Algo que ocultar

 

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Cuando Raquel y Alex deciden trasladarse a vivir a Llanes con sus tres hijos y reformar en hotel la Casona de Indianos que recibieron en herencia, no se podían imaginar que se verían envueltos en asesinatos, traiciones, pasiones, engaños y desengaños que

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Ana Zarauza Algo que ocultar

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Algo que ocultar Septem Littera Primera edición: febrero, 2015 © 2015 Ana Zarauza © de esta edición: Septem Ediciones, S.L., Oviedo, 2015 e-mail: info@septemediciones.com www.septemediciones.com Blog: www.septemediciones.es También en Facebook, Linkedin y Twitter. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin previo permiso escrito del editor. Derechos exclusivos reservados para todo el mundo. El Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO) vela por el respeto de los citados derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. La editorial no se hace responsable, en ningún caso, de las opiniones expresadas por el autor. La editorial no tiene obligación legal alguna de verificar ni la veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de los datos incluidos en el texto, por lo que carece de responsabilidad ante los posibles daños y perjuicios de toda naturaleza que pudieran derivarse de la utilización de aquéllos o que puedan deberse a la posible ilicitud, carácter lesivo, falta de veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de la información proporcionada. Foto cubierta: Mar González Cancio Foto autora: Julio Roces González Diseño y compaginación: M&R Studio ISBN: 978-84-16053-34-6 D. L.: AS-440-2015 Impreso en España—Printed in Spain

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A Pelayo y a Alicia, por su ilusión.

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Agradecimientos Son tantas las personas a las que tengo que agradecer que este libro vea la luz que, sinceramente, me siento dichosa. La lista es larga, solamente espero que no se me olvide nadie y si es así, espero que me disculpe. Vaya mi primer y sincero agradecimiento para mi editora, Marta Magadán. Cuando me presenté en su despacho con el libro en la mano y el corazón desbocado por el gran paso que iba a dar, me recibió con los brazos abiertos y una sonrisa que no olvidaré. Mil gracias a mis primeros y queridos lectores: Ignacio Arjona, María F. Olalla y Marta Tagarro. Ellos lo han leído según salió de mi cabeza, sin correcciones y fueron mi primer impulso para seguir adelante. Y como no, a mis amigas-correctoras: Anusca Concha, Eva Martín y María Alonso, que con sus aportaciones han convertido este libro en lo que es. Su entusiasmo casi supera el mío. A mis amigos: Ana Maneiro, Javier Álvarez, Mada Colodrón, Manuel Balmori, Mar González, Marta Noriega, Paula Gómez, Sandra Iglesias y Tere Fernández. Poco a poco, según iban leyendo, iban alentando mi espíritu escritor. Ha sido genial e imprescindible contar con vuestras opiniones. A María J. Olay por su sabiduría en medicina y su ilusión por esta novela. Y a Carlos y a Carus, que pertenecen al cuerpo de la Guardia Civil. Con sus conocimientos me han aclarado muchas dudas en cuanto a la forma de actuar de la Policía Judicial. Ángeles Roces y Jorge González, merecen una mención muy especial. Sus sugerencias y su aliento desde que les conté que me había embarcado en esta aventura, fueron esenciales para creer que era posible. A mis padres les debo gratitud eterna por la cantidad de horas que, sobre todo en vacaciones, se ocuparon de los niños mientras yo me dedicaba a escribir encerrada en el despacho. Y por supuesto al resto de mi familia: mis hermanos, mis cuñadas, mis tías,… por vuestro apoyo incondicional. Por último y no por ello menos importante me quedan mis tres compañeros de viaje: mis dos hijos Pelayo y Alicia, y mi marido, Julio. Gracias por todo el tiempo que os he robado y que habéis sabido entender. Y por supuesto gracias por esa magnifica foto, Julio. Gracias de corazón.

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No sabía cuándo, pero tenía el convencimiento de que el momento de su venganza estaba cerca. Por fin podría apaciguar el ardor y el odio que a lo largo de tantos años, se había ido acumulando y se repartía por todo su ser. Cuando lo supo, no lo pudo evitar. La sed de venganza había arraigado en su interior alimentándose con el transcurso de los años hasta convertirse en su dueña. Toda su existencia cobraba sentido en torno a ese instante. La excitación por su proximidad invadió su cuerpo hasta el punto de tener que liberar un estruendoso alarido. Pronto, muy pronto llegaría el día en que su alma descansase y esa insoportable quemazón le abandonaría. Antes de lo que podía imaginar...

