Nº 27. "Horizonte de Letras"

 

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Revista digital de creación literaria, editada por la Asociación de Escritores de Alcorcón "Alfareros del Lenguaje"

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Revista digital de Creación Literaria Editada por: Sumario Editorial (pág. 4) Nuestros socios (pág. 5) Relato (pág. 5) Micro-relato (pág. 29) Líneas y Trazos (pág. 30) Haiku (pág. 31) Quijotes del Arte (pág. 33) Nuestros colaboradores (pág. 35) Relato (pág. 35) Micro-relato (Pág.45) Poesía (pág. 48) Ensayo histórico (Pág. 50) Crítica de cine (pág. 60) Entrevista (pág. 64) Publicaciones recibidas (pág. 66) Entrevista a Santiago J. Miranda: Literatura transgresora en estado puro. EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 2 de 70 ©: Revista “Horizonte de Letras” Editada por: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 Dirección, evaluación y coordinación: Rafael Gálvez José Bárcena Fernando J. Baró Ignacio León Enrique E. de Nicolás Maquetación: Enrique E. de Nicolás Para contactar con nuestra asociación: www.alfareroslenguaje.org info@alfareroslenguaje.org Para suscripciones y colaboraciones literarias: www.horizonte-de-letras.webnode.es horizontedeletras@gmail.com __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 3 de 70 Fundada en 2009 por Enrique Eloy de Nicolás Nº 27 Abril-Junio de 2015 EDITORIAL “Confusión y libertad”, de Julio Valencia NUESTROS SOCIOS RELATO “Al principio y al fin”, de Ignacio León “Tiempo Muerto”, de Rafa Gálvez “Eran otros tiempos”, de Fernando José Baró “Crónica de una época”, de Matilde Gonzálvez “Ego (1ª parte)”, de Santiago J. Miranda “La venganza del altozano (cap. 4º), de Fernando Cotta MICRORRELATO “La cara y el alma del espejo”, de Enrique E. de Nicolás LINEAS Y TRAZOS “La isla imposible”, Ilustración: María Rey; poema: David Coll HAIKUS Extraídos del libro “Haiku en la Ciudad. Poesía Zen”, de Juan Luis Salvador. QUIJOTES DEL ARTE “Alfonso Sebastián. Quijote ante el vértigo”, de José Bárcena NUESTROS COLABORADORES RELATO “Ven conmigo”, de Ainhoa Bárcena “Gatti, Corletti y Negrotti”, de Fernando Sorrentino “Momentos”, de Javier Úbeda MICRORRELATO “Lucía y él”, de Ainhoa Bárcena “Como Adán”, de Ángeles Arranz “Algo impersonal”, de A.L. Tirado “El blues del poeta muerto”, de José Carlos Iglesias POESÍA “Mi primer amor” y “Gatos celestes”, de Consuelo Rodríguez “La isla”, de José Baró de Irureta ENSAYO HISTÓRICO “Movimientos Centrífugos en España. Antonio Pérez del Hierro (capítulo V)”, de Cesáreo Jarabo Jordán “Hacer el amor”, de don José Baró Quesada CRITICA CINEMATOGRÁFICA “La Perdida del Niño”, de Fco. Javier Landa ENTREVISTA Santiago J. Miranda, literatura transgresora en estado puro PUBLICACIONES RECIBIDAS __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 4 de 70 Julio Valencia Monescillo nació en septiembre de 1947 en el viejo Madrid del Avapies y recriado en el barrio de los Austrias. Cursó estudios en el colegio Nuestra Señora de la Paloma sito en carrera de San Francisco el Grande, y posteriormente accedió al Instituto Politécnico Virgen de la Paloma (antiguamente Escuela de Artes y Oficios). En el periplo de su vida en aquella época, desempeñó alguno de los oficios que había aprendido. Y escogió ser Agente Comercial Colegiado, hasta su jubilación. Actualmente es socio colaborador en la Asociación Literaria Alfareros del Lenguaje, donde sus veteranos compañeros le han encomendado redactar las editoriales. “CONFUSIÓN Y LIBERTAD” POLITICA: facultad de hacer uso de los derechos políticos. DE PALABRA: derecho a expresarse de forma oral, sin más restricciones que las impuestas por las leyes, sobre calumnia, obscenidad, sedición y blasfemia. DE PRENSA: libertad de imprenta, referida más particularmente al derecho de criticar a las acciones de los distintos gobiernos. En definitiva debemos distinguir a quienes defienden la libertad absoluta, y por tanto la supresión de todo gobierno y de toda ley. Así se define a los libertarios/as. Es necesario propagar a esas venideras generaciones, que no consientan bajo ningún concepto ni pretexto, la liquidación de fundamentos y legitimaciones mayúsculas, conseguidas a través de siglos, enormes esfuerzos y también de derramamiento de sangre. Creo estar en una de esas etapas que se citan al principio, y quizás las he narrado con excesiva vehemencia, ya sea por mi forma de pensar, motivada por un sin fin de vivencias (buenas y malas) y por la libertad que me dan los años. Por ello, todo lo expuesto con notable significación, es producto de mi largo recorrido vital. Hola, siempre muy agradecido por esos inestimables minutos que me regalan en la lectura de ésta editorial. Sabemos que todo ser humano tiene etapas cíclicas en la que no siempre esta a la altura de las diversas circunstancias de toda índole que les acechan a lo largo de su azarosa existencia, que provocan desajustes físicos, económicos, emocionales y en ocasiones mentales, que les conducen a estados depresivos y de desconcierto. La confusión es significativa de los tiempos, es la ruptura entre las ideas, lenguajes, razas e historias de las mismas. Es el ataque a la vida y cultura de nuestros ancestros, con una periodicidad histórica cultural fuertemente controvertida que ha sido capaz de prosternar física y mentalmente a millones de generaciones. LIBERTAD: se dice facultad natural que tiene el hombre de obrar de una u otra manera, o de no obrar haciéndose así responsable de sus propios actos. SOCIOLOGICAMENTE existen las cuatro libertades, admitidas históricamente como esenciales para el hombre: libertad religiosa, económica, política, de palabra y de prensa. RELIGIOSA: Libertad de cultos. ECONOMICA: derecho de toda persona a la producción e intercambios de bienes, conforme a lo que se considere justo. “Todo lo que se ignora se desprecia” D. Antonio Machado. