Voces en el Fénix Nº 44 - RELACIONES PELIGROSAS - “EE.UU. y América Latina”

 

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Voces en el Fénix Nº 44 - RELACIONES PELIGROSAS - “EE.UU. y América Latina”

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La revista del Plan Fénix año 4 número 44 MAyO 2015 ISSN 1853-8819 Si bien en los últimos años se ha iniciado una transición post-hegemónica hacia un mundo multipolar, Estados Unidos aún conserva una gravitación extraordinaria en este escenario basada en un poderío militar sin precedentes. Cuando fallan los medios económicos y políticos o la ofensiva cultural, las armas son el camino elegido para mantener la dominación. En este escenario, nuestra región intenta constituirse en un bloque que aspire a la soberanía y la autodeterminación. Relaciones peligrosas

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sumario nº44 mayo 2015 editorial Vivir en un mundo en conflicto Abraham Leonardo Gak Atilio Boron Breve reflexión sobre la declinación estadounidense y sus probables consecuencias 6 Aránzazu Tirado Sánchez América latina y el Caribe en la mira del imperialismo estadounidense y europeo 12 Katu Arkonada Estados Unidos: la hegemonía no termina de morir, la fase de dominación ya ha comenzado 20 Julio Gambina Estados Unidos: de colonia a país imperialista. ¿Ahora qué? 28 Ariel Armony Estados Unidos, China y las nuevas narrativas de poder 36 Mario Rapoport La Argentina y Estados Unidos 44 Carlos Escudé ¡Y Luis D´Elía tenía razón…! El triángulo Argentina-Estados UnidosIrán 52 Plinio de Arruda Sampaio Júnior Estados Unidos y Brasil: Siete equívocos sobre el mito de la política externa independiente 60 Luis Suárez Salazar La anormalización de las relaciones oficiales de los Estados Unidos con Cuba 68 Marco Gandásegui Hijo La desigual relación entre Estados Unidos y el Gran Caribe 74 María Fernanda Martínez y Andrea Vlahusic Las estrategias de Latinoamérica frente a los nuevos escenarios energéticos 82 Silvina Romano La guerra psicológica como guerra permanente 90 Telma Luzzani La presencia militar de Estados Unidos en América latina 98 Paola Gallo Peláez y Eduardo Maieru El Atlántico Sur: Un mar de abundancia para el siglo XXI 106 Sonia Winer Paraguay, la “Triple Frontera” y la representación imperial de los peligros 114 Mario Ramos Aportes a una doctrina de defensa y militar para Nuestra América 122

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Autoridades de la Facultad de Ciencias Económicas Decano Dr. César Humberto Albornoz Vicedecano José Luis Franza Secretario General Walter Guillermo Berardo Secretaria Académica Contadora Carolina Alessandro Secretario de Hacienda y Administración César Humberto Albornoz Secretario de Investigación y Doctorado Prof. Adrián Ramos Secretario de Extensión Universitaria Carlos Eduardo Jara Secretario de Bienestar Estudiantil Federico Saravia Secretario de Graduados y Relaciones Institucionales Catalino Nuñez Secretario de Relaciones Académicas Internacionales Humberto Luis Pérez Van Morlegan Voces en el Fénix es una publicación del Plan Fénix ISSN 1853-8819 Registro de la propiedad intelectual en trámite. Director Gral. de la Escuela de Estudios de Posgrado Catalino Nuñez Director Académico de la Escuela de Estudios de Posgrado Ricardo José María Pahlen Secretario de Innovación Tecnológica Juan Daniel Piorun Secretario de Transferencia de Gestión de Tecnologías Omar Quiroga Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Económicas Claustro de Profesores Titulares José Luis Franza Juan Carlos Valentín Briano Walter Fabián Carnota Gerardo Fernando Beltramo Luis Alberto Beccaria Héctor Chyrikins Andrés Ernesto Di Pelino Pablo Cristóbal Rota Suplentes Domingo Macrini Heriberto Horacio Fernández Juan Carlos Aldo Propatto Javier Ignacio García Fronti Roberto Emilio Pasqualino Sandra Alicia Barrios Claustro de Graduados Titulares Luis Alberto Cowes Rubén Arena Fernando Franchi Daniel Roberto González Suplentes Juan Carlos Jaite Álvaro Javier Iriarte Claustro de Alumnos Titulares Mariela Coletta Juan Gabriel Leone María Laura Fernández Schwanek Florencia Hadida Suplentes Jonathan Barros Belén Cutulle César Agüero Guido Lapajufker Los artículos firmados expresan las opiniones de los autores y no reflejan necesariamente la opinión del Plan Fénix ni de la Universidad de Buenos Aires. staff DIRECTOR Abraham L. Gak COMITE EDITORIAL Eduardo Basualdo Aldo Ferrer Oscar Oszlak Fernando Porta Alejandro Rofman Federico Schuster COORDINACIÓN TEMÁTICA Atilio Boron SECRETARIO DE REDACCIÓN Martín Fernández Nandín PRODUCCIÓN Paola Severino Erica Sermukslis Gaspar Herrero CORRECCIÓN Claudio M. Díaz DISEÑO EDITORIAL Mariana Martínez Desarrollo y Diseño deL SITIO Leandro M. Rossotti Carlos Pissaco Córdoba 2122, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Teléfono 4370-6135. www.vocesenelfenix.com / voces@vocesenelfenix.com

