera que las armas de cañón rayado prohibidas por poseer mayor puntería- la distancia veinticinco metros y el tiempo para apuntar treinta segundos. Al ser el duelo a pistola no nos podíamos quitar la levita y en el momento de colocarnos en nuestros puestos, nos levantamos el cuello de la chaqueta para evitar que la blancura de la camisa sirviera de blanco donde dirigir el disparo. El gigantón ebrio por el alcohol y sudoroso, hizo un disparo tan malo que ni me rozó. Me tocaba tirar y al ser un lance de honor a primera sangre pensé en herirle levemente y acabar de una vez, así que apunté lo mejor que sé a su hombro y tuve la fortuna de que hice blanco, dañándolo livianamente. Me disponía junto a mis padrinos a abandonar aquel lugar cuando el absurdo e impresentable gigante borracho, comenzó a insultarme pidiendo a gritos otra oportunidad y amenazando con matarme. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 13 de 84 A pesar de las explicaciones tanto de mi amigo Arturo como de mi querido Enrique, -padrinos de aquel lance- intentándoles convencer de que según las reglas establecidas el duelo había finalizado, sus padrinos eran tan estúpidos e inconcientes como el gallego y pidieron continuar el duelo, esta vez hasta la muerte de uno de los dos contendientes. Todo aquello me parecía absurdo pero quería terminar aquel episodio de una vez por todas y el señor de Codal no paraba de insultarme llamándome “enano hijo de puta” entre otras lindeces mientras apuraba una petaca de güisqui. Mi amigo Enrique me aleccionó dejándome claro que debía de apuntar a matar -ya que me jugaba la vida en ello- a pesar de ser el nuevo lance, algo extravagante, grotesco, pintoresco y falto de toda razón. Nos colocamos de nuevo en nuestros puestos de tiro y a la voz de “Fuego”, dos disparos retumbaron en el campo de honor y el gigantón gallego cayó al suelo. Había vuelto a errar el disparo con tan mala fortuna que el mío le había atravesado el corazón según nos dijo el médico que tras reconocerle, certifico su muerte. Era obligatorio una vez finalizado el duelo redactar un acta con lo ocurrido y así se hizo, reseña que no debía de contener ningún comentario sobre el valor, la caballerosidad o la destreza de los adversarios, ya que el acudir al campo de honor asistidos por cuatro caballeros, daba por hecho que todos eran dignos y valientes. A pesar de que los duelos estaban prohibidos, las autoridades solían mirar para otro lado, ya que cuanto más se perseguían, más se practicaban, pero yo no tenía seguridad en que así fuera ya que de un modo u otro, acababa de matar a un hombre. La Iglesia Católica los condenaba enérgicamente, amenazando de excomunión y privación de sepultura no solo a los que nos batiésemos en duelo sino también a los padrinos, médicos y testigos que acudiesen al campo de honor. Puse tierra de por medio siguiendo el consejo de mi amigo Arturo Sandoval y me fui unos días al balneario de La Isabela, más conocido como “Los Baños”, aquel entrañable y pequeño Versalles de la Alcarria que tuve la suerte de disfrutar y que se encuentra hoy día bajo las aguas del pantano de Entrepeñas y Buendía entre las provincias de Cuenca y Guadalajara. Ostentoso balneario cerca de Sacedón, edificado y levantado por el capricho de la reina Isabel de Braganza, segunda mujer del peor rey de España, el indeseable Fernando VII. Cuando yo me alojé entre sus paredes huyendo de las consecuencias que la muerte de aquel gigantón desaseado pudieran causarme, aquella Casa de Baños, tenía treinta y una habitaciones para bañistas y residentes. Las bañeras eran de mármol labrado en una sola pieza, los efectos curativos de sus aguas se extendían a males tan diversos como reuma, gota, erupción en la piel, nervios, enajenación mental, epilepsia, convulsiones, hipocondría, asma nerviosa, neuralgias, parálisis, cálculos, hepatitis, sífilis, oftalmias, bronquitis y catarros. Los “Baños de Sacedón”, eran aguas termales aprovechadas primero por los romanos y posteriormente por los árabes. En el año 1512 tres siglos antes de ser Casa de Baños, acudían enfermos para curar sus dolencias y entre ellos nada más y nada menos que don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Sus aguas podían tomarse bebidas o en baño. Tras llegar y probar aquellas aguas sulfurosas y de mal sabor, preferí para mi estancia, el segundo sistema. En el Real Sitio de La Isabela además del Balneario cerca del cauce del río, la Casa Real que era el más noble de sus edificios con trece balcones y doce ventanas a la fachada que da a sus jardines, existían unas cincuenta viviendas, un cuartel para los guardias de Corps, posada, tienda, carnicería, horno de cocer, escuela de niños y de niñas, y una iglesia dedicada a San Antonio de Padua. Fui asiduo de la única posada existente en el Real Sitio e indagué -ya que tenía que pasar allí una larga temporada hasta que se calmaran las cosas por Madrid- al posadero sobre la existencia de alguna doncella, moza o mocita que pudiera prestarme sus servicios para hacer mi “obligatoria” estancia más amena. El tabernero