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A primera hora de aquella invernal mañana de domingo, Raquel había quedado con Miguel. La noche anterior, él la había llamado al móvil. Quería verse con ella. Su voz era intranquila, incluso nerviosa y eso no era propio de él. Cuando se lo comentó a Álex, su marido, por un momento temió verse envuelta en otra de sus interminables discusiones. Sin embargo, tras unos segundos de tirantez, él transigió pese a que no le entusiasmaba la idea. Ese día se levantó temprano alentada por su cita; le intrigaba la impaciencia de Miguel por verse con ella. Después de ducharse y de tomar un ligero desayuno, subió apresurada las escaleras del adosado hasta llegar al dormitorio. Allí se detuvo durante unos segundos delante del armario con las puertas abiertas de par en par. Tardó poco tiempo en decidirse; necesitaba ropa cómoda para moverse con facilidad por la obra que estaban acometiendo y, además, tenía prisa. Se decantó por unos vaqueros excesivamente desgastados que se ponía en contadas ocasiones, una camiseta térmica de manga larga, un jersey azul de lana gruesa y cuello alto y sus viejas zapatillas de deporte. A esas horas de la mañana el frío invernal penetraba por cualquier resquicio, por lo que resolvió completar su atuendo con el cálido plumífero que le habían regalado sus padres recién iniciado el otoño y una bufanda enrollada alrededor del cuello. Con todo, se sentía acalorada y bastante ceñida, aunque, por otro lado, sabía que sería insuficiente para combatir la frialdad de los muros del desangelado hotel aún por finalizar. Mientras Raquel terminaba de prepararse, Álex había aprovechado para escaparse a por la prensa a un bar ubicado en la carretera general, casi enfrente del hotel. A su vuelta, ya estaba lista para marchar. Se despidió de él obsequiándole con un beso en la mejilla que él aceptó de buen grado abrazándola tiernamente. Echaba de menos los impulsos cariñosos que ella siempre había tenido; la quería con toda su alma y ya no sabía qué hacer para recuperarla. —¿Tienes que ir? —preguntó a la desesperada con la esperanza de que dijera que no cogiendo dulcemente su mano. —Sí. Ya habíamos hablado de este tema Álex... —le reprochó ella soltándose. —Lo siento. Vete tranquila —replicó resignado con una sonrisa que disipó cualquier atisbo de duda. 11

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Mientras se marchaba, se quedó pensativo observándola. Durante un buen rato permaneció de pie, inmóvil, con la cabeza en otro lugar. Aún ensimismado decidió recostarse en su sillón preferido y olvidar. Desde ahí lo tenía todo controlado. Mateo y Sara ya desayunados y vestidos estaban viendo un capítulo de “Phineas y Ferb”. Ana, aún en pijama, jugueteaba a su alrededor mientras él ojeaba el periódico. Raquel salió de casa convencida de que el ambiente quedaba bastante tranquilo, lo que apaciguó, en cierta medida, su espíritu, maltrecho desde hacía unos cuantos meses. Percibió en la cara el gélido viento del temporal que azotaba la costa en esos rezagados días de invierno, ya próxima la primavera. Curiosamente, cualquier otro domingo estaría en ese mismo lugar preparándose para correr con Rosa, su recién e inseparable amiga desde su traslado el pasado julio. Pero tras la llamada de Miguel había cancelado su cita semanal con ella. Aún en el porche, aspiró una bocanada de aire que inundó sus pulmones del frescor y de la tranquilidad de la mañana de Póo, un hermoso pueblecito costero muy próximo a la villa de Llanes. Caminó por los adoquines color caldera, recordando fugazmente los últimos meses. Esos pensamientos atormentaban su mente. Rememoró apesadumbrada su primera cita con Nacho Ferrán, psicólogo y amigo desde sus tiempos universitarios. Agonizante era la palabra que mejor la definía. Habían acudido a él en busca de ayuda para salvar su matrimonio y tras varias sesiones, les había aconsejado que se fueran a vivir a una zona rural alejados de Oviedo y de cualquier ciudad. Así se distanciarían de la caótica vida que llevaban y por supuesto de Natalia, la chica con la que Álex había mantenido su aventura y a la que veía todos los días en el trabajo para exasperación de Raquel. Y allí estaban. Enfrascados en la reforma de la Casona de Indianos que Raquel había heredado de su abuela. Antaño había soñado, en secreto, convertirla en hotel. Pero nunca se había atrevido a proponérselo a Álex hasta que el consejo de su buen amigo Nacho comenzó a calar en su mente. Tenía que llamarlo para agradecerle todo lo que había hecho por ellos, se dijo. Cerró tras de sí la verja que daba paso a la urbanización. Caminó escasos metros hasta llegar a la carretera general. Giró a la izquierda y continuó por la acera que bordeaba las casas que limitaban con la calzada y que se ensanchaba y estrechaba caprichosamente. El comienzo en Llanes había resultado bastante menos complicado de lo que se había imaginado pese a las profundas heridas que aún permanecían abiertas y que lastraban su relación con Álex. Y eso alentaba la idea de que la decisión de irse a vivir a Póo, había sido un acierto. Tales pensamientos la animaron, alejando por un momento la oscura sombra que se cernía sobre ellos. 12