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Vivir en un mundo en conflicto A lo largo de la historia los grandes imperios que han logrado trascender más allá de su propia existencia lo han hecho por haber dejado en los territorios sometidos un bagaje cultural que en algunos casos llega hasta nuestros días. Ejemplo de esto son los imperios romano, inca, azteca y, en alguna medida, Esparta y Atenas. Esa herencia cultural, viva en costumbres, construcciones y hasta en cosmovisiones, es la verdadera marca de la existencia de un imperio. Pero si esa dominación se basa únicamente en el poderío económico y militar difícilmente haya una cultura heredada por los pueblos sometidos. Eso es lo que pasa hoy en día con la hasta ahora hegemonía estadounidense. Si bien con el colapso de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos se constituyó en el gran poder imperial y su expansión fue facilitada por una agresiva política económica desarrollada a partir de tratados de libre comercio abusivos respecto de los países que oficiaron de contrapartes, en los últimos años entró en una etapa de retroceso que parece inexorable, y que sólo se sostiene a partir del poder de fuego de sus fuerzas armadas. El poder económico y militar ejercido deja como herencia miseria, dolor, resentimiento y grandes desigualdades entre países y al interior de los mismos. Lo notable de esta época es que se suma a estas limitaciones la fuerza económica del sistema financiero internacional que no sólo no produce bienes sino que mueve intereses tan significativos que capturan a países que pretenden ser potencias y los someten a sus dictados. Ante un escenario de estas características, cuando el poder se empieza a diluir, y la cultura exportada e impuesta no logra hacer mella en los territorios conquistados, sólo queda el poder de las armas para sostener lo que la ilusión de un bienestar futuro ya no garantiza. Como bien se señala en varios de los artículos de la presente edición, Estados Unidos se volvió potencia hegemónica después del fracaso de la experiencia del “socialismo real”. Apoyado en una narrativa que hacía hincapié en el discurso de la defensa de las libertades individuales, de la justicia y del bienestar colectivo y bajo la necesidad de mayor independencia en la disposición de bienes imprescindibles para su desarrollo, como por ejemplo los hidrocarburos, la potencia del norte dio un giro discursivo, adoptando el rol de garante de la democracia y la libertad a nivel planetario y convirtiéndose, en realidad, en un gigante guardián de sus propios intereses y so pretexto de la lucha contra el terrorismo, implantó la doctrina de la guerra preventiva bajo criterios de extraterritorialidad sin precedentes en la historia universal. Desde luego, todo esto no hubiera sido posible sin un desarrollo formidable de la ciencia y la tecnología, elementos fundamentales para ejercer la dominación, y que fueron sumamente efectivos tanto al momento de elevar los niveles de producción de bienes como de ampliar las capacidades técnicas del conglomerado militar. Hoy en todo el mundo surgen nuevos actores, nuevas potencias que le disputan la hegemonía y bajo valores diferentes a la pura dominación militar ponen en jaque la estructura unipolar del sistema internacional. América latina, en particular Sudamérica, sufrió en carne propia el período de apropiación externa de sus riquezas y hoy comienza a buscar un camino propio e independiente frente a los grandes intereses en pugna en pos de corregir las tremendas desigualdades que el sistema legó a la región. Lograrlo dependerá de la decisión política y la participación de los propios pueblos de Nuestra América. Sólo así será posible terminar con la desigualdad, la pobreza y la muerte que un sistema basado en las armas insiste en imponernos. ABRAHAM LEONARDO GAK (DIRECTOR) 4 > www.vocesenelfenix.com