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 5 de 70 Ignacio León Roldán nació en la histórica ciudad de Córdoba. Cursó estudios en el Instituto Góngora, que abandonó por la necesidad de todos los tiempos: el trabajo. Mientras realizaba esta función, no dejó de leer todo cuanto encontró y escribir sin descanso. Actualmente es miembro fundador de la Asociación de Escritores de Alcorcón “Alfareros del Lenguaje”. Fue miembro de la Asociación Literaria Verbo Azul, donde publicó sus obras “La orquesta”, “La desconocida” e “Historias asimétricas”, además de otros cuentos en las Antologías editadas por esa asociación. Fue finalista del V Certamen de Narrativa “Manuel Romero” de 2008. “AL PRINCIPIO Y AL FIN” vía se sucedían en rápida cadencia y provocaban en mi estado anímico una especie de inercia a la evocación del pasado. Sucedió en un instante. Cuando quise darme cuenta estaba situada en la antigua trifulca mantenida con mi hermana menor poco tiempo antes de abandonar el hogar para siempre. Ella era todavía una impúber cuando nos enzarzamos en una acalorada discusión. La escena se me presentó como si se estuviese desarrollando en ese preciso instante. Su rostro se demudaba trasformándose en un rictus malicioso como nunca antes hubiera podido imaginar. Sentí el veneno de su ira proyectado en mis oídos. Sin ningún signo de pesar, dirigió hacía mi toda su rabia contenida. –¡Lo que es, es! –Sentenció. Y me escuché a mi misma replicarle con total serenidad: –¡Lo que fue, será! El recuerdo hizo que por mis mejillas se deslizaran unas furtivas y festivas lágrimas, tras experimentar, por un lado una enorme pena por su inesperada desaparición, y por otra la alegría de la intuición de un mundo completamente distinto sin su presencia. A continuación repasé, como a cámara lenta, lo acontecido días antes de mi precipitada desaparición del entorno familiar. Se acercaba la hora de comer. Me faltaba poco para llegar a casa. En el estomago, los clásicos Nací hace tantísimo tiempo que ya he perdido la cuenta. Pero esta cuestión es baladí para la intención que me lleva a contarles la historia de mis últimos avatares. Abordaré el tema comentándoles, cómo antesdeayer, al recibir la comunicación de un viejo amigo instándome a regresar a la tierra que me vio nacer, no me lo pensé dos veces para iniciar el recorrido de vuelta. Asimismo procuraré narrarles, a grandes rasgos para no cansarles, el resultado de lo que me aconteció a raíz de emprender la marcha hacia mi nuevo destino. Viajaba como única pasajera en un destartalado vagón de segunda clase inquieta por la incomodidad del asiento. Me aguardaba un largo trayecto, y aunque intentaba por todos los medios hallar una postura confortable esta se resistía. El desosiego cesó cuando por fin la encontré. A medida que el tren aumentaba en velocidad, la ventanilla mal cerrada filtraba la húmeda brisa del otoño y mecía mis cabellos suavemente. El olor al incipiente relente de la mañana junto al tranquilo traqueteo del compartimiento me relajó por completo. No podía apartar la vista del paisaje, unas veces árido, otras fresco y lozano. Los postes de la __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 6 de 70 aguijonazos de un apetito feroz, me hicieron alargar el paso. Quería salvar la distancia lo antes posible. Nada más llegar entré como una exhalación en la cocina. Rebusqué por todos lados. Al no encontrar nada me abalancé, a la desesperada, al único sitio donde sabía que algo encontraría: la despensa. La frágil puerta se deslizo con suavidad. Cautivada por el olor de la fruta fresca del fondo, me introduje de cuerpo entero. Esa mañana el viento soplaba de manera inusual, y la presión de la ventisca ensambló con violencia la hoja entreabierta de la fresquera. A punto estuve de entrar en una crisis nerviosa cuando, al forcejear con todas mis fuerzas, no pude conseguir desencajarla. Presa de la desesperación, cuando iniciaba el amago de un grito de auxilio, repentinamente, escuché la repercusión de unas pisadas. Conforme se acercaban a la entrada el alarido fue abortado por un suspiro de alivio. La áspera voz de mi padre tronó en la pieza: –Hija, ¿por qué te regocijas en la crueldad del engaño? Interesada en saber a qué se debía la porfía, presté oídos para no perder ripio del asunto que traían entre manos. La incisiva pregunta tuvo la virtud de achicar el énfasis y la actitud de las exposiciones que la pequeña, sin ninguna clase de pudor, exponía en su defensa. Aun a pesar de haber sido cogida en falta, mi hermana, con un cinismo que helaba la sangre, replicó como la cosa más natural del mundo: –Papá, ¿es tan difícil para ti asimilar que las personas lo necesitan? Hubo un corto silencio en el que sólo llegué a escuchar un incipiente gruñido gutural por parte de mi padre. La aflautada voz de la chica trató de zanjar definitivamente la cuestión: –Aunque no lo creas lo piden a voces. –Es increíble, desalmada y diabólica tú actuación. –Estalló mi padre. El potente vozarrón emitido por él, tuvo el poder de hacer temblar las existencias de los estantes así como que la portezuela de la alacena se destrabase. La parada fue brusca, seca y acompañada de un estrepitoso ruido originado por la presión de los frenos sobre el convoy. La inusual parada del ferrocarril, en aquel apeadero de mala muerte, provocó la alerta del jefe de estación. De la atención pasó al asombro, hasta llegar a convertirse en una honda impresión, al advertir el aire tranquilo que desprendía mi porte cuando bajé el peldaño que me separaba del andén. Pero cuando se fijó en cómo oteaba a lo lejos y comprobó que en mis ojos se perfilaban unos destellos de frustración al no conseguir divisar el objeto de mi búsqueda, se le puso cara de pasmo. Me hice la desentendida y, como si no estuviera allí, elevé la cabeza escudriñando el cielo. Presentaba como una especie de gran manto color café. El viento, asistido como por un soplo repentino, puso en fuga desordenada las oscuras nubes que se alineaban como en orden de batalla. Esta circunstancia motivó que la humedad de la montaña me acariciase el rostro e invadiese mis fosas nasales de su dulce aroma. Quizás ese contacto fuese la causa de que recordase aquella mañana de clima idéntico en la que al despuntar el día, se obró en mí un interesante cambio. Había pasado la noche excitada y absorta en la contemplación del discurrir de las tranquilas y limpias aguas del río, donde, en su día, me había instalado en una vieja cabaña abandonada. Allí, en la soledad más absoluta, aspirando el frescor de la brisa matutina, di rienda suelta a la imaginación y me dejé llevar. De súbito caí en la cuenta de que los pensamientos los maduraba incoloros. No sabría decirles el cómo ni el porqué, el caso fue que fragüé mil y una situaciones y traté con todas mis fuerzas de esmaltarlas con los más variados pigmentos. Resultó inútil. No hubo manera. Y como por arte de magia entreví la compleja paradoja que rige la mente. La comparé con el día y la noche. Y deduje la contradicción que a todos nos asiste. Nos complacemos con la visión de la espléndida gama de tintes y matices que la luz nos muestra. Creemos a pie juntillas, sin saber muy bien por qué, que es la claridad la que nos ilumina y nos hace progresar. A su amparo, elaboramos las más complejas ideas, y las ejecutamos. Mi cara cambió hasta parecer la de una estatua, al entender cómo en realidad esa luz, tenía la virtud de no dejarnos ver aquello que se esconde detrás de ella. La risotada que lancé fue amplificada a lo largo del cauce por un extraño eco. Duró lo que el trino de un canario cuando asimilé que no es lo mismo verlo claro que pensarlo con claridad. Porque, bien visto, el matiz reside en que todo aquello, concebido al amparo de esa realidad luminosa, antes ha sido procesado en la oscuridad del pensamiento. Por lo tanto es esa negrura y no la claridad quien lo crea todo y nos hace crecer. El contrasentido me hizo volver a soltar una tremenda carcajada, que por fortuna, me animó de nuevo, y contagió a la floresta de ambas orillas. Era maravilloso ver su excitación y cómo las copas se balanceaban alborozadas. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 7 de 70 Vagué arriba y abajo de la margen inmiscuida en profunda meditación ante la inesperada e increíble revelación. La verdad era que el hallazgo cambiaba por completo la visión arquetípica del sistema en el que predominaba mi hermana. El ruido de la locomotora, al iniciar de nuevo la marcha, me devolvió a la realidad. Inhalé, hasta saturarme, del flujo fresco y puro como no lo había vuelto a respirar desde aquella lejana mañana. El jefe de estación se acercó. Era el vivo retrato de la cautela. No sin recelo me ofreció la protección de la sala de espera destinada a los hipotéticos viajeros. Rehusé el detalle con elegancia, y me excusé manifestando estar a la espera de un viejo y buen amigo que debía estar a punto de llegar. Un tenue centelleo en la gélida tarde iluminó la silueta de un pequeño y giboso hombrecillo entrado en años. Las pisadas, balanceantes, marcando un ritmo descompasado, resonaban extrañamente ligeras. Mis ojos no pudieron resistir la emoción, y una fina capa los humidificó, enturbiándolos, cuando vi como se acercaba la figura de mi longevo camarada. Corrí a su encuentro con la rapidez de una niña pequeña. El abrazo del encuentro no fue suficiente para mí, así que con destreza y agilidad lo elevé como si de un niño se tratase estrechándolo contra mi pecho. Una vez repuesta de la euforia, una negra sombra me oscureció el semblante y le reproché: –¿Cómo no me avisaste antes para poder haber acudido con tiempo suficiente? –La verdad es que me cogió de improviso –se excusó–. Eso sí, te he llamado nada más enterarme. –Está bien –dije a la vez que le hacía un arrumaco. –Venga vayamos deprisa a casa, –sugirió al mismo tiempo de quitarme la valija de las manos. El imperativo de la invitación, junto a la acción de mi amigo, podía parecer, para quien no lo conociese, algo ruda. Para mí, conocedora de su buen corazón, no pasó desapercibido que nuestro reencuentro le producía una honda emoción. Al llegar a la morada, él extrajo del interior del raído abrigo una antiquísima llave que siempre llevaba colgada al cuello. Por la dimensión bien podía pesar un quintal. Quizás por el eterno contacto con la humedad emanada por los vapores del gran río, en el que se ganaba la vida como barquero, pasando a la otra orilla a todo aquel que lo reclamase, lucía, incrustada, una más que gruesa capa de rancio óxido. Sus dedos se convulsionaban cuando intentó introducir la llave en la cerradura. Tras varios intentos fallidos, se hundió con esfuerzo provocando el chirrido de los pivotes. Al girar, el mecanismo rechinó como si no hubiese sido solicitado desde tiempo inmemorial. Mientras yo pasaba al interior, él rodeo la cabaña para hacerse de un buen brazado de leña y un puñado de yesca. Sin desprenderme del abrigo y la bufanda, cogí un barreño, estropajo, jabón y me dispuse a dar lustre a una roñosa cazuela, a dos platos metálicos y a un par de juegos de cubiertos. No había terminado la tarea cuando lo vi aparecer en la puerta. Con rapidez me sequé las manos en un paño de cocina y acudí a su lado para ayudarle a descargar. Apilamos en el centro de la chimenea una buena cantidad de troncos alrededor de un atillo de ramas secas. Él las prendió, y mientras yo remataba el aseo de los utensilios, avivó las inciertas llamaradas con la ayuda de un pequeño fuelle hasta conseguir una buena lumbre. Con las estrébedes y el puchero en una mano y dos sillas con asiento de anea en la otra, me acerqué a la fogata. Dispuse los asientos, uno a cada esquina del hogar, y nos acomodamos al amor de la candela. El calor del fuego tuvo la virtud de arrancarnos verdaderas muecas de placer, que no fueron incompatibles con la experiencia de sentir como un correr de hormigas acompañadas de suaves pinchacitos en pies, manos, rostros y orejas. Una vez que nuestros cuerpos entraron en calor, deposité el soporte entre el rescoldo y coloqué encima el perol. Al adquirir la temperatura adecuada mi compañero depositó en el interior unas lonchas de panceta. De inmediato la cocina se impregnó del delicioso aroma a tocino en sazón. Dio varias vueltas a las tiras. Una vez que estuvieron en su punto las retiró repartiéndolas en los platos. Acto seguido, aprovechó la grasa soltada por el tocino para vaciar el contenido de cuatro huevos. Los removió lentamente con una cuchara de palo hasta que cuajaron y los añadió a los platos junto a las tajadas. En la mesa que situamos al resguardo del fuego, comenzamos la merienda cena en absoluto silencio. Mientras merendábamos mi cabeza no dejaba de ir y venir en pensamientos, racheados e inconexos… Realicé un ímprobo esfuerzo por no mirar atrás. Pero no fui capaz de dominarlos. El cerebro me trasportó a revivir –con detalle– un hecho crucial que fue determinante a la hora de tomar la decisión de abandonar la casa paterna. En la orilla del río, donde en su tiempo me había instalado, removía los restos de la fogata que tenía encendida día y noche. