· El Vuelo de la Serpiente Emplumada · Armando Cosani · Ediciones Epopteia ·

 

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· El Vuelo de la Serpiente Emplumada · Armando Cosani · Ediciones Epopteia ·

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EL VUELO DE LA SERPIENTE EMPLUMADA Armando Cosani

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ARMANDO COSANI El Vuelo de la Serpiente Emplumada EDICIONES EPOPTEIA 6

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Primera edición: 1953, Ediciones Sol, México. Imagen de la portada: Dintel 15 de Yaxchilán, México Ediciones Epopteia, España edicionesepopteia.com Ediciones digitales sin ánimo lucrativo Serie Textos de un Saber Olvidado 1ª Edición: abril 2013 2ª Edición: mayo 2013 3ª Edición: abril 2014 4ª Edición: octubre 2014 5ª Edición: noviembre 2014 7

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Sonó la primera Palabra de Dios, allí donde no había cielo ni tierra. Y se desprendió de su Piedra y cayó al segundo tiempo y declaró su divinidad. Y se estremeció toda la inmensidad de lo eterno. Y su palabra fue una medida de gracia, un destello de gracia y quebró y horadó la espalda de las montañas. ¿Quién nació cuando bajó? Gran Padre, Tú lo sabes. Nació su primer Principio y barrenó la espalda de las montañas.¿Quiénes nacieron allí?¿Quiénes?Padre, Tú lo sabes. Nació el que es tierno en el cielo. Libro de los Espíritus, Códice del CHILAM BALAM DE CHUYAMEL. Y nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere no se pierda, sino que tenga vida eterna. SAN JUAN III 14-16 En todo momento dado todo el futuro del mundo está predestinado y existe, pero está predestinado condicionalmente; es decir, será este o aquel futuro según la dirección de los hechos en un momento dado, a menos que entre en juego un nuevo hecho, y un nuevo hecho puede entrar en juego sólo desde el terreno de la conciencia y de la voluntad que de ella resulte. Es necesario comprender esto y dominarlo. P. D. OUSPENSKY, Tertium Organum 8

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LIBRO PRIMERO 1 entender a este hombre extraño y de mesurada palabra que parecía deleitarse al confundirme con sus cáusticas y paradojales observaciones sobre todas las cosas. Causaba la impresión de ser un taciturno; pero, a poco de tratarle, no podía uno dejar de advertir el hecho más extraordinario que he conocido en mi agitada vida: él era una sonrisa. Lo era de pies a cabeza. No sonreía, no precisaba sonreír; todo él era esa sonrisa. Esta impresión me llegaba también de una manera muy curiosa y difícil de explicar. Diré únicamente que la sonrisa parecía una propiedad natural de su cuerpo y que emanaba hasta de su modo de andar. Nunca le oí reír, pero poseía el don de comunicar su alegría o seriedad, según fuera el caso. Nunca le vi deprimido ni alterado, ni aun durante aquellos turbulentos días, hacia el final de la Segunda Guerra en que a consecuencia de una revolución política, yo fuí a parar a una cárcel y él no hizo absolutamente nada por obtener mi libertad. Aun en este incidente demostró ser un hombre fuera de lo común. Y hasta parecía empeñado en que yo continuase preso, y cierta vez en que le reproché esta actitud, me dijo: —Estás mucho mejor acá que allá fuera. Al menos acá estás bien acompañado y hasta es posible que despiertes. —Pero si acá ni se puede dormir -, le dije. —Eso es lo que tú piensas porque aún no sabes cuál de las maneras de dormir resulta más peligrosa y dañina a la larga. Hay quien vela contigo aun cuando duermes, y estás bien acompañado. En el pabellón en que me encontraba yo preso había también muchos hombres a quienes respetaba como valores intelectuales y cuyas conversaciones me resultaban interesantes. Con algunos de ellos jugaba interminables partidas de ajedrez, pero nuestras charlas seguían siempre el rumbo de los acontecimientos políticos que habían culminado con nuestra prisión. Así se lo hice ver a mi amigo una tarde en que me visitó cargado de regalos de Navidad. —Sigues durmiendo —, fué toda su respuesta. Ese día charlamos durante un buen rato, y se me ocurrió preguntarle: —¿Cómo es que tú vienes a visitarme tan a menudo y no has desaparecido como los demás que huyeron en cuanto se enteraron de mi situación? —Soy más que un amigo; yo soy la amistad que nos une. 10 NUNCA PUDE

