El Último Eslabón

 

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La Lonja de la Seda

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Edita: Vicente Gracia Vino 418 H S.L. Diseño y maquetación: Manolo Sánchez Impresión: Nova Servicios Gráficos Deposito legal: V-734-2011 ISBN: 978-84-614-7584-1 Copyright: Juan Carrión Miró Copyright de las ilustraciones: Vicente Gracia Bensa

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El último eslabón La lonja de la seda A mi hija

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El último eslabón La lonja de la seda Juan Carrión Miró Ilustraciones Vicente Gracia

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Prólogo Santiago Grisolía

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En un sótano de la Lonja de la Seda de Valencia, el arquitecto Pere Compte recibe el juramento de un nuevo miembro del gremio de canteros, fundado por él en 1472, y a continuación le desvela la simbología mística del edificio. Esta construcción monumental de uso mercantil se lee, en esta novela, como un libro alquímico o, para nosotros, como un sueño. Un libro en el que cada cosa es el eco, o la resonancia, o el complemento, de otra, y también un libro íntimamente unido a un camino, ya que algunas de sus páginas en blanco van llenándose de signos a medida que el personaje recorre las etapas de su vida, mostrándole los nuevos retos que le esperan. La historia de la ciencia puede ser vista como un proceso de revelación. Poco a poco vamos levantando los múltiples velos de Maya -la ignorancia-. Pero ya sabemos que esos velos son en número infinito; nunca llegaremos a la verdad última; quizá porque, si hacemos caso a Platón, para llegar a contemplar la Verdad desnuda, los arcanos, las matrices de nuestras ideas, primero tendríamos que morir; o, en definitiva, porque esos velos nos constituyen a nosotros mismos. Las aventuras de Ibrahim van dibujando un camino que arranca del corazón de Asia para terminar en la Lonja de la Seda, o Lonja de los Mercaderes, de Valencia. Siempre me han intrigado las tallas en piedra que se aprecian en las puertas del magnífico edificio. Quizá esta novela nos ayude a entenderlas un poco. En todo caso, esas figuras, muchas de ellas realmente chocantes, no deben ser completamente caprichosas. Están ahí para decirnos algo. Supongo que los historiadores del arte las han estudiado e interpretado a su manera, que debe ser la buena. Pero la fantasía literaria tiene sus propios métodos, no siempre rigurosos, aunque –también en rigor– nunca propiamente equivocados. Quizá haya mucho de la ruta de la seda en la Lonja de la Seda. Quizá los antiguos canteros, en los que los modernos masones quieren ver a sus primeros maestros, poseían algún tipo de teoría unificada del mundo más allá de sus conocimientos técnicos sobre arquitectura o sobre la talla de piedra. Quizá…

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Los Picapedreros

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Juro por Dios y por San Juan, por la Escuadra y el Compás, someterme al juicio de todos, trabajar al servicio de mi Maestro en la honorable Logia, de lunes por la mañana a sábado, y guardar las llaves, bajo la pena de que me sea arrancada la lengua a través del mentón, y de ser enterrado bajo las olas, allá donde ningún hombre lo sepa. Tras el juramento de Matheu García, el gran maestre Pere Compte se levantó de la mesa presidencial donde estaban expuestos la escuadra, el compás y el libro abierto de las Sagradas Escrituras, y se acercó a su discípulo aún emocionado. De su barba blanca como la nieve se proyectaban unos labios finos que dibujaban una afable sonrisa. Sus ojos azules y profundos se clavaron en los de Matheu que acababa de despojarse de la venda que le cegaba. Le ofreció el mandil nuevo, le mostró el signo lapidario que sería su enseña y le dijo con voz grave y solemne: —Ya perteneces a nuestro gremio, espero que la honradez y la humildad sean dos de las virtudes que acompañen tu devenir en esta digna cofradía. Que la medida, la armonía y la equidad que simbolizan la escuadra, el compás, el nivel y la plomada marquen y dirijan tus actos y propicien que tu comportamiento sea recto, honesto y equilibrado. Que la cuerda de nuestro blasón te ayude a elevarte espiritualmente. Que sea instrumento que ate, que una, que relacione, que vincule, que sirva para entablar entre nosotros lazos fraternales, solidarios, eternos y sólidos, nudos resistentes como el cáñamo. Que cada uno de sus filamentos sea hilo que te guie hacia la luz. Ahora no estarás solo en tu ascensión vital, nosotros seremos el asidero en que puedas sujetarte, que te oriente y refuerce en tu existencia. Porque el hombre, para vivir necesita estar atado, se ata a Pag11