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 8 de 70 Enseguida aparté de la red, que tenia sumergida en el margen, un par de peces capturados la tarde anterior. Los ensarté en una rama y los coloqué sobre el rescoldo. Estaba hambrienta. Embelesada por los pequeños chispazos que la grasa del pescado originaba no podía apartar la vigilancia de ellos. Mientras esperaba a que se asaran me encontré meditando sobre el último altercado de mis padres poco tiempo antes de que dejaran este mundo. Recordé que estaba atareada en la limpieza de mi habitación, cuando por entre los visillos los vi venir, de lejos, discutiendo. Por la exagerada forma de gesticular no cabía ninguna duda. Como estaba más que acostumbrada a las nada raras disputas entre ellos, proseguí con el quehacer. Al entrar, la agresividad de las voces proferidas, me alertaron. La bronca tenía que ser de órdago a la grande –pensé– por eso no me atreví a salir para mediar. En cambio si afiné el oído por si acaso tenía que intervenir. Escuché como la chillona voz de mi madre defendía, con un ardor nunca antes demostrado, a mi hermana, y cómo mi padre, con sumo tacto, trataba inútilmente de calmarla. Él decía no quitarle mérito a la pequeña, pero que si le obligaba a tomar partido, sin dudarlo, la balanza se inclinaría hacia mí. La reyerta subió de tono. En un ataque de ira, de ella fluyó un frenético monólogo verbal que era del todo imposible de seguir. Sólo podía alcanzar a entender alguna que otra palabra, pero no lo suficiente como para comprender lo que exponía con tanta vehemencia. –¡Calla de una maldita vez y escúchame! – Estalló como una traca la voz de mi padre. –No dices nada más que palabras huecas, vacías y sin contenido. Estás empeñada en utilizar la misma charlatanería de los teóricos para expresar vagas ideas, exentas de sentido práctico. En un vano intento por satisfacer la demanda obsesiva de respuestas, que sólo a uno mismo corresponde encontrar. –¿Cómo es posible que ni tú, ni la niña de tus ojos, no podáis aceptar las cosas tal y como son? –Expuso ella arrastrando las palabras. Y aullando como al borde de un ataque de histeria, remató–: ¡Si no lo admitís es por pura cabezonería! –¿Y qué me dices de ti y de la chica? Es que no podéis asimilar otra realidad que no sea la vuestra. –Replicó mi padre con pasmosa tranquilidad. –Tonterías. Muchas veces pienso que tú tienes mucha culpa de que la mayor sea como es. – Le acusó. –Si, claro, –se defendió socarrón–, es mejor vivir al dictado sin mojarse por nada ni por nadie, como hacéis la pequeña y tú. Dicho esto, por el pasillo resonaron los precipitados pasos de mi madre hasta acabar en la habitación matrimonial. Acto seguido escuché cómo intentaba reprimir los sollozos, sin conseguirlo. Noté la presión de la mano, áspera cómo la lija, de mi amigo en la mía. A continuación, con incomparable delicadeza, consiguió alejarme de la abstracción, invitándome en voz baja: –Anda vayamos a presentar nuestro respeto a tu familiar. Un leve tironcito me hizo emprender el camino. No habríamos recorrido la mitad del trayecto cuando mi camarada, que durante todo el tiempo parecía haber caído en una profunda reserva, rompió su mutismo. Me comentó como, desde que yo faltaba, mi hermana siempre había estado dispuesta a escuchar a todo aquel que la solicitase. También, que a partir de haberme marchado, ella parecía haber tenido cómo una especie de imán para atraer a las personas, y cómo estas, una vez sentían su contacto, ya eran incapaces de separarse de ella. –Como los insectos atrapados en una tela de araña. –Apunté pícaramente. Los labios se le curvaron hasta casi rozarle el lobulillo de las orejas al escenificar en la mente el comentario, y con sorna contenida lo interpretó en alta voz: –Si, eso es, porque por más empeño que pongan los bichos por librarse de la maldita red, más se enredan en la misma hasta sucumbir en ella. Al llegar, la cancela de entrada estaba abierta. No me supuso ningún incomodo traspasarla. Estaba acostumbrada a la soledad y el silencio. Siempre en compañía de mi querido amigo, recorrimos los estrechos y entrecruzados senderos al cobijo de centenarios cipreses. La emergente y pálida luna yacía boca arriba como si el viento la hubiese volcado. Hacía frío y la noche era tormentosa. Las ráfagas de un suave y gélido viento hacían difícil la conversación y nos enrojecía las caras. El satélite iniciaba su aparición, y parecía sonreírnos con complicidad al dejar al descubierto una variada gama de colores amarillos que circundaban los muros del recinto. El astro, así cómo de soslayo, emitió un breve reflejo que dejó al descubierto un rimero de tierra removida recientemente. La pegajosa humedad impregnaba el ambiente. Sólo en dos metros cuadrados parecía haberse concentrado el vapor empalagoso de un mar de lamentos. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 9 de 70 A la cabecera del montículo, en una vieja tabla clavada de forma provisional, alguien había inscrito unas palabras a fuego, en las que si se hacía un esfuerzo se podía leer: “Esperanza, la alentadora de falsas expectativas, por fin ha sucumbido”. Nos detuvimos a los pies de la improvisada fosa. Cruzamos las miradas sin despegar la boca. El silencio en ese instante se podía escuchar. Un claro de luna, en su lento avance, recortó mi silueta, dejando a mi compañero en la más completa oscuridad. En él, solo se apreciaban los ojos, que adquirieron un tamaño desmesurado cuando presenció cómo, poco a poco, yo volvía a tomar el mismo aspecto de Diosa de mi niñez. Nuestra presencia en el campo santo, velando digna y gravemente, los restos de mi hermana, trascurrió en un silencio sepulcral. La noche fue dura pero pasó con rapidez. Sin darnos cuenta a lo lejos comenzó a despuntar la mañana. El amanecer se perfilaba completamente distinto. Nada más abandonar el cementerio, mi amigo levantó el brazo y señalando el horizonte llamó mi atención: –Mira, mira allí a lo lejos. De la tierra al cielo iba tomando forma un arco iris que exhibía una infinita variedad de colores, como no había vuelto a lucir desde su primera aparición. Me sentí sacudida por mi acompañante. Nuestros ojos se enfrentaron y mostraron la alegría que nos deparaba el inesperado cambio que daban nuestras vidas. Fueron unas breves décimas de segundo lo que tarde en escuchar de nuevo la amigable voz: –Al fin has regresado al sitio del que jamás debiste de salir, Libertad. Arrebatada me abracé a él, y le susurré al oído, algo turbada: –Para ti también vuelve a empezar lo que al principio hacías con verdadero placer, Caronte. –Si, tienes razón, –asintió embriagado– ya echaba de menos el pasar a la otra orilla a personas libres de la inútil esperanza de ser redimidas allí. Porque, como tú bien sabes, la auténtica redención se encuentra aquí mismo. Sin poder contenerme ni un segundo más, exterioricé a voz en grito el sentimiento que invadía todo mi ser: –¡Sííí!, ¡al fin volvemos a ser lo que fuimos al principio! Inflamados de una euforia indescriptible nos sentimos entrar de nuevo en el corazón del género humano… __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 10 de 70 Rafael Gálvez Olmo nace en Madrid en 1940. En el 55 trabaja ya para