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Editorial > 5 sub.coop

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por Atilio A. Boron. Doctor en Ciencia Política, Harvard. Investigador superior del CONICET. Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA. 6 > www.vocesenelfenix.com

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> 7 Breve reflexión sobre la declinación estadounidense y sus probables consecuencias Si bien en los últimos años surgieron nuevos actores y nuevas realidades que hicieron del sistema internacional una arena más plural y equilibrada que antes, Estados Unidos aún conserva una gravitación extraordinaria en este escenario. Con una disparidad militar sin precedentes y la enseñanza histórica acerca de que las transiciones geopolíticas siempre estuvieron signadas por grandes conflictos armados, el futuro del planeta y la humanidad es una incógnita por resolver.

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T iempo atrás el presidente ecuatoriano Rafael Correa sintetizó elocuentemente la situación imperante en el sistema internacional al decir que “no vivimos una época de cambios sino un cambio de época”, algo totalmente distinto. Se trata de un cambio de alcance global, que provoca reacomodos en las turbulentas aguas del sistema internacional, en donde anquilosadas jerarquías y prerrogativas construidas por el imperialismo son desafiadas y los antiguos anhelos de los pueblos de la periferia irrumpen con fuerza inusitada. Épocas, como lo recordaba Antonio Gramsci en sus estudios sobre la realidad política italiana, en las cuales lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer y que por eso mismo pueden dar origen a toda clase de aberraciones. Una sobria lectura de los acontecimientos mundiales en curso comprueba lo cierto en que estaba al formular sus observaciones acerca de los horrores y las monstruosidades que pueden ocurrir en esas fases de viraje, especialmente en el hobbesiano terreno de las relaciones internacionales. En tiempos recientes una vertiginosa serie de cambios acentuó la volatilidad y peligrosidad del sistema internacional. De modo sintético y a los efectos de proponer algunos ejes argumentativos plantearemos dos tesis principales: primera, la constatación del debilitamiento del poderío global de Estados Unidos como centro organizador del imperio. Segunda, y corolario de la anterior, la ratificación histórica de que en su fase de descomposición los imperios se tornan mucho más agresivos y sanguinarios que durante sus períodos de ascenso y consolidación. Un dato crucial de nuestro tiempo es el evidente debilitamiento de la otrora incontrastable primacía de los Estados Unidos en el sistema internacional. El derrumbe de la Unión Soviética y la construcción de un orden unipolar hicieron que algunas mentes afiebradas cercanas a la Casa Blanca (y sus epígonos en América latina y el Caribe) creyeran que nos hallábamos en los umbrales de un “nuevo siglo americano”. Ese ingenuo “superoptimismo”, como tiempo después lo caracterizaría Zbigniew Brzezinski, era una mezcla de arrogancia e ignorancia que estaba llamada a durar muy poco tiempo, tal como antes les ocurriera a las disparatadas tesis del “fin de la historia” predicadas por Francis Fukuyama. Con los atentados del 11 de septiembre del 2001 el unipolarismo norteamericano se derrumbaría tan estrepitosamente como las Torres Gemelas. En el período abierto a partir de esa fecha el sistema internacional presenta un rasgo absolutamente anómalo: un creciente policentrismo en lo económico, político y cultural coexistiendo dificultosamente con el recargado unicentrismo militar estadounidense. En otras palabras: en los últimos años surgieron nuevos actores y nuevas realidades que hicieron del sistema internacional una arena más plural y equilibrada que antes. Como respuesta a estos procesos, la Casa Blanca se olvidó de los “dividendos de la paz” –que según sus voceros sobrevendrían una vez desaparecida la Unión Soviética– y en lugar de reducir su gasto militar lo acrecentó desorbitadamente, convirtiendo a las fuerzas armadas estadounidenses en una infernal maquinaria de destrucción y muerte que dispone de la mitad del presupuesto militar mundial. No existen antecedentes históricos de tamaña disparidad en el equilibrio militar de las naciones. No obstante, como lo ha señalado en más de una oportunidad Noam Chomsky, este aterrador poderío militar le permite a Washington destruir países pero no puede ganar guerras. Así lo demuestran la temprana experiencia de la guerra de Vietnam y, más recientemente, el fiasco de la guerra de Irak (2003-2011) y la aún en curso en Afganistán. Según el ya aludido Brzezinski, hay seis nudos problemáticos que, desde Estados Unidos, explican su declive. Uno, el imparable crecimiento de la deuda pública que según este autor colo- 8 > por Atilio A. Boron

