Nº 26. "Horizonte de Letras"

 

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Revista digital de creación literaria

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Revista digital de Creación Literaria Editada por: Sumario Editorial (pág. 4) Nuestros socios (pág. 5) Relato (pág. 5) Poesía (pág. 24) Líneas y Trazos (pág. 25) Quijotes del Arte (pág. 26) Nuestros colaboradores (pág. 28) Relato (pág. 28) Micro-relato (Pág. 44) Poesía (pág. 45) Ensayo histórico (Pág. 50) Crítica cinematográfica (pág. 56) Entrevista (pág. 59) Publicaciones recibidas (pág. 62) Entrevista a José Bárcena Pontones, miembro fundador de las asociaciones literarias “Verbo Azul” y “Alfareros del Lenguaje” EJEMPLAR GRATUITO ©: Revista "Horizonte de Letras". Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 La Revista "Horizonte de Letras" no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 2 de 67 ©: Revista “Horizonte de Letras” Editada por: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 Dirección, evaluación y coordinación: Rafael Gálvez José Bárcena Fernando J. Baró Ignacio León Enrique E. de Nicolás Maquetación: Enrique E. de Nicolás Para contactar con nuestra asociación: www.alfareroslenguaje.org info@alfareroslenguaje.org Para suscripciones y colaboraciones literarias: www.horizonte-de-letras.webnode.es horizontedeletras@gmail.com __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 3 de 67 Fundada en 2009 por Enrique Eloy de Nicolás Nº 26 Enero-Marzo de 2015 EDITORIAL “Héroes anónimos” por Julio Valencia NUESTROS SOCIOS RELATO “En la soledad del alma”, de Fernando José Baró “Mañanita de otoño”, de Matilde Gonzálvez Caballero “La princesa Rafaelina y el dragón mágico”, de Rafael Gálvez “Amor y Libertad”, de Ignacio León Roldán “El espejismo del tiempo”, de Ignacio León Roldán “El beso”, de Enrique Eloy de Nicolás “La venganza del altozano” (capítulo III), de Fernando Cotta POESÍA “Pequeña historia con ruego para Felipe”, de Matilde Gonzálvez Caballero LINEAS Y TRAZOS “Catarsis”. Ilustración de María Rey. Poema de Ibai Pascual Martín QUIJOTES DEL ARTE “Juan Diego. Quijote tras la máscara”, de José Bárcena NUESTROS COLABORADORES RELATO “La biblioteca de Mabel”, de Fernando Sorrentino “Invierno”, de A. L. Tirado “Sábado, mes de enero de 2009”, de Rosana Ample “Comunicando con el mundo”, de Javier Úbeda Ibáñez MICRO-RELATO “Lolita”, de Dolores Otálora POESÍA “La rosa de tu jardín” y “El amor es un sueño”, de Rosa Frías “Convivencia laboral mundial”, de Consuelo Rodríguez “A mí” y “Ante ti”, de Juana García Romero “Pasa que Dios…”y “Volar siempre detrás de Urtikirii”. Poemas e ilustraciones de Yoyita Margarita ENSAYO HISTÓRICO “Movimientos Centrífugos en España. Antonio Pérez del Hierro (capítulo IV)”, de Cesáreo Jarabo Jordán “Cara a cara con el Rey (parte 2)”, de José Baró Quesada CRITICA CINEMATOGRÁFICA “La Isla Mínima”, de Francisco Javier Landa ENTREVISTA José Bárcena Pontones, miembro fundador de las asociaciones literarias “Verbo Azul” y “Alfareros del Lenguaje” PUBLICACIONES RECIBIDAS __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 4 de 67 Julio Valencia Monescillo nació en septiembre de 1947 en el viejo Madrid del Avapies y recriado en el barrio de los Austrias. Cursó estudios en el colegio Nuestra Señora de la Paloma sito en carrera de San Francisco el Grande, y posteriormente accedió al Instituto Politécnico Virgen de la Paloma (antiguamente Escuela de Artes y Oficios). En el periplo de su vida en aquella época, desempeñó alguno de los oficios que había aprendido. Y escogió ser Agente Comercial Colegiado, hasta su jubilación. Actualmente es socio colaborador en la Asociación Literaria Alfareros del Lenguaje, donde sus veteranos compañeros le han encomendado redactar las editoriales. “HÉROES ANÓNIMOS” La editorial del nº 24 de esta revista digital Horizonte de Letras, de nuestra Asociación Literaria Alfareros del Lenguaje, fue mi bautismo literario. Osado asomo a esa ventana literaria, que tanto temor y respeto me infunde. Y quedé impregnado de ese sutil Virus Literario que me inocularon mis grandes compañeros y amigos, que siempre agradeceré. Estos me arengaron y convencieron para que desarrollara esta editorial, así como la del numero veinticinco. (Me expondré a ello). Obligado me sentía a poner titulo de Bendito Virus Literario en la editorial nº 25, que salía a las redes sociales el día 1 de octubre. Nadie podía pensar, en ese momento, que cuatro días después, la trágica y fatídica Rueda del Destino en este caso, se posará en el Hospital Fundación de Alcorcón (Madrid), el primer caso de contagio del maldito virus del Ébola registrado fuera de África, y que este se cebaría en una Técnico Sanitaria, vecina nuestra de Alcorcón; una de los miles de colaboradores del cuidado de la salud que, junto a muchos médicos, hacen de tripas corazón y se juegan la vida por los enfermos que están ingresados en las áreas de infecciosos de más alto riesgo, a sabiendas del peligro que corren sus propias vidas. Es necesario que la sociedad respete y dé prioridad por derecho a éstos profesionales. Cuando un servidor ensalzaba con gran orgullo los dos acontecimientos dignos de mención, que hicieron que se reconociera a Alcorcón mundialmente, ahora con profundo dolor creo que fue mejor ese intervalo desde la publicación de la editorial a la trágica noticia. No hubiera escrito esa gacetilla y mi pensamiento es que preferiría que, debido a ese depredador que la Biología denomina virus, Alcorcón fuese ignorado. Evitemos rumorología, informémonos adecuadamente, y sigamos nuestra vida sin bajar la guardia. Vale más actuar exponiéndose, a arrepentirse de ello. Giovanni Boccaccio __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 5 de 67 Fernando José Baró (Madrid, 1966) Escritor. Anticuario. Colaborador en las revistas literarias Letras de Cuenca (Cuenca), La Fumarola (Leganés), La hoja azul en blanco (Alcorcón), Lusones (Cuenca), Guadiela (Cuenca) y el boletín literario del Café Gijón (Madrid). En Verbo Azul tiene publicado un poemario en 1999, un breve ensayo sobre el desamor en 2004, “En torno al desamor”, más de 100 relatos en cuadernillos de