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No pude evitar una sonrisa con la que quise decirle que no era ese el momento adecuado para lanzarme sus paradojas, e insistí: —¿Pero cómo es que sabiéndote mi más íntimo amigo la policía no te ha detenido? Su respuesta fue tan incomprensible como todo lo demás: —La amistad me protege. Y te protege a ti también, aunque en otra forma. Y después de un instante de silencio, agregó: —No me comprendes porque todavía dependes de ellos, así como ellos dependen de ti. Ni tú ni ellos dependen todavía de sí mismos, pero todos ustedes están convencidos de lo contrario. Si solamente pudieran comprender esto, comprenderían todo lo demás a su debido tiempo. Esto me sublevó y contesté violentamente; le dije que sus palabras eran muy interesantes como filosofía en las noches de hastío, pero que en las circunstancias en que yo me encontraba ya se convertían en una insoportable majadería. —Además, —agregué muy exaltado y empleando términos imposibles de publicar — ¿Cómo voy a depender de éstos, que para lo único que sirven es para lamerle las botas a ese dictadorzuelo de opereta? O quizás también dependo de cuanto cretino se apoya en la fuerza y cacarea su popularidad cuando tiene la oposición amordazada. ¿También dependo de aquellos que persiguen la inteligencia y hablan de progreso? No me llamaría la atención que así me lo dijeses ahora. Él me miró con su invariable y paciente sonrisa, escuchó hasta que hube terminado y ofreciéndome cigarrillos y lumbre, contestó: —Tú lo has dicho. También dependes de él y de muchas otras cosas más. Estos —e hizo un ademán significando a los guardias armados que estaban al otro lado de la reja— lo apoyan con sus armas porque no pueden hacer otra cosa que obedecer a quien sepa mandarlos. Sin armas, sin uniforme y sin jefes, no serían nada. Se creen los amos de sus armas, pero en realidad son esclavos de ellas. Pero tú y los que acá están presos contigo son peores. Estos visten uniforme porque tienen miedo de andar solos en la vida, y porque no pueden hacer nada más productivo para el mundo; también llevan un uniforme en la cabeza. Pero ustedes son peores; ustedes dicen que son hombres de intelecto y en realidad son unos majaderos enamorados de sus majaderías. Ustedes apoyan esta dictadura y cuanta dictadura hay; las apoyan mucho mejor y más eficientemente que los otros; su apoyo ocurre de muchas maneras, pero principalmente por medio de la actitud de estúpida soberbia que los hace vivir de espaldas a la verdad. Y no sólo la apoyan, la fortalecen. Sí, ustedes son peores que los que honradamente son ignorantes. Y, sin embargo, ninguno de ustedes tiene verdaderamente la culpa. 11