me dio la dirección de una zagala que vivía en la calle del Horno y que a pesar de no dedicarse profesionalmente a la prostitución, si hacía “favores” a cambio de unas monedas. Llegué al lugar indicado, una rustica fachada de piedra y yeso con cubierta de teja árabe. Puerta de cuarterones de madera y un solo balcón a la calle repleto de geranios de distintos colores. Golpeé con mis nudillos y al poco apareció ante mí una morena jovencita de cabellos largos, rizados y negros como la noche. Le dije que venía de parte del posadero mostrándole una talega con monedas. Ojeó la calle evitando miradas indiscretas y me hizo pasar al portal. Era un gran zaguán de suelos de barro cocido, techo con bovedillas de madera y paredes en yeso en las que había colgados platos de cerámica. Subimos a la planta principal por una escalera de barrotes de forja y pasamanos de trabajada madera. Entramos en una amplia habitación con balcón a la calle, -el que acababa de ver- donde nos esperaba una cama de hierro forjado, blancas sábanas, un par de almohadones y un mullido colchón de lana; frente al lecho un tocador con un espejo ovalado sobre el que dejó el dinero que le acababa de dar, un lavamanos con palangana y jarrón de porcelana en el que colgaba una toalla bordada y en la pared un calientacamas de latón colgado de un clavo. La joven comenzó a desnudarse y contemplé ante mí un cuerpo casi adolescente de pequeños y apetecibles pechos en __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 14 de 84 punta, erguidos, mirando al cielo, un vientre liso, un trasero pequeño y, vello muy poblado y muy oscuro, tanto en el pubis como en los sobacos. En aquel tiempo mis estimados lectores era muy normal que las mujeres no se depilaran ni las axilas ni el monte de Venus, por el contrario era difícil ver y disfrutar de mujeres tan depiladas como la polaca de Cracovia de la que os he hablado al principio de este relato. Históricamente las cristianas no se depilaban el pubis porque en una sociedad puritana y eclesiástica se consideraba un “ritual pagano”. Aquella mocita, a pesar de su juventud, era sobresaliente en las artes amatorias y, sus manos, sus piernas, sus caderas, su sexo, su trasero y su boca, sabían como satisfacer plenamente a un hombre; gracias a ella mis días de “cautiverio” en la Isabela fueron no solo tolerables si no en más de una ocasión excelentes. Llegaron noticias desde Madrid haciéndome saber que la muerte del gigantón barbudo y desaseado había pasado sin pena ni gloria con lo que emprendí mi regreso a casa. Volviendo a nuestro protagonista, os diré que el marqués de Villamejor era gran aficionado a los caballos y era famosa su cuadra en la finca de El Negralejo, a las orillas del río Jarama muy cercana a la capital. En 1790 sobre las ruinas de un castillo llamado “de Negrales”, una noble familia madrileña construyó su palacio de campo. Más tarde mi amigo el marqués de Villamejor, fundó sus famosas cuadras, la renombrada yeguada “Figueroa”. Hoy día en el año de 2009 he acudido al palacio del Negralejo a comer y tomar una copa, intentando recordar aquel pasado, palacio convertido en un exquisito restaurante. El folleto explicativo nos dice: “Según cuenta la historia, entre los años 1590 y 1600, existía en este lugar un pequeño castillo llamado “Negrales”. Tras muchísimas vicisitudes, cimentado sobre los restos del castillo, del cual se conservan parte de sus bodegas, mazmorras y pasadizos, surge en 1790 el palacio de campo de la familia Figueroa, donde ya entrado el siglo XIX el Marqués de Villamejor, gran aficionado a la cría de caballos de carreras, funda sus famosas cuadras. Este conjunto de edificios, graneros, cuadras, bodegas y ermita es restaurado para su actual destino; reuniones de sociedad, conservando escrupulosamente su estilo original y utilizando los viejos utensilios, aperos, herrajes y mobiliario usados en el “Palacio del Negralejo” desde 1600”. Don Ignacio era un notable tirador de armas, un excelente gimnasta, -“sportman”- hablaba y escribía con fluidez tanto el francés como el inglés, idiomas que dominaba y traducía. Era dibujante y pintor más que aficionado y músico nada vulgar. Fue en 1852 cuando unió su condición de hombre de negocios a la aristócrata casándose con doña Ana de Torres y Romo, vizcondesa de Ingesta, condesa de Tovar e hija del marqués de Villamejor ya fallecido su padre. Dama veinticuatro años más joven que mi amigo don Ignacio. Era muy propio de la época isabelina la unión entre antiguos aristócratas con pujantes y adinerados burgueses. De su matrimonio con doña Ana tuvo cinco hijos, de entre ellos al famoso conde de Romanones, con quien no tuvo muy buena relación y dos hijos naturales reconocidos por Sentencia del Tribunal Supremo. La familia Villamejor vivió también en el sólido palacio renacentista de la plaza de la Villa, antigua mansión del Cardenal Cisneros. El marqués de Villamejor fue un trabajador incansable y según nos cuenta su hijo el conde de Romanones, “era gran madrugador, para él constituía grave falta permanecer en el lecho pasadas las