Alcorcón, un libro de relatos presentado en la Feria del libro de Alcorcón en 2005, “Nueva Residencia y otros relatos”, y colaboración en un libro editado por el Café Gijón en conmemoración del IV centenario de la publicación del Quijote, “El Quijote en el Gijón”(2005) así como en el libro “Madrid a Miguel Hernández (Desde el Café Gijón)” (2012). Asimismo ha colaborado en la Semana Cultural de la Villa de Gascueña (Cuenca) donde presentó la obra “Historias de la Alcarria” (2007) “Ensoñaciones” (2008) “Venganza” (2009) “La dama inmóvil” (2010) “Retales” (2011) y “Tomar partido” (2012). Dio el pregón de las fiestas de la Villa de Gascueña el verano de 2008. Ha publicado también junto a otros autores conquenses el libro “Gascueña, luz poesía y pensamiento”. (2008). Fue premiado en Verbo Azul por la obra “Ausencia de ti” (2001) y finalista en el Primer Certamen Literario Verbo Azul por la narración “Cambio de rumbo” (2004). Actualmente en vías de la publicación de “REDES y otros relatos” con prólogo del escritor Alberto VázquezFigueroa. “EN LA SOLEDAD DEL ALMA” Le levantó como cada mañana el frío, a pesar de tener varias mantas sobre la cama. No necesitaba despertador. Tampoco en verano. Los demonios internos, como él los llamaba, no le dejaban dormir. Tras tirarse de la cama se puso las zapatillas, un grueso batín y recogiendo la ropa que iba a llevar ese día se dirigió al cuarto de baño que estaba en la planta baja de la casa. El agua hirviendo de la ducha le daba fuerzas cada mañana para seguir, para aguantar al menos ese día. Para poder vivir a pesar de tanto como había dejado atrás. Al fin y al cabo, tristemente, la vida se compone de recuerdos, de lo que se añora, de lo que se pierde, de lo que se deja en el camino. Se había pasado la vida sin desayunar nada al levantarse, pero últimamente llevaba unos años necesitando el café para poder arrancar tras la reconfortante ducha. Así que calentó el café que ya había preparado la noche anterior y medio vaso de café y el otro medio de leche fueron a parar primero a su boca, saboreando las tres cucharadas de azúcar y luego a su estomago recordándole que comenzaba un nuevo día. Como cada mañana, en un cubo, con un poco de agua caliente, preparo el salvado para sus gallinas y tras salir al corral de la casa las cambió el agua y las echó su ración diaria de comida. Miró entre la paja y recogió tres huevos aún templados, depositándolos en un cuenco en la cocina. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 6 de 67 La casa solariega tenía una bella fachada enrejada, con tres balcones en la primera planta y tres pequeñas ventanas sin cristales en el desván. Se la conocía en el pueblo como la casa de la botica porque su antiguo propietario, que mandó construirla a principios de siglo, era farmacéutico. El inmueble estaba rodeado de un romántico jardín de prunos, una palmera, un almendro, un olivo y, en la entrada dos grandes macetas de buganvilla trepadora. Marco complementario del aire melancólico que siempre acompañó al protagonista de esta historia. Era la última casa del pueblo y solo tenía enfrente la vieja ermita de San Isidro y otra casona no tan señorial que pertenecía a los Fernández, una familia de Madrid que pasaba los veranos y festivos en la villa. José se había retirado de toda actividad laboral y, a sus 58 años, se dedicaba a la vida contemplativa, a caminar, a leer, a soñar despierto. Esto último, lo había hecho desde niño y aun seguía haciéndolo. A veces pensaba que tal vez por su carácter tan soñador no había sabido conservar tanto como tuvo, por carecer del sentido de la verdadera realidad y vivir en un constante sueño, buscando siempre lo que nunca se encuentra. Por eso había dejado Madrid para siempre. Como cada mañana a primera hora, salió a pasear en dirección a la derruida ermita de San Ginés, en lo alto de un cerro. Debía atravesar todo el pueblo antes de comenzar la subida por la antigua calzada romana. Al llegar a la plaza se encontró con Jesús, un labrador que estaba preparando los arreos a una burra para comenzar su jornada en el campo. -Buenos días, Jesús. ¡Qué mañana de frío! -Sí, menos mal que ya le queda poco a este mes de febrero. Arriba en San Ginés vas a encontrar buena escarcha. -Voy bien abrigado, no hay problema. Hasta luego Jesús. -Adiós José. Siguió su camino hasta el Arrabal y, tras saludar a unas mujeres que cogían agua en el pilón, ya en la calle Caldereros, inició la subida al cerro. Una sensación de libertad le invadía cuando estaban solos el campo y él. Solo se escuchaba el piar de los pájaros y sus pasos. Abajo en el pueblo también se sentía solo. No era una soledad impuesta, pero tampoco una soledad elegida. La vida se va haciendo a base de decisiones, a veces en un contexto no deseado, y la soledad es el resultado final de todas ellas. Tras una hora de camino entre pinares, la cúpula de San Ginés aparecía con un tragaluz hecho por un rayo, el paso del tiempo y la dejadez del pueblo no muy boyante económicamente para restaurar la ermita. Servía ahora, en su abandono, para guardar cabras. Una ruina sin remedio. Se sentó, como cada mañana, en lo que quedaba de la fachada de la ermita, de cara al pueblo. La vista desde allí era como una brillante postal de contornos superficiales. Casas, calles, y gentes a lo lejos. Sin saber cómo sienten, cómo sueñan, como viven dentro de esa postal, dentro de esa calma aparente desde la distancia. Sacó de una bolsa de tela un bocadillo de jamón con tomate y un frasco de vino tinto. En este mismo escenario había almorzado años atrás con su compañera muchas veces. Los lugares que antaño eran para vacaciones y fines de semana, se habían convertido en su lugar de residencia habitual. Tras bajar al pueblo, hizo la compra del pan y algunos alimentos. Sus días en la villa transcurrían con la rutina de sus paseos, sus lecturas y las conversaciones que mantenía con algunas gentes del lugar. Se llevaba bien con todos en el pueblo, pero no tenía intimidad con nadie. Lo único que ya le importaba era, descansar su alma agotada de querer sin medida. Su corazón, no había estado nunca solo hasta pocos años atrás. Siempre necesitó tener a una