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Ese día, Juan se levantó antes de tiempo a pesar de que era su único día de descanso. Su excitación era más que evidente, pero como vivía solo desde su divorcio hacía ya un año, no tenía que ocultarse de nadie. Por fin había puesto contra las cuerdas a Miguel y le había arrancado la promesa de que le pagaría una parte de lo que le debía. Lo necesitaba. Su exmujer lo acosaba constantemente y ya no atendía a excusas de ningún tipo. Aunque tampoco era de extrañar. Llevaba tres meses sin pasarle la manutención de sus hijos, y tres meses era mucho tiempo. Sobre todo para ella, que nunca llegaba a final de mes. A él le daba igual si no tenía para comer, poco le importaba. Pero sus hijos... No lo podía consentir. Eran carne de su carne y haría lo que fuera por ellos. Ella, rencorosa, le echaba en cara la necesidad que sus hijos pasaban. Y, además, había cumplido su palabra: ya no le permitía verlos. En su última discusión le había asegurado que no los vería hasta que le pasase la pensión alimenticia. Y eso, para Juan, era insoportable. Cada vez que lo pensaba le hervía la sangre. Pero ese día, por fin podría entregarle todo lo que le debía y ver a los niños. Por fin la haría callar. Sin nada que hacer daba vueltas por la casa, deseoso de que pasara el tiempo. Imaginó el reencuentro con sus hijos; ellos eran la razón de su existencia. Pensó en comprarles algún regalo. Con el dinero que le iba a pagar Miguel, podía permitírselo, soñó alborozado. A ella le compraría un bonito vestido a juego con unos zapatos. Quería verla como a una de esas niñas que disponían de un armario repleto de vestuario. Al chaval, aún no lo tenía claro. Lo que él quisiera, seguro que algo electrónico. La idea avivó su nerviosismo. Estaba tan alterado que no veía la hora de verse con Miguel. Y aunque aún era pronto y la distancia corta, decidió salir de casa y acabar con aquello lo antes posible. Temía que Miguel le viniese con alguna de sus excusas y esa incertidumbre le corroía, aunque de ser así no le serviría de nada. Estaba decidido a hacer lo que fuera para conseguirlo. Se lo debía a sus hijos y eso era sagrado. Además, se había adelantado a los acontecimientos y había quedado con su exmujer después de ir a la iglesia. Entonces saldaría su deuda. Él le había propuesto esa hora a sabiendas de que llevaba a la niña a catecismo y a continuación a misa y que, al menos a ella, por unos minutos, podría verla. No había marcha atrás... Cuando Raquel llegó, la herrumbrosa y ornamentada verja la recibió abierta de par en par. No le sorprendió ver en el interior del recinto la furgoneta de Miguel. Estaba aparcada frente a la entrada principal del palacete con las portezuelas de atrás entreabiertas. Ya había llegado, concluyó. Y a su semblante asomó una avivada sonrisa. Ese hombre le transmitía mucha tranquilidad 13

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