Nuestras Otras Voces No. 3

 

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Memoria Literaria del Colegio Madrid, taller de historia oral y literatura del CCH, publica su tercer número de su boletín Nuestras Otras Voces. El número, que entremezcla testimonio y ficción, está dedicado a Cayetano Camacho Medina, que trabaja en el C

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P ÁGINA 2 N UESTRAS O TRAS V OCES C ONTENIDO : E DITORIAL S EMBLANZA DE 2 C AYETANO C AMACHO 3 4 5 A YAMEL F ERNÁNDEZ El proyecto “Memoria e identidad del Colegio Madrid” resguarda en su archivo documental una copia de la transcripción de la entrevista cuyos fragmentos se citan en esta publicación. T RAS LA ENTREVISTA S ERGIO P ÉREZ A TARDECERES I NMORTALIDAD L LAVES DE C AYETANO J IMENA G ARCÍA 6 7 J IMENA G ARCÍA Y J AVIER Y ANKELEVICH I NDICIOS DE LOS OTROS E MA C HOMSKY 8-9 Ilustraciones internas y de portada: Frida Sánchez (frida_sra@hotmail.com) Fotografías: Rafael López (rafaellogar@gmail.com) Diseño de portada: Jorge Trujillo (jorge_trujillo100@yahoo.com.mx) Cuidado y formación editorial: Javier Yankelevich (javivankara@gmail.com) E DITORIAL Quienes estudiamos y enseñamos en el Colegio Madrid lo sabemos nuestro hogar, no porque vivamos aquí sino porque es el sitio al que siempre podemos regresar. La experiencia de Cayetano Camacho es algo distinta, pues la escuela es su hogar en un sentido literal. Él tiene su casa dentro de esta casa de todos, y a ambas cuida, remodela y protege celosamente desde hace ya muchos años. Al ser recibidos en su sala para realizar la entrevista, al ver las fotos de su familia junto a ventanas a través de las cuales se vislumbra la primaria, caemos en cuenta de que nadie ha pasado más tiempo en el Colegio que Cayetano. De que nadie sabe cómo suena de noche salvo él. De que nadie lo ha visto cambiar en la forma en que él lo ha hecho, y de que no hay familia vinculada al Colegio del modo en que lo está la suya. Cayetano tenía -y tiene aún- muchas cosas que contar, y nosotros muchos deseos de escucharlas y de compartirlas. De este encuentro entre hogares nace este tercer número del boletín. La de Cayetano es una más de éstas, Nuestras Otras Voces. Nota aclaratoria: Los textos presentados en este número son de dos tipos: fragmentos editados de una entrevista (en cursivas) y productos de ficción. Al igual que cualquier ficción, los segundos se nutren de elementos de realidad, en este caso de un testimonio oral, pero la responsabilidad es de sus autores, que responden por el contenido, y de los lectores, que lo hacen por sus interpretaciones tras quedar debidamente advertidos de la naturaleza ficcional de los materiales.

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N ÚMERO 3 P ÁGINA 3 S EMBLANZA DE C AYETANO C AMACHO Cayetano Camacho Medina nació el 7 de agosto de 1962 en la localidad de Eréndira, Municipio de Nopalucan, en el Estado de Puebla, tercero de los nueve hijos que tuvieron Miguel Camacho y Esperanza Medina. Cayetano fue el primero en migrar a la Ciudad de México, a la que llegó en compañía de un amigo en 1980, empleándose en la construcción hasta que, el 20 de agosto de 1984, entró a trabajar al Colegio Madrid. Este año cumplió treinta años de servicios ininterrumpidos al Colegio. Las primeras responsabilidades de Cayetano en el Colegio fueron en el aseo y la jardinería, luego pasó al área de mantenimiento y fue el 24 de mayo de 1991 que fue invitado, tras la jubilación de Pepe Alcaine, a ocupar la conserjería y se mudó a la escuela, donde aún tiene su casa. Con él viven su mujer, Norma Hernández, y sus dos hijas, Mariana y Natalia, que estudian en el Madrid. Además de las labores de conserje, que incluyen el cuidado de los perros que resguardan el Colegio, Cayetano ha participado en múltiples trabajos de mantenimiento, ha sido responsable de la caseta del estacionamiento y ha apoyado en la realización de incontables actividades de la escuela, en las que actualmente colabora con cuatro de sus hermanos: Abel, Joaquín, Carmelo y Oscar. Cayetano piensa que el Colegio es muy bonito y un buen lugar para trabajar, pues allí se encuentra muy a gusto. Pasa su tiempo libre con su familia, con los que sale a caminar y a pasear en bicicleta.