compañera a su lado. Ahora se encontraba cansado, su mente quería descansar. Pero no siempre lo lograba. Sus recuerdos no le dejaban tener la paz que necesitaba su alma. Nada había salido como él se imaginó en otro tiempo. Tras comer, se sentó en una butaca a saborear un café, mientras releía la carta que días pasados recibió de su hija Aitana. Esta le decía que en Semana Santa no iba a poder estar con él, pues se iba a la playa con su madre. Que se cuidara y que no fuera tan cabezón y pusiera teléfono de una vez, que así era más fácil hablar y no solo a través de las cartas. Quedó dormido en la butaca después de leer un rato. La Semana Santa llenó de vida el pueblo. Las calles estaban invadidas de coches aparcados, la villa se llenaba de ruidos agradables, de bullicio, de niños corriendo por sus calles, de grupos de jóvenes. Los Fernández tras descargar el coche y poner la casa a punto pasaron a saludar a su vecino -¿Qué tal, José? ¿Cómo va la vida? -Bien, Marcos. ¿Qué tal por Madrid? -Como siempre, trabajando, sin tiempo libre para nada. -Perdón, María. Que nos ponemos a hablar tu marido y yo y ni te saludo. -No te preocupes, José. Esta noche cenas con nosotros. Gracias a ti, estamos en Madrid tranquilos, sabiendo que alguien está pendiente de nuestra casa. -Pero, si a mí no me cuesta nada. Será por tiempo libre. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 7 de 67 -Bueno pues lo dicho, que te esperamos para cenar. -Muy bien, pero el vino, lo pongo yo. -Hasta luego José. -María, Marcos, a la noche os veo. Comenzó a llover. Tras los cristales, José recordó tiempos pasados. Maravillosos tiempos en los que él le decía a su musa, a su chica, que siempre que llovía era porque los ángeles lloraban por el dolor que les causaba ese amor imposible entre ellos. Los ángeles, según decía José se sumaban al dolor de ambos, de llevar distintas vidas y no poder compartir la vida juntos. ¿Qué habrá sido de aquellas mujeres que compartieron mi vida? Me quisieron y las quise. A cada una en distinta medida. Algunas pasaron por mi vida sin dejar huella alguna, otras, las menos, aun siguen estando conmigo sin saberlo. Forman parte de mis sueños, de mis recuerdos, de mis demonios internos, que no dan paz a mi alma. Tras consumir la tarde paseando y leyendo, al ocaso del día, luego de bajar a la cueva por un par de botellas de vino, José se dirigió a casa de sus vecinos. Le abrió la puerta el menor de los Fernández. -Hola David. ¿Cómo está el pequeño con nombre de rey? -Bien. ¿Me vas a llevar contigo a San Ginés? -Si estás dispuesto a madrugar, sí. Marcos le acompañó hasta el salón y sentados tomaron un whisky, mientras María daba los últimos toques a la suculenta cena. De pronto entró en el salón Mónica, la hija de los Fernández -¿Qué tal José? -Bien, gracias. ¡Vaya con Mónica, si ya es toda una mujer! Menudo cambio del año pasado a este. -Ya ves José. Así es la vida, ellos van hacía arriba y nosotros… María llamó a todos a la mesa. Después de cenar, pasaron una agradable velada hablando de la vida en Madrid, de la tranquilidad del pueblo. A ultima hora, acabaron ya solos, Marcos y José, divagando sobre lo divino y lo humano, entre whisky y whisky. A la mañana siguiente, José se levantó tarde. Tras ducharse y desayunar, salió al balcón. Hacía un día muy bueno, de cielo azul, despejado. Dirigiendo la vista a la fachada de sus vecinos, vio a Mónica de espaldas a la ventana de su cuarto. Recién levantada, llevaba únicamente unas braguitas blancas, que dejaban ver parte de sus sonrosados glúteos. José pensó en dejar de mirar, no le parecía correcto, pero pudo más la maravillosa visión de un cuerpo adolescente. De pronto, la chica se dio la vuelta y vio a José, parado en el balcón, con la vista puesta ahora en sus turgentes pechos, de areolas sonrosadas, apuntando al cielo. José creyó que iba a ruborizarse. No fue así. Lentamente, sin prisas, orgullosa de creerse admirada o deseada, y sin dejar de mirarle, corrió los visillos de la ventana. Por la tarde, después de la hora de la siesta, David llamó a casa de José. -Esta mañana no has venido a despertarme, para subir a San Ginés. Lo siento. Es que anoche me entretuve con tu padre. Mañana sin falta subimos. Al día siguiente y tras haber hablado con los padres de David, emprendieron los dos la subida. -Mira David, ahora mismo estamos sobre una calzada romana. -¡Dos pájaros grandes corriendo! -Son codornices, David, por aquí hay muchas, también perdices, conejos, liebres, palomas, corzos y enfrente en esos cerros abundan los jabalíes. Tras llegar a las ruinas de la ermita y sentarse, José sacó de su bolsa dos bocadillos y dos frascos, uno con vino y otro con agua para el chaval -Qué te parece el pueblo desde aquí David. -Se ve muy pequeño. -Eso es por la lejanía. La ermita en la que nos encontramos, es del siglo XVIII. -¿Por eso esta tan rota? –preguntó el chaval. -Bueno, tiene muchos años, pero está en ruinas según dicen en la villa, porque cayó un rayo y en lugar de arreglarla, la fueron dejando hasta acabar en lo que ahora vemos. Tal vez por estar alejada del pueblo, por no tener dinero para repararla, no sé. -José, ¿por qué al pueblo le llamas, villa? –preguntó David. -Le llamo pueblo o villa indistintamente. Tiene titulo de villa, cosa que muchos del pueblo ignoran o no se molestan en recordar. David, mira hacía tu derecha, en aquel cerro. ¿Qué ves? -Una cueva. ¿La conoces por dentro? -Claro, he estado muchas veces. Se conoce como la mora encantada. -¿La hicieron los moros? -Sí. Bueno, la hicieron, según dicen, los árabes. Aquí en España, se tiene la costumbre, sobre todo en los pueblos, de decir que todo lo antiguo lo hicieron los moros. Dicen que era un mirador, una especie de atalaya, __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 8 de 67 del castillo árabe de Plieguezuelo, cerca de aquí. Puede que sea más antigua y que fuera utilizada por los árabes posteriormente. Lo del nombre, no se sabe de dónde viene. Debe de ser una leyenda, como tantas que hay en España, de amores imposibles entre un cristiano y una mora y de un padre en contra de ese amor, con encantamiento incluido. -¿Podemos bajar a