una Agencia de Publicidad en la que llega a ser uno de sus creativos gráficos durante más de cuarenta años. En el 58 le hacen su primera entrevista y ve publicado su primer relato en una revista “de academia”. Escribió desde muy joven y, motivado por esa inquietud se ha relacionado toda su vida con otros amantes de la literatura, por lo que le llevó a ingresar en la recién creada Agrupación Hispana de Escritores, donde fue director técnico de la publicación “Autores Lectores”, que él mismo confeccionó y modernizó durante el tiempo que perteneció a ella, publicando varios relatos (con seudónimo de Sinhué), en dicha revista, a finales de los 60 y principios de los 70. Un largo período de intenso trabajo en su profesión de creativo publicitario, le apartó del mundo literario, aunque no dejó de escribir hasta que, llegado su “relax laboral”, contactó con un grupo de jóvenes escritores con los que creó “La Voz de Ondarreta”, un periódico local (en Alcorcón), de una calidad literaria excepcional, pero de una vida muy efímera por cuestiones muy largas de exponer. Más estos mismos autores (amigos), deseaban seguir juntos escribiendo, culminando con la fundación de la ASOCIACIÓN CULTURAL-EDITORIAL VERBO AZUL, (en Alcorcón). Ha publicado diversos artículos y relatos en periódicos provinciales, y varios libros y relatos cortos en las diversas publicaciones de esta Editorial. Ha recibido varios premios literarios, así como en arte gráfico y fotografía. “TIEMPO MUERTO” – ¡Tiempo! ¡Tiempo!... Alguien ha gritado lo que es claramente un descanso y tú frenas la adrenalina, respiras hondo y te limpias el sudor de la frente con la muñequera de lana que te confeccionó ella. Esto te hace mirar a la grada donde se encuentra. Vuestros ojos se cruzan. En los de ella destellan todas las luces del estadio. Aquellos ojos que siguen, transparentes, alegres, vivos... inocentes... en un mundo que enloquece a grandes zancadas; que te hace nacer y olvidar a cada estación, que pasa inexorable una tras otra; verano, invierno, una tras otra... tiempo en el que se marchitan las flores... el amor... Y con estos pensamientos has escapado del juego y te encuentras ahora en la propia ciudad de Cuenca, pero desde mucho antes de llegar tu cabeza no ha cesado de dar vueltas sobre recuerdos de tiempo y lugar, de ahí la razón de algunos conatos de accidente, tan sólo producto del ensimismamiento en tus meditaciones. Ensoñaciones o alucinaciones de mucho tiempo atrás que se te agolpan en el subconsciente cuanto más te aproximas a la ciudad. Y ya estás allí, treinta años después, sentado sobre un banco, en la explanada que forma la calle Caballeros, contemplando la balconada donde se asomará tu amada, y sin conocer qué droga se está apoderando de ti. No te planteas siquiera qué podría haberte sentado mal, ni cualquier otra circunstancia fisiológica, no, era sólo el alma la afectada, los sentimientos, la nostalgia... el tiempo y el lugar eran la causa. Por primera vez en muchos años regresas a la tierra que te vio nacer en camino inverso al que utilizaste para salir de ella en más de una ocasión... en la última ocasión. Te has escapado hasta allí empujado por una fuerza fuera de tu control y ahora te encuentras navegando en líquido amniótico en una semiinconsciencia en la que has perdido el timón de la orientación y que te hace ver, con mirada de adolescente, todo un cúmulo de sentimientos que, a pesar de reconocer como imaginarios te arrastran en dulce desvarío, y te lleva a sentir la sangre corretear por las arterias con ímpetu de tus veinte años, cuando pisabas el suelo de tierra de la plaza, con el desafío propio de la juventud, mientras te prometías y juramentabas comerte esta importante capital de provincia, (como entrante), para luego proseguir, a lo largo y ancho de las carreteras, el resto de otras capitales que sólo conocías por libros. Y todo para cumplimentar tu promesa, tu juramento a una adorable criatura, sueño de aquella juventud que debías haber mantenido muy dentro de ti pero que has olvidado hace tiempo. Marcela era su nombre. “Celi, mi amor”, la llamabas entonces. La adrenalina se recrea en tus sienes y los recuerdos se amontonan y mezclan en antes y después de la historia de tu (vuestro) amor. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 11 de 70 Los estudios, en provincias cada vez más alejadas, siempre jugando con intercambio de misivas plenas de sentimientos de amor, de sueños... regresos y encuentros, de promesas a punto de cumplirse... que cercenó otra obligación más poderosa, la militar, que te envió a un más allá del mundo que conocías. Lejanía en distancia, en instintos, en sentimientos... en amor. Sólo la adoración hacia ella logró mantenerte vivo y cuerdo durante aquellos largos, tristes y difíciles meses en un mundo inhóspito... espejo, también de los siguientes años que estaban por llegar... ¡Vuelve al presente! ¡Sujeta el corazón que se te está abriendo! ¡Respira hondo: uno, dos, uno, dos!... ¡Agarra el aire antes de que se te escape!... ¡Sí, estás perdiendo quizá el último aliento de la cordura que te queda! ¡Corre! ¡Corre presuroso, calle arriba, camino de su casa!, ¡Tienes que llegar a tiempo de verla salir al balcón cuando hagas la llamada con tu largo silbido! Y entonces es cuando ella se asoma a la balconada; a veces recatada y escurridiza para que tú ni nadie vea nada; otras, a solas, cuando no se ven moros, juguetea y picardea con la falda, cual consagrado taurómaco, con revoloteo de trapo ante las mismísimas astas del animal, con “capote” con el que juega al juego del destape, que se quita y se pone, que te pone y te sume en deseos y sueños que tratas, más tarde, de ajustarlos a tus sentimientos. Y ahora ya te encuentras bajo el mirador o grada donde vive tu amada, y te llevas los dedos a la boca para lanzar el largo y significativo silbido, pero antes de hacerlo despiertas de nuevo, observas el entorno y tratas de comprender lo que está sucediendo... o ha sucedido. Este lugar, esta plaza, esta cancha, no se parece en nada al recuerdo que guardas del último día que silbaste a tu Celi... ¡Dios mío!, ¿Qué ha ocurrido? ¡Siéntate en el moderno banco de la ajardinada y cuidada plaza y reposa la cabeza sobre tus manos! ¡Llora, amargamente, durante interminables minutos, mientras tu cabeza trata de analizar y enlazar hechos de aquellos años con el momento presente, que no es ni sombra de lo que siempre soñaste! Todo se hizo retozo entonces. Delicias de esparcimiento y diversión de noches eternas... Tras salvar las inconveniencias de las