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P ÁGINA 4 N UESTRAS O TRAS V OCES Yo tengo dos hijas. La de rojito… miren, ahí están, en la foto. Esa se llama Mariana Camacho, y esta es Natalia. Na’más dos hijitas tengo. Ella, Mariana se fue de campamento a Valle de Bravo, y esta chiquita no ha querido hablar muy bien y está yendo a unas clases de lingüística, se va mi esposa aquí con Jimena, la hija de Laura Huéramo, en La Joya. T RAS LA ENTREVISTA — S ERGIO P ÉREZ Cuando salió el último invitado y unos minutos antes de sucumbir ante las fauces de la rutinaria siesta de las tardes precedidas de doce horas de trabajo, Cayetano permaneció sentado unos momentos. Aquellas dos preguntas cruzaron por su mente, como siempre avivando aquella pesadilla viviente que germinaba su hija más pequeña. ¿Por qué aún no habla? - se preguntaba Cayetano, siempre con un estremecedor escalofrío que le retorcía el cuerpo. Y había más incógnitas que al respecto lo inquietaban, siempre que se encontraba sentado en su sala, observando aquella foto familiar colgada en la pared opuesta, aterrado al ver la sonrisa ingenua de aquella niña, venían más dudas: ¿acaso algún día aprenderá a hablar? ¿Estará muy rezagada para cuando lo haga? Sin embargo, su extraordinario buen humor ayudaba a Cayetano a compensar sus preocupaciones, además hoy había ocurrido algo positivo, aquellos invitados que con tanta curiosidad se habían metido a su casa dedicaron más de una hora a escucharlo detenidamente; debieron haber sido siete u ocho los que estuvieron en su sala pasmados ante él, receptivos a sus críticas y recomendaciones escolares, que finalmente saldrían a la luz. La ausencia de los padres en la institución, la falta de gente en la Verbena y la deserción estudiantil, entre tantas otras cosas que lo incomodaban por ser distintas a lo que alguna vez habían sido – era como si sus memorias se mancharan por la humedad del cambio. En fin, el hombre pronto se levantó del sillón, se dirigió a su cuarto, no sin antes echar una última mirada a la foto familiar colgada en la pared. El sueño le nublaba la cabeza, que ahora le parecía sorprendentemente pesada.

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N ÚMERO 3 P ÁGINA 5 Al gimnasio vamos a jugar. A veces, cuando están las exposiciones, con mis niñas vamos a ver las exposiciones de la Unidad Cultural. O a correr al campo. Con mis niñas, así a jugar. Porque cuando no hay nadien de alumnos, pues… nos subimos a las bicicletas y ahí andamos. Nosotros disfrutamos cuando ustedes no están. Y cuando ustedes están tenemos que trabajar. A TARDECERES — A YAMEL F ERNÁNDEZ Los atardeceres que se pueden observar desde el campo de fútbol son bellísimos. Pero los atardeceres de cada sábado son otra cosa, pues saben distinto. Saben a lo que significa la ausencia de los demás; saben a nuestra familia. Se ven los rayos que caen sobre todos los edificios bien claritos, las únicas sombras proyectadas tras construcciones y árboles. Estos atardeceres saben a descanso, pero en especial suenan. Suenan al viento que rompe con la tranquilidad de tantos pinos. Suenan cosas, suenan como un disparo de salida. Truenan como el inicio de cada carrera que ha sucedido desde que les compré bicicletas a mis hijas hace ya unos cuatro, cinco años. Suenan a las rueditas que vibran y que turban la tranquilidad que tantos alumnos –y por lo tanto, visitantes– dejan atrás. Suenan a un caudaloso porvenir, a mis niñas escondidas entre los arbustos y a un día de campo en las canchas. Suenan a la recompensa de vivir donde trabajo. Suenan a propiedad. Suenan a las ciclistas que, con solo andar sin miedo por los pasillos, destruyen las voces de todos los visitantes que reciben a diario y las sustituye con sus risas de niña. Ecos de dos ruedas –y, a veces, dos auxiliares– que dominan la escuela. Ante todos estos atardeceres sabatinos, hemos dejado claro quienes son los verdaderos dueños de este espacio. Saben, por lo menos las sombras, quién está aquí. Como cada sábado, al atardecer, nos subimos a las bicicletas y nos volvemos dueños. Amos. Propietarios de estas edificaciones que no son nada más que rasguños que reciben con sus roces de vitral quemado o de alfombra ardiente, miradas con sonido de sombra –sombra vacía– o un disparo de salida.

