Omara en el París de las maravillas

 

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Manuel Herrero Montoto es el padre putativo de Omara. Vive tan compenetrado con ella que resulta difícil distinguir al escritor de la puta, o viceversa. Después de presentarnos a la muchachita de las alegrías en su novela Omara la trapecista (Septem Edici

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Omara en el París de las maravillas

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Omara en el París de las maravillas Manuel Herrero Montoto

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Omara en el París de las maravillas Septem Littera © 2015 Manuel Herrero Montoto © de esta edición: Septem Ediciones, S.L., Oviedo, 2015 e-mail: info@septemediciones.com www.septemediciones.com Blog: www.septemediciones.es También en Facebook, Linkedin y Twitter. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin previo permiso escrito del editor. Derechos exclusivos reservados para todo el mundo. El Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO) vela por el respeto de los citados derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. La editorial no se hace responsable, en ningún caso, de las opiniones expresadas por el autor. La editorial no tiene obligación legal alguna de verificar ni la veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de los datos incluidos en el texto, por lo que carece de responsabilidad ante los posibles daños y perjuicios de toda naturaleza que pudieran derivarse de la utilización de aquéllos o que puedan deberse a la posible ilicitud, carácter lesivo, falta de veracidad, vigencia, exhaustividad y/o autenticidad de la información proporcionada. Diseño cubierta y Compaginación: M&R Studio ISBN: 978-84-16053-32-2 D.L.: AS-350-2015 Impreso en España

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Para todos los hijos de Dios, esta travesura del Diablo.

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Índice De cómo se presenta Coldo en la institución benéfica, enfermo y huido de la justicia, para guarecerse entre la piedra bajo la disciplina de un cuerpo de guardia formado por las Siervas Auxiliadoras del Final del Camino y unos celadores antiguos legionarios con pelo en pecho.................................................................................................................... 9 De cómo un Coldo de medio cuerpo se acomoda a las circunstancias y las circunstancias se acomodan a un Coldo que no admite la coordenada tiempo como un recipiente sin contenido; y de un reencuentro afortunado: Omara, dócil semilla del ánimo que germinará en las termas del desamparo..................................................................... 22 De cómo Omara baja de los cielos y resucita lo que la mojigatería había menospreciado de la naturaleza viva sin causa aparente, dirigiendo la existencia de nuestros mayores por un camino árido y tedioso sin otra satisfacción que el yogur de fresa del postre............. 37 De cómo se renueva el aire en los pasillos de la Residencia Luz de Señor e infunde la novedosa brisa un ánimo de difícil catalogación que despierta entre sus huéspedes, para sorpresa de sor Genoveva, las primeras sonrisas de inexplicable picardía; y de cómo Omara hace méritos para ingresar como miembro de honor en la Sociedad Protectora de Mininos.................................................................................................................. 52 De cómo se instala en la Luz del Señor una corriente de alegría con regusto a salazón, de unos gatos que merodean para darse el festín, de las argucias de la madre superiora para investigar en las razones del ánimo renovado; y del encuentro de Omara y Penito con el hombre de Picasso en lo más alto de la torre que se yergue en medio del laberinto......... 74 De cómo a la alegría le sucede la tristeza en un imperturbable ciclo contra el que la lucha es inútil, y deja a la parca Anunciación viuda antes de saborear oficialmente la fruta prohibida; y de cómo la supervivencia de Omara, que se incorpora a la banda del pincel que revolucionó arte y vida, neutraliza el pesar que supuso en la Luz del Señor la desaparición accidental del hombre que daba vida a las flores................................... 103