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Pag12 todo lo que ama con nudos indestructibles. Nace atado a su madre y se ata a su gente, a su pareja, a su paisaje, a unos olores y sabores, a unos valores heredados, a unas creencias, a unas costumbres y tradiciones, a un pueblo. Y la cuerda debe ser, no lo que nos esclaviza u oprime, sino aquello que nos liga y articula, lo que nos sujeta para transitar, con seguridad, al borde de los desfiladeros de la vida, lo que nos afianza y sostiene mientras intentamos edificar la gran Obra; para perseverar en la adversidad, para ascender. Un hilo de seda. —No le defraudaré maestro —Prometió Matheu, mientras se incorporaba del suelo—. Todavía estaba vestido con los ropajes más humildes, que le habían impuesto, como si fuera un mendigo, desprovisto de cualquier objeto metálico y con el pecho y el pie izquierdo desnudos. Junto a él estaba, sonriente, Joan Sanz, el compañero que lo había propuesto para ser cofrade de la logia valentina, vestido con el característico atuendo azul y blanco, que había contemplado emocionado todo el ritual. Como su amigo, Matheu, que acababa de finalizar su etapa de aprendizaje, había dado tres fuertes golpes en la puerta, antes de entrar; después rodeo tres veces la sala y, tras situarse ante la puerta con los pies en ángulo recto, había avanzado hacia el maestro dando tres pasos, pronunciando su juramento. Sanz levantó su copa con la mano enguantada y propuso un brindis por el nuevo miembro, el más joven del grupo de elegidos, apenas había cumplido los dieciocho años. Todos alzaron su cáliz y bebieron el vino en tres sorbos, dejando a continuación la copa en tres tiempos sobre la mesa, y se despidieron con tres enérgicos golpes. Hacía poco tiempo que Pere, uno de los grandes arquitectos de la cristiandad, había fundado el gremio de canteros en la

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ciudad del Turia y sus miembros, artesanos de gran prestigio, se reunían provisionalmente en el subterráneo de la lonja que estaban construyendo, todas las semanas, el día de Saturno, el dios de la soledad y el silencio, de la meditación. El recinto era como un gabinete hermético, como el horno oscuro de un gran atanor, con escasa iluminación, únicamente nueve cirios verdes y ninguna decoración excepto la presencia divina de una Virgen madre esculpida en piedra negra, similar a la que presidía los antiguos santuarios Templarios. Atravesaron la cripta y subieron por la escalera que daba a lo que en un futuro debía ser un jardín y que, de momento, sólo era un solar vallado, donde se almacenaban materiales y herramientas para la obra. Desde allí se dirigieron hacia la casa que el arquitecto poseía frente a la magnífica construcción casi concluida, justo en la calle Cordellers. Mientras cruzaban el patio del edificio, en cuyo centro se alzaba una hermosa fuente octogonal, Matheu no dejaba de observar las misteriosas figuras pétreas sabiamente talladas que tanto estremecían su espíritu. Con la luz de las antorchas parecían convulsionarse y adquirir vida propia. Su mirada se dirigía turbada hacia lo alto intentando adivinar, ayudado por los rayos de la luna, las siniestras formas de las gárgolas, cuando tropezó en uno de los escalones y casi dió con sus huesos en el suelo. —Maestro– preguntó mientras recuperaba el paso—, ahora que ya pertenezco al gremio, ¿accederá a descubrirme el verdadero significado de estas figuras que parecen burlescas e infernales y que se han tallando con tanta celeridad? Cuanto más las miro, más me desconciertan y llego a dudar de su sentido cristiano. —Me gusta ese espíritu curioso que te hace ser osado, pues es el que Pag13