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Breve reflexión sobre la declinación estadounidense > 9 Con los atentados del 11 de septiembre del 2001, el unipolarismo norteamericano se derrumbaría tan estrepitosamente como las Torres Gemelas. En el período abierto a partir de esa fecha el sistema internacional presenta un rasgo absolutamente anómalo: un creciente policentrismo en lo económico, político y cultural coexistiendo dificultosamente con el recargado unicentrismo militar estadounidense. caría a ese país en una situación de crisis financiera semejante a la que en su momento sentenció el destino del imperio romano y, más recientemente, en el siglo veinte, del británico. Dos, la insalubre gravitación del capital especulativo y del mundo de las finanzas en general, causante de la crisis estallada en el 2008 cuyas consecuencias económicas y sociales han sido profundamente deletéreas para el conjunto de la población norteamericana. Tres, la creciente desigualdad económica y el estancamiento del proceso de movilidad social ascendente, que junto al factor antes mencionado deteriora el consenso democrático que garantiza la estabilidad del sistema. El coeficiente Gini que mide la desigualdad en materia de ingresos sitúa a Estados Unidos en un nivel similar al de los países subdesarrollados, y en una situación más desventajosa que Rusia, China, Japón, Indonesia, India, Reino Unido, Francia, Italia y Alemania. Cuatro, la obsolescencia de la infraestructura nacional: caminos, líneas férreas, puentes, puertos, aeropuertos y energía son otras tantas áreas fuertemente deficitarias y que comprometen seriamente la eficiencia global de la economía estadounidense en un mundo cada vez más competitivo. Cinco, y conviene tomar nota de esto, el alto nivel de ignorancia que el público norteamericano tiene en relación al mundo. Una encuesta tomada en el 2006 comprueba que un 63% de los entrevistados no podía identificar a Irak en un mapa; 75% no hallaba a Irán y un 88% también fracasaba en su intento de localizar a Afganistán en momentos en que Estados Unidos se hallaba fuertemente involucrado en operativos militares en esa región y la prensa reportaba a diario los episodios bélicos que tenían lugar en esos países. Lo anterior se explica, y también se agrava, por la ausencia de información confiable en materia internacional y accesible al público en general. Según Brzezinski, sólo cinco de los principales diarios estadounidenses ofrecen alguna información internacional, pero ni los periódicos locales ni la radio o la televisión ofrecen una cobertura de los asuntos mundiales. La desinformación generalizada favorece la parálisis del sistema de partidos, y este es el sexto factor, que impide adoptar políticas creativas y eficaces para, por ejemplo, reducir el enorme déficit fiscal. Por supuesto, esta declinación del poderío norteamericano no se explica sólo por estos factores endógenos. Hay un ambiente internacional que ha cambiado, y que acentúa la debilidad relativa de Estados Unidos en la arena mundial: el creciente poderío de otros actores globales. Se han movido las “placas tectónicas” del sistema internacional, y a raíz de ello la posición relativa de Estados Unidos como potencia dominante se ha visto menoscabada. Sucintamente expresadas, las principales manifestaciones