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De cómo el benefactor Corleone Bassini inaugura la exposición del I Certamen de Pintura “Memorial Indalecio” y de su participación en la disciplina del lugar; y de cómo Penito y Omara se alinean con la bohemia recién nacida en la guarida de la banda de Picasso: Le Bateau-Lavoir..................................................................................... 135 De cómo los milagros no son exclusivos de gente humilde, también los millonarios participan de sus beneficios y gracias a dicha ampliación en la nómina de beneficiados, uno de ellos, don Corleone, recupera la salud en La Luz del Señor como un interno más; y de cómo Penito y Omara viven felices la bohemia en Le Bateau-Lavoir y de la compleja historia que inspira a Henri Matisse en la composición de una de sus obras más representativas....................................................................................................... 164 De cómo el día a día en la Residencia Luz del Señor toma el ritmo de una novela de Raymond Chandler fraguándose un acoso asesino y multicéfalo que inexorablemente proporcionará el derribo definitivo del padrino; y de cómo los días de vino y rosas en Le Bateau-Lavoir se alteran y recae sobre alguno de sus residentes la sospecha de un expolio sin precedentes en el Museo del Louvre................................................................... 190 De cómo las causas del óbito suman enteros suficientes para fulminar las siete vidas del gato, y la paz y la tranquilidad se reincorporan a la Luz del Señor porque es de justicia; y de cómo Omara y Penito sufren de cerca los dientes del diablo junto a los presuntos ladrones del gran robo que ridiculizó a la policía parisina y Europa entera se burló de la Francia................................................................................................................. 221 De cómo el tren llega a la Estación Terminal y es preciso darle un giro de 180° a la máquina para que reemprenda el mismo recorrido de vuelta hacia la Estación Original: “Epilogo”.............................................................................................................. 261 Índice onomástico.................................................................................................. 279

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De cómo se presenta Coldo en la institución benéfica, enfermo y huido de la justicia, para guarecerse entre la piedra bajo la disciplina de un cuerpo de guardia formado por las Siervas Auxiliadoras del Final del Camino y unos celadores antiguos legionarios con pelo en pecho Coldo entró en el taxi por la puerta trasera. El taxista le preguntó con un leve levantamiento de barbilla adónde debiera llevarle. Coldo no respondió. El taxista se inquietó. Aumentó el ángulo de ascenso de barbilla hasta que crujieron sus cervicales. Coldo, ajeno a la crispación del conductor, escribía en una hoja de un bloc de bolsillo. Ni quería, ni le salía del guindón pronunciar palabra con la desagradable entonación que emitía su incómoda boca angulada. Coldo pasó al impaciente, que había puesto el taxímetro a correr, la hojita donde aparecía la dirección destino. Había utilizado Coldo la mano tonta, la derecha espástica, para escribir la nota y no había hijo de madre que la descifrase. El taxista dio vueltas al papel, lo intentó una y otra vez mientras su cara enrojecía desde las narices a las orejas. Encima el chofer padecía aquella mañana un ataque de gota. Sentía en la articulación del dedo gordo del pie izquierdo las aristas de miles de cristales incrustándose por los tegumentos articulares. Hizo una pelotita con la hoja del bloc y la largó por la ventana, luego, giró en redondo para enfrentarse al viajero. Coldo plantó su jeta frente a la suya. El taxista reculó de cara. Intimidado. No le dio buena espina el mudo. Unas gafas de sol de pasta negra cerraban la mitad superior de su cara, por encima de una nariz afilada tirando a aguileña y por debajo de una cicatriz que le cruzaba la frente, y trazaba con la boca una tensa diagonal que desplazaba el papo izquierdo hasta la oreja. Quiso el taxista investigar en el atuendo del pasajero, levantó unos centímetros el culo del asiento y oteó. El impasible usuario vestía traje de chaqueta gris con rayas verticales, un jersey negro de cuello cisne, y destacaba el brillo dorado de un ostentoso sello de oro en el dedo anular de la mano derecha. Le faltaban el sombrero y un pañuelo de lunares en el bolsillo de la chaqueta para completar el uniforme de gángster. No quería líos el gotoso, abrió a regañadientes la puerta del coche y recogió la hojita del bloc. Volvió sobre ella y leyó algo así como Residencia Luz del Señor. Dejó entonces el papel sobre el salpicadero, a medio camino entre el escudo del Real Madrid y una foto de la familia, y preguntó: 9