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Me dijo todo esto tan calmada y seriamente que yo quedé mudo. Pasó un buen rato antes de que le preguntase: —¿Qué es lo que ignoramos? —Un hecho muy sencillo que en realidad es una verdad física, pero que todos ustedes creen que se trata únicamente de un precepto ético imposible de llevar a la práctica. Seguramente lo habrás leído u oído alguna vez: “No resistáis el mal”. —Todos estos preceptos fueron dados al mundo por verdaderos sabios. Sólo un puñado de seres en la historia de la humanidad han podido descubrir que son verdades realmente científicas. La ciencia ordinaria, por cierto, negará esto porque cree que la ética es algo separado de lo que llama materia, sin advertir que es justamente lo que condiciona y vivifica la materia y hasta crea sus formas. Hace mucho tiempo hubo un verdadero sabio entre los hombres de ciencia y se llamó Mesmer. La ciencia, o eso que llaman ciencia, lo persiguió y sus trabajos han sido ignorados. Es el destino de todo aquel que descubre la verdad. Hoy día el mesmerismo pasa por una forma de charlatanería, y lo curioso es que son justamente los charlatanes de la ciencia quienes más peroran contra la “charlatanería” de Mesmer. Algunos que han estudiado a Mesmer para hacer curaciones magnéticas se han aproximado a la verdad que él dejó oculta en sus aforismos. Pero solamente unos cuantos, muy pocos, han advertido que lo que es “sí” también puede ser “no”, que el “sí” es una verdad relativa al “no”, como lo “bueno” es relativo a lo “malo”. Pero ya tendrás oportunidad de enterarte de esto porque al fin me has hecho una pregunta que vale la pena. Debo confesar que las palabras de este amigo me parecieron siempre cosas de loco. Aquella tarde se marchó más contento y alegre que de costumbre, prometiéndome una nueva visita para dentro de dos días, cosa que, conforme a los reglamentos del penal, era sumamente difícil. Cuando se lo observé, me dijo: —Tú sabes andar en bicicleta, ¿verdad? —Naturalmente —, le dije. —Bien; quien sabe andar en su propia bicicleta puede andar en cualquier otra. ¿Qué diantres tenía que ver la bicicleta con su visita? Muchas veces me hice esta y otras preguntas surgidas de sus palabras. Aún sigo haciéndomela sin encontrar una respuesta adecuada. Debo también confesar que la razón me indicaba que este hombre era loco, pero yo sentía un singular cariño hacia él. He querido representarlo así, actuando en una circunstancia importante de mi vida, en aquel acontecimiento que marcó el fin de una carrera a la cual yo había entregado todas mis fuerzas y todo mi entusiasmo. Fué en verdad un rudo golpe el que sufrí al perder aquella situación conquistada tras largos años 12

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de penosa labor; pero cuando le dije todas estas cosas a mi amigo, él se limitó a contestar: —Es lo mejor que te podía haber ocurrido. Ahora sólo de ti depende que tu despertar no te cause mayores sufrimientos. Y a continuación me dijo muchas cosas que en ese momento tomé como palabras con que él quería consolarme, al insistir en que yo poseía ciertas cualidades personales indicativas de la promesa de un despertar. Por cierto que este relato no tiene como finalidad hacer mi autobiografía, ni detallar los pormenores de mi agitada existencia antes y después de este acontecimiento. Y si debo anotar algunos hechos personales es porque necesito proporcionar algunos antecedentes que expliquen a mi amigo, y que también sirvan para substanciar los escritos que me pidió que publicase en esta fecha “con la finalidad de aumentar el número de los nuestros”. Recuerdo que cada vez que le pregunté lo que significaba con eso de “los nuestros” y quiénes eran, me respondió: —Una clase muy especial de abejas que se da sólo de vez en cuando y con grandes esfuerzos. Tal fué la voluntad de mi amigo, y yo cumplo con ella no solamente por haber empeñado mi palabra, sino porque advierto en todo esto algo que quizás tenga un valor que a mí se me escapa. Aun es posible que algunos de los lectores sepa de que se trata, y pueda explicarme a este hombre. También es menester que haga una confesión: no sé cómo se llama, jamás me dió su verdadero nombre, y, salvo una vez, a mí jamás se me ocurrió hacerle esas preguntas de rigor que exigen nombre y apellido, edad nacionalidad, profesión, etc. Quizás algunos de ustedes lo conozca o haya tenido noticias de él. Y digo esto porque en aquella oportunidad en que quise abordar este aspecto de su ser, dejé que vislumbrase mi interés por su origen y demás cosas que él nunca explicaba espontáneamente como por lo general lo hace todo hombre a fin de inspirar confianza a los demás. Mi amigo era muy diferente a todas las personas que he conocido en mi vida, y parecía no importarle absolutamente nada la impresión que causara. De modo que cuando surgió la cuestión de mi interés en su identidad, dijo estas enigmáticas palabras: —Quien verdaderamente lo quiera, me puede conocer. Sólo hace falta quererlo para comenzar. Estoy en todas partes en general, y en ninguna en particular. A quien me llama, voy. Pero esto es sólo una manera de decirlo, porque la realidad es otra. Pocos me saben llamar, y suele ocurrir que cuando acudo a éstos, se espantan, pierden la cabeza y comienzan a abrumarme con muchas preguntas: ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿De qué vives? ¿En qué trabajas? Y así por el estilo. Nunca contesto estas impertinencias porque si el hombre no sabe lo que quiere, es mejor que tampoco sepa nada de mí. Ocurre 13