obligadas separaciones, Marcela y tú, con las bendiciones familiares y un futuro asegurado por el gran puesto de trabajo, (que la constancia y vuestro sacrificio os ha llevado a alcanzar), disfrutáis de libertad durante un tiempo que pareció imperecedero... hasta que las ataduras de un primer hijo marcaron nuevas obligaciones y prioridades para las que ninguno de los dos teníais preparación, y con las que tampoco habíais contado. Luego se sumaron más hijos, nuevas circunstancias, cantidad de nuevos problemas..., y otro factor primordial: el tiempo. El tiempo, inexorable, escurridizo, disimulado y traicionero, fue pasando para el mundo y para vosotros, y un día, de pronto, descubres que el encanto, la adoración, el sueño y la ilusión se ha perdido, ya no existe entre vosotros, y Celi no se encuentra a tu lado; no significa nada. Se comenzó con una dejadez circunstancial que llegó, en su cenit, en muy poco tiempo, a un abandono u olvido total de aquellas promesas de amantes que habíais juramentado para toda una eternidad. Nadie fue culpable. A ninguno se puede achacar el primer paso (no lo hay) que se da en estas circunstancias. Se van aceptando los hechos como llegan, de común y en silencioso acuerdo, pero sin tomar conciencia de lo que está sucediendo, se sigue jugando. Los años pasan, vuestros hijos crecen y Marcela y tú sois tan sólo padres. Un hombre y una mujer que se respetan, mantienen un apagado cariño y siguen viviendo bajo el mismo techo. Ella ha perdido el recuerdo del apelativo cariñoso con que tocabas su fibra más sensible y tú también has terminado por olvidar el momento álgido de tu entrega total. ¡Despierta! ¡Levanta la cabeza y sé libre de recuerdos muertos! Contemplas la bella y ajardinada plaza, observas la hermosa fachada de la iglesia de San Felipe que reverbera al sol y al verde suelo que la adorna y, también, rebasando su torre eclesiástica, más al fondo, jugando con el cielo, la otra torre, la de Mangana, preciosísima obra mozárabe que fue cómplice de escarceos amorosos con tu única amada. A pesar del recuerdo que te embarga con aquella preciosa estampa sientes que no es el sueño que guardas en el corazón, ni en tu espíritu... ni tampoco que pueda estar, tras la vidriera del primer piso, aquella jovencita que te miraba con ojos de virgen enamorada y por la que aún continuas viviendo tu angustiosa existencia. Te incorporas con decisión y encaminas la calle hacia la Puerta Valencia; esta vez es cuesta abajo. Sabes lo que tienes que hacer: Debes regresar “al campo” y reiniciar “el juego”. El “tiempo muerto” se ha acabado. ¡Ojo! ¡Hay que conducir despacio! Toda prudencia es escasa si no quieres repetir el viaje de ida, a pesar de no poder evitar las quiméricas ensoñaciones que te acompañaron y te acompañarán en el trayecto. Cuando rematas en el aparcamiento, sólo estás agotado por el largo juego, pero no derrotado. Te quedan “cinco minutos” de tiempo real para conseguir volver a poner todo en su lugar. Mientras subes en el ascensor sacas las llaves, automáticamente, como siempre, por costumbre... pero ya en el rellano las miras y decides no utilizarlas. Vuelves a guardar, en el bolsillo, llavero y llaves y llamas al timbre __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. 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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 12 de 70 esperando la apertura de la puerta. Te sientes observado por la mirilla, cosa que te hace ilusión, y después sientes como rechina el ruido del cerrojo y la puerta se abre. La mujer de tu vida, la soñada, la eternamente amada se encuentra ante ti con toda la belleza y juventud que siempre adoraste. –Hola Celi –dices. Hace mucho tiempo que no la llamas así. Ella te mira asombrada y en sus ojos juguetean perlas transparentes. Entiende, perfectamente, lo que sucede. Cuando la abrazas notas su estremecimiento, su abandono, su entrega... Comprendes que ella siente lo mismo, que siempre lo ha sentido, y que durante toda vuestra eternidad habéis estado jugando a la equivocación y al falso entendimiento. Os besáis, y en aquel beso explosiona el ardiente amor contenido durante toda la duración del partido. Ha finalizado el tiempo muerto y ahora podéis entregaros a vuestro amor, al que de verdad siempre habéis deseado... y os entregáis... Ilustración de Yolanda Cabildo __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 13 de 70 Fernando José Baró (Madrid, 1966) Escritor. Anticuario. Colaborador en las revistas literarias y los periódicos Letras de Cuenca (Cuenca), La Fumarola (Leganés), La hoja azul en blanco (Alcorcón), Lusones (Cuenca), Guadiela (Cuenca), el boletín literario del Café Gijón (Madrid), Portal del sur (Getafe) Al cabo de la calle (Getafe) y Horizonte de Letras (Alcorcón) En Verbo Azul tiene publicado un breve ensayo sobre el desamor en 2004, En torno al desamor, más de 100 relatos en cuadernillos de Alcorcón, un libro de relatos presentado en la Feria del libro de Alcorcón en 2005, Nueva Residencia y otros relatos, y colaboración en un libro editado por el Café Gijón en conmemoración del IV centenario de la publicación del Quijote, El Quijote en el Gijón (2005) así como en el libro Madrid a Miguel Hernández (Desde el Café Gijón) (2012). Asimismo ha colaborado en la Semana Cultural de la Villa de Gascueña (Cuenca) donde presentó la obra Historias de la Alcarria (2007) Ensoñaciones (2008) Venganza (2009) La dama inmóvil (2010) Retales (2011) Tomar partido (2012) El lado oscuro (2013) y Las arrugas del alma (2014). Dio el pregón de las fiestas de la Villa de Gascueña el verano de 2008. Ha publicado también junto a otros autores conquenses el libro Gascueña, luz poesía y pensamiento (2008) Fue premiado en Verbo Azul por la obra Ausencia de ti (2001) y finalista en el Primer Certamen Literario Verbo Azul por la narración Cambio de rumbo (2004). Actualmente en vías de la publicación del libro Redes y otros relatos con prólogo del escritor Alberto VázquezFigueroa. “Somos el tiempo que nos queda” (Caballero Bonald - Jerez 1926) “ERAN OTROS TIEMPOS” Eran tiempos de guerra; tiempos en los que España seguía siendo poderosa y temible. Tiempos en los que en Madrid, el antiguo Magerit con los árabes, como en otras ciudades españolas, podías sentir el hierro frío de una toledana, de una daga vizcaína o de una navaja en tus carnes. Eran tiempos en los que te jugabas la vida por una ofensa; por tu honor. También eran tiempos para el amor. Yo vi la luz en Sopeñano, una pequeña aldea burgalesa en el Valle de Mena. Mis padres; intentando