verla? Quiero verla. -Sí. Solo estamos a media hora de camino, así que en marcha, pequeño rey. -Oye José, siempre estás solo. Tu mujer y tu hija ¿Por qué no están contigo? -Mi hija Aitana, vive en Madrid…como tú. Viene a verme cuando puede. Vive su vida. Su madre, como tú dices, mi mujer, simplemente, ya no es mi mujer. Cuando seas mayor lo entenderás. Prosiguieron la bajada hacia la cueva, en silencio. -Bueno, David. Ya estamos en la entrada de esta cueva encantada. Estuvieron un rato en el interior, apreciando las paredes labradas en tosca piedra, deleitándose en las hermosas vistas desde ese elevado cerro y emprendieron la marcha de bajada al pueblo. Esa noche a José le costó concebir el sueño. El pequeño rey le había traído a su memoria recuerdos de otros tiempos. Todo se le agolpaba en la cabeza. La ruptura con su mujer, a la que tanto quiso. La que, a pesar de quererle, nunca llegó a entenderle. El ver tan poco a lo mejor que había hecho en su vida: una hermosa hija, que nunca tenía tiempo suficiente para visitarle. El recuerdo de un amor imposible que podía haber supuesto, una nueva vida, una nueva ilusión, y que su musa no pudo darle. También recibía los destellos fugaces de la visión sexual de Mónica, tan lejana, tan distante, como su juventud. Recordándole, que ya no era el mismo de antes. En otros tiempos, hubiera intentado una aventura con ella. Tal vez una relación. En otros tiempos, José, sería de su misma edad o algo mayor, pero ahora. Mi corazón sigue siendo joven, como el de muchos, pero la edad física ya no me acompaña. Tal vez por eso no se haya ruborizado. Seguro que si tuviera treinta años menos, se hubiera avergonzado de la situación. Pero ahora, me ve como algo tan distante. Regodéate en la vista, dirá. Tan solo puedes verlo. ¡Bah!... Bastante dolor tengo ya, como para preocuparme, por el simple placer. El placer es pasajero, lo que verdaderamente es duradero y duele, es el amor. Y yo siempre fui vasallo del amor, así me veo por no haber sido más cerebral, menos apasionado…. Entre divagaciones y demonios internos, ya de madrugada, José cayó rendido. Amanecía un nuevo día. La claridad comenzaba a inundar los cristales. Llamaron a la puerta. José, tras tirarse de la cama, se preguntaba, ¿quién podría ser? Al abrir, la alegría le inundo el alma. -Pero, ¿Qué haces tú, aquí? Qué guapa, qué bien estas desde que no te veo. Y, ¿cómo has dado conmigo? Cuanto te he añorado, mi amada musa. Solo deseaba estar a tu lado. Pero, ¿dime algo? Vienes a quedarte, ¿verdad? Ya estaremos siempre juntos. Por Dios, mi amor, pero, dime algo. Su musa, no hacía mas que comerle a besos. -Que bien saben tus besos. Ya lo había olvidado. Pero quiero escucharte, escuchar tu bella voz, tu encantadora risa. De pronto, José despertó. Había sido un bello sueño. -Estúpido, soñador. ¿Qué pensabas? Nadie va a venir a arrancarte esta soledad del alma. Tu musa llevará su vida, otra vida. ¡Aquí va a venir a verte, o a quedarse contigo! ¡Serás iluso, maldito soñador de imposibles, enfermo de amor, sin posible cura!... ¡Oh Dios! ¡Quién pudiera volver a besar sus manos! Sus bellas e inolvidables manos. ¡Dios mío, cuanto la quise! La Semana Santa terminó. El pueblo volvía a tener la vida monótona de siempre. José volvió a sus lecturas, sus paseos y su rutina diaria. Sus demonios internos, sus recuerdos, ya formaban parte de él irremediablemente. Madrid, enero de 2001. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 9 de 67 Matilde Gonzálvez Caballero Nací en Alcázar de San Juan llamada “El Corazón de la Mancha” un 1 de abril de 1938 durante la Guerra Civil Española. Desde muy pequeña he tenido una gran inquietud por aprender a escribir y desde siempre he hecho pequeñas cosas sin más trascendencia que plasmar toda clase de impresiones y sentimientos sobre un papel en blanco. He cambiado letra de canciones para acoplarlas a otras ya conocidas, como Clavelitos o Batallón de Modistillas, todas ellas en mi tiempo de juventud. He escrito cuentos de animales, relatos cortos, cartas de amor, versos y poesías, consciente de mi desconocimiento sobre literatura, solo escribiendo lo que en cada momento ha sentido mi corazón. A mis 75 años he logrado editar un libro. Una novela que habla de amores dentro de una familia burguesa. No es ni será nunca un best sellers, pero sí mi satisfacción. “MAÑANITA DE OTOÑO” Me asomé entre las cortinas rosadas de mi habitación. Era muy temprano y ya el sol empezaba a desgranar sus tibios rayos otoñales sobre el alfeizar de mi ventana. Me hacía guiños escondiéndose coqueto entre las nubes que todavía no se habían retirado a dormir y pululaban por el cielo revoltosas. Era uno de esos días de otoño donde la conjunción de los colores amarillentos, rojos y verdes, dan la sensación de nostalgia. Las hojas volando entre las ramas de los árboles se dejaban caer lánguidas, haciendo pequeños remolinos para llegar hasta el suelo donde se iban durmiendo plácidamente para siempre, formando una alfombra de magníficos dibujos y colores. Como todas las mañanas después de desayunar, salí al parque para dar mi paseo cotidiano y disfrutar de aquel maravilloso paisaje que ofrece esa época del año. No sé muy bien por qué ese día me había levantado con morriña, recordaba los campos de mi tierra, los castaños dejando caer sus frutos para que nosotros los recogiéramos del suelo y los tomáramos como postre en las comidas. Comprobé una vez más que en esos días, los árboles se visten de diferentes colores, mostrando un cuadro que ningún pintor sería capaz de dibujar. El verde brillante de sus hojas en verano pasa a teñirse de oscuro, cambian a amarillo, a ocres, a rojo y una gama infinita de marrones. El espectáculo es único. Se convierte en una explosión de color. Pasear por aquel parque era la única forma que tenía para sentirme plena de naturaleza. Los dibujos que formaban las hojas. El olor a la tierra mojada. El sonido del canto de los pájaros. Todo contribuía a hacerme sentir sensaciones vividas en otros tiempos. Miré entre las ramas secas de los árboles y distinguí un nido de jilgueros con sus colores peculiares. La cara roja, la cabeza negra y blanca y sus bonitas