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de este cambio epocal son las siguientes: a) El centro de gravedad de la economía mundial se ha desplazado del Atlántico Norte hacia el Asia Pacífico, y junto con él se ha producido un desplazamiento, si bien menos marcado, del centro de gravedad del poder político y militar mundial. b) Se reconfiguran alianzas y coaliciones que reemplazan, en parte, a Estados Unidos como líder global. Washington se encuentra ahora con aliados más débiles, vacilantes o amenazados por fuertes impugnaciones “desde abajo” en Europa, Asia y Oriente Medio, respectivamente. Y debe vérselas con rivales más numerosos y poderosos, con China y Rusia a la cabeza de un listado cada vez más extenso de rebeldes. c) Las devastadoras consecuencias de la actual crisis civilizatoria del capitalismo y sus impactos sobre el medioambiente, la integración social y la estabilidad del orden político, todo lo cual ha contribuido a debilitar la primacía estadounidense. d) Los avances en los procesos de resistencia al imperialismo en América latina y el Caribe –la derrota del ALCA es emblemática en este sentido– y el lento pero inexorable despertar político del mundo árabe y, en general, de los pueblos de la periferia, cuestión esta que un astuto observador (¡y protagonista!) como Brzezinski observa con mucha preocupación porque constituye otro de los factores de desestabilización del precario orden mundial actual. Un orden mundial profundamente injusto y predatorio que requería cada vez más violencia para su sostenimiento. Un documento del Departamento de Defensa de Estados Unidos revela claramente la percepción dominante sobre estos cambios al afirmar que “(L)os Estados Unidos, nuestros aliados y socios enfrentamos un amplio espectro de desafíos, entre los cuales se cuentan las redes transnacionales de extremistas violentos, Hay un ambiente internacional que ha cambiado, y que acentúa la debilidad relativa de Estados Unidos en la arena mundial: el creciente poderío de otros actores globales. Se han movido las “placas tectónicas” del sistema internacional, y a raíz de ello la posición relativa de Estados Unidos como potencia dominante se ha visto menoscabada. 1 0 > por Atilio A. Boron

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Breve reflexión sobre la declinación estadounidense > 1 1 Estados hostiles dotados de armas de destrucción masiva, nuevos poderes regionales, amenazas emergentes desde el espacio y el ciberespacio, desastres naturales y pandémicos, y creciente competencia para obtener recursos”. No sorprende, por lo tanto, que un memorándum de la Henry M. Jackson School of International Studies, elevado a la Casa Blanca, afirme sin ambages que Estados Unidos está en guerra, y que seguirá estándolo por muchos años más. Ese documento sintetiza elocuentemente los perniciosos alcances de la militarización de las relaciones internacionales promovidas por un imperio amenazado cuando propone arrojar por la borda la diplomacia e invertir el orden establecido por los usos y costumbres internacionales a la hora de enfrentar un conflicto: diplomacia primero, diálogo hasta el final y, si no hay más salida, apelar al uso de la fuerza pero sin violar los convenios internacionales que, aun en un conflicto armado, deben ser respetados (como por ejemplo los relativos al tratamiento de los prisioneros o la población civil, el tipo de armas que pueden utilizarse, etcétera). El documento enviado a la Casa Blanca revierte esa secuencia al recomendar, en cambio, “usar la fuerza militar donde sea efectiva; la diplomacia, cuando lo anterior no sea posible; y el apoyo local y multilateral, cuando sea útil”. Si observamos lo ocurrido en los últimos diez o quince años en Irak, Afganistán, Libia y ahora Siria, y el despliegue de bases militares norteamericanas en América latina y el Caribe –amén de la Cuarta Flota– comprobaremos que los consejos del memorándum han sido seguidos al pie de la letra por la Casa Blanca. Por supuesto, Estados Unidos conserva, aun en este complejo y amenazante escenario, una gravitación extraordinaria en la arena internacional, pero inferior a la que anteriormente gozaba. Sigue siendo la mayor economía del planeta, aunque China está a punto conquistar ese lugar en los próximos cinco años; y a diferencia de cualquier otra gran potencia internacional, Estados Unidos tiene fronteras seguras, muy seguras, con Canadá y México, dos países en los cuales los aparatos de inteligencia y seguridad norteamericanos actúan abiertamente y sin ninguna clase de restricciones. Y además tiene salida a los dos mayores océanos del planeta, el Atlántico y el Pacífico. Ni Rusia ni China, sus dos principales contendores, pueden decir lo mismo: mantienen graves –si bien latentes– conflictos fronterizos con sus vecinos y su acceso a las rutas marítimas es muchísimo menos favorable que el que goza Estados Unidos. Por otra parte, este país dispone también de un formidable sistema científico-tecnológico, dueño de un enorme potencial, y a diferencia de los europeos, la dinámica demográfica norteamericana se ha visto rejuvenecida por los torrentes migratorios del último medio siglo. Pero aun así los síntomas de la decadencia de su poderío en la escena global son inocultables. De lo cual se desprenden dos conclusiones: primero, que estas fases de debilitamiento de los imperios y transiciones geopolíticas siempre estuvieron signadas por grandes conflictos armados. Ojalá que este caso sea la excepción a esa regularidad histórica. Segundo, que las crecientes dificultades con que tropieza Washington lo impulsarán a redoblar sus esfuerzos para controlar a los países al sur del Río Bravo, tal como lo hiciera en los años setenta del siglo pasado cuando la inminente derrota en la península indochina hizo que Estados Unidos patrocinara la consolidación de las feroces dictaduras que asolaron la región durante más de una década. Otra vez, ojalá que ahora las cosas ocurran de otro modo, aunque las presiones desestabilizadoras de Washington sobre diversos gobiernos del área –principal pero no exclusivamente a Venezuela– no permiten abrigar demasiadas esperanzas.