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también que aquellos que me buscan sin darse cuenta, o deciden no prestarme ninguna atención, o se lo atribuyen todo a ellos mismos. Los hay también que me consideran “malo”. Pero es solamente natural que así ocurra en esta época de franca degeneración de la inteligencia humana. Desbarato los sueños de los hombres y no les dejo una sola ilusión en pie. Pocos son los que se deciden a mantener el contacto conmigo, pero estos pocos son los verdaderamente afortunados, pues tienen la posibilidad de conocer el valor real de la vida. Claro está que este conocimiento tiene sus responsabilidades; pero ya te enterarás de eso a su debido tiempo. Recuerdo que en esta oportunidad le dije: —Entonces me alegro muchísimo de no haberte importunado. Te ruego que disculpes mi curiosidad. No quisiera perder el contacto contigo por nada del mundo. Ante estas palabras, él sonrió y agregó: —Hay un medio sencillo de conservar el contacto conmigo: recordando. El recuerdo es el contacto con la memoria. En la memoria está el conocimiento o la verdad. Unirse de corazón a la verdad es lo trascendental. Disfruta de mi amistad mientras esté contigo. Te convendrá procurar entender las cosas que te digo y comprenderme. Todo esfuerzo que hagas en este sentido te será una positiva ganancia, aun cuando a menudo te parezca que toda tu vida se derrumba. Tú eres uno de esos que me han llamado sin darse cuenta cabal de que me buscaban. No me has abrumado con preguntas ni con pedidos necios. Pero debo advertirte que si bien tienes algunas cualidades que me conservan a tu lado, esas mismas cualidades me pueden alejar totalmente de ti si es que no despiertas. Al menos, si ahora despertases, y solamente de ti depende que lo hagas, no sufrirás lo que seguramente habrás de sufrir cuando debas permanecer solo y en silencio, como en el desierto. Yo sólo puedo acompañarte un tiempo. Si no aprendes a atesorar cuando te doy, solamente tu tendrás la culpa de ello. En aquella época me molestaba el tono protector con que me hablaba en estos casos. Su seriedad me parecía absurda y fuera de lugar. Muchos amigos y algunos de mis compañeros de trabajo sentían una marcada antipatía hacia él. Me preguntaban qué era lo que yo veía en este amigo y lo calificaban de “tipo raro”; algunos decían que no tenía sentimientos, que nada le conmovía. Pero yo sé era un hombre lleno de amor. Cuando comenté las opiniones de mis amigos a raíz de un incidente social, me dijo: —No te inquieten esas opiniones. Esos son la escoria del mundo, el verdadero mal de la sociedad humana. Siempre hallarás en sus bolsillos las treinta monedas de plata. Nada tengo con ellos, nada quiero tener; están sometidos a otras fuerzas de las que podrían librarse si realmente lo quisieran, pero se han enamorados de sí mismos y confunden el sentimiento con sus debilidades personales. 14

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