alas negras con una franja amarilla. Son tan melodiosos sus cantos que me paré a escuchar arrobada. Más allá, los picos cortados de las montañas formando extrañas figuras que me parecían ahora la cara de un niño, ahora la forma de un pez. Pensé que muy pronto estarían cubiertas de una capa de blanca nieve, convirtiendo estas figuras en otras diferentes. Los caminos se pintarían con largas líneas asimétricas con el rodar de las carretas que tiradas por fornidos bueyes, recorrerían aquellos lugares llevando leche y alimentos de aldea en aldea. Detuve mi paseo para coger hojas de diferentes árboles y se me ocurrió la idea de hacer sobre el asfalto una casa y un árbol. En la casa, una ventana imaginaria por la que me asomaría para ver los paisajes de mi pueblo, desde ella había vis to muchos amaneceres. Vinieron a mi mente los primeros años de mi vida cuando para ir al colegio mi madre me calzaba unas madreñas, típico calzado de madera con tres tacones con los que no se resbala por la nieve y no se mojan los pies. Me __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 10 de 67 daba una lata grande de tomate vacía, con un asa larga de alambres entretejidos en donde se colocaban unas ascuas a modo de brasero, para llevar al colegio que por aquel entonces se trataba de una habitación grande donde una maestra retirada daba clase a los más pequeños. En una tartera de aluminio me ponía caldo caliente. Tenía que andar más de un kilómetro hasta llegar al colegio. Pero, qué lejos quedan ya esos días de juegos con los compañeros, de estudios y deberes, carreras por los prados y el baño en la ribera del río. Mientras pensaba en estas cosas y terminaba mi gran cuadro de hojas, vi cómo venía hacia mí un joven de aspecto impresionante que paseaba a un perro de largas melenas. Era un hombre joven de alta estatura, de complexión atlética, que cuando se acercó a mí me impresionó por sus grandes ojos negros de mirada profunda. Se paró a mi lado y sonriendo me preguntó. –¿Dónde está esa bella casa? No sé por qué le contesté sin pensarlo. –Está en una montaña de Asturias, entre prados y cercas de flores. El río pasa bajo mi ventana, es un lugar maravilloso. Allí está mi casa. –¿Sientes nostalgia? –No aunque me gustaría volver. –Si quieres puedo llevarte, por la tarde estaremos de vuelta. –Está muy lejos ¿Cómo podrías hacerlo? –Lo haré si tú me lo pides. Asentí con la cabeza. Me ofreció su mano que tomé sin temor alguno dejándome llevar. Luego no sé qué sucedió. Recorrí los prados, corté flores de mi cerca, estuve en el río. Cuando volví de aquel embrujo estaba en la puerta de mi casa, cerca del parque donde por la mañana había encontrado a mi acompañante. Tenía entre las manos un gran ramo de flores y él no estaba. Había pasado un maravilloso día recorriendo todos los parajes de mi pueblo y ahora pensaba... seguro que todo ha sido solo un sueño. ¿Pero, y las flores? Me sentía bien y muy contenta. Por la tarde tenía una cita con un joven que me gustaba mucho. No se parecía en nada al hombre del ensueño pero estaba segura que la fantasía vivida sería la consecuencia de lo que me iba a ocurrir. El hombre no sería el mismo pero mis sentimientos sí. Lo conocí en todo lo que valía y me enamoré. Ahora es el hombre que comparte mi vida y es que, cuando algo se desea con verdadero afán, se consigue. No se dejen engañar por falsas dudas sigan adelante con esperanza y algún día no lejano sus sueños se harán realidad. Sumatt 16 de diciembre de 2013 __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 11 de 67 Rafael Gálvez Olmo nace en Madrid en 1940. En el 55 trabaja ya para una Agencia de Publicidad en la que llega a ser uno de sus creativos gráficos durante más de cuarenta años. En el 58 le hacen su primera entrevista y ve publicado su primer relato en una revista “de academia”. Escribió desde muy joven y, motivado por esa inquietud se ha relacionado toda su vida con otros amantes de la literatura, por lo que le llevó a ingresar en la recién creada Agrupación Hispana de Escritores, donde fue director técnico de la publicación “Autores Lectores”, que él mismo confeccionó y modernizó durante el tiempo que perteneció a ella, publicando varios relatos (con seudónimo de Sinhué), en dicha revista, a finales de los 60 y principios de los 70. Un largo período de intenso trabajo en su profesión de creativo publicitario, le apartó del mundo literario, aunque no dejó de escribir hasta que, llegado su “relax laboral”, contactó con un grupo de jóvenes escritores con los que creó “La Voz de Ondarreta”, un periódico local (en Alcorcón), de una calidad literaria excepcional, pero de una vida muy efímera por cuestiones muy largas de exponer. Más estos mismos autores (amigos), deseaban seguir juntos escribiendo, culminando con la fundación de la ASOCIACIÓN CULTURAL-EDITORIAL VERBO AZUL, (en Alcorcón). Ha publicado diversos artículos y relatos en periódicos provinciales, y varios libros y relatos cortos en las diversas publicaciones de esta Editorial. Ha recibido varios premios literarios, así como en arte gráfico y fotografía. “LA PRINCESA RAFAELINA Y EL DRAGÓN MÁGICO” Para mi sobrina Rafaelita que, por supuesto, no tiene nada de gruñona. Hace mucho, mucho tiempo, cuando existían los príncipes y las princesas, las brujas y las hadas, los gnomos y los gigantes... y también los dragones... había un diminuto reino, tan pequeño, que no tenía nada de esto, bueno sí, princesa sí tenía, pero de ella hablaremos dentro de un rato. Como ya he dicho, el país era muy pequeño, tan pequeñín que no estaba en los mapas, pero maravilloso por donde quiera que se le mirase. Estaba ajardinado y con parques engalanados con flores de toda la gama de colores y aromas; con estatuas y edificios señoriales de arquitectura sobria pero placentera y con cuatro hermosas fuentes ubicadas en los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Cada una de estas fuentes tenía su nombre propio y estaba ornamentada acorde con él. Un ejemplo, la llamada fuente de la Primavera se situaba al Este de la ciudad, y el monumento en sí consistía en diversos caños de agua que se alzaban, desde el mismo centro de la rueda que lo