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Pag14 debe tener cualquier artista, y eso es lo que tu llevas camino de ser. Precisamente esperaba este día para empezar a desvelarte las claves de este complejo universo escultórico que una vez imaginé. Al margen de otros significados que se le pudieran dar, como a cualquier obra de arte, en parte, está dedicado a mi maestro. Sabes que mi salud es delicada y no quiero llevarme todos los secretos que guarda el edificio a la tumba, así que, si quieres, te revelaré alguna de las claves que solamente yo conozco. Pues aunque todo este confuso caos simbólico es similar al de cualquier templo o edificio cristiano, en verdad esconde algún enigma oculto; nunca nada ni nadie es lo que parece a simple vista. De la misma forma que he intentado transmitiros mis conocimientos en matemáticas o geometría, si me acompañas, te desvelaré el propósito de cada una de las figuras. Pero será un secreto que no desvelarás sino a una sola persona de tu entera confianza, como voy a hacer yo, pues podría traerte algún disgusto. La historia de estas figuras –prosiguió el maestro—tiene que ver con las aventuras de un hombre inquieto que cruzó el mundo por adquirir saber y conocimiento. De sus vivencias extraje nociones que hacen referencia a otras culturas y religiones que tienen que ver con un saber universal, que no conoce fronteras, dogmas, ni instituciones. Por eso es peligroso divulgar esas confidencias que pueden ser subversivas o contradecir, de alguna forma, la moral y las normas establecidas. Aunque eres joven, ya sabes que es conveniente no atraer la atención del Santo Oficio. Una minucia podría ser calificada como un pecado nefando. Fíjate, como hasta cuestionan nuestra devoción a la Virgen María, Madre del “Gran Arquitecto”, el que, con su compás, marcó los límites del mundo y ordenó en él todo lo vivo y lo no vivo, lo visible y lo oculto. Compte, el arquitecto de origen catalán, como muchos de los repobladores llegados a la ciudad de Valencia, la más pros-

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pera de todo el Mediterráneo, atravesó el umbral de la puerta y se dirigió, seguido de su fiel discípulo, hacia el patio gótico. Ascendieron, por una sólida escalera exterior, hacia una de las estancias altas del palacete, sin duda la más acogedora. Se sentaron frente a la chimenea, delante de la ventana desde la que se divisaba, de refilón, además de la lonja, la monumental iglesia de los Santos Juanes, los más venerados por los picapedreros. Un templo al que, hasta hacía poco tiempo, se le llamó San Joan de la Boatella, por estar situado en el rabal extramuros levantado sobre una necrópolis que antes fue zona de pasto del ganado vacuno, de “bous”. A continuación el maestro sacó, de detrás de una de una de las tablas del estante, un montón de papeles amarillentos y carcomidos, cosidos de forma improvisada; una especie de libro clandestino. —Matheu, este pobre legajo esconde ricas grafías, enseñanzas valiosas que me gustaría compartir contigo. Se trata del relato secreto de un gran hombre y narra, las vicisitudes que tuvo que soportar en su particular aventura existencial. Podemos leerlo juntos y así, te aclararé ciertos aspectos de su persona y de su vida, pues le conocí personalmente. Has de saber que él fue mi mentor y me legó este manuscrito que describe la difícil transformación de un alma; la historia de un individuo indocto, un salvaje que, a través de la búsqueda, la observación y el razonamiento, alcanzó la sabiduría. Una persona que, a través del viaje y el descubrimiento, consiguió pulir su corazón, como se desbasta la piedra bruta con el mazo y el cincel, como se pule un diamante. Un ser que buscó la verdad y la cognición, allá donde se hallasen, y que en su incansable búsqueda llegó hasta nuestra tierra. —¿Hasta aquí?—preguntó el discípulo asombrado—¿y le transmitió a usted su saber? Pag15

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