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América latina y el Caribe en la mira del imperialismo estadounidense y europeo por Aránzazu Tirado Sánchez. Politóloga especializada en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctorante en el Posgrado en Estudios Latinoamericanos, UNAM. 1 2 > www.vocesenelfenix.com

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> 13 El sistema internacional ha experimentado importantes cambios en los últimos años. En nuestra región, las oligarquías locales aliadas del imperialismo estadounidense y europeo fueron desplazadas de gran parte de los gobiernos. Mientras resta definir si el próximo será un sistema internacional pluripolar y multicéntrico, o un sistema unipolar donde la hegemonía estadounidense sea sustituida por otra hegemonía imperial no occidental, en América latina avanza la construcción de una geopolítica contrahegemónica.

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E l sistema internacional viene experimentando una serie de cambios acelerados desde que en 1989, con la caída del muro de Berlín, se iniciara un proceso de implosión del bloque del Este que concluyó en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Estas fechas pusieron fin oficial al período de confrontación bipolar entre este país y los Estados Unidos que se conoció como Guerra Fría. El capitalismo y sus ideólogos fueron raudos en declarar el triunfo del capitalismo en su forma neoliberal y hasta el “fin de la historia”. Sin embargo, tras más de una década de confusión ideológica y retroceso político, una región en el planeta comenzó a levantarse contra el neoliberalismo: América latina y el Caribe. Una región dependiente en lo económico, a la que las potencias mundiales habían tratado con cierta displicencia pese a su gran importancia como “retaguardia estratégica” para el imperialismo, en palabras del Che Guevara, así como reserva invaluable de recursos naturales. Pero los pueblos de América latina y el Caribe comenzaron a andar, iniciando un período de luchas que cristalizó en la llegada al gobierno de presidentes de un amplio espectro dentro de la izquierda, dispuestos en mayor o menor medida a revertir la “década perdida” del Consenso de Washington. La Venezuela bolivariana marcó el camino y de manos del presidente Chávez no sólo se recuperó para el siglo XXI la palabra socialismo en el debate político, sino que también comenzó una nueva ola de integración y concertación política en la región que ha tenido un impacto que trasciende las fronteras del subcontinente. La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra AméricaTratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) o la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) son muestra de esta efervescencia, que ha logrado dejar en un segundo plano, cuando no mostrar su obsolescencia, los mecanismos regionales panamericanos, como la Organización de Estados Americanos (OEA) o las iniciativas extrarregionales y claramente neocoloniales, como son las Cumbres Iberoamericanas. Los imperialismos estadounidense y europeo son conscientes de este desplazamiento de su influencia política en los países que fueron en algún momento sus colonias o sus áreas “naturales” de dominio. Asimismo, la crisis económica mundial, que ha afectado en mayor medida a las economías de Estados Unidos y a la de los países del sur de la Unión Europea (UE), sojuzgados a los intereses de la oligarquía alemana, ha revitalizado el interés por el control de los ingentes recursos naturales estratégicos con los que cuenta América latina y el Caribe. A pesar de que la mayoría de gobiernos de América latina y el Caribe están lejos de ser el actor subordinado que quisieran los Estados Unidos y Europa, las clases dominantes de estos países siguen empeñándose en ejercer su rol imperial. Ignoran que los tiempos han cambiado y que las oligarquías latinoamericanas aliadas del imperialismo estadounidense y europeo fueron desplazadas de gran parte de los gobiernos en los últimos años. 1 4 > por Aránzazu Tirado Sánchez