formaba, para caer, como lluvia suave, sobre el ajardinado césped y las rosas o los lirios; sobre las margaritas, las lilas... sobre los pajarillos que allí iban a abrevar y refrescarse... y era una maravilla contemplarla y, los días de fiesta, todo el pueblo paseaba ante ella para admirarla. La glorieta llamada y conocida como Verano, se situaba señalando el Sur de la pequeña población. En una primera mirada la fuente podría parecer gemela de la anterior, pero no. Sus caños de agua se venteaban a diez metros, donde grandes y chicos solazaban y refrescaban sus juegos. Por supuesto, la llamada Otoño estaba situada en el punto de la ciudad denominado Oeste, y su ornamentación era más que diferente. Ya no predominaban las fuentes, aunque sí tenía instaladas algunas formas y saltos de agua que __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 12 de 67 mantenían fresca y viva la floresta y el suelo que sustentaba la diversidad de árboles de los llamados perennes, pero también de los otros, de los caducos, en los que siempre se podía contemplar el milagro de la naturaleza, de cómo las hojas de los caducos nacían, crecían, cambiaban de color, de un verde radiante, (sobre todo a la luz del sol), a un crema o siena, o suave marrón dorado, hasta que, llegado su tiempo, se soltaban, y, sintiéndose libres, revoloteaban, haciendo cabriolas, hasta caer, suavemente, y se amontonaban junto a otras, a la espera de ser recogidas por los especialistas jardineros. ¿Y qué voy a deciros de la fuente del Invierno? Estoy seguro de que ya sabéis que estaba situada al Norte del reino y que... en el centro de la fuente había un gran muñeco de nieve que era la admiración de todos los súbditos y la envidia sana de los visitantes de allende el país. “Pepejuan”, (que así era llamado el arrogante muñeco de hielo), tenía todo lo que se puede hacer por y para que un amigo no coja una pulmonía al estar parado, meses y meses, ante las inclemencias del tiempo, (que siempre era en invierno), por lo que estaba pertrechado con un sombrero o capucha roja, forrado en su interior por una mullida capa de lana blanca, suave y calentita. Al cuello, ya sabéis, una larga bufanda que le daba un par de vueltas al cuerpo y que le llegaba hasta los pies en ambas partes de su extremo. Por si esto fuera poco, (no se comprende cómo no se derretía antes que llegara la primavera), su pecho estaba abrigado por una chaquetilla azul (con charreteras sobre los hombros y botones dorados que refulgían cuando eran acariciados por el sol), y que le llegaba hasta los pies. A los pies, sí, porque Pepejuan tenía pies, que también estaban cubiertos con unas altas botas, de cuero repujado, formando dibujitos de lunas y estrellas, diseñadas y realizadas a mano nada menos que por el zapatero del mismísimo rey. Nuestro Pepejuan tenía por ojos dos preciosas esmeraldas, (cedidas por el propio monarca que era el mejor rey en todas las leguas conocidas). La nariz, eso sí, era la clásica zanahoria, pero no os puedo decir qué significado o de cuando viene esta costumbre, al igual que el de la pipa o cachimba que lucía en su boca, boca ésta siempre luciendo una sonrisa, aunque, volviendo a la pipa, ya veremos qué se hará, en las próximas generaciones, ahora que sabemos que el fumar es perjudicial. Pero en fin, queridos amigos, aquellas fantásticas fuentes estaban comunicadas, como hemos comentado, por hermosos parques y jardines adornados de parterres, setos, flores y ardillas y otros animalitos que hacían las delicias de los más pequeños. Quiero deciros con todo esto que aquel reino mantenía todas las cualidades para que sus habitantes fueran afortunados y completamente felices... y lo eran, bueno... casi. Existía un pequeño, mínimo problema y este, aunque sea tonto decirlo, no era otro que la princesita del Reino, la pequeña hija de los monarcas. Su nombre era Rafaelina pero todo el reinado la llamaba, cariñosamente (eso sí), la princesa “Gruñina”, ya os podéis imaginar por qué. Desde que comenzó a andar no dejó de dar patadas a todo el que le llevara la contraria (y al que se pusiera a tiro.) Cuando aprendió a hablar no hizo más que pedir y pedir, y si no se lo daban, (cosa que nunca sucedió), igualmente se liaba a patadas y a berrear. Y si se lo daban también, pues nunca estaba conforme con nada; siempre estaba disgustando a quienes la querían, a sus padres, a los sirvientes y familiares... profesores, compañeros de colegio (porque ir al colegio iba, a pesar de ser princesa), a todo el pueblo que la quería... pues el caso es que todo el reino la adoraba, a pesar que reconocían que era soberbia, déspota, inaguantable, ¡ea!, por eso la apodaban “Gruñina”. Y aquí volvemos al principio. El día en que comenzamos la narración de esta historia, (muy próxima a la realidad), la princesita Rafaelina cumplía diez añitos. Según cumplió los nueve, (al día siguiente, y esto ya lo llevaba haciendo desde que aprendió a hablar), no cesó de preguntar qué le iban a regalar cuando cumpliera los diez. Todos, como siempre, contestaban que lo que fuera de su gusto; lo que más le encantase; lo que pidiera... Y, así, la princesa Gruñina (¡perdón!), la princesita Rafaelina se pasó todo el año preguntando “¿Qué...?”, y sin decir lo que deseaba. Amaneció pues, día tan señalado y todo el mundo, en ascuas, estaba pendiente del capricho de la princesa, pues no había duda que hoy tendría que decir lo que había callado durante todo el año. y así lo hizo. A la pregunta de su regio progenitor, respondió: –Quiero un dragón mágico. Si un gran elefante entrara por la puerta y se pusiera a bailar una jota aragonesa en medio del salón del trono no hubiera sorprendido (y asustado) tanto a todos los asistentes a la fiesta (oficial), de la petición de la princesa. La noticia corrió de boca en boca, de casa en casa, de barrio en barrio y en todos cundió el asombro, y el miedo también. Debo aclarar que este temor, suscitado entre realeza y plebe, entre hombres y mujeres, entre niños y ancianos, no era hacia el dragón, no, ¡pobre-illo dragón!, era, simplemente, pero terrible, que en aquel reino tan pequeño nunca habían tenido dragones. Ni las crónicas más antiguas mencionaban siquiera que algún dragón hubiera cruzado sus cielos en ida o vuelta a las grandes ciudades en donde habitaban con sus dragoncitos y los prestigiosos caballeros que se dedicaban a __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. 