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P ÁGINA 6 N UESTRAS O TRAS V OCES Me llamo Cayetano Camacho Medina, y nací el siete de agosto de 1962. No crean que estoy tan joven, ya estoy viejito. Pues llevo 30 años aquí. En este agosto cumplo los 52. En un día normal de trabajo yo entro a las cuatro, cuatro y cuarto. Ya cuatro y media ya voy muy forzado. Muy forzado que ya no salgo con lo que tengo que hacer. Primero voy a encerrar los perros, y les doy de comer y les echo agua allá. No batallo para reunirlos, ellos ya saben que les toca comer. No batallo ni para sacarlos ni para meterlos. Ellos son muy obedientes, se meten a sus respectivos corrales. ¡Imagínate andarlos persiguiendo! Me dan las doce y no abro. Luego pongo la bahía esa que se pone afuera de las Letras. Luego algunas puertas las tengo que abrir, dejar abiertas. Puertas de mallas, de paso, no de salones. Algunas las tengo que cerrar. Y esas modificaciones hago. Y yo tengo que abrir a las seis diez, el estacionamiento, ya a estas horas ya hay gente. Cuando yo abro así seis y cuarto ya hay unas 15 personas, las que viven lejos llegan porque dicen que si no las agarra el tráfico y si no salen antes, pues ya diario llegarían tarde. Y de ahí me paso a la puerta del estacionamiento, a las seis. Si tengo excursiones le tengo que madrugar un poquito más. Normal, me paso a la puerta y ya cuido el estacionamiento hasta las tres. A las tres me retiro y luego vuelvo a regresar a las ocho. Esperar que se vayan las señoras ocho y media, de limpieza, ellas entran en la tarde, a las dos, dos y media. Las señoras que trabajan en la tarde, después de que ustedes salen entran a limpiar los salones. Después de las ocho y media, ya voy a sacar los perros, otra vez. O sea, en la noche. Y ya voy terminando a las diez, nueve cuarenta, nueve cuarenta y cinco. Entre nueve y media y diez termino. Normal, ya no viendo que haiga un evento… I NMORTALIDAD DE C AYETANO — J IMENA G ARCÍA Pocos parecen reparar en el singular vínculo entre Cayetano y los perros. Más que el cuidador que es para nosotros, a los ojos de los canes es la mano que los alimenta, aquel que noche tras noche les da la libertad, y quien se encarga de castigarlos si caen en falta. Sólo él conoce sus verdaderos nombres, así como los de sus padres y sus abuelos, y también será él quien nombre a sus hijos. Los perros buscan insaciablemente su aprobación, su cariño o su piedad. ¿Y qué es Dios si no todo eso? El que alimenta, el que libera, el que destruye. La humanidad se ha creado un Dios se ha preocupado especialmente de hacerlo inmortal, eterno. Probablemente los perros pueden hacer lo mismo.