darme mejor vida que la que habían llevado ellos dedicándose a la ganadería, me enviaron a Madrid. A casa de un tío mío que era cura en la capital. Aprendí a leer y a escribir y me hice soldado. Me forjé como hombre empuñando el acero, combatiendo en nuestros tercios de Italia y Flandes. Eran tiempos del reinado de Felipe IV y en los mentideros madrileños solo se hablaba de la muerte de don Juan de Tarsis y Peralta, conde de Villamediana. Correo mayor del reino, buen poeta, buen espadachín, hombre de talante agresivo y temerario, con fama de libertino, amante del lujo, de las mujeres, de la buena pintura, de las piedras preciosas, de los caballos -los dejaba morir en sus cuadras, de viejos; antes que venderlos como carne- del juego y de la vida desordenada. Se casó en 1601 con Ana de Mendoza con la que no tuvo descendencia. Fueron numerosas sus amantes, era según parece bisexual y su muerte no está clara si fue por sus acosos galantes a la esposa del monarca, la reina Isabel de Borbón, o tal vez por pretender o llevarse al lecho, a la amante del rey Felipe IV, la joven y bellísima portuguesa Francisca de Tavora, dama de la reina. Otros creyeron que fueron sus tendencias homosexuales las que le llevaron a la tumba para evitar un escandaloso proceso judicial en la Corte. Lo cierto es que le mató un experto espadachín por orden del rey, del Conde Duque de Olivares o de ambos, el 21 de agosto de 1622 en la calle Mayor de Madrid, cuando iba en su carroza acompañado de su amigo don Luis de Haro y que el crimen de Estado, quedó impune. El matador fue el espadachín Bellido, según la famosa décima del insigne poeta y clérigo cordobés, vecino de Madrid, don Luis de Góngora. La orden insinúa Góngora partió de Felipe IV. Pero no es esto lo que os quiero contar. Estas líneas escritas ahora en mi solitaria, tediosa y reumática vejez, son para recordar la última vez que una mujer me volteó pasionalmente. Ella era una andaluza nacida en tierras de Huelva. Morena guapa, de expresivos ojos verdosos o tal vez grises; __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 14 de 70 no sé. Sus ojos variaban dependiendo de la luz del momento. Mujer menuda de delicadas formas, que destacaba por sus bellos ojos, por su sabrosa boca de blancos dientes y apetitosos labios y por su abundante cabello negro. Morbosa y peligrosamente negro como la noche, como lo oscuro, como lo prohibido. Sus padres eran los dueños de la famosa posada del Dragón. Posada ubicada en la Cava Baja y frecuentada por espadachines y comerciantes en viaje de trabajo. La conocí en dicha posada una tarde tomando una jarra de vino. Esa tarde con la toledana y la vizcaína al cinto, botas altas, sombrero y capa, tenía el encargo de cobrar un dinero a un mal pagador o atravesarlo con mi espada en el caso de que no se viniera a razones. En cualquiera de los dos casos, mis honorarios iban a ser los mismos. Necesitaba realizar “trabajos extras” ya que la paga por mis años de servicio en Italia y Flandes llegaba tarde o no llegaba. Sentado haciendo tiempo a que anocheciera para ir en busca de dicho fulano, pedí otra jarra de vino al posadero y esta vez, vino a servirme a la mesa, la mujer más encantadora y tierna que había visto en mi vida. Sus ojos se clavaron en los míos o fueron tal vez mis ojos los que buscando una bocanada de aire, una nueva ilusión a mi vida tras hierro, sangre, hambre, miseria y muerte por los campos de batalla de la vieja Europa, vieron en los suyos un alo de luz, de frescura, de juventud y al mismo tiempo de picaresca, de morbo y de extrema y lasciva sensualidad. Leonor Regidor, que así se llamaba la joven y guapa morena que comenzó a quitarme el sueño, estaba prometida en matrimonio con don Ramiro Cifuentes, propietario de la posada de la Villa; más grande y rentable que la del Dragón y situada también en la Cava Baja. Don Ramiro aparte de la posada, tenía tierras de labor en Guadalajara y vivía holgadamente. A pesar de tener treinta años más que su prometida, era un buen partido, económicamente hablando. A partir de verla aquella tarde, acudí más asiduamente a la posada que regentaban sus padres y un día, armado de valor - algo de lo que nunca he carecido frente a un hombre - la invité a fiesta de acoso, derribo y muerte de toros en la plaza Mayor a cargo de los principales caballeros de la Corte. Me dijo que a pesar de no estar en Madrid su prometido en esa fecha, no era correcto el acudir juntos a ese alarde de alanceamiento de reses bravas a caballo por los más osados cortesanos del Reino. Yo tenía pensado, dentro de mis posibilidades, haber alquilado un bajo. No podía permitirme el lujo de alquilar un balcón, algo reservado para la nobleza y tampoco iba a llevarla a donde acudía asiduamente solo o con cualquier amigote, que eran los pasadizos adyacentes como el de Botoneras, Hilanderas, Cuchilleros o Esparteros. Callejuelas sucias y oscuras. Leonor acudía cada día a la plaza de la Paja, a llevar comida a una tía suya, anciana y ciega. Más de una vez la acompañé a distancia admirando la belleza de sus formas. Movía las caderas insinuantemente al caminar. No era provocación; era innato en ella. Yo deseaba poseer ese cuerpo, tocar esa piel, besar esos labios; hacerla mía. A veces volvía la cabeza y me sonreía con picaros ojos. Una mañana, paró el paso y me dijo: “No sé si me vigilas o me acompañas. Pero si lo que quieres es acompañarme; no lo hagas a distancia, que no me como a nadie. Ven a mi vera y al menos conversamos un rato”. Desde ese momento nos fuimos tratando y conociendo más cada día, en las conversaciones que manteníamos tanto en el paseo matinal a la plaza de la Paja, como la mayor parte de las tardes que acudía a la posada del Dragón a verla, a admirarla y a conversar con ella. Más de una tarde su padre la llamó la atención, ya que paraba en mi mesa más tiempo del necesario para servirme una jarra de vino acompañada de un plato de olla podrida - mezcla de carnes a veces con forma de empanada - desatendiendo al resto de la clientela. Cuando me servía el vino, yo cogía su mano disimuladamente, como si agarrara la jarra para sentir por unos leves segundos el roce de sus manos en las mías, y ella, me correspondía con una pícara sonrisa. Yo vivía en la calle de Toledo en una mísera buhardilla, a la que iba solo para dormir. El resto del día lo pasaba por las calles del Madrid del ¡Agua va!” tirada desde los balcones y ventanas de las casas. Calles desiguales. Anchas, estrechas, concurridas y solitarias. Una tarde Leonor me dijo que la única forma de