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—¿Dónde queda eso? Coldo hizo un esfuerzo y respondió con voz rasgada: —Saliendo de la ciudad, todo recto. —Tengamos la fiesta en paz, amigo —murmuró el taxista, sentía su dedo gordo a punto de explotar. —No tengo todo el día, amigo —replicó Coldo, áspero. Bastante tenía el taxista con el ataque de gota para que también le tocase los bemoles un malnacido con pinta de gángster. Conectó el Tomtom. En cosa de segundos una flechita color naranja señalaba en la pantalla la Residencia Luz del Señor. El coche arrancó. Y Coldo sacó un cigarrillo. —Está prohibido fumar. —Lástima que no opinemos lo mismo. Coldo encendió el pitillo. Apuró la marcha el taxista. Coldo se repanchigó. Cerró los ojos y aspiró una bocanada y el humo salió de su boca directo al morrillo del taxista. Coldo contempló la ciudad a través de la ventanilla. Gris, nubes, claros, lluvia menuda. Era la camiseta de su ciudad. Treinta años habían pasado desde que se había marchado al extranjero y la urbe ni siquiera mudó de camiseta. Olía como siempre, a desván, a rancio. Mediodía. Trasiego por bares, cafeterías y tiendas. Y la pregunta: ¿quién trabaja? Y la respuesta: los gilipollas. Coldo decidió un buen día no seguir la línea oficial que marcaba su ciudad y se las piró. Las amistades peligrosas, tan denostadas por sus virtuosos padres, le indicaron el camino: América del Norte. Seguía Coldo con la cara pegada al cristal. Apostaba contra sí mismo: ¿Reconocería alguno de los fantasmas del pasado? Ni rastro de ellas, ni de ellos. Hizo bien no perdiendo la esperanza: ¡Era ella, Teresa, seguro! ¡Segurísimo! —¡Pare, pare! La primera reacción fue la de bajarse y abordar a la señora del abrigo de visón. En una mano llevaba un bolso de marca y en la otra un nieto, supuso. Maldijo entonces su suerte. Imposible. La situación había cambiado, no era Coldo, era un hombre partido a la mitad. Se conformó con la contemplación del vivo recuerdo de Teresa. Le atraían de Teresa, más que su culito respingón bien asentado, más que sus tetas de ración bien medidas, qué gustos tan estrafalarios, ¡sus incisivos! Aquellos dos paletos de marfil insinuándose por encima 10

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del labio inferior, como dispuestos a roer una zanahoria, por oscuras razones del subconsciente, le subían el palote. ¿Qué habrá sido de su vida? Confirmó que ella caminaba bien derecha, bien vestida, bien peinada y, si pudiera acercarse, seguro que bien perfumada. Al nieto, calculó Coldo que no podía ser otro, por la edad, lo llevaba a rastras. El pequeño incapaz de seguir a Teresa daba un trompicón cada tres pasos. Lo que irritaba a la dama del visón y le propiciaba un meneo de mucho cuidado. El nieto era un santo y ella una bruja. Cara de bruja, apreció Coldo, sí que tenía, pues la composición de la misma parecía tallada por la navaja de un fabricante de máscaras africanas. Carecía de papos, la nariz en el límite de la cirugía estética por su puntiaguda avanzadilla, los pómulos hacia adelante y las orejas similares a las de los diablillos de nuestra mitología. Si a ello sumamos que sus piernas, revestidas con unas medias negras, eran huesudas, algo arqueadas, entonces, ¿qué veía Coldo en Teresa? ¡Aquellos dos incisivos de conejo! Reprodujo en mente la escena de una Teresa bajando al pilón a la sombra de una magnolia del parque en una tarde de verano, y sintió los incisivos, peinándole peligrosamente la chorrita a la par que una lengua lamía la superficie del glande como si se tratase de un Chupa-Chups. Esa antagónica sensación, temor al mordisco y chupeteo lascivo, lo volvía loco. —No llevaba el señorito prisa —apuntó el taxista—. Recuerde que el taxímetro sigue su curso. Coldo sin abrir los ojos hizo ademán al taxista con la mano buena para que siguiera. —Es que uno tiene demasiado mundo interior —le explicó Coldo en un pésimo ejercicio de foniatría, tal vez el recuerdo de las tardes húmedas con Teresa espesase la saliva. —Habla usted como hablaba mi padre antes de morir —anotó el taxista, y anotó Coldo que la propina se la daría también su padre. El coche bajaba saltándose los semáforos en ámbar. Dejaban el parque a su derecha. Un bosque de árboles disfrazados de gigantes y cabezudos. Sorprendían al visitante, y a él, también, después de tantos años, la frondosidad de aquel inmenso tiesto en medio del hormigón y el ladrillo. Fueron muchas las horas que gastó Coldo en el parque, su parque. Bajo los álamos y los castaños de indias fumó el primer Celtas corto, dio el primer beso a una niña un día y al siguiente le tocó el chichi. Entendió y analizó lo que era la falta de libertad mientras contemplaba a dos osos secuestrados de la montaña, 11