ocho”. En 1899 seis años más tarde de la construcción de su palacio del paseo de la Castellana, murió el marqués repentinamente a los 91 años de edad a consecuencia de una embolia del corazón. Sus herederos en 1906, -un año después de convertirse quien escribe estas líneas en un ser de las tinieblasvendieron el palacio al infante de España Carlos de Borbón y Borbón. Dejó encargado poner una inscripción en latín como epitafio en su sepultura, “Hic quiescit qui nunca quievit”-Aquí descansa quien nunca descansó. Y ahora mis queridos lectores dejarme descansar, estoy agotado y necesito dormir unas horas. Que el gratificante sueño me envuelva y me traiga recuerdos de mi querida morena de bellos ojos verdes y cabellos tan negros que daban en azules. Tantos recuerdos decimonónicos me fatigan mentalmente aunque desee rememorarlos, plasmarlos en papel. La evocación de una mágica tarde de un maravilloso miércoles treinta de septiembre, me ayudará a concebir el sueño. Sus caricias y ternura, el tacto de mis manos tocando suavemente su bajo vientre y su ombligo. Aquella tarde, ya casi noche no hubo sexo entre nosotros, no fue necesario a pesar de nuestra excitación. Casi puedo sentir sus manos en mi cuerpo, su respiración, su olor a madera perfumada, a amor prohibido, sus labios besando los míos, su pelo negro, abundante, sus hermosos ojos de gata guapa, misteriosa y arcana, su siempre apetecible boca de labios gustosos y bien ordenados dientes, su tierna voz... Madrid, octubre de 2009 __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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“Horizonte de Letras” Nº 28 Página 15 de 84 Matilde Gonzálvez Caballero. Nací en Alcázar de San Juan llamada “El Corazón de la Mancha” un 1 de abril de 1938 durante la Guerra Civil Española. Desde muy pequeña he tenido una gran inquietud por aprender a escribir y desde siempre he hecho pequeñas cosas sin más trascendencia que plasmar toda clase de impresiones y sentimientos sobre un papel en blanco. He cambiado letra de canciones para acoplarlas a otras ya conocidas, como Clavelitos o Batallón de Modistillas, todas ellas en mi tiempo de juventud. He escrito cuentos de animales, relatos cortos, cartas de amor, versos y poesías, consciente de mi desconocimiento sobre literatura, solo escribiendo lo que en cada momento ha sentido mi corazón. A mis 75 años he logrado editar un libro. Una novela que habla de amores dentro de una familia burguesa. No es ni será nunca un best sellers, pero sí mi satisfacción. EL GRAN SUSTO DE DON ATAÚLFO Este relato en particular está dedicado a aquel gran hombre al que recuerdo con mucho cariño: Don Ataúlfo Saiz. Es increíble ver cómo hay cosas que no se olvidan nunca por muy livianas que parezcan. Nuestra tierra, la casa donde nacemos, la forma de vida, todo se queda prendido en nuestros corazones aunque por las circunstancias de la vida estemos lejos. La historia sucedió allá por mediados del siglo pasado. Entre los años 1944, 1946. Mi casa era humilde, como casi todas las del barrio. Solo destacaba la de la familia Saiz, donde casi siempre jugábamos si llovía o hacía frío. Éramos entre otros, seis amigos inseparables. Fito, Robert, Carmencita, Carmina, Espe y Matil. Todos más o menos de la misma edad. Durante el tiempo que teníamos libre después de salir del colegio hasta la hora de la cena nos reuníamos los seis con otros niños del barrio para jugar en la calle. En la plazoleta del Progreso, donde habíamos nacidos todos, había una casa muy grande, propiedad de la familia Saiz. Seguramente la mayor de todas las del barrio por aquel entonces. Tenía balcones y dos terrazas cubiertas llamadas miradores con ventanales. Entrada de carruajes, un corralón enorme y una bodega abandonada, que era nuestro cuartel general aunque teníamos prohibido entrar. El padre de Fito don Ataúlfo, un hombre educado y amable amigo de todos los vecinos a pesar de ser su familia de un nivel superior a la mayoría del resto, nos quería a todos los niños y en especial trataba a mi padre con una ligera ironía cada vez que en casa nacía una nueva niña diciéndole -qué Adolfo, otra meona. Mi padre acogía aquellas palabras con simpatía y sonriendo siempre le contestaba --Formaré un equipo de futbol femenino y el portero será el varón. Don Ataúlfo había ordenado que nos hicieran en el corral un columpio enorme donde nos balanceábamos los más atrevidos pues cuando cogía impulso suficiente subía muy alto. Un día mientras me columpiaba, dos pavos reales abrieron sus colas en abanico dejando ver las maravillosas plumas de bellos colores. Fue la primera vez que lo vi y todavía lo recuerdo. Todos en la pandilla --como nos llamaban-- teníamos una gran creatividad y hacíamos cosas diferentes a otros niños para sacar dinero y luego poder ir al cine los domingos. Nos convertimos en empresarios. Hicimos un carrusel con figuras de papel cortadas en fila que al dar vueltas rápidamente parecían moverse en distintas __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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