compartir unas horas, sin ser vistos, era que alquilara en su posada, una habitación para pasar la noche, y una vez que estuvieran dormidos sus padres, iría a calentarme el lecho. La siguiente noche al ofrecimiento alquilé en la posada del Dragón, una habitación y después de cenar, cuando cayó la noche y todo estaba en silencio, esperé en mi cuarto a que Leonor llegará. A la luz de una vela, consumamos entre besos y caricias nuestra ardiente pasión. Su desnudo era morboso, sensual, tierno y lujurioso. Yo había tenido relaciones carnales con infinidad de cantoneras pero esto era otra cosa. El deseo sexual y la atracción entre ambos iba también cargada de ternura. Parecía mentira que algo tan hermoso fuera mío durante toda una noche. Era un regalo caído del cielo que no iba a dejar pasar. Pernoctaba en la posada del Dragón, dos veces por semana. Leonor, cuando podía no me cobraba el alquiler. Fueron tiempos cargados de amor, ternura, deseo y pasión. Como olvidar esos ojos, el sabor de sus besos, su cuerpo desnudo... Mis manos acariciaban sus pequeños pechos de excitantes y morbosas areolas. Mi boca besaba sus __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 27 Página 15 de 70 apetecibles pezones, su bajo vientre, su oscuro y poblado pubis. Recuerdo su nerviosismo, su excitación, su humedad y sus gemidos de placer. También su inolvidable olor. Una madrugada en la que Leonor abandonaba mi lecho, y nos besábamos tiernamente en el umbral de la puerta, otro huésped que salía de la habitación de enfrente nos vio. Le eché una mirada desafiante y olvidé el incidente. A la semana siguiente, Leonor me contó que el fulano que nos vio besarnos aquella noche, la había pedido relaciones sexuales bajo la amenaza de contarle lo nuestro a don Ramiro. ¡Estate tranquila! -la dije- y tras averiguar que dicho rufián, era un comerciante extremeño que venía a realizar negocios en Madrid, esperé el momento. En uno de sus viajes a la Corte, le seguí, ya anochecido y en la calle del Almendro, en un oscuro recoveco, le salí al paso. Intentó sacar la espada y poniéndole la mía en el gaznate, le advertí de que mantuviera la lengua quieta si no quería que se la cortara. No se intimidó y no sé por qué no lo atravesé de lado a lado con mi toledana. Pensé que solo era un fanfarrón y que el susto le mantendría en silencio, pero no fue así. Antes de regresar a su tierra extremeña, volvió a amagar a Leonor con contarlo todo, si no accedía a su petición sexual. Semejante escoria, acababa de firmar su muerte en la siguiente visita que hiciera a Madrid –pensé. Mientras tanto la relación de mi joven amante con su prometido, seguía viento en popa y comenzaban los preparativos para la boda. Yo seguía pasando la noche siempre que podía en la posada del Dragón. Y cuando no las tardes bebiendo vino de Méntrida en la misma posada. Una noche en la que ya de retirada me dirigía a casa, a la altura de la calle de Toledo, me salieron al paso tres asesinos a sueldo. El brillo de uno de los aceros me alertó y tuve tiempo de evitar una mortal estocada y de desenvainar mi toledana. Eran dos espadachines y un tercer sicario que intentaba apuñalarme por detrás con una navaja. A uno de los que se batían con espada le atravesé el corazón de un golpe certero, momento en el que el bellaco de mi espalda me apuñaló en un costado. Saqué la vizcaína, y armado de daga y espada me deshice del que me acababa de hacer sangre entre el pecho y la espalda. Sangraba abundantemente y me quedaba uno. Tuve la fortuna de que viendo a sus dos compañeros muertos, no quiso probar suerte conmigo, cosa que agradecí, ya que con la pérdida de sangre, me empezaban a faltar las fuerzas. No hacía falta ser muy listo para saber que los había enviado el hideputa del comerciante extremeño. Si ya de por sí tenía pensamiento en matarlo; ¡Como que hay Dios que en su próxima visita a la Corte, no iba a salir vivo de Madrid! No le dije nada a Leonor y creyó que la herida había sido uno de tantos lances habituales en mi oficio de espadachín a sueldo. A una semana de la boda entre mi amada y don Ramiro, Leonor me contó que estaba embarazada. El hijo que esperaba podía ser mío o del de Guadalajara. Tras la boda, se nos terminaba el vernos y pasar alguna noche juntos, al menos estando don Ramiro en Madrid. Por supuesto que no se me escapó el comerciante extremeño. Maté gustoso a ese hijo de puta en un oscuro y mugriento callejón y tuve verdadero placer en hacerlo. Pensaba que era un espadachín mediocre y no es que fuera un maestro en el arte de la esgrima, pero me dio más trabajo del esperado. Me costó ensartarlo en mi toledana que le atravesó el pecho y le envió derecho al mismísimo infierno. Solo volví a compartir el lecho con Leonor en dos ocasiones. No sé si era cierto su miedo a ser pillados por su marido o tal vez la aventura amorosa para ella había llegado a su fin. El caso es que dejé de verla. Ella llevaba su vida de casada y yo volví a tener la mía de antaño. Vi crecer a Rodrigo hasta que cumplió nueve años. Así puso de nombre a su hijo. Por un lado deseaba que no fuera mío y esa idea me tranquilizaba pero a veces en el fondo de mi alma, en mis solitarias noches, ansiaba que fuera mi hijo. Siempre pensé que no se puede pasar por la vida sin dejar nada y, al menos que yo sepa, la única posibilidad de ser padre está en Rodrigo. Sea mío o no; la verdad es que vivirá mejor con su madre y con el de Guadalajara, que si lo hiciera conmigo. Al menos económicamente. Hoy cuando escribo estas líneas, en 1652 tendrá cerca de treinta años. Diez menos de los que tenía yo cuando conocí a su madre. Cuando tuve la fortuna de compartir con ella lecho. De acariciar su piel y de consumar con ella mi deseo carnal. De besar sus apetitosos labios y de que sus bellos ojos, aquellos que me cautivaron, me miraran con amor, ternura y pasión… Ya no vivo en Madrid. Me fui a Navalcarnero (localidad en la que se casó en 1649 el rey Felipe IV en segundas nupcias con su sobrina Mariana de Austria) a buscar un lugar más tranquilo para mis años de vejez. A veces pienso en volver a la Corte y acercarme a la Cava Baja y entrar en la posada del Dragón o en la de la Villa a tomarme una jarra de vino con la esperanza de ver a mi posible hijo; a nuestro hijo y a ella. Mi siempre recordada, amada y deseada Leonor Regidor. Llegué a quererla tal vez más cuando dejé de verla, pero ya poco importa... Eran otros tiempos. Primavera madrileña de 2007 __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. 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