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N ÚMERO 3 P ÁGINA 7 Uy, tengo muchísimas llaves. Ahí está un manojo. Pero bueno, estas son nomás unas. Pero nomás son pocas, aparte están las de las señoras, que están ocupando ahorita para los salones. Son muchísimas. L LAVES — J IMENA G ARCÍA No son las ocho y ya Cayetano está frente a los perros. Por costumbre mira a su alrededor: nunca hay nadie, pero al principio le inquietaba que quedara algún niño en los alrededores y desde entonces agarró la costumbre de cerciorarse. Terminado su ritual, abre los pesados candados y jala la puerta. Tiene que hacerlo con fuerza, los goznes están oxidados y responden mejor a un tirón seco. Cayetano mira al interior de la perrera y se detiene un instante. De repente se da cuenta de que todo está en silencio: este proceso siempre se acompaña de los pasos inquietos de los animales, de sus ladridos y uno que otro chillido de los chiquitos cuando los grandes los arrollan para saludarlo primero. Pero esta vez no percibe nada del otro lado de la puerta, sólo penumbra. ¿Les habrá pasado algo a los perros? Se pregunta inquieto. ¡Me matarían! Estos malinois son carísimos y como soy el único que los cuida… El conserje entra a la perrera agachándose y comienza a llamarlos por sus nombres. Son muchísimos pero él los recita como si fueran un salmo, uno tras otro sin titubear ni saltarse ninguno. No hay respuesta. Tras unos instantes alcanza el pequeño patio entre los corrales, sus ojos ya acostumbrados a la oscuridad, y ve a los animales sueltos, haciendo un apretado círculo. Los cuenta en un instante como un pastor a su rebaño: están todos. Cayetano suspira aliviado. Dice de nuevo sus nombres y esta vez los perros responden al encantamiento, pero con inusitada lentitud. Giran sus hocicos hacia él, se incorporan, no abandonan su posición en el patio. Cayetano pierde la paciencia. Recorre veloz los pasos que lo separan del corro de animales y de repente se queda helado. Retrocede y los perros reaccionan por fin y comienzan a ladrar y a aullar enloquecidamente. En el centro del círculo, hasta Y J AVIER Y ANKELEVICH entonces oculto por las siluetas oscuras de los perros, reposaba una masa inerte. Desfigurado por incontables heridas de dientes y húmedo en un charco de sangre, el cadáver de un niño clavaba sus ojos horrorizados en los del pobre conserje del Colegio Madrid. Cayetano continúa su retroceso, sus piernas han tomado la decisión de alejarse lo más pronto posible de la terrible escena mientras el resto de su cuerpo y mente siguen paralizados, toda su atención fija en el cuerpo sangrante. Mientras paso a paso desanda el camino, una parte escurridiza de su mente empieza a elucubrar y se pregunta con horror si la víctima será un alumno, quién podrá ser esa pobre criatura. Pero poco a poco vuelve a ser dueño de sí y se sienta en una esquina de la perrera a esperar. Sabe lo que hay que hacer. Espera a que los perros terminen su festín, y no se levanta hasta que comprueba que los animales han dejado los huesos completamente limpios. Los echa en una bolsa negra de esas que usa para recoger la basura. Sale de la perrera mientras busca en su manojo de llaves la que sólo a algunos trabajadores, como a Carmelita o a él, se les confía, y junto con ella el terror permanente de que llegue un momento en que deba ser usada. Se dirige a la bodega subterránea cuya ubicación conocen sólo aquél pequeño grupo de desafortunados guardianes. Con cuidado abre la puerta y el olor a polvo y a otras cosas menos gratas lo golpea en el rostro. No enciende la luz, se limita a arrojar la bolsa de huesos al interior de la habitación. Por un momento se pregunta junto a quien descansará el nuevo huésped de aquel cuarto. ¿Será el niño al que mató el toro, la niña que apareció muerta en el baño del gimnasio o alguno de los que quedaron sepultados bajo los escombros cuando el temblor? No lo sabe, pero en cuanto vuelve a echar llave a la puerta reza por jamás tener que hacerse otra vez una pregunta similar.

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P ÁGINA 8 N UESTRAS O TRAS V OCES Yo soy del Estado de Puebla. Sí, pero de un pueblito, no de Puebla. Luego cuando van y me hablan de la alfabetización, le digo “no, si yo soy de pueblo, yo sé”. Cuando entraron los perros Chamizo estaba de director. Me dijo “Oye” Me vino a ver un día en la noche porque no había policías y nos quedábamos a velar trabajadores del Colegio, por parejas. Hoy dos, mañana otros dos, así nos íbamos rolando, porque no aguanta uno diario quedarse toda la noche. Y dice “Oye, qué te parece que si compramos unos perros” Le digo “Pues no sé”. Dice “¿Cómo te llevas?” “No –le digo- pues yo me crié con los animales”. Y de ahí fue que compraron los perros, hace como unos veinte años. I NDICIOS DE LOS OTROS — E MA C HOMSKY No los hemos visto nunca. A veces vemos pequeñas patas asomarse por la reja, pero nunca hemos visto uno completo. Todo el día gritan y gritan. Seguramente ha de ser porque no les dan de comer, o los golpean, algo por el estilo. Tal vez sean locos. Hace unos años comencé a estudiar sus gritos. Duran unas siete horas en volumen elevado y luego de eso se van apaciguando lentamente hasta que todo queda en silencio para cuando cae la noche. Antes pensaba que tenían algún ritmo, un orden, tal vez era un grupo de grito sincronizado. Pero no. Sus gritos son completamente arbitrarios. Cambian constantemente. Son gritos distintos y pestes distintas cada día. A veces creo que lo más probable es que sea algún tipo de rastro. Cada día traen cierta cantidad de mercancía y durante la masacre masiva escuchamos sus gritos. Unos cuantos escapan, y por eso los gritos van silenciándose por la tarde, hasta que ya no quedan más. Y al día siguiente traen nuevos. En la noche intentamos encontrar sus rastros. Dejan papel y basura, a veces ropa vieja. Intentamos establecer alguna forma de comunicación. Les enviamos mensajes fecales pero nunca nos contestan. No estamos seguros de si esto sea por falta de cortesía o por ignorancia. Por nuestra parte, buscamos siempre entre lo que nos dejan para encontrar algún mensaje, pero hasta ahora no ha aparecido ninguno, o si lo dejaron fue indescifrable. A veces cambian de lugar nuestros mensajes fecales, los cambian de forma y se los llevan, pero no dejan señal de haber entendido nada. Puede que no sean lo suficientemente inteligentes para ello, pero al menos da para seguirlos estudiando. o-o-o Y caminamos. Lento, lento porque aún no queremos llegar al bachillerato y a las siete veinte. Y claro, si caminamos lento el tiempo también lo hace. -Ah, sí, que mi fin de semana estuvo bien chido. -¿Sí? Pues el mío más. Nos distraemos, nos miramos, platicamos. SPLUACKSHT. -Mierda. Arrastro mi pie contra el suelo con la esperanza de que así desaparezca toda la caca que ahora se encuentra en mi zapato. -Mira, pero qué inteligente. Pisando caca. Se ríen, se ríen y yo ni sé por qué hay caca aquí, en una escuela. Que son los perros. Pero ni hay perros. Nunca hay perros, sólo mierda. Me juran que sí hay perros, me lo tratan de explicar. -Mira, mira. Son grandotes, grandotes, y se comen a los niños que se quedan tarde en la escuela, por eso cagan tan apestoso.