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Petra y Perico, enjaulados y encabronados entre los barrotes de una celda de planta circular y bóveda esférica que concretaba la infinitud de su hábitat en la cordillera a una ridícula plataforma de circo. También tomó contacto con la injusticia a través de otro animal, éste de la selva africana, una orangutana que se llamaba Koka, también prisionera e indignada pues le faltaba el Tarzán de los monos. Coldo y la pandilla enseñaron a Koka, aunque es posible que ella conociese la actividad por instinto natural, a masturbarse. Con que Coldo y un amigo emularan a una pareja en acto contranatural, la mona daba unos saltitos y de inmediato a florearse el chumino. Las chavalas que paseaban por allí, de casualidad, gracias a Coldo y los suyos, reían y se calentaban. Y en la noche de su habitación repetían ellas la jugada de la mona. Teresa le confesó a Coldo que se asistía con una foto de Paul Anka y Coldo le dijo que era tonta del culo, le desveló que el cantante era marica. Bueno, a lo que vamos, Coldo sintió una punzada en lo más profundo de su alma cuando el diario local dio la noticia: “Koka, la orangutana del parque, ejecutada”. Por lo visto, una tarde aciaga dio en pasear por el parque el señor arzobispo con dos de sus acólitos preferidos. Al pasar por delante de la jaula de Koka, algo golifó la mona que la estímulo el hipotálamo y como una loca, fuera de sí, con un frenesí desconocido se pajeó hasta la extenuación. Tiempo le faltó al gerifalte eclesiástico y pederasta para elaborar un informe a las autoridades municipales denunciando la escandalosa y pecaminosa actitud de la mona Koka, nada edificante para los niños, y por el bien de la educación de las criaturas, y el buen gusto de la ciudad, debiera el primate desaparecer del mapa. Koka fue fusilada al amanecer, como en tiempos de guerra, pues se utilizó en un ensayo cuartelero de ejecución. Dicen que la mona cuando vio formar el pelotón, tan juntitos todos y con aquello entre las manos, se puso a lo suyo y murió felizmente acribillada a balazos. El taxi invadió bruscamente la arteria principal, giró a la derecha y por imposición del rojo se detuvo justo delante de la estatua sedente de un prohombre de la ciudad. Coldo nunca había mostrado interés por aquel ciudadano, ni por los méritos de aquella fría inmortalidad en bronce. Los méritos, según Coldo, los de siempre, robar a los pobres y después obras de beneficencia a través de la Iglesia Católica. Dan prestigio, renombre, y enmascaran la esencia macarra del personaje. Él metió la pata, de haber contribuido en USA con la Asociación de amigos del Colt 45, por ejemplo, los disgustos que se habría ahorrado. 12

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