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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 13 de 67 cazarlos para liberar a las princesas prisioneras, que era el hobby de todos los dragones de aquellos tiempos y nadie sabe el por qué. No, no era por esto. El miedo se fundaba en la reacción que tendría la princesa cuando le negaran su regalo pues este era de una imposibilidad total, y si se le decía que no... era inimaginable lo que sería capaz de hacer. Y aquí tenemos a nuestro entristecido rey que se retira, con medio “patatús” en el cuerpo, (sin decirle a la princesa que no), y pidiendo al mago del reino que le acompañe a sus dependencias particulares para pedirle “que le salve de la quema”, ya que no valen los consejos. Magismo, (un mago como lo fue el antiguo Merlín, el de las historias del rey Arturo, pero muy modernizado a lo Harry Poter), ya se había temido su intervención y no había parado en darle a su imaginación, buscando una solución que no llegara a la negativa, hecho que provocaría, quizá, que el reino se prendiera fuego, (y sin quizá.) A la interrogante del rey, Magismo, que os podéis imaginar que era muy inteligente y muy poderoso, contestó: –Sólo encuentro una solución. Traer un dragón imaginario que solamente puedan ver las personas de buen corazón... humildes... que no sean irritables, ni déspotas, ni gruñonas, ni... –Ya... ya... –Le hace callar, abrumado, el rey. –...Y como el pueblo entero pasará por aquí, y os quiere, todos asegurarán que lo ven... –Sí... menos el tío “cascarrabias” –acertó a recordar el monarca. –Justo, esa es otra, es igual de... que la princesa. –Su Majestad volvió a mirarle y gruñir por lo bajo–. Así, mientras, iré pensando, sobre la marcha, cómo salir de esta. El rey no pensó durante mucho tiempo. Ante la imposibilidad de hacer real el capricho de su Rafaelina y el temor a las consecuencias de la negativa, dio manga ancha a su mago para que hiciera lo que a él le pareciera más correcto. Tras comunicar a la caprichosa princesa que su regalo estaba en camino, se alertó al reino de lo que se proponían en palacio. A la hora de la celebración y entrega de regalos, todo el pueblo se encontraba allí esperando con ansiedad el levantamiento del tapiz que ocultaba, supuestamente, el dragón mágico que había pedido la caprichosa princesa. Cuando el mago Magismo anunció que iba a descubrir “el maravilloso y encantador dragón mágico”, todo el mundo sabía lo que tenía que hacer. Y lo hicieron bien. Un ¡ooh! ¡Qué majo!... Otros ¡oooh! ¡Qué precioso!... Más ¡ooooh! ¡Qué rico!... Y, mientras, el mago hacía ver a todo el gentío “la hermosura y viveza de colores que poseía el dragón dorado; la alegría de su mirada, la esbeltez de su figura, su real pedigrí”... Pero la princesa seguía sin verlo y estaba llegando al máximo de su real cabreo, dispuesta a patalear y a exigir su regalo corpóreo cuando, en el turno de visita, le tocó pasar al tío “cascarrabias” y ante el espacio vacío en donde debería encontrarse el dragón, soltó a gritos: –¡Pues yo no veo ningún dragón, ni rosa, ni verde, ni sonriente, ni dulce, ni de ojos grandes, ni vivos, ni alegres, ni pequeño... tampoco grande... no veo nada, aquí no hay nada! –¡Claro!, –intervino rápido el mago Magismo, que estaba preparadísimo–. ¡Tenéis que tener en cuenta que este dragón es mágico y su magia consiste en sólo dejarse ver por aquellos que vivan en armonía, amistad y amor hacia sus semejantes... sin pataletas, sin enfados, sin gruñidos... –¡Pues bueno... pues vale... pues iros a la...! – chillaba, alzando las manos, el tío “cascarrabias”, mientras salía por una de las puertas. –¿Veis? –aprovechó a decir nuestro inteligente mago–. El tío “cascarrabias” no lo puede ver porque todos sabemos de su mal genio y poca comprensión hacia sus convecinos. La princesa, que estaba a punto de gritar lo mismo que el tío “cascarrabias”, pero que tampoco estaba dispuesta a que la comparasen con tal zafío, y, ante la abrumadora confirmación de todo el pueblo, determinó marcharse (lo más digna y enfadada que pudo), con un gran portazo en el portalón nacarado que llevaba a sus habitaciones. Todos se quedaron sobrecogidos y asustados. El sabio Magismo no. Él sonreía pleno de satisfacción. Cuando la princesita, a la mañana siguiente, salió a su regio balcón a respirar el límpido aire de aquel reino maravilloso, comprobó que, allí abajo, en su jardín, algo había cambiado. Se trataba de la edificación de una caseta, como si fuera para un perro, pero de gran tamaño. La princesa no era tonta; gruñona sí, pero también espabilada; protestona, un montón, pero lista e inteligente... Rápidamente comprendió que era la caseta del perro, (¡huy!, quiero decir la del dragoncito). Bajó, curiosa, a ver a su dragón y no lo vio. Sólo, en la entrada, un gran frutero con los desperdicios de cien frutas con las que algo o alguien se había dado un festín. Se volvió airada; no quería dar su brazo a torcer y no podía reconocer que había un dragón donde ella no veía nada. A pesar de esto, su curiosidad y ansiedad por ver al dragoncito le hizo repetir, durante muchos días, la misma operación... hasta que... Una mañana, al fiscalizar el gran frutero, comprobó alarmada que la fruta estaba intacta, __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. 