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América latina y el Caribe en la mira del imperialismo estadounidense y europeo > 1 5 La Unión Europea como proyecto imperial de clase subordinado a Estados Unidos Con frecuencia, desde América latina y el Caribe se analiza, por vecindad geográfica y proximidad histórica, el papel del imperialismo de los Estados Unidos hacia la región, pero pocas veces se hace lo propio con el rol de la Europa actual. Mucho menos se utiliza el término imperialismo para calificar la acción como bloque de la UE a través de distintas instituciones. Ello se debe a que Estados Unidos es visto como el hard power, la fuerza bruta, frente al soft power, la fuerza suave o “inteligente”, que representaría la UE. Sin embargo, sea ejercido con puño de hierro en guante de seda o directamente sin guante, power is power. Y el imperialismo es imperialismo, aunque se vista con ropajes más democráticos y busque la hegemonía por la vía del consenso, dejando la coerción para situaciones extremas. Cabe recordar que desde su propio nacimiento en la forma de Comunidad Europea del Carbón y del Acero, posteriormente Comunidad Económica Europea (CEE), el proyecto de integración europea fue una iniciativa tutelada por los Estados Unidos. El contexto de Guerra Fría, la victoria de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, su intento de hegemonizar el poder internacional, su voluntad de neutralizar a Alemania y, sobre todo, el desafío de un socialismo soviético que amenazaba con extenderse entre las clases trabajadoras europeas, llevaron a Estados Unidos a apostar por una reconstrucción europea, funcional a los intereses hegemónicos de la naciente potencia, que sirviera de bloque de contención al bloque soviético. Con la disolución del poder soviético llegó el paso de la CEE a la UE y la actitud de Estados Unidos cambió, empezó a ver con recelo la posibilidad de una Europa unida. Pero, para fortuna de los Estados Unidos, la UE no ha supuesto un gran desafío a sus intereses estratégicos. Esto no implica afirmar que exista una absoluta lógica de dependencia y subordinación de las elites europeas a los dictados estadounidenses. Más bien, se puede calificar la relación entre las elites de los diversos países de la UE y los Estados Unidos como “cooperación antagónica”, término que Ruy Mauro Marini acuñó para definir la cooperación, no exenta de conflictividad, entre la burguesía del Brasil de su época y la de los Estados Unidos. Los vínculos de clase no excluyen el conflicto intraelites, que se puede dar tanto entre la burguesía estadounidense y la europea como entre las distintas burguesías europeas. Cualquier observador atento puede percatarse de que en el proyecto de la UE no existe un bloque homogéneo de intereses. Es bien conocida la divergencia entre los propios países europeos, que se ha exacerbado a raíz de la crisis económica. Su expresión más sangrante es la reacción europea a la elección de Syriza en Grecia como respuesta a las políticas de austeridad impuestas por Alemania. También es conocida la pugna que se da en su seno entre unas elites con sensibilidad y visión más europeísta, como pueden ser las francesas, y otras más alineadas con el proyecto proatlantista, con el Reino Unido a la cabeza pero seguido por muchos de los países del ex bloque del Este. Una pugna que se resuelve en función de la correlación de fuerzas que otorga el signo ideológico de los gobiernos que presiden los Estados miembros. Como ya explicó Lenin a principios del siglo XX, la unión europea bajo el capitalismo no pasa de ser una utopía reaccionaria que cada día más da la espalda a los intereses de los pueblos europeos y demuestra su carácter antidemocrático, del que ya se tuvo buena prueba cuando se impuso la Constitución Europea pese al voto en contra en muchos de los países. En su política hacia América latina la UE ha tratado de desmarcarse de Estados Unidos y generar su propia influencia estableciendo espacios de diálogo político como la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana (EuroLat) en la que participan diputados de ambos lados del Atlántico; o firmando en 1999 una Asociación Estratégica Birregional con el conjunto

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