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N ÚMERO 3 P ÁGINA 9 -No hay perros. Pero quieren que lo creamos. Cada noche juntan toda la caca de los perros de la cuadra y Cayetano la pone en lugares estratégicos para que la pisemos y nos la creamos. Pero ¿perros? Perros no hay. -Sí hay perros, pero sólo en la noche. La caca son los perros. Cuando sale la luna (bueno, la que los afecta sobre todo es Sirius, porque es perro) todas las cacas se juntan en el punto de reunión, caca sobre c a c a , mezclándose, amasándose, formando una gran gran montaña apestosa que al cabo de unos minutos se transforma en un solo perro gigante. Mide tres metros de altura y le orina a los árboles. Te lo juro. Me lo contó mi prima. Y mientras, yo sigo intentando limpiar la suela de mi zapato. Malditos perros, invisibles o gigantes, igual sólo nos infestan con sus desechos asquerosos. Ni me va a servir esto de frotar mi pie contra el suelo y el pasto. Quién sabe qué comen los perros que su caca sale tan pegajosa y olorosa. Continúo la operación en el baño, con mucho cuidado de evitar el contacto directo con la suela voy limpiando el zapato. .Y ahora, ¿qué te pasó? -Los perros, que quién sabe qué coman que vuelve su mierda súper resistente. -Pues tampoco me creas mucho, pero por ahí escuché que les dan de comer la basura orgánica, y los tienen descuidados. -Pero… ¿hay perros?

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Memoria Literaria del Colegio Madrid Taller Estudiantil de Entrecruzamiento de Historia Oral y Literatura nuestrasotrasvoces@gmail.com Presentación del taller El antecedente directo de Memoria Literaria del Colegio Madrid fue un taller vespertino de creación literaria gratuito para estudiantes del CCH surgido en septiembre de 2012 a iniciativa de Javier Yankelevich, un profesor. En febrero de 2013 buscó incorporarse al esquema de servicio social y para ello sus integrantes diseñaron un nuevo método: entrevistar a profundidad a trabajadores del Colegio en torno a su experiencia con la institución y luego producir ficciones cortas a partir de sus testimonios. Para agosto, el taller se encontraba incorporado como proyecto al reciente Programa de Vinculación Social del CCH, y en enero de 2014 ingresó al caudal de Proyectos Académicos Institucionales, programa que le ha facilitado los recursos para realizar esta publicación. El boletín Nuestras Otras Voces es la modesta devolución que hacemos a quienes han tenido la generosidad de compartir su testimonio con nosotros y sumarlo así a una memoria polifónica del Colegio. A ellos, y a todos los que aún quedan por entrevistar, están dedicados nuestros esfuerzos. Ayamel Fernández, Paula Maulen, Jimena García, Rafael López, Ema Chomsky, Sergio Pérez, Gonzalo Ceciliano y Javier Yankelevich. “Trátase de descubrir los hilos delicados de las relaciones mínimas entre los hombres, en cuya repetición continua se fundan aquéllos grandes organismos que se han hecho objetivos y que forman una historia propiamente dicha.” -Georg Simmel

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