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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 14 de 67 nadie había mordido ni una simple cereza. Como tampoco vio al dragón olvidó pronto el incidente, pero cuando al día siguiente y otros dos días que siguieron, comprobó que la fruta continuaba sin haber sido probada e incluso ya estropeándose, un gusanillo le recorrió el cuerpo y no le quedó más remedio que buscar al mago para pedir razón sobre el extraño comportamiento de “su” dragón. Cuando se acercaba a las dependencias de su padre, en uno de los salones, llegó a escuchar una conversación entre su progenitor y el propio mago, el cual decía en esos precisos momentos: –Si continúa así, sin comer, no tardará en enfermar y se morirá de hambre, si antes no lo hace por la pena... –¿Y no podemos hacer nada? –No. Ha comprendido que le importa un rábano a su dueña y no siente ningún deseo de seguir... ya sabe su real majestad... sin cariño no se puede vivir. Rafaelina no escuchó más. De puntillas, despacito, se alejó de allí y volvió al jardín donde estaba la caseta del dragón y, muy decidida, entró en ella. Allí, en un rincón, acurrucado, le pareció ver la sombra del dragoncito. –“Colorín”, mi pequeño dragoncito, no quiero que te mueras; yo te traeré todo el alimento que necesites, pero no te mueras, por favor... Y la princesa salió corriendo hacia las cocinas reales, y ante el asombro de todos, y sin consultar con nadie, fue echando en una cesta de todo lo que encontró que le pareció comestible y, al no poder levantarla por su peso, la arrastró hasta el interior de la caseta del dragón. –Come mi dragoncito querido, ahora voy a por más. –Y corriendo volvía a por otra cesta repleta de más comida. Y así muchas veces y muchos días más. Y todo esto, mientras tanto, era observado por su regio padre y el gran mago Magísmo con gran gratificación de ambos pues veían el cambio experimentado en la joven princesita. En efecto, el humor de la bella Rafaelina había cambiado; ya no se enfadaba con nadie y hasta aceptaba ayuda para llevar la comida a su dragoncito, al que había puesto el nombre, como ya habréis imaginado, de Colorín. Pero, además del agradable cambio en su persona, algo estaba sucediendo... No había transcurrido un mes desde su décimo cumpleaños cuando, una de aquellas mañanas, ya primaveral, entró Rafaelina a saludar a Colorín, como siempre hacía. Muy pocos minutos después, todos los que la observaban día a día, la vieron salir y tras ella... ¡asombroso!, le seguía un pequeño dragón rosado, sonriendo con dulzura y de grandes ojos alegres y vivos, que trotaba tras ella como un perrito faldero. Y cuentan las crónicas que a partir de aquel día sí se vieron dragones sobre el pequeño reino de Pequelandia y que todo el mundo lo vio y jugó, durante muchos años, con el joven dragón de la princesita Rafaelina al que llamaban Colorín. Bueno, dicen los escritos más antiguos, que el único que no llegó a ver nunca al dragón fue el tío “cascarrabias”, pues él siguió en sus trece de gruñón durante toda su vida. Y colorín colorado, queridos amigos, este cuento se ha acabado, aunque Colorín y Rafaelina siempre, siempre, muy bien se lo han pasado. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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Horizonte de Letras” Nº 26 Página 15 de 67 Ignacio León Roldán nació en la histórica ciudad de Córdoba. Cursó estudios en el Instituto Góngora, que abandonó por la necesidad de todos los tiempos: el trabajo. Mientras realizaba esta función, no dejó de leer todo cuanto encontró y escribir sin descanso. Actualmente es colaborador de la Asociación Literaria Verbo Azul donde ha publicado sus obras “La orquesta”, “La desconocida” e “Historias asimétricas”, además de otros cuentos en las Antologías que edita esta Editorial. Fue finalista del V Certamen de Narrativa “Manuel Romero” de 2008. “EL ESPEJISMO DEL TIEMPO” El sendero de acceso al demacrado y lóbrego palacete, era en exceso abrupto, empinado y por si fuera poco, se hallaba empedrado con rollos al estilo de calzada romana. La marcha se le hacía en extremo penosa a causa del azaroso desnivel de la vía. Apenas podía adelantar los pies. A cada paso, un profundo dolor le estremecía. A cada pequeña zancada, le acompañaba un lastimoso quejido coronado por una fatigosa inspiración. Parecía como si la queja le aliviase el malestar. El anciano, a eso de la mitad del trayecto se sintió desfallecer. Con andar vacilante e incierto se dirigió a un cercano y milenario árbol, en el que apoyó la espalda. Se dejó caer despacio, muy despacio, hasta que las posaderas tocaron el firme. Bajó los párpados con pasmosa lentitud. El paraje se difuminó y dio entrada a la rememoración de otros tiempos mejores. El sendero, la mansión y el boscoso espacio circundante, habían sido la admiración del condado. Las fiestas y bacanales de las que fue patrocinador, le habían conferido fama de licencioso. Torció el gesto, chasqueó la lengua con ironía, y se dijo ¡Qué tiempos aquellos! Acto seguido se preguntó, ¿Pero que significado tiene esa enigmática unidad de medida? Tictac, pronuncio socarrón, al pensar que todo dependía del estado de ánimo en que uno se encontrase. Aspiró profundamente una bocanada de aire fresco. Mientras se incorporaba lo expulsó con fuerza. El avance de la marcha llegó al punto de resultarle angustioso. A escasa distancia de la puerta de entrada a la casa solariega, le sobrevino un agudo dolor en el pecho. Se encorvó, y daba la impresión de que iba a desfallecer. A duras penas consiguió la proeza de alcanzar la entrada, apoyó la palma de la mano izquierda en el portón. Con la derecha, a pesar de ser presa de un considerable temblor, acertó a extraer, del bolsillo de la americana, un manojo de llaves. Las manos le temblaban mientras buscaba entre el puñado, la adecuada. Una vez encontrada, a duras penas, la introdujo en el rancio ojo de la cerradura. Este estaba desgastado por el uso, y poseía una considerable holgura. La manipulación le propició un estado de excitación que le ahogaba. Al final pudo encajarla. Se le templaron los ánimos. Giro el llavín, y un grave chasquido desgranó el anclaje de las piezas del mecanismo. Le sonó extraño y bronco, el eco que resonó como un bombo en el interior de la estancia. __________________________________________________________________________________________________________ EJEMPLAR GRATUITO ©: “Alfareros del Lenguaje”. Asociación de Escritores de Alcorcón. Todos los derechos reservados. ISSN: 1989-6956 “Alfareros del Lenguaje” no se responsabiliza de las opiniones vertidas por los autores participantes en este número; quienes, además, serán responsables de la autenticidad de sus obras.

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